12 de diciembre de 2009

Shock en Chiapas


La verdad es que no se qué tono darle a la descripción de lo que vivimos en San Juan Chamula para transmitir mínimamente el impacto que nos causó. Todas las agencias organizan viajes, pero preferimos ir por nuestra cuenta. El día anterior habíamos estado en el Cañón del Sumidero con una agencia y Rigoberto, porque es más de una hora de camino lleno de curvas al que es difícil ir por tu cuenta. El Cañón es impresionante, en algunos puntos alcanza los mil metros de altura, y el río por el q vamos en la lancha tiene una profundidad de 100 metros. Vemos algún cocodrilo en las orillas, y gente que limpia el río, porque cuando llueve todo acaba aquí (desde botellas hasta zapatos, una se pregunta porqué siempre acaban los zapatos por ahí tirados y no las camisas, por ejemplo.) Recorremos 35 kms de río con la lancha, que va a todo trapo, es divertido. Pasamos por una pequeña cascada, y el guía nos enseña pájaros (buitres de la zona) y otra fauna. Al final del viaje, llegamos a la presa, donde hay un monumento inmenso al frente al ingeniero que la diseño, y detrás los trabajadores que murieron en su construcción. Después vamos a Chiapa del Corzo, un pueblo con fuente mudéjar y convento que exploramos con los boloñeses.

Pero iba yo a hablar de San Juan Chamula, parece que voy dando rodeos, y es que temo no saber explicar lo que allí vimos. Como decía, nos fuimos hasta el mercado de San Cristóbal, desde el q salen las combis (son como furgonetas para pasajeros) hacia San Juan. Viajamos con gente del lugar, no hay en la combi un solo turista, y lo mismo a la vuelta. En su mayoría son indígenas, y en este caso, la higiene no es su principal preocupación. Al llegar a San Juan, paramos en la plaza, donde está el mercado y al fondo, la preciosa iglesia. El mercado me recuerda en reducido al de la Plaza de El Fnaa en Marrakech: gente con sombrillas y una manta con su pequeña exposición de lo que quiera que vendan. En general son mujercillas vestidas de indígenas, pobres, que venden literalmente 8 manzanas con puntos negros, de esas que Sainsburys tira antes de poner a la venta, 4 patatas y algún fruto al que no puedo ponerle el nombre, más o menos en las misma condiciones. Hay muchas niñas que van vendiendo de todo o que piden un peso, o a veces que les hagas una fotografía, por 10 pesos.

La iglesia es blanca, muy bonita por fuera, y de su campanario parten guirnaldas de colores en todas las direcciones de la plaza. La cámara se quedaría allí todo el día, haciendo fotos a las sombras de las guirnaldas coloreadas mientras va girando el sol. Para entrar en la iglesia, hay que pagar algo en la oficina de turismo. Hay mil advertencias en las guías, e incluso en la entrada del pueblo, prohibiendo hacer fotos dentro de la iglesia, y a cualquiera de los rituales que se realicen. Una vez dentro, entendemos todavía más porqué.

La iglesia tiene una planta rectangular de espacio diáfano sin un solo banco, paredes pintadas de blanco, y un montón de santos en hornacinas alrededor de todas sus paredes. Los santos (“señor san Juan bautista” “señor san Sebastián” etc) son considerados aquí como hermanos de Cristo y tratados al mismo nivel. Las imágenes son totalmente grotescas, de esas con las que no te gustaría nada quedarte sola por la noche. Los colonizados tenían una imagen curiosa de los colonizadores: para ellos español aun es sinónimo de gente con nariz grande, ojos y tez claros. Los santos parecen monigotes maquillados, impostando expresividades mas propias de café cantante de barrio bajo que de iglesia.

Pero no son los santos lo primero que reclama la atención al entrar en San Juan: para mi es la oscuridad enorme rota por miles y miles de velas, y las ramas de pino secas que cubren todo el suelo. Hay muchos indígenas sentados en pequeños grupos alrededor de grupos de velas, que plantan en los escasos huecos que dejan las agujas de pino. Según el tamaño de las velas, así es el favor que van a pedir, y suelen versar en torno a enfermedades de familiares. Hay algunos hombres que inferimos son chamanes que arrodillados hacen unas oraciones en una lengua local, con entonación característica: se mueven espasmódicamente de atrás hacia adelante, moviendo los brazos expresivamente y lo que recitan es en un tono enfático por demás, pero susurrante: nunca había oído nada así.

Dejo al Pedalista en lo que un día sería el altar (hoy pared llena de santos y el suelo de grupos de feligreses) y sigo dando vueltas a los distintos grupos. Para mi horror, veo en el centro de la iglesia una pareja de bastante edad arrodillados enfrente de su grupo de velas. Ella tiene un pollo en sus manos, y se lo pasa al hombre que lo mata allí mismo, sin necesidad de cuchillo: le tuerce el cuello. Me quedo clavada en el suelo, no puedo creer lo que he visto. Me doy la vuelta de inmediato, pero la niña que debe quedar aún en mi se gira de nuevo y ve aún al pollo moverse, y el hombre forcejea con el hasta que para. Vuelvo al altar donde está mi compa, que me dice nada mas llegar “yo de ti me iría, mira lo que hay ahí.” Es una gallina, esta vez viva. Las mujeres del grupo la tocan, las niñas también. Hay tres niñas que recorren mil veces la iglesia. Una lleva un vestido blanco de esos totalmente pasados de moda, que tanto he visto en este país, de aquellos que todos recordaréis llevaban las niñas en España en los años 70: con un lazo que parte de la cintura y se ata atrás. Otra lleva una camiseta raída por arriba, y por abajo un trozo de tela (que es lana) anudado con otra tela a modo de cinturón. La mayor las lleva de la mano. Nunca pago por fotos, pero a estas tres les habría pagado con gusto: me las dejo grabadas aquí, en su lugar.

Le digo a mi compañero que esa gallina tiene las horas contadas, y no da crédito. La gente también lleva huevos, sobre los que escriben cosas. Y otra parte fundamental del ritual, que resulta bizarra y extraña, son las botellas de cristal de 354 mls de coca-cola, pepsi, mirinda, fanta, al lado de las velas, y que suponemos se beberán ellos, aunque no lo sabemos seguro. Lo que sí sabemos es lo que contienen las bolsitas de plástico con un liquido blanco que algunos dejan en el suelo. Tras un buen rato extasiados en la iglesia salimos a dar una vuelta por la plaza. Hemos oído hablar del Posh (nada que ver con la esposa de Beckham), una bebida que hace palidecer al mismísimo Tequila que beben los chamulas. Queremos comprobar en nuestra carne si es mito, porque mucha es la mitología que rodea a este pueblo. Rigoberto (que nos llevo al Cañón) nos contó como los hombres chamulas son polígamos y no trabajan nunca. Las mujeres son las que llevan el peso de la casa, y de la agricultura: “van al campo a por el maíz, hacen las tortillas, y luego los despiertan” (los despiertan sistemáticamente de la mona de Posh, claro.) Se me ocurre un nueva ONG, como aquella que va por los pueblos de Mali enseñando los peligros de la ablación del clítoris (lo interesante y terrible a la vez de esto ultimo es ver como tienen que convencer no solo a las mujeres, sino a los viejos y viejas de la tribu, y como las técnicas de persuasión no pasan en absoluto por lo que nuestra mente occidental bienpensante podría siquiera imaginar. Tratan de hacerles ver como posteriores queloides de la ablación darán lugar a problemas para el niño en el parto, por ejemplo. Nada que ver con ningún derecho de la mujer. Y también muy significativo como eran propias mujeres de Mali, negras y vestidas como ellas, pero que habían accedido a la universidad o a otros puntos de vista, quienes se encargaban de impartir estas clases. Nada que hacer si una blanca con pantalones aparece allí a llevar su verdad, como es lógico), pero aquí sembrando la duda de porqué han de mantener a tipos que están todo el día colocados. Claro que seguro que mi gurú Marvin Harris tenia su explicación a esto, y empiezo a imaginar cual, pero no me hagáis abrir otro paréntesis.

Los pedalistas, como decía unos cuantos paréntesis mas arriba, andaban alrededor de la plaza en busca de su traguito de Posh. En ninguna de las cantinas o tiendas en las que entran tienen el susodicho licor. Un hombre de la plaza, que les vende un trozo de sandia y otro de piña, les envía al edificio blanco y azul. Al llegar allí, observo con estupor que es un mini-hospital, y me planteo q lo de que los médicos beben ya es del dominio público. De allí, una paciente nos envía a una tienda de al lado, donde presenciamos una escena también digna de salir de una peli de Buñuel.

En la tienda hay un joven que justo habla español, y una vieja tendiendo a harapienta (eso si, colorista, es increíble la ropa aquí) sentada en la silla. La mayor parte de la población tiene los dientes bordeados por un metal plateado, supongo que la ultima medida para detener la caída, pero es curioso ver que hasta gente joven llevan estos dientes. Le preguntamos al joven por el Posh, y se extraña de que solo queramos un vasito. Coge el que tiene en el mostrador, le pasa un trapo (no sé, ni quiero saber si había sido usado antes, pero en todo caso me tranquiliza pensar en el poder desinfectante del famoso Posh) y lo llena del líquido infame. Buah!!!! Pero que es esto?? Como podemos y entre los dos, nos terminamos el vasito (es como un chupito, algo mayor) El Pedalista cuando acaba esta tan tocado que quiere comprar la botella. Menos mal que alguien mantiene la razón, y le frena. Mientras lo bebemos, hablamos con gestos con la anciana, que esta también de compras, pero ella pre-ritual. Pide unos huevos, muchas velas y una cantidad mayor que la del vasito de Posh en una bolsita de plástico. Se despide, y luego la vemos en la iglesia, como todos los demás, con sus ofrendas, y todavía la bolsita de líquido transparente.

Nos quedamos bastante rato más en la iglesia, hay muchos más indígenas, y casi ningún turista entonces. Me hago amiga de Alfredo y su hermana Angelina, que me mira desde el trozo de tela q la ata a la espalda de su madre, que también va al ritual. En otro punto, un tipo muy metido de Posh me agarra una mano tan fuerte que debo recurrir al método “ese de allá es mi marido” señalando al pedalista para que me suelte. Ya sin soltarme de él (este impostado marido), presenciamos un nuevo ritual en el que una familia joven y un chamán hacen de la suyas. El chaman coge la gallina y la mueve de un lado a otro, y sobre todo por los laterales del padre, que esta arrodillado. Los niños casi ni atienden, me pregunto si están acostumbrados, o les parecerá normal que un hombre con poncho blanco pase una gallina de un hombro a otro de su padre. El chamán acaba matando a la pobre gallina, y la familia se despide agradecida, dejando la gallina muerta para disfrute del chamán, suponemos.

Queremos pensar que los chamanes, los mangantes de esta religión harán un buen caldo con la gallina. Y por supuesto, que nuestra anciana harapienta se beberá el Posh mismamente dentro de la iglesia en lugar de derramarlo. Creemos que el Posh debe tener un valor incalculable como factor coadyuvante en toda esta historia. Y nos atreveríamos a sugerir que fuera adoptado por otras religiones occidentales, ya que su carencia puede estar directamente relacionada con los elevados índices de ateismo y descreimiento que sufrimos en otras latitudes.

Salimos en un estado de perplejidad de ese que se echa de menos cuando uno se convierte en adulto, por las pocas veces que pasa. Qué rituales, qué religiones, qué supersticiones… que tienen lugar bajo el beneplácito de la santa iglesia católica de México. Es de entender, pq si no se quedaban a dos velas. Y en ningún sitio mejor usada la metáfora que en el océano de velas titilantes de San Juan Chamula.

(9 sep 2004)

"... y miren lo que son las cosas que para que nos vieran, nos tapamos el rostro;
para que nos nombraran, nos negamos el nombre;
apostamos el presente para tener futuro;
y para vivir...morimos"
(Subcomandante Marcos, del EZLN)

1 comentario:

  1. Se me ha puesto la gallina de carne, guey. No creo que pueda añadir nada más a este post,lo has bordao. Quizá alguna foto.
    Yo no probé el posh. Pero sí estuve dentro de la iglesia, sí vi a los chamanes e incluso como se dirimían las diferencias entre los habitantes del pueblo a modo de juicio público (al parecer un maltrato a una mujer). Fuimos también a San Pedro de Zinacantán, cuyas niñas aún guardo en la retina. Y también dimos la vueltita por el cañón del sumidero, cocodrilos incluídos. Todo un espectáculo.

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