28 de enero de 2019

Jorge Ibargüengoitia: Maneras de mirar

12 divagues
 Yo creo que, cuando partiendo de una tradición literaria en castellano, más adelante lees a los anglosajones, sufres una pequeña crisis. En castellano, todo es frecuentemente tan solemne, se toma tan en serio a sí mismo, es tan desgarrado, que cuando vuelves, tras mucha lectura de los Roth, de los Wilde, de los Foster Wallace... buah, es complicado. Poca cosa, aparte de los de toda la vida, te mueven como antes.


Una noche, cenando con un antiguo divagante, Justanotherspy, le pedimos consejo sobre literatura en castellano, y nos habló de Jorge Ibargüengoitia, un mexicano que falleció en el vuelo de Avianca que se estrelló cerca de Madrid en 1983. Su manera de ver la vida, desde la más absoluta ironía y cachondeo, son únicas, nos dijo. UN Evelyn Waugh mexicano, leímos.  Así que nos lanzamos en su búsqueda, nada fácil, y que al final localizó Fashion en La Central de Mallorca. "Revolución en el jardín" es el título de un compendio de sus artículo, en edición horrorosa -para mí, que odio las tapas duras y las páginas que brillan-, cara e incómoda de leer. Pero bueno: una está dispuesta a luchar contra los elementos. 


En el prólogo de Juan Viloro, este habla de que la innovación del autor tiene menos que ver con aspectos formales que con su "manera de mirar", y da en clavo. Hoy en día, solo quiero leer una de esas dos literaturas (si es combinado, mejor), el resto no me interesa. Pero encontrar a alguien cuya manera de mirar te abra otros mundos, empieza cada vez más a ser una gesta. Dice que su humor deriva de "actuar con sensatez en un mundo absurdo" (no es esta la base de la mayoría del humor?) y de cómo este humor nunca se entendió en México, donde-al final hablamos el mismo idioma-el humor también se considera banal, superficial, y que una obra literaria con mayúsculas tiene ser intensa y tomarse a sí misma muy en serio. En ese sentido Ibargüengoitia es muy poco mexicano, aunque como dice, "repudiar las raíces es artificioso, ya que somos todos sitios arqueológicos" -me encanta esta metáfora- "pero también lo es interpretar nuestra conducta a partir de señales sacadas de la noche de los tiempos".


El libro viene a ser extractos de un blog: crónicas de la vida cotidiana (y tres apéndices de listados que no sé por dónde cogerlos-si alguien tiene a bien explicármelos, quedaré agradecida), observaciones, notas mentales que se hace una a sí misma. Por unos segundos pienso... imagina que dentro de 40 años, alguien descubre este divlog y hace una antología de unos cuantos divagues, y... vale, ya me despierto, no soy  Ibargüengoitia, y además, qué mas da, si estoy se hace "just for fun", o para cubrir cada uno su necesidad personal, la que sea. En uno de sus divagues, él habla de cómo en algún momento de su vida, por un breve periodo cuando sacaba un libro y le entrevistaban, creía que "me estaba volviendo famoso", pero luego, el souflé bajaba, y ya estaba otra vez en lo de siempre. 

No todos los divagues son igual de graciosos, pero con los que me he reído, lo he hecho a carcajadas (el Peda, o La Esfinge, a mi lado, seguía leyendo lo suyo indiferente, pero imposible no distraerle para contarle o leerle el párrafo que fuera. Y muchas veces se reía, cosa que tampoco es fácil-el Peda ríe como sabemos á la Santa Klaus, ho ho ho, muy fuerte, pero cada vez es más selectivo. O me parece a mí, que le recuerdo riendo el 100% de mis gracias en el noviazgo, y cuando le confrontas, anota, hierático "te estaba trabajando"). 

Pero divago: hablaba de cuánto me he reído con este hombre, aunque alguna vez le he querido abofetear. Porque está claro que ha sido siempre un integrante de la clase acomodada, rodeado de servicio, y para mí ha sido imposible no tener flashbacks intensos de "Roma" la última peli de Cuarón, donde el ver el día a día de las criadas, en una casa que no es ni siquiera abusiva, desgarra. Y no he visto en él la mala leche y la ironía de Bryce cuando hablaba de la "sección servidumbre" en la maravillosa "Un mundo para Julius", no: para Ibarguengoitia parece que lo del servicio es algo normal, aunque alguna anotación muy velada hay en un momento en el que el dueño de una casa, marxista, presenta a su criada como "una colaboradora". Pero la mejor es cuando describe el  terror que le da a él su mucama (esta palabra la aprendimos viajando por Latinoamérica-se usa en diversos países, pero no México; sin embargo, se quedó en nuestro vocabulario como una palabra "cargada" con los mismos sobreentendidos que "servidumbre"). 

A Eudoxia, que así se llamaba su mucama, me la imagino como una de esas mujeres silenciosas con toda la rabia de generaciones (las mismas que los Ibargüengoitia llevan usándolas para que les preparen el cóctel de las 13) acumuladas detrás de los ojos, a los que el señorito tiene pavor. Cuenta cómo a él lo llamaba "joven" y a su mujer (pintora inglesa, para más datos), "Señora", y que tenía el poder de "gritar quedo". Cuando se va "a su tierra" por tres semanas, redescubren la libertad de su propia casa, se sientan bajo la bugamvilla del patio a leer, en lugar de irse a dormir la siesta, práctica que, el autor reflexiona, comenzó por temor a encontrársela por el patio a "hacer un mandado". Es este esconderte de la mucama la mala conciencia? No sé, yo solo animo a las mucamas del mundo a mirar como lo debía hacer Eudoxia: no hay nada que me espante más que el servilismo. 

No a propósito de Eudoxia, pero en uno de las crónicas que habla de la cortesía mexicana, vuelve a anotar cómo un mexicano pediría a su criada que le traiga el salero durante la comida: "óigame: cuando tenga un ratito, me hace favor de traerme un salero, si no le es molesto" (todo muy británico). Y añade: "Un español, en el mismo caso diría: "Un salero!". Tan cierto: somos así. Aunque yo siempre pensaba que el ser rudos estaba imbricado en nuestro idioma-contrastándolo con el inglés, donde nos salen los pleaseandthankyous por todos los lados-, pero aquí me he dado cuenta que no. Aunque el resultado sea el mismo: que la mucama te traiga el salero. Pero la cortesía mexicana llega a extremos cuando, el "esta es su casa", termina con salto mortal y triple pirueta en "qué le parece si un día cenamos en su humilde casa?", que quiere decir, en TU casa, pero claro, a un español nos sonaría confuso (que te autoinvitas a MI casa a cenar?). Viene a ser el muy inglés "you must come for dinner" que, como todos los que vivimos aquí sabemos perfectamente significa: "estoy siendo amable, pero no tengo ninguna intención de que vengáis a cenar". 

Otro Gran Tema que yo pensaba que, o yo había inventado, o era una creación reciente: los refritos. Pues no:  Ibargüengoitia ya nos habla de los "regalos perfectos", que son aquellos que nadie quiere y se van pasando de uno a otro. En mi caso, en un tiempo fueron velas: por qué había tantas velas aromáticas en mi casa? Una que venía en una cajita, y con inciensos y aceites le cayó a una de esas aprendizas jóvenes que rotan por el equipo cuando el Amigo Invisible (con amigos así, quién necesita enemigos-visibles o no), y ... parece que le gustó! Es una posibilidad porque, cuando una está montando una casa, siempre le van bien las velas, no? A mi edad ya no: no me deis más velas, ffs. Yo me parto con el "regalo perfecto" de  Ibargüengoitia: se trata de una "plataforma de terciopelo sobre la cual hay una serie de objects d'art", "ejemplo de los extremos a los que puede llegar la ociosidad". Alguien puede imaginar un avechucho semejante? Propongo que nos regalemos todas estas mierdas cuyo objetivo es simplemente volver a regalarse, concepto también conocido como "token". Se haría mucho por el planeta, uno de mis temas. Se pensará, parece una guerra de regalos, pero el autor también tiene con sus amigos una "guerra de recomendados": uno te recomienda un plomero (me canta esta palabra, ecos del plumber claro) y resulta ser nefasto, así que cuando luego te piden un hotel en Praga, les mandas a la cadena Kotva (donde te registran como "španělsky"). Y sigue la espiral de la venganza.

 El libro no es para los que busquen información, sino para los que compartan la extrañeza de cosas asumidas por todos como apropiadas, o rituales que repetimos sin que nadie se haya planteado porqué. Ibargüengoitia observa que las Navidades son esas fiestas en las que todos están alegres menos los latinos, a los que nos embarga la melancolía... echamos de menos a un amigo que se mudó a Navojoa, y en el que no pensamos en todo el año, "pero en Navidad, nomás para estar triste, nos hacer falta". Hay mucho de los españoles aún en México, que les hacen parte de quienes son, "no fuimos conquistados por una país de comerciantes y agricultores, sino por uno de militares y sacerdotes", pobres. 

Es un libro para el que se sienta interpelado por ideas como "si nos ponemos a hacer memoria, todos encontramos en nuestro pasado a una tía, diciendo: el mar y el fuego, producen fascinación" (yo tengo a esa tía, se llama El Peda, y no puedo explicar la dificultad que tuve para leerle esa frase porque la risa me lo impedía). Para quien no haya tenido, real o vicariamente, esa tía universal, o que no entienda el cinismo de alguien que, al ver a Neil Armstrong y su solemne (parece espaniol) "un paso para un hombre etc", diga, "la luna se ha transformado en uno de tantos lugares a los que no pienso ir", tal vez este mexicano enloquecido e irreverente no sea lo suyo. El se consolaría diciendo "Vox Populi Vox Bruti". 

Pero a los que por este divague, les haya llamado su "manera de mirar", pistoletazo a la aventura de, en primer lugar, de encontrarlo en librerías espaniolas. Si hay algún divagante de México, sortudo, que nos haga alguna senial.  











25 de enero de 2019

Consecuencias del Brexit 1 (Vuelve Rose)

6 divagues
Este minidivague me ha salido contestando a los divagantes tras mi pataleta-brexit, así que en lugar de un comentario largo, he decidido hacer un divague-haiku. 

A Mini le trajo Santa este año una bici nueva. La anterior, pequeña, la teníamos en un hueco de la escalera comunal (vivo en el segundo piso de una antigua casa victoriana reconvertida en cuatro apartamentos). En la planta baja y semisótano vive Rose-los divagantes avezados la recordarán por aventuras pasadas, por ejemplo cuando dejó en la calle a un pobre hombre que venía al piso del australiano (planta 2) por su política "no abro a desconocidos", cuando pone veneno en las raíces de los árboles, cuando no quiere poner un contador inteligente por miedo a las ondas o, bueno, para qué empezar con el tarado que tiene en los  bajos. Rose tiene un jardín enorme en la parte de atrás de la casa y cree que el de delante (por el que hay que pasar para entrar al edificio) es suyo. Eso quiere decir que no nos deja hacer nada, y a su vez lo tiene hecho un asco. Hay algún árbol, matojos que no sé nombrar, hortensias gigantes, y la gente que pasa tira latas y botellas de Coronita, que no lo recoge. Una vez dijo que "quería q pareciéramos pobres para que no entraran a robar". Rose tiene una paranoia severa. Pensaréis que me la invento, que es demasiado el prototipo de las escasas ancianas londinense (The lady killers) enloquecida, pero es tal cual.

Volvamos a la nueva bici de Mini, que es ya de mayor, así que ocupa mucho y no la podemos tener en el hueco donde la pequeña, y en estos momentos está colgada con un "colgador de bicis" (valga la redundancia, a saber cómo se llamará eso) cerca del techo de la escalera comunal... yo no puedo bajarla porque está muy alta, ha de ser el Peda. Así que es un engorro, y se nos ocurrió que estaría muy bien poder poner una casita de bicis que tiene aquí mucha gente en los jardines. Tres plazas y así el Peda y yo podíamos comprar un par de segunda mano para ir a los parques. Suena como un gran plan. Pero Rose existe. 

Total que un día como quien no quiere la cosa, casualmente, se lo propongo a Rose que seguro sufre un pequeño infarto cerebral por la noche, solo de intentar asimilar la idea. En el momento, me da mil excusas y sugerencias: que intente alquilar la de los vecinos de la derecha, que le diga al dentista, el de la izquierda, que si la puedo poner en su jardín de atrás, que si en un pasillito que hay nosedónde. Dice al principio que la casita le quitará la vista de la calle, y la trato de tranquilizar que buscaremos una baja, que entiendo que quiera ver el parque, pero no, a ella el parque se la suda, ella lo que quiere ver son los contenedores de basuras del edificio! (que ella la q se encarga de sacar). Le da vida ver si han pasado los basuseros y se la han llevado, o no, porque a veces los de reciclaje no se llevan algún objeto, y esto le da la oportunidad de escribir una nota para los vecinos en el pasillo explicándonos lo que hemos puesto mal en el cubo inadecuado. 

Pero el otro día, Rose se autosuperó: salió de su guarida para decirme que había pensado mucho, noches sin dormir, sobre la casita de bicis. Su decisión era (fanfarria): no. Lo sentía, no quería causar "bad feeling", pero es que "tiene planes para el jardín". 

- "Rose, qué planes, llevamos años aquí y esto sigue como un estercolero" 
- "Veo que te estás enfadando"
- "No, pero es que es verdad... por tus manías mi familia y yo no podemos ir en bici juntos" (un poco de chantaje emocional, alguien más se anima?)
- "Pero oh... es que quiero hacer un huerto ahí para cuando nos quedemos sin ..."

No terminó la frase, hubo un silencio lleno de sobrentendidos pero yo lo vi claro: Rose o bien hablaba de las restricciones alimentarias del Brexit (esas lechugas que acumuláis los españoles en vuestros supermercados!!! traidores!), o bien de The Road. Que al final igual es lo mismo. 




22 de enero de 2019

Brexit: Yo qué sé

5 divagues
A los que vivimos en la isla, a veces la gente nos pregunta (cada vez menos, supongo que pasmados ante el surrealismo) que qué está pasando con esto del Brexit. La respuesta es la de Warren Sánchez, cuando le preguntaron por el sentido de la vida (Grandes hitos, Les Luthiers): se la diré en tres palabras,  "yo qué sé".

Casi todo esto ya se sabía, pero aún así, masocas, el otro día vimos el documental "Brexit: The uncivil war", con Benedict Cumberbach, un actor con mucho carisma, interpretando al ideólogo de la campania del Leave (del irse de Europa), Dominic Cummings. Yo conocí a un Cummings que era autista, y me pregunto si son familia. Porque este Cummings es un tipo raro, que no cae bien a casi nadie, pero que es un genio de esos que contratan los políticos como asesores, consultores, en este caso directores de campaña. Un visionario con capacidad para identificar el descontento de la gente y usar esa vulnerabilidad para venderles lo que sea-en este caso la salida del Reino Unido de la UE. Hay un problema con poner a Cumberbach haciendo de este tipo: es imposible olvidarle como Alan Turing (The imitation game), o tantos otros papeles y hace a Cumming menos villano de lo que es. Aunque los que interpretan a los otros dos mamporreros del Leave, el emético Nigel Farage y el impresentable millonario que soltó pasta  Arron Banks, estos son reflejados a la perfección: una quiere partirles la cara desde la primera escena en que aparecen. 

Cummings no quiere volver a Westminster, pero por fin le persuaden, y en contra de estos dos catetos, él diseña una campaña partiendo de unas ideas claras: hay 1/3 de la población que van a votar Remain (quedarse en la UE) de todas todas. Son los internacionalistas, las profesiones liberales, los progres, siempre los mismos. Hay 1/3 de la población que van a votar Leave pase lo que pase. Estos son aquel grupo que sueña con el pasado glorioso del Reino Unido, dominando por los mares medio mundo. Este es un grupo de gente mayor, o que conducen una furgoneta blanca (en la que se ponen la bandera), muchos de ellos que no les ha ido mal en la vida, y que por ello piensan que esta isla seguirá flotando sola, aunque sea basado en lo que hacen mejor: vender humo. De estos grupos ya habló Mailer en "Los ejércitos de la noche". Nada nuevo bajo el sol. 

Y luego queda el otro 1/3. Ese misterio. Al que hay que ganar. Y para hacerlo, monta sus "grupos focus", donde escucha hablar a la gente, baja al pub (me imagino que esto le costaría hacerlo, un tipo famoso por escribir posts de 8.000 palabras en su blog) y dibuja y dibuja en la pared-pizarra hasta que llega al lema: "Take control" (toma el control), y lo refina añadiendo el adverbio back: "Take BACK control" (Retoma el control), implicando no solo liberémonos de esos europeos sin cara que nos mandan derechos humanos, normas de seguridad laboral y otras inconveniencias,  sino que volvamos a tener lo que un día fue nuestro. La gloria aquella del imperio. Entra "Land of Hope and Glory" y el Omeprazol, gracias. 

Ah una cosa, pequeño detalle. Que... esto... toda esta información sobre este tercio no la sacó solo del pub y de sus grupitos multiculturales. No, claro, ahí entra Facebook, y Twiter y Blogger si no estuviéramos aquí ya solo cuatro gatos, y los mercenarios canadienses AggregateIQ que le van a meter toda la social media en la coctelera y ... ta-dá. Ya tienes la indentación para meter el taladro. 

En uno de los focus groups, una persona pierde el control (hablando de "take back control") en una escena emocional, llorando, gritando, "que está harta de no tener nada". Claro, la respuesta es esa, convertir a la isla en un paraíso fiscal, donde todo será mucho más caro para lo que aquí vivan, y donde no habrá personal en sectores críticos porque los británicos, simplemente no quieren hacer ciertos trabajos. Da igual lo que digan los expertos, como famosamente dijo Michael Gove "este país ya ha tenido bastante de expertos". Claro, ahora es el momento de dejarnos llevar por el sentimiento, no la razón y los datos. Porque, como dicen los brexiteros, "bueno, ahora tiremos para adelante, ya veremos por dónde salimos". Tirar para adelante hacia el precipio. Lo que pasa es que este país no ha estado, como otros, en el abismo, y no tienen ni idea de lo que es caer. 

 Todo esto que escribo son referencias de segunda mano, como pueda tener cualquiera. Afortunadamente, me he cruzado con pocos brexiteros ultimamente, porque vivo en Londinium y trabajo en lo público ("un nido de labour", como dice el Peda), y los que haya no se lo van a contar a una española. Pero sí que hay una sensación de que, hasta este drama del Brexit, Europa era pintada como una madre pesada que te obliga a tomar aceite de ricino. "Normativa europea", y algunos miraban arriba-abajo, cuando yo siempre solo le veía ventajas: cual era el problema de que los médicos tuvieran que dormir un determinado número de horas? Porque he llegado a oír a los cirujanos que "así no se podía hacer la residencia" (con el vicio del dormir, parece, cuando está demostradísimo que no se rinde, y se comenten muchos más errores sin dormir, obviamente). Los políticos, cuando querían quitarse responsabilidad de algo, "era Europa", ese familiar incómodo que no ha venido hoy a la cena, por lo tanto lo podemos poner a caldo. Los periodistas, lo mismo. Han sido décadas de irresponsabilidad así, y ha calado. 

Luego está Corbyn, que me gusta en su izquierdismo verdadero, pero que me parece un ingenuo con su tibieza sobre este tema... para Corbyn, las razones para no estar en la UE son las antípodas de los de la banderita, pero me temo que el paraíso socialista no lo va a conseguir así, más bien al contrario. 

Así que sí... es un MESS. Un poco como este divague que quiero terminar ya, no vaya a ser que me salga algo cumminesco, tirando a las 8000 palabras. Haría esto yo, en este blog haiku?


No sé si nos servirá de mucho, pero querría pensar que siempre nos quedará Londinium...

20 de enero de 2019

Tú sigues joven, con esa voz de siempre/ y esos ojos azules

1 divagues
Tal Vez, Oh Mar

Tal vez, oh mar, mi voz ya esté cansada
y le empiece a faltar aquella transparencia,
aquel arranque igual al tuyo, aquello
que era tan parecido a tu oleaje.

Han pasado los años por mí, sus duras olas
han mordido la piedra de mi vida,
y al viento de este ocaso playero ya la miro
doblándose en las húmedas arenas.

Tú, no; tú sigues joven, con esa voz de siempre
y esos ojos azules renovados
que ven hundirse, insomnes, las edades.

Rafael Alberti
(Poemas de la Punta del Este)


17 de enero de 2019

Serial. Cinco.

4 divagues
Cuando por fin me aventuré fuera del pequenio edificio donde estaba mi habitación, me di cuenta que el principal de Banderley, el castillo gótico encantado y encantador, estaba aún más lejos que la noche anterior, con Sister Harding. Hoy había niebla, se agradece el atrezzo para seguir alimentando el mito que ya corría salvaje en mi cabeza desde anoche.  La pradera que nos separaba sería más del doble de un campo de fútbol, aunque no había porterías, solo esos palos verticales de rugby, como si fuera un colegio privado de la élite que saca su cazurrismo así, para diferenciarse del fútbol, que lo pueden jugar chavales en una era. Pensé en Sandip, y en el criquet: seguro que también le daban allí, pero desde ya me negaba a intentar entenderlo.  Avancé por enmedio del césped -si había un caminito en algún lateral, no quedaba claro-, todo estaba desierto.  A medida que me acercaba se hizo evidente que, sin llover, llovía insidiosamente, por la espalda, a traición: cuando por fin llegué al lateral de Banderley Central-así aprendí luego que llamaban al castillo, en concreto Banderley-C, estamos en el país de los acrónimos-, mi cabeza estaba empapada. Primeras impresiones, pensé, mientras me soltaba la coleta y sacudía un poco el pelo: gran momento para hacer mi entrada en la cantina.

Según el mapa que me dejó Harding, debía de estar en ese ala, frente a la pradera. Cuatro escaleras, con una balaustrada grandilocuente-como todo en  Banderley-C- llevaban a una puerta doble de madera con cristales mosaico de colores, entreabierta. El pasillo, como el de anoche, era sus baldosines en puzzle granates, blancos, y azules pero en este no se  movía ninguna pieza. Entonces apareció Yolanda.

Yolanda era irlandesa, risuenia y expansiva. El nombre fue una excentricidad de su padre, ya que vivían en Texas, casi frontera con México, cuando su madre se quedó embarazada. Tenía mi edad y había llegado a Banderley haría un anio. En el futuro me recordaría muchas veces cuando me encontró, como hipnotizada, plantada enmedio del pasillo, mirando al suelo, y de cómo me costó reaccionar-yo siempre le contestaba porque aquel primer día no entendí su acento. Yolanda era morena con un pelazo, su secreto para ese volumen que en realidad era rizado, pero se lo alisaba. Llevaba una cinta azul a modo de diadema. Ella también iba a la cantina, aunque para mi alivio no habría nadie porque ya era tarde. Ella estaba de guardia y habían tenido una emergencia en la planta de psicóticos, de ahí esas horas, no vengas a comer tan tarde. Un paciente se había puesto agresivo, y había terminado en seclusión. Pero era solo por la guardia que habíá intervenido en psicóticos, ella estaba desde la última rotación en forense, en aquel edificio del fondo-y por la ventana me senialó otro edificio menor y cuya arquitectura rompía con la belleza de todo el conjunto de Banderley. Se había construído hacía una década y era una unidad de semi-seguridad. Yolanda dijo que quería subespecializarse en psiquiatría forense cuando terminase la farsa de la residencia.

Sí, la farsa, subrayó cuando me reí. Estaba aburrida de rotar cada seis meses por especialidades que no le interesaban: los neuróticos de siempre, ansiosos, deprimidos, los bipolares, esquizofrénicos, los de adicciones, los desórdenes perinatales. A ella lo que le interesaban eran los malvados, y eso es lo que quería investigar. "Y tú, qué quieres?" me preguntó, así, frontalmente, mientras que yo ponía queso cheddar rallado sobre la patata asada, lo único con que me había atrevido de la oferta de la cantina. Porque no entendí nada, y no me refiero al idioma: ni tener la comida delante me ayudó a procesar lo que eran esas masas de algo mezclado con salsa, no recordaba nada de esto de mi visita como estudiante. Esto era la Inglaterra profunda, estaba claro. Temí pasar el resto de mi vida allí pidiendo desayuno inglés a la hora de la comida-el viaje anterior me había servido de inmersión a las alubias-y patatas asadas con cheddar o coleslaw. Coleslaw que yo llamaba en mi cabeza "coleslao" hasta que un alma bondadosa me abrió los ojos, y resulta que la maldita coleslao dicen suena como "colslo". Un idioma sin lógica.

-"Qué quiero hacer? No sé, no he trabajado nunca antes... quiero empezar y ver que..."

-"Y en qué equipo empiezas? -Yolanda no tenía paciencia para las pausas. El Dr Cook. Yol miró hacia arriba con resignación, y ese día no, pero aseguró que ya me pondría al día del tal Cook, sus manías y los estrambóticos miembros de su equipo-que iba a ser el mío. En cuanto a mi casa...

-"Tienes suerte, si estás en Drummond"-suspiró- "Es el mejor edificio... en su día debieron ser las caballerizas, pero luego lo reciclaron para residencia de residentes. Tiene mucho encanto. Yo estoy en Balmoral, que como los edificios de las otras dos Casas fue construido en los 60, funcionales y feos".

Esto era la continuación de un cole para pijos, donde los ninios de distintas edades están en grupos para, esencialmente, competir: había cuatro "Casas" que se llamaban como castillos escoceses, tan cerquita estábamos del país vecino, y además de Drummond y Balmoral, estaba Stirling y  Edimburgh. Cada Casa tenía una serie de identificadores que iban desde escudos hasta animales, pasando por colores (amarillo, azul, rojo y verde).  Me costó darme cuenta de lo que representaba el sistema de Casas, y lo en serio que algunos de mis companieros se lo iban a tomar. En los días siguientes en Drummond me di cuenta de que las letras de las toallas estaban en amarillo, y los sofás del cuarto común eran amarillos, y unas capas para la lluvia colgadas detrás de la puerta de salida eran amarillas, y las botas de agua alineadas bajo las capas tenían una raya amarilla. En Balmoral, la de Yolanda, todo esto era azul. Y le sonó el busca. 

En el pasillo que comunicaba la cantina con la iglesia había un montón de cuadros que empezaban hacía décadas, en blanco y negro descolorido, y donde sonreían chicos de mi edad con gafas pasadas de moda. En los anios más recientes comenzaban los colores de las Casas y a aparecer las chicas, pero siempre éramos minoría.  Al llegar a la capilla, la puerta estaba cerrada con llave. Al lado, había un cuarto llamado "Oasis multi-fé"  (lo sé, pero no lo he inventado yo. El remanso  donde los religiosos iban a dar rienda suelta a sus supersticiones-cuántas conversaciones tendríamos a lo largo de mi tiempo en Banderley sobre el tema: "Es la religión una idea delirante? Discuss"). Este sí que estaba abierto, y vacío: una sala funcional y tristísima, que más que un refugio de paz parecía una sala de velatorio. La capilla, sin embargo, era otra cosa, pero eso no lo sabría yo hasta pasado un tiempo porque siempre, siempre, estaba cerrada.

Estaba ya oscureciendo -por estas latidudes no quiere decir que fuera muy tarde- y me pasé por la pequenia tienda que me ensenió Yol, al lado de la cantina. Aquí podías comprar un poco de todo, era como una cueva de Ali-Baba, con genio incluído: al senior pakistaní que la regentaba solo le faltaba ser azul. La gente en general comía en la cantina, y algunos también cenaban, pero este era el lugar donde se iba para llenar tu estante del frigorífico de la sala comunal. Al genio además le podías pedir tus deseos, y él lo encargaba al de la camioneta blanca-con bandera inglesa en el salpicadero-que venía regularmente. Mi primera compra consistió en dos o tres cosas -carísima, cifra grabada a fuego, £32-, y solo recuerdo un tubo de helado Haagen Daz de Chocolate Suicide. Yo, que no soy particularmente de helado.

Al llegar a Drummond, abrazada al helado, estaba todo silencioso. Las escaleras, de madera blanca, grunían bajo la alfombra -amarilla, por supuesto- que la forraba por el centro. Hacia la mitad de escalera se apagó la luz, que tenía un temporizador: aprendería más tarde a subir a toda prisa.  A tientas llegué al final, la puerta del salón estaba cerrada. Me pareció oir una especie de murmullo.

Me quedé parada, petrificada frente a la puerta que, de repente, se abrió, y:  SORPRESAAAAAAAAAA!!!  Cuando alguien por fin encendió la luz, un grupo de gente sonriente con gorritos de Nochevieja y bajo guirnaldas amarillas parecía alegrarse mucho de verme. El Chocolate Suicide se me cayó a los pies. 



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Si te has perdido las anteriores entregas de Serial, pincha aquí.  

13 de enero de 2019

Advertencia, de Jenny Joseph

6 divagues
Advertencia
Cuando sea vieja, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni haga juego, ni me quede bien,
y me gastaré la paga en coñac y guantes de verano,
y sandalias de raso, y diré que no tenemos dinero para mantequilla.
Me sentaré en la acera cuando me canse
y devoraré las muestras de las tiendas y apretaré los botones de alarma
y haré ruido con mi bastón en los barandales de las calles.
compensando la austeridad de mi lejana juventud.
Saldré a caminar bajo la lluvia en zapatillas,
y arrancaré flores de jardines ajenos
y aprenderé a escupir.

Puedes llevar terribles camisas y engordarte
Y comer tres libras de salchichas de una vez
O solo pan y vinagretas durante una semana
Y acumular bolis y lápices, y posavasos y cosas en cajas.


Pero ahora hemos de llevar ropa que nos tenga secas,
y pagar el alquiler y no jurar en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos invitar a amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez deberí­a practicar un poco desde ahora?
Así­ la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea vieja, y comience a vestir de morado.

Jenny Joseph

....Viene a ser un poco lo de Matilda El Musical, basada en el encantador libro de Roalh Dahl...

Cuando crezca, comeré caramelos de camino al trabajo
y me iré a la cama tarde cada noche... :)



Warning
When I am an old woman I shall wear purple
With a red hat which doesn't go, and doesn't suit me.
And I shall spend my pension on brandy and summer gloves
And satin sandals, and say we've no money for butter.
I shall sit down on the pavement when I'm tired
And gobble up samples in shops and press alarm bells
And run my stick along the public railings
And make up for the sobriety of my youth.
I shall go out in my slippers in the rain
And pick flowers in other people's gardens
And learn to spit.

You can wear terrible shirts and grow more fat
And eat three pounds of sausages at a go
Or only bread and pickle for a week
And hoard pens and pencils and beermats and things in boxes.

But now we must have clothes that keep us dry
And pay our rent and not swear in the street
And set a good example for the children.
We must have friends to dinner and read the papers.

But maybe I ought to practice a little now?
So people who know me are not too shocked and surprised
When suddenly I am old, and start to wear purple.

6 de enero de 2019

"Los ejércitos de la noche" de Norman Mailer

27 divagues
"Los ejércitos de la noche" ("The armies of the night") de Norman Mailer llegó a mí por aquel tratado de literatura para dummies que leí hace meses, que puso en evidencia de nuevo mis lagunas literarias-más bien mares interiores, por su tamanio. Ponían a esta novela, publicada en 1968, como ejemplo de aquel género de la "novela de no ficción", que había comenzado Capote en 1966 con "A sangre fría". 

De hecho, el nacimiento del género enfrentó a ambos, que antes eran amigos, pero a raíz de la publicación de "Los ejércitos de la noche", Capote y Mailer compitieron por quién era el padre/el mejor/ el que la tenía más grande, del nuevo género. Testosterona (bostezo), que parece que a Mailer le sobraba, porque si apasionante es su novela, igualmente fascinante resulta-por lo menos para su estudio psiquiátrico- su personalidad: un macho alfa, que no solo se enfrentó a Capote, sino que le partió la cara a Gore Vidal ("si hubiera un "Figh Club" para escritores, Mailer sería Tyler Durden"),  acuchilló a una de sus seis u ocho mujeres en una fiesta, y suma y sigue. "Más grande que la vida" que se dice en inglés, parecía Norman, que murió en 2007:  una tiene sus dudas sobre si se iría a tomar un té con él, pero lo que es imposible es no sentirse atraída por su personalidad sobre el papel. Probablemente, sí, me iría a tomar ago con él, probablemente tequilas- a él lo veo con un whisky doble, sin hielo.



El 21 de Octubre de 1967 hubo una manifestación masiva en Washington DC para protestar contra la guerra de Vietnam: "la Marcha del Pentágono". Norman Mailer era uno de ellos, y de los días anteriores y de ese día surgió "Los ejércitos de la noche", subtitulada "Historia como novela. La novela como historia", porque está dividida precisamente en esas dos partes: en la primera nos cuenta su diario personal (su entrada de blog) de lo que pasó en aquella mani y la segunda intenta ser una especie de resumen desde fuera de los acontecimientos, en particular tras su arresto, incluyendo las horribles cargas policiales y la noche durísima que pasaron los que quedaron.

Quién estaba en la mani? Los de siempre. Quién apoyaba a la guerra de Vietnam? Ditto. 50 anios después, y seguimos igual. Apoyaban los que apoyan a Trump: militares, rednecks, policías, trabajadores manuales, el mundo rural. Versus los hippies, los estudiantes, los comunistas que aún no han salido del armario, la clase intelectual urbana. Nada nuevo bajo el sol. Mailer describe esto muy bien, y los enfrentamientos de las clases sociales, los ricos manifestantes frente a los polis pobres controlándolos. La clase media que no hace nada con sus manos ni tiene la tierra, pero sí la pasta. La clase trabajadora es fiel a sus amigos, la media a sus ideas.  Han estado siempre ahí, estos trumpistas? Nunca se han ido? 


Pero no quiero hablar de la novela, que recibió el Pulitzer de no-ficción y el National Book Award, sino de ese Mailer al que el autor se refiere en tercera persona, como hace Sábato consigo mismo en uno de los libros que con más carinio recuerdo, "Abbadón El Exterminador". Aquel antihéroe que se ríe de sí mismo (desde el principio, me atrapa el humor de Mailer), pero también cruelmente de los demás. Me pregunto... le quedaron amigos tras publicar esta novela? Gracias a él he conocido a alguna de las figuras intelectuales de los 60, que estaban como él, comprometidos políticamente: Robert Lowell, poeta, Dwight McDonald, crítico, Paul Goodman, analista político, Micth Goodman, escritor y miembro, junto con el pediatra Dr Spock de los "Cinco de Boston", que habían firmado en 1968 un manifiesto en contra de la guerra. Algunos de estos están con Mailer en la manifestación, y el día antes de la mani hacen con él dicursos en un teatro. Una empieza a conocer a Mailer con su escena de necesidad imperiosa del banio, cuando no hay tiempo, y está muy lejos, y donde hay no luz, ergo se acaba meando por todo el suelo, haciendo un lío, preocupado porque los limpiadores van a pensar que esto es parte de la protesta, estos izquierdosos son unos guarros, y llegando tarde al escenario-donde evidentemente, cuenta esta historia. Pero no solo es esta anécdota, con la que me podría identificar perfectamente-me desmayé en una charla una vez, así que todo es posible-, sino sus reflexiones laterales, tan acertadas: cuando baja y se mete entre la gente, nos habla de la intimidad que normalmente se crea entre el orador y el público, que es algo mágico que todo el que ha hablado para grupos ha experimentado-cuando no te desmayas. De observaciones como esta está la novela llena. 

Me imagino a Mailer como el típico judío neurótico, una especie de Woody Allen en fiestas, que no sabe hablar del tiempo y que, como no puede tolerar la pausa, que es el abismo, la llena con "la más extravagante amalgama de posibilidades". Un día está hablando con otro escritor-ambos no han leído casi nada del otro, piensa, y a la vez sospecha que ambos estarán considerando que esa conversación estaría mucho mejor empleada, de todas maneras, en un artículo. Deformación profesional? Versión elevada de "esto me dará para divague"? En algún momento me recordaba a mi amado Phillip Roth... "el sexo es mejor sucio, condenado, incluso esclavo... nada de limpieza, dénme culpa!"... esperaba q saliera Portnoy por ahí en cualquier momento. Pero no. 

Aunque Mailer es irreverente, y me parto cuando cuenta cómo los anarquistas de Libération, preparados para terminar con esta sociedad y cambiarla por una pacifista sin leyes,  tuvieron serios problemas para imprimir un artículo suyo en el que escribía la palabra tabú por antonomasia del inglés: CUNT. Me recuerda tanto a Lady Chatterley ("ha escrito Fuck!") como a la gran historia del Peda y su artículo sobre el Rey Emético, cuando cumplió 20 anios en el trono, en una revista de barrio, igualmente antisistema.

Years ago in 1959 when Dellinger was already an editor on Liberation (then an anarchist-pacifist magazine, of worthy but not very readable articles in more or less vegetarian prose) Mailer had submitted a piece, after some solicitation, on the contrast between real obscenity in advertising, and alleged obscenity in four-letter words. The piece was no irreplaceable work of prose, and in fact was eventually inserted quietly into his book, Advertisements for Myself, but it created difficulty for the editorial board at Liberation, since there was a four-letter word he had used to make his point, the palpable four-letter word which signifies a woman’s most definitive organ: these editorial anarchists were decorous; they were ready to overthrow society and replace it with a communion of pacifistic men free of all laws, but they were not ready to print cunt.” 

La novela tiene un contenido muy profundo. Por supuesto él ya había escrito antes "Por qué estamos en Vietnam" ("y si dejamos Vietnam, y toda Asia se vuelve comunista?"), y hay un capítulo solo dedicado a esto. Pero hay mucho más: no solo están las dos américas que antes he mencionado, la rural y la urbana, la proguerra o la anti, sino que dentro de los oponentes a la guerra hay dos claras generaciones: la de Mailer y los suyos, hombres para lo que la palabra es todo (en su mayoría, escritores), y la nueva generación de hippies ("la instintiva prevención de un carnívoro frente a a un asceta"), flower-powers, New Age (que describe muy bien Joan Didion en el capítulo que da título a su libro de relatos "Slouching towards Bethlehem"), seguidores de Joan Báez, que según aprendí en otro capítulo de Didion, tenía también una pedrada severa, revolucionarios de fin de semana.  "Lo que parecía significativo aquí era la idea de una revolución que precedía a la ideología;  la Nueva Izquierda parecía haber adoptado esta idea para esta Manifestación". Mailer y su generación pensaban que sería la palabra, la literatura, lo que cambiaría el mundo: Hemingway, Orwell, Mailer... desde la novela creían que podrían poner todo patas arriba ("convertirte en un buen filósofo amateur, una vocación indispensable para el novelista ambicioso porque si no, o es otra cosa que un amargado entretenedor, un cuentacuentos"). Hoy me desespero de leer contratapas de novelas y novelas que, disfrazadas de presunto intimismo, solo se miran al ombligo. 

"El nihilismo tal vez será la única manera de contestar al totalitarismo", "El Leninismo es un equivalente mental a levantar pesas en el gimnasio: el cerebro trabaja, se oxigena, respira, y termina con incrementos en su vigor y tono, pero el problema permanece. Es un gran isntrumento de análisis en un mundo hecho de acero", son dos frases más que dan una idea de lo inabarcable que es divagar sobre esta novela. Es un clásico del SXX que hay que leer para aprender, para reír, para no olvidar, y para darse cuenta de que merece la pena salir de nuestro ombligo y mirar hacia fuera. No sé quién inventó la novela de no-ficción, y no me importa. Lo que me no me gusta es no haber descubierto a este monstruo hasta ahora: Norman Mailer, Larger than Life.