20 de septiembre de 2019

Pagar por ver naturaleza: le quitan ustedes la magia (SA6)

2 divagues
17.08.19-Bajando por la península del Cabo (SA6)

Esta foto del estadio de Ciudad del Cabo, les sonará a los que vieron algo del mundial de fútbol ese de Shakira ("Porque esto es Africa, waka waka"... canción que he tenido pegada parte del viaje, y solo me sé eso). Atención a la luna ahí puesta, indicadora de las horas intempestivas a las que el Peda sale a correr cada día. Porque la foto la hizo él, al alba, tal vez triste despedida en la última mañana que pasábamos en esta ciudad. 

Este día fue un día de coche que pasamos recorriendo la Península del Cabo, casi en permanente éxtasis. A la parte oeste la llaman el "Atlantic seaboard" (la costa atlántica), y su primer tramo está justo detrás de Lion's Head, la montania esa que se veía desde nuestro loft. La parte este da a la "False Bay" (Bahía Falsa), ya el Indico. 


Comenzamos por Mouille Point (donde está el estadio), Green point y Sea Point. Este último tiene un amable paseo (promenade) que podría ser de cualquier otra ciudad occidental con mar: gente corriendo,  las olas chocándose con los muros, los de los perros, e incluso vemos aterrizar varios parapentes. El Peda recuerda cuando quiso ir a hacer esto sobre el mejor mar que nunca hemos visto (Lefkás), pero justo paró el viento. También hay una piscina de las que veremos algunas en este país, justo al lado del mar, excavada en la roca, de agua salada, a las que llaman "tidal pools" (piscinas de la marea).



Seguimos bajando bordeando la costa por lo que son barrios de Ciudad del Cabo: Bantry Point, Clifton, Camps Bay, y Llandudno. Es gracioso cómo hay muchos sitios que se llaman como pueblos o ciudades del Reino Unido, por ejemplo este último (que se pronuncia Clandadno), pueblo del norte de Gales donde vivió un tiempo B., una amiga de la facultad. Esta foto de la derecha la incluyo para que se hagan una idea de lo que es esta parte: nada interesante, aunque en el fondo está la típica montaniaca sudafricana, al lado del mar (de ahí los parapentes).



Hout Bay

Según la guía (Rough Guide, como siempre) el pueblo de "Hout Bay" es un "crowd pleaser", o sea, que es gusta a las masas. No acabo de verlo, o nos perdemos lo mejor, pero lo que de verdad te deja el corazón en un puño es lo que viene después, conocido como Chapman's Peak drive (el tramo del pico de Chapman). Se trata de una bahía que bordeas por una carretera estrecha, sin salir de tu estado de gracia: qué preciosidad, y las fotos no hacen justicia. Pero hay un peaje para pasar, y bastantes coches y en mi opinión esto le quita algo de magia, no solo a esto, sino a otras de nuestras visitas en Sudafrica, y creo que uno de mis mejores recuerdos será una playa con dunas salvajes donde acabamos por error. No quiero decir que fastidie pagar por pagar en sí, pero es que a mí pagar por ver naturaleza ya me sugiere que está todo controladísimo, que no es una belleza que tú descubres. A ver, que ya sé que no voy a descubrir nada virgen, pero si tienes caminitos de madera, barandillas y señales de seguridad, corta el rollo. Recuerdo otras carreteras junto al mar en las que nos sentíamos solos, libres... incluso Big Sur, en plena California en Agosto, lo sentías como una carretera por la que pasabas para ir a un sitio, pero no tenías la sensación de que te estaban llevando de la mano para ver X e Y.

Chapman's Peak drive

Más Chapman's peak

No es que estuviera pensando todo esto mientras conducíamos por allí, esto es una reflexión que hago aquí, a 9,000 kms y un mes después: durante el tramo de Chapman's drive estuvimos en el séptimo cielo, diciendo "ohh", "ahh", y Mini de fondo, "deja de decir ohh". Al final, totalmente inesperado (por tanto las fotos son algo chimichurris), nos encontramos con una de las playas más impresionantes que nunca hasta ese momento  haya visto: Noordhoek beach. Y digo "hasta ese momento" porque luego me he dado cuenta de que esto es una típica playa sudafricana. Playas de inmensidad azul, de olazas, de arena blanca, playas vacías. Eso sí, todas de agua absolutamente congelada, sobre todo en esta parte del Atlántico, donde vienen aún corrientes de la Antártida- incluso en verano son de mírame-pero-no-me-toques.

Playa de Noordhoek


Para no perdernos, aquí inserto mapa. En estos momentos estamos a medio camino de la península, en el lado Atlántico, y entonces cruzamos hacia el lado Indico, a la "False Bay"  para pasar por Boulder's Beach, donde están los pingüinos. Para mí la Playa de Boulder ha sido tal vez la mayor decepción de Sudáfrica. No porque los pingüinos no fueran monos, ni porque no estuviera Luz Casal cantando la canción que ahora se me había pegado y que delatará mi edad ("me gusta verle bailar, con su aire de pingüino"), sino porque una vez más, esto no es una playa cualquiera que hay graciosos pájaros, como puede haber conejos salvajes en playas en Grecia, pongamos. Aquí hay un nuevo "centro de observación de pingüinos", con su entrada, sus caminitos de madera, sus terracitas para hacerles fotos, y por supuesto está todo petado. Me hace sentirme como en un zoo, esos establecimientos a los que nunca he ido por lo menos con uso de razón. A Mini le encantan y sí, estas cosas se hacen por una hija, pero yo personalmente no les veo mayor interés, pienso mientras un cuñado con bigote me está metiendo su objetivo entre los omóplatos y un coreano el palo selfie en un ojo.



Rufino

Fotos no, piensa el pobre

Si seguimos con el mapa, vamos ahora tirando hacia el sur, por la única carretera, hacia Cabo Point y Cabo de Buena Esperanza.

Cuidado, babuinos

Se trata, otra vez, de un "parque natural", con su caseta de piedra con cartel de tarifas (evidentemente mucho más elevadas para los extranjeros). Es muy grande, y al principio simplemente conducimos en una especie de superficie lunar, felices de no ver muchos más coches. Eso sí, lo que vemos son carteles (que luego estarán presentes en todo nuestro viaje) avisando y prohibiendo dar comida a los babuinos (baboons), esos monos tan grandes que se las saben ya todas.


Cuando llegamos al aparcamiento, ya vemos donde está la peña, pero es tal el impacto que me causa el lugar, que de verdad que no importa: están ahí los turistas de fondo, como de pasada, pero es que los acantilados, el azul, y el viento bestial que hace, te obliga a centrarte en lo que en ese momento parece tu supervivencia. 

Me explico: el Cabo Point es en teoría el punto más sur de África (en la realidad es el Cabo Agulhas, hacia el este), pero sí que es la puntita de la Península del Cabo. Al llegar, vas subiendo una montaña (también hay funicular, para los cobardes) con matorrales bajos, y de fondo tienes unos acantilado salvajes, con un mar furioso rugiendo abajo. Cuando llegas arriba, donde está el faro, hay ya que subir escaleras, y cada vez tienes más claro porqué fue un reto para los barcos cruzar este cabo (lo hicieron por primera vez los portugueses en el SXV) y porqué lo llaman traidor. Puedo imaginar cuántos barcos han encallado y se han hundido en este paso que comunica el Océano Atlántico y el Indico. El viento es bestial, y lo dice alguien que nació y se crió en Vetusta, la ciudad del viento. En la ultima etapa, donde ya no se puede subir más y que hay unas manillas indicadoras de distancias, literalmente nos tenemos que agarrar a las paredes y uno a otro, o nos volamos. Las vistas desde aquí son impresionantes, sobre todo si te planteas que están viendo, a la vez, dos océanos: "a un lado el Atlántico, al otro el Indico, y allá al frente... Estambul... digo un babuino".

Acantilados desde Cabo Point 

Atlántico -Indico

Cabo Point

El cielo debe ser así











Un poco hacia el oeste está el Cabo de Buena Esperanza, ya a ras de mar, que sigue impresionando, con ventolera severa también pero más llevable. Hacemos las fotos de rigor, porque siempre impresiona llegar a estos sitios que estudiaste en los libros de geografía en EGB.
Cabo de Buena Esperanza

Olazas
A orillas de la carretera
Esta noche dormimos en Scarborough, otro de esos pueblos que se llaman como lugares del pasado. Al Scarborough del norte de Inglaterra fui a hacer una entrevista de trabajo recién llegada de la península, veinteaniera bisoña y entusiástica, aún no quemada por el ácido de los años. Creo que fueron muy simpáticos y hasta me ofrecieron el trabajo, pero al final opté por Grimsby simplemente porque habían sido los primeros en apiadarse de mí. Pero divago: esto lo cuento porque en este Scarborough de Sudáfrica volví a ser, por unas horas, la chavalita sin un ápice de cinismo que se enamoró de un lugar. Este pueblo da a la puesta de sol, pero además, nos quedamos en una cabania de madera que desde el momento que abro la puerta sé que será el mejor alojamiento de todo el viaje (y ha sido el más barato). 

terraza
Parece que la usa la duenia es alguna suerte de psicoterapeuta, y que la usa para hacer terapia, por el cartel que hay en la puerta, y me puedo imaginar a los pacientes yendo solo por pasar una hora ahí, tal vez en la terraza si el tiempo acompania, o en el sofá, frente a las ventanas, viendo el mar. La duenia, a la que no vemos, nos ha dejado galletitas, una pizarra donde pone "Bienvenida, Di", con un corazón, y las consabidas instrucciones de ahorro de agua. En la ducha, muy rudimentaria, hay un caldero donde hay que recoger el agua porque la reciclan para las plantas. Yo directamente me meto en el caldero y ya voy perfeccionando mi técnica-pronto me ducharé en 30 segundos. También hay una estufa de esas salamandras y otra normal, que no consigo activar. Eso sí, nos ha dejado unas bolsas de agua caliente sobre la cama! Hace siglos que no usaba este concepto, y madre mía, qué amor, duermo abrazada a ella. Además hoy en día no son ya como en la casa de la tía del pueblo, de goma o como mucho de tartan... no, hoy van recubiertas de pelufán, o por lo menos en Sudáfrica. Me salva la noche porque hace bastante frío y hasta Mini (aka Conan, ni siente ni padece), que duerme en el sofá, se queja. 

Yo ya sé que a nadie le interesan estas fotos más que a mí, pero las tengo que poner porque la cabania de Scarborough fue un lugar muy especial para mí. Tanto que me llegué a plantear cuánto costaría montarme una en algún acantilado perdido en Dorset, pongamos, para ir los fines de semana a leer y simplemente estar en ese "estado mental" que creo que reina allí. Luego me dí cuenta de que vivo en una isla sobrehabitada y carísima, así que el castillo en el aire se desmontó. Pero como diría la terapeuta, puede ser "un lugar mental", "un lugar seguro", donde ir con la cabeza cuando hay viento y oleaje. Claro que prefiero hacer las cosas con todo el cuerpo, no solo la cabeza. Un guinio a la mindfulness. 

El mar entra por la ventana de la cabania
El problema de no viajar sola es que has de adaptarte a las manías de los demás. Y la de mis compas es salir a cenar por ahí. A mí me hubiera encantado haber hecho una pasta rápida y haberme quedado allí, pero ellos tenían otras ideas. Por lo menos me dejan quedarnos a ver la puesta de sol en el mar, un espectáculo que esta gente de Scarborough tiene todos los días y tal vez ya no valoren. Cuando salimos, ya es de noche, claro, y bajamos por unas no-calles, entre casas, hacia "el centro", que no existe, en realidad: hay dos restaurantes y un pequenio super (cerrado). El sitio es agradable, pero no hay nada realmente: yo acabo con una hamburguesa vegetariana, esto da una idea de su menú. La vuelta es aún más oscura, oh qué cielo estrellado-aún me pregunto cómo llegamos a la cabania, pero lo que vagamente recuerdo es abrir una botella de vino que nos habían dejado los del loft, en la terraza, y estar allí viendo las estrellas y ponderando porqué no nos quedamos haciendo terapia si eso es necesario varias semanas en Scarborough. 

Esta era la cama-y los libros de terapia







17 de septiembre de 2019

En las catas de vinos, ponen escupideras para algo (SA5)

9 divagues
16.08.10 (viernes)-Viñedos
 Hola, me llamo Di y no entiendo toda esta tontería del vino. Lo sé, he divagado muchas veces de esto (de qué no?), pero es que sigo sin salir de mi estupor con las hordas que me rodean que están obsesionadas con el morapio. Hacen rituales de olerlo y recitan el tipo de madera del barril, o las abejas que revolotearon las viñas, y los llaman "caldos". Los ingleses, nativos de un país productor de cerveza y bebedores extremos (en general, no hay comparación entre el beber de los mediterráneos y el de esta panda), son de lo más pesado que conozco sobre el néctar de los dioses. Vamos, que vengo de una reunión en el nuevo colegio de Mini y cada dos por tres decían que, tras la charla, "había wine", con un medio guiño, y todos reían ilusionados. El mes pasado, cuando anunciaba que iba a Sudáfrica, el inglés de turno se mostraba interesado en lo de los viñedos y, si había estado,  recomendaba el que debías visitar. Nunca se me ha ocurrido decirles que mi padre hace vino (según mi suegra, tan bueno), porque nunca le he dado ninguna importancia. No sé, para mí está sobrevalorado. 


Así que en principio no habíamos planeado ir a los viñedos que hay hacia el este de Ciudad del Cabo, pero finalmente nos lanzamos a la carretera el viernes, con una lista para visitar que nos habían dado X y R que, como sabemos, están haciendo el viaje en dirección opuesta a nosotros. El día es maravilloso: un cielo azul perfecto y, nada más salir de Ciudad del Cabo hacia Stellenbosch, me quedo colgada del paisaje: parajes muy verdes con esas montañas inmensas de fondo, así como si nada, como sin esfuerzo. En la isla apenas hay montañas (ayer en Thames Barrier aprendí que el Támesis nace a la irrisoria altitud de 110 msnm, pffff), y en el norte de la península están los Pirineos, palabras mayores, que van subiendo a su inmensidad poco a poco: pero aquí tienes el mar y de repente, zas, una cadena de montañas de 1000 metros. 



Stellenbosch es nuestra primera parada, un pueblo universitario, donde los uniformes escolares son estridentes, y las casitas encantadoras. Vamos, que parece que estás en un delicioso pueblito holandés, todos sus habitantes blancos (menos los que recogen basura o están en la obra, remodelando una de estas casas). Hay una librería cuqui, y una plazoleta  encalada con arbolitos llena de mesas a las que nutren los cafés de alrededor. Tomamos algo allí, nos azoramos al observar la venta de una piel de cebra como alfombra en la tienda de la esquina (nos azoramos porque nos gusta, yo hace mucho salí del armario con mi relación con el animal print) y hacemos fotos felices. Nos cuesta un rato encontrar los Krige's Cottages en Dorp Street, una serie de casitas de cuento de hadas creadas por los odiosos boer (lo siento, a estas alturas he leído demasiado sobre Sudáfrica y es oficial: destesto a los primeros holandeses que colonizaron esta tierra hace siglos) en la primera mitas del SXIX. Los victorianos (tampoco tienen mis simpatías pero imaginen, eran "los buenos" de esta ecuación) añadieron nuevos detalles como torretas, filigranas de forja, porches decorativos... en fin, lo que venía siendo facilitar la vida en la plantación de los pobrecitos blancos.

Iglesia de Stellenbosch




Uniformes escolares  o ya es Halloween?







De allí vamos a Falcon Crest. En serio, no está Chu-Li ni el Rey de las Camas, pero el resto es ese serial de los 80 que solo veía una niña de mi clase (la única que tenía video), y que nos contaba al día siguiente. Nuestro Falcon Crest se llama la Finca Delaire Graff y, con todo el dolor de mi corazón (léase el primer párrafo), he de admitir que es un sitio maravilloso. Hectáreas de terreno cubiertas por viñedos, con las montañas de fondo, y una sensación de estar apartados de todo... o tal vez fue el efecto de la cata de vinos?


Porque aquí puedes probar tres o cinco vinos (hacemos la de tres, que estamos en el coche), que te sacan según tus preferencias: nosotros siempre de tinto, así que probamos -creo-dos tintos y un rosado. La paleta de quesos y embutidos, pan para mojar en aceite de oliva, ayuda a no acabar chispas ya tras la primera copa. Mi pobre tolerancia al alcohol es de sobra conocida, y desde luego a mitad de la segunda copa ya amo a la humanidad, y la estatua que debe ser el icono de esta Hacienda sudafricana, cobra vida: me siento así. 


Yo, segunda copa

Esta foto es irónica, entiéndanme
Sí, sí, lo sé, en toda cata hay una "escupidera" dorada. Que por cierto me lleva a dos escenas de dos grandes películas: la primera en "Misterioso Asesinato en Manhatan" (Woody Allen, 1993), cuando Woody Allen le dice a Diane Keaton, que sale iluminada de una cata de vino "que ponen la escupideras para usarlas". La segunda, en la gran "Sideways" (Alexander Payne, 2004), dos amigos en crisis por los viñedos de California,  en la que el personaje interpretado por Paul Giamatti, en una pataleta en la que ha tocado fondo, como no le dan más copas en el bar se bebe los restos de la escupidera (arghh). Pero evidentemente no voy a escupir nada, solo falta, todo va pa'dentro, e incluso Mini, a la que dejamos que pruebe el vino por primera vez, traga uno de los sorbitos que se supone tenía que escupir. Y creo que le gusta. 
El caso es que lo pasamos bomba y realmente, para qué engañarnos, me habría quedado en el hotel-spa que tienen un par de meses. Pero en su lugar, para bajar el pedal antes de salir, vamos a dar un paseo, como Angelas Channings por nuestras propiedades:"todo esto será un día tuyo", le digo a Mini. Pasamos por viñedos con carteles de Sauvignon Blanc, Shiraz, Chardonnay, o muchos otros nombres que ahora no recuerdo porque 1. les remito al primer párrafo  y 2. cómo iba a fijar nada en ese estado. Solo recuerdo que el camino está muy empinado, y nos cuesta horrores llegar a una pradera preciosa, con unas vistas espectaculares a nuestros pies. Ahí es cuando el demonio vino a tentarme y a decirme "todo esto será tuyo si me veneras", y yo, "ah, pero no era ya mío? se lo acabo de prometer a mi hija". En fin, que cuando bajamos la montaña se nos está ya bajando también el pedo y la vida resume. . 




Teníamos dos haciendas más que visitar, según las directrices de estos dos amigos viajados que  no sé cómo logran encajar tanto en un día. Tristemente se ha hecho tarde y nos queda visitar otro pueblo idílico llamado Franschhoek. Oh, la luz de la tarde es tan perfecta que cualquiera hubiera hecho buenas fotos en este pueblo que, por otro lado, nos nos parece nada del otro mundo, aunque nos encantan las granjas. 








Claro que una piensa en granja y piensa en boer y piensa en el "Village of the damned" de John Carpenter.  Pero hay un factor que redime a Franschhoek, y es su sentido del humor, o si no, cómo explicar este cartel en una cafetería: "Entra a probar el peor café que una mujer de Tripadvisor tomó en toda  su vida".





















O ya, de camino a casa, el cartel de este autobús que combina la secular sequía con el cachondeo padre: "ahorrando agua de autobús sucio a autobús sucio" (Saving water one dirty bus at a time). Me encanta: qué será lo siguiente? "Ahorrando agua de persona maloliente a persona maloliente? (ducha de 2 minutos al mes?)

Día intenso pero, quién dice que ha terminado? En Ciudad del Cabo tenemos a nuestra pareja de la cena, X y R, esperando. Además, hoy ya es la última noche así que nos tenemos que despedir por todo lo alto. Venga, tras el frutti di mari de la vergüenza, hoy vamos a hacer comida africana: Mama Africa, donde prometen manjares tipo cucudrulu, y otras lindezas. Sin embargo, cuando desembarcamos en Mama Africa, ni que decir tiene, sin reserva, está completo. Hemos de buscar otra cosa, y lo más auténtico parece... el etíope de la esquina.

Por dónde empezar. No habíamos tenido suficiente con Air Ethiopian? No, parece ser. Mini está en contra desde el principio, y no hablemos de cuando llegamos arriba y la penumbra seguro que conlleva que cuanto menos veas, mejor. Nos sientan en unos taburetes alrededor de una mesa baja (el otro día hablaba con Fashion de que como buena familia respetable nos gusta comer en mesas, no en bandejas sobre las rodillas, cosa de milenials) y lo que sigue es complejidad nivel matrices para tomar una decisión. Porque tienen un menú establecido que se forma a base de no se qué cosas sueltas en la carta, y permutaciones con repetición, y finalmente, con uso de calculadora científica, logramos hacer un pedido. No estamos bendiciendo la mesa, señor etíope, estamos rezando lo que sabemos cuando llega la gran bandeja que ponen en la mesita de noche central. Resulta que la bandeja tiene como una especie de mantel que la recubre, que, mira tú, resulta ser comestible, y sobre el que los camareros comienzan a volcar ínfimas cacerolitas con lo que cada uno cree había pedido. También nos dan más ejemplares del mantel comestible, esta vez en forma de servilleta, y se supone que con esto has de pillar comida de los 5-6 montoncitos de especialidad etíope. Es todo ciertamente enloquecido, para muestra un botón: el montoncito de mi derecha son lentejas. 

Así que damos cuenta de los montones,  las servilletas, y luego ya pasamos al mantel. La cara de Mini es de "cómo se dice Servicios Sociales" en Africaans. Le pedimos otras lentejas, que es lo único que le ha parecido medio familiar. Cuando llega el camarero ya no queda mantel y casi ni bandeja, madre mía qué limas, y aún le piden postre! Yo no salgo de mi apoteosis, porque si esta es la cuisine etíope, yo la empresa de montarse un restaurante de este país la califico como "más moral que el Alcoyano". Eso sí, si es tu cumple en lugar de velas te sacan antorchas (en imagen). Cuánto tienes que odiarte a ti mismo para celebrar tu cumple en un etíope? A no ser que sepas de antemano lo de las antorchas, que lo justifica. Porque aquí no hay vino ni licor que ayude a los sentidos a sobrellevarlo, ya se sabe, religiones. Aquí es cuando yo me levanto, y retracto:  "Hola, soy Di, y entiendo y abrazo toda la tontería esa del vino".