an

01 marzo 2026

Viaje con nosotras sin salir de su ciudad: India, Bangladesh y... los ingleses

Hay otras maneras de viajar que no implican moverse: puedes hacerlo con una novela desde tu sofá (mi manera habitual), puedes tener viajes psicodélicos (algo que no he probado, sé demasiado sobre lo que es "un mal viaje" para que me dé miedo hacerlo), o puedes jugar a Marco Polo a través de la gente. De eso va mi divague de hoy.

Pasaje a la India
Tengo una nueva compañera de trabajo, T.  Es de la India, y con cada interacción me lleva no solo al subcontinente, sino que me mete en una máquina del tiempo. En el pasado -llamémoslo Banderley- trabajé con muchos indios, pero los que he ido conociendo en Londinium ya eran mucho más asimilados, algunos de segunda y tercera generación, pero T. está prácticamente recién llegada, y por eso es un documento etnográfico en sí misma, que me causa confusión y maravilla a la vez. 



Pero no son los únicos sentimientos: tiene una actitud deferencial hacia mí que me avergüenza: me llama por mi título y apellido y me echa piropos continuamente. Cuando le pido que me llame por mi nombre de pila, dice que sería "irrespetuoso". Como comparto con ella herramientas de trabajo que he ido creando a través de los años, me pregunta si de verdad no me importa, porque en su país son todos muy competitivos y nunca lo harían (de hecho, quiere que las publique en un libro- sonrío negando y pensando en lo que yo querría publicar). Hablando de negar, T mueve la cabeza a los lados como suelen hacer las personas de la India, pero mucho más; me imagino que es porque no hace mucho que ha llegado a la isla. 

Las fotos del divague son de una exposición de fotos de Benarés a la que fui el otro día en SOAS (School of Oriental and African Studies, University of Londinium) de Jateen Lad. Cuando se la recomiendo a T me dice que le encanta esa ciudad, aunque ella es del sur y que le encantaría "que un día fuéramos juntas". Me desarma con esto y con otras cosas que hace, como comprar jabón para un baño en el que nunca hay, en lugar de quejarse a recepción o cualquier cosa que haríamos uno de aquí.

 
Como llegó hace unos meses, aún no tiene el ILR (Indefinite Leave to Remain, el visado para poder quedarse). La otra tarde me abrió el corazón con su historia personal y casi rompe el mío.  El suyo se lo destrozaron hace mucho tiempo: en la facultad se enamoró de un chico pero sus padres no permitieron que continuara la relación; ya se sabe, él estudiaba con becas. La familia de T no era  rica pero "tenía propiedades": si se casaba con él, renegarían de ella. Y lo dejó y, como era predecible, cayó en una depresión. Aún tiene idealizada esa relación -"era de Romeo y Julieta"-, a sus 40 años, y su madre la presiona para que se case "con quien sea", ahora que aquel novio está casado y con hijos. Igual nos equivocamos en el pasado, parece que reconoce. Siglo XXI.


"Alguien como tú" (o sea, uno de sus supervisores en India) al verla tan dentro del agujero le dijo que dijera adiós a todo y se viniera a Reino Unido, para empezar de nuevo. Y así lo hizo: sin amigos, sin conocidos... se metió en un avión y aquí está, viviendo en habitaciones y buscándose la vida. Le intento devolver sus piropos con mentiras blancas como que es bonito su top floreado (no me gusta la ropa floreada — otra cosa es el animal print, ja) o sus pendientes colgantes (no me gustan los pendientes colgantes), pero cuando le digo que la admiro por su coraje de cruzar el mar y venir aquí, esto es muy verdad. 


Estoy segura de que cuando se vaya me hará un regalo: estas culturas son hospitalarias, agradecidas. Como personas, no están de vuelta de ningún sitio, no usan la ironía. Por eso me invade tanta ternura. Recuerdo cuando nosotros en la península éramos una versión suave de eso. 

En taxi por Bangladesh
El taxi aquel es un DeLorean de 2026. El conductor, pese a verme con libro abierto en las manos, no para de hablar. Es muy simpático: él gana, cierro el libro. O a ver quién gana: en esas conversaciones con extraños siempre termino, inconscientemente, empujándoles a hablar de temas sociales o políticos, meterme en sus vidas, en su realidad. Tal vez no sea tan inconsciente, porque ahora mismo estoy describiendo que lo hago, pero no salgo "a matar" - supongo que la cabra tira al monte. 

El taxista bangladesí me contó la historia de su familia: algunos de sus hermanos eran médicos. Les encanta estudiar medicina a los de las excolonias en contraposición con los ingleses que hasta hace poco no les interesaba nada, es una profesión muy dura y a ellos lo que les va es la "venta de humo". También es algo práctico, donde nunca faltará el trabajo y la gente de dinero se puede permitir estudiar escultura o filosofía. Luego los médicos se vuelven arrogantes y se creen por encima, pero eso es otra historia. 


Pero divago y yo estaba en Bangladesh. Que los hijos del taxista están en la uni, su mujer no habla inglés (le estaba traduciendo para una cita médica cuando entro) y él tiene una barba á la Abraham Lincoln, pero en mega.  Por fin lo llevo a nuestra experiencia común como inmigrantes y mientras pasamos por delante del maravilloso -estéticamente- Dulwich College, ponemos a parir a uno de sus tristemente más famosos exalumnos, Nigel Farage, el tipo que nos llevó al Brexit con mentiras y que ahora lidera la ultraderecha de este país. Qué harían en esta isla, de entrada, sin los inmigrantes que desempeñamos las profesiones que acabo de citar y tantas más: hacemos su trabajo sucio. Eso sí, pese a tener un alcalde musulmán -querido Sadiq Khan, que le ha plantado cara al Boniato Yanki- no le gusta no sé qué nuevo impuesto ecológico. Oh well. 

Es Ramadán y el pobre hombre se ha levantado a las 4:30am para comer algo antes de que amanezca. Por lo menos este año no cae en verano. Me cuenta toda la historia del islam, un cuento de hadas ridículo, pero como desde hace un tiempo soy candidata permanente al Goya a mejor actriz, asiento como interesada. Me pregunta por lo de "beber la sangre y comer la carne de Cristo" de los católicos, y le digo que nunca me he creído eso, ni como metáfora: la barba se mueve arriba abajo, o sea, ríe, y yo me pregunto si eso le parece una idiotez, cómo se cree que un "hombre alto que en realidad era un ángel que le dictó el Corán a Mohammed durante 23 anios" le parece más plausible. En fin, que ahora iba yo a empezar a preguntar por "lo de las mujeres", pero llegamos: salgo a la calle y es "Regreso al futuro". 


Los británicos y la "Palabra-N" ("N-word")
Como el divague de hoy va de "viaje con nosotras a culturas exóticas", cómo no hablar de mi país de adopción, a propósito de la polémica de los BAFTAs de este año que no sé si ha llegado a la península.  Usaré a Mini porque no me lee -pero que me ha avisado de que si escribo sobre esto "y un día eres famosa, ese divague acabará con tu carrera"- como ejemplo de la actitud general del británico medio, para que se entienda el "choque de culturas" con el español medio.   Pero empiezo con contexto de la polémica:

El síndrome de Tourette es una enfermedad neurológica en la que el paciente presenta tics motores y vocales. Un tic es un movimiento incontrolado de un grupo muscular que se siente como una "urgencia" terrible, y tras hacerlo, hay relajamiento momentáneo, hasta que vuelve a subir la tensión, y hay que hacerlo otra vez. Puede ser tan simple (y, de hecho, empieza así, con movimientos simples) como tener que parpadear muy fuerte, fruncir el ceño, o puede evolucionar a tener que hacer movimientos complejos con los hombros; todo esto son toics motores. Los vocales comienzan como carraspeos, tosecitas y pueden evolucionar a ruidos, silbidos o, por lo que se han hecho famosos en los medios, por pasar de sílabas a palabras y aquí se incluye "coprolalia" (tacos, insultos, etc.).

Nota: esto es el (feísimo) "jardín japonés" del tejado de SOAS y las de abajo, fotos de mi librería favorita de Londinium (y esto es mucho decir): Waterstone's Gower St. No me puedo creer que esta librería no tenga un divague propio en la sección "bibliofilia". Lo tiene compartido con el de un libro que compré allí ("I love Dick"), y aquí se pueden ver las fotos. Pero volveré y queda pendiente el divague fotográfico detallado.



Hay un hombre llamado John Davidson que tiene un Tourette muy severo y ha dedicado su vida a hacer campaña: gracias a él se conoce mucho más este desorden. Cuando era niño, nadie sabía lo que era y sufrió todo tipo de bullying pero también incomprensión por su propia familia. Por sus méritos como "psicoeducador", la reina le dio una de esas medallas y, el pobre, en medio de la ceremonia, no pudo contenerse de gritar lo que muchas querríamos, pero él, en realidad, no: "fuck the queen" ("que se joda la reina!"). Así comienza el biopic dedicado a su vida, "I swear" (juego de palabras entre "digo tacos" y "lo juro") y por la que el actor que interpreta a Davidson ha ganado el BAFTA. 


Hasta aquí todo bien. Sin embargo, era de esperar que Davidson, invitado a la gala, se pasara parte de ella "jurando en hebreo", porque esos impulsos son parte de su neurodiversidad. Y cuando salieron dos actores negros a dar un premio, lo dijo: gritó la "palabra-N".

Si has visto "Pulp Fiction" en inglés, habrás notado que muchos de los personajes repiten la palabra-N continuamente. Para quien aún no lo sepa, la palabra-N es "Nigger", la peor palabra de toda la lengua inglesa, incluso por encima de "cunt", que se lo digan a DH Lawrence.  Proviene del castellano "negro", y aunque empezó como descriptivo, pasó a ser un insulto usado por los blancos para denigrar a los negros [interesante cómo el verbo "denigrar" proviene del latín denigrāre, compuesto por el prefijo de- (dirección de arriba abajo, o intensificación) y niger (negro)]. 


Ahora es una palabra tabú, tanto que no puede ser siquiera usada para contar esta anécdota, como hice yo el otro día en casa y Mini se enfadó tanto. Personalmente, no creo que solo decirla sin intención sea racista, pero me aseguran que sí. Pero lo que sí creo es que Davison, el hombre con Tourette, no pudo controlarse -de eso va su desorden- y la soltó. 

La historia ha tenido muchas ramificaciones: que si la BBC debería haber cortado ese segundo de la emisión (aseguran que no lo oyeron, aunque sí quitaron el "Free Palestine" de un premiado), que si no tendría Davidson que haber ido a la gala (pero ¿no se trata de visibilizar esta neurodiversidad?), que si, que si… Pero la razón por la que he incluido esta anécdota es para demostrar a los años luz que estamos de esta sociedad en algunas cosas. En el Reino Unido son muy cuidadosos con las formas en el tema étnico, hasta el punto de que no puedes decir la palabra ni para explicar la anécdota, ni puede decirla un hombre con una enfermedad que está allí en teoría para concienciar sobre ella. 

Con esto no quiero minimizar la experiencia de las personas negras que se sintieron fatal cuando se dijo la palabra: son siglos de esclavitud, maltrato y ahora aún discriminación y racismo lo que llevan sobre sus hombros. Solo quería contar la anécdota como un ejemplo de un "choque de civilizaciones más". En la península, aún hay gente que dice la palabra "moros" de manera derogativa sin ningún problema - me chocó al principio en "El cautivo" de Amenábar, pero luego entendí que era poner a los personajes a hablar de la manera que se hablaba en la época de Cervantes. Pero esta ya no es la época de Cervantes. 

Y termino con una frase que ya he puesto otras veces porque me encanta, que añade el tiempo en el axis de abscisas. Hoy hemos viajado aquí y pensamos así: qué será en diez, veinte, treinta años?
"No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuánto has cambiado tú”.



23 febrero 2026

"Testamento de Juventud" de Vera Brittain: Lectura obligada para el votante de quienes defienden el belicismo

"Testament of youth" ("Testamento de Juventud") es la novela autobiográfica de Vera Brittain sobre su experiencia como voluntaria en hospitales (VAD, Voluntary Aid Detachment ) en la Primera Guerra Mundial. Hace mucho que la recomendó Elena Rius, y ahí estaba, esperándome en una tienda de segunda mano de Oxfam - ya decía Borges que "la casualidad es una cita largamente acordada". 


Nota:  Que haya títulos en un divague suele ser un indicador de que, en un punto -o varios- se me ha ido de las manos. Que empecé a escribir un día, me fui, la vida fue la que se fue de las manos, volví, nada tenía sentido, y para intentar encauzarlo puse títulos para mí misma, que al final decidí dejar por afecto a los divagantes. Hay zonas de divagando-fuera-de-tiesto severas, instigadas casi siempre por la "topoliteratura" (cuando cosas pasan en sitios que conozco y lo cuento y en concreto, las fotos del divague son el resultado de una mañana muy fría de enero en que me subí en la bici y fui a fotografiar uno de los escenarios). También hay zonas que van por las partes del libro,  hay "grandes temas" y al final, una "performance" emocionante. 


Intrahistoria, o cómo llegué
En realidad, compré "Testament of youth" con la esperanza de que fuera Mini quien la leyera, porque uno de los temas de su "A" level de inglés es los poetas de la "Gran Guerra" (como se la llamaba antes de que ocurriera la Segunda). Aparte del examen, les piden unos ensayos críticos sobre los libros del temario, con temas propuestos por los alumnos, que luego serán corregidos por examinadores externos (lo llaman "coursework"). Mini propuso: "Con referencia a factores contextuales relevantes y su lectura crítica más amplia, ¿hasta qué punto la "Poesía de la Primera Guerra Mundial" (una antología de poetas como Edward ThomasRobert Frost, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon y Robert Graves entre otros) de Tim Kendall y "Regeneración" de Pat Barker presentan a los soldados como cómplices de la violencia o como víctimas del deber y las circunstancias?" Vera Brittain seguro tenía una opinión muy clara al respecto;  para mí ha sido toda una experiencia leer el trabajo de Mini a la vez que terminaba el libro. 


Pero quién debería leerla
Como no me gusta nada la cultura bélica -me aburren las pelis y los libros de este tema-, el meterme en 600 páginas de Primera Guerra Mundial se podría calificar de masoquismo clásico. Pero tenía que hacerlo: en el momento actual, en el que todo el mundo se está preparando (odio la famosa frase «Si vis pacem, para bellum»potencialmente para esos "eventos de destrucción masiva", la guerra, quería entender algo del proceso, aunque ya imaginaba que iba a terminar reafirmándome en el horror que es toda -y en particular- esa guerra, tal vez la más cruel - si puede haber competiciones en esto. 

Claro que no es que tenga que ser yo -que tengo un distintivo en mi blog llamado "antimilitarismo"- quien lea estas cosas, sino los votantes de aquellos que tienen poder para elegir o no este camino. Pero tal vez esos no lo lean nunca, cada uno leemos o escuchamos lo que no nos causa convulsiones con el té matinal: desde el periódico, hasta los podcast, pasando por libros y pelis. Yo a veces, siguiendo con el masoquismo, me paso por "el otro lado", y he de admitir que el cabreo y la desesperación me invaden. Y así seguimos, cada uno en nuestros silos y yo, a punto de divagar sobre una biografía de una mujer que terminó siendo pacifista convencida el resto de su vida. Aunque fuera una evolución, porque al principio también habla de aquellos "propagandistas antibelicistas" que calificaban al estado mental de la nación como "exaltación histérica" o "histeria idealista quasi-mística".

La vida diaria en una guerra
Esta no es una biografía para entender lo que es la vida de la gente de a pie cuando hay guerra, porque la autora se alistó como voluntaria y vivió la misma casi en primera línea.  Sería el equivalente de "Sin novedad en el frente" (1928) de Erich Maria Remarque -que leí en mi época de apoyo a ese gran movimiento. la "insumisión"- que cuenta los horrores desde el punto de vista de un soldado; pues esta novela es desde el punto de vista de una asistente de enfermería. 

He de decir que siempre me ha intrigado lo que es la vida diaria durante una guerra: conjuro imágenes de bombas cayendo del cielo que se ha tornado infierno sin interrupción, sirenas, gente corriendo, Dresden, Guernica, Gaza. Parece increíble que la vida "normal" pueda seguir, pero lo hace. Mi primer contacto con esto fue la Yaya, que tenía 16 cuando estalló la Guerra Civil y estaba en Bellver. Era un pueblo en medio de los Pirineos donde la vida parecía "normal", aparte de que cuando venía "la pava" se metían casi todos al refugio, cuya boca me enseñó. Y digo "casi" porque su padre, por ejemplo, no iba, se quedaba trabajando fuera en su herrería. Esto siempre me fascinó: alguien que decide seguir con su vida pese a que igual le caiga una bomba, no me entra en la cabeza. 

Aquí, en Londinium, también he atisbado lo que era vivir durante el Blitz, el bombardeo de la ciudad por la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial, tanto por literatura ["The end of the affair" , "El final del affaire" de Graham Greene o "Life after life", "Una y otra vez" de Kate Atkinson] como por  tener los ojos abiertos: dos calles arriba de la mía hay unos cuantos edificios cuya arquitectura no es la victoriana típica de la zona: son casas feas de los años 60, construidas en el solar que dejó una bomba. He escrito bastante de esto, recientemente en un divague sobre Du Cane Court, un edificio en Balham que tiene mucha leyenda del Blitz, o en otro sobre el refugio que hay en la parada de metro cercana - allí se ve cómo gente como yo salía de su casa por la tarde-noche, cerraba la puerta, bajaba las nueve plantas hacia el centro de la tierra, y allí tenían literas donde dormir, pero antes, incluso organizaban bailes!! A la mañana siguiente, subir las nueve plantas, ir a ver si tu casa aún está ahí y supongo que irte al trabajo, o al colegio, los pocos que quedaron; aquí hay una foto increíble de una clase (scroll hasta el punto 7). 


Vida pre-guerra
Pero como digo, esto no es el caso aquí -aunque a veces se deje ver algo por la correspondencia de la protagonista con su familia. Esta biografía está dividida en tres partes y doce capítulos. Los primeros, casi cien páginas, los dedica a contarnos cómo era la vida en Inglaterra, en concreto en un pueblo balneario de Derbyshire llamado Buxton, donde ella vivió una "provincial young ladyhood" (juventud de señorita provinciana).  He visto por ahí comentarios sobre el exceso de detalle de esta parte, pero es importante para entender cómo se sintió esta generación después, a los que luego se llamó la "Lost Generation", la generación perdida, aquellos que llegaron a la edad adulta justo antes o durante la guerra. Hemingway usó el concepto en su novela de 1926 "Fiesta", para indicar el espíritu desorientado, sin dirección, vagante (¡yeah!) de los supervivientes en el periodo de entreguerras.  

Brittain venía de una familia de clase media alta -su padre tenía una fábrica de papel- con solo dos hijos, ella y su hermano menor, Edward, que amaba la música y era "inteligente en lugar de intelectual".  En la correspondencia con sus padres durante la guerra queda muy claro el tema de clase: continuamente se dice que su madre lo está pasando mal dado que "solo tienen a una mujer de servicio". ¡El peso de llevar ella sola el piso de Kensington! Esta situación de "servantless" la llevaron fatal los ricos durante la guerra y, de hecho, hay una vez que Brittain tiene que pedir permiso para volver a casa para ayudar por esto. Cada vez que sale ese tema, quiero gritar, pero ilustra de una manera inesperada para mí lo de "la vida diaria en una guerra".

La autora fue al internado donde daba clases su tía y decidió -en contra de la opinión de su padre- prepararse para entrar en Oxford a estudiar English (Literatura Inglesa). Me encanta la frase con la que comienza el libro:
"When the Great War broke out, it came to me not as a superlative tragedy, but as an interruption of the most exasperating kind to my personal plans". ["Cuando estalló la Gran Guerra, no fue para mí una tragedia enorme, sino una interrupción exasperante de mis planes personales"].
No está sola, es famosa la entrada en el diario de Kafka del 2 de agosto de 1914: "Alemania ha declarado la guerra a Rusia. Nadar por la tarde"Me gusta porque resume perfectamente la falta de conciencia de lo que se venía encima por gran parte de la población, pero, sobre todo, porque a la gente no nos interesan esas decisiones que se toman en despachos, frecuentemente movidas por la necesidad de alguien de vender bombas y carros de combate. No estoy diciendo que esas sean las únicas causas de la Primera Guerra Mundial -aunque la misma Brittain confiesa que era ingenuos y que no se dieron cuenta de que había "explotación cínica de los jóvenes por mayores que se movían por su propio interés"-  pero sí que a la gente lo que le importa es tener un techo sobre su cabeza, poder ver a su novia, que su equipo gane la liga y, en el caso de Brittain, poder ir a Oxford, para lo que se estaba preparando. De repente, estalla la guerra y sus planes de vida se rompen. 


A la gente todo esto no nos va bien, y por ello los que nos llevan a eso han de organizar una campaña importante de comecocos (digo, propaganda) para persuadir a las masas de que entregar a sus hijos a la muerte en un barrizal merece la pena por valores tan irrisorios, para mí, como Dios, patria, rey, o lo que se diga ahora. Esto también lo he visto en el ensayo de Mini, en el que queda clarísimo que todos esos poetas creen, una vez que han pasado por allí, que todo ha sido en vano. Brittain nos cuenta cómo la prensa era cómplice de esta propaganda: por ejemplo, los titulares de un día eran "la grandiosa victoria de nuestros soldados en la batalla de Ypres", y a los dos días, de forma escalonada, las listas de muertos en combate.  Parece que, cuando informaban a las familias, todos habían muerto "de un disparo en la cabeza": claro, claro. 



Brittain se prepara mucho para poder entrar en Oxford pero en un punto siente que tiene que arrimar el hombro y se alista como voluntaria. Tengo opiniones encontradas sobre el tema: por una parte, me parece de una generosidad extrema, me quito el sombrero: ¿quién le exigía dejar una vida cómoda para enfrentarse con ese horror? [Aún así, en un punto dice que "un número de antepasados neuróticos me deprivaron de la virtud del coraje"]". Por otro lado, los primeros que fueron a la guerra fueron voluntarios (luego ya se hizo conscripción o reclutamiento obligatorio en 1916, la primera vez en la historia moderna de este país) porque creían que debían hacerlo por las razones arriba citadas o por las pegatinas que les ponen, como en la guardería (aquí las llaman "cruces militares") después de supuestas heroicidades. Si la mayoría no lo hubiera hecho, ¿qué habría pasado? Deberíamos recordar que somos siempre más que ellos, y nuestro poder juntos es inmenso; pero se nos olvida. 

Primer puesto: Camberwell
El segundo hospital donde trabajó Brittain (el primero fue en su pueblo de Derbyshire, pero era un poco como de la Señorita Pepis), fue en uno que se habilitó a partir de dos colegios en Camberwell, que entonces se llamó el "First London General Hospital". El personal venía del Bart's Hospital (del que hablé el otro día, a tenor de su maravillosa y hogarthiana North Wing (Ala Norte)


Fui a visitar lo que fue el hospital hace unos findes (como digo, de ahí son las fotos): está frente a Myatt's Fields, un parquecito muy victoriano, con su quiosco de la música y todo, donde Brittain cuenta que sacaban a los pacientes para que les diera el sol. Imaginarlos allí...


El College era San Gabriel's College, construido en 1900 -muchos de sus chicos se alistaron para ir a la guerra- con su capilla a la derecha, pero el más bonito era Charles Edward Brooke Girls' School. Yo iba por el parque sin saber lo que me iba a encontrar y de lejos vi las torretas. Cuando me acerqué, me encontré con que está todo el edificio cubierto de lonas verdes porque se está cayendo a trozos. 


Al lado del cole está la casita del caretaker (guarda), que sí está habitada: como me pilló mirando entre las rejas de la puerta, salió un chico que me contó que el edificio es del ayuntamiento, pero que no tienen dinero para arreglarlo (me extraña que no hayan recurrido al manido concepto "luxury apartments" en el que reconvierten todo en esta ciudad). 

A él le alquilan las casita del guarda (arriba), de la que funciona el buzón e incluso el timbre. Atención a esta monada:


Mientras Brittain trabaja en este hospital, vive en Denmark Hill y explica con detalle las penosas condiciones en el alojamiento que compartía con otras voluntarias y el viaje de tranvía con el que va al hospital -que a veces no podían coger porque iba lleno de trabajadores que viajaban al centro. Leer esta parte de la novela me ha tocado muy de cerca porque durante muchos años trabajé en esa calle, y de repente ponerla en sepia y ver durante tu lectura a tus personajes en un tranvía que hoy no existe -en su lugar hay un montón de líneas de bus-, es curioso. También me ha encantado saber que los números de las líneas de los buses de Londinium no han cambiado: ¡ahí está nuestro querido 88!


Puesto 2: La Valeta
El siguiente destino,  tras el hospital de Camberwell, es La Valeta, en Malta. El viaje en barco -el Britannic- que describe bordeando nuestra península por el Atlántico y lo que queda de travesía por el Mediterráneo es épico.  
"Empezamos el viaje hacia el oeste y cuando pasamos las Needles parecía que navegábamos directos el corazón de un atardecer dorado y lila (...) la emoción de pasar esas tierra lejanas y encnatadas (...) la costa rojo-ladrillo de Portugal (...) la noche que Gibraltar se alzó frente a nosotros, una sombra negra engarzada de luces, y a la maniana siguiente, los picos arrogantes de Sierra Nevada inclinados sobre las escarpadas cimas de las Alpujarras (...) las rocas lilas y grises de Cerdenia (...) el gigante Vesubio, cubierto de nubes. Messina, ese estrecho trágico perpetuamente guardado por el centinela azul, el Etna, se deslizó cuando lo pasábamos".
No entiendo por qué luego pasan por el "peligroso Egeo" y habla de algunas islas griegas como Lemnos antes de terminar en Malta: me parece un rodeo, aunque tal vez tenía que ver con la guerra. Porque aunque este viaje y su descripción (tal vez seré injusta luego cuando diga que el libro no es literario) me dejaron hipnotizada, no hay que olvidar que la travesía tuvo lugar con la continua amenaza de ser bombardeados;  suerte que de hecho sufrieron otros navíos.  

Una vez que llega a Malta, Brittain disfruta muchísimo simplemente con todo lo sensorial que tiene para ofrecer una isla mediterránea, como sabemos los fans. Esta parte de la novela me ha llevado a aquel viaje en esta isla y su compañera, Gozo, hace unos años, a sus colores, a su luz, y a la felicidad de simplemente estar ahí fuera, en cualquiera de sus acantilados. Curioso -volvemos a "la vida diaria de la guerra"- que Brittain cuenta cómo en La Valeta aún estaba en funcionamiento la ópera.

Puesto 3: Francia
La vuelta al continente es en tren y nada tiene que ver con Malta su último destino, un hospital en Francia cubriendo el frente. Lo que me ha quedado de esta parte se puede describir con  una palabra: barro, tanto real como metafórico es esta guerra de trincheras, la más cruel que ha existido, donde además, describe la vida como "aburrida" (de verdad que no logro imaginarme esa parte de la guerra). Y si pensamos en los números que cayeron o fueron heridos [la batalla de Somme, un millón de soldados!!!], ya te vienes abajo. He escrito "soldados" pero querría decir hijos de sus padres, hermanos de sus hermanas, novios de sus novias. Cada una de estas personas tenía una historia y dejó detrás, una familia destrozada. ¿Para qué?


Esto es algo que se pregunta Vera Brittain durante toda la biografía. ¿Por qué? ¿En nombre de qué? Lo que vio en todos los hospitales fue horrendo (mutilados, enceguecidos, sufridores de dolores terribles, muertos), en un punto describe ayudar a vestirse a un recién amputado como "un espectáculo que dé más pena no existe a este lado de la muerte", heridas tan monstruosas que solo se podrían solucionar con "la misericordia de la muerte". 

Hay gente que nunca lo supera y tal vez ella fue de ellos. En la introducción escrita por su hija Shirley Williams (que fue en los 70 miembro del parlamento por los Laboristas pero en los 80 se pasó a los Liberales Demócratas) dice lo difícil que era para su madre reírse a carcajadas, que "estaban esas hileras de cruces clavadas en su ser para siempre".  Y es que ya al principio de la guerra, alguien le dice que todos los soldados son otras personas: "todos han cambiado, después de dos o tres meses allí, ya no son los mismos". Ese es el tema: los que sobreviven quedan con cicatrices para siempre, la misma Brittain habla de unos sueños recurrentes que le duraron diez años después de terminar la guerra, y la culpa del superviviente ("¿por qué no he muerto yo? Soy un naufragio de la guerra"): trastorno de estrés postraumático en toda regla. 


Brittain pierde en las trincheras primero a su novio Roland, luego a dos amigos [que por cierto, le envían flores durante una convalescencia de ella: en la guerra se mandan flores!] y por fin, casi al final de la guerra, a su hermano pequeño Edward, un chico que solo quería tocar el violín- porque por lo menos Roland estaba muy interesado en "la gloria" pero, el pobre Edward? Al principio de la guerra, ante una tumba de un soldado cualquiera piensa la autora: "Y aún así, un día alguien amó al soldado que yace aquí". Años después viaja a la desolada montaña italiana donde yace su hermano y es ella la que se enfrenta a la soledad de su tumba, a tenerlo que dejar ahí solo: para mí este es el momento más desolador de la novela - y eso que hay muchos. Brittain piensa que le han robado su pasado, todos esos recuerdos de infancia que solo compartía con él y ya con nadie nunca más; y su futuro, todas esas encrucijadas de la vida en las que hablaría con él y ya no podrá. 

Tenemos las imágenes de la Guerra de Vietnam, en la que los cadáveres de los soldados americanos se repatriaban en bolsas, pero en la Primera Guerra Mundial se quedaban allí para siempre. La gente, los colegios, viajan a Francia a visitar estos cementerios de cruces blancas. Mini estuvo con el suyo y rindieron tributo -coronas de laurel y esas cosas- a los muertos británicos, entre los que estaba el bisabuelo o tatarabuelo de un compañero. 

El caso es que no fue hasta que leí esa escena de Vera Brittain frente a la tumba perdida de su hermano Edward,  que me puse como nunca antes en primera persona del drama:  lo que debía ser que te lo notificaran, o luego leer la lista de muertos en el periódico y ahí se acababa todo, con suerte tener un lugar donde ir cuando se acabara la guerra a ver si lo encontrabas. También me ha ayudado a ver aún más claro el "tema cunetas" de los desaparecidos de la Guerra Civil Española. No hay nada como la literatura para hacernos entender y sentir estas cosas.


Historia del SXX
Al terminar la guerra, Brittain decide centrar todos sus esfuerzos en la paz. Vuelve a Oxford pero cambia la carrera: en lugar de Literatura decide estudiar Historia, porque necesita entender qué ha pasado en Europa, para poder seguir su campaña pacifista. La universidad no espera a esta "generación perdida" precisamente con los brazos abiertos: Brittain se siente una alienígena que no pertenece a ningún sitio, está deprimida, a ratos parece psicótica. Cuando termina, se dedica a viajar por Europa dando charlas, en la Liga de Naciones ("ese experimento internacional para la búsqueda y mantenimiento de la paz") y observando los efectos de la guerra. 

En uno de sus viajes a Italia oye por primera vez la palabra "fascismo" y en uno a Alemania describe cómo se vivió la guerra en Berlín ("sin velas, sin calefacción, sin nada que comer") y cómo, en esos momentos, en Alemania la "amargura y el estrés eran más psicológicos que económicos". Desconocían que Inglaterra y Francia hubieran sufrido en absoluto y expresaron un odio hacia Francia "con un cinismo frío más terrorífico que si hubiera sido apasionado". "Un día, nos vengaremos" dijo un alemán y Brittain escribió: "este país me asusta". Hoy sabemos que tenía razones. 


Feminismo
Cuando tomo notas de los libros, lo suelo hacer por páginas, pero en este libro enseguida comprendí que tenía que hacer dos grandes temas que iban a salir constantemente: pacifismo y feminismo.  Tengo tantísimas notas sobre ambos temas que sería imposible incluir todo lo que hace a Brittain una mujer excepcional en ambos. Sobre pacifismo he ido dejando miguitas durante todo el divague así que solo dejaré una frase ["Que estemos en esta época de teléfonos, aviones, coches y no hayamos superado la fase de matarnos unos a otros"] y una performance que explicaré al final.

De feminismo, desde el principio, como adolescente se resiste a su padre que quería que fuera una joven "enteramente ornamental". Cuando está en Malta, envía a casa dos acuarelas y le dice a su madre que son para "su estudio en Oxford", si logra sobrevivir. Piensa que no concibe una vida sin un estudio, que lo prefiere incluso a un dormitorio. Aún no había publicado Virginia Woolf su clásico "Una habitación propia" (lo hizo en 1929). No me puede gustar más esta idea, pensada por estas mujeres hace más o menos 100 años, tan actual. Por fin, cuando se casa, mantiene el apellido de su familia (no adoptar el del marido debió ser anatema en esa época) y siempre dijo que la "libertad en el matrimonio era incompatible con dependencia económica del marido". 




Aspectos formales. El estilo
Más de seis semanas me ha costado leer este libro y un par de veces he estado a punto de abandonar. En ambas ocasiones me he alegrado luego de haber continuado, porque he seguido aprendiendo y pensando. Pero el estilo de Brittain, correctísimo, no es literario en el sentido que a mí me gusta. ¿Qué quiero decir? Pues por ejemplo para mí es literario  "Matadero 5" de Kurt Vonnegut, otro libro bélico antibelicista completamente distinto en la forma en que está contado cosas parecidas. Brittain te cuenta los hechos muy bien, no hay página sin un subrayado y varias páginas de notas, mayoritariamente de hechos que desconocía o de ideas con las que sintonizo en todo. También sintonicé con Vonnegut, pero le admiré la forma más que a Brittain. Es la diferencia entre ver un documental muy bueno, o ver una peli de autor con una visión que te gusta. 


Y ya termino con la prometida performance pacifista que tuvo lugar en varias ciudades británicas como conmemoración del centenario de la Batalla del Somme. Alrededor de 1500  voluntarios vestidos con uniformes de la Primera Guerra Mundial que representaban cada uno a un soldado individual que murió el  1 de julio de 1916 aparecieron inesperadamente en lugares de todo el Reino Unido de 7 am a 7 pm, visitando centros comerciales, estaciones de tren, playas,  y calles principales para servir como recordatorio de los 19,240 hombres que murieron hacía 100 años el mismo día, el primer día de la Batalla del Somme. Encargado por 14-18 NOW (el programa de arte del Reino Unido para el centenario de la Primera Guerra Mundial), la obra se inspiró en parte en relatos de avistamientos durante y después de la Primera Guerra Mundial por parte de personas que creían haber visto a un ser querido muerto. Cantaban una versión irónica del mítico "Auld Lang Syne" (la que cantan los anglosajones en Nochevieja) que decía "Estamos aquí porque estamos aquí" ("We're here because we're here"), indicando que, como los amigos de Vera Brittain, sus pacientes, y ella misma, no sabían por qué estaban o habían luchado en esa guerra. 

Somos más, siempre: no aupemos al poder a los que nos pueden llevar a todo ese horror.

15 febrero 2026

Veinte cartas de amor y un poema desenamorado

El domingo pasado me llevó la divaganta Raquel a los "National Archives", donde tienen guardada más de mil años de historia, nada menos, en Kew, una zona preciosa al suroeste de la ciudad. Es un edificio brutalista inmenso que me encantó: parece una nave espacial sin casi tripulantes, donde resuena el silencio del espacio. La divaganta Raquel me asegura que no es porque sea domingo, sino que entre semana está siempre así. Se confirma: es posible encontrar en Londinium sitios desiertos, o por lo menos tranquilos. Curiosamente, luego en su casa -me liaron para comer- llena de libros, encontré uno titulado "Quiet Londinium", que va precisamente de esos lugares escondidos que poca gente conoce y que yo voy a descubrir con mi bici para mis "diarios de bicicleta" (watch this space). Pero no este finde que no puedo esperar a que acabe porque estoy trabajando. 

La excusa para visitar estos archivos era una exposición de cartas de amor que han montado. Es pequeñita y asequible, y voy a incluir las fotos de algunas -calidad pésima, era imposible con las sombras y los reflejos de los cristales-, solo porque me encanta la caligrafía de casi todas ellas. De esta escritura antigua de hace siglos nos queda aún un vestigio en las cartas de nuestras abuelas, pero me pregunto sobre la técnica que usaban para enseñar a escribir (¿alguien recuerda las Cartillas de caligrafía Rubio?: claramente estas no dejaron a una generación de letras siquiera legibles). Tiene que haber algún secreto porque he observado que, en general, las personas de la India tienen una letra muy bonita y muy similar entre ellos. Que alguien vaya a India a investigar. 

Pero divago. En la exposición nos encontramos con cartas como las que se escribían en 1588 la heroína de Mini (la reina Elizabeth I) con su sweetheart de la infancia Robert Dudley. Pero ella fue "la reina virgen" y tuvo que aplacar esas debilidades para evitar cotilleos de su reputación, porque él estaba casado. Claro que ni cuando enviudó se casó con él, prefirió el poder que la relación; esto daría para un divague feminista en sí mismo, pero no hoy.

Hay también manifestaciones de amor entre hermanas, por ejemplo, el testamento de Jane Austen escrito tres meses antes de morir, con 41 años, que le deja todo a su hermana Cassandra, con la que vivía. 

El amor también puede ser peligroso y si no que se lo digan a Oscar Wilde que terminó en la cárcel de Reading por su historia con Bosie, que pese a ni
ñato escribió esta carta en 1895 a la reina Victoria para que le liberasen:


... o la de la quinta esposa de Enrique VIII (Catherine Howard), una de las dos decapitadas (recordemos el piiiexamen de ciudadanía y la [mala]suerte de sus seis esposas: "divorced-beheaded-died-divorced-beheaded-survived". La pobre llegó adolescente a la corte, el rey de 49 años se fijó en ella, pero ella a quien le había echado el ojo era a un cortesano llamado Thomas Culpeter (sí, sorpresa, señoros con novias jóvenes: ellas miran a los de su edad). Cuando se destapó el tema, Henry dijo... "rueden sus cabezas". Pero la letra es, de nuevo, preciosa:

Hay cartas entre mujeres terratenientes lesbianas en plena época victoriana; hay cartas entre líderes laboristas de la clase trabajadora y mujeres aristócratas; hay una que escribe una mujer a su marido en las trincheras de la Primera Guerra Mundial que incluiré en mi divague sobre el libro de Vera Brittain. Y esta última que incluyo no sé de quién es, pero tal vez sea mi favorita en cuanto a caligrafía...



Al final, hay papel y lápiz y nos invitan a los visitantes a que escribamos una carta de amor. La divaganta Raquel llama mi atención sobre una en la que el autor le dice a su amada que, pese a no haberla visto en 57 años, la sigue queriendo. De nuevo, solo esta historia tiene un divague entero y me ha recordado a "la cárcel donde aún te retengo" de este poema triste del Gran Cronopio. 

Con él termino: va por todas las cartas de amor que un día escribimos, y por todas las que nos quedan por escribir. 

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.

Julio Cortázar


10 febrero 2026

Arriba Bad Bunny y Kneecap - músicas que no entiendo

El 28 de junio de 2026 toca Bad Bunny en el Tottenham Hotspur Stadium.  En casa tenemos dos entradas para el concierto y -tras mi performance en el de "Role Model" hace un año- he sido agraciada con no ser la acompañante .  Esta vez le ha tocado al Peda. 



Y digo agraciada porque, por mucho que me esfuerce, no me gusta la música latina. Nunca me ha gustado y creo que, a estas alturas, vamos mal. En el reguetón ni entro: ni forma ni fondo. 

Y digo "por mucho que me esfuerce", porque me encantaría que me gustase Bad Bunny. Todo lo que está representando el puertorriqueño en estos momentos en el mundo es tan necesario: políticamente le está plantando cara al Boniato con Peluka, que a su vez, le desprecia -hay que leer su "crítica", que no representa la grandeza de los EEUU que él grazna, pobre payaso. Benito (su nombre de pila), sigue cantando en puertorriqueño (un día Mini me dijo que estaba mejorando su castellano gracias a él: ay Virgencita que aún me estoy recuperando de, cuando con 9 años la oía cantar "quiero que le enseñes a mi boca tus lugares favoritos"- por si alguien ha estado en una cueva, verso del "Despasito") en lugar de en inglés. Dice que fuera el ICE, que los inmigrantes no son animales, que son personas. Habla de anticolonialismo (de eso va "Debí tirar más fotos", su álbum que siempre asociaré a nuestra semana en la Antártida, digo en NUEVAYoL, -clicka y scroll hasta el final, ahí está él en todo lo alto de Times Sq), de cambio climático. No conforma con los estereotipos macho del reguetón en su estética -no me entren con las letras, que desconozco. En 2019 terminó su tour europeo para volver a unirse a las revueltas en Puerto Rico contra el gobernador que acabó con su dimisión. Y ahora ha hecho el intermedio de la Super Bowl, para disgusto de esa América que nos disgusta a los demás cuando abrimos la prensa. 

Y, mientras veo la actuación y pienso, qué pena no disfrutar esto, me doy cuenta de algo similar que me ocurrió este fin de semana y que nunca habría sospechado. Esta vez fue "qué pena que nunca me haya gustado el rap". Y todo por una peli: se titula "Kneecap" y es una versión un poco ficcionada de los principios del grupo de rap de Belfats del mismo nombre. Dirigida en 2024 por Rich Peppiatt, los actores son los mismos raperos.  La peli es chulísima: piensa en la primera vez que viste "Trainspotting" (Lust for Life!), su energía, su anarquía, su dedo corazón hacia la autoridad. Esta es además muy política, porque el grupo lo es ens us letras (Kneecap era la práctica de los paramilitares del IRA de disparar en la rodilla en plan castigo al que no se comportara): hablamos de Irlanda del Norte, ecos de los Troubles, el reconocimiento del idioma irlandés, la patada en el culo a los protestantes. Nota: uno de ellos fue acusado de terrorismo por apoyo a Gaza. Con la peli te acaba gustando su rap, piensas, y sobre todo te ríes: muy necesario en estos días donde, una vez más, los malos han ganado.


Como ha quedado claro, no soy tu melómana de cabecera, exploradora de otras músicas y sonidos alternativos - supongo que moriré tarareando los éxitos de mi adolescencia. Pero en estos momentos, me encantaría disfrutar de la música del Bunny o del rap de los Kneecap. Ambos están diciendo cosas que necesitamos que sigan ahí afuera. 

 Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya
No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái