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17 abril 2021

Serial 29. Nunca, nadie: Sylvia Plath, notas clínicas desde el límite del abismo

3 divagues
Típico: no he vuelto a saber de Steen desde que le dejé en la mesa el resumen clínico del supuesto intento de infanticidio. Pero la sister, la enfermera jefa: no, es que además de lo de Whitby, esta semana ha bajado a Londres... es examinador del Real Colegio de Psiquiatras, ya sabes. Oh sí, claro, sister, el doctor Superman -que no duda en dejar su planta a cargo de una indocumentada como yo. Me descubro añorando al viejo gruñón Cook: que vuelva ya el residente de aquí y yo pueda volver con Batman a hablar de Hobbes et al, por favor.

Pero de ese residente no hay noticias, ni de cómo sobrellevó el tema de estar aquí a su suerte. Yo he desarrollado pequeñas rutinas: por las mañanas hago todo el trabajo de la planta, los ingresos, los exámenes físicos, cartas, informes. Entonces alguien me blipa y bajamos a comer: rara vez coincidimos todos, es difícil planear una hora fija en este trabajo. Además, los de la casa roja se van a correr- Yolanda tararea por lo bajinis "Carros de Fuego" cuando los vemos alejarse todos equipados. Isabel Archer suele estar sola leyendo, pero se deja interrumpir, para hablar de su libro. Sandip no está nunca, creo que no come. Cuando vuelvo por la tarde, preparo los casos del día siguiente. Los re-ingresos son mucho curro: descifrar lo que alguien garabateó durante las semanas que la paciente estuvo en Marcé. A ratos me desespero con las entradas ilegibles: menos mal que existen los acrónimos médicos, del latín, por lo menos de eso me entero: c̄ (cum); s̄ (sine); prn (pro re nata); mdu (more dicto utendus); od (omni die), q.d.s. (quater die sumendus); mane; nocte… en fin.

Hoy por la tarde aún algo peor que un reingreso: revisar notas que han solicitado pacientes. Imposible no hipotetizar sobre las razones por las que quieren leer sus notas. A menudo suelen ser para abogados, alguna reclamación. Las instrucciones de la sister: “intenta identificar todo lo que pudiera causar daño moral a la paciente”. Pero si yo fuera alguna vez paciente, precisamente lo que querría leer es lo que censura un profesional: ¿qué han escrito de mí que no puedo saber? Preséntenme el monstruo. Lo masticado no me interesa.

Armada de post-its para señalar las páginas potencialmente nocivas, me levanto del escritorio y me siento con las piernas cruzadas en un sillón bajo, como si fuera a leer una novela. Son notas de hará unos dos años: la paciente, una chica joven ingresada con una “depresión post-parto” y hasta ahí, lo de siempre. Sin embargo, la historia del ingreso parece distinta de las demás: de entrada, qué letra, nada que ver con los jeroglíficos de la mayoría de los compañeros. Cuenta la leyenda que a los galenos se nos deforma la caligrafía por tantos folios emborronados tan rápido, causando luego graves problemas de comunicación con el que vendrá después, pero a quién le importa. ¿Y quién firma esto? Paso página y... ahá, una tal doctora Sylvia Lannister. Tiene una letra bonita, con ciertos tics, como elongar la parte inferior de letras como la g, la j, o por supuesto la y de su nombre, que cuando firma es un festival. Está claro que la grafología tiene tanta evidencia científica como la astrología- una vez leí que Ignacio de Loyola era egocéntrico por esa g con ricito: qué bobada, imposible no rizar el rizo si tienes una de esas letras en tu apellido. Hablo por experiencia, claro, aunque aquí me han quitado la jota, al menos al llamarme. Calleha.

La paciente, una tal Scarlett Harridan, no era una depresiva postparto clásica y no hay que leer demasiado entre líneas para encontrar claros rasgos de trastorno de personalidad límite. Ni la tristeza ni la irritabilidad nueva de una depresiva, y leo: “Desde siempre, Scarlett tuvo problemas para regular su estado de ánimo. Un día -muchos días- se levantaba odiando a todos y a la humanidad, pero sobre todo a sí misma. Qué hacer con lo que le escocía detrás del esternón: romper muebles en su habitación, agredir a sus padres, gritar, arañar, incapaz de parar. Sin anhedonia clásica, podía disfrutar de ciertas cosas, pero lo que siempre, siempre estaba con ella y la definía era una sensación inmensa de vacío interior. Lo explicaba así, una y otra vez, apuntándose al pecho, no hay nada aquí dentro.

Una tarde, tal vez con 14 años, explorando los límites de un momento oscuro, descubrió jugando con un compás que pasarse la aguja sobre la piel y ver brotar la sangre no solo no le producía dolor, sino todo lo contrario. Un subidón de endorfinas que más adelante aprendió que era la base del porqué los soldados heridos siguen avanzando hasta colapsar a la puerta del refugio. Los trucos del cuerpo para ayudarnos a continuar, puro mecanismo de supervivencia: aunque la mente a veces no quiera, el cuerpo va por libre. Pero el problema del compás: enseguida dejó de funcionar, los subidones ya no lo eran, y qué hacer sino probar más profundo, pasar a cuchillas. Como así pronto la descubrirían, encontró partes de su cuerpo que eran solo suyas, de momento: entre los muslos, en la parte inferior del abdomen, en las plantas de los pies. Scarlett al principio se resistía y en su cabeza se comparaba con una adicta que no quiere beberse la siguiente o meterse esa raya, porque sabe que la está matando. Se intentaba distraer, dar paseos: imposible. Volver a su habitación, preparar el ritual y, por un rato, separarte del problema. Por un rato, porque el vacío, el precipicio de ella misma siempre volvía.

Tenía claro, en aquellos años, que no quería morir, y suponía que si sus padres la descubriesen, pensarían que esas cicatrices eran intentos fallidos de matarse. A ratos lo sopesaba, y si hubiera sido fácil, tan vez lo hubiera hecho. ¿Pero cómo, una sobredosis de paracetamol? -a saltar del acantilado no se atrevía.

Terminó la adolescencia, pero con ella no se fue el angts que describen en personajes carismáticos de la literatura. A ratos pintaba lienzos inquietantes, a ratos se encerraba en su habitación por días, o desaparecía sin decir a dónde. Su vida comenzó a definirse por una concatenación de relaciones, siempre intensas, tormentosas: todos los hombres con los que salía eran complicados, no podía ni con ellos ni sin. A menudo, escenas histéricas, amenazas de quitarse la vida. Siempre la dejaban, en realidad era ella quien les empujaba violentamente de esa tela de araña de relación. 

Una tarde de verano, encontró a James, que tenía sus propios problemas, pero que confundió su trastorno de la personalidad con una manera de amar épica, apoteósica. Nunca nadie le había querido así, nunca nadie le había mostrado la desesperación de perderle, con el rímel corrido y la cara desfigurada del llanto, agarrada a su cuello como un náufrago. Nunca nadie le había llamado a las 3 de la mañana exigiendo encontrarse en el acantilado o se tiraría sola, porque no podía estar sin él. Nunca nadie le había pegado en una bronca y nunca nadie le había enseñado cortes en los brazos, que cada vez tenían que ser más profundos. El día que se le fue la mano, drama y sangre, tuvo que llevarla a urgencias: lo que había mantenido muchos años como superficial, necesitaba ahora puntos de sutura. Y una vez y otra, y James mezclando aquella inestabilidad emocional con amor, sus ataques de ira, con pasión y el sexo aquel como el propio de los elegidos.  Sexo como James no había tenido jamás, como nadie había tenido jamás, horas follando como posesos, catarsis pura, y él que hubiera ido a donde quiera que ella le hubiera pedido, incluido el fondo del acantilado o del abismo suyo interior. Al final, ella terminaba disociando, con la mirada perdida en el infinito, y James en un cielo disfuncional, aunque perfecto. Pero nada permanecía para Scarlett: su vacío era aburrimiento y para cerrar el círculo de su nada se enamoraba de otros, y James, partido en dos, un muerto levantándose del barro, porque no podía hacer otra cosa, seguirla en su espiral, y lo que ella quisiera: mirar, jugar y sufrir”.

"Y morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren"

Es justamente esta canción, que me va a perseguir el resto del dìa. Se ha puesto la tarde de tormenta. Un relámpago me hace saltar en la silla. Y llega el trueno. Miro el reloj y tendría que irme, bajar a estudiar a la biblio -en casa hay gente-, y nadar. Pero no puedo: estoy totalmente enganchada a esta historia; en concreto, a la forma de narrar de Lannister. Todos los días leo y escribo historias clínicas como esta o peores, pero hay algo hipnotizador en la combinación de esa letra con la manera de contarlo. Por ello, aunque a un lego la historia de Scarlett le pueda parecer novedosa, enloquecida, cabreante, extrema, para nosotros esto es una más. He visto ya unas cuantas Scarletts, sobre todo en urgencias, así que no es por ella que paso las páginas: de quien quiero saber más es de Lannister.

-Hola, ¿todavía estás aquí? -Es una de las enfermeras, del turno de tarde.

-Sí, estaba leyendo esta historia clínica.

- ¿Quieres comer algo? Ha quedado fruta de la cena de las pacientes…

-No, gracias, no te preocupes no tengo hambre… pronto me iré – se queda ahí parada, ¿quiere conversación? genial:- Oye, mira, estoy leyendo estas notas escritas por una tal.. em... Sylvia Lannister, la residente que estaba entonces aquí… ya no está en Banderley, ¿la conocías?

-ermm, sí..., bueno no...ermmm -y la llaman- ahora voy… te tengo que dejar, hasta mañana.

Se ha puesto a llover, no iré a la biblioteca hoy. Me empiezo a arrepentir de no haber aceptado la manzana, salgo y me hago un té. Vuelvo al archivo. La siguiente entrada de Lannister sobre nuestra paciente es su evaluación física y la de riesgo. Pide unas cuantas investigaciones de rutina y ya. Luego hay varias páginas de notas de enfermería, donde comentan lo que come, lo que duerme, de qué humor se levanta: en principio nada que tenga que quitar porque afectaría a Scarlett. Un par de días y cinco páginas después hay otra entrada con la letra inconfundible de Lannister:

“Scarlett sigue atrapada en las entretelas de ella misma. Yace en una charca, nenúfares pegados a su cuerpo blanco, las babas de un sapo, el horror de la noche, los ojos abiertos bajo el agua, disociando, mirando activamente: a nada, a la nada. Scarlett desnuda, toda posición fetal, en la esquina de una habitación en la que hubo un incendio. La mirada rápida a los lados, la de la desesperación. Se ahoga. Y no entiende nada, salvo el barro desecho de su soledad, aquí, en el centro de su caja torácica, y su herida sin cicatriz, que por ello es todo dolor sordo. Y no hay salida”.

¿En serio?, tengo que levantarme a la ventana, ¿qué clase de entrada clínica es esta? Sigue lloviendo. ¿Debo quitarlo o dejar que lo lea la paciente? ¿Es esto ético? ¿Es poético? Las siguientes son nuevas páginas de las enfermeras, resultados de los análisis, todo en orden, también la función tiroidea. Y por fin hay otra entrada, esta breve, de Lannister:

“Sexo impulsivo, ruido para escapar de una misma. Pero ella siempre corre más rápido. Hombres imán, hombres nausea el momento que te tocan. Pararlo. Ir a dónde, ella siempre me alcanza”.

¿Habrá leído alguien esta interpretación literaria del sufrimiento de una paciente? ¿Tengo que reportarlo? Necesito hablar con alguien, necesito que alguien me diga qué tengo que hacer: estas notas son amonal. Sigo pasando las páginas, más y más observaciones de enfermería y, en un punto, tengo la respuesta al si lo habrá leído alguien: hay una entrada firmada por Steen:

"Scarlett es luminosa y la más oscura. Scarlett prospera en la confusión de los hombres que la rodean, sin preparación para entenderla. Scarlett es el cielo y cuando mejor, el infierno. Y no hay nada que ante eso se pueda hacer. Torturados en los ligamentos de púas de las venas; así que, mi valiente amor, no sueñes”

Cierro las notas de golpe. Este no es el Steen que he leído en otras historias. Salgo de allí y sigue lloviendo: paso por casa, están todos preparando la cena, cojo la bolsa y les digo que me voy a la piscina. Allí nado y me doy cuenta que no puedo contar esto tampoco a nadie, porque, como la enfermera, una vez más, cuando hay algo raro en Banderley, hay una interrupción o se cambia de tema. Solo podría bajar el finde a Whitby y contárselo a Lucy, que se inventaría una historia mucho mayor, seguro, de lo que es en realidad. Al final hago unos últimos largos a braza, para tranquilizarme: qué sola que estoy en Banderley.

Tengo una noche terrible: me sueño atrapada en un laberinto de jardín oscuro, no puedo salir, llevo un vestido blanco, voy corriendo, vuelan a mi alrededor pájaros nocturnos, y sus aleteos, como siempre, son una alucinación hipnopómpica (las del final, siempre me lío, con las hipnagógicas,  las del principio del sueño) que me despierta. Estoy sentada en la cama y son solo las 2 de la madrugada, hay luna llena y entra toda su luz plateada por la ventana. Y esa maldita canciòn, en bucle: lo que yo quiero, corazòn cobarde, es que mueras por mì. No me podré dormir, estoy demasiado agitada. Salgo a beber leche y oigo la puerta-nunca una noche sin acción en Banderley: es Richard, de guardia, vuelve de una planta. Los dos estamos despejadísimos, cuando has estado en una planta psiquiátrica a las 2 am nunca es fácil volver a dormirse. Nos sentamos en el sofá amarillo y comenzamos a hablar, tal vez una hora. No quiero volver a mi cuarto, tengo miedo, pero no puedo decírselo, porque no sé nombrarlo. ¿Por haber soñado con pájaros? Le suena el bleep y se tiene que ir, y yo tengo que volver a mi cama, con los pájaros de la noche.

Por supuesto, a la mañana siguiente me duermo, y por supuesto, cuando llego a la planta, allí está Steen. Creo que nunca me ha pasado esto, qué absurdas coincidencias: un psicoanalista diría que nada es así, ni aleatorio ni sin querer, pero qué saben ellos. Está en la estación de las enfermeras cuando entro.

-Buenos días doctora Calleha, ¿cómo está?- esta pequeña victoria, mi tardanza, creo que le gusta. Me veo obligada a justificarme

-Buenos días, siento llegar tarde, -exagero un poco- no me he encontrado bien esta noche.

-Tienes mala cara- esta es la sister- ¿igual no deberías haber venido?

-No, no, gracias, ya estoy bien… Dr Steen, ¿leyó el informe de legal?

-Ah sí, muchas gracias… lo hablamos, venga a mi oficina.

-Deme cinco minutos, tengo que sacar sangre a la paciente de la 4 a primera hora o cierran el lab…

-Para primera hora hubiera ayudado haber estado aquí a primera hora- dice con la sonrisa con la que un poli te da una multa, encantado de la vida.

Cuando termino la sangre y me preparo un par de casos, llamo a su puerta.

-Perdone, ahora estoy ocupado.

Y una mierda: no tiene nada urgente que hacer, los dos lo sabemos. Pero como no he ido inmediatamente, él no va a estar inmediatamente para mí. Ahora me va a hacer esperar, sin razón. Este tipo de comportamientos son los que, de una manera extrema, vemos en estas pobres pacientes que, como Scarlett, llamamos “límite”. Pero este tipo tiene rasgos tan límites y más. Termino varias cosas y bajo a comer a la cantina. Allá al fondo está Will, leyendo a la vez que se toma una sopa. Cojo una patata con Cheddar y me voy a una esquina. Entonces viene Will.

-¿Qué tal, como andas? ¿Me puedo sentar? -me pregunta, ya sentado.

-Sí, sí, adelante… te he visto pero no quería interrumpir tu lectura. ¿Qué leías?

-Ah, poesía… Sylvia Plath. ¿Has leído algo?

-No, no de poesía. Me cuesta mucho leer poesía que no sea en mi lengua materna.

-¿Sí? ¿Por qué?-creo que me lo pregunta con total honestidad, pero sinceramente, me parece arriesgado de alguien que, como todos los ingleses, no habla otro idioma.

Parliament Hill
-La poesía es otro nivel que la narrativa, explora no solo el significado sino también cómo suenan las palabras, para crear trucos fonéticos – él me mira, parece interesado- Su vocabulario es más amplio que el de la prosa por estar constreñidos por el ritmo, el número de sílabas, las rimas, los acentos… pero, vamos, sí, que me gustaría poder leer poesía… igual dentro de unos años…

-mmm interesante… ¿cómo traducir ciertas metáforas? -pregunta retórica.

-¿Cual estás leyendo ahora? – me pongo a su lado, y abre más el librito.

-Se titula Parliament Hill Fields… ¿has estado allí? -me mira esperanzado, yo muevo la cabeza- Pensaba que conocías Londres.

-Oh, no, solo de paso. Muy poco, he estado en los sitios de turistas y luego cambiando estaciones…

-Hay una zona en el norte que se llama Hampstead Heath. Es donde solían vivir los artistas, por ejemplo allí está la casa de Keats -me vuelve a mirar intentando disimular su escándalo de que no haya leído a Keats. Tendría que entender que he leído a Cernuda, a Hernández, a Blas de Otero y que él no. Pero los ingleses se siguen creyendo el ombligo de la galaxia.

-¿Quién más vivió allí? -intento disimular mi fastidio- Solo sé que Virginia Woolf vivía en Richmond.

-Oh, pues poetas como Shelley, Byron, Coleridge o escritores como Robert Louis Stevenson, H. G. Wells, D. H. Lawrence, J. B. Priestley y mira, ven -y se levanta y quiere que le siga hasta el pasillo, me enseña un cuadro- este es John Constable, “Vista desde Hampstead Heath” y tiene más… con arco iris, con... ah, me encantaría llevarte…- al final es majo, no puedo estar enfadada con él mucho rato.

Cometas en Hampstead Heath
-Me encantaría ir -le digo con mirada soñadora- Bueno, dentro de dos semanas tengo mi curso de Ley de Salud Mental en Londres, igual saco un rato para ir.

-Ahh, desde luego, debes subir. Es un barrio precioso, lleno de callejuelas, placitas, conserva mucho el aire artístico, hay pequeñas galerías de arte y la Heath (la montaña) es espectacular: puedes ver toda la ciudad tirada en el césped. Cuando hace viento hay muchas cometas…

-Suena perfecto para mi primera salida del área de Banderley desde que llegué en Octubre... va a ser muy raro. Todos estos meses en Yorkshire, solo viendo campo, lo más urbano Whitby en las guardias… imagina.

-Oh no, claro, no pudiste irte en Navidad, primer año. Lo siento: ha debido ser muy duro- se hace un silencio. No sé si recuerda nuestras conversaciones en Lincoln, cuando estuvimos atrapados por la nieve, a veces con él me da la impresión de que siempre empezamos de cero. Es por eso que nunca me he atrevido a contarle lo de los túneles, que recuerdo que bajamos, y que sé que existen, y que no entiendo nada.
La City desde Parliament Hill


-Tengo que volver a la planta. Ya te contaré si puedo subir a Parliament Hill- me voy levantando y empuja el libro hacia mi lado de la mesa.

-Llévatelo, y lee Parliament Hill cuando estés ahí arriba… y luego me lo cuentas.

Al llegar a la planta, encuentro una habitación de paciente vacía a la que hemos dado el alta. Cierro la puerta, me siento enroscada sobre mí misma en un sillón, y leo frases sueltas del poema de Plath que me acaba de dar Will:

Inexpresivo y pálido como la porcelana,
El cielo redondo sigue absorto en sus cosas.
Nadie nota tu ausencia;
Nadie puede saber que me faltas.
Ahora el silencio se entrega al silencio.
El viento me impide respirar, es una mordaza.
Supongo que ya no tiene ningún sentido pensar en ti.
El túmulo, incluso al mediodía, custodia su sombra negra:
Ahora me sabes menos constante,
Espectro de hoja, espectro de pájaro.
Rodeo los árboles retorcidos. Soy demasiado feliz.
Estos fieles cipreses de ramas oscuras
Cavilan enraizados en su montón de pérdidas.
Te pierdo de vista en tu ciego viaje,
El día se vacía de imágenes

Abrazo el libro contra mi pecho: qué preciosidad. Otro nivel pero, ¿por qué me siento como si leyera las notas clínicas de Lannister? Suena mi bleep. Salgo de la habitación: no sabían que estaba aquí. No era nada importante, dice la sister, el doctor Steen ha dicho que no va a poder verme hoy. Que venga mañana a las 8. Qué sorpresa: en sus términos. Juegos que la gente juega. Vuelvo a mi escritorio, donde están las notas de Scarlett aún abiertas. Pongo encima el libro de Plath. Paso las páginas y leo compulsivamente, sin pararme, como dicen que no hay que leer la poesía:

…pero en matorrales moteados, averrugado como un sapo
rencoroso, acecha nuestro guarda, colocando esa trampa suya en la que caen embaucados…

…Nuestra única tarea consiste en hallar
la silueta de un ángel con la que poder revestirnos…

…cada uno de nuestros brillantes actos hasta convertirlos de nuevo
en barro deshecho, encapotado por el agrio cielo…

…torturados en los ligamentos de púas de las venas;
así que, mi valiente amor, no sueñes
con contener una llama tan estricta, sino que ven,
recuéstate en mi herida y sigue ardiendo, ardiendo...

Un momento, ¿dónde he leído yo esto? Paso las páginas hacia atrás como si me fuera la vida en ello y, aquí está, al final de la entrada de Steen:

…torturados en los ligamentos de púas de las venas;
así que, mi valiente amor, no sueñes

Así que, mi valiente amor, no sueñes. Cierro las notas y salgo a la pradera: necesito respirar. Recuéstate en mi herida y sigue ardiendo, ardiendo...










14 abril 2021

Aúpa Tiovin: aún te quedan un par de años buenos...

8 divagues

Aparte del Primero de Mayo, no hay día mejor para nacer que el Día de la República, como insiste en recordarnos anualmente Tiovin, lector del divlog muy en la sombra (solo cuando le llegan los divagues al email, me pregunto si hoy podrá abrir el enlace cuando se lo envíe, de la posibilidad que comente me olvido). Supongo que la razón por la que me ha costado todos estos años escribirle esto -es una de las personas con más anécdotas que conozco-  es porque la mayoría no se pueden poner por escrito. El Tiovin ha aparecido lateralmente en muchos divagues, siempre envuelto en alguna actividad semi-delictiva, no hay más que buscar

Mi relación con Tiovin ya no empezó bien: era el novio de mi tía favorita, la hermana peque de mi madre, y yo debía tener 3 años cuando apareció por la familia. Él venía de esa pequeña Vetusta al norte de la auténtica Vetusta, qué vamos a hacerle. Le encanta recordar que yo era una niña repelente y que le caía fatal.  El verano de mis 11 años estábamos en la playa en casa de Tiofi en uno de esos mogollones familiares, y ya por fin pude plantarle cara: hacíamos concursos en los que nos hacíamos preguntas de "cultura general" (esa sensación de triunfo compitiendo con una colegiala), la canción de aquel verano era "Words, don't come easy" (que Tiovin con su inglés avanzado llamaba "el camisi"), nos empezábamos a reír juntos y sobre todo, nos iniciamos el arte del abuso verbal mutuo, que hemos ido perfeccionando. Esta dinámica se ha mantenido durante los años: lo nuestro no es amor-odio, es odio-odio. 

Mi tía asegura se enamoró de él "porque llevaba el pelo largo": o sea, era un hippie de los 70 con melena y bigote de motorista en toda regla. Las fotos de la época -que se empeña en poner en su perfil de whatsapp- no le hacen ningún favor, y así se lo digo. Él me ignora, creyendo que solo quiero fastidiar, cuando lo que intento es una labor social.

Todo tiene su explicación: Tiovin estuvo para cura en un seminario de Palencia durante su adolescencia. De aquí han salido innumerables historias que nos encantan, porque hay que admitir que Tiovin es un cuentacuentos espectacular: el frío que pasaban, detalles de la congregación (que he olvidado, me mata), su pasión por el latín y las humanidades, y "la investigación" sobre abuso sexual (años 60 en Ejpaña: yo imagino a Guillermo de Baskerville llegando a la abadía a investigar) en la que entrevistaron a todos los niños y resultó que "el cabrón" solo se había dejado un niño sin meter mano: Tiovin.  Creo que aún no lo ha superado. También hay que oír cómo se arrepiente de no haber seguido con el sacerdocio: "sin ambición, con una parroquia pequeña me hubiera valido". Pobres feligresas. 

Porque lo siguiente, por más increíble que pueda parecer, es cuánto liga Tiovin: es un misterio para todos, claro que para él "todas están buenas" (menos yo), su nivel es subterráneo (para muestra: para él estaba buena la reina de Inglaterra "de joven"). Y entonces cita a Hemingway, y es que el día que no ligue, para qué seguir. Olé tú. 

Tiovin tiene algunas especialidades culinarias, nos asegura, claro que nosotros solo hemos probado el ajoarriero y el huevo frito con txistorra. Cuando va otra gente a su casa,  por lo visto da cordero ("de la mar el mero...") o marmitako, pero no a los pobres Pedalistas. Eso sí, su sangría ("sandía") es legendaria: cómo olvidar esos toros en sanfermines en que preparó un cubo gigante que acarreamos por la ciudad. No cuenta como cooperación al abuso animal dado nuestro estado al entrar al triste espectáculo.  

Hace mucho que no viene a Londinium, en concreto desde que nació Mini, tal vez se dio cuenta de que Londinium-la-nuit no iba  a ser lo mismo. Cómo olvidar sus bailes y la noche de disco en Nottingham en la que por la evidencia gráfica parecíamos una banda de glam-rock (eran los late 90s).  

Otro de sus puntos fuertes es la orientación. Todo el mundo sabe que sale hacia destino la noche anterior para que no sea evidente que se ha perdido -siempre se pierde, una vez hasta andando en el parque de enfrente de casa; llegó muy azorado- en su coche de "gama alta" que a veces nos ha dejado pero es un truco: hay luego que endeudarse para llenar ese depósito.  Y la decoración navideña: todos los años recibimos imágenes de su parafernalia, que honestamente da miedo.  Si algo trajo de positivo su divorcio es que en la mudanza se perdieron lo que él llamaba los "pendientes", unos colgajos de plástico con brillantina que pendían de un celo (no conoce el blue-tack). 

Tiovin es un gran lector, primero de periódico y segundo de novelas. La pregunta ritual es: "¿Tiovin, qué comedia ligera estás leyendo?" No porque yo sea una snob, sino porque una vez leía "Una comedia ligera" de Eduardo Mendoza y ahí se abrió la veda. Aunque no en lecturas, sorprendentemente, coindicimos en ateísmo (qué mejor ateo q un ex) y en ideología (de él  aprendí protocolo en la mesa: "el pan, como el corazón y las ideas, siempre a la izquierda").  De la política localista navarra - tema inagotable entre él y el Peda- me desentiendo.  


Para terminar, de sus múltiples historias, mi favorita: su suegro (mi abuelo) no seguía los motes oficiales del pueblo, se inventaba otros enloquecidos que en principio solo conocíamos la familia.  Un día mandaron al Tiovin a buscar algo a una huerta, tenía que encontrar al "Jabonero" (mote oficial) [conocido en casa, tras mi abuelo, como "La Abeja Maya"]. Tiovin llegó a las huertas y decidió pedir indicaciones (se había perdido, ya lo digo) a un hombre que recogía algo. Claramente liándose con los motes -y liándola parda-, le preguntó: "Buenas tardes, ¿está por aquí el mas de La Abeja Maya?". Y el hombre, impertérrito: "La Abeja  Maya soy yo".

Muchas FELICIDADES TIOVIN: como me dices cada año "ya solo te quedan un par de años buenos". A disfrutarlo y que podamos pronto escuchar in situ las historias no-reproducibles, la de la Abeja Maya y el camisi... 

10 abril 2021

Varanasi (Dyer, circa 2009) vs. Benarés (Di, 2002)

9 divagues


Divlog: fase embrionaria
 A Jeff, periodista freelance de la novela de Geoff Dyer "Amor en Venecia, Muerte en Varanasi", que hemos conocido en la bienal de Venecia, le encargan un artículo sobre Benarés (Varanasi). En la ciudad de los canales se había enamorado de Laura, que en un punto dijo aquello de que se estaba planteando viajar por la India. Las casualidades no existen, que diría Sábato, o "lo que pasa con el destino es que puede casi tanto no pasar, y cuando pasa, a menudo no parece lo que es" : así empieza esta segunda parte. Jeff se va a Benarés, y yo espero que en algún punto se encuentre con Laura.   

El tres de Octubre de 2002 empecé mi viaje a la India, aunque el vuelo de Heathrow a Delhi fue el 11. Pero aquella tarde del tres me la pasé en casa del Naufrago Ro, en Vetusta, con mapas extendidos y un cuaderno de espiral (en imagen) tomando notas en la mesa de cristal bajo la que me miraban conchas de Madagascar y demás parafernalia de viaje- mapamundi con demasiados imanes incluido. Si un viaje no termina hasta que se revelan las fotos (hoy en día, hasta que se bajan y ordenan en carpetas amarillas o el ritual particular que tengas), un viaje comienza también antes de salir de casa hacia la estación, y este lo hizo aquella tarde. Y por la noche, escribí mi primera entrada del diario en el cuaderno, que lo tengo aquí al lado, y me ha recordado que ese viaje aún había comenzado antes, una noche de mojitos en Cuba en la que Ro nos vendió la India, y parece que acordamos hacerlo juntos, pero por algo no fue. Una pena, y más al leer las reflexiones de Jeff, cuando está con otros viajeros sobre cómo la conversación es siempre más interesante en un trío porque "if it is the two of you, something is always prompting you towards a heart-to-heart-, to keep the ball rolling. But when in a trio, the three of you are the ball and it never stops rolling". 


Como el turista de la foto sabe,
hay q quedarse en los ghats
para esta foto a las 6 am
Uno de los consejos de Ro fue que nos alojáramos en los ghats: las orillas del Ganges, esos escalones que bajan hasta el agua, donde todo tiene lugar en Benarés. Nosotros en aquella época pre-hija no reservábamos hotel antes de viajar: nos presentábamos en los sitios y... alegría (generalmente, tristeza, una vez instalados en el antro de turno). Pero la sensación de libertad al viajar así es única: si te gusta un sitio, te quedas. Ahora que lo pienso, hasta con hija íbamos en ese plan, empezamos a reservar tras una noche épica en California en la que nos vimos a punto de dormir en el Chincue con niña de 6 años. Pero divago:  evidentemente llegamos a Benarés sin nada reservado y un jet lag del diez, y acabamos en un hotel que no estaba en los ghats. Este es el primer paralelismo con Jeff, al que un amigo en Londinium también aconseja que se quede en el lío, pero al principio no lo hace.

Ricksaw

Igual que a nosotros, esto le da la oportunidad de experimentar el tráfico de la India en ese primer viaje del hotel al río. Él lo hace en uno de esos coches enormes que hay por allí, los Ambassador, mientras que nosotros lo hicimos, para nuestro horror, en ricksaw: consiste en un carrito (donde van hasta cinco personas) tirado a pedales por un pobre hombre. Ricksaw metáfora de la sociedad: turistas obesos yanquis cómodamente sentados mientras que un escuálido indio pedalea (o rema, esto se extiende a los barquitos - cómo no recordar aquí a nuestro querido F. remándonos en la Zodiac hará ahora dos años, snif). Sentimientos de culpa atroz cada vez que yo era uno de ellos (prefería el auto-ricksaw, con motor), pero era imposible moverse de otra manera: en Benarés no había (hay?) nombres en las calles, imposible salir del hotel o, más importante, volver, sin que te llevasen a cuestas. 

Auto-ricksaw, con motor

Las decripciones de Jeff de la locura del tráfico son muy parecidas a las de mi diario: todos los vehículos están continuamente pitando para nada, porque nadie les va a dejar pasar, no hay sitio delante ni detrás, pero hay que seguir pitando, hay tantos que el pitar se hace "tanto superfluo como esencial". No hay aceras, no hay prohibido el paso ni preferencia, pero nadie se para, se está siempre a dos cms del vehículo de delante. "Lo que en Londinium hubiera consituido casi un accidente, aquí era una oportunidad para reconocer la cortesía de otro conductor". Pero el tráfico solo era atrezzo para el resto: "todo esto se veía disminuido por el mogollón que estaba pasando a ambos lados de la calle: era todo tan enloquecido, brillante, colorista, a un volumen imposible".  Allí, "todo el mundo está terriblemente ocupado en algún negocio, aunque sea el de estar sentado, o barrer el suelo con una especie de escoba corta, atendiendo un chiringuito donde se sientan tus amigos, sin bebidas y a menudo sin clientes.  Benarés es la ciudad con más color de todo el mundo". Eso sí, Jeff y yo coincidimos también en que es uno de esos lugares donde a menudo bajas la cámara, y te resignas a no hace la foto: no se puede.

Oh Blogger, dónde estabas?
Cuando se baja del Ambassador, paradójica e inmediatamente Jeff se siente como realeza: todo el mundo quiere darle la mano.  Es así: cuando viajé por India constaté lo terrible que debe ser la fama (hoy, que todos los críos quieren ser famosos en TikTok o Insta), el horror de que te estén mirando todo el rato. Era una época en la que no había demasiados turistas (y menos en las zonas más cercanas a la frontera, como Jaipur o Jodphur, la parte con la mejor arquitectura musulmana) por un medio conflicto con Pakistán y los blancos llamábamos mucho la atención. Cuento en el diario que uno de los primeros días en Benarés, en un templo, había una familia que nos miraba de lejos,  cuchicheaban y reían, y en un punto vino el hombre medio arrastrando a la niña de 14 años, que "me quería pedir un autógrafo". Qué verguenza, les aseguré que no podía, que yo no era famosa ni nadie (os preguntaréis, cómo?- aún no existía este blog, quiero decir). Les daba igual, por favor, lo entendían, pero firme aquí (por una vez, no en un cheque). Tras terribles momentos de mortificación, divagantes, acabé firmándoles, no solo a ella, sino a bastante gente durante el viaje, para qe nos dejaran en paz, y haciéndome fotos con desconocidos, familias de desconocidos. En concreto, el día del Taj Majal (donde pese al sari - puedo explicarlo todo, párrafo de abajo-, parece que no logré la deseada fusión con los nativos) fue tan intenso que el Peda acabó ofreciéndose a él mismo para que me dejaran en paz. Y los tíos aceptaban, y ahora río imaginando al Peda aún enmarcado en salones de familias respetables.

Yo solo venía a por un fular
Jeff pronto descubre que lo que quieren con lo de la mano es venderle algo, y aunque hay situaciones genuinas como la gente que por alguna oscura razón quieren fotos con turistas, es cierto que todo en India es transacción. Desde que pones el pie en Benarés te están ofreciendo un barquito: aunque te vean bajar de uno, ellos vienen y te ofrecen paseo en maldito barco. El del ricksaw te acabará llevando a la fábrica de seda de su primo aunque no quieras, es inútil resistirse, y si solo pensabas comprar un fular para la yaya, saldrás con un sari que, bueno, se podrá usar como cobertor o algo.  Si crees que alguien te da conversación y se pone un paso por delante de ti, enseguida se eregirá como guía y querrá unas rupias por un servicio que ni has contratado ni quieres. Esta sensación la tuve de nuevo en Marruecos hace solo dos años, y muy acusada en Cuba, donde todo era también comercio. Allí la cosa era tan dramática que salías de noche por los bares y no sabías si estabas ligando por tus propios méritos o que luego tendrías que pagar: le quitaba toda la diversión al tema. Lo mejor de los viajes es las conversaciones con extraños, pero llega un punto en que las evitas, aunque esta actitud no es la adecuada: solo es un ejemplo más de la mentalidad occidental imbécil de "queremos nuestra experiencia, a nuestra manera". Aún querríamos ir allá y que nos ayudaran a llenar nuestro diario o blog a cambio de nada, cuando exudamos riqueza, aunque no nos hayamos duchado en tres semanas. Todo eso es desolador y reflejo de algo que no funciona, pero ellos no tienen la culpa y tú no tienes derecho a quejarte cuando estás allí como un gilipollas para encontrate a ti mismo o para que te encuentren en Instagram.  

Colada matinal en los ghats
En los ghats, tabién a Jeff le pasa lo mismo que a nosotros: en un punto terminas en unas especie de edificio ruinoso, desde los agujeros en la pared (llamarlos ventanas, no) de la primera planta puedes ver el río, y entonces un hombre viene a explicarte que eso es un asilo donde viene a morir la gente, y acto seguido hace su entrada una pobre anciana, en toda su fragilidad, y resulta que va a morir en breve, pero que necesita que alguien pague los nosecuántos kilos de madera para su pira funeraria. Ella asiente. Y nosotros que pasamos por ahí somos los que pagaremos parte de esa madera, y el hombre pide una cantidad astronómica -o lo que nos pareció astronómica entonces, recordermos que cuando se viaja, la valoración del dinero cambia radicalmente, y se establece una métrica en la que todo se compara con "podría comer por esto" o "podría dormir por aquello" (en India alcanzamos lo que permanece como nuestro récord imbatible por habitación doble con -atención, claro que había que verlo- baño privado: 80 pesetas). Si en India te sugieren que existe la posibilidad de gastarte, no sé, 150 euros en unos pantalones, directamente te tiras al Ganges:  de vuelta, te los gastarás, y esa dualidad luego te da en la cara cuando estás pasando la tarjeta en cualquier cosa superflua aquí en occidente. En fin, que algo le damos al hombre, aunque no todo lo que pide, y él se queda enfadado, otra constante en India. En todas tus interacciones, des lo que des, la otra persona queda descontenta, y tendrá razón. Es el precio que tienes que pagar por la Injusticia con mayúsculas que supone vivir en este planeta, y hay que asumirlo con gracia. 

Sobre-estimulación de los 5 sentidos
En Varanasi Jeff conoce a distintos viajeros, con los que hay un pacto implícito de no preguntarse sobre profesiones o la vida anterior (lo que genera obviamente una gran curiosidad y número de hipótesis en tu cabeza). Se hace amigo de una chica inglesa de origen indio y un yanki que se quedan en su mismo hotel (por fin se cambia a uno al lado del río) y allí les pasan cosas juntos, como  ese lassi de Bhang que les mete un viaje nivel unicornio- si hay una razón por la que volvería a India es por el lassi, y eso que no lo probé con Bhang-ya estaba bastante sobreestimulada, espero que quede claro con este divague. Mayormente, hablan en la terraza del hotel con cervezas que se han traído de una tienda porque cuestan un tercio menos que en el hotel (pongamos que ahorras 30 céntimos), pero como digo estas cosas importan cuando viajas.  Algunos días se incluye en el grupo gente que viene y va, como una japonesa, toda estereotipo, cuya manera de estar en el mundo era justo la opuesta a la mayoría de la gente que Jeff había conocido hasta entonces ("la única razón de la existencia-especialmente para los artistas-era dejar una marca, llamar la atención sobre sí mismos"). De entre la fauna internacional que se encuentra en los ghats hay una chica tan "crustie" (esa suciedad del iluminado que se queda ya pegada como una costra, fiel a los "estándares internacionales de guarrería", directamente proporcional al tiempo que lleva un mochilero allí) con la que sin duda querría follar en la vida normal, ducha mediante. En la iluminación me ha recordado a un español que llevaba ya allí un tiempo y "caminaba descalzo" para "poder estar en comunión con la tierra". O al inglés que iba con una típica bolsa de cartero del Royal Mail británico, esos bolsacos rojos inconfundibles con los que traían las cartas-hoy en día los paquetes de Amazon. "Todos caminan despacio, el ir colocados seguro que ayuda", porque cualquier amago de rapidez ya representa ese mundo nuestro que ellos han dejado atrás. Imposible entonces no recordar a esa gente que conoces viajando y que, por unos días, se hacen imprescindibles en tu vida. 

Ejercicio de nostalgia
Me encuentro en mi diario la anécdota de Lucknow, que no cuento porque esta daría para un divague completo, y la de aquello que pasa a todos los viajeros por este país, por más cuidado que tengas: vengas de donde vengas, vayas a donde vayas, siempre hay un extranjero languideciendo en su habitación como resultado, "cayendo como moscas, bueno, no exactamente, las moscas prosperaban".  En el vuelo a Delhi fui leyendo un libro que me dio Steve, un amigo ("Are you experienced" ) sobre un chico que se va a la India siguiendo a chica en pos de la iluminación. Ahí aprendí el nombre de "aquello" en inglés que no deja espacio a la imaginación:  "The Shits" y me prometí que solo comería en lugares que apareciesen en la Rough Guide; pero es inútil, viene siendo como lo del sari. Luego, la descripción del pobre Jeff y esta maldición que tiene nombres más bonitos en otros lugares ("la venganza del faraón o de Moztezuma") es épica; la mía os la ahorro. 

Jeff también visita templos, y como todos, alucina -sin necesidad de Bhang- con la locura de esta religión ("primitiva, oscura, fría y húmeda. Era ridiculo aspirar a la mentalidad que hizo posible ver estos rituales como sagrados. No, esta era una fase a través que nuestra especie al final superaría"). Se horroriza con la deformidad que ve por la calle, que desafía la comprensión, y este es otro de mis recuerdos más vivos, así en abstracto. También habla de la horrible fascinación que ejercen los perros en Benarés, en un estado de infección y enfermedad salvaje continua. Aquí una imagen y una reacción mía que que nunca me dejarán: un perro que se movía grotescamente por entre la gente y los charcos con tres patas y, yo, en ese momento, rompiendo a llorar. Lo que no había hecho ante mutilados, la personas con las que un dios colorista pero malvado se había cebado, me salió con este pobre animal, supongo que la acumulación de un par de días en aquello que, por mucho que nos empeñemos, no es un decorado. 

Dyer dice que hay solo un número limitado de momentos que cuentan, y que definen nuestra vida: estoy de acuerdo, y cuando te pasan, igual no te das por aludida, pero pronto se hace evidente que van a estar contigo para siempre. Claramente, yo no alcancé nada remotamente similar al Nirvana o la iluminación en Benarés, en contraposición con Jeff que al final "no recordaba nada: tener recuerdos era una manera de apego, una forma de deseo. No tenía necesidad de ellos". Yo tengo mi cuaderno, y ahora me siento como arrancando sus páginas y lanzándolas por la ventana en un día de viento para que alguien, ahí al otro lado siga de mi mano experimentando esa manera de apego, esa forma de deseo. 



06 abril 2021

"Amor en Venecia, Muerte en Benarés" de Geoff Dyer. Hoy, Venecia y ... póngame otro bellini

12 divagues
"Jeff in Venice, Death in Varanasi"
(título que por una vez han traducido bastante aproximado: solo han cambiado un nombre propio (el del prota, "Jeff") por un nombre común ("amor") es una novela de 2009 del autor inglés Geoff Dyer que, divagante, has de leer. Como el título indica, la experiencia es la de leer dos novelas independientes, pero unificadas por la particular visión del mundo de Jeff y por la sensación de nostalgia que ambas causan en el lector ahora, en este momento en el que estamos varados cada uno en nuestras ciudades. La realidad es que no hay ni posibilidad de protagonizar una novela de viajes ni, menos ambiciosamente, de divagar sobre el viaje que sea en una terraza (lo sé, para alivio vuestro). Pero yo he sentido una añoranza infinita y terrible de estar "en la carretera" y,  sobre todo de las cosas que pasan en ella, de hablar con desconocidos, de la indecisión ante un menú, de perderme por callejuelas, de habitaciones dudosas con ventilador en el techo. 

En particular, la segunda parte -en la que obviamente Jeff está en Benarés- ha sido muy intensa: he vuelto a Octubre de 2002, no solo con la lectura sino también desempolvado mi cuaderno (en aquella época no había blog, felicitaros). He leído (probablemente por primera vez, de ahí que os entienda) lo que el autor me ha recordado tan bien, y he vuelto a Benarés. En algunos momentos de la lectura estaba tan emocionada, que casi tenía que parar porque las yemas de los dedos me pedían teclado: necesitaba escribir sobre mi Benarés sobrepuesta a la Varanasi que describe Dyer, tan tan similares - algunas observaciones exactas (las suyas, infinitamente mejor escritas). Así que he decidido separar las dos partes, y este divague lo dejaremos para mañana (hasta yo me doy cuenta: tengo que dejar de escribir entradas de tres mil palabras). Será un poco divague-metadona después de tanto tiempo sin escribir sobre El Viaje, a ver qué sale. 

Mientras tanto, hoy, Venecia. Jeff es un periodista londinense freelancer de unos 45, especialista en arte, que va a la Bienal de Venecia con el objetivo de producir algunos artículos sobre las exposiciones y entrevistar (tras años en el gremio, intentando impresionar con su inteligencia al entrevistado, se ha dado cuenta que la mejor técnica es hacerse pasar por idiota) a una vieja diva venida a menos que le confiesa que no tiene "capacidad para el aburrimiento", porque puede pasarse un día entero mirando a una pared y no le afecta (mis antípodas, yo ya estoy hiperventilando de leer esto), claro que uno necesita un mínimo de descontento para producir arte. Y ya está, no hay más: la novela va de esto y sus observaciones de exposición en exposición y de fiesta en fiesta. Ah, y como el traductor sin escrúpulos del título al castellano no ha dudado en chafar, se enamora.  

Así como mi experiencia en Benarés fue casi un calco (por lo menos sus impresiones del principio, yo no me quedé meses) de la de Jeff, la de Venecia no tuvo nada que ver: estuve allí con un grupo de gente de mi edad con 16 años, sin dinero, en un hotel tirando a inmundo (luego iba a volver exactamente hace un año para una celebración, pero se paró el mundo). En las antípodas de la experiencia de estos críticos de arte de fiesta sofisticada a fiesta sofisticada, siempre barra libre de bellinis (cocktails a base de prosecco con melocotón), siempre diciendo la frase más inteligente ("era un buen punto, pero conversacionalmente terminó en un vacío"), o más gilipollas (no olvidemos el catálogo de la exposición de Hirst). En un punto Jeff comenta que una pieza era "pueril, pero el hambre de éxito del autor era voraz. En circunstancias históricas diferentes, un grupo de estos artistas podrían haber tomando el control del Reichtag o dominado Camboya con una crueldad sin precedentes".

El libro ganó nosequé premio de "escritura cómica", y aunque no es lo que esperas de un libro "cómico", lo cierto es que la visión de la vida de Dyer es a menudo muy graciosa (tal vez por eso haya Dyer hecho click conmigo; además fue un chico de las "grammar schools" que ganó una beca para estudiar literatura en Oxford). Por ejemplo, su auto-escarnio ya en el aeropuerto, feliz porque logra colarle en la facturación una bolsa a la azafata: "
Geoff Dyer: me caes bien
sin otro objetivo en la vida, esta estaba llena de triunfos y éxitos como este".
 
Vuelo a la bienal, donde todo es exceso y magia en un avión de Ryanair & Co. donde "los recortes de coste eran increíbles, derrochadores incluso. No se había reparado en algún gasto" ["The cost-cutting was amazing, extravagant, even. No expense had not been spared"]. O los mismos bellinis, a los que llama en un punto "these little fuckers" y aquí suelto una carcajada: ¿quién no se ha sentido así alguna vez en uno de esos eventos donde has copas siempre son demasiado pequeñas? 

Su filosofía de vida no es solo divertida, también tiene sus ratos de profundidad. Como su día de viaje, en el que está todo el rato deseando que pase a la siguiente fase [primero querer que termine el vuelo, luego el transfer, luego el bus], y se pregunta, ¿cuándo llegará el momento en el que me quiera quedar? (lo que viene siendo, cuándo seré feliz, según Wilde esos escasos segundos de la vida). Yo he estado en muy pocas bodas en mi vida (gracias UK!) pero siempre tenía esta sensación: "cuándo se pasa la misa, las fotos, el cocktail, lo que sea", y al final me di cuenta que mi problema era este: me aburrían las bodas.  Pues eso, ¿cuántos momentos hay en la vida en los que "nos queramos quedar"? Muchos, afortunadamente, pero en un día de vuelo o en un bodorrrio: no. Jeff también se plantea su edad (no me toquéis el tema, me adentro en un mes sensible), y reflexiona que empezaba la fase "vaga" de la vida: tenía una vaga idea de las cosas, vagamente recordaba algún nombre... era como estar vagamente borracho todo el rato. Bienvenid@s a mi mundo. Y también suscribo su frase lapidaria: "Lo que te puedes permitir es una manera de expresar lo que deseas algo". Cuando la gente (en particular, mi madre) me pregunta, pero por qué no te compras esto o aquello, la respuesta es esta: no lo quiero lo suficiente. Supongo que no me importa gastarme una pasta en vuelos pero, en ese bolso? en esa crema? en ese coche? No.   

En un punto -obviamente en una fiesta, donde todo pasa en la bienal-, Jeff conoce a Laura, una chica de California, y desde entonces sabe que lo que quiere hacer durante el resto de la bienal -y de sus días- es estar con ella. Después de la primera conversación en la que Jeff siente esa energía brutal entre dos personas que conectan (¿flechazo? 
¿crush? ¿química? ¿cómo se llama ahora?), ella le dice aquello de no cambiarse los teléfonos y dejar que el siguiente encuentro fluya por casualidad. Él protesta: "imagina que por mala suerte no nos cruzamos en ninguna fiesta más, y cada uno volvemos a nuestra ciudad pensando en lo que hubiera pasado", y ella, que se ha visto todas las pelis del párrafo de abajo: "eso sería aún más romántico" (yo entonces pienso en un divague de aquí, pero no pongo el título por si alguien no corrió a leerlo y le fastidio el final). Cuando por fin se encuentran (porque claro que se encuentran) Jeff: "Me di cuenta que la única manera era esperar que tú me encontraras a mí, dejar de buscar. Pero de alguna manera nunca dejé de buscar". Yo me derrito.

Porque por supuesto, esta escena es imposible que no traiga al lector otras novelas o pelis con este mismo planteamiento:  una de mis sagas favoritas, las tres pelis de "Before" de Linklater, donde tampoco se cambian los emails. "Brief encounter", otro encuentro causal en un tren - la prota se llama casualmente Laura. En el París de "Rayuela", Oliveira y La Maga "andaban sin buscarse sabiendo que andaban para encontrarse" o en el maravilloso relato (como todos)  "Manuscrito hallado en un bolsillo" del Gran Cronopio en el que una pareja que sufre el flechazo en el metro no podrá seguir su relación a menos que coincidan otra vez sin forzarlo. Supongo que este recurso de dejarlo todo al azar nos toca a todos, porque quién no ha pensado alguna vez qué nos habría pasado, Ilsas del mundo, si no hubiéramos cogido ese avión. 

Durante los días de la bienale, Jeff y Laura beben una cantidad ingente de bellinis, se meten coca en yates, follan creativamente en hoteles, y sobre todo hablan. De todo esto, me quedo con varias cosas, la primera, ganas (ansia) de los bellinis y su parafernalia, de estar en una sala con más gente, de ir de un grupo a otro, incluso de escucharles decir sandeces sobre el arte, de hacerte pandilla y cambiar de fiesta, de no ver la hora de irte al hotel. Me ha recordado [tristemente con muchas salvedades, nunca bellinis gratis] a algunos congresos en los que he estado, y es todo un poco así, pero sin gente guapa ni arte. Hace tiempo que no voy a congresos con noche y, hace dos años, no hubiera tenido particulares ganas de volver, pero supongo que este último año está obrando cosas extrañas. También me quedo con la aparence facilidad con la que Dyer escribe sobre sexo, en contraste con mis evidentes problemas: en estos divagues que hago intentos desesperados de ficción (pujan en número de lectores y comentaristas con los de viajes- carraspeo- venga, va, ya lo dejo) voy sorteando el tema sexo y "dejándolo para más adelante" porque, sinceramente, no sé cómo hacerlo bien y menos cómo luego darle tranquilamente a "publicar". Pero en cada entrega me doy cuenta que no puedo tener a ese elefante en la habitación, porque no es normal que una protagonista de 25 no tenga esa parte en su vida.  Dyer consigue que no sea cursi, aunque tal vez un poco pasado (para ello la cocaína ayuda, sin duda), ni blando. Por último, me quedo con el personaje de Laura, está claro que el prota la está viendo con esas gafas tintadas del enamoramiento primero (no hay mayor unreliable narrator que el enamorado), pero es que todo lo que ella dice es interesante, ingenioso, con un punto enloquecido y de vuelta. 

Una de los conceptos que más me han gustado del libro ha sido "la vida, en su mejor versión,  va de nunca querer volver a casa". Me ha recordado a aquella de Paul Bowles: "Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”.  A mí esto me pasó cuando viajamos varios meses por latinoamérica: llega un punto en el que la carretera es tu vida y ya no concibes otra manera: no quieres volver a casa- tal vez una vez fui viajera. Pero la aproximación de Jeff no es la del viajero, a no ser que tomemos el enamoramiento como un viaje (que estoy dispuesta a comprarlo), sino porque es feliz:  lo está pasando tan bien en Venecia, que teme -correctamente- que cuando llegue a Londinium, todo se transforme en una calabaza... no digas que fue un sueño, Venecia ocurrió. Por fin no está en ese vuelo o ese bodorrio del que quieres solo escapar.  

Y como tal, los últimos momentos con Laura los pasa debatiéndose sobre cómo van a quedar las cosas entre ellos... porque pedir azar en una ciudad pequeña vale, pero a nivel global? Jeff reflexiona: "a strange modern form of intimacy -not victorian at all- that made it easier to lick someone's ass than to ask when you might see them again". Cuando Laura se va, él ha pasado, como las entradas a fiestas que admiten a uno y a un invitado, de "+1 a -1, paseando por la abarrotada ciudad vacía". Snif, paseo de la mano con él. 

A Jeff lo han vaciado por dentro, pero no es "Muerte en Venecia" sino en Benarés, otra ciudad toda callejuelas y barquichuelas, tan similar y tan diferente. Y esto nos espera al doblar la página. 

~~~ Continuará~~~


 
 

03 abril 2021

Serial 28. Todos aquí huimos de algo.

6 divagues

Sábado por la mañana, no sé cómo he terminado aquí: en el trastero debajo de casa, con Yolanda y Marla hinchando ruedas de bicis. Como hace sol, pese al frío, nos bajamos al Esk a remar: así, sin anestesia. Ni un solo día he pasado por la máquina de remar, mi entrenamiento se limita a nadar, que trabaja básicamente extremidades, mientras que el remo cubre nueve grupos musculares (esto me lo oculta Marla, pero lo constataré mañana). Llegamos al embarcadero por un camino de bosque que merecería la pena en sí mismo, aunque no fuéramos a ningún sitio -fresnos, abedules, helechos-, y cuesta abajo -imposible no hacer yuhuuuu. Un hombre mayor que es un tintineo de llaves va cojeando a abrirnos el cobertizo de barcas de Banderley. Marla empieza a calentar e, inconscientes, la seguimos: primer contacto con los nueve grupos y algo me dice que mañana tendré las agujetas más salvajes de la década. La primavera está aún lejos, aunque el día lo desmienta, y algunos árboles se han lanzado con las flores. Mejor no pensar que tal vez alguna helada les hará luego arrepentirse, igual que a mí cuando me despierte mañana y me duela hasta el alma que no tengo. 

Hay que comprobar, registrar, asegurar, y una serie de pasos en el proceso antes de entrar y estar las tres sentadas en la barca. Pero una vez allí y cuando nos empezamos a adentrar en el río, tengo uno de esos momentos de comunión con la naturaleza: soy feliz. Está todo tan tranquilo, el ruido del agua es tan relajante y todo es tan armonía... claro que luego me enteraré que remar no es esto, que hoy Marla ha ido "de paseo" porque yo no sé bien lo que me hago todavía: al principio problemas de sincronización, intentar no "catch a crab" (errores con el remo, hago varios, tal vez todos), todo esto concentrándome nivel meditación. Pero cuando terminamos,  casi puedo entender la euforia de los corredores: estoy hasta arriba de endorfinas, los opioides endógenos que son analgésicos potentes y se unen a receptores de distintas partes del cerebro, los mismos que la morfina, un opiode exógeno, prácticamente idéntico a las endorfinas, y producen los mismos efectos: analgesia, euforia, sedación y depresión respiratoria. Las endorfinas se incrementan con actividades que producen placer, como comer, el sexo o, en Banderley, el ejercicio. Pero, ¿por qué, de la armonía con el planeta, mi pensamiento ha saltado a una clase de endocrino?

Y no me quedo ahí, mientras volvemos en las bicis, sigo en bucle: ¿qué le ha pasado a ese órgano que nos obsesiona?¿Qué alquimia logra el sol y el ejercicio en el cerebro para estar sintiéndome ahí arriba? Inyección de dopamina, noradrenalina y serotonina, los tres mayores neurotransmisores que son modulados por el ejercicio, los tres monoaminas. La dopamina es el neurotransmisor del "feel good", que aumenta la atención y la motivación, enfocándonos a un objetivo, mejorando nuestros aprendizaje lo novedoso, provocando euforia, aumento de energía. Llevada al extremo puede terminar en ansiedad o en obsesión: todas las adicciones están asociadas con altos niveles de dopamina. La noradrenalina nos ayuda también con la atención, percepción, motivación, y la serotonina nos eleva el ánimo, nos regula el sueño, el apetito, la memoria. Viene el bedel: fin de la clase.

Aún es pronto y claro, Yolanda: desviémonos por el pub de Danby, tienen mesas en el jardín. Ella, por supuesto, una pinta de Guinness. Marla, una cerveza artesanal con sabor a regaliz, que me da a probar y no. Recomienda una para principiantes, también artesana, con deje de fresas: venga, menú infantil para Mariona. Cheers. El jardín se ha llenado: gente local y un grupo de motoristas que ocupan un par de mesas. No tiene nada que ver con el sitio al que llegué hace meses, en lo más oscuro del otoño. Cuando comparto mi flashback casi dickensiano de niña asustada sola ante los elementos, no es novedad: parece que el Duke of Wellington y Faggin son un rito de paso para todos los que llegamos a Banderley.

Sale la dueña a tomar la nota de la comida y me reconoce. Le agradezco las galletas para el camino que me dio hace ya meses. Oh, no es nada, love. Se extraña de no haberme visto en todo este tiempo.

- Lleva todos estos meses estudiando - dice Marla.

- No se lo crea -intento protestar

- Sí, ha estado en hibernación, pero ahora ya se acabaron las excusas- añade Yolanda, señalando al sol - Ay, no puedo olvidar el primer día que me la encontré toda asustada en el pasillo grande de Banderley-C…

Compartimos un Ploughman's lunch, la comida tradicional inglesa de los que trabajaban en las granjas, novedad para mí: una tabla de embutidos y queso cheddar, pan, manzana, uva y chutney. Hasta aquí normal, luego viene la fantasía con huevos duros, cebolletas y pepinos en vinagre, apio y rábanos. Seguimos con el efecto aterrador de Banderley para neófitos:

- Es la impresión que tuvimos todos, exceptuando probablemente a Sandip, que ni siente ni padece - comenta Yolanda - Imagina los pobres pacientes...

- Yo creo que los victorianos lo construyeron así de intimidatorio precisamente para tener a todo el mundo ahí dentro bajo su control-dice Marla.

- Es la Institución Total de Goffmann: cuando vine aquí ya sabía que venía a esto. Pero supongo que nunca imaginé lo que me iba a impresionar el edificio en sí y...-Yolanda me interrumpe:

-Cuéntanos cómo acabaste aquí. Yo tengo una teoría: todos los que estamos aquí, huimos de algo.

- ¿En serio? Ya me iba - y hago amago de levantarme, se ríen - Vale, una podría pensar que venir aquí es una huida, pero hacia adelante.

- Vaya con Thelma... ¿y dónde te has dejado a Louise? - pregunta Marla, mientras coge un rábano.

- Joder, Marla, por lo menos déjame ser a mí Louise, que era el cerebro de la operación...

- Venga, Louise...

- A ver, la razón por la que acabé en este país es porque siempre quise viajar, vivir en el extranjero. Miré algún otro país, pero luego supe de este lugar y...

- Y aún no te has recuperado del susto!!! - Y su frase termina en una carcajada con tintes etílicos. En ese punto yo empiezo la segunda artesanal, de manzana quizás, ya no recuerdo, pero ellas hace un rato me han adelantado- Venga, venga, preciosa la explicación oficial, pero a nosotras cuéntanos la verdad.

- “O lo que le pasó a una amiga” - sigue Yolanda

- Cómo sois, parecéis psiquiatras. ¿Queréis que reinvente la historia como huida patológica, en lugar de como búsqueda funcional y aventurera?

Gritos, aplausos, ahhh, ohhh, síííí, cuenta, drama, drama, y otra ronda. Y más bolsas de patatas fritas, sabor vinagre. Nos miran los de las motos, un par nos levantan el dedo pulgar. Me lanzo, el tono es cuentacuentos:

-Erase una vez… a ver, lo titularé “Mariona Calleja: la huida” -y abro así las manos, como si estuviera mostrando un cartel- Tenéis que poner toda vuestra atención, queridas, porque siempre es difícil entender por qué una deja una vida de piscina y sangría, que es lo que los británicos pensáis es España por esto -Las dos asienten, pretendiendo una seriedad exagerada - No os riais, Sandip me preguntó una vez si en mi país “los médicos tenían camas en los hospitales para dormir la siesta”.

Aquí las tres soltamos una carcajada desmesurada. Ni siquiera es tan divertido, pero hay que contar con el efecto benéfico de la combinación endorfinas y alcohol. Los motoristas se van, también el sol, y la dueña nos invita a pasar a la cueva aquella donde conocí a Faggin, que hoy es un lugar distinto.

- Sigue con “Mariona Calleja: huyendo de la diversión” -dice Yolanda moviendo las manos como yo.

- A ver, para empezar, lo que estáis esperando escuchar, arpías es... un tío -y hago una parada de efecto. Una historia no es una historia sin los momentos teatrales. Ellas son el público más agradecido, nuevos grititos y quieren saber: nombre, estaba bueno.

- Germán. Y sí.

- uuuu

- Mucho.

- UUUUUU

- Venga, bobas. Este chico era un compa de clase al que conocí de una manera prosaica: nuestros apellidos comenzaban con las mismas letras...

Se miran extrañadas

- En mi facultad acababas conociendo muy bien a la gente cuyo apellido empieza por la misma letra, así de complejos son los hados, porque siempre estás con ellos en los grupos de prácticas, en los exámenes... esas cosas.

- Qué sistema curioso, aquí no es así... -esta es Marla- ¿y no conocías a otra gente?

-Sí, sí, desde luego... tenías tu grupo de amigos, pero había unas reglas no escritas en esto, me di cuenta luego: mis amigos eran un grupo heterogéneo formado por unos que compartíamos ruta porque vivíamos en el mismo barrio, otro que era amigo de un amigo, otra que conocí en un concierto el verano de antes de la uni, otros que venían del mismo instituto... luego, podías tener amigos con los que compartieras una afición (yo iba con estas dos chicas a presentaciones de libros, aunque no eran de mi grupo de fiesta), pero también pasabas muchas horas con los de la letra de tu apellido, que no eran elegidos, y con los que en principio no compartías nada. ¿entendéis?

Asienten, pero no lo tengo claro. Ni si están preparadas para lo que viene ahora. El Reino Unido es un país muy clasista - cuando alguien abre la boca, ya se sabe su procedencia social-, y hay una separación muy clara sin casi ósmosis entre las clases. El caldo de cultivo comienza en los colegios privados, carísimos, donde va una élite, que luego pasa a las universidades del Russel Group -otra élite-, donde se culminan las relaciones personales, que facilitarán luego las de negocios en la vida adulta. Lo de siempre. En un pasado no muy lejano había un sistema de "grammar schools", secundarias donde la selección no era por zona, sino académica, un gueto de gente lista cuyos padres no querían o podían permitirse la educación privada. Creo que ellas están esperando que les clasifique a mi grupo de amigos como "chicos listos de las grammar schools", pero ese paralelismo no existía, ni el de la "clase media", porque en España todo el mundo cree que lo es, y ha perdido definición. En Reino Unido, la "middle class" es la clase media alta: gente con dinero y unos intereses culturales específicos.

- Bueno, os tenía que explicar lo del apellido para que vieráis lo aleatorio del tema: Germán era hijo de una famosa saga de ginecólogos de mi ciudad. Su padre, su tío, su abuelo... tenían una consulta privada enorme, y ese era el camino que este chico iba a seguir: formarse en la universidad pública, luego hacer la residencia también en la pública, más tarde irse a hacer el doctorado o el máster al extranjero, y por fin terminar ayudando a las señoras ricas de mi ciudad a parir, o a concebir, que aquí se abre un nuevo nicho de mercado que seguro su abuelo ni -valga el juego de palabras, que no sé si traduce bien- concebía...

- ¿Y cuál era el problema de este tío? -pregunta Yolanda

- A ver, déjame seguir: él, como os he dicho pertenecía al grupo de "hijos de médicos" o por extensión "middle class" de mi ciudad. Se conocían todos, venían de los mismos dos colegios. Los profesores los conocían también, los llamaban "gente recomendada"…

- ¿Qué, en serio? ¿Lo decían así, abiertamente?

- En privado sí... el idiota caredrático de ojos, dijo "al cajón de los recomendados" delante de mí.

Las pobres alucinan con el nepotismo patrio. No que esto aquí no pase, pero disimulan, cuidan las formas: ya que no tenemos ética, tengamos estética. En España, ninguna de las dos.

- No nos desvíes… como ha dicho Yolanda, ¿cuál era el problema de Germán? -Marla suena impaciente. En su pronunciación de Germán, ni entro. 

- Bueno, os tendré que dar contexto ¿no? He analizado esa relación ad infinitum, no os lo puedo explicar con un simple “complejidades del amor entre-clases”, no fue eso.

Las dos asienten: en este país hablar de clase no es un tema tabú. A la gente le puede resultar más o menos incómodo, pero todo el mundo sabe de lo que se habla. De hecho, existen las expresiones como “marrying up” and “marrying down”, casarse con alguien de una clase así-llamada superior o inferior. De donde yo vengo, se podría decir casarse con alguien de más o menos pasta, pero el concepto de “clase” es como el elefante en la habitación. Me pregunto qué factores históricos y sociales han contribuido a esto.

- Este es uno de esos momentos en los que me gustaría que compartiéramos referencias culturales -en este caso, literarias- para poder explicaros mejor mi formulación de esta historia…

- No te pongas psiquiatra – dice Marla- Además, aquí tenemos referencias literarias de ese tipo en cada esquina: “Orgullo y Prejuicio”, “Jane Eyre”, historias de chicas de clase más baja que sus enamorados, Cenicienta otra vez… o viceversa, mira “Lady Chatterley” y su leñador Mellors…


- Sí, claro, pero eso es demasiado clásico, demasiado lejano... bueno, tal vez Mellors no - risas y mientras, evalúo si me van a seguir por aquí, venga, va, inspiro- Hay un escritor de Barcelona, llamado Juan Marsé en cuyas novelas un tema subyacente suele ser el chico de barrio que se enamora de la chica bien. Marsé era en el fondo un chico de barrio él mismo, “adoptado” por esa la burguesía literaria de la Barcelona de los años 60. En una de sus primeras novelas, "Últimas tardes con Teresa", un chico pobre, rozando la delincuencia, tiene una historia con una chica de buena familia. Es una época muy politizada, los 60, y ella lo ha leído -y lo suscribe- todo. Se construye un personaje en su cabeza con este chico, al que imagina en la vanguardia de la clase obrera, un... no sé, un Olmo de "Novecento". Pero él no es eso: él no ha leído nada, y lo que le preocupa es sobrevivir. Pirámide de Maslow, ¿os suena? El es una proyección de ella, un fantasma que no existe. Bueno, en el fondo, el enamoramiento es eso…

Se hace un silencio: aquí no hay carcajadas sino las miradas de las dos, luchando con las unidades de alcohol que llevan en sus venas por pensar claramente. No sé si las drogas dan alguna clarividencia -dicen que con los estimulantes puedes disfrutar mejor del arte-, pero un medio pedo como este no sé si es proclive a la filosofía. Sí que favorece mucho las risas: cosas que normalmente no tendrían demasiada gracia pasan a ser hilarantes, como lo de Sandip. Pero sobre todo, en mi vida anterior, este estado conducía a una fisicalidad que no encuentro posible en este país, sentadas a los lados de una mesa con bancos fijos de madera. Cuando se está de pie en un bar o en una fiesta, los brazos se cuelgan de hombros o abrazan cinturas, los cuerpos entrelazados en esos momentos en los que eres una con tus amigos y tal vez con el universo. A mí también se me está subiendo la artesanal esta. Continúo:

- Bueno, pues con salvedades, yo fui este chico delincuente para Germán. El era Teresa: estaba en esos grupos del privilegio por su historia familiar, pero ideológicamente, tras lecturas y algunas experiencias, intentaba supongo rebelarse contra su familia -la tarea fundamental de búsqueda de identidad de la adolescencia- para encontrarse a sí mismo, ser individual. El se decía, obviamente, que esta iba a ser su manera de estar en el mundo para siempre. Así que cuando me conoció, en el microscopio de al lado, le debí parecer un bicho raro tan merecedor de estudio como las bacterias grampositivas. Quiso venir conmigo a algunos de los grupos de activismo que yo frecuentaba, pasábamos horas hablando de política… ya os podéis imaginar el rollo: es que contigo puedo hablar de todas estas cosas que son alien a mi grupo de amigos. Y, claro, a su novia, estudiante de derecho estereotipo, con perlas y todo. No sé cómo no lo vi venir, las alarmas no se dispararon hasta que dejó a su novia y, cuando me di cuenta, ya estábamos enrollados.

- Así, ¿en secreto, como un amor escondido a lo siglo SXIV?- pregunta Marla, sin el más tibio asomo de ironía. Yo me río para descargar un poco de tensión. Me planteo que me estoy metiendo en un agujero, pero ya es imposible parar.

- No, joder, que es España, no Pakistán. Esos fueron los mejores meses, cuando nadie lo sabía, aparte nuestros amigos y gente de la facultad. Ninguno hicimos por introducir al otro en nuestro grupo: yo veía a las pijas de clase mirarme con desconfianza y mis amigos le saludaban amables pero distantes. Yo estaba muy bien con él... no me importaba ser su “delincuente, vanguardia de la clase obrera” - hago las entrecomillas con los dedos-, porque lo que él proyectaba en mí no era del todo mentira: yo no impostaba mi ideología, ni mis lecturas. Pero en el fondo nunca me creí el personaje que él se había montado de sí mismo, que fuera a dejar su vida tan cómoda como se la habían preparado una vez pasados estos años locos de la universidad. Lo veía como algo hecho, este chico tendría un rollo conmigo un tiempo y luego se casaría con la de las perlas. No me planteaba que yo fuera a tomar un rol activo, porque estaba convencia que él lo haría por mí. Me limité a vivir el momento y no pensar en mañana.

Creo que se está haciendo tarde, me pregunto cómo vamos a subir a las bicis en este estado para llegar a Banderley. En la siguiente ronda yo pido agua del grifo.

-Pero ese status quo no se mantiene en una ciudad media. Pasamos varios meses esquivando el tema familia, pero tenían tantas ganas de conocerme, decía él: al final accedí. Aunque me lo tomé un poco como ejercicio antropológico, ya estaba el germen psiquiatra en mí - Marla hace un gesto con la mano de "por supuesto"- Fui a comer un día en plan “informal”, sin la caterva de hermanos, solo estaban sus padres. Buf, por dónde empezar: su madre haciendo esfuerzos sobrehumanos por sonreír, con un gesto de "no identifico de dónde viene ese mal olor". Luego una mujer, a la que se dirigían de usted, sirviéndonos la comida -yo intentando el contacto visual para decirle, soy una de las tuyas, y Germán evitándolo conmigo cada vez que aparecía la sirvienta. El padre era un personaje aparte, increíblemente atento, exageradamente amable. Afortunadamente, teníamos la medicina para escudarnos en gran parte de la conversación. En un punto soltó "creo que la elegancia es cuestión de esqueleto", y yo supe que estaba citando a Pitigrilli pero soy una chica bien educada y no dije nada. Luego me comentó Germán, como de pasada, que le había dicho que yo tenía "los hombros cuadrados y magníficas clavículas".

- Qué asco, ¿no? Qué baboso… -dice Yolanda haciendo un gesto como el de la madre.

- Lo curioso es que no me sentí así durante la comida: era tan encantador que esto no lo procesé hasta después. Su madre, con la que creí tener menos química, sin embargo le comentó en el “post mortem” que le parecía que yo era una chica “que había leído bastante, y bien”. Ella tenía una de esas licenciaturas en filosofía y letras de las mujeres ricas de la época, con la que no había hecho nada, aparte de sentarse a leer libros y así poder sentirse en “Howard's End”. Total que - empiezo a moverme en un intento de recoger- se nos está haciendo tarde, ¿no?... -no se mueven- así que resumiendo mucho, estuve en esa relación como dos años, evitando todo lo posible las celebraciones familiares, pero ese no era el problema, ni siquiera que era otro planeta, ni la constatación de que German era "uno de los nuestros", quiero decir, de los suyos. Lo que me llevó a poner tierra-y mar- de por medio, fue ver en quien me iba a convertir yo con él: mi futuro iba a pasar por la consulta de su padre, vacaciones de surf en Zarautz, findes de invierno en Jaca y algún viajecito a hoteles con encanto para poner una chincheta en un mapa.- Pausa dramárica- De esa vida me escapé.

Marla y Yolanda me miran como cuando el público no tiene claro si empezar a aplaudir al final de una función, o esperar por si aún el actor dirá algo más. Al final Yolanda exclama, muy despacio, con cara de preocupación: "wow". Y entonces sí, me da un ataque de risa, y ellas me siguen y todo vuelve a estar bien.