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28 noviembre 2021

Almudena Grandes: Una parte de mi "novela de formación"

 Al género de la "novelas de formación" (también conocido como "Bildungsroman" o, en inglés. "Coming of Age") pertenecen aquellas que hablan de los años de aprendizaje del personaje principal, en los que crece psicológicamente y, a través de ellos el autor nos lleva a entender cómo se ha convertido en el adulto que es. Ejemplos me vienen a la cabeza un montón leídos en la época pre-divlog (luego no hay hiperenlace, felicitémonos) como "El guardián entre el centeno", "El señor de las moscas", "The bell jar", "Diarios de motocicleta", "Lazarillo de Tormes", "La montaña mágica", y otros de estos últimos doce (ooops) años como "Matar a un ruiseñor", "Middlesex", "La amiga estupenda", "Oliver Twist", "La breve vida maravillosa de Oscar Wao" o "The falconer". Entre los primeros, los pre-blog, también está un libro del que hablaré luego titulado "Las edades de Lulú", de Almudena Grandes, que tristemente falleció ayer. 

En mis últimos años de adolescencia caí por casualidad en unas conversaciones radiofónicas entre tres personas. Ocurrían diariamente de 11 de la noche a 1 de la madrugada, y hablaban de lo divino y lo humano. Uno era un pintor e historiador de derechas, que aún así me caía muy bien; otro, un antropólogo comunista de la Universidad de Barcelona que era mi mito absoluto y luego estaba Almudena Grandes, una escritora que hacía poco había ganado "La sonrisa vertical" con Lulú. Yo no la había leído, y empecé con "Malena es un nombre de tango", porque es el libro que ella publicó cuando escuchaba ese programa. Sin ninguna referencia literaria, lo compré únicamente porque ella, la autora, me caía bien. Creo que no he vuelto a hacer esto ya más. 

Grandes y Matute
Esas tres personas entraban en mi habitación cada noche, y eran un sueño para mí. Recuerdo perfectamente la situación: sentada en mi mesa de estudio -hacía primero de carrera-, la casa se empezaba a quedar en silencio y yo sintonizaba la radio, a ver de qué hablaban hoy. Me auto-engañaba pensando que "estudiaba con el programa de fondo", pero lo que hacía era empaparme con la sabiduría y la cosmovisión de los tres. Con ellos aprendí lo divertida y necesaria que era la provocación, muchos de los libros que leí fueron referencias de aquella conversaciones (la maravillosa "Los hijos muertos", de Ana María Matute por ejemplo, recomendado por Grandes), y mejoré en aquello de "pensar"-todavía estamos en ello. Todo el tiempo en el que no me estudié las mitocondrias fue el tiempo mejor empleado de mi vida, porque esos tres monstruos contribuyeron un poco a que yo sea quien soy: fueron un trocito de mi personal "novela de formación". 

Algunas veces he leído en redes sociales comentarios de otra gente que escuchaban ese programa en esa época y siempre parecen haber estado en un momento vital similar al mío. En aquella época obviamente nada de esto de conectar por internet existía, luego yo no podía comentar el remolino que habían dejado esas conversaciones en mí por la mañana con nadie. Mis compas de la facultad estaban, como Dios manda, memorizando las mitocondrias - no hay más que ver el resultado de una vida solo leyendo sobre las mitocondrias, a juzgar por algunos de sus comentarios en el grupo de whastapp de la promoción. Pero divago, lo que quería decir es que los comentarios de estos desconocidos me indican que nos creemos parte de un club que vivió aquellas noches, cuando teníamos 19 años, como algo especial y mágico, y parte de nuestro aprendizaje.

Como digo, comencé con "Malena", un libro del que no recuerdo mucho de la trama, pero sí el tema: ser cierto tipo de chica/mujer -no como las de mi cole de monjas o como mis amigas- en la España de la época.  Como ejemplo, recuerdo un par de cosas. Una, en la adolescencia de Malena, su descripción de los movimientos de cadera del chico que le gusta, el guaperas de toda la vida, jugando al pinball. Dos, la última frase de la novela: ella decide darle una oportunidad a un tío basándose en su elección de adjetivo al piropear sus piernas. "Malena, tienes unas piernas cojonudas". Y ella piensa, "si me hubiera dicho bonitas, o preciosas, me habría dado igual, pero ha dicho cojonudas". Le entiendo perfectamente: el lenguaje hace la realidad, tu lenguaje te define: ante un tío que en lugar de "follar" me diga "hacer el amor", yo me visto y me voy. Pues eso. (Saludos a mi suegra :))

Luego leí "Lulú" (anécdota: la tenía en la mesilla cuando vino a visitarme el médico de toda la vida, no sé qué me pasaría. La cogió, miró la cubierta y me dijo: "¿Esto no es un poco fuerte?"), y enseguida vi bien claro por qué una desconocida había ganado "La sonrisa vertical". Quien se quede con que es solo una novela erótica -me descubro ante estos trozos, saber escribir de eso- no ha entedido nada. Es una Bildungsroman en toda regla en la que podemos llegar a entender su relación obsesiva y ante todo, de poder, con su pareja, desde su infancia (si hubiera sabido lo que es una Bildungsroman en esa época, se lo podría haber dicho al médico). A partir de ahí, iba leyendo casi todo lo que publicaba como quien escucha a una amiga mayor que te cuenta lo que es la vida de otras mujeres, en partes de las cuales podía verme reflejada a veces, o no. Aunque no volvió a la literatura erótica, la mayor parte de sus personajes eran mujeres de armas tomar, que hacían cosas, y que además eran pasionales y se enamoraban como bestias. Por esto, algún amigo con el que hablaba yo de libros la miraba por encima del hombro con aquello tan irritante de "literatura de mujeres", como si el amor y la pasión no fueran una parte de la vida. Hay literatura buena y mala: superadlo. 

Biblioteca del Paraninfo en Vetusta
Hace unos años, vino Grandes a Vetusta a presentarle un libro a Julián Casanova, catedrático de historia de la Univetus, estudioso de la memoria histórica. Yo pasaba por Vetusta justamente y me presenté en el Aula Magna del Paraninfo, una sala preciosa, como todo el edificio -la biblioteca es para morir de Síndrome de Stendhal, y en ella pienso cuando Mariona Calleja va a la de Banderley. Al final, un grupito fuimos con nuestros libros a que nos firmara y fue una de esas ocasiones en las que una se plantea que igual es mejor no saludar a gente que no te conoce pero que ellos ha significado algo para ti. Supongo que estaría cansada, y aunque nos firmó, yo sentí que la habíamos molestado. Al final, eso no era la feria del libro . 

Independientemente de lo anterior, lo cierto es que, a medida que iba creciendo, sus libros ya no suponían lo mismo para mí. Esto es un ejemplo claro de cómo ciertos libros, da igual cuando te encuentren que te van a trastocar de todas maneras -hablamos de los ocho miles que nos decía NáN-, pero hay muchos otros que te han tocado a los 20, pero a los 40 ya no. Dejé de leer a Grandes en el tercero de la saga de los "Episodios de una guerra interminable", e hice divagues de los dos primeros aquí:
"Inés y la alegría" y "El lector de Julio Verne". Luego mi amiga Mónica me regaló "La madre de Frankenstein" por el tema de la salud mental, y me reafirmó en mi posición: ni siquiera hice divague, aunque anoté aquí mi pequeña pataleta por la pobre documentación sobre el tema psiquiátrico, en el que se dan datos no-científicos que equivocarán al lector sobre lo que es genético y lo que es adquirido.

Grandes dice que todos los libros de esa saga terminan mal, obviamente, porque el fascismo ganó la guerra y se quedó 40 años. Todas son historias de gente que perdieron, pero lucharon, y eso es lo que importa. Por eso hace volver a los exiliados en los epílogos, para de alguna manera forzar un final feliz. Al final de esta entrevista que le hizo Pablo Iglesias en La Tuerka en 2018, le pide que brinde por algo y ella dice "ya que estamos en Abril, por la Tercera República, que espero verla antes de que me muera". Y aquí se me ha quedado el corazón helado, como el título de una de tus novelas, Almudena. 

Pero aquí nos quedamos los que esperamos la Tercera República y tantas otras cosas con las que soñabas. Cosas que a día de hoy no prometen pero por las que, como hicieron tus personajes, merece la pena luchar. Gracias por tu parte de traerme hasta aquí. 


25 noviembre 2021

Serial 37: Desorden de Estrés Post-traumático nivel leyenda. Una habitación propia o, tal vez, un cobertizo para escribir. William Blake.

 Finales de Julio con mentalidad mediterránea en estas latitudes: se sigue con la fantasía de que esto es el ecuador del verano, cuando le quedan un par de semanas. Pero cómo lo he disfrutado, aunque al principio creí volverme loca con todas esas horas de sol. Parece que he tenido suerte, es infrecuente tantas semanas sin lluvia. Pero las praderas de ese verde tan de otro planeta del invierno están ahora amarillas, quemadas.

Podría mirar por la ventana durante horas aquí, pensando en el color de la hierba: ¿esta soy yo? ¿Qué me está haciendo este lugar? Vuelvo la mirada a las notas clínicas: hombre, 45 años, caucásico, casado y con dos hijos, director de zona de sucursales bancarias, diagnóstico: F43.1. Desorden de Estrés Postraumático. Paroxetina 50 miligramos: dosis máxima. Pero qué le ocurrió: voy pasando hacia atrás las hojas. Intentar entender el incidente potencialmente traumático que le trastocó. Potencialmente: no todos los eventos terribles causan este desorden en todo el mundo. Predisposiciones de fábrica, vulnerabilidades adquiridas: complejidad. Levanto los ojos hacia la pradera quemada: otros, los precisamente quemados por los años en esta profesión a ratos cruel ya no pueden tolerar una historia más. Solo ajustar la dosis y hasta la próxima, y que pase el próximo. Aún soy así de ingenua, no solo para querer entender y conectar ahora con mi próximo, sino para creer que si un día no me interesa la persona detrás de la historia, lo dejaré. Sigo pasando páginas, busco entre letras ilegibles, suponiendo que me encontraré un accidente terrible, unas turbulencias salvajes, un atraco con arma en un callejón. Potenciales -de nuevo, la palabra- eventos traumáticos que, en según qué personas y en qué momentos, pueden causar síntomas incapacitantes. Los más obvios tienen que ver con "revivir la experiencia" en forma de imágenes intrusivas o de pesadillas. Luego está el evitar la situación: no pasar por esa calle, no volver a hacer aquello. Y un estado de hiperalerta, de saltar por todo, vigilarlo todo.

Entonces, aquí está: la historia en un párrafo. Y él cuando pasa me la corrige y amplía, como quien cuenta una peli de terror que ya no le afecta, porque la armadura que se ha construido es como de caballero de leyenda: monumental. A knight in a shining armour. Aquel día era viernes por la tarde, y llovía. Ya se había ido todo el mundo. Terminaba un par de cosas y había quedado con los amigos en el pub para una pinta de cerveza rápida, porque luego tenía la despedida de un colega. No le esperaban en casa hasta tarde. Vaya, se le había olvidado que tenía que recoger algo de la oficina del centro. No le costaba nada pasarse, en Whitby todo está cerca. Al entrar, olor a fotocopiadora, el ruido blanco de los ordenadores en stand-by, patada sin querer a una papelera. Al fondo, la caja fuerte hermética, del tamaño de un cuartito. En aquella época, aún se hacían herméticas -esto ha cambiado- pero él no estaba pensando en esto cuando metiò el còdigo y ni cuando entró a por aquel documento. Un segundo después, clack, el ruido metálico e implacable de la puerta. Clack. Se gira automàticamente pero no. No podía ser. Intentar abrir: inútil. Pegar, aporrear, patalear, gritar. Era viernes por la tarde y nadie le esperaba demasiado en ningún sitio. Los amigos del pub simplemente pensarían que hoy no venía, los de la despedida que le había surgido algo, su mujer que se había liado y no le iba a esperar despierta. Llorar.

A la mañana siguiente, en casa, simplemente no estaba. Las distintas fases: de qué va, llamadas a los amigos, montaña rusa, policía. Mientras tanto, él había tocado el infierno varias veces durante la noche. Oxígeno era la palabra. Oxígeno, nitrógeno y argón, recordó del colegio: composición del aire. Aire que no iba a durar hasta el lunes por la mañana, lo sabía bien. Su esperanza: que le empezaran a buscar, cuando su mujer diera la alerta. Pero ni siquiera estaba en su oficina, ¿cómo saber, por qué buscarle aquí? Visitar esto una y otra vez, en bucle, y otra más. Y oxígeno, la palabra repetida se torna monstruosa. Oxígeno, oxígeno, oxígeno. Llorar consume más oxígeno: ni eso podía hacer.

Claro que fueron por todas las oficinas, pero nada, nadie. Están seguros, repetía su mujer. Tan hermética era la caja, que ni él pudo oír a los que entraban. Y si la noche del viernes había descendido al infierno, la del sábado tocó fondo, que está varios niveles por debajo. Tenía tan poco aire que no podía pensar con claridad más- si es que lo que hizo, a partir del clack, fue pensar. Cuando el domingo por la mañana pasó por allí un limpiador -al que no le tocaba, pero luego explicó cambió su turno por lo que fuera-, lo encontró en el suelo en posición fetal, delirando.

A partir de ahí, hospital, recuperación en casa, y volver a nacer. La vida era bella, y algo o alguien le había regalado una nueva oportunidad. Comenzó a valorar cada pequeño detalle del amor, de la amistad, y a decírselo a todos. Cuánto les quería. Escribió a su ex-mujer, explicándole lo mucho que sentía si había hecho algo que pudiera ser injusto. Escribió a amigos de la infancia con los que había perdido contacto. Escribió a aquel profesor del que había aprendido tanto, para agradecérselo. 

Y ahora estaba ahí, frente a mí: algo no iba bien. Un hombre guapo, rubio, tal vez perdiendo algo de pelo, ojos azules, no muy alto. Exudaba una energía extraña, que la sentía patológica. No quería hablar de los terribles flashbacks que vinieron después, de sus despertares a las dos de la madrugada en los que siempre estaba encerrado en una caja bajo tierra. No es consciente de su evitación, no se ha dado cuenta del proceso. Hay ciertas imágenes (las paredes de la caja fuerte acercándose a él, él mismo en el suelo) que aparecen en su mente cuando menos lo espera, y tienen la capacidad de desesperarle. Esas imágenes están en estos momentos fragmentadas, como un espejo roto en muchos pedazos. Y  en terapia se le ayudaría a componer el puzle y así, un día podría mirarlas con cierta calma, y cuando él decida. No cuando ellas, las imágenes, decidan. Vía la exposición -que es al final la base de toda terapia ansiolítica- logrará superar la evitación de ideas, o incluso lugares, porque ahora no podía pasar ni por la calle de la sucursal donde esto ocurrió. 

A él solo le habían dado medicación, dice, no es que estuviera en contra de hablarlo en terapia, se lo pensaría, me lo diría, en serio, doctora Calleha, yo quiero hacer, porque sé que esto que me dice es por mi bien. Me mira ilusionado, agradecido, en ese momento se lo cree, Y yo sé que voy a ser otra persona en su lista de apreciación de la vida, de su nueva manera de estar aquí como si fuera el último día. Me planteo la intensidad de vivir así, si es posible, si se puede funcionar. La respuesta es no, y da pena. Pero qué maravilla esa parte de la ola que está surfeando, apreciar cada momento, verlo todo desde ese lugar. Envidia.

Efectivamente, al día siguiente tengo una tarjeta con un osito que dice gracias, y una caja de Celebrations - llamar a esto bombones sería una afrenta no ya para los Lindt, sino hasta para la Caja Roja-, una institución en este país, o por o menos en las plantas de los hospitales de este país: siempre hay un paciente que se va, o alguien que viene de vacaciones que trae una. La dejo en la oficina de las enfermeras tras comerme tres Bounties (las de coco dentro). He llegado a la conclusión de que en las plantas, la gente se come cosas que nunca comería en su casa: todo vale. Aunque creo que los Bountie también los comería en casa.

Son las 5 y creo que es el primer día que me voy tan pronto: tengo un plan.  Dentro de una hora estarán todos en la pradera delante de Serotonina, hablando, riendo. Banderley parece otro lugar en verano. Todos saben que este encantamiento no dura nunca mucho, por eso hay que aprovecharlo y tirarse ahí afuera y pretender vacaciones en un spa alpino-sin chorros ni masajes de barro. Se lo intenté contar a Wences el otro día por teléfono, y lo de la escritura. Pero todo lo que hace es enviarme ofertas de trabajo en Londres. Podría vivir con ellos, les sobra una habitación. Y el otro día, adivina, me encontré con Jack, te acuerdas, me preguntó por ti. [Jack, ¿te acuerdas, dice?] Desvío el tema porque es capaz de habérselo inventado. Y porque me parece un sueño y ahí archivado es donde está mejor.

Paso por casa a cambiarme. Coger la mochila que he preparado. Evitar la pradera y salir por la puerta lateral que da al bosque. Seguir otro camino hacia el río. Caminar cuesta arriba y por fin llegar al rincón que identifiqué la otra noche, cuando bajábamos de ver las estrellas. Imaginaba buenas vistas, pero esto es otro nivel: los páramos en toda su inmensidad, sin un ruido, sin un alma. Pero ni esto puede competir con la emoción de abrir la mochila y sacar el cuaderno y la pluma que alguien me regaló misteriosamente en Navidades. Por fin entrar en su juego, quienquiera que seas: has ganado. ¿Querías que empezara a escribir, eso querías? Aquí estoy. 

Cobertizo de Roald
Pongo la pluma sobre el papel, en la segunda página: la fecha, el lugar. Me paro. Me falta vocabulario, técnica para describir la brutalidad del paisaje. Pero puedo escribir de cosas pequeñas, de casi cualquier cosa pequeña, personal, mía, cosas asequibles y mundanas como por ejemplo, dónde voy a escribir, cuál va a ser mi lugar para esto cuando comience a llover y lo gris. Escritores que famosamente han tenido "una habitación propia" hay muchos: Roald Dahl concibió a la niña lectora cuyos padres lo habían aprendido todo de la tele en un cobertizo al fondo de su jardín. Todos los días se sentaba en un sillón orejero, ponía una tabla de brazo a brazo y sacaba punta a sus seis lápices, un ritual como cualquier otro que invocaba a Matilda y el resto de sus personajes. Durante horas, se abstraía del mundo para crear otros mundos. Tener seis horas al día para escribir: ¿qué debe ser eso? Pero con veintitantos no puedes permitírtelo: has de estar metida de bruces en la vida. Porque nadie puede escribir que no haya, por lo menos, mirado. E idealmente, que no se haya enfangado. Cuanto más mejor, y si es posible, tocando fondo. Y de esto se está encargando Banderley.

Más cobertizo de Roald

Tocar el fondo, como mi paciente de hoy: en su caso para coger impulso. Cómo he podido vivir sin escribir historias como la suya, no solo porque merece que nunca la olvide, sino también como salvación propia, porque sé que esa historia me va a perseguir. Porque a ratos, mientras describía su encierro, me costaba respirar. Porque cuando le veo en posición fetal, ido, me bombea más rápido el corazón. Igual por esto tantos colegas van a psicoterapia, hasta hace poco parte obligatoria de la residencia. Sigo negándome, pero ahora siento que escribir va a cubrir una función similar: mantenerme a flote. Cómo no lo vi antes, cómo estuve corriendo en la rueda sin parar a mirarme desde fuera.

Si la función es la supervivencia, escribo solo para mí. Pero tenía razón Isabel Archer la otra noche: si no compartes, si no tienes la mirada del otro, no es lo mismo. Esta conversación y la que siguió después, aquella noche en el claro mirando estrellas, me lleva persiguiendo desde entonces. Porque una vez que Isabel abrió la compuerta, Will me lo quería contar todo: ya es una de los nuestros, tiene derecho a saber. No solo alguien quitó mis carteles buscando compañeros para un grupo de escritura creativa hace meses, sino que todo intento por entenderlo había sido boicoteado. 

A ver: no era difícil imaginar (así llevaba yo todos esos meses, rellenando los misterios con mi imaginación) que había habido un grupo de escritura en Banderley. Por mil razones, para empezar la cercanía física con el mundo de las Bronte, o con Stoker, un imán para los amantes de la literatura. Y dentro de estos, siempre florece un subgrupo de enloquecidos que creen que ellos tienen algo que contar o lo que sea: las razones por las que se escribe son múltiples. Y confirmaron mi hipótesis esa noche: así fue como en Banderley, durante una época, un pequeño grupo se sintió como tocado por una varita mágica, en puro estado de gracia, a merced de las musas, si estas existieran. Y terminaban antes con los pacientes, comían solos y quitaban horas al sueño, solo para escribir. Y un día al mes, se reunían para compartir, más bien para abrirse en canal para los otros y para ellos mismos. Y para sobrellevar, en aquella especie de akelarre, la furia de los otros, la admiración, la crítica, loquefuera. Nunca vi al tan británico Will hablar con esa pasión, y a la contenida Isabel, brillarle los ojos igual que aquella noche.

Había habido un grupo de escritura en Banderley, y no solo eso: había desaparecido. Pero fue acercarme ahí, y se rompió el momento. De repente, se estaba haciendo tarde, según Isabel, que se levantó y echó a andar hacia el camino. Se acabaron las constelaciones.  Richard, que no había formado parte de la conversación, aunque claramente conocía la historia, la siguió. Will y yo recogimos y caminamos, un poco por detrás, en silencio durante un buen rato. En un punto, comenzamos a hablar los dos a la vez. Momento incómodo: di tú, no di tú, no después de ti. 

Will comenzó carraspeando, esto es algo que hace tiempo quería decirme, porque aquello no había estado bien. La noche de Halloween, hace tantos meses, bajé con él a los túneles, era verdad. Me explicó que comunicaban los distintos edificios de Banderley, pero que también tenían algunas habitaciones, pequeños almacenes que salen de los pasillos, y allí era donde tenían las reuniones literarias, siempre por la noche, de madrugada. Me llevó porque estábamos borrachos y sentía una gran nostalgia de aquel lugar, y yo era nueva, y ... en fin, no sabía por qué. Ya estábamos casi llegando a Banderley, y habíamos alcanzado a Isabel y Richard, que estaban hablando de nuevo de las estrellas. 

Cuando me metí en la cama, recapitulé: así que eso es lo que pasaba en los túneles, o parte de lo que pasaba en los túneles: un grupo encantador y encantado por sí mismo que se reunía, y que ya no se reúne más. Mi siguiente movimiento estaba claro: volver a bajar a los pasadizos aquellos. Porque tres regalos misteriosos de Nochebuena -el candado, con un mapa y la fórmula química de la Serotonina- me llevaron al bar de los residentes. Tenía curiosidad, pero sobre todo tenía permiso: alguien me había invitado a ese mundo y no era solo mi imaginación. Ahora tenía que planear la bajada bien, con tranquilidad, evitar el drama de aquel día. Qué habrá sido de Lucy, la gótica de Whitby especialista en Stoker, que esa noche se murió de miedo. 

Ella, que guiaba a turistas en las zonas más oscuras de Whitby, incluido el cementerio de St. Mary's y la Abadía abandonada, intentó casi todo para evitar salir de casa. Pero nada me iba a parar esa noche. Caminamos por la nieve con las linternas, la llave de lo que en su día fueron caballerizas, Serotonina, funcionó a la primera y, una vez dentro, ahí estaba la trampilla, que levanté y allí las escaleras, que bajé. Lucy de fondo decía volvamos, es una locura, no bajes y que me esperaba arriba-Lucy, la de "Conoce a Drácula", no perdamos la perspectiva. Una vez abajo, iluminando con la linterna, di con la luz: Plankkk. Y gritito de Lucy arriba preguntando qué había sido eso: la luz, Lucy. Había unas cajas de cervezas en una esquina y al frente, un pasillo largo con las paredes de piedra. No me extraña que me convencieran tan fácilmente de que todo había sido un sueño, porque el lugar tenía una naturaleza irreal. Avancé un poco y de repente, algo metálico inmenso cayó, Lucy gritó y yo corrí escaleras arriba. Y como en las películas, cerré la trampilla como si al otro lado hubiera un monstruo.

Todo esto no se lo conté a Will, pese a seguir bajo los efectos del licor de enebro - al fin y al cabo, él tampoco me contó porqué el grupo había desaparecido. Sin embargo, algo era algo: tenía una nueva pieza del puzzle. Y tenía más: porque apuesto a que alguien que escribiera tan bien, o por lo menos tan desagarrado como Sylvia Lannister, tenía que haber estado en aquel grupo. Imposible dormir esta noche: siempre hay una excusa para no pegar ojo en Banderley.

Will no me contó todo pero al día siguiente encontré este trozo poema de William Blake en mi buzón de la planta dedicado, a modo de disculpa. Era uno de sus poemas favoritos, la alegría y el dolor se entretejen sutilmente...

Newton  by William Blake.
 Tate Britain, London.

Joy and woe are woven fine,
A clothing for the soul divine,
Under every grief and pine,
Runs a joy with silken twine.
It is right it should be so,
We were made for joy and woe,
And when this we rightly know,
Through the world we safely go.

 


Llevo mucho rato aquí, ha refrescado. Los páramos siguen ahí, magníficos. Runs a joy with silken twine.  Recojo la pluma, meto el cuaderno en la mochila, camino de vuelta a Banderley, la cabeza a reventar de ideas. Necesito una habitación propia donde escribir. Through the world we safely go. Tengo que bajar a los túneles, encontrar el cuarto donde se reunían. Y lograr una manera de entrar en el archivo, en busca de Lannister. ¿Escribirlo me ha traído aquí? En un estado de semi-trance, entro en casa. Sandip está cocinando curry.

-Doctora Calleha, doctora Calleha, han salido los lugares de los exámenes de otoño! 

¿Exámenes, qué exámenes? Ah sí, los exámenes. De un tortazo bajo a la realidad. 

-¿Sabes dónde me ha tocado?- le pregunto.

-No, pero a mí en Manchester. 

17 noviembre 2021

"El camino de Ida": Metadivagar, leer (furiosamente) y salir a vivirlo con Ricardo Piglia

Emilio Renzi, personaje recurrente de los libros de Ricardo Piglia es, según la contratapa de mi libro "un divorciado cincuentón, solitario e inseguro q mata el tiempo en Buenos Aires". Vendido. Pero además, así comienza "El camino de Ida":

"En aquel tiempo vivía varias vidas, me movía en secuencias autónomas: la serie de los amigos, del amor, del alcohol, de la política, de los perros, de los bares, de las caminatas nocturnas. Escribía guiones que no se filmaban, traducía múltiples novelas policiales que parecían ser siempre la misma, redactaba áridos libros de filosofía (¡o de psicoanálisis!) que firmaban otros".

Anda que no nos gusta aquí un buen comienzo de libro, y este tiene una energía, una vibración y unas ganas, que yo solo quiero seguir leyendo para pasear mi fracaso al lado del de Renzi.

Nota: Antes de empezar apuntar que, como casi siempre, no voy a contar la trama -que sin rubor es desvelada en el resumen de esa multinacional que vende libros, y también en algún titular de entrevista con el autor. Con dolor, porque es uno de MIS temas, pero quiero que el divagante tenga la misma experiencia que yo he tenido: re-descubrir esa historia aquí ha sido tan chulo como cuando supe de ella por primera vez en el pasado. Sería una traición contarlo, es mejor ir poco a poco preguntándose, de qué me suena esta historia. Releo el párrafo y objetivo cumplido: no se entiende nada, vamos bien.

"El camino de Ida" es una novela de campus, un (otro) género muy apreciado en el divlog. Renzi, académico argentino es invitado a una estadía en una universidad estadounidense por la profesora Ida Brown. Como buena novela basada en el cerrado mundo académico, conocemos a algunos estudiantes, sus neurosis y relaciones, las pugnas y luchas de poder: "Hubo un silencio eufórico. No hay nada más violento y brutal que el choque entre las figuras que nacen y los profesores establecidos: son enfrentamientos sin reglas fijas pero siempre son a muerte". Pero todo esto, superficialmente: a quien describe bien Piglia es a Ida Brown, y así como el otro día dije que no me daban ganas de ir a tomarme un té con el (presunto) autor de una trilogía, con Ida me dan ganas de irme de tequilas:

"Era frontal, directa, sabía pelear y pensar -esos dos verbos van juntos. (...) Trabajaba para la élite y contra ella (...) solo la leían los especialistas, pero actuaba sobre la minoría que reproduce las hipótesis extremas (...) No creía en la propiedad privada, salvo lo referido a su campo de estudio. (...) Decía que no era una mujer en sentido estricto, tampoco un varón. Hablaba en broma, me provocaba. (...) Para ella, su belleza era algo superfluo y sonreía resignada ante las miradas -como la mía- que trataban de desnudarla. Usaba los verbos en presente y la ironía reforzaba su encanto. (...) Tenía costumbres sexuales poco recomendables, frecuentaba los dark rooms, los clubs de swingers y los locales de S/M"

Les presento a Ida Brown, quién más se viene de mojitos? Todos: precisely (los que no, que lo dejen aquí). Es uno de esos personajes con los que quieres pasar más rato, como Renzi, que acaba teniendo con ella una historia basada en el misterio, "En definitiva, era una desconocida pero, por qué la sentía tan próxima? La había inventado, como he hecho tantas veces, para luego decepcionarme". Y pasar más tiempo también con Piglia, que parece que conoce a la Di de 2021, pese a haber escrito la novela en 2013: todos sus temas me interesan, me preocupan, me apasionan -por favor, no sacar conclusiones con la última línea de la descripción de Ida.


Primer ejemplo: el bilinguismo: "Me interesaban los escritores atados a una doble pertenencia, ligados a dos idiomas y dos tradiciones". La manera cómo piensa Renzi, que es lo que escribe Piglia es, me he dado cuenta, muy parecida a la mía- y supongo a la de cualquiera que viva permanentemente en dos o más idiomas, tal vez más acusado si uno de ellos es el inglés, el idioma del imperio que exporta tantas palabras del mundo de la tecnología y demás moderneces. Durante toda la novela Piglia va intercalando palabras y conceptos en inglés que son absolutamente spot-on (dan en el clavo). O sea, cuando alguien que maneja a diario las dos lenguas los ve, se da cuenta de que no ha sido vaguerío, ni esnobismo, ni pobreza léxica lo que ha llevado al autor a escribir esa palabra en inglés en lugar de su equivalente en castellano. En primer lugar, porque probablemente no exista ese equivalente, pero da igual: a veces puede existir, pero es que spot-on es lo que va ahí, escúchalo. Piglia usa "paper" y "undergraduate", "beat generation", "teaching assistant", "scholar" y "Bildungsroman", y suma y sigue. La verdad es que me ha dado mucha vida y me ha quitado parte de culpa por mi spanglish vital. Al final, tras largas sesiones de serena reflexión, autoterapia casi, concluyo que esta es mi voz. Porque así es como pienso. Y no es vagancia, ni esnobismo, ni falta de léxico: si escribo en castellano y se me cruza una palabra en inglés (y por "se me cruza" quiero decir algo que tal vez no pueda razonar, porque es "música", es una nota que me suena mejor ahí), la pongo. Sin traumas pero con la esperanza de que esa música suene también así para otros-que algunas veces será que sí, otra no. Pero así es la comunicación, o la incomunicación.

                 ¡Desde el corazón del infierno,
                   yo te apuñalo!

Otra de mis conocidas debilidades (volví a sopesar que Piglia fuera lector de este divlog, pero hasta mis debilidades son mainstream) también está presente en la novela: Moby-Dick. Uno de los académicos del campus es experto en la-mejor-novela-ever-en-inglés. Había escrito un libro de referencia, en su casa tenía objetos personales de Melville y había llegado a la conclusión de que el capitán Ahab había surgido de la lectura de Melville de las obras de Shakespeare, porque "empieza como una libro sobre la caza de ballenas y termina como una obra de la magnitud de Macbeth", con ese tono trágico y altivo. Nota: aún no he dicho que Renzi es un experto en WH Hudson, un naturalista y escritor argentino real. Pues bien, en uno de sus libros hay un largo capítulo dedicado a "La blancura de la ballena" en Melville, y ese capítulo hasta tiene un divague en este divlog porque es la leche. En este punto estoy en éxtasis. Según Renzi, "lo más difícil en una novela es hacer salir a los personajes de casa, y Melville les hace dar la vuelta al mundo en un barco ballenero": Melville, el p... amo.

Y esto que sigue no es un interés autista de estos míos, esto va de esas coincidencias que ocurren de vez en cuando durante las lecturas. Va de "basements", los semi-sótanos de esos de "Sola en la oscuridad". En mi misma casa hay uno donde vive Rose, la anciana no-adorable del edificio, al que nunca hemos bajado, porque como todo buen divagante sabe, Rose tiene un tarado. Tal vez teme que llamemos a servicios sociales o a la policía: nada más lejos de nuestra intención, ahí cada uno con sus especiales intereses sexuales. En la cultura americana, nos dice Piglia, cuando se baja al basement se puede esperar lo peor, pero el scholar este de Moby Dick lo que tiene es un acuario con un tiburón blanco. [Llegaré a la coincidencia? - se preguntará ya desesperado, tal vez autolesionándose, el lector?] No, no ha habido encuentro con tiburón (blanco), pero sí descenso al basement de nuestro amigo F (con el que comimos la tarta "Mediterrani", hay que remontarse unos divagues) que tenía, aparte de lo esperable (vino, trastos, etc), una pared forrada de estanterías con las obras completas de Engels, Marx, Lenin y demás panda. Cuando le pregunté, disimulando la risa, que cómo tenía ese material allí dijo, todo serio, "que esto hoy en día no lo puedes tener arriba, en la librería del salón". Muy grande.


Los recuerdos como un defecto de fábrica, que nos impiden pensar, seguir con nuestra obsesión particular, o del momento. Me ha recordado a los flashbacks del enfermo de estrés postraumático, de los que te has de librar para seguir funcionando. Si estás resolviendo un algoritmo, una memoria intrusiva solo consigue molestar. "L​os recuerdos llegan para distraernos de lo que queremos pensar. Considero la memoria inesperada un defecto de fábrica, un error de disenio. El flujo absurdo de reflejos olvidados turba el alma y nos distrae de nuestras verdaderas obsesiones".


Pero sin duda, lo que más me ha afectado y parecido directamente spooky de toda la novela son las descripciones de Piglia del acto de subrayar. Yo tengo una relación muy intensa con el subrayado/anotado de los libros (permiso para saltar este párrafo si no se entiende ya nada). Está en un punto tan patológico que yo no podría dar un libro mío "vivido" a nadie, ni podría leer un libro en el que no puedo subrayar. Comencé con "esto" (herramienta? compulsión? 
esclavitud?) a los 17 con la lectura (cómo olvidarlo) de "El retrato de Dorian Gray". Hasta ahí, anotaba saludablemente algunas frases que me gustaban en un cuaderno o tal vez en aquellas carpetas clasificadoras que teníamos. Pero Dorian Gray me sobrepasó (quien haya leído cualquier Wilde me entenderá, este en particular), así que este ritual se quedó. Como toda esclavitud moderna, es placentera y no hay ningún interés en terminar con ella, por si alguien se pregunta. He conocido a gente que lo hace y gente pasional del no hacerlo "dejar los libros limpios" y suele ser un tema que no deja indiferente a nadie (bueno, a los que se han saltado este párrafo, que no entienden nada). El libro se subraya o anota, obviamente, para una misma, pero también para el que vendrá después, que puede ser una nieta que casi no me haya conocido, o un chico que se compra un clásico de segunda mano que resulta fue mío. Con tus subrayados vas dejando miguitas de quien eres y, como dijo Valeria Luiselli, para los que no tienen este gran invento llamado blog, "Mis diarios son las cosas que subrayo en mis libros".

Y qué mayor acto de amor que leer los subrayados de tu amad@? Piglia: eres un genio.  "Subrayada por ella, parecía otra novela y parecía también un mensaje personal. Usaba señas privadas, pequeñas marcas, signos leves, por ej una ! y en caso de interés especial escribía ojo con varias rayitas verticales en el párrafo que no quería olvidar". Ay virgencita: si hubierais leído mis subrayados empezaríais a entender porqué me estoy preocupando. Rayitas verticales! Signos de admiración! Nunca se subraya con tinta! Y qué bonito: "Fui siguiendo las marcas, como si estuviera leyendo con ella..... al releerlo, seguir las pistas... tejer un relato secreto, en voz baja, no subrayaba cualquier cosa que le hubiera gustado escribir". Para concluir: "Es fácil reconocer el alma de una mujer en su manera de marcar un libro (atenta, minuciosa, personal, provocadora), porque si uno ama a una persona, hasta las discretas señales que deja en un libro se parecen a ella".

Así que, si se puede conocer a una persona por lo que subraya, qué me dicen por lo que escribe? Claro que todos hemos oído historias de escritor@s maravillosos, de aquell@s que nos hemos dormido abrazad@s a sus libros, que luego se dice que eran unos indeseables. Cómo es posible? Piglia cuenta que la "psicocrítica" trata de descifrar la psicología del autor a partir de sus "metáforas , formas adverbiales, repeticiones y familia de palabras" (e.g. "algunas leves incorrecciones que podían hacer suponer una tendendia a la hipercorrección de los middlebrows"). Pero como dice un personaje, "No se trata de descubrirlo, sino de imaginarlo".

Intento imaginar a Piglia, en lugar de descubrirlo, y todo me gusta. Leo una entrevista en la que dijo que estaba convencido de que “sólo me lee un grupo de amigos y eso para mí es el éxito”, y aún me gusta más. Describe sin conocerlo, este blog y a los divagantes, un "grupo de lectores convencidos del carácter encantatorio de los textos literarios". O tal vez son imaginaciones mías y, como todos los grandes, nos describe y apela a todos. Y nos anima a ser mejores, "una suerte de Quijotes que primero leen furiosa e hipnóticamente las novelas, y luego salen a vivirlas".

10 noviembre 2021

"El buen patrón" de Fernando León y el "Romanzo" de Ennio Morricone: Agitprop para sentimentales como usted

 "Si quieres decir la verdad a la gente, hazles reír o te matarán". No queda claro quién dijo esto por primera vez, si Oscar Wilde, si Bernard Shaw, si Billy Wilder, pero me quedo con Plauto, que "elegía las disputas entre plebeyos, que perdonarán las pullas, si les consigues hacer reír", evitando tocar a los patricios que, de acuerdo con la Ley de las Doce Tablas no tenían -o podían tener- ningún vicio.  Hazles reír, y no es casual que la comedia negra ha sido el vehículo que ha usado Fernando León de Aranoa para metérnosla doblada, una tras otra, poco a poco, como si nada, con su última peli "El buen patrón". Una película con patricios y plebeyos -Nihil novum sub sole-, en la que te ríes de verdad en una escena, preguntándote si es risa histérica en la siguiente. 

El título solamente es ya un ejercicio de estilo, "El buen patrón", patrón del latín patronus (protector de una colectividad). Si remontamos viene, como muchos otros términos que comienzan por pat- de la palabra "padre" (pater): patria ("un país es una nación a la que los militares llaman patria"), patriota ("un patriota, un idiota"), patrocinar (les presento a una palabra sin carga, crowdfunding*), patrimonio, patriarca, patriarcado (buf) y así todo. En inglés también tenemos el muy usado y de difícil traducción "patronising": "condescenciente, con actitud de superioridad, que subestima".  Y esto de sentirse el padre de sus empleados, el ángel protector, es así con este patrón, el personaje principal de la peli, interpretado por Javier Bardem (no voy a decir lo de todo el mundo, que qué bien lo hace, sino algo por lo que me comerían fijo en esa península si este blog lo leyeran más de cuatro- me cae bien). El patrón no ha podido tener hijos biológicos, pero mirad cuánto os quiero, mientras no os salgáis de lo que yo quiero. Pero las madres y los padres -biológicos o no- sabemos que aunque los hijos se salgan de lo que nosotros queremos, no podemos evitar seguir queriéndolos. Y tragando, llegado el caso: de eso va el amor, no de decir os quiero subido a una escalera cuando el viento sopla de cara. 

"Ha sido usted muy bueno con nosotros, patrón"
En fin, que "patrón" es una palabra cargada ("charged" que dicen los ingleses, cargada como un arma) y que está cayendo en desuso por anticuada y evocadora de otros siglos, otras luchas, mismos servilismos. Uno de los personajes, un anciano con hombros cargados y la tristeza de generaciones en su mirada es el único que aún le llama "patrón".  A mí cada escena con ese hombre, interpretado por el inmenso Celso Bugallo,  me daba una punzada ahí, detrás del esternón: "ha sido usted muy bueno con nosotros, patrón", le dice mientras le arregla la depuradora de la piscina un sábado (menos el final de lo que pasa con él, eso para mí sobraba). Su talante me recuerda por qué aún hay gente que utiliza una expresión que odio para referirse a los pobres: "gente humilde". Una mierda, humilde. Hay gente pobre que tiene incluso "dignidad" señoros y, en el pasado, aquello también tan pasado de moda llamado "orgullo de clase". Rebobinemos un siglo y ese concepto (abstracto, yo lo entiendo, para algunos será complejo de entender, no es "un vaso es un vaso, un plato es un plato") y sus consecuencias, ellos solitos han conseguido que  yo, por ejemplo, esté aquí frente a un teclado o diezmando a la población británica. Oh sentimentalidades mías, let´s move on. 

Tras esta breve introducción semántica, déjenme presentarles a Julián Blanco, el mediano empresario que aspira al "premio a la excelencia empresarial" de una Vetusta cualquiera. Este provincialismo es muy importante: los que conocemos desde dentro las vetustas de la piel de toro, tal vez entendamos mejor todo. Ese levantar el teléfono para hablar con el jefe de policía porque el hijo de Fulanito ha salido díscolo, o con el alcalde para que nos solucione aquella cosita que hace feo a la puerta de la fábrica, o para colocar a la hija de la prima de los Plómez: todo está a golpe de telefonazo. Pero al principio de la peli no molesta, una de las cualidades del guión, dirección e interpretación (tándem Aranoa y Bardem) es que es tal el carisma del personaje, que por un rato te logra vender la moto de que es un hombre que sufre, abnegado, en su rol de padre de todos estos (putos) empleados cabezarrotas, y a los que él ayuda, gracias a su mucho poder en Vetusta, a salir de sus entuertos personales. Llegas a empatizar con él, pobre hombre, claro que enseguida la corrupción y la manipulación están tan en tu cara que es imposible seguir intentando convencerte de que es un "tío majete" que solo quiere ayudar a su progenie. Que también es un logro de guión mostrar a estos empleados como son: generalmente desastrosos como lo somos todos y que también usan sus jerarquías y "su pequeña cuota de poder para sus intereses" - como dice Bardem en una entrevista que enlazo al final. No es una peli maniquea de malos y buenos: miremos a nuestro alrededor, "todos estamos en el fango, solo que algunos miramos las estrellas" -y esta sí que es de Oscar Wilde. 

"Pero es que en el momento que perjudican a mi empresa, son mis problemas", les dice cuando alguno se resiste a sus "intervenciones" para presuntamente ayudar, en un punto un tanto invasivas. Aquí empieza ya a descubrirse un poquito: cuando a Blanco, el ángel de la guarda de  tanto imbécil y débil mental, le empiezan a tocar su cuenta de resultados, igual empiezan a ser "menos hijos" y más "piezas de un engranaje". Que, a ver, no nos engañemos, esto es capitalismo, babies, el hombre tiene una empresa, no es una Hermanita de la Caridad. Pero lo interesante es que él intenta engañar no solo a sus empleados, sino que seguro también a sí mismo con el cuento-de-buenas-noches este de "sois mis hijos".  Pero cuando le dice al "moro"  que deje de follarse a aquella, él le contesta sube-aquí-y-pedalea, "yo no soy tu hijo, mira mi piel".  Moro (ya lo he dicho antes, la relajación con que se usa esta palabra en España me alucina) que es por cierto, el trabajador más efectivo de la empresa. Sí, sí, lo sé: este Aranoa, va metiendo subliminalmente el tema multicultural, el feminista, esas cosas de progres y podemitas, ya vemos de que pie cojea. Blanco usará ambos conceptos al final de la peli, sin ningún rubor, como valores para venderse (cuando empezaron a vender camisetas del Che hechas con mano de obra infantil una perdió la inocencia). Todo es reciclable: es la economía, idiota! 

La empresa de Blanco es de balanzas, que Aranoa usa como metáfora del desequilibrio, de la desigualdad. El patrón mismo explica sus métodos: "A veces hay trucar las balanza para que la medida sea exacta", ya se sabe, unos apaños. Me gusta su mujer que, aunque está perfectamente instalada en esa vida, de vez en cuando le mete pullas tipo "tu duro trabajo consistió en ir al notario para heredar la empresa de papi", "qué hace este hombre arreglando la depuradora en casa que es festivo" o "las posibles envidias entre empleados por subidas de sueldo tú las arreglas no subiéndolo a ninguno". Ponga un Pepito Grillo en su vida.    

Blanco tiene una relación especial con uno de sus trabajadores, Miralles, al que considera de verdad "familia". En la cabeza de Blanco, sus padres eran ya amigos e iban a cazar juntos y los niños los acompañaban. Un día, cuando tenían 10 años, se metieron en un lío por culpa de Blanco y Miralles cargó con la culpa. Pero "hoy por ti mañana por mí", acaba siendo una de esas "bonding experiences", hermanos de sangre. Según Blanco, claro: al final resulta que no era una amistad al mismo nivel y si Blanco es Alfredo Berlinghieri,  Miralles es Olmo Dalcó. [Nota: Esta referencia ojalá se me hubiera ocurrido a mí solita, pero no, y ha tocado todas mis teclas: me gusta tanto "Novecento" (Bertolucci, 1976) que si Mini hubiera sido nene yo habría intentado que se llamara Olmo, por mi fascinación por el personaje que interpreta Gerard Depardieu].  Al final de la peli, cuando vamos conociendo cada vez más a Blanco vemos que esa narrativa de la amistad entre iguales está solo en su imaginación: Miralles no se ofreció a sacarle las castañas del fuego, sino que Blanco le presionó. Miralles fue castigado, y ha tenido que seguir escuchando una mentira durante cuatro décadas. Lo cual nos da alguna otra pista sobre quién es y quién ha sido siempre Blanco. 

Lo que pasa dentro de la cabeza del patrón a mí me parece uno de Los Temas de la peli: igual puede chocar en una cinta sobre "relaciones laborales", donde en principio casi todo debería ser "sistémico" o "social", pero así es el bicho este que llevo dentro, siempre con el "quéhaydelomío". Desde el punto de vista de análisis de la personalidad, Blanco es el típico charming, encantado de haberse conocido, de libro: superficialmente empático, carismático, con confianza en sí mismo, al que estos rasgos le han funcionado siempre. Hasta ahora, nadie se le ha resistido cuando se pone delante, les mira a los ojos, les suelta el rollo Darth (yo-soy-tu-padre), si puede ser con la cabeza del interfecto entre sus manos, choque de frentes -era precovid-, da igual el interlocutor, su género (ellas se flipan, la erótica del poder; ellos se flipan, la erótica del poder) o condición (gente sola, perdida, sin conciencia de su potencial poder). Por eso en una de las escenas finales, cuando va a intentar el mismo rollo con "el hijo pródigo" (cuánta metáfora católica, "el buen pastor" también resuena, por no hablar de "el buen ladrón"), y el trabajador, que al principio de su lucha personal tras el despido solo quería recuperar su trabajo  (ni siquiera quería una indemnización), al final le pone el megáfono en la cara con un "métete tu caridad por ahí, Blanco".

La lucha solitaria de este trabajador contrasta con la colectiva de "Los lunes al sol", la peli del mismo director de 2002, en la que se describe la desesperanza de un grupo de trabajadores tras haber sido despedidos de los astilleros de Vigo. Han perdido muchas cosas, pero cuentan con una: pertenecer a una clase que lucha y se apoya. En el cine forum posterior, la noche que vi "El buen patrón" en mi fugaz paso por mi Vetusta particular, el Náufrago Ro me recordó que vimos "Los lunes" juntos en su estreno en el Cine Elíseos, que ya ni existe (reemplazado por multi-salas de cine de acción): me acuerdo de muy poco, aparte del carismático Santa, personaje interpretado otra vez por Bardem, en el otro lado del espectro de Blanco. Pasados los años estuve con mi amigo de campamentos J. en el barco en que cruzan la ría de Vigo los personajes, al sol. Veinte años y muchas cosas han cambiado, la más dramática es esa. el despedido solo, sin nadie, con su megáfono. Otras, siguen igual: yo sigo estando sindicada y políticamente en un sitio mental similar al de "Los lunes al sol". Como decía Saramago "cuanto más viejo, más libre y cuando más libre, más radical"- Motivos sentimentales? Igual, pero también racionales: es lo que funcionó en el pasado y de momento nadie ha ofrecido nada mejor. 

Quedo a la espera de nuevas soluciones. Mientras tanto, les animo a darle al play de abajo -el "Romanzo" de Morricone de la banda sonora de "Novecento" - y les reto a permanecer impasibles y no querer, ya, tomar el Palacio de Invierno. 


(*) Y aquí  un Carne Cruda, un gran podcast -háganse "patrocinadores", digo, jaja, crowfunders- con la entrevista a Aranoa y Bardem

08 noviembre 2021

Arturo Barea: Tenía todos los números para conectar contigo, pero no (A propósito de "La forja de un rebelde").

La trilogía de Arturo Barea "La forja de un rebelde" fue publicada por primera vez en inglés, pese a haber sido escrita en castellano, cuando el autor y su mujer estaban exiliados en esta isla-en concreto en un pueblo de Oxfordshire. En 1978 por fin se publicó en España, en 1951 se había publicado en Argentina y entre 1941-1946 la trilogía en inglés en UK. The Daily Telegraph (aka The Daily Torigraph) dijo que era "tan imprescindible para entender la historia de España de la primera mitad del siglo XX como Tolstoi para entender el SXIX". El mismo George Orwell elogió estas novelas y yo, que he atravesado distintas fases durante su lectura (son 1200 páginas), he añorado a Orwell y su maravilloso "Homenaje a Cataluña" o  a Hemingway (leído y disfrutado en mi adolescencia, aunque últimamente he visto críticas de que su "visión turística" de la Guerra Civil hizo daño en realidad a la República-tendré que releer). Es curioso que las dos más famosas novelas, consideradas clásicos, de la Guerra Civil hayan sido escritas por extranjeros.

Empecé "La forja"
en La Cerdanya este verano

El primer libro, "La forja", es una Bildungsroman típica, una "novela de aprendizaje", género muy apreciado en este divlog, en la que Barea habla de su infancia de niño pobre en la España de 1900. Huérfano de padre desde los dos años, su madre emigra desde Badajoz a Madrid y lava ropa en el Manzanares. Barea no es solo pobre sino, desde el principio, desclasado: su madre y hermanos viven en una inmunda buhardilla en Lavapiés, y a él le mandan a vivir a ratos con unos tíos ricos. Pero es listo y tiene una mirada. 

Va a estudiar a los Escolapios (yo aún os podría cantar el himno de San José de Calasanz, aunque lo que yo no encontré fue ninguna monja inspiracional como él, que tuvo suerte con un cura). Eso sí, "la mayoría de los curas están un poco locos, un par parecen atontados y a uno tuvieron que quitarles los hábitos porque tocaba sus partes a los chicos". Hay cosas que nunca cambian, eh? Nunca me he molestado en entender bien las diferencias entre las órdenes religiosas, lo mío es tan básico como que los franciscanos molan por "ir de pobres" (oh, Guillermo de Baskerville) y los jesuítas "de intelectuales" , pero en el segundo tomo, Barea describe a estos últimos como una auténtica mafia: una carta de los jesuítas abría las puertas a toda la industria española, los grandes navieros se confesaban con ellos y otras beldades. En aspectos religiosos me he identificado con el autor: curioso cuando cuenta su dudas de fe a temprana edad con exactamente mi mismo ejemplo. El del santo que va por la playa y hay un niño (que resulta, claro, ser un ángel) que le explica, con esas extrañas maneras misteriosas de la religión católica, el misterio de la Santísima Trinidad. Recuerdo mi misma perplejidad, con 10 años, y así todo: yo creo que lo de la Inmaculada Concepción de María nunca me lo creí (quiero decir, una vez que aprendí "los misterios de la vida"; antes cuando crees en las ciguenias, qué más da eso que paloma) y alucino que adolescentes o adultos puedan creerse eso: es como la santísima trinidad y el santo, no me entra en la cabeza. Hoy en día me planteo los límites con el concepto de idea delirante, pero ese sería otro tema. Pero Barea llega al ateísmo vía observar la injusticia. Se da cuenta que él está en el colegio gratis solo para ser exprimido por su inteligencia, y ponerle de ejemplo, y así más padres ricos lleven a sus hijos allí. "Me han hablado de un Dios justo, pero mi madre tiene que lavar en el río todos los días... me asusto de no encontrar justicia por ninguna parte". 

Su experiencia en el colegio es también una oportunidad más para ilustrar lo injusta que es, no ya la sociedad, sino la vida: no me refiero solo a la dicotomía niños ricos ("los de paga", que entran por otra puerta lateral de la iglesia)-niños pobres, sino también a la ruleta que ha dado a Barea esa inteligencia, y a otros no.  Esto fue captado al vuelo por las monjas del internado al que asistió mi suegra, porque a las siete que fueron seleccionadas, via examen, para hacer el bachillerato, entre ellas mi suegra, les daban un extra proteínico en el segundo plato, que al resto no. Pero volviendo a la novela, se encoge el corazón al leer cosas como "de los 7 a los 9 años ya se los llevan a trabajar al campo, en verano se llevan incluso a los chiquitines de 5-6 años a coger espigas de las que se caen al suelo". Barea logrará escapar del camino de picar piedra o similar, pero no todos los demás a los que encima, la naturaleza no les ha dado muchas luces. El proprio Barea hace una reflexión del gran tema-o uno de mis temas-nature/nurture: "yo creo que esto del aprender es como nacer jorobado, no tiene remedio", pero los ricos sin luces sí que salen adelante. Todos los sabemos. 

En el colegio hay tres niños pobres con matrícula de honor, que van a la clase de bachillerato que es solo para los niños ricos.  "Pero como los niños pobres no podemos mezclarnos con los ricos porque sería mal ejemplo y como tampoco podemos ya mezclarnos con los pobres porque ya no pertenecemos a sus clases, no tenemos puesto en la fila. Oímos la misa aparte y (...) jugamos los tres solos".  Los ricos le llaman "el hijo de la lavandera" y los pobres "el señorito". No pertenecer en ningún sitio. Pero él mismo se da cuenta ya de la complejidad del tema clase: hay hijos de tenderos a los que nunca falta un plato de comida en la mesa e hijos de ricos que no tienen un duro, pero que viven de la idea-y actúan como tal. Como la vida misma, cien años después. Esta es la "forja" del rebelde Barea: si estas experiencias no te hacen al menos socialista más adelante, no sé lo que te hará.  

Cuando muere su tío tiene que dejar el colegio y le ponen a trabajar de aprendiz en un banco. El hecho de que él quería ser ingeniero y no podrá y los zopencos hijos de papá seguirán en el cole y luego llevando el país de nuevo me devuelve al "no hay nada nuevo bajo el sol".  Aunque en nuestra generación se logró que unos cuantos más pudieran acceder a la educación, en el fondo los que siguen manejando el cotarro son los de siempre. Precisamente la tesis de Carlos Gil, premiada como mejor tesis doctoral del año, se titula 'Rompiendo la meritocracia desde la puerta de salida: Desigualdad social en la formación de habilidades y la elección de escuela'. Esto ya estaba en "La tiranía del mérito" de Michael Sandel, recientemente contestado por Adrian Wooldridge en "La aristocracia del talento", que yo gustosamente leería para haceros un divague, pero luego viene Fashion desanimándome: "ves, por fin has tenido algún comentario en el anterior divague ligero vs. tus rollos de divulgación". Yo también la quiero.

En el banco entra en contacto con la política, y describe el ambiente turbulento de Madrid de la época. Los socialistas van a la huelga todos días, por gremios. "Les dan palos, les meten a la cárcel, pero se salen con la suya. Son los únicos que trabajan 8 horas al día y cobran lo que piden. A la cabeza de todos ellos está Pablo Iglesias, que quiere que todos los obreros sean socialistas". Los trabajadores pagan una cuota, con la que mantienen a los que están en huelga, o a los que no tienen trabajo.  Luego están los anarquistas, que no quieren ir a la huelga, sino que creen en la acción directa. Y los comunistas. Cada uno con sus matices: así ha sido y así ha seguido siendo la izquierda. Llena de ideas e ideales, así nos va: mejor seguir tus intereses, como la derecha.

“¿Era, precisamente, esta falta de convicciones lo que les permitía unirse [a las personas de derecha? ¿Sería precisamente la existencia de ideales lo que nos impedía unirnos a los hombres de izquierda?”

En "La ruta", el segundo volumen, Barea cuenta sus vivencias en la guerra del Rif, con una gran crítica a la intervención española en Marruecos a principios del SXX. Yo me hice antimilitarista viviendo de cerca la mili de un noviete, viendo lo que son los militares desde dentro. Para quien no tenga esta "inside information" recomiendo esta lectura: si no eres antimilitarista antes, es imposible seguir pensando que esta institución merece ni un minuto de nuestra vida, o de nuestros impuestos.

La falta de profesionalidad en el ejército, el racismo (me parecería curioso el uso de la palabra "moros" si no fuera porque observo que aún sigue siendo usada- en UK esto sería anatema y ya que no tenemos ética, tengamos por lo menos estética), la corrupción, la desesperación por la que los pobres acaban allí- impresionante los métodos que usan de autolesión para evitarlo, incluídos tiros en la tripa, con sus consiguientes peritonitis. Los militares son en su mayoría alcohólicos, ladrones (hay que ver los mandos cómo roban hasta del rancho de los soldados para poder enriquecerse), de limitadas luces (todo se hace "por mis cojones" o "por la gloria de España") y puteros.

Aquí empiezo a encontrar chocante la manera de relacionarse Barea con las mujeres. Obviamente, todo esto hay que contextualizarlo y cosas así, pero esta ha sido tal vez una de las razones por las que no he podido enamorarme ni siquiera cogerle cariño a este hombre con el que en principio, coincidiría ideológicamente en muchos de sus planteamientos. Tiene capacidad de observación para describir una realidad que yo misma vi allí un siglo después: "las mujeres cargadas como bestias y tras ellas sus amos y señores, caballeros en sus burros", pero a su vez le dice a una prostituta "no me gusta pegar a las mujeres" (oh gracias). En el último libro narra su relación con su mujer, a la que desprecia, su amante, a la que fastidia la vida y por fin, la mujer por la que se acaba divorciando, Ilsa, y que le redime un poco. Que era otra época, sí: pero qué suerte hemos tenido de no haber nacido en ella-pese a todo lo que hay por recorrer.

Uno de los capítulos comienza con una descripción de los reclutas que llegaban de las distintas zonas de España, y sus marcadas diferencias: un aragonés y un catalán de los Pirineos eran bastante parecidos entre sí: "rudos, primitivos, casi salvajes", muy diferentes de "los catalanes de la costa,  en contacto con la civilización mediterránea". Los "altos y recios" vascos,  "serios y silenciosos, se sentía la fuerza de su individualidad y su ancestral cultura", los gallegos con "resignación de bueyes cansinos". Concluye Barea que "un madrileño es menos extranjero al lado de un neoyorquino que lo es un vasco de un gallego". La piel de toro, una suma de gentes dispares unidas entonces por el 80% de analfabetismo y hoy, como decía Vazquez Montalbán, por la liga de fútbol. 

En un punto, por si no tuviéramos suficiente con el batallón regular, irrumpe en la novela El Tercio. Si alguien no tenía idea de la presentación psicopatológica de Millán Astray, aquí le quedará clara (o bien, con la peli "Mientras dure la guerra" de Amenábar, donde uno de mis actores favoritos, Eduard Fernández, borda el papel). Arenga a los legionarios: "antes de venir aquí unos eráis asesinos, otros ladrones, todos con vuestras vidas rotas, muertos. Pero desde que estáis aquí, sois caballeros (...) Es a morir a lo que se viene a la Legión. Los novios de la muerte. Los caballeros de la Legión. (...) Sois caballeros españoles (...) Viva la muerte!". Y Barea comenta "el cuerpo de todo de Millán Astray había sufrido una transformación histérica (...) epiléptico, en una locura homicida furiosa". Este Tercio crecía como un cáncer dentro del ejército, se sentían independientes del resto, se les llenaba la boca "del honor a España, del honor a la monarquía, del honor a la nación, que solo se podía salvar con guerra a toda costa". Qué miedo da todo, que miedo sus herederos.  De su papel en la sublevación habla también Barea, en las partes que se lee como un ensayo histórico.

Marruecos, la pesadilla continuada: "No dormíamos, nos moríamos cada noche para a la mañana siguiente resucitar y en el intervalo vivíamos a través de pesadillas horrendas". El olor indescriptible de la guerra. Solo se admite que lean, los q saben, la prensa más reaccionaria - el ABC o El Debate. Al propio Barea le confiscan y hacen quemar libros de Victor Hugo, Blasco Ibáñez, Anatole France, aunque hay total permisividad para libros pornográficos. Es una distopía incomprensible para mí. 

Cuando termina el tiempo obligatorio que ha de estar en el ejército, aunque todo son facilidades para que se quede, decide no hacerlo "por mantener un mínimo de autoestima". Al volver a Madrid, le hubiera gustado ingresar en la Institución Libre de Enseñanza (unida a la famosa Residencia de Estudiantes) fundada por Giner de los Ríos, que iba bien con su ideología progresista, pero aquí encontró una nueva "aristocracia de la izquierda", y se dio cuenta que a ella las clases trabajadoras no podían acceder.

Leyendo "La llama"
en la Battersea Power Station,
cuando hacía calor...
Y por fin, el último libro es "La llama", que narra sus experiencias en Madrid de la Guerra Civil, desde su posición como censor de toda la información que sacaban los corresponsales extranjeros -pretendiendo que el gobierno de la República lo tenía todo controlado. Trabajaban en el edificio de la Telefónica y allí conoce a la que será su mujer. Me siento incapaz de escribir sobre este último libro, que es del que menos notas he tomado, pese a ser el más largo (casi 500 páginas), por diversas razones, la principal porque es el que menos me ha gustado. 

Solo anotar que suelo leer muy poca literatura bélica o ambientada en tiempos de guerra, pero el año pasado terminé "Life after life" de Kate Atkinson. La autora hace una descripción muy detallada del Blitz, el bombardeo de Londinium durante la Segunda Guerra Mundial, que me impactó. La vida sigue, tú sigues tus rutinas, pero cuando suena la sirena, o por la noche, bajas al refugio y escuchas las bombas, y debes esperar que no caiga una encima de ti , y luego sales, te encuentras con montañas de escombros, y cuerpos a los que hay que sacar (imagen de los barrenderos limpiando sangre de las aceras), y sigue la vida. La que sigue, la que no se ha quedado allí. Barea describe algo muy similar y no deja de sorprenderme, a lo que se puede acostumbrar el ser humano. ("Todo era centelleante y espasmódico como en una película. La gente hablaba a gritos y reía a carcajadas"). Vivir en esa bipolaridad. ("A la luz del día todo el mundo era un amigo, por la noche cada uno podía ser un enemigo. La amistad tenía un tinte de borrachera").  Había gente que iba a ver los bombardeos,  periodismo sensacionalista. Queda claro que Barea tiene problemas de salud mental en muchos momentos de este último tomo. Creo que hace poca literatura y nos explica historia,  la de los libros de texto: Miaja, símbolo de la resitencia, Valencia, donde van los cobardes, Madrid, donde se quedan los valientes; las Brigadas Internacionales, esto es una guerra contra el Fascismo, España campo de pruebas, el conflicto del pacifismo con esta guerra: el propio autor, que odia todas las guerras, se siente aquí beligerante, incapaz de no tomar parte:

“Los herederos de la casta que había regido España durante siglos, los que yo había conocido manejando la guerra en Marruecos, con su corrupción estupenda, con sus glorias retiradas, cebándose en latas de sardinas podridas, en sacos de judías llenos de gusanos: esto era lo que había que combatir. No era una cuestión de teorías políticas, sino de vida o muerte. Había que luchar contra los enterradores; los Franco, los Sanjurjo, los Mola, los Millán Astray, que ahora coronaban su hoja de servicios cañoneando su propio país para hacerse amos de esclavos y a la vez convertirse para ello en esclavos de otros amos".

Barea puede escribir literariamente, tiene mucho talento descriptivo de personajes y también de lugares, pero esto cada vez escasea más a medida que avanzas en las tres novelas. Pero como he dicho, en el último tomo, me parecía que estaba leyendo un ensayo y me he aburrido mucho. En la falta-de-estilo me ha recordado al "Behind the Spanish barricades" de John Langdon-Davies, el periodista que luego fundó PlanUK, que escribió en tres meses los primeros de la guerra. Pero aquí había una urgencia, y se le perdonó su carencia de voz, era estilo periodístico. Tal vez Barea perdió algo de fuelle, más o menos como yo ahora, aunque escribir esto me ha ayudado a reconciliarme con la trilogía.

¿Llega al nivel de los clásicos? En mi opinión desde luego, no es un Orwell, y tampoco un Chaves Nogales ("A sangre y fuego"). Pero tal vez para mí el problema haya sido no lograr conectar con el autor, pese a tener tantos números para hacerlo. O conectar con la cabeza, y no con el corazón. Tanto que al final, no quería pasar más tiempo con él: ¿es esto de lo peor que se puede decir de un autor? Supongo, pero seguramente estoy siendo injusta, Arturo: no sos vos, soy yo.