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20 febrero 2019

"Me encantan las pollas" / "Amo a Dick" de Chris Kraus: Mucho más que un juego de palabras.

"I love Dick" la novela experimental de Chris Kraus, publicada en los EE.UU. en 1997, fue por primera vez publicada en el Reino Unido en 2015. Yo hacía un tiempo que la veía en los montones de libros que montan las librerías (juego de palabras, yeah) bajo el epígrafe de "cult classics", con compañeros algunos tan maravillosos como "Fight Club", "American Psycho" (este no), "Brief interviews with hideous men"  o "Portnoy´s complaint". Un libro de culto, del que nadie me había hablado. 
   

En todo este edificio espectacular está la librería
Hace un par de domingos, tras una exposición sobre "Arquitectura y Bienestar" en la Wellcome Collection, de la que -ay, lo sé-, no divagué -ay, la vida se me come a veces-, terminamos tomando un té en una de mis librerías favoritas de Londinium: la que la cadena Waterstone´s tiene en Gower Street, en los dominios del UCL (University College London). Está en un edificio maravilloso, como de castillo de brujas, con sus torretas y todo. Por dentro, es un laberinto de pasillos forrados de libros, con un par de recesos semicirculares interiores donde fuera están las torretas, con sus cojines para sentarte a mirar libros. Es una de esas librerías donde una tiene que comprar siempre, porque si un día la cerraran, el mundo sería un lugar peor. 

Así que, en uno de esos pasillos está el montón de los "libros de culto", y de nuevo ahí me está mirando este libro de tapas negras con su ambiguo título en verde y rosa: "I love Dick". Ambiguo porque puede tratar de alguien que ama a un señor llamado Dick o, teniendo en cuenta que "dick" es también una manera callejera de llamar al pene, voilá: me encantan las pollas. La autora es Chris Kraus, y no es que me llame el juego de palabras, pero al leer la contraportada y los comentarios de crític@s del Guardian, Newyorker, etc definiéndola como "la novela más importante sobre feminismo escrita en los últimos 20 años" pienso, venga, vamos a ver de qué va esto. 
Torreta de Rapuntzel

Lo primero, sería un error conceptualizar esta novela como un "triángulo amoroso", aunque de eso parezca inicialmente que va la trama, y de hecho me pregunto cómo habrán logrado llevar esto a la pantalla, porque veo que hay una serie. Porque el supuesto triángulo es la percha donde colgar algo entre crítica cultural, filosofía performativa y ficción teórica. El marido de Kraus lo califica de "un nuevo género", entre la ficción, la filosofía y el reality-pero recordemos que en 1997, el reality no era lo que es, los teléfonos móviles eran ladrillos no cámaras donde fotografiar para compartir hasta lo que comemos, no existían las redes sociales y, muy importante, y no había pasado #Metoo. Era otra era, otro planeta, me atrevo a decir que otros cerebros, que estaban cableados de manera diferente.

Empezaré anotando que llamaré a esta novela experimental "la cosa", porque no es un roman á clef (ficción basada en realidad, con nombres cambiados- Nota parcialmente aparte: "Serial" tampoco es un roman á clef!!), sino que los personajes existen, aunque queda la duda de cuánto de lo que se cuenta ocurrió de hecho o en las cabezas de los personajes. El detonante, el encuentro en un bar es de lo que más seguros podemos estar. Ahí vamos.

La cosa comienza en un bar de sushi de Pasadena, Los Angeles, donde están los tres protagonistas. Lotringer, un catedrático que enseña Proust de 56 años.  Dick, un colega, crítico cultural inglés de 46 ("cuando eres adolescente, eliges a tus amigos por quienes son, no por sus circunstancias, que es lo que ocurre cuando eres adulto"). Y la mujer de Lotringer, Kraus, de 39, artista, judía ("los gentiles interpretan el continuo gritarse unos a los otros como hostilidad"), y directora de cine experimental. Kraus se autodefine como "no intelectual" mientras escucha la conversación (dos pavos reales enseñando el colorido de su plumaje, digo yo; "¿no es la Academia un asedio de los muertos por parte de gente que están demasiado fumados o asustados para enfrentarse a los vivos?", dice Kraus) sobre últimas tendencias en teoría crítica postmoderna, mientras considera que no se sabe expresar en lenguaje teórico, luego nadie espera mucho de ella, y está acostumbrada a tener muchas de estas conversaciones complejas ella sola en su cabeza. Por ejemplo, considera que, como artista, los escritos de Dick le parecen desesperadamente ingenuos, pero a la vez se reconoce como amante de cierto "arte malo", al que compara con la atracción de Jane Eyre por Mr Rochester. Mientras discurren estas dos conversaciones -la en voz alta entre los pavos y la mental en su cabeza-  Kraus nota que Dick la mira más de lo que la convención social estima apropriado. Vaya, que está flirteando. La tarde concluye con ambos yendo a dormir a casa de Dick por problemas en las carreteras, y por la mañana al depertar, Dick ha salido.
Dentro de la torre

Cuando se separan, Kraus le cuenta el flirteo a su marido, y le plantea que lo que ha pasado entre ella y Dick ha sido un "polvo conceptual" (Conceptual Fuck). Kraus nos cuenta que ella y Lotringer ya no tienen sexo, y mantienen su intimidad ("subliman", concepto psicoanalítico, esto es mío), suplen esta carencia con "contárselo todo" (Kraus lo define como "deconstrucción"). Esto es una "virginidad adúltera" porque, pese a no follar en nosecuánto, nunca se han puesto los cuernos (le acaban "confesando" a Dick sus década de fidelidad). Hay reflexiones sobre lo que le pasa a la pasión cuando se lleva, como ellos, diez años juntos ("La pasión se convierte en ternura, la ternura se vuelve blanda. El sexo se colapsa en una cálida intimidad (...) Era que el deseo me había abandonado? O quizás la fragilidad que viene con la cercanía, no sé", esta es de Lotringer). Pero ambos se emocionan con este nuevo estado de gracia de Kraus, porque además el que Dick se fuera por la mañana a por el desayuno es interpretado (se le da un "subtexto subcultural"): a Kraus le recuerda las múltiples veces que en el pasado, tras sexo de una noche, ha sido abandonada por múltiples tipos (a los que llama "cowboys", no se puede ser más gráfica). En un punto reflexiona: como no es ni guapa ni maternal, Romance Empírico, ella nunca es el tipo de los cowboys, que la dejan por alguien "más femenina/bovina". Acaban considerándola "quirky" (palabra usada para retratar a las mujeres difíciles y determinadas como "sin peso"). Kraus aún disecciona más el pasado, cuando los chicos (estos ya no necesariamente de una noche) la abandonan porque ella es del tipo de "la joven seria" (pelo corto, zapatos planos, lectora impenitente). "Qué hacer con una de estas chicas? La abofeteas, la follas por atrás, la tratas como a un chico. La chica seria busca sexo y todo lo que encuentra es un ejercicio en desintegración". Parte el corazón. A menudo me planteo que toda la represión católica no estuvo del todo mal: a veces los extremos se tocan y  el "hazte respetar" de las monjas no está tan lejos del feminista "no hago eso porque no me pasa por aquí". Kraus concluye que no hay manera de vivir el ser mujer heterosexual con orgullo. Es demasiado compliado.

Kraus y Lotringer hablan mucho sobre la teoría del amor/deseo, mientras que cuando Kraus ve a su amiga, hablan de las manifestaciones de este amor/deseo en libros/poemas, como si fueran un club de fans (la única manera de tocar estos temas, aquí lo sabemos bien).  Lotringer también habla de esto con  otra gente "intentando etiquetarlo vía los ojos de terceros. Adulterio en la Academia, John Updike se encuentra con Marivaux... La mujer del miembro de la facultad se arroja en los brazos del colega del marido. Esto presume que hay algo inherentemente grotesco, de lo que no se puede hablar, del deseo femenino".
Los pasillos

Kraus está en un momento de crisis creadora, su película está atascada ("cuando un proyecto falla, el fracaso debe convertirse en un sujeto también") y entonces, le pasa Dick. Se enamora (me gusta más la palabra en inglés, "crush", porque no tiene la raíz "amor" en ella. Enamorarse no tiene que ver necesariamente con el Amor con mayúsculas, esa cosa tan profunda que tiene siempre a la otra persona en el centro y como prioridad. En el enamoramiento, en los "crush", uno está totalmente centrado en sí mismo y, aunque cree que la otra persona le importa, al final esa preocupación es siempre en relación a uno mismo) (señorrr, cuándo abrí ese paréntesis), tal vez mejor decir se encapricha. En todo caso,  sea cual sea el verbo, queda claro que envuelve enormes niveles de energía. Y Kraus la canaliza, le escribe una carta a Dick.

Que a la mañana siguiente corre a compartir con su marido. Y los dos pasan horas y horas filosofando sobre su enamoramiento, y Lotringer escribe otra carta, y Kraus otra, que no envían. Y pasan días y días hablando de Dick, y la relación oloquesea, y Lotringer se pregunta si esta cercanía de repente de los dos, inesperada, solo puede pasar cuando hay una amenaza ahí afuera de separarlos. La cosa se transforma en una especie de proyecto de "amor-arte", una instalación, un juego (porque los textos se retroalimentan y acaban siendo eso, un juego), una performance en papel, en mucho papel, porque terminan juntándose con 80 páginas de cartas de ambos para Dick, en el que se habla de arte (me encanta en un punto cuando habla de una exposición en el Met con muchas explicaciones, á la Hirst, lo cual distancia al artista aún más del público y de sus colegas), de política guatemalteca, de esquizofrenia, de distintas artistas/autoras (entre ellas, Hannah Wilke), y de la filosofía personal de Kraus, que es de lo más interesante (me parto por identificación cuando describe que "por 25 dólares al mes pueden postponer deshacerse de esas cosas que todos sabemos que tenemos que tirar, pero que no podemos"... de esto se benefician los almacenes estos para diógenes). Con todo esto, veo lo que quiere decir Joan Hawkins en el artículo en el que considera ridículo que los críticos hayan interpretado este libro a veces como meras memorias, como un texto antiguo, "como si los últimos 20 años de teoría literaria sobre las prácticas significantes del lenguaje no hubieran ocurrido". 

Más pasillos

Y también nos habla de la indiferencia del pobre Dick, que, al fin y al cabo, es un personaje real, un tipo que es conocido menos por sus publicaciones que por haber sido objeto del "proyecto de enamoramiento" de Kraus, y que parece se trató de resistir intentando que no se publicase el libro (o es márketing? ya no me creo nada). Dick aparece en el libro algunas veces (sobre todo en la mascletá final) quejándose de que no entiende nada (Kraus hace cosas como leerle el capítulo 73 de Rayuela en su contestador automático) porque "no se conocen", cómo han podido levantar entre los dos semejante monstruo: pero lo que no entiende es que las cartas se han convertido en una forma artística en y por ellas mismas, un medio para algo que tiene casi nada que ver con Dick ("no sabía que, escribiendo cartas de amor, estaba escribiendo cartas al amor").  No queda ni siquiera claro si Kraus quiere tener sexo con Dick, porque se da cuenta que eso hará que todo termine porque "el sexo cortocircuita todo intercambio creativo". Así que Dick, eres superfluo y esto me lleva directa a Primero de BUP, en un colegio de monjas de una vetusta cualquiera, donde las alumnas eran seguro réplica de la adolescente universal de colegio segregado por sexos en las vetustas del mundo. Casi todas teníamos "crushes" con chavales que apenas conocíamos. El mío era Angelón, un chico de Vetustilla de la Torre que estaba en la peña de "los mayores" (él hacía COU), con el que no había tenido una conversación, literalmente, en mi vida. Lo veía por la calle, en el frontón, con su camiseta sin mangas, y no es que el tipo flirteara, como Dick, sino que presentaba con una indiferencia absoluta. Pero claro, también lo parecía la mía, y luego, cuando llegábamos al colegio, el pobre Angelón era desmenuzado hasta la saciedad, y quién le iba a decir a él que era el centro-junto con otros perfectos ignorantes-de horas de conversación de buperas aburridas. Quién me iba a decir si toda la clase de 2BUP de los Ursulinos de Arriba me conocían y se montaban películas porque un día me quedé un nanosegundo más atándome la deportiva izquierda. Pues así, Dick: tendrás 46, pero deberás saber que en el concepto "crush" no es impedimento no conocer a la otra persona. Es más, me atrevo a decir que es una ventaja.
Me encanta... 

Pero si Kraus ha ignorado en el fondo a Dick-la-persona, centrándose en Dick-El-Fantasma, para seguir con su historia, al final del libro, Dick se venga escribiendo dos cartas: una para Lotringer, en la que le dice más o menos lo de arriba, y otra para Kraus, que es una fotocopia (literalmente) de la carta de su marido. O sea, no puede ignorarla, neutralizarla ya más. Está claro que si algo le importa mínimamente es su relación académica con Lotringer. Al final, Kraus ha sido, como pasa tantas veces, el conducto para una relación "homosocial" entre dos hombres, de la que ella se daba perfecta cuenta: "toda la noche hice el papel de la esposa Académica", ayudándoles en el intercambio de ideas". Como dice Hawkins, esto enfatiza y deja claro cómo, incluso en círculos progresistas e inteligentes como este, las mujeres continúan funcionando como un objeto de intercambio.

En ideas como la del párrafo anterior, salpicadas por "la cosa", empiezo a atisbar porqué se ha hablado de este libro como una pieza clave del feminismo de los últimos 20 años (recordemos, 1997). Kraus nos presenta parejas igualmente cultivadas donde "ella ha leído todo lo que él, pero él tiene la carrera/reputación". En otros proyectos en los que Kraus y Lotringer han trabajado juntos,  y "su nombre había sido omitido al final, y lo ambiguo que él había sido, lo reacio a ofender a los que les pagaban" (lo que implica que los que pagaban, seguro que hombres, querían al hombre en portada).  En la puerta de una fiesta se encuentra con otra mujer que, como ella, descubre con desagradable sorpresa no está en la lista: ambas están con el nombre de sus maridos +1. El trabajo no especializado, de baja categoría, en la mujeres siempre acaba siendo degradante. La percepción de Ronald Kitaj (uno de sus objetos de disertación en "la cosa") sobre las mujeres: las chicas guapas son tipo-gato-sensual, sin ninguna barrera de resistencia, mientras que las mujeres serias son todas de mediana edad y asexuales-en resumen, caracteriza a las mujeres, como los hombres judíos suelen hacer en los arquetipos de hermanas, madres, tías o putas. Igualmente interesantes son sus reflexiones sobre las diferencias de análisis de la sociedad de los suicidios femeninos o masculinos: la vida de ellas es una espiral hacia la autodestrucción, toda su vida interpretada a través de su muerte (Janis Joplin), las chicas no pueden elegir la muerte. Para ellos, sin embargo, su muerte es el resultado de una vida plena que simplemente en su exceso fue demasiado lejos (Jimi Hendrix, Kurt Cobain). Los paneles de discusión con cuatro tipos blanco de cincuentaymuchos, todos divorciados y ahora con mujeres sin niños de treintaypocos. No importa lo que estos cuatro hombres van a decir, es como que ya lo han dicho. 

  Al final, ¿por qué escribir a Dick es una acto feminista? Y dice Kraus (vuelvo a recordar que de esto hace mucho tiempo, pre #metoo pre #cuéntalo) que escribirlo parece una "causa sagrada" porque no hay suficientes mujeres escribiendo/pintando/dirigiendo sin tapujos: "He fusionado mi silencio y represión con la represión y el silencio de todo el género femenino. Creo que el mero hecho de que las mujeres hablen, sean paradójicas, inexplicables, auto-destructivas y sobre todo lo demás, lo hagan en público es la cosa más revolucionaria del mundo". Kraus fue una visionaria. 

Para Kraus, ser mujer significa estar atrapada en lo psicológico, en lo personal. No importa lo ambicioso de tu visión o carrera, en cuanto una mujer incluye su propia experiencia y emociones, el telescopio se gira sobre ella. Porque las emociones dan tanto miedo que el mundo se niega a aceptar que puedan ser una disciplina, que puedan ser forma. Lo que hace Kraus es universalizar lo personal y hacerlo sujeto de arte, y dejar claro que la razón de que una mujer se revele a sí misma como en este libro no es auto-terapéutica, sino revelar y poner encima de la mesa las circunstancias de la objetificación de una misma.Su proyecto quiere terminar con siglos de "dickdom" (me encanta esta palabra, "reinado de la polla").


Te quiero, Dick, pero yo también quiero acabar con siglos de dickdom. Ahora entiendo porqué este libro está en los montones de "novelas (cosas) de culto".

17 febrero 2019

Tarjetas de Amor, Tarjetas de Odio

A ver cuántas tarjetas de San Valentín se recibe es el tema de la semana de los niños de 10 años en el Reino Unido (país de las tarjetas de todo, señorr). Yo es que estoy alcanzando edad provecta y, cada año me resulta más extraño esto de los enamorattos (lo de las tarjetas, siempre), igual es porque está tan cerca del último potlach del calendario, el navideño, y los trucos que usa El Capital  ("Viva el Mal! Viva el Capital!), para que le alimentemos (ya lo advertía la Bruja Avería-por cierto, el otro día murió Lolo Rico) cada vez me parecen más burdos. Ahora toca el amor, señor, llévame. Claro que admito que en el Pleistoceno participaba e hice cosas inconfesables incluyendo mandar cartas pesadísimas en sobre con forma de corazón (hecho manualmente, claro, y de verdad que eso es mérito). 

Pero divago. Cuando Mini me contó todo esto, que en su clase "love is in the air" y que a ver qué cosas pasaban para Valentine´s (del espíritu navideño al del amour), yo me reí mucho, al cabo son niños de 10 años, y acto seguido: pavor. Imaginé un escenario adaptado a mi vida actual y consideré que mi mayor aspiración era, ya no recibir una Tarjeta del Amor, sino no recibir innumerables Tarjetas del Odio. Tuve hasta una ensoñación pesadillesca de mi escritorio del trabajo lleno de estos ejemplos del anti-valentín, que tendrían corazones invertidos, algunos atravesados por estacas, en colores góticos. Los mensajes irían desde el "por qué cuestionas que cercenar tu equipo fue una mala idea" al "cómo te atreves a ganar más que yo, que soy hombre, inglés, y terminé con un 1st en Cambridge". Sin embargo, a toro pasado, puedo tranquilizar al divagante con que ninguna de ellas llegó y que lo verdaderamente importante fue qué iba a pasar con Jack.

Jack. Y no, no es "busco a un hombre llamado Jack", ni me he inventado el nombre. Jack es un niño de 11 años al que Mini conoce por los cursos de teatro que hace algunas vacaciones, que va a otro cole y que es...el hijo de su profe S! A Mini le hemos tenido que sacar esta información con sacamuelas su aitá y yo, en un largo proceso de meses, terribles terceros grados donde la niña no suelta prenda pero en los que ambos, gracias a nuestras habilidades como lectores de lenguaje corporal y progenitores del monstruo hemos triunfado y llegado a la conclusión de que Jack mola. Puedo ratificar al divagante que es un niño monísimo, con un pelo espectacular. Un día de esta semana:

-Mini, por qué no le dejamos a S. una tarjeta misteriosa con "Feliz Valentine" en su mesa que ponga "Para Jack"?
-Quéeee? Mummy, that´s so messed up (estás mal de la cabeza)
-Me parece una gran idea, las chicas debemos tomar la iniciativa
-Pero S. reconocería mi letra!
-Podíamos recortarla de periódicos, como los espías..
-Estás fatal...

Llega el día D y no hemos recortado nada. Creo que su amiga se ha ofrecido a hacerlo ella, pero la idea no progresa. Sin embargo, cuando Mini llega a clase, abre su pupitre y se encuentra... una misteriosa piruleta de corazón! (no hay nada como el misterio en estas circunstancias, ya divagué aquí de la Di detective tras una rosa anónima cuando la gente hacía esas cosas, a los 17). Y nadie sabe quién la ha dejado. S. le pregunta: "de quién querrías que fuera? Y Mini admite. "De Jack" (arghhh, alguien imagina decirle eso a La Caridubi o La Cacho Los tiempos han cambiado). S. sonríe. Cuando Mini se va, les confirma a los otros que... es de Jack! 

Mini sale del cole en la nube del amor, lo que no le impide abrir la piruleta nada más llegar a casa y zamparse la mitad. Sigo siendo antigua, o un verdadero amor la guarda en un pequeño púlpito con otros valiosos objetos del amado? Eso es lo que, definitivamente hubiera hecho yo-el mundo es de los que retrasan la gratificación, dicen los estudios, pero...  quién quiere el mundo cuando tienes una piruleta de corazón ahí delante?

13 febrero 2019

Sabático

Viernes 9:00 am. Cada tres meses me reuno con tres o cuatro colegas para CPD,  "Continuos Professional Development" (pretender que se está al día en nuestros negociados). Además de hablar de eso, lloramos en los hombros de los demás. La moral está tan baja, que no sabría explicar los themes:  el estado del Servicio Nacional de Salud, en el que todos creemos con más o menos fervor; el de los equipos que lideramos (liderar quiere decir que de cualquier riesgo/ marrón, seremos los responsables); el Brexit, o a qué acantilado se despeña esta país; la madre de una, siciliana, que se ha roto la pierna, y está cada vez más frágil, y tan lejos; el hijo de otra, autista, por si la vida no fuera lo suficientemente complicada con hijos neurotípicos. La charla deriva poco a poco de lo macro a lo micro, a nuestras vidas, asuntos personales, desazones varias. 

Entonces una dice, "lo que de verdad recomendaría a todo el mundo es un sabático". Esta compa, de segunda generación (padres jamaicanos), se fue un año de "sabático" a Nueva Zelanda. En realidad, seguía trabajando pero la vida es mucho más lenta allá. "Trabajan para vivir, no viven para trabajar, como aquí", donde la sensación de aceleración da vértigo. Yo digo que mi sabático sería para viajar, la italiana me dice que me calle, que yo ya hice un sabático en Latinoamérica (por cierto, una de las mejores decisiones de mi vida). La que tiene el hijo autista piensa en alto: "si necesito dos semanas para decirle a mi hijo que nos vamos de fin de semana al campo...".
Estoy leyendo un par de libros a la vez, y en los dos hay académicos que están de sabático. En uno de ellos, el pobre ha de volver y se plantea que le esperan "otros siete años de cursos completos antes de otro sabático". Así ve la vida, de siete en siete. Me parece entender su angustia: cuando tuvimos que volver de Latinoamérica no me hizo ninguna gracia. Ya estaba con el chip viajero y hubiera hecho otros seis meses, sin ningún problema. Pero pensar la vida así.... yo que veo solo una línea inmensa, una especie de carretera que termina en una niebla espesa, la jubilación. 

Mento la imagen de arriba. No es normal en los 40 y pico estar pensando en la jubilación, fantaseando con ella. Mis compas ponen mirada soñadora: todas pensamos en qué maravilla sería poder cerrar la puerta de nuestra oficina y que les den. Y eso que tenemos "la profesión más bonita del mundo", que suele ser (por lo menos al principio) vocacional. La palabra "burntout" viene a mi mente. Tengo un amigo en Vetusta que investiga este tema. Creo que debe partir de su propia experiencia, porque siempre que le veo, me parece que sufre su objeto de estudio. La semana que viene, que voy a Vetusta, le veré. Y también a mi amigo JA, el neoconfuciano, que es académico en el DF y está precisamente... de sabático! 
El sábado tengo una cena con un grupo totalmente diferente: cuatro madres del cole de Mini. Una, española y amiga, es profe de mates y la podríamos invitar al grupo existencial del CPD. Otra, abogada top. La tercera, trabajaba en algo de PR, nunca me queda claro el qué, llamémoslo venta-de-humo. La última, no trabaja. Les cuento mis planes de jubilación y me miran extrañadas. El ama de casa, porque ella ya está jubilada, en el fondo. Eso sí, cuenta que está muy metida en la iglesia, haciendo por ellos trabajos de caridad, y que los domingos le encanta ir a misa porque "es el único espacio a la semana en el que tengo una hora para mí, para que me dejen todos en paz". Me planteo qué hace de 8:30 a 4 cuando los niños están en el cole, porque ese ratito las de mi grupo de CPD estamos llevando esta pequeña cosa lateral llamada "trabajo de riesgo a tiempo completo". Y esta necesita una hora el domingo para que la dejen en paz. Misa, su mini-sabático semanal.

Voy a Tesco y mientras empaco, la mirada triste de la cajera. No está mi amiga Amrita, de Mauritius, que es tan cariñosa. Amrita trabaja los findes porque se gana marginalmente un poquito más, para ahorrar para su vuelo a las islas, seguro que a la parte chunga, no donde los hoteles. Pienso que ni la cajera de hoy, ni Amrita se habrán planteado en su vida semejante problema de la clase media: un sabático. 

Ni tampoco la familia que vi el jueves pasado, para la evaluación de su hija. Tienen seis, y hay uno, aparte de la que vi, que está muy mal. Por fallo de los sistemas locales, pagan medicina privada para que le lleven la medicación por un tema, y están ahorrando poquito a poco para que le evalúen para lo mismo que la hermana pues, por cosas del destino, no quieren referirlo. El padre es celador de cocina de hospital, la madre da clases de natación. Se me rompe el corazón de que esta gente tenga que ahorrar para esto. Decido escribir al que maneja la pasta para lograr que lo refieran, bajo la seguridad social. Aún no sé la respuesta, pero ha sido el momento más alto de la semana. En el que no he querido estar de sabático, ni retirada, en el que he creído que esta es aún la profesión más bonita del mundo (entran violines).  

O por lo menos lo que tal vez me salva de tener que ir a misa a que me dejen en paz y encontrarme a mí misma los domingos.  Se lo diré en tres meses a las del CPD.

28 enero 2019

Jorge Ibargüengoitia: Maneras de mirar

 Yo creo que, cuando partiendo de una tradición literaria en castellano, más adelante lees a los anglosajones, sufres una pequeña crisis. En castellano, todo es frecuentemente tan solemne, se toma tan en serio a sí mismo, es tan desgarrado, que cuando vuelves, tras mucha lectura de los Roth, de los Wilde, de los Foster Wallace... buah, es complicado. Poca cosa, aparte de los de toda la vida, te mueven como antes.


Una noche, cenando con un antiguo divagante, Justanotherspy, le pedimos consejo sobre literatura en castellano, y nos habló de Jorge Ibargüengoitia, un mexicano que falleció en el vuelo de Avianca que se estrelló cerca de Madrid en 1983. Su manera de ver la vida, desde la más absoluta ironía y cachondeo, son únicas, nos dijo. UN Evelyn Waugh mexicano, leímos.  Así que nos lanzamos en su búsqueda, nada fácil, y que al final localizó Fashion en La Central de Mallorca. "Revolución en el jardín" es el título de un compendio de sus artículo, en edición horrorosa -para mí, que odio las tapas duras y las páginas que brillan-, cara e incómoda de leer. Pero bueno: una está dispuesta a luchar contra los elementos. 


En el prólogo de Juan Viloro, este habla de que la innovación del autor tiene menos que ver con aspectos formales que con su "manera de mirar", y da en clavo. Hoy en día, solo quiero leer una de esas dos literaturas (si es combinado, mejor), el resto no me interesa. Pero encontrar a alguien cuya manera de mirar te abra otros mundos, empieza cada vez más a ser una gesta. Dice que su humor deriva de "actuar con sensatez en un mundo absurdo" (no es esta la base de la mayoría del humor?) y de cómo este humor nunca se entendió en México, donde-al final hablamos el mismo idioma-el humor también se considera banal, superficial, y que una obra literaria con mayúsculas tiene ser intensa y tomarse a sí misma muy en serio. En ese sentido Ibargüengoitia es muy poco mexicano, aunque como dice, "repudiar las raíces es artificioso, ya que somos todos sitios arqueológicos" -me encanta esta metáfora- "pero también lo es interpretar nuestra conducta a partir de señales sacadas de la noche de los tiempos".


El libro viene a ser extractos de un blog: crónicas de la vida cotidiana (y tres apéndices de listados que no sé por dónde cogerlos-si alguien tiene a bien explicármelos, quedaré agradecida), observaciones, notas mentales que se hace una a sí misma. Por unos segundos pienso... imagina que dentro de 40 años, alguien descubre este divlog y hace una antología de unos cuantos divagues, y... vale, ya me despierto, no soy  Ibargüengoitia, y además, qué mas da, si estoy se hace "just for fun", o para cubrir cada uno su necesidad personal, la que sea. En uno de sus divagues, él habla de cómo en algún momento de su vida, por un breve periodo cuando sacaba un libro y le entrevistaban, creía que "me estaba volviendo famoso", pero luego, el souflé bajaba, y ya estaba otra vez en lo de siempre. 

No todos los divagues son igual de graciosos, pero con los que me he reído, lo he hecho a carcajadas (el Peda, o La Esfinge, a mi lado, seguía leyendo lo suyo indiferente, pero imposible no distraerle para contarle o leerle el párrafo que fuera. Y muchas veces se reía, cosa que tampoco es fácil-el Peda ríe como sabemos á la Santa Klaus, ho ho ho, muy fuerte, pero cada vez es más selectivo. O me parece a mí, que le recuerdo riendo el 100% de mis gracias en el noviazgo, y cuando le confrontas, anota, hierático "te estaba trabajando"). 

Pero divago: hablaba de cuánto me he reído con este hombre, aunque alguna vez le he querido abofetear. Porque está claro que ha sido siempre un integrante de la clase acomodada, rodeado de servicio, y para mí ha sido imposible no tener flashbacks intensos de "Roma" la última peli de Cuarón, donde el ver el día a día de las criadas, en una casa que no es ni siquiera abusiva, desgarra. Y no he visto en él la mala leche y la ironía de Bryce cuando hablaba de la "sección servidumbre" en la maravillosa "Un mundo para Julius", no: para Ibarguengoitia parece que lo del servicio es algo normal, aunque alguna anotación muy velada hay en un momento en el que el dueño de una casa, marxista, presenta a su criada como "una colaboradora". Pero la mejor es cuando describe el  terror que le da a él su mucama (esta palabra la aprendimos viajando por Latinoamérica-se usa en diversos países, pero no México; sin embargo, se quedó en nuestro vocabulario como una palabra "cargada" con los mismos sobreentendidos que "servidumbre"). 

A Eudoxia, que así se llamaba su mucama, me la imagino como una de esas mujeres silenciosas con toda la rabia de generaciones (las mismas que los Ibargüengoitia llevan usándolas para que les preparen el cóctel de las 13) acumuladas detrás de los ojos, a los que el señorito tiene pavor. Cuenta cómo a él lo llamaba "joven" y a su mujer (pintora inglesa, para más datos), "Señora", y que tenía el poder de "gritar quedo". Cuando se va "a su tierra" por tres semanas, redescubren la libertad de su propia casa, se sientan bajo la bugamvilla del patio a leer, en lugar de irse a dormir la siesta, práctica que, el autor reflexiona, comenzó por temor a encontrársela por el patio a "hacer un mandado". Es este esconderte de la mucama la mala conciencia? No sé, yo solo animo a las mucamas del mundo a mirar como lo debía hacer Eudoxia: no hay nada que me espante más que el servilismo. 

No a propósito de Eudoxia, pero en uno de las crónicas que habla de la cortesía mexicana, vuelve a anotar cómo un mexicano pediría a su criada que le traiga el salero durante la comida: "óigame: cuando tenga un ratito, me hace favor de traerme un salero, si no le es molesto" (todo muy británico). Y añade: "Un español, en el mismo caso diría: "Un salero!". Tan cierto: somos así. Aunque yo siempre pensaba que el ser rudos estaba imbricado en nuestro idioma-contrastándolo con el inglés, donde nos salen los pleaseandthankyous por todos los lados-, pero aquí me he dado cuenta que no. Aunque el resultado sea el mismo: que la mucama te traiga el salero. Pero la cortesía mexicana llega a extremos cuando, el "esta es su casa", termina con salto mortal y triple pirueta en "qué le parece si un día cenamos en su humilde casa?", que quiere decir, en TU casa, pero claro, a un español nos sonaría confuso (que te autoinvitas a MI casa a cenar?). Viene a ser el muy inglés "you must come for dinner" que, como todos los que vivimos aquí sabemos perfectamente significa: "estoy siendo amable, pero no tengo ninguna intención de que vengáis a cenar". 

Otro Gran Tema que yo pensaba que, o yo había inventado, o era una creación reciente: los refritos. Pues no:  Ibargüengoitia ya nos habla de los "regalos perfectos", que son aquellos que nadie quiere y se van pasando de uno a otro. En mi caso, en un tiempo fueron velas: por qué había tantas velas aromáticas en mi casa? Una que venía en una cajita, y con inciensos y aceites le cayó a una de esas aprendizas jóvenes que rotan por el equipo cuando el Amigo Invisible (con amigos así, quién necesita enemigos-visibles o no), y ... parece que le gustó! Es una posibilidad porque, cuando una está montando una casa, siempre le van bien las velas, no? A mi edad ya no: no me deis más velas, ffs. Yo me parto con el "regalo perfecto" de  Ibargüengoitia: se trata de una "plataforma de terciopelo sobre la cual hay una serie de objects d'art", "ejemplo de los extremos a los que puede llegar la ociosidad". Alguien puede imaginar un avechucho semejante? Propongo que nos regalemos todas estas mierdas cuyo objetivo es simplemente volver a regalarse, concepto también conocido como "token". Se haría mucho por el planeta, uno de mis temas. Se pensará, parece una guerra de regalos, pero el autor también tiene con sus amigos una "guerra de recomendados": uno te recomienda un plomero (me canta esta palabra, ecos del plumber claro) y resulta ser nefasto, así que cuando luego te piden un hotel en Praga, les mandas a la cadena Kotva (donde te registran como "španělsky"). Y sigue la espiral de la venganza.

 El libro no es para los que busquen información, sino para los que compartan la extrañeza de cosas asumidas por todos como apropiadas, o rituales que repetimos sin que nadie se haya planteado porqué. Ibargüengoitia observa que las Navidades son esas fiestas en las que todos están alegres menos los latinos, a los que nos embarga la melancolía... echamos de menos a un amigo que se mudó a Navojoa, y en el que no pensamos en todo el año, "pero en Navidad, nomás para estar triste, nos hacer falta". Hay mucho de los españoles aún en México, que les hacen parte de quienes son, "no fuimos conquistados por una país de comerciantes y agricultores, sino por uno de militares y sacerdotes", pobres. 

Es un libro para el que se sienta interpelado por ideas como "si nos ponemos a hacer memoria, todos encontramos en nuestro pasado a una tía, diciendo: el mar y el fuego, producen fascinación" (yo tengo a esa tía, se llama El Peda, y no puedo explicar la dificultad que tuve para leerle esa frase porque la risa me lo impedía). Para quien no haya tenido, real o vicariamente, esa tía universal, o que no entienda el cinismo de alguien que, al ver a Neil Armstrong y su solemne (parece espaniol) "un paso para un hombre etc", diga, "la luna se ha transformado en uno de tantos lugares a los que no pienso ir", tal vez este mexicano enloquecido e irreverente no sea lo suyo. El se consolaría diciendo "Vox Populi Vox Bruti". 

Pero a los que por este divague, les haya llamado su "manera de mirar", pistoletazo a la aventura de, en primer lugar, de encontrarlo en librerías espaniolas. Si hay algún divagante de México, sortudo, que nos haga alguna senial.  











25 enero 2019

Consecuencias del Brexit 1 (Vuelve Rose)

Este minidivague me ha salido contestando a los divagantes tras mi pataleta-brexit, así que en lugar de un comentario largo, he decidido hacer un divague-haiku. 

A Mini le trajo Santa este año una bici nueva. La anterior, pequeña, la teníamos en un hueco de la escalera comunal (vivo en el segundo piso de una antigua casa victoriana reconvertida en cuatro apartamentos). En la planta baja y semisótano vive Rose-los divagantes avezados la recordarán por aventuras pasadas, por ejemplo cuando dejó en la calle a un pobre hombre que venía al piso del australiano (planta 2) por su política "no abro a desconocidos", cuando pone veneno en las raíces de los árboles, cuando no quiere poner un contador inteligente por miedo a las ondas o, bueno, para qué empezar con el tarado que tiene en los  bajos. Rose tiene un jardín enorme en la parte de atrás de la casa y cree que el de delante (por el que hay que pasar para entrar al edificio) es suyo. Eso quiere decir que no nos deja hacer nada, y a su vez lo tiene hecho un asco. Hay algún árbol, matojos que no sé nombrar, hortensias gigantes, y la gente que pasa tira latas y botellas de Coronita, que no lo recoge. Una vez dijo que "quería q pareciéramos pobres para que no entraran a robar". Rose tiene una paranoia severa. Pensaréis que me la invento, que es demasiado el prototipo de las escasas ancianas londinense (The lady killers) enloquecida, pero es tal cual.

Volvamos a la nueva bici de Mini, que es ya de mayor, así que ocupa mucho y no la podemos tener en el hueco donde la pequeña, y en estos momentos está colgada con un "colgador de bicis" (valga la redundancia, a saber cómo se llamará eso) cerca del techo de la escalera comunal... yo no puedo bajarla porque está muy alta, ha de ser el Peda. Así que es un engorro, y se nos ocurrió que estaría muy bien poder poner una casita de bicis que tiene aquí mucha gente en los jardines. Tres plazas y así el Peda y yo podíamos comprar un par de segunda mano para ir a los parques. Suena como un gran plan. Pero Rose existe. 

Total que un día como quien no quiere la cosa, casualmente, se lo propongo a Rose que seguro sufre un pequeño infarto cerebral por la noche, solo de intentar asimilar la idea. En el momento, me da mil excusas y sugerencias: que intente alquilar la de los vecinos de la derecha, que le diga al dentista, el de la izquierda, que si la puedo poner en su jardín de atrás, que si en un pasillito que hay nosedónde. Dice al principio que la casita le quitará la vista de la calle, y la trato de tranquilizar que buscaremos una baja, que entiendo que quiera ver el parque, pero no, a ella el parque se la suda, ella lo que quiere ver son los contenedores de basuras del edificio! (que ella la q se encarga de sacar). Le da vida ver si han pasado los basuseros y se la han llevado, o no, porque a veces los de reciclaje no se llevan algún objeto, y esto le da la oportunidad de escribir una nota para los vecinos en el pasillo explicándonos lo que hemos puesto mal en el cubo inadecuado. 

Pero el otro día, Rose se autosuperó: salió de su guarida para decirme que había pensado mucho, noches sin dormir, sobre la casita de bicis. Su decisión era (fanfarria): no. Lo sentía, no quería causar "bad feeling", pero es que "tiene planes para el jardín". 

- "Rose, qué planes, llevamos años aquí y esto sigue como un estercolero" 
- "Veo que te estás enfadando"
- "No, pero es que es verdad... por tus manías mi familia y yo no podemos ir en bici juntos" (un poco de chantaje emocional, alguien más se anima?)
- "Pero oh... es que quiero hacer un huerto ahí para cuando nos quedemos sin ..."

No terminó la frase, hubo un silencio lleno de sobrentendidos pero yo lo vi claro: Rose o bien hablaba de las restricciones alimentarias del Brexit (esas lechugas que acumuláis los españoles en vuestros supermercados!!! traidores!), o bien de The Road. Que al final igual es lo mismo. 




22 enero 2019

Brexit: Yo qué sé

A los que vivimos en la isla, a veces la gente nos pregunta (cada vez menos, supongo que pasmados ante el surrealismo) que qué está pasando con esto del Brexit. La respuesta es la de Warren Sánchez, cuando le preguntaron por el sentido de la vida (Grandes hitos, Les Luthiers): se la diré en tres palabras,  "yo qué sé".

Casi todo esto ya se sabía, pero aún así, masocas, el otro día vimos el documental "Brexit: The uncivil war", con Benedict Cumberbach, un actor con mucho carisma, interpretando al ideólogo de la campania del Leave (del irse de Europa), Dominic Cummings. Yo conocí a un Cummings que era autista, y me pregunto si son familia. Porque este Cummings es un tipo raro, que no cae bien a casi nadie, pero que es un genio de esos que contratan los políticos como asesores, consultores, en este caso directores de campaña. Un visionario con capacidad para identificar el descontento de la gente y usar esa vulnerabilidad para venderles lo que sea-en este caso la salida del Reino Unido de la UE. Hay un problema con poner a Cumberbach haciendo de este tipo: es imposible olvidarle como Alan Turing (The imitation game), o tantos otros papeles y hace a Cumming menos villano de lo que es. Aunque los que interpretan a los otros dos mamporreros del Leave, el emético Nigel Farage y el impresentable millonario que soltó pasta  Arron Banks, estos son reflejados a la perfección: una quiere partirles la cara desde la primera escena en que aparecen. 

Cummings no quiere volver a Westminster, pero por fin le persuaden, y en contra de estos dos catetos, él diseña una campaña partiendo de unas ideas claras: hay 1/3 de la población que van a votar Remain (quedarse en la UE) de todas todas. Son los internacionalistas, las profesiones liberales, los progres, siempre los mismos. Hay 1/3 de la población que van a votar Leave pase lo que pase. Estos son aquel grupo que sueña con el pasado glorioso del Reino Unido, dominando por los mares medio mundo. Este es un grupo de gente mayor, o que conducen una furgoneta blanca (en la que se ponen la bandera), muchos de ellos que no les ha ido mal en la vida, y que por ello piensan que esta isla seguirá flotando sola, aunque sea basado en lo que hacen mejor: vender humo. De estos grupos ya habló Mailer en "Los ejércitos de la noche". Nada nuevo bajo el sol. 

Y luego queda el otro 1/3. Ese misterio. Al que hay que ganar. Y para hacerlo, monta sus "grupos focus", donde escucha hablar a la gente, baja al pub (me imagino que esto le costaría hacerlo, un tipo famoso por escribir posts de 8.000 palabras en su blog) y dibuja y dibuja en la pared-pizarra hasta que llega al lema: "Take control" (toma el control), y lo refina añadiendo el adverbio back: "Take BACK control" (Retoma el control), implicando no solo liberémonos de esos europeos sin cara que nos mandan derechos humanos, normas de seguridad laboral y otras inconveniencias,  sino que volvamos a tener lo que un día fue nuestro. La gloria aquella del imperio. Entra "Land of Hope and Glory" y el Omeprazol, gracias. 

Ah una cosa, pequeño detalle. Que... esto... toda esta información sobre este tercio no la sacó solo del pub y de sus grupitos multiculturales. No, claro, ahí entra Facebook, y Twiter y Blogger si no estuviéramos aquí ya solo cuatro gatos, y los mercenarios canadienses AggregateIQ que le van a meter toda la social media en la coctelera y ... ta-dá. Ya tienes la indentación para meter el taladro. 

En uno de los focus groups, una persona pierde el control (hablando de "take back control") en una escena emocional, llorando, gritando, "que está harta de no tener nada". Claro, la respuesta es esa, convertir a la isla en un paraíso fiscal, donde todo será mucho más caro para lo que aquí vivan, y donde no habrá personal en sectores críticos porque los británicos, simplemente no quieren hacer ciertos trabajos. Da igual lo que digan los expertos, como famosamente dijo Michael Gove "este país ya ha tenido bastante de expertos". Claro, ahora es el momento de dejarnos llevar por el sentimiento, no la razón y los datos. Porque, como dicen los brexiteros, "bueno, ahora tiremos para adelante, ya veremos por dónde salimos". Tirar para adelante hacia el precipio. Lo que pasa es que este país no ha estado, como otros, en el abismo, y no tienen ni idea de lo que es caer. 

 Todo esto que escribo son referencias de segunda mano, como pueda tener cualquiera. Afortunadamente, me he cruzado con pocos brexiteros ultimamente, porque vivo en Londinium y trabajo en lo público ("un nido de labour", como dice el Peda), y los que haya no se lo van a contar a una española. Pero sí que hay una sensación de que, hasta este drama del Brexit, Europa era pintada como una madre pesada que te obliga a tomar aceite de ricino. "Normativa europea", y algunos miraban arriba-abajo, cuando yo siempre solo le veía ventajas: cual era el problema de que los médicos tuvieran que dormir un determinado número de horas? Porque he llegado a oír a los cirujanos que "así no se podía hacer la residencia" (con el vicio del dormir, parece, cuando está demostradísimo que no se rinde, y se comenten muchos más errores sin dormir, obviamente). Los políticos, cuando querían quitarse responsabilidad de algo, "era Europa", ese familiar incómodo que no ha venido hoy a la cena, por lo tanto lo podemos poner a caldo. Los periodistas, lo mismo. Han sido décadas de irresponsabilidad así, y ha calado. 

Luego está Corbyn, que me gusta en su izquierdismo verdadero, pero que me parece un ingenuo con su tibieza sobre este tema... para Corbyn, las razones para no estar en la UE son las antípodas de los de la banderita, pero me temo que el paraíso socialista no lo va a conseguir así, más bien al contrario. 

Así que sí... es un MESS. Un poco como este divague que quiero terminar ya, no vaya a ser que me salga algo cumminesco, tirando a las 8000 palabras. Haría esto yo, en este blog haiku?


No sé si nos servirá de mucho, pero querría pensar que siempre nos quedará Londinium...

20 enero 2019

Tú sigues joven, con esa voz de siempre/ y esos ojos azules

Tal Vez, Oh Mar

Tal vez, oh mar, mi voz ya esté cansada
y le empiece a faltar aquella transparencia,
aquel arranque igual al tuyo, aquello
que era tan parecido a tu oleaje.

Han pasado los años por mí, sus duras olas
han mordido la piedra de mi vida,
y al viento de este ocaso playero ya la miro
doblándose en las húmedas arenas.

Tú, no; tú sigues joven, con esa voz de siempre
y esos ojos azules renovados
que ven hundirse, insomnes, las edades.

Rafael Alberti
(Poemas de la Punta del Este)


17 enero 2019

Serial 5. Chocolate Suicide: Marketing sin tacto para un sanatorio mental.

Cuando por fin me aventuro fuera de la que hoy es mi casa, -y que un día fue granero o similar-, me doy cuenta que el edificio principal de Banderley, el castillo gótico encantado y encantador, está más lejos de lo que recordaba por la noche anterior.  Calculo que la pradera que nos separa será mayor que un campo de fútbol, pero no tiene porterías, solo esos palos verticales de rugby. Parece un colegio privado que usa el deporte para diferenciarse de los del populacho: al final, el fútbol, lo pueden jugar chavales en una era o en una favela, "un deporte de caballeros jugado por hooligans", mientras que el rugby es ese deporte de hooligans jugado por caballeros", dicen. Imagino que también habrá criquet, deporte que desde ya me niego a intentar entender, tal vez hockey.  


Avanzo por el césped -si hay un caminito en algún lateral, no queda claro. 
Hoy hay niebla -se agradece el atrezzo para seguir alimentando el mito que ya corre salvaje en mi cabeza- y todo está desierto.  Cuando por fin llego al lateral de Banderley Central-así aprendí luego que llamaban al castillo, en concreto Banderley-C, estamos en el país de los acrónimos-, mi cabeza está mojada. Primeras impresiones, pienso, mientras me suelto la coleta y sacudo un poco el pelo: gran momento para hacer mi entrada en la cantina.

Según el mapa que me dejó Harding, la cantina debe de estar en ese ala, frente a la pradera. Cuatro escaleras, con una balaustrada grandilocuente -como todo en  Banderley-C- llevan a una puerta doble de madera con cristales mosaico de colores, entreabierta. El pasillo, como el de anoche, es todo baldosines en puzzle granates, blancos, y azules pero en este no se  mueve ninguna pieza. Entonces, Yolanda.

Yolanda es irlandesa, risueña y expansiva. El nombre fue una excentricidad de su padre: vivían en Texas, casi frontera con México, cuando su madre se quedó embarazada. Tiene mi edad y había llegado a Banderley haría un año. En el futuro me recordaría muchas veces cuando me encontró, como hipnotizada, plantada en medio del pasillo, mirando al suelo, y de cómo me costó reaccionar:  aquel primer día no entendí su acento. Yolanda es morena con un pelazo, su secreto para ese volumen es que en realidad lo tiene rizado, pero se lo alisa. Lleva una cinta azul a modo de diadema. Ella también va a la cantina, aunque para mi alivio no habrá nadie porque ya es tarde. Ella está de guardia y habían tenido una emergencia en la planta de psicóticos, de ahí esas horas, no viene a comer tan tarde. Un paciente se había puesto agresivo, y terminado en confinamiento supervisado. Pero era solo por la guardia que había intervenido en psicóticos, ella estaba desde la última rotación en forense, en aquel edificio del fondo -y por la ventana me señala otro edificio menor cuya arquitectura rompe con la belleza de todo el conjunto de Banderley. Se había construido hacía una década y era una unidad de semi-seguridad. Yolanda dice que quiere sub-especializarse en psiquiatría forense cuando terminase la farsa de la residencia.

Sí, la farsa, subraya cuando me río. Está ya aburrida de rotar cada seis meses por especialidades que no le interesan: los neuróticos de siempre, ansiosos, deprimidos, los bipolares, esquizofrénicos, los de adicciones, los desórdenes perinatales. A ella lo que le interesan son los malvados, y eso es lo que quería investigar. "Y tú, qué quieres?" me pregunta, así, frontalmente, mientras que yo pongo queso cheddar rallado sobre la patata asada, lo único con que me he atrevido de la oferta de la cantina. Porque no he entendido nada, y no me refiero al idioma: ni tener la comida delante me ayuda a procesar lo que eran esas masas mezcladas con salsa. Esto era la Inglaterra profunda, está claro. Me tendré que acostumbrar o pasar el resto de mis días en Banderley pidiendo desayuno inglés a la hora de la comida -el viaje anterior me había servido de inmersión a las alubias- y patatas asadas con cheddar o coleslaw. Coleslaw que yo llamaba en mi cabeza "coleslao" hasta que un alma bondadosa me abrió los ojos, y resulta que la maldita coleslao dicen suena como "cólslo". Un idioma sin lógica.

-¿Qué quiero hacer? No sé, no he trabajado nunca antes... quiero empezar y ver que...

-¿Y en qué equipo empiezas? -Yolanda no tiene paciencia para las pausas. 

-Con el doctor Cook? -digo con una inflexión al final, exploratoria.

 Yol mira hacia arriba con resignación, y hoy no, pero asegura que ya me pondrá al día del tal Cook, sus manías y los estrambóticos miembros de su equipo-que iba a ser el mío. En cuanto a mi casa...

-Tienes suerte, si estás en Drummond -suspira-, es el mejor edificio... en su día debieron ser las caballerizas, pero luego lo reciclaron para residencia de residentes. Tiene mucho encanto. Yo estoy en Balmoral, que como los edificios de las otras dos Casas fue construido en los 60, funcionales y feos.

Como sospechaba, esto era la continuación de un cole para pijos, donde los niños de distintas edades están en grupos para competir: había cuatro "Casas" que se llamaban como castillos escoceses, tan cerquita estábamos del país vecino, y además de Drummond y Balmoral, estaba Stirling y  Edimburgo. Cada Casa tenía una serie de identificadores que iban desde escudos hasta animales, pasando por colores (amarillo, azul, rojo y verde).  Me costó darme cuenta de lo que representaba el sistema de Casas, y lo en serio que algunos de mis compañeros se lo tomaban. En los días siguientes en casa (Casa Drummond) me di cuenta de que los ribetes de las toallas estaban en amarillo, y los sofás del cuarto común eran amarillos, y unas capas para la lluvia colgadas detrás de la puerta de salida eran amarillas, y las botas de agua alineadas bajo las capas tenían una raya, sí,  amarilla. En Balmoral, la de Yolanda, todo esto era azul. Y le suena el busca. 

En el pasillo que comunica la cantina con la iglesia hay un montón de cuadros que empezaban hacía décadas, en blanco y negro descolorido, y donde sonreían chicos de mi edad con gafas pasadas de moda. En los años más recientes comenzaban los colores de las Casas y a aparecer las chicas, pero siempre éramos minoría.  Al llegar a la capilla, la puerta está cerrada con llave. Al lado,  un cuarto llamado "Oasis multi-fe"  (lo sé, pero no lo he inventado yo. El remanso  donde los religiosos iban a dar rienda suelta a sus supersticiones-cuántas conversaciones tendríamos a lo largo de mi tiempo en Banderley sobre el tema: "Es la religión una idea delirante? Discuss"). Este sí que estaba abierto, y vacío: una sala funcional y tristísima, que más que un refugio de paz parecía una sala de velatorio. La capilla, sin embargo, era otra cosa, pero eso no lo sabría yo hasta pasado un tiempo porque siempre, siempre, estaba cerrada.


Está ya oscureciendo -
por estas latitudes no quiere decir que sea tarde- y me paso por la pequeña tienda que me enseña Yolanda, cerca de la cantina. Aquí puedes comprar un poco de todo, es una cueva de Ali-Baba, con señor pakistaní que siempre miraba criquet en una tele bajo el mostrador. La gente en general comía en la cantina, y algunos también cenaban, pero este era el lugar donde se iba para llenar tu estante del frigorífico. También podías pedir encargos, y el de la camioneta blanca -con bandera inglesa en el salpicadero- lo traería el jueves. Mi primera compra consiste en dos o tres cosas, de las que solo recuerdo el precio (carísimo, cifra grabada a fuego, £32) y un tubo de helado llamado Chocolate Suicide. No sé si es un nombre muy apropiado para un hospital mental. Y yo, no soy particularmente de helado.

Al llegar a Drummond, abrazada al helado, está todo silencioso. Las escaleras, de madera blanca, gruñen bajo la alfombra -amarilla, por supuesto- que la forra por el centro. Hacia la mitad de escalera se apaga la luz, maldito temporizador: aprendería más tarde a subir a toda prisa.  A tientas llego al final, la puerta del salón está cerrada. Me parece oír una especie de murmullo. 

SORPRESAAAAAAAAAA!!!  Cuando alguien por fin enciende la luz, un grupo de gente sonriente con gorritos de Nochevieja y bajo guirnaldas amarillas parecen alegrarse mucho de verme. El Chocolate Suicide se me cae a los pies. 



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Si te has perdido las anteriores entregas de Serial, pincha aquí.  

13 enero 2019

Advertencia, de Jenny Joseph

Advertencia
Cuando sea vieja, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni haga juego, ni me quede bien,
y me gastaré la paga en coñac y guantes de verano,
y sandalias de raso, y diré que no tenemos dinero para mantequilla.
Me sentaré en la acera cuando me canse
y devoraré las muestras de las tiendas y apretaré los botones de alarma
y haré ruido con mi bastón en los barandales de las calles.
compensando la austeridad de mi lejana juventud.
Saldré a caminar bajo la lluvia en zapatillas,
y arrancaré flores de jardines ajenos
y aprenderé a escupir.

Puedes llevar terribles camisas y engordarte
Y comer tres libras de salchichas de una vez
O solo pan y vinagretas durante una semana
Y acumular bolis y lápices, y posavasos y cosas en cajas.


Pero ahora hemos de llevar ropa que nos tenga secas,
y pagar el alquiler y no jurar en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos invitar a amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez deberí­a practicar un poco desde ahora?
Así­ la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea vieja, y comience a vestir de morado.

Jenny Joseph

....Viene a ser un poco lo de Matilda El Musical, basada en el encantador libro de Roalh Dahl...

Cuando crezca, comeré caramelos de camino al trabajo
y me iré a la cama tarde cada noche... :)



Warning
When I am an old woman I shall wear purple
With a red hat which doesn't go, and doesn't suit me.
And I shall spend my pension on brandy and summer gloves
And satin sandals, and say we've no money for butter.
I shall sit down on the pavement when I'm tired
And gobble up samples in shops and press alarm bells
And run my stick along the public railings
And make up for the sobriety of my youth.
I shall go out in my slippers in the rain
And pick flowers in other people's gardens
And learn to spit.

You can wear terrible shirts and grow more fat
And eat three pounds of sausages at a go
Or only bread and pickle for a week
And hoard pens and pencils and beermats and things in boxes.

But now we must have clothes that keep us dry
And pay our rent and not swear in the street
And set a good example for the children.
We must have friends to dinner and read the papers.

But maybe I ought to practice a little now?
So people who know me are not too shocked and surprised
When suddenly I am old, and start to wear purple.