Queridos divagantes, concursantes, maleantes, y gente de baja estofa,
Aún están a tiempo los rezagados de participar en el último concurso de D&D, cuyo premio todo el mundo conoce y anhela (ser el que da título a uno de los divagues siguientes).
Vamos a incluír las entradas que hasta ahora se han producido aquí abajo. Ha quedado descaliminado (como decíamos en mi cole, viene a ser como fulminado por cal o así) LUX por su claro y feo intento de PLAGIO que afortunadamente NáN ha logrado desenmascarar. Se le da otra oportunidad, LUX, pero no vale tampoco la de Colin Farrell con los terroristas. Yo también añadiré la mía hacia el final. DIVA, XAQUÍ y LUX: manos a la obra (o sentís tal vez señalados con la negrita?). Los demás, los silentes, también! (sabemos que estáis ahí)
Ahora, el tema peliagudo: quién será el jurado? Podría ser algo democrático, pero no. El que primero adivine cual es esta cabina, la más famosa de todo el Reino Unido, será galardonado con el laurel de elegir el mejor relato. Entiendo vuestra expectación.
Sigan participando. Atentamente,
La Di-reccción
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MARISA
Llegó corriendo mientras rebuscaba en sus bolsillos algunas monedas.
Abrió la puerta y entró. Y cuando se sentó en el pequeño taburete el
sonido de la puerta al cerrarse tras de sí le sonó ya muy lejano. Nunca
hizo esa llamada.
JOSÉ LUIS
En el año 83, cuando llamaba desde una cabina frente a la Audiencia de
Zaragoza, sobre las diez de la noche, me detuvo la policía, como en las
películas, me metió en una de aquellas furgonetas que daban miedo y me
llevaron a la Jefatura de Policía del Paseo María Agustín, que supongo
que todavía existe. Unas cuantas preguntas, algunas comprobaciones, unas
llamadas de ellos y una mía y me volvieron a dejar en el mismo sitio,
con la recomendación de que no llamara en un buen rato. Un fragmento de
una de tus frases, el referido a "los que teníamos novias fuera" me lo
ha recordado. ¡Qué cosas, la memoria!.
NáN
Con las pocas monedas que le quedaban, se metió en una cabina a una hora
en la que sabía que todos estarían en el trabajo y fue llamando de uno a
uno a todos los que quería para dejar el mensaje de que se iba a
suicidar. Cuando terminó, cabizbajo, vio cuatro billetes de 100 libras.
Se fue con ellos a un bar privado que se mantenía abierto las 24 horas y
se quedó casi tres días. Cuando salió se sentía feliz y había olvidado
todo lo que había hecho antes de encontrarse el dinero.
IRE
Cuando fue a cerrar el libro de recetas, se cayó una pequeña foto de
entre sus páginas. La recogió, vio a su padre, tan joven, tan vivo,
delante de una llamativa cabina roja, con una mujer que nunca conoció,
ella, su padre se puede entender que sí.
Su madre le arrebató la
foto. "¡Qué rara es la vida Li", le dijo. Pues habeis de saber que
cuando no sabeis que nombre le podeis poner a una madre vietnamita, Li
siempre es una buena elección. "¡qué rara es la vida, Li!. Ahora tengo
que ir ahí, es el momento". "Madre, seguramente será el capricho de
nuestros antepasados". "Li, a mi edad, yo soy mi propia antepasada".
MO
Llego a la casa en la que vivía ahora, había vuelto después de 12 años fuera.
Quedaron
por la noche, se despidieron: "lo hemos pasado bien". "Si, tenemos que
repetir pronto", se habían dicho hacia media hora y pensaba en cuando
sería ese "pronto".
Subió al portal y al sacar las llaves se dio cuenta de que no las llevaba.
Saco el movil...al tiempo que recordaba que se habia quedado sin batería hacía horas.
Lloro de desesperación. Sin llaves, sin movil...sin casa a las 2 de la mañana.
Una cabina...¿una cabina? Monedas sí tenía.
Hola soy yo...¿te parece que ahora es demasiado pronto para repetir?
Ya estás tardando....ven.
CESITA
Los autores muertos estaban tan solos y olvidados... Un operario de
British Telecom se compadeció de ellos. Les construyó una cabina para
que pudieran volver a contarles sus historias a la gente.
DI
Condujo toda la noche, en contra de lo que pasa en las pelis, con rumbo norte. De fondo llevaba aquella canción de Mark Knopfler, y caían estrellas fugaces, y por primera vez en mucho tiempo fue feliz. Cuando llegó al pueblecito, olía a mar y empezaba el cielo a rojear. Se sentó sobre la arena, en el vacío donde debía estar la cabina, abrió las puertas del coche y puso la canción a tope. Un viejo lobo de mar, que parecía de atrezzo, le gritó sin levantar la vista de unas redes que desenmarañaba:
-Todos los años tenemos a varios como usted, baje la música!
-Quitaron la cabina?-medio sollozó clavando en la arena el palo con el que garabateaba iniciales y espirales- Cómo pudieron quitar la cabina???
-La quitaron, sí...-y por fin le miró con unos ojillos pequeños muy verdes- pero a usted nadie le quitará el viaje.
CARMEN J
Miraba sin mirar uno de los libros de la cabina mientras esperaba que
ella cogiera el teléfono. Tal vez no se habría ido aún, tal vez
estuviera a tiempo de decirle que le esperara, que iba a cambiar, que
sabría compensarla. Se sobresaltó al reconocer su propia letra en aquel
libro abandonado, su letra en la dedicatoria que había escrito para
ella. Comprendió que ya nunca podría llegar a tiempo, y colgó.
ANNIEHALL
¡Por fin! ¡aquí estás! ¿pero no nos oías llamándote a gritos? Este niño y
los libros... mañana mismo llamo a los de la teléfonica para que se
lleven la demonio cabina de la esquina. Claro que seguro que el día que
vengan pillan a éste dentro y se lo llevan como a López Vázquez.
DIVA
La vio bajando por la calle, pisando fuerte como de costumbre. Tenía el
porte y la actitud más arrogante que había conocido. La temía. Muchas
veces lo había puesto en ridículo. No le importaba hacerlo delante de
los demás; que si me debes tanto, que si no encuentras trabajo, que si
ya sabía que no tenía que alquilarte el piso... Así que no quería
toparse con ella. Justo cuando se giraba para marchar en dirección
contraria vio que ella le hacía un gesto. Trató de ignorarlo y comenzó a
andar al tiempo que oía como le llamaba e iba tras él. Al doblar la
esquina aceleró el paso, corrió hasta llegar a la otra esquina. Empujo
la puerta plegable y se metió dentro. Se quitó el sombrero e hizo como
que hablaba. Ella pasó de largo.
LUX (1)
— Dirán que he muerto, y yo no muero. Aunque dentro de estos barrotes,
de esta cabina roja, las horas pasen lentas como penas, largas como el
olvido o el recuerdo… —se lamenta como si rezara alguien con voz de Hierro y Real alma de seda, de nombre José.
Alicia,
indiferente a la plegaria, aburrida, amodorrada, se dirige a un
caballero sedente, seco de carnes, enjunto de rostro, de cuyo nombre no
quiero acordarme.
—¿Podría decirme, por favor, qué camino debo seguir para salir de aquí?
—Depende en gran parte del sitio al que quieras llegar.
—No me importa mucho el sitio.
—Entonces, tampoco importa mucho el camino…
Tercia
entonces en la conversación otro caballero, revestido con gabán y
tocado con sombrero, pero de torpe aliño indumentario, que levantándose
recita, atronadora y solemnemente, con aún deje sevillano:
—Caminante, son tus huellas / el camino y nada más; / caminante, no hay camino, / se hace camino al andar.
Y
manteniéndose en pie, cierra los ojos y los puños y se sonríe para sus
adentros (y un poquitín hacia fuera), aguardando el aplauso.
—Multiplícate por cero, tío—le suelta un niño amarillo con acento americano que parece sacado de unos dibujitos animados.
Otro niño, pequeño como un pulgar, al oír camino
se pone a hacer pelotitas de migas de pan. ¿Por qué? No sé, cosas de
niños que de mayores olvidamos… Y una jovencita bella duerme y otra
bella intenta e intenta que una bestia siente la cabeza. Y una muchacha,
blanca como la nieve charla de sus cosas en un aparte, ¿de qué
hablarán?, con otra muchacha gris como la ceniza...
En fin, que
así pasan siempre sus tediosas horas todos estos personajes en busca de
lector en esa cabina roja, abarrotada por dentro, abarrotada por fuera.
Pero,
¡qué veo!, esperad. Aguardad, que hoy no. Hoy alguno de ellos está de
suerte y todos, emocionados, se tientan la ropa: abriste la puerta.
XAQUÍ
Venid, venid si teneis una historia que contar.
Trepadores de acera,
amantes de esquina, inventores de caricias, desheredados de promesas
olvidadas, locos, rancios, borrachos, heridos, tambaleantes, amantes,
fugitivos, impostores, bromistas, escaladores de cielos tempranos,
solitarios, viajeros, pobres en tiempo y largos en memoria,
estrafalarios, rompedores, ilusionistas, investigadores, orgásmicos,
gimoteantes, escultores de noches de gloria, buscadores de soles
luminosos...
La cabina Roja es vuestro lugar, si teneis una gran historia que contar.
Una
historia que abrigue el alma del buscador, cure la memoria de la
infanta, encuentre los tesoros de las grutas de los ladrones de la
ilución, y nos acompañe en nuestra noche larga.
La Cabina Roja os espera, no dejaba de vociferar a la puerta del local.
Se
metió dentro - se metió en la cabina roja, Lux- y se rió con la risa
más feliz y más franca que salió jamás de garganta humana.
BASAJA
"Entró corriendo, sudando, nerviosa. Cogió un libro al azar, lo abrió al
azar, y al azar eligió una frase. Marcó un número al azar, y leyó,
despacio, la frase que el azar había seleccionado:
"Con
frecuencia (pero esto solamente sucedió los primeros días) cerrábamos
algún cajón de las cómodas y nos mirábamos con tristeza."
Luego, colgó y murió en paz."
LUX (2)
«Voy y me pongo y digo: «Huy, qué bien, una cabina VERDE. Qué VERDE es
la cabina. Voy a llamar a mi médico desde esta cabina tan VERDE, ¡porque
mira que es VERDE!».
Piticlín-piticlín…
—Doctor, soy Luxindex.
—¿Quién?
—Luxindex, el que va a ganar otra vez el concurso D&D.
—Luxind… ¡¡Ah, ya, el daltónico!!».
LUX (3)
«Dentro del interior de la cabina pintada con pintura roja, y antes de
salir fuera, el hijo de Julián (que era, en concreto, el nombre de su
propio padre; no otro nombre, no otro padre), pensó, pensativo, en
pensar un pensamiento que no pronunció en voz alta porque entonces supo
que sabía que si seguía continuando con el microrrelato conforme
aumentaba disminuía su microrrelatez o microrrelatez».