12 de diciembre de 2017

La Dra S. en Canción de Navidad

La doctora S. mira por la ventana: el cielo está de nevar, que decía su madre: blanco y denso y pesado. De repente, el silencio que precede a la caída de los primeros copos. Vaya... fastidiada considera que, cuando dentro de muchas horas salga de la estúpida consulta vespertina (hasta las 9 de la noche aquí, sin estar de guardia, con eso de que "el cliente-ya no paciente-siempre tiene la razón), va a ser imposible encontrar un taxi, que el suelo resbalará, o bien se habrá convertido en un gran charco donde chapotear. Le viene una imagen de ella misma, con 6 anios y aquellas (que entonces consideraba) preciosas botas de agua saltando en uno de esos charcos que ahora la horrorizan. Aparta esa idea de un plumazo. 

Le da al botón que llamará al siguiente enfermo. Pase Sr Y, siéntese: cómo puedo ayudarle hoy? (de eso va su trabajo, de ayudar, se supone). Todo con su mejor sonrisa; con su mejor careta de sonrisa, quiere decir. Pero ella al menos no se autoengania al respecto, y se pregunta si el paciente lo intuye. En todo caso, no le importa un pepino. A ver, qué tiene, un ganglio en la mano? "Golpéelo con una biblia", que decían en la universidad, piensa. Ahora que la Seguridad Social se está jibarizando y lo que crece son organizaciones de diversas fes supliendo sus servicios, igual podría tener su predicamento. No se lo dice al Sr. Y, simplemente anota que la Seguridad Social no cubre el quitar los ganglios. Se siente. 

Vuelve a mirar por la ventana cuando se cierra la puerta. Hay gente arrastrando su árbol de Navidad. La doctora S. se suelta la coleta y mientras piensa por qué se afana toda esa gente. Un anio más, comprar un nuevo árbol, que deja toda la casa llena de agujas, ponerle bolas.... exactamente para qué? Otro anio más. Ella "cant be bothered" que dicen los ingleses. De dónde saca la gente la energía, la ilusión. Le da al botón, se vuelve a hacer la coleta y se pone la máscara.

Cómo puedo ayudarle? Y otro listado de dolores, bultos, picores, tristezas, ansiedades. Así un paciente tras otro, un día tras otro, un anio tras otro.

La doctora S. llega a su apartamento: es tardísimo, la nieve, en efecto, no ha cuajado, así que se ha mojado los pies, qué frío. Y no había taxis. El metro está de huelga y el autobus, lleno de chusma, ha sido una pesadilla. Abre el frigorífico y, literalmente, no hay nada: cuatro limones. Saca del congelador algo precocinado, eso que siempre prohíbe a sus pacientes, lo mete al micro, pip, pip, pip, y se echa en el sofá a esperar.

Mira por los ventanales desde su nueva posición, ahí están las imbéciles luces navideñas, que encima tienen este anio forma de ángel... de la guarda, dulce compania, no me desampares ni de noche ni... Plink, llama el horno, y a la vez brilla el teléfono. Oh es Laura, qué querrá.

Laura y la Dra S. no comparten nada, aparte de que sus apellidos comienzan por las mismas dos letras. Así se conocieron en la facultad: los ordenaban por apellidos en los exámenes, en las mesas de disección, en las prácticas alrededor de los microscopios. La Dra S. está ya aburrida de Laura, pero es una inercia lo suyo, o así lo siente ahora. Laura quiere hablar del último caso que ha agitado a la profesión: aquella pobre companiera trabajando bajo terrible presión un fin de semana sola en la planta de pediatría de ese hospital comarcal, a la que se le murió un ninio. Ha salido el juicio: homicidio. Irá a la cárcel. 

La Dra S. empieza a escuchar a Laura como en sordina: no puede ser. El horror, no ya como profesional, sino como persona, de que se te muera un paciente. El dolor. Pero además, no quedan contentos con borrarte del registro, con que tu vida laboral (muchas veces la única) para la que te formaste anio tras anio, termine. Además han de llamarte homicida, y mandarte a prisión. Oye, y qué haces estas fiestas? Vuelves a casa? Ya sabes que no me gustan las navidades y los días que tengo libres ya tengo un viaje al Caribe para olvidarme de que es época de paz y amor obligatorios. Suena mal? Estas son mis navidades presentes. 

Ya es de día... cree vagamente recordar una conversación la noche pasada, y en el suelo está el resto de los noodles de microondas. Una vez más, se ha vuelto a dormir en el sofá. El cielo está de nevar, que diría su madre, y las calles, un asco. Por lo menos han apagado al maldito angel de la guarda que consume tropecientos kws al minuto. Toda esa energía: en las bombillas, en la gente... de dónde la sacan, a qué agujero sin fondo va. 

Llega a la consulta y se pone la capa de superwoman. Nadie sospecharía la grieta que lleva dentro, un corte sagital que la atraviesa y es puro ácido. A media maniana va a la cocina a hacerse un té: se sienta tras el biombo, no que se esconda, pero no le apetece hablar si entra cualquiera. Se esconde: no decía que no se enganiaba? Enseguida se abre la puerta, y dos voces de chicas jóvenes llenan la habitación. Son las estudiantes de medicina que rotan por la consulta, la Dra S. las reconoce, pero sigue en su escondite. Una de ellas lleva rastas y tatuajes, muchos colgantes y su entusiasmo desarma. Ahora, le dice a su companiera que es hija única de una madre soltera. Que creció en un piso de la beneficencia y que su madre limpiaba casas. Y que cuando supo que entraba en la facultad de Medicina, su madre lloró. Las dos se abrazaron llorando, era mucho más de lo que su madre nunca se atrevió a soniar. 

La Dra S. siente algo parecido a una emoción, algo que no había tenido en mucho tiempo. La otra chica está diciendo: "yo cuando estuve haciendo voluntariado en la planta de geriatría, y aquella mujer apretó mi mano, tan fuerte, como agradeciéndome que estuviera allí, supe que quería estudiar medicina". A la Dra S. se le cae una lágrima, silenciosa, gorda, y le sigue otra. Y entonces se ve a sí misma: exactamente esa era ella, quería ayudar, quería curar, quería paliar, quería salvar! Tenía más ganas que un batallón junto, más fuerza que doce caballos salvajes. Así era ella en cualquiera de las Navidades pasadas: qué dulce y a la vez qué amargo su fantasma.

Le ha tocado ventana en este vuelo hacia el sol, la playa, y la nada-mental. La azafata sonriente le ofrece una bebida (llevará también una máscara, como ella, se pregunta). Desconectar una semana meramente, porque nunca ha creído en eso de "encontrarse a una misma". Si tuviera arrestos, lo que toca es una huida, pero hacia adelante, como aquellas mitológicas Thelma y Louise. Sube la ventanilla para ver anochecer y se da cuenta que solo algo así podrá hacer que merezca la pena vivir para sus navidades futuras. 

13 comentarios:

  1. La doctora S. llega al Hotel del Caribe y toma posesión de su Reino de Hamacas.
    Un ejército de sirvientes le harán la pelota durante diez días y ella leerá dos libros, tres folletos de excursiones y el manual del mando a distancia.
    Por las mañanas baja a la playa y se pimpla dos daiquiris para desayunar.
    En realidad está hasta los mismísimos pero lo disimula encaramada a su tarjeta de crédito.
    ...
    Y ocurre.
    El niño de una camarera se cae de espaldas y no respira bien.
    La doctora S. sale pitando del Reino de Santa Hamaca Bendita, sin pensar, puro instinto animal hembra.
    Ya no es una cliente, ahora es una jodida angelita de la guarda armada con dos manos.
    Examina a la criatura, la calma con su voz de Doctora S. y ayuda al costillar derecho a que deje que se mueva el pulmón.
    La mamá caribeña grita y llora mientras el gerente del hotel se va de bareta con el típico agobio del inútil.
    Una bocanada potente de aire fresco entra en el pulmón infantil.
    A pesar del costillar, que está hecho unos zorros.
    ...
    La Doctora S sabe hacer su trabajo.
    Lo lleva de serie.
    ...
    Al volver de viaje cuenta su aventura a la becaria de las rastas.
    Y sus ojos vuelven a brillar enmedio de la nevada.
    ...
    Fuera, los dragones esperan.
    Pero la Doctora S los espanta con una escoba de fibra natural.

    De fibra caribeña.

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  3. Gracias DRIVER y LUX por aniadir al concepto "Christmas Carol" ... dicen q Dickens quería tocar la fibra de los victorianos ricos para q compartieran con los olivers de la época...

    Os mando un beso

    di

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  4. Estupendo relato de Navidad, quiero decir de Terror auténtico. En realidad las dos cosas vienen a ser lo mismo muchas veces, ¿no?

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  6. La doctora S. me ha encogido el corazón. ¡¿Y la pobre a la que se le murió un niño...irá a la cárcel?! ¿Y qué pasa con el que recortó tanto que la dejó sola? ¿Se irá de rositas? (A ver si esta vez te obligo a poner el comentario, blogger. ¡Esto es la guerra!)

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  7. Hola darlings... menuda semanita, de esas de estar fuera de casa 12 horas al día... el viernes me preguntaban si estaba con la gripe por el careto q llevaba.

    NáN< totalemnte: los cuentos de Navidad han de ser todos terroríficos, q se quiten Hallowen... a mí de peque me marcó la famosa vendedora de fósforos de HC ANdersen... es TAN espantoso. Por lo menos Dickens trata de tocar el bolsillo de los victorianos con el grunión Scrooge, pero ANdersen?!!? buf...

    CESI, la Dra S es un relato, pero como muy bien has captado, hay partes del relato q son realidad (como spr q escribimos ficción, claro).... en concreto este es un caso muy complejo, pero como casi siempre, no es la culpa solo d eun individuo, sino q hay múltiples fallos sistémicos... es todo dramático y muy triste.

    muxus!

    di

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  8. Como relato es magnífico, está tan bien escrito que no me he saltado mi una coma.
    Como realidad -ficción realista- es triste, y es real. El caso de la médico que irá a la cárcel es un zarpazo hiriente de cómo no se puede hacer justicia justa. Pero es parte del caos de vivir que se refleja tan bien en el post, quienes organizaron el sistema que dejó sola a esta médico pueden ser igualmente victimmas de ese caos -aparte de su parte de corrupción- pero no lo van a ser de la justica organizada...
    Me enrollaría mucho, comparto contigo horror por el despilfarro de luces navideñas y la matanza de abetos. Yo tengo varios arbolitos en maceta, granados, miniencinas, higueras...con la esperanza de poder transplantarlos algún día. El caso es que esos árbolitos maceteros míos consumen su agua, abono, etc...y me dan una idea de qué absurdo es criar un árbol de 5 años para llenarlo de bolas y tirarlo después.

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  9. Ah, y para que te rías...último libro leído...Corazón tan blanco, de Javier Marías. Tengo delito, me metí en un club de lectura y eligieron ese. No sabes cómo me acordé de vosotros :). Me gustó, quiero decir cuando lograba vencer las ganas de asesinarlo-

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