10 de agosto de 2019

Viaje al "continente oscuro" (Sudáfrica 0)

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Todo empezó con Shan, la profe de Mini.  Que si les enseñaba el "Madiba dance" en clase, que si el proyecto del trimestre era preparar un viaje a Sudáfrica, que si traía a un padre de la clase que, como ella, era sudafricano para que les hablase del Apartheid... Al final: Resultado! Mini se hizo gran fan de Mandela, de "Table Mountain" y de los safaris (en su proyecto había incluido un safari exclusivo de esos que cuesta una noche como todas mis vacaciones). Lo de las ballenas... eso ya lo llevaba de serie.

Todo empezó en Semana Santa cuando, sin darnos cuenta, metimos el dedito en lo que se iba a convertir en nuestro "año africano". Aquellos días viajamos por Marruecos, uno de los mejores viajes de los últimos años-en nuestra opinión, claro, Mini se atrevió a diferir enfáticamente. Por ello y por veleidades poéticas, parecía justo cerrar el ciclo vacacional de 2019 en la otra punta del mismo continente, "el continente oscuro"  ("the dark continent"). Qué recuerdos: Freud se refirió así al sexo de las mujeres adultas, diciendo algo así como que "se sabía menos de la vida sexual de las niñas que de los niños, pero no nos avergoncemos de esto, resto de señoros con puro de la sala, al final el sexo de las mujeres adultas es el continente oscuro de la psicología". Ahh, tío Sigmund, cómo me gusta resultar oscura para ti: lo peor vino cuando tú creiste tener algo claro y lo interpretaste. Y luego vino tu corifeo. 

Pero divago. Me está quedando esto tal vez algo Jackson 5-"échale la culpa a Mini"-, porque es así. Ni el Peda ni yo teníamos demasiado interés en viajar para ver bichos. No me interesan los "Big 5" (los cinco grandes, que son, yoquesé... el león, la jirafa y eso), ni los viñedos, así que el país no nos llamaba en particular. Pero algo extraño ha pasado mientras preparábamos esta aventura: de repente, nos empezamos a ilusionar, y queríamos ver esto, y aquello, y dormir en casitas de árbol, y ver ballenas, y conducir al lado del mar, y dormir en granjas, y ver ballenas, y llegar al punto más sur de Africa, viendo allí ballenas, y.... bueno, que tenemos unas ganas locas de llegar a Ciudad del Cabo, y ver si lo que imaginamos es cierto.

Como casi no había leído literatura sudafricana (aparte del obligado "Desgracia" de Coetzee), he dado mucho la brasa a gente del trabajo, a la susodicha profe de Mini, a Elena Rius, y al final me he hecho con cuatro libros que no puedo esperar a leer (en imagen). Gracias Elena por las recomendaciones.

No sé cuándo volveré a escribir, ni si lo podré hacer sobre la marcha, o tendré que dejarlo para Septiembre. Primero hemos de volar a la península para recoger a Mini, y de allí lanzarnos a muchas horas de vuelo, pasando por, Addis Abbeba, creo. Aeropuerto que según Fashion "mejor no os quedéis colgados porque es literalmente un pajar". En todo caso, si no es aquí, espero aparecer por las noches por Instagram. 

Mientras escribo esto, una pena inmensa que me tiene agarrada aquí, detrás del esternón. Estas son las primeras vacaciones en mucho tiempo en las que no estará el divagante Luxindex acusándome de los peores delitos de evasión de impuestos por salir tanto de la isla.  Le echo de menos en cada divague, y hoy mucho más. Ojalá esté bien, allá donde esté. 

Ojalá todos estéis bien y todas disfrutemos, aunque sea desde nuestro sofá,  del freudiano "continente oscuro". 

8 de agosto de 2019

"El templo del pabellón dorado" de Yukio Mishima: Síndrome de Heróstrato, en serio?

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Hoy, cuando he subido a poner el libro de Yukio Mishima que terminé ayer, "El templo del pabellón dorado" (Kinkaku-ji, me gusta mucho más en japonés) al lado de "El marinero que perdió la gracia del mar", he abierto este último y me lo he encontrado con muchos subrayados, justo el que he abierto decía que "el protagonista cumpliría 34 años en Mayo", y yo había comentado con lápiz en el margen, "yo también cumpliré 34 en Mayo!". Esto da una idea de hace cuánto lo leí y tal vez explique porqué me gustó más, o guardaba mucho mejor recuerdo que de este que ahora termino. No es lo mismo leer algo con 20, que con 40. Como diría Mandela, "No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuanto has cambiado tu” . Yo lo adapto: "No hay nada como volver a una lectura que no ha cambiado, para darte cuenta de cuanto has cambiado tu”.

En todo caso, esto no era una relectura, más bien podría ser el retorno a un autor. Y Mishima me ha parecido por supuesto ese extraterrestre, por japonés -ahora lo sé de primera mano tras haber viajado por allí-, y tal vez por leer la traducción al inglés. Ha habido momentos en los que me perdía y tanta elucubración (divague!) sobre la belleza del templo se me hacían cansinos. O tal vez es que en algún punto me recordaba a Murakami (de hecho, la dirección es inversa:  Murakami sería el que le "homenajearía a Mishima), con ese nihilismo juvenil, con ese suicidio tan obligatorio, con ese sexo aséptico, hecho con guantes de goma y con esos personajes que son todos casos clínicos de un psiquiatra del neurodesarrollo. 

Porque con los personajes de los japoneses, una nunca sabe si enmarcarlos en el espectro autista o si tal vez esa rarunez, ese hikikomori se puede explicar desde lo cultural, interactuando con lo que traen de fábrica. Esto me pasaba con el protagonista de-dejadme llamarla-Kinkaku-ji, que durante la mayor parte de la novela puede pasar como el inadaptado autista, pero que luego se va poniendo más interesante (para mí), cuando empieza a mostrar rasgos psicopáticos.  

Lo que no sabía al comenzar a leer es que esta historia está basada en hechos reales-a partir de aquí, quien quiera mantener el misterio, que deje de leer. Ni lo sabía cuando visité este templo hace ya tres años. Al parecer, hubo un monje joven del Kinkaku-ji que sufría de esquizofrenia, y que terminó quemando el famoso templo dorado. El propio Mishima le visitó en la cárcel para documentarse para la novela.  Esto me ha llevado a otro libro titulado "Terrorismo para auto-glorificación: el Síndrome de Herostratos" de Albert Borowitz's (Terrorism For Self-Glorification: The Herostratos Syndrome, 2005), y aquí es donde me he quedado enganchada. 

En primer lugar pensando si Mishima supo describir la enfermedad mental que aquejaba a ese pobre monje esquizofrénico. Como digo, leyendo la novela una se pregunta si tiene problemas de comunicación social o si tiene rasgos psicopáticos, pero en ningún momento queda claro que el monje perdiera el contacto con la realidad, que es esencialmente una psicosis . Un esquizofrénico quema un templo porque hay una voz en su cabeza que le dice que lo haga, o Dios le dice que lo haga, o piensa que es Juana de Arco y ha de vengar el haber sido quemada.  Un psicópata se puede entender que queme templo por auto-glorificación, son narcisistas ante todo, centrados en ellos mismos, superficiales e inseguros, en el fondo. El personaje no queda, entonces, bien demarcado, si lo que quiso el autor fue mostrarnos al personaje real en esta ficción.

Dejando la novela, paso a fijarme en el "Síndrome de Heróstrato". Entra wiki: Heróstrato (en griego Ἡρόστρατος) fue un pastor de Éfesoconvertido en incendiario. Fue responsable de la destrucción del templo de Artemisa (diosa Artemisa o Diana) de Éfeso, considerado una de las siete maravillas del mundo, el 21 de julio del año 356 a. C., coincidiendo, según Plutarco, con el nacimiento de Alejandro MagnoLa confesión del propósito de su crimen le fue sacada bajo tortura: su único fin fue lograr fama a cualquier precio. Al descubrirse la intención del incendiario, se prohibió bajo pena de muerte el registro del nombre de éste para las generaciones futuras, como vemos, con gran éxito. Por eso cuando hay actos de terrorismo hay muchas voces que sugieren que no se les dé publicidad, no solo por ellos, que es retroalimentarlos, sino por posibles imitadores, o incluso todos aquellos pirados que les mandan cartas de amor a la cárcel. A este respecto, especial estupor me causó la historia de Ted Bundy: en el docu de Netflix ya da pavor solo de verlo, pero aún hay una oligofrénica que le sigue por todas las cárceles, y que se queda embarazada del psicópata en un vis-a-vis penitenciario. 

No he leído el libro de Borowitz, aunque la idea de analizar "los motivos del terrorismo desde la Grecia clásica hasta nuestros días" parece muy interesante. Dice que el terrorismo no puede ser objeto de una sola disciplina, sino que la religión, la filosofía, la historia, la mitología, la literatura (Chaucer, Cervantes, Mark Twain,  Jean-Paul Sartre) tienen mucho que decir. Y yo me pregunto: y la psiquiatría y la psicología? Y la política/sociología? No sé, digo, sugiero, planteo. Como siempre, nuestro comportamiento es un cocktail de nature-nurture, con lo que nacemos y las experiencias que tenemos. Y si agitas, y abres antes de tiempo, a veces te pones perdida. 

Como el pobre monje de Mishima: tartamudo, de familia disfuncional, inadaptado y al final, sicópata. No sé si lo he comprado, si lo que tenía de verdad era un psicosis, pero igual soy una friki de la sicopatología. Sobre todo me duele que la gente con enfermedad mental lleve mala prensa: tiene una persona con una enfermedad física la culpa? Pues por qué alguien con enfermedad mental? Ahora, en la novela hay descripciones hermosas y reflexiones de otra época y de otro mundo (no solo porque es otro planeta llamado Japón), por las que merece la pena leer el libro.

1 de agosto de 2019

Feliz 200 cumpleaños, Herman Melville!

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El 1 de Agosto de 1819 nacía en Nueva York Herman Melville: hoy cumpliría 200 anios. Parece ser que hay festividades en Massachusetts por la efemérides, que a mí me pillan demasiado lejos. Aunque, qué más da, realmente no me gustaría ir a ninguna celebración con bandas de música, proyecciones masivas de la peli de John Houston con mi amado Gregory como Ahab, charlas con académicos que cuentan lo esperado y, en general, gente gente gente. Melville se embarcó en el Acushnet en busca de, no sé, aventura, ballenas, material para escribir, pero un ballenero siempre es para mí soledad, incluso con todos los "mates" durmiendo hacinados a tu lado. Estar en medio del mar es siempre vulnerabilidad, pérdida de control y estar en manos de los elementos. 

Algún día quiero ir a Cape Cod a ver las ballenas y a pasearme por las calles que recorría Ishmael -para gran decepción, lo sé, siempre pasa con los sitios que tenemos en nuestra mente en un púlpito, y encima si los han transformado en vendo! vendo!. Pero este anio espero ver ballenas por otras latitudes, donde seguro que también ellos esperan vender algo: qué pereza de mundo. Salvemos las ballenas!, dirán, mientras venden reproducciones de ballenitas de plástico, y botellas de plástico y una pequena cajita que parece una televisión-de plástico-donde se proyectan fotos de ballenas-o esto ya es tan viejuno que no existe? Cierta nostalgia encontrarlo. Pero no es solo el plástico: me pregunto hasta cuándo vamos a poder meternos en aviones a tomar por culo (disculpen mi francés) sin vergüenza. Cuando volar sea como ahora fumar en interiores: llegará.

Mientras tanto, celebraré el cumple de Herman abriendo mi ya amarillo y dog-eared (no que yo doble las esquinas, pero está "usado") Moby-Dick. Como siempre, enseguida encontraré una cita subrayada que quiero copiar, y me intentaré asegurar (tal vez sin éxito) que no he braseado ya a los divagantes en el pasado con esa cita en particular. Y compruebo: porque aquí está la del principio de la novela, "Call me Ishmael",  aquí cuando me sentí Ishmael en una noche de tramadol y morfina, aquí cuando me encontré con fantasmas en el South Bank a propósito de la blancura de la ballena, o cuando divagué sobre lo blanco, apoyándome en Melville,  con el libro de Mo. Y aquí, no es Melville pero hablo de un libro sobre ballenas, y acá no es ballenas, pero es Melville, su famoso "preferiría no hacerlo". 


Y creo creo creo que la cita por la que se ha abierto hoy mi libro aún no la he divagado, así que aquí va, con toda la emoción con la que siempre comparto cualquier texto que tenga que ver con este autor que ha dado tantas horas de felicidad. Felicidades Herman!

“All men live enveloped in whale-lines. All are born with halters round their necks; but it is only when caught in the swift, sudden turn of death, that mortals realize the silent, subtle, ever-present perils of life. And if you be a philosopher, though seated in the whale-boat, you would not at heart feel one whit more of terror, than though seated before your evening fire with a poker, and not a harpoon, by your side.”