10 de agosto de 2019

Viaje al "continente oscuro" (Sudáfrica 0)

2 divagues
Todo empezó con Shan, la profe de Mini.  Que si les enseñaba el "Madiba dance" en clase, que si el proyecto del trimestre era preparar un viaje a Sudáfrica, que si traía a un padre de la clase que, como ella, era sudafricano para que les hablase del Apartheid... Al final: Resultado! Mini se hizo gran fan de Mandela, de "Table Mountain" y de los safaris (en su proyecto había incluido un safari exclusivo de esos que cuesta una noche como todas mis vacaciones). Lo de las ballenas... eso ya lo llevaba de serie.

Todo empezó en Semana Santa cuando, sin darnos cuenta, metimos el dedito en lo que se iba a convertir en nuestro "año africano". Aquellos días viajamos por Marruecos, uno de los mejores viajes de los últimos años-en nuestra opinión, claro, Mini se atrevió a diferir enfáticamente. Por ello y por veleidades poéticas, parecía justo cerrar el ciclo vacacional de 2019 en la otra punta del mismo continente, "el continente oscuro"  ("the dark continent"). Qué recuerdos: Freud se refirió así al sexo de las mujeres adultas, diciendo algo así como que "se sabía menos de la vida sexual de las niñas que de los niños, pero no nos avergoncemos de esto, resto de señoros con puro de la sala, al final el sexo de las mujeres adultas es el continente oscuro de la psicología". Ahh, tío Sigmund, cómo me gusta resultar oscura para ti: lo peor vino cuando tú creiste tener algo claro y lo interpretaste. Y luego vino tu corifeo. 

Pero divago. Me está quedando esto tal vez algo Jackson 5-"échale la culpa a Mini"-, porque es así. Ni el Peda ni yo teníamos demasiado interés en viajar para ver bichos. No me interesan los "Big 5" (los cinco grandes, que son, yoquesé... el león, la jirafa y eso), ni los viñedos, así que el país no nos llamaba en particular. Pero algo extraño ha pasado mientras preparábamos esta aventura: de repente, nos empezamos a ilusionar, y queríamos ver esto, y aquello, y dormir en casitas de árbol, y ver ballenas, y conducir al lado del mar, y dormir en granjas, y ver ballenas, y llegar al punto más sur de Africa, viendo allí ballenas, y.... bueno, que tenemos unas ganas locas de llegar a Ciudad del Cabo, y ver si lo que imaginamos es cierto.

Como casi no había leído literatura sudafricana (aparte del obligado "Desgracia" de Coetzee), he dado mucho la brasa a gente del trabajo, a la susodicha profe de Mini, a Elena Rius, y al final me he hecho con cuatro libros que no puedo esperar a leer (en imagen). Gracias Elena por las recomendaciones.

No sé cuándo volveré a escribir, ni si lo podré hacer sobre la marcha, o tendré que dejarlo para Septiembre. Primero hemos de volar a la península para recoger a Mini, y de allí lanzarnos a muchas horas de vuelo, pasando por, Addis Abbeba, creo. Aeropuerto que según Fashion "mejor no os quedéis colgados porque es literalmente un pajar". En todo caso, si no es aquí, espero aparecer por las noches por Instagram. 

Mientras escribo esto, una pena inmensa que me tiene agarrada aquí, detrás del esternón. Estas son las primeras vacaciones en mucho tiempo en las que no estará el divagante Luxindex acusándome de los peores delitos de evasión de impuestos por salir tanto de la isla.  Le echo de menos en cada divague, y hoy mucho más. Ojalá esté bien, allá donde esté. 

Ojalá todos estéis bien y todas disfrutemos, aunque sea desde nuestro sofá,  del freudiano "continente oscuro". 

8 de agosto de 2019

"El templo del pabellón dorado" de Yukio Mishima: Síndrome de Heróstrato, en serio?

0 divagues
Hoy, cuando he subido a poner el libro de Yukio Mishima que terminé ayer, "El templo del pabellón dorado" (Kinkaku-ji, me gusta mucho más en japonés) al lado de "El marinero que perdió la gracia del mar", he abierto este último y me lo he encontrado con muchos subrayados, justo el que he abierto decía que "el protagonista cumpliría 34 años en Mayo", y yo había comentado con lápiz en el margen, "yo también cumpliré 34 en Mayo!". Esto da una idea de hace cuánto lo leí y tal vez explique porqué me gustó más, o guardaba mucho mejor recuerdo que de este que ahora termino. No es lo mismo leer algo con 20, que con 40. Como diría Mandela, "No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuanto has cambiado tu” . Yo lo adapto: "No hay nada como volver a una lectura que no ha cambiado, para darte cuenta de cuanto has cambiado tu”.

En todo caso, esto no era una relectura, más bien podría ser el retorno a un autor. Y Mishima me ha parecido por supuesto ese extraterrestre, por japonés -ahora lo sé de primera mano tras haber viajado por allí-, y tal vez por leer la traducción al inglés. Ha habido momentos en los que me perdía y tanta elucubración (divague!) sobre la belleza del templo se me hacían cansinos. O tal vez es que en algún punto me recordaba a Murakami (de hecho, la dirección es inversa:  Murakami sería el que le "homenajearía a Mishima), con ese nihilismo juvenil, con ese suicidio tan obligatorio, con ese sexo aséptico, hecho con guantes de goma y con esos personajes que son todos casos clínicos de un psiquiatra del neurodesarrollo. 

Porque con los personajes de los japoneses, una nunca sabe si enmarcarlos en el espectro autista o si tal vez esa rarunez, ese hikikomori se puede explicar desde lo cultural, interactuando con lo que traen de fábrica. Esto me pasaba con el protagonista de-dejadme llamarla-Kinkaku-ji, que durante la mayor parte de la novela puede pasar como el inadaptado autista, pero que luego se va poniendo más interesante (para mí), cuando empieza a mostrar rasgos psicopáticos.  

Lo que no sabía al comenzar a leer es que esta historia está basada en hechos reales-a partir de aquí, quien quiera mantener el misterio, que deje de leer. Ni lo sabía cuando visité este templo hace ya tres años. Al parecer, hubo un monje joven del Kinkaku-ji que sufría de esquizofrenia, y que terminó quemando el famoso templo dorado. El propio Mishima le visitó en la cárcel para documentarse para la novela.  Esto me ha llevado a otro libro titulado "Terrorismo para auto-glorificación: el Síndrome de Herostratos" de Albert Borowitz's (Terrorism For Self-Glorification: The Herostratos Syndrome, 2005), y aquí es donde me he quedado enganchada. 

En primer lugar pensando si Mishima supo describir la enfermedad mental que aquejaba a ese pobre monje esquizofrénico. Como digo, leyendo la novela una se pregunta si tiene problemas de comunicación social o si tiene rasgos psicopáticos, pero en ningún momento queda claro que el monje perdiera el contacto con la realidad, que es esencialmente una psicosis . Un esquizofrénico quema un templo porque hay una voz en su cabeza que le dice que lo haga, o Dios le dice que lo haga, o piensa que es Juana de Arco y ha de vengar el haber sido quemada.  Un psicópata se puede entender que queme templo por auto-glorificación, son narcisistas ante todo, centrados en ellos mismos, superficiales e inseguros, en el fondo. El personaje no queda, entonces, bien demarcado, si lo que quiso el autor fue mostrarnos al personaje real en esta ficción.

Dejando la novela, paso a fijarme en el "Síndrome de Heróstrato". Entra wiki: Heróstrato (en griego Ἡρόστρατος) fue un pastor de Éfesoconvertido en incendiario. Fue responsable de la destrucción del templo de Artemisa (diosa Artemisa o Diana) de Éfeso, considerado una de las siete maravillas del mundo, el 21 de julio del año 356 a. C., coincidiendo, según Plutarco, con el nacimiento de Alejandro MagnoLa confesión del propósito de su crimen le fue sacada bajo tortura: su único fin fue lograr fama a cualquier precio. Al descubrirse la intención del incendiario, se prohibió bajo pena de muerte el registro del nombre de éste para las generaciones futuras, como vemos, con gran éxito. Por eso cuando hay actos de terrorismo hay muchas voces que sugieren que no se les dé publicidad, no solo por ellos, que es retroalimentarlos, sino por posibles imitadores, o incluso todos aquellos pirados que les mandan cartas de amor a la cárcel. A este respecto, especial estupor me causó la historia de Ted Bundy: en el docu de Netflix ya da pavor solo de verlo, pero aún hay una oligofrénica que le sigue por todas las cárceles, y que se queda embarazada del psicópata en un vis-a-vis penitenciario. 

No he leído el libro de Borowitz, aunque la idea de analizar "los motivos del terrorismo desde la Grecia clásica hasta nuestros días" parece muy interesante. Dice que el terrorismo no puede ser objeto de una sola disciplina, sino que la religión, la filosofía, la historia, la mitología, la literatura (Chaucer, Cervantes, Mark Twain,  Jean-Paul Sartre) tienen mucho que decir. Y yo me pregunto: y la psiquiatría y la psicología? Y la política/sociología? No sé, digo, sugiero, planteo. Como siempre, nuestro comportamiento es un cocktail de nature-nurture, con lo que nacemos y las experiencias que tenemos. Y si agitas, y abres antes de tiempo, a veces te pones perdida. 

Como el pobre monje de Mishima: tartamudo, de familia disfuncional, inadaptado y al final, sicópata. No sé si lo he comprado, si lo que tenía de verdad era un psicosis, pero igual soy una friki de la sicopatología. Sobre todo me duele que la gente con enfermedad mental lleve mala prensa: tiene una persona con una enfermedad física la culpa? Pues por qué alguien con enfermedad mental? Ahora, en la novela hay descripciones hermosas y reflexiones de otra época y de otro mundo (no solo porque es otro planeta llamado Japón), por las que merece la pena leer el libro.

1 de agosto de 2019

Feliz 200 cumpleaños, Herman Melville!

9 divagues
El 1 de Agosto de 1819 nacía en Nueva York Herman Melville: hoy cumpliría 200 anios. Parece ser que hay festividades en Massachusetts por la efemérides, que a mí me pillan demasiado lejos. Aunque, qué más da, realmente no me gustaría ir a ninguna celebración con bandas de música, proyecciones masivas de la peli de John Houston con mi amado Gregory como Ahab, charlas con académicos que cuentan lo esperado y, en general, gente gente gente. Melville se embarcó en el Acushnet en busca de, no sé, aventura, ballenas, material para escribir, pero un ballenero siempre es para mí soledad, incluso con todos los "mates" durmiendo hacinados a tu lado. Estar en medio del mar es siempre vulnerabilidad, pérdida de control y estar en manos de los elementos. 

Algún día quiero ir a Cape Cod a ver las ballenas y a pasearme por las calles que recorría Ishmael -para gran decepción, lo sé, siempre pasa con los sitios que tenemos en nuestra mente en un púlpito, y encima si los han transformado en vendo! vendo!. Pero este anio espero ver ballenas por otras latitudes, donde seguro que también ellos esperan vender algo: qué pereza de mundo. Salvemos las ballenas!, dirán, mientras venden reproducciones de ballenitas de plástico, y botellas de plástico y una pequena cajita que parece una televisión-de plástico-donde se proyectan fotos de ballenas-o esto ya es tan viejuno que no existe? Cierta nostalgia encontrarlo. Pero no es solo el plástico: me pregunto hasta cuándo vamos a poder meternos en aviones a tomar por culo (disculpen mi francés) sin vergüenza. Cuando volar sea como ahora fumar en interiores: llegará.

Mientras tanto, celebraré el cumple de Herman abriendo mi ya amarillo y dog-eared (no que yo doble las esquinas, pero está "usado") Moby-Dick. Como siempre, enseguida encontraré una cita subrayada que quiero copiar, y me intentaré asegurar (tal vez sin éxito) que no he braseado ya a los divagantes en el pasado con esa cita en particular. Y compruebo: porque aquí está la del principio de la novela, "Call me Ishmael",  aquí cuando me sentí Ishmael en una noche de tramadol y morfina, aquí cuando me encontré con fantasmas en el South Bank a propósito de la blancura de la ballena, o cuando divagué sobre lo blanco, apoyándome en Melville,  con el libro de Mo. Y aquí, no es Melville pero hablo de un libro sobre ballenas, y acá no es ballenas, pero es Melville, su famoso "preferiría no hacerlo". 


Y creo creo creo que la cita por la que se ha abierto hoy mi libro aún no la he divagado, así que aquí va, con toda la emoción con la que siempre comparto cualquier texto que tenga que ver con este autor que ha dado tantas horas de felicidad. Felicidades Herman!

“All men live enveloped in whale-lines. All are born with halters round their necks; but it is only when caught in the swift, sudden turn of death, that mortals realize the silent, subtle, ever-present perils of life. And if you be a philosopher, though seated in the whale-boat, you would not at heart feel one whit more of terror, than though seated before your evening fire with a poker, and not a harpoon, by your side.”


27 de julio de 2019

Viviendo la vida "Friends"

14 divagues
Finales de Julio. Mis padres, que vinieron a principios, se han ido (dejando algo de comida en tapers), y llevándose con ellos a Mini, que ahora pasará una quincena con sus aitonas en Donosti haciendo "multisurf". 

Desde el miércoles, El Peda y yo hemos quedado solos. 

Recuerdo vagamente que hubo una ola de calor en Londinium (siempre breve, ya se ha ido). El jueves fue el día que mayor calor he pasado nunca en este país, y en la vida: culpo a la humedad y a la falta de preparación. Este país colapsa ante el frío y el calor, pero ni siquiera extremos: no es ni Córdoba ni Moscú esto, pero igualmente no lo pueden sobrellevar. En la Seguridad Social solo tenemos ventiladores. Fue horroroso. Acabé usando mi método de emergencia veranos estudiantes en Vetustas: meter la cabeza bajo la ducha fría, todo el pelo mojado, monio. Uno en el pasillo debió pensar que estaba sudada, o bien se ofuscó porque llevaba un top blanco. Fiesta de camisetas mojadas en el NHS. En serio: era la guerra. 

Tras las comidas perfectamente regimentadas de los días con mis padres, nos hemos tirado en brazos de la apatía (piensen "Body Heat", pero sin el hielo). Dirán que exagero, que 37 o 39 grados. Igual, pero no sola yo: hubo grescas en los lidos (piscinas públicas). En el del parque de Brockwell, 500 acalorados pedían paso. Tuvieron que llamar a la policía. Era "The Road". Mi gran idea fue ir a Hampstead Heath, a los lagos. Tres horas de fila, leí: operación abortada. Odio esta ciudad: no se han ido todos de vacaciones? Vetusta era de verdad una ciudad de Rodriguez en Agosto... pero esto? Filas?

Pero divago, hablaba de la apatía del comer, pero es que el taper es de lentejas. Mi madre nos odia: está claro. Perpetramos a duras penas una media ensalada. A los 10 minutos tenemos hambre. El Peda ha comprado cacahuetes rodeados de picante pakistaní, que tal vez me ayude con mis senos frontales bloqueados. Ah, no he comentado que con este calor tengo catarro. Hace una semana perdí la voz, pensé que Freud tendría mucho que decir (afonía histérica), pero ha evolucionado a un catarro con tos seca nocturna que está haciendo mis delicias y las del Peda. Catarro psicosomático. O algo. 

Y no termina todo ahí: el Peda me informa que las dos tabletas de chocolate que ha comprado están en el frigo, que si no se derriten. Madre mía, esto es jauja. Mis padres han dejado polos. Hace anios que no me como un polo, y no es un Colajet, mis favoritos de los ochenta, pero hey, me como un polo. Hay que refrescarse, quitarse esa tontuna catarral estufa. El Peda se va (de nuevo) a Tesco con alguna excusa (probablemente leche para su hongo, para su kefir fantasma, pero yo creo es para pasar un rato en la sección congeladores) y vuelve con medio litro de helado de caramelo salado. Venga, sea.  Mientras vemos una peli de Linklater-no hace falta decir que aderezada de algún snack insaludable- que "decrece en mí". Pero al ir a la cama nos sentimos fenomenal porque "hemos cenado una ensalada pequenia".

Ha habido un problema con la cerradura de la puerta comunal, y Rose, la anciana del piso de abajo, azoradísima. La idea de ser robados es ya ansiogénica en sí misma pero, sin quererlo, introduzco un nuevo fantasma, tras mi llamada al cerrajero: la nueva cerradura tiene que ser probada anti-incendios (no olvidemos que se quemó la ciudad en 1666). Rose se viene abajo con los conceptos "fuego" y "cerradura" en la misma frase y está subiendo cada 3-4 horas -excluyendo las noches, God Bless Her, porque seguro que las pasa en vela- para hablar del tema. Intentando extinguir el comportamiento, hemos optado por salir en bragas a la puerta (que es por otra parte nuestro atuendo, he dicho algo de la ola de calor?). Empezó el jueves el Peda, saliendo en calzones. Rose hizo un ruidito y afirmó que subiría cuando yo llegase (el pii del Peda es el polimalo). Al rato, sí, salí en bragas y tirantes, aclaré su duda, se fue, pero ha seguido subiendo. Qué será lo siguiente? Salir en bolas con una máscara africana?

Hoy hay que hacer la compra, es sábado. El Peda: vamos a comprar algo en serio o pasamos estas dos semanas como adolescentes? Mi Kuniado el JAL cuando se queda solo vive de "navajuelas chilenas". Cuando se mudaron aquí y estuvieron unos días solos con el Peda (ni idea de dónde estábamos Mini y yo, probablemente haciendo algo respetable), tuvieron lo que ha pasado a ser conocido como "los días de "Friends", como en la serie, no que fueran amigos. O sea, esa vida que todos soniamos, jóvenes guapos e ingeniosos en Nueva York. Y eso que no he visto la serie, pero sí el capítulo en el que camea Brad Pitt, y yo también quiero ser de Friends. 

Así que el Peda y yo estamos siendo una versión fea de Friends, comiendo insano, viendo pelis con snacks criminales y sopesando si ir a pegarnos con chusma a la puerta de un lido local. Y así dos semanas. Justo ahora llama una amiga con la que me había enfadado para pedirme que si iré en estas dos semanas a alimentar a sus (putos) peces. Aún me queda el enfado, pero cómo negarme. Los peces no tienen la culpa de que su duenia sea una hiena. Pero he sopesado envenenarlos, es fácil, solo ponerles mucha comida de esa pestilente. 

Estos son mis planes para estas dos semanas. Y escribir Serial, en el que, dado mi talante, aparecerá un Serial Killer. Como yo: estoy killer. Pero no importa, porque nadie lee. Si no, para días me delato con lo de los peces. 

Como en los viejos tiempos, le pondré banda sonora a este divague tan cuerdo que me ha salido. Una vez -maremía hace  9 anios-ya divagué sobre el verano en la ciudad, con el obvio Joe Cocker, y un divague mucho más centrado y amable. No sé, esa era yo? Nueve anios después estoy comiendo tiramisú viendo "Agonía y éxtasis" de Almodóvar, y con esta canción tan macarra como yo pegada toda la tarde, "Cum on feel the noize", la versión de Quiet Riot de la original de Slade. El video parece hecho para nosotros estos días: We get wild wild wild... 

So come on, feel the noise
Girls, grab your boys

We get wild, wild, wild
We get wild, wild, wild


24 de julio de 2019

Serial. Ocho.

0 divagues
-No me lo puedo creer! Y entonces qué dijiste?

Esta era Yolanda, que no se había quitado su bufanda azul, y con la que había quedado en Serotonina, el amago de pub que, regentado por los más entusiásticos de esto de lo social, existía en Banderley. Estaba bien lejos de Banderley-C, en lo que debieron en su día ser unas caballerizas. Era una habitación rectangular, con una barra de lado a lado, y mesas, sillas, sofás... hasta un diván, cómo no,  claramente de enésima mano. El techo era a dos aguas, con vigas maravillosas, que casi se podían tocar si subías por la escalera de caracol a la mezzanine, que ocupaba la mitad del área, hacia el fondo. Hoy era mi primera noche en Serotonina, con Yolanda, que no tenía ningún interés en hablar de quién había dado a un bar nombre de neurotransmisor, cuando intenté comenzar por ahí la conversación.

-No me lo puedo creer! Y entonces qué dijiste?

Yo creo que solo le faltaba dar palmitas, tal era la ilusión. O el morbo: una nueva, en Kraepelin, la Sala de Cook, no todos los días tenemos esa carnaza en Banderley. Empezaba a atisbar porqué todo el mundo me había mirado con lo que ahora tengo claro es pena cuando se enteraban, en la fiesta, en los pasillos, en la tienda, de que me había tocado ser residente de Cook, el mítico matón que llevaba 30 anios en Kraepelin. Porque preguntarme algo teórico nada más entrar, delante de varios desconocidos era el principio de marcar su terreno: aquí mando yo. Y si quieres aprender, (entra flashback ochentero, "Pero la fama cuesta, y aquí es donde va a empezar a pagar, con sudor", dice la profe aquella de baile, solo para los de mi generación), vas a sudar, pequenia. Y nada será suficiente porque es imposible ganar con Cook: ah, que te sabes esta respuesta? Resulta que tienes todos los malditos datos en tu cabeza? Entonces citará a Einstein "no tengo en mi cabeza nada que se pueda consultar", dejándote como una idiota por haber empleado una de tus neuronas (y sus consabidos neurotransmisores) en retener esa información inútil. Sin y con coma: esa información, inútil.  

-Y él siguió preguntando?

Básicamente, Yolanda no me deja en paz hasta que no recito, punto por punto, la última evidencia sobre lo que hoy llamamos las esquizofrenias, que es lo que tuve que cantarle a Cook, con aquellos residentes de mayor grado que ya habían encontrado su lugar en Manderley, bajo el ala de Cook. Le cuento que cuando comienzo con que el neurotransmisor dopamina ha sido liberado en exceso individuos psicóticos, Cook interrumpe para comentar que la dopamina es el "viento del fuego psicótico". Su corifeo se revuelve feliz, murmulla adulando, para que él se esponje. Les ignoro y sigo con que la dopamina normalmente media en la preponderancia que damos a ideas y objetos, luego-barrido al corifeo de lado a lado, y aseguro que no veo ni una sola cara, o son todas iguales-si hay más transmisión de dopamina, eso lleva a que demos una preponderancia aberrante-me arriesgo con esta palabra, ni idea de cómo es recibida, sigo sin ver expresiones en las cabezas sin caras, y Cook está en contraluz, como un malo de Bond más-a estímulos internos y externos, y...

"Preponderancia aberrante?" Este es Cook, desde lo oscuro, seguro que acariciando su gato, con su traje de tweed. "Sí, preponderancia aberrante-y ya, qué hay que perder-las ideas delirantes parten de intentos de explicar esa preponderancia anormal". Una boca de los sin cara, del corifeo, carrapea. Se hace un silencio, decido ocuparlo, es ya una huida hacia adelante: "en otras palabras, la dopamina coge por el cuello a tu atención, hace a las cosas importantes. Si vas con demasiada dopamina por la vida, como los psicóticos, empiezas a sobre-interpretar lo que te rodea... un coche rojo ya no es más un coche rojo, sino que, de repente, los coches rojos están ahí fuera para pillarte. Las ideas delirantes están ahí para explicar esa importancia anormal que le damos a ciertas ideas". 

El corifeo está mudo. Fuera, ha empezado a llover con más fuerza. Lo único que oigo son las tripas del hospital, ruidos de radiadores de hierro que no han sido sangrados en bastante tiempo. Me pregunto si debo seguir hablando, enseguida me queda claro.

-No tiene ni idea, pero tiene coraje. Nos disculpa? Estábamos terminando una reunión a la que usted está invitada, si llega a tiempo. Hoy no es el caso. Gracias. 

Yolanda está al punto de un orgasmo psicosomático-si esta metáfora se me permite. Pero aún me falta lo mejor, y la miro fijamente, me voy haciendo con el drama de este lugar: Yolanda, créete esto: cuando he girado sobre mis talones y ya casi estoy en la puerta, Cook remata.  "Y por favor repase el código de vestimenta del hospital: nunca vuelva a venir con vaqueros". 

Yolanda se tira para atrás, a la vez que aplaude y me abraza, obligándome a brindar con el vaso ya vacío-luego pide otro-. La historia le ha parecido de lo mejor que ha pasado en Banderley en los últimos años.

-Bueno, a Cook de encanta ir de culto. Me extraña que no te haya salido con el origen etimológico de "idea delirante", es uno de sus favoritos. 

Idea delirante es la triste traducción en castellano de la preciosa palabra "delusion". Esta también me la sabía-lo que tiene ser un poco friki, cuando el concepto friki aún no existía. Delusion viene del latín "delusionem" (nominativo delusio, el participio pasado viene de deludere, del verbo delude, de-lude, de-ludere, ludere es jugar: qué bonito. O algo así, en el fondo me alegro de que Cook no haya sacado su latín-otra manera muy británica de dejar claro que has sido educado en la privada-, porque yo lo dejé en Segundo de BUP, y mi friquismo tampoco es delusional. Porque una idea delirante, una delusion, no es otra cosa que una creencia que, aunque falsa, ha sido aceptada como la verdad. Una ilusión es una impresión falsa que nuestros sentidos nos hacen pasar por buena. Una delusion es mucho más profunda que una ilusión, estamos hablando del contenido, no de la forma: no es que nuestra mente vea una sombra de la hiedra en la ventana y le parezca la cara de ladrón; es que sabes que la casa está llena de ladrones, aunque estés bajo el edredón. Cuando Yolanda se va a por más cerveza, ella Guinnes, muy cool, pero yo aún no puedo, pienso en la religión como delusion, pero tal vez deba esperar a un par más de rondas para tocar el tema con una irlandesa.

Porque el alcohol desengrasa, pero además puede invocar al "ate", aquel concepto de los griegos clásicos que me pregunto si debería introducir a la mañana siguiente a Cook y sus palafreneros. El ate es una pasión loca, pseudo-demónica que termina con la razón. Como es sobrenatural, exime de culpa a la persona que ha hecho la burrada de turno. Quién sabe si el ate es lo que hoy llamamos psicosis, que los clásicos eran muy listos: un estado del que no eres responsable, por exceso de dopamina en el striatum. Por ahí llega la Guinness y una Pale Ale local. 

23 de julio de 2019

"El club de los mentirosos" de Mary Karr: Para qué novelar, si tienes esa familia?

8 divagues
Mary Karr, catedrática de literatura y poeta, está hasta los piii de que le pregunten por David Foster Wallace, con el que tuvo una relación truculenta. Es triste a veces enterarte de estas cosas de un autor al que admiras; en general es un asco conocer la vida personal de muchos artistas que han sido importantes para ti- esto daría para otro divague, pero no, que estamos en medio de lo que NáN llamó cuando le conocí "qué hastío de estío". 

Y es normal que esté hasta los susodichos, porque ella no solo es catedrática, sino que escribe maravillosamente, y como el resto, estará ya harta de cositas tipo ciertas fotos en cumbres de dirigentes del mundo mundial (to'tíos) y otra de sus parejas (un tío), o de ver como yo el sábado una despedida de soltera (aún se hace esa parafernalia? ah, que aún de casa la gente?) donde la pava llevaba un velo con el "Futura Sra. Stone". Hará bien Karr pasando de contestar preguntas sobre el genial-pero parece que malagente-Wallace.

Y sí, los escritos de Wallace son impresionantes, y además se suicidó, con lo que pasó al olimpo de un saltito corto, no necesitó triple mortal ni nada-cosa que las mujeres siempre necesitamos, algunas con tacones. Pero tras leer sus memorias de infancia, una llega a la conclusión de que la que tendría motivos para haberse matado, y varias veces, es Karr.

Porque en "The liar's club" (El club de los mentirosos) nos cuenta su infancia con una familia nada convencional, es más, disfuncional, a la que hoy se llamaría directamente abusiva. Una infancia recorrida por la falta de supervisión esa que nos encanta leer en Huckleberry Finn, o que incluso nos recuerda vagamente a nuestros veranos ochenteros en los pueblos de Ejpania, veranos de bici, y pan con chocolate, y río, y noches con linternas jugando a polis y cacos. Pero cuando ambos padres bebían en exceso, el padre se metía en broncas y peleas pasadas por whisky, y las hijas tenían que valerse por sí mismas (cuando no cuidar de los padres), la cosa dejaba de ser un verano de los que contar a las amigas en Septiembre.

Sin embargo, no hay un sentimiento demasiado negativo hacia sus padres, pese a la vida que llevaron con ellos. Aún recuerdo lo que escocía la descripción de Frank McCourt de su familia en "Angela's ashes", esos padres irlandeses que pese al hambre de los hijos, siempre tenían para tabaco, pero Karr logra transmitir empatía y comprensión por esa familia. La madre, una artista muy leía y culta sin reglas ni leyes, prácticamente una forajida de las buenas costumbres, que se refugiaba en el alcohol por una secreto del pasado y por problemas "con los nervios". El padre, aparte de la bebida -nunca falta un día al trabajo pese a los tremendos pedales-y las peleas de bar, parece un tipo como sacado de esas fotos de Dorothea Lange, colgado en una de esas torres de refinería que atraviesan el desierto de Texas, donde transcurre gran parte de la infancia, hasta que la madre se va con las ninias a Colorado.

Ah, sí, porque está también su hermana Lecia, que parece el único personaje negativo de la familia (también la abuela, con su terrorífica pierna ortopédica, que cuando llega pregunta cuándo es la última vez que se lavaron las cortinas-nunca), porque es muy diferente de Mary, el prototipo de hermana mayor, responsable, con recursos, que sabe siempre qué hacer, incluyendo hablar con la poli para sacar a los adultos de líos. Lecia se convertirá en una republicana que hace una fortuna en seguros. No sorprende nada.

La ninia Mary envidia un serial de la tele titulado "Leave it to Beaver" que parece ser la familia perfecta, con la madre que hornea con collar de perlas, y el padre que siempre llega a cenar a casa. Ella que con cinco anios, se abre una lata de tamales fría para desayunar. Que cena con su familia como en picnic en la cama de los padres todos los días. Pero por otra parte, desprecia-como todo el que lea la novela-a los vecinos pacatos que miran las excentricidades de su familia detrás del visillo-como cuando su madre, en uno de sus ataques de "nervios" hace una pira enfrente de la casa y quema toda la ropa y los juguetes de la ninias. También hay escenas con cuchillos, e incluso disparos, pero en la contratapa (que todos sabemos, escribe siempre la autora) se describe como "familia que se ama fieramente". Al final de las memorias, Karr aprecia que en la diferencia está lo especial de su familia. 



Karr escribe con sentido del humor, usa descripciones que una desea que se le hubieran ocurrido antes (como describir una escena desde el reflejo de unas gafas de sol) y te pone contra la cuerdas emocionalmente en muchos momentos de estas memorias. Porque Texas es un territorio comanche, salvaje, donde un tornado se puede llevar por delante medio pueblo y Karr describe el dolor de los padres, desesperación que no tenía ningún lugar donde ir. Y Texas mezclado con esa infancia a la Towanda también produce monstruos como la escena absolutamente terrorífica de abuso sexual a la que es sometida con solo ocho anios. Cuando terminé aquel capítulo, justo antes de dormir, ya supe que me iba a provocar pesadillas, suenios envenenados que hoy afortunadamente no recuerdo, pero que, como dijo Zadie Smith de esta novela "querrás olvidarla y no podrás". 

No podrás olvidarla porque hay ideas e imágenes que habrán para siempre quedado a fuego en tu retina. Porque habrás sentido en tu carne que una no puede confiar en el mundo cuando ha visto el horror, ni creer en ningún dios sobre el que cacarean frases hechas sus vecinos (aunque he leído por ahí que en su vida adulta, Karr se ha convertido al catolicismo. Si pudiera poner aquí el emoji de perplejidad, lo haría). Porque somos pequenios espíritus acarreando un cadáver, que decía Epicteto. Porque el champán es lo más parecido a beber estrellas que nunca harás. Porque la línea telefónica es en algún momento el cordón umbilical que nos sigue uniendo a casi todos los que vivimos lejos con nuestra madre. Porque un inválido es un agujero en el que te derramas en los cuidados, que, en contra de lo que ocurre con un bebé, no te da nada a cambio, sino que te succiona. Porque si te metes a promocionar un libro tuyo antiguo (esto lo aprendí en su epílogo de mi edición, la de 2004), te conviertes en un empleado de tu anterior-yo.

La portada de mi edición resume el espíritu de estas memorias: dos ninias salvajes, tal vez en el columpio de uno de esos porches americanos, esperando desafiantes el tornado, real o metafórico, eso da igual. Y en fuga hacia el infinito, los postes eléctricos, el cordón umbilical que unía su particular fin del mundo tejano con el resto,  del que Mary Karr logró salir y contarlo. 


4 de julio de 2019

Serial. Siete.

13 divagues
Nota previa (no forma parte de Serial): 

Hace 4 meses que no he podido escribir Serial. Las razones han sido, aparte de que este blog se ha transformado en un "blog de viajes" (por una serie de inusuales conjunciones de los astros que han hecho que hayamos viajado más de lo normal), que he sufrido el proceso contrario de la astenia primaveral, "la primavera demencial". Ello no quiere decir que me olvidara de esta serie ni que no tuviera ganas de escribirla. Y al hacerlo me he dado cuenta de lo bien que me lo paso (espero que esto se note) y que quiero hacerlo más. 

He de admitir que para seguir escribiendo, me lo he tenido que re-leer. Y si yo he tenido que hacerlo, ya me imagino que el divagante recordará apenas nada, por lo que incluyo aquí un pequenio resumen.  Ahí vamos: Serial no es autobiográfico, si eso se puede decir alguna vez de algo de lo que escribimos (porque escribimos desde la biografía, vivida en primera o tercera persona, o soniada, o lo que sea). Yo nunca he vivido en un Banderley, pero sí que fui una chica espaniola que vino a UK a terminar su formación y trabajar. Y me gusta leer. Ahí terminan las coincidencias. Esta chica viene sola y en los primeros seis capítulos he contado cómo viaja desde Londinium hasta Whitby, una ciudad muy relacionada con Drácula, y de allí a Banderley, un hospital psiquiátrico victoriano muy gótico, que da mucho miedo. Ha ido conociendo a gente, algunos muy pintorescos, incluida la enfermera jefa de una sala que evoca a la que hacía la vida imposible a Jack Nicholson. La prota, Mariona, vive en una de las casitas para residentes en el campus de Banderley, y también nos ha contado cómo es el lugar y algunos de sus compas, que le organizan una fiesta sorpresa. El último capítulo es su día tras esa fiesta, intentando ordenar en medio de la resaca quién es cada cual, y estudiando en la maravillosa biblioteca del hospital. Este capítulo comienza con su primer día de trabajo. 

Y re-leyendo también me he dado cuenta de la cantidad de "cliff-hangers" que he dejado por ahí. Un "cliff-hanger" es una frase  que sugiere algo para animar la curiosidad del lector, y a la que luego llegará una resolución, o que será parte de la historia. Ya he perdido la cuenta de las cantidad de piedrecitas blancas que he dejado en el camino, que tendré que ir retomando... tal ves debería anotarlas, pensé en la re-lectura. Sigo sin seguir los cánones de escritora de serial, esto es, antes de sentarme a escribir no tengo ni idea de por dónde va a ir... luego me siento (o en este caso, me echo, este capítulo lo escribí en su mayoría tirada sobre la cortina vieja que bajo al parque) y sale lo que sea. El caso es que esto deja claro que no tengo ninguna formación en esto del escribir, ni he escrito -aparte de por estudio/trabajo- nada más largo que una entrada de blog, o un relato, y que lo que salga de aquí es totalmente intuitivo y autodidacta. De hecho, esto queda bien claro en algún momento en que la narradora habla de "clichés", "talleres literarios" y demás. Hay una consciencia y una meta-conversación, si se me acepta, sobre el tema. Vamos, que no promete :), pero por eso os agradezco aún más vuestra amabilidad de estar ahí, al otro lado. Un abrazo, y ahí vamos...


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No me despertó la lluvia contra las ventanas, pero llovía. No había amanecido- lo de  "amanece que no es poco" cobra nuevos significados en estas latitudes-, pero no era tan pronto. Simplemente así son las 8 de la maniana por ahí arriba: noche cerrada. Como deben ser las de los panaderos, pienso. Pero hoy estoy inasequible al desaliento: hoy comienza de verdad mi vida en una Institución Total y una de sus ventajas es que la hora de metro o de tráfico de la gran ciudad, aquí puedes dormirla o malgastarla en dudosas  actividades de mejora personal-esto lo descubriría luego. Porque aunque esto no fue tema en la noche de fiesta, que cada vez cobraba más tintes de irrealidad en mi cabeza, parece que algunos-ciertamente el guapo de la Casa roja-ya se habían nadado un número demencial de largos, o habían practicado tai-chi, o yoga, o tocado su instrumento. Salir de tu Casa las 6 de la maniana era por lo visto encontrarte un mundo de actividad frenética ahí afuera.


Llena de energía, pese a tener que dar la luz para salir de la cama: hoy comenzaba en planta por primera vez en mi vida, y aún recuerdo el pánico disfrazado de ilusión. Qué ponerse: mis vaqueros favoritos, camisa blanca y americana entallada azul marino, pequenio fular blanco, marino y rojo, botas altas a juego con el cinturón. Y no, no era lo primero que cae al abrir el armario: esto estaba estudiadísimo. Cómo no mirar hoy con ternura a mi yo de entonces, que ya no existe: aquella chica prácticamente de pueblo cuya idea de elegancia era lo que hoy simplemente me parece el uniforme de una veinteaniera espaniola pija.

En la sala comunitaria, el Mess, había luz, pero ni un alma. Me tomo un té de pie, no me entran los Weetabix, me he puesto perfume, llevo boli, un cuaderno, chicles. Listado mental interrumpido por Richard, de verdad hablé con él en la fiesta? Rugby, creo que era su tema. Richard también va para Banderley-C. Sin coger chubasquero ni amago de esperar que yo coja cualquier prenda de abrigo, me deja pasar en plan caballero o algo, y yo, como  ha parado de llover, me lanzo al césped  blanco y a la niebla tal cual. Pasada una semana ya conocería otra regla no escrita de Banderley: por mucho frío, por mucha nieve, por mucho viento-todos ellos sucesos comunes en ese sitio olvidado del mundo, creo que por esa razón- jamás se vería a nadie pasar de edificio a edificio con abrigo. La gente simplemente caminaba como se hace en Londres, tan hiperactivos, o encorvados como en Chicago, ciudad del viento. Richard, todo gafas de culo de vaso y pelo rizado que le salía de demasiado atrás, intenta eso tan británico, la "small talk". Hoy es tu primer día, sí, bueno, siempre es duro al principio, sí, cualquier cosa que necesites, me dices, entre las Casas nos ayudamos. Gracias. Estás en la firma de Cook, y aquí se para y me mira, como si yo debiera leer entre líneas, o supiera de lo que me está hablando-cualquier cosa, ya sabes. Y suenan unos puntos suspensivos. Y ya llegamos a Banderley-C, él carraspea, como incómodo, y me seniala: al fondo de ese pasillo está tu sala, psicóticos. Suerte. 

Buenos días, Dra Calleja. No sé cómo recorro el pasillo, tras la palabra "suerte" de mi compa de Casa: creo que  flotando. Al entrar en la sala, en la estación de las enfermeras reina, impoluta, perfectamente maquillada, con su uniforme blanco nuclear, Sister Harding. Buenos días, Dra Calleja, repite, como subrayando. El terror que me produce nada tiene que ver con el de la noche infame en la que aquel Faggin con pinta de enterrador me trajo a Banderley: aquel era un terror natural, nocturno, en un sitio fantasmagórico nuevo, terror de pasillos con eco y "El Resplandor", terror por tu vida, un terror funcional, adaptativo. Pero ahora por la maniana (es un decir, justo empieza a clarear), rodeada de gente, sin riesgos inmediatos, sin sangre escurriendo por las paredes y puertas que no abren, teléfonos cortados, es un terror más "Alguien voló solo el nido del cuco", un terror existencial, opresivo, un terror blanco, un terror de vender mi alma al diablo y terminar como ella. 

Me ha oído, Dra Calleja? Buenos días, soy Sister Harding, me recuerda. Sí, por supuesto, Sister Harding. Cómo ha estado estos días? No ha venido. Su voz es metálica, robótica, criogenizada. Ermm... no sabía que tenía que venir. No tenía, simplemente hubiera sido agradable para usted venir. Gracias, lo siento. No se preocupe, le voy a presentar al resto de personal de la sala. Los doctores están reunidos, suelen hacer una reunión temprana los lunes antes de pasar planta. El metal de su voz ahora me corta. 

Empiezas genial Mariona. Sigo a la cofia de Harding por el pasillo. Vale, que nadie me ha dicho que esta reunión siquiera tenía lugar. Olor profundo a antiséptico.  He venido a menos cuarto, con mucho tiempo, pero cómo saber que, justo hoy, se reúnen a las 8? Se oiría caer un alfiler, en esta sala. Fenomenal, Mariona, gran entrada Mariona. Y entonces, Harding comienza a disparar nombres, como lo haría Hal: yo sonrío, y estrecho manos de enfermeras y enfermeros, y también asistentes de enfermeros, en concreto un tal Craig, único nombre con el que me he quedado, que está tremendo. Claro, los necesitan armarios por si hay que reducir a algún paciente. Venga, Mariona, céntrate, que ya has entrado por la puerta grande con Harding, y ahora espérate con Cook et al. Y sale más gente: estos son terapeutas ocupacionales, y en la última puerta están los psicólogos, ya los irás conociendo: no tengas prisa. 

Prueba superada-aunque mi memoria de trabajo solo ha registrado Harding-Craig-Harding-Craig. En bucle, del que me saca un hombre altísimo, brazos cruzados, pelo a lo Ludwin-van, pantalones caídos. Es la nueva? Voz grave, cavernosa. Sus ojos, topicazo, son los de la locura. Sí, Mr Wood, le presento a la Dra Calleja; ahora, muchas gracias (mi primer contacto con el "gracias" como sinónimo de "váyase"). Hoy no ha pasado el carro de la medicación. Sí, Mr Wood, ha pasado como siempre a las 7:30, gracias. Mr. Wood me mira, encoge aún más sus ya pequenisimos ojillos y, locutor de radio nocturna, "Me gusta cómo hueles", se gira sobre sus talones, se va. 

Sister Harding modela para mí con su comportamiento la manera de manejarlo: ignorarle, avanzando rápida por el pasillo, nada ha pasado. Cuando la alcanzo, está llamando a una puerta y,  con su monotono, "Dr Cook, le presento a la nueva residente", me tira a los tiburones.

Bienvenida, llega tarde, pero justo a tiempo... estamos hablando de en qué otro desorden, aparte de la esquizofrenia, es mayor la síntesis de dopamina en el cuerpo estriado?

Por primera vez desde que salgo de casa, caigo en que no llevo abrigo. "En la manía", contesto, luchando para que no me castanieen los dientes. 

25 de junio de 2019

"Booksmart": Chica, sí que me representas

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"Booksmart" es una peli dirigida por una ex-actriz a la que yo no conocía (no creo haber visto ninguna de sus películas), Olivia Wilde. El guión, que es de lo mejor de la peli, está escrito también por un equipo de mujeres. Y las protas son dos chicas, una Beanie Feldstein, a la que ya vimos en "Ladybird" el año pasado, la otra Kaitlyn Dever. Dicen que es una versión de "Superbad" protagonizada por chicas: sin comentarios porque no he visto Superbad. A la que sí que me recordó es a "Bridesmaids" (2011), una cinta que puede parecer que va de incidencias cómicas alrededor de un bodorrio, pero en realidad de lo que va es de La Amistad, y esto lo convierte en tragicomedia: la sensación de pérdida de tu mejor amiga cuando esta se casa, el pánico tratando que eso no pase. 

Al igual que en Bridesmaids, yo me emocioné con el final de Booksmart... y quien no lo haga, que se vaya con Dorothy a Oz a buscarlo que le falta. Pero pero pero, antes de nada, acabo de descubrir que en castellano la han titulado "Superempollonas". Socorro. En serio: alguien me ayude. Porque las dos protas, grandes amigas durante todo BUP (vale, en América es High School, y aquí en UK Secondary School, y en Ejpein ahora a saber si ESO, EPO, EPIC... para mí siempre será BUP) son las típicas ratonas de biblioteca, lectoras ávidas, interesadas en política, y en llegar a una univeridad de las Ivy League  (Yale, Harvard, Stanford...). Unas chicas interesantes, hoy las llamarían "geeky" o "nerdy", no sé cómo se las llamaba en la época de BUP. 

O como se nos llamaba, porque quién fue una de ellas? Paso adelante. A ver, tampoco un caso extremo, gafas culo de vaso, carpeta sobre el tórax, clearasil y mínimo contacto visual: esa no era yo, como tampoco lo son Molly y Amy, estas dos chicas. Pero, como ellas, tampoco estaba en el grupo de las "chicas malas" que en BUP ya lo estaban probando todo, y que traían de cabeza a las monjas. No: yo era el sueño de las monjas (me arrepentiré de haber escrito esto, lo veo ya), estudiosa, metida en todas las movidas escolares, participativa en clase (todavía, supongo con ideas aceptables por el establecimiento monjil), ganadora sistemática de concursos de relatos Navideños.  Había una monja anciana, que ponía mi nombre y el de mi amiga debajo del mantel del altar "para que nos diera vocación". Madre mía, si me vieran (o leyeran) ahora, pobres monjas; mi amiga de entonces no, esta ha acabado con una perfecta familia cristiana, tres ninios, gente de bien (a quién votará, me pregunto; los papelitos de la monja llegarían ahí de lejos?): aún se la encuentra mi madre en la misa de 8 de domingo en El Carmen, donde van todos los pijos de Vetusta.

Conmigo no hay que aclarar que el papelito lo petó. Y además que, siguiendo el dicho "el caballo que de joven no trota, luego galopa", luego hubo que recuperar los años perdidos (corramos un tupido velo), como las protas de la peli, que lo intentan hacer en una noche. Ah, esas noches míticas que empiezan casi sin querer y por la que pasan los lugares y la gente como si en una barra de sushi, y sobre las que opera, a la mañana siguiente el proceso de mitificación clásico y anios después su épica ya alcanza a la Eneida, y todos los involucrados participan de la narrativa y al final, es lo que pasó. Porque eso es la memoria: no lo que pasó, sino lo que nos contamos que ocurrió. 

Y aún no he contado porqué me emocioné, pero igual lo dejo para el divagante que vea la peli. En la infancia y adolescencia, la amistad es tan importante, vertebra tu vida, te valida, eres tú. Y no sé si fue eso, la separación de esa persona que lo ha sido todo para ti,  o más bien lo que tiene el final de la peli de cambio de etapa, de "coming of age", de "bildungsroman" (sé que esto es novela, pero me encanta esta palabra y la iba a meter igual). Una etapa enorme se acaba. 

Igual estoy algo nostálgica porque la semana que viene será la última de Mini en primaria. La pasarán ensayando la obra de fin de curso, que será el penúltimo día. Tal vez recuerde el divagante de la primera fila que el año pasado Mini fue una "Alicia-FridaKalho" genial en "Alicia en el País de las Maravilas"; este año será Tallulah en "Bugsy Malone" (e incluyo su solo abajo "My name is Tallulah": nota: cómo se pega esa canción y Jodie Foster da mucho miedo). En Septiembre, Mini comienza BUP (o EPIC, bueno, no exactamente, pero se me entiende). Ninguno de sus amigos irá al nuevo cole pero espera seguir en contacto con alguna de sus amigas. Se acaba una etapa y ella dice, "creo que el último día voy a llorar". Y yo creo que también. 

Pero por no terminar de bajona, Mini me informa: "mummy, hay una regla no escrita de que en la última fiesta del colegio, si una chica y un chico se gustan, han de besarse".  Y, aunque no se me permite decir nada, solo un titular: buscoaunhombrellamadojack va a ir a la fiesta (!)

7 de junio de 2019

"Los días iguales" de Ana Ribera: otra vez, el blanco como el terror.

9 divagues
La experiencia física de tener entre tus manos “Los días iguales” de Ana Ribera es maravillosa. El libro es casi cuadrado, algo que me encanta, y tiene un tacto familiar, de otras veces, pero que no sé nombrar. Hace años escuchaba en la radio un programa de literatura llamado "la piel suave" y a eso me ha recordado tocarlo. La edición interior es también preciosa: los capítulos vienen precedidos por unas páginas amarillas con el título, y en la anterior hay una ilustración siempre muy bien traída de lo que nos hablará la autora. 

Así estás, antes de empezarlo, haciendo circulitos con las yemas de los dedos y pensando qué buen título, ahí en la parte inferior izquierda de la tapa, sobre el nombre de la autora. "Los días iguales" es un título redondo, porque no es ni los días terribles, ni los días tristes, ni los días atroces. El llamarlos iguales tiene una fuerza muy superior a cualquiera de los otros adjetivos, y ya es decir. Pero es que iguales, iguales, iguales, días iguales enfatizados por las cruces blancas brillantes en la tapa sobre un fondo blanquisimo mate. Como las de los presidiarios, es una condena, es una cárcel. Una prisión blanca.  Y precisamente Ribera se refiere al blanco al principio, "cómo no vi esa luz blanca que se acercaba?", lo que me lleva directamente a uno de los capítulos que tengo más marcados de toda la literatura: "the whiteness of the whale" (la blancura de la ballena), a propósito de Moby-Dick, la ballena blanca, metáfora de tantas cosas, entre ellas el horror. Siempre digo que hay que leer Moby-Dick aunque no te interesen las ballenas, porque un autor que se para un capítulo simplemente para divagar (y bien, no como aquí!) sobre el color blanco, merece ser leído de rodillas. 

“It was the whiteness of the whale that above all things appalled me. But how can I hope to explain myself here; and yet, in some dim, random way, explain myself I must, else all these chapters might be naught". 

Así como Melville se marca una novela de dimensiones enciclopédicas, Ribera ha escrito una disección enciclopédica de la manera en que ella vivió una enfermedad tan conocida (por algo la llaman "el catarro común" de la enfermedad mental) y a la vez tan desconocida. Se nota que Ribera ha pensado mucho en por qué a ella, por qué en ese momento, por qué de esa manera. Y la ciencia tiene muchas posibles hipotéticas respuestas a esas preguntas, pero lo fascinante de la enfermedad mental es que nunca será tan clara como la física, donde un conjunto de síntomas (e.g. tos con sangre, fiebre, cansancio, sudor) sugieren un diagnóstico (Tuberculosis?),se hacen unas pruebas (Rayos X) y por fin, voilá, se identifica el Bacilo de Koch. No, en la enfermedad mental nada es lineal, ni hay, en muchas situaciones una relación causa-efecto clara. A menudo los psiquiatras les dicen a sus pacientes que envidian a los otros médicos por lo anterior, pero sobre todo porque, a veces, "muerto el perro, muerta la rabia", y con un buen diagnóstico y tratamiento, ahí puede acabar todo. 

Con la enfermedad mental, hay una serie de factores que predisponen, o hacen al ser humano vulnerable a ella: algunos son biológicos y los habremos heredado (de esto cada vez se sabrá más, y, vale, a mí tampoco me gusta, ojalá fuéramos una tabula rasa y la sociedad fuera la culpable de todo-así sería más fácil matar la rabia), o habremos sufrido insultos (sustancias, infecciones, cortisol, etc) durante nuestro desarrollo en útero, o impactos en el parto, o mil cosas que hoy aún ni sospechamos. También por supuesto factores psicológicos nos predisponen, nacemos con distintos temperamentos (un poco la "personalidad biológica" que con todas las demás influencias en nuestra vida confirmará nuestra personalidad tal como la concebimos luego); otra de las áreas estudiadas ahora en salud mental es la "resiliencia", por qué hay gente que parece fuerte, que lo encara todo, que es como un olivo antiquísimo aún de pie pese a la peor tormenta, y otra es mucho más vulnerable. Se usa la metáfora de los "niños orquídeas" y los "niños narcisos", los primeros necesitan muchísimos cuidados y mimos para terminar siendo una flor preciosa, y los otros, crecen poco menos que en cualquier circunstancia. Ribera comenta también esto lateralmente: su madre es una de esas personas resilientes, una auténtica roca, y ella, la propia autora, da una imagen de serlo. Por ello, la gente le decía, sorprendida, porque es una persona "vital y fuerte", que no le "pegaba nada" que tuviera una depresión. 

Antiguamente se usaba el modelo estrés-diátesis para explicar estas cosas. Decían que, cualquier persona, sometida a unos niveles de estrés elevadísimos, por muy resiliente que fuera, se vendría abajo: por ejemplo, si dejas a la persona más fuerte y equilibrada en una situación de deprivación sensorial por semanas, acabará rompiéndose, pero una persona muy vulnerable necesita muy poco para derrumbarse. Ribera duda de que su depresión fuera causada por un estrés concreto, aunque reconoce que igual hubo unos cuantos que, tomados por separado y en otro momento, no habrían hecho más que rozarla. Pero tal vez estaba en el lugar adecuado en el momento adecuado, en el ojo del huracán, cuando este empezó a formarse. Leyendo el libro (y tal vez me equivoque, hablo como lectora), me deja la impresión de que tal vez, antes que la depresión, la ansiedad vino primero. Ya sé que esto no ayuda a un depresivo a toro pasado (porque queda claro que Ribera sufrió un cuadro depresivo mayor), puede parecer una discusión académica, pero es importante porque, como describe claramente agorafobia, clausfrofobia y ansiedad generalizada, en relación al tratamiento. En primer lugar hay medicación más apropiada para esto (como lo es la Paroxetina, que probó y le funcionó más tarde) y en segundo porque si esta hipótesis fuera cierta, tal vez habiendo tratado la ansiedad agresivamente (a saco con ella), antes de que evolucionara a depresión podría haber parado el proceso. Tal vez, esto no se sabe. 

La psicoterapia que la ciencia dice que funciona para los desórdenes de ansiedad se llama Terapia Cognitivo Conductual. Así muy resumido, está basada en exposición al objeto temido, y a las ideas que lo mantienen. No tiene nada de interpretativo, porque si tú quieres interpretar tu fobia a los pájaros porque tu abuela te amenazaba con el Gallo Kiriko para que comieras, eres muy libre de ello, pero es indemostrable. Lo que sí se puede probar, por ejemplo, es que en muchos casos el paciente fóbico tuvo una mala experiencia- pongamos con un pájaro- que tal vez ni recuerde si era muy peque, y que empezó a evitar, y esa evitación terminó en fobia. Esto me lleva al capítulo que me ha dejado más insatisfecha del libro, el de la terapia. Queda claro que la autora fue sin ganas, pero que le ayudó. Lo que pasa es que, habiendo tomado medicación, con su apoyo social, y con el hecho de que la mayoría de depresiones sin tratar terminan (tras un proceso dolorosísimo para el paciente) por remitir, una no sabe si esta terapia fue clave en su recuperación. Para mí la primera alarma suena cuando la terapeuta no le enseña su "carta náutica", su "mapa de carreteras", sus objetivos y cómo va a cumplirlos, y cómo piensa medirlos. Toda terapia basada en la evidencia debe ser muy explícita con el paciente "esto se llama así, y funciona asá, y de esta manera vamos a medir que funciona". Eso sí, me gusta cómo Ribera nos habla del lugar, de cómo llega a ese barrio, y cómo lo enmarca dentro de algo que para ella es muy importante y que repite durante todo el libro: "sentirse segura", vital para todo ansioso. Me gusta que Ribera no ha endiosado a la terapeuta ni ha entrado en negación, contándonos ciertos detalles como que “tenía escondido un reloj para controlar el tiempo en las sesiones”, su paquete de Kleenex cutre de Lidl, o cuando dice que es "alguien que te escucha por tu dinero". La autora le contaba sus sueños a la analista -confío en que, aunque no entrase en los debates de la función del sueño REM (en el que ocurren los sueños más vívidos) en la depresión, por lo menos no se los interpretara. En pleno siglo dieciveinte. 

Una de las intervenciones de esta terapeuta, me parece que la más apreciada por Ribera, es cuando el primer día le dice "deja de luchar" (el "let it go, let it go" de Elsa de Frozen suenan en el fondo de mi cabeza). Esto me ha causado mucha confusión durante la lectura: por una parte Ribera nos dice que ha pasado mucho tiempo pretendiendo que está bien, y que esta mujer le da permiso para decir y asumir que está mal, que ahora tiene que dejarse cuidar, y que deje de luchar. Sin embargo, la autora ya había estado lo suficientemente mal como para ir al médico, o para que su familia se preocupase por ella y la mandaran a terapia, para estar de baja. Para qué le da permiso la terapeuta? Así como hemos dicho que el principio activo de la terapia cognitivo conductual de la ansiedad es la "exposición", el de este misma terapia para la depresión es la "activación conductual" (behavioural activation), que consiste en, gradualmente y siempre de la mano del paciente, empezar a hacer cosas que este ha dejado de hacer que antes le gustaban, le apasionaban, le causaban placer. Uno de los síntomas más devastadores de la depresión es algo llamado "anhedonia", que viene del griego (qué bonito, de hedonismo): incapacidad de disfrutar nada. A veces, el paciente está tan deprimido, que ni pasito a pasito puede comenzar este proceso, y se necesita medicación para que te dé ese empujón del que físicamente eres incapaz (de hecho, es por eso que en según qué casos de depresión severa, hay que tener cuidado porque esta misma medicación al principio es la que te puede dar la energía y capacidad de planificación suficiente para suicidarte). Pero cuando hacemos algo que nos gusta, esto nos hace inevitablemente sentir un poco mejor, si somos buenos en ello, eleva nuestra hundida autoestima aunque sea un milímetro, y podemos estar en el camino de la recuperación. Esto es algo que se deja muy claro en terapia, con mucho más detalle. 

Pero el caso es que Ribera, tal vez sin la supervisión ni el apoyo de su terapeuta, va haciendo esto ella misma, porque es de sentido común: le piden un artículo, le cuesta la vida, pero lo entrega. La invitan a una charla, piensa en cancelar, pero con ayuda de su amigo Juan, la da. Es la fiesta de su madre, se arremanga y pese a estar fatal, intenta dar la cara. Y así muchas veces. Ella no lo deja todo, siempre. Deja muchas cosas, que simplemente físicamente no puede hacer, pero aquellas que ella intuye más importantes, que le van a hacer sentir un gramo mejor, las hace. Eso me gusta y cada vez que lo leo quiero decir "hip hip hurrah!". Con ello no quiero culpar al paciente que no hace nada para intentar salir, que lo deja todo en manos de la medicación, porque tal vez no pueda. Porque genuinamente, igual no pueda, y demasiado desgracia tiene ya con eso. Pero hasta para los profesionales, los pacientes deprimidos son un reto: conozco a una psiquiatra forense, acostumbrada a los peores psicópatas, a la que enviaron unos meses a un equipo de trastornos del ánimo. Me contaba que salía ella misma triste y apagada, como si le hubieran quitado la energía, de aquellas sesiones. "Anímate" es algo que a Ribera cabreaba inmensamente, y cómo puedo entenderla: sin embargo, algo que le dijo su amigo a través del Atlántico cuando no publicaba el blog tiene una inmensa sabiduría: "escribe un poquito hoy, otro poquito mañana, sube peldaños de esa escalera", ese es el amigo que queremos tener, no el que te dice "anímate". También entiendo la exasperación de la autora cuando su madre le decía "exagerada" ante sus dramáticas descripciones de un dolor de cabeza, pero es que uno está deprimido como es: alguien vital y payaso, hará un deprimido melodramático, con muñeca en frente y cabeza echada para atrás. Alguien introvertido, probablemente se meterá aún más en sí mismo. 

Aunque esto también le pasa a Ribera: "enmudecí", nos cuenta. Esto me ha recordado un caso de duelo patológico del que me hablaron hace poco: a un hombre mayor se le murieron dos hermanos en poco tiempo, y simplemente ha dejado de hablar. Se sienta ahí, y está, pero no habla. Hace mucho años también vi a una mujer, hasta arriba de negro, como ya no existen, que había hecho un duelo patológico tras la muerte de su marido: esta sí hablaba, pero su problema es que le veía. Nunca me olvidare del estupor con el que lo contaba. Pero divago: como decía antes, Ribera enmudece pero tiene otros rasgos atípicos en una depresión que la salvan de ella: logra mantener la concentración. Sufre todo el resto de cuadro somático de la depresión, pierde el apetito, y un montón de peso, por supuesto no duerme, y tiene el famoso despertarse por pronto por la mañana, y el sentirse peor entonces, la falta de energía, la letargia, la pérdida de libido: es de libro de texto. Pero el poder el mantener el foco, la atención la salva porque puede seguir leyendo, una de sus pasiones (activación conductual! activación conductual!) y escribiendo. 

El capítulo que dedica a escribir es el que más me ha gustado de todo el libro. Con ella coincido en motivos: escribir para pensar, para aclararse, para una misma (y si de rebote, nos leen otros, a los que pueda interesar, hacer pasar un buen rato, eso ya es la pera limonera). Comparto la ilusión, lo que te hierve dentro cuando has tenido La Idea y quieres escribirla. Escribir para saber mirar, el mismo proceso que sigues como fotógrafa cuando observas la realidad a través de ese marco. En este capítulo Ribera utiliza una metáfora preciosa: los posts que escribió al principio de la depresión eran piedras redondas colocadas para cruzar un río que ella tenía que lanzar, una vez escritas, y ponerse encima, viendo correr el agua, mientras que escribía el siguiente, sobre el que saltar, y así, pasito a pasito, llegar a la otra orilla. Haciendo. En ese capítulo Ribera se da cuenta de algo terrible, pero real: "esperar a qué? No iba a venir nadie". Y termina "sé que no me curé por escribir (...) no sé nada del valor terapéutico de la escritura". Yo diría que la escritura es terapéutica para quien, como ella, ama escribir. Para quien ame la pesca, pintar, la música, lo que sea... será ir piedrita a piedrita re-conquistando cada una de las cosas que nos hicieron felices. 

Igual que con la metáfora de las "pasarelas" (me acerco de puntillas en este blog a este tema de las piedras para pasar un río, véase unos divagues pasados), he disfrutado con otras. Como la de la woolfiana "habitación propia" que se monta a modo de "cocoon" para protegerse del huracán (estoy ahora leyendo "The liars club" de Mary Karr, y tengo los tornados particularmente vívidos en mi mente). O la de los cuadros que va a quitar y subir al altillo, pero cuyas marcas están ahí, para ella, como aviso, para el resto de su vida. Continuamente personaliza la depresión, como un monstruo atroz que se engorda con su sufrimiento y que continuamente quiere su mal: al final reflexiona sobre que ella se ha trasformado en otra persona con esta enfermedad, alguien que no le gusta, y nos damos cuenta de que no lucha con un monstruo, sino con ella misma. Pero al final, vence, con esta frase tan bonita "Yo era la que tenía el miedo, y no él el que me tenía a mí". 

Yo empecé a leer a Ribera en su blog hace mil años, porque una amiga del Peda, Diva, la misma que me embarcó en esta singladura bloguera, me lo sugirió. Lo primero que me atrajo de su escritura fue su sentido del humor, su manera de ver la vida desde la ironía que conectaba con la mía. Cuando Molinos escribía cosas como "el planeta del amor", yo sentía y compartía ese cachondeo, esa mala leche, ese reírse de una misma. Este es un ejemplo de miles (cuando la conocí, yo llevaba sandalias y me dijo "tienes confusión climática"). Pero en el libro, he echado de menos a esa Molinos, aunque la he visto atisbar por ahí, alguna vez, de puntillas, por ejemplo cuando como su excusa para no ir a una reunión sugiere "el perro se ha comido los deberes". Entonces me recordaba que este libro lo ha escrito, a veces, llorando. Yo mantenía la esperanza de que Molinos iba a salir más de la caja de Ribera hacia el final, cuando el blanco deja de ser tan intenso. Pero igual aún es demasiado pronto. 

Ribera es ante todo cauta: no es que no tenga miedo, pero ya no es todo miedo, ella le tiene a él. Y del blanco implacable que quema la retina, ya solo queda la tapa de este libro-memoria, este tour de force, este tornado muy lejos de Kansas en el que no lo perdimos todo.