4 de julio de 2019

Serial. Siete.

13 divagues
Nota previa (no forma parte de Serial): 

Hace 4 meses que no he podido escribir Serial. Las razones han sido, aparte de que este blog se ha transformado en un "blog de viajes" (por una serie de inusuales conjunciones de los astros que han hecho que hayamos viajado más de lo normal), que he sufrido el proceso contrario de la astenia primaveral, "la primavera demencial". Ello no quiere decir que me olvidara de esta serie ni que no tuviera ganas de escribirla. Y al hacerlo me he dado cuenta de lo bien que me lo paso (espero que esto se note) y que quiero hacerlo más. 

He de admitir que para seguir escribiendo, me lo he tenido que re-leer. Y si yo he tenido que hacerlo, ya me imagino que el divagante recordará apenas nada, por lo que incluyo aquí un pequenio resumen.  Ahí vamos: Serial no es autobiográfico, si eso se puede decir alguna vez de algo de lo que escribimos (porque escribimos desde la biografía, vivida en primera o tercera persona, o soniada, o lo que sea). Yo nunca he vivido en un Banderley, pero sí que fui una chica espaniola que vino a UK a terminar su formación y trabajar. Y me gusta leer. Ahí terminan las coincidencias. Esta chica viene sola y en los primeros seis capítulos he contado cómo viaja desde Londinium hasta Whitby, una ciudad muy relacionada con Drácula, y de allí a Banderley, un hospital psiquiátrico victoriano muy gótico, que da mucho miedo. Ha ido conociendo a gente, algunos muy pintorescos, incluida la enfermera jefa de una sala que evoca a la que hacía la vida imposible a Jack Nicholson. La prota, Mariona, vive en una de las casitas para residentes en el campus de Banderley, y también nos ha contado cómo es el lugar y algunos de sus compas, que le organizan una fiesta sorpresa. El último capítulo es su día tras esa fiesta, intentando ordenar en medio de la resaca quién es cada cual, y estudiando en la maravillosa biblioteca del hospital. Este capítulo comienza con su primer día de trabajo. 

Y re-leyendo también me he dado cuenta de la cantidad de "cliff-hangers" que he dejado por ahí. Un "cliff-hanger" es una frase  que sugiere algo para animar la curiosidad del lector, y a la que luego llegará una resolución, o que será parte de la historia. Ya he perdido la cuenta de las cantidad de piedrecitas blancas que he dejado en el camino, que tendré que ir retomando... tal ves debería anotarlas, pensé en la re-lectura. Sigo sin seguir los cánones de escritora de serial, esto es, antes de sentarme a escribir no tengo ni idea de por dónde va a ir... luego me siento (o en este caso, me echo, este capítulo lo escribí en su mayoría tirada sobre la cortina vieja que bajo al parque) y sale lo que sea. El caso es que esto deja claro que no tengo ninguna formación en esto del escribir, ni he escrito -aparte de por estudio/trabajo- nada más largo que una entrada de blog, o un relato, y que lo que salga de aquí es totalmente intuitivo y autodidacta. De hecho, esto queda bien claro en algún momento en que la narradora habla de "clichés", "talleres literarios" y demás. Hay una consciencia y una meta-conversación, si se me acepta, sobre el tema. Vamos, que no promete :), pero por eso os agradezco aún más vuestra amabilidad de estar ahí, al otro lado. Un abrazo, y ahí vamos...


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No me despertó la lluvia contra las ventanas, pero llovía. No había amanecido- lo de  "amanece que no es poco" cobra nuevos significados en estas latitudes-, pero no era tan pronto. Simplemente así son las 8 de la maniana por ahí arriba: noche cerrada. Como deben ser las de los panaderos, pienso. Pero hoy estoy inasequible al desaliento: hoy comienza de verdad mi vida en una Institución Total y una de sus ventajas es que la hora de metro o de tráfico de la gran ciudad, aquí puedes dormirla o malgastarla en dudosas  actividades de mejora personal-esto lo descubriría luego. Porque aunque esto no fue tema en la noche de fiesta, que cada vez cobraba más tintes de irrealidad en mi cabeza, parece que algunos-ciertamente el guapo de la Casa roja-ya se habían nadado un número demencial de largos, o habían practicado tai-chi, o yoga, o tocado su instrumento. Salir de tu Casa las 6 de la maniana era por lo visto encontrarte un mundo de actividad frenética ahí afuera.


Llena de energía, pese a tener que dar la luz para salir de la cama: hoy comenzaba en planta por primera vez en mi vida, y aún recuerdo el pánico disfrazado de ilusión. Qué ponerse: mis vaqueros favoritos, camisa blanca y americana entallada azul marino, pequenio fular blanco, marino y rojo, botas altas a juego con el cinturón. Y no, no era lo primero que cae al abrir el armario: esto estaba estudiadísimo. Cómo no mirar hoy con ternura a mi yo de entonces, que ya no existe: aquella chica prácticamente de pueblo cuya idea de elegancia era lo que hoy simplemente me parece el uniforme de una veinteaniera espaniola pija.

En la sala comunitaria, el Mess, había luz, pero ni un alma. Me tomo un té de pie, no me entran los Weetabix, me he puesto perfume, llevo boli, un cuaderno, chicles. Listado mental interrumpido por Richard, de verdad hablé con él en la fiesta? Rugby, creo que era su tema. Richard también va para Banderley-C. Sin coger chubasquero ni amago de esperar que yo coja cualquier prenda de abrigo, me deja pasar en plan caballero o algo, y yo, como  ha parado de llover, me lanzo al césped  blanco y a la niebla tal cual. Pasada una semana ya conocería otra regla no escrita de Banderley: por mucho frío, por mucha nieve, por mucho viento-todos ellos sucesos comunes en ese sitio olvidado del mundo, creo que por esa razón- jamás se vería a nadie pasar de edificio a edificio con abrigo. La gente simplemente caminaba como se hace en Londres, tan hiperactivos, o encorvados como en Chicago, ciudad del viento. Richard, todo gafas de culo de vaso y pelo rizado que le salía de demasiado atrás, intenta eso tan británico, la "small talk". Hoy es tu primer día, sí, bueno, siempre es duro al principio, sí, cualquier cosa que necesites, me dices, entre las Casas nos ayudamos. Gracias. Estás en la firma de Cook, y aquí se para y me mira, como si yo debiera leer entre líneas, o supiera de lo que me está hablando-cualquier cosa, ya sabes. Y suenan unos puntos suspensivos. Y ya llegamos a Banderley-C, él carraspea, como incómodo, y me seniala: al fondo de ese pasillo está tu sala, psicóticos. Suerte. 

Buenos días, Dra Calleja. No sé cómo recorro el pasillo, tras la palabra "suerte" de mi compa de Casa: creo que  flotando. Al entrar en la sala, en la estación de las enfermeras reina, impoluta, perfectamente maquillada, con su uniforme blanco nuclear, Sister Harding. Buenos días, Dra Calleja, repite, como subrayando. El terror que me produce nada tiene que ver con el de la noche infame en la que aquel Faggin con pinta de enterrador me trajo a Banderley: aquel era un terror natural, nocturno, en un sitio fantasmagórico nuevo, terror de pasillos con eco y "El Resplandor", terror por tu vida, un terror funcional, adaptativo. Pero ahora por la maniana (es un decir, justo empieza a clarear), rodeada de gente, sin riesgos inmediatos, sin sangre escurriendo por las paredes y puertas que no abren, teléfonos cortados, es un terror más "Alguien voló solo el nido del cuco", un terror existencial, opresivo, un terror blanco, un terror de vender mi alma al diablo y terminar como ella. 

Me ha oído, Dra Calleja? Buenos días, soy Sister Harding, me recuerda. Sí, por supuesto, Sister Harding. Cómo ha estado estos días? No ha venido. Su voz es metálica, robótica, criogenizada. Ermm... no sabía que tenía que venir. No tenía, simplemente hubiera sido agradable para usted venir. Gracias, lo siento. No se preocupe, le voy a presentar al resto de personal de la sala. Los doctores están reunidos, suelen hacer una reunión temprana los lunes antes de pasar planta. El metal de su voz ahora me corta. 

Empiezas genial Mariona. Sigo a la cofia de Harding por el pasillo. Vale, que nadie me ha dicho que esta reunión siquiera tenía lugar. Olor profundo a antiséptico.  He venido a menos cuarto, con mucho tiempo, pero cómo saber que, justo hoy, se reúnen a las 8? Se oiría caer un alfiler, en esta sala. Fenomenal, Mariona, gran entrada Mariona. Y entonces, Harding comienza a disparar nombres, como lo haría Hal: yo sonrío, y estrecho manos de enfermeras y enfermeros, y también asistentes de enfermeros, en concreto un tal Craig, único nombre con el que me he quedado, que está tremendo. Claro, los necesitan armarios por si hay que reducir a algún paciente. Venga, Mariona, céntrate, que ya has entrado por la puerta grande con Harding, y ahora espérate con Cook et al. Y sale más gente: estos son terapeutas ocupacionales, y en la última puerta están los psicólogos, ya los irás conociendo: no tengas prisa. 

Prueba superada-aunque mi memoria de trabajo solo ha registrado Harding-Craig-Harding-Craig. En bucle, del que me saca un hombre altísimo, brazos cruzados, pelo a lo Ludwin-van, pantalones caídos. Es la nueva? Voz grave, cavernosa. Sus ojos, topicazo, son los de la locura. Sí, Mr Wood, le presento a la Dra Calleja; ahora, muchas gracias (mi primer contacto con el "gracias" como sinónimo de "váyase"). Hoy no ha pasado el carro de la medicación. Sí, Mr Wood, ha pasado como siempre a las 7:30, gracias. Mr. Wood me mira, encoge aún más sus ya pequenisimos ojillos y, locutor de radio nocturna, "Me gusta cómo hueles", se gira sobre sus talones, se va. 

Sister Harding modela para mí con su comportamiento la manera de manejarlo: ignorarle, avanzando rápida por el pasillo, nada ha pasado. Cuando la alcanzo, está llamando a una puerta y,  con su monotono, "Dr Cook, le presento a la nueva residente", me tira a los tiburones.

Bienvenida, llega tarde, pero justo a tiempo... estamos hablando de en qué otro desorden, aparte de la esquizofrenia, es mayor la síntesis de dopamina en el cuerpo estriado?

Por primera vez desde que salgo de casa, caigo en que no llevo abrigo. "En la manía", contesto, luchando para que no me castanieen los dientes. 

25 de junio de 2019

"Booksmart": Chica, sí que me representas

8 divagues
"Booksmart" es una peli dirigida por una ex-actriz a la que yo no conocía (no creo haber visto ninguna de sus películas), Olivia Wilde. El guión, que es de lo mejor de la peli, está escrito también por un equipo de mujeres. Y las protas son dos chicas, una Beanie Feldstein, a la que ya vimos en "Ladybird" el año pasado, la otra Kaitlyn Dever. Dicen que es una versión de "Superbad" protagonizada por chicas: sin comentarios porque no he visto Superbad. A la que sí que me recordó es a "Bridesmaids" (2011), una cinta que puede parecer que va de incidencias cómicas alrededor de un bodorrio, pero en realidad de lo que va es de La Amistad, y esto lo convierte en tragicomedia: la sensación de pérdida de tu mejor amiga cuando esta se casa, el pánico tratando que eso no pase. 

Al igual que en Bridesmaids, yo me emocioné con el final de Booksmart... y quien no lo haga, que se vaya con Dorothy a Oz a buscarlo que le falta. Pero pero pero, antes de nada, acabo de descubrir que en castellano la han titulado "Superempollonas". Socorro. En serio: alguien me ayude. Porque las dos protas, grandes amigas durante todo BUP (vale, en América es High School, y aquí en UK Secondary School, y en Ejpein ahora a saber si ESO, EPO, EPIC... para mí siempre será BUP) son las típicas ratonas de biblioteca, lectoras ávidas, interesadas en política, y en llegar a una univeridad de las Ivy League  (Yale, Harvard, Stanford...). Unas chicas interesantes, hoy las llamarían "geeky" o "nerdy", no sé cómo se las llamaba en la época de BUP. 

O como se nos llamaba, porque quién fue una de ellas? Paso adelante. A ver, tampoco un caso extremo, gafas culo de vaso, carpeta sobre el tórax, clearasil y mínimo contacto visual: esa no era yo, como tampoco lo son Molly y Amy, estas dos chicas. Pero, como ellas, tampoco estaba en el grupo de las "chicas malas" que en BUP ya lo estaban probando todo, y que traían de cabeza a las monjas. No: yo era el sueño de las monjas (me arrepentiré de haber escrito esto, lo veo ya), estudiosa, metida en todas las movidas escolares, participativa en clase (todavía, supongo con ideas aceptables por el establecimiento monjil), ganadora sistemática de concursos de relatos Navideños.  Había una monja anciana, que ponía mi nombre y el de mi amiga debajo del mantel del altar "para que nos diera vocación". Madre mía, si me vieran (o leyeran) ahora, pobres monjas; mi amiga de entonces no, esta ha acabado con una perfecta familia cristiana, tres ninios, gente de bien (a quién votará, me pregunto; los papelitos de la monja llegarían ahí de lejos?): aún se la encuentra mi madre en la misa de 8 de domingo en El Carmen, donde van todos los pijos de Vetusta.

Conmigo no hay que aclarar que el papelito lo petó. Y además que, siguiendo el dicho "el caballo que de joven no trota, luego galopa", luego hubo que recuperar los años perdidos (corramos un tupido velo), como las protas de la peli, que lo intentan hacer en una noche. Ah, esas noches míticas que empiezan casi sin querer y por la que pasan los lugares y la gente como si en una barra de sushi, y sobre las que opera, a la mañana siguiente el proceso de mitificación clásico y anios después su épica ya alcanza a la Eneida, y todos los involucrados participan de la narrativa y al final, es lo que pasó. Porque eso es la memoria: no lo que pasó, sino lo que nos contamos que ocurrió. 

Y aún no he contado porqué me emocioné, pero igual lo dejo para el divagante que vea la peli. En la infancia y adolescencia, la amistad es tan importante, vertebra tu vida, te valida, eres tú. Y no sé si fue eso, la separación de esa persona que lo ha sido todo para ti,  o más bien lo que tiene el final de la peli de cambio de etapa, de "coming of age", de "bildungsroman" (sé que esto es novela, pero me encanta esta palabra y la iba a meter igual). Una etapa enorme se acaba. 

Igual estoy algo nostálgica porque la semana que viene será la última de Mini en primaria. La pasarán ensayando la obra de fin de curso, que será el penúltimo día. Tal vez recuerde el divagante de la primera fila que el año pasado Mini fue una "Alicia-FridaKalho" genial en "Alicia en el País de las Maravilas"; este año será Tallulah en "Bugsy Malone" (e incluyo su solo abajo "My name is Tallulah": nota: cómo se pega esa canción y Jodie Foster da mucho miedo). En Septiembre, Mini comienza BUP (o EPIC, bueno, no exactamente, pero se me entiende). Ninguno de sus amigos irá al nuevo cole pero espera seguir en contacto con alguna de sus amigas. Se acaba una etapa y ella dice, "creo que el último día voy a llorar". Y yo creo que también. 

Pero por no terminar de bajona, Mini me informa: "mummy, hay una regla no escrita de que en la última fiesta del colegio, si una chica y un chico se gustan, han de besarse".  Y, aunque no se me permite decir nada, solo un titular: buscoaunhombrellamadojack va a ir a la fiesta (!)

7 de junio de 2019

"Los días iguales" de Ana Ribera: otra vez, el blanco como el terror.

9 divagues
La experiencia física de tener entre tus manos “Los días iguales” de Ana Ribera es maravillosa. El libro es casi cuadrado, algo que me encanta, y tiene un tacto familiar, de otras veces, pero que no sé nombrar. Hace años escuchaba en la radio un programa de literatura llamado "la piel suave" y a eso me ha recordado tocarlo. La edición interior es también preciosa: los capítulos vienen precedidos por unas páginas amarillas con el título, y en la anterior hay una ilustración siempre muy bien traída de lo que nos hablará la autora. 

Así estás, antes de empezarlo, haciendo circulitos con las yemas de los dedos y pensando qué buen título, ahí en la parte inferior izquierda de la tapa, sobre el nombre de la autora. "Los días iguales" es un título redondo, porque no es ni los días terribles, ni los días tristes, ni los días atroces. El llamarlos iguales tiene una fuerza muy superior a cualquiera de los otros adjetivos, y ya es decir. Pero es que iguales, iguales, iguales, días iguales enfatizados por las cruces blancas brillantes en la tapa sobre un fondo blanquisimo mate. Como las de los presidiarios, es una condena, es una cárcel. Una prisión blanca.  Y precisamente Ribera se refiere al blanco al principio, "cómo no vi esa luz blanca que se acercaba?", lo que me lleva directamente a uno de los capítulos que tengo más marcados de toda la literatura: "the whiteness of the whale" (la blancura de la ballena), a propósito de Moby-Dick, la ballena blanca, metáfora de tantas cosas, entre ellas el horror. Siempre digo que hay que leer Moby-Dick aunque no te interesen las ballenas, porque un autor que se para un capítulo simplemente para divagar (y bien, no como aquí!) sobre el color blanco, merece ser leído de rodillas. 

“It was the whiteness of the whale that above all things appalled me. But how can I hope to explain myself here; and yet, in some dim, random way, explain myself I must, else all these chapters might be naught". 

Así como Melville se marca una novela de dimensiones enciclopédicas, Ribera ha escrito una disección enciclopédica de la manera en que ella vivió una enfermedad tan conocida (por algo la llaman "el catarro común" de la enfermedad mental) y a la vez tan desconocida. Se nota que Ribera ha pensado mucho en por qué a ella, por qué en ese momento, por qué de esa manera. Y la ciencia tiene muchas posibles hipotéticas respuestas a esas preguntas, pero lo fascinante de la enfermedad mental es que nunca será tan clara como la física, donde un conjunto de síntomas (e.g. tos con sangre, fiebre, cansancio, sudor) sugieren un diagnóstico (Tuberculosis?),se hacen unas pruebas (Rayos X) y por fin, voilá, se identifica el Bacilo de Koch. No, en la enfermedad mental nada es lineal, ni hay, en muchas situaciones una relación causa-efecto clara. A menudo los psiquiatras les dicen a sus pacientes que envidian a los otros médicos por lo anterior, pero sobre todo porque, a veces, "muerto el perro, muerta la rabia", y con un buen diagnóstico y tratamiento, ahí puede acabar todo. 

Con la enfermedad mental, hay una serie de factores que predisponen, o hacen al ser humano vulnerable a ella: algunos son biológicos y los habremos heredado (de esto cada vez se sabrá más, y, vale, a mí tampoco me gusta, ojalá fuéramos una tabula rasa y la sociedad fuera la culpable de todo-así sería más fácil matar la rabia), o habremos sufrido insultos (sustancias, infecciones, cortisol, etc) durante nuestro desarrollo en útero, o impactos en el parto, o mil cosas que hoy aún ni sospechamos. También por supuesto factores psicológicos nos predisponen, nacemos con distintos temperamentos (un poco la "personalidad biológica" que con todas las demás influencias en nuestra vida confirmará nuestra personalidad tal como la concebimos luego); otra de las áreas estudiadas ahora en salud mental es la "resiliencia", por qué hay gente que parece fuerte, que lo encara todo, que es como un olivo antiquísimo aún de pie pese a la peor tormenta, y otra es mucho más vulnerable. Se usa la metáfora de los "niños orquídeas" y los "niños narcisos", los primeros necesitan muchísimos cuidados y mimos para terminar siendo una flor preciosa, y los otros, crecen poco menos que en cualquier circunstancia. Ribera comenta también esto lateralmente: su madre es una de esas personas resilientes, una auténtica roca, y ella, la propia autora, da una imagen de serlo. Por ello, la gente le decía, sorprendida, porque es una persona "vital y fuerte", que no le "pegaba nada" que tuviera una depresión. 

Antiguamente se usaba el modelo estrés-diátesis para explicar estas cosas. Decían que, cualquier persona, sometida a unos niveles de estrés elevadísimos, por muy resiliente que fuera, se vendría abajo: por ejemplo, si dejas a la persona más fuerte y equilibrada en una situación de deprivación sensorial por semanas, acabará rompiéndose, pero una persona muy vulnerable necesita muy poco para derrumbarse. Ribera duda de que su depresión fuera causada por un estrés concreto, aunque reconoce que igual hubo unos cuantos que, tomados por separado y en otro momento, no habrían hecho más que rozarla. Pero tal vez estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado, en el ojo del huracán, cuando este empezó a formarse. Leyendo el libro (y tal vez me equivoque, hablo como lectora), me deja la impresión de que tal vez, antes que la depresión, la ansiedad vino primero. Ya sé que esto no ayuda a un depresivo a toro pasado (porque queda claro que Ribera sufrió un cuadro depresivo mayor), puede parecer una discusión académica, pero es importante porque, como describe claramente agorafobia, clausfrofobia y ansiedad generalizada, en relación al tratamiento. En primer lugar hay medicación más apropiada para esto (como lo es la Paroxetina, que probó y le funcionó más tarde) y en segundo porque si esta hipótesis fuera cierta, tal vez habiendo tratado la ansiedad agresivamente (a saco con ella), antes de que evolucionara a depresión podría haber parado el proceso. Tal vez, esto no se sabe. 

La psicoterapia que la ciencia dice que funciona para los desórdenes de ansiedad se llama Terapia Cognitivo Conductual. Así muy resumido, está basada en exposición al objeto temido, y a las ideas que lo mantienen. No tiene nada de interpretativo, porque si tú quieres interpretar tu fobia a los pájaros porque tu abuela te amenazaba con el Gallo Kiriko para que comieras, eres muy libre de ello, pero es indemostrable. Lo que sí se puede probar, por ejemplo, es que en muchos casos el paciente fóbico tuvo una mala experiencia- pongamos con un pájaro- que tal vez ni recuerde si era muy peque, y que empezó a evitar, y esa evitación terminó en fobia. Esto me lleva al capítulo que me ha dejado más insatisfecha del libro, el de la terapia. Queda claro que la autora fue sin ganas, pero que le ayudó. Lo que pasa es que, habiendo tomado medicación, con su apoyo social, y con el hecho de que la mayoría de depresiones sin tratar terminan (tras un proceso dolorosísimo para el paciente) por remitir, una no sabe si esta terapia fue clave en su recuperación. Para mí la primera alarma suena cuando la terapeuta no le enseña su "carta náutica", su "mapa de carreteras", sus objetivos y cómo va a cumplirlos, y cómo piensa medirlos. Toda terapia basada en la evidencia debe ser muy explícita con el paciente "esto se llama así, y funciona asá, y de esta manera vamos a medir que funciona". Eso sí, me gusta cómo Ribera nos habla del lugar, de cómo llega a ese barrio, y cómo lo enmarca dentro de algo que para ella es muy importante y que repite durante todo el libro: "sentirse segura", vital para todo ansioso. Me gusta que Ribera no ha endiosado a la terapeuta ni ha entrado en negación, contándonos ciertos detalles como que “tenía escondido un reloj para controlar el tiempo en las sesiones”, su paquete de Kleenex cutre de Lidl, o cuando dice que es "alguien que te escucha por tu dinero". La autora le contaba sus sueños a la analista -confío en que, aunque no entrase en los debates de la función del sueño REM (en el que ocurren los sueños más vívidos) en la depresión, por lo menos no se los interpretara. En pleno siglo dieciveinte. 

Una de las intervenciones de esta terapeuta, me parece que la más apreciada por Ribera, es cuando el primer día le dice "deja de luchar" (el "let it go, let it go" de Elsa de Frozen suenan en el fondo de mi cabeza). Esto me ha causado mucha confusión durante la lectura: por una parte Ribera nos dice que ha pasado mucho tiempo pretendiendo que está bien, y que esta mujer le da permiso para decir y asumir que está mal, que ahora tiene que dejarse cuidar, y que deje de luchar. Sin embargo, la autora ya había estado lo suficientemente mal como para ir al médico, o para que su familia se preocupase por ella y la mandaran a terapia, para estar de baja. Para qué le da permiso la terapeuta? Así como hemos dicho que el principio activo de la terapia cognitivo conductual de la ansiedad es la "exposición", el de este misma terapia para la depresión es la "activación conductual" (behavioural activation), que consiste en, gradualmente y siempre de la mano del paciente, empezar a hacer cosas que este ha dejado de hacer que antes le gustaban, le apasionaban, le causaban placer. Uno de los síntomas más devastadores de la depresión es algo llamado "anhedonia", que viene del griego (qué bonito, de hedonismo): incapacidad de disfrutar nada. A veces, el paciente está tan deprimido, que ni pasito a pasito puede comenzar este proceso, y se necesita medicación para que te dé ese empujón del que físicamente eres incapaz (de hecho, es por eso que en según qué casos de depresión severa, hay que tener cuidado porque esta misma medicación al principio es la que te puede dar la energía y capacidad de planificación suficiente para suicidarte). Pero cuando hacemos algo que nos gusta, esto nos hace inevitablemente sentir un poco mejor, si somos buenos en ello, eleva nuestra hundida autoestima aunque sea un milímetro, y podemos estar en el camino de la recuperación. Esto es algo que se deja muy claro en terapia, con mucho más detalle. 

Pero el caso es que Ribera, tal vez sin la supervisión ni el apoyo de su terapeuta, va haciendo esto ella misma, porque es de sentido común: le piden un artículo, le cuesta la vida, pero lo entrega. La invitan a una charla, piensa en cancelar, pero con ayuda de su amigo Juan, la da. Es la fiesta de su madre, se arremanga y pese a estar fatal, intenta dar la cara. Y así muchas veces. Ella no lo deja todo, siempre. Deja muchas cosas, que simplemente físicamente no puede hacer, pero aquellas que ella intuye más importantes, que le van a hacer sentir un gramo mejor, las hace. Eso me gusta y cada vez que lo leo quiero decir "hip hip hurrah!". Con ello no quiero culpar al paciente que no hace nada para intentar salir, que lo deja todo en manos de la medicación, porque tal vez no pueda. Porque genuinamente, igual no pueda, y demasiado desgracia tiene ya con eso. Pero hasta para los profesionales, los pacientes deprimidos son un reto: conozco a una psiquiatra forense, acostumbrada a los peores psicópatas, a la que enviaron unos meses a un equipo de trastornos del ánimo. Me contaba que salía ella misma triste y apagada, como si le hubieran quitado la energía, de aquellas sesiones. "Anímate" es algo que a Ribera cabreaba inmensamente, y cómo puedo entenderla: sin embargo, algo que le dijo su amigo a través del Atlántico cuando no publicaba el blog tiene una inmensa sabiduría: "escribe un poquito hoy, otro poquito mañana, sube peldaños de esa escalera", ese es el amigo que queremos tener, no el que te dice "anímate". También entiendo la exasperación de la autora cuando su madre le decía "exagerada" ante sus dramáticas descripciones de un dolor de cabeza, pero es que uno está deprimido como es: alguien vital y payaso, hará un deprimido melodramático, con muñeca en frente y cabeza echada para atrás. Alguien introvertido, probablemente se meterá aún más en sí mismo. 

Aunque esto también le pasa a Ribera: "enmudecí", nos cuenta. Esto me ha recordado un caso de duelo patológico del que me hablaron hace poco: a un hombre mayor se le murieron dos hermanos en poco tiempo, y simplemente ha dejado de hablar. Se sienta ahí, y está, pero no habla. Hace mucho años también vi a una mujer, hasta arriba de negro, como ya no existen, que había hecho un duelo patológico tras la muerte de su marido: esta sí hablaba, pero su problema es que le veía. Nunca me olvidare del estupor con el que lo contaba. Pero divago: como decía antes, Ribera enmudece pero tiene otros rasgos atípicos en una depresión que la salvan de ella: logra mantener la concentración. Sufre todo el resto de cuadro somático de la depresión, pierde el apetito, y un montón de peso, por supuesto no duerme, y tiene el famoso despertarse por pronto por la mañana, y el sentirse peor entonces, la falta de energía, la letargia, la pérdida de libido: es de libro de texto. Pero el poder el mantener el foco, la atención la salva porque puede seguir leyendo, una de sus pasiones (activación conductual! activación conductual!) y escribiendo. 

El capítulo que dedica a escribir es el que más me ha gustado de todo el libro. Con ella coincido en motivos: escribir para pensar, para aclararse, para una misma (y si de rebote, nos leen otros, a los que pueda interesar, hacer pasar un buen rato, eso ya es la pera limonera). Comparto la ilusión, lo que te hierve dentro cuando has tenido La Idea y quieres escribirla. Escribir para saber mirar, el mismo proceso que sigues como fotógrafa cuando observas la realidad a través de ese marco. En este capítulo Ribera utiliza una metáfora preciosa: los posts que escribió al principio de la depresión eran piedras redondas colocadas para cruzar un río que ella tenía que lanzar, una vez escritas, y ponerse encima, viendo correr el agua, mientras que escribía el siguiente, sobre el que saltar, y así, pasito a pasito, llegar a la otra orilla. Haciendo. En ese capítulo Ribera se da cuenta de algo terrible, pero real: "esperar a qué? No iba a venir nadie". Y termina "sé que no me curé por escribir (...) no sé nada del valor terapéutico de la escritura". Yo diría que la escritura es terapéutica para quien, como ella, ama escribir. Para quien ame la pesca, pintar, la música, lo que sea... será ir piedrita a piedrita re-conquistando cada una de las cosas que nos hicieron felices. 

Igual que con la metáfora de las "pasarelas" (me acerco de puntillas en este blog a este tema de las piedras para pasar un río, véase unos divagues pasados), he disfrutado con otras. Como la de la woolfiana "habitación propia" que se monta a modo de "cocoon" para protegerse del huracán (estoy ahora leyendo "The liars club" de Mary Karr, y tengo los tornados particularmente vívidos en mi mente). O la de los cuadros que va a quitar y subir al altillo, pero cuyas marcas están ahí, para ella, como aviso, para el resto de su vida. Continuamente personaliza la depresión, como un monstruo atroz que se engorda con su sufrimiento y que continuamente quiere su mal: al final reflexiona sobre que ella se ha trasformado en otra persona con esta enfermedad, alguien que no le gusta, y nos damos cuenta de que no lucha con un monstruo, sino con ella misma. Pero al final, vence, con esta frase tan bonita "Yo era la que tenía el miedo, y no él el que me tenía a mí". 

Yo empecé a leer a Ribera en su blog hace mil años, porque una amiga del Peda, Diva, la misma que me embarcó en esta singladura bloguera, me lo sugirió. Lo primero que me atrajo de su escritura fue su sentido del humor, su manera de ver la vida desde la ironía que conectaba con la mía. Cuando Molinos escribía cosas como "el planeta del amor", yo sentía y compartía ese cachondeo, esa mala leche, ese reírse de una misma. Este es un ejemplo de miles (cuando la conocí, yo llevaba sandalias y me dijo "tienes confusión climática"). Pero en el libro, he echado de menos a esa Molinos, aunque la he visto atisbar por ahí, alguna vez, de puntillas, por ejemplo cuando como su excusa para no ir a una reunión sugiere "el perro se ha comido los deberes". Entonces me recordaba que este libro lo ha escrito, a veces, llorando. Yo mantenía la esperanza de que Molinos iba a salir más de la caja de Ribera hacia el final, cuando el blanco deja de ser tan intenso. Pero igual aún es demasiado pronto. 

Ribera es ante todo cauta: no es que no tenga miedo, pero ya no es todo miedo, ella le tiene a él. Y del blanco implacable que quema la retina, ya solo queda la tapa de este libro-memoria, este tour de force, este tornado muy lejos de Kansas en el que no lo perdimos todo.

6 de junio de 2019

De vuelta

9 divagues
Al llegar ayer por la tarde al aeropuerto de Luton (lleno de brexiteros de las East Midlands, todos entre el naranja ye colorado, provenientes de Tenerif), el cielo estaba encapotado y me consolé fantaseando con las maldades que debí hacer en otra vida para merecer esta isla (en lugar de aquellas de las que venía). El poli de la aduana estaba mirando twiter entre pasaporte y pasaporte. En mi paranoia pensé que pensaba, "qué poco os quedan de estas facilidades, malditos foreigners", mientras Trump sobrevolaba la City con su helicóptero (una de las razones de nuestro retraso, el capitán habia anunciado).

El caso es que hoy iba a escribir algo breve para hacer saber a los divagantes lo de arriba en los comentarios del último ya olvidadísimo divague (madre mía, hablaba de Marruecos!), pero he dudado. Seré capaz de escribir un haiku para anotar que estamos de vuelta, y prácticamente preparada para iniciar otra serie de la sección "viajes"? (oigo un clamor de fondo, no sera abucheo?) Venga, esta vez con sabiduría naútica.

Veo que no se ha perdido el tiempo en mi ausencia: NáN ha cantado los elogios de Alvalle (eso ya le da plena seguridad para mí), la vieja okupación del blog ha vuelto (esta vez en forma de partida de ajedrez que, por favor, no intento interrumpir con esto, be my guests). Anotar que ahora leo todo y que he reído (tengo la mala costumbre de reír las gracias a LUX) con la ocurrencia de que he trabajado 11 días en un año! Sobre estas vacaciones "puedo explicarlo todo" y lo haré en los días sucesivos, y así callarte la boca. Ah DRIVER, tus consejos me fueron bien porque lo de proa y popa vale, pero a mí estribor me sonaba a izquierda... así como siniestro. Y MO, que solo limpiamos el coche porque era obligatorio, que las maletas de mano son lo mejor (quiero leer sobre coladas en lavabos de Manhattan), que lo de los EEUU y los aeropuertos es el horror, y que me llena de gozo ser Juan. Ah, y que el vestido de pájaros te lo has comprado para fastidiar. Entretanto, yo he leído tu libro y lo divago antes de empezar esta nueva serie...

Y por otro medio, Instagram, ELENA RIUS me ha confirmado que debo leer a Patrick Leigh Ferdor, cuyo libro sobre Mani, uno de mis lugares favoritos de Grecia, me encontré en el velero. 

Y que me voy a  dormir, porque las dos horas de jet lag griegas, yo las acuso...

Love,

di

4 de junio de 2019

Tu nombre por megafonía en un barco: culpable (C8)

8 divagues
Martes, 4 de Junio de 2019: Naxos-Miconos-Londinium
Ya sé que no he tenido piedad hasta aquí, pero aún me queda un poco de sentido común: hoy, último día, no daré la turra con el día de tránsito, que es Lo Peor, a no ser que haya alguna incidencia que pueda ser elevada a la categoría de anécdota-y no, retraso no es siquiera eso. Lo único reseñable del día de hoy podría ser desembarcar del velero por El Tablón con maleta (Peda hizo los honores, así que prueba superada: me voy de Grecia sin caer de la pasarela) y el hecho de ser expuestos (exposed!!! que diría Mini) en el ferri que volvíamos de Naxos a Miconos.

Al entrar al ferri una persona de género difícil de establecer pregunta la edad de Mini. Decimos 11 y asegura que el billete es inválido: tenemos que pagar la tarifa adulta, que solo es hasta 10. Por supuesto, al comprar los billetes el día anterior también dijimos 11, y nos dieron infantil, protestamos: le da igual. Conversación harto desagradable, con audiencia, y con esa persona que decido me cae mal. Pasamos al barco y al rato, por megafonía: "Mr Vagando, Mr Vagando, pase por recepción" (agradezco que no dijeran "por caja"). Un susto, nunca gusta oír tu nombre por megafonía en un barco (a no ser que te declaren "Miss Crucero" que no es el caso, o que te toque una Nexpresso en la inexistente tómbola). Y yo creía que se le habría olvidado, con todo el jaleo de gente, pero no, lo suyo excede el sano amor por su trabajo. El Peda va (para carnaza de todo el mundo de la sala, para todos es un aburrido día de tránsito), apoquina, y vuelve. Pero no contenta/o con someternos a estos apuros continuados, otra vez, por megafonía "Mr Vagando, Mr Vagando, pase por recepción". Nuevo levantarse el Peda, nuevas miradas inquisitoriales, y esta vez es "para darle el recibo". En serio? Déjenme en paz, déjenme salir del ferri, que ya estamos llegando a Miconos! (o me tiro en marcha). No sé si la persona de género por establecer ha tenido un enamoramiento-express con el Peda. 

Vamos en bus al aeropuerto, y Miconos central en Junio se me antoja un hormiguero; no quiero pensar en verano. Pero las iglesias icónicas blancas con el mar de fondo siguen allí, al lado de la carretera, y al despegar, lejos del barullo de abajo, vemos la belleza de las Cícladas de las que nos despedimos hasta pronto, esperamos. Una siempre espera volver pronto a Grecia; inmediatamente, cuando unas 3 horas y media después aterrizamos en La Otra Isla, esta gris, lluviosa y melancólica: como nosotros en esos momentos. 


Miconos

Los Alpes

 









3 de junio de 2019

La autenticidad tenía un precio: cenar con loro. Naxos (Cícladas 7)

8 divagues
Lunes, 3 de Junio de 2019, Naousa-Naxos

Tras las emociones de anoche, un nuevo día soleado en la bahía de Naousa. F y el Peda andan muy atareados, llamando a Niko, el mandatario del puerto de Naxos, nuestra siguiente (y última) isla. F quiere asegurarse un lugar en el puerto para la noche siguiente, y el tal Niko, al que ya llamó ayer, dice ahora que llamemos a las 10. Quién lo iba a decir: hay fila para subir al Everest, para coger olas en la Zurriola, para crucifixion (visionarios, los Python) y tantos veleros privados que no hay sitio para amarrar. Qué mundo. 


Entretanto, F, que ya había dicho la noche anterior, cuando volvíamos tras una danza votiva que previno el hundimiento, que a la mañana siguiente volveríamos "a por el pan", me lo tomé a coña. Ja. Pero no, ahí está el tío bajando la zodiac de nuevo!!! Y además esta vez dice que va a poner el motor! Madre mía: esto ocurrió, fuí partícipe del proceso bajar el Evinrude de lo alto, e insertarlo en la hinchable, que ya hemos establecido su falta de credenciales. Aún me admiro de que no acabase en el fondo del mar, pero lo que me llena de total estupor es cómo logra F poner eso solo, cuando no hay nadie. Es un misterio. Así que se van él y el Peda, a por pan y casi se olvidan la basura (que ya se nos olvidó anoche). Pero definitivamente, F ya no tiene que resoplar y en un ratito los tenemos de vuelta, a tiempo para llamar a Niko que confirma que sí, que nos guarda un amarre. Me encanta oír hablar en inglés a F: nos cuenta que ha invertido media vida y mucho dinero en aprender, pero es negado. "Jelou, jear F, from Catalonia, Espein". Dan ganas de achucharle. 




Navegamos un rato a vela y luego motor. Hay muchos veleros, y también ferris llegando a Naxos, mañana nos iremos nosotros de aquí a Miconos.  Al llegar, el puerto está hasta arriba, pero logramos amarrar, con toda la pompa que conlleva, y marcarnos una ensalada de tomate con las cocas de espinaca de Paros. 



F se queda en el velero a no dormir la siesta, y nosotros salimos a comprar los billetes del ferri para Miconos. [Nota: hace su reaparición estelar la pasarela. Yo albergaba la secreta esperanza de que sería un puerto bajo, o que se me apareciera un santo, pero no. Nuevas comedias.] En Naxos es otro de los sitios que estuvimos con Minibaby, y enseguida comenzamos a recordarlo todo. Ahí está la Portara, los restos del templo de Apolo en Delos, un arco de mármol enorme con el que tenemos fotos con el bebé y ahora, 11 años después. Al otro lado de la bahía vemos lo que creemos fue el alojamiento que utilizamos entonces (Illiada Studios).


 

Tengo miedo de que Naxos sea otra Naousa, otro escenario de "Mamma Mía", con los adoquines de las calles bordeados por pintura blanquísima. Así que voy con cierta aprensión pero, vaya, aquí hay callejuelas que se salen del decorado-libro-de-texto-para-vender-quincalla-al-crucerista. En una esquina lo que venden es fruta, con gato merodeando entre las cajas. Hasta encuentro una casa deshabitada y no cuidadosamente desconchada para darle un aire bo-bo (bohemio-bourgeoisie)-o eso espero: imagina si de repente se cae el decorado y está detrás el equipo de direccion artística, "Sorpresa!" (esta foto se la dedico a Elena Rius). Fotos, calor, iglesias, incluso alguna señora de negro! (recuerdo a aquella yayá que en un restaurante, Babymini lloraba y la cogió y acunó ah-ah-ah, para que se callara y nos dejara cenar). 












Casa (no cuidadosamente) desconchada y deshabitada!!






 


Por callejuelas vamos subiendo al kastro, y arriba tomamos unos fredos en una terraza con vistas espectaculares. Bajamos por otro sitio, puerto, panadería a comprar algo para el viaje del día siguiente (y baklavas para F), supermercado y vuelta al velero a dejarlo todo, F ha salido. Menos mal, porque así no es testigo de un momento de desacuerdo-viajero severo. 


baklavas
 

Viajar con gente está muy bien, pero hasta amistades épicas se han visto a veces tocadas por el tour. Cuando viajas, estás en todo momento tomando decisiones: decisiones nimias, tontas, desde qué se come y dónde, hasta cuántos días en cada sitio, pasando por que la pesada de las fotos se anda parando todo el rato. Aún recuerdo en la uni a algún grupo de gente que salieron en bloque al inter-rail, y volvieron cada uno por su lado. Eso es un extremo, pero antes de viajar con alguien tienes casi que pactar un código no escrito y saber que esa persona y tú compartís una misma cosmovisión viajera. Si no, no funcionará. Todo esto porqué lo escribo, si yo no viajo en grupo, estamos dos adultos totalmente sincronizados en lo que le pedimos a un viaje, tras un mogollón de años viajando juntos, y un bebé, digo niña, digo monster de 11 años, con sus propias ideas. Y aquí estamos en el momento en el que Mini no quiere andar más, y yo quiero llegarme hasta la zona de Grotta, donde estaba el Iliada Studios. Les expongo mis razones: recuerdo que me encantaron las vistas desde allá, que me di un baño precioso, tal vez el primero en playa griega de roca, al que han seguido tantos. Al Peda se lo vendo, Mini es más dura de roer. Pero al final subimos a Grotta, y los estudios están siendo renovados, y las vistas siguen idénticas a los pasados 2000 años, con la Portara de fondo, e incluso bajo un poco hacia la playa, que hay escaleras porque es un precipicio. 




 





 
Uralitas como techo
Hoy es nuestra última noche del viaje, y hemos localizado una plaza, hacia dentro, donde podría estar bien ir a cenar. Como siempre, buscamos sitios con griegos y lo encontramos: es Elizabeth's Garden 
no exactamente en la plaza, pero en la calle que sube hacia ella. F está escéptico, pero se deja. El sitio viene a ser un garaje, con el  techo mezcla de uralita y emparrado. Mini y yo tenemos ganas de gyros, que no hemos comido en todo el viaje, y este es uno de esos restaurantes cutres que te dan gyros riquísimos. El dueño es muy simpático, nos enseña en una trastienda sacos de patatas cuando le elogiamos las patatas fritas: son de su propia huerta. El antro tiene muchísimo ambiente: primero un hombre que toca un acordeón a todo trapo, ciertamente molesto. Luego, el loro, que grazna a la menor oportunidad. El dueño es un miembro más de la fauna, y al final le regala helado de postre a Mini, porque nos había sacado a nosotros ouzo, y le parece mal. Pedimos repetir de patatas fritas, el dueño se viene arriba. Era esto antes o después del ouzo? El loro sigue gritando. 

De paseo de vuelta al velero nos encontramos con el otro Naxos, el de las terrazas con gente guapa tomando cocktails, los restaurantes para turistas, y las heladerías de diseño. No tienen loro. Al velero tarde, más ouzo en cubierta y leer y asumir que nuestra vida a los errolflynns se acaba...

2 de junio de 2019

Ay virgencita, que la zodiac hizo buena a la pasarela (Cíclades 6)

13 divagues
Domingo, 2 de Junio de 2019: Andíparos-Naousa (Cíclades 6)


Los (o debería decir la/el) divagantes que aún no se ha dado a las drogas, alcohol o al arsénico con estas crónicas de navegación, se verá content@s con la siguiente noticia: ya dejé de hacer diario a bordo en el día de hoy, así que las memorias se van difuminando. De ahora en adelante, los divagues serán principalmente fotográficos. Haikus, vamos. 


Anoche nos habíamos quedado en esta bahía entre Andíparos y Despothikó. Te despiertas con esas nubes, que de repente se van y voilá! Despothikó se transforma en los campos de Castilla. Durante el desayuno debatimos si vamos a pasar por el pequeño canal que hay entre estas dos islas, o rodear por Despothikó. Dice F. que las cartas de navegación aseguran que hay un fondo por el que justo pasa su velero, que tiene 2 metros. Sin embargo, si ha habido alguna tormenta, se ha depositado arena... podríamos quedar encallados. Según F., algunos de los otros veleros podrían echarnos un cable (cabo) y ayudar. Nos la jugamos? A F ya le pasó algo similar en unas rocas nosedónde... al final decide que no, así que la primera parte de la mañana navegamos rodeando Despothikó. 


Estas fotos tan quemadas (disculpas) son una carta de navegación y una vell mari (foca monje del Mediterráneo o foca fraile mediterránea o Monachus monachus), que da nombre al velero de F. 



Se ve la tortuga? En el mar! Lo verde el el bañador del Peda!
Durante esta travesía, me comporto como una verdadera loba de mar, mirando a la inmensidad azul. Ello no impide que sea F el que atisba una tortuga gigante, en lugar de La Pensadora. Pero en serio, qué pasada!!! Estas dos fotos no van a ilustrar el evento con la magnitud que merece, pero la primera la pongo para deleite de RIUS y MO, (qué se va a hacer: les da morbo todo lo que sea lavandería), pero si miráis al mar, eso es la tortuga!), y la otra, bueno, una imagen no satisfactoria pero hey, qué elegís vivir o fotografiar? ah pues eso..




















Seguimos a toda vela hasta la isla de Paros, donde estuvimos con Mini de bebé, aquí empiezan los flashbacks de pasear por esas calles con Minibaby, dónde se ha ido??? En 2008 estuvimos en Paritikia, pero esta vez vamos a otro sitio que está al norte, en una bahía inmensa y que se llama Naoussa. La idea es, de nuevo, no dormir en puerto, sino fondeados en la bahía. Simplemente por eso incluyo la foto de al lado, por disfrutar (momentaneamente, luego veremos) del hecho de que no hay que usar ese instrumento del tortura, la pasarela asesina del Capitán Garfio, para bajar hoy...



Te odio, pasarela
Llegando a Naousa
Grumete cocinero



















Mini en Titanic
Ah! la vida me sonríe: ya fondeados en la bahía de Naousa,  el Peda nos ha hecho una ensalada de pasta riquísima, y tras fregar con el sistema pedal (ah ah ah ah staying alive-staying alive, me dan ganas de cantar con cada aclarado), nos tiramos en diversas partes del velero (yo en proa) a leer un rato. Bueno, F a "no dormir la siesta", recordemos que no duerme, solo se pone su sombrero y hace ruidos sospechosos, el Peda y Mini juegan un rato a Uno, y la bahía está preciosa, soleada, con muchísimos borreguitos, porque hace viento. La idea de bañarnos va a ser que no, por el melteni. 

Pero pero pero... irremisiblemente llega la hora de salir al pueblo, amiguitos: la felicidad no podía durar. Bien, pues hay que sacar "la zodiac". Se trata de una hinchable con el suelo de madera, que F admite es "de ñigui ñoguis", que tuvo que comprar porque la buena se pinchó, y, pese a los 900 eurakos que le ha costado, tiene sus dudas. El caso es que hoy la estrenaba con gente, hasta ahora solo había ido solo. 

Esta es la zodiac
Está la opción de poner el pequeño motor que tiene ahí colgado o remar. F toma todas las decisiones (equivocadas): él va a remar. Se puede con confianza afirmar que la familia Pedalistas no es "petite": somos tres maromos como la copa de un pino, y bueno, al final F es un jubilado. Pero insiste en remar.  Mini se ha de poner en proa, él en el centro, y el Peda y yo en popa, cada uno a un lado. Hasta ahí todo claro. 

Pero hay que entrar en la pequeña zodiac, primero el Peda, ay ay ay que vuelca, no, venga, ahora Mini, ay ay, y yo para compensar al otro lado del Peda, y por fin F en el centro, sentado en la tablilla, y con los remos. Tengo flashbacks de una barquita que tuve en la infancia: era como un payaso, y los remos eran rojos, y las manotas blancas del payaso. Nos veo a los cuatro en la barca-payaso, mucho menor que la mía claro, porque en de niños todo es grande, y no me importa hacer una payasada, tartazo en la cara, matasuegras en la oreja, volcar en la bahía: al fin y al cabo, estamos cerca de tierra, podríamos nadar (eso sí, vestidos; tranquilidad, divagantes: no llevo el Revenant, con él hubiera perecido). El problema son las cámaras, los teléfonos y, ay, el iPad de F donde tiene todas las cartas naúticas, que será de nosotros si esto se va al fondo del mar. 

El espigón
 F comienza a remar. Como he dicho, hace un meltemi de la leche. Enfrente de nosotros hay un espigón que protege el puerto, hecho con piedrotas así como las de la Zurriola en Donosti. Y el meltemi nos empieza a tirar hacia el espigón. F hace lo que puede, pero se queja del viento, lo veo azorado. Yo me siento fatal: los tres grandotes siendo remados por un jubilado. Tengo intrusiones de aquellos rickshaws de la india, donde un pobre indio escuálido lleva en bici a dos yankis con obesidad mórbida. Recuerdo haber cogido uno en Benarés porque, sin nombres en las calles (y sin calles, me atrevo a decir), era imposible llegar al chamizo que se hacía pasar por hostel. Me sentía gorda yanki con mi gordo yanki, y el pobre con su motor de sangre, horrible. Bien, pues el pobre F ya esta haciendo respiraciones como cuando se corre en el parque. Pero ya nos vamos separando del espigón, y por fin, oh loado, llegamos a un lateral del puerto. Allí atas tu zodiac y te vas, como quien no quiere la cosa, a explorar Naousa. 

Pasamos la tarde allí: Naousa tiene un castro, y callejuelas con restaurantes, bares y tiendas. Dejaré las fotos para que el divagante juzgue, pero a nosotros no nos gusta porque la gentrificación ha llegado ya a extremos: pintar el macetero del color de la buganvilla. Es un poco exagerado, lo bonito que está todo: parece un decorado de isla griega. 











 Como todo sitio cuqui, tiene una panadería-pastelería-heladería-wifería a la que me iría a vivir, Ragoussis. Yo creo que en la base de la Pirámide de Maslow, en las necesidades básicas de las personas humanas, tendríamos todos que tener este tipo de establecimeinto en la esquina de la calle para bajar a leer el periódico, mientras te tomas un frappe en el porche, y la dueña que es amiga justo te saca una baklava, y de repente miras tu blog y muchos divagantes han entrado a contarte cosas. El caso es que nos tomamos algo allí, el Peda y Mini helado de "yogur con miel". Yo no pido helado casi nunca (hay una leyenda, a mí me gusta solo el helado de yogur), pero les como siemrpe a los dos: ellso están hartos porque opinan que acabo comiendo uno, y ellso medio. Falsedades. 

Terminamos cenando en el lugar que vemos más griegos (esto es dicifil encontrar aqui, que parece todo un tourist-trap), que F ya conocía. Cenamos a pie de playa mejillones, calamares, pescado y ensalada griega. 

La vuelta en la zodiac es un paseo por las nubes, ya que parado el meltemi.  Yo había ofrecido varios sacrificios rituales a los dioses para que así fuera.