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18 noviembre 2019

El camino del exceso conduce a la sabiduría

"El camino del exceso conduce a la sabiduría": esta frase fue mi primer contacto con William Blake en aquella película de béisbol ochentera, "Los búfalos de Durham" (Ron Shelton, 1988). Se la dice el personaje de Susan Sarandon, una profe de literatura que chorrea citas célebres a Kevin Costner, "El Perdedor" sabio y también leído. 

"The road of excess leads to the palace of wisdom...
You never know what is enough 
until you know what is more than enough." 
(Proverbs of Hell)

Decir que esta frase fue mi primer contacto es un poco pretencioso, porque desde entonces no es que haya leído nada de Blake (aunque aseguro haber sacado la frase de mi chistera varias veces-si las recordara, seguro que haría un divague más interesante que este). Más bien me he limitado a admirarme de alguna de sus otras citas y poco más. 

"He who desires, but acts not, breeds pestilence".

Ghost of a Flea
Sin embargo, ayer me adentré a la exposición que sobre él ha montado la Tate Britain, ya que además de poeta, Blake era pintor e impresor. En todos los panfletos, guías, revistas describen a Blake como "visionario", y como no tengo educación artística no conozco exactamente de qué manera lo ha sido. Lo que sí queda claro es que Blake sufría de algún tipo de trastorno mental, manifestado por síntomas como alucinaciones, que él llamaba visiones: empezó a ver algún fantasma en su casa de Hercules Road, en Lambeth, y este en concreto ("The Ghost of a Flea") da muchísimo miedo.

Art can never exist without naked beauty displayed.


La exposición está llena de alegorías y temática religiosa perturbadora; mucha serpiente rodeando a Eva, tentando, arrastrándose. Una no puede dejar de pensar en cómo el status quo imperante afecta a la enfermedad mental, y en épocas de profunda religiosidad era el tema pecado, culpa, infierno, paraíso, lo imperante en las ideas delirantes y alucinaciones, o en épocas de guerra fría lo eran los espías y los microfilms, y ahora lo serán los algoritmos, los microchips insertados para robar ideas del cerebro.

Without Contraries is no progression. Attraction and Repulsion,
Reason and Energy, Love and Hate are necessary to Human existence. 
From these contraries spring what the religious call Good & Evil.
Good is the passive that obeys Reason. Evil is the active springing
from Energy. Good is Heaven. Evil is Hell.

Hay muchísima gente en las salas: para algunos cuadros hay que hacer casi fila. Me pregunto lo que estarán pensando los asistentes. Salgo con la sensación de que tengo que leer más sobre Blake, de su contexto (la Revolución Francesa iba a pasar durante su vida), de su relación con Catherine, su mujer (al final de la guía hablan de su "extraordinaria colaboración", que "ella le terminaba algunos cuadros", y me planteo si será otro de esos casos de los que ya estamos aburridos en el arte, la literatura y todos los ámbitos, en los que ellas ocupan un segundo plano, inmerecido), de su irreverencia ("La pregunta en Inglaterra no es is hombre tiene talento y genio-sino si es pasivo y amable y un asno virtuoso") y de las hipótesis sobre su enfermedad mental (esquizofrenia? depresión?).

 Newton: Personification of Man Limited by Reason (1975)

Al salir, camino por la orilla norte del río hasta el puente de Lambeth, que termina a la izquierda en el Palacio del mismo nombre, y a la izquierda aquel edificio donde vivían los protas de "Mach point", la peli de Woody Allen. Ese edificio siempre me pone los pelos de punta porque en él hace anios un pobre hombre que sufrió un episodio psicótico mató sin ser él: nada más leerlo en la prensa supe que ese hombre estaba enfermo. Tal vez como Blake. Paso por los "Old Paradise Gardens" (Jardines del Viejo Paraíso) que están detrás, y me parece que la temática blakeiana me persigue. Este espacio de césped y algún árbol fue donados por el arzobispo del Palacio de Lambeth, como cementerio para la Iglesia de St Mary, que está al lado. Todavía están las lápidas en hilera alrededor. Va a anochecer pronto, y como soy una drama queen, -y voy un poco pronto para recoger a Mini-, me siento en una de piedras con nombres irreconocibles, que hoy parece un banco. Está húmeda, y todo el parque es musgo, silencio y soledad. Solo falta un cuervo que se pose en alguna de las tumbas.

Al llamar a la casa de la amiga de Mini, me abre su abuela, Judy, una seniora encantadora que, cuando le digo que vengo de la exposición de Blake, me pregunta si soy artista. Ella me cuenta su vida en diez minutos: creció de Uganda porque su padre era cirujano, ha vivido ya casada en Nairobi, trabajó como maestra. Y cuando vienen las ninias, les recita de memoria un poema de Blake, que inmediatamente les pasa a explicar: "significa que, en la vida...". Yo no puedo parar de sonreír y cuando termina le pido a su nieta que me lo escriba más tarde y se lo mande a Mini. Mientras nos ponemos los abrigos, Judy se ha ido al salón y ha estado escribiendo algo. Cuando nos despide, me da la poesía (Eternity, se titula) escrita de su punio y letra, preciosa por cierto. Gracias, Judy. Por las pequenias cosas de la vida.

 



Eternidad
Quien se encadena a una alegría
malogrará la vida elevada
Pero quien besa la alegría en su efímero aleteo
vive en el alba de la eternidad.



15 noviembre 2019

Joan Margarit: Un regalo

Joan Margarit, Premio Cervantes. Qué dificil elegir un poema de su libro Joana, uno de los regalos más especiales que siempre guardaré. 

Por fin, "Les quatre de la matinada": pura crudeza, aullido que recorre todo el libro.  

Les quatre de la matinada
Udola el primer gos, i de seguida
hi ha un eco des d’un pati
i altres sonen alhora en un lladruc
ronc i sense cap ritme.
Borden, alçat el morro cap al cel.
Gossos, des d’on veniu?
Quin demà evoca aquest lladruc nocturn?
Aquesta nit us sento
bordant el somni de la meva filla
des del jaç, rodejats pels excrements
amb que marqueu el vostre territori
de cantonades, patis, carrerons.
Talment com jo estic fent amb els poemes,
des d’on udolo, udolo,
i marco el territori de la mort.


Las cuatro de la madrugada
Aúlla el primer perro, y enseguida
hay un eco en un patio, otros resuenan
a la vez en un único ladrido,
bronco y sin ritmo alguno.
Ladran, con sus hocicos hacia el cielo.
¿De dónde venís, perros? ¿Qué mañana
evocan los ladridos de la noche?
Oigo como ladráis al sueño de mi hija
desde el jergón, rodeados de excrementos
con los que señaláis un territorio
de callejones, patios, descampados.
Tal como vengo haciendo
con mis poemas, desde donde aúllo
y marco el territorio de la muerte.


Joan Margarit


08 noviembre 2019

"Mani: Viajes por el sur del Peloponeso", de Patrick Leigh Fermor: No eres tú, soy yo.


Cuando pasas una temporada horrible, pero además no puedes leer, tocas fondo. Un libro suele ser la cala en la que refugiarse en esos ratos malos, pero qué pasa cuando no encuentras puerto donde evitar la marejada?  En mi caso, este pasado odioso mes de Octubre me pilló empezando un libro que en principio iba a ser la evasión que una necesita cuando empieza el otoño. El libro en cuestión me iba a devolver a uno de mis "lugares del mundo", y ya me veía tirándome de cabeza al agua de sus playas desiertas, trepando montanas para ver la costa como desde googlemaps y visitando monasterios donde comprar miel a dudosas monjas-o monjes, de ahí la duda. 

Sin embargo, en lugar de esto, lo que he hecho este mes ha sido pasar una cantidad ridícula de tiempo con el libro entre mis manos, mirando al infinito, en la parte de arriba del autobús (me recuerda a mi embarazo, en el que dejé tres libros seguidos; imagen: yo, en la parte de arriba de un bus 169, en pleno Brixton, mirando fijamente al no-horizonte). Otras veces he pasado pequeñas eternidades con los ojos absortos en una página, siempre la misma, y cuando me daba cuenta de que estaba en ese extraño estado mental, semi-disociativo, me tenía que hacer releer el párrafo anterior, y el anterior, y el otro, para descubrir que seguía sin saber de qué me habían hablado en toda la página. Y lo que es peor: no importándome una porra.

Yo no tengo ningún problema en abandonar libros: he dejado bastantes en mi vida, y no me siento mal. Los más fáciles en este aspecto son los que no me gustan, o los que creo malos. No considero que "un libro ha podido conmigo", simplemente no era para mí. Leer es dialogar de alguna manera, y si no ocurre, pues bueno, yo me lo pierdo. Ya sé que Borges escribe bien, y he leído un par de libros de relatos, pero no dialogo con él. Con los libros es un "No eres tú, soy yo". Sin acritud. Sin embargo, tengo más problemas si sé que un libro es bueno, si disfruto de partes de él, si sé que en teoría es "un libro para mí", pero que de alguna manera mi cuerpo (qué es la mente, sino cuerpo) me aleja de él: pasa a ser una imposibilidad física. La vida se cuela por entre los márgenes, y las personas del día-a-día, tornados personajes, son los que dominan. 

Pero... si es Mani! Si es uno de los viajes de mi vida! Qué me está pasando? Así un mes.


Patrick Leigh Fermor era un inglés de los de principio de siglo (nacido en 1915) que se dedicó, entre otras cosas, a viajar y a escribir crónicas de sus periplos, el maldito. Exactamente la vida que yo querría, por si no ha quedado claro. Y mejor no entro en la casa que tenía en Kardamyli, pueblo de ensueño donde yo me conformaría con un chamizo. Parece que hoy en día se puede alquilar su casa para escribir tu novela, mientras disfrutas de la playa privada y tal. Igual es el empujón que necesita Serial, lo veo: tal vez montar un crowdfunding, divagantes? 

Pero centrémonos, que divago: el libro con el que he jugado al gato y al ratón un mes es "Mani. Viajes por el sur del Peloponeso" de Leigh Fermor, claro. El me encontró a mí en el velero de F., en una edición en castellano-a la derecha- mucho más bonita que la que compré nada más volver a la isla, que por ello no cuelgo-con un ojo mal dibujado del "mal de ojo griego" ahí, a toda página. Además, el autor había sido muy recomendado por las popes Elena Rius y Mo, así que el libro tenía todos los números para ser ese compañero con el que quieres pasar unos ratos cada día. Pero no fue así, y la culpa es mía, o de mi momento vital, sin duda. 

El libro -que no es una novela, sino más bien un blog erudito de viajes- comienza muy bien. Está el autor en un punto del sur de Esparta, y se dirige hacia la península de Mani, el "dedo" central de los tres del Peloponeso. Para ello, ha de cruzar el Taygetus, unos montes muy complicados, y en aquella época (el libro fue publicado en 1958) la única manera de hacerlo es a lomos de burros. Esta anécdota es suficiente para atrapar la imaginación de una aspirante a escritora de viajes (en realidad,  alguien que inconscientemente cuelga en la red sus enloquecidos diarios). Aquella época en la que solo viajaban cuatro privilegiados-que debían encontrar fácilmente lo que hoy todos ansían, "lo auténtico"-, la tenemos todos mitificada. En estos días de Ryanair, calles que tal vez sean un decorado y "cene/duerma/baile un sirtaki con una familia local".

Una vez en Mani, Leigh Fermor comienza por el noroeste, en la maravillosa Kardamyli (donde se rodó la tercera de la saga de "Before" de Linklater) y baja hasta Aeropolis y su espectacular puerto, Limeni. Estos lugares están a fuego en mi memoria y es imposible no emocionarse pero... un momento, por qué me exalto, aparte de porque he estado, son estupendos y en ellos fui feliz? Es por lo que me cuenta el autor?

Leigh Fermor viaja en un pequeño grupo: un amigo también escritor, su mujer Joan, y a ratos con diversos locales que les dirigen las mulas, pongamos, pero casi no habla nada de sus compañeros. No hay anécdotas personales, aparte de algunas conversaciones con gente del lugar, siempre, para mi gusto escasas. Para quien quiera saber historia, mitos, geografía, loquesea de Mani, este libro es una pequeña enciclopedia para obtener datos e información. Pero no sé si esto es lo que yo busco en un libro de viajes. Yo hubiera querido más de lo siguiente.

Porque algunas de las historias son  maravillosas, y eso es lo que me ha mantenido leyendo. Mani es la península que logró resistirse a los turcos por su orografía agreste, la valentía de los maniotas, y las torres. Cuando una viaja por Mani, solo ve monte bajo, y de repente, tres o cuatro casitas de piedra, con su torre, construida en su día para defensa. Nosotros nos quedamos en distintos lugares, entre ellos lo que decían era un castillo, pero estos viajeros de otra época se quedaban en casas con torre, con griegos. Hay una escena en la que están cenando y los griegos dicen, "oh, hace demasiado calor aquí, subamos a cenar a lo alto de la torre". Y todos cogen lo sea, de alguna manera se producen una mesa, sillas y mantel en el equivalente al terrado, y allí acaban cenando todos, bajo las estrellas. Leigh Fermor lo describe perfectamente y, quedo en shock porque no pronuncia una sola vez la palabra que yo habría repetido varias veces en el mismo párrafo: magia. A mí eso es lo que una noche bajo las estrellas en lo alto de una torre en Mani me sugiere: un momento mágico. Igual lo que hoy entendemos por magia no era un concepto d ela época, o bien yo soy my brasas.  No sé si el lector que no haya estado en Mani podrá entender, solo con la información y los datos, de lo remota que es esta península. Yo lo tengo muy fresco, recuerdo perfectamente las negras noches sin luna (orilla mar salado/y un chispear de estrellas/ de un cielo negro y bajo), las noches de verano de Mani. Y aunque no tuve la suerte de cenar en el terrado de una torre, he estado con Leigh Fermor ahí.  Y también cuando ven pasar un crucero lleno de luz y música (imágenes de "El Gran Gatsby", para mí), y se preguntan qué gentes irán en él, y qué pensarán de los habitantes de la península mientras pasan hacia Estambul. Por esto solo merecería la pena leer el libro. O por volver a esa sensación de pereza de los veranos larguísimos de la infancia:

   "Las noches de verano son cortas. Irse a la cama antes de medianoche es impensable, y las charlas, el vino, la luz de la luna y el aire cálido se alían para retrasarla una, dos o tres horas más. Parece que hace solo un momento que te has dormido, ahí fuera, cuando el sol te toca amablemente en los hombros, y entonces vuelves al interior o a la sombra para dormir otro par de horas. La tarde es el verdadero momento para dormir aquí."

Otra cosa envidiable para los viajeros de hoy en día es la desconexión de la época. Os imagináis? Leigh Fermor en un punto dice que "desde Aeropolis no han visto una radio". Por no hablar de teléfonos y otros elementos que hoy nos van muy bien, para tener a la familia tranquila (pavor de pensar que dentro de poco seremos nosotros esa familia, que Mini ya tiene 11), pero que no es lo mismo que viajar (o salir de casa, ya que estamos) sin ellos, con la libertad de no estar localizados. Yo esa es una de las cosas que recuerdo con nostalgia: de niñas, en Vetustilla de la Torre, irnos con bicis a otros pueblos, al pantano... fuera de casa horas y horas, como salvajes. Oh. 

El autor, con su conocimiento enciclopédico de Grecia, nos habla de górgonas y centauros (cómo olvidar la maravillosa Pelion, a la que cita a propósito de estos animales mitológicos),  las nereidas... Dedica un capítulo a hablar de la muerte y sus rituales en la península. Pondera sobre la mayor apertura a aceptar nuevos dioses de las religiones politeístas, como la griega clásica, sobre las monoteístas. De cómo cambiaron sus traviesos dioses del Olimpo en aburridos (esto es mío) santones cristianos (por ejemplo, Dionisos, dios del vino, en San Dionisio, que suena a rollo patatero). Hace antropología sin quererlo, cuando nos habla de la hospitalidad griega, de cómo tratan el extranjero, de que nunca quieren que te vayas.  Filosofa con la frecuencia con que usan los maniotas la expresión "pasaremos el tiempo" que, anota "plantea la cuestión de como pasar el largo agujero desde ahora hasta la tumba". Llama al sueño, "la hermana de la muerte". Inevitablemente, hay etimología: qué bonito que la palabra griega anemos, viento, haya producido la latina ánima,  alma. O que pneuma y spiritus signifique  espíritu y respiración en ambos idiomas. 

A medida que avanzo en el divague, crece mi confusión. He vuelto a Mani pero no era mi momento. Sueño con volver de verdad a sus noches estrelladas algún día, lejos de este otoño cuyas nubes no me han dejado ver ni el sol. 

02 noviembre 2019

Final rugby Inglaterra-Sudáfrica: Entre Guatemala y Guatepeor


Se termina el mundial de rugby de Tokio. Como los buenos divagantes recordarán, en el anterior de 2015 ya divagamos aquí, porque Mini había sido inoculada en el cole con el "deporte del pepino". Consideraciones sociológicas, la razón del "Swing Low Sweet Chariot", y nuestra particular admiración no precisamente intelectual por esos neandertales, entre otros, fueron los temas de ese divague.

Mucho tiempo antes, allá por el Pleistoceno Diva, la impulsora-capitana-América de este divlog, ya hizo un divague sobre los hakas, que puede servir de referencia para quien no sepa de que va esta danza maorí que representan los All Blacks (el equipo de Nueva Zelanda) antes de los partidos. En la semifinal, los inglesitos jugaron con los kiwis, y van a tener que pagar una multa porque algunos cruzaron nosequé línea prohibida mientras los kiwis hacían su haka. Hiceron una formación en forma de "V" (de la victoria, dicen), con su capitán, Owen Farrell, en el vértice, mostrando un sonrisita irónica.  Y así respondieron al haka, que es esencialmente un reto, y he leído por ahí que los neozelandeses están "cool" con ellos, están hartos de que los otros equipos miren sin más.

Pero hoy, a un par de horas de las final Inglaterra-Sudáfrica sin embargo, vamos a plantear otro terrible dilema, divagantes. Se trata de elegir entre Guatemala y Guatepeor, habéis estado ahí alguna vez? (seguro, pensemos política). Claro ejemplo el de hoy, cuando juegan dos equipos y no quieres que ninguno de ellos gane. Has de elegir uno, dentro de que los dos te parecen aborrecibles: la pregunta es quién quieres que pierda más. Esta situación la vive el Peda regularmente cuando juega el Madrid y el Bilbao. El pobre sufre bucho, y ha llegado alguna vez a decir que es "la única situación en la que prefiere que gane el Madrid". Severo. Yo no conozco esa situación: aún no hay equipo que no quiero que gane al Madrid. Pero debe ser un tema interno de los de la Real que yo no alcanzo a comprender.

Pero divago, volvamos al rugby. Sí, en esta situación me encuentro: Sudáfrica vs. Inglaterra. Por dónde empezar. Dispara. 

Sudáfrica: no hace falta explicar a los divagantes que han seguido la serie del viaje a Sudáfrica lo que pienso de los sudafricanos blancos- la mayor parte de los componentes del equipo, por otro lado. Más aún tras la lectura de "My traitor's heart" de Rian Malan. Todos los sudafricanos blancos son culpables: todos descienden de los boers, aquellos holandeses opuestos a la Ilustración y a la luz, y de los ingleses, que inventaron los campos de concentración precisamente allí. Si estudias el equipo de rugby sudafricano, hay tres negros en un grupo de 24 jugadores. El resto, son ninatos privilegiados blancos, de colegio privado, que es donde se juega al deporte del pepino.

Seguimos. Inglaterra. A mí Inglaterra era un país que, con sus sombras, me gustaba. Me sentía a gusto con la gente, las costumbres, su humor. En Inglaterra (la más profunda y la menos) llevo viviendo más de 20 anios, y aquí nació Mini. No deja de sorprenderme su arquitectura, desde las casitas hasta las catedrales; su disenio en cosas tan simples como un autobus, una cabina, un buzón. Me llena de alegría un día de sol aquí, ver la city desde Hampstead, o el mar desde uno de esos acantilados blancos. En Inglaterra te sonríen las viejecitas por la calle y te dejan pasar con el coche. Aquí inventaron la Seguridad Social. Las sufragistas son mi modelo a seguir. Te dan vales en los supermercados, y puedes escribir a atención al cliente y te envían muesli gratis, en agradecimiento a tu email. Qué decir de la música, desde los Beatles hasta el Britpop, o el cine, especialmente el social del que tanto hemos divagado. Yo no sería yo sin George Elliot,  Virginia Woolf, las Bronte. La gente es amable y no te dice lo que piensa, que me parece perfecto. Confían en que la gente no miente, y de hecho existe la presunción de inocencia. Cuando algo va mal, investigan y siempre el resultado es el mismo "lessons will be learnt" y "communication problems". Nunca pasa nada: otra versión del país de la pandereta. 

Sin embargo, el Brexit pasó (lo que reafirma mi frase anterior, la de la pandereta), y desde entonces me dejó de gustar Inglaterra. Aún existe "Here comes the sun" y "Suffragette" y "Oliver Twist", pero algo ha cambiado. Me sigo riendo con la gente pero una realidad que debía conocer (aunque en negación), ha salido del armario: vivía en una burbuja, en el barrio que votó menos Brexit de todo el UK, en el que se hablan 176 idiomas. Trabajo en un "nido de laborismo" (Peda dixit) y leo The Guardian. En mi planeta, los Farage, Johnson y sus votantes eran un mal suenio. Desde que el Brexit pasó (o "está pasando"), no me gusta Inglaterra. Así que ante estos dos males...

AUPA SUDÁFRICA!!!

30 octubre 2019

Para siempre recordar

Era Agosto del 98 cuando aterrizamos en nuestro segundo asalto a la Inglaterra Profunda, Derby, tras aquel puerto pesquero decadente en el que habíamos pasado un año. Como en todos los peores lugares, el trabajo ofrecía alojamiento barato y nos puso en la planta baja de una casa de dos plantas; tú vivías en la de arriba, desde hacía un tiempo. La colina del molino de viento. Cuando te conocimos, tuviste que enseñarnos el pasaporte para que creyésemos tu edad. 38 años? Eso era toda una persona mayor para nosotros, que estábamos en la mitad de los 20 y éramos unos indocumentados. Tú, con casi 40 no eras el senior de bigote de mi imaginario-cuarentón, sino "uno de nosotros" ("he's one of us, he's one of us"). Un Dorian Gray de esos con los que todos nos hemos cruzado alguna vez en la vida.

Tenías que pasar por nuestro recibidor para subir a tu piso, y no había ninguna puerta que independizara las dos estancias. Ello implicaba, por ejemplo, que cuando saltaba tu contestador automático, nosotros oíamos tu saludo, icónico, que jugaba con la onomatopeya de tu nombre: "auuuuuuu auuuuu. Soy el lobo. Deja tu mensaje". Y aullidos, regodeándote. También que compartíamos temperatura-ambiente, pero el termostato de la casa estaba al comienzo de la escalera, luego era mi territorio. Tú, como buen alemán, no comprendías mis temperaturas extremas, y como buen alemán, lo solucionaste enseguida. La calefacción, a partir del minuto tres,  sí fue separada. 

Los españoles (o "gente joven" como nos llamabas) supusimos aún más inconveniencias en tu  ordenada vida germánica. En la planta baja había vivido antes que nosotros un chico irlandés carne de takeaway,  nunca tocó la cocina. Cuando llegó nuestro bacon y salchichas, fue un pequeño choque cultural para ti, vegetariano de los piii. Además, el irlandés parece que solo usaba el salón, y te había dejado hacer lo que quisieras con lo que en su día debió ser el dormitorio. Resultado: un pequeño cuarto insonorizado con corcho por todas las paredes, y en el centro, tu batería. Cuando llegamos nosotros, tuviste que sacarla, pero dejamos los corchos, así que solo usábamos ese cuartucho para estrictamente dormir, en un colchón individual de aquellos de hospital recubierto de hule, en el suelo. Como sabes, allí dormimos el Peda y yo durante los seis meses que vivimos contigo en Derby. Lo que es el amor con 25, no nos importó nada apretarnos en ese zulo, ni ducharnos en el baño infame, que ante nuestras quejas por las arañas, encalaron: los ladrillos victorianos cubiertos de blanco-hospital, los grifos de Armitage Shanks, el baño con cadena.

Tú estabas en una fase de "aprendiz de brujo" más avanzada que yo. Yo me preparaba para el primer Gran Examen, y tú, durante aquellos seis meses, aprobaste el segundo Gran Examen, lo que te transformó en una semi-deidad a mis ojos. Recuerdo el día que llegó  tu nota: nos habías dejado una sartén de hierro especial que te había costado un ojo de la cara, que luego resultó que no se podía lavar.  Cuando viniste aquel día y nos habíamos cargado la sartén -obviamente tras lavarla a fondo con fairy-, simplemente te reíste, todo daba igual, tal es siempre la alegría de los aprendices de brujo al pasar esas tontas carreras de obstáculos.

Durante esos meses, llevaste al Peda a Nottingham en coche, donde tú estabas rotando en un trabajo por el que luego pasaría yo un tiempo después, y todo el mundo te recordaría con carinio por tu sentido del humor. Recuerdo contarle a la secretaria que te habías subido al tejado y "quitado la chimenea tú mismo" y ella pensó que era típico. El Peda había empezado un trabajo cutre a ver si se ponía las pilas con el inglés. A la vuelta de Navidad te trajo vino y siempre le recordabas que era de lo mejor que habías bebido. Imagina!

En aquel Noviembre de 1998, nosotros volábamos por primera vez a Nueva York. Tú habías viajado mucho más que nosotros, tenías una vida interesante: habías sido taxista tal vez en Frankurt, tenías un doctorado en neurociencia, habías vivido en Italia (y hablabas, además de inglés y alemán, italiano) y en Nueva York. Recuerdo las pinceladas que nos diste de América, el lugar donde habías visto "cosas como en ningún otro sitio... un mendigo que va por ahí con un carrito de la compra decorado con luces navideñas". Aunque nunca vi al mítico mendigo, esa siempre será para mí una de las imágenes de Nueva York.

Pasados los seis meses, nosotros nos fuimos a Nottingham, y tú encontraste trabajo, de Ultima-fase-de-Aprendiz-de-Brujo en Londinium. Cuántas veces nos decías que teníamos que venir, porque era "maravilloso, cines, teatros,  restaurantes de todo tipo".  El mito de Londinium.  Al final te hicimos caso, y fue verdad, y el primer recuerdo que tengo de mi barrio es desde tu coche: gente corriendo en el parque enfrente del que hoy vivo. 

Cuando en 2004 nosotros terminábamos nuestro viaje a Latinoamérica, tú lo empezaste. En Buenos Aires coincidimos tres semanas, también con el Naufrago Ro. Tú aprendías español en clases particulares, y luego lo refinaste durante el siguiente año, haciendo nuestro mismo viaje, pero en dirección opuesta. A la vuelta, nos trajiste la camiseta de Inca Cola de Perú,  aún la tengo por ahí, y en Panamá te cogiste el dengue, según tú en el hotelucho que te recomendamos.  Pero la última noche nuestra en el viaje aquel iniciático, la pasamos contigo sin dormir en bares extraños bonaerenses. Nos fuimos, qué brutos, al aeropuerto a las 4 am, a emprender un vuelo a Madrid que pasaba antes por Santiago de Chile y Bogotá. 

Ya no volvimos a vivir en la misma ciudad, porque a la vuelta de las Américas tú dejaste Londinium, y tiraste hacia el norte. Pasaron los años, y siempre querías hablar con nosotros en castellano, con aquel acento argentino-alemán tan maravilloso ("má o meno"). Tenías varios amigos españoles, no sé si ellos te regalaron las figuritas del penitente y del guardil que tenías en tu piso en Derby, o bien las habías comprado tú en tu perplejidad cartesiana por nuestro extranio país. Aún así, no podías entender qué hacíamos en el Reino Unido, un lugar que acabaste odiando-te he acabado dando un poco la razón, tras el Brexit. Cuando te volviste al continente, en busca de montañas y pistas de esquí,  me quedé con tu coche, que hoy es mi mini, y sigue siendo un poco tuyo. 

 Tus emails siempre eran un regalo: nos reíamos tanto con tus ocurrencias. A veces se los mandaba al Naufrago Ro o a mi hermana, y todos los adoraban. "Qué país mas paupérrimo, qué lugar más escuálido!", escribiste para describir esta maldita isla. Te dimos el título de Naufrago de Honor. Todo esto te lo conté por teléfono, cuánto nos hacías reír, y que te queríamos. 

Aunque nunca olvidaste el castellano, sé que no leerás esto. Pero eso no me preocupa;  lo que temo es olvidarme yo de estos recuerdos que hoy están tan vivos en mí. Auuuuuuu. Por eso los he escrito, por lo de siempre: un plantarle cara al olvido y a los años y a la costumbre. Para siempre recordarte, aquí dentro, en mi corazón. 

04 octubre 2019

"Mi corazón de traidor" ("My traitor's heart") de Rian Malan: Por favor, no interfiera con nuestros mitos liberales

Creo que nunca antes se me había literalmente caído un libro en la cabeza. Desde luego, no uno de 519 páginas, con todo su peso real- que no es nada en comparación con su peso metafórico, su contenido. Esto ocurrió la noche del sábado 28 de Septiembre. Estaba profundamente dormida y empecé a gritar. Hasta ahí nada inusual, esto ha pasado otras veces, y siempre termina con el Peda sujetándome a los gritos de "Di, Di, una pesadilla, una pesadilla". Pero hoy había algo más, algo físico,: ahí estaba el libro junto a mi almohada. Al apagar la luz, lo había dejado en la estantería detrás de la cama, sobre una pila y, se confirma: la tierra gira. Pasado un rato, tomó vida propia, pero afortunadamente, mi versión es la maravillosa de tapa blanda (tendría traumatismo craneoencefálico con la dura) de Vintage Classics de Random House, con una portada que me he quedado mirando muchas veces al cerrar el libro: un corazón acribillado.

Esa anécdota me va muy bien para comenzar el divague porque "My traitor's heart" (que he visto en castellano han traducido como "Mi corazón de traidor") es un libro que, aunque no se te caiga literalmente en la cabeza, te golpeará, lector: no hay escapatoria. Michael Herr, el corresponsal de guerra dijo "nadie que lo lea podrá nunca olvidarlo". Yo lo terminé hace un par de días y tengo la sensación de que va a ser así.  

Yo llegué a Malan por recomendaciones de una sudafricana (la ex-profe de Mini) y un compa del curro interesado en racismo. Ninguno me engañó: era una "harrowing experience" (me encanta la palabra harrowing; harrow significa "grada", el instrumento para allanar la tierra después de arada: así te deja). Pero en mi afán de lectura de libros que me ayudaran a entender la historia y la realidad del país que iba a visitar, Sudáfrica, decidí "venga, lo que me echen". 

El título completo del libro es "Mi corazón de traidor: un sudafricano explora la locura en su país, su tribu y en sí mismo" y en su mayoría se basa en sus experiencias como reportero (trabajo que, como la medicina, te acerca verdaderamente a la realidad de un país), pero antes de nada nos da un paseo por su historia familiar, que sitúa el libro y el porqué de su "traición". 

Malan nació en Johannesburgo en 1954 y comienza el libro diciéndonos que su apellido lleva en Sudáfrica desde que el primer Malan, un hugonote que huyó a Holanda de la Francia de Luís XIV para evitar la muerte por su fe protestante. Los holandeses lo pusieron en un barco en 1688 y lo mandaron al continente oscuro, a la "ruda colonia holandesa" de la Península del Cabo. La poderosa "Compañía holandesa de las indias orientales" (The Dutch East India Company) tenía aquí una base importante, donde los barcos que venían de Holanda paraban para repostar en su camino hacia la India donde iban a por especias y demás. Poco a poco, los holandeses fueron expulsando a los africanos que allí vivían, los hotentotes, hacia el interior, lo mismo que a los elefantes y a los leones.  Hacia ese mítico interior también tuvo que huir uno de sus antepasados que se enamoró de una criada negra: escándalo. Este era un hombre, se supone, no extremadamente racista, pero tras años viviendo en "lo salvaje", volvió hecho un supremacista blanco, de esos que ahora otra vez tristemente abundan. Algo le había hecho la "Africa profunda", que lo transformó en aquello.

Esa zona que yo he llamado "lo salvaje" en aquella época no estaba ni en los mapas (hic sunt dracones, otra vez) y en ella nadie sabía quién vivían, aparte de bestias terribles, indígenas y algunos blancos "de la frontera", que se vestían con pieles, y su regla era la del Viejo Testamento y la pistola.  Muchos eran analfabetos y su holandés estaba degenerando en un dialecto que luego sería el Afrikaans. Habían hecho de los totenhotes que no habían matado sus sirvientes. Eran los rubios de ojos azules descendientes de holandeses, los Boers. En 1779 empezó una guerra con los Xhosa, los negros indígenas, desarmados pero para qué si tenían brujería-obviamente fueron machacados. Y así empezó una guerra entre blancos y negros en Sudáfrica, que según Rian Malan, sigue hasta el día de hoy.  

Es importante contextualizar: en es época comenzaba la democracia en los EE.UU. y en Francia la Revolución Francesa y la Ilustración. En contraste, en Sudáfrica, estos descendientes de europeos, los Boers, decidieron apostar por la oscuridad.  Se llamaron incluso a sí mismo "Doppers", que quiere decir ese capuchón de hierro que se usaba para extinguir las velas. Para ellos, Rousseau & company eran una amenaza: ellos seguían siguiendo el ojo por ojo, y sobre todo, creyendo que los negros eran como animales, y como a tal había que tratarlos. 

Aquí es donde se encontraron con los británicos que, alucinemos, fueron aquí "los buenos" de la película. O mejor dicho, los menos malos, porque fue aquí donde se inventaron los campos de concentración, donde ponían a mujeres y niños boers: sí, los inventaron los ingleses y luego, como todo, los "perfeccionaron" los alemanes. Pero a mi isla de adopción parece que las burradas de los boers con los negros les parecían "inappropriate" y así se comenzó otra guerra sangrienta entre boers e ingleses, que estos últimos ganaron.  Otro de los antepasados del autor, Daniel Francois Malan con su Afrikaner National Party llegó al poder en 1948 con la promesa de dar una patada a los ingleses y solucionar el "tema de los nativos". La "solución" fue apartheid, y el resto... ya se sabe. 

Rian Malan es guapo
He incluido toda esta parte de la historia porque es fundamental para entender  lo que pasa hoy en Sudáfrica, y el germen de que a mitad del SXX se inventara esa atrocidad, el apartheid, que se basaba en la mentira "separados, pero iguales". Malan nos cuenta cómo en su casa, los criados (negros, por supuesto) no podían beber en los mismos vasos que los blancos, y cómo les hablaban con un inglés tipo Tarzán (pidgin). El padre de Malan era un Afrikaner (boer) y su madre era inglesa. El creció en un barrio del norte de Johannesburgo donde la mayoría de la gente eran blancos liberales, que hablaban inglés (vs. Afrikaner), y estaban en contra del apartheid,  pero eran tan pocos que no importaban al gobierno. Malan terminó siendo un joven con pelo largo, de izquierdas, y que fumaba maría.  Y que sin pasar por la uni, se puso a escribir informes de crónica negra para un periódico. Ahí es donde ve toda la miseria que nos cuenta en el libro, y su propia ambivalencia. En un punto, harto, asqueado, se va a EE.UU., donde vive 8 años. Sin embargo, vuelve, para escribir este libro. Piensa que hay una lápida bajo la que no quiere estar en Los Angeles que diga "Huyó". Además, tal vez moriría de aburrimiento: en Sudáfrica se vive en el límite.

De las historias que cuenta Malan en el libro, hay varias que me gustaría repetir aquí para que no se me olvidaran. Todas comparten un tema: intentar instalar la duda en la cabeza del lector. Malan nos dice que lo que se espera que un blanco liberal de izquierdas escriba sobre Sudáfrica es el mito, la historia simple de que hay buenos y malos: todos los negros son bondadosos y víctimas, de esos blancos opresores y malvados.  Pero Malan se atreve a romper un mito, y el libro está lleno de estas historias. 

En 1986, 32 mujeres ancianas negras fueron quemadas vivas acusadas de brujería, pues con ella "estaban interfiriendo con la lucha de liberación racial". Fueron quemadas por otros negros, que a su vez luchaban con otros negros, todos en esta lucha totalmente justificada para liberarse del blanco. Pero mientras tanto, se machacaban entre ellos, tan cruelmente como quemar a ancianas en vida. A mí todos los partidos y facciones me han recordado a la izquierda, históricamente incapaz de negociar y cooperar. También está la historia de Alcock, un boer que se salió del rebaño, inicialmente vendiendo a bajo precio los excesos de leche a los negros de su granja (en lugar de tirarlo al mar porque el excedente bajaría los precios), y que al final acaba viviendo en el Africa profunda, hombro con hombro con los zulú, siendo verdaderamente como ellos, en condiciones infrahumanas, todo por la pasión por su proyecto, y por su amor a Africa. Aún así, tras muchos años, los zulús le acaban asesinando. 

Pero la opinión internacional blanca liberal no quiere oír esto: según Malan, cualquier cosa que se separe del discurso blancos-malos y negros-buenos, te lleva a una etiqueta de racista, como se le dieron a su libro. Quieren fotos de negros sufriendo, y ciertos blancos saldrán con sus cámaras para dárselas. Los blancos en el mundo, por norma, suelen respetar por las culturas no occidentales, pero no es así  con los blancos en Sudáfrica. Pero para esta elite liberal blanca sudafricana, la salida de Mandela de la cárcel, el fin del apartheid y el terminar con los nacionalistas afrikaaners fue ver su sueño dorado cumplido. Sin embargo, pronto se fueron poco a poco del país: no podían vivir allí por la violencia y la inseguridad. 

Yo no creo que este libro sea racista, sino más bien valiente y reflexivo. No puedo entender el nacionalismo, porque dentro de grandes grupos humanos como son los países, habrá siempre gente con empatía y generosidad, y gente cruel y egoísta. Una tal vez pueda generalizar en ciertos grupos, y por ejemplo estimar que, por ejemplo, en el Ku Klux Klan o Vox la mayor parte de la gente está en el segundo grupo, pero no en naciones enteras, solo por serlo. Por eso claro que habría también zulús malvados y blancos buena gente. Y Malan simplemente lo describe. Esto supone cruzar muchas líneas rojas.

Tras escribir "Mi corazón de traidor" dice Malan que casi no escribió nada, porque  sentía que se había vaciado allí. Tras leerlo, no me extraña. Se ha vaciado y al lector le ha dejado del revés.  He aprendido muchas cosas, por ejemplo que, así como la policía echaba agua tenida de verde en contra de los blancos en las revueltas, con los negros este agua debe ser roja o tirando a violeta, y la llaman "Purple Rain" (Prince, no volveré a escuchar la canción nunca como antes). Ha sembrado la duda en mí de si Mandela fue un mito blanco, vs. Steve Biko.  Que había misioneros irlandeses que decían que el apartheid no era nada en comparación con lo que los ingleses les hicieron a ellos (pero no dudaron en echar a los Alcock, que daban anticonceptivos a los negros). O que las Revoluciones no vienen en tiempo de opresión intensa, sino en épocas de liberalización y  reforma. Que lo que el apartheid quería es que los negros volvieran a su "tierra de tribus" (Pero, esta era su tierra!!!-parece que la serie ochentera "V" tuvo en Sudáfrica mucho éxito, y en la metáfora está claro quienes eran los lagartos), pero al final su verdadero objetivo es que hasta los blancos pobres tuvieran piscina privada, porque contaban con privilegios que nadie de su escala social tendría en ningún otro país, pero sí en Sudáfrica.  Me suena muchísimo a Trump, y su "make America great again", es lo que todos los rednecks que le votan quieren: que se vayan los negros y los latinos, y así ellos podrán tener piscinas. 

 Además, está bien escrito, y tiene para ser una crónica, frases con las que la misteriosa belleza de Africa  te llega sin darte cuenta: "after midnight, lonely gay men threw lonely shadows as theys stalked rent boys across it floodlit floor". El libro dejará sombras oscuras también en la cabeza y en el corazón de quien lo lea. El corazón acribillado. El corazón de traidor. 

22 septiembre 2019

Open House 2019: Keats, Erno Goldfinger, feminismo, biblioteca y art deco

Finales de Septiembre, luego toca el tradicional divague sobre Open House, el fin de semana de arquitectura de Londinium, puertas abiertas para entrar en múltiples edificios que de otra manera o no son accesibles, o hay que pagar. Ya hemos contado otros años en los que hemos ido a antiguos urinarios, hoy sala de arte (2015), cines espectaculares de la época dorada venido a bingo (2016), coles, teatros, panaderías (2017), piscina de 91 ms de 1906 (2018), entre otras cosas. 

Los edificios más populares entran en sorteo an Agosto. Todos los años se nos pasa la fecha y este año que lo recordé, estaba en Sudáfrica. Así que una vez más, me quedé sin entrar en la Trellick Tower de Erno Goldfinger, pero por lo menos nos llegamos a 2, Willow Road, las tres casas particulares que construyó en Hampstead en 1939. El vivió en la central, y esta es la que visitamos. De estilo modernista, fue una revolución arquitectónica en su época, e Ian Fleming, vecino de la zona, uno de sus principales detractores. Dicen que el malo de James Bond le debe el nombre al arquitecto húngaro.

Me encanta la casa, sobre todo porque realmente entras en otra época cuando pones tu pie en ella: el olor a papel antiguo, como de biblioteca o librería de viejo, tal vez mezclado con tabaco. La escalera de caracol que, de verdad es para quedarse allí toda la tarde. El escritorio (pasen a la segunda imagen con los cajones abiertos). Los radiadores. Los baños, con la grifería de la época, que el amigo G. diría que es la misma de su la casa de sus padres, que es la misma que la del palacio de Ceausescu (esto lo descubrió en un viaje, aún nos estamos riendo). Las vistas desde la parte frontald e la casa, a Hampstead Heath (mi parque favorito de la ciudad) son para morirse; pero las de atrás, que da a un jardín, y con todo el sol, lo mismo. Hay un montón de obras de arte, y el mobiliario es todo especial. Es una pena que no dejaran hacer fotos, y solo incluyo un par que hice con cuidado, como buena delincuente que soy. 

 




 




Antes habíamos estado en la casa de John Keats, el poeta (Wentworth Place), ya que en Willow Road te dan hora. Se trata de una mansión victoriana sin particular interés arquitectónico para mí, pero sí como nerda de la literatura. No que yo haya leído mucho a Keats, pero siempre me interesa ver cómo vivían, y aquí se entiende muy bien su inspiración, ya que está a pocos pasos del famoso parque. Como todo buen romántico, Keats murió muy joven de tuberculosis en Italia. Creo haber visto alguna peli sobre él, pero no recuerdo... tal vez aparezca en la reciente "Mary Shelley" de Haifaa Al-Mansour (2017), o tal vez no. En su casa hay un diván verde (que necesito ya para un rincón de mi sala), un piano, una (sencilla) cama, y unas grandes vistas al otoño. 







 La siguiente visita es el Isokon Building, otro ejemplo de arquitectura art deco que me encanta, pero no entramos por las filas. Ya he estado alguna otra vez por fuera.. simplemente necesito más paciencia, pero mi religión me impide hacer colas, a menos que sea absolutamente necesario. 







Pasábamos por aquí, por el viejo ayuntamiento de Hampstead, de camino a otro sitio, así que entramos. Y resulta que este sitio fue cuna de feministas, reclutaban a nuestros queridos brigadistas internacionales que vinieron a apoyar la República Española, de insumisos (Lytton Strachey fue el primer Objector de Conciencia, frente al Tribunal de Hampstead) y hasta tocaron Madness y The Pogues. Un centro de radicalismo en una de las zonas más ricas de la ciudad. El edifico es bonito, como tantos otros ayuntamientos de esta ciudad, pero para muestra, lo que pasó aquí...






Para concluir el sábado, la biblioteca de Swiss Cottage. Cualquier visita a biblioteca es ya de por sí chula. Esta, además, abierta en 1964, es un hito arquitectónico (Basil Spece) por algo. Las imágenes lo explican todo: no cometeré el mismo error de intentar explicarla que nuestro guía, un jubilado que hacía chistes malos, y que no nos dio absolutamente ningún contenido, pese a no parar de hablar. Bueno, por lo menos nos llevó a los archivos, en las tripas del lugar...





Hoy domingo nos hemos quedado en el sur de Londinium y visitado "Pullman Court" en Streatham, otro conjunto de pisos de la época (construido en 1936). El arquitecto, Frederick Gibberd tenía 23 años! Hemos estado en un piso que enseña su dueña, que lleva 33 años viviendo allí. Como la casa de ayer, de Goldfinger, parece que el tiempo se ha quedado para aquí, es como viajar al pasado. Por la simplicidad de los muebles, el minimalismo, la belleza de cosas tan simples como los interruptores, las líneas de simetría de los balcones. 














Oh me encanta Open House. Yo creo que en otra vida debería haber sido arquitecta. Hasta el año que viene...