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23 mayo 2026

Middlemarch, el mejor libro de la literatura en inglés [Proyecto relectura en un lugar remoto]

"The Guardian" acaba de publicar otra de esas listas de "los mejores 100 libros de la historia de la literatura" [y las posteriores respuestas del pueblo].  Qué tontería: siempre respondo de una manera emocional a estas listas. Quiero decir que me alegro por demás cuando reconozco a alguno de mis sweethearts y me enfado por la inclusión de ciertas obras, o por el orden, o porque falte algo que yo considero un imprescindible. Iba a decir que esto es un secreto, pero creo que lo he dicho otras veces: este tema emocional me ha pasado también con desacuerdos en cuanto a libros con personas de carne y hueso o del éter. Lo sé, pero es totalmente irracional, sobre todo porque me doy cuenta de que cada libro activa en los lectores distintos resortes y los tuyos no son los míos. Hoy, por ejemplo, escuchaba un podcast de libros en el que analizaban "Normal People", la novela de Sally Rooney, en la que el presentador ha dicho que "no empatizó con los personajes" (la presentadora sí) y me ha caído mal: ¿cómo es posible, con una novela con la que lloré con ruido en la última página?

Pero divago, volvamos a esta lista, a la que le perdono muchas de las cosas que me enfurecen de ella [¿qué? ¿La Ballena puesto quince??] porque la primera es "Middlemarch" . Yo leí esta novela en 2004 porque me fié de una señora llamada Penny que entonces me parecía muy mayor -tendría mi edad actual- con la que pasaba un día a la semana encerrada en un despacho de un departamento de universidad, pretendiendo hacer investigación que iba a cambiar el curso de la ciencia. Ella supervisaba mi estudio y, mucho más importante, me dijo un día algo así como que la novela de Eliot era la que más acertadamente, irónicamente y con corazón captaba la naturaleza humana. Penny  era psicóloga -está jubilada- y como dato diré que, para mi desasosiego en la época (se iba mi luz y guía!) se fue durante cuarenta días a un cottage al final de Escocia sin teléfono sola a desconectar del mundanal ruido. Cuando volvió, su pareja del momento le propuso matrimonio. 

La semana pasada, en una de mis aventuras de bici, me fui hasta una casa donde había vivido Eliot -y que, de hecho, fue la primera placa azul del sur de Londinium. De 1859 a 1860 vivió en Holly Lodge, 31 Wimbledon Park Road en Wandsworth y aquí escribió la mayor parte de "The Mill on the Floss" y "Silas Marner". Luego cruzó el río y estuvo en Regent's Park y al final de su vida en la calle con más placas azules de la ciudad: Cheyne Walk, en Chelsea. Las fotos que incluyo son de la casa en Wandsworth porque las de Chelsea Walk, a saber dónde las tengo. 




Me he perdido un rato en el libro buscando subrayados para que el divagante se haga idea del estilo de Eliot pero, pese a que está muy anotado, es difícil encontrar una frase que tenga sentido así, sin contexto. Aún así, ahí van unas cuantas:
“¿Qué soledad es más solitaria que la desconfianza?” [“What loneliness is more lonely than distrust?”]

"Si la juventud es la época de la esperanza, a menudo lo es solo en el sentido de que nuestros mayores tienen esperanza en nosotros; pues ninguna edad es tan propensa como la juventud a pensar que sus emociones, despedidas y resoluciones son las últimas. Cada crisis parece definitiva, simplemente porque es nueva." [“If youth is the season of hope, it is often so only in the sense that our elders are hopeful about us; for no age is so apt as youth to think its emotions, partings, and resolves are the last of their kind. Each crisis seems final, simply because it is new"].

“El carácter no está esculpido en mármol; no es algo sólido e inalterable. Es algo vivo y cambiante, y puede enfermar como los cuerpos.” [“Character is not cut in marble - it is not something solid and unalterable. It is something living and changing, and may become diseased as our bodies do.”]

“Pero lo que llamamos desesperación no es más que el doloroso afán de una esperanza no alimentada.”[“But what we call our despair is often only the painful eagerness of unfed hope.”]

Habrá que conformarse con esto, porque leí "Middlemarch" mucho antes del divlog, y no escribí tampoco en mis docus de word del Pleistoceno -pero no todo son malas noticias: el divague es breve [mi suegra aplaude]. Solo recuerdo que me identifiqué plenamente con Dorothea, uno de los personajes, y también me gustó el doctor Lydgate. No puedo esperar a irme al equivalente a un cottage escocés durante cuarenta días para releerla y divagarlo luego -lo del matrimonio a la vuelta no hace falta. 

28 diciembre 2025

Desmontando a Holden: Una visión psiquiátrica del prota de "El guardián entre el centeno"

Querida Mini,


"Nunca voy a leer las cartas que os escribíais con el aitá, ya tendré bastante con pasar cinco años leyendo tu blog", dijiste el otro día hablando de nuestra correspondencia cuando nos conocimos, así que no sé si algún día leerás esto. Pero da igual, voy a escribir este divague como si fuera una carta para ti. Porque resulta que, cuando leía el monólogo interior de Holden Caulfield, el adolescente que quiere ser "El guardián entre el centeno", muchas veces te veía a ti. Tu rebeldía, tus frustraciones, tu buen corazón, tu tristeza por dejar la infancia que terminará en cuatro meses.  



Yo leí este libro cuando tenía tu edad, más o menos, y lo único que recordaba era que me caía bien ese chaval de 16, con el que supongo me identifiqué, y que me encantó su voz narrativa. Ahora, más de treinta años después, me sigue pareciendo que la voz que usa Salinger para escribir a Holden es lo mejor de la novela [hay palabras que hoy no impactan nada pero en 1951 eran escandalosas, pero también hay un ritmo, una cadencia que “se oye”, un estilo maravilloso], y además, me sigue cayendo bien Holden.


Y antes de empezar, una nota sobre releer: no lo hago mucho (el año pasado, por ejemplo, "El nombre de la rosa"), lo que releo es siempre muy seleccionado (como ya tenemos una edad, ¿debería abrir un distintivo?). Pero una idea interesante: el otro día alguien dijo que al releer “estás juzgando a la lectora que fuiste”. Y es que no hay como volver a un texto que no ha cambiado para darte cuenta de cuánto has cambiado tú. Casi nada.

El mantra

Ya he dicho que la voz es lo más hipnotizante de esta novela, y sobre lo que se ha escrito mucho: por ejemplo, que Salinger usa las repeticiones para darle esa sensación de coloquialidad, de verdad. Yo, al poco de empezar a notarlas, las empecé a anotar, sobre todo porque me recordaba al primer consejo de escritura que daba Chuck Palahniuk, en su libro "Consider this": inserta un coro (griego) que repite una máxima durante el libro, acorde al personaje, que marca el fin de la escena [e.g. “La primera regla de Fight Club es que no se habla de Fight Club”]. Nota: como te dije el otro día cuando vimos la peli de Fincher, de la que te gustó sus "politics", has de leer el libro.

Aquí son frases, latiguillos, muletillas que usa Holden todo el rato: "and all", "she really was", "that kills me", "I swear to God", "or anything", "I'm not kidding", "I'm not crazy about", "old + name", "that's all", "that sort of stuff drives me crazy". No puedo traducirlas porque muchas de ellas cambiarán según contexto. Hay algunas, como el "he/she/it really was" para rematar una frase, que es constante.

Otra técnica de Palahniuk: Salinger se dirige al lector todo el rato (como a veces las blogueras hacemos con los divagantes): "if you know what I mean", "that I told you about", "if you really want to know the truth". Te increpa: es más que un blog,  parece que te está escribiendo una carta. 



El chaval de clase media-alta

Una de las críticas que a veces he oído de esta novela es que cuenta la angustia vital (la alemana "angst" me gusta más, tal vez por onomatopéyica) de un niño de clase bien, al que echan de su enésimo internado pijo, y pasa tres días gastando dinero en Nueva York. Sin embargo, hay observaciones sociopolíticas, de las que daré ejemplos. Siempre se escribe desde la biografía, o vivida en primera persona o vicariamente: JD Salinger era hijo de un importador de comida judío que había hecho muchísimo dinero y que vivía en Park Avenue en Nueva York. Desde pequeño no se conformaba y quería llevar otra vida que la que le había preparado su familia. Rebedía, no pertenecer: Holden.  


Cuando llegó la Segunda Guerra Mundial, Salinger se alistó, marchó a Europa y fue testigo de lo peor de lo que el ser humano es capaz. Y hay quien dice que "El guardián" es una novela de guerra, de alguien traumatizado que derrama sus fantasmas. Por ello tal vez en mi lectura pensaba mucho en Kurt Vonnegut y su "Matadero 5": otro hombre tocado por el horror y que también usa latiguillos: “So it goes” : "Es lo que hay" o “Y así todo”). Aunque no te estalle en la cara, como en “Matadero 5”), hay antimilitarismo en “El guardián: “Mi hermano odiaba al ejército más que a la guerra. (...) Todo lo que hacía era ser el chófer de un general cowboy (...) Nos dijo que el ejército estaba lleno de cabrones, como los nazis”. Por dar un primer trazo de la manera de estar en el mundo de Holden: “Me alegro de que hayan inventado la bomba atómica y esas cosas. Si viene otra guerra, me sentaré justo encima de ella”.

Pero volvamos al internado donde arranca la novela. Holden no encaja en ese lugar que dice modela a chavales en "hombres espléndidos": pero él no conoció allí a ninguno de esos, "quizás a un par, pero que ya debían ser así antes". Piensa que "cuanto más pijo el colegio, más ladrones hay" y en general, odia la falta de autenticidad de todo el mundo.

Holden hace observaciones personales de los chicos muy acertadas: aquel que pasa por tu habitación como por error, que nunca quiere que parezca que ha venido a visitarte. Aquel que pega con su toalla en el culo de la gente, intentando hacer daño: "ese tipo no es solo una rata de crío; será una rata toda su vida". Estos chicos que terminarían en una universidad de la Ivy League: "todos esos cabrones estaban cortados por el mismo patrón: traje de franela gris, chaleco Tasersall tirando a mariquita. No iría a esas facultades ni muerto, por Dios". O el chico introvertido, que nunca sale a la pizarra, que sufre bullying, y que un día se tira por la ventana: todo muy poetas muertos, solo que Salinger lo hizo antes. 

¿Es el despertar de una conciencia de izquierdas otro tema, o soy yo?

Por un lado, a Holden no le gustan los pijos (me dicen que ahora se les llama cayetanos) de la Ivy League, pero cuando está en Nueva York y conoce a unas monjas dice: "Esto suena horrible de decir, pero puedo odiar a alguien solo porque lleve maletas baratas". En el internado, uno de los chicos le acusa de burgués 

"Al principio solo bromeaba cuando decía burgués, y a mí me daba igual; era bastante gracioso, de hecho. Luego, después de un tiempo, se notaba que ya no bromeaba. La cuestión es que es muy difícil compartir habitación con gente si tus maletas son mucho mejores que las suyas; si las tuyas son realmente buenas y las de ellos no. Uno piensa que si la otra persona es inteligente y tiene sentido del humor, le dará igual de quién sea la mejor maleta, pero no es así. De verdad que no." [At first, he only used to be kidding when he was saying bourgeois, and I didn't give a damn—it was sort of funny, in fact. Then, after a while, you could tell he wasn't kidding anymore. The thing is, it's really hard to be roommates with people if your suitcases are much better than theirs--if yours are really good ones and theirs aren't. You think if they're intelligent and all, the other person, and have a good sense of humour, that they don't give a damn whose suitcases are better, but they do. They really do.”]


O sea, el principio es gracioso, pero enseguida se empieza a sentir incómodo y ya en Nueva York comenta que le molesta estar en una cafetería desayunando café y huevos con bacon, y el tipo de al lado solo tome café con tostada. En el fondo, le molesta la desigualdad y me pregunto: ¿es un tema del libro un chico privilegiado que desarrolla ideas socialistas? No es lo que se asocia con este clásico del SXX, pero tengo varios ejemplos (con las monjas, con las mujeres ricas que hacen caridad con sus visones y barras de labios). 





Metaliteratura

Holden pertenece a una familia en la que la escritura es importante: su hermana pequeña es buena escribiendo y su hermano mayor se ha ido a Hollywood a trabajar como guionista. Holden lo califica como “prostitución", porque le parece que eso es venderse, en lugar de escribir por el arte. Salinger escribió relatos para el New Yorker, y parece que para que te publiquen allí, has de escribir como "un escritor de relatos del New Yorker", a lo que él se negó, y aún así le publicaron. No “se prostituyó”.


Y cuando digo que yo me debí identificar con él, sería por cosas como "los mejores libros son aquellos en los que querrías que el autor fuera tu amigo y le pudieras llamar por teléfono cuando quisieras". Holden llamaría a Isak Dinesen, pero no a Somerset Maugham. Claro que en aquella época yo no había todavía leído "On human bondage", pero pienso como él: Maugham no es el primer escritor al que elegiría para llamar precisamente -tampoco a Salinger, que le dio luego por todo tipo de movidas chungas, desde religiones y espiritualismos tántricos hasta liarse con mujeres de las que podría ser padre, o abuelo.

¿Existencialismo en vena o depresión clínica?

Una cosa que me ha pasado por encima como una apisonadora desde mi primera lectura es una carrera profesional. Esto me impide evaluar a los personajes como antes: ahora está siempre ahí "el ojo clínico".  Lo que antes me parecía un chico que se planteaba los grandes temas universales, el sentido de la vida y esas cosas, ahora me parece un chaval que igual está deprimido. 


No exactamente por preguntarse ante un viejo "¿por qué hostias sigue vivo?" -la juventud es así de inconsciente- sino porque ya en la superficie, hay varios factores que pueden contribuir a un trastorno del estado de ánimo en el pobre Holden: no solo se ha suicidado un compañero de internado delante de sus narices, sino que Allie, su hermano pequeño, falleció de leucemia. Cuando nos dice que "yo tenía solo 13 y me iban a psicoanalizar y todo porque rompí todas las ventanas del garaje", suena exactamente como una presentación depresiva en un chaval: no tienen por qué llorar y estar abatidos, como haría un adulto. Cuando oigo a representantes de ciertas tendencias decir que alguien que hace eso, sin pararnos a entender, necesita "mano dura", me subo por las paredes.

Cuando está hecho polvo, habla en alto con Allie. Su hermana pequeña le dice en un punto: “Holden, Allie está muerto”. Pero nada ilustrará el dolor de este adolescente como la escena en la van a visitar la tumba en el cementerio. Es un párrafo tristísimo, desolador y maravilloso a la vez, precisamente por ese tono casual de adolescente perdido. Es imposible meterte más en la cabeza de alguien:

“Llovió sobre su miserable lápida y sobre la hierba que tenía sobre la tripa. Llovió por todas partes. Todos los visitantes del cementerio corrieron a toda prisa a sus coches. Eso fue lo que casi me volvió loco. Todos podían subirse a sus coches, encender la radio y todo eso, e ir a cenar a algún sitio chulo; todos menos Allie. No lo podía soportar. Sé que solo es su cuerpo y todo eso lo que está en el cementerio, y que su alma está en el cielo y todas esas mierdas, pero de todas formas no podía soportarlo. Ojalá no estuviera allí. No lo conocías. Si lo hubieras conocido, sabrías a qué me refiero. No es tan malo cuando sale el sol, pero el sol solo sale cuando le apetece”. [“It rained on his lousy tombstone, and it rained on the grass on his stomach. It rained all over the place. All the visitors that were visiting the cemetery started running like hell over to their cars. That's what nearly drove me crazy. All the visitors could get in their cars and turn on their radios and all and then go someplace nice for dinner- everybody except Allie. I couldn't stand it. I know it's only his body and all that's in the cemetery, and his soul's in Heaven and all that crap, but I couldn't stand it anyway. I just wish he wasn't there. You didn't know him. If you'd known him, you'd know what I mean. It's not too bad when the sun's out, but the sun only comes out when it feels like coming out.”]

Muerte y más adelante, suicidio. Y la razón por la que Holden no lo lleva a cabo, es por no molestar a quien le encontrara: he leído esto antes -no recuerdo la fuente-, pero seguramente Salinger lo dijo también primero:


"Lo que realmente me apetecía era suicidarme, saltar por la ventana. Probablemente lo habría hecho si hubiera estado seguro de que alguien me cubriría al caer. No quería que un montón de curiosos idiotas me miraran mientras estaba todo con sangre". [“What I really felt like, though, was committing suicide. I felt like jumping out the window. I probably would've done it, too, if I'd been sure somebody'd cover me up as soon as I landed. I didn't want a bunch of stupid rubbernecks looking at me when I was all gory.”]

La irritabilidad puede también ser un signo de depresión (o puede ocurrir más frecuentemente en gente con TDAH, ver abajo), pero este enfado con todo y con todos es algo muy evidente en Holden, y la razón que alega la gente que no lo soporta. Holden piensa que está "rodeado de gilipollas" (Holden, me representas). Mil cosas le cabrean, pero la principal, sin ninguna duda, y que se repite durante toda la novela es la falsedad, la hipocresía (el famoso "phony"). Ya su colegio está lleno de falsos, y luego se los va encontrando en su huida hacia adelante en Nueva York. Esto es también muy adolescente y me enternece: yo era tal que así. Cuando tenía 19, estrenaron Cyrano de Bergerac y yo creía que tenía que ir por la vida con capa y espada desfaciendo entuertos, como él. Tenía que hablarlo todo con todo el mundo porque, seguro, lograríamos llegar a una conclusión amigable. Con los años, descubres que con la mayoría de la gente no merece la pena molestarse, así que, en ese sentido, me he convertido en una falsa a los ojos de Holden. Lo siento darling [Holden 1, Di 0].

Y frecuentemente de la mano de la depresión viene su hermana la ansiedad: "cuando de verdad me preocupo por algo, no hago el tonto. Incluso tengo que ir al baño si estoy preocupado por algo. Solo que no voy, estoy demasiado preocupado para ir. No quiero interrumpir mi preocupación para ir". Salinger: maldito genio, cómo lo sabes todo?




¿Y tal vez Trastorno por Déficit de Atención e Hiperactividad (TDAH)?

Seguimos con mi catarsis, o dejémoslo en "con otra de mis deformaciones profesionales". Me diréis, hoy en día todos tenemos TDAH, con las pantallas "and all". Pero es que en 1951 leer la experiencia de problemas de concentración e impulsividad en Holden cuando nadie hablaba del tema, me hace sentir un poco menos impostora: "empecé a bailar ese claqué, solo porque me apetecía", "dijo que yo era salvaje y que no tenía dirección en la vida", "nunca me importa demasiado cuando pierdo algo", "casi nunca escucho", "soy demasiado ruidoso", “algunas veces, es duro concentrarse”, “asentí porque me estaba mirando y eso, pero no estaba seguro de lo que estaba hablando” (no hace falta tener TDAH para esta última, con ser teen vale). Me encanta el hecho de que grandes descripciones clínicas se han dado en la literatura antes de entrar en los manuales médicos - igual tengo ahí un divague.

Nota: sobre el tema diagnósticos, el Peda dice: “hoy, todos son psicópatas, autistas, trastornos de la personalidad, lo que sea… antiguamente, eran solo hijos de puta”. Holden ya dijo una versión de esto mucho antes de que naciera el Peda:

“Cada vez que hablas de un tipo que es un cabrón, muy malo o muy creído, y se lo comentas a una chica, te dirá que tiene complejo de inferioridad. Puede que lo tenga, pero eso no le impide ser un cabrón, en mi opinión.” [“Every time you mention some guy that's strictly a bastard— very mean, or very conceited and all— and when you mention it to the girl, she'll tell you he has an inferiority complex. Maybe he has, but that still doesn't keep him from being a bastard, in my opinion.”]


Sexual politics
Hay libros, pelis, series, que envejecen peor que otras. La semana antes de Navidad nos vimos parte de la filmografía de Tarantino contigo y, dentro de que siempre han sido políticamente incorrectas, con el tema de las mujeres no han envejecido mal [larga vida Beatrix Kiddo]. La visión de Holden de las chicas y las relaciones es contradictoria a ratos —no hay que olvidar que estamos en 1951—, pero tiene muchas cosas que me gustan.

  1. Consentimiento, cuando eso ni existía
Holden describe al guaperas del internado y su técnica para meter mano -o quién sabe, culminar- con las chicas: básicamente hacerse el pesado, comenzar con una voz muy sincera y pasar de ella pese a que repita, “no, por favor, no". Esto, como sabemos, ha seguido a la orden del día y todos asumiendo que era lo normal hasta #Metoo: lo del consentimiento no es algo que pensaran en general los tíos que importaba.  Pero mirad a Holden: 

"O sea, ella te sigue diciendo que pares. El problema conmigo es que yo paro. La mayoría de los tíos no lo hacen. Yo no puedo evitarlo. Nunca sabes si de verdad quieren que pares, o si solo están muertas de miedo, o si solo te dicen que pares para que, si sigues adelante, la culpa sea tuya, no de ellas. En fin, que paro". [“I mean – she keeps telling you to stop. The trouble with me is, I stop. Most guys don't. I can't help it. You never know whether they really want you to stop, or whether they're just scared as hell, or whether they're just telling you to stop so that if you do go through with it, the blame'll be on you, not them. Anyway, I keep stopping.”]


  1. Hacer manitas

Monísimo cómo describe eso tan encantador de hacer manitas (y en esta cita se puede ver algo del sentido del humor de la novela, del que aún no he hablado, pero hay mucho):


"Hacíamos manitas todo el tiempo, por ejemplo. No parece mucho, lo sé, pero ella era genial para hacerlo. A la mayoría de las chicas, o se les queda muerta o creen que tienen que estar moviéndola constantemente, como si temieran aburrirte o algo así. (...) Con Jane, ni siquiera te preocupaba si te sudaba la mano. Lo único que sabías era que eras feliz. De verdad que lo eras. [“I held hands with her all the time, for instance. That doesn't sound like much, I realize, but she was terrific to hold hands with. Most girls if you hold hands with them, their goddamn hand dies on you, or else they think they have to keep moving their hand all the time, as if they were afraid they'd bore you or something. (...) You never even worried, with Jane, whether your hand was sweaty or not. All you knew was, you were happy. You really were.”


  1. Algunas de sus observaciones sobre las chicas
Holden sabe que las chicas feas "lo tienen muy duro en la vida". Así es Holden: las feas, porque lo son, y las guapas, porque deben ser tontas, y las que llegan arriba, porque son ambiciosas y trepas y suma y sigue. Ser chica, 80 años después, sigue siendo duro.

Con otra chica se da cuenta que con la gente que sabe mucho de teatro y literatura cuesta más tiempo saber si son inteligentes o no. Esto sigue siendo así: hay gente que confunde el ser culto con la inteligencia. Generalmente, la gente que se interesa por la cultura suele ser más avispada, pero no siempre. 

  1. Dejarse llevar por el momento
“Le dije que la quería. Era mentira. Pero lo sentía cuando se lo dije. Soy un loco”. Ay Holden, quien esté libre de pecado, que tire la primera piedra. Eso es dejarse llevar, y eso pasa: eres tan real. Luego ya lo cantó Britney: “Ooops I did it again, I played with your heart/ Got lost in the game”

  1. Rrrraro rrrraro

Pero en una de sus noches en el hotel de Nueva York, cuando el ascensorista le trae una prostituta, no piensa decir no de entrada: ¿en serio? Sin embargo, cuando la tiene ahí, es incapaz de hacer nada. Dice "me sentí más deprimido que con ganas de sexo" (en otro punto había dicho "el sexo es algo que no entiendo, lo juro"). Pero lo más interesante de esa escena es su observación sobre la chica, que no le dice gracias cuando le ofrece algo: "no es su culpa, simplemente no sabe qué es lo que hay que hacer" ("she did not know any better"). Para que luego digan que no hay política. Todo es política.

Unreliable narrator

Pero... ¿quién describiría a un adolescente hoy en día con una prostituta? Hay muchas cosas que hace Holden en esos tres días prenavideños (me ha gustado leerlo justamente en las mismas fechas) en la Gran Manzana (me gustaría haberlo leído en NY: nota mental de releerlo en futuras visitas) que me parecen inverosímiles para un adolescente: ¿qué adolescente viaja en taxi, pide el desayuno a la habitación del hotel, se olvida de coger las vueltas? La conclusión es que Holden, en realidad, es el unreliable narrator (el narrador del que no se puede confiar) por excelencia: a saber qué fue o qué fue solo en su mente hiperactiva. 


El título, la leyenda

No he empezado explicando el título porque tenía que refrescaros quién es Holden para que se entienda. Hay una canción popular escocesa de Robert Burns que Holden no recuerda exactamente, pero en su interpretación dice que él lo que querría ser en el futuro (aquella terrible pregunta, "qué quieres ser de mayor") es el que está en medio de los campos de centeno, que terminan en un precipicio, atrapando a los niños que allí juegan, librándoles de la caída. Una vez que has comprado el buen corazón de Holden, su historia, su desnortamiento vital, es fácil de entender por qué querría dedicarse a eso en la vida.  


A saber qué leyó entre líneas de esa novela el tipo que mató a John Lennon (ya contamos aquí que tenía un ejemplar en el bolsillo), igual que el que mató a la actriz Rebecca Schaeffer o al que intentó asesinar a Ronald Reagan. Si Salinger se había recluido y no quería saber nada del mundo (ni de sus editores: me hace gracia que uno le dijo: “tú no quieres que te publique, tú quieres que te imprima” ; el p. amo), después de estos desastres aún se metió más en su mundo, y una de sus fotos, ya de mayor, gritándole a un periodista, es de las más reproducidas en internet. Nunca quiso que saliera ninguna imagen de Holden en la portada -le había prestado su físico-, ni vender los derechos para el cine. Total, ¿para qué? Si es un libro que no para de vender -lleva ya 80 millones de copias vendidas. 

Corolario
Cuando hacia el final Holden habla del olor del museo, “como si hubiera estado lloviendo fuera, y era el único lugar acogedor en el mundo”, me queda claro que otro de los grandes temas de este libro es la nostalgia por la infancia que está a punto de perder su protagonista. Holden piensa que “hay cosas que deberían quedarse de la manera como son, por ejemplo, los esquimales y los indios del museo, que cada vez que los visitas están igual, pero tú cambias cada vez que los visitas”. Volvemos, y cerramos el círculo con la relectura, es reencontrarte con quien eras la última vez que viniste al museo o cuando leíste ese libro por primera vez. 

Esta relectura no me ha hecho entrar en conflicto con la Di adolescente: me he reencontrado con alguien a quien no me importaría llamar por teléfono para hablar un rato -solo un rato. Quizás leer “El guardián entre el centeno” pueda ser una aproximación a conocerme a tu edad, Mini, ya que siempre expresas curiosidad por conocer a esos extraños, tus padres de adolescentes.

Para darte el último empujón, anotar que leerlo no te costará cinco años, como este blog de entradas larguísimas. Y es que como diría Salinger, que todo lo dijo antes, en boca de nuestro héroe de hoy, Holden Caulfield:
“El problema conmigo es, me gusta cuando alguien divaga. Es más interesante y todo eso”. [The trouble with me is, I like it when somebody digresses. It's more interesting and all.]

24 abril 2024

"El nombre de la rosa" décadas después (o palpitaciones en reencuentros con viejos amantes)

Hace unos meses cayó en mis manos un librito de Umberto Eco titulado "Apostillas a El nombre de la rosa". Que el autor de uno de tus libros idealizados de la adolescencia te explique (destripe) su proceso escritor es un regalo, pero que además sea con una novela que va, entre otros temas, del amor por los libros, es que te toque la lotería (resumen = me encantó). 

Tanto que  la última vez que estuve en la península me traje "El nombre de la rosa", con intención de releerla y entonces me di cuenta de que tal vez cerraba un ciclo [otra manera de estudiar una parte de tu biografía -o menos ambiciosamente, una época- sería con los libros que una ha leído] de novelas de detectives, desde "la primera" hasta "la clásica" pasando por Ripley. Ahora quedaba ver si un amor idealizado de juventud seguía en pie: esto siempre da mucho miedo. Cuando pienso en algunos libros que algún día releeré me da cierta ansiedad, temor a que no me gusten tanto. Uno de ellos es "Rayuela", y lo digo porque leí la mayor parte de Cortázar en mi veintena, y cuando ya en la era divlog pillé "62 Modelo para armar", no fue lo mismo. Nunca he hecho un divague de una relectura (en realidad, no he releído muchos libros en mi vida), pero como diría Mini, "vamos p'allá!". 

Introducción bibliófila: de relecturas, de saber los finales, de peli vs. libro
Creo que mi primera lectura de “El nombre de la rosa” fue de prestado pero no sé si aquella famosa primera edición blanca con la rosa-laberinto en el centro, u otra con una rosa en un claustro. Luego compré una edición horrible de tapas duras que tiene algún trozo subrayado (releí? no sé). Dice el Peda que cuando vinieron los iratis a visitarnos a Grimsby, corría 1998, lo trajo Marisa y yo se lo quitaba y leía trozos. Así que por partes o entero, este ha sido un libro que ha pasado varias veces por mis manos. Sin embargo, aunque he desarrollado muchos rituales de lectura durante los años, en aquella época ni subrayaba ni anotaba ni ninguna de esas obsesiones posteriores con lo cual, poco podré decir de mis impresiones de entonces (aparte de, resumen = me encantó), todo está a merced de esa mentirosa, la memoria.

Nuestro lovely NáN siempre decía que él se leía lo primero las últimas páginas de los libros para quitarse la ansiedad de la trama y centrarse en la forma. Puedo entender lo que quería decir, pero yo con esta novela me pregunto con envidia cómo será leerla sin haber conocido la historia- sin saber quién es el asesino, cómo mata, solo al final darse cuenta de las pistas que Eco va dejando ya desde el principio. Siento envidia porque fui de las que tuvo la mala suerte de ver la peli de Jean-Jacques Annaud de 1986 antes de leer “El nombre de la rosa”. Estábamos en el Cine Fleta (o era el Coliseo?) con una amiga que sí lo había leído y me susurró en la oscuridad: "¡va todo de un libro!". 

El mayor problemas de ver una peli antes del libro (y me ha pasado otras veces) es que ya han hecho los escenarios para ti, y les han puesto las caras a los personajes. En este caso, no me molestó demasiado tener a Guillermo de Baskerville prefabricado, porque el personaje parece escrito para Sean Connery: maravilloso. Parece que Eco se quejó de lo grotescos que el resto de los monjes habían aparecido en la peli, y a mí el que más me impactó siempre fue Berengario, que en la novela no es descrito con el claro Síndrome de Cushing con el que aparece en la peli. No recuerdo si en mi primera lectura me imaginé la abadía como la representa Annaud, pero en esta, como hace años que no veo la peli, la he creado espero casi totalmente de mi imaginación. 


Empecemos por el principio: el título
O por el final: el libro termina con el hexámetro latino: "stat rosa pristina nomine, nomina nuda tenemus" ("de la rosa, solo nos queda su nombre") de un benedictino del siglo XII llamado Bernardo Morliacense, que compuso variaciones sobre el tema del "ubi sunt" (pregunta retórica sobre dónde están los que faltan), saliéndose del topos habitual (los grandes de antaño, las ciudades famosas, las bellas princesas, todo lo traga la nada) y añadiendo la idea de que, de todo eso que desaparece, sólo nos quedan meros nombres. 

En "Apostillas" (y de ahora en adelante todo lo que explica Eco es de este librito), dice que un título es por definición una clave interpretativa de la obra. Entonces, ¿por qué un autor haría eso de titular, si precisamente una novela es una máquina de generar interpretaciones?  Esta idea siempre me ha encantado, el hecho de que cuando se publica algo, ya deja de ser tuyo.

Lo más neutro sería titular una novela con el nombre del prota, y sopesó llamarla "Adso de Melk", pero sus editores no le dejaron. También consideró -atención- "La abadía del crimen" y también se rechazó porque tal vez atraería a "los lectores equivocados" (nooo). “La abadía del crimen” me lleva directamente a título de libro de aeropuerto, nada que ver con la clase que tiene el título final. Me he reído cuando dice que titulando, podríamos ser "honestamente deshonestos", como Dumas, que llama a su obra "Los tres mosqueteros", cuando en realidad se habla del cuarto.

Esto de los títulos me parece un tema fascinante. A veces he descubierto que las novelas con los mejores títulos son trozos de poemas o versos de Shakespeare. Bajando a la  blogosfera, yo siempre lo pongo cuando he terminado de escribir el divague - comienzo con uno provisional. En este mundo, un buen título es lo que lleva a algun@s a pinchar y un mal título (ahora, definir lo que es eso daría para otro divague) en teoría aleja porque no provoca aquella magia llamada curiosidad. Pero es difícil titular, y a veces lo hago rápido y mal, porque solo quiero ya darle a publicar. Si los títulos de los divagues son “máquinas de interpretaciones” o no,  lo dejo al divagante.

Construir un mundo
Eco tuvo una idea ("quería envenenar a un monje") y entonces paró un año. En ese tiempo se dedicó a "construir el mundo" que rodea a "El nombre de la rosa" así que, pese a ser medievalista y sabiendo mucho de la época, estudió el siglo XIII, que no era el de su especialidad,  delimitó la arquitectura de la abadía, y conoció a todos los monjes - incluso los que no iban a aparecer en la novela [esto me recuerda aquella leyenda que ya conté: parece que Visconti obligaba a tener llenos los armarios, aunque no se fueran nunca a abrir] y suma y sigue. De esta manera, dijo, "las palabras vendrán casi por sí solas. Rem tene, verba sequentur. Al contrario de lo que, creo, sucede en poesía: verba tene, res sequentur". 

Sagra di San Michelle, en la que se inspiró Eco
Aquí se ve por dentro: espectacular

Y así fue: ese mundo creado es el que le dijo cómo debía proseguir la historia. Me encanta que fuera un escritor-brújula, o sea, que no sabía qué iba a pasar con su historia. Para ilustrarlo dice por ejemplo [atención super-spoiler!!] qué él no sabía que Jorge de Burgos iba a ser el asesino: "Por decirlo así, todo lo hizo él solo" (oj! maravilla).   A Eco solo le parecía que el que un ciego custodiase la biblioteca era una buena idea narrativa y Jorge le llevó de la mano:  "Lo que sucede es que los personajes están obligados a actuar según las leyes del mundo en que viven. O sea que el narrador es prisionero de sus propias decisiones iniciales". Nota: muchas veces le preguntaron si el malvado Jorge era un homenaje a Jorge Luis Borges, y él solo dijo que ciego más biblioteca sale el argentino. 

Un poco más sobre los personajes: Guillermo de Baskerville y Adso de Melk
grr: el otro día estuve en Oxford
y no vi a Roger Bacon!
Eco sabía que su detective iba a ser un inglés lógico, observador, deductivo (a alguien le suena esto a homenaje?- “los libros hablan entre sí”) y esto, 
post-Bacon, solo se encontraba en los franciscanos. 

Roger Bacon era un filósofo franciscano de Oxford -no confundir con el también filósofo Francis Bacon siglos después (o con el también Francis pintor!)- que puso gran énfasis en el empirismo. Nació alrededor de 1220 y le llaman "Doctor Mirabilis". 


Pero dicen por ahí que en quien se inspiró Eco para su personaje es William of Ockham, otro franciscano, este nacido en 1287 en ese pueblo al sur de Inglaterra (en la novela todos los monjes se llaman así: nombre propio y el lugar de donde vienen). William era otro filósofo e igual suena lo de "la navaja de Ockham": "en igualdad de condiciones, la explicación más simple suele ser la más probable".

William lo dijo primero:  "vamos, no te líes"

Me hace mucha gracia cómo Eco habla de ciertos rasgos típicamente británicos en Guillermo. Por ejemplo, Adso describe como hace una serie de ruiditos (los llama "gemidos", supongo que es una mala traducción del italiano) antes de empezar a hablar, tan típico- pensemos en Hugh Grant en cualquier película. También describe su sentido del humor como chocante (al menos para un alemán!): "Yo no sabía nunca cuándo estaba bromeando: en mi tierra cuando se bromea se dice algo y después se ríe ruidosamente para que todos participen de la broma. Guillermo en cambio solo reía cuando decía cosas serias y se mantenía serísimo cuando se suponía que estaba bromeando". 

Adso es el Watson de Guillermo, el novicio alemán adolescente que observa los terribles sucesos de la abadía y los narra en su vejez. Eco habla de que "quizás al escribir estaba transfiriendo a Adso muchos de mis terrores de adolescente" y de la complejidad de narrar desde alguien que vivió hechos que no entendía en su juventud y los registra, ya más sabio, en su vejez:  la dificultad de "que se entienda todo a través de las palabras de alguien que no entiende".

Guillermo, que en su día me pareció un anciano, tenía mi edad
Crear al lector
Este trozo es maravilloso, cuando Eco habla del concepto de "construir al lector": 
"Se escribe pensando en un lector. Cuando la obra está terminada, se establece un diálogo entre el texto y sus lectores (del que está excluido el autor). Mientras la obra se está haciendo, el diálogo es doble. Está el diálogo entre ese texto y todos los otros textos escritos antes (sólo se hacen libros sobre otros libros y en torno a otros libros), y está el diálogo entre el autor y su lector modelo"

Esta frase tiene un metadivague ella sola [me podría ir a Carmen Martín Gaite: "Se escribe y siempre se ha escrito (…) al encuentro de un oyente utópico"], porque los blogueros a menudo decimos que "escribimos para nosotros mismos", sin pensar en el lector, pero Eco me va a ayudar a matizarlo. Pongamos que los escritores de best-sellers escriben poniendo todos los ingredientes que harán que sus libros se vendan bien (en aeropuertos, ja), por supuesto que tienen a su lector (sus hordas de lectores!) en mente. Luego están los autores que escriben para pocos, que saben que su "Lector Modelo" no es la gran mayoría (las razones serían interesantísimas de analizar, yo me aventuro a que se aferran a que el suyo es un estilo complejo, con cierta "calidad", de dificil acceso). Luego está lo que hizo Eco, escribir para un lector que aún no existe, y que va a ser creado por el autor. Los absolutos genios son aquellos que saben captar el "zeitgeist", el espíritu de una época y se lo muestran al mundo, que aún no sabía qué quería ese tipo de literatura.

Esto hizo Eco, y se mantuvo en sus principios: por ejemplo, se negó a hacer  más asequibles las cien primeras páginas como le aconsejó su editor porque "si alguien quería entrar en la abadía y vivir en ella siete días, tenía que aceptar su ritmo. Si no lo lograba, nunca lograría leer todo el libro. De allí la función de penitencia, de iniciación, que tienen las primeras cien páginas; y, si a alguien no le gusta, peor para él: se queda en la falda de la colina". 

La clase de lector que él quería es el que se puede tragar ese primer centenar de páginas, el resto -los del aeropuerto- no le interesaban. Ole tú, Umberto: en el fondo nos has definido a esta especie que vendríamos después,  los blogueros sin éxito - algunos porque escriben mal y cosas que a nadie interesa, pero otros porque escriben demasiado, o demasiado esotérico, o demasiado profundo. Cuando decimos que "escribimos para nosotros mismos", en el fondo lo que pensamos es que escribimos para esa lectora que te va a seguir a los mismos sitios a los que tú quieres ir, aunque conlleve riesgos. Da igual que sean pocas y pocos: como Eco, buscamos "cómplices que entren en el juego". 

Nov-ensayo
"El nombre de la rosa" es lo que yo llamo un novensayo (novela + ensayo) y Eco llama "tono didáctico". Lo justifica con que ése era el estilo del cronista medieval, deseoso de introducir nociones enciclopédicas cada vez que mencionaba algo. Yo ya he contado alguna vez que me gustan las novelas que cuentan sus historias a la vez que dan mucha información extra sobre la sociedad, cultura, ideología o el tema que sea (no solo de ballenas vive la mujer, pero si es de ellas, mejor) y en "El nombre de la rosa" se aprende mucho durante las conversaciones -y algún monólogo- entre los personajes de algunos temas: filosofía, política, historia, género humano, amour (!) (ver todo más abajo). 

Solo incluyo una cita del prólogo sobre el momento histórico porque, aunque corría el SXIII, lo podríamos aplicar perfectamente a este 2024 que vivimos en estado de continua perplejidad:
“La juventud ya no quiere aprender nada, la ciencia está en decadencia, el mundo marcha patas arriba, los ciegos guían a otros ciegos y los despeñan a los abismos, los pájaros se arrojan antes de haber echado a volar, el asno toca la lira, los bueyes bailan, María ya no ama la vida contemplativa y Marta ya no ama la vida activa, Lea es estéril, Raquel está llena de lascivia, Catón frecuenta los lupanares, Lucrecio se convierte en mujer. Todo está descarriado”.

Los libros 
Pero la inmensa bibliofilia que destila la novela es mi tema favorito, y seguro que me sentí así cuando lo leí de adolescente. Es precioso ver a Guillermo absolutamente maravillado cuando por fin puede entrar en la biblioteca. Eco dice cosas muy bonitas de los libros en la novela, pero en las apostillas también algo muy sabio: "que los libros siempre hablan de otros libros y cada historia cuenta una historia que ya se ha contado. Lo sabía Homero, lo sabía Ariosto, para no hablar de Rabelais o de Cervantes". Así que su historia sólo podía comenzar con un manuscrito reencontrado.

Los libros representan el saber, y en la pugna con su opuesto, la oscuridad, está también el espíritu de la novela. El saber es mercancía de intercambio en la abadía. Al querer saber, lo llaman lujuria: “para el monje la tentación es la seducción del conocimiento” o “Bencio es víctima de una gran lujuria, y que no es la de Berengario ni la del cillerero, sino la de muchos estudiosos: la lujuria del saber. Del saber por sí mismo”. La ciencia, por tanto, es interpretada como una “acción del diablo” y es usada no para iluminar, sino para ocultar. Guillermo representa las antípodas de ese pensamiento porque él enseña a su discípulo el contraste entre lo observable (o sea la naturaleza, los hechos, la ciencia) y lo inventado, y ataca la ocultación del saber para controlar, el gran tema: 
"El bien de un libro consiste en ser leído. Un libro está hecho de signos que hablan de otros signos que, a su vez, hablan de las cosas. Sin unos ojos que lo lean un libro contiene signos que no producen conceptos y por tanto es mudo quizás esta biblioteca haya nacido para salvar los libros que contiene, pero ahora vive para mantenerlos sepultados".

El miedo
El miedo está muy presente en toda la novela. Los poderosos usan la superstición para controlar ahora y por supuesto, entonces.  Están convencidos de que "el mal existe y de que esto conforta a la gente" [esto aún es así, y en lugar de intentar desentraniar los mecanismos de ese mal para acabar con él, se mira otro lado y se le llama "El Mal", dando soluciones simples a problemas complejos]. “¿Qué les contaremos a los pecadores si quitan el infierno?”, se preguntan en la novela [hoy podría ser cualquiera de esos senuelos que nos ponen para distraer de lo importante]. En realidad, son los inquisidores los que crean a los herejes: si no, se les acaba el chollo [lo de justificar la existencia de tu rol sinsentido vía reuniones vacías vive su máximo apogeo en mi curro, donde hay más gestores que médicas]. Los simples siguen las herejías porque les sugieren la posibilidad de una vida distinta, porque para ellos el infierno existe, ya en la tierra [qué hay más actual que esto?].

Pero como digo, lo que más aterra es el miedo al saber: al final, va todo de ocultar libros para que el resto no sepan. En oposición a estas fuerzas del mal tenemos a Guillermo, que dice cosas como estas: "Nadie nos exige que sepamos Adso. Hay que saber, y eso es todo, aún a riesgo de equivocarse".

La risa
Muy unido al miedo está la risa, porque lo ahuyenta. La risa es mala porque fomenta la duda. Me encantan cuando Eco “se deja ir” y habla de este tema, porque creo fervientemente que vinimos a este mundo a reír. Un día sin risa es un día peor y aprender a reír del absurdo y sobre todo, de nosotras mismas, te da muchos puntos para aquello del “vive y deja vivir”. Incluyo parte del famoso discurso de Jorge en contra de la risa, que describe perfectamente el espíritu de la novela, y el de la tradición judeocristiana, tan llena de calvarios, de culpa, de manolas, de cilicios, y que se comenta a él mismo:
"La risa libera al aldeano del miedo al diablo, porque en la fiesta de los tontos también el diablo parece pobre y tonto y por tanto controlable. Pero este libro podría enseñar que liberarse del miedo al diablo es un acto de sabiduría. Cuando ríe, mientras el vino gorgotea en su garganta, el aldeano se siente amo porque ha invertido las relaciones de dominación. Pero este libro podría enseñar a los doctos los artificios ingeniosos -y a partir de entonces ilustres- con los que legitimar esa invención. (...) La risa distrae por unos instantes al aldeano del miedo. Pero la ley se impone a través del miedo, cuyo verdadero nombre es temor de Dios. Y qué seríamos nosotros criaturas pecadoras sin el miedo tal vez el más propicio y afectuoso de los dones divinos"
La pobreza, vestigios de capitalismo
Eco, que era además de especialista en semiótica era medievalista, invierte muchas páginas en que el lector entienda el momento histórico que vivía la Iglesia con un potencial cisma entre dos de sus facciones (de hecho, hay un encuentro de ambas en la abadía y Guillermo es el "facilitador").

El segundo día por la mañana (Tercia), Guillermo le explica a Adso que en sus respectivos países, Alemania e Inglaterra, la ciudad no está desarrollada como lo está en Italia, donde han comenzado a tener más importancia que el emperador o los reyes. En las ciudades se comercia, se toman decisiones y el verdadero rey es el dinero -mientras que en Alemania e Inglaterra el trueque todavía funcionaba; pero en Italia, son los bienes lo que se utilizan para obtener dinero.
“Así se explica que la rebelión contra el poder se manifieste como reivindicación de la pobreza, y se rebelan contra el poder los que están excluidos de la relación con el dinero, y cada vez que se reivindica la pobreza estallan los conflictos y los debates, y toda la ciudad, desde el obispo hasta el magistrado, se siente atacada directamente si alguien insiste demasiado en predicar la pobreza (...) todo ha cambiado y para ello la abadía tiene que cambiar. Y como hoy este país no se domina con las armas ni el esplendor de los ritos, sino con el control del dinero, se quiere que la abadía -incluida la biblioteca- se convierta en un taller, en una fábrica de dinero”.
Lo diré de nuevo: es todo tan actual. Si pensabas que el sistema económico del medievo era el feudalismo, ya puedes ver brotes de capitalismo ahí. 

En las conversaciones sobre la pobreza, debatían los franciscanos (team-pobreza, no hay más que ver sus túnicas) vs. los benedictinos, que aseguraban que “Cristo tenía una bolsa”.  ¿Era Cristo pobre? ¿Importa?  Me pregunto cuál será la respuesta de un no-católico a la lectura de este libro, supongo que le será mucho más difícil de entender. A mí me tocaban las discusiones político-religiosas de ambas facciones, y tomaba parte, tal vez porque como ex-católica he conocido las incoherencias de la iglesia de cerca, y he visto -cosas que no creeríais- La Oscuridad.

Debate sobre la pobreza:
antes muerta que sencilla


El amor
Es curioso porque dentro de su faceta novensayista, en "El nombre de la rosa" habla mucho del amor, a tenor de la noche de pasión de Adso. No todo iban a ser aburridos debates sobre si Cristo era duenio de la ropa que llevaba. Como las tenía subrayadas del pasado y seguro que me impresionaron en mi primera lectura adolescente, incluyo un par:

“Debes aprender a distinguir entre el fuego del amor sobrenatural y el delirio de los sentidos (...). Nada hay en el mundo, ni hombre ni diablo ni cosa alguna, que sea para mí tan sospechosa como el amor, pues este penetra en el alma más que cualquier otra cosa. Nada hay que ocupe y ate más el corazón que el amor. Por eso, cuando no dispone de armas para gobernarse, el alma se hunde, por el amor, en la más honda de las ruinas”

“el goce, llama, la llama muerte, la muerte abismo, el abismo perdición, la perdición delirio y el delirio pasión”

Adso termina enamorado del amor y dice cuando piensa que no va a volver a ver a su amada: “era como si toda la creación me hablara de ella y deseaba así volver a verla pero también estaba dispuesto a aceptar la idea de no volver a verla jamás y de no unirme más a ella siempre y cuando pudiese sentir el gozo que me invadía aquella mañana y tenerla siempre cerca aunque estuviese por toda la eternidad lejos de mí".

De esta noche voy a vivir toda mi vida, baby

El cuarto día después de completas Adso se pone a buscar en los libro sobre el mal que le aflige, y Eco sigue con su ensayo sobre el amor, vía los libros que lee nuestro protagonista:

“Ibn Hazm describe el amor como una enfermedad rebelde que solo con el amor se cura. Una enfermedad de la que el paciente no quiere curar, de la que el enfermo no desea recuperarse (...) al parecer el amor entra por los ojos y quien padece dicho mal demuestra como síntoma inconfundible un júbilo excesivo y al mismo tiempo desea apartarse y prefiere la soledad, a lo que se suma un intenso desasosiego y una confusión que impide articular palabra… me estremecí al leer que cuando se le impide contemplar el objeto amado el amante sincero cae necesariamente en un estado de abatimiento que a menudo lo obliga a guardar cama y a veces el mal ataca al cerebro y entonces el amante enloquece y delira”.

“Avicena define el amor como un pensamiento fijo de carácter melancólico que nace del hábito de pensar una y otra vez en las facciones, los gestos o las costumbres de una persona del sexo opuesto. No empieza siendo una enfermedad pero se vuelve enfermedad cuando al no ser satisfecho se convierte en un pensamiento obsesivo que provoca un movimiento incesante de los párpados, una respiración irregular, coma y risas y llantos intempestivos y la aceleración del pulso. Para descubrir de quién estaba enamorado alguien, Avicena recomendaba un método infalible que ya Galeno había propuesto: coger la muñeca del enfermo e ir pronunciando nombres de personas del otro sexo hasta descubrir con qué nombre se le aceleraba el pulso. El remedio que Avicena sugería era unir a los amantes en matrimonio con lo cual el mal estaría curado en breve”.

En resumen = me encantó
Y volví a tener el corazón a mil al leer la última escena:
qué más se puede pedir a una relectura?
A veces creo que Eco puso todos los ingredientes en la olla para que “El nombre de la rosa” fuera tan importante para mí: es mucho más que una novela de detectives, pero tiene una intriga magistral -pero como hemos dicho quien vaya solo a por eso no podrá con el resto, porque lo que tiene es múltiples digresiones (divagues!) sobre lo divino y lo humano. 
Tan espectacular es el final que, pese a conocerlo tan bien, en la escena última de la biblioteca me ocurrió algo inusual leyendo -pero que este año la he experimentado dos veces, la otra al final de Ripley-:  palpitaciones. Todos sus temas subyacentes siempre me han interesado -como he ido explicando.  Es prácticamente una "novela de campus": encierra a sus personajes en una abadía -ambiente más opresivo solo se encuentra en manicomios victorianos los páramos de Yorkshire- en un contexto histórico que me encanta, el medievo (dame más oscuridad, superstición, brujas!). Y no puedo estar más de acuerdo con su filosofía, en decadencia en el mundo en que vivimos. Por ello termino con una de las citas que la resume, y a la que le tengo particular cariño porque me la encontré copiada - entre pegatinas de “Intsumisioa” y “A's” encerradas en círculo- en una de las páginas de la carpeta clasificadora de un chico alto con el que por entonces empezaba a salir. 
"Huye, Adso, de los profetas y de los que están dispuestos a morir por la verdad porque suelen provocar también la muerte de muchos otros, a menudo antes que la propia y a veces en lugar de la propia. Quizá la tarea del que ama a los hombres consiste en lograr que estos se rían de la verdad, lograr que la verdad ría, porque la única verdad consiste en aprender a liberarnos de la insana pasión por la verdad".
Nelson Mandela dijo aquello de "no hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuánto has cambiado tú”. Me ha encantado volver a este libro tantos años después y comprobar que, sin importar lo que yo haya cambiado,  mi pasión por él -y las ideas que aprendí de él- sigue igual.