17 de enero de 2019

Serial. Cinco.

0 divagues
Cuando por fin me aventuré fuera del pequenio edificio donde estaba mi habitación, me di cuenta que el edificio principal de Banderley, el castillo gótico encantado y encantador, estaba aún más lejos que la noche anterior, con Sister Harding. Hoy había niebla, se agradece el atrezzo para seguir alimentando el mito que ya corría salvaje en mi cabeza desde anoche.  La pradera que nos separaba sería más del doble de un campo de fútbol, aunque no había porterías, solo esos palos verticales de rugby, como si fuera un colegio privado de la élite que saca su cazurrismo así, para diferenciarse del fútbol, que lo pueden jugar chavales en una era. Pensé en Sandip, y en el criquet: seguro que también le daban allí, pero desde ya me negaba a intentar entenderlo.  Avancé por enmedio del césped -si había un caminito en algún lateral, no quedaba claro-, todo estaba desierto.  A medida que me acercaba se hizo evidente que, sin llover, llovía insidiosamente, por la espalda, a traición: cuando por fin llegué al lateral de Banderley Central-así aprendí luego que llamaban al castillo, en concreto Banderley-C, estamos en el país de los acrónimos-, mi cabeza estaba empapada. Primeras impresiones, pensé, mientras me soltaba la coleta y sacudía un poco el pelo: gran momento para hacer mi entrada en la cantina.

Según el mapa que me dejó Harding, debía estar en ese ala, frente a la pradera. Cuatro escaleras, con una balaustrada grandilocuente-como todo en  Banderley-C- llevaban a una puerta doble de madera con cristales mosaico de colores, entreabierta. El pasillo, como el de anoche, era sus baldosines en puzzle granates, blancos, y azules pero en este no se  movía ninguna pieza. Entonces apareció Yolanda.

Yolanda era irlandesa, risuenia y expansiva. El nombre fue una excentricidad de su padre, ya que vivían en Texas, casi frontera con México, cuando su madre se quedó embarazada. Tenía mi edad y había llegado a Banderley haría un anio. En el futuro me recordaría muchas veces cuando me encontró, como hipnotizada, plantada enmedio del pasillo, mirando al suelo, y de cómo me costó reaccionar-yo siempre le contestaba porque aquel primer día no entendí su acento. Yolanda era morena con un pelazo, su secreto para ese volumen que en realidad era rizado, pero se lo alisaba. Llevaba una cinta azul a modo de diadema. Ella también iba a la cantina, aunque para mi alivio no habría nadie porque ya era tarde. Ella estaba de guardia y habían tenido una emergencia en la planta de psicóticos, de ahí esas horas, no vengas a comer tan tarde. Un paciente se había puesto agresivo, y había terminado en seclusión. Pero era solo por la guardia que habíá intervenido en psicóticos, ella estaba desde la última rotación en forense, en aquel edificio del fondo-y por la ventana me senialó otro edificio menor y cuya arquitectura rompía con la belleza de todo el conjunto de Banderley. Se había construído hacía una década y era una unidad de semi-seguridad. Yolanda dijo que quería subespecializarse en psiquiatría forense cuando terminase la farsa de la residencia.

Sí, la farsa, subrayó cuando me reí. Estaba aburrida de rotar cada seis meses por especialidades que no le interesaban: los neuróticos de siempre, ansiosos, deprimidos, los bipolares, esquizofrénicos, los de adicciones, los desórdenes perinatales. A ella lo que le interesaban eran los malvados, y eso es lo que quería investigar. "Y tú, qué quieres?" me preguntó, así, frontalmente, mientras que yo ponía queso cheddar rallado sobre la patata asada, lo único con que me había atrevido de la oferta de la cantina. Porque no entendí nada, y no me refiero al idioma: ni tener la comida delante me ayudó a procesar lo que eran esas masas de algo mezclado con salsa, no recordaba nada de esto de mi visita como estudiante. Esto era la Inglaterra profunda, estaba claro. Temí pasar el resto de mi vida allí pidiendo desayuno inglés a la hora de la comida-el viaje anterior me había servido de inmersión a las alubias-y patatas asadas con cheddar o coleslaw. Coleslaw que yo llamaba en mi cabeza "coleslao" hasta que un alma bondadosa me abrió los ojos, y resulta que la maldita coleslao dicen suena como "colslo". Un idioma sin lógica.

-"Qué quiero hacer? No sé, no he trabajado nunca antes... quiero empezar y ver que..."

-"Y en qué equipo empiezas? -Yolanda no tenía paciencia para las pausas. El Dr Cook. Yol miró hacia arriba con resignación, y ese día no, pero aseguró que ya me pondría al día del tal Cook, sus manías y los estrambóticos miembros de su equipo-que iba a ser el mío. En cuanto a mi casa...

-"Tienes suerte, si estás en Drummond"-suspiró- "Es el mejor edificio... en su día debieron ser las caballerizas, pero luego lo reciclaron para residencia de residentes. Tiene mucho encanto. Yo estoy en Balmoral, que como los edificios de las otras dos Casas fue construido en los 60, funcionales y feos".

Esto era la continuación de un cole para pijos, donde los ninios de distintas edades están en grupos para, esencialmente, competir: había cuatro "Casas" que se llamaban como castillos escoceses, tan cerquita estábamos del país vecino, y además de Drummond y Balmoral, estaba Stirling y  Edimburgh. Cada Casa tenía una serie de identificadores que iban desde escudos hasta animales, pasando por colores (amarillo, azul, rojo y verde).  Me costó darme cuenta de lo que representaba el sistema de Casas, y lo en serio que algunos de mis companieros se lo iban a tomar. En los días siguientes en Drummond me di cuenta de que las letras de las toallas estaban en amarillo, y los sofás del cuarto común eran amarillos, y unas capas para la lluvia colgadas detrás de la puerta de salida eran amarillas, y las botas de agua alineadas bajo las capas tenían una raya amarilla. En Balmoral, la de Yolanda, todo esto era azul. Y le sonó el busca. 

En el pasillo que comunicaba la cantina con la iglesia había un montón de cuadros que empezaban hacía décadas, en blanco y negro descolorido, y donde sonreían chicos de mi edad con gafas pasadas de moda. En los anios más recientes comenzaban los colores de las Casas y a aparecer las chicas, pero siempre éramos minoría.  Al llegar a la capilla, la puerta estaba cerrada con llave. Al lado, había un cuarto llamado "Oasis multi-fé"  (lo sé, pero no lo he inventado yo. El remanso  donde los religiosos iban a dar rienda suelta a sus supersticiones-cuántas conversaciones tendríamos a lo largo de mi tiempo en Banderley sobre el tema: "Es la religión una idea delirante? Discuss"). Este sí que estaba abierto, y vacío: una sala funcional y tristísima, que más que un refugio de paz parecía una sala de velatorio. La capilla, sin embargo, era otra cosa, pero eso no lo sabría yo hasta pasado un tiempo porque siempre, siempre, estaba cerrada.

Estaba ya oscureciendo -por estas latidudes no quiere decir que fuera muy tarde- y me pasé por la pequenia tienda que me ensenió Yol, al lado de la cantina. Aquí podías comprar un poco de todo, era como una cueva de Ali-Baba, con genio incluído: al senior pakistaní que la regentaba solo le faltaba ser azul. La gente en general comía en la cantina, y algunos también cenaban, pero este era el lugar donde se iba para llenar tu estante del frigorífico de la sala comunal. Al genio además le podías pedir tus deseos, y él lo encargaba al de la camioneta blanca-con bandera inglesa en el salpicadero-que venía regularmente. Mi primera compra consistió en dos o tres cosas -carísima, cifra grabada a fuego, £32-, y solo recuerdo un tubo de helado Haagen Daz de Chocolate Suicide. Yo, que no soy particularmente de helado.

Al llegar a Drummond, abrazada al helado, estaba todo silencioso. Las escaleras, de madera blanca, grunían bajo la alfombra -amarilla, por supuesto- que la forraba por el centro. Hacia la mitad de escalera se apagó la luz, que tenía un temporizador: aprendería más tarde a subir a toda prisa.  A tientas llegué al final, la puerta del salón estaba cerrada. Me pareció oir una especie de murmullo.

Me quedé parada, petrificada frente a la puerta que, de repente, se abrió, y:  SORPRESAAAAAAAAAA!!!  Cuando alguien por fin encendió la luz, un grupo de gente sonriente con gorritos de Nochevieja y bajo guirnaldas amarillas parecía alegrarse mucho de verme. El Chocolate Suicide se me cayó a los pies. 



~~~~~

Si te has perdido las anteriores entregas de Serial, pincha aquí.  

13 de enero de 2019

Advertencia, de Jenny Joseph

6 divagues
Advertencia
Cuando sea vieja, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni haga juego, ni me quede bien,
y me gastaré la paga en coñac y guantes de verano,
y sandalias de raso, y diré que no tenemos dinero para mantequilla.
Me sentaré en la acera cuando me canse
y devoraré las muestras de las tiendas y apretaré los botones de alarma
y haré ruido con mi bastón en los barandales de las calles.
compensando la austeridad de mi lejana juventud.
Saldré a caminar bajo la lluvia en zapatillas,
y arrancaré flores de jardines ajenos
y aprenderé a escupir.

Puedes llevar terribles camisas y engordarte
Y comer tres libras de salchichas de una vez
O solo pan y vinagretas durante una semana
Y acumular bolis y lápices, y posavasos y cosas en cajas.


Pero ahora hemos de llevar ropa que nos tenga secas,
y pagar el alquiler y no jurar en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos invitar a amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez deberí­a practicar un poco desde ahora?
Así­ la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea vieja, y comience a vestir de morado.

Jenny Joseph

....Viene a ser un poco lo de Matilda El Musical, basada en el encantador libro de Roalh Dahl...

Cuando crezca, comeré caramelos de camino al trabajo
y me iré a la cama tarde cada noche... :)



Warning
When I am an old woman I shall wear purple
With a red hat which doesn't go, and doesn't suit me.
And I shall spend my pension on brandy and summer gloves
And satin sandals, and say we've no money for butter.
I shall sit down on the pavement when I'm tired
And gobble up samples in shops and press alarm bells
And run my stick along the public railings
And make up for the sobriety of my youth.
I shall go out in my slippers in the rain
And pick flowers in other people's gardens
And learn to spit.

You can wear terrible shirts and grow more fat
And eat three pounds of sausages at a go
Or only bread and pickle for a week
And hoard pens and pencils and beermats and things in boxes.

But now we must have clothes that keep us dry
And pay our rent and not swear in the street
And set a good example for the children.
We must have friends to dinner and read the papers.

But maybe I ought to practice a little now?
So people who know me are not too shocked and surprised
When suddenly I am old, and start to wear purple.

6 de enero de 2019

"Los ejércitos de la noche" de Norman Mailer

27 divagues
"Los ejércitos de la noche" ("The armies of the night") de Norman Mailer llegó a mí por aquel tratado de literatura para dummies que leí hace meses, que puso en evidencia de nuevo mis lagunas literarias-más bien mares interiores, por su tamanio. Ponían a esta novela, publicada en 1968, como ejemplo de aquel género de la "novela de no ficción", que había comenzado Capote en 1966 con "A sangre fría". 

De hecho, el nacimiento del género enfrentó a ambos, que antes eran amigos, pero a raíz de la publicación de "Los ejércitos de la noche", Capote y Mailer compitieron por quién era el padre/el mejor/ el que la tenía más grande, del nuevo género. Testosterona (bostezo), que parece que a Mailer le sobraba, porque si apasionante es su novela, igualmente fascinante resulta-por lo menos para su estudio psiquiátrico- su personalidad: un macho alfa, que no solo se enfrentó a Capote, sino que le partió la cara a Gore Vidal ("si hubiera un "Figh Club" para escritores, Mailer sería Tyler Durden"),  acuchilló a una de sus seis u ocho mujeres en una fiesta, y suma y sigue. "Más grande que la vida" que se dice en inglés, parecía Norman, que murió en 2007:  una tiene sus dudas sobre si se iría a tomar un té con él, pero lo que es imposible es no sentirse atraída por su personalidad sobre el papel. Probablemente, sí, me iría a tomar ago con él, probablemente tequilas- a él lo veo con un whisky doble, sin hielo.



El 21 de Octubre de 1967 hubo una manifestación masiva en Washington DC para protestar contra la guerra de Vietnam: "la Marcha del Pentágono". Norman Mailer era uno de ellos, y de los días anteriores y de ese día surgió "Los ejércitos de la noche", subtitulada "Historia como novela. La novela como historia", porque está dividida precisamente en esas dos partes: en la primera nos cuenta su diario personal (su entrada de blog) de lo que pasó en aquella mani y la segunda intenta ser una especie de resumen desde fuera de los acontecimientos, en particular tras su arresto, incluyendo las horribles cargas policiales y la noche durísima que pasaron los que quedaron.

Quién estaba en la mani? Los de siempre. Quién apoyaba a la guerra de Vietnam? Ditto. 50 anios después, y seguimos igual. Apoyaban los que apoyan a Trump: militares, rednecks, policías, trabajadores manuales, el mundo rural. Versus los hippies, los estudiantes, los comunistas que aún no han salido del armario, la clase intelectual urbana. Nada nuevo bajo el sol. Mailer describe esto muy bien, y los enfrentamientos de las clases sociales, los ricos manifestantes frente a los polis pobres controlándolos. La clase media que no hace nada con sus manos ni tiene la tierra, pero sí la pasta. La clase trabajadora es fiel a sus amigos, la media a sus ideas.  Han estado siempre ahí, estos trumpistas? Nunca se han ido? 


Pero no quiero hablar de la novela, que recibió el Pulitzer de no-ficción y el National Book Award, sino de ese Mailer al que el autor se refiere en tercera persona, como hace Sábato consigo mismo en uno de los libros que con más carinio recuerdo, "Abbadón El Exterminador". Aquel antihéroe que se ríe de sí mismo (desde el principio, me atrapa el humor de Mailer), pero también cruelmente de los demás. Me pregunto... le quedaron amigos tras publicar esta novela? Gracias a él he conocido a alguna de las figuras intelectuales de los 60, que estaban como él, comprometidos políticamente: Robert Lowell, poeta, Dwight McDonald, crítico, Paul Goodman, analista político, Micth Goodman, escritor y miembro, junto con el pediatra Dr Spock de los "Cinco de Boston", que habían firmado en 1968 un manifiesto en contra de la guerra. Algunos de estos están con Mailer en la manifestación, y el día antes de la mani hacen con él dicursos en un teatro. Una empieza a conocer a Mailer con su escena de necesidad imperiosa del banio, cuando no hay tiempo, y está muy lejos, y donde hay no luz, ergo se acaba meando por todo el suelo, haciendo un lío, preocupado porque los limpiadores van a pensar que esto es parte de la protesta, estos izquierdosos son unos guarros, y llegando tarde al escenario-donde evidentemente, cuenta esta historia. Pero no solo es esta anécdota, con la que me podría identificar perfectamente-me desmayé en una charla una vez, así que todo es posible-, sino sus reflexiones laterales, tan acertadas: cuando baja y se mete entre la gente, nos habla de la intimidad que normalmente se crea entre el orador y el público, que es algo mágico que todo el que ha hablado para grupos ha experimentado-cuando no te desmayas. De observaciones como esta está la novela llena. 

Me imagino a Mailer como el típico judío neurótico, una especie de Woody Allen en fiestas, que no sabe hablar del tiempo y que, como no puede tolerar la pausa, que es el abismo, la llena con "la más extravagante amalgama de posibilidades". Un día está hablando con otro escritor-ambos no han leído casi nada del otro, piensa, y a la vez sospecha que ambos estarán considerando que esa conversación estaría mucho mejor empleada, de todas maneras, en un artículo. Deformación profesional? Versión elevada de "esto me dará para divague"? En algún momento me recordaba a mi amado Phillip Roth... "el sexo es mejor sucio, condenado, incluso esclavo... nada de limpieza, dénme culpa!"... esperaba q saliera Portnoy por ahí en cualquier momento. Pero no. 

Aunque Mailer es irreverente, y me parto cuando cuenta cómo los anarquistas de Libération, preparados para terminar con esta sociedad y cambiarla por una pacifista sin leyes,  tuvieron serios problemas para imprimir un artículo suyo en el que escribía la palabra tabú por antonomasia del inglés: CUNT. Me recuerda tanto a Lady Chatterley ("ha escrito Fuck!") como a la gran historia del Peda y su artículo sobre el Rey Emético, cuando cumplió 20 anios en el trono, en una revista de barrio, igualmente antisistema.

Years ago in 1959 when Dellinger was already an editor on Liberation (then an anarchist-pacifist magazine, of worthy but not very readable articles in more or less vegetarian prose) Mailer had submitted a piece, after some solicitation, on the contrast between real obscenity in advertising, and alleged obscenity in four-letter words. The piece was no irreplaceable work of prose, and in fact was eventually inserted quietly into his book, Advertisements for Myself, but it created difficulty for the editorial board at Liberation, since there was a four-letter word he had used to make his point, the palpable four-letter word which signifies a woman’s most definitive organ: these editorial anarchists were decorous; they were ready to overthrow society and replace it with a communion of pacifistic men free of all laws, but they were not ready to print cunt.” 

La novela tiene un contenido muy profundo. Por supuesto él ya había escrito antes "Por qué estamos en Vietnam" ("y si dejamos Vietnam, y toda Asia se vuelve comunista?"), y hay un capítulo solo dedicado a esto. Pero hay mucho más: no solo están las dos américas que antes he mencionado, la rural y la urbana, la proguerra o la anti, sino que dentro de los oponentes a la guerra hay dos claras generaciones: la de Mailer y los suyos, hombres para lo que la palabra es todo (en su mayoría, escritores), y la nueva generación de hippies ("la instintiva prevención de un carnívoro frente a a un asceta"), flower-powers, New Age (que describe muy bien Joan Didion en el capítulo que da título a su libro de relatos "Slouching towards Bethlehem"), seguidores de Joan Báez, que según aprendí en otro capítulo de Didion, tenía también una pedrada severa, revolucionarios de fin de semana.  "Lo que parecía significativo aquí era la idea de una revolución que precedía a la ideología;  la Nueva Izquierda parecía haber adoptado esta idea para esta Manifestación". Mailer y su generación pensaban que sería la palabra, la literatura, lo que cambiaría el mundo: Hemingway, Orwell, Mailer... desde la novela creían que podrían poner todo patas arriba ("convertirte en un buen filósofo amateur, una vocación indispensable para el novelista ambicioso porque si no, o es otra cosa que un amargado entretenedor, un cuentacuentos"). Hoy me desespero de leer contratapas de novelas y novelas que, disfrazadas de presunto intimismo, solo se miran al ombligo. 

"El nihilismo tal vez será la única manera de contestar al totalitarismo", "El Leninismo es un equivalente mental a levantar pesas en el gimnasio: el cerebro trabaja, se oxigena, respira, y termina con incrementos en su vigor y tono, pero el problema permanece. Es un gran isntrumento de análisis en un mundo hecho de acero", son dos frases más que dan una idea de lo inabarcable que es divagar sobre esta novela. Es un clásico del SXX que hay que leer para aprender, para reír, para no olvidar, y para darse cuenta de que merece la pena salir de nuestro ombligo y mirar hacia fuera. No sé quién inventó la novela de no-ficción, y no me importa. Lo que me no me gusta es no haber descubierto a este monstruo hasta ahora: Norman Mailer, Larger than Life. 



28 de diciembre de 2018

A veces un blog

19 divagues
A veces, un blog es un diario. A veces, una herramienta. A veces, un blog es una válvula. A veces,  es un arma. A veces, un blog es simplemente, compartir.

Como esta entrada. No me gusta la Navidad, me horroriza el consumo, me agobia el potlach este desaforado, y lo llevo dicendo desde que Diva y yo empezamos esta aventura (diario, herramienta, válvula, arma) hace exactamente 9 años y 20 días (de hecho, la entrada 11 del divlog es sobre El Potlach). Sin embargo, hoy quiero compartir algo que parecerá incongruente: un anuncio de unos grandes almacenes que todo lo que buscan es seguir vendiendo cosas que no necesitamos. 

Una cosa han logrado: no puedo dejar de verlo sin que se me encoja el corazón en la última escena. Pero sigo siendo irreductible: cómprales lo menos posible.

Compartir lo que te gusta, te emociona, o te apasiona es gratis. Comparte más, compra menos. 



25 de diciembre de 2018

Felices excesos

3 divagues
Querid@s divagantes,

Felices excesos, este anio desde Londinium...

...donde las festividades pueden tener el glamour de los wreaths en las puertas en un paseo hacia Brixton... (gracias Mini por el collage!)


... o las vistas de la City desde Skygarden...


Pero no olvidemos que este es también el país de...


este otro tipo de excesos.

Y cómo no... el pequenio toque Scrooge-remoaner (así nos llaman a los "remainers", los quejicas que aún pataleamos por la estupidez del brexit)...


Feliz lo que sea, divagantes.

Muxus

di

11 de diciembre de 2018

Serial. Cuatro.

30 divagues
Lo primero que vi al abrir los ojos fue un pajarito columpiándose en la rama de un abedul. Estaba enmarcado por una ventana blanca, sin cortinas, y la pared, pequeños ladrillos también blanquísimos le daban una simplicidad encantadora. Durante el segundo que duró la primera confusión del suenio en camas prestadas, debí pensar que estaba en el cielo; cuando salté de la cama y me encaramé para ver la calle, lo confirmé: no hay calles en el cielo, ni tampoco es blanco, sino verde que te quiero verde hasta el horizonte. E iluminado por un sol decidido y contrastado por alguna nube negra que transformaba a los Moors en un maravilloso cuadro de Turner, todo dramatismo y paz, si eso es posible al mismo tiempo. El pajarito voló y recité de nuevo algunos versos del poema en mi cabeza. Verde, el color de la muerte.

Estaba en Banderley y debía ser muy tarde, para que fuera de día en Noviembre. Nadie me había llamado, nadie me había echado en falta. Porque Sister Harding había dejado claro la noche anterior que necesitaba descansar, y que la primera semana me la debería tomar como si estuviera en un balneario, pero sin las aguas. Conocer gente, pasear, perderme por Banderley. Como una Montania Mágica de tercera, porque ya se sabe que esta isla no tiene altitudes como las Suizas, ni yo era Hans Castorp, aunque casi tenía su edad, 23. Hans Castorp, aquel al que "una arruga en cualquiera de sus camisas de color hubiera causado una verdadera indisposición". Me había aprendido esa frase porque nos reíamos mucho de ella con un amigo de la época, que también leía a Mann, y ahora estaba sonriendo. Yo sola. 

Una de mis maletas estaba abierta, y saqué una camisa y unos pantalones. El neceser estaba donde lo dejé por la noche al cepillarme los dientes, encajado entre el lavabo y la pared. A su lado, encima de un baúl debajo de la ventana había un juego de toallas con el "Banderley Hospital" no precisamente bordado, sino impreso en tinta azul y fuente funcional. Me alegré de haberme traído un albornoz enorme, blandito y que iba a la perfección con el blanco-nuclear de mi habitación en Banderley. Y sus zapatillas a juego. 

El banio, que se compartía supongo con las habitaciones del pasillo, tenía el mismo espíritu que mi dormitorio: techo altísimo, con una ventana a juego, que en su espiritualidad se eleva y te hace sentir pequenia. Afortunadamente, el suelo no estaba enmoquetado, sino forrado con un sintasol barato. La baniera era enorme, e iba de lado a lado, prácticamente podría echarme en decúbito supino (salió la pedante anatómica) y meter la cara con los ojos abiertos como en las peliculas de miedo.  Los grifos eran como los recordaba de mi época de estudiante: seguían sin descubrir el mezclador, y en uno ponía H y en otro ponía C. En el lavabo una termina solo usando el C, pero en la ducha, algún europeo lo había solventado con esa especie de estetoscopio de goma que se pone en cada uno de los grifos, y que termina en la alcachofa de ducha más triste jamás sufrida. Ducharse con eso era complicadísimo, sobre todo si, manías, necesitas las dos manos. Aquella maniana necesitaba una ducha caliente a presión, para quitarme los kilómetros, y las estaciones de autobuses y la soledad que sentía en aquel lugar donde, de día, aún no había visto a nadie. Así que, enfrentada al estetoscopio de goma raída, decidí darme un banio épico en el que, sí, metí la cabeza antes de enjabonarme y abrí los ojos bajo el agua. Lo que vi fue la ventana que era un suspiro, y el fluorescente encendido parpadeando en un lado, y creo que fue la imagen más surrealista pero a la vez más verdad que nunca he tenido de Banderley. Al salir, sin aire, me quedé mucho rato mirando el mismo ángulo desde fuera, para intentar que se encontraran ambas realidades, con un fondo de goteo inquietante, si uno hubiera puesto atención. 

Al salir, el olor de las toallas de Banderley era todo asepsia y su textura era anios,  era vapor y planchado industrial, era otras vidas, y enseguida vi que mi albornoz iba a ser mucho más que la contraposición a esas toallas. Mi albornoz iba a ser mi casa, y mientras me ataba el cinturón y salía al pasillo pensaba en los monitos de Harry Harlow. Cuántas veces me había enganchado leyendo este experimento cuando estudiaba psicología clínica en la universidad. Harlow, un investigador de los anios 50, quería demostrar el impacto que la deprivación de una figura materna o paterna, o de amor, como prefiero llamarlo yo, en los bebés. Para ello realizó unos experimentos que hoy en día nunca serían aprobados en los comités de ética, por su crueldad, pero eran los locos anios 50. En esos experiemntos se dejaba a un monito bebé solo con un muneco que pretendía ser la madre, una especie de armadura de hierro espantosa, pero con dos bultos que daban leche, y a su lado otro munieco subrogado mamá-mona que era de peluche, calentito, del que abrazarse. El monito acaba prefieriendo el mono de peluche que no da comida, antes que el de alambre, que da.  Me quedaría sin desayunar por una rato más hecha bola en mi albornoz?

Al fondo del pasillo había una puerta abierta, y recordé que eso era la cocina. La noche anterior Harding me la había senialado con prisa, y esta vez entré a ver si había de verdad té, leche y tostadas. La cocina era enorme, y tenía un ala que era comedor, y separada por una especie de office, otra salón, con una chimenea enorme, que aún se usaba y que venía de la época en la que no había calefacción.  Olía muy fuerte a curry. Era lo que parecía un cuarto comunitario: en los sofás había un par de mantas dobladas, algún libro en la mesa central (alguien estaba, en serio, leyendo "Possession", el premio Booker de 1990?), una trenca desmayada en un colgador, una raqueta, revistas de criquet... En la nevera había leche, mantequilla, mermelada de naranja amarga, algunos yogures, pan de molde, y unas manzanas pequenias y arrugadas, que parecía llevaban una vida allí.  La tetera estaba fría, la enjuagué y la puse a hervir. Para tomar el té me asomé a la ventana, que tenía la misma vista que mi habitación, verde que te quiero, y me senté en su alféizar, un lugar en el que luego pasaría tantas horas. Sería como mi albornoz, mi otra casa. Y respiré tan hondo que resonó: por qué hacían los techos tan altos los victorianos?

Plop, la teterá saltó y entonces oí un ruido. Se abría una puerta abajo y unos pasos por la escalera. Claramente, mi albornoz azoró al chico indio que entró en la sala-pensé entonces. Con el tiempo, me daría cuenta que Sandip era así de raro. O en el espectro, porque también con el tiempo en Banderley aprendí que, para los psiquiatras, particularmente los que viven encerrados en una Institución Total, como era Banderley, todo son desórdenes, o enfermedades, o síndromes, o meros signos y síntomas. En aquella época, yo aún pensaba que había gente con enfermedad mental, y luego estábamos el resto, con nuestras manías, nuestras preferencias, nuestra personalidad. 

-Buenos días, llegué anoche-y le tendí la mano-. Me llamo Mariona Calleja.

El que luego sería Sandip no sabía donde mirar, y se dirigió a la tetera con la excusa de que había saltado para evitar darme la mano. De espalda, dijo

-Marion Calleha. 

-Mariona. Tú, cómo te llamas?

-ermm, Dr Patel-mientras salía de la estancia-. Marion Calleha. Marion Calleha.

Oí sus pasos por la escalera, y me puse el té. Una vez en el alféizar, volví a oir sus pasos, que ya reconocí por su deje patoso, y su voz, ciertamente mecánica: 

-Marion Calleha-e hizo una mueca que solo alguien con buena voluntad podría interpretar como sonrisa. Se me han olvidado mis revistas de criquet. Te gusta el criquet? Aquí hay muchos partidos. 

Y sin dejarme responder, desapareció. 

9 de diciembre de 2018

Impacto del Brexit en la Seguridad Social

7 divagues
Siento que no esté subtitulado en castellano. Pero todos sabemos lo que hay. El Brexit no solo no dará £350 m a la semana al NHS, sino que lo herirá aún más, tal vez de muerte.

Veremos qué pasa el martes... Necesitamos un segundo referendum.


Y si alguien quiere profundizar un poco en la historia de esta locura en la que nos encontramos, un artículo interesante aquí: "The paranoid fantasy behind Brexit".