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22 julio 2021

Serial 32: La Regenta en Banderley

Al despertar, el momento de agitar los cisnes hasta convertirlos en toallas ha sido una liberación: en qué estado llegué ayer que he logrado dormir con esas esculturas del kitsch ahí mirándome. Son de algodón tirando a raído, pequeñas para estándares normales -menos mal que no vino Wences- supongo que apropiadas en casas de huéspedes ancladas en un pasado colonial. Impulsivamente, decido lavarme el pelo: cuando, ya dentro, constato que no hay diferencia entre el contenido de los frasquitos de champú y gel, se hace evidente que ha sido un error. Especialmente porque tras tollas-cisnes, papel pintado y lamparita de noche con flecos, aún hay algo con lo que no contaba: no hay secador. Al preguntar en recepción recibo una mirada entre extrañeza y "que salga la banda para celebrar la primera persona que se ha lavado el pelo aquí".

El desayuno mítico inglés de los huevos con bacon no está ni se le espera; eso sí, hay una variedad de ocho tipos de cereales, metidos en una especie de cantimploras de plástico tristísimas. Mientras me enfrento a la decisión de si Weetabix, Corn flakes o Coco-pops (no, no hay mueslis orgánicos ni granolas pijas) oigo la voz de Wences en recepción. Viene a rescatarme y a llevarme a un lugar gentrificado probiótico: yogures hiperproteicos, avena de Islandia, mermelada de ruibarbo, zumo de pomelo. Llevo el pelo mojado, anota, me faltan las chanclas del hotel "Sol y Mar", ¿por lo menos habría “tea facilities” en la habitación? Desde luego: tetera de viaje con su resistencia llena de cal y varios tarritos individuales de leche caducada. Pero habré dormido, dice, porque él no: llegó anoche a las mil a Clapham, Rob salía de guardia y le contó todo sobre mí. Total que Rob no puede esperar a conocerme y me debería quedar con ellos un par de días: necesito más noches fuera del asylum. Tiene razón, pero me vuelvo a Banderley mañana a las 11, no había tren esta noche, y además Steen no me aprobó más días.

Wences no entiende mi relación con Steen, o con Cook. Todo lo que le cuento de Banderley le parece de otra época, innecesariamente intenso: normal que acabemos todos claustrofóbicos y atacados en ese lugar cerrado y fantasma. Yo no he conocido otra cosa; por unos instantes me planteo que igual en Londres una puede ir a trabajar y luego marcharse a casa, o quedar para cenar, o ir al cine, y ser normal. Tal vez el problema es Banderley y la vida en esta isla no ha de ser necesariamente así. Wences piensa que lo que tengo es un claro Síndrome de Estocolmo cuando le describo que siento un vértigo cuando pienso en irme y que presiento que hay algo que debo hacer en Banderley. Sí, cielo, dice, tienes que aprobar los exámenes, tienes que aprender, tienes que formarte, pero no tiene porqué ser en una Institución Total, totalmente patológica. Me fastidia que diga eso; me fastidida que me fastidie. Y sigue: se plantea si estuve en un internado feroz en mi infancia, si mi padre era militar, si soy la menor de una familia numerosa llena de hermanos, si me abusaron las monjas, si me tocó un cura. A él tampoco, pero aún así no se autocastigaría como lo estoy haciendo yo. En serio, Wences, ¿tú estás en el Maudsley y me sales con esta basura psicoanalítica? No has dado ni una. Estoy en Banderley porque es un gran lugar para aprender psiquiatría y porque tal vez nuestra generación sea la última que ha podido estar en un Banderley. Wences se está acalorando, porque las Instituciones Totales a la Goffman son una anacronía y un error.

Hace 24 horas no conocía a Wences: ¿le cuento ya que no puede haber mejor lugar que Banderley para una novela, un manicomio gótico en medio de los páramos de Yorkshire? ¿Que lo que yo de verdad quiero hacer es escribir, que esto de la psiquiatría es una pequeña charanga para distraer al mundo y que me dejen en paz? ¿Que los psiquiatras se dividen entre aquellos cuya intención es ayudar a los pacientes a dominar sus demonios, y aquellos otros, meros vampiros de narrativas, a los que les va la vida en entender los porqués generales, valiéndose de historias particulares? Y los peores, los que escriben, narcisos perdidos que lo que de verdad quieren es hablar de ellos mismos (¿qué es sino la escritura?). Encontrarse a uno mismo, o a lo que te hace humano. Cuanto más insiste sobre cuánto me conviene Londres, ciudad parque de atracciones, más me voy separando. Carrusel para el intelecto y los sentidos, noria de la modernidad, pero yo estoy en esos momentos primeros ascendentes de una montaña rusa, tan tan lento, ese ruido cra-cra-cra, sin ver el final, solo siento que voy subiendo y dejando a Wences detrás.

El nota que me ha perdido. Qué pasa: que estoy liada con alguno de esos pavos que me supervisan. Debo tener cuidado en esas sesiones de supervisión, son aún mucho peores que las sesiones de terapia, me asegura y pregunta si estoy en terapia. ¿No? Pues debería. Alucino: Wences, con todo su rollo de la “medicina basada en la evidencia” está en psicoanálisis. Reconoce cierta disonancia cognitiva: no tiene sentido, pero a él le va muy bien. Su terapeuta es una señora de unos 60, muy amable, como una tía materna benévola que le escucha y nota si lleva un bajo descosido. Esto solo ocurrió una vez, al principio, pero marcó su relación: en terapia se interpreta repetidamente el mismo papel. Transferencia de hijo-madre en su caso, contratransferencia por parte de ella. Me atrevo a plantearle que tal vez ella esté enamorada de él, un tipo joven, guapo, gay, que no supone ningún riesgo. Wences se ríe: no es el caso y no me deja seguir con su terapia. Quiere volver a mi supervisión, y encuentra el gancho perfecto: ¿Es casual que estés leyendo “La Regenta”? Eres una Ana Ozores de finales de siglo XX, tu Vetusta es un hospital victoriano, igual de aislado, donde todo el mundo se conoce  y donde todos juzgan a los demás. El marido y el galán de turno no nos interesan, aquí lo relevante es el cura. Noto que se va emocionando con este análisis de crítica literaria de estar por casa que se ha montado en un minuto. Si me estoy tirando a alguien por allá arriba (le sostengo la mirada sin mover un músculo, la esfinge) no le interesa, eso lo hace todo el mundo todo el rato. ¿Pero el pasar tantas horas con una persona que no has elegido hablando de lo divino y lo humano? Eso solo pasa en confesión y en supervisión.

Pide otro zumo, está encantado. Yo protesto: no soy ninguna Ana Ozores. En primer lugar, ella es un personaje descontento, desorientado, tocada por la enfermedad mental, como sus paralelas europeas, Emma Bovary o Anna Karenina. Es otra hija de su época. Sí, Wences, enfermedad mental -se nota que no ha leído la novela, habrá visto aquella serie- así que ahora es mi turno. Hoy en día clasificaríamos los trastornos de Ana como un desorden disociativo o de conversión (transformación en síntomas de afecciones en principio psicológicas en origen), lo que Freud describe como “histeria”. La historia de la histeria- qué bien suena- es curiosa; del latín hister, útero, porque se creía que era una afección puramente femenina que se originaba en este órgano. Hay distintos tipos de desórdenes disociativos, pero tienen en común una pérdida de la integración entre las memorias del pasado, la conciencia de la identidad y de las sensaciones inmediatas, y el control de los movimientos corporales. Se asocian con eventos traumáticos o relaciones problemáticas. El comienzo y final de estos trastornos de conversión son repentinos, y tienden a remitir tras semanas o meses. Los pacientes suelen mostrar negación de los problemas. Uno de los tipos de estos desórdenes son los de “trance y posesión” en los que se pierde temporalmente la identidad personal y la conciencia completa de los alrededores, igual es lo que le pasa a Ana cuando va de penitente.

Clarín estaba bastante bien informado de las tendencias psiquiátricas del fin de siglo, como Tolstoi y Flaubert. En 1885, un año después de la publicación de “La Regenta”, Freud marchaba a París a trabajar con Charcot, quien usaba hipnotismo para tratar la histeria. Freud publica con Breuer “Estudios de la histeria” en 1895. Ana lee a Henry Maudsley de aproximación muy biológica, y cuando adopta esta manera científica de ver sus problemas (y no la supersticiosa ayuda que le ofrece el Magistral) mejora considerablemente. Una pena la de décadas perdidas al alejarse parte de la psiquiatría de la medicina, por el maldito psicoanálisis, que hasta tú hoy aún profesas.

Cuando paro para respirar, Wences logra colar un “guau”, ¿ahora la niña es un lobo de la crítica literaria bajo la piel de cordero psiquiatra? En su cole de curas era un clásico que nunca daban a leer, entiende el porqué. Venga, vale, lo retira todo: no soy ninguna pasiva Ana Ozores, ya me dijo ayer que tengo un par de huevos. Pero no sé, la verdad es que no lo tengo tan claro: igual con mis dos “confesores” no es el caso. Igual ahí sí que soy una Ana Ozores dejándome intimidar en un mundo de hombres, como ella. Todos deciden por la pobre Regenta: un hombre la casa con un marido que es como un padre, el galán la necesita en su lista de cazas amatorias como trofeo sexual y el cura la quiere como trofeo intelectual: busca algo mucho más peligroso que el sexo, su alma. Wences abre mucho los ojos y asegura que todos quieren nuestra alma en supervisión, pavos reales que abren su cola para brillar ellos, casi independientemente de su audiencia. Aunque siempre ha habido clases: hay público y público, qué mejor para brillar ellos que una chiquita asustada recién llegada, lejos de su familia y de su mundo. Se les debe poner dura en cada supervisión, Mariona, has de salir de allí.

Ignoro este último golpe de efecto suyo -Wences es un provocador y ya sé que no puedo entrar a todas sus boutades- y le intento explicar que Cook no tiene nada que ver con el Magistral: es un hombre mayor -y mi rango es + /-5- que asusta a todo el mundo, no solo a mí. Ya me gustaría tener un contrincante la mitad de apasionado que De Pas en el manicomio para trasgredir las normas-le explico que las relaciones no están permitidas; él da un gritito. Con Steen, no tenemos conversaciones tipo mira-qué-listo-soy, solo una especie de tensión que viene de su manera de estar en el mundo rodeado de enfermeras que le veneran, y espera lo mismo de toda residente que pase por allí. Me paro un momento y sopeso si seguir contándole el intercambio poético extrañísimo que encontré en unas notas clínicas, pero no continúo porque empiezo a dudar de mí misma: igual mi mente es fantasiosa y quijotesca y empiezo a ver cosas donde no las hay.

-Mira la hora! Qué tarde… ¿Lista para otro día de curso? Creo que hoy no viene Busco-a-un-hombre-llamado-Jack, dice Wences con una sonrisa maligna. 

-Bueno, igual así aprendo algo, contesto, con otra. 

13 julio 2021

"A contraluz" ("Outline") de Rachel Cusk: Metaliteratura, Atenas y cantar "Carmen" en la ducha

Rachel Cusk no lee actualidad, solo clásicos. Podría escribir “lo suscribo” e irme de rositas si no fuera porque el histórico de los divagues, a la derecha, me dejaría en evidencia. Pero puedo explicarlo todo: yo solo leo actualidad cuando me la regalan, y esto es lo que pasó con “Outline” (estooo... "A contraluz" en castellano), la primera novela de la trilogía de Cusk (“Tránsito” y “Kudos” son los otros, que me están esperando), que llegó a mí para mi cumple, sin mucha explicación.

Cusk es canadiense, pero hija de ingleses, y vive en la isla. Había oído hablar de un libro suyo titulado “Aftermath” (disculpen pero de nuevo, mi ambivalencia ante la traducción: “Despojos”) sobre lo que quedó del incendio de su matrimonio, y poco más. Cuando me pongo a leer, sé que “Ouline” está estructurado como diez conversaciones del personaje principal-del que solo al final sabemos, no sin cierta extrañeza, su nombre. Este personaje, la narradora, vuela a Atenas a dar un curso de escritura creativa y va conversando con “vecinos” de asiento en el avión, con alumnos, con poetas lesbianas griegas en bares y con todas esas piezas se vertebra la novela. Que no es para aquellos que quieren que en sus libros “pase algo”: una crítica la ha descrito como “un coro griego que cautiva y repele”, una imagen que le robo (drama! drama!). Túnicas oscuras y voces anónimas tras sus máscaras que a tu alrededor declaman sobre errores, perseverancias, otras maneras, miedos y muerte.

Antes de empezar a bucear en las simas que propone Cusk, un par de momentos de oxígeno cuando sales a la superficie. El primero: si, como la que firma, estás nostálgico de vagar por Grecia, el libro te dará una pequeña dosis, no de mar y casitas blancas, sino de la caótica y maravillosa Atenas, el jaleo, las plazas, el Partenón iluminado al fondo, el calor sofocante, la gente guapa, los frappés helados. El segundo: como todo gira alrededor de la escritura creativa, hay muchas de las conversaciones sobre al acto de escribir, sobre contar una historia, sobre nuestra mirada sobre las cosas, sobre lo que nos hemos fijado en nuestro camino al taller.

La literatura como auto-definición, no solo del escritor, también del lector. Algunos se definen por la imagen que proyectan -y les refleja la mirada de los demás- de su coche, la zona donde viven o la ropa que llevan. Otros, entre los que tal vez me incluyo, tienen sus lecturas como parte de su identidad. Me defino porque leo, por lo que leo, leo luego existo, ese rollo. Somos unos pocos los de esta tribu, pero creemos que somos legión por nuestra endogamia existencial: nos buscamos, nos encontramos y entre nosotros nos validamos. Pero entonces llega Cusk y dice, de su narradora: ya no estaba interesada en la literatura como una forma de esnobismo o incluso de auto-definición; no estaba interesada en probar que un libro era mejor que otro (…) Ya no quería persuadir a nadie de nada”. ¿Es eso el karma del lector? ¿Dejaré de escribir estas crónicas cuando me llegue? Me molesta que use la palabra esnobismo, igual que cuando otros usan gafapasta o culturetas, como si esto fue forzado o impostado, para reconfortarnos en la mirada de terceros. Como si esto no fuera Una Misión (inserte emoji que indique ironía, please).

Rachel Cusk
¿Se podría hacer un estudio de la psicología del narrador? ¿Los hay generosos, los hay implacables, a su bola? “Una historia en la que la verdad es sacrificada por el deseo del narrador de ganar” Conocemos al “unreliable narrator”, esa técnica (el narrador del que sabes no te puedes fiar), pero lo que me ha interesado aquí es el “deseo de ganar”: se trata de un narrador que por brillar él, no te lleva de la mano, que te enseña unos fuegos artificiales espectaculares, pero tú permaneces impasible en la acera, buscando el jersey porque hace frío. A partir de ahora me voy a fijar en esta penia; de momento pienso en Borges,  gran escritor supongo al que yo no le sé seguir el tango. ¿O puedo, a partir de este concepto, decir que "no soy yo, sino él" (it takes two to tango) que a toda costa quiere ganar, y de esa manera a muchos nos ha perdido? Tal vez esto sea una bobada, pero aseguro que en terapia de grupo sería aplaudida.

“La gente interesante son como islas. No te los encuentras en la calle o en fiestas; tienes que saber dónde están e ir allí con cita”. Sonrío cuando me encuentra esta frase pensando en el “Centro de Saber”. Me he tropezado con gente interesante en la calle, generalmente en ese estado mental especial llamado “el viaje”, en el que se está preparado o quizás buscando llegar a esas islas que son los otros. No sé si en fiestas (hace tanto que no voy a una), pero quizás. También aquí, en el éter. Últimamente, sobre todo en el éter.

Decía William James, el psicólogo clásico que al final, nuestra vida se resume por “aquello a lo que decidimos prestar atención”. No sé si lo releí recientemente a propósito de la competición salvaje hoy en día por nuestra atención, ese bien que todos, desde influencers hasta políticos, necesitan para -breaking news- venderte algo. Cusk le da la vuelta y nos habla de momentos de “no darse cuenta de algo”, precisamente de no prestar atención: “uno forja su destino por aquello que no se da cuenta o siente compasión y la vida es una serie de castigos por estos momentos de despiste”. Pero también habla de gente a la que nunca habían logrado “distraer de la realidad de sus propias vidas”, en concreto a un grupo de mujeres polacas a las que les dio un curso de literatura, para las que los libros no eran una distracción, como para nosotros, sino una tabla de salvación. Mujeres planas, con mala piel, peores dientes, de zapatos feos y cómodos, y vida dura, aferrándose a la literatura desesperadamente, como decía Bolaño en este fantástico pasaje. Para algunas mujeres, sus hijos son la única posibilidad de creación de su vida: pero un hijo nunca será una creación, a menos que una se convierta en una de esas madres patológicas, de las que aún queda alguna, de esas que viven a través de sus hijos. Error tras error. "El éxito te separa de lo que conoces, mientras que el fracaso te condena a ello". Viajar vs. quedarse.

Ah, la literatura: “esperamos de la vida lo mismo que de los libros” dice uno de los personajes. Al principio de su matrimonio todo era progresión: casa, coches, viajes, estatus social, más amigos, “incluso la producción de hijos se sentía como una parada obligatoria en ese enloquecido viaje”. ¿Quién no ha sido testigo de este proceso? Pero cuando se acaban los retos, los logros… el viaje se ha autoextinguido y uno empieza a sentir el vértigo de estar estático, sin rueda en la que correr. No hay proyectos no hay lugares. Y entonces, la clarividencia:

“este sentimiento como de enfermedad de la inmovilidad que ambos interpretamos erróneamente como que ya no estábamos enamorados. Si solo hubiéramos tenido el sentido común de haber hecho las paces entre nosotros y haber empezado con la proposición honesta de que éramos dos personas no enamoradas pero que no querían hacerse daño (…). Pero en lugar de eso, lo vimos como otra oportunidad de progreso, solo que esta vez el viaje que emprendíamos juntos era de guerra y destrucción”.

Ya decía Tolstoi, las familias infelices lo son cada una a su manera (las felices se parecen, no sé), pero imagino muchas familias rotas por nada especial, sino por este proceso de aversión al no-hacer-nada, a mirar con vértigo al otro lado del sofá, al no soportar lo que te devuelve el espejo que describe Cusk. “El horror real de la paz, cuando no busca remover las cosas por miedo al aburrimiento, tal vez miedo a la muerte”. Es la expresión del self-improvement, actualización personal, del encontrarse a uno mismo (tras largas relaciones, ¿quién eres? ¿Qué serías sin esa otra persona?), del tardocapitalismo, postureo, TDHA, espíritu runner. “Mira por la ventana a las mujeres corriendo en el parque, siempre corriendo, y se pregunta si corren hacia algo o de algo. Si se queda un rato se da cuenta de que simplemente corren en círculos”. (Nota: Vale, metáfora manida, por la que admito cierta debilidad).

Y sigue Cusk con su machete despedazando las relaciones, o al género humano. La mujer que descubre que su marido debe estar teniendo un affair porque, exudando la energía propia de enamorado que ha cruzado una línea, está cantando la habanera de Carmen en la ducha

L’amour est un oiseau rebelle
Que nul ne peut apprivoiser
Et c'est bien en vain qu'on l'appelle
S'il lui convient de refuser

Marido cuya “falta de consideración solo se equipara a su falta de mala baba” -un respiro, es una separación más civilizada, pero como dice otro de los personajes de su affair extramarital: “no es atracción hacia esa persona en concreto sino a la excitación general, que es un renacimiento de la identidad y, si se lo plantea, de los momentos más emocionantes de la vida”. Solo le falta decir “no es nada personal” (tras el “no es lo que parece”). Creo que era Oscar Wilde el que decía que, en el amor, es “la niebla lo que hace las cosas interesantes", ese desconocimiento y el proceso de conocer, y así reconocerte, es lo que cuenta. Esa sensación de batalla, conquista, y finalmente tú clavando la banderita en la luna misma-que le bajarías a esa persona sin dudarlo este minuto que has logrado enfocar tu atención, entre tanto ruido. Cusk remata “si él solo podía amar lo desconocido, y ser amado de vuelta de la misma manera, entonces el conocimiento se tornaba inexorablemente desencanto, para el cual la única cura era enamorarse alguien nuevo”.

¿Pero qué ocurre el minuto siguiente tras haber plantado tu bandera, cuando se ha levantado la niebla? ¿O cuando, por el contrario, le bloqueas la ofensiva, levantando sin contemplaciones el puente levadizo? Una de las conversadoras le reprocha a la narradora haber sido demasiado amable en su rechazo de su vecino de vuelo, un viejo que le repelía. Ella usa esas situaciones para autoconocimiento personal: “Solo desde ese lugar de franqueza mutua podía establecer que era ella y lo que quería”. Pero es erróneo entenderte a ti misma por las opiniones de un tío, protesta otra. “Pero es que a los tíos les gusta jugar a este juego y temen tu honestidad, porque entonces les fastidias el juego. Si no eres sincera les permites vivir en esa fantasía”.

Un libro a veces es un imán porque te ves ahí, sobre el papel, reflejada por alguien que vive o vivió a miles de kilómetros o varios siglos de distancia, pero también, frecuentemente, porque aquellos de los que hablan son lo más extraño, lo más alien, lo más en tus antípodas y, a través de ellos puedes vivir otras vidas, aquellas que no podemos abarcar con la nuestra.  Todo esto me ha pasado con "Outline". Próxima estación, esperanza, digo "Tránsito".

La trilogía

06 julio 2021

Servicios postales

Solo los divagantes premium leen las crónicas de viaje (algunas, motivadas únicamente por el morbo de las coladas, lo sabemos), luego el divagante mainstream no recordará la anécdota que abre el círculo que se cierra hoy, la de "la bahía de las ostras", también conocida como "el timo de las ostras". Pero sigan leyendo.

Hace la friolera de dos años, los Pedalistas hicieron una inolvidable road movie por Sudáfrica (nuestro último viaje con mayúsculas, maldita pandemia) y como siempre, Mini envió una postal a su amigo el Náufrago Ro. La tarjeta fue depositada en el Parque Nacional Addo porque en el sitio que se compró, pese a ser una "oficina de correos", no tenían sellos. Si esta frase última les parece un oxímoron, deberían leer el divague en el que se describe con detalle la susodicha oficina de correos, sita en Oyster Bay, ese sitio. 

Hablemos de Oyster Bay. Y cómo llegamos allí, en el fin del fin del mundo, al final de un camino de tierra que nos costó recorrrer varias horas -gran inmersión en lo rural sudafricano-. Hablemos de la atracción turística de Oyster Bay: las ostras, y "la manera de vida que la gente del lugar ha hecho alrededor de la ostra", dijo el Náufrago Ro. Pero, oh destino: al llegar, los pobres Pedalistas se encontraron con unas dunas espectaculares (solo eso aplacó momentáneamente nuestra ira) y absolutamente nada ni nadie. Por supuesto, nada implica ostras. En el único ínfimo snack-bar donde comimos - calamares - no habían en su vida  oído hablar de los moluscos, "lo que hay es el oystercatcher, un pajarraco que se las come".  Ah y también había oficina de correos-tienda desabatecida (brexit?), a juzgar por el género: un par de botes de Cucal y un grupo de postales rizadas. Como la de la imagen, que los Pedalistas compraron diligentemente para el amigo de Mini, el otro oystercatcher, "pajarraco que se las come",  Ro. 

Al llegar a Vetusta esas Navidades (2019, snif), se abusó e increpó al Náufrago, que seguía  insistiendo que había ostras en aquel lugar. Había más gente en el grupo aquel día para ponerle en su lugar: ni Xavi ni Laura encontraron ostras, otras víctimas del timo. Para colmo, no le había llegado la postal. Empecé a sospechar que Oyster Bay podría haber sido un monstruo producto de una pesadilla. Pasó alguna vez? Existe ese no-lugar?

Fast-forward 22 meses. Tranquilamente (es un decir) en casa y plink, un whastapp. Vaya, el amigo de Mini, qué querrá. Una imagen (la foto de arriba). Doy un respingo. What-the-fuck. NUESTRA POSTAL. Suelto una carcajada, así muy fuerte, tipo mala de Disney. Enviada a finales de Agosto de 2019, llega a Vestusta el 28 de Junio de 2021. Me imagino a Ro dando un saltito que da él así haciendo como se asusta cuando abre el buzón: coño! 

Aventuras de nuestra heroína, la postal:  matasellada en Port Elizabeth en Febrero 2020 (o sea, seis meses recorrer una distancia de 70 kms, desde el Addo, parque de los elefantes, suponemos que a pie, sobre un elefante), cuando se pierde su pista y nunca más se sabe. Un coronavirus azota el planeta y ella, se queda confinada al fondo de una saca en Johanesburgo o bien comienza a viajar? Tal vez la llevan caminando otra vez, pasando por Tombuctú? Habrá entrado en el vuelo equivocado y visitado América? Australia suponemos que no, por las restricciones covid. Pero, inasequible al desaliento, casi dos años después, por fin llega al buzón de Ro, Vetusta, agotada, pero esperamos feliz. 

El Náufrago Ro está molesto primero porque ha sido desenmascarado (alguien ve la "vida alrededor de la ostra" en esa postal?), pero sobre todo, porque él creía tener la marca mundial de tardanza de una postal (10 meses desde la India): aprendiz! 

Todo el tiempo que ella ha viajado (me apunto a esta versión, no a la saca de Ciudad del Cabo) yo he estado aquí varada en esta isla- una sirenita nada estatua- con voz e hiperactiva. Así que esto solo se puede interpretar de una manera: la postal vagante me pasa el testigo. Mañana, si todo va bien, si nada falla, si cada una de las demasiadas variables que podrían salir mal se alinean donde deben, vuelo a casa. 

Cuando nos sentimos sin control es cuando entran los rituales, la superstición, como la patética manera de creer que podemos controlar algo (prohibido decir la palabra "quiet" cuando se está de guardia, por ejemplo): será por eso que programaré esta tarjeta postal que os mando para cuando esté por encima de las nubes? Para asegurarme de que ella llegue a vuestro buzón y yo, a saber dónde... Comienzan las vacaciones. 

 


03 julio 2021

Ernest y el mar. Conversando y sin relojes.

Ernest y el mar
“Cuando estoy trabajando en un libro o un relato, escribo todas las mañanas tan pronto como puedo tras la primera luz del amanecer. No hay nadie que te moleste y hace frío o fresco y llegas a tu trabajo y entras en calor mientras escribes. Lees lo que has escrito y, como siempre te detienes cuando sabes lo que va a pasar a continuación, y continúas desde allí. Escribes hasta que llegas a un lugar donde todavía te queda savia y sabes lo que sucederá después y te detienes y tratas de vivir hasta el día siguiente cuando le vuelvas a dar. Has comenzado a las seis de la mañana, digamos, y puedes continuar hasta el mediodía o terminar antes. Cuando te detienes, estás tan vacío y, al mismo tiempo, no vacío sino lleno, como cuando has follado con alguien que amas. Nada puede hacerte daño, nada puede pasar, nada significa nada hasta el día siguiente cuando lo haces de nuevo. Es la espera hasta el día siguiente lo que es difícil de superar. "

Ernest Hemingway
(al final, en vo porque los subtítulos estos son de traduttora, traditora))


Me da que me va a salir un divague de esos onanistas que eufemísticamente aquí llamamos "metadivagando" (hay hasta etiqueta). He de confesar que son de los que más me gusta escribir. 

La frase de Ernest se explica sola: escribir tranquilo, desde el alba, lo imagino en una habitación frente al mar ahí en Key West, con ese jersey de cuello vuelto como de pescador. Tantas cosas de esa cita me gustan: cómo entras en calor al escribir, cómo paras cuando sabes qué es lo siguiente que va a ocurrir, y luego la espera terrible hasta el día siguiente, cuando retomas. 

Saber cómo escribe o escribía la gente que leo. Los lugares, los rituales, la música de fondo, las manías. Las habitaciones propias, las habitaciones con vistas. Preguntarme si imbrican su día a día en su novela,  la conversación que han escuchado en el metro -cuando se iba en metro- lo que se ha leído en el periódico, aquel podcast... o está todo perfectamente planeado, regimentado, estructurado. Mirar  sus fotos, leer sus vidas. Conversar con ell@s, que al cabo eso es leer. 

Escribir en una terraza frente al mar con todo el tiempo del mundo es algo que aún no he hecho (atención al con todo el tiempo). Suenio con un verano de aquellos eternos de la infancia, con tardes que no terminaban nunca, en esa terraza con escaleras que bajan a una cala. Con mi libro, mi portátil, sandía fría. Y por la noche, cuando refresque, me pondré el jersey de Ernest. 

Y hoy, mientras escribo, estoy escuchando esto... feliz sábado divagantes. 

 

 Aquí Hemingway, en vo sin subtítulos:

 “When I am working on a book or a story I write every morning as soon after first light as possible. There is no one to disturb you and it is cool or cold and you come to your work and warm as you write. You read what you have written and, as you always stop when you know what is going to happen next, you go on from there. You write until you come to a place where you still have your juice and know what will happen next and you stop and try to live through until the next day when you hit it again. You have started at six in the morning, say, and may go on until noon or be through before that. When you stop you are as empty, and at the same time never empty but filling, as when you have made love to someone you love. Nothing can hurt you, nothing can happen, nothing means anything until the next day when you do it again. It is the wait until the next day that is hard to get through.”

28 junio 2021

El UK, país de la pandereta y los estadios morales de Kohlberg.

En los años 50, el psicólogo Lawrence Kohlberg empezó a formular su teoría de los distintos estadios del desarrollo moral. Concluyó que "el juicio moral era un proceso cognitivo, construido a partir de razonamiento cada vez más complejo a medida que los niños maduraban". En este divague, voy a usar los estadios de Kohlberg para hablar de un tema de rabiosa actualidad, aunque el modelo haya tenido críticas y no sea perfecto. Como todos los modelos con estadios tiene sus problemas (hay excepciones, las transiciones no están claramente delimitadas, puede ser dependientes del contexto), Kohlberg estudió principalmete americanos, no mujeres ni otras culturas (donde se sabe que los juicios morales difieren), y su conclusión de que era un proceso enteramente cognitivo no ha sido validado, ya que bebés y otras especies demuestran un rudimentario sentido de la justicia (basado en esto los "social intuitionists" hablan de "intuición moral", que interacciona con el "razonamienzo moral" de Kohlberg). Pero aún así, esta teoría ha tenido mucha influencia y nos puede servir para ilustrar las distintas actitudes durante la pandemia-incluyendo a Ministros de Sanidad, ya ex. 

               Ejemplo 1: A un niño le han dicho que no se coma esa galleta que hay en la caja. Estadios de razonamiento en esa decisión:

Nivel 1: Razonamiento pre-convencional (hasta los 9-10 años)
Fase 1. ¿Me la como? Depende de cuán probable es que me castiguen.
Fase 2: ¿Cuán probable es que me den un premio si no me la como?

Ambas fases están orientadas hacia el yo.

Nivel 2: Razonamiento convencional (adolescentes, muchos adultos)
Fase 3: Si me la como, ¿quién se quedara sin galleta? ¿Que pensarán de mí si lo hago?

               Ejemplo 2: Heinz tiene a su mujer enferma y un farmaceútico tiene una medicación que puede salvarla, pero no le quiere bajar el precio, y Heinz no puede pagar. 

Fase 4: ¿Robo la medicación? ¿Qué dice la ley al respecto? ¿Son las leyes sacrosantas? ¿Qué pasa si todo el mundo rompe la ley?

Estas fases 3 y 4 son relacionales. Los adolescentes y muchos adultos se quedan en este nivel, no llegan nunca al Nivel 3.

Nivel 3: Razonamiento Post-convencional
Fase 5: ¿Robo la medicación? ¿Qué circunstancias me han llevado aquí? ¿Alguien se ve perjudicado porque yo lo haga?

             Ejemplo 3:  Estoy en contra de todos los ejércitos y me obligan a hacer el servicio militar. 

Fase 6. ¿Me declaro insumiso? ¿Es mi posicionamiento moral a este respecto más vital que la ley, es un posicionamiento por el que pagaría el precio más alto?

En este nivel las normas viene de uno mismo y reflejan tu conciencia. Reconoce que ser bueno y cumplir la ley no es lo mismo. Estos estadios suelen ser pasajeros y no se está siempre en ellos con todos los temas. Tus ideas políticas te llevan a desobedecer una ley, pero estás dispuesto a asumir el castigo con respecto a unos temas, pero no todos.

Hay evidencia científica de que en política, conservadores y liberales razonan a distintos niveles de Kohlberg. Pero en esto no nos vamos a meter (como dije el otro día, el blog ya no está en fase adolescente de enganchadas políticas-estamos todos ya mayores y sabemos, en nuestro fuero interno, que nunca se convence a nadie debatiendo ni razonando; ahora, qué risa son los escanners cerebrales del tema).



Ahora vamos al lío: la pandemia.  Ha quedado claro que mucha gente ha operado no ya en el nivel convencional, sino en el pre-convencional. Seguían las normas para evitar el castigo en forma de multa o sanción. Luego estaban los de la fase convencional, que estaban esperando como colegiales a que sonara el timbre y hacían cosas "cuando les dejaban". Seguían las regulaciones, pero porque eran buenos ciudadanos, cumplidores de la ley. No valoraban por sí mismos los riesgos- el hecho de que un gobierno, con presiones por todos los lados, permita hacer una cosa no quiere decir que tengas garantía completa de no contagiarte o contagiar haciendo eso. En el estadio post-convencional están aquellos que entendieron la manera de transmisión del virus, hicieron una evaluación de riesgo sopesando lo que era para ellos absolutamente necesario (y esto variaba, no todo el mundo tuvo la suerte de trabajar en casa), y actuaron segun les dictaba su conciencia, porque esto era lo que creían que había que hacer para su salud, la de los suyos y el bien común. 

En estos últimos días, en el UK, el país de la pandereta en el que vivo hemos asistido -ya sin perplejidad- a un espectáculo que supera ya los estadios estos, que al fin y al cabo son psicológicos, no psicopatológicos - nivel en el que se mueve este gobierno. Ya hice un divague al principio de la pandemia horrorizada por ser gobernados por psicópatas, y no sabía lo que quedaba por venir. 

Matt Hancock, ya ex-Ministro de Sanidad, fue grabado en su oficina en las Casas del Parlamento enrollándose con una consejera del Ministerio de Sanidad, con la que parece que estaba teniendo un affair, ambos casados y con hijos. Lo primero: quiero apartar el hecho del affair de lo que escriba hoy. Eso es su vida privada y cada uno sabrá lo que hace en su casa. Me parece terrible la prensa que hace carnaza con eso, fotografiando a las pobres parejas cuando salen con el perro. Además, si los affaires extramatrimoniales incapacitasen para un cargo público, cómo habría podido llegar a ser Primer Ministro Boris Johnson, con su historial de líos, amantes, cuernos, hijos, exes etc (en serio, qué país es este, Francia?).


Trataremos el tema como si ambos fueran solteros, porque aquí aflora lo importante: de hecho Hancock, el viernes, cuando aún no iba a dimitir se disculpó "por haber roto la distancia de seguridad". Ese era el problema, porque ha habido mucha gente que no ha podido abrazar a su familiar mientras moría, abuelos que aún no han conocido a sus nietos, y gente que no ve a su familia desde Navidades 2019. Todo por buenas razones, y con lógica científica, pero entonces el Ministro de Sanidad, el tío que sale todos los días tras un atril diciendo "manos, cara y 2 ms de distancia" no puede salir al día siguiente con este mismo discurso. Es evidente. Hay gente anónima que se lo ha saltado y que no pierden su trabajo porque no son Ministros de Sanidad que salen detrás del atril. Luego hay gente anónima de los que están en la fase pre-convencional, o incluso convencional que van a tener una rabieta de "para eso estoy sin hacer esto y aquello, ahora lo hago". A los post, se la suda, van a seguir actuando según su conciencia.  

Bien, quedamos en que Hancock tiene que irse desde el minuto uno por lo de arriba. Pero no, él dice que no (y eso que aplaudió cuando Neil Ferguson, el epidemiólogo de SAGE dimitió por ver a su novia hará un anio), y obviamente, el payaso Johnson le dice a la reina que Hancock está "full of beans" y que da el caso por "cerrado". Con qué cara lo echa, con su historial, pero sobre todo con su sistema de valores y creencias: él y sus amiguitos de Oxford son los guays que pueden hacer lo que les pase por el arco del triunfo en esta república bananera que es el UK bajo los tories.


Y aquí llegamos al problemón, por lo que Hancock debería haber dimitido ya hace tiempo (qué es este país, España?): pierdo la cuenta, que si es accionista de una empresa proveedora del NHS en Gales que dirige su hermana, que si hubo un contrato para el hermano de su amante, que si la amante era una amiga de los tiempos de Oxford, donde ambos participaban en la Radio La Granja oxoniense. Ahora están investigando cómo llegó ella a su trabajo (cuyo objetivo era monitorizar las decisiones del ministerio, imaginen, un rol que los tories han llenado desde que están de amiguetes, simpatizantes y donantes). 

Johnson, Hancock y todos los demás en este putrefacto gobierno se creen que siguen en Eton y en Oxbridge, donde el "old boys" club sigue vigente y pueden hacer lo que les dé la gana. Son gente mala y tonta, que siguen parados en la fase pre-convencional de los niños de 7 años: si nadie mira, van a coger la galleta. Y si les pillan, echarán la culpa a su hermano o  mejor, al hijo de la limpiadora emigrante que pasaba por allí. 

25 junio 2021

Serial 31: Toallas de cisnes, Mrs. Dalloway y qué (hostias) hago en el asylum. Y por fin, un abrazo.

Todo lo que se diga de los hoteles en esta isla no les hace justicia: son peores. Llegar de noche no ayuda, o tal vez sí, lo veré mañana. Estoy en una casona tal vez georgiana con porche de columnas grandilocuentes, en una calle llena de idénticas casonas quizás georgianas que a saber lo que fueron en su día, hoy son todas “guest houses”, casas de huéspedes, viles pensiones que intentan engañar con su fachada y con sus carteles luminosos pretendiendo ser el “Grovesnor Hotel” o el “Mornington Crescent Hotel”.  Por dentro, el horror vacui impera. Hablar de las moquetas y los edredones florales -para cuyo encuentro ningún aviso preliminar puede prepararte- 
sería manido, pienso, mientras me enfrento a dos cisnes hechos de toallas sobre la cama. Pero es tal la emoción de estar en Londres que, desde este ángulo dudo: ¿son un par de cisnes o, para, un momento, un corazón? Eso cambia las cosas.  

Me duermo con el neón de la casa de huéspedes de enfrente parpadeando a través de las cortinas - motivo ornitológico, ya que preguntan- y gritos de algún borracho por la calle. Mañanapuedocaminaralcursoquémaravilladeviajeentrenloscoloresde. Y plof. Lo siguiente son ruidos de pasos por la escalera, veinte minutos antes de mi despertador. Así que, tras desayunar sola (¿dónde están los de los pasos?) salgo caminando hacia la Tavi. Compruebo el bolso apoyada en una columna: una novela, chicles, monedero, cacao, kleenex, mi pluma, dicen que papel te dan allí. Giro a la izquierda, a la derecha y me adentro en probablemente la calle más bonita del mundo: casas y casas blancas, todas de época, con wisteria enmarcando las puertas y arbustos de lavanda o romero detrás de la valla. No me sorprendería que se abriera una puerta y saliera la Sra. Dalloway. Lo siguiente, una placita redonda con jardín cerrado en el centro, supongo que para residentes. Vaya, me he dejado la cámara en el hotel. Por fin, ahí está Sigmund, haciendo como que piensa muy fuerte en su estatua, y detrás la Tavi.

Mientras espero a registrarme me fijo en un chico. Por la mirada, lo sé: es español. Y no, no es que parezca español, esto lo he pensado muchas veces luego- podría ser italiano o portugués- pero es que su manera de mirar es de allá, eso se sabe. Es alto, pelo castaño, muy bien vestido, está bastante bueno. Cómo ponerte delante de un desconocido y decirle “tengo un poder y sé que venimos del mismo sitio”. Un comienzo raro. Por un momento nuestras miradas se cruzan y el tío no sonríe: se confirma, es un creído español. Un guaperas inglés te sonríe. Los ingleses en general son amables y no disimulan al nanosegundo, como nosotros: eso lo he aprendido en el internado que vivo. Por fin llega mi turno, y la persona detrás de la mesa, ella sí, toda sonrisas, me pregunta mi nombre.

-¿¿¿Mariona Calleha??? Niña… ¿a mí eso me suena a española?

Momentos de confusión, porque ese Calleha no es con la hache aspirada de los británicos, es con la gracia de los andaluces. El guapetón perdonavidas está delante de mí, pero al ponerse a hablar se transforma en otra persona, se esfuma la arrogancia, es simpatiquísimo. Se llama Wenceslao, pero hay que llamarle Wences, “por razones obvias”. Lleva casi tres años viviendo en Londres, al principio estuvo poniendo cafés y pintas hasta que logró aprender inglés. Yo le parezco una valiente (inconsciente me lo dirá más tarde), llegar y ponerme a currar. De psiquiatra nada menos, que si me dijeras cirujana o, aún mejor, anestesista, aún ¿pero este trabajo nuestro que consiste en determinar si alguien tiene “desorden formal del pensamiento”? Le encanta Londres y, ¿qué (hostias) hago yo en “el asylum”? Cómo que si lo conoce? como todos ha oído mil historias, y quiere saber si hay algo de verdad. Cuando me está prometiendo que su objetivo será arrastrarme a la City -el lugar del que nunca debí salir aquella noche que llovía tanto en Victoria-, una de las sonrientes nos hace pasar: ya comienza la primera clase.

Bethlem Royal Hospital
Wences me agarra del brazo, y nos sentamos juntos. Hay como otros veinte, todo gente de nuestra edad: estamos todos en la misma fase de formación. El primer profe es un señor abogado de unos 60, con un traje de raya diplomática que le aprieta, muy inglés. Comienza a hablar de la historia de la Ley de Salud Mental: todo empezó con la “Ley de las Casas de Locos de 1774” (“Madhouses Act 1774”). Wences me mira haciendo lo que parece una impresión del grito de Munch, se me escapa la risa. En 1845 llegó la “Ley de lunáticos” (“Lunacy Act”) y yo pretendo ignorarle teatralmente porque seguro que sigue haciendo el tonto. Pero es que estos nombres, lunáticos, casadelocos no ayudan, aunque la fantasía terminó en 1959, cuando  se empezó a llamar “Ley de Salud Mental”. Es curioso cómo palabras que en su día no debían ser ofensivas “idiotas, imbéciles” son tomadas por la sociedad, y entonces hay que dejarlas de usar en títulos oficiales. De hecho, la palabra “mental” en inglés (pronunciada méntal) ya ha pasado a la jerga de la calle y quién sabe, igual le tendrán que cambiar el nombre a esta ley dentro de veinte años. Wences, estás méntal. 

Miro a mi alrededor: los compañeros parecemos el crisol de las civilizaciones, indios, africanos, blancos, de los que una minoría serán británicos. A estos no les gusta hacer psiquiatría, la especialidad cenicienta de la medicina; claro que a los ingleses tampoco les gusta hacer ni medicina en toda regla, ni cardiólogos quieren ser. Para qué sacrificios con lo cómodo y la pasta que se hace “vendiendo humo”. Eso es lo que hacen los ingleses: ya decía Napoleón que era una nación de tenderos; ahora vender relaciones públicas, la vieja gloria de su educación en universidades antiquísimas pagadas por chinos, y las pantallas llenas de números que solo los becarios más jóvenes entienden en la City. Es todo mentira.

En la primera pausa para tomar el té con galletas Wences y yo nos sentamos en una esquina y desaparecemos, ajenos al resto que intentan esa charla convencional educada con gente que no conoces y a quien no piensas ver más en la vida. Con Wences es todo lo contrario: algo me dice que va a ser alguien que se va a quedar en la mía. No es solo eso, pero además me envuelve la magia de estar hablando en castellano tanto tiempo seguido; desde hace tantos meses, solo los ratitos contrarreloj del teléfono. Me escucho pronunciar las palabras, con esa agresividad de la erre, de la jota, con qué facilidad, sin tener que pensar activamente en evitar la “e” delante de las eses iniciales del inglés, por ejemplo. Creo que he empezado a pensar en el idioma del imperio, tal vez a soñar, y no puede ser: necesito a un Wences en mi vida. Además, su acento es una maravilla, lleno de gracia y alegría, y me llama niña todo el rato, y me agarra del brazo para enfatizar. Mi gay-dar nunca ha sido demasiado bueno, pero en ese momento, me asalta una duda, y enseguida tengo respuesta: Wences vive en Clapham, un barrio del sur, con su novio Rob, un radiólogo al que conoció al poco de llegar. Todos aquí huimos de algo, pienso, o igual no. Wences trabaja en el Maudsley, el hospital de salud mental con mayor prestigio de este país. Viene a ser como la Tavi, donde estamos, pero en serio, dice Wences, todo es medicina basada en la evidencia allá abajo-está en un barrio chungo llamado Camberwell-, es muy modelo médico: en resumen, tienes que venirte pacá, chiquilla!

El Maudsley fue fundado en 1923 por -adivina- Henry Maudsley, el prestigioso psiquiatra que soñaba con un centro de salud mental en la ciudad. Hoy en día pertenece al mismo grupo de hospitales que el Bethlem, de donde viene la palabra de uso común en inglés “bedlam”, locura, jaleo, algarabía, y que hoy se encuentra a las afueras en Kent, pero que un día fue el hospital psiquiátrico más antiguo de Europa, fundado cerca de Liverpool Street en 1247. Luego vamos a cenar a Liverpool st, hay un restaurante japonés maravilloso, te gusta el sushi, o mejor, vamos a SoHo, te quiero enseñar… Los ojos de Wences brillan y yo le seguiría al fin de mundo, y eso que no me gusta el sushi.

El resto de la mañana se pasa de ley en ley, de caso clínico en caso clínico, ponentes hablando, o discusiones en pequeños grupos donde debemos debatir de un tema y luego poner en común. Por supuesto Wences es el portavoz de su equipo -un actor nato, cómo nos hace reír- y yo soy del mío cuando nadie quiere serlo - siempre hay el típico que tiene que hablar en un grupo, aunque no tenga nada que decir, y no seré yo quien intercepte su pequeño minuto de gloria.

A las 12:30, la comida consiste en un buffet en el que haces equilibrios con el vaso y el plato de pie. Allí conocemos a unas chicas que trabajan en Birmingham, tres chicos de Nottingham, el resto viven en distinto barrios de Londres. Los que insisten en seguir hablando de leyes están al otro lado: hay uno que podría ser Sandip. Todos podrían ser mis amigos de Banderley, pero a la vez ninguno. En el asylum somos todos personajes irreales de un mundo que ya no existe: hasta yo me resulto ajena. Una de las chicas de Birmingham me está preguntando si conozco cierta cadena de tiendas cuando me fijo en la mirada de Wences, hacia la puerta, y la sigo. Acaba de entrar un tipo de unos 30 que no solo ha hecho caer la mandíbula de mi amigo, sino que calla a la de Birmingham. Nos miramos como si eso no pudiera ser.

Cuando nos llaman a la clase otra vez, resulta que el tipo es el ponente de la siguiente sesión. Se llama Jack Buchanan, es abogado y nos va a explicar nosequé. Es negro, parte de su familia originaria del Caribe, la otra asiática, aunque él es segunda generación. Estudió en Oxford y queda claro que juega al rugby-esto no lo dice, pero es lo que quiero pensar, que no son horas de gimnasio frente a un espejo, pero ay, quién podría culparle. Lleva un traje tan bien cortado que imposible no pensar en la leyenda urbana de que los abogados aquí cobran hasta por escribir emails. Es tan guapo de cara que -hace mucho que no me pasaba esto-, intento disimular buscando mi pluma. Por supuesto, me pilla y me invita a salir a hacer el primer role play: él hace de abogado yo de experta en un juicio. Me quiero morir.

Wences me mira desde la primera fila, lo que le hubiera gustado salir a él. Me hace un gesto que es una intersección entre qué-miedo y qué-bueno-está-el-tal-Jack. Desde el estrado pienso en la broma generacional-nacional que solo Wences pillará: “busco a un hombre llamado Jack’s”. Evidentemente, Jack me destroza, y no es que se ensañe, pero es que yo simplemente no tengo ni idea de cómo pensar a esa velocidad y bajo esa presión. Esa presión. Solo quiero que acabe, y que no se acabe nunca a la vez. Él lo nota, y me deja ir.

No sé cómo transcurre el resto de la tarde: yo me la paso rumiando mi ridículo ante un grupo que me importa un pepino y ante el hombre más guapo del mundo, que ahí sigue, ahora con la de Birmingham que flirtea abiertamente con él: ¿cómo no hacerlo? A menos que seas retrasada mental como yo. Cuando terminan las clases, solo pienso en largarme al hotel de los cisnes: ya no sé ni por dónde he venido, pero era bonito y allí me espera mi libro y tal vez un personaje de novela de EM Forster en el comedor. Pero Wences: no me va a dejar escaparme tan fácil de ninguna manera, ya se ha hecho un grupo y me ha cogido de la mano. Vamos al pub.

Una primera ronda, estamos la mitad del curso, termino hablando con aquellos que no estaban en mi grupo, los otros son ya como de toda la vida. Todos creen que Wences y yo somos también viejos amigos. Es la primera vez en todo este tiempo que alguien me toca, literalmente, desde que llegué a esta isla. Pienso en Sandip, tieso como un sarmiento. Me abraza la cintura, yo tengo mi brazo por encima de su hombro. Nos veo desde fuera, como si fuéramos actores en un escenario: bravo, Mariona, gran puntería, con un gay. Pero bueno, qué importa, es una gozada.

García & Sons: un clásico
Nadie habla del curso, ni del trabajo, ni de libros, ni de Hobbes, ni de la naturaleza humana como en Banderley. Aquí hablamos de música, de que toca la banda del primo de alguien en nosedónde, de la mejor tarta de queso de la ciudad, de ir a Koko mañana, de cocktails con tequila. De ropa de tiendas de segunda mano de las zonas de ricos, donde te puedes encontrar con Chanels y Guccis regalados. De miles de sitios donde nos quieren llevar a comer a los que venimos de fuera: aquel turco, aquella deli portuguesa, chocolate con churros. Wences habla de “García e hijos” en Portobello Road, una institución de comida española donde te puedes encontrar desde Cola-Cao hasta Pastel de Santiago pasando por gel de ducha La Toja. Hablamos de viajes, de volar, de salir de la isla, de playas enormes, con peces de colores, de hacer el muerto en una poza, de noche.

Wences me da un toque indicando la puerta: ahí está, Jack Buchanan. Gorgeous, me dice al oído. Gorgeous es una de esas palabras que se usa continuamente en este país que nunca estudié antes de venir. Good-looking, attractive, handsome, stunning, beautiful, pretty, todas para indicar lo mismo, sí. Pero gorgeous la he descubierto aquí, con ejemplos bien concretos como Jack. Viene con un par de abogados más que nos han dado clase, y una organizadora. Se unen a nosotros y enseguida acaba en el centro de un subgrupo en el que todos, incluso Wences, le ríen las gracias. Yo he terminado, sin saber bien cómo, con un pesado que está escribiendo una novela serializada en su blog, y solo quiere hablar de eso. Con frecuencia me pregunto cómo ocurren esos movimientos fluidos en las noches de fiesta, por los que la gente pasa de conversación en conversación, de persona a grupo, sin que nadie se sienta ofendido: simplemente pasa. Así que estoy esperando mi siguiente pareja de baile pero el del blog no me suelta y el que sí se ha movido es Jack que está ahora hablando con la de Birmingham. En un nanosegundo me pilla mirándole, pero ya he aprendido a no desviar la mirada: le sonrío, y cambio de grupo. Y cambio, y risas, y cambio, y no-me-digas, y cambio, pero en toda la noche acabo en su grupo.

A las once y media suena la campana del pub: última ronda. Esto es uno de esos mitos que se estudian en clase de inglés, pero confirmo: ocurren. Cuando nos echan de mala manera, acompaño a Wences al metro, que ya está cerrado. Maldita ciudad, ¿esta es la que nunca duerme? Un taxi a Clapham le va a costar un ojo de la cara, aunque conoce una combinación de buses nocturnos que le han salvado otras veces. Le ofrezco la mitad de mi cama y uno de los cisnes toallas.  Veo que el kitch del cisne le atrapa:

-Eres muy mona, pero no, seguro que no tienes desodorante de Hugo Boss, y sin él no salgo de casa.

-No, pero hay un cepillo de dientes extra -pongo cara de niña buena- Y el cisne.

Me da un abrazo del que me cuelgo como si fuera un náufrago. De lejos veo que llega el autobús: mierda.

-Ay casi me rompes una costilla con el libro ese que llevas en el bolso. Que por cierto, llevo todo el día preguntándome cual es- dice mientras se sube al bus.

-“La Regenta” -contesto, con cierta aprensión, debería haber leído esto hace tiempo.

-Pero tú, ¿de qué planeta eres, mi niña? - lanzándome un beso, justo antes de que cierren la puerta.

17 junio 2021

Llevo tu luz y color por dondequiera que vaya (24 años en la isla)

 Por lo que sea, tengo a mi alrededor un número inusitado de gente mayor que este año cumple 50: son tod@s del 71, claro, el "año de oro de la música rock". No sé si conoceréis este libro "1971: Nunca un momento aburrido" del periodista musical David Hepworth. Su premisa es precisamente que 1971 fue un año extraordinario para la música, el que se publicaron álbumes y álbumes espectaculares, que hoy son clásicos: David Bowie, Janis Joplin, Rod Stewart, Pink Floyd, The Doors, T-Rex, The Carpenters, Beach Boys, The Kinks, la ELO... cancionakas como "American Pie" , "Take me home country roads" , "Maggie May" , "Me and Bobby McGee", "My Sweet Lord", "Imagine"... ya lo dejo. 

El caso es que si mi contactos del 71 deberían estar planteándose lo provecta que es su edad, la risa va por barrios: no es menos terrorífica la efeméride del hoy.  17 de Junio de 1997: hace 24 años que el Peda y yo nos vinimos a vivir a esta isla. Dentro de poco atravesaremos ese ecuador temido: llevaremos más años viviendo aquí que en la península. E igual que siempre, sin pertenecer a nigún sitio: aquí somos los spaniards, allí los ingleses. 

Así que he estado pensando en colgar una de esas canciones del 71 para celebrarlo y entonces, un momento:  me he dado cuenta que una de mis canciones favoritas en castellano es también de ese año fastuoso!

"Mediterráneo" y, sorpresa, creo que aún no la había colgado, aún queda algo por subir aquí! Intento encontrar el video menos-malo con montajes marineros mientras la tengo de fondo. Y qué bien me va la letra: pese a 24 años aquí, "Llevo tu luz y color por donde quiera que vaya" (sí, sé que es olor, pero para mí ese mar es ante todo color), 

Igual si pertenezco a algo es al Mediterráneo, del que siempre me voy pensando en volver.  Prepárate, Mare Nostrum:  cada día queda menos. 

12 junio 2021

De premio, NáN: Segunda parte

Hace más de diez años, escribí un divague titulado "De premio, NáN", sin darme cuenta del doble sentido de la frase. En aquella época, una versión de lo mucho que jugábamos en el blog eran los "Premios Divas" el ansiado trofeo siempre era el mismo: "elige el tema del siguiente divague". El día que ganó Molinos, eligió: "NáN". Así que yo escribí pensando que el premio del concurso era "divagar sobre NáN", y ahora me doy cuenta que el premio, el regalo, ha sido para todos nosotros, en distintos grados, el propio NáN. 

En ese divague yo hablaba de cómo le había echado el ojo a NáN por los blogs, y cómo intenté atraerlo hasta este espacio mío tan poco transitado y tan lejos de su nivel literario. Y por ello, describía su generosidad, tanto conmigo y mis idas de coco que es este blog como con otros blogueros o comentaristas. Una vez me dijo: "es imposible tu blog, sigo los enlaces y me acabo enganchando y echando la tarde". Piropo mayor -inmerecido- para una bloguera no puede haber, pero lo usaré como excusa para enlazar en este divague. Simplemente no puedo resistirme, porque si hago una búsqueda con su nombre salen mil entradas. Aunque no tantas como recuerdos en mi cabeza. 

Desde que le conocí, siempre que pasábamos por Madrid le veíamos. Una vez, de paseo por su querida Malasaña nos llevó a una tienda de camisetas que hacía un amigo suyo. NáN siempre llevaba esas camisetas y nos quiso regalar una a cada uno: os las he colgado a la derecha junto a mis incipientes geranios (nunca he tenido geranios, pero ya salen un par). La del Peda, con Bakunin; la mía, que es la que lleva Patricia en "A bout de souffle". Aún las llevamos, y son él. Para dar una idea de cuán travieso era -viene a mi memoria su avatar de marinerito-, otra vez que estuve en una conferencia en el Colegio de Nosequé (cerca del Reina Sofía, hasta ahí llego) se presentó en recepción y les dijo a los que dan acreditaciones que "era primo de una ponente" y, no sé cómo, le dejaron pasar. [Esta frase es suya, la he encontrado de comentario en uno de mis textos: "Y es que antes o después, hay que dar la cara: vivir sin riesgo a que te la rompan no es vida"] Yo no tenía ni idea de que estaba entre el público y al salir, ahí me esperaba: se había tragado toda la mañana de charlas y,  como ese primo que te quiere -carente de objetividad-  que era, la que más le había gustado había sido la mía (cómo sonrío mientras escribo esto).

Dos temas principales de sintonía mía personal con NáN son política y literatura. Sobre lo primero, qué enganchadas en los comentarios cuando el blog era aún adolescente. Dicen que España era adolescente en la transición, pues igualmente los blogs -o este por lo menos- atravesó esa fase en la que todos pasionalmente hablábamos de lo que yo llamo "temas de buperos" (clase de ética del instituto, los que hayan tenido suerte de hacer eso): religión, política, filosofía, y nos iba la vida en ello. NáN tenía las ideas en el mismo lado que el corazón - como la que firma- , y su manera de defenderlas, con calma a la vez que con dientes y siempre con sentido del humor, era algo que no tengo que contar, porque si habéis llegado hasta aquí, le habréis leído. Le llamábamos cariñosamente el "Pitufito gruñón" (y vuelvo a escribir con una sonrisa).

El siguiente punto de conexión era la literatura: cuánto hemos leído por NáN. David Foster Wallace (la historia de "La broma infinita" la he contado en lo de Mo), Don Delillo, Vila-Matas Lawrence Durrell, Jeffrey Eugenides, Jonathan Franzen, Siri Hustvedt ... por citar algunos. Nos gustaba discutir sobre (la imposibilidad) de la traducción, la dicotomía forma-fondo (él decía "la forma es el fondo"). Introdujo conceptos literarios propios que siempre estarán con nosotros, como "las fulguraciones", y "los ocho mil". Cuando NáN nos decía a cualquiera de la blogocosa que habíamos escrito algo bien, nos sentíamos como niñas con zapatos nuevos (me consta por Mo que era así, pero seguro que hay más gente feliz ahí afuera- y sigo sonriendo). 

 Como hablábamos tanto de libros, seguro que alguna vez yo debí decir aquello de "tenemos que ir algún año a Dublín en Bloomsday -la semana que viene, NáN- y hacer el recorrido de Leopold Bloom", a lo que NáN debió contestar aquello de "ni hablar, yo no salgo de la M30" (aparte de los veranos en Sabero). Como una especie de sublimación (ese mecanismo de defensa que consiste en sustituir algo que no se puede hacer por otra cosa) lo que hicimos fue leer "Dublinesca" de Enrique Vita-Matas y montar una conversación sobre el libro con un escenario que inventó él (éramos dos títeres de uno de esos denostados titiriteros). y luego lo colgamos en nuestros respectivos blogs, donde fuimos insultados por los divagantes. Nos lo pasamos muy bien pero no me engaño: qué hubieran sido doce horas por los pubs de Dublín hablando y hablando y bebiendo con NáN...  

Y lo sé porque hablar y beber de bares ya lo hicimos: en nuestra primera salida, cuando le conocimos, terminamos en una mezcalería. Bueno, o seguimos, porque luego nos llevó a "La Manuela" a continuar bebiendo mojitos. Al final de la noche, o tal vez al principio del día,  mientras nos cerraba la puerta del taxi, NáN, en uno de esos momentos de exaltación de los borrachos, nos dijo que nos quería. Y  en ese instante, con la clarividencia del que va tajada, supimos que era así, para siempre, porque nosotros ya le queríamos a él.

NáN: no hay consuelo posible para esto, pero qué premio ha sido habernos cruzado contigo.  



03 junio 2021

Malditos gatos y su mundo de entretenimiento

 Según Fashion, soy una de esas personas que, sin tener ningún interés en los animales, los atraigo. Vamos, que si desplegase mis brazos, los pájaros del aire, esos seres repugnantes, vendrían a posarse a lo largo de ellos. El resto tampoco es que me vuelva loca- recordemos el sopor en un safari buscando bichos que solo entusiasmaban a Mini- pero eso sí, no soporto que les hagan daño. Son seres que sienten dolor y angustia, y estoy convencida que dentro de cien años, cuando no se coma carne, mirarán atrás y verán las granjas con vacas estabuladas y pensarán: qué burradas hacían, campos de concentración. 

En tu defensa no puedes alegar "ser mono".
Pero divago: hoy no venía a hablar de bienestar animal, sino de gatos. A estos no les atraigo, pero sí a sus dueños. Lo que no entienden es que en la dicotomía perro-gato, sé dónde están mis alianzas (en concreto, soy de Nara, la golden de los Jekes que es verme, y poner su cabeza sobre mi pierna) y como en mi casa siempre hubo perros,  se vivía como un "estás-conmigo-o-contra-mí": no se podía estar con los felinos. Mi primer contacto -y pensaba que último- con ellos fue cuando llegamos al Reino Unido, y pasamos dos semanas en casa de Steve, que estaba rodando en el Himalaya. Era un hecho: esa casa olía a gato.  

El caso es que, cosas de la vida,  los griegos se han hecho con un gato, Momo. Cuando me lo presentaron, hará cosa de un mes, pensé: ay, ese gato, me da que me va a tocar a mí. Y efectivamente, tres semanas después, los dueños de Momo se van cuatro días a los Cotswolds y el teléfono suena. Lo envuelven todo como oferta de trabajo a Mini: "querrías venir cada día a jugar con Momo? Es pequeño y no lo queremos dejar tres días solo". Mini acepta encantada. Yo, Scrooge incluso en Junio, pienso que no hay dinero que pague que yo juegue con un puto gato, pero he de aceptar y además decir que no, que ni hablar de que Mini cobre (recibo mirada de odio). 

El caso es que esta no es la primera vez que quedo a cargo de un putogato. Cómo olvidar a Apolo, el malvado de los de arriba, hará tres veranos. Tenía que subir y ponerle una comida de sobres que olía fatal. El tío me esperaba metido en una cesta de calcetines (yukk), mirándome con recelo. Era mutuo.  Anotar que los vecinos se mudaron a Milán y en un email de estos de estáis bien -cuando la pandemia estaba solo allí y en la República Popular China- me informaron que ellos sí, pero Apolo había fallecido. A mis compas de piso les encanta hacer la mofa de que fue un efecto retardado de mis cuidados:  ¿Acaso le inyecté un chís, que dicen ahora? ah-ah.

Total que ahora toca Momo y yo lo hago con toda la ilusión. El viernes vamos a que nos expliquen la parafernalia. Porque los griegos son muy de gadgets: lo tienen todo. Yo cuando voy a su casa me entero de cosas que existen que desconocía, porque no leo revistas ni nada. Por ejemplo, se han cambiado la cocina y se nos explicó con detalle que lo último es una vitro que tiene una sección para plancha japonesa y un extractor ahí metido. La mepamsa esa de toda la vida arriba es tan siglo pasado: ellos acaban de hacer una freiduría tipo churros de feriado y, ¿olemos algo? Negamos con la cabeza. El grifo es también la pera: se pone una línea de colores luminosos y sale agua helada (azul), hirviendo (oh, rojo) o filtrada (me lo perdí). También sale normal, pero para esta me ofrecen agua comprada, en una botella de vidrio que parece carísima. La cantidad de aparatos brillantes que tienen sobre la encimera -de silestone, esto sí que lo conocía porque mi madre- es demasía: aparte de una cafetera nivel "Las Vegas" (los vetústicos sabrán de lo que hablo), el resto no sé para qué servirán.  Varios hornos (no encuentro el microondas, ¿esta gente no recalienta? ¿es hortera recalentar?), neverita iluminada para los vinos (señorrr, intrusión de la palabra "cuñado") y bueno, no sigo con el resto de la casa porque es todo así: tocadiscos de vinilo nivel DJ, cuadro de Monet que se transforma en televisor, acuario (sin peces, a estos ya me los cargué hace un par de veranos)... y así todo. Distinta cosmovisión. 

Gardfield: el único gato que me gusta

Por supuesto, ahora que tienen gato, hay que extrapolar todo esto al mundo gatuno. ¿Sabíais que a los gatos no les gusta beber de un bol, sino de una fuente? (yo que tenía la imagen infantil de un lindo gatito bebiendo leche de un platito: imagen rota). Bueno, pues los griegos no tienen una, sino dos fuentes, una de ellas con luces de colores (como el grifo) que garantiza un ciclo continuo de agua, de donde el putogato parece que bebe (pero también hay que ponerle en el bol). A los gatos les gusta escalar, así que en una esquina del salón, junto al piano, tienen una especie de construcción con diversas plataformas para que trepe (en Vetusta se le llama "un zarrio"). Por supuesto, su cama para gatos, su gimnasio felino, y un toilet-gatuno (es como un "transporting" de perro pero en pequeño, y así el bicho hace sus cosas en la intimidad). Ni que decir tiene que lo que en un principio era "jugar con el gato" (la griega dijo que le primer día solo teníamos que hacer "wellbeing"), pasó a ser rellenar comida, y la parte "gross"- pasar un rastrillo y tal). Cuando salimos de su casa, aún estupefactos -no por lo que los griegos son capaces de comprar, a este respecto lo he visto todo, sino porque exista esta equipación-, el Peda se pone a llorar y toser. Ah, lo había olvidado: convenientemente, el Peda es alérgico a los gatos. Ya lo supimos hace años en una cena en casa de un ex-jefe, se confirmó con Apolo y Momo no iba a ser menos. Esto me deja a mí enteramente como el cerebro de la operación Momo. 

El primer día que vamos Mini y yo el animal no hace su aparición.  Mini lo localiza bajo el sofá, y empieza a hacer ruido con sus chucherías (Pavlov, pase) para que salga. Nada. Yo me voy a ver los libros de las estanterías: los griegos son muy cultos y siempre me siento mal al constatar que en las mías no tengo "Das Kapital" (solo encuentro el tomo 1, mi única satisfacción), ni a Hegel (del que no entendía nada ya en COU, cuando la mente está esponjosa).  Casualmente tienen el que estoy leyendo ahora ("Behave" de Sapolsky), y no lo habíamos comentado. Todo Murakami (ahí pierdo un poco el respeto). Tragedias griegas en el baño (en serio, un tomo gordo). Entonces me llama Mini: Mami, Momo no sale ni con agua caliente. Encuentro una fregona y le metemos como podemos, pero ni con esas (aviso para divagantes: los griegos nunca habrán de saber esto, lo de la fregona).  El objetivo de esta primera visita era, según la griega "wellbeing", no había retos de poner comida o rastrillo. En wellbeing, fracasamos; si eso, añadimos estrés al animal con nuestra fregona. 

El día 2 la operación no mejora: Momo, aún bajo el sofá, sigue sin salir. Ha comido mínimamente, suponemos habrá bebido de las fuentes, disfrutado de Monet,  trepado por su andamiaje-escalador. 

El día 3 es el Bank Holiday de Mayo más caluroso en el UK desde que hay records. Momo nos está "esperando" y se me ocurre una gran idea: vamos a llevarnos los bikinis y a jugar con la manguera en el jardín de los griegos. A Mini le encanta el plan y al llegar nos dirigimos al jardín tras un rápido barrido para constatar que Momo sigue missing, pero que se ha comido las chuches que le dejamos en uno de sus aparatos de gym. Una vez allí, ponemos el Spotify y, qué puedo decir, mi hija va de inglesa pero por los gritos (había olvidado que, aunque haga calor, el agua en este país está fucking fría) y las risas a nadie se le escapa que hay dos mediterráneas montándola en el jardín. Pero aquí no tienen una Rose, nadie sale a quejarse. Comemos Calipos, nos hacemos fotos, leemos al sol hasta que nos secamos.  

Momo sigue sin aparecer. 

Cuando ya nos vamos, Mini ha convertido el cuadro de Monet en tele y la reprendo: no es nuestra casa, aunque lo parezca, y tengo intrusiones de mi padre cabreado conmigo porque les "desprogramo" su tele (mi último contacto con esos aparatos fue cuando llegaron los mandos y había 5 canales; yo ahora con 300 no me manejo). Mini en cuestión de nanosegundos ha sintonizado "Mamma Mía", cómo sabe la bruja: "mami, vemos unos minutos de Grecia". Así que va pasando (ay, las teles estas modernas que pasan con ffwd!!) a las escenas de mar  y a algunas canciones. 

Super trouper** beams are gonna blind me
But I won't feel blue
Like I always do
'Cause somewhere in the crowd there's you

Y cuando llega ese último "y en algún sitio de la multitud estás tú", hemos de hacer el paso y señalarnos la una a la otra (como es imperativo en todo karaoke de Super-Truoper), y salir a bailar y cantar-gritar. 

Sorprendentemente, el que no sale es Momo. 

(**) Nota: Por hacerme un poco de daño incluyo esta escena de mar en lugar de la de Super Trouper . Cuidar a gatos griegos no te acerca a Grecia pero pelis de treceañeras sí...