"Algunos de los acontecimientos que aquí se narran son reales. Todos los personajes son imaginarios".
Este es el epígrafe de "Las Muertas" de Jorge Ibargüengoitia, que tomó prestado Fernanda Melchor para su "Temporada de Huracanes" y que tal vez sea la mejor frase de toda la novela. Porque de alguna manera el autor nos está avisando de que, aunque va a novelar unos terribles hechos reales, aparte del manido la objetividad es imposible, el unreliable narrator y lalala, esto no va a ser una crónica periodística.
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Y sí, es lo que parece: estamos en un nuevo receso en las retrasadísimas crónicas de México para insertar un divague literario -o me tacharán de cruel-, también tardísimo, porque lo empecé en Oaxaca y lo terminé en Puerto Escondido, hará más de dos meses. Este retraso en divagar de los libros es otro problema -así como con las crónicas se puede agradecer el olvido, con los libros solo se salva con las anotaciones y subrayados, pero hoy ni con esto voy a poder rescatar al divague ni al libro, que por lo menos, loado, es corto -183 páginas-, pero solo tengo doce notas, y no demasiados subrayados.
Compré "Las Muertas" en la Carfebrería "El Péndulo" de Condesa y le tenía muchas ganas porque había leído hace tiempo "Revolución en el jardín", un compendio de sus artículos con el que me había partido de risa [nota: curiosamente ya en 2019 en este divague hablo también -lo había olvidado- de la peli de Cuarón "Roma", en términos muy parecidos a los del otro día cuando conté que visitamos la casa]. Entiendo que sería complicado hacer humor con este tema, porque al final, Ibargüengoitia escribió un "True crime" cuando seguro que no se le llamaba ni así, en 1977, sobre una historia súper sórdida y extremadamente desagradable.
En resumen, dos hermanas dueñas de unos burdeles - en mexicano se les llama "madrotas"- van matando a algunas de las pobres mujeres a las que explotan, torturan y tienen en situación de esclavitud, aparte de la física, se incluye la compra y venta, como si fueran ganado [la de una niña de 14 años es particularmente dolorosa]. Supongo que una de las razones que hace a esta historia especial es que sean mujeres las victimarias, porque hombres que explotan y matan a las mujeres están a la orden del día -ayer en los comentarios volvió a salir "2666", pero no hay más que abrir los periódicos. Y ya que estamos de epígrafes, el de la novela de Bolanio es una frase de Baudelaire: "Un oasis de horror en medio de un desierto de aburrimiento", y creo que va muy bien para describir a "Las muertas".
Pocas notas he tomado, pero desde luego algunas sobre el tema del que vengo hablando todo el verano: el hombre mexicano no sale muy bien parado. Aquí por ocioso, vago y mantenido de las mujeres -en este caso, la madrota mala. O el recurrente, la pobreza, el analfabetismo, la miseria, gente que no se comunica por carta porque no sabe una leer ni la otra escribir. O el también repetitivo, la corrupción, el capitán que cobra comisión a todo dios, y luego reparte con los notables del pueblo, incluido el notario- la red es digna de leer. O el que compra testigos, compra juez y les da dinero a la familia para que retiren los cargos, porque le tocó en suerte tratar con gente "pobre y razonable".
Formalmente me parecía como que Ibarguengoitia estaba dormitando en una esquina, un ocioso mexicano más con el sombrero cubriéndole medio cuerpo, pero en algún momento la bestia se desperezaba y mostraba su múculo, que lo tiene.
Así describe sonidos: "Se oyen coyotes, bandas de música, sinfonolas, mariachis, voces, gritos de alegría ranchera, aullidos de perros". O a los que quedan petrificados con la visión de un cadáver: "No se mueven más que los que se acomodan para ver mejor".
Pero pese a estos destellos, es imposible olvidar -aunque hayan pasando dos meses- lo que me aburrí leyendo esta truculencias, a la vez que recordaba otros libros del género muy bien escritos, desde el famoso Capote "A sangre fría", hasta "La ciudad de los vivos" de Lagioia, pasando por mi libro de 2025, "La canción del verdugo" de Mailer. Todos estos libros tienen en común -pero Mailer se sale- el hacer un retrato psicológico soberbio de los asesinos. Ibarguengoitia nos describe a dos mujeres zafias y sicópatas, aceleradas e inmisericordes, imbéciles y malas: o sea, sigue dormitando bajo su sombrero. Y da pena en un autor que puede hacer mucho más.
"Algunos de los aburrimientos que aquí se narran son reales. Ojalá la decepción fuera imaginaria."
