28 de diciembre de 2018

A veces un blog

19 divagues
A veces, un blog es un diario. A veces, una herramienta. A veces, un blog es una válvula. A veces,  es un arma. A veces, un blog es simplemente, compartir.

Como esta entrada. No me gusta la Navidad, me horroriza el consumo, me agobia el potlach este desaforado, y lo llevo dicendo desde que Diva y yo empezamos esta aventura (diario, herramienta, válvula, arma) hace exactamente 9 años y 20 días (de hecho, la entrada 11 del divlog es sobre El Potlach). Sin embargo, hoy quiero compartir algo que parecerá incongruente: un anuncio de unos grandes almacenes que todo lo que buscan es seguir vendiendo cosas que no necesitamos. 

Una cosa han logrado: no puedo dejar de verlo sin que se me encoja el corazón en la última escena. Pero sigo siendo irreductible: cómprales lo menos posible.

Compartir lo que te gusta, te emociona, o te apasiona es gratis. Comparte más, compra menos. 



25 de diciembre de 2018

Felices excesos

3 divagues
Querid@s divagantes,

Felices excesos, este anio desde Londinium...

...donde las festividades pueden tener el glamour de los wreaths en las puertas en un paseo hacia Brixton... (gracias Mini por el collage!)


... o las vistas de la City desde Skygarden...


Pero no olvidemos que este es también el país de...


este otro tipo de excesos.

Y cómo no... el pequenio toque Scrooge-remoaner (así nos llaman a los "remainers", los quejicas que aún pataleamos por la estupidez del brexit)...


Feliz lo que sea, divagantes.

Muxus

di

11 de diciembre de 2018

Serial. Cuatro.

30 divagues
Lo primero que vi al abrir los ojos fue un pajarito columpiándose en la rama de un abedul. Estaba enmarcado por una ventana blanca, sin cortinas, y la pared, pequeños ladrillos también blanquísimos le daban una simplicidad encantadora. Durante el segundo que duró la primera confusión del suenio en camas prestadas, debí pensar que estaba en el cielo; cuando salté de la cama y me encaramé para ver la calle, lo confirmé: no hay calles en el cielo, ni tampoco es blanco, sino verde que te quiero verde hasta el horizonte. E iluminado por un sol decidido y contrastado por alguna nube negra que transformaba a los Moors en un maravilloso cuadro de Turner, todo dramatismo y paz, si eso es posible al mismo tiempo. El pajarito voló y recité de nuevo algunos versos del poema en mi cabeza. Verde, el color de la muerte.

Estaba en Banderley y debía ser muy tarde, para que fuera de día en Noviembre. Nadie me había llamado, nadie me había echado en falta. Porque Sister Harding había dejado claro la noche anterior que necesitaba descansar, y que la primera semana me la debería tomar como si estuviera en un balneario, pero sin las aguas. Conocer gente, pasear, perderme por Banderley. Como una Montania Mágica de tercera, porque ya se sabe que esta isla no tiene altitudes como las Suizas, ni yo era Hans Castorp, aunque casi tenía su edad, 23. Hans Castorp, aquel al que "una arruga en cualquiera de sus camisas de color hubiera causado una verdadera indisposición". Me había aprendido esa frase porque nos reíamos mucho de ella con un amigo de la época, que también leía a Mann, y ahora estaba sonriendo. Yo sola. 

Una de mis maletas estaba abierta, y saqué una camisa y unos pantalones. El neceser estaba donde lo dejé por la noche al cepillarme los dientes, encajado entre el lavabo y la pared. A su lado, encima de un baúl debajo de la ventana había un juego de toallas con el "Banderley Hospital" no precisamente bordado, sino impreso en tinta azul y fuente funcional. Me alegré de haberme traído un albornoz enorme, blandito y que iba a la perfección con el blanco-nuclear de mi habitación en Banderley. Y sus zapatillas a juego. 

El banio, que se compartía supongo con las habitaciones del pasillo, tenía el mismo espíritu que mi dormitorio: techo altísimo, con una ventana a juego, que en su espiritualidad se eleva y te hace sentir pequenia. Afortunadamente, el suelo no estaba enmoquetado, sino forrado con un sintasol barato. La baniera era enorme, e iba de lado a lado, prácticamente podría echarme en decúbito supino (salió la pedante anatómica) y meter la cara con los ojos abiertos como en las peliculas de miedo.  Los grifos eran como los recordaba de mi época de estudiante: seguían sin descubrir el mezclador, y en uno ponía H y en otro ponía C. En el lavabo una termina solo usando el C, pero en la ducha, algún europeo lo había solventado con esa especie de estetoscopio de goma que se pone en cada uno de los grifos, y que termina en la alcachofa de ducha más triste jamás sufrida. Ducharse con eso era complicadísimo, sobre todo si, manías, necesitas las dos manos. Aquella maniana necesitaba una ducha caliente a presión, para quitarme los kilómetros, y las estaciones de autobuses y la soledad que sentía en aquel lugar donde, de día, aún no había visto a nadie. Así que, enfrentada al estetoscopio de goma raída, decidí darme un banio épico en el que, sí, metí la cabeza antes de enjabonarme y abrí los ojos bajo el agua. Lo que vi fue la ventana que era un suspiro, y el fluorescente encendido parpadeando en un lado, y creo que fue la imagen más surrealista pero a la vez más verdad que nunca he tenido de Banderley. Al salir, sin aire, me quedé mucho rato mirando el mismo ángulo desde fuera, para intentar que se encontraran ambas realidades, con un fondo de goteo inquietante, si uno hubiera puesto atención. 

Al salir, el olor de las toallas de Banderley era todo asepsia y su textura era anios,  era vapor y planchado industrial, era otras vidas, y enseguida vi que mi albornoz iba a ser mucho más que la contraposición a esas toallas. Mi albornoz iba a ser mi casa, y mientras me ataba el cinturón y salía al pasillo pensaba en los monitos de Harry Harlow. Cuántas veces me había enganchado leyendo este experimento cuando estudiaba psicología clínica en la universidad. Harlow, un investigador de los anios 50, quería demostrar el impacto que la deprivación de una figura materna o paterna, o de amor, como prefiero llamarlo yo, en los bebés. Para ello realizó unos experimentos que hoy en día nunca serían aprobados en los comités de ética, por su crueldad, pero eran los locos anios 50. En esos experiemntos se dejaba a un monito bebé solo con un muneco que pretendía ser la madre, una especie de armadura de hierro espantosa, pero con dos bultos que daban leche, y a su lado otro munieco subrogado mamá-mona que era de peluche, calentito, del que abrazarse. El monito acaba prefieriendo el mono de peluche que no da comida, antes que el de alambre, que da.  Me quedaría sin desayunar por una rato más hecha bola en mi albornoz?

Al fondo del pasillo había una puerta abierta, y recordé que eso era la cocina. La noche anterior Harding me la había senialado con prisa, y esta vez entré a ver si había de verdad té, leche y tostadas. La cocina era enorme, y tenía un ala que era comedor, y separada por una especie de office, otra salón, con una chimenea enorme, que aún se usaba y que venía de la época en la que no había calefacción.  Olía muy fuerte a curry. Era lo que parecía un cuarto comunitario: en los sofás había un par de mantas dobladas, algún libro en la mesa central (alguien estaba, en serio, leyendo "Possession", el premio Booker de 1990?), una trenca desmayada en un colgador, una raqueta, revistas de criquet... En la nevera había leche, mantequilla, mermelada de naranja amarga, algunos yogures, pan de molde, y unas manzanas pequenias y arrugadas, que parecía llevaban una vida allí.  La tetera estaba fría, la enjuagué y la puse a hervir. Para tomar el té me asomé a la ventana, que tenía la misma vista que mi habitación, verde que te quiero, y me senté en su alféizar, un lugar en el que luego pasaría tantas horas. Sería como mi albornoz, mi otra casa. Y respiré tan hondo que resonó: por qué hacían los techos tan altos los victorianos?

Plop, la teterá saltó y entonces oí un ruido. Se abría una puerta abajo y unos pasos por la escalera. Claramente, mi albornoz azoró al chico indio que entró en la sala-pensé entonces. Con el tiempo, me daría cuenta que Sandip era así de raro. O en el espectro, porque también con el tiempo en Banderley aprendí que, para los psiquiatras, particularmente los que viven encerrados en una Institución Total, como era Banderley, todo son desórdenes, o enfermedades, o síndromes, o meros signos y síntomas. En aquella época, yo aún pensaba que había gente con enfermedad mental, y luego estábamos el resto, con nuestras manías, nuestras preferencias, nuestra personalidad. 

-Buenos días, llegué anoche-y le tendí la mano-. Me llamo Mariona Calleja.

El que luego sería Sandip no sabía donde mirar, y se dirigió a la tetera con la excusa de que había saltado para evitar darme la mano. De espalda, dijo

-Marion Calleha. 

-Mariona. Tú, cómo te llamas?

-ermm, Dr Patel-mientras salía de la estancia-. Marion Calleha. Marion Calleha.

Oí sus pasos por la escalera, y me puse el té. Una vez en el alféizar, volví a oir sus pasos, que ya reconocí por su deje patoso, y su voz, ciertamente mecánica: 

-Marion Calleha-e hizo una mueca que solo alguien con buena voluntad podría interpretar como sonrisa. Se me han olvidado mis revistas de criquet. Te gusta el criquet? Aquí hay muchos partidos. 

Y sin dejarme responder, desapareció. 

9 de diciembre de 2018

Impacto del Brexit en la Seguridad Social

7 divagues
Siento que no esté subtitulado en castellano. Pero todos sabemos lo que hay. El Brexit no solo no dará £350 m a la semana al NHS, sino que lo herirá aún más, tal vez de muerte.

Veremos qué pasa el martes... Necesitamos un segundo referendum.


Y si alguien quiere profundizar un poco en la historia de esta locura en la que nos encontramos, un artículo interesante aquí: "The paranoid fantasy behind Brexit". 

7 de diciembre de 2018

Qué consume actualmente a los Pedalistas? (It's a Mini adventure)

16 divagues
Si esto del divlog es ante todo un diario- que cuatro personas amables, allende los mares, tienen a bien mirarse de vez en cuando y algunos osados hasta comentar-, me siento con cierta presión por contar lo que me consume estos meses casi tanto como lo de siempre- el trabajo y los diletantes, las noticias, el chocolate depués de cenar. Estos meses lo que me consume son los exámenes de Mini. 

En el cambio de cole de primaria a secundaria, los pobres niños han de hacer unos exámenes, que se llaman los 11+. Según a qué colegio quieras entrar, estas pruebas son más o menos duras. En la clase de Mini, con 12 niños (8 chicos, 4 chicas), todos menos tres (incluye a Mini) tienen un tutor de apoyo para preparar este sinsentido, para que el divagante se haga una idea.

El proceso no solo incluye el examen, sino una carrera de obstáculos tipo peli de terror en la que vas neutralizando zombies,  en la que nos encontramos de lleno. Así que la pobre ya ha pasado por diversas pruebas. La primera fue un examen preselectivo con ordenadore, que incluía "razonamiento verbal" (codificar, encontrar la palabra que no va-y menudos palabros) y "razonamiento no verbal" (secuencias espaciales, para las que soy totalmente negada-y eso que se me da bien aparcar! qué será Fashion en estas pruebas, que solo aparca en batería!). 

En otro par de coles ya ha hecho "entrevistas". En serio: como si fuera de trabajo. Una fue de grupo con otras dos ninias con preguntas de este tipo: "cuántas horas duerme de media una persona en su vida?" [esa fue fácil, mummy, no querían el número, sino que calculases en voz alta], o, "si pudieras viajar a otra época, a cual sería" [ah, les dije que a principios del SXX para poder parar la Primera y la Segunda Guerra Mundial"] (se nota que les están comiendo la oreja con las guerras en el cole?) o "si pudieras cambiar una ley, cual sería", [ ah, pues haría una ley que impidiese a Trump vender armas, bueno, y ya en todo el mundo] (se nota que es hija de insumiso?) En el segundo cole donde tuvo entrevista, salió hipnotizada por la profesora, una chica joven que daba literatura. "She was really nice", repetía, mientras volvíamos por el parque, de noche, con una llovizna amable. "Ah, me dijo si tenía alguna pregunta sobre el cole y quise saber si ha habido algún alumno famoso y sabes quién, el inventor de internet!!!" wow.



Los grandes exámenes los tiene la semana del 7 de Enero, esta es la razón por la que no vamos a la península este anio, y viene toda la familia. Todo esto lo contaré en tiempo real, si me dejan, recordemos lo que pasó en 2014. Pero hasta que lleguen esos días para desconectar un poco, de momento estamos todos agotados. Y el colegio parece no enterarse. 

Hace dos semanas plantean una "velada musical", que consiste, en la oscuridad de pleno noviembre, ir a una iglesia a las 7 de la tarde y estar un rato escuchando mayormente los progresos de los ninios de otros con la viola o la flauta travesera. La cosa es repelente porque además, no es directamente tras el cole: has de pasar por casa y volver a salir. Bien, no me pillarán, y le dije a Mini algo así como "no iremos, o esto detrozará nuestra tarde" (refiriéndome a que ella perdería tiempo de leer o hacer tarea, y suenio). Bien. Al día siguiente viene la del coro para ensayar y Mini le suelta: "no, no voy a ir porque mi madre ha dicho que destrozará nuestra velada" (destroy our evening). Y Shan, su profe, "también destrozará la mía". No contenta con eso-y tras haber sido reprendida en casa- al día siguiente el director le pregunta porqué no fuimos a la iglesia, la Head Girl tenía que haber estado, a lo que la tía, ni corta ni perezosa le suelta, hagan sus apuestas... precisamente! bingo! "No fui porque mi madre dijo que destrozaría nuestra velada". Encantadora. Quién tuvo que escribir dos emials disculpa a la profe y al director? Senior...


La siguiente actividad enloquecida que el colegio planea para estos días es que los ninios se unan a un concierto benéfico con otros tropecientos críos en el Royal Albert Hall. Por supuesto, me parece una locura que un 26 de noviembre los ninios se pasen todo un lunes ensayando cantitos, tener que ir al concierto que empieza a las 18:30, pagar £28 por un asiento casi en el gallinero, y llegar a casa, como lo hicimos, casi a las once de la noche. Agotador. Lo intento luchar por email con el director, otra madre se alía, pero al resto le parece una gran idea. Da pena que sea la única ninia que se quede, así que acabamos en el concierto.  Alucinada por la inmensidad del Royal Albert Hall, al principio permaneces atontada hasta que asumes el lugar, y la primera parte se hace soportable (también por las canciones de "Greatest showman", "La La Land", "Frozen", y musicales). La segunda, inenarrable: el triste teatrillo culpabilizador navidenio tipo Han Christian Andersen, discurso del director de la ONG, rifa y colofón terror máximo, el "Land of hope and glory" con las banderitas. 1500 mocosos agitando su bandera (las sales), y Mini exultante porque se la podrá refrotar a su padre, que no ha podido venir, dice, al llegar a casa. Pero claro, menudo es el Peda: cuando pilla la bandera, le falta tiempo para sonarse la nariz con ella-homenajeando así al cómico del Intermedio que va a tener que ir a juicio. Están tontos en esa península? Ah y sobra decir que a Mini le falta tiempo para contárselo al día siguiente a Shan, que siendo sudafricana lo encuentra muy gracioso.... Estoy esperando la llamada del director a su oficina.




El siguiente drama es ... drama! En algunos colegios puedes solicitar becas de distintos temas, arte, música, deporte, drama. Mini, drama queen residente, tiene alguna posibilidad en el mundo teatral, pero no vamos con esperanzas, porque compiten ninios que trabajan en el West End (igual que en deporte son ninios que entrenan horas al día). Así que gran alegría cuando la seleccionan para ir a hacer una primera audición en un cole. "Mummy, tendré que hacer improvisación, dime situaciones". Así que el domingo por la tarde pasamos un buen rato con esto. "Vas a una fiesta y hay otra persona con tu mismo vestido", o "eres política dando un discurso explicándole a la gente que tienes que subir los impuestos para poderles dar más servicios". Y empieza: "Gente! Hoy vengo aquí para hablaros de los taxistas!!!". Taxistas? Claro, esta es una broma intraducible: taxes es impuestos; taxis, taxis. Parece que hay una diferencia en pronunciación, y ella había entendido "taxis". Aún me estoy riendo (de mi inglés).


A Mini le cuesta siempre mucho dormirse, pero estos días creo que aún es peor. Y eso que es muchísimo más tranquila que yo. Pero es una época de órdago para ella. Aún así, nos seguimos echando unas risas: "mini, a ti te gustaría ser un pez grande en un lago pequenio o un pez pequenio en uno grande?" (es el equivalente inglés de "prefieres ser cabeza de ratón o cola de león" ) Y dice: "un pez pequenio en un lago grande". Muy bien, Mini, pienso orgullosa, y todas mis razones adultas de porqué esto debe ser así. Pero se explica: "es que así es más dificil que te coman". 

Si esto es un diario, y aparte de los cuatro de allende los mares un día lo lee Mini, todo esto pasó. Porque todo esto se nos olvidará, por muy imposible que hoy, que nos está consumiendo, lo parezca. 

4 de diciembre de 2018

Serial. Tres.

18 divagues
Así que esto era Danby, y esa casa forrada de hiedra el "Duke of Wellington", un pub con algunas habitaciones que prometía buena comida y cerveza ("Fine ales. Good food"). Por lo menos no tenía el cartel aquel de "el mejor asado de domingo de la zona"-más tarde constataría que cualquier establecimiento que presume de algo, es que de ese algo carece.

Por lo que yo hubiera matado al llegar a este pub de pueblo era por una taza de té (sí, ya traía esto del té de la península, el destino o algo), pero en el Duke of Wellington no había ni rastro de tazas calientes: solo gente local abrazada a sus pintas. El dueño vio en la puerta un alien con su casa a cuestas y enseguida ató cabos: yo era la de Banderley. Sin problemas, deja todo ahí, somos todos de la casa, voy llamando al hospital. Y a la vez una mujer risueña salía de lo que debía ser la cocina con una taza de té, toma love, y además shortbreads (otro tipo de galletas, deliciosas estas porque que se les ha ido la mano en el departamento mantequilla). No sé cuánto rato pasé allí, esperando, empapándome del lugar, las carcajadas de los parroquianos, la moqueta granate, las toallitas de Guinness en la barra, el grupito que jugaba al scrabble. Y empezaba a anochecer. Maldito noviembre,  cada vez que es un húmedo y lloviznante Noviembre en mi alma ("whenever it is a damp, drizzly November in my soul...") pensé, recurriendo una vez más a la literatura, esa amiga que está ahí en los mejores y los peores momentos.

Los peores momentos: la puerta se abrió, golpeando la pared con tanta furia, lo siguiente del estruendo, que muchos de nosotros saltamos. Quien entró no era otro que una versión norteña y actual de Faggin, el odioso abusador de Oliver Twist. Era un hombre alto delgadísimo de unos ciencuentaymuchos, con cara amarillenta, bolsas bajo los ojos, labios casi inexistentes y una perilla que remataba el cuadro de personaje malo. Para completar la descripción-que en el taller de escritura tacharían de manida-, y antes de que se me acuse, esto no es mi mente jugando malas pasadas, nuestro hombre llevaba un mismísimo Inverness Coat (el de Shercklock Holmes, con la capita) pero negro, que le daba un aspecto aún mucho más Faggin y que además chorreaba porque, como siempre, llovía.

No me perdí el juego de miradas: el dueño le miró con lo que leí era auténtico terror, y en un nanosegundo desvió su mirada hacia mí, como diciéndole: ahí está, puedes matarla. El hombre del Inverness asintió y yo me dirigí a él, y saliendo a la calle sin capucha a la especie de minibús con el logo de Banderley, que ya había visto en los membretes de las cartas. No se puede ir delante -cuando intenté subir al asiento del copiloto-, no se puede comer en el minibus-cuando la mujer me daba un paquete individual de shortcakes. Y no recuerdo mucho más de aquel viaje, aparte de que todo estaba oscuro fuera, el pelo mojado me daba frío, y de que sonó el Réquiem de Mozart -sobre el que he desarrollado un reflejo de aversión, particularmente el Lacrimosa, desde aquella noche- durante todo el camino en el que Faggin no abrió la boca, aparte de para susurrar -o es de nuevo mi memoria, jugándome malas pasadas- "Confutatis! Maledictis!". Yo me sentía como en un carruaje de aquellos antiguos en el que el conductor, con sombrero de copa y levita, azotaba a los caballos desde fuera. Solo faltaba que, de aquel bosque de Tim Burton salieran a asaltarnos los highwaymen de "Historia de dos ciudades".

Por fin oí la voz, más bien el gruñido de Faggin: nos estaban abriendo las puertas de hierro de lo que parecía un castillo, allá al fondo. En serio: ni en mis sueños más salvajes podría haber imaginado que la foto soleada de un maravilloso edificio victoriano rodeado de verde (así se anunciaba Bandelry en el folleto que me enviaron cuando solicité) era la casa encantada que tenía ante mí. Un edificio de piedra que, como el Duke de Wellington, estaba enterrado en la hiedra en muchas de sus partes. Los ventanales eran altísimos, tipo guillotina y divididos los cristales en cuadraditos. Debajo de algunas, las cercanas a la puerta principal, había unos focos de luz triste (era la época pre-LED) que, con las sombras de la hiedra le daban un aspecto fantasmagórico. Otro cliché, lo sé, y atención al que viene: a los lados había torretas de tejado de pizarra negra, con ornamentos de metal, muy Rapuntzel. 

Ahí estaba yo, inmóvil, asumiendo aquel lugar mientras Faggin descargaba lo mío e intercambiaba gruñidos con una enfermera que, parece que era a mí a quien esperaba en lo alto de las escaleras. La puerta principal de Banderley-por la que nunca volvería a entrar- se me antojó un Pórtico-de-la-gloria del Mal perdido en la nada de los Moors. 

-Bienvenida a Banderley, doctora. Soy la enfermera supervisora del Ala de Psicóticos. Me puede llamar Sister Harding. 

-Gracias, encantada, Sister Harding.

Antes de que levantara la mano para dársela ya se había girado con un sígame, bajando a paso fuerte por un pasillo de baldosines blancos y negros, todo eco,  del que no se veía el final. 



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Todo el serial está aquí.

29 de noviembre de 2018

"El adversario" de Emmanuel Carrére: solo si el desorden mental es tu cosa

39 divagues
Si las ballenas no te apasionan, no te interesan, no son tu cosa: igualmente tienes que leer "Moby Dick". Si la psicopatía, el desorden de la personalidad, El Mal, no son tu cosa, no es indispensable este libro. O a ver que piensas tras leer el divague.

Yo ya conocía la historia de Jean-Claude Romand y, en todo caso, la cuentan en la contratapa: un tipo que, tras pretender que era médico con un gran puesto en la Organización Mundial de la Salud, termina matando a su mujer, dos hijos y a sus padres cuando se ve acorralado, y que va a ser descubierto.  Lleva 25 anios de cárcel en Francia.

Cuando escuché esta historia espeluznante en la radio me planteé mil preguntas, todas en relación con la mente del tal Romand. Siempre hago eso: intentar ver si gente que comete acciones terribles son "mad, bad or sad", que dicen en inglés,  son "locos o malos". Una vez más, el inmenso debate "nature-nurture" sobre qué porcentaje del horror es biológico, qué porcentaje social (nótese que no planteo la dicotomía biológico-social como excluyentes,  el divagante que recuerde los divagues bajo el distintivo "psicopatía" sabrá de lo que hablo).  Como si se le pudiera poner porcentajes al horror, pensarán algunos. Lo sé, pero es lo único que nos queda ante él: intentar entenderlo para algún día lejano, intentar prevenirlo.

A Emmanuel Carrére, autor de "Limonov", me lo lleva recomendando distinta gente desde hace un tiempo. Yo sigo en mi rollo -probablamente equivocado- particular de leer poca contemporánea, y de leer aún menos traducciones. Con este libro me he reafirmado en ambas decisiones, pero sobre todo en la segunda. Traduttore, tradittore, o no, pero yo me siento como metiendo mano con guantes. Sé que algo me pierdo, y además, es que distingo frases que me suenan estiradas, traídas por los pelos, vamos, que en la vida eso no se dice así. Por tanto, este no es un libro que recomiende a alguien que no le interese el tema de la psicopatía, los trastornos de la personalidad, la enfermedad mental. Yo lo he leído con interés porque es Mi Tema (bueno, uno de) y sí, entiendo que la gente normal tiene como Su Tema las motos, la Revolución Industrial, lo victoriano. O algo. A mí me fascina escarbar en la mente humana e intentar entender: "Es el demonio", "el mal en estado puro existe", no me sirve.

El problema de intentar entender es que, en muchas ocasiones, acabas sintiendo compasión por el monstruo. Tras leer su pasado, te haces una idea de dónde viene, te planteas que sus acciones no son más que cerrar un cículo de espanto y  tu ira inicial, focalizada en él, tiene que necesariamente extenderse a más y más y más, y al final llegas a la conclusión de que vas a ningún sitio. El foco del odio somos todos. Pero para empezar, es curioso con el caso de Romand, porque con él es difícil sentir esto-o por lo menos para mí, veremos luego. No venía de una familia de abuso, de falta de amor, de enfermedad, de pobreza extrema, una de esas situaciones imposibles de las que, de todas formas, la mayor parte de la gente sale, mal que bien, sin asesinar al prójimo. Lo de este individuo enerva porque, dentro de la mediocridad más cotidiana, casi sin querer, hiciera lo que hizo. Hay gente que no se sale de su camino para hacer el mal, pero si hay alguna razón por la que algo se les cruza que pueden solucionar jodiendo (disculpas por mi lenguaje, fastidiando no es suficiente) a alguien, no dudan en hacerlo. Malos oportunistas. Parece que lo de Romand fue una cosa así, escala masiva (y no diré Nivel Leyenda porque esto es lo que él, en el fondo quiere).

Romand comenzó mintiendo, nos dice Carrére, en el contexto de una familia -donde era hijo único-y de las inconveniencias no se hablaba. Así que las "mentiras piadosas" eran la constante, y la somatización: te duele el alma, pues te duele la tripa o tienes jaqueca. Lo importante es no hablarlo, no confrontar nada, y todo para adentro. El cuenta que escondía "una angustia, una tristeza vital", y que no se lo decía a sus padres para evitar decepcionarles.  Pero Romand no es el primero ni el último que no habla con sus padres de sus pensamientos más íntimos, ni el único que no quiere decepcionarles. Obviamente, lo más saludable es vivir en una familia abierta, dialogante y no juzgadora, como las de las películas. Pero no todo el mundo tiene esa suerte o, en realidad, solo existen en las películas. 

Cuando está en segundo de medicina y no aprueba un examen necesario para pasar de curso, decide pretender que sigue en la carrera. Yo ya conozco dos casos de estos: uno personal, y otro me lo contaron. El personal era una compa mía de clase que llevaba colgadas mil asignaturas de cursos pasados, y en un punto (no sé que vino antes) se aficionó a los bailes regionales. Un día me dijo "si llamas a mi casa (oh, aquella época que llamábamos al fijo para comunicarnos con nuestros amigos, y acabábamos hablando con sus madres), mis padres creen que ya he terminado la carrera". Yo ya me vine a UK y le perdí la pista, pero a veces me pregunto qué sería de ella, si estará aún bailando danzas étnicas, si vivirá de eso, si lo sabrán sus padres. Pero divago.

Romand es, y esto no sorprenderá a nadie, un narcisista de libro pero que se quiere muy poco a él mismo. Su inseguridad es enorme: en la vida hace lo que cree que va a gustar a los demás, no a él mismo. Querer gustar hasta un punto es normal (en especial en las mujeres, a las que se nos ha educado para eso; menos mal que las cosas están cambiando y cada vez más hay mujeres con un par que están cambiando las cosas), pero sacrificar lo que eres para que te aprueben los otros, ese afán, te hace patético y desde luego alguien que, una vez descubierto, no gusta a nadie. Ya en su juventud era un pobre de espíritu, que se inventaba historias que a nadie interesaban en su grupo, pero que eran demasiado amables para cortarle en seco. Muchos anios después, en el juicio, igualmente se centraba en sí mismo: su sufrimiento, su dolor. Ni idea de cómo se sienten los otros. 

Otra característica de libro de texto del psicópata es la grandiosidad. En Romand se ve claramente durante la novela, todos sus imaginados títulos y pretendidos viajes por el mundo (que se pasaba metido en un hotel en el aeropuerto) son propios de un triste, esa gente que miden su valía por todas esas cosas externas que poco tienen que ver con el centro personal de uno, que no sé porqué me senialo el esternón mientras escribo esto. Pero cuando se ve más trágicamente es en el juicio: le gustaba verse -y que le vieran, claro- como un personaje trágico, impelido por la fatalidad oscura, una especie de ser de la noche, misterioso y atractivo. Hay algunos que tienen cáncer (esto también se lo inventa en un punto), pero lo suyo es que "el destino ha querido que él constrajese la enfermedad de la mentira" y claro, poco se puede hacer ante eso, no es su culpa, él nunca asume ninguna responsabilidad. Cuando salen a la luz sus timos y estafas a toda su familia y amigos-pretendiendo que como mienbro de la la OMS podía obtener grandes intereses-, eso no le gusta. Eso lo presenta como un cutre secundario de serial barato, un timador sin escrúpulos- ni huevos porque elige a ancianos y gente vulnerable para explotarlos vilmente. 

Cuando a estos tipos se les desenmascara, siempre salen los vecinos diciendo "si era un chico tan majo, siempre saludaba". Obviamente, esto también pasa con Romand. Lo que más miedo me da en estas situaciones, y también aquí: tras haber cometido esa matanza va a comprar el periódico y la vendedora dice que "parecía tan normal". Ni un mínimo azoramiento. Nada. No siente nada. 

Se acaba la novela y tú terminas sintiendo todo menos nada. Estupefacción, confusión, porque lo que no entiendes es nada. Y lo recuerdas como, en el fondo, un pobre hombre, aterrado de la violencia física, un cobarde que se mete en una huída hacia adelante atroz, con un trastorno de la personalidad bestial y un vacío, un vacío total. Es un ser hueco, que además de indignar (por qué, por qué todo eso?), aburre. En la cárcel empieza a recibir las visitas de un grupo cristiano zumbado, de esos cuya gran aportación a la Humanidad será la oración ininterrumpida del rosario 24 horas al día forever, que caen en sus garras de charming psychopath (tienen algunos un lado encantador, en la superficie... vale, no todos, pensemos en Mindhunter) y una de ellos se hace su novia!!! En fin, que los muy descerebrados le ofrecen otra careta tras la que esconderse, de otros pero ante todo de sí mismo... y el libro termina con un escrito suyo iluminado por esta nueva idea delirante (sin estar sicótico, un respeto a los sicóticos) de la Gracia y la Luz. Y, a estas alturas de libro, ya ni siquiera fascina el intentar entenderle: Carrére nos ha llevado a una de las peores cosas de que uno pueden decir, que aburre. 

El libro está correctamente escrito, pero no creo que supere el nivel "entretenimiento" para alguien que no se pase la novela analizando al personaje. Como dice mi admirado (este sí) Norman Mailer "to become a good working amateur philosopher, an indispensable vocation for the ambitious novelist since otherwise he is naught but an embittered entertainer, a story-teller".  Eso, o yo me he perdido, una vez más, en la traducción.



22 de noviembre de 2018

Placer culpable 1: "The good doctor"

20 divagues
Puedo explicarlo todo.  En serio. Vamos, que aunque no interese, yo voy a explicarlo todo. Sí, me siento (soy) culpable y he de justificarme, siquiera ante mí misma. Ahí va. 

Me he -"enganchado" no es la palabra, exploraremos cual es a lo largo del divague-a una serie.

Por partes. Como todo divagante que se precie sabe, no he tenido nunca tele en mi vida adulta, y ahora no tengo ninguna de esas plataformas de pago para ver pelis o series.  Sin embargo, tengo una hermana milennial que me deja chupar de la suya (dice que es legal, que paga o tiene o loquesea dos pantallas) y unos padres que tienen otra en la que el Peda se mete a ver a la Real de vez en cuando, y yo a ver... el guilty pleasure.

Carraspeo. Veamos: resulta que alguien me habló de una serie donde el protagonista es un resi de cirugía autista. Oh, autista, cómo lo actuarán, pensé. Y como quien mete el dedito a la piscina, entré en el primer capítulo, únicamente a ver al autista ("yo, como Warren Sánchez, solo quería probar"). La serie se llama "The good doctor" y el prota es nada menos que Charlie!!! Sí, sí, ese, Charlie el ninio de "Charlie y la fábrica de chocolate"!, la versión de Tim Burton de la famosa novela de Roalh Dalh, donde Johnny Deep hace de Michael Jackson y el mismo senior enfadado asiático de todos los Umpa-Lumpas. El ninio, que era monísimo (Freddie Highmore) resulta que ha crecido, y ahora hace del cirujano autista. Pero yo sigo viéndolo con el billete dorado y con su abuelo bailando.

No sé si la culpa de este proceso ha sido recordar a Freddie como Charlie, pero lo cierto es que, desde que le vi interpretando al Dr Shaun Murphy, me hipnotizó. El mono-tono, el énfasis en la voz, los manierismos con las manos, los limitados gestos y expresiones faciales... todo él me parece una representación total de lo es un autista con alto coeficiente intelectual. Hay que anotar que hay que verlo en versión original: esto es vital porque cuando por error comienza en castellano, la voz del actor de doblaje no tiene la cadencia de un autista, es una voz normal. En castellano, no la vería.

En el primer capítulo se introducen algunos de los temas que seguirán en la serie, y uno importante es el estigma de la gente con desórdenes de salud mental. El panel del hospital no quiere darle trabajo, hay un debate, esas cosas. Durante muchos capítulos su valía será cuestionada, y él se quitará ese sambenito a fuerza de meter horas y de una de las características que son fortaleza en los autistas: puede reconocer patrones, y desentraniar códigos mucho mejor que los "neurotípicos" (los no autistas). Así que a veces entra en una especie de trance, en la pantalla vemos superpuesta la arteria que sea con todas sus ramificaciones, y él ve la luz. Murphy no siempre tiene razón, la serie no es tan predecible como para eso. Y muchas más veces se equivoca a nivel social, soltándoles a los pacientes posibles diagnósticos a pelo, pronósticos no muy halagüeños, detalles de la operación que un paciente no necesita saber, y la gente se queda, obviamente a bolos. El otro día, cuando alguien me hablaba de que los médicos tenían que ser ante todo agradables, yo le pregunté, "si tuvieras que elegir, una sola cosa, querrías que tu neurocirujano fuera agradable o efectivo?" Yo me quedo con un Murphy antes que con un simpático que no sepa de lo que habla. 

No solo lee: tiene una tesis sobre el Ulysses!!!
Pero claro, la serie no es solo el Dr Murphy, que es un amor, y a mí, cada vez que mete la pata me dan ganas de abrazarle (que es lo que más odiaría él, por otro lado). Murphy trabaja en un equipo donde hay tensiones, en un departamento donde hay tensiones, en un hospital donde hay tensiones. Mmm, suena esto familiar? La serie es cheesy (cursi) por demás porque estos personajes son buenos o malos. Hay una resi negra que es empática, perceptiva, buena gente. Luego está la rubia sicopatilla, esta es mala, ya os lo digo. Luego el mentor de Murphy, no bueno, santo. Luego hay un jefe médico que también es malo. Luego está el jefe del equipo que, como buen cirujano, es arrogante pero en buen plan (conclusión: es bueno). Y así todo. Lo que es una constante es que todos, absolutamente todos, están buenísimos.  Se supone que está basada en California, así que hay mucha mezcla de hispanos, asiáticos, negros y algún blanco (los pacientes). Esto refleja muy bien la realidad de los hospitales del Reino Unido, por lo menos,  y tal vez sea así en Cali. A mí me tiene atrapada el arrogante, que es de origen mexicano y es, a día de hoy, Mi Hombre. No hablo en vano: que hasta le he hecho un google y resulta que es amante de la literatura, y tiene una tesis sobre el Ulysses de Joyce. En serio. Pero yo lo vi primero. 

said no one ever
Pero la serie es además cheesy por los casos clínicos de cada semana. Muchas veces son interesantes por las complejidades éticas que plantean, todo eso pasa en la vida diaria de los hospitales (temas de consentimiento, confidencialidad y demás). Pero es que siempre ocurre una variación de esto: paciente tranquilo en la cama, cirujanos le explican algo, y, de repente, oh algo falla, plonk, plonk plonk, los monitores locos y "hemorragia interna! hay que intervenir de urgencia!" O "infarto de miocardio", "Lo perdemos" y así todo. Y no olvidemos las excesivas escenas sangrientas de quirófano, en las que yo cierro los ojos. Esto sube la audiencia? Argh.

Para terminar unas líneas para el gran tema de la barra de progresión, con la que puedes pasar rápido y saltarte algún trozo. En principio mi objetivo era ver solo a Murphy, por su actuación autista, y me saltaba el resto. Luego, ehem, se ha extendido a ver al mexicano lector de Joyce. Senior!! Llegaré algún día al capítulo completo???  Con todo lo que hay que divagar y leer,  aquí estoy yo, viendo a Charlie crecidito con voz aguda monotonal haciendo cosas así con las manitas y a un mexicano buenorro que se lo tiene muy creído.

Como espero haya quedado claro: no es lo que parece, puedo explicarlo todo.



17 de noviembre de 2018

Aquella escena de "La Naranja Mecánica"

25 divagues

Esta foto la he hecho yo-y la siguiente. Las demás, son del archivo de Lambeth
No hace falta que diga cual, no? Todos pensamos en la misma. Un chien andaluz. Los excesos de la psiquiatría. Ojos. Pánico. La Técnica de Ludovico. 

Tanto está esta escena en el subconsiencte colectivo que el otro día, viendo una serie sobre Unabomber, aquel tipo que mandaba cartas-bombas desde su cabaña en los bosques de Montana, para tener un altavoz sobre sus ideas políticas, la volví a ver. En este caso, había un flashback en la vida del Unabomber, en la que participió en un estudio "psicológico" mientras estudiaba en Harvard y ahí estaba: Alex con pinzas en los párpados, obligado a mirar aquellas otras escenas. 

Esta escena, una de las más inolvidables de la historia del cine, fue rodada en un lugar de West Norwood, en el sur de Londinium, llamado Nettlefold Hall. Frederick Nettlefold era un filántropo que cedió el terreno para que se construyera un hall con una biblioteca adyacente. Así que en 1888, se abrió la primera biblioteca pública de Lambeth, re-diseñada por Ted Hollamby en 1969 con un estilo "escandinavo". Pasaron los años y lo cerraron, y la semana pasada lo reabrieron.

Patio central

Hoy he estado por allí, y el edificio me ha encantado: circular, alrededor de un patio, gran parte de él es la biblioteca, en otra zona hay un café, en otra sofás, y enmedio venden las entradas para las cuatro salas de cine que han abierto.

Una de ellas, la mayor, es más o menos lo que fue el antiguo hall donde se filmó la tortura de Alex -un intento de reconvertirlo en ciudadano ejemplar via terapia de aversión-y en honor a "La naranja Mecánica" tiene alguna butaca... naranja, claro.
Aquí se filmó 

Aquí se podrá ver...

Había fotos colgadas de la biblioteca escandinava en con gente sesentera en blanco y negro leyendo. Me ha gustado tanto el edificio, y luego las fotos vintage, que querría haber estado allí. Pero como Mini hace en este barrio su club de Escritura Creativa los sábados, planeo pasarme muchos ratos perdiéndome por los pasillos, leyendo con jerseys de cuello de cisne y gafas enormes, y tarareando al viejo Ludvig Van (welly welly welly well) y "Singing in the rain". Call me Alex. 






"I woke up. The pain and sickness all over me like an animal. Then I realized what it was. The music coming up from the floor was our old friend, Ludwig Van, and the dreaded Ninth Symphony".

12 de noviembre de 2018

"Leer mejor para escribir mejor" de Elena Rius

21 divagues
Después del enloquecido fin de semana donde hubo todas las estaciones del año y del Via Crucis diabético, el martes tocaba disfrutar de Barcelona por sus calles y librerías. Pero además, había quedado con Elena Rius en el Ateneu! Hacía mucho tiempo que no quedaba con blogueros desconocidos en persona... la primera vez en Madrid, allá por 2011, cuando conocí a NáN y a Mo, en aquella cena de boquerones (puede ser?), luego la emboscada a Txelos organizada por No y Viveiró en Vetusta esas mismas Navidades... o sea, el Pleistoceno. 

Elena ha escrito varios libros, se lo ha leído todo y da clases de escritura creativa en el Ateneu, que tuvo la amabilidad de enseñarnos. Cuando esperábamos a la una en el hall debimos estar como un par de minutos sin identificarnos, porque ella suponía una pareja con niña [Mini, pudiéndose quedar con su tía (en casa, tocada por el virus que gentilmente me pasó para el fin de semana) y su perra, de qué va a venir con nosotros?!]. De repente, nos miramos, y estuvo claro: eres Elena? eres Di? creo que dijimos, o quizás usamos los nombres "de día"? Porque aunque resulte difícil de creer, detrás de mi yo "de noche", Di, hay una ciudadana ejemplar. Batman vs. Superman. Maléfica vs. Aurora. Gremlin punky vs. Gremlin osito. La macarra Di es una señora que nada con bolsa del super como gorro sin meter la cabeza y que ordena el contenido de su bolso como la madre de Amelie. (...) Venga, vale, ya lo dejo.

Ateneu
Elena nos enseñó el edificio: sus salas de lectura con suelo tablero de ajedrez, la cafetería, la maravillosa biblioteca en la que nos pretendimos miembros (ojalá) y por fin terminamos tomando algo en el patio encantador con palmeras, pajaritos y hasta estanque con peces de colores. La conversación, que no fue solo de literatura, fue como la que se tendría con alguien a quien se conoce de hace mucho; es curioso lo que pasa cuando, click, se conecta. 

Cuando hablamos de los cursos que da (a gente que aprende a escribir ficción), fue clara: lo primero que se necesita para escribir es estructura. Pero-intenté, así como de puntillas-no sería posible empezar así un poco a lo loco, y ver lo que pasa? (yo, que nunca he escrito en ficción nada más largo que relatos). No, me sonreía Elena, y me parecía que iba a decir, "estructura, estructura, estructura". Yo estaba, divagantes, en secreto pensando en "Serial", del que no tengo nada que se parezca una bitácora, ninguna idea de adónde va. Estructura. Con lo diver que es sentarte a escribir así como un divague, y ver qué pasa. Estructura. Y si luego quiero cambiarlo todo? No pasa nada, una estructura puede ser alterada. Y yo, que en general soy la persona más estructurada del mundo, aquí estaba revolviéndome porque quería ser anárquica. "Todos los que empiezan sin estructura se atascan a la página 40". Estructura. En fin, que igual me tengo que sentar un día con papel y boli. 

Dedicatoria
Entonces Elena me regaló su libro "El síndrome del lector", basado en su blog "Notas para lectores curiosos" que va precisamente de esa gente que no podemos concebir salir de casa sin un libro, o vivir sin paredes forradas de libros, o sin oler y tocar los libros. Y este regalo me llevó a otro suyo que encontré por la tarde en La Central de C/Mallorca (donde Nara casi nos mete en un lío por cariñosa con una Miss Trunchbull que pasaba por allí), "Leer mejor para escribir mejor".

El libro va exactamente de lo que nos cuenta el título, aunque tiene una parte inicial en la que ayuda simplemente a leer mejor, sin importar si se tiene interés de escribir ficción. A cualquier amante de la literatura, esta especie de onanismo literario (llamémoslo metaliteratura) nos apasiona. Os aseguro que he disfrutado muchísimo, primero constatando que ya había muchas cosas que hacía bien, y además aprendiendo otras. 

"Aprender a leer" (De qué hablamos cuando hablamos de leer) es la primera parte que comienza con una cita de Borges maravillosa:



"Una biblioteca es una especie de caverna mágica llena de difuntos. Y pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas"



Qué apropiado para estos días de muertos y cementerios, pensé el 30 de Octubre, el día que lo compré. En la misma Central me trasladé al de Vetusta-que visitaría unos días después-, donde hay algunos panteones familiares con estatuas terroríficas y maravillosas (mi favorita, una mujer con un velo que la cubre toda, cabeza mirando al cielo, viento)... solo con leer su historia, o casi solo con imaginarla, la estatua se quita el velo y camina.



Todos somos lectores, en el sentido literal de la palabra. Podemos leer un prospecto, una noticia, un periódico, una noticia. Pero la autora nos explica lo que es un buen lector: aquel que no se queda en comprender, sino que analiza, y que, importantísimo, interactúa con el texto. La manera más típica de hacerlo es leyendo con lápiz, subrayando, anotando, o con un cuaderno de notas. Supongo que habrá algunos que interactuarán solo con su cabeza-yo no puedo. Quién no se ha quedado alguna vez con el libro cerrado sobre el pecho, mirando un punto indeterminado de la pared? Pensando. Yo esto a veces me he descubierto haciéndolo mirando la foto del/@ autor@ en la contratapa. 


Yo recuerdo perfectamente el momento en el que comencé a subrayar. Fue en COU, con "El retrato de Dorian Gray". Es un libro con tantas frases épicas-ya se sabe, el ingenio de Wilde- que llegó un punto en el que había que "capturarlas" para hacer eso que a los lectores nos gusta tanto: volver al libro y mirar los subrayados. No recuerdo cuándo comencé a anotar, pero ahora es una parte indispensable de mi lectura. Tengo algunos amigos que insisten en que su libros "han de estar limpios". Yo ahora mismo estoy leyendo un libro de segunda mano anotado por un@ desconocid@ y me está encantando, así que no veo que incoveniente puede tener un libro con rayas, flechas, signos de exclamación.


La lectura no solo tiene el poder de hacernos felices, sino que ha cambiado el mundo. La ficción no solo informa, sino que transforma. Todo esto son frases de Elena, tan verdad. Porque al final lo que hace mejor un libro es que te interpele (aunque sea desde una experiencia en las antípodas a la tuya): quién no ha pensado, esto lo escribió esta persona para mí, y yo aún no había nacido? Virginia Woolf, George Elliot, Julio Cortázar... todos pensaban en mí, y seguramente en ti también-eso los hace grandes. pero al final, para qué se escribe, sino para atar al lector,que dice Vila-Matas.


Hay que hacer lectura atenta, y lectura crítica, y además, tenemos que hacernos preguntas mientras leemos, sobre distintos temas: 


    La estructura:
Por qué usa esa estructura? (estructura, estructura, estructura-volvía la intrusión de Elena en el Ateneu mientras leía esto ya en el sofá de Fashion). Por qué el autor empieza en el lugar físico que lo hace, por ejemplo en la heroica ciudad que dormía la siesta? Por qué en ese momento vital del protagonista, los 23 años de Hans Castorp (que no se me olvidan porque yo tenía esa edad al leer "La Montaña Magica") o los 27 de Ana Ozores (yo tenía 33)? O en qué momento de la historia, en un pasado remoto, en el rabioso presente como los de Jonathan Franzen o en un futuro distópico, como el de Ray Bradbury en "Farenheit 451" o Margaret Atwood en "The handmaid's tale"? Es el uso de los tiempos continuo o a saltos como el de Egan en "A visit from the goon squad"?

    El narrador:

Usa el omnisciente, tercera o primera persona o, uno de mis favoritos, el narrador no-confiable como McEwan en "Nutshell" o Coetzee en "Disgrace"? 

    El estilo: 
Qué estilo tenemos: seco, descarnado como el de Cormac McCarthy en "The Road", intimista como Joan Didion, o John Williams, periodístico, como Orwell


    Pistas y claves
Que piedrecitas nos deja el autor en el camino para que vayamos construyendo la historia? Hay palabras clave que nos pueden orientar? Aunque en mi opinión, hoy en día muchas pistas resultarán manidas (por ejemplo, Rius habla del arsénico en las botellas del farmaceútico de Madame Bovary, que todos sabemos como termina. No resultará esto un poco naive en 2018?)


    Motivos y simbología
Aquí es donde Freud ha podido aportar algo al mundo: el agua, la fertilidad y suma y sigue. Se me ocurre "2666" de Bolaño, que nunca explicó su título, pero nos mueve a todos algo, y no precisamente positivo. 


    El tema
Cuando divago sobre libros, siempre digo que no quitaré ningún interés sobre la trama porque no suelo contar argumentos, sino temas. Hay gente, como NáN, que lo primero que hace es enterarse del final para poder leer tranquilo, como buen lector atento y crítico que se fija en esas otras cosas. Lo cierto es que no hay nada como tener las dos cosas a la vez, pero que a veces la ansiedad de saber que pasa te hace leer demasiado rápido: como ejemplo de un libro muy bien escrito con el que me pasó eso tengo "Hoy, Júpiter" de Luis Landero. 


    El contexto

Si no se conoce la época, o tal vez la cultura a la que se refiere una novela, podemos perdernos parte de su contenido, aunque no es el fin del mundo. Yo a veces cuando leo a Zadie Smith, que es tan Londinium pienso... esto alguien que no viva aquí no lo puede entender igual, o alguien que no haya trabajado de cerca o tenido amigos negros podrá captar los matices que nos cuenta Chimamanda Ngozi Adichie o Paul Beatty. Haber viajado por California tambien te ayuda a entender a Didion o a Lucia Berlin, o por lo menos a situarte en ese escenario. 


Como decía, la segunda parte nos enseña a leer como un escritor, qué hace un buen principio (este tema tambien me fascina; en serio que me exalto con  mis favoritos, algunos dickensianos, pero el mejor sigue siendo... "Call me Ishmael"), un buen final, cómo crear un personaje, cómo darles voz (como Albert Cohen en "Bella del Señor"), cómo usar los diálogos, qué los hace memorable, cómo jugar con el tiempo, cómo construir un universo...

Un libro indispensable para cualquiera que ame la literatura, para aprender cosas nuevas y para encontrarte. Porque, si has llegado hasta aquí, estoy segura que eres un lector atento y, como todos los buenos libros, este te interpelará. 

9 de noviembre de 2018

Nieve, Barna, casas que fueron iglesias, y el veneno del SXXI

5 divagues















La semana pasada, vacaciones escolares de Mini, comenzó hace siglos y por ello aún no tengo claro qué tiempo verbal usar en este divague. Ha tenido (ya tengo que cambiarlo, porque esto era un borrador: ya es "tuvo") de todo: idílicos reencuentros, comida sin conocimiento, literatura, bebidas en terrazas soleadas, noches en vela, nieve y chimenea, y postración en el lecho del dolor. Cómo apretar lo que puede pasar en un periodo de, no sé, pongamos un anio, en tan pocos días? Ay, divagantes, yo como Les Luthiers, lo diré en tres palabras: "yo qué sé".


Como decíamos hace siglo y un día, aterrizamos en Barcelona para las celebraciones rituales del cumple de la Hermanísima (gracias Mo, alguien por fin se atreve a llamar a Fashion por su nombre). La sorpresa preparada pol JAL su novio y kuniado universal era pasar el finde en La Cerdanya, donde nos aventuramos pese a que el Peda estaba medio febril (pero a los del norte esto no les resulta óbice de nada), a que íbamos cinco y una golden en un Mini y a que anunciaban nieve. La sorpresa dentro de la sorpresa era que el doming íbamos a ir en caballo-afortunadamente, la nevada fue tal que cundió por un momento el sentido común y esta parte de la celebración se vio abortada.




No así todos los demás excesos, incluídos los gastronómicos, que hasta la pobre Mini alucinaba pepinillos del frenesí del azúcar el sábado por la tarde. En un aparte, le dijo a su aitá: "no podía creerlo daddy... helado, coca... y luego tarta!". El orden de la secuencia de fechorías viene a ser: 

Inicial paseo a Talló, no me canso de fotografiar esa iglesia. Al lado han reabierto un hotel donde nos tomamos un colacao, hablando con los duenios, una pareja muy energética que ofendió particularente al Peda porque no paraban de hablarnos ("intentar vendernos") su otra propiedad: una casona con capacidad para 16 personas (o eran 20?), con jacuzzi y dardos electrónicos. Mira, lo gugleais y hay una vista inicial de dron muy guapa, y en este mismo instante lo tenemos con una "puesta de largo". Fashion me explica -mientras me desencajo la mandíbula-que esto es algo muy "Ultimas tardes con Teresa", burguesía catalana que aún se siente con la necesidad de poner su hija en el mercado a los 18. 


Segunda estación del "veneno del SXXI" (azúcar, por si alguien aún no se ha enterado, que el azúcar es el nuevo fumar):  heladería de Bellver (regentada por uno de Córcega) a tomar el mejor helado del mundo, "Nata de la Cerdanya". 

Tercera estación: mientras nosotros tres nos regodeábamos en la heladería, los jekes pillan cantidades insdustriales de coca (aclaración para los que no conozcan su sinónimo como "torta", no vaya a ser que lea esto la Guardia Civil y ponga un tuit de esos inteligentes suyos) en el Forn Pous.

Cuarta estación (en serio!): sigilosamente, JAL compra un tarta selva blanca (parece) para las velas!!! En serio, JAL? Era esto último necesario?

Pues sí, y también hay quinta: al llegar al hotel JAL sube a la habitación y baja una bandeja de panellets de Mauri, una pastelería bien.  


Y sexta: no podía faltar, el chocolate. Congelados, nos apostamos alrededor de la chimenea del hotel y la duenia, amiga de los jekes, sale con una jarra de chocolate, claro, esas cosas había que mojarlas en algo. 

En resumen: el exceso fue severo y  se me nubla la vista (coma diabético?) de pensar que en un rato estaba reservado el Casa Biayna para cenar... senior dame fuerza.



La maniana del domingo amaneció nevada, y nevando. Fashion fantaseó por un momento, y si nos quedamos atrapados aquí? Como en aquellos libros de Los Cinco, vamos con perro y todo. O tal vez como un Orient Express estático, sin asesinato, pero tratándose de Fashion con mucho glamour? Claro que el otro grupo que había en el hotel no iba a poner mucho de su parte a este respecto. Unas 15 personas, en su mayoría mujeres con pelo cano, que vimos en un punto hacer movimientos orientales, y que luego la duenia nos aclaró que eran practicantes de algo de las energías, chi kung.  Por supuesto, volvimos a Talló, y a ver a la familia, y antes de volver a Barcelona a Nas, al mirador del banco desde el que se ve la inmensidad de La Cerdanya, blanca esta vez. Queda un reducto, no está todo construído, una piensa allí...

 




Toda la nieve del domingo se esfumó de repente, y el lunes, que habíamos quedado para ir a comer a casa de F, nuestro amigo del velero, con el que rodeamos Menorca una vez, a las afueras de Barna, era un día soleado aunque algo fresco. Poco nos imaginabamos que F vivía en su vieja casa familliar que había sido... una iglesia! Su padre, como todos los catalanes que conozco, amaba las antiguedades, y compraba lo que entonces era visto como chatarra "al peso". Hoy en día, esa chatarra hace parecer su casa un museo: planchas de carbón, pianolas, sillerías de iglesia, ollas de cobre, llaves, estatuas, gramófonos, trabucos, libros, botellas... todo lo imaginable está en esa casa. Me recordaba a todo lo que tenemos que guardaba la Yaya, o lo que tienen en su casa nuestra familia de Bellver. Antiguos aperos de labranza, carretillas que hoy son maceteros, cepos oxidados, viejas máquinas de coser de aquellas de pedales, zuecos de madera, tijeras de hierro... pero en casa de F. elevado a la enésima potencia. 

Luego por la noche se lo contamos a otros amigos, en una cervecería de esas de disenio donde la birra es demasiado "para entendidos" como para que nos guste a los del menú infantil-Coronita.

Y el martes teníamos una quedada "en el éter" bloguero... por fin iba a conocer a Elena Rius, bibliómana, bibliófila, maníaca de la literatura, autora de "Notas para lectores curiosos" en el sitio mas apropriado, el Ateneu barcelonés... pero esto requiere un divague solito... cuando pueda!