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21 octubre 2023

La taberna de "La isla del tesoro". Nunca salga sin bañador. Terapia televisiva para su Diógenes. Cruffins. Penzance.

Viernes, 20 de Octubre de 2023
El plan de esta segunda jornada era recorrer la península de Penwith. Como han pasado muchos días y muchas cosas desde entonces, estamos de suerte porque apenas recuerdo detalles de los de "disgresión", así que hoy va a ser algo puramente fotográfico [Nótese que iba con buenas intenciones cuando empecé]. 



Lo que yo hubiera querido hacer en esta península, en un mundo ideal, era recorrerla por un camino de bicis bordeando el mar: salir de St. Ives hacia Zennor y seguir bajando, en contra de las agujas del reloj, hasta Penzance. Así como la Londinium to Brighton me da "respeto" (hey: "de momento"), esto lo veìa "sin problemas". Claro que este es no es un mundo ideal y no existen esos bucólicos senderos de solo-bici Lo que hay son estrechas carreteras rurales a las que, de repente "les sale un carril bici" (nota: después de pasar unos días en Barcelona, por los dioses, qué mal está el UK en cuanto a carriles bici), y en las que los coches van a todo trapo. Coches, y buses de dos pisos, tal que los londinenses, solo que verdes. Así que esta opción se desestimó. Alquilar un coche era otra posibilidad, pero no había en St. Ives. Así que terminamos subiendo a los primeros asientos del piso de arriba de uno de esos buses verdes y presentándonos en Penzance. 




Desde esa inmejorable posición de turista vimos, justo antes de llegar, el St. Michael's Mount, que en esta foto no se aprecia, pero es un castillo en una "isla mareal" (isla accesible en marea baja, por lo visto hay 43 en todo el Reino Unido- hasta he visto una, el Eeyot, en el Támesis en Chiswick ). Está relacionado (no sé de qué manera, pero hoy he prometido no divagar) con el famoso Mont-Saint-Michel francés.

Caminamos desde la estación por el puerto y en un punto comenzamos a subir hasta Chapel St, donde está la Iglesia de St. Mary y, más interesante y casi al lado, la casa donde vivieron la madre y la tía de las Bronte. La placa lo atestigua:


Este es uno de esos pubs históricos británicos, el "Admiral Benbow" ("sirviendo ron a piratas y contrabandistas desde 1695", su lema), que merece la pena ver por dentro aquí, ya que está lleno de artefactos marinos -algunos de naufragios. Una sala hasta tiene un cañón y diversos mascarones de proa. Los lectores de Robert Louis Stevenson recordarán que los seis primeros capítulos de "La isla del tesoro" (1882)  transcurren en una taberna llamada asì. En el "Admiral Benbow" vivía el protagonista, Jim Hawkins, con sus padres. En la novela, que inauguró el género de aventuras de piratas, la taberna está localizada cerca de un puerto llamado Kitt's Hole (cerca de Bristol). Sin embargo, la leyenda cuenta que Stevenson pudo haber pasado por este pub en Penzance en 1880 y aunque ya tenía la idea, se inspiró en este lugar -que entonces era un antro ilegal, los mejores, y estaba lleno de contrabandistas- para su inicio. Y ya se sabe, cuando hay que elegir entre una verdad y una leyenda, "print the legend". Lo que sí está confirmado es que por ella ha pasado gente como los Rolling Stones y Gregory Peck (que le pega todo si lo imaginamos además vestido de Ahab). 



Más caminar por la promenade (paseo marítimo) de Penzance y que nadie se asuste por lo que voy a decir: la segunda foto abajo no es blanco y negro, darlings, es color. Así estaba el tema, pero solo llovizneó, sin demasiado drama. 


Nunca salga sin su libro
El verdadero drama ocurrió aquí abajo, en la "Jubilee Pool", que se abrió en 1935 para celebrar el jubileo de George V. Así como yo nunca salgo de casa sin un libro, por lo que pueda pasar, mi amigo Wolf siempre decía "no salgo nunca de casa sin mi bañador". Cuánta razón. Pues bien: este fue uno de esos días en los que, maldición, salimos de casa sin bañador y aquí había un piscinón impresionante estilo art deco, con su piscina grande que se llena con la marea alta de agua del mar y una más pequeña que es también agua marina "geotermal" (parece ser que extrae agua de un pozo caliente a 410 ms bajo el mar-o algo así). Y nosotros sin equipo.

Piscina geotermal,
whatever that is

Las "high street" británicas son todas parecidas y eso quita gran parte de su encanto para los que vivimos aquí: todas tienen su Boots, su Tesco, su Gregg's... una serie de cadenas que borran aquello del exotismo de viajar a un país extranjero. Y sí, Penzance tiene esa calle principal con todos los sospechosos habituales. Nos volvemos a St. Ives.


Esto es el "cruffin", híbrido entre croissant y muffin (magdalena) al que le echamos el ojo ayer en St. Ives' bakery. Así que al llegar nos hacemos con uno (son enormes) y la apuesta segura que es el brownie. El cruffin está bueno, aunque la pasta no sabe a croissant. Dentro tiene un poquito de crema y mucha mermelada de fresa, que yo aparto - solo me gusta la mermelada de naranja amarga. 

La de abajo es la playa de "debajo de casa", Porthminster Beach, con sus puertas coloristas donde se guarda el equipo de surf y los manguitos flotadores.





Y por fin, el último paseo por pueblo-pintoresqui por la tarde-noche, buscando lío, porque aquí es donde nos cayó la del pulpo. En la playa donde está la Tate, que ayer por la mañana parecía inofensiva, estaba representándose un huracán en toda regla, se acababa el mundo.




Y podría terminar aquí esta mini-serie diciendo que al día siguiente volvimos en el famoso express que llegó en sus cinco horas y media de rigor, sin entrar en historias -que haberlas haylas pero no llenarán a los sádicos que disfrutaron de los 4 cambios y diez horas de la ida. Pero tengo que contar "lo de Linda".  Un ejemplo más de la idiosincrasia británica,  de la cual algún día podría escribrir un libro de antropología-folk, tipo "Watching the English", aunque me falta algo clave para cualquiera que quiera integrarse en un país: tele. O por lo menos asì era en el pasado, por la tele se filtraba una realidad que yo solo veía (y veo) cuando estoy esperando al médico (donde siempre hay programas de renovación de casas) o en diversos hoteles o airbnbs, donde he visto cosas como lo que aquí voy a describir (no para los pusilánimes).

Quede claro
Linda va a pasar a ser ya un personaje en mi familia, no como un ejemplo de vida, sino como advertencia: "puedo acabar Linda". El programa va de lo siguiente: Linda es una "hoarder" de nivel, de esas personas que no pueden tirar nada "por si algún día lo necesitan", "por valor sentimental", por lo que sea. Síndrome de Diógenes, que le dicen. Tristemente, soy una de ellas. Me visualizo en un círculo de gente: "hola, soy Di y me cuesta mucho separame de las cosas". Porque "muchas tienen una historia": "esto me lo regaló Pepita que ya no está entre nosotros", "el primer chupete de Mini", "este jersey me encanta" (aunque tenga bolisas) y con los libros es directamente obsesión. Cuando doy mis chapas anti-consumo, cuando me resisto a comprar, en parte es porque sé que luego me costará horrores tirar. Esto se ve agravado porque estéticamente aspiro al minimalismo, mi piso sería tan blanco como una clínica de ortodoncia si no interfiriese la vida -no se habla lo suficiente de esos salvadores, los enormes armarios empotrados (gracias Di, por tu valiente testimonio). 

Volviendo a Linda: el programa va de que los presentadores le vacían la casa de sus objetos (15 paraguas, 13 linternas, tropecientos juguetes de nietos ya adolescentes y suma y sigue), los extienden clasificados en el suelo de un hangar y luego, con sus hijas que están ya desquiciadas de tanto tito, la ayudan a deshacerse de material y quedarse pongamos con dos paraguas, una linterna y así todo (hay que verlo porque "todo" es despatarrante). Mientras, otros del equipo le pintan la casa, le "racionalizan" la cocina y renuevan mobiliario inenarrable. Apago la tele fascinada y aterrorizada y mi primer paso es no comprar ni un solo souvenir, pese a que seguro que Mini se ve decepcionada y tambièn Fashion, que me ha pedido un magneto para su colección. Todo se soluciona porque al dìa.siguiente, Mini vuelve a casa y ha traído un magneto de Taormina horroroso que hará las delicias de Fashion porque, en el rizar del rizo moderno "los magnetos han de ser feos". Afortunadamente, tengo pegada la canción del pirata LOng John Silver para sobrellevar estos momentos:

Fifteen men on the dead man's chest, 
Yo, ho, ho, and a bottle of rum! 
Drink and the devil had done for the rest

Ron, ron, ron
la botella de ron

19 octubre 2023

St Ives: Cuidado, galerías de arte! Naufragios, nata, arco iris. Focas y G7 en Carbis Bay

Jueves, 19 de Octubre de 2023
St. Ives es uno de esos lugares que llevo evitando un cuarto de siglo. David, antiguo jefe y hoy amigo, jubilado y pintor, lleva toda su vida yendo por allí pero piensa que "se lo han cargado". Como todo: ya no hay donde ir, el turismo arrasa lo que un día valió la pena, sin piedad. Lo de que David pinta es relevante porque St. Ives ha sido tradicionalmente un lugar en el que establecieron su base muchos artistas y, tanto es así, que tiene incluso una pequeña Tate Gallery. Yo siempre digo que cuando a un pueblito pintoresco le empiezan a salir galerías de arte cuquis por las esquinas, es el momento de pasar al siguiente pueblo pintoresco. Si St. Ives tiene una Tate Gallery es fácil imaginar que tiene también una galería de arte en cada esquina.

También siempre digo que si un sitio es turístico es porque es bonito, o por lo menos algún día lo fue. St. Ives es precioso: está en un enclave natural como pensado para que todos esos pintores se pasen horas con sus lienzos frente a la bahía (y los vimos), sus casitas son perfectas y además, tiene unas playazas impresionantes. En contra de todo pronóstico, en esta isla hay playas de arena como hemos contado otras veces, y St. Ives tienen varias: Porthminster Beach (debajo de nuestro alojamiento), Harbour Sand (la de la bahía y al lado del puerto), las pequeñas Bamaluz y Porthgwidden Beach y Porthmeor Beach.




Mis razones para evitar St. Ives eran, aparte de temer encontrarme con un decorado de Disney, las hordas de turistas, así que siempre pensé que, de ir, tendría que ser cuando no hay gente: qué mejor que finales de octubre? (Tal vez finales de enero o febrero, los meses más deprimentes del año, pero es ahora cuando Mini se iba a Sicilia). 

El jueves amanecimos, como siempre, demasiado pronto. Desde que leí el libro de Richard Ford, repito una frase que me hizo reír que decía Bascombre sobre sus vecinos ancianos que jugaban al tenis pronto: "Los Fulanitos, como son viejos y no necesitan sus horas de sueño..." Debe ser mi caso, "I dont need my sleep" pero odio despertarme tan pronto. Esto me daría para divagar otro tanto pero después del mix del otro día con el tren y Sebald [nota: lo escribí en el tren del vuelta], voy a intentar dejar hablar a las fotos, "que valen más que mil palabras" pero que en mi caso son de dudosa calidad. Nota: pese a que las predicciones daban un tiempo atroz, en el fondo "se mantuvo" y aparte de un poco de llovizna y el diluvio universal el sábado por la noche -y nosotros por la calle-, hubo "nubes y claros" -las fotos parece mucho más oscuro de lo que en realidad estaba (he hablado de mi cámara o vil teléfono?). Pero vamos al lío.



Cornwall tiene mucha tradición surfista, claro. El equivalente británico de los pijos de Pukas de Donosti están aquí. Pero ahora están aparcadas, los duenios: compra-compra-vende-vende. 




Esto es "Harbour sand", una playita en la bahía cerrada en la que está el puerto. Esta es la calle principal, donde están los restaurantes y heladerías. Quiero llamar la atención sobre esa especie de abrigo rojo que lleva la persona del perro. Se trata de un "cornish swimming robes", una especie de abrigos impermeables, que cortan el viento y que tiene por dentro forro polar. Cuado estuve de estudiante un verano en Aberdeen me fascinó el concepto de "ir a la playa con abrigo" (yo tenía un Kahru, pero en serio que otros iban con abrigo de tartan), luego no me extrania que hayan ideado un abrigo especial-playa-inglesa. Creo que me haré con uno para cuando venga The Road. 

Si se sigue el mapa, esta es Porthgwiggen Beach:



Y si damos la vuelta a esa península que es "St. Ives head" te encuentras a Cruella de Ville haciendo fotos... 



Y cuando terminas de rodearla, llegas a la playa de Porthmeor (la cámara no hace justicia al color, era espectacular):




Saliendo ya de la población, nos disponemos a caminar por el South West Coastal Path... las vistas son impresionantes (y el texto soporífero, qué puedo decir).


Quién no tiene un pesao' de las fotos en su grupo:


Lo de abajo, además de lo que estás pensando, es la evidencia de que comenzó cierta llovizna. En un punto miramos cuánto (no) habíamos avanzado en el mapa (la maldita bola azul esa), y nos dimos cuenta que el plan de llegarnos hasta Zennor, el pueblo donde había vivido DH Lawrence, era un poco ambicioso: está a 10 kms y es continua subida y bajada.



Volvemos a St. Ives y aquí sobra la leyenda: este es el cementerio de St. Ives en la colina: "una tumba con vistas" no es de Lawrence. 



Y un poco más allá, este horrible edificio que ya nos habíá escandalizado desde la playa de Porthmeor. Pues es la Tate, que abrió aquí en 1993. 


Como el título de la peli de Banksy "Salgan por la tienda de regalos" (refiriéndose a la comercialización del arte, donde puedes comprar pendientes, fulares, tote bags de la exposición a la salida), aquí hay una tienda de esas -en la que no compré nada, póngame un sticker-, de la que resaltaré dos cosas: la primera este poster de las Guerrilla Girls -un colectivo artístico anónimo de artistas feministas​ que nació en 1985 en NY para denunciar la discriminación de las mujeres en el arte- sobre "las ventajas"de ser mujer-artista. 



Y las siguientes fotos son de un libro de fotografías de naufragios con una historia muy chula. John Gibson era un pescador aficionado a la fotografía (a saber cómo se hizo con la cámara porque en el SXIX -Gibson nació en 1827- solo los ricos podían permitírselas. Aún recuerdo la época en la que se tenía "una cámara por familia" y ahora la llevamos puesta, auqnue sea mala) que vivía en las Islas de Scilly, a 28 millas de Cornwall. Esta costa, una de las más traicioneras del Atlántico (afirma Di, loba de mar) y él y cuatro generaciones lo plasmaron todo con su cámara cada vez que había un naufragio. En este blog se pueden ver más fotos.  



La Tate también regenta el museo de la escultora Barbara Hepworth -de la que hablamos en el divague de "Winter" de Ali Smith-, que es una maravilla y al que le dedico otra entrada, o esta se nos come.


En la calle encontramos esta curiosa pizarra donde te indican la temperatura, ráfagas de viento, mareas... cuando empecé a ir a Donosti siempre me chocó que mi suegra miraba las mareas en el periódico para decidir cuándo se iba a la playa. Esto no pasa en el Mediterráneo. Aquí las mareas son también muy impactantes, porque la bahía donde está el puerto se secó y ahí estaban los barquitos sobre la area, hasta que subió de nuevo. Como se ve en el cartel, el mar estaba "choppy" (con borreguitos, que diría Fransesc), y no cambió de ese estado en todo el tiempo. 


Otro establecimiento del que nos hicimos fans fue esta panadería [lo sé, el azúcar es el veneno del SXXI, tengo que escribir ese divague], donde el primer día compramos un brownie y scones y el segundo... [Tim, se sabrá quién es cuando escriba ese divague, llora].



Los scones son unos pasteles secos originarios de Escocia, que se suelen comer con mermelada de fresa y con una nata espesa por la que Cornwall es famosa, la Cornish clotted cream. Algunos están mejores que otros, estos eran los scones más baratos que he visto nunca (0.80). La nata, casi tan buena como la de la Cerdanya [Tim también llora, pero menos].



Hacia el otro lado del pueblo, bajando desde nuestro apartamento hacia el este, hay un camino por dentro del bosque que lleva, paralelo al tren que nos trajo, a un pueblo llamado Carbis Bay. Son 3.2 kms de un paseo al lado del mar muy chulo. 







En un punto hay un puente que pasa por encima del tren, y cuando se llega a la bahía lo primero que nos encontramos es un hotel con unas cabanias (lodges) muy chulas adjuntas a un hotel tradicional (esto en UK es sinónimo de "lagarto lagarto") que se modernizó a todo plan hace poco -a juzgar por la pareja en la piscina exterior. Cada cabania tiene un nombre de país y nos preguntamos si los presidentes de cada uno de los países del G7 que se celebró aquí en 2021 durmieron en su país (he investigado y no). Cada cabania tiene su jacuzzi particular y cristaleras a la playa- en Ejpein no dejan ya hacer cosas así en la playa - solo en países tercermundistas como este. También he investigado el precio por noche por si alguien quiere hacer un crowfunding para que yo divague desde allí, y son solo £1,200 por noche. Venga. Lo que no tiene precio son las fotos de la cumbre del G7. Me he enterado que Carrie Johnson alquiló la ropa que llevó allá. Muy a favor, por una vez. 
  

Bueno, paseo por la playa que es espectacular por muchas cosas pero principalmente por 1. casi no hay nadie y 2. vemos focas!!! Siento que el zoom de mi cámara no ha dado para más: sí, ese punto negro es una foca. Adorable. A ratos veíamos tres, nos iban siguiendo a medida que avanzábamos por la playa. El agua está... fría (nos descalzamos) y prometemos que maniana nos baniamos. 





Y esto ya es la bahía del puerto de St.Ives... por cerrar el día. 






Leyendo “Los anillos de Saturno” de W.G. Sebald en el “Cornish Riviera Express” y de lo que allí aconteció

Miércoles, 18 de Octubre de 2023
El imperio romano cayó, según la monja de historia, por los excesos: ya se sabe, bacanales, orgías y gladiadores que echan tripa. El imperio británico cayó -a los remoaners nos gusta creer- por el Brexit, pero su decadencia había empezado mucho antes: aquí nada funciona y como ejemplo ilustrativo usaremos hoy la red ferroviaria, a la que afortunadamente no tengo que exponerme con frecuencia. Hasta el otro día.

Contexto
Idílico Cornualles
Como Mini se iba esta semana a Sicilia con su clase de Latín, el Peda y la que firma aprovechamos para hacer ese perpetuo “must” de las islas británicas que es Cornualles (Cornwall). Nota: Lo sé, este blog mejoraría bastante si la que escribiera sus crónicas de viaje fuera Mini, a juzgar por los “snaps” (snapchat, ese whatsapp para quinceañeros que mi curro ha decidido bloquear por, qué cosas, no ser fundamental en el ejercicio de mi trabajo) que le mandaba a su aitá. Parece que ha sido una especie de “viaje iniciático” en el que ha sufrido que te pongan “literalmente” tres tortellinis a 13.50 euros (“casi cinco euros por tortellini!”, ha calculado), en el que se han ido a dormir a las 4 am -teniendo que levantarse para ver Siracusa o lo que fuere a las 7 am-, en el que ha probado el vodka (“los italianos te sirven alcohol sin pedir identificación de edad” y, socorro, “era rico”) y quién sabe qué más que no ha contado. 

Comienza la aventura: se decide ir en tren
Total que nosotros, ilusos de la vida, decidimos viajar en  tren porque según nuestro mecánico, "con el pobre Wolfy hubiera sido una aventura” ya que St. Ives, nuestro objetivo, está a  492 kms -aunque recordemos cómo respondió en la Isla de Wight, que le mereció el título de beato del divlog. No importa: nos encanta(ba) viajar en tren y son cinco horas y media, desde Londinium Paddington hasta St Erth, y allí cambiar a un toco-toco de trece minutos que termina en St. Ives. 

"Si todo va bien" son cinco horas y media

Qué maravilla, fantaseábamos: esparcir nuestros juguetes -libros, ordenador, teléfonos- por la mesa (donde nadie más se sentaría, dos asientos para cada uno), en un punto sacaría el bocata de paleta (sobres al vacío que manda mi suegra), en otro me haría una con el bonito paisaje, meditando. Recordaba aquellos trenes japoneses con los que nos recorrimos el país, máquinas ultraeficientes que cerraban su puerta un minuto antes de la exacta hora de salida (aunque te vieran ahí, no te abrían), animales mitológicos en los que escribí divagues como este, leí cuentos a Mini y libros, me hice (también) una con el paisaje, creí en la humanidad. Tan bien lo pasabas dentro que siempre llegabas demasiado pronto a destino, había hasta un tren preparado para los niños, el Aso Boy! -algo que hoy me parecería atroz, pero en su día Mini tenía esa edad.  Pero hay que bajar de las ensoñaciones a la realidad: ay, esto es Inglaterra y remito al primer párrafo. El país colapsa si hace mucho calor, mucho frío y también por…lluvia! Sí, también por lluvia. 

Nuestro tren debe ser mítico en la isla, el “Cornish Riviera Express”, que comenzó en 1904 y que hoy en día lleva GWR (Great Western Railways). Sale a las doce del mediodía y en teoría, a las cinco y media de la tarde estaríamos ya en St Ives. Pero al llegar a Paddington comienza la “verdadera aventura”, en las pantallas (la revolución no será televisada, pero la aventura sí): “tren retrasado hasta las 12:25”. Bueno, cosas que pasan, no nos pongamos nerviosos porque, además, en la estación hay un Pret. 


Tenemos que hablar de Pret
No sé si he hablado de la cadena de cafés llamada Pret-a-manger y su “suscripción”, que comenzó en la pandemia: merecería un divague en sí misma, pero lo voy a meter aquí. Los londinenses nos dividimos entre los que tienen o no tienen suscripción - en mi casa esta estadística se replica perfectamente: el Peda tiene, y yo no (Mini es menor, aunque en Italia, debatible). La suscripción consiste en que, pagando £30 al mes puedes tomarte cinco cafés y sus variantes al día, separados por 30 minutos. Ellos confían en que la mayor parte de las personas sean normales y tomen un par de cafés al día, pero con que tomes uno, ya sale a cuenta [los tés son como £3.45 y un café strong vale £4.10]. Pero están las personas normales y luego los españoles: el amigo G. también pertenece al club y el Peda y él se pasan los QRs de manera que entre todos nos pimplamos fácilmente los 10 tés/cafés diarios. Me encantaría explicar en detalle cómo funciona, pero temo irme de tema y sé que este párrafo parece no tener relación con el declive del imperio británico (de hecho, Pret es de lo poco civilizado que hay, si descontamos sus ultraprocesados), los trenes, la aventura, Cornwall, y el libro del que hablaré en un minuto. Pero nunca se ha ocultado que estas crónicas de viaje son disfraces: 
en realidad son más bien “musings” (me encanta esta palabra, no hace falta traducirla) de la vida diaria, observaciones random, desvaríos sugeridos por el cambio de paisaje. Total que sí, que Paddington tiene Pret y nos tomamos dos cada uno, gracias a G. y al retraso - claro que mientras esperábamos al segundo ya llega el tren y hay que correr al andén. Me vi perdiéndolo. 

Este divague es dos por uno

Nos sentamos todos ufanos en una mesa (tristemente, con un señor delante que come patatas fritas con sabor a sal y vinagre, qué hay más británico) y saco el portátil y mi libro. Acabo de decidir que este divague de viajes se va a combinar con divague de libro, porque su lectura siempre la voy a asociar con este día. Se trata de “Los anillos de Saturno” de W.G. Sebald. 

Sebald era alemán, nació en 1944 y se asentó en Inglaterra en 1970. Fue catedrático de literatura alemana hasta que murió en un accidente de tráfico en 2001. Escribía en alemán y su traductor al inglés, Michael Hulse, es muy reconocido como tal, además de poeta. En principio debería ser mi tipo de libro: el autor hace un viaje a pie por la costa de East Anglia y va divagando según lo que le sugieren los lugares que visita y el paisaje que ve. Por ejemplo, al principio va a un museo donde está el cráneo de un médico llamado Thomas Browne y de contar su historia pasa a “La lección de anatomía” de Rembrandt y curiosidades sobre él: me encanta, todo me interesa. 

Pero a medida que el libro avanza no todas las partes en las que se detiene y divaga me interesan por igual (como al divagante que ha sufrido el párrafo de Pret, por ejemplo). Además, formalmente el libro no me iba aportando mucho, y eso que ha sido elogiado por su lenguaje, y "la belleza de su prosa" que, entiéndanme, me ha parecido perfectamente correcta, pero no es para mí el concepto belleza. “Un libro genial, extraño, que conmueve” dice un crítico en la portada de mi edición. No sé si es extraño el divagar, a mí no me lo parece, y lo que más me ha conmovido ha sido más la sensación final (sigan leyendo) que muchas de las historias particulares.

Tal vez esta es la razón por la que lo empecé el 18 de septiembre, pero entre medio me encontró Angela Carter, y a la vez he ido entrando y saliendo de Despentes. Parecería que al ir contando historias más o menos independientes, el de Sebald es también un libro en el que puedes entrar y salir. Sin embargo, tal vez por haberlo leído así o porque mi cabeza no ha estado este mes donde debería, no ha funcionado. Sebald: no eres tú, soy yo.  

Hacia Exeter, me empapo de colonialismo
Miro por la ventana, el tren para en Reading (“Si estás aburrido de Londinium, prueba con Reading” decía alguien). Seguimos progresando, gente sube, gente baja. Taunton. Una mujer se une a nuestra mesa, hay que apretarse. Tengo el ordenador abierto pero el wifi, pese al paraguas completo, no funciona. Estoy en el que creo es el mejor capítulo del libro, el cinco, en el que narra la vida que terminó en ejecución de Roger Casement en una cárcel londinense en 1916 por “alta traición”. Hay una foto del personaje (hay bastantes fotos en blanco y negro de mala calidad en todo el libro, verdaderamente como si fuera un blog). 

Todo está enlazado, como en los buenos divagues: Sebald ve un docu en la BBC una noche: Casement estaba de cónsul británico en Congo y allí conoce a Joseph Conrad. Gran parte del capítulo describe la vida de Conrad -incluyendo su historia de amor con una “legitimista española”- que en un punto cae en Lowestoft (allí está Sebald), donde aprende bastante inglés -de hecho escribió en este idioma. Como todo el mundo sabe, Conrad consigue allí un trabajo de capitán del barco de vapor en la “Société Anonyme Belge pour le Commerce du Haut-Congo”. No fue para él disuasivo que el anterior capitán “hubiera sido asesinado por los nativos”, claro que luego, producto del trauma de lo que allí vio escribió “El corazón de las tinieblas”. Este es uno de esos libros pre-blog (luego no hay crónica) del que solo recuerdo precisamente eso: la oscuridad. Siempre lo lío en mi cabeza con otro libro de similar vacío existencial y negrura: “Viaje al centro de la noche” de Céline. 

Pero Sebald nos habla de la figura de Casement, una totalmente luminosa: él denunció los horrores del tal Leopold de Bélgica con los pobres nativos, a los que se trataba peor que a mano de obra esclava (por lo menos en las plantaciones se preocupaban un mínimo porque un esclavo enfermo suponía pérdidas). Describe horrores que, al igual que el día de hoy al leer la prensa, te hace dudar del género humano (dónde quedaron los trenes japoneses). 

Los legendarios beneficios de esta compañía y su expresión en monumentos y edificios en Bélgica le lleva a Sebald a escribir que “hasta el día de hoy, Bélgica tiene una fealdad distintiva, y viene de la época en que el Congo era una colonia explotada sin control y se manifiesta en la macabra atmósfera de ciertos salones (...) en mi primera visita a Bruselas en 1964, me encontré con más jorobados y lunáticos que normalmente en un año”. En Waterloo, continúa, observó el epítome de lo feo en un monumento con león conmemorativo de la batalla, y hay foto: verdaderamente un asco.

Pero no siempre los excesos coloniales dejan como evidencia estos horrores arquitectónicos: la propia maravillosa Barcelona modernista está construida sobre los hombros de esclavos -como anotó Malvada Colau-, y qué decir de la increíble Londinium. Cada vez que paseo y admiro sus casas de época tengo que recordarme de dónde vienen. Y sobre todo, que esto no ha acabado. Precisamente esta semana el British Medical Journal tiene en portada: “Decolonisation: Why medicine needs to be rebuilt”. Empieza hablando de la “London School of Hygiene and Tropical Diseases”, una de las muchas instituciones británicas cuya historia está basada en la esclavitud y el colonialismo. La investigación, la enseñanza, los discursos, las publicaciones ocurrían en paralelo con los objetivos coloniales. Otras famosas instituciones apoyadas por fondos que vienen del esclavismo son, por ejemplo, la Tate Gallery, el National Trust y prensa como el mismo The Guardian. Este periódico progresista está estudiando su propio pasado (se fundó en 1821 como "The Manchester Guardian") y ha lanzado una serie de artículos y podcasts titulados “Cotton Capital”: Manchester fue la primera ciudad industrial del mundo gracias a la esclavitud en los campos de algodón. Desde hace unos años todo esto está saliendo a la luz, no hay más que ir para atrás unas pocas generaciones para encontrar sin dificultad que su privilegio, su “old money” (dinero de familia, de toda la vida) viene de la explotación sistemática de personas cuyos descendientes son hoy los que siguen sirviendo a los descendientes de los esclavistas. 

Así que Casement denunció todo esto que estaba pasando en el Congo, lo mismo que “Conrad llevaba tanto tiempo intentando olvidar”. Leopold, ese amigo de los niños, lo llamó a una charlita a palacio y lo de que “cualquier que no esté ciego por la avaricia hará suya la agonía de toda una raza” de Casement parece no gustó a Leopold. Perlas como “el trabajo hecho por los negros es una alternativa legítima para no tener que pagar impuestos” y “parece que el clima tropical causa una “demencia” en cerebros de algunos blancos, hete ahí los abusitos” dan una idea del cerebro del blanco monarca. 

Para quitarse a Casement de enmedio, el gobierno británico usó diversas técnicas: primero lo pasaron a Sudamérica, donde tampoco se quedó callado, claro; luego le dieron una “knighthood” por sus “servicios por los oprimidos del mundo” (una manera muy británica de manejar situaciones), pero nada: el pesado de Casement seguía preocupado por la naturaleza del poder y la mentalidad imperialista que derivaba de él. Era cuestión de tiempo que se metiera de lleno en la cuestión irlandesa y eso fue lo que le llevó a la horca: eso a los ingleses, no. 

Anuncios por megafonía. Severe weather
Entiendan: vamos solo con dos máquinas
Apasionada por fin con mi lectura -será esto el principio de mi sintonía con Sebald?-  oigo un anuncio por megafonía. Debemos estar por Tiverton Parkway. La maquinista se disculpa profusamente por el retraso: es que resulta que vamos con “dos máquinas, no tres” (luego no le puede pisar tanto, infiero). Sigo con Sebald, pero a las 15:20, otro anuncio: “este tren ha sido cancelado, bajen todos en la siguiente estación, Exeter St Davids”. A ver, a ver: ¿un tren cancelado y tú estás dentro? En el imaginario de todos está la pantalla que te indica retrasos y cancelaciones, pero en uno en el que viajas? Pues sí, está cancelado y todos abajo, sin saber qué pasa. 

La estación de Exeter St Davids tiene como seis andenes y bajamos por el 4. Nadie sabe qué hacer y el personal con chalecos naranjas tampoco. De repente, se va todo el mundo, les seguimos. Subimos, bajamos a otro andén, las pantallas indican que todos los trenes están cancelados. Hago de un chaleco naranja mi “lugar seguro”: un hombre amable que contesta mirando a los ojos, aparentando calma.  Resulta que ayer hubo “severe weather” (tirando a temporal-incluyo foto que me gustaría atribuirme desde la ventana del Cornish Express, pero es del Guardian) y se rompieron un par de trenes. Más tarde entenderemos cómo: las olas se metían en la vía de una parte del trayecto más hacia el oeste. En algún punto, los trenes habían encallado y ellos intentando moverlos. Y nosotros esperando a que eso ocurriera, sin saber si llevaría 4 horas o 4 días.  

Lo que viene siendo "severe weather"

Varados en Exeter
Divagante:
Please keep left
Con esta incertidumbre me meto a leer en la sala de espera del andén 5. Sebald habla ahora de los “country estates”, las casas de campo inmensas en las que invirtieron su dinero los ingleses (hace el paralelismo con las inversiones en las ciudades de los holandeses- otros cuyos antepasados los bóer, como los belgas, causaron horror en Sudáfrica. Hay que leer “Mi corazón traidor” de Malan para entender). Habla de la ostentosa acumulación de riqueza que hicieron algunas familias a costa del azúcar: muchos de los museos más famosos, como la Tate Gallery o el Mauritshuis de La Haya vienen de las dinastías del azúcar o estaban conectados de alguna manera con el comercio del mismo (azúcar, algodón, historia del capitalismo). Sebald sostiene que “el capital amasado durante los siglos XVIII y XIX a través de distintas formas de esclavismo aún está en circulación, aún dando interés, multiplicado por mucho y en expansión y una de las maneras más frecuentes de legitimar este tipo de dinero ha sido siendo patrón de las artes". Me cae bien Sebald, diciendo esto en 1995, cuando criticar al capitalismo no estaba de moda como ahora. 

Not looking good
Hay toda una fauna en la sala de espera: unas ancianitas adorables, unos jóvenes que hablan muy alto, hombres sin cara que cargan sus móviles, una mujer bajo los carteles turísticos que promueven la zona. Si supiera que tenemos tres horas de retraso, pero al final viene el tren, dejaría la maleta en consigna y me iría a ver la catedral de Exeter y a buscar un Pret - o incluso, volverme loca y pagar por un té para animar al comercio independiente, porque las cadenas son lo peor, la la. Salgo al andén, ahí está mi víctima (digo, mi hombre) que, ante mi momento existencial frente a la pantalla en que todos los trenes en nuestra dirección están cancelados y solo uno aparece en activo (el que vuelve a Londinium Paddington) dictamina: yo me volvería a Londinium. Pero, hay una probabilidad, por pequeña que sea, de dormir aquí tirados? Y él: noooo,  alguna solución habrá: “tengo 1200 personas en esta estación, algo tendrán que hacer” y por ese “tendrán” se refiere al jefe de estación, en el andén uno. 

Sala de espera en la que sopesamos
pasar las vacaciones

La oficina del jefe de estación me recuerda, en otro estilo -paneles de madera y bonito reloj de época- el espíritu de cierta estación en la India (gente por el suelo, resignados). Aquí todos están en sillas, pero igualmente resignados, tal vez desesperados. El jefe de estación me dice que “ha sido una situación excepcional, que están trabajando en quitar los trenes, que en algún punto algo llegará”. Salimos caminando como perritos mojados a la sala de espera de la cinco (por qué dejan los trenes enchufados cuando no van a ningún sitio, el ruido es infernal) y mientras cruzamos el puente: ha llegado un tren a la 4!!!, nos anuncia mi hombre, que está ayudando a las ancianitas por las escaleras.  Embarcamos. 

De Exeter a Plymouth
Foto que tomé desde mi ventana,
doloroso contraste con la que tomó
el periodista del Guardian
Son las 16:55, y lo sé porque he ido anotando esta odisea en los márgenes de mi libro. Está petado, alguna gente tiene que ir de pie. A la izquierda vemos el mar aquel que causó todos los problemas, de un extraño color marrón, como si el temporal hubiera revuelto el fondo para siempre. 

Sigo leyendo: Sebald habla de un yate llamado Scandal, de alguien que ya “no está entre los vivos” -para indicar que está muerto-, o más sobre cómo el ocio de los ricos de cierta época -criaban miles de faisanes para soltarlos y así ellos creer que “cazaban”- terminó devastando el terreno que antes era agricultura y los habitantes, expropiados de lo que era su forma de vida, tuvieron que emigrar a Australia.  Estos ricos vivían en “manor houses” que con tras la Primera Guerra Mundial cayeron en desuso y terminaron siendo internados, manicomios… La melancolía por el horror de nuestra historia lo impregna todo. 

Y sigue la aventura: ahora, la pregunta más temida
Son las 18:38 y de nuevo una anotación en el margen de mi libro: “en la estación de Plymouth” porque, otra vez, sin saberlo viajábamos en otro tren cancelado. Todo el tren abajo y al andén que dicen por altavoces, que es distinto del que dice la pantalla. Sube, baja escaleras, con maletas. También las ancianitas, que son otras, pero igualmente frágiles. Cambio de andén, aquí hay unas canarias que nos saludan con su bonito acento tras oírnos hablar: viven en Falmouth. Es noche cerrada, llega un tren. Hasta arriba, caminamos de un vagón a otro, hay gente que le dice a otra “ahora habrá que esperar que venga un conductor, que dicen que no hay”, y se ríen. Admiro el sentido del humor de los ingleses. Llegamos al final, nos sentamos separados. ¿Hay o no conductor? Sí!: el tren se mueve unos metros, la gente grita, da hurrahs, una dice “¡hay Dios!”. Pero entonces, tras bufidos y chaca-chacas cual máquina de vapor de esas que llevaba Conrad, para. Se confirma: hay Dios y es un desagradable. 

Pero las cosas siempre pueden empeorar. Megafonía anuncia mi peor pesadilla (aún peor que “este tren ha sido cancelado tras diez metros”) que es: “si hay un profesional de la medicina en el tren, que se persone rápidamente en nosedonde por emergencia médica”. WTF. La gente suspira y yo sufro un ataque de pánico interior pero -aún teniendo claro que será mejor para esa persona que yo no intervenga-, comienzo a avanzar por el pasillo. Me toca renovar mi curso anual de resucitación, ¿cómo eran los números? Había que cantar “stayin alive, ah ah ah ah”. Pero, oh, loado, cuando estoy pasando al siguiente vagón, por fin, una luz: una colega vuelve diciendo que ha estado allí y “hay tropecientos”. Menos mal. Crisis superada: Dios aprieta pero no ahoga. 

No se vayan todavía, aún hay más: Truro
Por fin, salimos de Plymouth. Es tardísimo, me he comido casi todo, las nueces, el yogur, la paleta ibérica. El Peda, estoico, se mantiene a base de Smints. Inasequible al desaliento, sigo con Sebald, ahora visionario del cambio climático: la especie humana es como un Atila que quema todo lugar por el que pasa. “La combustión, dice él, es el principio escondido que está tras cualquier artefacto que creamos (...) Como nuestros cuerpos y nuestros deseos, las máquinas que hemos creado tienen un corazón que reducimos a cenizas”. Y, en un libro escrito en 1995, habla de los fuegos de verano que asolan a Italia, Francia, España, Canadá, California, Grecia… si supiera del verano de 2023, por ejemplo.

Un nuevo anuncio por megafonía, con el ya familiar “We are sorry to announce”, con el subsiguiente revuelo en el vagón.  Son las 20:55  y estamos desembarcando el tren en Truro, la capital de Cornwall. Tercer cambio. Inútil pensar que “si todo hubiera funcionado”, deberíamos haber estado en St Ives a las 17:30. Son las nueve y estamos en medio de la nada, en el corazón de las tinieblas, en el viaje al centro de la noche. Truro tiene una estación pequeña, llueve, hay un veinteañero con un ramo de flores, que ya lo he visto en otro de los cambios. 

No está todo perdido: la gente compra flores y otro tren vendrá a rescatarnos. No puedo enfadarme, quejarme: estoy agotada pero continuamente pienso en Palestina. Casa vez que abro las noticias (y las llevo abriendo obsesivamente estos días), una noticia más horrible que la otra, que me lleva a un viaje al centro de la noche metafórico, pero mucho más negro, terriblemente más oscuro que estar en una estación perdida en un país en paz. Un país que no funciona, pese a haber tenido y seguir teniendo todos los beneficios de la sangre de esos esclavos. Estoy más melancólica por estas reflexiones de Sebald y por la primera página del Guardian que enfadada por este día agotador. 

Finale
Parece increíble, pero otro tren llega a Truro y, tras parar por todos los pueblos, nos deja a las nueve y pico en St Erth. Esta era la única parada en la que se suponía que teníamos que cambiar, porque el tren termina en Penzance. Un pequeño tren chuchú une cada media hora St. Earth y St. Ives. 

Son las 22:30: St Ives. Felices: lo logramos. Llovizna. Nuestro apartamento está arriba en la colina pero primero hemos de pasar por el único super abierto para comprar leche y algo de desayuno. Cuando comenzamos a subir la cuesta, ya llueve oficialmente. Por supuesto no llevamos paraguas, eso es de cobardes.

Y no han acabado las diversiones ni la aventura: ahora hay que encontrar la cajita con código donde está la llave, y no va a ser fácil. Seguimos las instrucciones -francamente mejorables- bajo la lluvia, con las linternas del móvil, repasando las paredes en las que asegura encontraremos la cajita. Tras diez minutos con flashbacks de nuestra última entrada estelar en París, logramos entrar. 

A las doce y media de la noche hago mi última entrada en el margen del libro: estoy en la cama en St. Ives, y voy a leer aunque sea una paginita antes de dormir. Y ahí sigue Sebald, que me persigue: “Merton no está a más de 60 millas de Woodbridge pero viajar ahí por la retorcida línea ferroviaria llevaba consigo cinco cambios y costaba todo el día”.

Buenas noches.