30 de agosto de 2018

"Slouching towards Bethlehem" ("Los que sueñan el sueño dorado"") de Joan Didion

8 divagues
"Arrastrarse hacia Belén" ("Slouching towards Bethlehem"-el título es un verso de un poema de Yeats) es un libro que recoge artículos que la escritora Joan Didion fue publicando en distintos medios durante la década de los 60, y que fue publicado en 1968. Mientras todo estaba pasando en el lado de acá, en París, ella llevaba una década escribiendo en el lado de allá sobre la fractura de América y otro verso del mismo poema, "things fall apart; the centre cannot hold" ("las cosas se desmoronan; el centro no se sujeta") da una idea de los grandes temas del libro. 

Se divide en tres partes: 1. "Estilos de vida en la tierra dorada", cuyo primer capítulo "Los que sueñan el sueño dorado" da título al libro en castellano (lo encuentro extraño, pero eso me dicen mis contactos -Mo- e internet), publicado por Mondadori. 2. "Personal" (que contiene los inmensísimos "Sobre tener un cuaderno de notas", "Sobre el amor propio", "Sobre volver a casa") y 3. "Siete lugares de la mente" (me apasionan "La costa de la desesperación", "El cuaderno de Los Angeles" y "Adios a todo eso"). 

Por dónde empezar. Si os contara que este libro estaba en mi estantería probablemente desde hace unos 15 años... hace tiempo compramos una de esas colecciones de "clásicos de los 60", que incluía libros de Kerouac, Mailler, Miller, Burroughs, Ballard. Una de esas colecciones que no he leído- una confesión: hay muchos, demasiados libros en mi estantería que no he leído, que parecían "una buena idea en ese momento", y que algún día espero leer, no sé cuándo, en la jubilación? Pues este Didion estaba ahí, con su extraño título, escondido entre todos los hombres "importantes", y en el que me fijé al principio del verano yendo a buscar otra cosa. No había leído nada de ella, y sé que Mo la había recomendado. Así que lo saqué de la caja de los 60 y pasó a mi habitación. 

Lo leí al volver de Grecia y, solo con el prefacio, quedé deslumbrada. Cuando eso pasa, te puedes poner a dar saltitos de ilusión porque seguro que va a significar horas y libros futuros en muy buena compañía. No estás con la duda, como el libro anterior que leí de si te gusta este autor, de vamos a darle unas páginas más. Desde la primera, lo sabes. Y eso no pasa tan frecuentemente. 

1. "Estilos de vida en la tierra dorada"
La primera parte me atrapa además porque es California, el Mojave, el desierto, el Santa Ana, serpientes de cascabel (rattlesnakes), el final de la Ruta 66. Me transporta al verano de 2014, los Pedalistas por allá, o a la lectura de Lucía Berlin. El primer artículo, la historia de una de esas mujeres que se creen al pie de la letra todas las promesas del Sueño de la Tierra Dorada, el sueño americano, y les sale rana. Aquí el futuro siempre parece bueno porque nadie recuerda el pasado, aquí donde una persona de cada 38 vive en un tráiler.  "Cada voz parece un grito. Es la estación del divorcio y el suicidio". Ella quería ver el mundo "y supongo que lo encontró". En contra de lo que piensa Tolstoi, para Didion "los matrimonios infelices se parecen unos a otros" y en esta historia no solo han llegado a "la tregua tradicional, en el punto en el que tantos se resignan a cortar tanto las pérdidas como la esperanza". Se hace un artículo sobre ella porque acaba pasando la raya, cargándose al marido, y termina en una cárcel que, dice Didion, está llena de mujeres que, como ella, de alguna manera entendieron mal la promesa de la tierra prometida. Bueno, los extraños casos en los que son ellas las que matan parece que hay que justificarlos, cómo esta mujer que parece tenerlo todo hace esto. Será el Santa Ana (el viento que enloquece, que también aparece en otro capítulo), será el champán, será el color de tus ojos verdes ciencia ficción. Qué será será. 


En esta primera parte hay capítulos dedicados a John Wayne (por mucho que me aproxime a su edad, este hombre siempre será para mí "un viejo"), a Joan Baez (qué pedrada, todo va de "sentimientos", sus ideas políticas son "vagas" pero ella siente mucho), gente que se toma tantos paracetamoles hasta un punto "a este lado del suicidio". Me gusta tanto esta frase: es visual. Veo la línea, y a partir de aquí, como en todos los espectros, algo pasa, en este caso la muerte, pero estás a un pelo, estás en este lado de la precaria frontera entre la vida y la muerte. 

Capítulo de probable autista rígidamente comprometido con una inmutable compleja doctrina de alguna rama del comunismo más oscuro (a los que Didion comprende, "estoy cómoda con estos que viven fuera en lugar de dentro, aquellos para los que la sensación de horror es tan aguda que acaban en compromisos extremos y destinados al fracaso (...) aprecio los elaborados caminos con los que la gente intenta llenar el vacío". Igual está sicótico, tal es el nivel de amenazas que ve en todo. 

Y el de Howard Hugues, el millonario de la peli de Scorsese, con DiCaprio. Los americanos han hecho de este tipo un ídolo, pero más bien un placer culpable, privado, que no se puede admitir.  Es un héroe no-oficial: "la enorme divergencia entre lo que decimos que queremos y lo que queremos, entre lo que oficialmente admiramos y secretamente deseamos, entre la gente con la que nos casamos y la gente que amamos". Didion sospecha que la vida es verdaderamente un escenario. 

Casarse en Las Vegas, casarse en absurdo. "No hay tiempo en las Vegas, no hay día ni hay noche, no hay pasado ni hay futuro". Qué perfecta confirmación de mi idea de esta ciudad, así es como la imagino, con sus luces de neón, DeNiro  en la mesa del casino, yo de Marilyn, tú de Elvis, todo ahí parado como en aquellas pelis. Ya era así en el 67, cuando Didion escribió este artículo. 

Y por fin, el último que da título al libro (al menos en inglés) "Arrastrarse hacia Belén" es el más largo y nos cuenta la vida de diversos hippies metidos en drogas y en hippismo general en San Francisco en la época. Eran los jóvenes de la América fracturada de la que habla Didion en estos artículos emigrando allí y siendo la parte visible de la herida. Los que nos cuenta Didion: un panda todo el día colgados, aburridos, aburrientes. 

2. "Personal" 
Los artículos van mejorando a medida que avanza el libro y ya he decidido que de "Sobre tener un cuaderno de notas" tengo que hacer un divague separado. Es que soy yo, Didion, me estás contando a mí, petal, y aún no había nacido. 

"Sobre el amor propio" (self-respect, se dice en inglés, y me pregunto si estoy traduciendo bien, el matiz), tan lleno de verdad, porque cómo negar que el peor engaño es el autoenganio, que el amor propio (o auto-respecto) no tiene que ver con la aprobación de otros, a los que podemos engaña con relativa facilidad, ni con la reputación, algo con lo que la gente con coraje no necesita para vivir. La gente con auto-respeto tienen el coraje de asumir sus errores. No tenerse auto-respeto es ser la audiencia de un documental sobre uno mismo con todos tus fallos. Didion piensa que el autorespeto es una cuestión de voluntad, que hay que educarlo... no lo tengo tan claro. 

"Sobre volver a casa" es otro de esos en los que me identifico plenamente con Didion: la relación compleja con su familia. Esas llamadas telefónicas que no dejaron de terminar en lágrimas hasta pasados los 30. Lo que supone volver a casa y volver a la adolescencia. El matrimonio es la traición clásica.

3. "Siete lugares de la mente" 
Y por último, estos siete lugares de la mente que todos tenemos, siete lugares, o tal vez más o menos. "La costa de la desesperación", o la exhibición no de las maneras bonitas de gastar el dinero, sino de lo duramente que el dinero se hace, escaleras de mármol para mostrar a mujeres (migrañosas) guapas. 

"Guaymas, Sonora", que me lleva a ese lugar de mi mente llamado Bolaño y México, y las rutas que una ha de comerse por tierra, porque volar es "missing the point". 

"El cuaderno de Los Angeles" y el Santa Ana, el viento que hace las delicias de los siquiatras con aspiraciones antropológicas (o viceversa, ah  no, que los antropólogos no reconocen la psiquiatría). 

Y por último, "Adiós a todo eso", como el perfecto final para el libro, adiós, adiós, dormir dormir... una de las cartas de amor más bonitas que he leído para una ciudad. Didion vivió de muy joven, cuando comenzaba a escribir, en Nueva York, y describe exactamente lo que es "no es país (en este caso, ciudad) para viejos", ese algo que comparte del todo Londinium. Y aún añade, NY es una ciudad para los más ricos y los más pobres, no hay intermedio. Ay Joan, el mundo es ahora ese escenario, qué hemos hecho. En NY se llora en Navidades, y se pasan en el teléfono intentando encotnrar un vuelo. En NY podías perder las tardes porque tenías todas las tardes del mundo por delante. En NY se está de paso, no se considera el futuro, todo el mundo sabe que volverá a donde sea. Y así le pasó a Didion: en este artículo que cierra este libro maravilloso explica como su cuerpo -sabio-dijo basta, y se deprimió, y probó el sabor de la desesperación. Y tuvo que volver a la tierra dorada. Lo que nos lleva, círculo completo, al principio del libro. Los que suenian con la tierra dorada. 


1 de agosto de 2018

En negación: hay que volver a Londinium (Sp19)

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01.08.18 (miércoles)
Ahora en serio: este es el último día de vacaciones. Lo que pasa es que gran parte del día no lo parece, ya que nuestro vuelo a Londinium es a las 21:35, con lo que pasamos todo el día turisteando. Parece imposible (se llama "negación") que, en 24 horas, vayamos a estar en el trabajo, con esa gente. Quienes sois? No os conozco.
Así que, qué mejor manera de pasar el día que volver a Pelion, a un par de pueblos cercanos a Volos que no habíamos explorado? Planeamos esto mientras desayunamos, porque en el hotel de la familia detalista hay por supuesto todo un señor desayuno incluido. La fauna de los clientes es interesante: una familia rarísima con tres hijas o hijos todos tatuados y con piercings agresivos. A las 1000 nos vamos a dar el último baño de las vacaciones, en otra de las playas y se está genial. Nos secamos en uno de los muelles de madera que separan las playas y a las 1200 dejamos la habitación, rumbo a Pelion.

Nuestra primera parada es con el centauro que vimos desde el coche el primer día. Los centauros, esos seres mitológicos mitad caballo, mitad hombre, vivían en Pelion, entre otros lugares, y me dice Mini que salen en Harry Potter. Nada nuevo bajo el sol.



Pasamos por Portaria (14 kms este de Volos), pero primero vamos a Makrinitsa (3 kms de Portaria), que se ve como una nevada de casitas blancas entre el verde de la montaña.






Makrinitsa es un pueblo perfecto: casas blancas de arquitectura típica, algunas colgadas de la montaña, 6 iglesias, un monasterio, fuentes por todos lados.













En la obligada platía con el plátano gigante esta la iglesia de Ayios Ioannis, con un mármol muy chulo en la puerta. Este lugar es, como siempre mágico, aunque hemos estado en otros pueblos de Pelion menos turísticos (aquí incluso vemos españoles de los que bajan del crucero!).


El plátano tiene una casita en su tronco hueco!







Las vistas, por supuesto, espectaculares. 



Bajamos a Portaria, mucho calor, y tenemos que ir a aparcar al quinto pino. Luego risas para bajar de ese pino a la plaza del plátano que seguro tiene que existir, pero a saber dónde. Nos metemos por caminitos de piedra en medio del bosque, pasamos por un hotel fantasma con al piscina vacía, por un edificio enorme derruido que pienso que tal vez fue una Montaña Mágica griega, donde venían los tuberculosos a tomar las aguas, por fuentes enfriando sandías, por unas puertas de jardín oxidadas con gato inquietante a la puerta y, por fin... damos con la plaza.

Maneras de enfriar la sandía, estilo Pelion

En la plaza la camarera que nos sirve los fredos nos cuenta que estudió cinco meses de castellano, y lo que le gusta nuestra cultura, y que nos tenemos que cambiar a esa otra zona de la plaza que hace menos calor. Al terminar tu fredo, siempre te ponen agua, que aquí puedes rellenar tú misma de la fuente.






No queremos, pero parece que hay que ir bajando hacia el aeropuerto, por muy tarde que salga el vuelo. Pensamos ir por una medio autopista, pero nos confundimos en un cruce y vamos por la carretera (muy buena) frente al mar. Llevamos desde Pelion buscando una panadería, sin éxito, pero por aquí encontramos La Madre de Todas las Panaderías en un pueblo y compramos un montón de material (que luego nos irá muy bien).

Un final de vacaciones sin emoción no debe ser lo mismo. Efectivamente, nos perdemos. Una vez más, échale la culpa no al Boogie, sino al maldito Googlemaps. Tira por aquí, seguro que parece por ahí, debe haber un puente que pasa por debajo de la carretera esta, y, de repente, me veo en medio de campos de maíz, en los EE.UU. El mapa asegura que ahí está el aeropuerto, y en un punto logramos ver la torre de control, pero seguimos en los campos de maíz, con tractores, y allá al fondo hay una valla, y unas puertas, y menos mal que están abiertas... acabamos llegando al aeropuerto de Volos no sé cómo, chorreando adrenalina eso sí lo sé. Devolver el coche , que siempre es otra fuente de estrés, es ahora juego de niños: todo en orden. 

Una vez en el aeropuerto, asearnos, rehacer las maletas, enfrentarnos con al pantalla que anuncia que el vuelo viene con retraso (en serio? empiezo a sospechar que soy yo, porque últimamente menuda racha). Pasamos a sala de embarque. Nos hacen tirar agua que traíamos de las fuentes de Pelion para inmediatamente tener que comprar una botella dentro (he dicho alguna vez cuánto me exaspera esto? Por cierto, dicen que han descubierto algo por lo que esta pesadilla de los líquidos va a terminar-permanezcan a la escucha). Leemos, miramos a la fauna que vuelve a Londinium, damos cuenta de todas las viandas de la panadería. Porque el vuelo sigue retrasado, y al final salimos a las 23:35. 

Son 3 horas de vuelo a Londinium, pero afortunadamente, como en Grecia son 2 horas menos aterrizamos en Gatwick a las 00:30, hora local. Por supuesto, Gatwick esta petado y somos felices de haber reservado un taxi que nos deja en casa a las 2:00 am (no olvidar que para nuestros cuerpos son las 4:00 am, de un día que empezó con baño, subida a Pelion, los chicos del maíz-Mini lleva un lío de qué día es).

Y a las 9:00 am del jueves hay que presentarse en ese sitio llamado trabajo (esto lo ahorraré, solo una pista: me pongo las lentillas del revés, en ambos ojos). Y entonces me doy cuenta que el día que volábamos a Grecia, hace ahora eones, nos levantamos a las 2 am para ir al aeropuerto, tras unas pocas horas de sueño, tras haber trabajado todo el día. Hoy, me encamino al trabajo, tras acostarme a las 2 am (debatible-a las 4!), tras unas pocas horas de sueño...

Y mientras cruzo Brixton pienso en las vistas desde Pelion...