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23 febrero 2026

"Testamento de Juventud" de Vera Brittain: Lectura obligada para el votante de quienes defienden el belicismo

"Testament of youth" ("Testamento de Juventud") es la novela autobiográfica de Vera Brittain sobre su experiencia como voluntaria en hospitales (VAD, Voluntary Aid Detachment ) en la Primera Guerra Mundial. Hace mucho que la recomendó Elena Rius, y ahí estaba, esperándome en una tienda de segunda mano de Oxfam - ya decía Borges que "la casualidad es una cita largamente acordada". 


Nota:  Que haya títulos en un divague suele ser un indicador de que, en un punto -o varios- se me ha ido de las manos. Que empecé a escribir un día, me fui, la vida fue la que se fue de las manos, volví, nada tenía sentido, y para intentar encauzarlo puse títulos para mí misma, que al final decidí dejar por afecto a los divagantes. Hay zonas de divagando-fuera-de-tiesto severas, instigadas casi siempre por la "topoliteratura" (cuando cosas pasan en sitios que conozco y lo cuento y en concreto, las fotos del divague son el resultado de una mañana muy fría de enero en que me subí en la bici y fui a fotografiar uno de los escenarios). También hay zonas que van por las partes del libro,  hay "grandes temas" y al final, una "performance" emocionante. 


Intrahistoria, o cómo llegué
En realidad, compré "Testament of youth" con la esperanza de que fuera Mini quien la leyera, porque uno de los temas de su "A" level de inglés es los poetas de la "Gran Guerra" (como se la llamaba antes de que ocurriera la Segunda). Aparte del examen, les piden unos ensayos críticos sobre los libros del temario, con temas propuestos por los alumnos, que luego serán corregidos por examinadores externos (lo llaman "coursework"). Mini propuso: "Con referencia a factores contextuales relevantes y su lectura crítica más amplia, ¿hasta qué punto la "Poesía de la Primera Guerra Mundial" (una antología de poetas como Edward ThomasRobert Frost, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon y Robert Graves entre otros) de Tim Kendall y "Regeneración" de Pat Barker presentan a los soldados como cómplices de la violencia o como víctimas del deber y las circunstancias?" Vera Brittain seguro tenía una opinión muy clara al respecto;  para mí ha sido toda una experiencia leer el trabajo de Mini a la vez que terminaba el libro. 


Pero quién debería leerla
Como no me gusta nada la cultura bélica -me aburren las pelis y los libros de este tema-, el meterme en 600 páginas de Primera Guerra Mundial se podría calificar de masoquismo clásico. Pero tenía que hacerlo: en el momento actual, en el que todo el mundo se está preparando (odio la famosa frase «Si vis pacem, para bellum»potencialmente para esos "eventos de destrucción masiva", la guerra, quería entender algo del proceso, aunque ya imaginaba que iba a terminar reafirmándome en el horror que es toda -y en particular- esa guerra, tal vez la más cruel - si puede haber competiciones en esto. 

Claro que no es que tenga que ser yo -que tengo un distintivo en mi blog llamado "antimilitarismo"- quien lea estas cosas, sino los votantes de aquellos que tienen poder para elegir o no este camino. Pero tal vez esos no lo lean nunca, cada uno leemos o escuchamos lo que no nos causa convulsiones con el té matinal: desde el periódico, hasta los podcast, pasando por libros y pelis. Yo a veces, siguiendo con el masoquismo, me paso por "el otro lado", y he de admitir que el cabreo y la desesperación me invaden. Y así seguimos, cada uno en nuestros silos y yo, a punto de divagar sobre una biografía de una mujer que terminó siendo pacifista convencida el resto de su vida. Aunque fuera una evolución, porque al principio también habla de aquellos "propagandistas antibelicistas" que calificaban al estado mental de la nación como "exaltación histérica" o "histeria idealista quasi-mística".

La vida diaria en una guerra
Esta no es una biografía para entender lo que es la vida de la gente de a pie cuando hay guerra, porque la autora se alistó como voluntaria y vivió la misma casi en primera línea.  Sería el equivalente de "Sin novedad en el frente" (1928) de Erich Maria Remarque -que leí en mi época de apoyo a ese gran movimiento. la "insumisión"- que cuenta los horrores desde el punto de vista de un soldado; pues esta novela es desde el punto de vista de una asistente de enfermería. 

He de decir que siempre me ha intrigado lo que es la vida diaria durante una guerra: conjuro imágenes de bombas cayendo del cielo que se ha tornado infierno sin interrupción, sirenas, gente corriendo, Dresden, Guernica, Gaza. Parece increíble que la vida "normal" pueda seguir, pero lo hace. Mi primer contacto con esto fue la Yaya, que tenía 16 cuando estalló la Guerra Civil y estaba en Bellver. Era un pueblo en medio de los Pirineos donde la vida parecía "normal", aparte de que cuando venía "la pava" se metían casi todos al refugio, cuya boca me enseñó. Y digo "casi" porque su padre, por ejemplo, no iba, se quedaba trabajando fuera en su herrería. Esto siempre me fascinó: alguien que decide seguir con su vida pese a que igual le caiga una bomba, no me entra en la cabeza. 

Aquí, en Londinium, también he atisbado lo que era vivir durante el Blitz, el bombardeo de la ciudad por la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial, tanto por literatura ["The end of the affair" , "El final del affaire" de Graham Greene o "Life after life", "Una y otra vez" de Kate Atkinson] como por  tener los ojos abiertos: dos calles arriba de la mía hay unos cuantos edificios cuya arquitectura no es la victoriana típica de la zona: son casas feas de los años 60, construidas en el solar que dejó una bomba. He escrito bastante de esto, recientemente en un divague sobre Du Cane Court, un edificio en Balham que tiene mucha leyenda del Blitz, o en otro sobre el refugio que hay en la parada de metro cercana - allí se ve cómo gente como yo salía de su casa por la tarde-noche, cerraba la puerta, bajaba las nueve plantas hacia el centro de la tierra, y allí tenían literas donde dormir, pero antes, incluso organizaban bailes!! A la mañana siguiente, subir las nueve plantas, ir a ver si tu casa aún está ahí y supongo que irte al trabajo, o al colegio, los pocos que quedaron; aquí hay una foto increíble de una clase (scroll hasta el punto 7). 


Vida pre-guerra
Pero como digo, esto no es el caso aquí -aunque a veces se deje ver algo por la correspondencia de la protagonista con su familia. Esta biografía está dividida en tres partes y doce capítulos. Los primeros, casi cien páginas, los dedica a contarnos cómo era la vida en Inglaterra, en concreto en un pueblo balneario de Derbyshire llamado Buxton, donde ella vivió una "provincial young ladyhood" (juventud de señorita provinciana).  He visto por ahí comentarios sobre el exceso de detalle de esta parte, pero es importante para entender cómo se sintió esta generación después, a los que luego se llamó la "Lost Generation", la generación perdida, aquellos que llegaron a la edad adulta justo antes o durante la guerra. Hemingway usó el concepto en su novela de 1926 "Fiesta", para indicar el espíritu desorientado, sin dirección, vagante (¡yeah!) de los supervivientes en el periodo de entreguerras.  

Brittain venía de una familia de clase media alta -su padre tenía una fábrica de papel- con solo dos hijos, ella y su hermano menor, Edward, que amaba la música y era "inteligente en lugar de intelectual".  En la correspondencia con sus padres durante la guerra queda muy claro el tema de clase: continuamente se dice que su madre lo está pasando mal dado que "solo tienen a una mujer de servicio". ¡El peso de llevar ella sola el piso de Kensington! Esta situación de "servantless" la llevaron fatal los ricos durante la guerra y, de hecho, hay una vez que Brittain tiene que pedir permiso para volver a casa para ayudar por esto. Cada vez que sale ese tema, quiero gritar, pero ilustra de una manera inesperada para mí lo de "la vida diaria en una guerra".

La autora fue al internado donde daba clases su tía y decidió -en contra de la opinión de su padre- prepararse para entrar en Oxford a estudiar English (Literatura Inglesa). Me encanta la frase con la que comienza el libro:
"When the Great War broke out, it came to me not as a superlative tragedy, but as an interruption of the most exasperating kind to my personal plans". ["Cuando estalló la Gran Guerra, no fue para mí una tragedia enorme, sino una interrupción exasperante de mis planes personales"].
Me gusta porque resume perfectamente la falta de conciencia de lo que se venía encima por gran parte de la población, pero, sobre todo, porque a la gente no nos interesan esas decisiones que se toman en despachos, frecuentemente movidas por la necesidad de alguien de vender bombas y carros de combate. No estoy diciendo que esas sean las únicas causas de la Primera Guerra Mundial -aunque la misma Brittain confiesa que era ingenuos y que no se dieron cuenta de que había "explotación cínica de los jóvenes por mayores que se movían por su propio interés"-  pero sí que a la gente lo que le importa es tener un techo sobre su cabeza, poder ver a su novia, que su equipo gane la liga y, en el caso de Brittain, poder ir a Oxford, para lo que se estaba preparando. De repente, estalla la guerra y sus planes de vida se rompen. 


A la gente todo esto no nos va bien, y por ello los que nos llevan a eso han de organizar una campaña importante de comecocos (digo, propaganda) para persuadir a las masas de que entregar a sus hijos a la muerte en un barrizal merece la pena por valores tan irrisorios, para mí, como Dios, patria, rey, o lo que se diga ahora. Esto también lo he visto en el ensayo de Mini, en el que queda clarísimo que todos esos poetas creen, una vez que han pasado por allí, que todo ha sido en vano. Brittain nos cuenta cómo la prensa era cómplice de esta propaganda: por ejemplo, los titulares de un día eran "la grandiosa victoria de nuestros soldados en la batalla de Ypres", y a los dos días, de forma escalonada, las listas de muertos en combate.  Parece que, cuando informaban a las familias, todos habían muerto "de un disparo en la cabeza": claro, claro. 



Brittain se prepara mucho para poder entrar en Oxford pero en un punto siente que tiene que arrimar el hombro y se alista como voluntaria. Tengo opiniones encontradas sobre el tema: por una parte, me parece de una generosidad extrema, me quito el sombrero: ¿quién le exigía dejar una vida cómoda para enfrentarse con ese horror? [Aún así, en un punto dice que "un número de antepasados neuróticos me deprivaron de la virtud del coraje"]". Por otro lado, los primeros que fueron a la guerra fueron voluntarios (luego ya se hizo conscripción o reclutamiento obligatorio en 1916, la primera vez en la historia moderna de este país) porque creían que debían hacerlo por las razones arriba citadas o por las pegatinas que les ponen, como en la guardería (aquí las llaman "cruces militares") después de supuestas heroicidades. Si la mayoría no lo hubiera hecho, ¿qué habría pasado? Deberíamos recordar que somos siempre más que ellos, y nuestro poder juntos es inmenso; pero se nos olvida. 

Primer puesto: Camberwell
El segundo hospital donde trabajó Brittain (el primero fue en su pueblo de Derbyshire, pero era un poco como de la Señorita Pepis), fue en uno que se habilitó a partir de dos colegios en Camberwell, que entonces se llamó el "First London General Hospital". El personal venía del Bart's Hospital (del que hablé el otro día, a tenor de su maravillosa y hogarthiana North Wing (Ala Norte)


Fui a visitar lo que fue el hospital hace unos findes (como digo, de ahí son las fotos): está frente a Myatt's Fields, un parquecito muy victoriano, con su quiosco de la música y todo, donde Brittain cuenta que sacaban a los pacientes para que les diera el sol. Imaginarlos allí...


El College era San Gabriel's College, construido en 1900 -muchos de sus chicos se alistaron para ir a la guerra- con su capilla a la derecha, pero el más bonito era Charles Edward Brooke Girls' School. Yo iba por el parque sin saber lo que me iba a encontrar y de lejos vi las torretas. Cuando me acerqué, me encontré con que está todo el edificio cubierto de lonas verdes porque se está cayendo a trozos. 


Al lado del cole está la casita del caretaker (cuidador), que sí está habitada: como me pilló mirando entre las rejas de la puerta, salió un chico que me contó que el edificio es del ayuntamiento, pero que no tienen dinero para arreglarlo (me extraña que no hayan recurrido al manido concepto "luxury apartments" en el que reconvierten todo en esta ciudad). 

A él le alquilan las casita del cuidador (arriba), de la que funciona el buzón e incluso el timbre. Atención a esta monada:


Mientras Brittain trabaja en este hospital, vive en Denmark Hill y explica con detalle las penosas condiciones en el alojamiento que compartía con otras voluntarias y el viaje de tranvía con el que va al hospital -que a veces no podían coger porque iba lleno de trabajadores que viajaban al centro. Leer esta parte de la novela me ha tocado muy de cerca porque durante muchos años trabajé en esa calle, y de repente ponerla en sepia y ver durante tu lectura a tus personajes en un tranvía que hoy no existe -en su lugar hay un montón de líneas de bus-, es curioso. También me ha encantado saber que los números de las líneas de los buses de Londinium no han cambiado: ¡ahí está nuestro querido 88!


Puesto 2: La Valeta
El siguiente destino,  tras el hospital de Camberwell, es La Valeta, en Malta. El viaje en barco -el Britannic- que describe bordeando nuestra península por el Atlántico y lo que queda de travesía por el Mediterráneo es épico.  
"Empezamos el viaje hacia el oeste y cuando pasamos las Needles parecía que navegábamos directos el corazón de un atardecer dorado y lila (...) la emoción de pasar esas tierra lejanas y encnatadas (...) la costa rojo-ladrillo de Portugal (...) la noche que Gibraltar se alzó frente a nosotros, una sombra negra engarzada de luces, y a la maniana siguiente, los picos arrogantes de Sierra Nevada inclinados sobre las escarpadas cimas de las Alpujarras (...) las rocas lilas y grises de Cerdenia (...) el gigante Vesubio, cubierto de nubes. Messina, ese estrecho trágico perpetuamente guardado por el centinela azul, el Etna, se deslizó cuando lo pasábamos".
No entiendo por qué luego pasan por el "peligroso Egeo" y habla de algunas islas griegas como Lemnos antes de terminar en Malta: me parece un rodeo, aunque tal vez tenía que ver con la guerra. Porque aunque este viaje y su descripción (tal vez seré injusta luego cuando diga que el libro no es literario) me dejaron hipnotizada, no hay que olvidar que la travesía tuvo lugar con la continua amenaza de ser bombardeados;  suerte que de hecho sufrieron otros navíos.  

Una vez que llega a Malta, Brittain disfruta muchísimo simplemente con todo lo sensorial que tiene para ofrecer una isla mediterránea, como sabemos los fans. Esta parte de la novela me ha llevado a aquel viaje en esta isla y su compañera, Gozo, hace unos años, a sus colores, a su luz, y a la felicidad de simplemente estar ahí fuera, en cualquiera de sus acantilados. Curioso -volvemos a "la vida diaria de la guerra"- que Brittain cuenta cómo en La Valeta aún estaba en funcionamiento la ópera.

Puesto 3: Francia
La vuelta al continente es en tren y nada tiene que ver con Malta su último destino, un hospital en Francia cubriendo el frente. Lo que me ha quedado de esta parte se puede describir con  una palabra: barro, tanto real como metafórico es esta guerra de trincheras, la más cruel que ha existido, donde además, describe la vida como "aburrida" (de verdad que no logro imaginarme esa parte de la guerra). Y si pensamos en los números que cayeron o fueron heridos [la batalla de Somme, un millón de soldados!!!], ya te vienes abajo. He escrito "soldados" pero querría decir hijos de sus padres, hermanos de sus hermanas, novios de sus novias. Cada una de estas personas tenía una historia y dejó detrás, una familia destrozada. ¿Para qué?


Esto es algo que se pregunta Vera Brittain durante toda la biografía. ¿Por qué? ¿En nombre de qué? Lo que vio en todos los hospitales fue horrendo (mutilados, enceguecidos, sufridores de dolores terribles, muertos), en un punto describe ayudar a vestirse a un recién amputado como "un espectáculo que dé más pena no existe a este lado de la muerte", heridas tan monstruosas que solo se podrían solucionar con "la misericordia de la muerte". 

Hay gente que nunca lo supera y tal vez ella fue de ellos. En la introducción escrita por su hija Shirley Williams (que fue en los 70 miembro del parlamento por los Laboristas pero en los 80 se pasó a los Liberales Demócratas) dice lo difícil que era para su madre reírse a carcajadas, que "estaban esas hileras de cruces clavadas en su ser para siempre".  Y es que ya al principio de la guerra, alguien le dice que todos los soldados son otras personas: "todos han cambiado, después de dos o tres meses allí, ya no son los mismos". Ese es el tema: los que sobreviven quedan con cicatrices para siempre, la misma Brittain habla de unos sueños recurrentes que le duraron diez años después de terminar la guerra, y la culpa del superviviente ("¿por qué no he muerto yo? Soy un naufragio de la guerra"): trastorno de estrés postraumático en toda regla. 


Brittain pierde en las trincheras primero a su novio Roland, luego a dos amigos [que por cierto, le envían flores durante una convalescencia de ella: en la guerra se mandan flores!] y por fin, casi al final de la guerra, a su hermano pequeño Edward, un chico que solo quería tocar el violín- porque por lo menos Roland estaba muy interesado en "la gloria" pero, el pobre Edward? Al principio de la guerra, ante una tumba de un soldado cualquiera piensa la autora: "Y aún así, un día alguien amó al soldado que yace aquí". Años después viaja a la desolada montaña italiana donde yace su hermano y es ella la que se enfrenta a la soledad de su tumba, a tenerlo que dejar ahí solo: para mí este es el momento más desolador de la novela - y eso que hay muchos. Brittain piensa que le han robado su pasado, todos esos recuerdos de infancia que solo compartía con él y ya con nadie nunca más; y su futuro, todas esas encrucijadas de la vida en las que hablaría con él y ya no podrá. 

Tenemos las imágenes de la Guerra de Vietnam, en la que los cadáveres de los soldados americanos se repatriaban en bolsas, pero en la Primera Guerra Mundial se quedaban allí para siempre. La gente, los colegios, viajan a Francia a visitar estos cementerios de cruces blancas. Mini estuvo con el suyo y rindieron tributo -coronas de laurel y esas cosas- a los muertos británicos, entre los que estaba el bisabuelo o tatarabuelo de un compañero. 

El caso es que no fue hasta que leí esa escena de Vera Brittain frente a la tumba perdida de su hermano Edward,  que me puse como nunca antes en primera persona del drama:  lo que debía ser que te lo notificaran, o luego leer la lista de muertos en el periódico y ahí se acababa todo, con suerte tener un lugar donde ir cuando se acabara la guerra a ver si lo encontrabas. También me ha ayudado a ver aún más claro el "tema cunetas" de los desaparecidos de la Guerra Civil Española. No hay nada como la literatura para hacernos entender y sentir estas cosas.


Historia del SXX
Al terminar la guerra, Brittain decide centrar todos sus esfuerzos en la paz. Vuelve a Oxford pero cambia la carrera: en lugar de Literatura decide estudiar Historia, porque necesita entender qué ha pasado en Europa, para poder seguir su campaña pacifista. La universidad no espera a esta "generación perdida" precisamente con los brazos abiertos: Brittain se siente una alienígena que no pertenece a ningún sitio, está deprimida, a ratos parece psicótica. Cuando termina, se dedica a viajar por Europa dando charlas, en la Liga de Naciones ("ese experimento internacional para la búsqueda y mantenimiento de la paz") y observando los efectos de la guerra. 

En uno de sus viajes a Italia oye por primera vez la palabra "fascismo" y en uno a Alemania describe cómo se vivió la guerra en Berlín ("sin velas, sin calefacción, sin nada que comer") y cómo, en esos momentos, en Alemania la "amargura y el estrés eran más psicológicos que económicos". Desconocían que Inglaterra y Francia hubieran sufrido en absoluto y expresaron un odio hacia Francia "con un cinismo frío más terrorífico que si hubiera sido apasionado". "Un día, nos vengaremos" dijo un alemán y Brittain escribió: "este país me asusta". Hoy sabemos que tenía razones. 


Feminismo
Cuando tomo notas de los libros, lo suelo hacer por páginas, pero en este libro enseguida comprendí que tenía que hacer dos grandes temas que iban a salir constantemente: pacifismo y feminismo.  Tengo tantísimas notas sobre ambos temas que sería imposible incluir todo lo que hace a Brittain una mujer excepcional en ambos. Sobre pacifismo he ido dejando miguitas durante todo el divague así que solo dejaré una frase ["Que estemos en esta época de teléfonos, aviones, coches y no hayamos superado la fase de matarnos unos a otros"] y una performance que explicaré al final.

De feminismo, desde el principio, como adolescente se resiste a su padre que quería que fuera una joven "enteramente ornamental". Cuando está en Malta, envía a casa dos acuarelas y le dice a su madre que son para "su estudio en Oxford", si logra sobrevivir. Piensa que no concibe una vida sin un estudio, que lo prefiere incluso a un dormitorio. Aún no había publicado Virginia Woolf su clásico "Una habitación propia" (lo hizo en 1929). No me puede gustar más esta idea, pensada por estas mujeres hace más o menos 100 años, tan actual. Por fin, cuando se casa, mantiene el apellido de su familia (no adoptar el del marido debió ser anatema en esa época) y siempre dijo que la "libertad en el matrimonio era incompatible con dependencia económica del marido". 




Aspectos formales. El estilo
Más de seis semanas me ha costado leer este libro y un par de veces he estado a punto de abandonar. En ambas ocasiones me he alegrado luego de haber continuado, porque he seguido aprendiendo y pensando. Pero el estilo de Brittain, correctísimo, no es literario en el sentido que a mí me gusta. ¿Qué quiero decir? Pues por ejemplo para mí es literario  "Matadero 5" de Kurt Vonnegut, otro libro bélico antibelicista completamente distinto en la forma en que está contado cosas parecidas. Brittain te cuenta los hechos muy bien, no hay página sin un subrayado y varias páginas de notas, mayoritariamente de hechos que desconocía o de ideas con las que sintonizo en todo. También sintonicé con Vonnegut, pero le admiré la forma más que a Brittain. Es la diferencia entre ver un documental muy bueno, o ver una peli de autor con una visión que te gusta. 


Y ya termino con la prometida performance pacifista que tuvo lugar en varias ciudades británicas como conmemoración del centenario de la Batalla del Somme. Alrededor de 1500  voluntarios vestidos con uniformes de la Primera Guerra Mundial que representaban cada uno a un soldado individual que murió el  1 de julio de 1916 aparecieron inesperadamente en lugares de todo el Reino Unido de 7 am a 7 pm, visitando centros comerciales, estaciones de tren, playas,  y calles principales para servir como recordatorio de los 19,240 hombres que murieron hacía 100 años el mismo día, el primer día de la Batalla del Somme. Encargado por 14-18 NOW (el programa de arte del Reino Unido para el centenario de la Primera Guerra Mundial), la obra se inspiró en parte en relatos de avistamientos durante y después de la Primera Guerra Mundial por parte de personas que creían haber visto a un ser querido muerto. Cantaban una versión irónica del mítico "Auld Lang Syne" (la que cantan los anglosajones en Nochevieja) que decía "Estamos aquí porque estamos aquí" ("We're here because we're here"), indicando que, como los amigos de Vera Brittain, sus pacientes, y ella misma, no sabían por qué estaban o habían luchado en esa guerra. 

Somos más, siempre: no aupemos al poder a los que nos pueden llevar a todo ese horror.

15 febrero 2026

Veinte cartas de amor y un poema desenamorado

El domingo pasado me llevó la divaganta Raquel a los "National Archives", donde tienen guardada más de mil años de historia, nada menos, en Kew, una zona preciosa al suroeste de la ciudad. Es un edificio brutalista inmenso que me encantó: parece una nave espacial sin casi tripulantes, donde resuena el silencio del espacio. La divaganta Raquel me asegura que no es porque sea domingo, sino que entre semana está siempre así. Se confirma: es posible encontrar en Londinium sitios desiertos, o por lo menos tranquilos. Curiosamente, luego en su casa -me liaron para comer- llena de libros, encontré uno titulado "Quiet Londinium", que va precisamente de esos lugares escondidos que poca gente conoce y que yo voy a descubrir con mi bici para mis "diarios de bicicleta" (watch this space). Pero no este finde que no puedo esperar a que acabe porque estoy trabajando. 

La excusa para visitar estos archivos era una exposición de cartas de amor que han montado. Es pequeñita y asequible, y voy a incluir las fotos de algunas -calidad pésima, era imposible con las sombras y los reflejos de los cristales-, solo porque me encanta la caligrafía de casi todas ellas. De esta escritura antigua de hace siglos nos queda aún un vestigio en las cartas de nuestras abuelas, pero me pregunto sobre la técnica que usaban para enseñar a escribir (¿alguien recuerda las Cartillas de caligrafía Rubio?: claramente estas no dejaron a una generación de letras siquiera legibles). Tiene que haber algún secreto porque he observado que, en general, las personas de la India tienen una letra muy bonita y muy similar entre ellos. Que alguien vaya a India a investigar. 

Pero divago. En la exposición nos encontramos con cartas como las que se escribían en 1588 la heroína de Mini (la reina Elizabeth I) con su sweetheart de la infancia Robert Dudley. Pero ella fue "la reina virgen" y tuvo que aplacar esas debilidades para evitar cotilleos de su reputación, porque él estaba casado. Claro que ni cuando enviudó se casó con él, prefirió el poder que la relación; esto daría para un divague feminista en sí mismo, pero no hoy.

Hay también manifestaciones de amor entre hermanas, por ejemplo, el testamento de Jane Austen escrito tres meses antes de morir, con 41 años, que le deja todo a su hermana Cassandra, con la que vivía. 

El amor también puede ser peligroso y si no que se lo digan a Oscar Wilde que terminó en la cárcel de Reading por su historia con Bosie, que pese a ni
ñato escribió esta carta en 1895 a la reina Victoria para que le liberasen:


... o la de la quinta esposa de Enrique VIII (Catherine Howard), una de las dos decapitadas (recordemos el piiiexamen de ciudadanía y la [mala]suerte de sus seis esposas: "divorced-beheaded-died-divorced-beheaded-survived". La pobre llegó adolescente a la corte, el rey de 49 años se fijó en ella, pero ella a quien le había echado el ojo era a un cortesano llamado Thomas Culpeter (sí, sorpresa, señoros con novias jóvenes: ellas miran a los de su edad). Cuando se destapó el tema, Henry dijo... "rueden sus cabezas". Pero la letra es, de nuevo, preciosa:

Hay cartas entre mujeres terratenientes lesbianas en plena época victoriana; hay cartas entre líderes laboristas de la clase trabajadora y mujeres aristócratas; hay una que escribe una mujer a su marido en las trincheras de la Primera Guerra Mundial que incluiré en mi divague sobre el libro de Vera Brittain. Y esta última que incluyo no sé de quién es, pero tal vez sea mi favorita en cuanto a caligrafía...



Al final, hay papel y lápiz y nos invitan a los visitantes a que escribamos una carta de amor. La divaganta Raquel llama mi atención sobre una en la que el autor le dice a su amada que, pese a no haberla visto en 57 años, la sigue queriendo. De nuevo, solo esta historia tiene un divague entero y me ha recordado a "la cárcel donde aún te retengo" de este poema triste del Gran Cronopio. 

Con él termino: va por todas las cartas de amor que un día escribimos, y por todas las que nos quedan por escribir. 

Y sé muy bien que no estarás.
No estarás en la calle,
en el murmullo que brota de noche
de los postes de alumbrado,
ni en el gesto de elegir el menú,
ni en la sonrisa que alivia
los completos de los subtes,
ni en los libros prestados
ni en el hasta mañana.
No estarás en mis sueños,
en el destino original
de mis palabras,
ni en una cifra telefónica estarás
o en el color de un par de guantes
o una blusa.
Me enojaré amor mío,
sin que sea por ti,
y compraré bombones
pero no para ti,
me pararé en la esquina
a la que no vendrás,
y diré las palabras que se dicen
y comeré las cosas que se comen
y soñaré las cosas que se sueñan
y sé muy bien que no estarás,
ni aquí adentro, la cárcel
donde aún te retengo,
ni allí fuera, este río de calles
y de puentes.
No estarás para nada,
no serás ni recuerdo,
y cuando piense en ti
pensaré un pensamiento
que oscuramente
trata de acordarse de ti.

Julio Cortázar


10 febrero 2026

Arriba Bad Bunny y Kneecap - músicas que no entiendo

El 28 de junio de 2026 toca Bad Bunny en el Tottenham Hotspur Stadium.  En casa tenemos dos entradas para el concierto y -tras mi performance en el de "Role Model" hace un año- he sido agraciada con no ser la acompañante .  Esta vez le ha tocado al Peda. 



Y digo agraciada porque, por mucho que me esfuerce, no me gusta la música latina. Nunca me ha gustado y creo que, a estas alturas, vamos mal. En el reguetón ni entro: ni forma ni fondo. 

Y digo "por mucho que me esfuerce", porque me encantaría que me gustase Bad Bunny. Todo lo que está representando el puertorriqueño en estos momentos en el mundo es tan necesario: políticamente le está plantando cara al Boniato con Peluka, que a su vez, le desprecia -hay que leer su "crítica", que no representa la grandeza de los EEUU que él grazna, pobre payaso. Benito (su nombre de pila), sigue cantando en puertorriqueño (un día Mini me dijo que estaba mejorando su castellano gracias a él: ay Virgencita que aún me estoy recuperando de, cuando con 9 años la oía cantar "quiero que le enseñes a mi boca tus lugares favoritos"- por si alguien ha estado en una cueva, verso del "Despasito") en lugar de en inglés. Dice que fuera el ICE, que los inmigrantes no son animales, que son personas. Habla de anticolonialismo (de eso va "Debí tirar más fotos", su álbum que siempre asociaré a nuestra semana en la Antártida, digo en NUEVAYoL, -clicka y scroll hasta el final, ahí está él en todo lo alto de Times Sq), de cambio climático. No conforma con los estereotipos macho del reguetón en su estética -no me entren con las letras, que desconozco. En 2019 terminó su tour europeo para volver a unirse a las revueltas en Puerto Rico contra el gobernador que acabó con su dimisión. Y ahora ha hecho el intermedio de la Super Bowl, para disgusto de esa América que nos disgusta a los demás cuando abrimos la prensa. 

Y, mientras veo la actuación y pienso, qué pena no disfrutar esto, me doy cuenta de algo similar que me ocurrió este fin de semana y que nunca habría sospechado. Esta vez fue "qué pena que nunca me haya gustado el rap". Y todo por una peli: se titula "Kneecap" y es una versión un poco ficcionada de los principios del grupo de rap de Belfats del mismo nombre. Dirigida en 2024 por Rich Peppiatt, los actores son los mismos raperos.  La peli es chulísima: piensa en la primera vez que viste "Trainspotting" (Lust for Life!), su energía, su anarquía, su dedo corazón hacia la autoridad. Esta es además muy política, porque el grupo lo es ens us letras (Kneecap era la práctica de los paramilitares del IRA de disparar en la rodilla en plan castigo al que no se comportara): hablamos de Irlanda del Norte, ecos de los Troubles, el reconocimiento del idioma irlandés, la patada en el culo a los protestantes. Nota: uno de ellos fue acusado de terrorismo por apoyo a Gaza. Con la peli te acaba gustando su rap, piensas, y sobre todo te ríes: muy necesario en estos días donde, una vez más, los malos han ganado.


Como ha quedado claro, no soy tu melómana de cabecera, exploradora de otras músicas y sonidos alternativos - supongo que moriré tarareando los éxitos de mi adolescencia. Pero en estos momentos, me encantaría disfrutar de la música del Bunny o del rap de los Kneecap. Ambos están diciendo cosas que necesitamos que sigan ahí afuera. 

 Quieren quitarme el río y también la playa
Quieren al barrio mío y que abuelita se vaya
No, no suelte' la bandera ni olvide' el lelolai
Que no quiero que hagan contigo lo que le pasó a Hawái



05 febrero 2026

Writer's block -Tercera parte

Esto del bloqueo bloguero me ha pasado un par de veces antes.  Lo sé porque si meto la palabra "block" en la búsqueda salen dos entradas, casualmente el mismo día (17 de marzo), el primero en 2013 y el segundo en 2019. Seis años exactos de diferencia. Esta vez no ha sido  el día de San Patricio, pero también seis años - por no hacer trampas, casi siete. En lo cíclico, esto tal vez sea como en las relaciones. En inglés llaman el "seven year itch" a la insatisfacción que ocurre en las parejas a los siete años. ¿Será este el "picor de seis años" bloguero? Y no será por falta de anécdotas, ideas, crisis varias sobre las que escribir, pero al leer los otros divagues percibo el mismo proceso subyacente: una inquietud, una agitación, un revuelo, que me lleva a descartar todos los temas que se postulan como potenciales. 


Vale, libros no tengo: estoy con uno de 600 páginas con el que a ratos me estoy aburriendo y un par de veces he estado a punto de abandonar. Luego, tras resistir me he felicitado: "ves, Di, como era mejor seguir? Te hubieras perdido esto" (muestra de una de la conversaciones que ocurren en mi cabeza en la que la persistente intenta justificar la decisión a la que bosteza). 

Pero pelis tengo por un tubo, y no solo las que estamos viendo todo el mundo- ya se sabe, estamos en temporada- sino también algunas tirando a rarunas. Solo comentaré un par - ambas recomendadas por unos amigos que querían hacer cineforum. Primera bizarrez: una road movie en la que una mujer disfrazada de mono salva a un suicida que luego desentierra a su padre para sacar su valioso reloj. Se titula "Sunlight" y la dirige la ventrilocua Nina Conti que a mí ya me atrapó hace años con sus sesiones de terapia improvisada, también con mono:"In therapy". Es muy ruda y el humor crudísimo. Y la peli, que parece loca, lo es, pero si lo crudo es lo tuyo, ahí la dejo. Segunda extrañeza: una relación gay de "doms y subs", extremadamente incómoda de ver, titulada "Pillion" (Harry Lighton, 2025). Alucino que en la crítica la describieran como "comedy drama", cuando a nosotros nos pareció de terror. No por el sexo de dominadores y esclavos, que eso es el pan nuestro de cada día (guiño para  mi suegra), sino porque se extiende a toda la vida de los personajes y hay matices complejos. Da, desde luego, para mucho debate. Si alguien la ha visto -anónimos, no!-, que se manifieste. 


Y cositas han pasado por Londinium también: desde una escalera maravillosa pintada por Hogarth en un hospital de 1123 (Barts Hospital), hasta un colegio victoriano abandonado espectacular (¡qué torretas!) que fue también hospital en la Primera Guerra Mundial y sale en el libro con el que dormito, pasando por un paseo nuevo que han abierto por el río que los turistas no conocerán y que solo blogueras oscuras os podemos contar, porque sois cuatro - "D&D: donde los secretos mejores guardados se mantienen". Oh, y será por saraos: en planetarios donde hacía tanto frío que me sentí en Marte, en la House of Commons -con mi amiga Laeti, frente a St Thomas, donde nos conocimos dando a luz hará 18 años el Primero de Mayo- en la que tal vez no nos deberíamos haber tomado la tercera copa de cava. O por compras fallidas: mi preciosa tetera Smeg que no hierve el agua. O por ofrendas votivas de aprendices de brujos que quedaron contentos. 



Y porque no escribo nunca de mi trabajo -aunque sé que me llevaría al estrellato-, esto me daría para divague diario. Nota: para mí el blog es precisamente desconectar de esa parte de mi vida que es un vampiro al que permito que me chupe la sangre solo de día, generalmente. Pero últimamente he pensado en escribir cosas que estoy viendo solo por no olvidarlas. Son dignas de ver: tan increíbles, enloquecidas y reveladoras del mundo en el que vivimos que no puedo permitir que dentro de diez años se hayan disipado de mi mente. No es solo mi profesión la que toma así el pulso del momento actual, porque hay mucha gente que entra en las casas de otros y se encuentran con otros planetas (¿quién necesita planetarios?), desde los fontaneros hasta los trabajadores sociales, pasando por los que desinfectan las camas de bedbugs (hay muchos en el metro, tanto de Londinium como de París). Decía, llevo unos meses metiéndome en casas de la gente por videollamada, y lo que deciden enseñarte es a veces preocupante, otras terrorífico, y casi siempre, hilarante (o no sobreviviríamos). Ha habido gente que ha decidido unirse a la llamada con el papel de aluminio que te ponen para las transparencias en la peluquería - desde la pelu, claro. Otra desde la pedicura. Un par de personas se unieron con lo que claramente era el cabezal de la cama a sus espaldas. He visto a gente decir que la persona de al lado come insaludable mientras se llenaba la boca de chips de la tienda de la esquina -casi las podía oler remotamente. He visto gente con la capucha puesta y otros a los que "nunca les va la cámara". He visto uñas a lo Rosalía tralalá, he visto gente en pijama de ositos -no estoy juzgando, no queráis saber lo que llevo yo de cintura para abajo. He visto, en fin, cosas que no creeríais.


Es así: estoy bloqueada pero hoy he decidido compartirlo a modo confesional, creo que más que nada para retrasar el momento de lectura de mi libro. Dadme una semana que me lo termino y posiblemente eso acabe con esta dura temporada de sequía intelectual, ahora que llueve tanto por todos los sitios. 



28 enero 2026

La supervivencia de los sinvergüenzas

 El otro día me pone un mensaje la divaganta Marisa con un enlace: Héctor (también conocido como Quequé) deja "Hora veintipico".  A este programa me había introducido ella misma cuando esa panda de amigos-de-los-niños, los "Abogados Cristianos", le demandaron porque se sintieron ofendidos por un chiste del Valle de los Caídos. Desde entonces, me enganché y lo escuchaba o veía siempre: eran 20 minutos de humor político ácido, inteligente y automordaz. Pero el domingo su presentador dijo basta tras el acoso de los ultras. Según ellos, "había hecho mofa de las víctimas del accidente ferroviario", cuando lo que en realidad hizo fue una crítica de esos programas carroñeros que solo buscan audiencia a través del dolor de otros. Y no era solo en las redes, el acoso seguía en las calles. 



No es el único: hay un montón de gente de izquierdas asediada por esta chusma.  Parece ser que lo mismo ha sufrido David Uclés -del que aún no he leído nada-, porque se negó a ir a una mesa redonda en la que estaban, entre otros, Pereza Verte (gracias Pantomima full), titulada "En la Guerra Civil perdimos todos". Nuevo intento de blanqueamiento, equidistancia, "hubo atrocidades por todas partes" y similar discurso para confundir. 


 Volviendo a Hora Veintipico, me quedé mal, no solo porque me gusta ese tipo de humor -lo que me he podido reír con ellos- sino por lo que significa: que poco a poco, como una mancha de aceite pestilente y asquerosa, se van extendiendo. No sé dónde vamos, pero cuando veo lo que está pasando en EE.UU. me vengo abajo: ni entro en las ejecuciones en plena calle en Minneapolis, ya solo detalles como que revisen tu historial médico no vaya a ser que hayas tenido un aborto es Gilead, es una distopía, es una pesadilla. 


La semana pasada también anunciaron el cierre de "Tipos infames", la mítica librería de Malasaña que para mí siempre estará asociada con NáN, donde era una institución. Allí nos llevó y nos tomamos unos vinos- parece que su lait motif era precisamente "libros y vinos". Cuando explicaron que cerraban porque la gentrificación había subido tanto los alquileres que no podían permitírselo, también parece que les cayó la del pulpo a ellos mismos, por elitistas: ellos eran los gentificadores!!! Libros y vino!!! ¿Dónde vais, gentuza de izquierdas que leéis libros y miráis por encima del hombro al resto? De verdad, otro asco. 



Mi admirado Rutger Bregman (el de "Humankind") hizo las cuatro Reith lectures este año. Se trata de unas charlas que lleva organizando la BBC (esos otros a los que hay que jalear) anualmente desde 1948 y son presentadas por una figura importante del momento. El primero fue Bertrand Russell, con eso lo digo todo [su tema "La autoridad y el individuo", tan actual], y aquí dejo la lista para quien quiere ver a los ponentes a lo largo de los años. El tópico de Bregman ha sido "Moral Revolution" y las charlas "La época de monstruos" (recordemos a Gramsci), "Cómo iniciar una revolución moral", "La conspiración de los buenos" (ahora que ser malote es lo que se lleva) y "Luchando por la humanidad en la era de las máquinas". 

En "Humankind", Bregman decía que al "survival of the fittest"  (supervivencia del más apto) darwiniano, basado en que los mejores adaptados al medio ambiente tienen más posibilidades de sobrevivir para procrear, le añadía el "survival of the friendliest" (supervivencia del más amigable). En estas charlas habla de la "supervivencia de los sinvergüenzas" ("survival of the shameless"), que se da desde estos matones que persiguen a los humoristas, escritores, periodistas de izquierdas para amedrentarlos hasta los sinvergüenzas de la política moderna. Todos sabemos quiénes son, nos dan vergüenza ajena a nosotros, nos indignan. Da igual. Él afirma que "cuando ya no se puede avergonzar a los políticos, cuando ni siquiera se les puede imaginar sonrojarse, es una clara señal de alerta del colapso democrático".

Estamos ahí, y si toleramos esto, como decían los Manic Street Preachers, tus hijos serán los siguientes. Y como decía Atwood en "El cuento de la criada", "No dejes que los cabrones te machaquen". Y como dice Di Vagando: "No normalicemos a los sinvergüenzas. Porque nos terminarán machacando".

22 enero 2026

"Ríe ahora, pero un día estaremos al mando": Estremecedor y visionario Banksy.

 El miércoles por la tarde fuimos esa buena familia que va a la misa laica, o sea, a una exposición. Pero en miércoles (a menos que sea de ceniza) no canta tanto como ir un domingo: dejamos la membresía de la Tate por las hordas de feligreses que allí nos congregábamos. Casi no se podía andar y lo peor, esos pensamientos intrusivos de "la clase media en su misa dominical". 

La expo no era otra que "Banksy Limitless": sí, en este blog es auténtica devoción lo que tenemos por el grafitero de Bristol. Si metes su nombre en la búsqueda encontrarás un montón de entradas - algunas contestan en sí mismas por qué este antro se llama "divagando al cuadrado".  Hemos divagado sobre la peli "Exit through the gift shop", lo que hizo para el jubileo de la reina, el STOP de Peckham que fue robado,  el del subterráneo del Barbican, la felicitación de Navidad, y cómo no citarlo cuando hemos divagado sobre el arte como mercancía, o simplemente  preguntándonos qué es el arte o cuando visitamos el Museo del Neoliberalismo. Hay más aún más peregrinas, pero las dejo para los espeleólogos. 

En la exposición de ayer había muy poca gente, lo cual es un regalo en esta ciudad. Tal vez una tarde lluviosa y oscura no invita -claro que eso no paró a los turistas a visitar el Museo de Historia Natural, que está al lado, donde pasamos un rato antes porque nos sobraba tiempo. Es terrible, pero desde la peli de Paddington ya no puedo ir a ese museo sin pensar en el peruano y en Nicole Kidman, malísima. Por supuesto, nos ensimismamos con las ballenas: por más veces que vaya, me siguen hipnotizando. 

Pero divago: hoy he venido a poner algunas fotos que tomé en la exposición. Primero porque había muchas obras que no conocía; por supuesto también estaban algunos de los clásicos por los que tengo cierta debilidad y si no queda muy largo, los pondré de fondo. Segundo, porque lo que me gusta de Banksy no es solo su forma, su expresión artística, sino también su contenido, su mensaje político que creo que es más necesario que nunca, especialmente entre los jóvenes. Tercero, porque hay algunas cosas que me hicieron reír, y también vamos algo necesitad@s de risa, especialmente cada vez que abrimos la prensa. 

Esta pared está al principio, en una sala con un trasfondo de muerte (está la de la guadaña en un auto de coche dando vueltas sin parar, parte de cuando montó la imagen especular de Disneyland en "Dismaland. Bemusement Park"). [NdT: Dismal=deprimente, Bemuse=desconcertar] La frase vuelve sobre la idea de que alguien solo muere cuando nadie le recuerda: "O sea, dicen que mueres dos veces. Una vez cuando dejas de respirar y la segunda, un poco más tarde, cuando alguien dice tu nombre por última vez".


Estos globos también eran parte de Dismaland ("Soy imbécil"). No es difícil leer la crítica al consumismo, ya desde la entrada. No quieras, no malgastes (llámenme anacoreta).


Napalm (2004)Este es otro clásico que habla de la sociedad de consumo (el payaso es el de McDonald's, parece)  contrastando con el sufrimiento humano, en este caso el de Phan Thi Kim Phuc, en la guerra de Vietnam. Tiene 20 años, cuando no pensábamos que la guerra nos fuera a afectar: muy pertinente en estos tiempos.


Esta no es solo una metáfora, es que  la hemos visto viajando... 


Otro clásico, pero es una de mis favoritas: "Ríe ahora, pero un día estaremos al mando". Trump, Putin et al: es escalofriante. 



GDP Crisis as usual (2019). Una de sus performances fue una tienda llamada Producto Interior Bruto (GDP). Juega con el "business as usual", pero a lo que nos estamos acostumbrando es a vivir en una crisis todo el rato. 



Love is in the bin (2018): ¿alguien recuerda esta movida? Llevan a subastar su maravillosa niña con globo (abajo) a Sotheby's, y justo cuando se ha vendido por £1m, un mecanismo interior la trituró. Esto no impidió que se vendiera luego por £18.6m. Banksy, como convencido antikapi, no aprueba el mercado que se monta con sus obras. 


CCCP Flower Thrower (2002) [CCCP=URSS en ruso, aunque al Peda le gusta decir cucurrucucú paloma]. No solo tengo colgada en mi casa a la niña del globo, también tengo al "arrojador de flores", que estaba en distintas versiones en la exposición. Es una de sus primeras obras y hay solo unas pocas circulando. Las flores, en lugar de los explosivos, son el arma: resistencia pacífica. 


Turf War (2000). Podría contar alguna cosa de Winston Churchill porque el Peda se está leyendo una biografía sobre él de mil páginas y de vez en cuando, me ilustra; pero prefiero dejaros con su mohicano. 


Ukraine zone (2022). En noviembre de este año, Banksy viajó a Ucrania y pintó murales en edificios bombardeados. Hay toda una sala dedicada a ello.




Royal Courts of Justice (2025). Este apareció en el Palacio de Justicia y se interpretó como apoyo a la gente (muchos de ellos ancianos) que son arrestados por llevar una pancarta en la que pone que apoyan a Palestine Action. Enseguida pusieron un muro metálico y por fin, lo borraron. Aquí no pensaron en sacar pasta: la crítica era demasiado feroz. 


Lenin (2000) y el Che (2003) en patines. No las conocía y las necesito en mi vida. Ya dijo Juanito Comején desde el control en Radio La Granja hace 30 años que el mundo se acababa cuando el capitalismo usó al Che para vender camisetas.



Abandon Hope (2006). Esta sugerencia apareció en el puente de Shoreditch, para todo el que tuviera alguna duda: "Abandona toda esperanza". Lo que me preocupa es que era hace 20 años, cuando no imaginábamos la que iba a caer. 



Sirens of the lambs (2013). Yo siempre estoy buscando el último empujón para hacerme vegetariana, y este camión podría serlo. Pero la carne es débil. 


Este me hizo reír TANTO. Creo que ya he hablado de la psicopatía de la Nené (así la llaman en Albania) Teresa por ahí, así que os lo ahorro, pero la frase: "Aprendí una lección valiosa de esta mujer: crema hidratante a diario". Ay, no puedo. 


Y no dejemos el skincare, ¿qué opinan de la vuelta de tuerca del "porque yo lo valgo"? Fantástico. 


Más anticonsumo: "La alegría de que no te vendan nada", seguido de warholianas latas de sopa de tomate de Tesco. 






Queen Vic (2003). Su visión ácida de las instituciones, en particular la monarquía. No he puesto otras, como la reina con cara de mono. Victoria no sonríe ni en esa tesitura, qué esfinge...


La cabina -otra institución- malherida. 


Y otra (no se respeta nada!)


Festival [Destroy Capitalism] (2006). Y termino con "lo mejor de cada casa" haciendo fila para comprar camisetas antikapi por 30 pavas. No somos nada: el kapitalismo nos ganó la partida y ahora está muriendo ahogado en su propio excremento, - pero no porque hayamos ganado ninguna batalla, ni por supuesto la guerra. Abandon hope. 


Y claro, salimos por la tienda de regalos ("Exit through the gift shop"). No solo eso: se salía y se entraba por la tienda, donde había camisetas, tazas y sudaderas. Y no compramos nada. En su lugar hice un comentario al tal efecto en la pared en la que invitaban a grafitear. 

Porque los monos -las hienas- no sigan al mando, tú sigue, Banksy.