16 de diciembre de 2009

¡Calla, hablador!


¿A quién no le ha pasado algo así? Como dice un bloggero que leo:  "a veces no hay nada peor que desear una cosa y .. tenerla".

Juan y María iban a casarse. Eran personas totalmente diferentes y, sin embargo, se complementaban a la perfección.

Juan era una persona introvertida, tímida, de pocas palabras. No le gustaba figurar. Prefería pasar inadvertido. Era muy amigo de sus amigos y quería a María con locura. Generalmente prefería que María llevara la voz cantante en todo o en casi todo. En realidad era más cómodo así y le ahorraba tener que pensar, tener que decidir. Juan estaba hecho un flan ante la perspectiva de ser durante un día el centro de atención.

María en cambio estaba encantada ante lo que se le avecinaba. De hecho todas las decisiones en torno al enlace las había tomado ella. Había elegido la iglesia, el restaurante, la música, su vestido y el traje de Juan, el color de los manteles y la situación de los comensales en las mesas. Lo había supervisado todo para que nada fallara. Era un mujer muy dinámica, muy extrovertida y con poco sentido del ridículo: lo mismo podía bailar encima de una mesa que cantar en el karaoke sin ningún atisbo de vergüenza. María era así y así la quería Juan.

Llego el día del enlace. Todo había transcurrido según lo esperado: todos los invitados había llegado según lo previsto, la novia un cuarto de hora tarde para desesperación de Juan, pero estaba guapísima. Su padre, orgulloso la había llevado al altar. Las flores eran perfectas. En la ceremonia Juan pudo mascullar las consabidas palabras sin confundir fidelidad con felicidad (es peor cuando la ceremonia es en catalán y el contrayente confunde te honoraré con te oloraré).

El restaurante había cumplido con lo prometido y todo estaba yendo a las mil maravillas. Por fin cortaron la tarta y finalizaba el convite. Juan, a pesar de estar sentado en la mesa principal, ya se estaba relajando: ¡Buf, ya había pasado todo! - pensó. Comenzaba a respirar y a disfrutar de la fiesta mientras se tomaba su tercer pelotazo.

Poco a poco y debido a la abundacia de los caldos y espirituosos, el ambiente se empezó a caldear (valga la redundancia). Los amigos de Juan eran de los que arrasan y comenzarón a hacerse notar: corbatas en la cabeza, carcajadas estrepitosas, mejillas coloradotas... Para terror de Juan empezarón  a gritar: ¡Que se besen, que se besen, que se besen! Joder, se los había advertido una y mil veces que no quería que se pasaran. ¡Vaya  mierda de amigos! La cara de horror de Juan era evidente lo que aún animaba más a la cuadrilla. María en cambio estaba en su salsa. Había bebido mucho vino y mucho cava y estaba totalmente desinhibida, tanto que ya estaba de pie para cuando Juan se dio cuenta y ponía los morritos para que él la besara. Resignado Juan se levanto rápido y lo hizo, le besó. Fue una cosa apresurada, tanto que se la hicieron repetir como unas tres veces más: ¡de tornillooo, de tornilloooo! vociferaban los achispados amigotes.

La fiesta siguió subiendo de tono, la música había comenzado y todos bailaban alegres mientras derramaban el contenido de los vasos. Hasta Juan se había lanzado con un pasodoble y estaba disfrutando del jaleo. Ya había perdido la cuenta de lo que había bebido, pero le daba igual. Se encontraba tan a gustito, bailaba con la suegra, con las primas... la exhaltación del momento lo había liberado. Por lo menos así se sentía: libre.

De repente, oyó que la música había cesado y vío a María con el micro en mano. ¡Diosssss! ¿que iba a hacer María? La novia comenzó a dar las gracias a los asistentes, a sus padres y a sus suegros y a Juan por el día tan maravilloso que estaba disfrutando. Juan lo oía todo de lejos, sonriendo y ajeno a lo que se le avecinaba. Los amigotes de Juan empezarón a chillar: ¡QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN!.

No se lo podía creer, qué hijos de puta... Su turbia cabeza se paralizó y no podía ni pensar. ¡QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN! - se unieron todos. Sin saber cómo, se vió arrastrado hacía el lugar en el que estaba María con el micro: ¡QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN! - oía que su suegros gritaban al pasar por su lado. ¡QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN,   QUE HABLE JUAN!  - hasta sus padres se unieron al terrible coro.

Cuando llego al lado de María estaba temblando, confuso, muy nervioso. Sentía la boca seca, las mejillas encendidas y no podía pensar con claridad. Oía la algarabía de fondo que le animaba. María le tendió el micro, lo cogió a duras penas y se hizo el silencio más profundo. No le salían las palabras, no podía organizar nada coherente en su cabeza. ¡HABLA YAAAAA! - vociferaba su suegro.  ¡DI ALGOOOOO! - decía algún espontáneo.

Hizo un esfuerzo sobrehumano y acercándose el micro a la boca pudo murmurar:

"Mmmaría está embarazada"

A lo que el suegro replicó:  "¡Calla, hablador!"

2 comentarios:

  1. Me gustan tanto las bodas, que no fuí ni a la mía propia. Gracias Diva por describir tan bien el rollo que son.

    Pero me pregunto cómo te hubiera quedado con otros personajes: Juana y Mario. ¿Por qué siempre esa visión de las Marías muriéndose por ser las reinas por un día y los Juanes resignados al matadero?

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  2. Que conste que Juan estaba encantado con la idea de casarse con María.Era sólo que es muy tímido, que le daba vergüenza. María lo disfrutaba, porque María lo disfruta todo. Ella es así. No ha elegido "muerte". Es una vividora nata. No es que esté muriéndose por casarse y "atrapar" a Juan. No. no. no. Ella sola se basta para sacar adelante a su bebé pero quiere a Juan y ya tenían planeado casarse. Ocurrió en un viaje que hicieron dos meses antes, una escapada a.... Conpenhague por ejemplo. Unas copas de más, buen rollito, por una vez que no lo usemos no pasa nada, total si nos casamos ya mismo...

    De todos modos acepto Juana y Mario para futuras referencias

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