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14 diciembre 2024

"La mala costumbre" y "Emilia Pérez": El enemigo del feminismo es el patriarcado.

El enemigo del feminismo es el patriarcado. Pero de un tiempo a esta parte hay un grupo de personas que creen que hay otro enemigo y, en nombre del feminismo, buscan que una minoría que ha sido marginalizada y discriminada desde siempre (las personas trans) siga igual. 

El otro día leí una entrevista a Judith Butler -la famosa teórica del género- que atacaba a estas feministas anti-trans. Ayer, un artículo de Najat El Hachmi llamándola por ello manipuladora. Otro día, otro artículo en el que Owen Jones era atacado por Suzanne Moore, una histórica feminista a la que yo leía y admiraba en The Guardian, pero que lo dejó precisamente por no estar de acuerdo con la línea editorial del periódico sobre este tema. De ahí pasé a un podcast entrevista con dos Julies, a las que también yo leía y de las que aprendí: Bindel y Burchill, y a JK Rowling, que está también en esa misma línea. Son todas mujeres a las que respeto y que me influyeron: qué desastre todo. Y luego el congreso del PSOE, quitando letras  al LGTBQ+ por lo mismo. 

El enemigo del feminismo es el patriarcado, y nos hemos distraído. El enemigo se frota las manos: divide y vencerás.

Estos últimos días he terminado un libro y he visto dos pelis: "La mala costumbre", "Emilia Pérez" y la segunda la omito porque sería spoiler. Claramente "el género" (no sé cómo llamarlo) es El Tema últimamente. En este divague voy a hablar sobre todo del libro, pero creo que quien se anime a leerlo debería mirar antes el divague titulado "Los complejos factores que influyen en nuestras preferencias sexuales y nuestra identidad sexual". Sé que las personas trans no quieren ser medicalizadas, pero entender la biología no es medicalizar. A mí no me gusta el picante, el ruido y soy impaciente y todo eso tiene componentes biológicos como lo que mido, que tengo pelo liso y el color de mis ojos. Dediqué a las bases biológicas del comportamiento una serie llamada "Unique: La Nueva Ciencia de la Individualidad Humana"  el pasado noviembre que solo leyó Muinovello. 

Me pregunto si todas esas mujeres del primer párrafo conocen algo de las bases biológicas de nuestros comportamientos, en particular de la identidad sexual ("las feministas que creemos en la existencia del sexo", dice El Hachmi), y/o se molestan en leer libros como del que voy a hablar.  En fin, empiezo:

~~

Alana Portero
"La mala costumbre" es la primera novela de Alana S. Portero, una mujer trans a la que escuché en Carne Cruda hace un tiempo y, aparte de por recomendaciones de un par de amigos, por esa entrevista decidí leer su libro. Me gustó cómo articulaba un pensamiento de izquierdas muy claro ("clase obrera" decía!) no meramente el tema identitario enmarcado en novela-de-crecimiento, que ya daría como gran tema solo para una novela. Pero no: Portero creció en 
tremenda precariedad pero con la suficiente inteligencia como para no tragarse los discursos de la derecha de que otros (e.g. los inmigrantes) son los causantes de su miseria. Ella sabe quienes eran los culpables en su infancia y quienes lo siguen siendo ahora: con el gran éxito de su novela, ha salido de los contratos basura pero sigue volviendo a su piso de alquiler en Móstoles en metro + bus, tras haber estado en un photocall con Almodóvar y Dua Lipa. 

Un ejemplo de lo cañera que es la autora políticamente es la descripción de los padres de Alex, la niña trans protagonista de "La mala costumbre": son clase trabajadora de los que se han deslomado currando desde los 10 años. Metiendo horas en la fábrica sin conocimiento -y privándose así de tiempo con sus hijos- y fregando y restregando la mierda de una familia bien. Alex no esconde la rabia por esto, y por cómo llegan a la vejez, sus cuerpos destrozados y ella señala sin dudas: el responsable es el capitalismo. 
... [mi padre] proviene de generaciones enteras de hombres y mujeres que se han dejado el cuerpo en la faena. Sus piernas delgadas también contaban la historia de la malnutrición endémica de las familias que no han conocido otra cosa que trabajar así.
Nadie puede salir indemne de una vida entera dedicada a reventarse el cuerpo para mantener un hogar en pie. 
Eso sí, les queda el amor: durante toda la novela queda claro cuánto los quiere, y cuánto la quieren. Aunque esto no facilita que les diga lo que le está comiendo por dentro y destrozando la vida: Alex es a la vista de todos un niño, pero se siente niña. Sus padres tal vez hayan hecho alguna vez algún comentario despectivo sobre los homosexuales o similar, y Alex sabe que eso no es algo que pueda comentar con ellos. Ni con nadie: y ese es el problema. Que la "oscuridad, me iba creciendo dentro".

Verdaderamente hay que leer la novela para entender lo de "se siente niña": si al leer esto piensas "tonterías, una moda", seguramente es porque no has vivido un caso similar de primera mano, y que no te has molestado en vivirlo de segunda [e.g. ver "20 mil especies de de abejas" de Urresola, leer "Middlesex" de Eugenides, o a Jan Morris...]. Esta cita es de Morris:
Tenía 3 o 4 años cuando me di cuenta que había nacido en el cuerpo equivocado, y que debería ser realmente una niña. Recuerdo el momento bien, es el primer recuerdo de mi vida.
Todo lo que nos haga ver otras perspectivas, nos abre la mente, y de esta manera nos ayuda la ficción a vivir más vidas que la que nos ha tocado en (mala) suerte. Si cuando piensas en "se siente niña", automáticamente te viene a la cabeza "Frozen" y otras princesas, lazos, rosa y vestidos, no estás sol@. Pero la autora no se explaya en esto -aunque habla de su gusto por Madonna y demás- pero sí en un tema mucho más bonito: la sororidad. 

Pastas griegas
Alex crece en el barrio obrero de San Blas y allí asiste a las relaciones, que en muchos casos son redes de apoyo, que montaban las
 vecinas de su alrededor. Hay una escena salvaje que describe las reacciones de las mujeres de la escalera tras una de las palizas de un tipo a su familia: sabiendo de la indiferencia de la policía, cuando el bestia se iba, ellas pasaban a llevarle un caldito, a sentarse un rato con ella, a estar. Para Alex, las mujeres tenían una manera distinta de estar en el mundo y con la que ella claramente se identificó desde el primer momento. Esta sororidad es uno de los ejemplos que usa Portero para explicar la disforia de la protagonista; las razones son muchas más y mucho más complejas, pero siempre terminan en una: esto no es un capricho de un rato, esto no es un juego, ni siquiera es una elección. 

Portero es también muy feminista, y describe muy bien las humillaciones y desprecios que sufrimos las mujeres en el día a día, que a ella creciendo como niño le dolían: desde cosas pequeñas, como atiplar la voz para imitarnos diciendo algo de contenido bobo, o temas más bestias como un grupo de tipos que dicen que "preferirían un disparo a que se la metieran por el culo": "a todas las mujeres nos explotaba un desprecio así en la cara de vez en cuando, ese desdén por el individuo al que se penetra entendido como femenino y débil, dando a entender que era preferible morir que rozar la feminidad". Es jodido ser mujer: imagina mujer trans. 

Vivir en el cuerpo equivocado supone un sufrimiento continuo. Eso, antes de que nadie lo sepa: mirarte al espejo y odiar lo que ves, y es otro nivel de si no te gusta tu nariz o tus orejas. Odiar a nivel de identidad. De niña Alex empieza a jugar a maquillarse, siempre bajo cerrojo en el baño, con el temor de que alguien quiera entrar. "Vivir en el armario", como ella dice, lo hace todo mucho peor, pero cuando decide salir vestida de mujer en ámbitos donde nadie le conoce, entonces se lleva el tortazo de la sociedad. De toda su vida ha visto en el barrio a mujeres trans mayores que no se han podido dedicar a nada más que a trabajos marginales, generalmente la prostitución: ya he visto cómo las tratamos. El dolor que siente Alex está tan bien contado que no creo que ninguna de esas personas que las detestan y que hasta hacen monólogos de humor de ello no pudieran entenderlo si leen esta novela: 
La tristeza era cada vez más honda (...) no dejaba lugar para nada más. En los estudios era brillante, en todo lo demás un desastre. Imaginaba más que vivía pero no tenía dotes artísticas para sacar la pena, ningún desahogo me asistía, no sabía pintar mi desgracia ni se me ocurría escribirla para no dejar pruebas. (...) Escapaba sobre todo a través de la literatura, del cine y de la música. Era una espectadora de todo pero no podía a tocar nada.
No es un juego: hoy en día sabemos que los adolescentes con disforia de género tienen el más alto riesgo de suicidio. Van a tener que hacer ese viaje interior que no es nada fácil, pero si la sociedad continúa solo dejándoles únicamente los márgenes de la prostitución o el esperpento para vivir, va a haber más en las vías del metro:
Solo era otra maricona amargada, otra transexual derrotada demasiado pronto, otras travesti trágica, otra historia sin importancia a la que nadie querría ni sabría ayudar. Carne de las vías del metro. 
A la vez que trágica, la novela tiene momentos graciosos, sobre todo por las expresiones de la autora, que no sé si son suyas, o parte de cierto argot que desconozco: "maquillada como una capilla" , "la movida madrileña, esa cosa que daban por la tele" o "lo que la noche quiera hacer conmigo y yo con ella", y momentos formales muy bonitos, porque Portero viene de escribir poesía, y se nota:
de su inconmensurable desgracia hacían una caldera de furia 
vivo entre dos mundos, sin que nadie me espere en ninguno de los dos 
con la confianza propia de quien adora su cuerpo 
recorría las posibilidades de mi cuerpo de la peor manera 
Una frase que en su tranquilidad puso un clavo más en el armario y una costura más en mi cadáver andante.

Portero deja claro que las personas trans, como no podían (ahora pueden?) contar abiertamente a su familia lo que les comía por dentro, bien por miedo al rechazo o por "dar el gran disgusto" ("no le digas papá, que sabes que está del corazón"-esto es verídico), terminan haciendo familia con quienes creen que les van a aceptar como son. Se lo dice un camarero que conoce de adolescente: "estas son las fotos de mi familia, la que yo escogí, como vosotros tendréis una que ya os está buscando por ahí afuera". En el caso de nuestra prota son tres mujeres trans mayores del barrio, muy castigadas por la vida, pero a la que Alex miraba con fascinación y de las que aprendió muchas cosas, no solo prácticas, sino también emocionales. El cariño con el que Portero habla de esas mujeres que un día fueron prostitutas y luego fregaron escaleras -esos son los tipos de trabajos que les dejamos- es enternecedor. Y muy bonito cómo la protagonista cuida a la mayor de ellas en sus últimas semanas, con amor y gratitud. Al fallecer, le lava el cuerpo, le pone crema hidratante... me ha llevado a un momento personal y a la escena que mejor recuerdo de "La casa de los espíritus" de cuando una de las protagonistas hace estos rituales de la muerte con la tía Férula, que su marido -hermano de Férula-, había echado de casa. Esa es otra historia de sororidad y a modo de homenaje, Férula se llamó el personaje de uno de mis relatos.

La novela se escucha, y no solo por la música que le gusta a Alex, sino por "la eterna radial de fondo de los barrios obreros", y dice Portero que la novela no es estrictamente autobiográfica, pero todas escribimos desde lo que hemos vivido, en primera, o en tercera persona, del singular o plural. Yo querría pensar que lo que le pasa a Alex no le ha pasado a la autora, porque rompe el corazón desde la primera página, pero mucho me temo que sí. Y si no a ella, a gente con la que se ha cruzado por la vida. 

La combinación de la experiencia de Alex con el fuerte componente político es lo que más me ha gustado: Portero tiene la carga de rabia adecuada para escribir sobre este tema, que considera aún más importante que el tema de género: por ejemplo, habla de cómo la heroína destruyó su barrio en los 80, una manera de control más desde el poder hacia la clase trabajadora: "Varias generaciones de criaturas de la clase obrera crecimos así, imaginando mundos enteros en las nadas que podían terminar siendo nuestros lechos de muerte".

Y de la heroína que mató a muchos jóvenes de una generación al capo de un cártel de la droga en México, que tampoco se ha encontrado nunca en su piel, y que contrata a una abogada para que le ayude a un cambio de sexo. Este es el punto de partida del argumento -que sé suena enloquecido- de "Emilia Pérez", la última peli de Jacques Audiard. Y no solo eso, aún hay más: es un musical. 

Pero, milagrosamente, funciona: es una de esas pelis vibrantes, llenas de energía, con coreografías espectaculares, y un par de panoramas nocturnos del DF, "la ciudad de la eterna primavera", por las que merece verla. Y luego está el contenido, todos los temas en los que te hace pensar además del más aparente-en este caso los desaparecidos en México. Las feministas del primer párrafo dicen que las mujeres trans son impostoras que lo que quieren es meterse en cárceles de mujeres para seguir violando: aquí tenemos a una mujer trans que podría querer un cambio de sexo para cambiar su identidad para protegerse, y sin embargo, lo quiere porque, igual que Alex, igual que Jan Morris, y tantas otras, "es el primer recuerdo que tiene de su vida".

"La mala costumbre" y "Emilia Pérez" son ambas piezas políticas: combinan contarte el sufrimiento personal de dos personas que no han elegido y por tanto no tienen ninguna culpa de su situación, con otros asuntos más claramente sociales, en el caso del libro usando conceptos para algunos tan anticuados como "clase obrera". Lo personal es político, como decían en la segunda ola del feminismo, porque todas nuestras decisiones son, al cabo, políticas. 

Y el enemigo del feminismo es el patriarcado. 

20 junio 2020

"Desierto sonoro" de Valeria Luiselli: Frontera, tormentas, niños perdidos


He encontrado que, cuando un libro te cae del cielo, sin saber quién ni porqué te lo ha enviado (más datos aquí), la experiencia lectora es distinta. Inevitable intentar encontrar mensajes cifrados en el texto, pistas entre líneas, pero nada. Una vez, cuando a los 17 me llegó una rosa anónima, las floristeras a las que fui a investigar me dijeron "no te preocupes, quien te manda una rosa algún día se manifestará". Me pregunto si esta regla sirve para los libros?


Así empecé "Desierto sonoro", la novela de Valeria Luiselli, una autora joven mexicana que vive en Nueva York. Pese a su misteriosa aparición, enseguida atraída por el imán del título: me llevaba al desierto de Sonora, y con él a uno de mis libros favoritos "Los detectives salvajes" (Roberto Bolaño, 1998). Luego estaba la América profunda, ese animal mitológico para mí y para tantos, que se intuye va a pintar el fondo de esta novela-road-movie (pista: las polaroids de la tapa). Quién no ha soñado con alquilar un Ford Thunderbird como el de Thelma & Louise y recorrer las carreteras secundarias de ese país, parando a dormir en moteles con puerta a la calle, como en las películas-algunas de miedo. Ese país que ya hemos visto a través de los ojos de otros, aquellos fotógrafos de carretera (las fotos de este divague son de ellos) Robert Adams, Ilf y Petrov, Robert Frank, Walker Evans, Stephen Shore. Oh, justamente ayer, tuve un pequeño flashback de nuestro mes por las américas en 2014 (no precisamente en un Thunderbird, sino en el famoso Chíncue), cuando encontré un jabón del "Motel 6", una cadena donde debimos pasar una noche. El pobre ya no olía a nada: dónde han ido estos 6 años. El de los protas es un viaje en el que se intuye que tienen tiempo "para mirar las cosas, en lugar de imponer tu punto de vista", esos en los que también se pierde la noción del tiempo: parece que saliste ayer, o hace media vida. Esos viajes maravillosos que supongo solo existen en la juventud y espero en la jubilación, fuera de los corsés de tres semanas de vacaciones. Pero divago: también el título me ha llevado a novelas "de frontera" como "Manual de senioras de la limpieza" de Lucia Berlin: cómo me gusta todo lo sensorial que tiene esa zona, esa luz que transmite, esa pereza. Y por supuesto, al monstruo "2666" y su letanía de mujeres muertas, particularmente en una parte de la novela en la "Caja V", cuando la autora nos incluye unas cuantas páginas de "Reporte de mortalidad de migrante", un listado de características de los niños que se quedan en el desierto, antes o después de cruzar la frontera. 

Walker Evans


Porque ese es el tema principal que recorre la novela, y le da título en inglés "Lost Children Archive" (El archivo de los niños perdidos, suena a Peter Pan, pero en terrible). Es la primera novela de Luiselli en inglés, que ha contribuido a su traducción al español (no digo castellano, porque es español de México), y la verdad es que es uno de esos pocos libros que no te dueles en la traducción. La protagonista está obsesionada con los niños perdidos, su marido con los apaches, y los hijos que llevan detrás en el coche acaban, si no obsesionándose, sí siendo pequeños expertos en niños migrantes y apachería. A veces me hace gracia cómo los hijos acaban siendo mini-entendidos de los grandes temas de sus padres: un día, ante un vídeo de dos cacatúas en el respaldo de una silla, una bailando como loca, y la otra pasiva y levantando una pata para que la marchosa no se le acerque, Mini dictaminó: "una tiene TDHA (Trastorno de Hiperactividad e Inatención) y la otra autismo". Señor. Yo, intentando devolverle la infancia perdida, pregunté: "quién crees que es el aitá y quién la amá?"



El libro tiene varias partes, distintas voces y unas seis cajas que en realidad son una excusa de la autora para poner referencias: libros, folletos, música, mapas. Se supone que llevan esas referencias consigo en el capó del coche, aunque no dice nada de "los bultos", la bolsas, ese pandemonium que se acaba montando en el maletero en un viaje largo. Aunque intente imaginar uno de esos coches gigantes americanos, no me entran las cajas. Tampoco me entra una de las voces: la del niño. Desde la mitad del libro en la que deja de hablar la madre y se pone un niño de 10 años a contarnos la historia, para mí pierde el interés. La principal razón es porque las reflexiones que tanto he disfrutado, tanto en contenido como en forma de la narración de la madre desaparecen: un niño no puede pensar ni hablar aún así -a no ser que seas Ian McEwan y hagas hablar a un feto como un profesor de universidad de 55. Pero además de aburrir su voz, tampoco te la crees. Así que ese ha sido el bajón que no esperaba porque la primera parte del libro... cómo no emocionarse con una autora que de repente, dice cosas como:

"Yo no llevo un diario. Mis diarios son las cosas que subrayo en los libros"

Yo conozco a alguna gente que se niega a subrayar los libros, "porque los quieren mantener limpios". Puedo llegar a entender a los que no subrayan porque no se les ha ocurrido, pero ser un lector ávido y no subrayar por eso? Para qué, para quién esa limpieza? Tal vez, como la autora, porque entonces sienten que no pueden dejar el libro prestado a nadie, porque ese alguien leerá el interior de su alma? No sé, yo no concibo leer sin subrayar ni anotar. La lectura es un diálogo con el escritor, con tu novio, cada uno de un color (la autora y su pareja cuando aún se quieren subrayan el mismo libro furiosamente), luego lo será contigo misma cuando releas, y con suerte, algún día, será un diálogo con tus hijas, tus nietas, tus sobrinas, las hijas de tus amigas, y quién sabe qué compradora de libros de segunda mano que lo encuentre en una librería de viejo-si es que eso en el futuro existe.  Y si existen los libros en papel como producto masivo.



Como la prota, diarizo la novela y anoto en el margen de un capítulo titulado "tormentas" la palabras "vuelta de Fuendetodos", tal vez para recordarme que debo escribir aquí lo bonito que describe "el gran vacío de estas llanuras. Todos dicen: vastas y yermas. Todos: hipnóticas. Nabokov probablemente en algún sitio: indómitas. (..) Las tormentas que desgajan el cielo de las mesetas. Se ven a kms de distancia. Inspiran miedo y aún así conduces de frente por la autopista, con la tenacidad estúpida de los mosquitos, hasta alcanzarlas (...) funden tu mirada observante y lo que observa (...) Y la lluvia, que naturalmente cae, parece que asciende". Una vez, en el verano de los 15 años, cuatro amigas partimos, un día cualquiera de Agosto (oh, esos veranos sin tiempo), en bicis de aquellas BH, sin cambio de marchas ni soportes de botellas de agua, de Vetustilla de la Torre a Fuendetodos (sí, el pueblo donde nació el mayor genio etc). Lo que venían siendo unos 25 kms enmedio del desierto. Salimos pronto por la mañana, y una vez en Fuendetodos, pasamos la mayor parte del día en una taberna, que recuerdo muy oscura, toda madera. Literalmente, no se podía salir, y mientras caía fuego del cielo, lo que sí recuerdo es una conversación interesantísima, donde las cuatro nos contamos cosas que nunca habíamos hecho, compartimos sueños, ideas, vulnerabilidades, lo que fuera: nada recuerdo, pero sí la intensidad y la felicidad del momento. Una de nosotras ya no está desde hace unos años, y con la distancia que da vivir aquí en la isla, cada vez que pienso en ella me cuesta creérmelo, no ha pasado. Ya hacia el final de la tarde hubo que subirse a las bicis para el retorno, y como Luiselli, vimos las nubes negras al fondo pero éramos esos mosquitos suicidas, tal vez. Foto fija de la llanura sobre la que pedaleábamos, una línea recta que moría en un horizonte borroso y que se rompía en un crack de relámpagos. Cuando empezó a llover, con una furia de esas que tanto gusta ver desde tu ventana, fue épico, en el mal sentido de la palabra (Mini estaría en desacuerdo): tuvimos que tirarnos a la cuneta, nada con que cubrirnos, no toquemos las bicis, volvamos a las bicis, la goma de las ruedas nos protege... esa clase de intercambios, gritando en contra del viento, ya por fin enfrentándonos a una bajada de vértigo en la que una cayó, y por fin llegar al siguiente pueblo donde nadie vio llegar a cuatro zombies directas de la peli de Romero. Aunque nunca alquile el Thunderbird en Arizona, he estado allí, aunque en la España de mitad de los 80 no vimos los carteles propaganda que hoy parece que pueblan las carreteras de nuestros protagonistas: "El adulterio es un pecado", "Feria de armas de fuego, este fin de semana". 



Ah, los diarios en sus múltiples formatos: diario que-es-un-blog, que-es-un-libro-anotado, que-es-un-cuaderno-que-dice-diario-en-su tapa. Mini tiene uno de esos últimos y la otra noche la pillé, antes de dormir, leyéndolo. Me acerqué, tono didáctico: "Mini, sabes lo que decía un escritor llamado Oscar Wilde?". Y contesta, toda seria: "sí, mummy, decía que siempre viajaba con su diario porque quería siempre tener a mano algo fascinante que leer". Plonk. "Mummy me lo has contado un montón de veces". En serio soy tan pesada?



Pero divago, volvamos al desierto de Sonora. Como decía, la madre tiene un montón de ideas interesantes, y sobre muchas de ellas ya hemos escrito (sin duda, peor), aquí en el divlog: "Las conversaciones en una familia se convierten en arqueología lingüística: erigen el mundo que compartimos". Ah el famoso tubalé, al divagante Lux le encantaba. En esa familia tan precaria -también es la crónica de un amor que se ha acabado-, se pregunta la protagonista dónde irán esas conversaciones. Igual que los besos no dados, dónde van? Y esa sensación de estertores finales se tiene durante todo el viaje, y se sufre con ella, no por el amor de la pareja, ya que él es un ser si cara ni carácter, silencioso y con presentido malhumor, sino por los niños, hermanos de alquiler, que no permanecerán juntos, turnándose con los padres, ya que el niño es hijo biológico solo del padre y la niña de la madre. Familias reconstituidas. Aquí sabes que la ruptura de la pareja implica abrir una grieta entre los hermanos, que tal vez solo se recordarán por fotografías. Es como cuando habla de las pertenencias, que "a menudo sobreviven a su dueño, y podemos imaginar un futuro en el que existan las cosas y no las personas que queremos". Guardarán esos ninios algo de su hermano efímero para cuando ya no sea más? "Un souvenir del camino que no tomé"?



Igual solo las fotografías, que "crean su propio recuerdos y suplantan al pasado". Cuánta verdad dice Luiselli: pasa el tiempo y cierras los ojos muy fuerte, conjurando la imagen de esa persona, ese lugar y al final, se va todo borrando y solo quedan las fotos. Les quedarán a esos niños las polaroid quemadas de los moteles de tres al cuarto, de sus rizos clareados por el verano saliendo del sombrero de cowboy, de aquella lagartija que salía por el ojo vacío de una muñeca abandonada? (gracias Bigas Luna por la imagen) Esas fotos donde salen haciendo muecas, haciendo el tonto, como salen los niños, en contraste con los adultos: "los adultos posan para la eternidad, los niños para el instante". Nosotros, y nuestros estúpidos selfies, intentando parecer interesantes, misteriosos, atormentados: "con gestos solemnes, mirando al horizonte con vanidad patricia o directo al lente con la intensidad de una estrella del porno". Yo suelo intentar la última, pero tras haber introducido la imagen de estrella del porno (gracias, Luiselli), ya no podré volver a posar así. O me entrará la risa floja y acabaré apareciendo como los niños de la prota: haciendo el monger para el perfil de Linkedin.

"No, no es interesante, solo es guapo, y su belleza es del tipo más vulgar: indiscutible". Esta frase no sé bien dónde meterla, así que admito aquí el uso del calzador. Quiero no olvidarla porque expresa bonitamente algo que pienso, y me autoexplica: el porqué he preferido otra cosa a los guapos de libro, de belleza indiscutible. 



Luiselli, como yo (y supongo que aquí compartimos el ser emigrantas hispano-parlantes en países anglosajones) se plantea si ha sido colonizada culturalmente por categorías occidentales, blancas, anglosajonas. Y como ella, yo también me rebelo contra el lenguaje académico, ese corsé que hay que ponerse para publicar en investigación o, en su caso, crítica literaria, que ella define como "autoindulgente, rizomático, anfetamínico y tantas veces vacío". Eso me recuerda a un párrafo ya famoso de la crítica Judith Butler, y cómo la academia muchas veces falla en lo principal: comunicar. 


Otras reflexiones que me han interesado orbitan sobre el contenido mismo del proyecto documentalista de la protagonista: ?es justo convertir la vida de esos niños que intentan cruzar solos la frontera entre México y los EE.UU. en contenido mediático? Con qué objetivo? No nos damos cuenta que los que lo leen o ven o escuchan sienten rabia pero,nanosegundo después, siguen con su vida? Cómo su trabajo va a cambiar las cosas? Volvemos al porqué escribimos los que lo hacemos, Ese Tema: 

"Lo único que los padres pueden darle realmente a los hijos son los pequeños saberes: así es como te cortas las uñas, ésta es la temperatura de un verdadero abrazo, así es como se desenreda el pelo, así es como te amo. Y lo que los hijos pueden darle a los padres es algo menos tangible, pero a la vez más grande y duradero, algo así como el impulso para aceptar la vida plenamente y comprenderla para ellos y tratar de explicársela, comunicársela con «aceptación y sin el más mínimo rencor», como escribió James Baldwin, pero también con una cierta furia y valentía. Los niños obligan a los padres a buscar un pulso específico, una mirada, un ritmo, la manera correcta de contar una historia, a sabiendas de que las historias no arreglan nada ni salvan a nadie, pero quizás hacen del mundo un lugar más complejo y a la vez más tolerable. Y a veces, sólo a veces, más hermoso. Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva"

Y una vez más, otro de los puntos en los que me encuentro en Luiselli. Quizás esto sea una loca carrera intentando sustraer el futuro del pasado. La primera mitad del libro que cayó del cielo, como una tormenta de verano salvaje,  era definitivamente para mí. Gracias, quienquiera que fuese que conjuró la lluvia. 




02 junio 2023

"Siempre hemos vivido en el castillo" de Shirley Jackson: de casas tomadas y las mujeres que las habitan; de repetición de patrones y pueblos opresivos; de diagnóticos y brujerías.

"We have always lived with the castle" (1962) ("Siempre hemos vivido en el castillo") de Shirley Jackson es la última novela que escribió esta autora de género -thriller psicológico- americana que falleció en 1965 con 48 años. Dicen que es su obra maestra aunque tal vez sea más famosa por "The haunting of Hill House", novela que se ha adaptado al cine varias veces, pero que yo no he visto. Lo que sí he hecho ha sido leer sobre su vida al terminar la novela y, guau, he entendido algunas cosas. ¿Cómo no me van a quedar largos los divagues?

Fijaciones de escritor: aquí, las casas
Para empezar, algo que nos podría dar una pista sobre Jackson está en los títulos. Ambos hablan del lugar donde se vive: "un castillo", "una casa" (en la colina, encantada, ah!). ¿Podría tal vez estar la autora preocupada, tal vez obsesionada con las viviendas?

House by the railroad
(Edward Hopper, 1925)
Jackson nació en California, hija de una familia adinerada venida a menos. Su tatarabuelo había sido el arquitecto de dos masiones parte de un conjunto que se construyeron en Nob Hill, San Francisco, los impulsores de la Central Pacific Railroad, un grupo de magnates que se habían enriquecido a costa de explotar a trabajadores chinos en la construcción del ferrocarril.  Pero, oh destino o lo que fuera, un cúmulo de desgracias persiguieron a los habitantes de estas mansiones durante los años siguientes, incluyendo el fallecimiento a los quince años del hijo de uno de ellos. Los padres, para honrar su memoria crearon una universidad con su nombre (¿a alguien le suena Stanford?). Por si no fuera suficiente con esta aparente maldición personal, por si no quedara claro lo que los Hados querían decir, todos los casoplones fueron destruidos en el gran terremoto de San Francisco en 1906. 

Parece que Shirley Jackson vio una se esas casas en una postal y se obsesionó con ella: justo era una de las mansiones que había proyectado su antepasado. De ahí salió la casa encantada de la colina (Hill House) y quien quiera saber más de esta historia, hay un artículo sobre "Mansiones victorianas en California en la ficción" en la LA Review of Books que me ha encantado. California no tiende a ser una localización para la novela clásica de fantasmas y en el artículo se dan ejemplos de lugares más frecuentes para el género como Nueva Inglaterra (Hawthorne, Poe, Lovecraft), Louisiana (Anne Rice), Nueva York (Ira Levin), Washington DC (Peter Blatty), Maine (Stephen King), además de más cosas, incluyendo este cuadro tan chulo de Edward Hopper, "House by the railroad". 

Repitiendo patrones: Nos casamos con nuestro padre, nuestra madre
Y como si fuera "justicia literaria", Jackson, obsesionada con las casas acabó en una etapa de su vida siendo agorafóbica (ese terror a salir de tu casa, de los espacios abiertos). Formular una agorafobia no es algo que yo pueda hacer alegremente basándome solo en unos cuantos artículos y podcast con los que me he empapado después de terminar la novela, pero lo que queda claro es que la autora no fue feliz en sus relaciones familiares y terminó, de alguna manera, haciendo aquello que dicen los psicoanalistas que hacemos todos: casándonos con nuestro padre o nuestra madre. En concreto, lo que ella hizo fue reproducir el patrón de abuso emocional que sufrió por parte de su madre con su marido. 

La madre de Shirley, Geraldine, era de esas malasmadres (en el fondo, brujas) que escritos por un guionista parecería inverosímil. Era estilosa y superficial, brillaba en el country-club y nunca entendió a su hija, poco social, raruna y obesa. Cuando Shirley le envió una nota con el éxito que había tenido su novela, en lugar de felicitarla, la reprendió por lo horrible que salía en la foto de la contraportada. Shirley entonces le escribió una carta de esas que terminan siendo terapeúticas para una misma, poniéndole los puntos sobre las íes, pero que al final no envió. Shirley, darling, muy a favor de las cartas que no se envían, pueden hacerle a una mucho bien, pero sospecho que en este caso enviarla aún habría sido mejor. 

En la universidad de Syracuse conoció a su marido Stanley Hyman, que venía de una familia intelectual judía de Nueva York y tenía simpatías comunistas. Parece que él leyó uno de sus relatos y sin conocerla dijo "me voy a casar con esta chica" (a mí, que soy una sentimental, me parece un inicio de relación encantador).  El también quería escribir pero no tenía su talento, y al final terminó dando clases en la uni y siendo crítico literario. También en esto decepcionó a su dominante madre-casarse con un judío, qué cosas. Y fastidia que al final tuviera razón, porque él resultó ser un hombre hijo de su tiempo (¿alguien puede imaginar el horror de los años 50 americanos? - en los españoles ni entro) esperando que ella se comiera todas las labores del hogar, los hijos y le llenara el tintero, y además odioso, fiscalizando todo de su vida, incluido su dinero (y eso que ella enseguida ganó más que él), y lo que escribía (¿para qué escribirse cartas con una amiga si puedes estar escribiendo un relato que nos da pasta?). 

Stanley además creía en el poliamor y ya de novios se liaba con sus estudiantes. Insistía en contárselo con detalle -ya se sabe, si no, son cuernos.  Shirley aún así se casó y tuvieron tres hijos, pero la cosa no cambió: no fueron una pareja abierta porque el tema era solo unilateral y causó muchísimo dolor, contribuyendo a los problemas de salud mental de Shirley. Por lo visto, Jackson también le escribió cartas como la que dirigió a su madre, dejándole claro su sufrimiento y quién sabe si anunciándole que por fin se había armado de valor y le dejaba - pero de nuevo, nunca las envió. La pobre Shirley pensaba que no podía aspirar a nada mejor. 

Se abre el círculo: de la asfixia familiar a la de todo el pueblo 
Se ve claramente por qué la familia era una fuente de opresión y fijación para esta mujer, pero es que además si ampliamos el círculo tenemos el pueblo donde ni encajas ni nadie te entiende: North Bennington, en Vermont, donde su marido era profe de la universidad. Allí Shirley aprendió que no solo puedes ser excluida por no ser lo suficientemente glamourosa, como hacía su madre, sino por ser demasiado lista, lectora, intelectual. 

Además, la caza de brujas que había ocurrido no muy lejos de allí, en Salem, unos 300 años antes (Shirley escribió "The Witchcraft of Salem Village" en 1956) se replicó en la investigación sobre su marido en pleno macartismo por rojo peligroso. Qué época aquella, recuerdo pelis como "Trumbo" sobre el guionista Dalton Trumbo o la obra de teatro de Arhtur Miller que curiosamente se titulaba, volvemos a las brujas, "Las brujas de Salem".

Nota: hace mucho que no hablo de brujas pero -como una de ellas- es un tema que me fascina. Ya al principio del divlog hice una serie (en aquella época tenía el detalle de separar los divagues largos en entregas, a estas edades, dejo que la lectora se dosifique ella) basada en uno de mis libros tótem de juventud, del gran Marvin Harris: "Encantada por las Brujas" lo titulé y se puede leer aquí. 

La lotería
Jackson en el Albert Bridge
De Jackson, yo solo había leído su famoso relato "The lottery" ("La lotería"), que se publicó en el New Yorker en 1948. La trama es así de terrorífica: un día al año, es tradición que los habitantes de un pueblo pongan sus nombres en una bolsa y la persona que salga es lapilada hasta morir -por algo relacionado con las cosechas, ustedes saben. Hay que seguir la tradición por barbárica que sea, "es que se ha hecho siempre", dicen.  

Aburrida de los que enarbolan la tradición para justificar muchas cosas: eso sí, cuando lo leen en un relato perturbador, llevado hasta los límites como se hace en la ficción, entonces no. Entonces escribieron muchas cartas de queja al director, e incluso de odio.  ¿Qué clase de persona -una madre de familia- escribiría ese relato? Da igual: ha permanecido como un texto icónico de la literatura americana del SXX y se estudia en las universidades. 

Maravilla de primer párrafo
Parecía que no iba a llegar, pero aquí estoy: hablando del libro. "We have always lived in the castle" empieza con un párrafo maravilloso, que me atrapa desde el principio. Resume muy bien el espíritu del libro: su naturaleza inquietante a la vez que juguetona, su desasosiego, su tono infantil, su humor, su oscuridad.
"My name is Mary Katherine Blackwood. I am eighteen years old, and I live with my sister Constance. I have often thought that with any luck at all I could have been born a werewolf, because the two middle fingers on both my hands are the same length, but I have had to be content with what I had. I dislike washing myself, and dogs, and noise. I like my sister Constance, and Richard Plantagenet, and Amanita phalloides, the death-cup mushroom. Everyone else in my family is dead".

[«Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo he pensado que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular en ambas manos son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la seta mortal. Todo resto de mi familia está muerta»]

Esta es Merricat, que tiene dieciocho pero suena mucho menor y que es, según el análisis de Joyce Carol Oates al final de mi edición, una de los inolvidables adolescentes de la literatura de mitad de siglo americana: cómo olvidar a Scout de "Matar a un ruiseñor" , a Holden Caufield de "El guardián entre el centeno" (era pre-divlog, no hay enlace), Esther Green de "La campana de cristal". Y cita a otros que no he leído como Frankie de "The member of the wedding" y Rhoda Penmark de "The bad seed". 

Reliable blogger (Bloguera de la que te puedes fiar)
Merricat es la narradora en la que no se puede confiar (unreliable narrator) por antonomasia. Vive en la enorme casa de la familia con su hermana mayor Constance y un tío con principios de demencia, alejados de todo y todos: la casa está en las afueras y cercada con signos de "no pasar, propiedad privada". 

Siguiendo con hace dos o tres párrafos, por supuesto hay aquí un típico pueblo opresivo que Jackson nos describe a la perfección simplemente con la visita de Merricat para hacer la compra en el primer capítulo. Algo terrible sucedió y todos las odian, pero les da igual. El ecosistema que tienen en La Casa es perfecto para ellas y, a menos que alguien interrumpa esa homeostasis, son independientes y lo que es más importante, felices. 

Cuando escribo estos divagues, siempre suelo decir que se lea con tranquilidad, porque no cuento nada de la trama, que solo hablo de los "grandes temas subyacentes" [solo alguna vez he avisado sobre mi imposibilidad de escribir sin revelar algunas partes del libro, luego por tanto aconsejo que si alguien se lo pensaba leer, que volviese cuando leído; pero no suelo, me aburre solo reproducir la historia, para eso está wiki]. Y yo no soy "unreliable", soy así de fiar. En este caso creo que es extra importante llegar al libro sin saber nada, como he llegado yo, para que todo te vaya sorprendiendo y para que la sensación de extrañeza y perplejidad te envuelva, futura lectora, como me ha ocurrido a mí. Luego lo que escriba no va a ser por supuesto trama, ni siquiera "temas", sino simplemente sensaciones personales que igual resuenen contigo, y las habituales disgresiones vagamente relacionadas que dan nombre el blog y con las que continúo. 

"What  Ever happened to Baby Jane"
Bette Davis y Joan Crawford: hags
Curiosamente el pasado fin de semana vi este clásico de Robert Aldrich de 1962. Se trata de otras dos mujeres encerradas en una casa en otro thriller psicológico. Pero hay muchas diferencias: aquí hay odio y ellas son mayores. 

El duelo interpretativo es bestial: Bette y Joan, yo creo que Bette lo gana, porque es el personaje más loco. Es una peli que toca muchos temas (los juguetes rotos, la enfermedad mental, la rivalidad entre hermanas y divas) y en la crítica cinéfila han llamado al género "hagsploitation". Una "hag" es una mujer vieja, tirando a bruja - volvemos a las brujas. El cine de "explotation" es aquel que sigue una moda del momento, que se sube a esa ola para sacar pasta (muchas pelis pueden ser de segunda fila, pero algunas han conseguido ser de calidad o pasado al estatus "de culto") y hay mil subgéneros ahí (Di, contención o le sale otra cabeza a esta hidra), son las pelis con las que se curtió Tarantino. Pues bien, hubo un filón que eran las pelis de miedo con mujeres de cierta edad (atención que nuestras protas tenían 56 y 54 en esa peli y a mí me parece que tienen 102). Tener 50 era trágico en Hollywood, y al final este género no es otra cosa que misoginia encubierta. 

Vienna: "Los chicos que juegan con pistolas
han de saber morir como hombres"
Eso sí, todo ha ido incluso a peor: me llamó la atención las arrugas -propias de la quinta década, es así- de ambas. Hoy en día, eso sería filtrado, photoshopeado, operado: Bette está maquillada grotesca porque va de grotesca, pero Joan está guapísima. Vale, tengo un "woman crush" con Joan: no solo es una de las mujeres más guapas que he visto en mi vida, sino que es Vienna en Johnny Guitar, el western con los mejores diálogos que conozco (claro que esto no es decir mucho, tengo más que lagunazas en este género). 

Pero no solo explotaban lo de viejas brujas en peli de miedo, sino el hecho de que Bette y Joan se odiaron personalmente durante toda su carrera profesional (creo que hay una serie del tema, "Feud", que yo no he visto: Sarandon en Bette, vale, pero Lange en Joan? ja). Otras que se odiaron épicamente fueron las dos pánfilas en pantalla Olivia de Havilland y Joan Fontaine, que eran hermanas en la vida real. No conozco una enemistad tan sonada en dos hombres (un google rápido revela Brando-Dean, pero nada que ver con estas grandes divas). Más misoginia, pero arriba con Joan, que era lo opuesto a las sosainas de la época dorada de Hollywood. Pero ya vuelvo a la novela que nos ocupa. 

Construir en tu cabeza 
Me he ido en lo que parece una divagación espectacular de "Siempre hemos vivido en el castillo", pero es que la tentación de dos mujeres viviendo clautrofóbicamente bajo el mismo techo era demasiado grande. Claro que Merricat no lo vive como asfixiante, ni tampoco su hermana Constance. De hecho, volviendo al principio, la descripción de la casa en la que habitan juntas, que luego se transformará en castillo -cuando algo muy dumaurierano pasa y la hiedra es lo único que separa al observador de ciertas partes del cielo estrellado (nota: espero que este paréntesis esté lo suficientemente oscuro para quien no lo haya leído, pero transparente para quien sí)- es una de las cosas que más me han gustado de la novela. Y la personificación de la casa, que "parece que temblaba cuando ella cruzaba la puerta principal". 

Uno de los aspectos más mágicos de la lectura es que tú has de hacer todo el trabajo de construcción de la "mise-en-scene". Cuando ves una peli, en el fondo estás viendo cómo lo concibieron otros: recuerdo ahora la cinta de Luca Guadagnino de 2017,  "Call me by your name" en la que me enamoré super-fuerte de esa casa de verano. En aquel divague hablaba de ir a "este lugar en mi cabeza", aunque ahí me lo daban hecho. 

En esta novela, la casa es toda mía: la parte frontal en la que no se hace vida porque es la que da a la carretera, la parte trasera con el porche donde está la cocina inmensa, que le da el sol todo el día, con sus tumbonas para leer y su hamaca colgada donde pasar esos maravillosos "días lentos" que todos recordamos de la infancia y que ya no han vuelto. Luego está el jardín que tiene una parte de huerto para la hermana mayor que cultiva de todo y más tarde lo pone en tarros para conservas (y así poder subsistir ahí solas en el castillo, si vienen mal dadas) y que termina en una bosquecillo que desemboca en un "creek".

Un "creek" es un riachuelo al fondo de un pequeño valle y me ha encantado bajar con Merricat cada vez que se iba de la casa cabreada, o a buscar objetos que había enterrado, o lo que fuera. Hace tres veranos, de vacaciones en Sudáfrica, nos quedamos en una casita que tenía un "creek" (Whiskey Creek se llamaba) y los Pedalistas, aunque tengan mala fama en estas lides del paseo campestre, se lo hicieron todo y llegaron entre los árboles y setos al maldito arroyo. En mi mente, ese ha sido el creek, tal vez algo cambiado, pero ha sido mi creek. La casa no ha sido una que yo conozca: me la he inventado entera, pero también ha sido la mía, y me ha encantado cada vez que abría el libro volver allí. 

"Casa tomada"
Otra referencia que no puedo dejar pasar es la de tal vez mi relato favorito del Gran Cronopio. Leyendo sobre Jackson y esta novela he saltado de un lugar a otro y por supuesto se han citado referencias como "The turn of the screw", pero no he visto ninguna a "Casa tomada". 

Aquí, dos hermanos viven en una casa que poco a poco les va expulsando. Le tengo además un cariño especial porque inspirada en él escribí un relato de unas de las mejores vacaciones de mi vida, en ningún lugar lejano ni exótico ni con aguas transparentes, sino las que pasé con la Yaya en nuestra casa de Vetusta en agosto de 2013, sin hacer nada más que experimentar ese "dejarse hacer" por la casa, aspirar a la lentitud, intentar cuidar a quien se quiere. Lo titulé "Casa Tomada: Tomados por La Casa"; ahora, quien quiera (re)leer The Real Thing, a Cortázar, que clique aquí. 

Pensamiento mágico
He dicho que Merricat esconde cosas, fetiches (objetos a los que se da un valor especial, un superpoder) y Jackson nos deja muchas pistas que sugieren brujería: tiene un gato, habla de plantas y setas venenosas y hay numerosos ejemplos en la novela de "pensamiento mágico" -creer que tus acciones pueden influir en el curso del mundo. Es terrible lo de la deformación profesional por la que, en lugar de pensar en brujas (Jackson fomentó una imaden de estar interesada en el ocultismo, no sé si de verdad o de cachondeo), yo considero que este tipo de pensamientos es típico de los que padecen de Trastorno Obsesivo Compulsivo "si no hago este ritual, aquello malo pasará". Es tu responsabilidad: si no abres el cajón tres veces cada noche, alguien entrará en tu casa. O lo que sea. Merricat cree, por ejemplo, que cuando llegan cambios a sus casa, es porque se ha caído del árbol un libro de su padre que ella había colgado de una rama. 

Y no para ahí mi continuo tratar de diagnosticar: 
¿es Merricat autista? Es rígida en su pensamiento, tiene fijaciones, no está interesada en las relaciones sociales -salvo con su figura de apego y seguridad, su hermana-, odia el cambio y las transiciones, tiene "intereses especiales" y tal vez hipersensibilidad al tacto (un anillo la haría sentirse "atada" y cómo la entiendo: no es metafórico, yo un anillo solo lo aguanto un rato). ¿O es alguien con Limitads Emociones Prosociales? Sin empatía, culpa, ni remordimiento o, ¿es tal vez la manera bruta de los niños de decir lo que piensan, que luego con la edad vamos domando? Fantasear con caminar sobre los cadáveres de esa gente fea y terrible, odiarlos deliberadamente en lugar de pasivamente, no sentirse culpable cuando esos pensamientos te visitan, simplemente darle rabia que no se cumplan, no hacer caso a su hermana que le dice que el odio la debilita. A ella la hace más fuerte; ella no tiene miedo de ser quien es. 

Yo he entonado un mea culpa -sin mucho remordimiento, como Merricat- por lo del sobrediagnóstico, pero los que tampoco se cortan un pelo son los de la crítica literaria. Vamos a ver, el ensayo al final de mi edición de Joyce Carol Oates está plagado de interpretaciones psicoanalíticas que no hay por dónde cogerlas (bueno, peor es cuando se pone ella misma a diagnosticar, hasta "esquizofrenia paranoide" se menta en alguna ocasión). Habla de fetichismo de la comida, de cómo esto tiene un componente erótico, y es un ritual erótico que las une... en fin. Ya hemos hablado de Judith Butler y "el texto peor escrito del año", simplemente porque no hay quien lo entienda. Parece que para ser crítica literaria has tenido que estar un tiempo en psicoanálisis. Paso. Claro que la buena de Shirley, con su agorafobia y esta frase, se lo pone en bandeja a estos payasos: "Dónde podríamos estar mejor que aquí? Quién nos quiere, fuera? El mundo está lleno de gente terrible".

El adjetivo "inquietante" no hace justicia al ambiente que describe Jackson
He hablado de casas, de parejas de mujeres bajo un mismo techo, de repetición de patrones, de pequeños-pueblos-grandes-infiernos, de enfermedad mental y tengo la sensación de que no he logrado transmitir algo que Jackson hace muy bien: la sensación tremendamente inquietante de que algo terrible va a ocurrir. 

Algunas descripciones físicas como las de "unos pasos en el piso de arriba donde siempre había habido silencio" se entederán enseguida. Pero hay más, porque hay algo que intuimos que esta unreliable narrator sabe y no cuenta -"no sabían que era el último día que harían esto o aquello". Además, esta técnica de hacernos sentir un presentimiento desasosegante la usa en la maravillosa descripción de algo que pasa, ajeno a las hermanas, y es contado basándose en su desconocimiento: 
"Era el último de nuestros maravillosos días lentos, aunque nunca lo sospechamos entonces. Comimos, reímos, sin saber que mientras éramos felices él estaba intentando abrir la puerta del jardín, mirando por el caminito, atravesando el bosquecillo, cerrado en su día por la valla que construyó nuestro padre".

Esta descripción es tan cinematográfica, que la podría haber filmado Robert Aldrich con nuestras dos divas-brujas: mientras lees, vas viendo la escena en los dos planos. Lo mismo pasa en nuestra vida, pero que solo cuando luego nos contamos el relato, podemos componerlo así, simultáneamente.

En el final de "Casa tomada", los personajes, cierran bien la puerta de entrada y tiran la llave a la alcantarilla. "No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada". La casa ha ganado, como gana también en "Siempre hemos vivido en el castillo", a su manera, de otra manera. Yo tiro la llave justo aquí para quien se atreva a entrar a mirar.