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01 noviembre 2026

"La gran fortuna" de Olivia Manning: Quien desconoce su pasado, está condenado a repetirlo.

"La gran fortuna" (1960) es la primera novela de una serie de seis titulada "Fortunes of war" ("Los azares de la guerra"), que se compone de dos trilogías: "La trilogía balcánica"  y  "La trilogía levantina", que concluyó su autora, Olivia Manning, en 1980. Cuando veo lo que me ha costado a mí terminar las crónicas de México, puedo entender que a la autora le costara veinte años completar los años de su experiencia personal viajando por Europa durante la Segunda Guerra Mundial. 

Antes de empezar, decir que me ha costado varios meses terminar la primera novela, porque compré una edición con los tres libros de la trilogía balcánica -ladrillo de casi mil páginas-, que no era buena compañera de viaje. Así que lo empecé antes del verano y lo retomé en septiembre, siendo luego una lectura lentísima porque este pasado mes he escrito mucho. A esta autora llegué por el mismo crítico literario que me llevó a la novela de las monjas del SXIV de la maravillosa marxista Sylvia Townsend Warner  ["The corner that held them"]. Las monjas no están traducidas al castellano, pero he descubierto que la trilogía balcánica sí y editada por Libros del Asteroide. 

Si una se fija en los personajes de la tapa... ¿quiénes son? Igual se ve un poco más claro abajo. ¡Sí, Emma Thompson y Kenneth Branagh! Ambos se conocieron en el rodaje en el que interpretaron a la pareja protagonista en la serie de la BBC 4 en 1987. Yo creo que los vi juntos por primera vez en "Los amigos de Peter" (1992), dirigida por Branagh, y al año siguiente en su adaptación del bardo "Much Ado About Nothing" ("Mucho ruido y pocas nueces") y me colgué de su interpretación y de la química entre esa Beatrice y ese Benedick. No me acordaba, pero hice un breve divague sobre esta peli en 2012, en el que colgué la maravillosa escena final ["Sigh no more"] y conté que la fui a ver al cine Sagasta con Fashion y la Yaya, que salió comentando "qué grandes enseñanzas se pueden sacar de esta película". O sea, más o menos como yo cuando, según Mini, intento hacer de todo "algo educacional": claro que en 2012 Mini aún no me debía decir esto porque no tenía ni 4 años, y la Yaya aún estaba por aquí compartiendo tanta sabiduría.  


En fin, no se quejen: que esto se llama divagando por algo. Volviendo a las novelas, narran la vida de una pareja joven, los Pringle, que acaban de llegar a Bucarest, y luego seguirán por Grecia, Egipto y Palestina, y son lo que hoy llaman "autoficción", prácticamente autobiográficas. Harriett y Guy llegan a Bucarest en tren justo el día antes de que el Reino Unido declare la guerra a Alemania tras su invasión de Polonia el 3 de septiembre de 1939. Harriett tiene solo 21 años y se ha casado hace poco con Guy, que va a ser profesor de inglés en la universidad, financiado por el British Council. Guy Pringle es la típica personalidad "A", carismático, confiado, más grande que la vida, y profundamente de izquierdas: él no aspira a ser directivo de ninguna empresa ni a forrarse, él usa toda esa energía que le sobra en "el bien". Es uno de esos personajes perfectos sobre el papel, pero que acaban cargando: viene a ser el Viktor László de Casablanca, pero con quien tú quieres que se quede Ilsa es con el perdedor Rick. 

Además, es que lo vemos todo a través de la mirada de Harriett, que tiene que sufrir en sus carnes toda esa bondad: que le dé su dinero a un refugiado que conoce en el tren, que aloje en su casa a uno que se dice expríncipe ruso con mucho morro, que, por muy tarde que ella llegue a una cita, él siempre va a llegar más tarde, eufórico con algo nuevo. Harriet se da cuenta enseguida de que él "está interesado en las ideas, mientras que ella está interesada en las personas; para él las relaciones personales eran algo menor, a él lo que le llenaba era el mundo de puertas para afuera". Su marido le daba la ilusión de seguridad, pero "empezaba a creer que tal no era nada más que una ilusión". Guy era uno de “esos puertos que terminan siendo demasiado poco profundos: no había manera de entrar en él”.

Y lo peor de estar con alguien así es que no puedes abrir las pequeñas ruindades del corazón que todos -menos tipos como Guy- tenemos. Harriett desprecia a los campesinos, porque los había visto maltratar a sus mujeres y a los animales, o a los mendigos. Los describe como un “purgatorio de mendigos profesionales”, que piden con teatralidad, como plañideras, que la frustran con su insistencia. Mendigos que cuando cae el invierno no sobreviven a las noches de nieve. El capitán invierno. 

El tema de los mendigos es terrible, reflejando la pobreza del país -siento que Harriet los deshumaniza-, pero no es solo con ellos: en general, los británicos viven muy separados del común de los rumanos, a los que miran por encima del hombro [“pueden absorber hechos, pero no pueden hacer nada con ellos”], los tachan de poco creativos. La novela describe muy bien al grupo de británicos expatriados en Bucarest durante la guerra, que se reúnen en el bar de la legación británica, un montón de personajes extraños: periodistas, académicos, diplomáticos, judíos banqueros, timadores. Gente que dice cosas como "Fulanita no se casó hasta que tenía 30 años - parece que esto ocurre con las mujeres con carrera profesional". Pero claro, era 1939 y Rumanía, hay que entender, amigas, que el machismo era una manera de entender la vida y aún no existía el concepto de mansplaining,  pero es que los hombres en este libro no paran de "instruir" a las mujeres. En fin, que vamos para atrás, pero yo de verdad no creo que podamos como sociedad retornar a ese agujero. 

Mientras tanto, "The great fortune" cubre un montón de acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial, que ocurren de fondo: la descrita caída de Polonia, el asesinato del primer ministro rumano Călinescu [por la Guardia de Hierro, el movimiento fascista rumano], la guerra ruso-finlandesa, la invasión de Dinamarca y Noruega y luego los Países Bajos por Alemania, el golpe de Estado que reemplazó al primer ministro Gheorghe Argeșanu por Constantin Argetoianu, la caída de Francia y la evacuación de las tropas británicas de Dunkerque y la entrada de Italia en la guerra del lado de Alemania.

Volver a todo esto fue una de las razones para leer esta novela: sé muy poco de historia y me cuesta la literatura bélica, por eso me aproximo desde la visión de las mujeres, por ejemplo con "Testamento de Juventud" o "Una y otra vez". La segunda razón sigue siendo mi intento de entender qué debe ser vivir la vida diaria cuando hay una guerra - especialmente ahora que ya nos han dado instrucciones de supervivencia aquí en UK también "por lo que pueda pasar". Prefiero no pensar en ello;  quedé muy impresionada por el refugio antiaéreo ese que hay cerca de casa, y estoy en negación ante la idea de bajar ahí, bailar foxtrot y salir por la mañana a ver si aún está mi casa.


En este caso, te puedes hacer una idea de lo que es observar la guerra desde una esquina, con el temor de que la invasión te llegue a ti. Me han chocado cosas como que ¿hay
 gente que aún esquía? Porque los Pringle se van un fin de semana a la montaña donde "los hoteles estaban vaciándose porque los esquiadores se iban a los Alpes": o sea, ¿los ricos siguen con su programa de festejos intacto? Eso y que parece que los no tan ricos también se olvidaron de la guerra y la amenaza de invasión durante las primeras Navidades de la guerra. 
 
Otra cosa curiosa es cómo se informaban, porque avanzo que no había Tiktok (sorry Gen-Z): Harriet describe que en el escaparate del buró de información alemana había un mapa de Europa y la gente se agolpaba ahí para ver cómo avanzaba la guerra: comienza con Polonia repartida entre Alemania y Rusia, con una esvástica encima de Varsovia. Poco a poco, las flechitas rojas van avanzando y al final de esta primera novela, es desolador ver la esvástica encima de París.

Otra era en el cine, donde proyectaban películas informativas de la guerra: un día llegaron noticias del bombardeo de París y una película francesa mostraba refugiados caminando destrozados por una carretera. Pedían que se les tuviera compasión. Pero la película alemana que le siguió despreciaba la compasión - me la imagino como aquellas bellas imágenes de "Olimpia" de Leni Riefenstahl. Luego mostraba la toma de algunas ciudades francesas sin resistencia y Manning describe a los nazis:
“los jóvenes rubios, de pie sobre los tanques, riéndose desde las ruinas. Mantenían sus cabezas hacia el sol y cantaban «qué importa si destruimos el mundo, cuando sea nuestro, lo construiremos de nuevo». (...) Los miles de tanques parecían monstruosos desde esos ángulos de la cámara. La audiencia, que todavía pensaba en guerra de caballería, los miraba en silencio. Al salir, Harriet escuchó una conversación de tres chicas: «Qué guapos estos jóvenes, parecían los reyes de la guerra». A Harriet se le hizo extraño al salir a las calles, ver los edificios todavía ahí, de pie". 
Este párrafo me ha impactado por la banalidad con la que esas chicas de hace no llega un siglo hablan del fascismo -que en nada tendrán a las puertas- y el terrible paralelismo con el momento actual. Porque hoy estamos muchos asustados, pero luego hay una gran parte de la población que está asumiendo ciertos discursos como válidos. Los derechos actuales les han venido dados y no tienen ni idea de lo que es vivir bajo los ideales de esa gente, eso los jóvenes; los mayores, no sé qué pensar. 

El notar esa infiltración de ideas en lo que leo -afortunadamente, no la vivo en primera persona porque trabajo en un "nido laborista", como dice el Peda- me recuerda a cómo avanza todo esto: imposible no recordar al gran poema de Michael Rosen: "el fascismo llega como tu amigo". En la novela, el avance es también gradual, los alemanes "ocupan" el bar de los británicos, y nadie reta ese gesto: "al final, los alemanes tenían la ventaja de sus agresivos malos modales y los ingleses, la desventaja de su aversión a  hacer una escena". Gradual, pero agresivo: 
“la atmósfera política iba cambiando: un día aparecieron folletos debajo de los cristales de las mesas de los café indicando que estaba prohibido, bajo la amenaza de arresto, hablar de política. Se podría terminar en uno a de los nuevos campos de concentración organizados siguiendo el modelo alemán en algún sitio en los Cárpatos remotos”.
Cuando termino el libro ocurre una de esas serendipias de la literatura:  estoy divagando sobre el último de Rachel Cusk  ["Kudos" ] con casi dos meses de retraso, y me doy cuenta de que ha sido justamente Cusk la que ha hecho el prólogo de la última edición de "The great fortune" - no está en mi edición que es de 1981 pero veo que sí en la de Asteroide. Cusk me gusta y aprendo de ella, pero cada vez noto más que se tira demasiado al monte del psicoanálisis. Pues bien, en este divague suyo del libro ha perdido totalmente el oremus: atención a su tesis. Hay un momento en la novela en el que Harriett le dice a otro personaje que sus padres no la quisieron. Según Cusk, este es el eje central de toda la saga, y que "el conflicto central es entre la necesidad de Harriett por apego, amor y comprensión y el compromiso de su marido con ideales sociales más amplios"

"El mundo se derrumba, y nosotros nos enamoramos", como le dice Ilsa a Rick. Pero es una peli de 90 minutos. Reducir esta novela -no he leído las cinco que quedan- al conflicto emocional de una testigo me deja perpleja. Igual hace 30 años me hubiera preguntado si me había perdido algo, ahora ya sé cómo se las gastan quienes usan ese marco mental para explicarlo todo. 

Si me hacen resumir el eje central en una frase, para mí sería el clásico de Santayana: 
"Aquellos que no pueden recordar el pasado, están condenados a repetirlo". 

29 octubre 2026

"Los adioses" de Juan Carlos Onetti: Cuando dejé de buscarla, ella me encontró

Morirse
no morirse
y estarse triste repartiendo adioses
moviendo
adiós
apenas
el pobre corazón como un pañuelo.

 Idea Vilariño
"Los adioses", en "Nocturnos" (1955)


Empiezo con este poema que comparte título con la novela de 1954 de Juan Carlos Onetti sobre la que voy a escribir hoy. Novela corta que Onetti dedicó a Vilariño, con quien tuvo una turbulenta historia de amor durante mucho tiempo, aunque nunca se casaron. De hecho, en medio de su relación con ella, él se casó con otra -la tercera de sus cuatro mujeres, las dos primeras, sus primas, hermanas entre ellas. Qué puedo decir: soy del equipo Idea, ya desde que leí por primera vez su famoso poema "Ya no" -dedicado a Onetti- y que aquí podéis escuchar recitado por la autora. 


De Onetti solo había leído "El astillero", y releyendo aquel divague en preparación de este, algo que había olvidado: resulta que yo había leído/escuchado en algún sitio que "Los adioses" era la obra maestra de Onetti y una de sus preferidas. Antonio Muñoz Molina, que hizo el prólogo de la edición de Seix Barral de 2003, opina que es "una de las dos o tres mejores novelas cortas que se han escrito en español". También le hizo el obituario cuando murió, tras pasar muchos años recluido en su cama de la avenida de América 31 en Madrid. Se había exiliado aquí con su última mujer 19 años antes desde Uruguay, país al que no volvió, incluso cuando terminó la dictadura. Hay mucha información sobre su vida en el podcast de "Grandes infelices".

Así que con cierta obsesión de encontrar "Los adioses" me lancé a las calles en Barcelona en su búsqueda hace cuatro años y medio -una época marcada por una felicidad luminosa, acababa de nacer Roc. Tras placentero peregrinaje por esas maravillosas librerías de Barna, me dijeron que estaba descatalogada, y así es como terminé comprando "El astillero". Sin embargo, oh destino: el 31 de agosto -lo recuerdo muy bien porque era el cumple de mi madre y luego iríamos a la floristería- en una librería de segunda mano en Donosti, el libro me encontró a mí. Como digo, me había olvidado de mi obsesión de hace años -tanta obsesión no sería, pensará el divagante- pero al verlo algo me sonaba que no lograba identificar y lo compré. Tal vez el soufflé se había bajado por la complejidad de "El astillero", tanto que aquel divague -haciendo un guiño a que Onetti fue uno de los pocos existencialistas sudamericanos-, se titulaba "El astillero me pudo llevar a una crisis existencial".

La edición que compré es de 1978, de Barral Editores [Carlos Barral se separó de la familia Seix en 1969, pero fueron absorbidos por Planeta en 1982 y Seix-Barral funciona como sello editorial de mayor calidad dentro del macrogrupo] y difiere de la de 2003, no solo en que naturalmente no tiene el prólogo del autor de "Plenilunio", sino que el epílogo de Wolfgang A. Luchting titulado "El lector como protagonista de la novela" está como prólogo, luego sigue media página de Onetti agradeciendo a Luchting su pieza (y esta media página se titula "Media vuelta de tuerca", novela que Luchting ha citado), y por fin comienza la novela, que solo tiene 89 páginas. 

Yo nunca leo los prólogos hasta que no haya terminado las novelas, y menos mal, porque aquí la destripa por completo. Comienza con una frase que me espanta, pero doblemente porque viene de mi admirado Cortázar (*)
"esta novela que, de un modo casi asombroso, anticipa muy temprano todas aquellas tendencias recientes que exigen al lector, con los términos de Julio Cortázar, que sea, en vez de un «lector hembra», que se deja entretener, «un lector macho», uno que crea junto con el autor, el mundo ficticio de éste. que sea un «lector cómplice»".
(*) Cortázar se disculpó por esto [Señor, en las que nos tenemos que ver las mujeres]. El Gran Cronopio es uno de los grandes en eso de incluir al lector en el proceso de creación, pero también lo es Onetti según Luchting: ya lo hace en "El astillero", cuando ofrece dos finales de la novela, o en "La vida breve" cuando Luchting dice que "le da la impresión de que los personajes están inventando al autor". También dice que la técnica que usa Onetti en esta novela para implicar al lector es la del "punto de vista".

En "Los adioses" lo vemos todo desde los ojos de un hombre que regenta un almacén (entiéndase: un colmado de lugar remoto que hace también de bar y correos) en un pueblo de montaña donde hay un sanatorio para tuberculosos -el mismo almacenero fue uno de ellos [«hace quince años que vivo aquí y doce que me arreglo con tres cuartos de pulmón»]. Aquí llega nuestro protagonista, un hombre de unos 40 años que se aloja en el hotel, no en el sanatorio, y en la primera conversación entre el almacenero y el enfermero ya conocemos su pronóstico: parece que el almacenero no necesita "nada más que verlos llegar almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y de reto" para saber si se van a salvar. A él le hubieran bastado "aquellos movimientos sobre la madera para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de dónde sacar voluntad para curarse".  Y por si alguien aún dudaba del existencialismo en Onetti, sigue: "una desesperación a la que está ya acostumbrado, que conoce de memoria. No es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse".

Es imposible que un sanatorio para tuberculosos no te lleve a la maravillosa [así la recuerdo tras más de 30 años -no hay divague, era preblog-, quién sabe si la releyera] "La montaña mágica" o a la para mí decepcionante "Tierra de empusas" de Olga Tokarczuk. El subir a cualquier montaña en un estado de enfermedad sin saber si vas a bajar es de nuevo existencialismo básico, pero mucho más si eras, como el hombre, el mejor jugador de "básquetbol" y llevas el último año poco a poco asumiendo tu pérdida de salud, que el almacenero describe:
"Sin alegría, pero excitado pude explicarme la anchura de los hombros y el exceso de humillación con que ahora los doblaba, aquel amansado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido, no solo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción del derecho a un orgullo. Había vivido apoyado en su cuerpo; había sido, en cierta manera, su cuerpo.  Acepté una nueva forma de la lástima, lo supuse más débil, más despojado, más joven".
Este hombre va regularment al almacén a coger correspondencia que le llega de dos mujeres, con sobres muy diferenciados: unos a máquina, otros manuscritos. Ambas llegarán en un punto al pueblo de montaña y de sus circunstancias y de la relación que parece que tienen con el hombre empieza a especular el pueblo entero y nosotros, a través del almacenero que opina, "lo que le estaba dejando a la otra no era el cadáver del hombre, sino el privilegio de ayudarlo a morir, la totalidad y la clave de la vida del tipo". Y aquí lo dejo, o me va a quedar el divague más largo que la novela- como se me ha achacado antes.

Onetti afirmaba que no corregía lo que escribía: “Yo no corrijo, porque no sé escribir mal”, y madre mía, cómo escribir con su densidad, que es la de la poesía, sin volver y volver y volver.  Tenerlo todo en la cabeza, como un freak de las matemáticas que haga cálculos imposibles sin papel y boli - bueno, hoy en día, hoja de cálculo. Pero esta no es una obra de hoy en día: tan alien la deben considerar los editores que, con suerte, solo podrás dejar que la propia novela te encuentre -en una librería de viejo, la estantería de una amiga, un montón de libros de intercambio- a ti.

28 octubre 2026

¡Ahí nos vidrios, México! [Méx20]

 Viernes, 31.07.26: Último día en CDMX

Hoy es nuestro último día de viaje. Como tenemos vuelo de noche, aprovechamos todo el día en la ciudad. Sí, sí, primero desayunar en la terraza de este descubrimiento de hotel y quedarnos un rato leyendo. Tristemente, no tenemos espacio ya en el estómago para más tortas ni palomitas hoy. 


Hacemos el check-out, dejamos las maletas en recepción y nos vamos de turisteo porque sí, quedaban cosas: CDMX no te la acabas nunca. 

La Biblioteca de la Cámara de Diputados está en la calle Tacuba y nos la encontramos por casualidad. Incluyo el artículo 3 constitucional que estaba en la pared sobre que la educación que impartiría el Estado sería "socialista, excluyendo toda doctrina religiosa, fanatismo...". 



Seguimos por Tacuba [me encanta este nombre] que está llena de perfumerías.  Parece que durante la Revolución Mexicana, como se interrumpió la llegada de perfumes de Europa, los perfumistas locales comenzaron a fabricar sus propios productos, de nombres tan atractivos como "Siete Machos" o "Añeja Lavanda". La calle se llenó de "boticas" que elaboraban perfumes y lociones y hay negocios familiares como la Perfumería Cuba XI (fundada en 1930 en el No. 13) se han mantenido por casi un siglo. Aquí está también el Museo del Perfume, pero me imagino que no será de oler montones porque tras unos pocos, te bloqueas. 




En el que sí entramos es en el Museo Nacional de Arte (MUNAL), también en Tacuba. Está desde 1982 en lo que fue el Palacio de la Secretaría de Comunicaciones y Obras Públicas: un edificio monumental de estilo ecléctico y la verdad, muy chulo. La colección permanente cubre arte mexicano desde mediados del SXVI hasta mediados del SXX. Un breve paseo por el edificio:



De arte nos centramos en el SXX, con varios cuadros de grandes muralistas y otros de gente que no conocemos. También vemos arte sacro de la época colonial. 


Y ya para terminar nuestro recorrido por Tacuba, visitamos el Palacio Postal, otra obra de arquitectura ecléctica que fue construida a comienzos del siglo XX -se terminó en 1908- como uno de los símbolos del Porfiriato. 



Por dentro, te sientes en una película de época, con vestido de talle bajo y sombrero cloché. Es precioso, lleno de detalles, y hay una exposición de mundiales de fútbol arriba. Compramos papel de carta y Mini escribe una al Náufrago Ro [que le cuesta mucho llegar, aunque no tanto como la postal de Sudáfrica]. También juegan al futbolín, el Peda anota: Mini 3-Peda 10. 







De allí al Café Popular del que éramos regulares en 2004. La comida decepciona, pero la decoración art deco vivida me encanta:


Rodeando el Zócalo al antiguo Colegio de San Ildefonso, donde solo vemos el patio porque ya no tenemos tiempo. 


Librerías de viejo



Y ya se acaba esto. Pasamos por La Vasconia a por bollos para el viaje, malteada y tacos pero tardan mucho y nos vamos sin los tacos. Se ha nublado y está todo oscuro en nuestro camino al hotel. Comienza a llover. 



Es lo último que quieres cuando llamas un Uber para el aeropuerto, que llueva: es un 100% más caro que el día anterior, pero lo peor son los atascos. Estamos en el cogollo de la ciudad y no se mueve. Cuando tienes que coger un vuelo transatlántico, estar en un atasco en una macrourbe nunca es una buena sensación. Menos mal que el taxista nos cuenta su vida como distracción. Es soldador de profesión y estuvo trabajando en Houston durante 10 años [de 2008 a 2018] sin salir por estar en situación irregular. Su familia estaba en CDMX: ¿alguien imagina lo que es eso?  ¿Dejar a tus hijos pequeños y verlos 10 años después? Dijo que ganaba 3.000 $ a la semana, pero que al final se volvió. Hemos llegado al final con dos horas y media antes de volar, y salimos con una hora de retraso, lo que hace el transbordo al día siguiente -tras un vuelo nocturno aburrido y con mala comida- en Frankfurt un poco de infarto.


Aterrizamos en Londinium hacia las 16:30 del 1 de agosto, a saber qué hora "de los cuerpos mexicanos". Es sábado, nos queda el domingo para intentar poner los relojes biológicos en orden. Ha costado tanto escribir esta serie, hoy es 27 de octubre, tres meses más tarde, que ya no recuerdo lo duro que fue ese día. Y ahora tengo esa sensación tristona de que se ha acabado verdaderamente el viaje: aquí digo adiós -o hasta luego- a México, uno de mis países favoritos. 

Y me despido con una frase y con una canción. La frase es de Mark Twain, de su libro de viajes "The Innocents Abroad" ["Guía para viajeros inocentes"] que ya está en mi lista para los siguientes meses y que espero refine mi habilidad como cronista viajera. Esta frase resume una de las razones por las que creo que ciertos viajes nos pueden hacer a algun@s mejores. He dicho ciertos y a algun@s. También me doy cuenta de la suerte que hemos tenido en la vida los que hemos podido viajar así:
«Viajar es fatal para los prejuicios, la intolerancia y la estrechez de miras, y muchos de los nuestros lo necesitan urgentemente por estas razones. Una visión amplia, sana y caritativa de los hombres y las cosas no se puede adquirir vegetando en un pequeño rincón del mundo durante toda la vida.» ["Travel is fatal to prejudice, bigotry and narrow-mindedness, and many of our people need it sorely on these accounts. Broad, wholesome, charitable views of men and things can not be acquired by vegetating in one little corner of the earth all one’s lifetime.”]

Y la canción no es mexicana, sino de un grupo español "de mi época", pero sale en la banda sonora de una película mexicana y, como a Mini le gusta mucho, ha estado presente durante todo el viaje, y en mi cabeza mientras escribía esta serie. Hasta el siguiente, divagante. 

En un mundo descomunal
Siento mi fragilidad
(...)
Me da miedo la enormidad
Donde nadie oye mi voz
(...)
Y en mis tonterías
Para hacer tu risa estallar

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27 octubre 2026

Feliz cumple, Fashion!

 Entre pitos y flautas, desde el 2022 no le escribo nada a Fashion para su cumple. Madre mía: cuatro años. Roc tenía unos meses y ya sé que no seré capaz de superar aquel divague porque -afortunadamente- la locura del bebé ["el palacio del bebé/ lo pasaremos bien"] ya terminó y la mayoría de mis quejas por "hermana abducida" se han ido poco a poco diluyendo. A ver, no diremos que Fashion ha vuelto completamente: Roc aún sigue vistiendo de beige como si fuera una pija del barrio de Salamanca, siguen viviendo en una zona "buena para los coles" -que no apruebo porque está demasiado lejos de "La Central" y, alguna vez, alguna rara vez, he visto dar al niño magdalenas para merendar. Pero se ve luz al final del túnel. 

Sí, aún queda mucho por hacer con Fashion hasta "el Micra" -cuando seamos ancianitas adorables, ambas con pelo corto y blanco como Sofía de "Las chicas de oro", Fashion y yo recorreremos el mundo en un Nissan Micra color azul glacial-, pero de momento hay que darle un voto de confianza porque vamos en la dirección adecuada. Tanta positividad es porque escribo esto el día en el que la extrema derecha ha sido frenada en Brasil, así que estoy contenta pese a que estoy sufriendo un proceso viral o fresher's flu de viejos que me lleva tocando los piiii más de una semana. Nota: proceso viral contagiado por el simpático compa de piso, que el sábado pasado -cambio de hora- adaptó la famosa "qué bien, tendremos una hora más para dormir" a "qué bien, tendremos una hora más para toser". 

Nuestros nuevos mejores amigos

Fashion: he intentado felicitarte con lo que más alegría te iba a dar: La Bruja. Y para que veas mi compromiso con tu cumple, me he puesto un abrigo por encima del pijama [en Londinium no eres nadie si no has salido al menos una vez a la calle en pijama] y he bajado a hacerle una foto, para que le enseñes a mi ínclito sobri, con la promesa de que bajaré la noche de Halloween a hacer una videoconferencia con él desde aquí. Sin embargo, oh destino, no solo no había casi ninguna casa decorada sino que: 

La bruja [quien quiera verla para saber al terror al que nos referimos, aquí] no está en el lugar: desolador. Así que termino con una foto que robé el otro día en la Frieze, la feria del arte moderno y en general el tortazo y la tontería a la que fui el otro día:


La foto es del chileno Alfredo Jaar de 1981 (casi el año en que naciste), de su serie "Estudios sobre la felicidad" (1979-1981), y la siguiente es mía. Esperando con todo mi coração que tengas un feliz cumpleaños -este año separadas, maldición- y que seas siempre muy feliz. 💓



26 octubre 2026

Yísus nunca aparece en Zicatela. Palomitas con cerveza en esa terraza de CDMX. Spiderman en mi ascensor [Méx19]

Jueves, 30.07.26: CDMX

A las 8:00 [insisto: los seniors no duermen], el Peda y yo [Mini obviamente duerme a pierna suelta] nos vamos a dar un último paseo hacia la parte izquierda de la playa de Zicatela. He echado de menos estas vacaciones bañarme en el mar, aunque ya sabía a lo que veníamos: incluso en la Rough del 2004 ya explican que en todos los hoteles hay piscina porque este es un mar para tenerle respeto. Las olas son de 4 metros "y ocasionalmente hay monstruos de 7-8 que se originan por las tormentas del sur del Pacífico entre agosto y noviembre" y hay "una corriente letal en la que incluso la arena se va de debajo de los pies y esto hace difícil salir. Ocasionalmente incluso los experimentados se ahogan". 


Ayer enlacé al documental de surf de esta playa, y me acabo de acordar de que hace algo más de tres años incluí el tráiler de otro documental titulado "A fistful of barrells" : podéis ver resumido en 3 minutos lo que es la "MexPipe". Esta está en Barra de la Cruz, en las Bahías de Huatulco.


De camino hacia el final de la playa, hablamos con un tipo que dice ser vice-regidor de Piedras Negras, en la frontera con EE.UU. y su pareja: solo les hacemos la foto que piden, no entramos a preguntarle de qué partido es. Cuando llegamos a la zona donde están los surfistas, nos quedamos un rato: es un espectáculo. El Peda escribe en su diario: "el paseo muy bien, la playa genial, las olas impresionantes".  No podría describirlo mejor. 



Caminamos de vuelta al hotel y mi conclusión es que, aunque se quejan de la gentrificación, el sitio no tiene nada que ver con la sobreexplotación que vemos en el Mediterráneo: está todo aún a medio hacer y vale, igual hace 50 años solo había cuatro cabañas, pero ahora tampoco parece que los torneos de surf internacionales a finales de agosto y de noviembre hayan hecho desarrollar esto masivamente. Bueno, recordemos que estos surfistas van en camper-van. En fin, que volvemos a despedirnos de la secta, confirmando que vale, Yísus caminó sobre las aguas sin tabla, pero aquí no ha aparecido...


Un baño y terminar el melón con granola y nos vamos...



Al devolver el coche en el aeropuerto, nos dicen que una de las ruedas tiene una rajita y de churro nos libramos porque grabamos un vídeo donde ya se veía la raja incipiente. El aeropuerto necesita claramente una ampliación. El trayecto a CDMX es de una hora. 




Y de repente estamos de vuelta -por 24 horas solo- en la vibrante CDMX. Vamos en Uber al hotel, que está en el Centro Histórico. De esto no sabíamos nada, pero al llegar nos informan de que tenemos "café incluido" en la reserva, servido 24 horas en la terraza del hotel. Así que, antes de salir, subimos a explorar y café, qué café: incluye cerveza, refrescos y agua [té no, mira tú]. Y luego snacks, y nos enseñan una carta y ahí hay de todo: toasties, tortas... vamos, para salir cenados. Y la terraza está espectacular, con todas las vistas del centro maravillosas. 



Salimos a dar una vuelta, miramos tiendas, 




Se me olvidó comentar que en la oferta de los snacks del hotel, también estaban las bolsas de palomitas [¡qué gran asesor el de ese hotel!], así que a la vuelta, el Peda y yo subimos con la idea de hacer más fotos y apalancarnos allí a leer y darle a la cerveza con palomitas, Mini se queda cargando su batería física y social. En el ascensor de subida nos encontramos con una pareja en la que él, que parece un adulto, lleva una máscara de Spider-Man [sin boca, ya se sabe] y la pareja va toda seria, sin hacernos un guiño ni nada. ¿La neurodiversidad ha llegado demasiado lejos? Cuando se bajan, nos da un ataque de risa y sí: esto era en el de subida, pre-birras. 

Al rato se une Mini y OMG cuando le contamos lo de Spider-Man y jugamos a un juego que no recuerdo, y seguimos comiendo tortas y más bebidas hasta, supongo, llevar al hotel a la quiebra. Había que celebrar que han sido unas grandes vacaciones, sin dengue, terremotos ni asaltos, y que ¡Viva México Cabrones!