Lunes, 13/07/26: San Ángel, Tlalpan [CDMX]
Esta edad es lo que tiene, aunque duermas en una cama tamaño XXXL y con sábanas de hilo, te despiertas cuando aún está oscuro y te has de tomar una melatonina, gentileza del jet lag. Mini, que duerme en el sofá del salón, no parece sufrir ninguno de estos problemas. Desayunamos yogur, restos del avión y té, que como la reina* (que soy) siempre llevo conmigo. (*) Dicen que Isabel II llevaba incluso el agua allá donde fuera para su perfecta cuppa, cosa que me hubiera encantado.
Ay, el agua: me explico. En México no se puede beber agua del grifo porque por los tubos navegan toda suerte de bichos malvados (hola, ciclospora), metales pesados y su prima. Por ello, yo solo tomaré agua embotellada en las tres semanas e incluso me lavaré los dientes con ella. En esta casa (y luego en la de JA) hay un filtro instalado bajo la fregadera, pero no me he fiado de beber del filtro ni de comer ensaladas o frutas no peladas [E., el marido de JA, me enseña el día que se van un botecito de desinfectante con el que remojar la lechuga, pero paso]. Este párrafo puede carecer de interés pero es relevante porque ponerme malita de "la panza" como dicen por aquí, ha sido una de mis ansiedades en este país. Y no, no está todo en mi cabeza, veo anuncios que sugieren que los locales también enferman. Mis compas de viaje en general hacen lo mismo pero son más relajados-claro que he comprobado que el tracto gastrointestinal de ambos es menos sensible que el mío (evidencia al final del divague). Terminar el párrafo con esta idea: familiaricémonos con el concepto "garrafón".
A las 10:00 hemos quedado con JA y "las chelistas" en el Parque de la Bombilla. Vamos en taxi, pero el metro de CDMX está muy bien [si no es "hora pico"] y debe ser el más barato del mundo [5 pesos ~ más o menos 20 céntimos de euro]. Con el taxi vamos por una especie de ronda con escalextric y distintos niveles y me gusta que los pilares están cubiertos de plantas, como un jardín vertical. En la imagen de abajo no se ve esto último pero sí un cartel amarillo de la cadena de librerías Ghandi, con la siguiente frase: "Tu ex ya inició un nuevo capítulo". Siempre usan frases ingeniosas como campañas, dicen.
Ahora una nota sobre "las chelistas": las dos primeras noches no nos podemos quedar con JA y E porque coincide que está una amiga suya chelista, Esther, su hija de 18 también chelista que venía a a dar unos conciertos, y el hijo de 15, percusionista. La madre es mexicana, pero todos viven en Polonia, donde Esther tiene una academia con su marido para enseñar violonchelo de manera "natural" [era un tanto pedrada pero no se lo ahorro por eso, sino porque me he olvidado]. Así que nos vamos a encontrar con JA y las chelistas en este parque para ir luego a hacer una ruta por el barrio de San Ángel. E, el marido de JA no viene porque está enfermo "de la panza" (?no dije?).
Como llegamos primero, esperamos un poco y parece que están preparando una fiesta: hay una bandera de México gigantesca -pereza- y un hombre subido en una grúa pintando el mástil, a la vez que haciendo un Jackson Pollock en el suelo, de todo lo que salpica en el proceso: se masca la tragedia. Como hay una fuente y un pequeño mercado de flores, me voy a hacer fotos: mal, la foto estaba donde la bandera.
Cuando vuelvo, aparte de un grupo de ciclistas portando banderas [algo del mundial], me encuentro con el siguiente cuadro: JA de rodillas en la fuente frotando una camiseta. Exacto: el splatter -técnica muy seguida por el Peda en su etapa pintora- le ha caído encima. Nada estaba señalizado, claro: bienvenidos a México. Esto, en un país anglosajón, habría envuelto conos fosforitos y varios agentes del orden y en EE.UU., abogados para demandar al ayuntamiento. Qué quieren: prefiero esto. Así que nos tenemos que presentar a las chelistas nosotros mismos, pero enseguida llega JA al que hace tiempo que no vemos- solemos coincidir en Navidades en Vetusta- y que nos tiene preparado un día intenso porque al siguiente, se van a la península a pasar un mes.
El paseo matinal es en un barrio colonial llamado San Ángel, unos 12 kms al suroeste del Centro Histórico, a la misma altura y justo al oeste de Coyoacán. Es una zona muy cara; hay comercios "exclusivos" -de esos que no me interesan nada-, pequeños restaurantes -tampoco mucho- y cafés -bueno-, placitas llenas de encanto, y otros lugares comunes de la burguesía, que se parece mucho en cualquier lugar del mundo. JA se viene de paseo muchos domingos y se para a leer por aquí [nota="pararse" en México significa "quedarse de pie", pero en castellano, detenerse — y esto me recuerda que tengo que ir actualizando mi diccionario de 2004 con nuevas palabras, aunque esta ya estaba].
Del Parque de la Bombilla, cruzamos Insurgentes Sur [la calle larguísima que cruza toda la ciudad) y luego la de la Revolución y llegamos a la Plaza del Carmen, donde está esta biblioteca...
De allí vamos a la Plaza de San Jacinto, seguimos por Benito Juárez y entramos al jardín de la Parroquia de San Jacinto, preciosa:
No puedo decir más en cuanto a calles, ni reconocer en el mapa por dónde vamos. Solo sé que nos encanta y aquí van algunas fotos:
En un punto, volvemos a cruzar Insurgentes Sur y terminamos en la Parroquia de San Sebastián Mártir, en el barrio de Chimalistac. Justo la están cerrando porque es la hora de comer del anciano sacristán: JA le pide que nos deje cinco minutos "que venimos de Polonia e Inglaterra", pero ni tras la pequeña confrontación el anciano cede. JA nos dice que la mayoría de los mexicanos no son así [cosa que confirmamos durante el viaje, son súper amables] y entonces se mete en la conversación otro ciudadano mayor ocioso, al que se le nota la buena familia que repite, mientras niega "es una pena, es una pena". Me hace terminar apoyando al equipo sacristán, la verdad: le pagarán los curas una miseria por ese trabajo y por qué perder unos minutos de su comida para que una panda de guiris vea la iglesia. San Sebastián sería mártir [e icono gay, con las saetas ahí clavadas], pero él no.
La caminata sigue por el Camino del Río y por fin terminamos en la icónica Librería Gandhi de la avenida Miguel Ángel de Quevedo, que es enorme pero donde el segurata que nos pone unas pegatinas en los códigos de barras de nuestros libros [recuerden: nunca salga sin su libro] nos dice que está prohibido hacer fotos, luego no hay. Soy una ciudadana ejemplar, claramente. Allí me compro "La cabeza de mi padre" de Alma Delia Murillo, recomendado por el Náufrago Ro (próximamente divague en su quiosco) y "Temporada de Huracanes" de Fernanda Melchor (también en su quiosco cuando sea) para JA. Él nos ha regalado "El ejército ciego" de David Toscana (este no creo que lo vean en su quiosco porque lo leyó el Peda y sufrió "muchísima dentera" con las enucleaciones [les sacaban los ojos], y yo, que aprobé oftalmología en inconfesable convocatoria en parte porque odiaba mirar el atlas, me siento incapaz). En resumen: párrafo de literatura mexicana contemporánea de calidad para ustedes.
Allí se nos une E, el marido de JA, que ya está mejor de "la panza" y se va a unir a la comida. Vamos todos a Copilco en metro (una parada, a casa de JA & E, y allí nos distribuimos en su coche y taxi para ir al restaurante. Un par de fotos de Mini del edificio donde viven y donde nos vamos a quedar nosotros a partir de mañana.
A JA le hacía mucha ilusión llevarnos a cenar al barrio de Tlalpan, al restaurante donde celebraron su boda, la "Antigua Hacienda de Tlalpan". Parece que la construyeron en 1837, cuando eso era aún las afueras de CDMX y propiedad de un antiguo presidente de México ("El Manco" González). Tiene la típica arquitectura colonial: la casa rodea una zona central y tiene porches con arcos. Ocupamos una mesa en uno de esos porches, yo mirando a la pradera central donde hay... pavos reales y otras aves. A un lado hay un laguito con cisnes. Vamos, yo en mi ambiente, porque los putos pavos a veces salen de ahí y se acercan. Socorro.
No seré yo quien fastidie la segunda boda de nuestros amigos, así que intento concentrarme en la carta de la que no entiendo nada. En una semana ya soy una experta en comidas mexicanas, pero el primer día no me saques de tacos y burritos, que claro no hay en este restaurante de postín. Lo que sí que hay son tropecientos camareros con corbata, de esos que están esperando con una mano delante de otra a que tengas el menor requerimiento: no me gusta. Además, te quitan el plato antes de que hayas terminado (algo que nos ha pasado alguna otra vez, será cultural), sin esperar a que uses el "lenguaje de los cubiertos", que es como el de los abanicos menos lo romántico.
Esto de arriba es un "Chile en nogada", que es lo que acabo pidiendo porque bien es sabido que odio elegir y JA me dice que esto es el plato nacional mexicano, y por ello tiene los colores de la bandera: verde (del chile poblano), blanco (de la nogada, salsa de nuez) y rojo (de la granada). Está relleno de carne picada con, atención lo que pone en la wiki: " fruta (plátano macho, manzana panochera, pera de San Juan, durazno, pasas, almendras, piñones, etcétera), entre otros ingredientes". Yo insisto mucho a los señores esos que nos rodean sobre "si es picoso"; no es capricho, no tolero el picante y lo noto enseguida, no así mis compas de viaje. Me dicen que el chile poblano es un pimiento grande, y que no suelen ser picantes. Vale.
Es cierto: no pica y está muy bueno, claro que es bastante grande y cuando he comido como 2/3 se lo paso al Peda. Terminamos la comida, recorremos la hacienda haciendo [juego de palabras] fotos y tras la sobremesa nos vamos de paseo al centro de Tlalpan, pero se pone a llover [temporada de lluvias, y suele hacerlo cada tarde], así que volvemos a la hacienda, donde JA ha dejado el coche.
A medida que nos acercamos, me empieza a doler la tripa. No es insoportable, pero mientras esperamos a que nos traigan el coche un mayordomo de coches o llámalo hache -según JA eso es común en muchos sitios en México- la cosa ya empieza a alarmar. Cuando estamos en el coche, comienzan unos retortijones salvajes que incluyen sudores, ganas de desmayarme (me echo sobre las piernas del Peda) y la sensación de que el fin del mundo está cerca. Todo esto en medio de una tormenta tropical bestial que descarga sobre el techo del coche, pensamientos intrusivos tipo "mis amigos van a pensar que no me ha gustado el restaurante de su boda", junto con otros más prosaicos tipo "será dantesco si mis esfínteres me abandonan". Son los 20 minutos más largos de los últimos años y es imposible no tener flashbacks de "la laguna colorada" (algún día contaré esto). En fin, que llegamos a casa, me arrastro al baño y...
La culpa fue del boggie o del cha-cha-chá, en aquel momento no lo sabía, pero hoy sé lo que es la capsaicina y la escala Scoville. La primera es una molécula presente en los frutos de algunas especies del género Capsicum —llamados guindillas en España, ajíes o chiles picantes en Latinoamérica que "estimula el receptor térmico en la piel, especialmente las membranas mucosas". La segunda es "una medida del picor o pungencia en los chiles del género Capsicum, y el número de unidades Scoville indica la cantidad presente de capsaicina. De verdad que, aunque no se hagan un máster como yo, es interesante ver la escala aquí: el pimiento verde normal tiene 0 unidades Scoville, mientras que hay algunos que tienen las unidades por millones. Los pimientos del Padrón tienen 2500-5000 y el que nos "ocupa", el chile poblano, se encuentra en 1000-1500.
No era para tanto, pero una búsqueda rápida me presenta a montones de damnificados del chile en nogada, con mis mismos síntomas: la combinación de la capsaicina con la grasa de la carne y la salsa, la fibra de las frutas... en fin, un cóctel molotov del que no les daré más detalles ni seguiré con las metáforas. La chelista se va con el Peda y me traen unos electrolitos, y me echo en el sofá mientras intento mantener la conversación a la vez que me presentan al vecino Ricardo en ese estado. Son todos muy majos, pero mientras yo pretendo también serlo, lo que pasa por mi cabeza es cómo-voy-a-sobrevivir-tres-semanas-aquí con "estas aguas". En esos momentos yo no sabía nada de la capsaicina y el Peda, por supuesto, está como una rosa, luego culpo a "las aguas".
Volvemos en taxi al apartamento de lujo de Polanco, donde mis compas aún cenan algo del 7-eleven y yo caigo en la cama de reina como un harapo. Reina que no viajó con sus garrafones de agua y por eso, tiene mal la panza.
(Pub=17.08.26)
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