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06 julio 2026

Nos vamos del DF... pero volveremos. The shits, Rosa Venus y aventura en el Museo de la Medicina

Martes, 10.08.04 Autobús DF-Monterrey


Ahora que nos vamos hacia el norte, México DF: impresiones
Miedo, sucio, ruido, barato, caos, sorprendente, gente, rápido, zócalo, grande. (I) 

El DF es un lugar de altas pasiones y presiones. Pasiones por lo que me ha gustado, presiones por los casi 2500 metros de altitud, que se notan en las escaleras, en las mantas de los hoteles por la noche y en los oídos cuando pasas en una noche de 2500 a 500 (Monterrey). 

El DF tiene dejes de ciudad colonial de esas que hemos visitado, pero a lo bestia. Tiene palacios como no los hay en Madrid, museos en edificios con patio interior con una grandiosidad que no tendrán los de Salamanca, y cafés y restaurantes cuyo viejo glamour se escurre por las columnas. 

La plaza del Zócalo te deja clavada en el suelo la primera vez que entras por su enormidad (la segunda más grande del mundo, tras la Plaza Roja de Moscú), por magnífica, por desolada, por ecos a vieja plaza comunista, por la impresentable bandera que ondea a todo trapo, por la arquitectura bellísima de todo lo que la rodea. No es una plaza que te entre por su vida, no es el Fnaa, sino más bien por la perplejidad que causa semejante plaza cuando está medio vacía, porque en el fondo spr lo está: es imposible llenarla. (k, 12 ag)




"The shits"
En la fila de inmigración para entrar en la India (abro paréntesis, primer apunte, de todas las filas que había escogimos por supuesto la más lenta y pasamos los últimos después de casi dos horas de espera, [abro nuevo paréntesis, primera reflexión, ¿por qué estos países se empeñan en tener esos controles de inmigración tan estrictos? Como si la gente se pegara por emigrar a la India… ¿Qué delirios de grandeza son estos? Cierro paréntesis, dos]), decía que en aquella fila conocimos a una inglesa que iba a la India por segunda vez, entonces por apenas tres meses, creo recordar, y fue ella la que nos introdujo por primera vez el concepto “the shits”, que en traducción libre sería “diarrea”. Nos avisó que todo el mundo las pilla y que simplemente es cuestión de tiempo, más aún, que una semana con otra te podías pegar los tres meses con las famosas shits.

Pues eso que, en aquel momento, se reducía a la India puede ser perfectamente extrapolable a cualquier país, por ejemplo, México. Y hoy toca The Shits, y aquí estoy, en la habitación escribiendo y escuchando la radio (el petróleo ya ha tocado los $45), y precisamente tomándome una solución salina que compramos en la India, mientras K se ha ido a mirar los mensajes del correo electrónico y a desayunar. De vez en cuando hago alguna excursión al baño. (I, 10 ag)

En México (por lo menos) hay una marca de jabones de mano llamada Rosa Venus. En la Posada Amor, en Puerto Morelos, recién aterrizados de Europa, teníamos Rosa Venus (dos pastillas) en el baño. Con una de las pastillas te da para cuatro duchas y lavarte las manos durante un par de días, encima huele bien y saca mucha espuma. 


Hay dos variedades, blanca y rosa, y si nos ponemos puristas, la blanca es la mejor. Así, los hoteles donde vamos se pueden dividir en “Hoteles Rosa Venus” y “Hoteles No Rosa Venus”. El Principal en Xalapa (pronúnciese Jalapa, no se me vayan a enojar los mexicanos) era Hotel Rosa Venus; el Buenos Aires del DF era Hotel No Rosa Venus. Y con este simple detalle ya se sabe si el lugar de pernocta que esa noche nos ha caído en gracia aprobará o pasará a luchar por entrar en la lista de los “Top Five”. Aunque dado el trote que llevamos y la economía de guerra que se ha apoderado de nosotros, igual hay que ampliar la lista hasta “Los 40 Principales”…

Habrá gente que lea esto y piense que somos unos ratas y unos cutres, que para viajar así es mejor quedarse en casa, etc, etc, etc. y puede que tengan razón, pero nuestro razonamiento es el siguiente. Nosotros no hemos venido aquí en un viaje de lujo a no privarnos de nada, hemos venido a conocer otras gentes y otros paisajes con un presupuesto limitado; cuanto menos gastemos por día más podremos viajar (son inversamente proporcionales). Yo como en mi cama no duermo en ninguna parte, e incluyo ahí a cualquier Intercontinental que queráis, así que ¿por qué pagar cinco veces más por una habitación que al final sólo voy a utilizar para dormir y ducharme? Tenemos nuestro criterio, no os penséis, queremos un mínimo de limpieza y baño en la habitación, y de hecho hemos visto habitaciones que no hemos cogido, aunque os cueste creerlo. Y por supuesto, a sufrir no hemos venido… (I, 10 ag)


La biblioteca del museo de la medicina del DF
Por alguna razón, decidimos entrar en el museo de la medicina del DF, un edificio precioso que está herido por un terremoto, y se ve su fractura que recorre columnas y suelo con claridad radiográfica. 

Hay una exposición cruel de fetos en distintos estadios de desarrollo, junto con terribles instrumentos ginecológicos. Aquellos pobres fetos embalsamados me recuerdan aquellos que había en la facultad en el cuarto al lado de la cámara. No sé por qué los recuerdo llenísimos de polvo y el cuarto en penumbras: seguro que es mi memoria y mi imaginación jugando como suelen. Para aquellos fuera del gremio, una nota para apuntar que el estudio de los embriones y fetos no se realiza sobre cadáveres (como con los adultos), y básicamente usábamos técnicas poco sofisticadas como recortables y dibujos (algo así como el “pinta y colorea” de la infancia, y aquello de poner vestidos recortados a las muñecas —que aquí he visto venden en los museos con Frida Kahlo y sus típicas ropas mexicanas—). Esta es la razón por la que normalmente no accedíamos a aquella sala donde estaban los fetos. 

Yo entré una tarde con otros dos o tres que habíamos ido a hacer, supongo, algún tipo de repaso (ya se sabe, los alumnos aventajados siempre queriendo saber más). El bedel que guardaba la sala de disección era un macarra de playa con bata blanca que vacilaba hasta a los muertos. Aquella tarde que estábamos tan pocos, nos dejó pasar a la famosa sala tétrica, encantado de su pequeño momento de gloria, en el que 4 o 5 estudiantes le preguntaban maravillados por los entresijos del lugar. Y el pequeño sicópata que llevaba seguro dentro jugó con nosotros un rato, y luego se lo debió contar a sus colegas en el bar, como yo lo estoy contando aquí pero con muchas más jotas (“ej que han venido loj ejtudiantej y m’an preguntao q q había dentro de aquella puertaj”). 

El jovencito Frankenstein nos hizo entrar para ver qué había dentro de aquella puerta de cámara que salía de la sala, y luego intentó encerrarnos. Bueno, historias de primero de medicina, cuando una es tan totalmente gilipollas como para dejar de comer carne, especialmente salchichón unas semanas tras la primera disección (¡pero cómo se parece el formol al salchichón!) y de meterse en una cámara porque te lo dice el bedel de turno. Voy a empezar a hacer como Torrente Ballester que dice “el lector que vaya mal de tiempo que se salte de aquí a la página tal”, porque menudo meandro….

Al final del museo de la medicina llegamos a la biblioteca, que no está abierta al público. Preguntamos y en un principio nos dicen que no, pero luego el señor nos busca y dice que vale, que pasemos con el que nos va a hacer un tour. Así que nos lleva por toda la biblio junto con su ayudante, en un periplo surrealista de esoterismo y ciencia. Primero, el ayudante trata de llevarme a los más antiguos libros de psiquiatría, luego nos enseñan los Galenos y los Avicenas, y la tesis más antigua que tienen es del año 1820. 

Mientras intento mirar todo aquel material, el ayudante está en mi oreja con temas apasionantes, como si no sé qué, en campos de trigo de Inglaterra se están encontrando mensajes que vienen del espacio y que les han contestado, y ahora ha llegado un mensaje azteca, y yo le digo que no, que nunca había oído eso, pero qué interesante. El jefe no entiende por qué eso no está abierto, que ellos nos lo han enseñado para que cuando volvamos a nuestro país podamos decir todo lo que hay en México, y el ayudante me dice que él ha leído que las personas que peor están de la cabeza son primero los psiquiatras, seguidos de los psicólogos y por último los maestros. Le digo que no ha hablado más verdad en toda su vida. (k, 12 ag)

Metro del DF en "hora pico" (divagando a posteriori)
Es tan barato (2 pesos por trayecto, vayas donde vayas, intenta no pensar en las 2 libras londinenses) que casi se le perdona todo, a este metro. Todo menos dejar la vida en el trayecto, víctima de un aplastamiento, se entiende. Por lo menos “Vivir para contarla”, que dice García Márquez. Yo pensaba que más apretado de lo que he ido alguna vez en hora punta en Londres hacia el centro no se podía ir: el año que viene disfrutaré de todos esos cms que en realidad quedan entre mi espacio corporal y el del vecino. Porque aquí no existe. El otro día, en hora punta ("hora pico" que dicen aquí), ese metro fue dantesco. La gente aquí se empuja (en UK se ganarían un “excuse me!!” por muchísimo menos), pero se empuja a lo bestia. Luego, una vez dentro, cuando no cabe un alfiler, aún intentan entrar, y lo consiguen. Una ha oído hablar del "froating" y se pregunta si en esos momentos algo así está ocurriendo por su hemisferio sur. Pero es imposible saberlo (pedalista-guardaespaldas asegura q no porque "él controlaba"), porque hay presión a babor y a estribor, barlovento, y sotavento. Lo de las pobres pituitarias se lo cuento otro día… (k, 12 ag)

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Despierto con gran diarrea, K se va a internet sola y yo me quedo escribiendo y tomando sales. Vuelve, hablamos, discutimos lo que se acabará convirtiendo en la “gran crisis de Monterrey”, recogemos y nos vamos. 

Palacio de Bellas Artes (exposición sobre Frida Kahlo, sin más; murales de Orozco, Rivera y Siqueiros, bien). 

Callejeando por el centro, Museo de la Medicina, vemos su biblioteca, impresionante, y a La Vasconia a comer y coger provisiones para el viaje. 

Al hotel a por las mochilas, experiencia metro-DF-en-hora-punta y finalmente, a la estación del Norte. Pillamos billete y salimos rumbo a la ciudad maldita en medio del huracán Monterrey. Ponen en el bus una vez más "Somebody’s gotta give", nos paran innumerables veces la poli o los militares, y finalmente, medio dormidos o medio despiertos llegamos -14 horas después- a las 6.30 am a Monterrey. (i, 10.08.04)

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