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15 febrero 2026

Veinte cartas de amor y un poema desenamorado

El domingo pasado me llevó la divaganta Raquel a los "National Archives" (Los archivos nacionales, donde tienen archivada más de mil años de historia, nada menos), que están en Kew, una zona preciosa al suroeste de la ciudad. Es un edificio brutalista inmenso que me encantó: parece una nave espacial sin casi tripulantes, donde resuena el silencio del espacio. La divaganta Raquel me asegura que no es porque sea domingo, sino que entre semana está siempre así. Se confirma: es posible encontrar en Londinium sitios desiertos, o por lo menos tranquilos. Curiosamente, luego en su casa -me liaron para comer- llena de libros, encontré uno titulado "Quiet Londinium", que va precisamente de esos lugares escondidos que poca gente conoce y que yo voy a descubrir con mi bici para mis "diarios de bicicleta" (watch this space). Pero no este finde que no puedo esperar a que acabe porque estoy trabajando. 

La excusa para visitar estos archivos era una exposición de cartas de amor que han montado. Es pequeñita y asequible, y voy a incluir las fotos de algunas -calidad pésima, era imposible con las sombras y los reflejos de los cristales-, solo porque me encanta la caligrafía de casi todas ellas. De esta escritura antigua de hace siglos nos queda aún un vestigio en las cartas de nuestras abuelas, pero me pregunto sobre la técnica que usaban para enseñar a escribir (¿alguien recuerda las Cartillas de caligrafía Rubio?: claramente estas no dejaron a una generación de letras siquiera legibles). Tiene que haber algún secreto porque he observado que, en general, las personas de la India tienen una letra muy bonita y muy similar entre ellos. Que alguien vaya a India a investigar. 

Pero divago. En la exposición nos encontramos con cartas como las que se escribían en 1588 la heroína de Mini (la reina Elizabeth I) con su sweetheart de la infancia Robert Dudley. Pero ella fue "la reina virgen" y tuvo que aplacar esas debilidades para evitar cotilleos de su reputación, porque él estaba casado. Claro que ni cuando enviudó se casó con él, prefirió el poder que la relación; esto daría para un divague feminista en sí mismo, pero no hoy.

Hay también manifestaciones de amor entre hermanas, por ejemplo, el testamento de Jane Austen escrito tres meses antes de morir, con 41 años, que le deja todo a su hermana Cassandra, con la que vivía. 

El amor también puede ser peligroso y si no que se lo digan a Oscar Wilde que terminó en la cárcel de Reading por su historia con Bosie, que pese a ni
ñato escribió esta carta en 1895 a la reina Victoria para que le liberasen:


... o la de la quinta esposa de Enrique VIII (Catherine Howard), una de las dos decapitadas (recordemos el piiiexamen de ciudadanía y la [mala]suerte de sus seis esposas: "divorced-beheaded-died-divorced-beheaded-survived". La pobre llegó adolescente a la corte, el rey de 49 años se fijó en ella, pero ella a quien le había echado el ojo era a un cortesano llamado Thomas Culpeter (sí, sorpresa, señoros con novias jóvenes: ellas miran a los de su edad). Cuando se destapó el tema, Henry dijo... "rueden sus cabezas". Pero la letra es, de nuevo, preciosa:

Hay cartas entre mujeres terratenientes lesbianas en plena época victoriana; hay cartas entre líderes laboristas de la clase trabajadora y mujeres aristócratas; hay una que escribe una mujer a su marido en las trincheras de la Primera Guerra Mundial que incluiré en mi divague sobre el libro de Vera Brittain. Y esta última que incluyo no sé de quién es, pero tal vez sea mi favorita en cuanto a caligrafía...



Al final, hay papel y lápiz y nos invitan a los visitantes a que escribamos una carta de amor. La divaganta Raquel llama mi atención sobre una en la que el autor le dice a su amada que, pese a no haberla visto en 57 años, la sigue queriendo. De nuevo, solo esta historia tiene un divague entero y me ha recordado a "la cárcel donde aún te retengo" de este poema triste del Gran Cronopio. 

Con él termino: va por todas las cartas de amor que un día escribimos, y por todas las que nos quedan por escribir. 

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.

Julio Cortázar


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