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06 julio 2026

Nos vamos del DF... pero volveremos. The shits, Rosa Venus y aventura en el Museo de la Medicina

Martes, 10.08.04 Autobús DF-Monterrey


Ahora que nos vamos hacia el norte, México DF: impresiones
Miedo, sucio, ruido, barato, caos, sorprendente, gente, rápido, zócalo, grande. (I) 

El DF es un lugar de altas pasiones y presiones. Pasiones por lo que me ha gustado, presiones por los casi 2500 metros de altitud, que se notan en las escaleras, en las mantas de los hoteles por la noche y en los oídos cuando pasas en una noche de 2500 a 500 (Monterrey). 

El DF tiene dejes de ciudad colonial de esas que hemos visitado, pero a lo bestia. Tiene palacios como no los hay en Madrid, museos en edificios con patio interior con una grandiosidad que no tendrán los de Salamanca, y cafés y restaurantes cuyo viejo glamour se escurre por las columnas. 

La plaza del Zócalo te deja clavada en el suelo la primera vez que entras por su enormidad (la segunda más grande del mundo, tras la Plaza Roja de Moscú), por magnífica, por desolada, por ecos a vieja plaza comunista, por la impresentable bandera que ondea a todo trapo, por la arquitectura bellísima de todo lo que la rodea. No es una plaza que te entre por su vida, no es el Fnaa, sino más bien por la perplejidad que causa semejante plaza cuando está medio vacía, porque en el fondo spr lo está: es imposible llenarla. (k, 12 ag)




"The shits"
En la fila de inmigración para entrar en la India (abro paréntesis, primer apunte, de todas las filas que había escogimos por supuesto la más lenta y pasamos los últimos después de casi dos horas de espera, [abro nuevo paréntesis, primera reflexión, ¿por qué estos países se empeñan en tener esos controles de inmigración tan estrictos? Como si la gente se pegara por emigrar a la India… ¿Qué delirios de grandeza son estos? Cierro paréntesis, dos]), decía que en aquella fila conocimos a una inglesa que iba a la India por segunda vez, entonces por apenas tres meses, creo recordar, y fue ella la que nos introdujo por primera vez el concepto “the shits”, que en traducción libre sería “diarrea”. Nos avisó que todo el mundo las pilla y que simplemente es cuestión de tiempo, más aún, que una semana con otra te podías pegar los tres meses con las famosas shits.

Pues eso que, en aquel momento, se reducía a la India puede ser perfectamente extrapolable a cualquier país, por ejemplo, México. Y hoy toca The Shits, y aquí estoy, en la habitación escribiendo y escuchando la radio (el petróleo ya ha tocado los $45), y precisamente tomándome una solución salina que compramos en la India, mientras K se ha ido a mirar los mensajes del correo electrónico y a desayunar. De vez en cuando hago alguna excursión al baño. (I, 10 ag)

En México (por lo menos) hay una marca de jabones de mano llamada Rosa Venus. En la Posada Amor, en Puerto Morelos, recién aterrizados de Europa, teníamos Rosa Venus (dos pastillas) en el baño. Con una de las pastillas te da para cuatro duchas y lavarte las manos durante un par de días, encima huele bien y saca mucha espuma. 


Hay dos variedades, blanca y rosa, y si nos ponemos puristas, la blanca es la mejor. Así, los hoteles donde vamos se pueden dividir en “Hoteles Rosa Venus” y “Hoteles No Rosa Venus”. El Principal en Xalapa (pronúnciese Jalapa, no se me vayan a enojar los mexicanos) era Hotel Rosa Venus; el Buenos Aires del DF era Hotel No Rosa Venus. Y con este simple detalle ya se sabe si el lugar de pernocta que esa noche nos ha caído en gracia aprobará o pasará a luchar por entrar en la lista de los “Top Five”. Aunque dado el trote que llevamos y la economía de guerra que se ha apoderado de nosotros, igual hay que ampliar la lista hasta “Los 40 Principales”…

Habrá gente que lea esto y piense que somos unos ratas y unos cutres, que para viajar así es mejor quedarse en casa, etc, etc, etc. y puede que tengan razón, pero nuestro razonamiento es el siguiente. Nosotros no hemos venido aquí en un viaje de lujo a no privarnos de nada, hemos venido a conocer otras gentes y otros paisajes con un presupuesto limitado; cuanto menos gastemos por día más podremos viajar (son inversamente proporcionales). Yo como en mi cama no duermo en ninguna parte, e incluyo ahí a cualquier Intercontinental que queráis, así que ¿por qué pagar cinco veces más por una habitación que al final sólo voy a utilizar para dormir y ducharme? Tenemos nuestro criterio, no os penséis, queremos un mínimo de limpieza y baño en la habitación, y de hecho hemos visto habitaciones que no hemos cogido, aunque os cueste creerlo. Y por supuesto, a sufrir no hemos venido… (I, 10 ag)


La biblioteca del museo de la medicina del DF
Por alguna razón, decidimos entrar en el museo de la medicina del DF, un edificio precioso que está herido por un terremoto, y se ve su fractura que recorre columnas y suelo con claridad radiográfica. 

Hay una exposición cruel de fetos en distintos estadios de desarrollo, junto con terribles instrumentos ginecológicos. Aquellos pobres fetos embalsamados me recuerdan aquellos que había en la facultad en el cuarto al lado de la cámara. No sé por qué los recuerdo llenísimos de polvo y el cuarto en penumbras: seguro que es mi memoria y mi imaginación jugando como suelen. Para aquellos fuera del gremio, una nota para apuntar que el estudio de los embriones y fetos no se realiza sobre cadáveres (como con los adultos), y básicamente usábamos técnicas poco sofisticadas como recortables y dibujos (algo así como el “pinta y colorea” de la infancia, y aquello de poner vestidos recortados a las muñecas —que aquí he visto venden en los museos con Frida Kahlo y sus típicas ropas mexicanas—). Esta es la razón por la que normalmente no accedíamos a aquella sala donde estaban los fetos. 

Yo entré una tarde con otros dos o tres que habíamos ido a hacer, supongo, algún tipo de repaso (ya se sabe, los alumnos aventajados siempre queriendo saber más). El bedel que guardaba la sala de disección era un macarra de playa con bata blanca que vacilaba hasta a los muertos. Aquella tarde que estábamos tan pocos, nos dejó pasar a la famosa sala tétrica, encantado de su pequeño momento de gloria, en el que 4 o 5 estudiantes le preguntaban maravillados por los entresijos del lugar. Y el pequeño sicópata que llevaba seguro dentro jugó con nosotros un rato, y luego se lo debió contar a sus colegas en el bar, como yo lo estoy contando aquí pero con muchas más jotas (“ej que han venido loj ejtudiantej y m’an preguntao q q había dentro de aquella puertaj”). 

El jovencito Frankenstein nos hizo entrar para ver qué había dentro de aquella puerta de cámara que salía de la sala, y luego intentó encerrarnos. Bueno, historias de primero de medicina, cuando una es tan totalmente gilipollas como para dejar de comer carne, especialmente salchichón unas semanas tras la primera disección (¡pero cómo se parece el formol al salchichón!) y de meterse en una cámara porque te lo dice el bedel de turno. Voy a empezar a hacer como Torrente Ballester que dice “el lector que vaya mal de tiempo que se salte de aquí a la página tal”, porque menudo meandro….

Al final del museo de la medicina llegamos a la biblioteca, que no está abierta al público. Preguntamos y en un principio nos dicen que no, pero luego el señor nos busca y dice que vale, que pasemos con el que nos va a hacer un tour. Así que nos lleva por toda la biblio junto con su ayudante, en un periplo surrealista de esoterismo y ciencia. Primero, el ayudante trata de llevarme a los más antiguos libros de psiquiatría, luego nos enseñan los Galenos y los Avicenas, y la tesis más antigua que tienen es del año 1820. 

Mientras intento mirar todo aquel material, el ayudante está en mi oreja con temas apasionantes, como si no sé qué, en campos de trigo de Inglaterra se están encontrando mensajes que vienen del espacio y que les han contestado, y ahora ha llegado un mensaje azteca, y yo le digo que no, que nunca había oído eso, pero qué interesante. El jefe no entiende por qué eso no está abierto, que ellos nos lo han enseñado para que cuando volvamos a nuestro país podamos decir todo lo que hay en México, y el ayudante me dice que él ha leído que las personas que peor están de la cabeza son primero los psiquiatras, seguidos de los psicólogos y por último los maestros. Le digo que no ha hablado más verdad en toda su vida. (k, 12 ag)

Metro del DF en "hora pico" (divagando a posteriori)
Es tan barato (2 pesos por trayecto, vayas donde vayas, intenta no pensar en las 2 libras londinenses) que casi se le perdona todo, a este metro. Todo menos dejar la vida en el trayecto, víctima de un aplastamiento, se entiende. Por lo menos “Vivir para contarla”, que dice García Márquez. Yo pensaba que más apretado de lo que he ido alguna vez en hora punta en Londres hacia el centro no se podía ir: el año que viene disfrutaré de todos esos cms que en realidad quedan entre mi espacio corporal y el del vecino. Porque aquí no existe. El otro día, en hora punta ("hora pico" que dicen aquí), ese metro fue dantesco. La gente aquí se empuja (en UK se ganarían un “excuse me!!” por muchísimo menos), pero se empuja a lo bestia. Luego, una vez dentro, cuando no cabe un alfiler, aún intentan entrar, y lo consiguen. Una ha oído hablar del "froating" y se pregunta si en esos momentos algo así está ocurriendo por su hemisferio sur. Pero es imposible saberlo (pedalista-guardaespaldas asegura q no porque "él controlaba"), porque hay presión a babor y a estribor, barlovento, y sotavento. Lo de las pobres pituitarias se lo cuento otro día… (k, 12 ag)

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Despierto con gran diarrea, K se va a internet sola y yo me quedo escribiendo y tomando sales. Vuelve, hablamos, discutimos lo que se acabará convirtiendo en la “gran crisis de Monterrey”, recogemos y nos vamos. 

Palacio de Bellas Artes (exposición sobre Frida Kahlo, sin más; murales de Orozco, Rivera y Siqueiros, bien). 

Callejeando por el centro, Museo de la Medicina, vemos su biblioteca, impresionante, y a La Vasconia a comer y coger provisiones para el viaje. 

Al hotel a por las mochilas, experiencia metro-DF-en-hora-punta y finalmente, a la estación del Norte. Pillamos billete y salimos rumbo a la ciudad maldita en medio del huracán Monterrey. Ponen en el bus una vez más "Somebody’s gotta give", nos paran innumerables veces la poli o los militares, y finalmente, medio dormidos o medio despiertos llegamos -14 horas después- a las 6.30 am a Monterrey. (i, 10.08.04)

05 julio 2026

Barra libre de frilojes en la Plaza Garibaldi

 Lunes, 09.08.04 Hotel Juárez (México DF)


Ponga un pobre en su mesa y dele frijoles
Los pedalistas han decidido ir a cenar a la Plaza Garibaldi, donde están todos los mariachis. Ellos quieren ver a estos graciosos ejemplos del folklor mexicano cantando serenatas a otros, claro; no puedo imaginar mayor tortura que aquella de ser mariachiada por una banda de rancheras.


Al llegar a la plaza, descubren con estupor que hay más mariachis que gente “de calle.” ¿Será porque ha llovido o porque es lunes? Se acercan diversos hombres armados de sus guitarras y la que firma les mira con cara de pena de esas de “no me hagan esto”, aunque si se les dice que no tal cual también se van (en general los mexicanos son mucho más conformistas con los noes del turista que, por ejemplo, los indios de la India, se entiende).


La siguiente prueba consiste en ir a un sitio que parece un mercado, pero que está lleno de pequeños restaurantes para cenar (“no comáis nada de la calle”, esta frase de la Yaya resuena en mi memoria). "Prueba" porque aquí sí que se lanzan sin red para que vayas a cenar con ellos. Hay un hombre que nos grita, entre otras cosas, “sopa, sopa.” Mi compañero el pedalista-Knorr tiene la etapa sopil (y no sé por qué, aquí también hace calor), así que nos sentamos allí. Cuando sale la mesera (camarera) y el pedalista pide -evidentemente, sopa- la mesera dice que no hay. Nos da mucha risa porque, ¿no es la sopa la razón por la que entramos en el lugar? El hombre que gritaba sopa es confrontado por la mesera de mala manera (“¿Pero a qué les dices sopa si no hay?”), y él: “No se preocupen, yo se las consigo.” A ver, buen hombre, no se trata de que la “consiga” (se quería ir al restaurante de al lado a por ella). Entonces dice: “Pues les doy frijoles, y son gratis”. ¿Gratis? No entendemos. Pedimos además 2 quesadillas y la mesera trae un plato de frijoles a I, pero tan buenos que hasta a mí me gustan. Así que me trae otro a mí: pero ¡qué buenos, mesera! Ella insiste en traerle otro plato al pedalista-Knorr. Le pedimos que los cobre. No, ni hablar. Esto se saca gratis con la carne. Ya, pero es que no hemos pedido carne. Da igual. A la mujer le da gusto vernos comer, y la noche se salda con 3 platos de frijoles más 2 platos de frijoles. Ah! ¿Alguien se acuerda de las famosas potxas del viejo de Trinidad, Cuba? (k, 12 ag)


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Despertamos pronto, hacemos un poco de colada y a desayunar a El Popular, un sitio donde siempre hay fila de gente. Bien. Internet y al Hospital Infantil de México en metro, donde hemos quedado con un tal Barragán. El hospital tiene una seguridad impresionante. Allí K está un rato en el departamento de psiquiatría. Yo intento hablar con Toño pero no lo consigo.

Volvemos al hotel a cambiarnos, salimos al Palacio Nacional y a callejear: muy bien y muy caótico. Sobre las seis empieza a llover y volvemos al hotel, a escribir y leer.

Luego salimos a la Plaza Garibaldi a ver los mariachis, a llamar a Toño y a cenar. Grandísima cena en Tepatitlán donde nos sacaron frijoles (alubias rojas) hasta hartarnos (cinco platos entre los dos) y no nos los cobraron.

Vuelta a casa y escribir y leer hasta la una (i, 09.08.04)


04 julio 2026

Llegada a México DF, la ciudad más peligrosa del mundo

Nota por si alguien se está preguntando si el divlog ha sido hackeado. Este divague fue escrito por una tal K en 2004: Di todavía no había nacido. De viaje sabático por Latinoamérica, K no sabía de la existencia de Blogger -fue Diva quien lo introdujo unos años después, en 2009. De hecho, Di existe gracias a ese protoblog que K escribía en unos documentos de Word y compartía por un sistema arcaico (msn groups o algo así) con sufrientes amigos y familia. Diva leía esas entradas y así comenzó nuestra relación epistolar. Cinco años después, me propuso empezar D&D y hasta aquí. Aquel protoblog se llamaba Itacalog, y en él también escribe el Peda (el artista entonces conocido como I) que resume los duros días y rutinas del mochilero -algunas veces con demasiado realismo- y K, que eminentemente divaga. Uno de mis proyectos es irlo colgando aquí poco a poco, pero nunca hay tiempo. Sin embargo, estos días, en preparación de un futuro viaje, voy a colgar unos cuantos —no sin cierto sonrojo. Ándele, ahí vamos.

Sábado, 07.08.04 Hotel Buenos Aires (México DF)

Llegada a México DF, la ciudad más peligrosa del mundo

Veinte millones de habitantes, mil emigrantes que llegan por día y una reputación como para andar con el ojo occipital bien graduado. A la gran urbe llegan a las 6:20 pm nuestros héroes, cargados con sus mochilas y ya sin su bigote, que el sobrepesado pensaba que lo hacía invisible en esta población (entre nosotros, más se aproximaba a actor porno holandés que a mexicano). En la ínclita Rough Guide avisan por activa, pasiva y neutra en contra de tomar un taxi así como así. Hay que ir a por un boleto de los “taxis autorizados”, que hacen una fila inmensa (¿40, 50 taxis?) como aves de rapiña. Los pedalistas: !lejos de ellos tomar un taxi! Si son secuestrados, que sea en un callejón oscuro, pero no en un taxi. Así que salen en busca de una camioneta (bus) que lleve al Zócalo, cerca del cual se alojan. Pero no es tan fácil.



Todos los buitres les llaman en inglés para que suban en sus vehículos (muchos de ellos viejos Volkswagen Beetles muy monos pintados de blanco y verde, sin asiento del copiloto para que los pasajeros pasen a la parte de atrás) cuando ellos caminan en busca de la parada de camiones. Llegan a un punto donde hay un escalextric que me río yo de los de Los Ángeles, así que han de retroceder, y cuando empiezan a preguntar por buses los dirigen hacia la otra dirección. Tras cruzar la equivalente de la Avenida das Américas de Río (una vía de miles de carriles y el consabido frenesí, perseguidos por unos malos con coleta y, por supuesto, bigote***), le hemos preguntado a un conductor de bus si iba al zócalo y nos ha negado que los buses fueran hasta este lugar (¡después de que nos lo han indicado varios antes!)



En ese momento pasa un bus vacío con “Zócalo” escrito al frente. Le gritamos, y para (no hemos visto en este país paradas de bus, la gente se para donde le parece y el bus los recoge, es como un taxi colectivo). El viaje con este hombre ha sido impagable, y de lo más surrealista. Nos ha llevado por calles intrincadas del centro de la ciudad, calles llenas de gente, tal como me imaginaba yo la Ciudad de México. En su mayor parte, estaban recogiendo el mercado ambulante que ha estado allí durante todo el día (como una especie de rastro por todas las calles, todos los días). El camión se iba llenando; la música que entraba de los distintos puestos de la calle se peleaba con la que llevaba nuestro conductor. Alguna gente desde la calle me saludaba, mandaba besos. El conductor de repente para en un puesto de venta de DVDs ilegales, escoge uno, hace que el vendedor se lo pruebe para ver que funciona, le da unos pesos, y se lo lleva. Todo esto con el bus lleno, sin bajarse y creando el subsecuente atasco detrás. Para otro par de veces, se saluda con lo que supongo son dos mafiosos (a estos no les cobra), y sube una mujer que se sienta a su lado y a la que tampoco cobra. Al llegar a un punto a dos “cuadras del zócalo”, nos indica por señas que nos bajemos; pese a que le hablamos en castellano, insiste en comunicarse solo por señas con los brazos. (7 ag)




***Nota para las madres, yaya y pi: Todo esto son recursos estilísticos, hipérboles desaforadas que en ningún caso son reales. No quiero decir que me las invente: este hombre de la coleta ha existido, con sus dos amigos, y han cruzado con nosotros, y de hecho hemos comentado al verlos “secuestradores, cuidado” y nos hemos reído, pero los pobres ni nos han mirado. Así que tranquilidad. (k, 7.08.04)


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Lo primero que hacemos es ir a arreglar el cable del ordenador que se nos ha fastidiado. Nos cuesta un poco pero al final muy bien. Compramos El País y recogemos la ropa que habíamos dejado para lavar. A las doce nos vamos de Xalapa, en la camionera ADO compramos tres hojaldras, agua y el cortauñas más buscado de occidente.


Luego, cinco horas de autobús con un par de pelis a cada cual más insoportable. Dormimos un poco, el autobús es de auténtico lujo y el paisaje, precioso. Llegamos al DF a las 18.20, nos cuesta encontrar el bus adecuado, pero el trayecto hasta el Zócalo es impagable, y el mismo Zócalo impresionante. El hotel no está muy bien (no Rosa Venus) y encima no saben si tendrán habitación para el día siguiente. Salimos a cenar, K se pone mala, igual por la altura, igual por el antimalariano que ha tomado en ayunas. Luego miramos habitación en otro hotel, paseo por el Zócalo, chocolate caliente en un puesto de Chiapas y al hotel a escribir y ver la TV, pq dan "Traffic" (gran imagen desde helicóptero del Zócalo DF y gran Benicio) (i, 07.08.04)




28 junio 2026

Gazpacho tirando a salmorejo

 Este era un post gazpacho normal, pero ahora que termino, veo que ha quedado un poco espeso: ¡hay tantos frentes abiertos! Vamos, que me ha quedado un salmorejo. 

Hace [ola de] calor
En mi descargo, culparé a la ola de calor en Londinium, que parece que hoy remite, pero que el viernes fue colérica.  Resolvamos la siguiente ecuación: en mi casa, 32 grados + humedad amazónica + moqueta - aire acondicionado = cerebro en ondas delta (explicación aquí). Si le sumas tristes ventiladores + mi viejo truco de meter la cabeza bajo el agua fría [mientras dura el pelo mojado, dura la "alegría", qué poco pedimos] =  cerebro en ondas theta.

Así que  no se espere mucho de mí hoy, pese a que han pasado cosas absurdas que hay que necesariamente documentar, como que me crucé a Darth Vader por la calle [solo la cabeza, no llevaba la capa, hasta él sufre los rigores estos], que parece que ahora están de moda las pelucas ["ya no saben qué hacer para vender", frase anticapi de la Yaya, pero en invierno igual tendrían su allá, un test para mí que nunca he llevado el pelo corto]. Y lo de los helados: en el curro -que pese a ser una pecera sin aircon es descrita sin rubor como "edificio inteligente"- las jefecillas traen helados para animar al personal: el jueves me comí dos y el finde pasado uno y medio en Delacreme (el mío y la mitad de Roc que tras dos chupadas se aburrió). 

Afonía del cortisol
Ah sí, que he pasado unos días en Barcelona visitando a la familia. No he llegado a lo de sanfermines, pero en algunos puntos, de tanto hablar, me notaba la voz tirando a afónica. O tal vez fuera la freudiana afonía histérica por lo que supone vivir en la constante cuerda floja cuando se es copilota de Fashion. No, no es que conduzca mal -aunque alguna línea continua hemos cruzado- sino por su actitud extremadamente liberal a la hora de aparcar frente a uno de estos símbolos, de los que Barna está repleta:


No recordamos de dónde vino el concepto "di pagar", pero es usado continuamente entre nosotras. Un ejemplo: "Queremos di pagar, pero ni aun así hay sitio. ¿Qué quieren que hagamos?". Esta es ella, claro, a la vez que aparca en un carga-y-descarga al que le quedan 20 minutos para ser legal, o sobre un dudoso badén al lado del carril bici en medio de Enric Granados.  Por supuesto, yo estoy en las antípodas de esa actitud: nunca aparco ilegalmente  y si me ponen multas son siempre por acciones sin alevosía ni nocturnidad. Claro que las dos últimas veces que he apelado escribiendo un panfleto que ríete de los divagues, han pasado de mí con un argumentario -lo que más me fastidia- que no responde a mi recherse-du-temps-perdú, sino con una narrativa que suena a corta y pega.  


Y vuelve el papa
Se infringió la ley también en Montjuïc, donde subimos a la Fundación Joan Miró. La foto de arriba muestra la ciudad con La Sagrada Familia ahí en el centro. A la gente de Barna, que ya tuvieron suficiente exposición al mundo con los Olímpicos y se les llenó esto de guiris, les hace mucha ilusión lo de la retransmisión internacional del papa inaugurando (para ellos, bendiciendo), que asegura nuevo tipo de turista -a añadir a los del brunch de aguacate en tostada-: el peregrino religioso. Pero volviendo a la basílica, a mí me gustaba más inacabada -en particular la portada de Subirach-, este añadido fálico me parece innecesario

Miró: meh
En la Fundación Miró disfruté más del edificio en sí -tiene un aire como ibicenco o "manrique", opinó Fashion- que de las obras, nunca ha sido santo de mi devoción. No es la primera vez que me pasa esto con un museo, que prefiero el continente al contenido. 



Roc aguantó allí 20 nanosegundos en un cuentacuentos en catalán, pero luego dibujó durante bastante rato bajo un olivo, donde podías dejar tu obra con unas semillas. Me perdí el simbolismo porque me abanicaba furiosamente en una sombra. Menos mal que a la salida dimos con una terraza muy agradable -de nuevo, con vistas- a la que llegamos en un estado lamentable, pero nada que no pudiera resolver una coca-cola con muchísimo hielo [tiene todo el sentido que el zumo yanki fuera concebido como medicina]. Y logré no pensar en nuestra última infracción vial durante todo el rato, un punto pa'mí. 



Modernismo, ciencia, Total Institutions
Y siguen las visitas culturales: esta vez a Cosmocaixa, un museo de la ciencia que por fuera es así de chulo. Era un antiguo asilo para ciegos, l’Empar de Santa Llúcia, del arquitecto Josep Domènech i Estapà y estuvo abierto hasta 1979. Cómo eran en el pasado institucionalizando a todo el mundo con problemas en lugar de ayudar a su integración en sociedad. 


El modernismo en Barcelona es maravilloso: así como disfruto de la arquitectura de Londinium todo el rato, en Barna hay edificios y palacetes para alucinar. Igual que aquí, construido sobre las espaldas de esclavos de las colonias: si logras que esta idea no pase por tu cabeza mientras ves toda esta opulencia, eres de esa gente que me cae mal. Si no, es 
otra oportunidad para educar políticamente a tus hijes y sobrines. 

Por dentro es también una chulada. Se baja por unas escaleras de caracol que rodean un árbol y abajo hay un acuario espectacular....



"El bosque hundido" lo llaman y esto es solo un ángulo... luego sigue y sigue por otros pasillos... El tamaño de los peces, de preocupar: más grandes que Roc! Recordaba algunos momentos buceando entre bancos de pececitos, pero esto es otro nivel.



 Y esto es una capibara... parece que hemos tenido muchísima suerte de verla o verlo, whatever.


Es todo muy interactivo en la sala "Universo"  hay desde física y química...



... hasta la doble hélix del ADN...



... pasando por el cerebro...


... la microbiota y muchísimo más. 



Cuando me jubile, he de empezar otro blog ligero con estos temitas. De momento, convento cisterciense a la salida...




Libros
También he pasado por La Central, claro (ni que decir tiene que para ello el coche tuvo que de nuevo infringir la ley sobre alguna línea amarilla) y sigo sin encontrar el de Alma Delia Murillo que recomendó el náufrago Ro pero me compré "Temporada de Huracanes" de Fernanda Melchor.  Aquí empieza "Temporada de ropa interior tendida"... un aperitivo.


Me dan ganas de leer el libro de Pierre Bayard titulado "Cómo hablar de libros que no has leído", porque me parece un título provocador (en el divlog hay su divague de las sombras de Grey por ej, sin haberlo tocado ni con un palo de 12 metros), pero luego leo que el autor, además de catedrático de literatura, es psicoanalista: pongo la mano en la pistola. Sin embargo voy a incluir esta frase:
"Los libros que amamos ofrecen un esbozo de todo un universo que habitamos en secreto y en el que deseamos que la otra persona asuma un papel. Una de las condiciones para una relación romántica feliz es, si no haber leído los mismos libros, al menos haber leído algunos en común; lo que implica, además, no haber leído los mismos libros. Desde el inicio de la relación, por lo tanto, es crucial demostrar que podemos estar a la altura de las expectativas de nuestra pareja, haciéndole sentir la cercanía de nuestras bibliotecas interiores".
Piromanía institucionalizada
Ah, la noche de San Juan. Pienso en los pirómanos, pero no los de los chistes, sino las personas con este desorden de control de los impulsos, que no ganan nada con ello aparte de liberar cierta tensión interior. Imagino que esta noche es un "field day" para ellos. A mí no me gusta nada el ruido y nunca he podido entender los petardos, tracas, mascletás, así que se puede imaginar mi estupor cuando veo que hay unas tiendas efímeras que expenden este tipo de material, previa firma con DNI. Porque sí, los padres de Roc le compran unas "bombetas", que es lo que parece que los niños de 4 años hacen aquí. No tengo palabras y expreso mi horror, pero ¿quién hace caso a la tía, por mucho que sea la de América? En la plaza de detrás de casa, hay seniores hechos y derechos con náuticos y camisa de plana en plena cremá de distintas variaciones del tema. 

Menos quejas: ya expliqué aquí lo que sería una noche ideal de solsticio de verano pero, al final, esta casi lo parece. Salimos a cenar a la terraza y, de lado a lado del cielo, la gente está satisfaciendo su tensión interior con fuegos artificiales. Los vecinos del edificio de enfrente, como son ricos, han echado el resto y parecen fuegos organizados por el ayuntamiento. La foto no hace justicia, pero fue un ratito mágico: me recordó a Nochevieja en mi balconete en Londinium, y ver los fuegos muy lejanos en los distintos barrios de la ciudad. 


La manguera, diversión del pobre
Creo que ya he dicho alguna vez -el qué no habré dicho tras todos estos años- que el jugar con una manguera en verano me parece la diversión máxima del pobre en verano. ¿No tienes piscina pero sí un puntito de sadismo? La manguera es para ti. Ahora, además, las hay con difusión y lluvia primaveral y tal; ya no hay que meter el dedo para apuntar como en el Pleistoceno. 

Se preguntará el divagante la razón de la foto siguiente: es el sistema, ciertamente de otra época geológica, para lavar coches con manguera. Además, no se han molestado en cambiar el precio: por dos euros, lavado, aclarado y abrillantado. Fascinante también la sociología del lugar: tomado por los señoros amantes del motor, de esos que llevan su automóvil como un pincel -un poco mis antípodas, recordemos que a Wolfy hay que sacarle el musgo de vez en cuando. Como éramos las únicas chicas, pareció mal empezar a enfocarnos con la manguera -sección aclarado, ni que decir tiene-, no vaya a ser que terminásemos haciendo una fiesta de camisetas mojadas ahí con nuestros linos.  


Vamos a la playa, o-o-o-o-o, todos sin sombrero
A la salida terminamos en este parque ya autorizado para semejante cosa y mi principal observación es que a la península no ha llegado la religión de "un rayo de sol implica niño con  sombrero". Sería impensable en el UK tener a mediodía a esa panda de menores en plena solera descubiertos y este parque hubiera sido otro Field Day, esta vez para servicios sociales. Tampoco vi niños con bañadores enormes con protección solar. 


Pero en estas que, de repente, veo a una chica cuya cara me sonaba persiguiendo a un crío de la edad de Roc. Dudo porque, si es ella, no la veo desde 2019, cuando ella era una joven aprendiza de bruja que rotó por mi equipo. "Hola, eres S?", me lanzo, y ella me mira perpleja y entonces me doy cuenta que llevo gafas de sol y mi sombrero -yo sí- de viajes mugriento, así que me lo quito todo para que me reconozca. Qué ilusión: ahora trabaja de bruja ya titulada y recordamos batallitas. 

Brexit, lawfare, nuestra amada Latinoamérica
No voy a entrar en este tema, pero no sería fiel a la realidad de estos días si no contase que he estado escuchando podcasts o leyendo la prensa obsesivamente en ambos países donde no paran de pasar cosas en el ámbito político. El UK, ese país ingobernable tras el Brexit: a por el séptimo Primer Ministro en 10 años, y además miles de artículos para conmiserarnos de la década del maldito Brexit. Que el tipo que mintió descaradamente en aquella campaña tenga ahora posibilidades de ser nuestro siguiente PM es sobrecogedor. Mientras tanto, en Ejpaña, es como un thriller con tintes gore. En Latinoamérica, ni me meto. Es que no hay dónde huir. 

¿Por qué lleva esa señora una galleta en la cabeza?
Llega el día que me tengo que ir, y me da mucha pena porque Roc hace preguntas como este título frente a una botella de aceite "La Española". No he podido encontrarla online, pero en su botella, el clavel era amarillo, así que lo de la galleta es aún más plausible. 



La conversación es tan animada con Fashion en el camino al aeropuerto que no se me ocurre mirar la terminal hasta que estamos en una zona que no me suena de nada: ah, que voy a la T2, no a la T1. Nos hemos pasado la salida y, de repente, nos encontramos en medio del desierto de Atacama a las tres de la tarde. Sugiero que me deje en la T1 y "ya caminaré" pero se echa las manos a la cabeza, por lo visto no hay un amable pasillo refrigerado, sino gran distancia y peligro de golpe de calor, hasta con sombrero, en el intento. Tras horas de "la diligencia", llegamos, nos metemos en un parking innecesario y supongo que también ilegal, o Fashion no obtendría su dosis de subidón. 

Metemos todo esto a la procesadora, le damos al "on"... y a ver qué sale. 

16 junio 2026

"Carretera Azul: La historia de Edna O'Brien" [documental] y "Las chicas de campo" [novela]: Feminismo en la Irlanda de los 60

 Llegué a "Las chicas de campo" ("The country girls") de la irlandesa Edna O'Brien vía un documental sobre la autora que recomendaron de unos amigos. Me suelen gustar mucho los documentales sobre escritor@s, así que "Blue Road: The Edna O’Brien Story" (2024) de Sinéad O'Shea era para mí. 



Antes de verlo, leí su primer libro, "Las chicas de campo" (1960), que dice que fue "su libro más fácil de escribir" -  imaginen, lo escribió en tres semanas. Es el primero de una trilogía: le sigue "La chica de ojos verdes" ["The lonely girl"] (1962) y "Chicas felizmente casadas"  ["Girls in their married bliss"] (1964). Solo he leído el primero y en este punto, no voy a seguir con el resto porque, aunque entiendo [y voy a hablar] del valor histórico de estas novelas que fueron prohibidas y quemadas por los curas en todo el país, calificadas de "sucias", y criticadas por su propia madre, a mí formalmente no me ha parecido extraordinaria. Seguramente estoy equivocada, esta ópera prima recibió el premio Kingsley Amis [no sé por qué digo esto: no creo en los premios literarios], y la autora durante su vida muchos otros. Obviamente, el documental es un panegírico constante por parte de profesionales del tema  -para qué están los docus-, mientras que en los blogs personales, dilentantes de medio pelo  hacemos análisis sin usar el triste báculo de la teoría psicoanalítica -ya sabemos que la crítica literaria oficial tiene estas veleidades infumables-,  lo cual es un punto a nuestro favor.

Empecemos con el escenario, que será fácil de entender para cualquiera que haya tenido una madre que era joven en los 60. La situación de las mujeres en Irlanda en la época rimaba con la nuestra: otra sociedad dominada por la religión, los prejuicios,  el machismo. Un horror crecer allí como le tocó a Edna y a las protagonistas de su novela, Caitlin y Baba, dos chicas de 14 años que viven en un pueblo cerca de Limerick. La familia de Baba es algo más profesional -su padre es veterinario-, la de Caitlin son granjeros. Cuando digo profesional, me refiero obviamente al padre, su madre languidece en casa. El padre de Caitlin tiene problemas con el alcohol y es violento: la novela comienza con un primer párrafo que nos pone en alerta, aunque no es una novela que hable de la violencia machista en concreto: lo que nos queda claro es que Caitlin le desprecia y no puede esperar a irse de casa. 

La narradora es Caitlin en un estilo que uno de esos catedráticos de literatura describe como "estilo indirecto libre", en el que la narración adopta los sentimientos y el vocabulario del personaje. O sea, leemos la historia desde el ángulo de una Caitlin mayor y más sabia, que retoma su papel de joven y utiliza un estilo que reproduce sus percepciones juveniles.



La dicotomía Caitlin-Baba es interesante: por ahí he leído que Baba es "la hermana mala de Caitlin", o sea, la versión malota de lo que hubiera querido ser O'Brien. En el docu, O'Brien dice que Baba es todo lo que ella no era. Caitlin es la buena chica, con más miedo y aversión al riesgo que Baba, y más lista.  Por ello le dan una beca para ir a un internado de monjas ("convent school" que dicen en inglés) y Baba se une, pero pagado por sus padres. Una vez allí, Caitlin tiene buenas notas y Baba renquea, pero está siempre ahí como la voz de la desobediencia. Este análisis puede ser de una comida de coco de la crítica literaria, a saber si O'Brien pensó todo eso en las tres semanas en las que compuso la novela. 

A mí el personaje de Baba me cae mal: es cruel con Caitlin -me pregunto por qué la aguanta- y a medida que crecen durante la novela se convierte en una adolescente y una  joven con la que a mí no me interesa pasar mucho tiempo. Baba provoca algunos de los puntos clave de la trama -expulsión del internado, cita desagradable con dos tipos mayores ricos- pero teniendo todos los puntos para haber sido un personaje carismático por representar la rebeldía, no lo es. Y dudo que mejore en las otras dos novelas, creo que —¡sorpresa!- termina casada con el típico adinerado, seguro por su belleza interior. 

A ratos esta lectura me llevaba a "La amiga estupenda"  (2011) de Elena Ferrante: otra trilogía de amistad entre dos chicas, Lenu y Lila, que empieza en la infancia. Lenu era la narradora -otra Caitlin- pero recuerdo poco de Lila, la amiga estupenda, ni por qué lo era, aunque no me suena que me cayera tan antipática como Baba.  Mi mejor recuerdo es la ambientación de la Nápoles de los 50: la luz, el ruido, el caos. Pese a todo, no fue suficiente y no seguí con la trilogía por las mismas razones que con esta. 

Leer la vida sentimental de Caitlin me lleva a concluir que, aunque el mundo está claramente involucionando en casi todo, aún quedan actitudes que han mejorado en los últimos años o décadas - que espero sean inamovibles. Caitlin se enamora de un tipo francés casado que vive en su pueblo y al que todos llaman "Mr. Gentleman", ante la incapacidad de pronunciar su nombre real ("gentleman" significa caballero). Y es todo menos un caballero, porque da alas una Caitlin de 14 años encaprichada; aunque la relación no es abiertamente sexual al principio, es grotesco ver cómo un adulto cree que puede ser normal meter en el coche a una chica de 14, decirle cosas románticas, hacer manitas y darle algún beso. Más adelante, cuando Caitlin ya tiene 18 la cosa va a más y la descripción de la escena -sin ser explícita para los estándares actuales- sigue repeliendo. Luego le da un "gentle slap" (una bofetadita) y esto lo deja la autora ahí sin mayor consecuencia ni comentario, lo que me lleva a pensar que esto no era una rareza. La novela es muy buena en ayudarnos a meternos en ese contexto, la Irlanda de los 60, y constatar de dónde venimos. 

Pero entre la Irlanda rural y la vida en Dublín como mujeres jóvenes que no se han quedado en el  pueblo e intentan un punto de independencia -Caitlin trabaja en un colmado, a Baba le siguen pagando algún tipo de educación, aunque le irrita que Caitlin hable de libros- ambas pasan por el convento internado. Esto no fue planeado, pero mi lectura ha sido  inmediatamente después de la novela del convento de monjas del SXIV y coincidió con la escritura del divague, [noto que aquí también describen a las "lay nuns vs. choir nuns", las tontas y las listas, las con dote y las sin dote] y también con el del convento de Santa Catalina de Siena en Arequipa. O sea: ¿me persiguen las monjas? Basta!

En fin, que esta parte es terrible de otra manera, y me lleva a otro sitio donde no me gustaría volver pero, como venimos diciendo, está de plena actualidad. Quien quiera refrescar lo que era la vida en la que había que ponerse el camisón dentro de la bata y cosas así, lo puede hacer con este libro también. Lo que más me ha gustado del convento ha sido la sororidad de algunas chicas mayores con las pequeñas, pero en general son lugares lúgubres y de grandes tristezas -nada como los internados protestantes de Enyd Blyton y las chicas organizando la fiesta nocturna en la piscina [piscina en UK: qué flipada] con "cerveza de jengibre y pasteles de carne". Yo no estuve interna, pero en mi colegio las había y eran esos seres que nos miraban a las externas con ojos  lánguidos cuando nos íbamos a casa. Me quedé en medio pensionista y la mala comida del convento me ha resonado mucho: recuerdo que, ante según qué platos, había que planear un trueque, que alguien, por al amor de Dios, se comiera aquello que te asqueaba a cambio de otra cosa, o, si este fallaba, pasar al Plan B:  evasión del "dulce de membrillo" (*) camuflado en el bolsillo de la bata. (*) Ese postre infame venía en triángulos como los quesitos de "La vaca que ríe", los ponían con dos galletas malas, y la gente se hacía sándwiches monstruosos. Yo lo enterraba en la arena, una zona para hacer castillos. Otra cosa que compartimos con las chicas de O'Brien es la fascinación por los "cuarteles monjiles", donde hacían la vida. Era para nosotras un misterio saber dónde dormían, cómo sería su sala de estar y después de comer a veces emprendíamos excursiones con otras dos niñas a ver hasta dónde llegábamos. Una vez nos pilló una monja y nos iba a llevar a la superiora, fue un drama terrible, y tuvimos que dejar aquellas exploraciones. Nos separaba el mar y 20 años, pero las niñas irlandesas no eran muy diferentes a nosotras. 

O’Brien dio voz a una generación de mujeres, expuso la "colada sucia" de una sociedad  que se quería vender al exterior como pura pero que usaba la vergüenza de las mujeres como arma de control. Abrió el camino a otras muchas autoras como Sally Rooney, que también escribe explícitamente de sexo, de clase social, de sociedades represivas.  Pero en aquella época fue una hazaña increíble y esto queda muy claro en el documental, con el que termino. 




Dura una hora y 40 minutos y tiene mucho archivo, entrevistas que le hicieron a O'Brien cuando era joven, apariciones en programas de la tele en los que parece escandalizar al personal, y una entrevista cuando tenía 93 años, poco antes de morir.  La también irlandesa Jessie Buckley -la actriz que ganó el oscar por Hamnet por si alguien no cae-, que tiene una voz chula y muy personal lee entradas de sus diarios. Hay entrevistas a sus dos hijos, que decidieron irse a vivir con ella tras el divorcio de un cretino que iba de escritor y que no  pudo tolerar que su mujer tuviera éxito. Cuando los niños decidieron irse con su madre, cortó toda comunicación con ellos- este nivel de imbécil y malvado. 

Durante el docu, O'Brien reflexiona lo mala que ha sido durante su vida eligiendo hombres; en un programa dice "encontrar a alguien a quien amar y a alguien que cuide de ti con conceptos muy diferentes". Cuando se divorció se fue a vivir a Carlyle Square en Chelsea y tuvo un affair con un político que no se desvela -pero parece que bastante importante- que, como siempre, no dejó a su mujer.  Fue paciente -alucinante- del infame psiquiatra y psicoanalista escocés RD Laing,  el padre de la "antipsiquiatría". El farsante le dio LSD para sacar sus "demonios interiores" y la escena en la que describe sus experiencias psicodélicas da bastante miedo. Siempre he sentido curiosidad por ciertas drogas pero siempre me ha dado terror tener un "mal viaje", luego nunca me atrevería. En las alucinaciones de O'Brien salían ratones - sé lo que saldrían en las mías. 

Al final del docu, te quedas con la impresión de que, como me viene pasando con algunas mujeres escritoras, estás ante una persona muy especial.  Experimentó con todo, y estuvo en el centro de una vida social apasionante: por sus fiestas pasaron Robert Mitchum,  Richard Burton -que la impresionó mucho en el teatro y se quiso liar con ella-, Sean Connery, Marianne Faithful, Marlon Brando, Paul McCartney, Shirley McLaine... Cogió la vida por los cuernos, con un par, y la vivió a tope.  Se inventó carreteras azules, y de ahí viene el título, claro:  un concepto suyo con el que se metía el payaso aquel que tuvo por marido diciendo que no existían carreteras azules. Pero ella no se movió y, aunque aquí tal vez no se capte, en esta escena del docu,  este camino es claramente azul...