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26 abril 2026

"Tiempo de cerezas" de Montserrat Roig: Sonidos, olores, textura del Eixample

"Le temps des cerises" es un poema y canción francesa de 1866 que está muy asociada a la Comuna de París de 1871 [Jean-Baptiste Clément, el autor, luchó durante ella] y ha sido desde entonces un símbolo de la izquierda, una metáfora del sueño de lo que será la sociedad cuando ciertos principios imperen: será el tiempo de las cerezas. Montserrat Roig tomó el título para la novela central de su trilogía sobre una saga familiar barcelonesa en el siglo pasado -el primero "Ramona, adiós" (1972)  y el tercero "La hora violeta" (1980). Con "El tiempo de las cerezas" ganó el premio Sant Jordi de 1976, 


Llegué a esta novela por "Amiga date cuenta", un podcast de periodismo cultural que siempre escucho -como buena vampira de referencias- en el que la recomendaban, doliéndose de haber descubierto a Roig demasiado tarde. Tanto se volvió para las locutoras un icono que llegaron a decir que si no hubiera fallecido de cáncer a los 45 y fuera francesa, le hubieran dado el Nobel - no es que el Nobel de literatura me parezca medida segura de calidad literaria, pero igual se han dejado llevar un poco por el entusiasmo. Lo que sí lograron fue contagiarme simpatía y admiración por la autora, de esas de "¿qué he hecho yo con mi vida si Roig consiguió todo eso en 45?". Por supuesto, mi suegra la tenía en su biblioteca y me he leído su libro, todo amarillito que me encanta- ojalá hubiera subrayado o hecho anotaciones al margen porque de esa manera se dialoga con la autora y con la anterior lectora. 

No voy a hacer aquí una wiki pero brevemente, Montserrat Roig nació en una familia de la burguesía progresista catalana -ya su madre era feminista- en 1946 en el Eixample, mi barrio favorito de Barcelona, por razones sentimentales. Fue lectora de español en Bristol, periodista, novelista, ensayista [investigó sobre los catalanes presos en los campos de concentración nazis], activista, militó un tiempo en el PSUC, y muy feminista. En "La aguja dorada" escribió una especie de blog-de-viajes con sus impresiones de una estadía de dos meses en Leningrado - con todo lo que hace chulo a una bitácora de viajes, que consiste en incluir historia, sociología, observaciones y crónica personal. Tuvo dos hijos y la lista de sus amigos da mucha envidia- Vázquez Montalbán, entre otros-, pero con la que me voy a quedar hoy es con Pilar Aymerich, fotógrafa.

Ex-deportados catalanes de los campos de
concentración nazis, 1972, Pilar Aymerich

El otro día hablé de Cristina García Rodero y esto me ha recordado a otras fotógrafas como Dorothea Lange o Dora Maar de cuyo trabajo también hemos divagado. Total que me he puesto a buscar y me ha salido un nuevo distintivo al que he llamado originalmente "fotografía" [ya hay uno llamado "fotos", pero esas son mías]. Y todo este párrafo -que es divagando en gerundio, o sea, en acción- viene por Pilar Aymerich, la amiga de Roig que es una fotógrafa también muy interesante, y cuya foto de Roig embarazada en su casa me  encantó. 

El resto de fotos del divague son también de ella, que retrató la transición -la época de la que habla "Tiempo de cerezas"- desde una mirada personal y política [todo lo es, en realidad... si fotografías abejitas también estás tomando una opción]. Esta primera de niños reivindicando servicios de guardería estatales: sin palabras. 



Tal vez al divagante le parezca esta introducción el usual irnos por las ramas, tal vez apropiado para un blog que se titula como se titula, pero tal vez lo que está pasando (¿psiconalisis o pequeño ejercicio metaliterario?) es que estoy evitando la crónica pura de la novela. Y esto podría ser porque hay momentos formales de ella que no solo no me han gustado, sino que me han indignado. Muchos tienen que ver con la escatología: hay diarreas, sobacos, granos purulentos a los que se vuelve varias veces en una escena, y otros ejemplos que se sentiría incapaz de transcribir aquí por aquello de la vergüenza ajena, y que no aportan nada.  Hay repeticiones que entiendo son buscadas y una se podría excusar con que es técnica literaria, pero cuando ya la primera vez no te gusta lo de "se reía como un pájaro", el que lo repita cada una de las veces que se habla de esa persona, me dan ganas de disparar al pájaro. Hay preadjetivaciones que son ese timbre grave que ponen en los concursos cuando se falla la pregunta; juzguen por ustedes mismos: "blancos bigotes". Luego hay caracterizaciones que ni siquiera en esos años me parecen creíbles: para ilustrar los problemas de conducta de la protagonista en la infancia nos cuenta que ella y su hermano "sacaron todos los peces del agua a ver cuánto tiempo les costaba morir". Lo admito: esta escena me ha dejado tocada. Si leer sobre un niño sin empatía que pega a un perro es duro, la idea de quedarse mirando a peces boqueando me parece horrible. Me ha recordado a una escena en el peor de la trilogía de John Fante (el segundo) en el que hay crueldad con cangrejos. Lo siento, no puedo. En fin, este párrafo igual les lleve a estar de acuerdo con mi hija que me califica de "book snob".

Pero no lo soy, ni todo es malo en "Tiempo de cerezas": la historia que cuenta me interesa mucho, tiene política y feminismo en esa época convulsa [frase hecha: check].  Natalia es una hija de la burguesía que se tiene que exiliar a Londinium tras unos años locos del tardofranquismo en los que no es que se meta en política activamente -no es una "Teresa" que idealiza a su pijoaparte-, una de sus autocríticas más duras es que ella ha sido, en realidad, espectadora de todo pero no se ha involucrado con nada, pero sí que le salpica vía un novio comunista [las páginas en las que describe las cargas policiales y posterior detención son para leer con el corazón encogido] del que aprende cosas como estaPaul Lafargue y Laura Marx, yerno e hija de Karl Marx se inyectaron ácido cianhídrico cuando cumplieron 70 años, justo antes de la Primera Guerra Mundial. Él dejó esta nota: "sano de cuerpo y espíritu, me mato antes de que la cruel vejez me quite uno a uno los placeres y las alegrías de la existencia y me despoje de mis fuerzas físicas e intelectuales. ¡Viva el comunismo y el socialismo internacional!". Debería ser obligado para tod@s tener una novia o novio comunista.

Pasa doce años en esta isla, en la que aprende precisamente fotografía [su mentor le dice "te enseñaré a argumentar una fotografía": como siempre me decían en los cursos que hice, "una foto tiene que contarte una historia"]. Como esta de abajo, también de Aymerich, de las "Jornades catalanas de la dona" de 1976 en las que en primer plano están sonrientes y sentadas las feministas probablemente de la burguesía como la propia Roig y arrodillada fregando a una mujer pobre. Es brutal: hoy a esto se le llama interseccionalidad y me recuerda al libro "Por qué no soy feminista" de Jessa Crispin en el que la autora reniega del feminismo que busca solo romper el techo de cristal y no duda en oprimir a otras mujeres en ese empeño: no se puede ser feminista y de derechas [les refiero al divague en el que esto se desarrolla].


Y entonces, vuelve. Se había ido de "todo lo que le parecía apolillado y ahora, vuelta a empezar". A menudo hablamos de "volver" o no hacerlo los que nos hemos ido, así que su experiencia, su mirada extrañada de ese nuevo país ahora que el dictador está muerto, es tan interesante como lo suelen ser las observaciones de un outsider. En un punto hacia el final le dice a su sobrino, que sí, que este país da asco pero que ella ha vuelto, porque "la ciudad se lleva dentro". Justo entonces Franco ha asesinado a Puig-Antich, el anarquista de 25 años, aunque su amiga Harmonía dice que lo han matado "los comunistas", que no se preocuparon de esta muerte -los eternos conflictos de la izquierda, y aún quedan en flashbacks coletados de las rencillas, venganzas y humilaciones de la Guerra Civil. 

Por supuesto, se encuentra con una sociedad que huele a naftalina en la que los futuros suegros preguntan al novio de la hija "¿y usted con qué cuenta, joven?" [bueno, cierta burguesía catalana aún hace esa "puesta de largo" de la nena para ponerla en el mercado en pleno siglo dieci.. veinte], maridos que no dejan trabajar a sus mujeres, grupos del Tupperware [yo esto no lo recuerdo, pero sí la "seniora Avón"]. Pero ya se intuye cierta rebeldía en algunas de estas "trad wives" que se llaman ahora: hay una que confiesa que a ella sí que le gustaría trabajar y otra que le dice que van a envejecer de distinta manera, porque la prota ha vivido en el extranjero, ha abortado [la escena del aborto ilegal es dantesca, de verdad hay gente que quiere volver a eso?] cuando decidió que no quería al hijo y ahora tiene una cámara colgada al cuello que va a ser su medio de vida. 

La propia familia de Natalia sirve para muchas reflexiones: el padre era arquitecto y se enriqueció a costa de la vida de los obreros, racaneando en materiales, dimensiones de las viviendas para los pobres porque "esto es lo que pide el mercado, yo qué quieres que te diga". Por lo menos, los trabajadores llevan ahora casco obligatorio, ley que no existía cuando ella se exilió. Cuando va a la boda de una criada de la familia, tiene la misma sensación que tenía cuando de joven iba con su novio revolucionario por los barrios, y describe el olor de la pobreza de una manera acertada, impactante: 
"el mismo olor de miseria, la fetidez de aire caliente, la humedad que rezumaba de las paredes, el vaho de vino barato, el aliento de ajos... El olor de los pobres, siempre el mismo, pensaba Natalia, no me acostumbraré nunca (...) fuera solo había conocido desarraigados como ella, gente perdida que huía de las ciudades n hundidas, gente que no aceptaba, que no penetraba dentro del olor de los pobres, que les olfateaban a través de unos cristales desinfectados y que esgrimían  teorías para sacar a los hijos de los pobres de aquel olor, olor de siglos".
 Hay muchas descripciones de olores en la novela y también de sonidos. Cuando habla de los patios interiores de manzanas del Eixample se sale: te hace sentir ahí, con el tenedor batiendo un huevo, con el llanto de un bebé, los grifos abiertos, los chasquidos de la carne cayendo en la sartén, el zumbido de un lavavajillas, voces apagadas, las canerías, el silbido de una olla exprés, el zum-zum de aceite que saltaba,  y claro luego el olor a pescado frito, a coliflor hervida. Así en todos los patios de la ciudad. Y en las tascas, olor de sardinas fritas y de vino almacenado en barriles. El olor es un sentido tan evocador que directamente entras en esos lugares oscuros, con sus barriles viejos.  Es una maravilla. 

Una novela para mí con bastantes problemas, pero también interesante, de una mujer que lo fue aún mucho más: Montserrat Roig.

10 abril 2026

"España Oculta", de cómo la lectura nos hace nosotr@s, boicotea a los malos y otros flecos de la Semana de Pasión

 Se me ha hecho tarde: decidí romper el divague de Easter en dos y el mundo va tan rápido que ya nadie se acuerda de esos días; ni siquiera los que estuvieron en Lanzarote (¿por qué todo el mundo ha ido allí estos días?). Yo sin embargo aún me acuerdo de ese puente de cuatro días que al final fue hasta soleado y, como consecuencia, el martes me costó horrores volver a trabajar: un par de noches antes ya soñaba con excels y con FP10s, todos verdes como ambos son. Verde que te quiero. Verde. 

Pero las cuatro cosas que quería contar siguen en mi cabeza -y eso que también está el libro que terminé en un atracón ayer y del que tengo muchas ganas de escribir. 

Cristina García Rodero: "España Oculta"
Escuchar la voz de esta fotógrafa enorme es como escuchar la de una jovencita a la que quieres dar un abrazo. Cada vez que la he oído en entrevistas me ha dado mucha ternura, tanto en la forma como en el fondo. La primera edición de su clásico "España Oculta" salió en 1989 y se convirtió en un libro de culto. Si lo buscabas por internet, alcanzaba precios como £1600. Pero el 2024 ha sido reeditado y ahí lo he comprado yo, claro.




No todas son de penitentes, pero sí que recoge una España rural entre 1974 y 1989, en la que vía sus fiestas y rituales nos recuerda de dónde venimos. Personalmente, quería hacerme con este libro sobre todo para verlo con Mini, porque para ella esto iba a ser (como de hecho ha sido) descubrir otro planeta.  Ya se encuentra con otro país cada vez que vamos por la península de vacaciones -otro país que le gusta-, pero estas fotos hablan de una sociedad pobre, inculta, supersticiosa, gente que tiene miedo a la vez que disfruta mucho. El otro día le dimos una pasada juntas y jugué a mi test diagnóstico de lo que hace buena a una foto: el tiempo que te paras a mirarla. Y Mini, impaciente en casi todo, pasaba las páginas despacio: García Rodero, un triunfo.  Para más, aquí. 

Cómo la lectura nos ha hecho quienes somos [How reading made us]
James Marriott, periodista de The Times, ha escrito un libro que se publicará en junio titulado "The New Dark Ages. The End of Reading and the Dawn of a Post-Literate Society" ["Los nuevos Años Oscuros*. El fin de la lectura y el advenimiento de una sociedad posalfabetizada"] y lo que puede significar eso es tan deprimente. 

(*) La Era/Años Oscuros no es una expresión que se use mucho en castellano -que yo sepa- pero las Dark Ages sí que se usa en inglés, y se refiere a esa época tras la caída del Imperio romano entre el SV y el SX, otros dicen el SXV. 

Marriott acaba de grabar un podcast con la BBC sobre el tema que recomiendo mucho. Es espeluznante lo que se nos viene si dejamos de leer como sociedad. Según Marriott, cada vez lee menos gente [¿pero no proliferaron las librerías en la pandemia?]. Incluso en las universidades, los alumnos no pueden leer clásicos que se consideraban obligatorios y los profesores han tirado la toalla, porque incluso ellos notan que no leen igual. Nos han cambiado el cerebro.

Anécdota [sin la que pueden vivir perfectamente]: yo leo en la cama un ratito por la mañana con el teléfono al lado y por la noche sin él. Ambas lecturas tienen beneficios y problemas: con el teléfono busco palabras que generalmente entiendo pero quiero el matiz o saber cómo se dirían en castellano porque no me salen, o algunas que directamente no entiendo. Por la noche, sin él, sigo adelante sin buscarlas porque sigo entendiendo el texto. Con el teléfono, enriquezco la lectura con "hiperenlaces" (busco localizaciones o lo que surja); sin él, leo como siempre se ha leído. 

"Las pantallas" se lo están comiendo todo. Personalmente [oh dear, disculpas, otra anécdota!], cuando me di cuenta de lo que hacían ciertas redes sociales -las algorítmicas- en mi cabeza, me las quité: nunca tuve Tiktok pero ya he dicho otras veces que Instagram, aquello que empecé para mirar fotos, se ha convertido en Lo Peor. Si alguna vez alguien me envía un enlace a IG, tengo que hacer un esfuerzo sobrehumano para no "scrolear" o me quedo 20 minutos. Tiempo que se pasa volando, en el que crees que aprendes cosas importantes, pero que luego te das cuenta de que solo ha hecho "entretenerte". Imagino lo que será esto para los chavales, su cerebro, que está frito ya, como lo está el nuestro. Este tipo de redes sociales están diseñadas con el único objetivo de  secuestrar nuestra atención [recordemos el mantra: "cuando algo es gratis, tú eres el producto"] y con ella nuestro tiempo y por ello las hacen adictivas. El punto final es, como siempre, que compremos algo [sea objeto o "experiencia"] o tenernos adormecidos. 

Volvamos a Marriott [sin esto sí que no pueden vivir]: la lectura fue esencial para crear la democracia y lo será para mantenerlas: los ciudadanos necesitan entender conceptos complejos en profundidad para no dejarse dominar por tiranos. Nos estamos arriesgando a caer en el tribalismo y el caos de las sociedades pre-lectura. En el podcast, Marriott entrevista a Stephen Pinker, el psicólogo y psicolinguista canadiense y he aprendido cosas muy interesantes:

1. La lectura como artilugio de la empatía
Nuestros antepasados llevaban a los niños a la plaza pública a disfrutar espectáculos tipo cómo se evisceraba a reos, o les machacaban los miembros hasta que morían de hemorragia. ¿Qué era diferente en las mentes de esas personas de las nuestras de las que nos separa unos siglos? 

Pinker habla de la segunda mitad del SXVIII, con la Ilustración, en la que algunas de esas costumbres atroces -e.g. formas sádicas de castigo y pena capital, la esclavitud- fueron abolidas. Esta todavía no es la época en la que dejó de haber enorme pobreza -que llegó en la segunda mitad del SXIX con la Revolución Industrial- , así que solo la [relativa] abundancia no puede ser la explicación. Sabemos que la imprenta se inventó en el SXV, pero la tecnología que permitió que el papel y el imprimir fueran más baratos y por tanto accesibles no llegó hasta esa segunda mitad del SXVIII, junto con un incremento de la alfabetización que en algunos países occidentales llegó al 50%. La teoría de Pinker es que es muy plausible que el hecho de que mucha gente comenzó a consumir novelas en esa época tuvo un impacto en su empatía porque, al final, ¿qué es leer sino meterte en la cabeza del otro? La lectura es un "artilugio para la empatía". 

2. La empatía de la lectura vs. la de las imágenes
Y aunque también nos emocionamos con las películas, y puedan funcionar como otro artilugio pro-empatía, nunca te vas a meter en la cabeza del personaje como en un libro que va únicamente de eso. Ves sus comportamientos, no tus pensamientos.

3. Manipular con imágenes es mucho más fácil
Las imágenes nos llegan muy bien, pero si me vieras hablando de todo esto en un video, establecerías un montón de conclusiones sobre mí por mi imagen, la manera cómo me expreso, lo que tengo detrás [elegiría una estantería forrada de libros para hacerte creer que soy intelestuá, claro] y suma y sigue. Aquí, en el blog, únicamente tienes mis ideas. Algunas te tocarán, otras no, con algunas estarás de acuerdo, con otras nada, con las de más allá, parcialmente. Pero hay que hacer un esfuerzo extra para entrar en algo escrito.  Por escrito, tienes que exponer tus argumentos, desarrollar ideas y persuadir al lector de lo que sea. 

Las pantallas son un vehículo perfecto para mostrar tu personalidad. Por eso un influencer carismático puede arrastrar a gente menos sofisticada en poco tiempo; en esos casos ocurre aquello del "culto a la personalidad". Las imágenes son muy poderosas sin falta de profundizar: recordemos el documental de propaganda nazi de Leni Riefenstahl (El triunfo de la voluntad, 1935), críticos dicen que el "mejor de la historia en su género", que hizo seguro mucho más por el nazismo que el "Mein Kampf". 

El medio es el mensaje, como dijo McLuhan y sigue aplicándose hoy en día: el medio da forma a nuestra percepción más que el contenido. Un artículo —o entrada de blog— de 4000 palabras es otra cosa que un video de unos segundos. Y parece que todo está terminando en eso: videos cortos son todo lo que mira la gente en el metro obnubilada. ¿Alguien recuerda la premisa de "Infinite Jest" de DFW? La gente moría sentada frente a la tele viendo un video que no podían dejar. Menudo visionario David. 

Dejar de usar ChatGPT [QuitGPT]
Y ya que estoy con esto del boicot a las redes algorítmicas, dos por el precio de uno, os voy a intentar vender el boicot a ChatGPT. Hay otras IAs, simplemente usa otras. Que sí, que también tendrán sus manos manchadas de sangre, pero por algo hay que empezar y está demostradísimo que las campañas de boicot enfocadas contra una empresa particular tienen un poder increíble.

Todo esto te lo cuenta Rutger Bregman, que ya ha salido varias veces en el divlog en este artículo de The Guardian o en este podcast. Cuatro millones de personas nos hemos unido al boicot. ¿Algunas de las razones? El presidente de OpenAI donó 25m de dólares a la campaña del Boniato que grita "crazy bastards", su compañía está ayudando con las deportaciones de inmigrantes, y mucho más. Deja de usarlo. Ya.

Y, en serio, ya debo dar por finalizado el puente de Easter, por lo que me despido con algunas fotos tomadas en algunos de mis paseos con bici por la city. 

1. Esto es Crystal Palace, un barrio donde pusieron el ídem tras la Expo Universal de 1851, pero que se quemó en 1936 [ya se sabe, el UK y el fuego]. Está en una de las colinas de Londinium y fui la Presidenta de la República [que no Reina] de la Montaña ese día. #hardwork.



2. Esto es Redcross Gardens, unos jardines secretos ya veis cerca de dónde, que descubrí gracias a un libro que le robé a la divaganta R. un día que fui a su casa, titulado "Quiet Londinium". 


3. Y esto es Chumleigh Garden, lo que fueron almhouses del SXIX en las que vivían ancianas solteras. Son delightful y también lo descubrí gracias a mi robo. [R, lo devolveré, pero tengo que recorrerlo casi todo]. Están en pleno Burgess Park que yo no tenía ni idea de las dimensiones de su lago. Ahora sí, me voy, en serio.






02 diciembre 2019

Dora Maar: Fotografía y surrealismo



















Siempre me hace gracia cómo los artistas, autores, filósofos de una época estaban todos interrelacionados... Oh, haber vivido en París en los locos años 20! Como en aquella peli de Woody Allen de 2011 ("Midnight in Paris") en la que su (como siempre apuesto) alter-ego se encuentra con Cocteau, Scott Fitzgerald, Josephine Bakers, Hemingway, Gertrude Stein,  Dalí, Man Ray, Buñuel, Degas, Toulouse-Lautrec, Gauguin, Picasso... Y precisamente conectada con Picasso estaba Dora Maar (née Henriette Théodora Markovitch), la fotógrafa sobre la que hoy vamos a divagar. 

El domingo, como buenos feligreses laicos (siempre lo digo, antes se iba a misa, hoy a la Tate o al Prado, o donde sea), estuvimos en la exposición de la Tate Modern dedicada a Maar, y hoy solo quiero colgar algunas de sus fotos, las que me gustaron. 

 

 Maar no necesitaba hacer nada de esto, porque venía de una familia burguesa: podría haber vivido de las rentas. Las mujeres que en esa época salían de ese cascarón, chapeau. Además de fotos bonitas como las de arriba, también hacía colaboraciones para revistas de moda... esta en particular me llena de ternura: "mídete para corregir tus fallos". Y pensar que algunos quieren que volvamos allá.


 En 1933, sin ser mandada por ningún periódico se fue sola a la Costa Brava y hay una serie de fotos que reflejan la pobreza de la época en cualquier parte de la piel de toro (si era así allí, imaginemos en Jaén). Estas fotos son, por razones obvias, las que más me tocaron de toda la exposición. Bajo el título de "Barcelona" encontramos mujeres que piden limosna, niños haciendo el pino con las típicas zapatillas de cáñamo, y las que hoy ha definido Mini, al contárselo a una amiga como "tristes": unos ciegos tocando un organillo, para ganarse la vida en la calle. Si se ha quedado aunque sea con eso, bien vale haber ido a esta misa laica. 


Fueron sus convicciones políticas de izquierdas en esa época, con 25 años, las que motivaron estas fotos, o las de Londinium, o las de "La Zone" en París. Má tarde, Maar abrazó el surrealismo, literalmente. Poetas como Breton y Eluard querían transformar la experiencia humana del mundo, rechazando lo racional y optando por el inconsciente. Esta sala y sus fotos son tal vez las que menos me hayan llegado aunque sean las más famosas.                                                                                                        “Average artists copy their peers, but the true great artistic gesture lies in the shamelessness of stealing and getting away with it.”

En 1935 Maar conoció a Picasso, en la que él luego diría fue la peor época de su vida: no había pintado nada en meses. Ella le enseñó técnicas fotográficas, como el cliché verre y él la animó a que volviera a pintar (de nuevo, esta última sala de pinturas me interesa menos que las fotos).

De Mayo a Junio de 1937, Maar documentó con fotos la progresión del Gernika (comisionada en el proyecto por Cahiers d'art). Se ha especulado que la lámpara eléctrica del Gernika está inspirada en una de sus luces que Picasso usaba para iluminar el lienzo. Hago unas cuantas fotos en la proyección de la evolución del Gernika. Es un cuadro que, pese a tener colgado en el salón de mi casa-como todo buen progre de los 70-, nunca me canso de mirar, y de descubrir cosas nuevas. Ver las fotos de Maar me ha dado una perspectiva fresca: por qué el toro tiene una cara más amable al principio?

 Al salir de la exposición, Mini, como siempre, tiene que ir a dibujar en los ordenadores en la sala interactiva. Tras dejar tu arte sobre una especie de tablet gigante,  se proyecta en la pared. Cada vez se hace más mayor para esta sala, donde dominan los niños de 5 años. El Peda y yo nos sentamos en los sofás con nuestros libros, pero al rato nos damos cuenta de que ya tiene 11 años, se puede quedar un rato pintando sola. Así que pasamos a la tienda del edificio nuevo, donde me engancho a un libro ilustrado de "Art Deco en el Reino Unido": impresionante. Pensar en los edificios que ya he visitado (Granada de Mitchan, por ejemplo) y los que me quedan. 

A la vuelta, cruzando de nuevo el puente que separa la Gran Turbina nos encontramos con la escultura inmensa de Kara Walker "Fons Americanus". Se trata de una fuente así a lo Fontana de Trevi, de 13 metros de altura, inspirada en la Victoria Memorial enfrente del Palacio de Buckingham. Dice la explicación que "explora las historias interconectadas de África, América y Europa" y parece que el agua se refiere al "comercio transatlántico de esclavos". Siempre me plantea dudas que te tengan que explicar cosas así ante una obra de arte (cómo olvidar la famosa expo de Damien Hirst, y su inefable catálogo). Pero vamos, nada que decir, ya que la fuente no es precisamente una celebración del Imperio Británico, y todo esto es bienvenido en estos días de Brexit y -cerramos el círculo que iniciamos con Maar- surrealismo

God save the fukin surrealism






19 diciembre 2016

Nadador bajo el agua, André Kertész, 1917


Nadador bajo el agua, André Kertész, 1917

A Elton John le dio, en un punto de su vida, "cuando estuve sobrio", por la fotografía. Comenzó a coleccionar fotos míticas (por ejemplo, Man Rays, Dorothea Lange, etc), y ahora las comparte en una exposición en la Tate Modern: "The Radical Eye: Modernist Photography de la colección de Elton John". 

Hoy ha sido un día de museos. Esta del hungaro André Kertész es una de mis favoritas.

15 julio 2014

Gazpacho

Hoy me va a salir un gazpacho. Algo a lo que se echa muchas cosas frescas y ricas, y en exactamente diez segundos... voilá! Tengo que hacerlo porque lo de últimamente no son formas. Lo sé.


Prometí drogas (melatonina, quién dijo que era homeopatía?) y no llegaron. Prometí explicar porqué nunca llueve en el sur de California. y tampoco. Y así todo. Total que el divague que yo quería hacer hoy es el de la peli que vi el sábado "Boyhood" de Richard Linklater, pero me domino: ya entiendo que antes tiene que venir el gazpacho.

Tomates. Hoy he entregado los artículos. Dos, como dos toros. Sé que hay divagantes que han seguido mi procastinación desde la lejanía, interpretando mis silencios como esa pobre Di inclinada sobre el teclado sin hacer lo que debería: divagar. El pobre editor estaba si es posible más desesperado que vosotros: primero le conté que iba a ser un monje el finde de Rodriguez. Luego le lloré en un pasillo, le dije que estábais peor que él, los divagantes y me respondió al día siguiente con un email que llevaba solo "???". Hoy su vida cobra sentido: claro que al empezar a leerlos, igual necesita buscar otro motivo para continuar, darse al alcohol, quien sabe. 

Nuestro artista invitado podía hacer niñas bonitas
Cebolla. Pero hay más cosas que me apartan del divagar. Queridos divagantes: ha llegado el momento de hacer un anuncio. Me voy de vacaciones. El mes de Agosto. Ante todo: que no cunda el pánico. Espero poder seguir divagando, o por lo menos como hice hace un par de años, mi plan es colgar una foto por día. Espero que esto dé carnaza a los que queden por aquí y tengan ganas. Soy consciente de que no necesitáis las llaves del piso: puedo irme dejando un divague que diga "Cerrado por vacaciones" el 31 de Julio y encontrar el 31 de Agosto 1678 comentarios. Básicamente por esa amenaza intentaré publicar de vez en cuando. Y así os voy contando si es verdad que nunca llueve en el sur de California. Pero divago: hablaba de lo que me aparta mayormente estos días de divagar, y es la planificación. A ratos me pregunto porqué esta manía de viajar, cuando uno puede estar en un hotel 15 días bajo una palmera.

Mapplethopre era guapo, o no?
Pepino. Pero no penséis que todo ha sido un erial estos días. No solo de artículos y de tediosas Rough Guides vive la mujer. Algún rato loco leo, veo alguna peli y voy a aquella exposición. Las fotos de este divague son de la exposición de Robert Mappletorpe el domingo en la Tate Modern. Pongo estas pocas, pero otro día pondré más. Meterte un google imágenes de Mapplethorpe es como meterte en un antro de burlesque tras haberte metido todo. Meter el es verbo, por si acaso. Algunas de sus fotos me hipnotizan: que más puede pedir un fotógrafo que alguien se quede frente a una imagen suya durante minutos? En concreto cuelgo dos de Lisa Lyon, una de sus musas. Sin embargo, la que más me gustó (una mujer de andaluza? con una sombra en al pared no la he podido encontrar por todo internet). Help.

Di haciendo Mindfulness... BROMA! es Lisa Lyon

Ajo. También intenté hacer Mindfulness. Media hora. Sin éxito. En el trabajo hay un workshop. Me metí. Todos cerraron los ojos y la voz decía que mantuviéramos la mente en blanco. Que no expulsáramos los pensamientos que venían, que simplemente les dejásemos ir. Que no pensáramos en ese rato como algo que tenía ningún objetivo: ni la relajación, ni el bienestar... simplemente el ESTAR en el momento. Ni que decir tiene que no lo conseguí... siempre que lo intento, ya sea dejando al pensamiento que se vaya, o que la ola vuelva a la horizontal... imposible.

Pimiento verde. He pensado en terminar con unas frases. La primera de "The man who shot Liberty Vallance"  ("El hombre que mató a LV") de John Ford. No me gustan los Westerns porque suelen ser alien para las mujeres: tocan temas de honor, responsabilidad, coraje, y las mujeres son seres decorativos (ya siento la Ira de Snoid, la podéis sentir vosotros?). Pero este final:

"This is the West, sir. When the legend becomes fact, print the legend". 

Zumo de limón. Estos son versos de "The ballad of Reading Gaol" ("La balada de la cárcel de Reading") que reflejan la desperación y el horror que vivió Wilde en aquel lugar... viene a ser como mis días sin divagar...

"For he who lives more lives than one
more deaths than one must die
 (...)
For they starve the little frightened child
till it weeps both night and day:
and they scourge the weak, and flog the fool, and gibe the old and grey,
and some grow mad, and all grow bad,
and none a word may say".

Aceite de oliva. Ahí queda eso. Dije que era un gazpacho. Ahora hay que meter el turmix. Quién dijo miedo habiendo hospitales. Seguiremos publicando la leyenda. 


30 octubre 2013

Robert Capa: "No encuadré la foto"


Esta mañana, escuchando la radio, se me ha puesto la carne de gallina: la voz de Robert Capa, el fotógrafo de guerra, en la BBC4. Resulta que investigadores del International Center of Photography han encontrado una entrevista de Capa en 1947 en la que explica cómo tomó la foto de guerra más famosa de la historia: "Falling Soldier" (o "Loyalist soldier"). El soldado republicando cayendo en el Cerro Muriano, cerca de Córdoba.

Durante mucho tiempo hubo debate sobre esta foto: fue preparada? He encontrado un artículo del Daily Hell (Daily Mail) británico en el que explican cómo fue un montaje.  La foto se convirtió en un símbolo de la Guerra Civil española y luego, en la foto definitiva para cualquier movimiento anti-militarista, anti-guerra. Un icono. En la grabación rescatada Capa explica cómo tomó la foto: él estaba con milicianos en la trinchera, que disparaban hacia la ametralladora fascista, y en varios puntos dijeron "Vámonos", y a la cuarta, Capa levantó sus brazos sobre la cabeza y, sin mirar por el objetivo, disparó. UN disparo muy diferente de los que estaban resonando a su alrededor.  "No encuadré la foto", dijo. Eso fue todo.Aquí se puede escuchar su voz, como la he oído yo esta mañana.

Cuando Capa tomó la foto tenía 22 años. Una de sus frases era "si tu foto no es buena, es que no estás lo suficientemente cerca". Por supuesto, murió fotografiando una guerra, en Indochina, 1954, con una mina antipersonal. El pasado 22 de Octubre hizo 100 años de su nacimiento. 

03 marzo 2013

Man Ray: Exposición en Londinium, Midnight in Paris

Hace unos días estuvimos con Los Maestros en la exposición de Man Ray en la National Portrait Gallery, aquí en Londinium. No es la primera vez que divago sobre una foto de Emmanuel Rudnitzky (su nombre de pasaporte):  ya lo hice hace un par de años en "Plagiomenaje", por cierto una de las entradas más visitadas de este divlog. Supongo que indica el interés que despierta este fotógrafo entre los gugleadores.

Man Ray comenzó su carrera como pintor en Nueva York. Allí visitó la Galería de Arte 291 (fundada por Alfred Stieglitz's, sita en el 291 de la Quinta Avenida, no una mala plaza) y se inició en esto de la fotografía porque no encontraba a nadie que le hiciera reproducciones fotográficas de sus pinturas. Allí conoció a Marcel Duchamp, que acabó siendo su colaborador y amigo, y se cambió a vivir a París. En la Ciudad de la Luz montó un estudio de retratos, conoció a los dadadístas, y se hizo el fotógrafo indispensable para intelectuales y artistas. Pronto su círculo de conocidos se extendió a los surrealistas. 

 
En la exposición de la National Portrait gallery hay retratos de Ernest Hemingway, James Joyce, Berenice Abbott, Marcel Duchamp, Pablo Picasso (1922), Georges Braque, Tristan Tzara, Jean Cocteau, Louis Aragon, André Breton, Jaques Rigaut, Henri Matisse, Aldous Huxley, Virginia Woolf, Dora Maar, Wallis Simpson, Coco Chanel, Salvador Dalí, Max Ernst, Lee Miller, Dolores del Río, Henry Miller, Ava Gardner, Yves Montand, Catherine Devenue, Paul Morand, Juan Gris, Antonin Artaud, Kiki de Montparnasse... Por nombrar los que me sonaban, y por supuesto, también estaba el famosísimo "Le Violon d'Ingres" . 




 


Al salir, el Peda comenta sobre "el Facebook de Man Ray", y todos corroboramos, con envidia insana. Es como ver "Midnight in Paris" (Woody Allen, 2011) de nuevo, esa época mágica de los locos años 20, en la que a todos nos hubiera gustado vivir en París. [Divagando: igual que la de la Barcelona anarquista que describe Orwell en "Homage to Catalonia" una década más tarde a la que me transportó una presentación de libro de Julián Casanova a la que fui durante mi paso por Vetusta]. La exposición está petada, como suele pasar en esta ciudad, y como muchas de las fotos son muy pequeñas, si uno tiene libre un martes a media mañana, igual es mejor horario: solo estarán los turistas.


Ha sido difícil la elección de las tres fotos de este divague, había tantas. Me quedo con estas tres porque, en el caso de la primera, tengo una veneración muchas veces aquí reconocida por la Señora Woolf. La segunda es una colaboración genial que hizo Man Ray para un cartel del metro de Londinium (exposición en el Museum of Transport, de la que espero divagar pronto). Y la tercera, una de sus múltiples fotos a Lee Miller, también fotógrafa, aprendiza, musa, amante, asistente... mantuvo con Ray una relación de las que, siguiendo la estela de los últimos divagues, no hay espacio para aburrirse en un sofá.





10 diciembre 2009

Procastinating y "La Artista antes conocida como K"

Me encanta el verbo que titula esta entrada, quiere decir retrasar enfermizamente algo ineludible, ponerse a limpiar la plata cuando uno tiene un examen, o a escribir emails/este blog cuando una tiene que presentar un capítulo el día 16 de Diciembre. Así que hoy he decidido y no hay vuelta atrás (no, no insistáis), tras haber escrito varios emails y algún comentario, que voy a escribir el capítulo. Y como estaba con ganas, inspirada por la musa Diva, de escribir sobre fotografía, aquí os va un refrito sobre el tema que escribí hace (arghhhh) 5 años, cuando viajábamos por Latinoamérica. Los abrigos asesinos volverán, con fuerza…  (pub 10.12.09)

La artista antes conocida como K en el Salar de Uyuni


Tal vez 6 de agosto de 2004

Algunos de los dilemas de la "Artista antes conocida como K" 
Esta semana ha muerto Henri Cartier-Bresson, uno de los mejores fotógrafos del siglo pasado. Incluso a quien no interese la fotografía, le sonarán algunas de sus imágenes: el retrato de Albert Camus, el niño que lleva las botellas, el hombre que salta un charco y tantas otras, muchas en París. Cuando alguien así muere (topicazo, pero es que es cierto), una parte de mí también muere, aunque Cartier hacía años que no fotografiaba y sólo se dedicaba a la pintura. Era uno de aquellos que, como Quino, un día decidió dejar de hacer Mafaldas porque se le había acabado la vertiente creadora. Hay que ser muy valiente, pero algunos lo hacen. Cartier era un autor que no estaba preocupado por denunciar la realidad social como algunos de sus coetáneos. Para mí, tal vez esa es la tuerca que le faltaba, su arte era arte por el arte, lo que Celaya maldice tan bien cuando carga su poesía de futuro. Muy diferente de gente como Lange, que con sus fotos-propaganda denunció la gran depresión americana en los campesinos de zonas rurales, o el gran Robert Capa cuya mirada doblega (en ambos sentidos, real y metafórico), y que murió precisamente por una mina en la guerra. 

 La artista después conocida como Di sale todas las mañanas armada no sabe si de futuro, pero con su Nikon. Y hay días en los que dispararía un rollo entero en una esquinita, y hay otros días cuando, maldición, las musas no aparecen. Y da vueltas y más vueltas, y nada le parece interesante, todo manido y agotado. La artista después conocida como Di sabe que es un día en el que no tiene el ojo de la fotógrafa puesto, ese ojo definido precisamente por Lange como “una forma de entender la vida” ("You put your camera around your neck along with putting on your shoes, and there it is, an appendage of the body that shares your life with you. The camera is an instrument that teaches people how to see without a camera”). 

 Cuando aprendes a ver la vida a través de la cámara y la echas de menos continuamente cuando no está, aprendes a sentir la angustia de lo perdido, esa imagen que pasó y no tendrás. A la vez, una se une al dilema de esta otra escuela de pensamiento que habla de que las mejores cosas de la vida son perecederas (amigos, quien prefiere una maceta a un ramo de flores?), que el hombre es un animal de rutinas pero que se harta de ellas, y que no hay mejor manera de perder que poseer (y esto es particularmente cierto en el amor que debería ser más un querer pertenecer a alguien que querer poseerlo, pero esto es otro divague que de momento os ahorraré).

Pero esta angustia es si cabe un aguijón más doloroso cuando tienes tu cámara colgada del cuello, el encuadre y todo medido, pero decides no disparar. Y esto me pasa continuamente y en las fotos que más me gustaría hacer: retratos. La catedral del DF a poco metros de donde escribo, el Taj Majal, la pirámide de Chichén Itzá, las cataratas de Iguazú, la puesta de sol en Bangkok… Todo está muy bien, pero nada le llega ni de cerca a la vieja que vende ajos en el mercado de Jalapa, a la niña a la que su abuelo le sopla la leche para que no se queme en Veracruz, al billar decrépito que se veía desde el autobús que me trajo aquí ayer. Nada. Una imagen de naturaleza nunca te puede contar una historia como la gente que anda por las calles (aunque las monjas no opinaban lo mismo dado su abuso de los atarcederes al lado de frases que alababan las grandezas del Señor), un detalle del arco románico sólo en contados casos. Y sin embargo, esas son las fotos que menos puedo tomar, y que sólo me atrevo, en casos muy contados y siempre que no se enteren, a robar (vuelven los piratas). Y he leído de manos de fotógrafos que una no debe tener escrúpulos en busca de La Foto, que una debe estar dispuesta a ganarse broncas, a pelear por su foto. Sin embargo, toda esta lucha es una ecuación complicada, y uno de los factores se llama vulnerar la dignidad de la gente. Hay arenas donde no se pelea. 

 Pese a todo, la pobre artista después conocida como Di no se engaña pensando que es este trauma irresoluto del fotógrafo-mercenario el que la prevendrá de convertirse en la Man Ray de la época. Ni se le escapa que, ineludiblemente, se seguirá cabreando con ella misma cuando vuelva y revele los carretes (sí, cuando vuelva, dicen que un viaje no termina hasta que no se revelan las fotos.) Este placer de la sorpresa y el dolor de la decepción al constatar que la traidora cámara no plasmó lo que nosotros vimos en el objetivo son aún dos sensaciones que las digitales se pierden. Hacer fotos manuales es, por todo lo escrito, un jardín de rosas que pinchan, y que evoca terriblemente la letra de esa canción de Lynn Anderson: “I beg your pardon, I never promised you a rose garden” (mal versionada por Duncan-Dhu).

Lo siento, nunca te prometí un jardín de rosas; al fin y al cabo, solo soy una cámara. (K, 2004)