12 de noviembre de 2018

"Leer mejor para escribir mejor" de Elena Rius

20 divagues
Después del enloquecido fin de semana donde hubo todas las estaciones del año y del Via Crucis diabético, el martes tocaba disfrutar de Barcelona por sus calles y librerías. Pero además, había quedado con Elena Rius en el Ateneu! Hacía mucho tiempo que no quedaba con blogueros desconocidos en persona... la primera vez en Madrid, allá por 2011, cuando conocí a NáN y a Mo, en aquella cena de boquerones (puede ser?), luego la emboscada a Txelos organizada por No y Viveiró en Vetusta esas mismas Navidades... o sea, el Pleistoceno. 

Elena ha escrito varios libros, se lo ha leído todo y da clases de escritura creativa en el Ateneu, que tuvo la amabilidad de enseñarnos. Cuando esperábamos a la una en el hall debimos estar como un par de minutos sin identificarnos, porque ella suponía una pareja con niña [Mini, pudiéndose quedar con su tía (en casa, tocada por el virus que gentilmente me pasó para el fin de semana) y su perra, de qué va a venir con nosotros?!]. De repente, nos miramos, y estuvo claro: eres Elena? eres Di? creo que dijimos, o quizás usamos los nombres "de día"? Porque aunque resulte difícil de creer, detrás de mi yo "de noche", Di, hay una ciudadana ejemplar. Batman vs. Superman. Maléfica vs. Aurora. Gremlin punky vs. Gremlin osito. La macarra Di es una señora que nada con bolsa del super como gorro sin meter la cabeza y que ordena el contenido de su bolso como la madre de Amelie. (...) Venga, vale, ya lo dejo.

Ateneu
Elena nos enseñó el edificio: sus salas de lectura con suelo tablero de ajedrez, la cafetería, la maravillosa biblioteca en la que nos pretendimos miembros (ojalá) y por fin terminamos tomando algo en el patio encantador con palmeras, pajaritos y hasta estanque con peces de colores. La conversación, que no fue solo de literatura, fue como la que se tendría con alguien a quien se conoce de hace mucho; es curioso lo que pasa cuando, click, se conecta. 

Cuando hablamos de los cursos que da (a gente que aprende a escribir ficción), fue clara: lo primero que se necesita para escribir es estructura. Pero-intenté, así como de puntillas-no sería posible empezar así un poco a lo loco, y ver lo que pasa? (yo, que nunca he escrito en ficción nada más largo que relatos). No, me sonreía Elena, y me parecía que iba a decir, "estructura, estructura, estructura". Yo estaba, divagantes, en secreto pensando en "Serial", del que no tengo nada que se parezca una bitácora, ninguna idea de adónde va. Estructura. Con lo diver que es sentarte a escribir así como un divague, y ver qué pasa. Estructura. Y si luego quiero cambiarlo todo? No pasa nada, una estructura puede ser alterada. Y yo, que en general soy la persona más estructurada del mundo, aquí estaba revolviéndome porque quería ser anárquica. "Todos los que empiezan sin estructura se atascan a la página 40". Estructura. En fin, que igual me tengo que sentar un día con papel y boli. 

Dedicatoria
Entonces Elena me regaló su libro "El síndrome del lector", basado en su blog "Notas para lectores curiosos" que va precisamente de esa gente que no podemos concebir salir de casa sin un libro, o vivir sin paredes forradas de libros, o sin oler y tocar los libros. Y este regalo me llevó a otro suyo que encontré por la tarde en La Central de C/Mallorca (donde Nara casi nos mete en un lío por cariñosa con una Miss Trunchbull que pasaba por allí), "Leer mejor para escribir mejor".

El libro va exactamente de lo que nos cuenta el título, aunque tiene una parte inicial en la que ayuda simplemente a leer mejor, sin importar si se tiene interés de escribir ficción. A cualquier amante de la literatura, esta especie de onanismo literario (llamémoslo metaliteratura) nos apasiona. Os aseguro que he disfrutado muchísimo, primero constatando que ya había muchas cosas que hacía bien, y además aprendiendo otras. 

"Aprender a leer" (De qué hablamos cuando hablamos de leer) es la primera parte que comienza con una cita de Borges maravillosa:



"Una biblioteca es una especie de caverna mágica llena de difuntos. Y pueden ser devueltos a la vida cuando abrimos sus páginas"



Qué apropiado para estos días de muertos y cementerios, pensé el 30 de Octubre, el día que lo compré. En la misma Central me trasladé al de Vetusta-que visitaría unos días después-, donde hay algunos panteones familiares con estatuas terroríficas y maravillosas (mi favorita, una mujer con un velo que la cubre toda, cabeza mirando al cielo, viento)... solo con leer su historia, o casi solo con imaginarla, la estatua se quita el velo y camina.



Todos somos lectores, en el sentido literal de la palabra. Podemos leer un prospecto, una noticia, un periódico, una noticia. Pero la autora nos explica lo que es un buen lector: aquel que no se queda en comprender, sino que analiza, y que, importantísimo, interactúa con el texto. La manera más típica de hacerlo es leyendo con lápiz, subrayando, anotando, o con un cuaderno de notas. Supongo que habrá algunos que interactuarán solo con su cabeza-yo no puedo. Quién no se ha quedado alguna vez con el libro cerrado sobre el pecho, mirando un punto indeterminado de la pared? Pensando. Yo esto a veces me he descubierto haciéndolo mirando la foto del/@ autor@ en la contratapa. 


Yo recuerdo perfectamente el momento en el que comencé a subrayar. Fue en COU, con "El retrato de Dorian Gray". Es un libro con tantas frases épicas-ya se sabe, el ingenio de Wilde- que llegó un punto en el que había que "capturarlas" para hacer eso que a los lectores nos gusta tanto: volver al libro y mirar los subrayados. No recuerdo cuándo comencé a anotar, pero ahora es una parte indispensable de mi lectura. Tengo algunos amigos que insisten en que su libros "han de estar limpios". Yo ahora mismo estoy leyendo un libro de segunda mano anotado por un@ desconocid@ y me está encantando, así que no veo que incoveniente puede tener un libro con rayas, flechas, signos de exclamación.


La lectura no solo tiene el poder de hacernos felices, sino que ha cambiado el mundo. La ficción no solo informa, sino que transforma. Todo esto son frases de Elena, tan verdad. Porque al final lo que hace mejor un libro es que te interpele (aunque sea desde una experiencia en las antípodas a la tuya): quién no ha pensado, esto lo escribió esta persona para mí, y yo aún no había nacido? Virginia Woolf, George Elliot, Julio Cortázar... todos pensaban en mí, y seguramente en ti también-eso los hace grandes. pero al final, para qué se escribe, sino para atar al lector,que dice Vila-Matas.


Hay que hacer lectura atenta, y lectura crítica, y además, tenemos que hacernos preguntas mientras leemos, sobre distintos temas: 


    La estructura:
Por qué usa esa estructura? (estructura, estructura, estructura-volvía la intrusión de Elena en el Ateneu mientras leía esto ya en el sofá de Fashion). Por qué el autor empieza en el lugar físico que lo hace, por ejemplo en la heroica ciudad que dormía la siesta? Por qué en ese momento vital del protagonista, los 23 años de Hans Castorp (que no se me olvidan porque yo tenía esa edad al leer "La Montaña Magica") o los 27 de Ana Ozores (yo tenía 33)? O en qué momento de la historia, en un pasado remoto, en el rabioso presente como los de Jonathan Franzen o en un futuro distópico, como el de Ray Bradbury en "Farenheit 451" o Margaret Atwood en "The handmaid's tale"? Es el uso de los tiempos continuo o a saltos como el de Egan en "A visit from the goon squad"?

    El narrador:

Usa el omnisciente, tercera o primera persona o, uno de mis favoritos, el narrador no-confiable como McEwan en "Nutshell" o Coetzee en "Disgrace"? 

    El estilo: 
Qué estilo tenemos: seco, descarnado como el de Cormac McCarthy en "The Road", intimista como Joan Didion, o John Williams, periodístico, como Orwell


    Pistas y claves
Que piedrecitas nos deja el autor en el camino para que vayamos construyendo la historia? Hay palabras clave que nos pueden orientar? Aunque en mi opinión, hoy en día muchas pistas resultarán manidas (por ejemplo, Rius habla del arsénico en las botellas del farmaceútico de Madame Bovary, que todos sabemos como termina. No resultará esto un poco naive en 2018?)


    Motivos y simbología
Aquí es donde Freud ha podido aportar algo al mundo: el agua, la fertilidad y suma y sigue. Se me ocurre "2666" de Bolaño, que nunca explicó su título, pero nos mueve a todos algo, y no precisamente positivo. 


    El tema
Cuando divago sobre libros, siempre digo que no quitaré ningún interés sobre la trama porque no suelo contar argumentos, sino temas. Hay gente, como NáN, que lo primero que hace es enterarse del final para poder leer tranquilo, como buen lector atento y crítico que se fija en esas otras cosas. Lo cierto es que no hay nada como tener las dos cosas a la vez, pero que a veces la ansiedad de saber que pasa te hace leer demasiado rápido: como ejemplo de un libro muy bien escrito con el que me pasó eso tengo "Hoy, Júpiter" de Luis Landero. 


    El contexto

Si no se conoce la época, o tal vez la cultura a la que se refiere una novela, podemos perdernos parte de su contenido, aunque no es el fin del mundo. Yo a veces cuando leo a Zadie Smith, que es tan Londinium pienso... esto alguien que no viva aquí no lo puede entender igual, o alguien que no haya trabajado de cerca o tenido amigos negros podrá captar los matices que nos cuenta Chimamanda Ngozi Adichie o Paul Beatty. Haber viajado por California tambien te ayuda a entender a Didion o a Lucia Berlin, o por lo menos a situarte en ese escenario. 


Como decía, la segunda parte nos enseña a leer como un escritor, qué hace un buen principio (este tema tambien me fascina; en serio que me exalto con  mis favoritos, algunos dickensianos, pero el mejor sigue siendo... "Call me Ishmael"), un buen final, cómo crear un personaje, cómo darles voz (como Albert Cohen en "Bella del Señor"), cómo usar los diálogos, qué los hace memorable, cómo jugar con el tiempo, cómo construir un universo...

Un libro indispensable para cualquiera que ame la literatura, para aprender cosas nuevas y para encontrarte. Porque, si has llegado hasta aquí, estoy segura que eres un lector atento y, como todos los buenos libros, este te interpelará. 

9 de noviembre de 2018

Nieve, Barna, casas que fueron iglesias, y el veneno del SXXI

5 divagues















La semana pasada, vacaciones escolares de Mini, comenzó hace siglos y por ello aún no tengo claro qué tiempo verbal usar en este divague. Ha tenido (ya tengo que cambiarlo, porque esto era un borrador: ya es "tuvo") de todo: idílicos reencuentros, comida sin conocimiento, literatura, bebidas en terrazas soleadas, noches en vela, nieve y chimenea, y postración en el lecho del dolor. Cómo apretar lo que puede pasar en un periodo de, no sé, pongamos un anio, en tan pocos días? Ay, divagantes, yo como Les Luthiers, lo diré en tres palabras: "yo qué sé".


Como decíamos hace siglo y un día, aterrizamos en Barcelona para las celebraciones rituales del cumple de la Hermanísima (gracias Mo, alguien por fin se atreve a llamar a Fashion por su nombre). La sorpresa preparada pol JAL su novio y kuniado universal era pasar el finde en La Cerdanya, donde nos aventuramos pese a que el Peda estaba medio febril (pero a los del norte esto no les resulta óbice de nada), a que íbamos cinco y una golden en un Mini y a que anunciaban nieve. La sorpresa dentro de la sorpresa era que el doming íbamos a ir en caballo-afortunadamente, la nevada fue tal que cundió por un momento el sentido común y esta parte de la celebración se vio abortada.




No así todos los demás excesos, incluídos los gastronómicos, que hasta la pobre Mini alucinaba pepinillos del frenesí del azúcar el sábado por la tarde. En un aparte, le dijo a su aitá: "no podía creerlo daddy... helado, coca... y luego tarta!". El orden de la secuencia de fechorías viene a ser: 

Inicial paseo a Talló, no me canso de fotografiar esa iglesia. Al lado han reabierto un hotel donde nos tomamos un colacao, hablando con los duenios, una pareja muy energética que ofendió particularente al Peda porque no paraban de hablarnos ("intentar vendernos") su otra propiedad: una casona con capacidad para 16 personas (o eran 20?), con jacuzzi y dardos electrónicos. Mira, lo gugleais y hay una vista inicial de dron muy guapa, y en este mismo instante lo tenemos con una "puesta de largo". Fashion me explica -mientras me desencajo la mandíbula-que esto es algo muy "Ultimas tardes con Teresa", burguesía catalana que aún se siente con la necesidad de poner su hija en el mercado a los 18. 


Segunda estación del "veneno del SXXI" (azúcar, por si alguien aún no se ha enterado, que el azúcar es el nuevo fumar):  heladería de Bellver (regentada por uno de Córcega) a tomar el mejor helado del mundo, "Nata de la Cerdanya". 

Tercera estación: mientras nosotros tres nos regodeábamos en la heladería, los jekes pillan cantidades insdustriales de coca (aclaración para los que no conozcan su sinónimo como "torta", no vaya a ser que lea esto la Guardia Civil y ponga un tuit de esos inteligentes suyos) en el Forn Pous.

Cuarta estación (en serio!): sigilosamente, JAL compra un tarta selva blanca (parece) para las velas!!! En serio, JAL? Era esto último necesario?

Pues sí, y también hay quinta: al llegar al hotel JAL sube a la habitación y baja una bandeja de panellets de Mauri, una pastelería bien.  


Y sexta: no podía faltar, el chocolate. Congelados, nos apostamos alrededor de la chimenea del hotel y la duenia, amiga de los jekes, sale con una jarra de chocolate, claro, esas cosas había que mojarlas en algo. 

En resumen: el exceso fue severo y  se me nubla la vista (coma diabético?) de pensar que en un rato estaba reservado el Casa Biayna para cenar... senior dame fuerza.



La maniana del domingo amaneció nevada, y nevando. Fashion fantaseó por un momento, y si nos quedamos atrapados aquí? Como en aquellos libros de Los Cinco, vamos con perro y todo. O tal vez como un Orient Express estático, sin asesinato, pero tratándose de Fashion con mucho glamour? Claro que el otro grupo que había en el hotel no iba a poner mucho de su parte a este respecto. Unas 15 personas, en su mayoría mujeres con pelo cano, que vimos en un punto hacer movimientos orientales, y que luego la duenia nos aclaró que eran practicantes de algo de las energías, chi kung.  Por supuesto, volvimos a Talló, y a ver a la familia, y antes de volver a Barcelona a Nas, al mirador del banco desde el que se ve la inmensidad de La Cerdanya, blanca esta vez. Queda un reducto, no está todo construído, una piensa allí...

 




Toda la nieve del domingo se esfumó de repente, y el lunes, que habíamos quedado para ir a comer a casa de F, nuestro amigo del velero, con el que rodeamos Menorca una vez, a las afueras de Barna, era un día soleado aunque algo fresco. Poco nos imaginabamos que F vivía en su vieja casa familliar que había sido... una iglesia! Su padre, como todos los catalanes que conozco, amaba las antiguedades, y compraba lo que entonces era visto como chatarra "al peso". Hoy en día, esa chatarra hace parecer su casa un museo: planchas de carbón, pianolas, sillerías de iglesia, ollas de cobre, llaves, estatuas, gramófonos, trabucos, libros, botellas... todo lo imaginable está en esa casa. Me recordaba a todo lo que tenemos que guardaba la Yaya, o lo que tienen en su casa nuestra familia de Bellver. Antiguos aperos de labranza, carretillas que hoy son maceteros, cepos oxidados, viejas máquinas de coser de aquellas de pedales, zuecos de madera, tijeras de hierro... pero en casa de F. elevado a la enésima potencia. 

Luego por la noche se lo contamos a otros amigos, en una cervecería de esas de disenio donde la birra es demasiado "para entendidos" como para que nos guste a los del menú infantil-Coronita.

Y el martes teníamos una quedada "en el éter" bloguero... por fin iba a conocer a Elena Rius, bibliómana, bibliófila, maníaca de la literatura, autora de "Notas para lectores curiosos" en el sitio mas apropriado, el Ateneu barcelonés... pero esto requiere un divague solito... cuando pueda!








27 de octubre de 2018

Regalo no-sorpresa!!!

6 divagues
Lo ideal habría sido no avisar. Aparecer por tu casa una hora después de que cumplieses los 38, o sea, la 1 am del sábado 27 de Octubre (ya que aterrizamos en Barcelona a eso de las 00:30). Haber llamado a la puerta y... FELICIDADES!!!!  Matasuegras, confetti y guirnaldas. Y haber constatado que no dormíais, sino que aún ni siquiera se había servido la cena, porque como siempre se os ha hecho tarde por las calles, y os habéis enganchado a (banio) turco y a un nuevo serial de Netflix.

Esto habría sido un regalo sorpresa como te gusta a ti, en toda regla. Pero bueno, el caso es que sabes que vamos, y es más, estarás en el aeropuerto esperando con tu mini y el Ku (aka Ya-no-tan-Joven Artista Local): no puedo esperar! 

Así que me toca escribir un divague-sorpresa, y confiar durante el finde de festejos del arte de tu novio El Conseguidor, que seguro que tiene muchos conejos en la chistera (claro que, eh, Ku, vas a tener que superar la que montamos en Londinium para los 30, eh?-competitiva yo? noo).

Mientras tanto, sobre cual de las miles de anécdotas de cuando vivíamos en el Castillo Esmeralda divagar? Tiro para atrás en el divlog, y el primer anio, cuando cumplías 30 conté la noche que naciste, y el día siguiente, cuando te conocí. Luego he contado el momento clave entre dos hermanas, que es cuando la pequenia de 7 anios te dice "Di, soy heavy" (por lo visto yo vivía en negación lo de tus mallas y camisetas negras).  O el concepto "vuelta infernal" y "DISCOTECA!!", nuestras "road movies" a lo Thelma & Louise por el Bajo Vetustón, nuestras maratones de cine ("El golpe, El golpe!") en sillas andaluzas, tu gran labor social poniéndome al día de los últimos hits musicales y tu importante rol de co-controladora con Juanito en Radio La Granja, cuando conocimos a los Stones

Y entonces recuerdo la presentación sorpresa que te hizo Mini el otro día, y las dos cosas que más nos hicieron reir. 

-"Mummy cuéntame alguna anécdota para el powerpoint de la tía"... 
-Vale, encuentra un fantasma y pon "el ser que vagaba por los pasillos, con v". 
-Bien, ya voy, qué es eso?
-Ella lo entenderá. Cuando era pequenia, yo estudiaba y ella, incluso muy tarde, vagaba por los pasillos como un fantasma.
-OK

Cuando veo la presentación, Mini (su castellano es de oído) ha escrito: "vagabas por los pasillos con Uber" (no uve!)




-Mummy, otra anécdota, ya casi lo tengo...
-Vale, pon la de cuando echó ocho tarugos a la chimenea y los vecinos tuvieron que quitar el taquillón porque toda su casa empezó a oler a madera
-En serio? Qué pasó?
-Ah, nada, estábamos solas en Vetustilla, y yo tendría como 15 anios, y debía estar leyendo o viendo la tele, o siendo una teenager tirada en la mecedora, y ..
-Y??
-Y mientras tanto, la tía empezó a poner trozos de madera a la chimenea ... yo seguía en mi mundo, no me di cuenta...
-Pero cuántos anios tenía la tía?
-Buf, no sé, 6 o 7?
-Mummy...

No, mummy con reproche no, Mini. En serio:  "terrugos" por tarugos?

 Fashion: MIL FELICIDADES Y EL MEJOR REGALO ES QUE ESTAREMOS JUNTAS!

Love

Di

21 de octubre de 2018

Por un segundo referéndum: STOP Brexit

26 divagues
"Un voto ciego no es democracia"



Cuántos de los que votaron por el Brexit cambiarían hoy su voto? Ayer, en la mani, vi alguna camiseta que decía "Dont blame me, I voted Remain" (No me eches la culpa, yo voté quedarnos). ?Estábamos ayer en la mani -dicen que 700,000- solo los convencidos de siempre? Urbanos, liberales,  extranjeros, casados con extranjeros, jóvenes y demás? Una amiga fue un rato al lado de Jarvis Cocker, el líder de Pulp, aquellos que cantaban lo de "Common People". No lo sé. 
Londinium, parque temático del turista 1

Yo no conozco a nadie que votara Leave (irse) -o igual sí pero no me lo han dicho. Como dice David, un amigo inglés descendiente de judíos alemanes que ahora se va a hacer el pasaporte alemán, el pecado capital de los ingleses es la hipocresía. De todas formas, Lambeth, mi barrio (ayer en los discursos habló Chuka, mi MP, y empezó diciendo precisamente esto) fue mayoritariamente Remain (quedarse), trabajo en el NHS (donde el Brexit tendrá infames consecuencias, en lugar de los £350 m de mentira que prometió Farage) y muchos de mis amigos son, o extranjeros, o simpatizantes.

Qué hay de los £350 m para la Seguridad Social?



Nelson Mandela observa este desaguisado

Con esto quiero decir que no conozco demasiado, afortunadamente, la "Inglaterra profunda". La de esa gente que se ponen con la bandera, que hacen fila para ver una tras otra boda y reproducción real, que viven aún anclados en un pasado "glorioso" de imperialismo y reverencia del resto del mundo, que creen que Europa fue "ingrata" cuando ellos les salvaron en la Segunda Guerra Mundial, que piensan que "Europa ens roba", que consideran que "no es por ti, doctor@/maestr@/enfermer@" (sino ?por el resto de inmigrantes que hace los trabajos que los británicos no quieren hacer?). Pero esta gente existe, y si vives fuera de Londinium, que es otro país, parece que te encuentras con unos cuantos.



Así que no lo sé. Tal vez, si los millones que se quedaron en su sofá porque pensaban que esta pesadilla no iba a materializarse lograran despegarse de él y salir a votar, las cosas serían diferentes. Tal vez si gente que, desde la izquierda, votó en contra de "la Europa de los mercaderes" se ha dado cuenta de que Brexit significa mucho más estar al servicio del capitalismo y perder derechos, se podría dar la vuelta a status quo. Tal vez, si los 3 millones de extranjeros- ciudadanos de segunda- que no tenemos derecho a voto, pero que pagamos impuestos como el que más, pudiéramos votar algo que nos afecta tanto, todo cambiaría. 
Vivo en la isla NHS dentro de la isla Lambeth dentro de la isla Londinium. Me encanta este lugar, pero igual, ahí fuera... hic sunt dracones. 

Un franciscano anti-brexit


Banksy, tritura el Brexit!!









Construyamos uniones, no fronteras


Churchill, sangre, sudor y lágrimas: Brexit


Nada que temer: es democracia 

Bollocks to Brexit-Never Mind the Bollocks



Londinium, parque temático del turista 2

Presentando nuestros respetos, como cada vez que pasamos por aqui

Londinium, parque temático del turista 3


Brutalismo, I love you
Sigmund Freud tendría mucho que decir


Insisto





17 de octubre de 2018

Serial. Dos.

9 divagues
Sé que suena poco creíble, pero no quería ser la protagonista de la siguiente escena-cliché: yo, con el viento de frente y cara de considerar sesudamente lo que había dejado atrás (entran flashbacks de las calles de mi ciudad) en un acantilado dramático de Whitby. Pero sobre todo, no quería hacer conocidos, dar pequeña charla intranscendente a los que, como yo, estaban colgados en aquella estación de autobús. Porque según anunció al poco rato un chico pelirrojo todo huesos y corbata raída-esto era ya el Reino Unido para mí, un lugar donde hasta los reponedores de supermercados llevan corbata-, el bus que esperábamos estaba roto en algún punto de "los Moors", la mancha verde misteriosa del mapa a la que aspirábamos adentrarnos. Yo iba a Banderley, pero qué se le había perdido en Lo Verde a la señora de mi izquierda que, sin dar una oportunidad al desánimo, sacó unas agujas, lana y lo que parecía un patuco? Si el objetivo era evitar la foto del nieto de la cartera (en aquella época, oh bendición, no había móviles), tocaba salir de allí. Habría consignas en aquel lugar?

Qué pregunta, consigna, pero la otra señora, la de las Jaffa Cakes me guardaría el maleterío, un conjunto irracional en su sobrepeso y volumen. En mi defensa: lo que se lleva una cuando se cambia de casa, país, y planeta. En aquella época, hace ya tanto, ni pesaban las maletas, o si lo hicieron, una mirada severa por parte de la azafata, y venga, pasa. Pero de haber fallado, Plan B: les habría llorado hasta hacerles llorar a ellos. Una pobre chica, a la que solo un examen separa de la estudiantez, que se halla justamente al otro lado del título de medicina, y lo que pesa tanto son libros, libros, libros, señora azafata, del que solo recuerdo el famoso "Kaplan, Manual de Psiquiatría Clínica", en castellano.  Fue quizás la última vez que me compré un libro americano, y definitivamente fueron los últimos coletazos de mi lengua materna  para conceptualizar la mente y todo lo que abarca.

Hasta la mochila de mano le dejé a la anciana entrañable que hervía una tetera más, y salí a las calles libre, como no me había sentido desde que dejé mi casa con todos aquellos bultos, hace ya unos días-noción del tiempo: perdida. Y en la calle, por fin aquello parecía una mañana, con el canónico cielo encapotado, pero con niños de uniforme, y gente en el semáforo, y una floristera que abría su puesto. Si crucé la mirada con alguien, debió ser allí donde aprendí que esto era el norte, y que con desviar los ojos no valía: aquí había que sonreír. La gente o bien es amable, o tienen ese tic, que me tenía que apresurar a hacer mío: renovarse o morir.

Y, ensimismada con estas altas reflexiones, caminando por las calles,  supongo que parcialmente oscurecida mi mente por la noche toledada, de repente, la Abadía de Whitby me encontró a mí. No puedo describir mejor lo que pasó: ni iba a buscarla, ni pensaba en ella, pero al salirme al paso aquel fantasma, esqueleto de dinosaurio  o cenizas de castillo en llamas (disculpas por imprevisto ejercicio de taller de escritura), esperándome en la montaña, no sé si me sentí Wynona Rider o la verdadera Elizabetta, pero casi sin darme cuenta, estaba allá arriba, como una Lucy Westerna hipnotizada cualquiera.

De verdad que debería dejar las referencias a Drácula de una vez, pero es que  cuando salió el sol entremedio de las nubes, y el mar con las ruinas de la abadía parecían una pintura gótica, y todo el agotamiento de días de viaje, de separaciones, de nervios y de anticipación caía sobre mí, aún ocurrió algo más que helaría la sangre de cualquier lector de Stoker: un gigante perro negro venía corriendo, hacia mí. Parecía que iba solo pero, entonces, la vi a ella. 

Tendría mi edad, o quizás menos, pero el maquillaje de los góticos es a veces impenetrable. Llevaba unas Doctor Martins y a saber qué bajo el enorme gabán casi hasta los pies (aún no se había extrenado Matrix, pero se hacen una idea). Por supuesto, me estoy resistiendo al adjetivo "negro", por razones obvias, pero es que todo lo era: desde el esmalte de sus uñas, hasta el pelo-corto, claramente teñido de azabache-ala-de-cuervo, o como dictamine esa temporada L'Oreal-, pasando por el eyeliner. 

-No te preocupes! No hace nada!-gritó desde lejos-Vlad, Vlad! Para!

-Oh, en serio? (siempre me ponen mala los dueños de perro que, mientras se te abalanza su peazobicho te dicen que "no hace nada")

-Sí, tranqui, pero ya lo ato- intentaba recuperar la respiración de la subida-, me llamo Lucy-y me extendió la mano.

Sus ojos eran de un azul helado, preciosos. No me gusta el azul que tanto abunda por esa isla, sin complejidad. Prefiero los ojos con matices, con brochazos de otros tonos, que sugieren mezcla, o lo que sea. Los gustos no se explican: no tengo porqué racionalizarlo todo.  


-Ah, hola Lucy, encantada...-era de esa gente que apretaba mucho la mano- tu perro se llama Vlad?

-Sí, te gusta? -se retiró el flequillo con una mano llena de la obligada sarta de anillos; calaveras, serpientes, lo que quieras. 

-Errm, Vlad, sí... de dónde viene?

Y sin darle tiempo a responder, en un momento comenzó a llover con tanta furia, que solo pudimos echarnos a correr. Ven! A la abadía! Y debería recordar aquí el ruido de la lluvia y el olor del cesped, porque esas son las clases de cosas que se escriben cuando una sube a un alto a ver el mar (no olvidemos los flashbacks), pero lo que me queda son las risas, y la duda existencial de por qué todo el mundo se ríe al correr bajo la lluvia- a no ser que seas Lady Chatterley y vayas a lo más divertido que se puede hacer sin reirse. Lucy se sabía los arcos más resguardados dentro de la desolación-cobijadora total que era la abadía, y allí pasamos un buen rato hasta que amainó. Así es cómo supe que Vlad no era casual, y que, recordaba bien, el Conde Vlad III Dracula había entrado a Inglaterra en forma de enorme perro negro, tras un largo viaje en barco desde Transilvania, de cuya tripulación solo quedaba el capitán y de su cargamento las cincuenta cajas de tierra transilvánica que le serviría al conde para sus tumbas energéticas-a falta de mejor nombre. 

Además, aprendí que Lucy era una chica local cuyo amor por Bram Stoker superaba su pertenencia a tribu urbana, y supongo que la precedía, y era su razón de ser. Y, como todo hijo de vecino, quería hacer de su pasión su forma de vida.  

-Igual que la gente va a York a hacer paseos de fantasmas, por qué no hacer un paseo draculiano en WhitbyQué te parece?-ya estábamos bajando hacia Whitby, la tormenta pasada.

-Suena muy bien, yo querría hacer tu Tour! Bueno, de hecho volveré...

-Dónde vives? De dónde eres? Tienes acento de... déjame adivinar... Y no me has dicho como te llamas!!

Al doblar la esquina de la estación, yo estaba contándole lo de Banderley, y aún veo sus ojos: le había tocado la lotería. Una gótica provinciana, que se sabe Drácula de memoria, conoce a alguien que va a vivir en Banderley!

Me dio un abrazo de esos que luego descubrí las inglesas son tan aficionadas, con palmaditas en la espalda, y me metió en la mano una tarjeta.

-Este es mi teléfono-bueno, el del pub donde trabajo. Llámame y ven pronto. Quiero saber cómo es Banderley por dentro. 

Cuando se alejaba el bus, miré el teléfono, el prefijo de la zona. En el reverso, con fondo negro (sorpresa), bajo unos ojos de sangre, 
unas letras se escurrían: "Conoce a Drácula". 

13 de octubre de 2018

Desastre de bloguera: Quién encuentra el divague número mil?

12 divagues
Como todo divagante que se precie sabe, este blog fue al principio "cosa de dos", la idea maquiavelica de una tal Diva que me metió el gusanillo, y a la que podéis reclamar como damnificados de este divlog. Diva un día dijo -con muy buen criterio- basta y aquí me quedé yo.

Uno de nuestros di-stintivos con los que etiquetamos los divagues era (y sigue siendo) DIVA o DI. Así que DIVA + DI (debería)=Total de divagues. Pero los di-stintivos los carga el diablo, y algunas veces una se olvida de ponerlos, otras se ponen algunos pero no otros... y así todo. Pero esto lo descubrí solo hace unos días. 

Resulta que, de pasada observé que, oh, Di tenía 995 divagues publicados (doble oh, solo faltaban 5 para los 1000!!). Sin embargo (triple oh), este no era el caso, porque había un total de 1376 divagues (no salía la DIVA + DI). Así que me puse a mirar y encontré un par de Diva que en su día olvidó de etiquetar y muchos más míos. 

Tras la Obra del Pilar que supuso encontrar los divagues rebeldes sin etiqueta, la tal Di había publicado 1008 divagues!!!! O sea, había pasado por el Divague MIL de puntillas. Vamos, como si llega el turista MIL a Itakita de Arriba y no le ponemos una guirnalda y ni le esperamos con un mariachi. Un desastre.






Intentando consolarme, eché para atrás y resultó que el divague MIL fue -como no podía ser de otra forma-una crónica griega de esa que los pobres divagantes sufren con estoicidad (griega) más que disfrutar como epicúreos -oh, destino, griegos también. Creo que (conmigo nunca se puede estar 100% segura) el divague mil fue "Los Pedanautas en "Cinco horas de ferry"



He de admitir que esto me da cierta sensación de deja-vú, porque no es la primera vez: cuando el divlog cumplió dos años, me di cuenta... ehem, unos días después, y así nació el divague titulado "Dos años, 3 días, 4 horas de divlog"

Así que, Felices MIL divagues en el divague 1009, y tal. Y MIL gracias por estar ahí, al otro lado...



10 de octubre de 2018

Serial. Uno.

8 divagues
Por supuesto, llovía. Las luces de los taxis- no era un mito, todo eran taxis- se mezclaban con las del Diwali, el festival hindú de la luz, pero eso lo sabría yo un tiempo después. Victoria Coach Station, la estación de autobuses del sur de Londres, estaba exactamente como yo la recordaba: en serio habían pasado 10 años, cuando era un antro mugriento para transeúntes sin rumbo y jóvenes europeos que venían a la isla del tesoro a por la panacea, lo que nos iba a salvar la vida, el idioma del imperio?

En aquella época la gente venía de Polonia o de Palencia a fregar platos, servir pintas, y matricularse en el Adult Learning Centre (el centro de aprendizaje -de inglés, aunque también harían horneado y tricotosa- de adultos) para hacer "el First", como su nombre indica el primer examen de la universidad de Cambridge, que creo que tiene hasta mi abuela. Las profesoras siempre se llamaban Carol Dunn, e indefectiblemente eran terroríficas. Los camareros, con licenciatura o no, -en aquella época no éramos la generación mejor preparada de la historia- todos tenían algo en común: por la noche lloraban con el sonsonete "quién teme a Carol Dunn?", y la respuesta, bajo el edredón era, si había autoconocimiento y honestidad, sí. I do. 

Yo no tuve una Carol Dunn, ya me vine llorada de casa. Sin dramas: el inglés siempre se me dio bien y allá, en la península, ya desde peque fui la enchufada de las profes del idioma de Queen, que eran siempre jóvenes, dinámicas y musicales. Yo podría haber sido una de ellas, por algo era joven, dinámica y musical, y de hecho ejercí un tiempo, en pequeños grupos de buperos que venían a mi casa los sábados por la mañana. Yo era su Carol Dunn local, mi sueño haber sido la mitad de terrorífica que la original. Pero, por alguna razón sin duda relacionada a partes iguales con mi madre y la megalomanía -pero culparé, claro, a la primera- me matriculé en Medicina en lugar de en Filología inglesa. Y ahí empezó el declive.

Pero por dónde empezar. Yo estaba en Victoria Coach Station, y llovía-no sé si lo he comentado, tal vez sí, venga sí, es un efecto perfectamente planeado: pero es que cuando llueve sobre paneles de plástico es mucho más llover, y si el olfato te lleva a momentos de la lactancia, el sonido de la lluvia en Victoria te lleva a la desolación. Y yo estaba en Victoria Coach Station porque, aunque recién licenciada, tenía la mentalidad del estudiante, y el poco dinero. Y las fantasías, porque antes de internet, casi todo ocurría en nuestras cabezas: alguien tenía una prima que había venido a Londres y se había gastado £32 en una compra básica en Tesco, qué barbaridad. Y los trenes, madre mía, eran esos animales mitológicos que iban hacia el norte, en los que con un poco de mala suerte te dejabas un rinión, y te tocaba dormir con un crápula cantautor, que te llamaba chica y él se creía un hombre. En lo del precio sigo teniendo razón: los trenes siguen siendo demasiado caros, y más si los compras el mismo día. Los ingleses tienen sus pequeñas maneras de castigar al que no planea: es raro poder organizar con ellos algo en este fin de semana, no hablemos de esta tarde-pero esto lo aprendí, también, más tarde, o quizás demasiado tarde, que me gusta más como efecto, igual que la lluvia. Si no planeas, olvídate, será mejor volar. Pero en aquella época, todavía no existían las companías sadomaso, que te llevan por 99 peniques (y £30 de maleta, y £15 de "preferity"-amo al que introdujo este concepto en mi vida, esa mezcla entre "priotity" y "preferencia", gracias papá-, y £20 por estirar las piernas y £12 por pasillo) y te tocan una corneta al tocar tierra.  Y tú todo lo que quieres es gritar "tócame la corneta"!

En Victoria había buses que salían hacia el Infierno, sin transbordos. A las 23:30 comenzaba mi particular noche del horror, en un bus que cruzaba Inglaterra en corte sagital hasta aquella ciudad mítica, Whitby. Aún no había leído a Stoker -aunque la peli de Scorsese, esas vampiras!, la vi de estreno con los compas de la facultad un tiempo antes- y con 24 años me creía gran lectora porque conocía bien un puñado de clásicos en castellano. Qué osada es la juventuzzz. Por esto y por todo lo que implica meterse en ese autobus nocturno, todo cristales empañados, gente de malvivir, oscuridad y bruma ahí afuera, donde no me atreví a mirar para evitar las alimañas de ojos rojos, y tal vez los fantasmas. 

A las 8 de la mañana, sin haber pegado ojo -suele ser el cliché, pero creo que los árboles a lo Tim Burton, el jinete sin cabeza y la chica de blanco o dama de la curva (o las mezclo?) debieron pertenecer al género pesadillas- oí a las primeras gaviotas, y quise oler a mar, pero recordemos que llevaba ocho horas en unos metros cuadrados con lo mejor de cada casa. 

Al bajar, de Whitby recuerdo el frío, como de otro planeta. Y tengo flashbacks de hombres toscos hablando en un idioma que no entendía, ahora viene cuando los adolescentes de los sábados en mi casa me demandan por impostora. Una sala de espera con sillas de plástico y una señora seguro jubilada, seguro voluntaria, seguro incomprensible, abriendo la persiana de un minúsculo establecimiento donde preparaba tés, nescafés y había, como toda oferta de galletas, Jaffa Cakes.  Qué quieres, love. Love y Jaffa Cakes: Whitby quería ser amable conmigo, los signos ominosos iban ya a terminar. "Un té con leche, por favor-gracias-lo siento": ya era una de ellos, claro que no tanto como para lanzarme al contacto visual- otro hombre tosco y mi autoestima linguística se iría por los suelos. En la ventanilla, una mujercilla desdentada y con gafas enormes (cuando aún no las habían vuelto a la moda los hipsters) me aclaró que el siguiente bus para Danby saldría en dos horas, pero que paraba en todos los pueblos, y que qué iba a hacer yo en ese pueblo de trescientos habitantes. Un silencio: "no, una vez en Danby tengo que encontrar un teléfono y llamaré y me vendrán a buscar". Otro silencio. Por qué tenía que dar explicaciones a esa mujer? "El doctor Konar, de... ehem... de Banderley Hospital".

Nunca olvidaré la cara de la mujer: está disociando, pensé, y eso que aún no había empezado a aprender mi oficio. De un plumazo, mucha prisa en terminar toda la conversación que me quería dar antes, muchas gracias-sin-love, esto es lo que más me doli, y desapareció por una trastienda. El reloj estaba parado. Desde allí veía chicles pegados bajo las sillas. Se podía clasificar como amanecer lo de la calle? Secretamente esperaba que aquella oscuridad aún fuera la noche. 

Banderley. Había oído cosas de Banderley, y todo en él me atraía: un viejo hospital psiquiátrico victoriano, con pasillos blanquísimos que no se acababan nunca, ventanales cuadriculados y psiquiatras reputados de los que aprenderlo todo. Vivir allí iba a ser experimentar una de las pocas "Instituciones Totales" que quedaban en Europa, conocer a los pacientes más complejos, estudiar sin interrupciones y, como única evasión de tanta enfermedad mental, leer a las Bronte. 

Porque esto eran los North Yorkshire Moors, una esquina brumosa del mundo, alejada del ruido y de la vida. Cercana a la muerte pero, como tantas cosas... yo eso tampoco entonces lo sabía. 


~~~Continuará~~~