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20 enero 2022

[i carry your heart with me(i carry it in] - [llevo tu corazón conmigo (lo llevo aquí dentro]


llevo tu corazón conmigo(lo llevo en
mi corazón)nunca estoy sin él(dondequiera
que voy tú vas, mi amor; y si he hecho algo
por mí sola, es cosa tuya, my darling)
                                                                                 temo
cero al destino(pues tú eres mi destino, cariño) quiero
cero mundos(porque guapísima, tú eres mi mundo, mi verdad)
y eres tú lo que sea que han dicho que es la luna
y da igual lo que el sol cante, también serás siempre tú

aquí está el secreto más profundo que nadie sabe
(aquí está la raíz de la raíz y el brote del brote
y el cielo del cielo de un árbol llamado vida; que crece
más alto de lo que un alma puede esperar o una mente ocultar)
y esta es la maravilla que mantiene las estrellas separadas

llevo tu corazón(y lo llevo en mi corazón)


E. E. Cummings
Complete Poems: 1904-1962
Trad. Vagando, Di (2022). [i carry your heart with me(i carry it in].  Londinium: Blogger.




19 enero 2022

Serial 40. Pertenecer a La Noche. Escritores suicidas. Cintas TDK.

Toda una experiencia el jaleo en la cocina un lunes a las 8:30. Jaleo que yo no disfruto normalmente por una de las mil manías de Cook: estar en la planta a las 8 de la mañana. Pero hoy, primer día de mi semana de estudio, no hay Cook ni reglas ni horarios: se irá a la biblioteca como la gente normal, se comerá cuanto se tenga hambre (versus cuando se desfallezca, y si hay hueco), y se irá una a casa cuando la última neurona diga basta, no cuando Cook decida terminar su chapa sobre la larga vida media de la fluoxetina. Alrededor de la mesa, una estampa costumbrista: todos desayunando juntos - aparte de Sandip que está, en cámara lenta, metiendo un cuchillo dentro de la tostadora-,  compartiendo muesli, fresas, esquivando las garrafas de leche en el centro para pretender contacto visual. Repasemos unos cuantos clichés, porque esto es un serial y la gente se pierde:  Morgana lleva ya el pelo en un moño italiano y perfecto eyeliner (en mi lista,  próxima visita a Whitby), Duncan sigue sin lavarse el pelo (estaría feo en psiquiatra forense ir decente) y, Richard van con camiseta blanca y camisa de leñador abierta (que se cambiará para ir a la planta, los enloquecidos formalismos británicos). Y para elevar el dedo corazón a estos y decirle al mundo que no estoy trabajando, hoy voy con vaqueros y una camiseta de manga larga que pone “Nantucket”. No, tristemente nunca he ido a Nantucket, pero algún día. Y me compraré otra, esta sí, con historia. 

En un extremo de la mesa hay una pila de periódicos. Que va creciendo, junto con folletos, notas, papeles, y se acerca peligrosamente a nosotros: algún día comeremos los cinco apelotonados en la otra esquina, aceptando nuestra derrota. Miro por encima los titulares del de ayer. Desde hace un mes, monotema:  Lady Di. La princesa del pueblo. Una nación en shock, paralizada. El día que ocurrió, domingo, cómo olvidarlo: desconcierto total, sin entender qué pasaba. Pensaba que este idioma de bárbaros ya no se me resistía -al menos con acento de la BBC4, otra cosa son los regionales, o las pelis yanquis de cowboys modernos atormentados. Pero esa mañana, mientras me duchaba: qué silencios, qué voces graves,  qué música tristísima de órgano en la radio. No entendía nada: no era la hora de "Dessert Island Discs"? Al salir, alguien me aclaró el drama nacional y luego, los únicos que sin pudor pudieraon hablar de esta pérdida de un símbolo fueron los pacientes. Recuerdo su boda, le dije a aquella mujer con trastorno de ansiedad generalizado, y el vestido, que parecía un merengue. No entendí que esa chica se casara con ese viejo: qué pareja extraña. La mujer del trastorno de ansiedad generalizado asintió: no se identifica la gran mayoría con Carlos, en su planeta del conservacionismo: demasiado posh. La mujer del trastorno de ansiedad generalizado asegura que tiene lacayos que le ponen la pasta en el cepillo de dientes, tal cual, nada de leyenda urbana. Le comento la mirada de corderito degollado de la princesa triste, que por fin dio un portazo. La mujer del trastorno de ansiedad generalizado llora, realmente afectada.  Los compañeros casi no han hablado de esto y ni siquiera Cook en supervisión se ha metido en lo que hubiera sido lo suyo: un análisis sociológico de los sueños que hay que dar con cuchara a una población adormecida, otro viejo opio del pueblo, panem et circenses, un nuevo insulto a la razón. Pero tampoco se habla de la avalancha de Labour el pasado mayo, con Tony Blair. Muy entre líneas, tengo la corazonada de que aquí se simpatiza con el laborismo, o por lo menos ya se estaba hasta arriba de tanto tory. Pero es una impresión basada en gestos, en miradas, en suspiros al cerrar un periódico, no en conversaciones, ni datos duros - aparte de que la Seguridad Social es un nido de Labour, y el norte del país también. Pero hay que seguir con la ficción de que Banderley es una isla dentro de una isla, que nada del exterior nos afecta, y que si un día esto se desmorona, será por nuestra propia negligencia o activa parte en su destrucción, no por un cambio de gobierno, o cosas racionales así. . 

Nadie en la biblioteca y menos mal: he extendido libros, notas, rotuladores, atlas en una de las mesas para seis. Toda la mesa. "Síntomas en la mente: introducción a psicopatología descriptiva", de Andrew Sims: probablemente el libro de texto más complicado con el que he batallado en mi vida. Miro la cubierta: no puede representar mejor el contenido, lo complicado que lo hace todo el autor. Parece un William Blake actual, debe ser obra de un esquizofrénico. Tener la mente partida así, voces que hablan de ti, gestos que significan cosas, gente que te persigue. Entonces, “el archivo”. (Guau, Mariona, observa el proceso: esta es una idea intrusiva de libro). Bajar-al-archivo. (Lo que parecía una línea de pensamiento en la dirección adecuada, del cuadro de la cubierta a la enfermedad, invitando a pasar amablemente al estudio que nos ocupa, psicopatología pura y dura, sin adornos, se ha visto hackeada). Pero las hileras de estantes del archivo (Hackeo ya adornado con imágenes). Podría bajar al archivo solo para ver si la contraseña que cogí de Foster funciona. (Qué trucos, qué juegos, a mí me vas a engañar: claro que funciona).  Pero para bajar al archivo debería tener el listado de las pacientes de Marcé ingresadas durante el periodo que estuvo Lannister en la planta. (Debería estudiar pero mi mente, incansable, en piloto automático. Y sigue:) Primero tengo que volver a Marcé, con cualquier excusa, y mirar el libro de ingresos de hace un par de años. ¿Por qué no lo hice cuando estaba allí? (Venga, déjalo ya: mira qué bonitos los rotuladores) Obviamente, no sabía lo que sé ahora. Y me echaron de ahí precisamente por investigar. (El rotulador verde hace particularmente buenos subrayados) ¿Lo sabrá alguien más? (Abre ya las notas) No sé qué razón habrá dado Steen al resto sobre mi salida de allí. (Tiro la toalla: mente dispersa, estás ganando) Podría ir en un turno de noche, cuando hay menos enfermeras, enterarme cuándo están aquellas que solo hacen sustituciones, que no conocen el sistema. Es muy arriesgado: pero cómo podría hacerlo.


Pego un salto del portazo. Alguien acaba de entrar, estiro el cuello: no veo a nadie. Unos pasos por la escalerita de caracol que sube a la mezzanine. Cuando llega arriba, los pasos se han parado en la sección de gestión y son él:  Derek, el enfermero nocturno de la voz encantadora. Se apoya en la barandilla, mira un libro. Hace siglos que no le veo cuando estoy de guardia: nunca está ya por las noches. Siempre me ha caído bien este hombre: no le debe quedar mucho para jubilarse, pero tiene un talante juvenil. Lo veo de bares, cerrándolos, me refiero. Buen conversador, siempre con ganas de hablar. Esos ratos tras haber corrido a la planta a recetar tranquilización rápida: esto es lo que dice el vademecum, love, esta dosis a este toro le hace cosquillas, ni le toca, sube más. Los médicos aprendemos tanto de los enfermeros, y él siempre sabía qué hacer. Tenía una risa cascada que terminaba en tos muchas veces, y bromeaba todo el rato. Subo a saludarle. 


Se vuelve cuando oye el ruido metálico de la escalera. Se alegra de verme, pero cómo es posible, cuántos meses, sigues igual de guapa. Derek, darling: eres tú el que me ha abandonado, yo no he salido de aquí. Comienza el “banter”, el tira-y-afloja: yo esto solo lo hago con los tipos como él. Me confiesa que me ha sido infiel con un curso de gestión hospitalaria, que se pasa al lado oscuro. Me rompes el corazón, Derek. Y él que va a echar de menos La Noche. La planta solo iluminada por los flexos de la estación de enfermería. Las crisis. Las charlas con algunos pacientes, los más lúcidos, a medianoche. Los ingresos traídos a las 3 am por la policía, las tazas de té compartidas. Las conversaciones con los residentes, como yo, de madrugada: contamos cosas que no se cuentan de día, y eso que no hay alcohol por enmedio. El sexo salvaje en el cuarto de la lavadora, recuerdas? Carcajada: cómo olvidarlo. Los dos nos reímos con la broma, pero no es descabellado: Derek habrá tenido sexo con otras residentes, o policías, o tal vez con compañeras suyas en la noche, cuando todos duermen. Después de la crisis, con toda la adrenalina a tope. Tiene que haber pasado. Creo que me lee la mente, y le divierte.   


Sigue con que está buscando un libro para su disertación de fin de máster. Ya le han ofrecido un trabajo de gestor de departamento del hospital de Whitby. Su mujer estaba harta de dormir sola -me guiña un ojo-, y la pasta es mejor. Admiro que se haya metido en esto al final de su carrera profesional.


-¿Al final de mi carrera? ¿Qué quieres decir?- hace una mueca pretendiendo enfado. 

 

No sé dónde meterme, pero me rescata antes de que me hunda más: tiene 55 años y yo la típica miopía del veinteañero, para quien cualquiera mayor de 40 es un viejo. Convencida de que Derek tendría 65: igual debe ser la mala vida, no solo mi despiste. Soy fatal con edades, le da igual, él tuvo la delicadeza de no preguntarme si yo era mayor de edad cuando llegué, y vuelve a reírse. 


-Pero estaré en la planta unas semanas haciendo unos cuantos turnos... tengo que desengancharme, empiezo hoy… -dice- Ven a  verme una noche de guardia, aunque no haya crisis. 


-Siempre hay- me río- Traeré bombones de los que te gustan.


Se me ha hecho tarde para comer. De camino a la cantina, en el salón de actos al lado de la biblioteca han terminado la presentación del fármaco de turno por parte del fenicio de turno.  Aún no se han llevado el carrito de los sandwiches, patrocinados por la farmacéutica: míseras migajas con que comprar a profesionales hambrientos. Es patético si lo piensas: todo el mundo sale con bolis, post-it e incluso despertadores con una marca encima del genérico que se podría comprar por una décima parte. Cuando llegué ni me lo planteaba, pero qué casualidad que la medicación que primero me sale recetar es la del boli con el que estoy escribiendo. Nada es gratis, y si lo parece, tú eres el producto. Tu alma. La mayoría vive en negación, los más viejos particularmente: Cook no quiso ni oír hablar del tema, a él le han pagado congresos al Caribe. Suena a mito, a frase hecha, pero fue literalmente en el Caribe -cuenta la leyenda negra. Pero, joder, si vendes tu alma, véndela bien, no por un par de bolis. He dejado de ir a estas presentaciones, tampoco es viniera mucho, no hay tiempo para los juniors - ni Caribe. Viene el de la cantina, que se va a llevar el carro, que coja un sandwich, que los van a tirar. 


En aras del “tengo que airearme” (ni que hubiera hecho mucho esta mañana), decido caminar al bosque, a comer al sitio de las vistas. Llevo bajo el brazo la novela que escribió la poeta Sylvia Plath, publicada bajo seudónimo en 1963, "La campana de cristal". Subo un poco por el camino, hay un sol tenue. Al llegar abro el sándwich, de gambas y mayonesa. Curiosas combinaciones a las que me ha acostumbrado este país. Pepino y atún. Queso Cheddar y chutney. Pollo Coronación. Puag. Me encanta esta vista, tengo que venir más y no olvidarme el walkman. Aunque solo me traje unas pocas cintas y en este año en Banderley, nadie me ha grabado más. ¿Un mal juvenil, esto de grabarse cintas entre amigos? Muchas de las mías cuentan historias, encerradas en las TDK: aquel chico bien que me grababa clásica-su favorito Rachmaninoff; aquel noviete que hablaba entre las canciones y por el que conocí a Serrat ,"No hago otra cosa que pensar en ti"; los del norte de clase, Barricada, Kortatu, La Polla; mi amiga que lo tenía todo de Dire Straits, y aquel concierto en el que nos sabíamos todas la canciones. Ahora me pondría el "Going home", que pega todo con este sitio, las gaitas escocesas que suenan de fondo, Escocia a doscientos kilómetros. 


En la biblioteca hay una sección de literatura y salud mental, y de ahí saqué este libro y miré una biografía y detalles de Plath. Su foto en blanco y negro, con ese flequillo, me persigue. Tenía solo unos pocos años más que yo cuando se suicidó: treinta. Depresión durante toda su vida adulta, de una severidad tal -"las garras de un búho exprimiendo mi corazón"- que recibió terapia electro-convulsiva. Su matrimonio con Ted Hugues supongo que tampoco ayudó, pero no fue lo único: eso se lleva dentro. Él, también poeta, todo belleza clásica, mandíbula cuadrada y testosterona en exceso, "un cantante, un cuentacuentos, león y trotamundos, con una voz como el trueno de Dios", se conocieron en una fiesta, se escribían poemas el uno al otro, se casaron en cuatro meses. ¿Qué tiene que ser enamorarte de un poeta? Ida y vuelta de los Estados Unidos. Dos hijos. El piso de Primrose Hill. Y Ted que por supuesto se enamora de aquella belleza exótica Assia Wevill. Y entonces Sylvia, sola, escribe compulsivamente algunos de sus mejores poemas, alquila el piso de Yeats, mete la cabeza en el horno de gas.

Miro al horizonte. Imposible disipar la imagen de Sylvia preparando la escena de su muerte mientras leo "La campana de cristal". Sylvia que había empezado antidepresivos hacía unos días para este nuevo episodio de su depresión recurrente, Sylvia poniendo toallas en las rendijas de las puertas, que los niños dormían ahí fuera. Sylvia preparándoles el desayuno. Sylvia enferma, débil tras el invierno más frío en los anales, fuera y dentro, en sus venas la sangre helada por meses, por años. Sylvia que por toda nota de suicidio escribe "por favor llamen al doctor Horder", y su teléfono. Sylvia, en cuya tumba Hughes hizo escribir: "Incluso en medio de llamas feroces se puede plantar el lotus dorado"

Me persigue la idea de que la angustia existencial de Esther, la protagonista de esta novela, es la de Sylvia. Un roman à clef, una novela que narra hechos reales con nombres de personajes ficticios: hasta la madre de Sylvia intentó bloquear su publicación. Cierro el libro y vuelvo sobre mis pasos hacia Banderley. Aún tengo el suyo de poesía que me prestó Will, he de devolvérselo, pero todavía no. No es que esto lo piense así: "en Plath tengo pistas para entender cosas de Banderley", pero busco en la biblioteca si está “Ariel” o “El coloso”, y no los encuentro. Al final esta es una biblioteca de salud mental y sus ramas, no tienen por qué tener todas las obras literarias en las que se habla de locura lateralmente. 

Me acerco a la bibliotecaria, una mujer joven que parece vieja: esa falda floral, esa camisa de seda falsa color crema y esa rebequita rosa. Le pregunto por Plath como si nada y, un momento, que va a mirar. La sigo a un cuartucho donde, seguro, va a sacar tarjetas amarillentas individuales de préstamo, llenas de polvo, pero no: me sorprende con un ordenador, solo algo más viejo que los de la sala donde vamos a escribir emails. Empieza a teclear, con uñas de mujer, rojas y con forma de almendra, dedica mucho tiempo a esas uñas, pienso con horror. Mete datos y datos (tanto es necesario para localizar un libro?) y la pantalla es negra, como de programación, por fin parece que oigo a la caja del ordenador pensar y ella encoge los ojos y se sube las gafas (de esas montadas al aire, esas que lleva la gente que no le gusta llevar gafas y cree así disimularlas). Sin mirarme, con su índice sobre la pantalla, lee: sí, qué raro, tenían un par de libros de poesía de Sylvia Plath, que nunca fueron devueltos. El corazón me da un pequeño vuelco, porque sé hace cuánto, y sé a nombre de quién. Que pase la señorita Marple:

-Conociendo su sistema de multas con los pequeños retrasos, me sorprende que alguien se libre de devolver un libro aquí- intento un tono jocoso.

-Estos libros se tomaron prestados hace más de dos años, yo todavía no estaba aquí- y ahora sí que me mira. Mi broma claramente no ha encontrado receptor.

-No, no se lo tome como una crítica, discúlpeme - le digo. A ver cómo levanto esto. Pero ella sigue, mirando la pantalla:

-No, a mí me extraña también... a ver, un momento, se sacaron el 14 de abril de 1995, a nombre de ... S. Lannister. ¿Conoce a S. Lannister?

Lo sabía.

-No personalmente, he oído hablar de ella. Ya no está en Banderley, creo.

-O sea ¿que se escapó con los libros? Ja! Esto no pasaría ahora -y suelta una risita, así como de conejo- Lo que voy a hacer es comprarlos de nuevo: no albergamos esperanza de que los devuelva no?

-No parece - y risa forzada- pero, vale, gracias. Como vengo mucho por aquí, ya me dirá cuando los reciba.

-Descuide -y suena el teléfono- perdone.

Vuelvo a la sección de literatura. Definitivamente, quien organizó esto merece mis respetos. Novelas donde hay personajes aquejados de salud mental. Autores que sufrían o sufren enfermedad mental. Autores que se suicidaron: por supuesto Sylvia Plath, pero además… guau, tienen aquí desde los clásicos, Petronio, Séneca hasta los más conocidos Virgina Woolf, Hemingway, John Kennedy Toole,·Yukio Mishima, Sándor Márai, Emilio Salgari, Stefan Zweig, Cesar Pavese, Malcolm Lowry, Walter Benjamin, Anne Sexton, Primo Levi. Recuerdos de muchos de sus libros leídos, algunos no, otros me sorprende verlos en la lista. No tienen a nadie que escribiera en castellano, se lo podría decir a la bibliotecaria, aunque tampoco conozco tantos: Larra, esto lo aprendíamos en el colegio; Alejandra Pizarnik, a la que conocí después. Y aquel poema suyo que podría estar de titular de esta sección…

ante la lúgubre manía de vivir
esta recóndita humorada de vivir
te arrastra Alejandra no lo niegues.

hoy te miraste en el espejo
y te fuiste triste estabas sola
y la luz rugía el aire cantaba

(...)

te remuerden los días
te culpan las noches
te duele la vida tanto tanto
desesperada ¿adónde vas?
desesperada ¡nada más!



 Si uno de los ensayos del examen fuera “literatura y suicidio”, después de esta tarde, lo bordaría. Pero no: me van a preguntar precisamente de la cara menos romántica y glamourosa del mismo: epidemiología, factores de riesgo, prevención, comorbilidad, intervenciones, legalidades. Estaré hecha yo para esta carrera? Ya me pregunté lo mismo en COU cuando, en un descanso de física estaba memorizando el monólogo de Segismundo (ay mísero de mí, ay infelice). No sé qué hora es.

Recojo todo y camino hacia casa. Igual alguien ha cocinado algo, si no me echaré muesli en un yogur. No hay luz en las ventanas, va a ser lo segundo.  Lannister cogió los libros de Plath, era esperable: por qué no los devolvió? Le doy a la tetera y vaya, no hay yogur. Meto un par de trozos de pan en la tostadora, ahogo en leche un weetabix. Ahora vuelvo: llevo todo el día pensando en hacer esto. Busco mis walkman y me echo en la cama. Play. La canción ya está empezada: “When you're sure you've had enough / Of this life, well hang on / Don't let yourself go /'Cause everybody cries / Everybody hurts sometimes” y qué apropiada, el “Everybody hurts” de REM. A cuánta gente habrá parado de matarse, cuánta gente la habrá escuchado que ya han tenido demasiado, que iban a decir vale, y que han oído que todo el mundo se duele alguna vez, y que todo el mundo llora. No lo sé.

Cuando oigo que salta la tetera, salto yo de la cama y vuelvo a la cocina. Dentro de una hora entra de turno Derek, y esta noche iré a verle: tengo un favor que pedirle. Y no me había dado cuenta: alguien ha dejado aquí el correo. Un recibo del Colegio de Psiquiatras y anda, un paquetito, que no es de casa. Ese tamaño: exacto, es una cinta, TDK Chrome para más señas. Nada escrito en el lateral. Miro el sobre: matasellado en Londres. La abro con tanta fuerza que la desmonto. Dentro tiene una nota: “Para Mariona. Un beso, Jack”.

13 enero 2022

"La oscura historia de la prima Montse" de Juan Marsé: El discreto asco por la burguesía

 Juan Marsé me mira desde la contracubierta de mi libro con esa cara de boxeador perdedor, que tanto juego ha dado en el cine y en la literatura (ya no me acuerdo del "Torito" del Gran Cronopio, he de releer). En mi foto parece que quiere hasta sonreír, pero no es lo normal si buscas en imágenes en la red-como la de la izquierda. Y es que cuando estoy leyendo un libro suelo mirar mucho la foto de la autora/autor, y ahí comienzan mis conversaciones con ell@s: aparte del típico "cómo has podido describir tan bien esto que siento o que sueño" (cabrona/cabrón), también está el "qué te pasó, qué miraste, de dónde vienes, qué te hizo escribir esto" -de esas conversaciones con Marsé escribí cuando murió. Pero con él, además de todo eso, cuando le miro, no puedo dejar de maravillarme porque un hombre con ese físico, sin ninguna formación académica para la literatura, que estaba arreglando pendientes en un taller, pueda tener ese Don de cuentacuentos tan bestia - y la mayúscula no es una errata. 

Aparte de las fotos, también me intereso por su biografía -esto debe ser deformación profesional- y la de Marsé es simplemente una mina. Explica todos los temas subyacentes de su literatura, sus valores, sus obsesiones... por ejemplo, el no pertenecer, la orfandad. Leo en una entrevista: "No tengo ningún empacho en decir que yo no soy nacionalista. Ni de Cataluña, ni de España, ni de China, ni de Andorra. No tengo ningún problema identitario. ¿Qué problema identitario voy a tener si además soy adoptivo? (...) En boca de los políticos, las patrias no son otra cosa que carroña sentimental".  Su adopción ocurrió de una manera curiosa: su madre falleció en el parto y su padre, taxista, le contó esta historia en lo que duró una carrera al hombre sin hijos que adoptaría a Juan, hombre que terminó en la cárcel por antifranquista. Por ello, el niño Juan tuvo que ponerse a trabajar a los 13 años en un taller de joyería.  Pero la escritura es ese "noble pero implacable amo"  (gracias, Capote), y  comenzó a escribir. 

Juan Marsé pertenece a "La escuela de Barcelona", un grupo de escritores de la generación de los 50 entre los que se encontraba su amigo "como todos los jóvenes yo vine / a llevarme la vida por delante"  Jaime Gil de Biedma ("los inseparables", les llamaban), Jose María Castellet, José Agustín Goytisolo y Carlos Barral. Parece que este último necesitaba a un "escritor obrero" para dar color a su editorial, a su grupo de gauche divine de privilegiados de izquierdas con alto "capital cultural", del que Marsé carecía. Y vaya si lo dió. Crítica social en toda la boca, desde la ironía y  nunca el panfleto, simplemente exponiendo la manera de pensar y comportarse de la burguesía, cuyo discreto encanto ni existía ni se le esperaba, como se dice ahora. 

"La oscura historia de la prima Montse" fue publicada en 1970, y Marsé cuenta que la empezó a escribir inmediatamente después de "Últimas tardes con Teresa" (1966) - por ahí se habla de cierta continuación temática. En ambas Marsé hace un retrato al óleo de la burguesía catalana, principalmente a través de las mujeres: Teresa, la joven progre universitaria que se enamora de Pijoaparte, el semidelincuente al que adscribe inexistente ideario político; y Montse, la joven devota de Acción Católica o Hijas de María o la parroquia, yo no sé, aspirando a cambiar la vida a "su vasto y palpitante mundo de necesitados", que hace proselitismo con un presidiario - y atención a la descripción del mismo, quién escribiera así: "un joven apuesto en su indigencia, distante y felino, (...) mostraba un pesimismo púdico y respetuoso, despojado de arrogancia, desesperanzado y a la vez- eso era lo inquietante-lleno de poder"

Ambas son idealistas y soñadoras, y se supone que hay un cierto inconsciente malestar de clase en ellas, aunque Montse no lo llamaría así porque las catequistas han sido educadas en la idea de que el mundo de hoy no está dividido en clases ("noción blasfema y de una rencorosa falsedad"). Vía Teresa, Marsé critica la falta de autenticidad de la juventud universitaria burguesa de izquierdas, para los que el izquierdismo es una postura solo estética, y vía Montse, los "repliegues de nuestra benefactora y limosnera burguesía, esas blandas cavidades de la caridad". En contraposición a ellas, ambos chicos están muchos pisos abajo en la Pirámide de Maslow: están en lo de sobrevivir. No hay tiempo ni energía para leer a Marx, Engels y Gramsci (Teresa), o la hoja parroquial (Montse) cuando tienes que llenar el estómago. Y ambos son guapos - siguiendo mi teoría del "trasvase de capitales" ya esbozada en el divague de "Normal People": los ricos, si se salen de su círculo en esto del amor, tontos no son.

Aunque la pobre Montse sí que es considerada más o menos imbécil por su familia: vamos a ver, una cosa es lo de la caridad (limosna) cristiana, quitarte un poco de lo que te sobra para compartirlo con "los necesitados" y otra cosa es ir toda Teología-de-la-Liberación, seguir al pie de la letra al amado líder y "dejarlo todo y seguirle". Esto no, Montse, no has entendido nada. Montse, que así "muestra un desprecio para con la propiedad privada  que obedece no a caprichosas leyes económicas dictadas por la ciega maquinaria liberal, sino a insondables designios divinos".  Montse, que no sabe distinguir "el mal del mundo de la maldad humana". Montse, la santurrona tipo Viridiana de los barrios altos de Barcelona de la que esos maleantes del Carmelo se van a aprovechar. Porque por algo serán pobres. 

La novela está narrada en primera persona por Paco Bodegas, el primo medio xarnego (atención al origen de esta palabra, viene de "lucharniego", y esta de "nocharniego": "el que anda de noche" - "surgirá de las sombras del barrio, de su transpiración nocturna y maloliente, de su misma secreción estival y promiscua") de la familia Claramunt, dueños de esa típica empresa familiar textil "asentada sobre la miseria obrera, hecho no ajeno a ellos por razones postconciliares". Su madre, hija pródiga y hermana de la madre de Montse y Nuria, se enamoró y huyó al sur con un cordobés, todo ojos nazarenos y fantasía y encanto, y tuvo a Paco, que cuando a vuelve a Barcelona, los Claramunt insisten en llamar Fransecs. Paco, o "el perro asalariado" como se refiere a él mismo, es otro de los alter-egos de Marsé: personaje que no pertenece, medio huérfano, que se da cuenta de su soledad en contrastre con "las extensas familias ricocatólicas con tanta progenie, que le ayuda a uno a sentirse menos desvalido en el mundo, todos bien situados en la vida, con influencias e introducidísimos", pero muy cercano a esta burguesía a la que observa desde ese ángulo de "pariente pobre", y que luego, pasados los años, recuerda ("la memoria lo es todo para mí; tanto recuerdas, tanto vales"). Porque la novela está narrada en dos tiempos narrativos, el presente, cuando Paco ya ha vuelto de París ("que nos poetiza, politiza y erotiza a los españoles"), ya admitiendo que no puede entender a su país (a alguien le suena?) y hace unos diez años, cuando llegó a Barcelona del sur y ocurrió la "oscura historia". Con gran maestría el autor nos lleva a saltos de un tiempo a otro, haciendo a la vez una reflexión sobre la naturaleza de la construcción de la memoria, reconociendo que no siempre "se acude a la cita de los recuerdos cabales, esos que podrían arrojar alguna luz sobre la naturaleza de nuestros sueños"

Pero no solo está el eje clase presente en la novela, hablando de estas chicas de familia bien, Marsé nos presenta claramente su opresión de género.  Un ejemplo ocurre en el capítulo sobre la puesta de largo de "las debutantes", lo que viene siendo la puesta en el mercado del matrimonio, como ganado que va al matadero de "relaciones formales muertas antes de nacer". Me cuentan que en la burguesía catalana esto aún ocurre y no me lo podría creer si no fuera porque un día, buscando inocentemente un Airbnb, me encontré con uno recomendado para el tema (voy a reservar con tiempo para Mini). Me siento mal al reírme cuando dice que algunas de estas pijas-de-la-puesta-de-largo son bien feas "esa mezcla de cara fea y piernas bonitas que en las ricas resulta tan excitante" (quién no ha conocido una pija fea pero que se saben arreglar tan bien que hasta dan el pego? Los chicos, si feos, hay que decirlo: no hay  manera, por mucho que se arreglen o muchas iniciales que se borden). Este capítulo está narrado con el estilo de crónica de revista del corazón con acento de narrador del Nodo. 

Otro de los personajes clave de la novela, arquetipo de otro tipo humano, es un tal Salvador Villela. Actúa de contrapunto de Paco pues es el típico arribista que, si bien viene "de lo oscuro" -otro de esos jóvenes pobres de la parroquia "rescatados" por las visitadoras (todas ellas ociosas de casa rica)-,  termina convirtiéndose en un "intelectual". Villela es usado por Marsé para su crítica implacable de estos, que además se han agarrado a "la lengua vernácula" porque van en la dirección del viento que corre:  hay que subirse al tranvía que nos lleve a sitios. Es de esos dialogantes, tibios, que "detestan la violencia venga de donde venga" y que sonríe desde sus altas convicciones. Pero como le dice Paco, nuestro perro asalariado:

"A qué violencia os referís, los católicos? Por qué insitís en acusar de violentos a los pueblos subdesarrollados y oprimidos que intentan rebelarse? Acaso no era una forma de violencia el poder que ejercen sobre ellos las minorías privilegiadas? No es una forma de violenca la ignorancia, el hambre, la miseria, la emigración laboral, los salarios insuficientes, la prostitución organizada, la discriminación intelectual, etc?"


Enmedio de la novela hay unos capítulos que Marsé describe como "una novela corta dentro de la novela, tanto por su temática como por su estructura y estilo" que son con los que más me he divertido. Narran los días de Retiro Espiritual ("una moderna experiencia religiosa") en Vich que Montse le organiza al presidiario cuando sale de la cárcel, como parte de su proceso para reinserción en la sociedad. En Vich se lucha contra  "los ateos hundidos en el concubinato y el marxismo". No miro a nadie. 

Me he reído mucho con todo en esta parte, empezando por los personajes: los curas, los "profesores", los cursillistas a los que llama "colorines" porque el curso se llama "Colores"  (son tan modernos y postconciliares que admiten todos los colores y todas las tendencias, dicen). Las canciones ("Juventudes católicas de España, galardón del ibérico solar").  Jesucristo en mono azul, y sus valores ("el Obrero Ejemplar que no se mete en política ni huelgas ni manifestaciones de protesta (...) un Cristo moderno, fuerte, animoso, paciente, cumplidor en la fábrica y respetuoso con sus superiores! El que esgrime la llave inglesa para construir, no destruir, pero también, cuidado! el que tiene sus ideas sobre el capitalismo"). La mujer como pecado,  misoginia abierta ("El firme propósito de no pensar en ellas, todas unas marranas").  Las emotivas confesiones públicas, el lacrimógeno acto final.


Quien no conozca ese mundo (Marsé claramente lo vivió en su juventud), tal vez pueda pensar que es una hipérbole enloquecida, una caricatura febril, una mofa tipo "El sendero de Warren Sánchez" de Les Luthiers ("Yo era un desgraciado!"), pero ya os digo yo que no (por algo hay una etiqueta en este blog llamada "tengo un pasado oscuro"). Y me tenéis que creer: cuando era peque, iba de campamentos con las monjas, una mera extensión del colegio (véase "Las niñas" de Pilar Palomero), así que ahí no noté nada. Pero pasados unos años, cuando tenía como 12, ya estaba lista para un cambio y una amiga de mi madre sugirió este lugar. Aún no sé quién estaba detrás, pero empezaré diciendo que se cantaba precisamente "Juventudes católicas de Ejpaña" mientras se izaba la bandera del campamento (no la ejpañola, phew) cada mañana. Ya en aquella época me sonaba a marcha militar y la cantábamos de risa -me debí juntar con lo mejor de cada casa, pero os aseguro que me la sé aún entera y que la letra no hace sino mejorar ("ser apóstol o mártir acaso"). Había misa y rosario diario, opcional (liberales eh?). Yo hacía propósito de ir, pero nunca lo conseguía, aparte de un día porque le tocaba rezar el rosario a Luis Enrique  Echevarría, el monitor que me gustaba, que tenía 17. Porque por primera vez iba a un campamento (o a algo) mixto, aunque el precio que hubo que pagar fue elevado: a saber a qué facción del nacionalcatolicismo pertenecían sus líderes, y podría yo ser ahora una monja en antidepresivos?. Lo terrible es que reincidí (ni toda esa propaganda lo consiguió): es que era tan bonito Broto, lo pasábamos tan bien, caminábamos a Ordesa, moríamos de miedo con las historias de terror de las noches, tirábamos con arco (muy dificil) cuando aún no existían los "Juegos del Hambre",  y Luis Enrique Echevarría seguía allí, cada vez más guapo, arbitrándonos partidos de basket, ajeno a mi existencia prepuberal. Este fue mi mes de inmersión en lo que seguro era un Cult, y yo sin enterarme.

Pero no se vayan todavía, aún hay más: pasados los años, ya en pleno BUP hormonal y efervescente, estuve en un par de "convivencias" con las monjas del cole (tristemente unisex, no había monitores con silbato aquí). Tenían una casona en un pueblo llamado "El Frasno" y todo lo que recuerdo es el chocolate espectacular que hizo Madre Caridubi (una monja mala mala, daba mates) y luego la sesión de lloros por la noche en una sala en la buhardilla. Ahora que lo pienso, era un poco un embrión de una terapia grupal (no nudista, como la de California) en la que se sacaban los demonios a pasear. A las monjas también les encantaba que se llorase, como en los retiros de Vich, en los que acababan todos  con "una tendencia ya enfermiza al enternecimiento, al esponjamiento cordial y a la llantina, flojo el lagrimal" : aquí una contaba que era la menor de varios hermanos, todos chicos, y se la ignoraba, otra que la obligaban con el piano, no valorando su opinión (siempre eran cosas así, nunca abusos sexuales, padres divorciados, problemas de la abuela con el alcohol). Una suerte de lo que cuenta Marsé cuando habla de la "autoconfesión", "la minuciosa exposición de horrores por los que pasó antes de ser tocados por la luz" cuando uno a uno todos los participantes salían y se golpeaban el pecho con el puño y compartían sus pecados con "alta emoción expresada". 

Gracias, herbada Di, por tu valiente testimonio. 

Disculpas, me he ido. Yo estaba hablando de la novela de Marsé, pero por algo la ideóloga y creadora de este blog, que nos abandonó, lo llamó divagandoalcuadrado. Pero qué mejor oportunidad para terminar en un punto alto: logré escapar de las sectas, aunque me quedé así de rarita,  ejerciendo "la minuciosa exposición de horrores o autoconfesión bloguera", y colgada demasiado rato de fotos de escritores que me miran desde la contracubierta como Juan Marsé.

09 enero 2022

Vuelta a Londinium, vuelta a mi bici. Y, aunque no lo sepas, todos esos corazones.

 Tras el accidentado fin y comienzo de año que me disteis en la península, logré escapar como una Indiana Jones moderna que salta cuando se va a cerrar la última puerta levadiza.  El día anterior al vuelo aún estaba dando positivo, y ya habiendo tirado la toalla, el bicho tuvo a bien, la misma mañana del vuelo -afortunadamente vespertino- dejar este pobre cuerpo ajado. Cuerpo que, eso sí, como dice Cesita, "ha demostrado gran incompetencia como transmisor" (eso, o tengo a mi alrededor a esos seres que ahora busca la ciencia, los no-contagiables o "terminator" del virus). El exorcismo por fin funcionó y, aún en el estado de la "jove decadent" del otro día (pero sin joven) llegué a la isla desde donde me he arrastrado los últimos días. 

Lo que sigue no lo he contado en el divlog y ahora me pregunto por qué. Podríá fácilmente haberle hasta dedicado una etiqueta y haberos frito con el tema pero, por lo que sea, no lo hice. Hasta hoy. Sí que he hablado de las cosas que me han salvado de esta pandemiajaputa que tal vez son más importances y merecedoras, pero no de una cosita pequeña que ha contribuído a muchos momentos de felicidad: mi bici. 

Cuando llegué a Londinium, conocí la ciudad en metro. Un día, descubrí los autobuses y de repente, las piezas del puzzle empezaron a encajar: esto es lo que hay por encima de esta parada y aquella? Esto y esto está mucho más cerca de lo que pensaba! Me encontré con otra ciudad y recomiendo esto a cualquiera que venga por aquí.  No están las cosas tan lejos, ni en este monstruo, y lo que hay por arriba es un festival. Pero con la pandemia, he descubrierto Londinium en bici.

En el pasado fui en bici pero no como ahora: pedaleaba al trabajo -nunca demasiado lejos de casa, siempre sur del río- cuando el trayecto era "amable", pero cuando cambié a otra zona, y un día me vi encajonada entre buses de dos pisos y camiones, lo dejé. En aquella época, la ciudad no estaba preparada para el pedaleo. Siempre me ha gustado ir en bici -decir "es uno de mis deportes favoritos" sería una chorrada, porque todos los deportes me aburren inmensamente, pero este -y nadar- me encanta. La bici es un objeto que asocio a la libertad (esos veranos de la infancia con los que he dado la turra bastante) y además, en Londinium, es una fiesta: con ella llego en quince minutos a sitios donde aún, tras más de veinte años, me pellizco para creerme que semejante maravilla, esté justo aquí.

Tengo muchísimas fotos que he ido tomando durante mis paseos, que en verano fueron diarios y ahora, como anochece pronto, se limitan al finde. Podría haber colgado algunas y haber escrito sobre mis aventuras: en bici canto (sí, no debería, escucho una lista de spotify impresionante, grandes subidones), bailo (semáforos), me cabreo con los coches (soy una de ellos, la tribu de los ciclistas dignos), nos sonreímos con otros ciclistas, me pierdo, paso miedo (palomas), me pego tortazos (uno), ligo (mucho). No he escrito ni colgado fotos,  pero hoy va a ser el día. 


Todo porque si la bici me suele poner algo hiperactiva y maníaca de normal, hoy ha sido un rato tan lleno de emociones montaña rusa, que he llegado con la necesidad de contar(me)lo. Para que se entienda, contexto:  esta ha sido la primera vez que pedaleo en un mes, tras el covid puñetero que me había dejado exhausta. Cuando me he subido al sillín, no sabía hasta dónde iba a llegar, ni siquiera si lograría acercarme al río y cumplir mi objetivo, lo de los test. Sí, simbólicamente, llevaba en mi mochila los test que has de hacerte a los dos días de aterrizar y la idea era llegar a Waterloo, donde hay unos buzones para dejarlos. 

Era un día perfecto de invierno: frío con un sol fantástico. Esto ya es para mí la vida, y entre eso, y la música, y ver que realmente llegaba al río y mucho más, me han dado un chute de adrenalina, de esos de "amo a la humanidad". Entonces, nada má dejar los test, lo he visto: el Big Ben, que llevaba años cubierto por las obras, estaba por primera vez parcialmente descubierto. En el puente de Westminster le he hecho fotos al reloj, que parecía que me saludaba desde el año nuevo. No recuerdo qué canción sonaba en ese momento: a veces me planteo si hay un algoritmo que relaciona mi lista aleatoria con mis pensamientos. No podría poner un ejemplo, pero a veces da miedo cómo puede sonar esa canción justo ahí. 

Una pareja me ha pedido que les hiciera una foto: el chico me ofrecía la cámara (una verdadera cámara, de ponértela en la cara, con las que de verdad me gusta hacer fotos) y, sin pensar, me ha salido un "lo siento, no". El pobre se ha quedado azorado, y yo me he ido sintiéndome mal. No le he dado ninguna explicación, porque no la tenía articulada en mi cabeza: no sabía si era por protegerme a mí o más bien a ellos, pero no me apetecía hacerla. 

En lugar de subirme a la bici y tirar hacia el oeste del río por la calle paralela, me la he colgado del hombro y he bajado las escaleras que conducen a un paseo peatonal que tiene a la izquierda una pared detrás de la cual está el hospital de St. Thomas y a la derecha, el Támesis, con las Casas del Parlamento al otro lado. Esa imagen que estáis cansados de ver en cada reportaje o noticia de Londinium. Este trocito lo he hecho andando, venía mucha gente. Y entonces ha pasado. 


El hospital de St. Thomas tiene gran carga emocional para mí: aquí nació Mini. Cualquiera que haya leído o visto "Atonement" ("Expiación", de Ian McEwan) lo tendrá también grabado a fuego. Era un maravilloso hospital victoriano, que fue bombardeado durante el Blitz, pero aún queda parte antigua, por detrás, para soñar y robar ideas y pasillos largos para Banderleys de uso propio. Pero divago: yo estaba caminando tranquilamente, aún pensando en los turistas a los que he dejado con la cámara en la mano y la palabra en la boca cuando, de repente, me he encontrado con el muro. Lleno de corazones. Corazones con nombres y fechas dentro. Marzo 2020, Abril 2020, Enero 2021, papá, mamá, abuela, abuelo, John, Tracy. Cientos. 

"The National Covid Memorial Wall". Nunca te olvidaremos, te quiero, eres la mejor madre, estás conmigo cada día, y fechas, y nombres y corazones y más corazones que no terminaban nunca. Mi aleatorio musical no ha ayudado: probablemente la canción más triste que tengo, y de las más bonitas, ha saltado: "Aunque tú no lo sepas", y me he puesto a llorar sin consuelo posible. Me han caído estos casi dos años, las ausencias, el miedo, el cansancio, y las últimas horribles semanas encima, pero sobre todo me han caído todas esas historias metidas ahí en corazones, toda esa gente que, aunque yo no lo sepa, están ahora sentados en su casa, mirando por la ventana, con el corazón roto. 

Aunque tú no lo sepas
(...) Y al llegar la mañana
No me di ni cuenta
De que ya nunca estabas

Y como esto es una ventana abierta donde cualquiera, también los que sufren por un corazón con nombre y fecha dentro, puede tropezar, si así fuera... solo decir que, aunque no haya consuelo posible, y aunque yo no lo sepa, lo siento. 

Hacia el otro lado me saludaba otra vez, soleado, sonriente, el Big Ben. He seguido caminando mucho rato, sin separame del río. En un punto, me he subido a la bici y ha saltado una canción alegre. Y he girado a la izquierda, al sur, y he vuelto a casa. 

03 enero 2022

"Sobre los huesos de los muertos" ("Drive your plow over the bones of the dead") de Olga Tokarczuk: Saca tu Pathos a galopar

"Sobre los huesos de los muertos", novela de Olga Tokarczuk, le da título un verso de William Blake que es una pasada, pero que los traductores al castellano -o la editorial - han tenido a bien recortar.  Entero, "Drive your plow over the bones of the dead" se traduciría algo así como "Surca tu arado sobre los huesos de los muertos" (nota: agradecimientos a la divaganta Cesita que colaboró con encontrar el verbo adecuado, "surcar", yo estaba paralizada con "conducir"). Es un verso tan visual y tan bestia que, sinceramente, no sé en qué estaban pensando quitando el principio con la imagen demoledora del arado. Sacarla es privar al lector de la mitad de su fuerza. 

Paseando a Olga-1:
 Río Támesis a su paso por Barnes
Nota: el tema de la traducción no termina con este párrafo inicial, que puede sonar a mi frecuente pataleta sobre las traducciones de los títulos.  Precisamente en la novela se reflexiona sobre el concepto porque uno de los personajes traduce a Blake -cada capítulo comienza con versos de Blake-, del inglés al polaco ("Déjale que revele los negativos del inglés para producir frases en polaco en el cuarto oscuro de su mente"). Luego, la traductora (Antonia Lloyd-Jones) ha vuelto a traducir del polaco al idioma original (inglés, doble traducción). Es un oficio imposible -aunque bonito, pues sirve para acercar a la gente que de otro modo no se entendería
 - porque, ¿cómo traducir esta rimita, también de Blake, que los niños podrían usar como el pito-pito-colorito-dónde-vas-tú-tan-bonito-a-la-era-verdadera?:

“Every Night and every Morn
Some to Misery are born.
Every Morn and every Night
Some are born to Sweet Delight,
Some are born to Endless Night.”

Incluso si no sabes inglés, léela en alto. Bonita, ¿eh? Pim-pom-fuera. 

Me lancé a esta novela tras el deslumbramiento el pasado verano con "Los errantes". La he leído en Fitzcarraldo, la editorial independiente, tan sobria en sus cubiertas, todas iguales.  Mirando por encima el divague de "Los errantes" (vengo con el propósito de que me quede más corto, pero ahora en relectura creo que una vez más he fallado, de ahí los títulos) me encuentro con que califiqué a Tokarczuk de provocadora, así:

"Una provocadora: Teología. A menudo me pregunto cómo se enseña eso aún en las universidades, ¿Imaginamos acaso una cátedra de astrología?"

Una protagonista memorable
Tokarczuk sigue siendo igual de provocadora y aquí (¿soy una visionaria, una Blake del Siglo dieciveinte?) no es la teología, sino la astrología. La protagonista es una mujer de 60 años, excéntrica, libérrima ("para mí, la palabra prioridad es tan fea como cadáver o conviviente" ) y que cree en la astrología, "la astrología era lo mismo que lo que hoy es la socio-biología: el astrólogo creía que los cuerpos celestes tenían influencia en nuestra personalidad, mientras que el socio-biólogo cree que lo que nos afecta es la misteriosa emanación de cuerpos moleculares-la diferencia es de escala"Para el mundo -y para ti a estas alturas, supongo, divagante- es una "vieja loca", pero, créeme, pese a todo lo que tiene de ilógica y enloquecida, es imposible no quedar atrapada por ella, y para mí se va a quedar como uno de esos grandes personajes de la literatura, como Dorothea Brooke, el Pijoaparte, el capitán AhabBernarda Alba, Ignatius J. ReillyGuy MontagAlexander Portnoy o Becky Sharp (perdón, me pierdo y me pierde el enlazar).

Sus ideas se miran con desdén y pese a que escribe múltiples cartas a diversas fuerzas vivas locales con "sus temas", no se la toman en serio: ni se molestan en contestar. Pero como ella dice, ya "el ciudadano al que los servicios públicos ignoran está condenado a la no-existencia",  ¿no sería la mejor venganza que, ya que no tienes ningún derecho, no tengas tampoco ninguna obligación? La prota es la clase de persona que la sociedad hoy en día considera "inútil" porque porque no producen, no activan la economía, no son engranaje de la Gran Máquina. 

Es una "unreliable narrator" ("narradora de la que no se puede confiar", ¿para cuándo una traducción del concepto a algo con más gancho en castellano?) de libro de texto. Se llama Janina (aunque ella odia su nombre y se hace llamar por su apellido, que es aún más complicado que Tokarczuk, así que olvídense, aquí será Janina). Vive en un pueblo remoto de montaña en Polonia, frontera con la República Checa. En invierno, los días son tan cortos y es todo tan oscuro que mira por la ventana y solo se ve el interior de su cocina reflejada. Por ello la tele está funcionando todo el día, solo en el canal del tiempo. "Las mañanas de invierno están hechas de acero; tienen un sabor metálico y esquinas afiladas. Un miércoles de enero, a las 7 am, está claro que el mundo no fue hecho para el Hombre, y definitvamente no para su comodidad y placer".

Un alegato animalista
Estereotipos:
Será Olga vegetariana?
El principal contenido de las cartas de Janina a las autoridades es la defensa de la naturaleza salvaje que tiene a la puerta de su casa. Como es un bosque polaco, esto incluye ciervos y otros animales que, vale, yo no reconozco por su nombre pero para eso está el google imágenes ("marta"-un tipo de comadreja). El hecho de mi desconocimiento (se me dé un respiro: no puedo abrazar todas las taxonomías mundiales, ya tengo bastante con las mías) no implica que no esté al 100% con Janina en esta lucha. Ya he dicho muchas veces que ideológicamente yo debería ser vegetariana- ya hace 30 años, tras el baño-realidad Marvin me convertí (pero cuántos animales enteros me he zampado desde entonces es otra historia). Hace menos he escrito de esto aquí a propósito de los libros de Harari, pero también tras leer piezas en contra del humanismo (el muy cristiano "el ser humano como centro de todo") de gente como John Gray en "Perros de Paja".  Tokarczuk dice que la actitud de un país hacia sus animales revela mucho del país. Totalmente, eso y su actitud ante ancianos y personas vulnerables. 


Polémica en Polonia
Parece ser que la novela, publicada en 2009, causó un verdadero escándalo político en Polonia. Me pregunto si es por su anticlericalismo, en una de las reservas espirituales de occidente -tras Navarra, claro, no se ofendan. La descripción del cura es magistral, uno de esos tipos que, si no es por la cirugía bariátrica seguiría siendo obeso mórbido. He descubierto que la jerga curil es internacional, por ejemplo -son adaptaciones mías, traducir del inglés no funcionaba, de lo que recuerdo ya que hace eones que no escucho a un cura- decir "alimentos" en lugar de "comida" o "reparar" en lugar de "darse cuenta" y también sus problemas de dicción como "queridos herbados", o "seso" (no sé qué tenían con la "x").  

El cura opina que "los animales están en la tierra al servicio del Hombre" (y nótese Hombre vs. "ser humano"), y que es blasfemo tratarlos como si fueran personas, porque Dios les dio un rango menor. Le aconseja a Janina rezar, que es lo que trae alivio ante el sufrimiento.  Pero para qué, si ese Dios jamás interviene? 

Me he reído con la idea de que se debería instalar un pequeño lavaplatos en el altar, para terminar con el momento lavado y secado del copón. Hace mucho que no asisto a este ritual del cura limpiando que siempre encontré curioso - ya de niña dudaba de la higiene del proceso, y eso que Dios aún no nos había enviado el covid. 

Paseando a Olga-2:
Hermanos Colombianos,
también Barnes
Teorías vendo
A través de la mirada de Janina, el lector va a asistir a una serie de asesinatos que son el negativo de la típica novela de "quién-lo-hizo", con sus chiquitas indefensas violadas y descuartizadas. Aquí los muertos son señoros (divertidisímo cómo, por una vez, son los tíos los asustados de salir de casa de noche) y los malos llevan 4x4s (compensan con ellos sus ínfimas pollas- esta reflexión de premio Nobel ya la habíamos hecho humildes blogueras). 

Aunque se vende como una "novela negra", aquí lo que menos importa es precisamente quién-lo-hizo (aunque, wow, quién-lo-hizo, qué final: vale ya me callo), lo importante es la particular cosmovisión del mundo de Tokarczuk, que nos cuenta a partir de las "teorías" de Janina. Porque aparte de sentirme identificada con la prota porque aspiro a ser una ancianita excéntrica y pasota,  también tengo "teorías" sobre distintos aspectos de la vida con las que castigo a los de mi alrededor (y a los divagantes, debería crear ya el distintivo "teorías").

Nuestra psique: la coraza para protegernos de la realidad
Ya contamos en "Los errantes" que la autora estudió psicología y de vez en cuando deja caer perlas del ramo con las que me divierto. Para Tokarczuk, toda nuestra compleja psique "ha evolucionado para prevenir al ser humano de entender todo lo que tiene delante de los ojos. Para hacer que la verdad no nos alcance, envolviéndola en ilusión y en charlataría boba".

Si la sabiduría popular dice que la ira ofusca la mente, Janina piensa que la aclara, que toma el control del cuerpo y es fuente de saber. Janina tiene muchos motivos para cabrearse: machismo, edadismo... toda mujer "vieja" (a mí 60 ya no me lo parece-están ahí!!) acaba siendo una "bruja". Dejarse llevar por la ira, todos los sabemos, puede tener consecuencias con sentimientos encontrados: "esa energía la hizo sentir genial, como si me elevara del suelo, un mini-Big Bang en el universo de mi cuerpo", o "deja un gran vacío tras él, en el que una corriente de dolor se derrama instantáneamente, y sigue fluyendo como un río enorme, sin principio ni fin".


Nuestro cuerpo: la otra coraza 
Nebuchadnezzar, detalle (W. Blake)
Otro tema recurrente en Tokarczuk es el cuerpo este nuestro, la carcasa con la que paseamos por el mundo y que es tan fundamental para nuestra manera de relacionarnos con él (con el mundo). Por supuesto Janina tiene una Teoría: el cerebelo debería estar conectado con el cuerpo y decirnos en todo momento qué pasa, como si fuera una centralita a la que los órganos informan de problemas. De esta manera, solo nos queda "el dolor como única herramienta básica y primitiva para el consuelo". Es el único informante que tenemos. 

Janina escribe algunas palabras que ella debe dotar de importancia en mayúsculas, y una de ellas es "Dolencia".  Quitarse el dolor y esta metáfora tan visual:

Paseando a Olga-3:
Ya en Vetusta
"A veces tengo la impresión de que estoy construida únicamente con los síntomas de mi enfermedad, de que soy un fantasma hecho de dolor. Cuando no sé qué hacer con mi dolor, imagino que tengo una cremallera en la tripa, desde el cuello hasta la ingle, y que la voy abriendo lentamente, de arriba abajo. Y después estiro los brazos fuera de los brazos, las piernas de las piernas y saco la cabeza de la cabeza. Cuando me saco de mi propio cuerpo, éste se cae de mí como ropa vieja. (...) Sólo esa fantasía es capaz de proporcionarme cierto alivio. Oh sí, y entonces soy libre".

Autismo de la testosterona: esos viejos palizas cerca de usted
La autora tiene un sentido del humor muy particular. Una de las "teorías" de Janina se llama "autismo de la testosterona": los hombres, a cierta edad, declinan en inteligencia social y capacidad de comunicación interpresonal, desarrollando un interés por la maquinaria, o la Segunda Guerra Mundial, o las biografías. Su interés por la ficción desaparece porque no siguen el desarrollo psicológico de los personajes. Vamos a ver: quien no conozca a uno de estos, que tire la primera piedra.  Me divirtió tanto el concepto que creí que merecía la pena hacer un pequenio estudio: lo compartí con una muestra de tíos de mi edad (en teoría, aún no afectados), y las reacciones fueron varias, alguna incluso molesta. 

La ironía es cobarde, es no mojarse, es ser un mierda
Ya he escrito otras veces sobre mi actual malestar/duda sobre el concepto "ironía". Es esta una manera de estar en el mundo que he visto evolucionar a través de los años, siendo ahora La Manera con la que algunos nos aproximamos a Todo. Esto es claramente influencia del mundo anglosajón, por lo menos en ciertos grupos más jóvenes y con mayor nivel cultural. Mis ideas encontradas, de amor/odio, vienen por el hecho de que por una parte, me encanta, pero por otra, esta "distancia  irónica" en absolutamente todo me azora. Quién es esa Di de 18, defendiendo sus ideas, enamorándose, enfadándose? A ratos, no me reconozco - claro que Mini, Paladín de lo Cool Moderno estará en desacuerdo y opinará que aún hay "demasiado drama" en mi manera de estar en el mundo. 

Dice Janina: "Esto es lo que menos me gusta de la gente: la ironía fría. Es muy cobarde burlarse de todo, ridiculizarlo todo, no tomar partido por nada, nunca atarse a nada”. Porque a los irónicos no les gusta el "Pathos" (recordemos, del griego: "emoción, sentimiento, sufrimiento"), "así que cierran los labios para no ser infectados por ello. Temen al pathos más que al infierno".

La escalera de Jacob
(W. Blake)

Tal vez es el blog uno de los espacios de la vida donde una puede sacar más libremente el Pathos a galopar por ahí. Y por ejemplo, recomendar libros con emoción y pasión. Esta es una de esas ocasiones, que merece terminar con la frase con que empecé yo con Blake:

"El camino del exceso conduce a la sabiduría"