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30 agosto 2025

"El quinto hijo" de Doris Lessing: Tenemos que hablar de Ben


Cuando divagué sobre "Tierra de empusas" dije que la autora y Premio Nobel Olga Tokarczuk nos había gastado una broma subtitulando la novela como "historia de terror". Justo cuando lo terminé, me embarqué en otro libro que no llevaba ninguna advertencia, pero por los dioses, esta sí que resultó ser una historia de terror. Se trata de "The Fifth Child" ("El quinto hijo") , la novela corta de otra Premio Nobel, Doris Lessing, de 1988.


Este es mi primer libro de Lessing, supongo que es imperdonable. En mi defensa diré que empecé "The golden notebook" ("El cuaderno dorado") cuando estaba embarazada y lo dejé: seguramente fue por eso, porque dejé tres libros seguidos. Me recuerdo en la parte de arriba de un autobús cruzando Brixton con el libro abierto en mis manos y la mirada perdida en algún punto indeterminado del jaleo de ese barrio donde trabajaba. Claro que ahora leo en internet que Lessing dijo que el mayor tema del libro era "la fragmentación" e igual es que no hay por dónde cogerlo. 

Sin embargo, con "El quinto hijo" es muy fácil engancharse, identificarte o sentirte apelada o repelida por los personajes y su manera de ver la vida.  Tiene un comienzo perfecto:

"Harriet and David met each other at an office party neither had particularly wanted to go to". ("Harriet y David se conocieron en una fiesta de la oficina a la que ninguno tenía particulares ganas de ir").
Y enseguida te cuenta cómo son ambos, y por qué son una unión perfecta: "conservadores, chapados a la antigua —por no decir que han quedado obsoletos; tímidos, difíciles de agradar".  Ella quiere mantener la virginidad y, como son los swinging 60s, sufre comentarios  despectivos similares, pero en dirección opuesta, de los que recibían las "ligeras de cascos" unas décadas antes (qué duro es ser mujer, en serio). Pero menos mal que se encuentran: como dice la sabiduría popular, "para que se pierdan dos casas, que se pierda una". De entrada, ninguno de estos personajes me cae bien, lo cual es un punto positivo: ¿acaso no es la literatura un instrumento para conocer realidades o personas que no tendremos la oportunidad de conocer en nuestra vida? 

Por esta particular cosmovisión de ambos, lo que toca hacer nada más casarse en comprarse una casa llena de habitaciones con "columpio en el jardín" (metáfora sabiniana, no literal) y empezar a llenarla de niños. Llegan cuatro casi de golpe, todos perfectos. Durante todas las vacaciones, la casa está de "jornada de puertas abiertas" para la familia extensa y los amigos: gente entra, sale, hay mucha actividad, es pura vida. No se ve casi la tele. Esta gran familia requiere que me dibuje un genograma (árbol genealógico) para aclararme, porque ambos abuelos están divorciados y con nuevas parejas y es un jaleo.

Pero lo que es importante recordar es que el padre de él tiene pasta, y como Harriet y David no tienen suficiente para ese tren de hijos y vida, él les ayuda económicamente. Su madre está casada ahora con un académico de Oxford y consideran todo lo que pasa en esa casa "un exceso" —y a ellos no les gustan los excesos. Así como el abuelo paterno ha de ayudar financieramente, la madre de Harriet —el padre no aparece— es la que tiene que ayudar físicamente cada vez que esta se queda embarazada: en un punto le dice "Soy vuestra criada. Hago el trabajo de una criada. Sois unos egoístas y unos irresponsables".

Desde el principio, esta familia idílica me recuerda a la de Charity en "En lugar seguro" ("Crossing to safety") de Wallace Stegner: no puedo dejar de pensar en ese libro que leí el verano pasado. No es lo mismo, porque va de la amistad durante toda su vida de dos parejas de amigos, pero es ese ambiente de casa abierta de la clase media alta el que es muy similar.


Si empiezas a notar algún "crack" en lo idílico —por ejemplo, la irresponsabilidad de llevar una vida que no se puede permitir—, esto no es nada para lo que viene a continuación. Harriet se queda embarazada del quinto hijo y aquí comienza la historia de terror. Desde el principio, Ben, que así llaman al quinto niño, es excepcionalmente agresivo, hiperactivo, lleno de irritabilidad, angustia y vacío de toda empatía. ¿Ha dado a luz a un monstruo?

A partir de ese momento, Harriet se queda sola. No físicamente, sino emocionalmente sola: su hijo es extraño y hace daño a la gente. Parece que le da del todo igual hacer sufrir a los demás. Tiene una fuerza sobrehumana. Lessing lo describe físicamente como un "goblin", un duende. Esta descripción física es maravillosa:
"Ben came in from the garden and stood watching them, in his usual position, which was apart from everyone else. (...) Everything he wore had to be thick, because he tore his clothes, destroyed them. With his yellowish stubbly low-growing hair, his stony unblinking eyes, his stoop, his feet planted apart and his knees bent, his clenched held-forward fists, he seemed more than ever like a gnome".
Lo lleva al médico, a uno tradicional claro, que le confirma que es hiperactivo "así es como los llaman hoy en día, creo". Hay una pausa: "¿Qué quieres que haga Harriet, que lo medique a lo loco?" Harriet piensa, sí, es lo que quiero, pero le dice que no, por Dios. O sea, hoy en día es hiperactivo, pero en el pasado, ¿cómo llamaban a esos niños, cuando había medicina para explicarlos? Malos? Poseídos? Endemoniados?

La hermana de Harriet, Sarah, tiene una niña con síndrome de Down. Un día le dice a su hermana, en referencia a su hija y a Ben, "Madre mía, Harriet, qué mala suerte hemos tenido". Harriet se niega a verse como una víctima del destino: igual su hermana sí, con esa niña y el marido, pero no Harriet. Ella se pasa la mayor parte del tiempo intentando entender qué piensa, qué siente ese hijo. Con su sobrina es fácil: solo quiere agradar y ser querida. Con Ben, no tiene ni idea: ¿Tiene consciencia él mismo de su aflicción? ¿Le importaba? ¿Qué era Ben? Y este es un problema durante toda la novela: nadie entiende a Ben, ni profesionales ni, por supuesto, familia ni amigos, que van desapareciendo poco a poco. Nadie quiere ir a esas vacaciones a la casa abierta para ser testigo de esas escenas. Harriet es la única que, dentro de todos sus pensamientos terribles sobre el niño, sigue estando ahí. 


La genética, la psiquiatría infantil, el conocimiento del neurodesarrollo, de la neurociencia, han avanzado mucho desde 1988. Hoy está más claro que los padres no son 100% responsables ni de las glorias ni de los fracasos de sus hijos, por no hablar de sus enfermedades. Algun@s siguen intentando culparnos, particularmente a las madres, pero lo cierto es que Ben traía cosas ya desde su nacimiento con las que ni los padres con mayor habilidad en esto de la crianza podrían haber solucionado. Como he dicho al principio, no me caía especialmente bien esta pareja, con su guión de familia perfecta conservadora, pero al final, siento mucha empatía y compasión por ellos. Bueno, por ella. 

Todo lo que pide Harriet es una formulación, un diagnóstico que explique. Y por eso, cuando salen los hippies a decir que los diagnósticos son etiquetas que no sirven de nada, me dan ganas de gritar. Claro que son etiquetas que usan los profesionales para comunicarse, para investigar sobre causas y tratamientos. Y claro que madres como Harriet necesitan una explicación sobre lo que opina la ciencia de su hijo. Luego, al final, ella hace su propia formulación sistémica: ella ha roto su familia con su decisión de no abandonar a Ben —esto es parte de la trama, cuando la novela se torna distopía, historia de terror— porque nadie viene ya. Ni sus otros hijos, y su marido, con la excusa del trabajo, también ha desaparecido de la escena. 


Los paralelismos con la vida de Lessing la hacen aún más escalofriante. Era hija de padres ingleses, nació en 1919 en la entonces Persia y en 1925 la familia se cambió a la entonces Rhodesia. Trabajó como operadora telefónica hasta que se casó y tuvo dos hijos. Cuando se divorció,  los dos hijos se quedaron con el padre (¡imaginen el drama: malamadre!) y se metió en el "Left Book Club", una organización izquierdosa, donde conoció a su segundo marido con el que tuvo a su hijo Peter. Cuando se divorció, se fue a vivir a Londinium con Peter "dejando a los otros atrás", según leo por ahí. Esta es su cita, muy valiente:
"For a long time I felt I had done a very brave thing. There is nothing more boring for an intelligent woman than to spend endless amounts of time with small children. I felt I wasn't the best person to bring them up. I would have ended up an alcoholic or a frustrated intellectual like my mother."

Pero no es que se fuera de rositas: se llevó al hijo enfermo: Peter sufría de diabetes y esquizofrenia, y Lessing fue su cuidadora toda la vida. En "El quinto hijo" explora el mito de la familia ideal, y usa a Ben, el gnomo agresivo, el duende asocial, el gremlin de noche para explorar sus límites. El hijo que no encaja en ningún sitio, que no puede integrarse en la familia: ¿cómo lo hará en la sociedad? Y como siempre, es la madre la que, dividida entre el amor y el terror paga la factura. 

Es imposible no pensar todo el rato en otra maravillosa novela que explora muchos temas similares, "Tenemos que hablar de Kevin", de Lionel Shriver. En ambas son las madres las que purgan la desgracia de haber parido a hijos que fueron así, no por culpa de ellas, sino porque no podían ser de otra manera. Eso es lo que nos está diciendo la ciencia cada vez con más claridad y más alto, aunque haya muchos que sigan prefiriendo hacer lo de siempre: culpar a la madre. 

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