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05 abril 2016

Palacio Imperial, Ginza, cafés de criadas, orejas de conejita (J19)

Tokio (05.04.16)

Cuando me desperté, la limpiadora y el novio trajeado del portátil abierto ya no estaban allí.


Había sido un sueño? Imágenes de la extraña pareja aireando cojines y rellenando fundas y decorando edredones precisamente en aquella estancia. El espejo gigante (que en realidad es un enorme armario empotrado enfrente de las camas) me devuelve una imagen donde no están ellos: solo yo con el antifaz en la frente y el pelo alborotado.


Tras la oscura extraña entrada en el apartamento de Akihabara, nos despertamos en una luminosa mañana tokiota. Toda una pared es una terraza, pero está llena de cajas de aires acondicionados y demás, no parece que haya "cultura de la terraza" aquí (vs. otras ciudades donde en un par de baldosas ya ponen una sillita con su mesa y maceta de lavanda). Tras desayunar salimos a horas intempestivas (mediodía) hacia el Palacio Imperial.


Se trata de una de esas visitas "magnificient" (según la Di grumpy) a las que van turistas: esto ya se intuye en el metro que va hacia allá, en concreto en la boca nos topamos con un grupo de catalanes que van con guía. Turistear por lugares magnificient con guía se me antoja lo más parecido a trabajar que hay, o incluso peor en esas partes disfrutables de algunos trabajos. En fin, si digo una vez más lo de la sakura, lo bonitos que estaban los cerezos en flor, alguien gritará y se quitará de divagante, así que lo ahorro. Afortunadamente no recuerdo demasiado de esta visita (ya ha pasado un mes), salvo pasear alrededor de un foso donde había cisnes, con una muralla de piedras encajadas impresionante, de cuya parte superior salían todo tipo de árboles, preferentemente abetos y cerezos (lo habéis adivinado, en flor). Ah y la explanada de gravilla donde Mini y su padre jugaban a "it" (pillar). Al fondo había grandes rascacielos cuboides (Mini está aprendiendo las figuras 3D) en hilera que me recordaba a Central Park (la gravilla sustituye al césped). Luego entramos en las dependencias del Palacio, que incluye un pequeño museo y enormes praderas y, en serio, mucha sakura.


Salir de allí cuesta lo suyo, es tan enorme que llegar hasta las calles de los rascacielos no es un paseíto sin más. Al entrar en zona-calles vemos a una modelo con todo su equipo de fotografía: para eso no solo hay que ser, hay que valer. Está enfrente de una tienda de Issey Miyaki con una bici y saludando falsamente a alguien lejano. Nos metemos en un gran almacén de la tecnología o lo que sea y compramos un adaptador (a buenas horas, hemos tirado con uno para los múltiples aparatos todo el viaje, cambiándolos a mitad de noche). A la salida, comemos en un lugar cerca de la estación: unas bolas blancas que llevan dentro algo de carne picada-lo blanco no lo sabría describir, una especie de pasta.


Caminamos hacia el centro de Ginza, que es el barrio así llamado "exclusivo", con todas las tiendas, el glamour y el poderío que uno asocia con Nueva York, LA.. y creo que ya. Londinium no tiene un equivalente a Ginza o a la Quinta Avenida: he contado en algún punto de esta serie que Londinium da la sensación de un pueblito al lado de Tokio? Entramos en una especie de centro comercial llamado "Tokyu Plaza Ginza" de lo más futurista, aunque los seguratas (no sé cómo llamarlos, son los que te dan reverencias, van vestidos como si fueran mecánicos: este país me fascina). Subimos hasta su tejado, donde hay un restaurante y un bar, y un jardín vertical, y el arbolito con sakura. Las vistas son la pasada. Al lado del restaurante hay una piscina alargada que no cubre, de decoración (debe dar paz). Sillas y mesas de madera, y esta terraza ya tenía todos los puntos para gustarme por su nombre: Kiriko Terrace. Kiriko! El gallo Kiriko!: ese ser mítico de mi infancia.


A ver, para gustarme por lo de mítico, pero reconozcamos que el Gallo Kiriko es un ente negativo. Muy negativo y mucho negativo. Incluso negatifo. Cuando era pequeña, no sé bien si la Yaya o mi madre, o las dos, un día invocaron al Gallo Kiriko, con el método altamente pedagógico de "si no comes esto, vendrá el Gallo Kiriko y te picará". Lo sé, divagantes: pero es demasiado tarde para llamar a Servicios Sociales, esas mujeres quedaron impunes, y aún hay gente que me pregunta si mi aversión por los pájaros viene de a peli de Hitchcock, cuando solo está el Gallo Kiriko para culpar. Y una imagen antes de terminar este párrafo-flashback: en los primeros años, tengo el recuerdo de la Yaya dándonos de comer en las escaleras que bajaban al jardín (luego vino Fashion que tenía que dar una vuelta al jardín con su tequeleta entre bocado y bocado: mala comedora). Y por Tutatis que tengo la memoria del Gallo Kiriko, con las plumas de su cola todas de colores y bien erguidas, paseándose por el tejado del cobertizo del fondo del jardín. Con estos ojitos.

En fin, que salimos de la terraza Kiriko y seguimos paseando por Ginza donde hay tiendas de dulces preciosistas, cruces con pasos de cebra transversales (como vimos en Shibuya o en Oxford Circus), tiendas que son edificios de marcas que nunca podremos comprarnos: cubos blancos, o de cuadros, o lo que sea, vendiendo pretendido lujo para unos pocos: la globalización debe ser eso, a todos los ricos les gusta lo mismo. Derrengados paramos en un Starbucks: la parte de arriba es enorme pero está petada. Conseguimos una mesa alta (por qué? pongan todo sofás y déjense de mesas de pájaros: eso solo sería aceptable en la Terraza Kiriko), y a nuestro lado hay un David G (uno que dibuja en un cuaderno, encontrando en el grupo su inspiración). No hay que perderse a la salida uno de los teatros clásicos famosos, pero al llegar ya están cerrando. Y es que ha caído la noche.


Ginza se vuelve aún más Blade Runner, y Londinium aún más una capital de provincias (Vetusta ni entro) de noche, cuando se encienden las luces y es como una perpetua navidad. Paseamos por las calles, y nos encontramos con un edificio de madera, como retorcido, muy chulo. Pese a la cantidad de rascacielos, no me he encontrado con arquitectura moderna de la de ohhh-ahhh, pero este podría ser un ejemplo. Sin embargo, un colega que ha estado afirmó que ha visto arquitectura de impresión y que la gente envejece muy bien: empiezo a sospechar que hemos visitado distinto país.


Terminamos en una de esas tiendas de juguetes que hacen las delicias de Mini. Plantas y más plantas temáticas: hay una con animales de peluches tan logrados que está, si no el Gallo Kiriko, sí una prima gallina muy lograda. Mini me persigue con ella y parece estar pasando un buen rato. Rata. Hay unos sellos (recordemos, Japón y sus sellos), con nombres de fama mundial. Por supuesto Mini y Peda no están, pero encuentran Di, que astutamente guardan para mi cumpleaños. Así que ahora puedo ya tatuar a sello mis libros, en japo. La última planta tiene un excalestric gigantesco: por un módico precio te alquilan un coche y puedes competir con... tres señores de unos 55 trajeados, alguno hasta con máscara. Alguien recuerda a Sigue y Take, los ejecutivos borrachos de Fukukoa? Bien, pues hay algunos que se vienen a competir con niñas de 7 años al excalestric al final de una dura jornada laboral.


Sobre las 8 pm y agotados nos vamos hacia Akihabara, nuestro barrio, que aparte de por las tiendas de tecnología es famoso por los "Maids cafés". Quienes son las "maids"? Japón y sus múltiples tribus, de las que ya hemos hablado (Lolitas, romantic, etc) ha generado a estas "maids", que son unas chicas que aspiran a ir vestidas de criadas antiguas, aquellas que iban de negro con el delantal , la cofia, y los ribetes de puntillas, todo blanco. Yo creo que en alguna casa impresentable del barrio de Salamanca aún deben existir. En Akihabara el disfraz está adaptado a gustos del raruno moderno: la falda es muy corta y con canesú, llevan calcetines largos hasta por encima de las rodillas y en la cabeza... lucen unas orejitas de conejita. Sí, como suena. El caso es que llegamos al barrio y decidimos meternos en uno de estos cafés, más que nada por mi espíritu routier y dedicación vital a este blog. Hay que pagar una cantidad por hora (no demasiado) y te puedes tomar lo que quieras, pero algo ha de ser y, aunque ofertan desde cerdo rebozado hasta ramen, la mayor parte de la gente toma una copa de helado o un pancake.



Pero antes de eso: hay una maid en la calle captando al personal, te sube en un ascensor, y ya sales en un cuarto no muy grande, donde hay sitio como para 20-30 personas máximo. Hay una bola de discoteque, un mini-escenario y un bar. La fauna es clara: turistas que se miran unos a otros alucinados, y un par o tres de tíos solos en sus mesas, mirando, muy serios, todos con sus orejitas de conejo. Porque las maids son todo monería e infantilismo, hablan con voz de pito, y te dan las orejas según entras. Una vez allí, o te metes en su enloquecido ambiente, o apaga y vámonos. Cuando te traen el helado hay que decir con ellas "cute-cute-delicious!" (mono mono delicioso!) y hacer la forma del corazón palpitante con tus manitas. Ellas te decoran el helado o pancake con más sirope ultradulce y tú permaneces en estado de perpetua perplejidad, especialmente enfocada en los dos o tres fulanos que se han ido allí solos a disfrutar del espectáculo. A ver, venimos de un antro donde ejecutivos juegan al excalestric con máscaras: nada nos debería extrañar. En un punto sale una de ellas al escenario y baila una canción increíblemente moñas (podría ser las que canta Micky Mouse en la cabalgata de Disney-watch this space), así como dando saltitos y moviendo los puños cerrados alrededor de la cabeza. Todos aplaudimos con nuestras orejitas y la que está verdaderamente en su salsa es Mini (junto con los 2-3 rarunos). Nos hacemos una foto con la maid que, en un punto a media conversación se le olvida poner el falsete y le sale una voz como de Manolo, pero vuelve sin dificultad al falsete cuando ve que las orejitas de Mini se empinan, como haría un buen perrito confundido.


A la hora de reloj somos escupidos a la noche de luz y sonido que es, no las galas de verano de Tele5, sino Akihabara. Y las noches se me mezclan ya en una y no recuerdo si esta es aquella en que decidimos poner freno a la bollería industrial de desayuno, y compramos para hacer tostadas. Y si es la del comprometido incidente en el Starbucks local: de eso mejor no quiero acordarme....

04 abril 2016

Vuelta a Tokio. Campania adopción de esos limpiadores (J18)

04.04.16-Tokyo

Nos despertamos en la habitación-cama del hotel Excel, donde nos tomamos nuestros tés. A la salida, en el masivo hall (compensan por lo que falta en las habitaciones) logramos imprimir las entradas de Disney porque... sí, como lo habéis leído, nuestros últimos cuatro días en Tokyo incluye uno en el parque.


Volvemos de paseo hacia la estación de Hakata, ya nuestra segunda casa. El río de Fukuoka está espectacular, con todo el sakura estallando y los tulipanes a los lados. En Hakata nos dividimos en dos grupos logísticos: uno, liderado por el Peda, se va a Starbucks a coger tés para llevar y dos, liderado por Mini (ehem, por mí) que nos hacemos con unas pinzas y una bandeja y seleccionamos lo que va a ser nuestra (saludable) alimentación para el día de viaje en tren que nos espera. Nos hacemos con una variedad entre salado y dulce: una bomba en todo caso.


Es el viaje de tren más largo que vamos a hacer, y estamos insalivando: lectura, blog, más lectura, mirar por la ventana, tal vez interaccionar con algún pasajero, explorar... Cuando planeamos el viaje sopesamos volar, pero al final optamos por darnos "la paliza" (el gusto) de ir en Shinkansen, aunque perdiéramos gran parte del día. Fue un acierto porque, como siempre, no se hizo nada largo: a las 12:08 partíamos hacia Shin-Osaka (2 horas y media), donde teníamos 30 minutos para cambiar de tren, y luego otras tres horas hasta Tokio, donde llegamos a las 18:30. Volando, metafóricamente. No nos dió tiempo para hacer todo lo que queríamos (o no estaría yo escribiendo esto un mes más tarde), pero sí para comernos toda la bollería industrial que traíamos de Hakata.

Estación de Tokio, y es plena hora punta: cambiar de trenes y hoy se nos acaba también el Japan Rail Pass, con el que hemos viajado dos semanas. Como Tokio está surcada por trenes (además de por metro), si viajas en el sistema trenes puedes aún usar el Rail Pass, que es lo que hacemos, y en tren llegamos hasta nuestro nuevo barrio: Akihabara.


Para las últimas cinco noches en Tokio decidimos "splash out", lo que viene siendo en castellano soltarnos el pelo. Los alojamientos que habíamos usado estaban, el divagante que ha leído lo sabe, basntante bien, pero este tenía ese extra chic.... más que nada porque había poca cosa para esos días, y lo más barato daba bastante pena. Nuestro alojador (airbnb) nos contactó un día a mitad de viaje diciendo que había tenido un porblema con los inquilinos del piso que ibamos alquilar (en otra zona, Roppongi Hills) y que no podríamos usarlo. Pánico. Pero que tenía otros dos pisos y que ya nos diría. Por fin un día nos escribió para ver si nos importaba esta otra zona y no, venga, casi pilla mejor porque está más al noroeste, más de camino hacia el aerpuerto de Narita.

Akihabara es la zona de la tecnología (si es que eso se puede decir de Tokio, donde todos los múltiples "centros", articulados alrededor de estaciones de tren/metro, son todos flash y fosforito) , donde hay muchas tiendas de ídem. Al llegar a la estación, nos encontramos con la ciudad que nunca duerme de nuevo. Konnichiwa Tokio.


Seguimos las instrucciones, y a 5 minutos, dejando el bullicio de los restaurantes en la calle de la estación, encontramos por fin nuestro edificio. Pinta bien, moderno, y en el buzón, tras meter el código, encontramos la llave. Estamos en el piso 8, y al entrar: WOW, qué chulada de piso. Grande, para los estándarares jaoneses, con todo decorado a la última, espejos, cojines... lujo asiático. Aún estábamos ohhh, ahhh, mira esto, cuando descubrimos dos camas sin hacer (una en un cuartito pequenio y una d elas dos grandes que están en el salón: hay un curioso sistema de puertas correderas que separan estancias, y auqnue parezca raro un salón con camas, en Japón esto no llama ya la atención). Vamos al banio y hay una toalla usada, y entonces nos damos cuenta que no han limpiado el piso. Parece una tontería, ahora mirado así de lejos, pero en ese momento nos da un medio bajón: es una sensación rara, como de estar entrando en la intimidad de alguien. No sé, extranio.


Como hay wifi portátil ya puedo contactar inmediatamente al duenio, que se muestra muy disgustado y que culpa a la compania de limpieza. Al poco rato aparece una chica que tiene, la pobre, la sumisión y la reverencia japonesa elevada a la enésima potencia en lo espeso de la sangre, y se disculpa muy sonriente ad nauseaum. Es imposible enfadarse con ella, quién sabe quién no ha mandado a quién a limpiar, o incluso si se ha liado ella misma. Nos vamos dejándola alli, con la llave, craso error.


Nos vamos a cenar, mientras tanto a un "Co Co Curry": se trata de una cadena de restaurantes indios que según el Peda recomienda la guía, claro que otro día acabamos en un "Go Go Curry", a saber cual es la orginal. Aquí dan un cerdo rebozado con arroz y salsa curry. Son las 23:00, el sitio está a rebosar e incluso a Mini le gusta el curry. Todo muy rico y, tras pasar por el Seven Eleven a por leche para el desayuno, volvemos al piso, que esperamos esté ya limpio.


Al llegar imaginamos que ya ha terminado pero... oh destino! No hay llave en el buzón. Llamamos y nadie abre. Cómo, por Tutatis, hemos sido tan bobos de dejarle las llaves a esa chica sonriente reverenciante que seguro tiene la cabeza de chorlito? Pensamos lo peor: se la ha llevado con ella, vive en unas afueras muy lejanas, y nosotros allí, con una ninia a medianoche en Tokio. Llega un vecino y nos colamos con él dentro del edificio: el vecino no hace preguntas. Nos sentamos en las escaleras y escribo al duenio, que debe estar llorando en su casa cuando el móvil de hace ping con emails míos.


Que enseguida me llama. Que la chica está en la lavandería. Que (reverencia por teléfono), siente mucho que se haya llevado la llave. Que va a cambiar de compania de limpieza. Esperamos un rato más y por fin aparece la chica, cargada de bultos, y con un tipo. Se trata de un japonés trajeado, con un portátil abierto, y que hace aún más reverencias que ella. Los dos parecen movidos por un motor: y venga a hacer reverencias y lo sienten, y él con el portátil y todo en las manos revenrenciando. No nos echamos a reir porque sería rudo, pero son una pareja cómica: hiperactivos, y hablan a la vez algo como si fuera "mi mi mi mi mi", y sonrisa, y reverencia... y en estas que se ponen a cambiar las sábanas (que traían de la lavandería), y a terminar de arreglarlo todo, y los miramos así como con la cabecita ladeada y mi conclusión es que son super-sweet. Entre pitos y flautas, nos dormimos a las 2 am.


Mi siguiente pling para el duenio es un email en el que insisto en que no cambie de compania: esta gente han hecho un trabajo de limpieza espectacular, pobrecitos, no los eche. El duenio debe pensar qué mocas les ha picado, pero solo dice que gracias, pero insiste que un "representante de la compania" vendrá personalmente a ofrecer sus disculpas. No hace falta, en serio: pero estamos en Japón.

03 abril 2016

Se nos acaba Kyushu (Fukukoa J17)

Este parón está siendo mortal: hace ya casi tres semanas que volvimos de Japón, y me parece todo un sueño. Han sido semanas de órdago en el trabajo, y en la vida, y en el trabajo que ha salpicado la vida y las cosas diarias de las que suelo divagar y que se me acumulan (Shakespeare y Suffolk, The Dubliners y paellas, bobbies en casa y bricolaje, cumpleanios y cumpleanios). Total que miro las fotos de este día para refrescar mi cabeza, y el diario del Peda, y temo que los divagues no me vayan a quedar como antes: veremos.

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03.04.16: Fukuoka
Nos despertamos en el bosque y desayunamos por todo lo alto junto a la estufa. Hoy volvemos a Fukuoka, se nos acaba Kyushu. Para cerrar el círculo, pensábamos volver en otro de esos trenes míticos de Kyushu, el Yufuin No Mori Limited Express (me encanta esto último, me suena a peli en blanco y negro), que une el pueblo de onsens Yufuin con Fukukoa via una zona de paisaje impresionante. Como siempre, el bus de Kurokawa Onsen salía a una hora incompatible con coger este tren, así que asumimos que viajaríamos en otro, pero Shinó y Junya dijeron que "iban a ir a Yufuin de todas formas a pasar el domingo y hacer compras", y nos llevaban. La amabilidad de esta gente es increíble: da que pensar cómo están dispuestos a dar su tiempo de esa manera, comparado con el frenesí de Londinium donde todos corremos y para quedar con amigos hay que arreglarlo con dos semanas vista. Esta gente ha pasado tiempo con nosotros simplemente porque deben valorar
conocer gente de lejos, y son generosos y ayudar es algo que se hace porque sí. Con estas reflexiones nos metimos todos en su monovolumen (4 adultos, 4 ninios) y, a través de las montañas de la zona nos dejaron en la estación de Yufuin. Como no quisieron aceptar ningún yen ni siquiera por gasolina, Mini les hizo un dibujo y escondimos dinero entre los papeles, dándoselo cuando nos separamos. Ellos tenían regalos para nosotros: un pequenio trapo con famoso grabado de guerrero japonés, un abanico, y un espejito típico. Nosotros, evidentemente, no teníamos regalos para ellos, pero yo me fui decidida a mandarles una de esas cosas horribles que le compran en "Crest of Londinium" ("El mañico" londinense), por ejemplo un marco de fotos con el Big Ben o el Tower Bridge en un lado, con la foto de grupo... Claro que para ello tendré que asegurarme que Junya me dé una dirección postal: recordemos que aquí nunca nadie sabe donde está nada, así que dudo que correos y telégrafos sepa adjudicar una dirección a un cartero, y que este sepa a su vez encontrar la casa del bosque. Sobre su casa de Kumamoto, no sé que pensar: en las fotos que envió se la ve inclinada tras el terremoto, si es que es esa su casa. Con ellos estamos permanentemente "Lost in translation".


En Yufuin tenemos una media hora para tomarnos algo con unos rollos típicos japoneses: de chocolate, crema, y el tercero es verde: de té verde, claro. Es el peor, entre nosotros. Tambien asaltamos Lawsons (son como los Seven-Eleven, "tiendas de conveniencia" que decimos en UK) para un viaje insaludable (bollería, patatas fritas) en el tren verde que recuerda a una peli antigua.

El viaje es bonito, el tren también. Se pasan ríos de montania con grandes pedruscos y demás parajes idílicos. El Peda y Mini se van al vagón buffett (gran highlight, a juzgar por la fila) y vuelven con cerveza y chips. Dos horas. Cuando llegamos a Hakata (la estación de Fukuoka), sorpresa: no llueve.

Caminamos al hotel. El Peda ha anunciado a bombo y platillo que esta vez no vamos a "boutique hotel" (recordemos el de die-hard mochileros), sino a uno de postín. esto, conociendo a los Pedalistas hay que tomarlo siempre con precaución: con lo que estamos dispuestos a pagar por noche, no van a atar los perros con longanizas (a saber cual sera el equivalente cultural japonés de esta frase). El hotel se llama Excel y está frente al río, que es muy bonito porque hay sakura a rebosar (creo que es la mayor sakura que hemos visto hasta hoy en un ciudad en Japón) y porque hay miles de tulipanes de colores en las orillas. Muy fotogénico. Pero esto lo descubrimos en el paseo de después, porque vamos por unas calles en principio más directas y pasamos por un par con tiendas de cacharrería "Adult". Cerca del hotel, y ya en el río, hay unos establecimientos con nombres tipo "gachinko-doll.com", y aclaran: "sensuality space". En el pasillo de la puerta hay un burro de tienda con disfraces de criada antigua (negro, delantal y ribetes blancos) pero el hombre de la puerta me mira mal cuando intento fotografiar. Ahora me acabo de meter en su web, y tampoco invita a entrar. Mare mía con los espacios de la sensualidad...

Efectivamente, el hotel es una mole muy impresionante (de esos con un hall de wow), y está bien, pero la habitación es minúscula: prácticamente es una cama gigante que ocupa toda la estancia. Oh no, dormir con Mini, que corre la maratón en suenios. Nos sorteamos la mala suerte de quién dormirá en el centro, porque Mini, que se postula, claro, va a ser que no (para que se pierdan dos casas, que se pierda una/para que no duerman dos, que no duerma uno). Va a ser que me toca a mí.

Pero aún falta para eso, mientras tanto, nos duchamos, tomamos un té, admiramos las vistas desde la planta.. no sé, 11? Y cuando bajamos a pasear por Fukuoka, el mundo vuelve a estar en su lugar: llueve. El hotel presta los famosos paraguas transparentes, y sí, hoy va a ser el día que nos podamos hacer fotos "Singing in the rain" con los almendros en flor enloquecidos, los tulipanes, y el río. Pasamos por un edificio bonito, que tiene un jardín vertical que más bien parece un principio de jungla vertical, y mucho mejor que aquellos que son simplemente de mirar: este parece interactivo, con terrazas. Intentamos acceder, subiendo en un ascensor que da a pasillos de oficinas, y preguntado a unas senioras de información, que indican cerrado y que quieren saber de dónde venimos, para sus estadísticas. Siempre digo "Spain", y Mini se apresura a decir que ella es british, y que pese a ello "no es adoptada", para explicar la diferencia.


De paseo por el centro de Fukuoka, calles modernas de tiendas, nos encontramos con un Big Echo, un ejemplar de la gran cadena del karaoke japonés, que hemos visto mil veces pero que nunca ha sido el momento adecuado de entrar. Pero ahora aún falta un rato para cenar, así que nos metemos una hora. Nos dan una habitación en la primera planta, y al principio tenemos algunos problemas para aprender a programarlo. Primero hay que encontrar la versión en inglés, y luego intentar no emocionarse poniendo canciones en la lista de espera porque no sabemos borrarlas. Alternamos Mini-DJ y sus padres-DJ: Taylor Swift, Katie Perry, One Direction, Megan Trainor, del lado Mini. Como está el Peda a cargo de la aportación viejuna, y a falta de Barricada y Kortatu, aniade, a lo loco, alguna canción que los expertos del karaoke sabemos son un killer (que una canción te guste no implica que sea apropiada para karaoke como hemos explicado en el divlog hasta la saciedad), por ejemplo "American Pie", que no solo dura casi 9 minutos, sino que tiene sus trozos incantables. Y además, al terminar, comienza otra vez!!! Tenemos que llamar en busca de ayuda: una asistente sube y debe ponderar qué música cantan estos romanos... En otro punto nos volvemos a atascar y he de bajar a recepción, toda soduda (así decía Mini "sudada" hasta hace poco, problemillas del bilinguismo, y la hemos adoptado), porque nadie sube. Qué imagen: el recepcionista está atendiendo a una pareja joven de japoneses que van a pasar una hora cantando tal vez en su primera cita (fantaseo), o es algo que hacen regularmente en sus citas. Un planeta distinto. Ellos deben pensar quién es esta turista cuarentaniera toda soduda e impaciente.


Nuestra sesión, pese a todos los pequenios inconvenientes, es un rotundo éxito: a Mini le encanta (aj, cuántos anios de diversión me esperan de ahora en adelante) y el Peda, que se hace la esfinge (estado basal), pone su mejor cara de rock and roll en las fotos, lo que implica, os lo aseguro: triunfo total. Vagamos por las calles, ahora sí, en busca de cena. Lo típico de Fukuoka, según dice la guía son los yatais, unas camionetas-cocina que deben moverse por la ciudad, y que aparecen por las tardes-noches a la orilla del río, en la zona entre nuestro hotel y una mole de centro comercial llamado "Canal City". Viene a ser lo que en Londinium llaman "pop up", yo lo traduzco como setas que salen con diversos servicios por la ciudad, pero quién sabe cuánto durarán.

Intentamos elegir un yatai, pero el recomendado en la guía se resiste: sus nombres están en japonés, y
uno que nos quiere captar no dice que aquel que buscamos está de vacaciones. Cómo puedes saber si será así. La gente está sentada comiendo entre vapores alrededor de la cocina central, bajo plásticos, y llovizna. El espíritu del viajero intrépido: es uno de los pocos sitios que vemos occidentales en los últimos días, Kyushu es para los turistas de tercera generación (aka Los Pedalistas). Nos sentamos en uno, pero una vez allí, vemos tripas, la especialidad. Tras un nanosegundo nos levantamos: entre los vapores tal vez pasemos desapercibidos.

Acabamos en el "pasillo del ramen" ("lámen", como dicen ellos) de Canal City. Tal como en Kyoto, el centro comercial ultramoderno (oh, los banios eran espectaculares aquí, con la tapa verde lima que

se abría sola cuando entrabas al cubículo, y mil botoncitos) tiene una zona por las últimas plantas, donde los techos se bajan y parece que estás en los, valga la redundancia, bajos fondos. No hay un solo occidental (gran senial) y nos metemos en un sitio donde cenamos lo de casi siempre, muy rico: ramen, gyoza, arroz... tristemente constato que cada vez el ramen me deja más llena, como hinchada de estómago (y eso que Mini se suele comer gran parte de mis fideos, porque aún no se ha atrevido a pedir un ramen para ella sola). He llegado a mi tope de ramen? Mi cuerpo ha dicho vale?


Con el estómago como si saliera de una boda gallega llegamos a la habitación-cama del hotel, donde me tomo un té verde, divago, y me preparo para una noche durmiendo entre alguien que hace break dance en suenios y una mole inamovible en decúbito supino. Deseadme suerte...


02 abril 2016

Pueblos de montaña. Aguas termales. "Hombres casi". Estudio: el pene japonés (Kurokawa Onsen, J16)

02.04.16-Kurokawa Onsen


Abro un ojo, me pregunto dónde estoy. Muevo un poco el edredón, miro el techo: podría ser cualquier sitio. Giro la cabeza y veo una ventana corredera con cuadritos de madera que rompe la lona blanca. Hay otras ventanas iguales detrás de las camas, y más al frente, y al lado del Kotatsu: es una habitación rodeada de ventanas menos en un lado. Estoy en casa de Junya y Shino, cerca de Kurokawa Onsen.


Hace frío cuando salgo del edredón: la estufa de aceite que funcionaba por la noche tiene un termostato y está apagada. Entonces corro una de las ventanas y me encuentro con árboles que se meten en la habitación. Voy a la pared de enfrente y abro la otra, y la otra... estamos en medio de un bosque. Qué ilusión. Alguna vez pasa eso de que te vas a dormir de noche y no has visto dónde te vas a despertar, y cuando la sorpresa es como esta, es genial.

Abro la puerta corredera, me pongo las zapatillas, cierro la puerta corredera. Me giro y abro la siguiente puerta corredera, salgo y la cierro. Estoy en el pasillo de ventanas de listones que descubrí anoche (las de nuestro cuarto tienen cristal, cuando mueves la parte que se corre sobre la otra, estas no), así que doy cuatro zancadas hasta el baño porque hace mucho frío. Antes de entrar, hay que cambiarse las zapatillas de casa por aquellas especiales de baño (como en tantas casas y hoteles japoneses). Es todo curioso y, hoy, maravilloso.

Tomamos un té en la mesa donde ayer pasamos tanto rato, y entonces viene Shino haciendo gestos de volante. Junya se ha ido a trabajar, pese a ser sábado. Es mecánico de coches en Kumamoto. Shinó nos lleva a Kurokawa Onsen, y nos deja en la plazoleta de información, donde nos irá a recoger al final del día, cuando le pongamos un email a Junya.

Kurokawa Onsen es un pueblecito de montaña lleno de onsens (aguas termales). Tiene un río en cuyas orillas han crecido hoteles con onsen y creo que onsens sin hotel (para los que estamos en Junyas, caravanas y lossintecho-Nota: no tomarse esto literal, no he visto caravanas por estas montanias, parecen gente con dos dedos de frente). Según dice eldellibrodejuan, "a los japoneses no les llama irse de vacaciones a la playa: sus hobbies son comer e ir a los onsen". de ahí el éxito de pueblos como Kurokawa.


Para mí pueblo de montaña siempre será sinónimo de exotismo y sentirme muy muy lejos de todo. La razón es clara: toda mi infancia la pasé veraneando en el pueblo de la Yaya en el Pirineo catalán. Hace unos 8 años que no vuelvo por allá, pero la última vez había cambiado mucho: está lleno de torres-segunda residencia de la burguesía barcelonesa, incluso alguna zona en las afueras con terroríficos adosados. Cuando yo era pequeña, estaba el pueblo viejo empedrado que subía por calles estrechas hasta la plaza de la Iglesia, toda con arcos. Una de esas calles era el Carrer de l'Amargura-por lo que costaba subirla con nieve, decía la Yaya-, y al principio está Cal Patanó, la casa de unos familiares que, en tiempos fue una fonda donde se alojó Gustavo Adolfo Bécquer cuando se estaba curando de su tuberculosis en las montañas, y allí, en una mesa de madera larga, me dijeron que escribió "La cruz del diablo". Luego estaba la parte baja, por la ermita de San Roc, que iba a parar al Segre, y por allí había unos chalets impresionantes (fue mi primer contacto con la desigualdad social, supongo).

Nosotros nos alojábamos en Casa Juan. Si lo piensas, era un primitivo Airbnb: Juan era un conco (solterón de unos 50, así los llaman en ese pueblo, donde había muchos y muchas) que vivía solo, y desde hacía muchos años alquilaba la casa a mi familia, pero él venía a dormir. Juan tenía unas botas de agua verdes que le llegaban hasta bien pasadas las rodillas, y su trabajo estaba relacionado con esas botas, algo de acequias, o de río, o de esclusas. Nosotros tomábamos la casa (otra "Casa Tomada") por todo el verano: yo me quedaba con la Yaya y el Yayo, y mis padres subían los fines de semana. El viaje "a la montaña" era siempre épico: costaba muchas horas, y había ciertos rituales, como parar a comer un bocadillo en el Pantano de Oliana, o parar en Els Banys de San Vicenc para que la Yaya diera un trago a las aguas sulfurosas que bajaban por la roca y nos contara que iba allí mucho con su padre en la época de "La montaña mágica" o así. Yo nunca estuve, pero tras meterme en su actual web... me han dado ganas. Luego venía Martinet, para cuando yo ya estaba totalmente mareada y mi padre cabreado como si fuera mi culpa (y no la suya, o la de los hados) y por fin, el puente del Segre, los prados y al fondo, la torre de la iglesia en la cumbre de la montaña donde está Bellver.


Pero divago: todo esto era por lo míticos que me resulta siempre los pueblos de montaña, el ruido de las aguas de sus ríos, la madera de sus casas, los bosques: todo. Así es Kurokawa Onsen y a mí me daba miedo que iba estar lleno de gente y superexplotado. Pero no: ni mucha gente pese a ser sábado y todo en concordancia con lo que debe ser un pueblecito de las montañas que, por una vez, no son el Pirineo ni los Alpes, sino las montanias de una isla volcánica en Japón.


Te puedes sacar un vale por tres onsens, y te hacen un descuento. Decidimos no hacerlo, porque con Mini nunca sabes si va a ser lo suyo. Vamos en busca de una panadería, y vemos que hay negocios cerrados: yo pensaba que en esta época era temporada alta, pero no. Bien. Enfrente de la panadería hay un pequeño templo muy mono, con todos sus aditamentos que ya habréis olvidado (fuentecita donde purificarse, tablitas con deseos, papelitos con más deseos anudados, inciensos). Al otro lado, unas especies de cajones de madera en una elevación, donde vemos que la gente mete la cabeza: resulta que sale vapor del volcán y debe ayudar a abrir los poros.


Nuestro primer onsen es el más recomendado por Junya y Shino: Yamamizuki. Nos subimos en un bus que pasa cada media hora y nos lleva hasta allí, porque está enmedio del bosque, algo separado del pueblo. Es también un ryokan donde la gente se queda: qué será pasar una semana allí haciendo absolutamente nada? (A ver, yo no puedo hacer eso, mi hiperactividad me lo impide, pero por "nada" me refiero bañar, leer, escribir... mmm). Dejamos las cosas en una taquilla y, cómo no, tenemos que comprar una "toalla de modestia". No tenemos: quiero decir, no tiene, el Peda NO tiene. Porque pese a ser el único que se ha traído una toalla de baño todo el camino desde la vieja Europa a Japón, se la ha dejado en casa de Junya. Mini y yo llevamos esos fulares gigantes que a todos nos han traído alguien de Marruecos o Tailandia o Estambul, fulares que tanto sirven para un roto como para un descosido: yo por ejemplo en Japón los he usado de bufanda, de echarpe (recordad, apretaba el frío), de burka, de funda de almohada... bien, pues su siguiente función es la de la "modestia". Porque sí, babies, estos onsens no son como el privado de Gora, estos son públicos y esencialmente estás en pelotas con otra gente. Los Yamamizuki son segregados, así que nos despedimos del Peda, y Mini y yo nos vamos por nuestro lado.

Avanzamos por una caminito hasta una caseta donde dejas tu ropa en unas cestas y enfrente ya tienes el lago donde hay unas 4-5 mujeres. Es precioso, tiene piedras enormes a su alrededor, cae un chorrito de agua del volcán (a esa zona, mejor no acercarse, estamos hablando de 80 grados) y de fondo tienes el río con ese sonido maravilloso, y los árboles y seguro que algún pájaro que haría las delicias de cualquiera menos yo. Mini cuando llegamos freaks out y dice que "no le apetece". Como la conozco como si la hubiera parido (y fue cesárea) le digo que no se preocupe por lo de estar en bolas: es totalmente natural, nadie nos va a mirar y esas cosas. Se anima.

Como en todo onsen, hay que ducharse exhaustivamente antes de meterte al agua. Las duchas están en otra casita al lado del río a la que se accede por un sendero. Mini y yo vamos medio dando saltitos (no se le puede llamar correr), cubiertas con nuestros fulares. En la casita de la ducha hay dos onsens más interiores: se trata de dos piscinas con vistas al río, con su cascada, todo muy bucólico. Hay un grupo de amigas en una de ellas y con Mini nos vamos a la vacía. meto un pie y... arghhh! Quema! Siempre digo que a mis pies les cuesta adaptarse, pero probamos varias veces y no hay manera: soy San Lorenzo. Entonces las chicas de al lado se van y Mini y yo pasamos a esta y es otra cosa. Aquí se puede estar. Pasamos un rato allí, una maravilla.

Por fin salimos a la exterior, estamos solas. No se puede hacer fotos del lugar, y es una pena porque se me acabará olvidando. Estamos un montón de rato. Mini sale y juega con esas gomas que no borran, pero que se pueden hacer combinaciones reposteras (poner la fresa en el pancake en lugar de la tarta, y suma y sigue). Yo soy la compradora, cuando me rescata del trance. Como estamos solas, hay una rato que estoy medio flotando en horizontal: ya no se siente el fresquito de fuera. Pese a no hacer mucho sol y estar en zona boscosa, a la noche me doy cuenta que podría haberme quemado: paradojas! Mini por supuesto pierde una bola de helado de su set entre dos pedruscos de aquellos. Intentamos sacarlo con unos palos improvisados, pero no. Por fin viene una mujer de unos 60 que la ayuda. Todo el mundo en este onsen, y de hecho en Kurokawa onsen son japoneses: no vemos ni un solo occidental.

Del onsen sales como flotando, muy relajada. Hemos quedado con el Peda que ha estado las casi dos horas solo, y cambiamos impresiones. Volvemos al pueblo en el shuttle y decidimos que el siguiente va a ser mixto. Pasamos por una tienda a comprar bebidas y snacks japoneses (vienen en bolsas como patatas fritas, pero a saber qué son). Nos sentamos en un camino para comerlo, al lado de una casa con campo y tractor, de fondo la montaña con todos los mismos arboles paralelos con tronco fino y muy altos.

Vamos a nuestro segundo onsen: tenemos una guía con las distintas características, y las recomendaciones de nuestros alojadores. Vamos a Yamabiko Ryokan, porque dicen que es mixto. Una vez que hemos pagado nos indican como pasar separados y es que lo han cambiado y son segregados. Les digo que el Peda "se aburre" solo, y como son tan amables, con una sonrisa nos devuelven el dinero y con los bártulos a otro sitio.

Hay otros que están cuevas, al lado del río en el centro, pero entro un momento y son demasiado pequeños, y con bastante gente entre el vapor (no entiendo el que pudiera entrar uno como pedro pro su casa en estos onsens, no sé si traspasé alguna entrada; solo se que me dio pudor el estar vestida con los otros desnudos, es intrusivo). Así que al final vamos a Ikoi Ryokan.

La impresión que me da este onsen fue muy distinta a la del anterior, en el bosque, donde todo era fuera. Aquí estás dentro de un hotel que se siente como un teatro de geishas, con múltiples pasillos y escaleras y puertas y escondrijos: casi un laberinto de madera. Al entrar están los típicos onsen-tamago (huevos duros en una fuente de agua del onsen) y en recepción me aseguro que los baños son mixtos. La recepcionista me mira con un brillo de terror en sus ojos, y añade: sí, "mixed, men almost". Y repite: "mixed, men almost": "mixtos, hombre casi" (se traduciría), yo ya entiendo que en los mixtos son "casi todo hombres". Aún así, qué narices: somos una familia, y esta gente no me va a ver en su vida más. No soy particularmente exhibicionista (a ver, tienes un blog, cacarearán los divagantes-me refiero a tema físico, cansinos) y no elegiría ir a una playa nudista. Pero si una playa maravillosa fuera solo nudista, me quitaría el bikini como la más hippie del cámping. O sea: porque no se aburra el Peda, lo damos todo!

Dejamos todo en taquillas y nos vamos al principio a la parte de solo-chicas, que está arriba. Hay un primer onsen bastante profundo (ninguno te cubre demasiado, pero este llega al pecho) que tiene un tronco de bambú atado a unas cuerdas, y te puedes abrazar y columpiarte. Bajando por unas escaleras llegas a otro más grande, con cascaditas. Estamos solas. En el columpio hemos estado con 3 chicas sonrientes. Llega el momento de ir a buscar al Peda, de pasar por fin a la zona mixta. Nos ponemos de nuevo nuestros "fulares modestia" (que a estas alturas están no mojados, sino lo siguiente) y nos lanzamos a buscarle. Seguimos por un pasillo y acabamos en unas escaleras: sabemos que hemos de ir para abajo pero, oh destino: clicks y clacks típicos de una cocina. Atrás Mini! Recordemos que vamos ambas en bolas, con la fiesta de los fulares mojados encima. Volvemos al pasillo y nueva comedia de enredo, es por aquí, no por allá, unas nuevas escaleras, bajamos de puntillas y nos encontramos de bruces con... la recepción.

A la pobre mujer aterrorizada del "almost men" casi le da un yuyu cuando nos ve por el medio de recepción, mientras intentaba realizar su trabajo con clientes normales. Sale atoda prisa y se nos lleva por otro pasillo, con el gesto aquel del brazo (a lo Lina Morgan: "gracias por venir") y nos deposita en la puerta de los baños "almost men". Menos mal que son una cultura inexpresiva: esta mujer en Italia directamente nos da con el rodillo.
 
Abrimos las correderas. Zona de zapatillas. Cerramos las correderas. Nuevas correderas, sección cestas donde han dejado la ropa. Cerramos las correderas. Abrimos las últimas correderas que esperamos lleven ya al onsen-almost-men y al Peda. Salimos por las correderas, cerramos las correderas. Miramos.

No hay ni una tía. Hay varios tíos en pelotas, incluyendo el Peda, que se estaba saliendo del agua, ya aburrido (no le dije yo a la recepcionista que si no se aburre?).

Es una estancia bastante grande: al fondo hay una cascada y cubre muy poco. De allí nace como un riachuelo que termina en una piscina bonita más grande con un chorro-cascada que cae el centro. Dejamos nuestros fulares en al orilla, y nos metemos.

Allí en el agua recuerdo a Fashion, que me contó cómo las japonesas "alucinaban pepinillos cuado vieron mis tetas" cuando estuvo ella en un onsen. Básicamente, las japonesas no tienen tetas de las que hablar, así que cualquier cosa les parecerá algo. Sobre mi pequeña investigación, aportaré a la comunidad científica de divagantes que los japoneses (o tal vez solo los míos) no andaban muy allá en tema pene (me disculparéis, yo también querría poner "polla", pero me lee mi suegra). Es más, yo diría que andaban outliers, muy muy a la izquierda de la campana de Gauss. En esa estaba cuando uno se nos aproxima y empieza a hacer conversación: que de dónde somos, que porqué Kyushu... él era norteamericano (aunque oriental). Mi teoría de que los americanos son muy amistosos (recordad cómo nos hablaban en los Starbucks en los USA) se confirma hasta en un onsen en bolas. Oh, olvidaba que también había en un lateral sauna (tengo muy poco aguante, ni entré), otro onsen más pequenio y plunge (de agua fría). No sé si tiene paramedics, pero sugiero que los necesitan.
 
De nuevo salimos tan flotando que así deben ser las drogas. Nos cruzamos con una familia, todos vestidos con las yukatas de onsen, incluso una baby de como 2 anios. Enternecedor. Pero no hay tiempo de poesías: tenemos hambre. Y como suele suceder, no hay donde cenar. "Abren a las 8" o "tienen que reservar" o están directamente cerrados. Acabamos en uno que tiene habitaciones individuales con una especie de grills donde te cocinas tú la carne. Exacto: justo lo que necesitas cuando estás que ya directamente te merendarías a la (tierna, ponderas) niña de la yukata. Pero sobrevivimos, y vamos pidiendo más y más carne: la ternera, que no será de Kobe pero lo parece está buenísima. El Peda nos cuenta que les dan cerveza a las (sortudas) vacas. Yo les cuento que el secreto son las líneas de grasita que la recorren, como en el jabugo. Y entretanto, ya hemos maileado a Junya. y cuando subimos por las calles empinadas a Información, al poco ya llega Shinó con los niños.

Pasamos por una tienda en la gasolinera para comprar pan y cosas para el desayuno.... yo estoy ya fantaseando con la velada, porque me veo en aquella mesa, con aquella estufa, tomando tés, comiendo galletas y divagando...

Y eso es lo que hacemos. Y unas fotos con todos cuando llega Junya. Y por fin nos vamos a dormir, esta vez sí, sabiendo que estamos enmedio de un bosque...

01 abril 2016

Kumamoto-jo, Aso Boy! al volcán, niebla, gente genial. Dos semanas después: terremoto y tristeza (J15, Junya's)

Nota importante: Estaba a mitad de este divague (iba retrasada cronológicamente unos 3-4 días cuando estábamos en Japón, pero al volver a Londinium se rompió la rutina y tuve que dejar de escribir durante casi una semana) cuando llegaron las noticias del terremoto primero, el menor, que había ocurrido en Japón, en concreto en la isla de Kyushu, y más específicamente en la Prefectura de Kumamoto. Qué terrible coincidencia: el divague que tenía a medias es justamente el del primer día que pasamos en esta zona. Parece un sueño que estuvieramos justamente allí exactamente dos semanas antes del terremoto. Este divague mezclará, en contraposición con los otros, las aventuras de ese día con lo que está pasando hoy en la parte de Japón que más disfruté, la isla de Kyushu. Tengo el corazón encogido.

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01.04.16-Kumamoto, Aso, Kurokawa
 Al parecer hubo jaleo por la noche en el "Boutique Hotel": ya tenía yo la sensación de que era un lugar para viejos (die hard) mochileros que no se meten en albergues más, pero aún nostálgicos. Yo no me enteré de nada porque esta noche estaba semi-KO y me sumergí bajo mi manta y la de Mini (Doña Kalores). Por la mañana, la ducha fue excelsa (como muchas aquí, con grados digitales en la pared y esa parafernalia), con gran presión.

Teníamos una sopresa para Mini, que no le desvelamos hasta bien pasada la mañana. El Aso Boy! es uno de esos trenes geniales de la isla de Kyushu (donde ya dice la guía que si Japón y trenes en de volverse loco, Kyushu es un paso más), que está ambientado para niños. Todo su diseño es superchulo, los tapizados muy funkies, hay un vagón con una piscina de esas de bolas para que los enanos jueguen, una mini-biblioteca, un vagón con sillones futurísticos blancos y demás. Hay dos trenes al día, que salen de Kumamoto y que terminan en Miyaji, uno pronto por la mañana y el de las 13:50. Para el de la mañana ya no había plazas y en el de la tarde no llegabamos a tiempo de coger el bus conexión a Kurokawa Onsen, donde íbamos a dormir. Se me ocurrió comentárselo a Junya, el dueño del siguiente airbnb y me dijo que no nos preocupáramos, que él nos vendría a buscar a Aso. Nos hizo mucha ilu, y ya me empecé a plantear qué amable era el tal Junya, sin imaginar lo que iba a ser.


Pero aún estamos en Fukukoa donde llovizna (o no sería Fukukoa) y nos despedimos del "hombre que nos introdujo a Nenes". Decidimos caminar a la estación, que no esta a más de 20 minutos, y recordemos que los taxistas tampoco saben direcciones aquí. La calle del Boutique Hotel es genial: estrecha y llena de tiendas tradicionales, eminentemente pescaderías hasta con peceras grandes con bichos vivos. Fruterías, sakura, alguna otra tienda... antes de terminar en una de las calles grandes que desembocan en la estación, donde volvemos a hacer fila para cambiar los billetes y reservar en el Aso Boy! (ahora que Junya nos ha dado el OK), todo esto sin que se entere Mini, que por cierto, está bastante grumpy porque no había habido billetes el día anterior. Hay una panadería danesa (Trandor, que yo leo Trainor, y me recuerda a una de los mitos musicales de Mini) enfrente de la fila, y cogemos algo de material para acabar desayunando en el Starbucks, en una mesa enorme. Alrededor nuestra la gente teclea en sus ordenadores, o miran su móvil. Una familia extrania se sienta en la mesa. Es hora de coger el shinkansen a Kumamoto. Ahora que ya puedo, unas fotos para ilustrar lo que es el mundo shinkansen del que tanto he hablado, espectacular:


Kumamoto está a un ratito de Fukuoka, y como vamos a coger el Aso Boy! nos quedan más de dos horas allí. Nada más llegar conocemos a Kumamon, la mascota de la zona, que está en todos los sitios. Me hago unas fotos con el oso sonriente en la estación, pero Mini se niega porque sigue algo pasota. Luego se une, cuando ve cuánto mola el rollo infantil en esa estación. El Peda se va a información, yo miro la guía y simultáneamente llegamos a la misma conclusión: hay que ir a visitar el Castillo de Kumamoto (Kumamoto-jo). En la guía lo describen como "fearsome, fairy-tale castle" (castillo de cuento de hadas, de los que dan miedo) y afirman que es el tercer castillo mayor del país (tras Osaka y Nagoya) y uno de los más formidables.

Como tenemos poco rato decidimos no dejar las maletas en consigna, y cogemos el tranvía hasta el castillo. Al bajar caminamos por la orilla de un río (o tal vez foso) con césped en sus orilas y con los árboles con mayor floración que hemos visto en estas semanas: espectacular. Hay un montón de puestos de comida callejera hasta llegar al puente que lleva al castillo. Una vez allí, intentamos dejarle las maletas a la que vende las entradas, pero no logramos la comunicación. Ella nos seniala unas consignas pequenias donde con dificultad cabrán las maletas, y además al ir justos de tiempo no podemos pasar más que quizás media hora.



Lo primero que llama la atención del castillo son unos contrafuertes, o como se llamen, unas piedras enormes que forman una muralla alrededor del castillo. Igual habréis visto estas imágenes, porque por lo menos tras el primer terremoto, estaban en la prensa. En los alrededores del castillo, hay mucha sakura y está precioso. Hay que subir bastantes escalones y al final decidimos separarnos porque no queremos seguir subiendo con las maletas. Primero subo yo, y sí, es verdaderamente de cuento (pienso en "Croaching Tiger Hidden Dragon", aunque ya sé que esto es China). Entro en un edificio lateral y hago algunas fotos, subo por unas escaleras de madera empinadísimas y prácticamente voy corriendo. Les doy luego el relevo a mis compas de viaje. Puente, paseo por el río, tranvía y estación de Kumamoto a las 13:51.



Mini no sospecha que realmente tenemos billetes para el Aso Boy!, en famoso tren. Así que cuando llegamos al andén, y vamos avanzando, ella empieza a hablar en alto, es este nuestro tren, sí, ah, pero... si pone Aso Boy! En serio mummy!? La esfinge (creo que ya habré hablado de lo vasca o british que puede llegar a ser mi hija) está verdaderamente ilusionada!!! Luego me dice: "te lo habías callado todo este tiempo... ala... en el futuro, haz lo mismo, porfa". Y yo le recuerdo lo gruniona que ha estado, pero es igual, ha merecido la pena.... ahá, le gustan las sorpresas...



El tren está genial, como dije, tiene los vagones decorados muy chulos, y además hay un par que son especiales para críos. Pasamos gran parte del viaje de un vagón a otro, y en el de cafetería, descubrimos uno de esos sellos que tienen en tantos sitios en este país para que estampes el recuerdo, y aquí incluyen postal del tren! Mini se pone a estampar 15 postales para sus compas de clase. A medias descubrimos "una postal por persona", pero ya es demasiado tarde (además, acaso esas amables azafatas nos van a echar la bronca?) Azafatas que han pasado con un cartel con la fecha y el nombre del tren para que nos hagamos fotos. Hay que decir: "3-2-1-Aso-Bo-oy". Yo les pido que salgan también ellas con Mini, y por supuesto, acceden.


Antes siquiera de saber que este tren existía, yo ya quería coger esta ruta: cruza desde el oeste de la isla hacia el este pasando por una zona espectacular. Y efectivamente, cuanto más te alejas de Kumamoto, más verde y dramático se pone el paisaje. Calculo que lo que veíamos por la ventana hacia la derecha era Mashiki, el pueblo más afectado por el primer terremoto, el más leve. Vamos subiendo, y cada vez hay más montanias, y el cielo está lleno de nubes negras entre las que brilla el sol. Nosotros nos bajamos en la estación de Aso JR, que es justamente la que está no muy lejos del volcán del mismo nombre, y que ha estado en alerta también ahora con el terremoto.

Nada más llegar tenemos como 10 minutos para subir en el último bus del día (sobre las 3 y media) hacia la caldera volcánica del Aso, que tiene cinco picos Eboshi, Kishima, Naka, Neko y Taka) y en el bus vamos literalemente cuatro gatos. A medida que nos alejamos de la estación de tren y su pueblo (no más que unas pocas casas, el albergue de montanieros, algún restaurante) que está también dentro de la caldera gigante, de 114 kms de circunferencia, nos damos cuenta de que poco vamos a ver arriba en el volcán (el montre Naka, 1592 ms, es el cráter original, y es uno de los volcanes activos más grandes del mundo). El sol que nos había acompaniado entrando y saliendo desaparece, y nos metemos en una niebla espesísima. Hace una primera parada donde hay "caballos" (quién va a cabalgar en esa nueb?) y yo estoy a punto de bajarme pero no, que vamos a la última.

En teoría, en la última parada se coge el teleférico (un teleférico en Japón!) hacia el cráter del monte Naka, pero está cerradísimo, porque el volcán, que frecuentemente echa humo y erupciona de vez en cuando-la última en 2015. Recordemos que cuando fuimos a ver el Fuji, ya estaba cerrado parte del teleférico por tema humos. Aquí preguntamos si podemos ir andando y la mujer de la tienda nos mira escandalizada y hace el famoso gesto de cruzar los brazos que indica "ni lo suenies".


Eso significa que tenemos una hora en el hangar turistongo que han montado a pie de teleférico. Cómo explicarlo: alguien ha viajado en autobus entre ciudades en la península, y de repente te paran, enmedio de la nada, en un área de servicio con un restaurante-buffett tristeza universal, y que adjunta hay una tienda de recuerdos locales, donde venden entre otras cosas miel y mantequilla de Soria? También se venden cintas (musicassettes) del Fary para el coche, en un expositor vertical bajo llave. Tienen unos cuantos banios, donde algún azulejo siempre se ha caído y nunca hay papel higiénico, porque total, todas viajamos con Kleenex. Bien, pues ese lugar, elevado a la enésma potencia tienen montado en el Monte Aso. Aquí es que es masivo: podría ser el garage de un avión, lleno de stands donde venden lo que yo llamo "El Mañico" (esa tienda de recuerdos del Pilar, con sus adoquines, frutas de Oregón, imágenes de la virgen, joteros). Hay tanto zona de comida, que incluye huevos duros a base de agua de volcán, como sección de Hello Kitty, o de gomas de borrar que no borran (compramos un juego que imitan pasteles que hacen las delicias vicarias de Mini), o llaveros, o lo que sea. También hay una especie de atracción que consiste en meterse en un cuarto redondo con la zona geológica esculpida en el centro, y alrededor te van proyectando la historia de la caldera. Creo que lo tienen porque muchas deben ser las veces que la gente sube a ver el volcán y se encuentran con la Londinium de Jack el Destripador: puré de patatas, no se ve nada. Las imágenes son bonitas, el Monte Aso en las 4 estaciones, nieve, flores, sol y hojas: me pregunto en qué estación estamos.


A las 5 vuelta al bus para bajar a Aso pueblo. Y de nuevo, el mismo proceso: al poquito de bajar, sale el sol, y hago unas fotos increíbles: verde los campos, muy iluminados, pero arriba del todo, una nube negra, amenazante, que le da al cuadro un tono muy atmosférico.

Al llegar a la estación, donde hay wifi, comprobamos que Junya, el hombre (resulta ser un chico de unos 35) nos ha estado maileando a ver dónde andamos. Nos había prometido venir a buscarnos: sin ese gran favor, nunca hubiéramos podido viajar en el Aso Boy! ni "ver" el volcán (que pese a no haber visto nada, no ha estado mal: así es viajar a veces, digamos que ya teníamos el "tick" en el Pacaya). La de información le llama por teléfono quedamos que, mientras viene a buscarnos, nos vamos a cenar y nos manda a uno de los dos restaurantes (el japonés, el otro es "internacional"). Aquí, sin esperarlo, tenemos uno de los mejores ramens que hemos probado en todo el viaje.

Así es viajar, a veces estás buscando "el mejor ramen de todo Kyushu" y acabas comiendo tempura con Shiga y Take que dicen "uuuu", y a veces, lo que buscas es deseperadamente devorar lo que sea (menos pescado crudo ahumado, hay líneas rojas) y te encuentras con una comida espectacular. Este local lo regenta una anciana y tiene únicamente dos mesas tipo tradicional (en la tarima, para que te sientes en el suelo), y luego las 4-5 sillas de rigor en la barra. Estamos solos al principio y luego llegan una pareja de franceses, que como todos los franceses del viaje no mantienen contacto visual con lo que cualquier interacción es... dificil. Salimos con prisa, no vaya a ser que haya llegado Junya y justo allí están, con su monovolumen esperando junto a la estación.

No podemos saber cuánto rato llevan allí (esperamos que unos minutos) porque descubrimos que su inglés por email era producto del traductor del google. Junya nos presenta a Shino, su mujer (eso lo descubrimos más adelante), una chica de treintaypocos muy guapa, con una melena impresionante (lisa como una tabla, como tantas que hemos visto viajando por Japón: qué pelo tienen las japonesas!). Nos subimos al coche y ya es noche cerrada. Shinó conduce genial, muy tranquila y Junya nos explica que ahora vamos a subir un rato para salir de la caldera. Nos dirigimos hacia el norte, no vemos el paisaje claro, pero pasamos por bosques. Les agradecemos de todas las maneras posibles que nos hayan venido a buscar, les queremos pagar, todo son sonrisas y risas y de ninguna manera. Les dejaremos algo escondido, pienso.

Por fin llegamos a su casa. Nos parece entender que es su segunda casa, que la primera está en Kumamoto, donde los ninios van al cole. Ellos son originariamente de esa zona, y desde luego tienen familia, porque los tres ninios se habían quedado con la abuela de Shinó. En la descripción de Airbnb nunca nos queda claro lo que es la casa de Junya, porque es descrita como "inn", que en inglés actual significa un pub, o taberna, de esos que hay en el campo y que a veces tienen habitaciones. Junya ha puesto fotos de una estanterías con botellas de sake, así que no sabemos si vamos a un hostal con bar abajo. Cuando paran el coche, nos encontramos con una casa japonesa de dos plantas. La familia está arriba, y todo lo de abajo es para nosotros.

Hay una especie de hall donde dejamos los zapatos. Al día siguiente, con luz, vemos que allí hay tambien una especie de hogar japonés y una reproducción de una tabla de surf de madera enorme: Junya surfea. Luego pasas a una sala muy grande, donde hay alguna mesa baja con cojines en el suelo para comer japonesamente, y al fondo un sofá y dos sillones alrededor de otra mesa, donde nos han dejado té, galletas... a mí me ilusiona ver la cara de Junya y cómo mueve los brazos indicándonos que todo lo que hay es "free to use" (que tomemos todo lo que queramos). Es su expresión, no sé cómo explicarlo, tal vez como lo haría un niño, con esa alegría. Yo me contagio de ese estado, la verdad es que enternece. Nos ponen una estufa que calienta mucho, porque como toda buena casa japonesa, ya lo hemos hablado, no tiene calefacción, y la temperatura se mantiene en unas pocas zonas... en las demás, hay que correr!

El pasillo (cierra puerta, siempre correderas, me encantan) tiene "ventana japonesa", nos ensenia Junya (unos listones verticales de madera, que se corren unos sobre otros y entonces se abre, sin cristales), y al principio tiene los baños: dos, con todos los sacramentos de ruido de fondo, chorritos de agua para hombre/mujer, asiento caliente, y tambien dos lavabos. No hay ducha, pero nos ofrecen llevarnos a un onsen (no olvidemos que estamos al lado de Kurokawa Onsen, un pueblo lleno de establecimientos con aguas termales)-les damos las gracias pero no es necesario: maniana nos vamos a pasar todo el día a remojo. Al fondo del pasillo, dos puertas correderas, un espacio para dejar las zapatillas, dos puertas correderas y la habitación. Es enorme, y tiene a mano izquierda un kotatsu (mesa baja con calor debajo de un edredón, como describí con Nishimoto) y las tres camas seguidas al fondo a la derecha. No tengo ni idea de que tipo o material eran los edredones de Junya y Shinó, pero son los mejores que he probado en mi vida: gordos, acogedores, con un cobertor marrón chocolate... mmmm

Salimos a la sala para leer (Peda, Philip Roth; MIni, Harry Potter) y escribir el blog. Tomamos té y galletas de chocolate, alrededor de esa estufa haciendo de lo que más me gusta (escribir) ... es la gloria. Al rato vuelven ellos y nos presentan a sus tres hijos: Kai (9), Diu (6-7) e Issa (4-5), lo más mono imaginable, son una familia increíble. Este primer día tanto MIni como ellos estan algo tímidos... al día siguiente cambiaron las cosas... Se suben a dormir y nos quedamos un rato más. Sabéis cuando estás en una situación que reconoces como especial, medio mágica, que intuyes que recordarás siempre? Así fue ese sitio para mí: uno de los recuerdos que con más cariño guardo de todo Japón.

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Nota actual: Desde que nos fuimos, hemos estado en contacto por email con Junya. Primero porque cuando te vas, aunque solo hayas pasado dos días con alguna gente, si son como ellos siempre te da pena. Cuando nos enteramos del primer terremoto escribí enseguida y Junya contestó para decir que estaban todos bien pero que "Firth House" estaba afectada y que alguien (que no entendimos) había tenido que dormir en el coche. No supimos qué era esa casa, imaginamos que la primera vivienda en Kumamoto, donde el terremoto fue peor. Nos mandaron fotos, un par de habitaciones todas revueltas y una casa inclinada. Junya nos dijo que los colegios estaban cerrados. Hemos seguido en contacto pero después del segundo terremoto no hemos vuelto a saber. Espero con todo mi corazón que estén bien y que sean problemas de comunicaciones que costarán un tiempo restablecerse. En unas cuantas partes del mundo (a juzgar por los comentarios de gente encantada, como nosotros, en la página de airbnb) habrá ahora gente pensando en Junya y su familia.

Otra nota: Junya ya contestó, que están bien, con fotos comiendo como de camping al lado del coche.