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07 abril 2019

Aventura en las tenerías (Fez, M2)

Domingo, 7 de Abril de 2019: Fez (Marruecos 2)
Cuando me desperté, las 1001 noches seguían ahí: la lámpara de metal como de recortable en el centro de un techo de madera curradísima, las vidrieras de la puerta de colores, los azulejos con patrones. Quién soy, qué hora es, y qué hago aquí? (ya contamos que los Pedalistas no acostumbran a este tipo de alojamientos). 

El desayuno, que tristemente no podemos tomar en el maravilloso oasis central del riad - hace fresco, es también de nivel, empezando por, "cómo quieren sus huevos, los señoritos?" (entonación Gracita): "qué pregunta, Sebastián, somos uno de los tuyos, los huevos fritos! (como diría el naufrago Ro, "así podemos igual pasar sin la comida, si hemos ido a la misma universidad tú y yo). Zumo de naranja natural (oj, en algunos sitios nos han traído directamente la jarra, excelso). Yogurt, tal vez la decepción del viaje: yo cuando había estado aquí con mi amiga recordaba el yogurt natural hecho en casa como uno de los grandes momentos del desayuno, pero en este viaje esto ha desmerecido, y en su mayoría han sido yogurts industriales. Croissants, pau-au-chocolat, pain-aux-raisins (no olvidemos su pasado colonial de los padres de la pattiserie). Bizcocho. Tortitas (panqueques). Tostadas para untar con diversos elementos que vienen presentados, oh, en preciosísima vajilla de cerámica morisca: tarrito para queso, mantequilla, diversas mermeladas, miel, una pasta dulce (de patata?) indeterminada. Todo regado por mi amado té a la menta, y las opciones normales de té negro, café, colacao. Puede imaginar el divagante que terminamos medio muertos, y que yo insisto en dejar la bollería "para media mañana", algo que nunca gusta a mis acompañantes, pero que esta vez aceptan. Incluso (señor, que vergüenza, llevarnos un par de croissants que se han dejado los holandeses sonrientes de al lado, que no han comido nada, como buenos holandeses sonrientes). 


Con este cuerpo serrano nos adentramos en la medina, aunque antes pasamos un rato en el oasis, disfrutando del sol, de los pajaritos, Mini descubre tortugas (la bebé es una monada, la cojo y todo) y preguntándole a Sebastián cómo es que tiene una foto con Michael Jackson (que está colgada donde los desayunos), y es que trabajó en el hotel de Disneyland en LA hace muchos años. Oh, qué recuerdos. 





La medina de Fez es imposible de entender y es mejor no intentarlo. En mi cabeza había como dos "grandes" "calles" (ni grandes, ni calles,  más bien dos pasillos de mercado, todo con puestos a los lados) imperfectamente paralelas, de las que salen laberintos en todas las direcciones. Yo no sé que hubiera hecho con mis acompañantes, sin bromas: aún estaría dando vueltas. Así que voy a ahorrar la descripción del día de hoy, porque tal vez una pequeña muestra de las fotos den una idea de lo que es pasear por este lugar, tan mágico como caótico y que es mucho de la esencia de esta ciudad, y de Marruecos. (Nota: siento que blogger sean tan malo para colgar fotos, sería genial poder hacer un mosaico, pero así tendréis que darle a la rueda del ratón). 






































Vagamente recuerdo que en un punto visitamos una medersa preciosa, Al Attarine, donde hacemos mil fotos, y subimos a la primera planta a mirar por los ventanucos de las celdas y hacer fotos del que está enfrente. 



















Pasamos por varias mezquitas por fuera (a los infieles no se nos deja entrar), pero el verdadero mejor momento de la tarde ocurre en las famosas tanneries, donde tiñen el cuero. Tanneries, tenerías, que como me dice luego el naufrago Ro, las había también en Vetusta, y de ahí viene el nombre de barrio de las mismas, "si es que no conoces tu ciudad". Cuánta verdad, necesito unas vacaciones en Vetusta con la Rough Guide en la mochila. Nada más llegar a la zona de las tenerías de Fez ya nos empiezan a salir tipos ofreciéndonos subir "gratuitamente" a su terraza, pues "el olor es horrible y damos unas hojitas de menta para las narices de las señoras". No, gracias, y seguimos caminando. Terminamos la calle y llegamos a una especie de explanada donde están haciendo obras: será posible que solo podamos ver las tenerías desde una de esas terrazas, de las que es muy difícil escapar sin comprar? 

El Peda se va a explorar y Mini y yo nos quedamos allí un rato, viendo como pulen un suelo nuevo, traen plantas urbanas y demás. Al rato aparece el Peda que ha llegado a la base de las tenerías, se ha metido con un tío que se lo han enseñado, que apesta, y que tenemos que ir con él porque ese tío nos lo enseña por una propina-a determinar. Mini no está nada convencida: ya dictaminó en el coche del aeropuerto "es oficial: no me gusta marruecos", pero lo que le esperaba esta tarde ya era otro nivel, ya pasa al odio. De camino nos tomamos un zumo de naranja para hacer cambio en un puesto callejero donde, yuk, no hay "opción para llevar" y todo lo que hacen es enjuagar el vaso de cristal en un caldero. Desde aquí suena inaceptable, pero cuando estás allí, en el mogollón, tu nivel de activación del reflejo del asco no digamos desaparece, pero disminuye ostensiblemente. 

Cruzamos una especie de riachuelo, por un precario puente de madera, nos metemos por una especie de cuartuchos que se comunican y que parecen cavernas y el trabajador que nos va a guiar se alegra muchísimo de vernos. Pasen, pasen y vean. Y de repente nos encontramos como si fuéramos pinceles en un juego de acuarelas gigantes. Y lo de pinceles puede ser doblemente metafórico, ya que, por ser el segundo día, aún vamos como ídems. 

Pero las acuarelas: pozas circulares, con las paredes de azulejos blancos de todos los colores. Antes de ellas, están las blancas, que son más cuadradas, y que el hombre nos dice "cuidado! amoniaco! no caer". Imagino el horror de resbalar y caernos en esas pozas infectas, porque el olor es insoportable. Los hombres están inmersos, muchos pasadas las rodillas, otros hasta la cintura, en las pozas de colores, tiñendo el cuero, mientras que pieles de otros animales esperan su turno secándose por las paredes. 

Aquí, me señala el "guía", aquí, "caca de pichón, para ablandar cuero", y me hace con sus brazos el signo de volar, a la vez que repite "pigeon, pichón". Madre mía, madre mía, el amoniaco no era nada, abrazo caer en el amoniaco, ser una nueva fantasma de la ópera, antes que caer en la poza con la "caca de pichón", donde aún se ve alguna pluma flotante. Pero a qué mente se le ocurrió un día coger este material para ablandar nada? Le sonrío así como hacen las señoritas finolis en las películas, soy una mezcla de Mrs Moore y Miss Quested del "Pasaje a a India", con los ojitos pequeños y la boca fruncida, intentando fingir el espanto que me recorre. Caer en esas pozas.

Los hombres siguen trabajando aunque parecen divertidos de ver a tres turistas caminado por ahí, esos están ahí arriba, en la tienda, haciendo fotos. Vamos haciendo equilibrios por las pozas, y los guías (ya se han unido un par más, se trata de una pequeña comitiva) nos indican que subamos por aquí, que hay buenas vistas. Y hacemos más fotos, incluso el Peda y yo posamos con ellas de fondo-Mini rehusa porque en este punto no solo odia Marruecos, sino también a  sus padres.






















A la salida pasamos por un pasillo angosto que nos lleva a la calle donde estaban los de "suban a mi tienda". Allí esperan los pobres burritos, cargados hasta arriba de pieles. Yo les tengo mucho cariño a los burros: es un animal que siempre me ha caído simpático, no sé si es Platero o más bien el de Gloria Fuertes ("no me llame burro, profesora mía"). En este viaje me han dolido muchas cosas, pero una es cómo la pobreza de los humanos (cómo culparles) impacta en los animales. Hemos visto burros cargados hasta arriba, burros siempre depie (alguien sabe por qué nunca se sientan?), burros llevando a gente, burros de carga, como viene diciendo la frase hecha. Pobres animales. Y pobres hombres que trabajan en las tenerías: con qué cara te vas a poner a regatear por un cinturón, por un bolso, viendo las condiciones de trabajo de estas personas? 








Igual me he pasado con las fotos (son una muestra!), pero con un poco expresión de como hay que sacarme de allí (y eso que las pituitarias siguen espantadas) y llevarme al riad, donde me quedo un ratito dormida en la terraza al sol, abrazada a mi libro.  A las 6 pm salimos a cenar (sí, en esto somos estúpidos guiris) y nos volvemos a perder en el zoco buscando otro sitio recomendado del Peda que, si es ese, parece medio cerrado. Hay algún puesto del mercado donde hacen a la plancha unas masas de carne picada con cebolla y comino, y lo llaman kefta. Mis compas de viaje paran en uno y se comen a medias uno de esos bocatas de pan redondo. Mi reflejo del asco se activa afortunadamente aquí, tal vez porque el puesto está cerca de uno donde hay gallinas vivas. Será una huevería? (más de esto en Meknes). 

Seguimos paseando de punta a punta de la medina, y las fotos de abajo son el resultado de aquello. En especial, hay que fijarse en la de los caracoles, ya que en el riad nos dieron como orientación, si veníamos por la otra calle, "torcer donde el hombre que vende caracoles (y gente bebe una especie de sopa con los mismo allí mismo). Por fin nos quedamos en un restaurante medio turístico que está en una hilera cerca de la Puerta Azul, todos con las mesas en la calle. No recuerdo el nombre, pero sí que ponía "depuis 1928" (en serio ese sitio lleva allí ese tiempo?). Mientras esperamos reflexiono en alto: "me da tranquilidad este sitio porque, mirad, en el cazuelo enorme, están echando agua embotellada". Los dos asienten, para, a los tres segundos, observar que el proceso continúa llenando la botella con de agua del grifo! Y asi todo, pero enseguida nos llegan unas tajinas (yo vegetariana, el Peda de patatas fritas, buenísima), pequeñas [pero cada uno por 4 euros (40 dh)]. 

Y aquí en imágenes la vuelta al riad... 



Tuerza en los caracoles
Fascinada por las tiendas

Vinagretas con nocturnidad
Hombres que cosen




























Tienda de hilos

06 abril 2019

Dos minutos en la medina y está claro: Fez es un festival (Fez, M1)

Sábado, 6 de Abril de 2019: Londinium-Fez
"Air Arabia" suena a las Mil y Una Noches, a Aladdin, y a "El cielo protector", pero es solo una compañía de bajo coste donde, tras las medidas de seguridad multiculturales (salen los personajes vestidos de rusos, baturros, lagarteranas), tienes un rezo a Allah en pantalla con subtítulos en el que se repite que Allah es grande, por ninguna razón convincente, y se pide que nos vaya bien en este viaje. Muy mal rollo. Es tan cutre que no puedes hacer tu registro (llamar facturación si no facturas equipaje no aplica) por ordenador, con lo que has de esperar una fila del horror junto a enormes familias con maletones. Yo siempre me pregunto, pero qué llevan en esos juegos de baúles coloniales, desde mi atalaya de "viajera" (nótese la ironía de las comillas, les refiero al comienzo del libro de Bowles) que viaja con la maletita de ruedas que permite en cabina la Ranier. Pero, ay, unos días fwd para adelante, cuando, recién duchada y perfumada me ponía por tercera vez la misma camiseta maloliente tuve una iluminación: igual lo que pasa es que esta gente se cambia de camiseta a diario! A ver, que una es muy limpia, y lo que hace es que lava y tiende sobre la marcha, pero aquí algún dia no logré estar, valga la redundancia, "al día" y de ahí este momento de duda y debilidad

Londinium Gatwick está a rebosar, ya se sabe que los ingleses aman tanto a su país que a la primera de turno, vuelan. Un punto para ellos, ya que han puesto una fuente para rellenar botellas (siguiendo la dicampaña "no más plástico"). En el avión, ya imbuída del espíritu de la aventura (y porque no llevamos sandwiches-la casa estaba bajo mínimos) me pido una tajina-de-avión (soy así, hasta me gusta la comida de avión). 



Son solo tres horas de Londinium a Fez, así que a las 15:10 estamos en Marruecos! El aeropuerto es bonito, pero hay mucha seguridad. Antes de salir, un detector de esos de meter tu equipaje que hay normalmente antes de embarcar (pues aquí al salir!) y al pasar a su lado, el poli le pregunta algo al Peda, que le refiere a mí (como si mi francés no estuviera más anquilosado que el suyo) y a saber qué dice, pero yo entiendo algo así como que si llevo un dron. "No dron", contesto: vale pase. 


Lo siguiente es el alquiler de coche. Tras pasados abucheos al ínclito Peda por sus elecciones en modelos de automóvil (cómo olvidar el famoso Chíncue americano), el pobre elige un modelo medio. Pero "nos han dado un coche de papá", me dice, lo que para comprensión del divagante viene siendo un "coche con culo" (berlina?) de color caca brillante. No, no había un color ni modelo más feo. Nos quejamos al alquilador que se ríe mucho. Tampoco tiene entrada USB para poner nuestra (la de Mini, básicamente) música, así que durante todo el viaje tenemos que escuchar o bien nuestras selecciones del móvil o a muecines cantando por la radio: un suplicio. 

De camino hacia Fez, me vuelvo loca por ver a tipos con chilabas: foto! foto! foto! No tenia ni idea de lo que me esperaba en las siguientes dos semanas. Y es que lo que para nosotros es pintoresco, auténtico, de película, es el día-a-día de mucha gente en Marruecos, sobre todo la gente mayor, y sobre todo en el sur. 

El GPS del teléfono del Peda es una vez más, como en tantos viajes, nuestro salvador: yo (a ratos Mini) voy siguiendo la bolita azul, y no sé cómo lo haríamos sin él. Aún no lo habíamos activado en esa llegada, y en un semáforo, un simpático nos debe ver debatiendo hacia donde vamos y se dirige al Peda llamándole "Ali Babá"- esto se lo han dicho muchas veces estas dos semanas, y es que parece que el de los 40 ladrones llevaba barba. Pese a estar prevenidos contra casi todo, aún no tenemos callo, y el tipo nos indica que le sigamos. Nos lleva hasta un aparcamiento (que era donde el riad nos había sugerido) y luego quiere que "su primo" nos haga de guia al día siguiente por la medina. No gracias, nos gusta ir por nuestra cuenta. No sera posible, aquí hay muchisima gente y es tan enrevesado que nunca podréis salir. No, en serio, que somos como Marcus Brody en la tercera de Indiana Jones que "habla cinco idiomas, se mezclará con la población y nadie podrá descubrirlo" (alguien aquí habla mi idioma?) Le tenemos que dar 30 dirhams (3 euros) para que nos deje en paz. A partir de ahí, nos encontraremos con innumerables tipos que quieren llevarte a donde sea, y tienes que acabar siendo tajante. Aun así, te siguen y es desagradable. 

Nuerstro riad, recomendación específica del naufrago Ro está bastante escondido (qué no lo está en la medina de Fez), pero tenemos un buen mapa. Seguimos también un par de signos por la calle. El último tramo, por callejuelas cada vez más estrechas y con menos puertas, daría miedo en cualquier ciudad europea, pero aquí ya empiezas a vivir la ciudad de otra manera. Pero en el último ángulo recto, que es como un pequeño túnel hay unos tres o cuatro chicos de unos 18-20 que al vernos quieren saber donde vamos (para adelantarse y pedirle dinero al riad por "habernos llevado", 10 minutos en Fez y ya lo hemos aprendido), y cuando les soltamos un bufido dicen "Security, security!". Estos, seguridad? Ha sido luego una palabra que ha estado con nosotros todo el viaje, cada vez que veíamos unos cuantos juntos en una esquina "no pasemos por esa security", riéndonos, pero cuando llegamos al riad, Mini está medio lloriqueando. Sale la que regenta el lugar, una tal Yolanda de nacionalidad indefinida, que la tranquiliza diciéndole que Fez es una ciudad maravillosa, y que no se preocupe por nada. Nosotros intentamos tranquilizarla mientras rellenamos unos papelitos con el número de pasaporte y de donde vienes y a donde vas (filosofía de viaje) que hace tiempo no recordaba hacer, y nos tomamos un te a la menta. No me falla la memoria de hace casi 20 años, los marroquíes preparan el té como nadie.

El Riad Salama está muy lejos de nuestro estilo habitual. Vale, desde que tenemos a Mini ya no regentamos la "Cadena Kotva", pero tampoco estamos acostumbrados al despliegue que es este riad, que cuando mi madre atisba de fondo en una videollamada pregunta "es un palacio?" Estamos en la primera planta, en una habitación hasta el mínimo detalle-lámparas metálicas como recortables, que hacen sombras mágicas, azulejos azules y blancos, escritorio de anticuario-que tiene una terracita privada, que da al patio central, que es en este caso muy grande, un bosquecillo con plantas, palmeras, pequenia piscina y tortugas (mamá y bebé) que caminan sobre las baldodas.

Así que da pena salir, pero recordemos que somos los Pedalistas y nuestro deber está en las calles, con la cámara colgada al cuello y la duda de qué ropa llevar, porque igual luego refresca. El caso es que la decisión sobre qué prenda de abrigo llevarme a Marruecos ha sido un dolor, porque en las últimas vacaciones de Semana Santa siempre he pasado frío. Lo de Rusia era esperado, pero alguien recuerda los leotardos de Mini como gorro en Japón? Tras mucho debate decido que tal vez llevarme el "Revenant" (así llamamos en casa a mi plumífero enorme, tras el oso en el que se mete Dicaprio para entrar en calor en la peli del mismo título) sea excesivo para casi siempre, pero seguro que en la noche del desierto me va bien. Oh, divagantes! qué acierto. El Revenant ha tenido muchos momentos de gloria en este viaje, muchos. Porque las noches han sido frías muchas veces, en especial esta. Y lo recuerdo porque fuimos a cenar a un sitio llamado "Dar Tajine" , recomendado por un amigo del Peda, donde casi muero de frío, ya que estaba en una azotea (con los plásticos cerrados, inaceptable en una terraza, diréis, pero hoy se agradece). Pedimos el menú, en el que te sacan mil platitos con diversas especialidades -olivas de diversos colores y rugosidades, berenjena, humus picante, humus con sabor a algo que te suena y no sabes identificar, habichuelas, lentejas... en fin, un potosí. De plato principal pedimos cada uno una cosa para compartir: la mítica tajina, kefta (carne picada a bolo con su sabor marroquí especial, pinchada como morunos) y "pastilla", que es como un platillo volante relleno de verdura pero a su vez con canela y otros elementos dulces (lo que parece azúcar glasé por encima) que no acabo de comprender. Té a la menta y pastas de esas tan dulces terminan la cena que parece una boda gallega, en ese punto. Solo añadir que en mi opinión-el Peda difiere-los marroquíes no son maestros de la pattisserie. Sus pastas son demasiado dulces, pegajosas, y las galletas aburridas, sin interés ninguno.

Antes y después del restaurante ocurre nuestro primer encuentro con la medina de Fez, y no hay palabras para describir el impacto que nos causa. Para la fotógrafa que hay en mí, es un festival. Esta medina es la vida, el lío, el pasado, lo diario, el tercer mundo, la infección, las miradas, el futuro, la desesperación, la picaresca, la dignidad, lo extranjero, lo irreal. Durante estas crónicas intentaré explicar poco a poco con palabras parte de lo que he visto y he aprendido en los zocos de este país. Y para aquella primera tarde-noche en Fez, sin embargo, termino con imágenes... que espero no valgan más que mil palabras, pero me temo que sí. Maravillosa Fez...




Venden leche en bolsas

Dulces que empalagan solo de verlos

Típico plan marroquí... al hornearlo huele... mmm

Preciosidad para vender frutos secos


Enganchados el móvil en el Siglo XVI


Esto no está aquí para los turistas!



Increíble, pero por estas callejuelas vuelves al riad y no se pasa miedo


05 abril 2019

Española? Bievenida! (Marruecos 0)

Como la profe de Mini es sudafricana, nos sabemos la geografía, flora, fauna, historia, Nelson Mandela y vacunaciones necesarias porque Mini lo tiene claro: hemos de ir a Sudáfrica.  A nosotros nos da inmensa pereza porque nos lo han recomendado encarecidamente para: 1. ver bichos (que nos la suda, aparte de ballenas, que en primavera no es temporada), y 2. beber vino (que, la verdad, ídem). El océano está demasiado frío y además hay tiburones, así que no te puedes bañar. Pero estábamos a punto de tirar la toalla cuando el naufrago Ro, nuestro mentor de viajes particular nos dijo, no lo dudéis, id a Marruecos en su lugar. Desde ese día, Mini nos odia a todos. 

Yo había estado una semana en Marrakech con una amiga en el Pleistoceno (Mayo del 2002), y seguro que en estas crónicas, que empezarán/empezaron el 6 de Abril y concluirán/concluyeron el 20, haré referencia mil veces a las diferencias de viajar con una amiga con muchos menos años y el mundo tan diferente. En aquel viaje, Marrakech me fascinó y volví envuelta en un aura mágica que, en el fondo, se ha repetido intacta esta vez, pese a las circunstancias tan distintas. Esta vez han sido dos semanas de "road trip", de viaje de carretera, en la que Marrakech, como era de esperar me ha decepcionado un poco y el resto del país me ha cautivado. 

Su belleza natural, que gira alrededor de la cordillera del Atlas, es espectacular. Es algo que una no espera: que Marruecos sea tan verde. La ruta de Fez hasta el desierto es de las más preciosas que hemos viajado nunca, y que nos hacía recordar otras memorables como Copacabana-La Paz, bajar por la estrecha Península de Mani en el Peloponeso o Big Sur. El desierto, obviamente, es otra cosa. Las kasbahs, tan perfectas, como de película. La gente, cuando no te está intentando vender algo, tan amable. También tiene su parte dura, que he encontrado aún peor viajando con niña: muchos ciegos pidiendo con la mano extendida mientras avanzan por la calle, niños que quieren venderte loquesea, ancianas que supongo viudas con la cara cubierta. No lo había olvidado pero hacía mucho que no viajaba por estos países. Sigue todo igual. 

Lo intentaré contar con palabras (con imágenes lo he intentado aquí https://www.instagram.com/di_vagando) a partir de ahora, aunque no será lo mismo que aquellos otros viajes en los que puedo divagar sobre la marcha, porque la tecnología esta vez me ha abandonado: el pequeño ordenador con el que viajo se negó a cargar y así terminó la posibilidad de escribir cada noche. 

Que es lo que, como he dicho muchas veces, me gustaría hacer en la vida: fotos de día, contarlo de noche. 

Bienvenidos a Africa...

04 abril 2019

"Feliz Final" de Isaac Rosa: un divague por encargo

Este es un divague por encargo: el Naufrago Ro me dijo un día "quiero que te leas este libro para que hagas un divague de los tuyos". Yo ya había oído hablar (bien) de él en la radio: es una historia de amor contada desde del final, desde el epílogo, desde cuando se acaba la relación hasta el principio - que es, obviamente, el prólogo. Así que no estoy fastidiando el final, porque claro, acaba que se separan, pero una mantiene el interés durante toda la novela haciendo otro tipo de hipótesis, como si de una novela de misterio se tratara: cómo demonios esa pareja algún día empezó. Y aquí tengo una sensación de dejá-vu, porque quién no se ha percatado de esto alguna vez: cómo estos dos un día se juntaron? Son las antípodas, nada en común, no porque "se odien" (que a veces también), sino más bien porque han seguido un camino tan centrífugo el uno del otro, que se deben sentar en el sofá y pensar "quién es este tío?" Sobre esta extrañeza de lo que se ha convertido el amor, o la otra persona (no es lo mismo?), escribe así de bonito el autor, ya casi al final de la novela (pero qué más da el orden en que yo divague esto):

"El amor es inenarrable porque el tiempo del sentimiento y el tiempo del relato nunca coinciden, y lo que ahora contemos siempre será una re-elaboración racional de una sentir que se evaporaba a medida que ardía. Cualquier intento por contar el amor está destinado al fracaso. El amor es ridículo, es incomprensible, es desproporcionado, es falso, es equivocado. Ni siquiera los cuadernos, las cartas, los mensajes de entonces, nos sirven para recuperar una intensidad que ya no entendemos. Solo podemos contar la ceniza, o ni siquiera eso: el tizne que dejó la ceniza antes de ser aventada".

En el caso de Angela y Antonio, los protas y casi únicos actores de esta novela, no es solo que durante los anios se hayan des-conocido, sino que también se masca el resentimiento final. Esa en una de las razones por las que me ponía de tan mal cuerpo abrir el libro cada vez; esa sensación de "oh no, dentro de un rato, cuando termine mi capítulo, estaré hecha polvo". Y no, una no lee solo para reír o que te cuenten historias edificantes; una ha leído libros duros, de esos que te abren una realidad que no conocías suficiente, y ha sobrevivido. Pero este te abre una realidad conocida: hay tantos detalles sobre las relaciones que hemos vivido en primera persona o vicariamente, a través de amigos, conocidos, el cine, yoquesé, que te deja perdida, confusa, triste. Porque al final su idea fuerza es que el verdadero amor (o el amor verdadero?) no es nunca el de pareja, que cuando se tuercen las cosas puede acabar en odio que escuece, o en cambio de cromos, o incluso en venganza. La indiferencia es casi lo menos malo, o una especie de afecto bovino.  Como decía la versión de Piano Man en castellano: "no lamenta que dé malos pasos, pero nunca desea su mal". Cosas que una cree no pasarían nunca con esos otros amores, los hijos, los hermanos, los padres, los amigos muy queridos, a los que siempre y en todo lugar quieres que nunca den un mal paso, que quieres que siempre les vaya todo bien. 

Isaac Rosa es uno de esos autores contemporáneos que siempre digo que no leo si no me insiste alguien. Es columnista en Eldiario.es, y simpatizante de Izquierda Unida. Sus ideas están en el paisaje de fondo de la novela y, como el divagante podrá imaginar, coincido con él en muchos de sus planteamientos vitales. Como ha usado la crisis económica como el escenario donde esta pobre pareja representa su drama particular, hay mil oportunidades para plantear dilemas de la izquierda, que pone en boca de él, o de ella (la novela tiene las dos voces), y que todos me parecen relevantes y acertados. En casi todo estoy de acuerdo, pero eso no ha hecho que ninguno de los personajes me guste más. Al contrario, a medida que avanzaba la novela tenía menos ganas de pasar tiempo con ellos, no sé si me iría con ellos a tomar un café, pero de vacaciones, seguro que no. Porque Rosa es igualmente despiadado con ambos. Al principio, Antonio se hace cargante, en su impaciencia, su hiperactividad me recuerda lo peor de mí misma, y por tanto me irrita sobremanera. El vive "el amor como estado de excepción permanente, hay que vivir experiencias, hoteles con encanto, cenas en restaurante exóticos, conciertos, etc". Y cuando aún todo le va bien, tiene un affair como consecuencia de que el éxito se le ha subido a la cabeza: "otra exhibición de mi condición de inmortal, los dioses a mi lado", esto es algo muy de tío. Angela se transforma al tener a las hijas en una de esas "madres naturales" y hay una escena de cena navideña con la madre y hermana de Antonio, ambas "madres liberadas", que se horrorizan de que ella haya dejado de lado su carrera profesional por la crianza de sus hijas. Se ha vuelto hippy y ha entrado en "la trampa del apego" mientras les dice a las otras que han entrado al mercado laboral a qué precio, que se han convertido en tíos. "El hijo que piensas que no ha dejado desarrollar tu carrera, en realidad te ha salvado. Ese frenarte ha sido tu salvación". En esa conversación me siento vieja y anticuada, mucho más cercana a la suegra que a esta nuera que se supone es de mi generación. Y eso que puedo ver sus argumentos, desde un planteamiento anticapi, "para qué seguir alimentando esta máquina en la que no creemos", pero que considero no debemos luchar solo las mujeres, porque así, no se acaba con el capitalismo, o miremos los siglos recientes. 


 Angela es maestra y Antonio periodista. El trasfondo de la crisis económica que empezó en 2008 es un poco el espejo de su relación. El trabajo de Angela es más o menos estable, pero el de Antonio cada vez más precario, de la redacción a ser destajista (el eufemismo es freelance, pero no nos enganiemos). Cada vez más horas trabajando, quitándole tiempo al suenio, a los fines de semana, a la familia, y cada vez cobrando menos por cada artículo. Los trabajos se están uberizando, o chinizando, lo estamos viendo justo delante de nuestros ojos y la estabilidad de antes se nos está escurriendo entre los dedos. Y la pobreza mata al amor. "Hemos convertido al amor en un lastre para la producción, igualmente que lo son los mayores a los que cuidar, los hijos, el tiempo que pasaban juntos". "Hay que ser rápido, ágil, audaz, despiadado, deprenderse de todo para correr más". Y hay miles de reflexiones como esas en el libro. 

Como la visión crítica del concepto "libertad": queremos libertad de elegir médico, colegio, horarios, libertad de elegir trabajar cuando otros hacen huelga, libertad de emparejarte y desemparejarte cuando el amor se acaba. Estoy harto de tanta libertad, reflexiona en un punto su protagonista, de esa libertad que es para quien se la pueda permitir (volvemos a lo de siempre, es la economía imbécil), para quien se pueda pagar seguro privado, escuela privada, un divorcio, pensiones de manutención, alguien que cuide a los ninios (o si no, dejarlos en interminables clubs y hobbies a ver si en alguno son talentosos y podemos sacar algún provecho-mercantilicemos el hobby) y a los mayores. "Es un amor liberalizado, no libre", concluye. "El matrimonio es una empresa. El amor es para quien pueda pagárselo".

"Eramos nuestro propio estado del bienestar, íbamos a estar el uno para el otro siempre, íbamos envejecer juntos, para cuidarnos y protegernos". Estas frases, tal vez no literales, eran de Angela. Suena casi a "en la salud y en la enfermedad, en la riqueza y en la pobreza" y esas cosas que se prometen en las bodas que no me sé del todo porque he estado en pocas y no he visto suficientes películas. Es muy español, eso de que la familia sea tu estado de bienestar. Vas a un hospital y, para ahorrarse enfermeros, qué bien que se quede el familiar toda la noche. Hay países en los que la familia ha de llevar la comida: el Naufrago Ro estuvo en un hospital en Libia y se llevaban el camping gas a la sala. Ese será nuestro siguiente paso, porque el poco estado del bienestar nos lo estamos cargando, a base de votar a los que están al servicio de los hombres de gris, que quieren dinamitarlo, a base de comprar cosas que no necesitamos, y todo eso. 

Como el libro es un rebobinado lento desde el final hasta el principio, una alberga esperanzas de que los últimos capítulos nos contará Rosa la historia de amor ilusionante, la de pasarte toda la noche hablando bajo las estrellas, la narrativa tipo Hollywood, el enamoramiento aquel primero que por lo menos hace que todos los mortales se sientan como estrellas de una peli. Estás en un mirador de un parque con tu enamorado y eres Emma Stone e incluso bailas (y él te sigue) subiendo por los bancos porque estás en "La La Land". Sin embargo, esto no ocurre: la sombra del epílogo es alargada, y todo se lee desde el desamor. Para mí uno de los ejemplos ha sido cuando Antonio dice "hace tiempo que ya no leías mis artículos". Imagina: la persona de la que te enamoraste ya no tiene nada que decir que te interese, todo está ya tan masticado que, escribiendo, ni le lees. Me recuerda el final salvaje de "Revolutionary Road" cuando el vecino anciano se baja el audífono cuando su mujer comienza a hablar. Al vacío.  Pero quién puede culparle? Quién es tan interesante y divertido que pueda mantener a otra persona curiosa, entretenida durante 40 anios? Una amiga que vivía en Viena me decía que allí tienen una palabra intraducible que significa algo así como "la persona que está en este momento en mi vida", no sé si teniendo claro que pasan de llevar en sus hombros la responsabilidad de entretener al fulano toda la vida, o simplemente describen algo objetivo, algo que está de paso, versus esa horrible palabra, "marido", que yo sigo usando de conia (y mucha, no estoy casada, pero es que aunque lo estuviera, no me pega que alguien de nuestra joven edad tenga "maridos" o "mujeres").

Luego está el tema sexo. No solo no le lee, es que Angela ya se ha aburrido de lo que acaba siendo ejercicio físico (los cardiólogos dicen que muy bueno). La vida frenética, las dos hijas, el mismo pavo: "nos queremos, seguramente no nos amamos pero nos queremos, no nos deseamos pero nos queremos", y sin embargo Antonio, no quiere resignarse a bajar la frecuencia, a convertirse en una de esas otras parejas que follan una vez a la semana si hay suerte. Angela recuerda "tres días lennonyokonizados, tres días desnudos sucios y entumecidos, follando olímpicos, escocidos, sin fuerzas, y aunque no lo reconociésemos sin ganas" tras los que deciden casarse, porque claro, estaban en un pequenio valle de la relación (que aún estaba en pico mayormente), como si casarse solucionara alguna vez algo. Tengo unos amigos sexólogos que, cuando la gente se ha tomado ya dos vinos al final de la cena y les piden consejo sobre cómo llevar eso de comer el mismo solomillo (del mejor, eh, eso sí), durante 40 anios, ellos salen con que hay que mantener vivo el deseo a base de velas y crear un ambiente, o viajes a lugares exóticos, tal vez un hotel. También los hay que se dan a lo raruno: vestirse de enfermeras y hacer un teatro de "yo te curo", o incluso de Darth Vader. O cosas bizarras de las que la interné está llena. Todo poner tiritas a una realidad: que la gente quiere un bocata de fuet en lugar de solomillo con foie! 

Pero no todo es hastío, dejadez, hartazgo: aquí también hay traición, traiciones (y eso que él habla de "gestionar el deseo, la vida en pareja es eso, igual deseas a otros pero lo gestionas) y con ellas otra vez vuelta al quién es este tipo que duerme a mi lado, no me lo creo, no me creo a ninguno, no me creo al amor, no me creo ya nada. Y el concepto de perdón. Qué es, en el fondo, perdonar? "Perdono, pero no olvido", dicen algunos. "Olvido, pero no perdono", decía algún divagante de risas hace un tiempo, ya cachondeándonos de nuestra desmemoria. Si buscas "perdón" en la rae pone "acción de perdonar" y en perdonar, se montan un lío. De acuerdo: es un lío. Rosa cita un autor que dice que tanto perdonar como no perdonar en el amor son válidas: te perdono porque te amo, no te perdono porque te amo. Pero Antonio hace un perdón "feroz, acusatorio", porque "el rencor es una forma de ebriedad y esos dos meses fui rencor vivo". Pero mientras ella tiene una historia con aquel chico (o él con aquella chica, ya hace tiempo que lo terminé y no recuerdo bien la cronología de la historia, quién empezó, tú fuiste primero, tenía que igualarte), qué bien describe Rosa el estado mental, la sicopatía auto-centrada del "enamorado" de un tercero: en esos momentos, el mundo puede hundirse, te da igual, solo eres tú-tú-tú y lo que sientes, tus feromonas, tus endorfinas y su canesú. El tercero, hay que admitirlo, importa también un pepino. Mecanismos de defensa como la negación y la estampida de neurotransmisores y hormonas se lo lleva todo por delante, a las edades de Antonio y Angela, también a los hijos. Pero cuando ella no era madre, sino la "tercera" en estado psicópata-enamorado no le importaba el hijo anterior de Antonio; ahora, sin embargo, siente solidaridad con aquella ex y se plantea si de verdad que el enamoramiento vale el caos y la pérdia en la vida de un ninio?

Hay una idea que me ha gustado mucho, cuando Rosa habla de "la odiosa distancia irónica". A veces me pregunto si esto es la edad, o simplemente una moda, influenciado por el mundo anglosajón: "cuesta amar sin esperar que suene de fondo un violín, incluso follar sin admitir que hasta los gemidos y las posturas son prestadas del cine". Será posible vivir el enamorarse de alguien q no pone esa distancia, se pregunta Rosa. "Enamorarse es acumular nostalgia para el futuro", porque toda separación es una pérdida de un relato común, y cuando pasa, hay que empezar a intentar re-contar la historia. Rosa habla de  que quedan "recuerdos disecados", y al fuerza de la imagen que ese sintagma pone en mi cabeza es devastadora. 



"La mujer desconocida misteriosa que lleva en sí misma la promesa de una vida mejor, una plenitud y una autencidad que solo son posibles en la novedad". Ya lo decía Wilde: es la niebla lo que hacer a la otra persona fascinante. Cuando esta cae, cuando nos despojamos de nuestros éxitos, nuestros plumajes, solo somos personas.  Cuando el mundo se derrumba detrás de nosotros, cuando se mueve la tierra bajo nuestros pies, perdemos trabajo, perdemos derecho, vemos ganar a los malos a caballo, al final solo somos personas. Y se desenmascara a la superheroína de Marvel que le vendimos al otro. Claro que siempre nos queda subirnos en un banco con un vestido amarillo y bailar, como en "La La Land"*. Tal vez con esa otra persona. 



* Este es mi pequenio detalle para los divagantes que hayan llegado hasta aquí: dificil, pero intentando terminar en una nota alta. :)