28 de diciembre de 2018

A veces un blog

19 divagues
A veces, un blog es un diario. A veces, una herramienta. A veces, un blog es una válvula. A veces,  es un arma. A veces, un blog es simplemente, compartir.

Como esta entrada. No me gusta la Navidad, me horroriza el consumo, me agobia el potlach este desaforado, y lo llevo dicendo desde que Diva y yo empezamos esta aventura (diario, herramienta, válvula, arma) hace exactamente 9 años y 20 días (de hecho, la entrada 11 del divlog es sobre El Potlach). Sin embargo, hoy quiero compartir algo que parecerá incongruente: un anuncio de unos grandes almacenes que todo lo que buscan es seguir vendiendo cosas que no necesitamos. 

Una cosa han logrado: no puedo dejar de verlo sin que se me encoja el corazón en la última escena. Pero sigo siendo irreductible: cómprales lo menos posible.

Compartir lo que te gusta, te emociona, o te apasiona es gratis. Comparte más, compra menos. 



25 de diciembre de 2018

Felices excesos

3 divagues
Querid@s divagantes,

Felices excesos, este anio desde Londinium...

...donde las festividades pueden tener el glamour de los wreaths en las puertas en un paseo hacia Brixton... (gracias Mini por el collage!)


... o las vistas de la City desde Skygarden...


Pero no olvidemos que este es también el país de...


este otro tipo de excesos.

Y cómo no... el pequenio toque Scrooge-remoaner (así nos llaman a los "remainers", los quejicas que aún pataleamos por la estupidez del brexit)...


Feliz lo que sea, divagantes.

Muxus

di

11 de diciembre de 2018

Serial. Cuatro.

30 divagues
Lo primero que vi al abrir los ojos fue un pajarito columpiándose en la rama de un abedul. Estaba enmarcado por una ventana blanca, sin cortinas, y la pared, pequeños ladrillos también blanquísimos le daban una simplicidad encantadora. Durante el segundo que duró la primera confusión del suenio en camas prestadas, debí pensar que estaba en el cielo; cuando salté de la cama y me encaramé para ver la calle, lo confirmé: no hay calles en el cielo, ni tampoco es blanco, sino verde que te quiero verde hasta el horizonte. E iluminado por un sol decidido y contrastado por alguna nube negra que transformaba a los Moors en un maravilloso cuadro de Turner, todo dramatismo y paz, si eso es posible al mismo tiempo. El pajarito voló y recité de nuevo algunos versos del poema en mi cabeza. Verde, el color de la muerte.

Estaba en Banderley y debía ser muy tarde, para que fuera de día en Noviembre. Nadie me había llamado, nadie me había echado en falta. Porque Sister Harding había dejado claro la noche anterior que necesitaba descansar, y que la primera semana me la debería tomar como si estuviera en un balneario, pero sin las aguas. Conocer gente, pasear, perderme por Banderley. Como una Montania Mágica de tercera, porque ya se sabe que esta isla no tiene altitudes como las Suizas, ni yo era Hans Castorp, aunque casi tenía su edad, 23. Hans Castorp, aquel al que "una arruga en cualquiera de sus camisas de color hubiera causado una verdadera indisposición". Me había aprendido esa frase porque nos reíamos mucho de ella con un amigo de la época, que también leía a Mann, y ahora estaba sonriendo. Yo sola. 

Una de mis maletas estaba abierta, y saqué una camisa y unos pantalones. El neceser estaba donde lo dejé por la noche al cepillarme los dientes, encajado entre el lavabo y la pared. A su lado, encima de un baúl debajo de la ventana había un juego de toallas con el "Banderley Hospital" no precisamente bordado, sino impreso en tinta azul y fuente funcional. Me alegré de haberme traído un albornoz enorme, blandito y que iba a la perfección con el blanco-nuclear de mi habitación en Banderley. Y sus zapatillas a juego. 

El banio, que se compartía supongo con las habitaciones del pasillo, tenía el mismo espíritu que mi dormitorio: techo altísimo, con una ventana a juego, que en su espiritualidad se eleva y te hace sentir pequenia. Afortunadamente, el suelo no estaba enmoquetado, sino forrado con un sintasol barato. La baniera era enorme, e iba de lado a lado, prácticamente podría echarme en decúbito supino (salió la pedante anatómica) y meter la cara con los ojos abiertos como en las peliculas de miedo.  Los grifos eran como los recordaba de mi época de estudiante: seguían sin descubrir el mezclador, y en uno ponía H y en otro ponía C. En el lavabo una termina solo usando el C, pero en la ducha, algún europeo lo había solventado con esa especie de estetoscopio de goma que se pone en cada uno de los grifos, y que termina en la alcachofa de ducha más triste jamás sufrida. Ducharse con eso era complicadísimo, sobre todo si, manías, necesitas las dos manos. Aquella maniana necesitaba una ducha caliente a presión, para quitarme los kilómetros, y las estaciones de autobuses y la soledad que sentía en aquel lugar donde, de día, aún no había visto a nadie. Así que, enfrentada al estetoscopio de goma raída, decidí darme un banio épico en el que, sí, metí la cabeza antes de enjabonarme y abrí los ojos bajo el agua. Lo que vi fue la ventana que era un suspiro, y el fluorescente encendido parpadeando en un lado, y creo que fue la imagen más surrealista pero a la vez más verdad que nunca he tenido de Banderley. Al salir, sin aire, me quedé mucho rato mirando el mismo ángulo desde fuera, para intentar que se encontraran ambas realidades, con un fondo de goteo inquietante, si uno hubiera puesto atención. 

Al salir, el olor de las toallas de Banderley era todo asepsia y su textura era anios,  era vapor y planchado industrial, era otras vidas, y enseguida vi que mi albornoz iba a ser mucho más que la contraposición a esas toallas. Mi albornoz iba a ser mi casa, y mientras me ataba el cinturón y salía al pasillo pensaba en los monitos de Harry Harlow. Cuántas veces me había enganchado leyendo este experimento cuando estudiaba psicología clínica en la universidad. Harlow, un investigador de los anios 50, quería demostrar el impacto que la deprivación de una figura materna o paterna, o de amor, como prefiero llamarlo yo, en los bebés. Para ello realizó unos experimentos que hoy en día nunca serían aprobados en los comités de ética, por su crueldad, pero eran los locos anios 50. En esos experiemntos se dejaba a un monito bebé solo con un muneco que pretendía ser la madre, una especie de armadura de hierro espantosa, pero con dos bultos que daban leche, y a su lado otro munieco subrogado mamá-mona que era de peluche, calentito, del que abrazarse. El monito acaba prefieriendo el mono de peluche que no da comida, antes que el de alambre, que da.  Me quedaría sin desayunar por una rato más hecha bola en mi albornoz?

Al fondo del pasillo había una puerta abierta, y recordé que eso era la cocina. La noche anterior Harding me la había senialado con prisa, y esta vez entré a ver si había de verdad té, leche y tostadas. La cocina era enorme, y tenía un ala que era comedor, y separada por una especie de office, otra salón, con una chimenea enorme, que aún se usaba y que venía de la época en la que no había calefacción.  Olía muy fuerte a curry. Era lo que parecía un cuarto comunitario: en los sofás había un par de mantas dobladas, algún libro en la mesa central (alguien estaba, en serio, leyendo "Possession", el premio Booker de 1990?), una trenca desmayada en un colgador, una raqueta, revistas de criquet... En la nevera había leche, mantequilla, mermelada de naranja amarga, algunos yogures, pan de molde, y unas manzanas pequenias y arrugadas, que parecía llevaban una vida allí.  La tetera estaba fría, la enjuagué y la puse a hervir. Para tomar el té me asomé a la ventana, que tenía la misma vista que mi habitación, verde que te quiero, y me senté en su alféizar, un lugar en el que luego pasaría tantas horas. Sería como mi albornoz, mi otra casa. Y respiré tan hondo que resonó: por qué hacían los techos tan altos los victorianos?

Plop, la teterá saltó y entonces oí un ruido. Se abría una puerta abajo y unos pasos por la escalera. Claramente, mi albornoz azoró al chico indio que entró en la sala-pensé entonces. Con el tiempo, me daría cuenta que Sandip era así de raro. O en el espectro, porque también con el tiempo en Banderley aprendí que, para los psiquiatras, particularmente los que viven encerrados en una Institución Total, como era Banderley, todo son desórdenes, o enfermedades, o síndromes, o meros signos y síntomas. En aquella época, yo aún pensaba que había gente con enfermedad mental, y luego estábamos el resto, con nuestras manías, nuestras preferencias, nuestra personalidad. 

-Buenos días, llegué anoche-y le tendí la mano-. Me llamo Mariona Calleja.

El que luego sería Sandip no sabía donde mirar, y se dirigió a la tetera con la excusa de que había saltado para evitar darme la mano. De espalda, dijo

-Marion Calleha. 

-Mariona. Tú, cómo te llamas?

-ermm, Dr Patel-mientras salía de la estancia-. Marion Calleha. Marion Calleha.

Oí sus pasos por la escalera, y me puse el té. Una vez en el alféizar, volví a oir sus pasos, que ya reconocí por su deje patoso, y su voz, ciertamente mecánica: 

-Marion Calleha-e hizo una mueca que solo alguien con buena voluntad podría interpretar como sonrisa. Se me han olvidado mis revistas de criquet. Te gusta el criquet? Aquí hay muchos partidos. 

Y sin dejarme responder, desapareció. 

9 de diciembre de 2018

Impacto del Brexit en la Seguridad Social

7 divagues
Siento que no esté subtitulado en castellano. Pero todos sabemos lo que hay. El Brexit no solo no dará £350 m a la semana al NHS, sino que lo herirá aún más, tal vez de muerte.

Veremos qué pasa el martes... Necesitamos un segundo referendum.


Y si alguien quiere profundizar un poco en la historia de esta locura en la que nos encontramos, un artículo interesante aquí: "The paranoid fantasy behind Brexit". 

7 de diciembre de 2018

Qué consume actualmente a los Pedalistas? (It's a Mini adventure)

16 divagues
Si esto del divlog es ante todo un diario- que cuatro personas amables, allende los mares, tienen a bien mirarse de vez en cuando y algunos osados hasta comentar-, me siento con cierta presión por contar lo que me consume estos meses casi tanto como lo de siempre- el trabajo y los diletantes, las noticias, el chocolate depués de cenar. Estos meses lo que me consume son los exámenes de Mini. 

En el cambio de cole de primaria a secundaria, los pobres niños han de hacer unos exámenes, que se llaman los 11+. Según a qué colegio quieras entrar, estas pruebas son más o menos duras. En la clase de Mini, con 12 niños (8 chicos, 4 chicas), todos menos tres (incluye a Mini) tienen un tutor de apoyo para preparar este sinsentido, para que el divagante se haga una idea.

El proceso no solo incluye el examen, sino una carrera de obstáculos tipo peli de terror en la que vas neutralizando zombies,  en la que nos encontramos de lleno. Así que la pobre ya ha pasado por diversas pruebas. La primera fue un examen preselectivo con ordenadore, que incluía "razonamiento verbal" (codificar, encontrar la palabra que no va-y menudos palabros) y "razonamiento no verbal" (secuencias espaciales, para las que soy totalmente negada-y eso que se me da bien aparcar! qué será Fashion en estas pruebas, que solo aparca en batería!). 

En otro par de coles ya ha hecho "entrevistas". En serio: como si fuera de trabajo. Una fue de grupo con otras dos ninias con preguntas de este tipo: "cuántas horas duerme de media una persona en su vida?" [esa fue fácil, mummy, no querían el número, sino que calculases en voz alta], o, "si pudieras viajar a otra época, a cual sería" [ah, les dije que a principios del SXX para poder parar la Primera y la Segunda Guerra Mundial"] (se nota que les están comiendo la oreja con las guerras en el cole?) o "si pudieras cambiar una ley, cual sería", [ ah, pues haría una ley que impidiese a Trump vender armas, bueno, y ya en todo el mundo] (se nota que es hija de insumiso?) En el segundo cole donde tuvo entrevista, salió hipnotizada por la profesora, una chica joven que daba literatura. "She was really nice", repetía, mientras volvíamos por el parque, de noche, con una llovizna amable. "Ah, me dijo si tenía alguna pregunta sobre el cole y quise saber si ha habido algún alumno famoso y sabes quién, el inventor de internet!!!" wow.



Los grandes exámenes los tiene la semana del 7 de Enero, esta es la razón por la que no vamos a la península este anio, y viene toda la familia. Todo esto lo contaré en tiempo real, si me dejan, recordemos lo que pasó en 2014. Pero hasta que lleguen esos días para desconectar un poco, de momento estamos todos agotados. Y el colegio parece no enterarse. 

Hace dos semanas plantean una "velada musical", que consiste, en la oscuridad de pleno noviembre, ir a una iglesia a las 7 de la tarde y estar un rato escuchando mayormente los progresos de los ninios de otros con la viola o la flauta travesera. La cosa es repelente porque además, no es directamente tras el cole: has de pasar por casa y volver a salir. Bien, no me pillarán, y le dije a Mini algo así como "no iremos, o esto detrozará nuestra tarde" (refiriéndome a que ella perdería tiempo de leer o hacer tarea, y suenio). Bien. Al día siguiente viene la del coro para ensayar y Mini le suelta: "no, no voy a ir porque mi madre ha dicho que destrozará nuestra velada" (destroy our evening). Y Shan, su profe, "también destrozará la mía". No contenta con eso-y tras haber sido reprendida en casa- al día siguiente el director le pregunta porqué no fuimos a la iglesia, la Head Girl tenía que haber estado, a lo que la tía, ni corta ni perezosa le suelta, hagan sus apuestas... precisamente! bingo! "No fui porque mi madre dijo que destrozaría nuestra velada". Encantadora. Quién tuvo que escribir dos emials disculpa a la profe y al director? Senior...


La siguiente actividad enloquecida que el colegio planea para estos días es que los ninios se unan a un concierto benéfico con otros tropecientos críos en el Royal Albert Hall. Por supuesto, me parece una locura que un 26 de noviembre los ninios se pasen todo un lunes ensayando cantitos, tener que ir al concierto que empieza a las 18:30, pagar £28 por un asiento casi en el gallinero, y llegar a casa, como lo hicimos, casi a las once de la noche. Agotador. Lo intento luchar por email con el director, otra madre se alía, pero al resto le parece una gran idea. Da pena que sea la única ninia que se quede, así que acabamos en el concierto.  Alucinada por la inmensidad del Royal Albert Hall, al principio permaneces atontada hasta que asumes el lugar, y la primera parte se hace soportable (también por las canciones de "Greatest showman", "La La Land", "Frozen", y musicales). La segunda, inenarrable: el triste teatrillo culpabilizador navidenio tipo Han Christian Andersen, discurso del director de la ONG, rifa y colofón terror máximo, el "Land of hope and glory" con las banderitas. 1500 mocosos agitando su bandera (las sales), y Mini exultante porque se la podrá refrotar a su padre, que no ha podido venir, dice, al llegar a casa. Pero claro, menudo es el Peda: cuando pilla la bandera, le falta tiempo para sonarse la nariz con ella-homenajeando así al cómico del Intermedio que va a tener que ir a juicio. Están tontos en esa península? Ah y sobra decir que a Mini le falta tiempo para contárselo al día siguiente a Shan, que siendo sudafricana lo encuentra muy gracioso.... Estoy esperando la llamada del director a su oficina.




El siguiente drama es ... drama! En algunos colegios puedes solicitar becas de distintos temas, arte, música, deporte, drama. Mini, drama queen residente, tiene alguna posibilidad en el mundo teatral, pero no vamos con esperanzas, porque compiten ninios que trabajan en el West End (igual que en deporte son ninios que entrenan horas al día). Así que gran alegría cuando la seleccionan para ir a hacer una primera audición en un cole. "Mummy, tendré que hacer improvisación, dime situaciones". Así que el domingo por la tarde pasamos un buen rato con esto. "Vas a una fiesta y hay otra persona con tu mismo vestido", o "eres política dando un discurso explicándole a la gente que tienes que subir los impuestos para poderles dar más servicios". Y empieza: "Gente! Hoy vengo aquí para hablaros de los taxistas!!!". Taxistas? Claro, esta es una broma intraducible: taxes es impuestos; taxis, taxis. Parece que hay una diferencia en pronunciación, y ella había entendido "taxis". Aún me estoy riendo (de mi inglés).


A Mini le cuesta siempre mucho dormirse, pero estos días creo que aún es peor. Y eso que es muchísimo más tranquila que yo. Pero es una época de órdago para ella. Aún así, nos seguimos echando unas risas: "mini, a ti te gustaría ser un pez grande en un lago pequenio o un pez pequenio en uno grande?" (es el equivalente inglés de "prefieres ser cabeza de ratón o cola de león" ) Y dice: "un pez pequenio en un lago grande". Muy bien, Mini, pienso orgullosa, y todas mis razones adultas de porqué esto debe ser así. Pero se explica: "es que así es más dificil que te coman". 

Si esto es un diario, y aparte de los cuatro de allende los mares un día lo lee Mini, todo esto pasó. Porque todo esto se nos olvidará, por muy imposible que hoy, que nos está consumiendo, lo parezca. 

4 de diciembre de 2018

Serial. Tres.

18 divagues
Así que esto era Danby, y esa casa forrada de hiedra el "Duke of Wellington", un pub con algunas habitaciones que prometía buena comida y cerveza ("Fine ales. Good food"). Por lo menos no tenía el cartel aquel de "el mejor asado de domingo de la zona"-más tarde constataría que cualquier establecimiento que presume de algo, es que de ese algo carece.

Por lo que yo hubiera matado al llegar a este pub de pueblo era por una taza de té (sí, ya traía esto del té de la península, el destino o algo), pero en el Duke of Wellington no había ni rastro de tazas calientes: solo gente local abrazada a sus pintas. El dueño vio en la puerta un alien con su casa a cuestas y enseguida ató cabos: yo era la de Banderley. Sin problemas, deja todo ahí, somos todos de la casa, voy llamando al hospital. Y a la vez una mujer risueña salía de lo que debía ser la cocina con una taza de té, toma love, y además shortbreads (otro tipo de galletas, deliciosas estas porque que se les ha ido la mano en el departamento mantequilla). No sé cuánto rato pasé allí, esperando, empapándome del lugar, las carcajadas de los parroquianos, la moqueta granate, las toallitas de Guinness en la barra, el grupito que jugaba al scrabble. Y empezaba a anochecer. Maldito noviembre,  cada vez que es un húmedo y lloviznante Noviembre en mi alma ("whenever it is a damp, drizzly November in my soul...") pensé, recurriendo una vez más a la literatura, esa amiga que está ahí en los mejores y los peores momentos.

Los peores momentos: la puerta se abrió, golpeando la pared con tanta furia, lo siguiente del estruendo, que muchos de nosotros saltamos. Quien entró no era otro que una versión norteña y actual de Faggin, el odioso abusador de Oliver Twist. Era un hombre alto delgadísimo de unos ciencuentaymuchos, con cara amarillenta, bolsas bajo los ojos, labios casi inexistentes y una perilla que remataba el cuadro de personaje malo. Para completar la descripción-que en el taller de escritura tacharían de manida-, y antes de que se me acuse, esto no es mi mente jugando malas pasadas, nuestro hombre llevaba un mismísimo Inverness Coat (el de Shercklock Holmes, con la capita) pero negro, que le daba un aspecto aún mucho más Faggin y que además chorreaba porque, como siempre, llovía.

No me perdí el juego de miradas: el dueño le miró con lo que leí era auténtico terror, y en un nanosegundo desvió su mirada hacia mí, como diciéndole: ahí está, puedes matarla. El hombre del Inverness asintió y yo me dirigí a él, y saliendo a la calle sin capucha a la especie de minibús con el logo de Banderley, que ya había visto en los membretes de las cartas. No se puede ir delante -cuando intenté subir al asiento del copiloto-, no se puede comer en el minibus-cuando la mujer me daba un paquete individual de shortcakes. Y no recuerdo mucho más de aquel viaje, aparte de que todo estaba oscuro fuera, el pelo mojado me daba frío, y de que sonó el Réquiem de Mozart -sobre el que he desarrollado un reflejo de aversión, particularmente el Lacrimosa, desde aquella noche- durante todo el camino en el que Faggin no abrió la boca, aparte de para susurrar -o es de nuevo mi memoria, jugándome malas pasadas- "Confutatis! Maledictis!". Yo me sentía como en un carruaje de aquellos antiguos en el que el conductor, con sombrero de copa y levita, azotaba a los caballos desde fuera. Solo faltaba que, de aquel bosque de Tim Burton salieran a asaltarnos los highwaymen de "Historia de dos ciudades".

Por fin oí la voz, más bien el gruñido de Faggin: nos estaban abriendo las puertas de hierro de lo que parecía un castillo, allá al fondo. En serio: ni en mis sueños más salvajes podría haber imaginado que la foto soleada de un maravilloso edificio victoriano rodeado de verde (así se anunciaba Bandelry en el folleto que me enviaron cuando solicité) era la casa encantada que tenía ante mí. Un edificio de piedra que, como el Duke de Wellington, estaba enterrado en la hiedra en muchas de sus partes. Los ventanales eran altísimos, tipo guillotina y divididos los cristales en cuadraditos. Debajo de algunas, las cercanas a la puerta principal, había unos focos de luz triste (era la época pre-LED) que, con las sombras de la hiedra le daban un aspecto fantasmagórico. Otro cliché, lo sé, y atención al que viene: a los lados había torretas de tejado de pizarra negra, con ornamentos de metal, muy Rapuntzel. 

Ahí estaba yo, inmóvil, asumiendo aquel lugar mientras Faggin descargaba lo mío e intercambiaba gruñidos con una enfermera que, parece que era a mí a quien esperaba en lo alto de las escaleras. La puerta principal de Banderley-por la que nunca volvería a entrar- se me antojó un Pórtico-de-la-gloria del Mal perdido en la nada de los Moors. 

-Bienvenida a Banderley, doctora. Soy la enfermera supervisora del Ala de Psicóticos. Me puede llamar Sister Harding. 

-Gracias, encantada, Sister Harding.

Antes de que levantara la mano para dársela ya se había girado con un sígame, bajando a paso fuerte por un pasillo de baldosines blancos y negros, todo eco,  del que no se veía el final. 



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Todo el serial está aquí.