15.07.26: Coyoacán
Como ya ayer tomamos posesión del piso, hoy por la mañana antes de salir tocaba hacer la colada. Y no cualquier colada en un mal lavabo: cómo está preparado este lugar para este tema: cada piso tiene un pequeño trastero en el terrado con la lavadora [enorme, de carga superior] y un espacio exterior enjaulado para tender. También hay lavaderos de lado a lado con el número del apartamento —cada cual pagará su agua—, pero supongo que casi nadie usa ya (o por lo menos no JA y E, a juzgar por su grifo condenado). Subo armada de nuestra ropa interior andando, por aquello de no esperar el ascensor y son solo cinco pisos, y cuando voy por el tercero recuerdo que esto es la CDMX, a 2300 metros snm: esto no lo diré suficiente, el mal de altura está bien presente. Por el tema del grifo en desuso, lavo en otro lavadero furtivamente, con cierta tensión por si suben y me encuentran con las manos en la masa, digo en la ropa. Nada pasa, así que lavo y luego tiendo. Así lavaba así así...
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Hoy vamos a visitar Coyoacán, que está a unos 45 minutos caminando de Copilco, hacia el noroeste. Al subir las entradas de mi diario de 2004 al blog y buscar fotos para ellos vi que el día que entonces fuimos a Coyoacán llevaba una especie de bandana hecha de una tela naranja en la cabeza y a ratos un fular amarillo, así que hoy me pongo ambas cosas, que conservo -sí, lo guardo todo-, con la idea de hacer fotos exactamente en los mismos lugares, 22 años después.
Bueno, exactamente quién sabe, porque hay miles de ventanas enrejadas con geranios y piedras circulares con agujero para atar los caballos en muchas casas, en particular en la avenida Francisco de Sosa, que va de Coyoacán a San Ángel (el barrio del primer día), que es espectacular. Es difícil elegir fotos porque hay muchísimas, así que aquí van algunas al azar...
Esta avenida icónica termina en la Plaza de Coyoacán, donde está la fuente de los Coyotes
A su lado está el Parque Jardín Higaldo donde han instalado unas pantallas gigantes para ver luego el partido del mundial: hoy toca el Inglaterra-Argentina, y Mini está nerviosa. Tenemos hora para las 13:00 para el Museo Frida Kahlo, pero decidimos ir paseando hasta allí para ver si tuvieran huecos para entrar antes: ingenuos. Al llegar a la manzana anterior de la Casa Azul ya vemos la fila, con sus carteles que indican la hora que le toca a cada grupo, así que ni lo intentamos.
Nos acercamos a rendir tributo, unas calles más allá, a León Trotsky, que tras vivir un tiempo en la Casa Azul se instaló no muy lejos. Retrocedemos sobre nuestros pasos para encontrar un restaurante recomendado por la chelista. Después de comer y ya a nuestra hora del museo, volvemos a pasar por la plaza y el partido ya ha empezado: de momento van 0-0 y Mini se sube por las paredes. Creo que es hoy el día que más abiertamente declara su odio por Argentina: son racistas, juegan sucio. En pasados mundiales a mí siempre me ha gustado, no porque entienda nada de su juego, sino por la misma razón que Brasil: son latinoamericanos de países que me encantan, eso es todo. Sin embargo, este año, entre las arengas de Mini, que la FIFA y Trump y Netanyahu y todos los amigos de los niños y enemigos públicos quieren que gane, me han perdido. Hoy voy con Inglaterra, pese a las Malvinas y todo.
Mientras estamos en el jardín viendo la colección de estatuas precolombinas, nos enteramos de que Inglaterra ha marcado gol. El fútbol se ha metido en este espacio de paz, pero no nos importa hasta que luego empata Argentina. La cosa se complica. Cuando salimos y vamos caminando de nuevo hacia el centro de Coyoacán, oímos gritos que salen de los bares y eso solo puede significar una cosa: Argentina ha metido el segundo. Mini se viene abajo. No hay nada que hacer: Inglaterra está fuera. Para animarnos, nos compramos unos churros rellenos y el mío es un error:
demasiado dulce y empalaga; pero la avenida Francisco Sosa no empalaga nunca y por ella avanzamos hasta la Plaza de Santa Catarina, que tiene una iglesia ocre que está gritando "Viva México!",
y una Casa de Cultura, a la que entramos a curiosear. Con el recuerdo que me voy a quedar de este lugar -gran jardín central, edificios a su alrededor- es de la música. En una sala hay una orquesta de viento amateur ensayando "Amor de hombre" de Mocedades, una y otra vez. Miro por la ventana y les saludo. Mientras paseo, me dan ganas terribles de cantar la canción a pleno pulmón -es muy cantable. ¿Se imaginan? Mis compas me matan.
Seguimos por esta avenida, pero empiezan a notarse los kilómetros. Giramos a la izquierda por la calle Zaragoza (por qué recordaré este dato?) que es también bastante chula y cuando llegamos al cruce con Miguel Ángel de Quevedo nos da una bajona severa y cogemos un taxi a casa. No estábamos tan lejos pero, como decía el Peda en viajes anteriores, "los Pedalistas han jugado la segunda parte en taxi".
Son las 17:00 y me quedo frita, el resto lee o busca algo por esas macropantallas. A las 19:00 salimos a cenar al sitio que JA & E van "cuando hacen la compra semanal en Walmart". Como tenemos que ir a por los clásicos [sandía, yogur y fruta], vamos a este lugar, Toks, que es una cadena y donde yo vuelvo a decir, cuando el camarero trae los platos, "que las raciones son enormes, que si nos lo podrán poner para llevar", a lo que el camarero, "por supuesto, señorita" y cuando se da la vuelta, mis compas me abuchean. Pero, por supuesto, divagantes, con las dos hienas con las que viajo, nada de esto es necesario y cuando el sufrido trabajador recoge los platos brillantes he de poner cara de "yo no he tenido nada que ver". Viva la vida.




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