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12 enero 2025

Buscando a Felisa desesperadamente (I)

La familia paterna de mi padre siempre ha sido un misterio. Solo conocemos a mi abuelo A., que era riojano y le pilló el golpe de estado del 36 en zona facista. Empezó con ellos la guerra pero luego desertó y la terminó luchando con la República en el frente de Aragón, donde conoció a mi abuela V. Se casaron y él, al terminar la guerra, mantuvo un perfil bajo hasta que por un accidente le detuvieron; sería 1944. Mi padre recuerda ir a visitarlo con una carta de mi abuela metida en el calcetín: tenía cuatro años. Como venían las Navidades, les dieron un juguete a cada hijo de preso.  Tras un juicio en el que declararon "su buen carácter" diversas personas, le dejaron libre a los cuatro meses; luego tuvo que presentarse regularmente durante un tiempo. Pasados los años, cuando mi padre ya era un joven con coche, fueron los dos a su pueblo natal, Santo Domingo de la Calzada, a ver que había sido de sus padres. De un hermano llamado Adrián que se había ido en un barco de nombre extranjero, como en la copla, no esperaban encontrar nada, aunque la leyenda familiar dice que mi abuelo y su padre fueron a verlo una vez que atracó en Vigo. Pero en Santo Domingo, nadie sabía nada, nadie quiso "remover", nadie quiso hablar. 

Y aquí termina la historia que siempre se ha contado en mi familia. Mi padre dice que al suyo no le gustaba demasiado hablar del pasado: ninguna novedad en el país del "de esto no se habla" o "no te metas en política" que me decía la Yaya. Cuando les visitaba de pequeña, mi abuelo siempre estaba escuchando la radio y hablaba de la Guerra Civil como los libros de texto, del General Miaja y de brigadas y cosas así. Por la Ley 37/1984, de "reconocimiento de derechos y servicios prestados a quienes durante la guerra civil formaron parte de las Fuerzas Armadas de la República", le dieron una pequeña cantidad que distribuyó a partes iguales entre sus nietos. Lo más personal que recuerdo que me contó fue que se le perdió la cartera en el frente y ahí llevaba la foto de su madre. Un soldado joven se ofreció a ir a buscarla y él no le dejó: era demasiado arriesgado. 

Mi abuelo murió en 1993 y todas esas conversaciones yo nunca las escribí. Me da tanta rabia: lo que no se escribe se olvida. No recuerdo, por ejemplo, si le pregunté por qué no íbamos en ese mismo momento a ver quién quedaba en su pueblo, o por qué no volvió mucho antes, cuando dejó de estar de incógnito.   

Hace un par de años, en la estación de RENFE de Pamplona, el Peda tuvo una conversación con mi padre en la que le contó lo de arriba. Yo ya se lo había contado antes, pero algo hizo click aquel día. Me gusta que empezara todo en una estación, porque aquel día comenzó mi viaje en búsqueda de esa familia perdida. ¿Dónde están mis bisabuelos? ¿Tal vez en una cuneta?  ¿Dónde el misterioso hermano Adrián? [por culpa de él, hubieran llamado así a Fashion, de haber sido niño]. ¿Habrá descendientes de su rama de la familia en Santo Domingo? ¿O en el pueblo originario de mis tatarabuelos, uno muy pequeño en la provincia de Burgos?  

Llevo estos dos años haciendo una investigación amateur, consiguiendo partidas de nacimiento, certificados bautismales, archivos de combatientes, y he conseguido un árbol genealógico de esa parte de mi familia que va hasta finales del SXVIII: los tatarabuelos de mi abuelo. Carlos, Isabel, Juan, Basilia, Pedro, Bonifacia, Joaquina, Martín, Teodora, Marcelo, Eusebia, Félix, Antonina, Juana, Candelas, Donato, Concepción, Avelino, Eugenia, Purificación... nombres antiguos, feos para nuestro oído, aunque recuerdo uno curioso, de la tía de mi bisabuela, Zoa. 

Mi bisabuela era Felisa, tenía como ocho hermanos. Encontré su partida de nacimiento en Santo Domingo de la Calzada, pero allí no figura su defunción. ¿Dónde murió? Como he estado en contacto con diversas personas de la zona (un escritor, un investigador) sugirieron que debería ir a ver los libros de los registros civiles y parroquiales en el pueblito de Burgos, por si Felisa hubiera huido allí, y ese era el objetivo principal del viaje que hicimos mi padre, el Peda y yo estas Navidades. El día de San Esteban nos pusimos en carretera, siempre al oeste,  y llegamos a Santo Domingo. 


Lo primero que hicimos fue visitar la catedral, que es preciosa y famosa por la leyenda que ha dado lugar al adagio:  "Santo Domingo de la Calzada, que cantó la gallina después de asada". Lo de abajo es un gallinero en plena catedral, donde siempre hay un gallo y una gallina blancos: es una pena que al haber tanta luz dentro no se ven, pero confirmo que lo que vimos tenía un tamaño descomunal. 


La leyenda dice así: en el libro quinto del Códice Calixtino, escrito en el SXII, se recomienda pasar por Santo Domingo cuando se hace el Camino de Santiago. Me hizo mucha gracias ver las notas en inglés en la catedral, en las que lo llaman "Saint Dominic of the Way". Sí, el santo "did it his way" como Sinatra, y sustituyó la antigua calzada romana por otra mejor para los peregrinos, junto con un puente, un hospital y un albergue. En el siglo XIV, Hugonell, un peregrino alemán y sus peregrinos padres pararon a dormir en una posada en este pueblo. Por supuesto, y siendo una leyenda para mayor gloria de un santo católico, atención, spoiler, la mala es una mujer: la hija de posadero, afrentada porque su amor no era correspondido, le pone al alemán una copa de plata en su zurrón (la mochila de la época) y voilá, enseguida lo acusan de ladrón. Como todo era muy razonable en la época, al pobre teutón lo condenan a muerte, pero ni con la horca se muere (o resucita, no me queda claro, pero lo que sea lo hace Domingo con su buen hacer de santo). Sus padres, locos de alegría, van a una autoridad a decírselo y el tipo, que según la fuente o bien tiene un pollo en el horno o bien en el plato dice: "Venga ya! Si eso es cierto, que cante esta gallina!». Y efectiviwonder [no estoy muy puesta, no eran los gallos los que cantan?], colorín colorado, "cantó la gallina después de asada". 

Bromas aparte, la catedral merece mucho la pena y la visita es muy interactiva. Mi padre la recordaba muy oscura y lúgubre de aquella visita hace más de 50 años... bueno, aún conservan algún detalle oscuro como esto:


Me encanta, que conste, para gótica yo. En fin, lo que me impresionó fue semejante iglesia en un pueblo relativamente pequeño, aunque si una cosa me he dado cuenta en este viaje es que esto es la tónica. Hemos pasado por otros lugares incluso menores con maravillas similares. Y es que claro: es el Camino de Santiago. Más mañana sobre esto, pero adelantar que si ya quería hacerlo antes (en bici, eso sí), ahora aún tengo más ganas. 


Seré un guiri más con mi sombrero ese de todos los viajes, pero intuyo que el problema será, como siempre ya en todas partes -menos en Vetustilla, véase ayer!-, la masificación. No solo porque está de moda: he podido ver estos días por la Rioja Alta y por Castilla cómo de a rebosar de albergues, hoteles y casas rurales está hasta el pueblo más pequeño: esto en verano debe ser como Salou. 


La primera persona que conocí que hizo el Camino fue cuando yo hacía 2BUP (~1986). Un amigo que acababa de terminar primero de historia se fue con dos colegas suyos. Les costó un mes, a 30 kms diarios. En aquella época, debió ser una experiencia realmente chula -y eso que ya había guiris con los que compartían habitación. Pasados los años también lo ha hecho mi suegro [por etapas], y cuando nos habla me da la impresión de que es uno de los recuerdos de su vida-dice que lo quiere repetir. 


Aquí en el claustro hay un olivo, y como era Navidad, había por dentro belenes de todo tipo-se incluye uno enorme de Playmobil.


Ah, y el gallo, el que canta, aquí de plata, con la Iglesia hemos topado...


La torre "exenta" de la catedral es otra peculiaridad: a la primera torre que hicieron la partió un rayo, a la segunda le pasó un arroyo por debajo, así que decidieron hacer la tercera, para que fuera la vencida,  separada... y así lo está. 


 Esta es la plaza del ayuntamiento, toda con piedrecitas. Hacía mucho frío. Y niebla. 


Y esta maravilla era el antiguo hospital de peregrinos, hoy un Parador Nacional en el que quedamos con el investigador que me está ayudando a tomar un café. Nos explicó que entre esos arcos dormían los peregrinos: los hombres a un lado, las mujeres a otro. 


Yo tenía tanto frío que me tomé un Cola-Cao. Eso, y viniendo de las partes góticas de la catedral, me elevaron...


En este rincón han adaptado unos confesionarios... 


Cuando haga el Camino, me quedará a dormir aquí [el resto iré de albergues, ji], pero esta noche teníamos que ir a domir a... Castrojeriz, Burgos.



~~Continuará~~

Mientras, os dejo con el horario de misas de un convento que visitamos a la salida, donde también había, cómo no, exposición de belenes [y los Cristos con falda y mazados que colgué ayer]. 


Hacía frío, pero no tanto: esta foto es de santodomingoturismo.es




09 enero 2025

Ver con ojos de turista los lugares donde veraneabas en la adolescencia: Qué extraño

En estas vacaciones de Navidad tanto Mini como yo teníamos un objetivo personal: el mío era intentar recuperar una parte de mi pasado familiar remoto que ha estado siempre revestido de misterio, y el de Mini recuperar "ropa vintage" que pensaba se almacenaba en los arcones de la casa de Vetustilla de la Torre, ese no-lugar. Así que el primer finde en la península fuimos con mis padres de excursión a aquel pueblo donde pasé veranos de mi adolescencia en busca de esas horribles chaquetas de chándal y sudaderas de los 80. Encontramos algunas perlas que nos hemos traído de vuelta a la isla, incluyendo unos pantalones chinos "Nike Golf" (quién llevó esos pantalones alguna vez?) que llevaron a Parras a bautizar al pueblo, a partir de ahora "Vestutilla del Golf",

El día era uno de esos de sol insultante y maravilloso. Y el azul del cielo, tan azul como solo lo es el de Vetusta y comarca en los días de invierno luminosos: sí, porque es el cielo de mi infancia [estáis tod@s, antes de que yo lo escriba, recitando a Machado? "esos ojos azules y ese sol de la infancia"]. Aunque pasados uno, tal vez dos días, la magia desapareció, y llegó la niebla. Que sí, puede ser chula y misteriosa como en aquellas fiestas del covid, pero que esta vez se ha pasado: iba de la mano de frío de valle continental, niebla que, al llegar a casa, te hace sentir como si hubiera caído un sirimiri sobre ti. Sirimiri en Vetusta? No me hagan reír: allí es todo tormenta, cierzo, drama.

Sobre volver a la casa de vacaciones de tus padres (hace cuánto que no volvía?) podría escribir por horas. Ella (la casa) también se ha quedado vintage, como la ropa de los arcones: las habitaciones son de adolescentes, el baño con los sanitarios color beige (créanme, era la moda), los armarios de la cocina con asas (qué comodidad, pero sigamos con las cocinas-quirófano en la que tenemos que abrir las puertas con los dientes). Los interruptores de las luces. Las láminas impresionistas de Monet enmarcadas, algo muy de mis 15. Flores secas. El sonido de los peldaños de las escaleras de madera al subir. Candiles restaurados. El salón, al que le quisieron dar un aire rústico -chimenea con zuecos de nieve de la Cerdanya decorativos cuando no se usa (o sea, ya siempre), baldas de obra, techo de vigas de madera, mecedora del padre de la Yaya- ha mantenido su dignidad.


Las ventanas son enormes, en contraste con lo que son las ventanas de una casa de piedra de la montaña, que fue sin duda la inspiración de mis padres al construirla. Mirando por la de mi habitación a la era vacía, sin un ruido - no hemos visto absolutamente a nadie por la calle-, me planteo si sería capaz de una jubilación allí, solo leyendo, escribiendo, y viviendo lento. El Peda revienta mi globo: "olvídate". Tengo amigos que ya saben cual es su lugar en el mundo, yo todavía no. Me pregunto si esta duda nos persigue más a los emigrantes, que algún día tendremos que tomar esa decisión. Y no será facil, porque tenemos el corazón en pedacitos. Siempre con la mente en distintos lugares -el cuerpo, a ratos-, y de repente decidir "aquí me quedo" que suena a Goytisolo y es para nosotros empezar a morir un poco. O tal vez no, quién sabe, tal vez lo escribo porque hoy estoy melancólica, ansiosa: ha sido el funeral de una antigua compañera de trabajo, más joven [aún] que yo. Lo han retransmitido por internet, una novedad para mí, pero no he sido capaz de entrar. Una mezcla de miedo, superstición y culpa. Pero he pensado en ella: hacía surf en Cornwall, era cálida y siempre sonreía. Suena a tópico. La recordaré siempre entrando en la oficina con su melena rizada y con neopreno. Obviamente, nunca pasó, pero me gusta esa imagen.


Al subir a la torre en lo alto del pueblo me siento en el fin del mundo, qué Vietnam ni qué leches. Ahora está restaurada, pero a mis 17 se estaba cayendo y yo fui a la Diputación con otras dos que se reían "a ver qué se podía hacer". En un escalón bajo los arcos que ya no existe besé a mi novio de la época por primera vez. Olía a corderito, no puedo explicarlo mejor. Hace viento ahí arriba, y miramos el proyecto de macrotirolina que va de ahí al monte, que nunca funcionará. La que funciona es la tirolina infantil, por la que nos tiramos Mini y yo tras el paseo por el río. No había nada de eso en mi adolescencia: ni el camino del río estaba abierto, era una jungla de juncos y de hierbas. Aún así, no cambiaría esos veranos de libertad por ningún viaje a países exóticos que llevamos ahora a los hijos. Me da pena que la mía se haya perdido ese mundo.





A la vuelta, hacemos de turistas en otro pueblo que tiene una presa romana del Siglo I. Les cuento la historia que tengo de aquí: vinimos en bici tres amigas y nos hicimos pasar por inglesa (yo) y francesas (ellas). Un hombre tocó la guitarra y cantaron la marsellesa en plena plaza. Lo loco es que coló bastante rato. Es tan extraño volver a esos lugares que eran nuestros dominios adolescentes y verlos hoy con esos ojos de "presa romana del Siglo I" o "torre mudéjar de nosecuándo": en el pasado todo lo que interesaba eran simplemente las fiestas, las peñas, las relaciones y poco más.



Terminamos comiendo en Belchite, el pueblo cabeza de partido de la zona, que fue bombardeado durante la Guerra Civil y cuya parte vieja desafía al tiempo, ahí de pie, recordándonos que esto mismo está ocurriendo ahora mismo en Gaza o en Ucrania. Siempre me impresiona pasearme por aquí, aunque ahora lo han vallado: ya no puedes entrar en la iglesia icónica y estremecerte ante el rosetón que se sostiene ahí haciendo equilibrios. Me recuerda a la abadía de Whitby, de la que tanto he escrito, por lo que me gusta y por Stoker, claro.





En el coche, a la vuelta, pienso: hoy me he reencontrado con la Di de esa época en cada esquina [Nota: el pasado remoto al que me refería al principio lo tendré que dejar para otro divague. Allí contaré otro viaje en dirección opuesta: siempre hacia el oeste]. Siento la cara polvorienta -eso nunca cambia de ir allí- y me escuecen los labios. Han cambiado los ojos con los que yo miro las cosas, no el sol de la infancia. Mini lleva un pequeño cargamento de pantalones de chándal más un par extra para [nunca] jugar al golf.

08 enero 2025

El fantasma que opera en tu casa cuando tú estás de vacaciones

No, no culpo al fantasma de esto

Hoy vengo a escribir un haiku y ya. En serio: hoy solo vengo a por una explicación ante un tema, a ser posible mejor que la de Mini ("es el fantasma") o los Jekes ("claramente, un fenómeno paranormal"). No es la primera vez: ya acudí al oráculo de los divagantes cuando ruidos raros se oían en casa; entonces, mi hipótesis era que Rose tenía un tarado á la Pulp Fiction en el subterráneo, y todos no pudieron más que darme la razón. Hoy, el tema es "por qué siempre pasan fenómenos extraños en casa JUSTAMENTE cuando estamos de vacaciones". 

Ayer (cuando empecé el divague), Noche de Reyes, volaba muy tarde desde la península, con gran dolor de mi corazón al no poder ir con el sobrinísimo a la cabalgata, que dicen en la Ciudad Condal nada tiene que ver con aquella de Vetusta en la que hacía siempre tanto frío (lo de pintar a un señor con betún pasaba en todos los sitios). Volvía fastidiada, aparte de por lo de todo el mundo, porque hacía un par de días había escrito la odiosa dueña del piso de abajo, que las nuevas inquilinas habían tenido una gotera de mi "bay window" (envolvería un preparatorio en arquitectura georgiana explicar esto, no insistan). Pues bien, al llegar descubro que el culpable de esa gotera tal vez no sea la "bay window" sino el tejado del edificio al haber un par de "humedades" en mi pared, justo encima de lo suyo. Nota: tejado que cambiamos con gran estrés la primavera pasada. 

Llena de malos augurios, al salir de casa, decido pasar a ver al pobre Wolfy que está aparcado en una calle lateral. Una vez, tras un viaje a Malta, algún oligofrénico había saltado sobre el techo y estaba hundido. Hoy, qué me encuentro? Alguien ha arrancado el retrovisor del copiloto, o bien sin querer con un patinete por la acera o con un tortazo, en cuyo caso, la persona merece otro. Cabe anotar que el otro retrovisor ya lo tengo sujeto con cinta aislante, porque también, oh destino, lo encontré en el suelo un buen día (o mejor dicho, me di cuenta que no lo llevaba cuando ya estaba conduciendo e intenté mirar por él). 

Por qué ocurren todas estas cosas cuando estás de vacaciones? (bueno, el primer espejo no). Esto puede parecer una mala suerte casual tras más de una quincena fuera, pero no es la primera vez: el verano pasado, tras Vietnam, nos encontramos una gotera misteriosa que manchó la pared del cuarto abuhardillado, pero nunca más apareció. Aún tengo ahí la mancha en la que seguro algún vidente verá al Sagrado Corazón, y lo que te rondaré morena porque en esta casa, ya lo he dicho, las cosas de palacio van despacio. Y, ¿alguien recuerda aquel entrañable viaje a Cornwall el otoño pasado? (sí, el de las 12 horas de tren gracias a "Great" Western Railways). A la vuelta, lo que había goteado sobre nuestras almohadas había sido el balconete (ahí aún no habíamos cambiado el tejado). 

O-y esto no lo he contado porque intentaba enterrarlo en la memoria por mi ornitofobia secular- la vez que, estando nosotros en Turquía (por qué recordaré los destinos?), entró un pájaro por la chimenea? Odio esta historia pero intentar ocultarla no funciona: desisto, a la gente le encanta y dicen "oh, ah".  Básicamente, entró ese bicho por la chimenea y menos mal que vino Mónica a regar y se lo encontró y le abrió la ventana y tuvo que hacer danzas tribales para que se fuese, porque me llega a pasar a mí y soy yo la que se tira por  la ventana. Dice Fashion: "los animales notan la quietud de las casas". Vamos a ver, sí, los ratones lo entiendo (más sobre ratones en mi casa en este divague: "De ratones y de hombres") pero hay cuatro chimeneas en mi edificio: cómo sabe el puto pájaro qué piso está vacío? 

Y no solo me ha pasado a mí, claro que en el resto de casos hay indudables culpables: un compa mío tuvo que volver de Lanzarote enmedio de sus vacaciones porque se inundó su casa [él había instalado los tubos] o los jekes recibieron una llamada de su casero a las 3 am diciendo que el piso de abajo se estaba inundando [JAL, el kuñado universal dejó un "sistema de riego por goteo programado" que claramente se desprogramó]. Eso sí, estos eran jóvenes e indocumentados y no volvieron: "estamos durmiendo, estamos en Tailandia", le dijeron al casero. Pero no es mi caso: yo cierro el agua, dejo una patata y un par de zanahorias en la nevera y apago el wifi y varios enchufes clave. Por qué, Señor, me ocurre esto?

Es el fantasma de las vacaciones, dice Mini (o la ira de Dios ante gente disfrutando, pienso yo, de más clara educación judeocristiana). Porque todo esto podría ocurrir cuando estoy en casa, pongamos en la cocina haciendo una cena deliciosa (vale, no cuela) o el salón haciendo meditación (tampoco), y cuando se pone a llover ves, delante de tus propios ojos, cómo empieza a chorrear agua por la pared. O puedo estar limpiando la plata y entrar el pájaro (es oficial: me muero). Sin embargo, el fantasma aprieta, pero no ahoga: lo del pájaro hubiera sido pasarse. Fantasma, si estás ahí, ¡manifiéstate! O si alguien tiene una explicación más plausible, la necesito. Gracias. 

Y termino con unas imágenes que tomé estas pasadas vacaciones en la España profunda que contaré en los siguientes días, porque todas son fantasmagóricas. La primera no requiere mucha explicación, es la versión más pirata del espectro que nos ocupa. Luego viene la primera versión de Jesucristo trans que he visto y por último, de nuevo nuestro Señor sorprendiéndonos haciendo "una dominada" (he tenido que buscar la palabra, no piensen que han secuestrado el blog).





Estas fotos son solo los preliminares de unos divagues en preparación en los que se elucubrará sobre retornar a los sitios de la infancia, sobre investigaciones genealógicas amateurs, sobre meter un dedito en el Camino de Santiago, sobre cual es el punto de la niebla, y por supuesto, cómo va el desarrollo del sobrinísimo, que ya tiene dos años y 8 meses y con el que tengo que ir a la cabalgata, un año de estos. 

30 diciembre 2024

"Esto es ridículo", una frase para casi todo últimamente [Ya lo dijo Vivian Gornick en "Apegos feroces"].

"Fierce attachments" ("Apegos feroces")
de Vivian Gornick es uno de esos libros que tiene todos los ingredientes para que me guste [autora judía neoyorquina, verbosa y feminista]. Sin embargo, me ha costado empezarlo: lo he tenido en casa tal vez un año, hasta me lo llevé de paseo a Vietnam (allí lo leyó el Peda, a mí no me dio tiempo) y al final, este mes de diciembre fue su San Martín. La principal razón de mi gato-y-ratón con este libro ha sido una de las palabras de su título: "attachments" (apegos). Este sustantivo me hace martillar el revólver al leerlo o escucharlo porque se suele usar mal: cuando lo constato, con dificultad contengo la urgencia de disparar. En estas memorias (porque este es el subtítulo de la novela, "a memoir"), "apego" está mal usada, por supuesto, pero por lo menos no la repite demasiadas veces, en contra de lo que yo predecía. Y en compensación, la otra palabra del título, "fierce" (feroz) es un adjetivo que me encanta: me lleva a la infancia (¿quién teme al lobo feroz?), a atroz (otra palabra que mola) y a Trasmoz (un pueblo con brujas, qué más se puede pedir a un pueblo?).

Este libro fue publicado en 1987, antes de que se usara el término “autoficción” para indicar despectivamente “algo que ha escrito una mujer tomando elementos biográficos” (como si no escribiéramos tod@s desde la biografía). Podría haber escrito más sobre política, Nueva York o el proceso de escritura, pero Gornick se centra en el tema “relaciones”. Divertida, feminista, socialista, a reventar de ideas… a ver si lo consigo explicar.

La madre
Cómo no, su madre es la típica mamma judía con todos sus estereotipos. Empecemos con el chiste clásico: qué le dice una madre católica y una judía a su hijo tarambana? La católica: "si haces X, te mato". La judía: "si haces X, me mato". En psiquiatría hasta hace poco se trabajaba mucho el concepto de "Alta Emoción Expresada" (High Expressed Emotions) como, si no causante, sí factor relevante para el desarrollo de enfermedades mentales severas como la esquizofrenia. Supongo que para los pobres anglosajones todas las familias de origen cultural católico o judío seríamos "alta emoción expresada", pero no por ello tenemos más incidencia de psicosis -aunque el concepto de judío neurótico nos lo ha machacado Woody Allen durante décadas. En fin, que la madre de Gornick es la sede de la Alta Emoción Expresada.


Y es un personaje de esos para hacer libro fórum: el Peda opinó que "es malísima" pero yo a ratos me reía con ella (el libro tiene bastante humor, ese factor tan bienvenido en la literatura). "Huérfana! ay, Dios, eres huérfana!", gritaba a intervalos regulares en el velatorio de su marido señalando a su hija, en el que la madre adoptó siempre el papel central. O cuando le intentan vender otra religión por la calle: "Joven: soy judía y socialista, creo que eso es ya suficiente para una vida, ¿no?"

Cuando habla con su hermana, la conversación es "agresión entretenida de observar". Con extraños puede ser seductora y encantadora de serpientes cuando quiere, pero este encanto es "peligroso y del que no se puede confiar". Es narcisista de alto nivel, y sin ningún tipo de auto-conocimiento: "¿haces esto para ponerme triste?" (no, mamá, el mundo no gira alrededor de ti, lo hago porque quiero).

Lo que hace cuando se queda viuda a los 50 también habla mucho de ella: toma la decisión activa de no recuperarse nunca de esa pérdida -simplemente, no le da la gana. Gornick se maravilla de que "nunca se cansase, inquietase o aburriese de esa seriedad" y pienso que es lo contrario de lo de un personaje de Isabel Allende que "no tenía paciencia para la tristeza". Siempre recuerdo esta frase leída hace 30 anios porque creo que te cae la lotería si eres así [algún beneficio tenía que tener la impaciencia]. Y no creo que esto implique que hayas querido menos que alguien que se mete en ese exceso performativo: la madre de Gornick llega a casa y se echa en el sofá con las luces apagadas, adopta una nueva manera de estar en el mundo tras ese evento. Y si alguna vez alguien le sugería que su actitud resultaba opresiva a los demás, se sorprendía: hay una metáfora fantástica cuando la madre abraza a la autora demasiado fuerte contra su pecho y Gornick dice: "tenía problemas para respirar, pero ahí estaba segura".


Eso sí, tiene claro que su hija va a tener educación, y cuando alguien le pregunta qué cree que va a sacar en claro su hija de ir a la universidad afirma "no lo sé, es lista y se merece una educación. Esto es América. Las chicas no son vacas en el campo esperando emparejarse con un toro". Claro que a cualquier pico le sigue su valle: cuando la autora vuelve de clase hablando con la jerga de los estudiantes de literatura, su madre no la entiende: "Habla inglés en esta casa!". Gornick queda estupefacta, porque no era tan complicado: todo lo que tenía que hacer su madre es "adorar en lo que yo me estaba convirtiendo, pero ahí estaba ella: rechazándolo".

Para mí la anécdota que mejor resume su narcisismo y egocentrismo es esta: Gornick da una charla ante una gran audiencia entre la que está su madre que es un éxito. Al día siguiente, cuando ve a su madre por primera vez tras el evento, Gornick la mira llena de expectación, esperando oír lo bien que estuvo en la charla pero su madre abre la boca, toda ilusionada y suelta: "¿Sabes con quién soñé anoche? Con Fulanita!" y comienza un largo monólogo sobre Fulanita en el que Gornick ya directamente disocia y supongo ve pasar su vida por delante. Esta divergencia de prioridades nos ha pasado a tod@s, en distinto grado y con distintos temas, algunos menores. Pero si cuando un libro te toca muchísimo y el recomendado te dice "meh, sin más", y ya casi físicamente te duele, no digamos en temas más personales, y venidos de tu propia madre.



Ah, y cómo no: su madre también destroza los libros que ella le recomienda. El patrón es siempre comenzar con un "escucha...", al que sigue un "¿Qué me puede enseñar este autor que yo no sepa? Nada". Gornick psicoanaliza el proceso y concluye que cuando su madre no entiende algo siente miedo y lo refleja siendo hipercrítica y desdeñosa.

Psicoanálisis y otras malas hierbas
Una bonita interpretación la de arriba, a saber si cierta. Para escribir no necesitas ser psiquiatra, ni siquiera psicólog@ [aunque con Franzen a veces me pregunto si ha hecho un curso de ccc], pero necesitas tener un mínimo de nociones sobre el alma humana, que Gornick desde luego tiene. Además, como buena persona dedicada a las “liberal arts” en Nueva York, Gornick ha estado en psicoanálisis (de ahí ha cogido prestado el concepto innombrable del título) y hace bastantes interpretaciones que se nota que vienen de ahí. 

Pero una cosa es una interpretación psicoanalítica sacada de tu kipá, y otra un concepto estudiado por la neurosicología. Por ejemplo, en un momento describe que de repente, se siente increíblemente triste (usa "miserable, desolated, defeated, speechless", todas en una misma frase-y decir que se queda sin palabras alguien con tantas como ella, es decir mucho). Esto que está describiendo es un NAT (Negative Automatic Thought o Pensamiento Negativo Automático). Los NAT son pensamientos que pasan rápido por nuestra mente, instigados por elementos que no nos damos ni cuenta, pero que te dejan con una sensación negativa. En terapia, te ayudan a intentar desentrañarlos, pero si tienes un mínimo de introspección sobre ti misma, lo puedes hacer tú. A mí es un concepto que me resulta muy útil y lo uso cuando Mini me dice que de repente está triste y no sabe por qué... entonces hacemos de investigadoras para ver qué ha pasado en el último rato que ha podido activar un NAT. El NAT es un concepto que viene de neuropsicología, una disciplina seria que nada tiene que ver con esoterismos como el psicoanálisis, pero entiendo que la población general se líe.  


Gornick según Gornick
Con la personalidad de Gornick me resulta a ratos muy fácil identificarme: ella no sueña "con amor o con dinero, sino con ella misma dando charlas elocuentes que llevarían a diez mil personas a sentir sus vidas, y a actuar". Aborrece cocinar: "no podía asumir su valor social" [creo que cocinar y comer está sobrevalorado - "dijo ella enmedio de Navidades"]. Y aprecia ir bien vestida, pero no soporta comprar y siempre lleva la misma ropa, en contraste con otras mujeres que planean lo que lucen- coincidimos también en ese tema.

Su expresión más habitual es "¡Eso es ridículo!", aplicable a casi todo [la entiendo: yo ya he tenido mi oportunidad de esoesridículo esta misma mañana leyendo un artículo de un "tren de lujo de Donosti a Santiago que dura 7 días comiendo tipo Michelín al módico 18.500 euros por pareja"-si vas sola, 16.000]. Necesito esa camiseta ya: “ESTO ES RIDÍCULO”.


Relaciones amorosas
Gornick tiene un ensayo titulado "El fin de la novela de amor" que leeré, y habla mucho de amor y sexo en estas memorias. El Amor con mayúsculas parece hacer sido el motto de la vida de su madre, que aunque "no odiaba el sexo, parecía que simplemente lo soportaba", como muchas mujeres de esa generación.

A los 16, la virginidad de la autora "estaba bajo cerco", o sitiada, ella en las trincheras. Al poco tiempo de casarse con un pintor, se da cuenta de que él era un ser sin palabras (qué sorpresa en un artista visual), mientras que a ella le sobran - para criticar, analizar, diseccionar. Ella adora la claridad de pensamiento y él, la revelación mística: ¿qué podía ir mal? Su madre no había aprobado que se casara con un "goy" (no judío): me parto cuando Gornick le dice: "pero mamá, no éramos comunistas?". Describe muy bien el proceso degenerativo de la relación, desde la "horrible amabilidad" (quién no dice más por favor y gracias cuando está enfadado?) hasta la "consideración forzosa". Y la mejor reflexión: lo que les mantuvo juntos más tiempo es que, lo que era en realidad "tensión", ellos lo llamaban "intensidad" [ah, la importancia de la narrativa, la historia que nos contamos a nosotros mism@s de lo que sea].

También describe otras dos relaciones intensas que tuvo con un par de tipos muy diferentes: uno se enloquece con la religión del psicoanálisis y me he reído porque durante unos párrafos he estado preguntándome si estaba psicótico o era solo jerga psicoanalítica. El psicoanálisis se convirtió en "el gran drama de su vida. Absorbió su lenguaje y sus verdades como leía Gran Literatura: se hizo sabio, pero al vacío". El otro era un sindicalista con el que, si no fuera por el pequeño detalle de que estaba casado, hubiera tenido una relación muy chula: "él nunca dejaba de llevarle la vida a la puerta de su casa" ("he never stopped delivering life to me, for me, at me"). Ah y olvidé el otro nimio detalle o nube en la relación: el sindicalista le entra a una amiga de Gornick y cuando ella le confronta el tipo sale con que el amor "es una relación adversaria. No hay amistad en el amor". Gornick se revuelve, "si el amor es solo apego romántico, que se joda", para llegar a la conclusión de que era inevitable que, al final, ella se convirtiese en la mujer engañada también.

Total que los hombres estaban "asustados de una mujer como ella". Ella buscaba hombres con “la combinación de vulnerabilidad y fuerza adecuada para poder generar aquello de la tensión sexual”. Resumiendo, un fracaso: “si eran listos, su apariencia era rara, si eran viriles, eran estúpidos”. Más introspección: si un hombre era "bajo o tonto o sin educación o extranjero, me sentía lo suficientemente superior como para arriesgarme a la ternura". Con potenciales parejas que crees tu inferior, tienes la libertad de mostrarte más como eres y de cometer errores. Es fascinante lo del balance de poderes en las parejas.



New York, NewYork
Ya he comentado que claro que el libro es Nueva York, pero podría haberlo sido mucho más. Gornick-niña va en bici por el Bronx Park East, o de adolescente se sienta en el borde de la ventana, con sus pies colgando en la escalera de incendios. El tráfico, el ruido, la urgencia de Delancey Street. Enfrentarse al "outpouring of lovely human bustle at noon, a density of human appetites and absorptions" en Lexington Avenue. Todas estas imágenes me han traído a la Nueva York de las pelis con el Rhapsody in Blue de George Gershwin del comienzo de "Manhattan" de Woody Allen y el puente de Williamsburg de fondo y me han puesto aún más expectante en el cuenta-atrás del super-regalo de Mini este año. En 46 días estaremos paseando por La Gran Manzana, y prometo buscar algunos de los lugares vibrantes, urgentes, confusos, llenos de palabras e ideas que son y que describe Gornick. Si me la encuentro le diré que no ha usado bien el concepto "apego" pero que, por favor, siga siendo tan feroz.

Lean “Apegos feroces”, no lo dejen tanto tiempo como yo.

14 diciembre 2024

"La mala costumbre" y "Emilia Pérez": El enemigo del feminismo es el patriarcado.

El enemigo del feminismo es el patriarcado. Pero de un tiempo a esta parte hay un grupo de personas que creen que hay otro enemigo y, en nombre del feminismo, buscan que una minoría que ha sido marginalizada y discriminada desde siempre (las personas trans) siga igual. 

El otro día leí una entrevista a Judith Butler -la famosa teórica del género- que atacaba a estas feministas anti-trans. Ayer, un artículo de Najat El Hachmi llamándola por ello manipuladora. Otro día, otro artículo en el que Owen Jones era atacado por Suzanne Moore, una histórica feminista a la que yo leía y admiraba en The Guardian, pero que lo dejó precisamente por no estar de acuerdo con la línea editorial del periódico sobre este tema. De ahí pasé a un podcast entrevista con dos Julies, a las que también yo leía y de las que aprendí: Bindel y Burchill, y a JK Rowling, que está también en esa misma línea. Son todas mujeres a las que respeto y que me influyeron: qué desastre todo. Y luego el congreso del PSOE, quitando letras  al LGTBQ+ por lo mismo. 

El enemigo del feminismo es el patriarcado, y nos hemos distraído. El enemigo se frota las manos: divide y vencerás.

Estos últimos días he terminado un libro y he visto dos pelis: "La mala costumbre", "Emilia Pérez" y la segunda la omito porque sería spoiler. Claramente "el género" (no sé cómo llamarlo) es El Tema últimamente. En este divague voy a hablar sobre todo del libro, pero creo que quien se anime a leerlo debería mirar antes el divague titulado "Los complejos factores que influyen en nuestras preferencias sexuales y nuestra identidad sexual". Sé que las personas trans no quieren ser medicalizadas, pero entender la biología no es medicalizar. A mí no me gusta el picante, el ruido y soy impaciente y todo eso tiene componentes biológicos como lo que mido, que tengo pelo liso y el color de mis ojos. Dediqué a las bases biológicas del comportamiento una serie llamada "Unique: La Nueva Ciencia de la Individualidad Humana"  el pasado noviembre que solo leyó Muinovello. 

Me pregunto si todas esas mujeres del primer párrafo conocen algo de las bases biológicas de nuestros comportamientos, en particular de la identidad sexual ("las feministas que creemos en la existencia del sexo", dice El Hachmi), y/o se molestan en leer libros como del que voy a hablar.  En fin, empiezo:

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Alana Portero
"La mala costumbre" es la primera novela de Alana S. Portero, una mujer trans a la que escuché en Carne Cruda hace un tiempo y, aparte de por recomendaciones de un par de amigos, por esa entrevista decidí leer su libro. Me gustó cómo articulaba un pensamiento de izquierdas muy claro ("clase obrera" decía!) no meramente el tema identitario enmarcado en novela-de-crecimiento, que ya daría como gran tema solo para una novela. Pero no: Portero creció en 
tremenda precariedad pero con la suficiente inteligencia como para no tragarse los discursos de la derecha de que otros (e.g. los inmigrantes) son los causantes de su miseria. Ella sabe quienes eran los culpables en su infancia y quienes lo siguen siendo ahora: con el gran éxito de su novela, ha salido de los contratos basura pero sigue volviendo a su piso de alquiler en Móstoles en metro + bus, tras haber estado en un photocall con Almodóvar y Dua Lipa. 

Un ejemplo de lo cañera que es la autora políticamente es la descripción de los padres de Alex, la niña trans protagonista de "La mala costumbre": son clase trabajadora de los que se han deslomado currando desde los 10 años. Metiendo horas en la fábrica sin conocimiento -y privándose así de tiempo con sus hijos- y fregando y restregando la mierda de una familia bien. Alex no esconde la rabia por esto, y por cómo llegan a la vejez, sus cuerpos destrozados y ella señala sin dudas: el responsable es el capitalismo. 
... [mi padre] proviene de generaciones enteras de hombres y mujeres que se han dejado el cuerpo en la faena. Sus piernas delgadas también contaban la historia de la malnutrición endémica de las familias que no han conocido otra cosa que trabajar así.
Nadie puede salir indemne de una vida entera dedicada a reventarse el cuerpo para mantener un hogar en pie. 
Eso sí, les queda el amor: durante toda la novela queda claro cuánto los quiere, y cuánto la quieren. Aunque esto no facilita que les diga lo que le está comiendo por dentro y destrozando la vida: Alex es a la vista de todos un niño, pero se siente niña. Sus padres tal vez hayan hecho alguna vez algún comentario despectivo sobre los homosexuales o similar, y Alex sabe que eso no es algo que pueda comentar con ellos. Ni con nadie: y ese es el problema. Que la "oscuridad, me iba creciendo dentro".

Verdaderamente hay que leer la novela para entender lo de "se siente niña": si al leer esto piensas "tonterías, una moda", seguramente es porque no has vivido un caso similar de primera mano, y que no te has molestado en vivirlo de segunda [e.g. ver "20 mil especies de de abejas" de Urresola, leer "Middlesex" de Eugenides, o a Jan Morris...]. Esta cita es de Morris:
Tenía 3 o 4 años cuando me di cuenta que había nacido en el cuerpo equivocado, y que debería ser realmente una niña. Recuerdo el momento bien, es el primer recuerdo de mi vida.
Todo lo que nos haga ver otras perspectivas, nos abre la mente, y de esta manera nos ayuda la ficción a vivir más vidas que la que nos ha tocado en (mala) suerte. Si cuando piensas en "se siente niña", automáticamente te viene a la cabeza "Frozen" y otras princesas, lazos, rosa y vestidos, no estás sol@. Pero la autora no se explaya en esto -aunque habla de su gusto por Madonna y demás- pero sí en un tema mucho más bonito: la sororidad. 

Pastas griegas
Alex crece en el barrio obrero de San Blas y allí asiste a las relaciones, que en muchos casos son redes de apoyo, que montaban las
 vecinas de su alrededor. Hay una escena salvaje que describe las reacciones de las mujeres de la escalera tras una de las palizas de un tipo a su familia: sabiendo de la indiferencia de la policía, cuando el bestia se iba, ellas pasaban a llevarle un caldito, a sentarse un rato con ella, a estar. Para Alex, las mujeres tenían una manera distinta de estar en el mundo y con la que ella claramente se identificó desde el primer momento. Esta sororidad es uno de los ejemplos que usa Portero para explicar la disforia de la protagonista; las razones son muchas más y mucho más complejas, pero siempre terminan en una: esto no es un capricho de un rato, esto no es un juego, ni siquiera es una elección. 

Portero es también muy feminista, y describe muy bien las humillaciones y desprecios que sufrimos las mujeres en el día a día, que a ella creciendo como niño le dolían: desde cosas pequeñas, como atiplar la voz para imitarnos diciendo algo de contenido bobo, o temas más bestias como un grupo de tipos que dicen que "preferirían un disparo a que se la metieran por el culo": "a todas las mujeres nos explotaba un desprecio así en la cara de vez en cuando, ese desdén por el individuo al que se penetra entendido como femenino y débil, dando a entender que era preferible morir que rozar la feminidad". Es jodido ser mujer: imagina mujer trans. 

Vivir en el cuerpo equivocado supone un sufrimiento continuo. Eso, antes de que nadie lo sepa: mirarte al espejo y odiar lo que ves, y es otro nivel de si no te gusta tu nariz o tus orejas. Odiar a nivel de identidad. De niña Alex empieza a jugar a maquillarse, siempre bajo cerrojo en el baño, con el temor de que alguien quiera entrar. "Vivir en el armario", como ella dice, lo hace todo mucho peor, pero cuando decide salir vestida de mujer en ámbitos donde nadie le conoce, entonces se lleva el tortazo de la sociedad. De toda su vida ha visto en el barrio a mujeres trans mayores que no se han podido dedicar a nada más que a trabajos marginales, generalmente la prostitución: ya he visto cómo las tratamos. El dolor que siente Alex está tan bien contado que no creo que ninguna de esas personas que las detestan y que hasta hacen monólogos de humor de ello no pudieran entenderlo si leen esta novela: 
La tristeza era cada vez más honda (...) no dejaba lugar para nada más. En los estudios era brillante, en todo lo demás un desastre. Imaginaba más que vivía pero no tenía dotes artísticas para sacar la pena, ningún desahogo me asistía, no sabía pintar mi desgracia ni se me ocurría escribirla para no dejar pruebas. (...) Escapaba sobre todo a través de la literatura, del cine y de la música. Era una espectadora de todo pero no podía a tocar nada.
No es un juego: hoy en día sabemos que los adolescentes con disforia de género tienen el más alto riesgo de suicidio. Van a tener que hacer ese viaje interior que no es nada fácil, pero si la sociedad continúa solo dejándoles únicamente los márgenes de la prostitución o el esperpento para vivir, va a haber más en las vías del metro:
Solo era otra maricona amargada, otra transexual derrotada demasiado pronto, otras travesti trágica, otra historia sin importancia a la que nadie querría ni sabría ayudar. Carne de las vías del metro. 
A la vez que trágica, la novela tiene momentos graciosos, sobre todo por las expresiones de la autora, que no sé si son suyas, o parte de cierto argot que desconozco: "maquillada como una capilla" , "la movida madrileña, esa cosa que daban por la tele" o "lo que la noche quiera hacer conmigo y yo con ella", y momentos formales muy bonitos, porque Portero viene de escribir poesía, y se nota:
de su inconmensurable desgracia hacían una caldera de furia 
vivo entre dos mundos, sin que nadie me espere en ninguno de los dos 
con la confianza propia de quien adora su cuerpo 
recorría las posibilidades de mi cuerpo de la peor manera 
Una frase que en su tranquilidad puso un clavo más en el armario y una costura más en mi cadáver andante.

Portero deja claro que las personas trans, como no podían (ahora pueden?) contar abiertamente a su familia lo que les comía por dentro, bien por miedo al rechazo o por "dar el gran disgusto" ("no le digas papá, que sabes que está del corazón"-esto es verídico), terminan haciendo familia con quienes creen que les van a aceptar como son. Se lo dice un camarero que conoce de adolescente: "estas son las fotos de mi familia, la que yo escogí, como vosotros tendréis una que ya os está buscando por ahí afuera". En el caso de nuestra prota son tres mujeres trans mayores del barrio, muy castigadas por la vida, pero a la que Alex miraba con fascinación y de las que aprendió muchas cosas, no solo prácticas, sino también emocionales. El cariño con el que Portero habla de esas mujeres que un día fueron prostitutas y luego fregaron escaleras -esos son los tipos de trabajos que les dejamos- es enternecedor. Y muy bonito cómo la protagonista cuida a la mayor de ellas en sus últimas semanas, con amor y gratitud. Al fallecer, le lava el cuerpo, le pone crema hidratante... me ha llevado a un momento personal y a la escena que mejor recuerdo de "La casa de los espíritus" de cuando una de las protagonistas hace estos rituales de la muerte con la tía Férula, que su marido -hermano de Férula-, había echado de casa. Esa es otra historia de sororidad y a modo de homenaje, Férula se llamó el personaje de uno de mis relatos.

La novela se escucha, y no solo por la música que le gusta a Alex, sino por "la eterna radial de fondo de los barrios obreros", y dice Portero que la novela no es estrictamente autobiográfica, pero todas escribimos desde lo que hemos vivido, en primera, o en tercera persona, del singular o plural. Yo querría pensar que lo que le pasa a Alex no le ha pasado a la autora, porque rompe el corazón desde la primera página, pero mucho me temo que sí. Y si no a ella, a gente con la que se ha cruzado por la vida. 

La combinación de la experiencia de Alex con el fuerte componente político es lo que más me ha gustado: Portero tiene la carga de rabia adecuada para escribir sobre este tema, que considera aún más importante que el tema de género: por ejemplo, habla de cómo la heroína destruyó su barrio en los 80, una manera de control más desde el poder hacia la clase trabajadora: "Varias generaciones de criaturas de la clase obrera crecimos así, imaginando mundos enteros en las nadas que podían terminar siendo nuestros lechos de muerte".

Y de la heroína que mató a muchos jóvenes de una generación al capo de un cártel de la droga en México, que tampoco se ha encontrado nunca en su piel, y que contrata a una abogada para que le ayude a un cambio de sexo. Este es el punto de partida del argumento -que sé suena enloquecido- de "Emilia Pérez", la última peli de Jacques Audiard. Y no solo eso, aún hay más: es un musical. 

Pero, milagrosamente, funciona: es una de esas pelis vibrantes, llenas de energía, con coreografías espectaculares, y un par de panoramas nocturnos del DF, "la ciudad de la eterna primavera", por las que merece verla. Y luego está el contenido, todos los temas en los que te hace pensar además del más aparente-en este caso los desaparecidos en México. Las feministas del primer párrafo dicen que las mujeres trans son impostoras que lo que quieren es meterse en cárceles de mujeres para seguir violando: aquí tenemos a una mujer trans que podría querer un cambio de sexo para cambiar su identidad para protegerse, y sin embargo, lo quiere porque, igual que Alex, igual que Jan Morris, y tantas otras, "es el primer recuerdo que tiene de su vida".

"La mala costumbre" y "Emilia Pérez" son ambas piezas políticas: combinan contarte el sufrimiento personal de dos personas que no han elegido y por tanto no tienen ninguna culpa de su situación, con otros asuntos más claramente sociales, en el caso del libro usando conceptos para algunos tan anticuados como "clase obrera". Lo personal es político, como decían en la segunda ola del feminismo, porque todas nuestras decisiones son, al cabo, políticas. 

Y el enemigo del feminismo es el patriarcado.