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22 julio 2021

Serial 32: La Regenta en Banderley

Al despertar, el momento de agitar los cisnes hasta convertirlos en toallas ha sido una liberación: en qué estado llegué ayer que he logrado dormir con esas esculturas del kitsch ahí mirándome. Son de algodón tirando a raído, pequeñas para estándares normales -menos mal que no vino Wences- supongo que apropiadas en casas de huéspedes ancladas en un pasado colonial. Impulsivamente, decido lavarme el pelo: cuando, ya dentro, constato que no hay diferencia entre el contenido de los frasquitos de champú y gel, se hace evidente que ha sido un error. Especialmente porque tras tollas-cisnes, papel pintado y lamparita de noche con flecos, aún hay algo con lo que no contaba: no hay secador. Al preguntar en recepción recibo una mirada entre extrañeza y "que salga la banda para celebrar la primera persona que se ha lavado el pelo aquí".

El desayuno mítico inglés de los huevos con bacon no está ni se le espera; eso sí, hay una variedad de ocho tipos de cereales, metidos en una especie de cantimploras de plástico tristísimas. Mientras me enfrento a la decisión de si Weetabix, Corn flakes o Coco-pops (no, no hay mueslis orgánicos ni granolas pijas) oigo la voz de Wences en recepción. Viene a rescatarme y a llevarme a un lugar gentrificado probiótico: yogures hiperproteicos, avena de Islandia, mermelada de ruibarbo, zumo de pomelo. Llevo el pelo mojado, anota, me faltan las chanclas del hotel "Sol y Mar", ¿por lo menos habría “tea facilities” en la habitación? Desde luego: tetera de viaje con su resistencia llena de cal y varios tarritos individuales de leche caducada. Pero habré dormido, dice, porque él no: llegó anoche a las mil a Clapham, Rob salía de guardia y le contó todo sobre mí. Total que Rob no puede esperar a conocerme y me debería quedar con ellos un par de días: necesito más noches fuera del asylum. Tiene razón, pero me vuelvo a Banderley mañana a las 11, no había tren esta noche, y además Steen no me aprobó más días.

Wences no entiende mi relación con Steen, o con Cook. Todo lo que le cuento de Banderley le parece de otra época, innecesariamente intenso: normal que acabemos todos claustrofóbicos y atacados en ese lugar cerrado y fantasma. Yo no he conocido otra cosa; por unos instantes me planteo que igual en Londres una puede ir a trabajar y luego marcharse a casa, o quedar para cenar, o ir al cine, y ser normal. Tal vez el problema es Banderley y la vida en esta isla no ha de ser necesariamente así. Wences piensa que lo que tengo es un claro Síndrome de Estocolmo cuando le describo que siento un vértigo cuando pienso en irme y que presiento que hay algo que debo hacer en Banderley. Sí, cielo, dice, tienes que aprobar los exámenes, tienes que aprender, tienes que formarte, pero no tiene porqué ser en una Institución Total, totalmente patológica. Me fastidia que diga eso; me fastidida que me fastidie. Y sigue: se plantea si estuve en un internado feroz en mi infancia, si mi padre era militar, si soy la menor de una familia numerosa llena de hermanos, si me abusaron las monjas, si me tocó un cura. A él tampoco, pero aún así no se autocastigaría como lo estoy haciendo yo. En serio, Wences, ¿tú estás en el Maudsley y me sales con esta basura psicoanalítica? No has dado ni una. Estoy en Banderley porque es un gran lugar para aprender psiquiatría y porque tal vez nuestra generación sea la última que ha podido estar en un Banderley. Wences se está acalorando, porque las Instituciones Totales a la Goffman son una anacronía y un error.

Hace 24 horas no conocía a Wences: ¿le cuento ya que no puede haber mejor lugar que Banderley para una novela, un manicomio gótico en medio de los páramos de Yorkshire? ¿Que lo que yo de verdad quiero hacer es escribir, que esto de la psiquiatría es una pequeña charanga para distraer al mundo y que me dejen en paz? ¿Que los psiquiatras se dividen entre aquellos cuya intención es ayudar a los pacientes a dominar sus demonios, y aquellos otros, meros vampiros de narrativas, a los que les va la vida en entender los porqués generales, valiéndose de historias particulares? Y los peores, los que escriben, narcisos perdidos que lo que de verdad quieren es hablar de ellos mismos (¿qué es sino la escritura?). Encontrarse a uno mismo, o a lo que te hace humano. Cuanto más insiste sobre cuánto me conviene Londres, ciudad parque de atracciones, más me voy separando. Carrusel para el intelecto y los sentidos, noria de la modernidad, pero yo estoy en esos momentos primeros ascendentes de una montaña rusa, tan tan lento, ese ruido cra-cra-cra, sin ver el final, solo siento que voy subiendo y dejando a Wences detrás.

El nota que me ha perdido. Qué pasa: que estoy liada con alguno de esos pavos que me supervisan. Debo tener cuidado en esas sesiones de supervisión, son aún mucho peores que las sesiones de terapia, me asegura y pregunta si estoy en terapia. ¿No? Pues debería. Alucino: Wences, con todo su rollo de la “medicina basada en la evidencia” está en psicoanálisis. Reconoce cierta disonancia cognitiva: no tiene sentido, pero a él le va muy bien. Su terapeuta es una señora de unos 60, muy amable, como una tía materna benévola que le escucha y nota si lleva un bajo descosido. Esto solo ocurrió una vez, al principio, pero marcó su relación: en terapia se interpreta repetidamente el mismo papel. Transferencia de hijo-madre en su caso, contratransferencia por parte de ella. Me atrevo a plantearle que tal vez ella esté enamorada de él, un tipo joven, guapo, gay, que no supone ningún riesgo. Wences se ríe: no es el caso y no me deja seguir con su terapia. Quiere volver a mi supervisión, y encuentra el gancho perfecto: ¿Es casual que estés leyendo “La Regenta”? Eres una Ana Ozores de finales de siglo XX, tu Vetusta es un hospital victoriano, igual de aislado, donde todo el mundo se conoce  y donde todos juzgan a los demás. El marido y el galán de turno no nos interesan, aquí lo relevante es el cura. Noto que se va emocionando con este análisis de crítica literaria de estar por casa que se ha montado en un minuto. Si me estoy tirando a alguien por allá arriba (le sostengo la mirada sin mover un músculo, la esfinge) no le interesa, eso lo hace todo el mundo todo el rato. ¿Pero el pasar tantas horas con una persona que no has elegido hablando de lo divino y lo humano? Eso solo pasa en confesión y en supervisión.

Pide otro zumo, está encantado. Yo protesto: no soy ninguna Ana Ozores. En primer lugar, ella es un personaje descontento, desorientado, tocada por la enfermedad mental, como sus paralelas europeas, Emma Bovary o Anna Karenina. Es otra hija de su época. Sí, Wences, enfermedad mental -se nota que no ha leído la novela, habrá visto aquella serie- así que ahora es mi turno. Hoy en día clasificaríamos los trastornos de Ana como un desorden disociativo o de conversión (transformación en síntomas de afecciones en principio psicológicas en origen), lo que Freud describe como “histeria”. La historia de la histeria- qué bien suena- es curiosa; del latín hister, útero, porque se creía que era una afección puramente femenina que se originaba en este órgano. Hay distintos tipos de desórdenes disociativos, pero tienen en común una pérdida de la integración entre las memorias del pasado, la conciencia de la identidad y de las sensaciones inmediatas, y el control de los movimientos corporales. Se asocian con eventos traumáticos o relaciones problemáticas. El comienzo y final de estos trastornos de conversión son repentinos, y tienden a remitir tras semanas o meses. Los pacientes suelen mostrar negación de los problemas. Uno de los tipos de estos desórdenes son los de “trance y posesión” en los que se pierde temporalmente la identidad personal y la conciencia completa de los alrededores, igual es lo que le pasa a Ana cuando va de penitente.

Clarín estaba bastante bien informado de las tendencias psiquiátricas del fin de siglo, como Tolstoi y Flaubert. En 1885, un año después de la publicación de “La Regenta”, Freud marchaba a París a trabajar con Charcot, quien usaba hipnotismo para tratar la histeria. Freud publica con Breuer “Estudios de la histeria” en 1895. Ana lee a Henry Maudsley de aproximación muy biológica, y cuando adopta esta manera científica de ver sus problemas (y no la supersticiosa ayuda que le ofrece el Magistral) mejora considerablemente. Una pena la de décadas perdidas al alejarse parte de la psiquiatría de la medicina, por el maldito psicoanálisis, que hasta tú hoy aún profesas.

Cuando paro para respirar, Wences logra colar un “guau”, ¿ahora la niña es un lobo de la crítica literaria bajo la piel de cordero psiquiatra? En su cole de curas era un clásico que nunca daban a leer, entiende el porqué. Venga, vale, lo retira todo: no soy ninguna pasiva Ana Ozores, ya me dijo ayer que tengo un par de huevos. Pero no sé, la verdad es que no lo tengo tan claro: igual con mis dos “confesores” no es el caso. Igual ahí sí que soy una Ana Ozores dejándome intimidar en un mundo de hombres, como ella. Todos deciden por la pobre Regenta: un hombre la casa con un marido que es como un padre, el galán la necesita en su lista de cazas amatorias como trofeo sexual y el cura la quiere como trofeo intelectual: busca algo mucho más peligroso que el sexo, su alma. Wences abre mucho los ojos y asegura que todos quieren nuestra alma en supervisión, pavos reales que abren su cola para brillar ellos, casi independientemente de su audiencia. Aunque siempre ha habido clases: hay público y público, qué mejor para brillar ellos que una chiquita asustada recién llegada, lejos de su familia y de su mundo. Se les debe poner dura en cada supervisión, Mariona, has de salir de allí.

Ignoro este último golpe de efecto suyo -Wences es un provocador y ya sé que no puedo entrar a todas sus boutades- y le intento explicar que Cook no tiene nada que ver con el Magistral: es un hombre mayor -y mi rango es + /-5- que asusta a todo el mundo, no solo a mí. Ya me gustaría tener un contrincante la mitad de apasionado que De Pas en el manicomio para trasgredir las normas-le explico que las relaciones no están permitidas; él da un gritito. Con Steen, no tenemos conversaciones tipo mira-qué-listo-soy, solo una especie de tensión que viene de su manera de estar en el mundo rodeado de enfermeras que le veneran, y espera lo mismo de toda residente que pase por allí. Me paro un momento y sopeso si seguir contándole el intercambio poético extrañísimo que encontré en unas notas clínicas, pero no continúo porque empiezo a dudar de mí misma: igual mi mente es fantasiosa y quijotesca y empiezo a ver cosas donde no las hay.

-Mira la hora! Qué tarde… ¿Lista para otro día de curso? Creo que hoy no viene Busco-a-un-hombre-llamado-Jack, dice Wences con una sonrisa maligna. 

-Bueno, igual así aprendo algo, contesto, con otra. 

2 comentarios:

andandos dijo...

Estaba pensando, después de leer el post, en la escasa cantidad de etiquetas que usamos para, supongo, clasificar rápidamente a la persona que tenemos enfrente. Tres o cuatro características suyas simplifican su vida para nosotros.
Estuve en la otra Vetusta hace poco, y sigue bien, en el mismo sitio.
Un abrazo

Di Vagando dijo...

Hola ANDANDOS, que sorpresa, me alegra "verte" por aquí, y espero q estés pasando un buen verano.

Bueno, las personas somos complejas y hay muchísimos matices. La fácil es verlo todo desde nuestra perspectiva, sin pensar q ell@s parten de biologías y experiencias diferentes a las nuestras... tendemos a lo fácil, claro.

Sabes q no he estado nunca en lo q la gente piensa como "la verdadera Vetusta"? :) para mí vetusta es un concepto de ese tipo de ciudad.. Igual he sido injusta, creo q nuestra vetusta no es tan carca y opresiva, si lo pienso... :) solo en la fila de la pastelería de ECI... :)

besos

di