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13 enero 2022

"La oscura historia de la prima Montse" de Juan Marsé: El discreto asco por la burguesía

 Juan Marsé me mira desde la contracubierta de mi libro con esa cara de boxeador perdedor, que tanto juego ha dado en el cine y en la literatura (ya no me acuerdo del "Torito" del Gran Cronopio, he de releer). En mi foto parece que quiere hasta sonreír, pero no es lo normal si buscas en imágenes en la red-como la de la izquierda. Y es que cuando estoy leyendo un libro suelo mirar mucho la foto de la autora/autor, y ahí comienzan mis conversaciones con ell@s: aparte del típico "cómo has podido describir tan bien esto que siento o que sueño" (cabrona/cabrón), también está el "qué te pasó, qué miraste, de dónde vienes, qué te hizo escribir esto" -de esas conversaciones con Marsé escribí cuando murió. Pero con él, además de todo eso, cuando le miro, no puedo dejar de maravillarme porque un hombre con ese físico, sin ninguna formación académica para la literatura, que estaba arreglando pendientes en un taller, pueda tener ese Don de cuentacuentos tan bestia - y la mayúscula no es una errata. 

Aparte de las fotos, también me intereso por su biografía -esto debe ser deformación profesional- y la de Marsé es simplemente una mina. Explica todos los temas subyacentes de su literatura, sus valores, sus obsesiones... por ejemplo, el no pertenecer, la orfandad. Leo en una entrevista: "No tengo ningún empacho en decir que yo no soy nacionalista. Ni de Cataluña, ni de España, ni de China, ni de Andorra. No tengo ningún problema identitario. ¿Qué problema identitario voy a tener si además soy adoptivo? (...) En boca de los políticos, las patrias no son otra cosa que carroña sentimental".  Su adopción ocurrió de una manera curiosa: su madre falleció en el parto y su padre, taxista, le contó esta historia en lo que duró una carrera al hombre sin hijos que adoptaría a Juan, hombre que terminó en la cárcel por antifranquista. Por ello, el niño Juan tuvo que ponerse a trabajar a los 13 años en un taller de joyería.  Pero la escritura es ese "noble pero implacable amo"  (gracias, Capote), y  comenzó a escribir. 

Juan Marsé pertenece a "La escuela de Barcelona", un grupo de escritores de la generación de los 50 entre los que se encontraba su amigo "como todos los jóvenes yo vine / a llevarme la vida por delante"  Jaime Gil de Biedma ("los inseparables", les llamaban), Jose María Castellet, José Agustín Goytisolo y Carlos Barral. Parece que este último necesitaba a un "escritor obrero" para dar color a su editorial, a su grupo de gauche divine de privilegiados de izquierdas con alto "capital cultural", del que Marsé carecía. Y vaya si lo dió. Crítica social en toda la boca, desde la ironía y  nunca el panfleto, simplemente exponiendo la manera de pensar y comportarse de la burguesía, cuyo discreto encanto ni existía ni se le esperaba, como se dice ahora. 

"La oscura historia de la prima Montse" fue publicada en 1970, y Marsé cuenta que la empezó a escribir inmediatamente después de "Últimas tardes con Teresa" (1966) - por ahí se habla de cierta continuación temática. En ambas Marsé hace un retrato al óleo de la burguesía catalana, principalmente a través de las mujeres: Teresa, la joven progre universitaria que se enamora de Pijoaparte, el semidelincuente al que adscribe inexistente ideario político; y Montse, la joven devota de Acción Católica o Hijas de María o la parroquia, yo no sé, aspirando a cambiar la vida a "su vasto y palpitante mundo de necesitados", que hace proselitismo con un presidiario - y atención a la descripción del mismo, quién escribiera así: "un joven apuesto en su indigencia, distante y felino, (...) mostraba un pesimismo púdico y respetuoso, despojado de arrogancia, desesperanzado y a la vez- eso era lo inquietante-lleno de poder"

Ambas son idealistas y soñadoras, y se supone que hay un cierto inconsciente malestar de clase en ellas, aunque Montse no lo llamaría así porque las catequistas han sido educadas en la idea de que el mundo de hoy no está dividido en clases ("noción blasfema y de una rencorosa falsedad"). Vía Teresa, Marsé critica la falta de autenticidad de la juventud universitaria burguesa de izquierdas, para los que el izquierdismo es una postura solo estética, y vía Montse, los "repliegues de nuestra benefactora y limosnera burguesía, esas blandas cavidades de la caridad". En contraposición a ellas, ambos chicos están muchos pisos abajo en la Pirámide de Maslow: están en lo de sobrevivir. No hay tiempo ni energía para leer a Marx, Engels y Gramsci (Teresa), o la hoja parroquial (Montse) cuando tienes que llenar el estómago. Y ambos son guapos - siguiendo mi teoría del "trasvase de capitales" ya esbozada en el divague de "Normal People": los ricos, si se salen de su círculo en esto del amor, tontos no son.

Aunque la pobre Montse sí que es considerada más o menos imbécil por su familia: vamos a ver, una cosa es lo de la caridad (limosna) cristiana, quitarte un poco de lo que te sobra para compartirlo con "los necesitados" y otra cosa es ir toda Teología-de-la-Liberación, seguir al pie de la letra al amado líder y "dejarlo todo y seguirle". Esto no, Montse, no has entendido nada. Montse, que así "muestra un desprecio para con la propiedad privada  que obedece no a caprichosas leyes económicas dictadas por la ciega maquinaria liberal, sino a insondables designios divinos".  Montse, que no sabe distinguir "el mal del mundo de la maldad humana". Montse, la santurrona tipo Viridiana de los barrios altos de Barcelona de la que esos maleantes del Carmelo se van a aprovechar. Porque por algo serán pobres. 

La novela está narrada en primera persona por Paco Bodegas, el primo medio xarnego (atención al origen de esta palabra, viene de "lucharniego", y esta de "nocharniego": "el que anda de noche" - "surgirá de las sombras del barrio, de su transpiración nocturna y maloliente, de su misma secreción estival y promiscua") de la familia Claramunt, dueños de esa típica empresa familiar textil "asentada sobre la miseria obrera, hecho no ajeno a ellos por razones postconciliares". Su madre, hija pródiga y hermana de la madre de Montse y Nuria, se enamoró y huyó al sur con un cordobés, todo ojos nazarenos y fantasía y encanto, y tuvo a Paco, que cuando a vuelve a Barcelona, los Claramunt insisten en llamar Fransecs. Paco, o "el perro asalariado" como se refiere a él mismo, es otro de los alter-egos de Marsé: personaje que no pertenece, medio huérfano, que se da cuenta de su soledad en contrastre con "las extensas familias ricocatólicas con tanta progenie, que le ayuda a uno a sentirse menos desvalido en el mundo, todos bien situados en la vida, con influencias e introducidísimos", pero muy cercano a esta burguesía a la que observa desde ese ángulo de "pariente pobre", y que luego, pasados los años, recuerda ("la memoria lo es todo para mí; tanto recuerdas, tanto vales"). Porque la novela está narrada en dos tiempos narrativos, el presente, cuando Paco ya ha vuelto de París ("que nos poetiza, politiza y erotiza a los españoles"), ya admitiendo que no puede entender a su país (a alguien le suena?) y hace unos diez años, cuando llegó a Barcelona del sur y ocurrió la "oscura historia". Con gran maestría el autor nos lleva a saltos de un tiempo a otro, haciendo a la vez una reflexión sobre la naturaleza de la construcción de la memoria, reconociendo que no siempre "se acude a la cita de los recuerdos cabales, esos que podrían arrojar alguna luz sobre la naturaleza de nuestros sueños"

Pero no solo está el eje clase presente en la novela, hablando de estas chicas de familia bien, Marsé nos presenta claramente su opresión de género.  Un ejemplo ocurre en el capítulo sobre la puesta de largo de "las debutantes", lo que viene siendo la puesta en el mercado del matrimonio, como ganado que va al matadero de "relaciones formales muertas antes de nacer". Me cuentan que en la burguesía catalana esto aún ocurre y no me lo podría creer si no fuera porque un día, buscando inocentemente un Airbnb, me encontré con uno recomendado para el tema (voy a reservar con tiempo para Mini). Me siento mal al reírme cuando dice que algunas de estas pijas-de-la-puesta-de-largo son bien feas "esa mezcla de cara fea y piernas bonitas que en las ricas resulta tan excitante" (quién no ha conocido una pija fea pero que se saben arreglar tan bien que hasta dan el pego? Los chicos, si feos, hay que decirlo: no hay  manera, por mucho que se arreglen o muchas iniciales que se borden). Este capítulo está narrado con el estilo de crónica de revista del corazón con acento de narrador del Nodo. 

Otro de los personajes clave de la novela, arquetipo de otro tipo humano, es un tal Salvador Villela. Actúa de contrapunto de Paco pues es el típico arribista que, si bien viene "de lo oscuro" -otro de esos jóvenes pobres de la parroquia "rescatados" por las visitadoras (todas ellas ociosas de casa rica)-,  termina convirtiéndose en un "intelectual". Villela es usado por Marsé para su crítica implacable de estos, que además se han agarrado a "la lengua vernácula" porque van en la dirección del viento que corre:  hay que subirse al tranvía que nos lleve a sitios. Es de esos dialogantes, tibios, que "detestan la violencia venga de donde venga" y que sonríe desde sus altas convicciones. Pero como le dice Paco, nuestro perro asalariado:

"A qué violencia os referís, los católicos? Por qué insitís en acusar de violentos a los pueblos subdesarrollados y oprimidos que intentan rebelarse? Acaso no era una forma de violencia el poder que ejercen sobre ellos las minorías privilegiadas? No es una forma de violenca la ignorancia, el hambre, la miseria, la emigración laboral, los salarios insuficientes, la prostitución organizada, la discriminación intelectual, etc?"


Enmedio de la novela hay unos capítulos que Marsé describe como "una novela corta dentro de la novela, tanto por su temática como por su estructura y estilo" que son con los que más me he divertido. Narran los días de Retiro Espiritual ("una moderna experiencia religiosa") en Vich que Montse le organiza al presidiario cuando sale de la cárcel, como parte de su proceso para reinserción en la sociedad. En Vich se lucha contra  "los ateos hundidos en el concubinato y el marxismo". No miro a nadie. 

Me he reído mucho con todo en esta parte, empezando por los personajes: los curas, los "profesores", los cursillistas a los que llama "colorines" porque el curso se llama "Colores"  (son tan modernos y postconciliares que admiten todos los colores y todas las tendencias, dicen). Las canciones ("Juventudes católicas de España, galardón del ibérico solar").  Jesucristo en mono azul, y sus valores ("el Obrero Ejemplar que no se mete en política ni huelgas ni manifestaciones de protesta (...) un Cristo moderno, fuerte, animoso, paciente, cumplidor en la fábrica y respetuoso con sus superiores! El que esgrime la llave inglesa para construir, no destruir, pero también, cuidado! el que tiene sus ideas sobre el capitalismo"). La mujer como pecado,  misoginia abierta ("El firme propósito de no pensar en ellas, todas unas marranas").  Las emotivas confesiones públicas, el lacrimógeno acto final.


Quien no conozca ese mundo (Marsé claramente lo vivió en su juventud), tal vez pueda pensar que es una hipérbole enloquecida, una caricatura febril, una mofa tipo "El sendero de Warren Sánchez" de Les Luthiers ("Yo era un desgraciado!"), pero ya os digo yo que no (por algo hay una etiqueta en este blog llamada "tengo un pasado oscuro"). Y me tenéis que creer: cuando era peque, iba de campamentos con las monjas, una mera extensión del colegio (véase "Las niñas" de Pilar Palomero), así que ahí no noté nada. Pero pasados unos años, cuando tenía como 12, ya estaba lista para un cambio y una amiga de mi madre sugirió este lugar. Aún no sé quién estaba detrás, pero empezaré diciendo que se cantaba precisamente "Juventudes católicas de Ejpaña" mientras se izaba la bandera del campamento (no la ejpañola, phew) cada mañana. Ya en aquella época me sonaba a marcha militar y la cantábamos de risa -me debí juntar con lo mejor de cada casa, pero os aseguro que me la sé aún entera y que la letra no hace sino mejorar ("ser apóstol o mártir acaso"). Había misa y rosario diario, opcional (liberales eh?). Yo hacía propósito de ir, pero nunca lo conseguía, aparte de un día porque le tocaba rezar el rosario a Luis Enrique  Echevarría, el monitor que me gustaba, que tenía 17. Porque por primera vez iba a un campamento (o a algo) mixto, aunque el precio que hubo que pagar fue elevado: a saber a qué facción del nacionalcatolicismo pertenecían sus líderes, y podría yo ser ahora una monja en antidepresivos?. Lo terrible es que reincidí (ni toda esa propaganda lo consiguió): es que era tan bonito Broto, lo pasábamos tan bien, caminábamos a Ordesa, moríamos de miedo con las historias de terror de las noches, tirábamos con arco (muy dificil) cuando aún no existían los "Juegos del Hambre",  y Luis Enrique Echevarría seguía allí, cada vez más guapo, arbitrándonos partidos de basket, ajeno a mi existencia prepuberal. Este fue mi mes de inmersión en lo que seguro era un Cult, y yo sin enterarme.

Pero no se vayan todavía, aún hay más: pasados los años, ya en pleno BUP hormonal y efervescente, estuve en un par de "convivencias" con las monjas del cole (tristemente unisex, no había monitores con silbato aquí). Tenían una casona en un pueblo llamado "El Frasno" y todo lo que recuerdo es el chocolate espectacular que hizo Madre Caridubi (una monja mala mala, daba mates) y luego la sesión de lloros por la noche en una sala en la buhardilla. Ahora que lo pienso, era un poco un embrión de una terapia grupal (no nudista, como la de California) en la que se sacaban los demonios a pasear. A las monjas también les encantaba que se llorase, como en los retiros de Vich, en los que acababan todos  con "una tendencia ya enfermiza al enternecimiento, al esponjamiento cordial y a la llantina, flojo el lagrimal" : aquí una contaba que era la menor de varios hermanos, todos chicos, y se la ignoraba, otra que la obligaban con el piano, no valorando su opinión (siempre eran cosas así, nunca abusos sexuales, padres divorciados, problemas de la abuela con el alcohol). Una suerte de lo que cuenta Marsé cuando habla de la "autoconfesión", "la minuciosa exposición de horrores por los que pasó antes de ser tocados por la luz" cuando uno a uno todos los participantes salían y se golpeaban el pecho con el puño y compartían sus pecados con "alta emoción expresada". 

Gracias, herbada Di, por tu valiente testimonio. 

Disculpas, me he ido. Yo estaba hablando de la novela de Marsé, pero por algo la ideóloga y creadora de este blog, que nos abandonó, lo llamó divagandoalcuadrado. Pero qué mejor oportunidad para terminar en un punto alto: logré escapar de las sectas, aunque me quedé así de rarita,  ejerciendo "la minuciosa exposición de horrores o autoconfesión bloguera", y colgada demasiado rato de fotos de escritores que me miran desde la contracubierta como Juan Marsé.

09 enero 2022

Vuelta a Londinium, vuelta a mi bici. Y, aunque no lo sepas, todos esos corazones.

 Tras el accidentado fin y comienzo de año que me disteis en la península, logré escapar como una Indiana Jones moderna que salta cuando se va a cerrar la última puerta levadiza.  El día anterior al vuelo aún estaba dando positivo, y ya habiendo tirado la toalla, el bicho tuvo a bien, la misma mañana del vuelo -afortunadamente vespertino- dejar este pobre cuerpo ajado. Cuerpo que, eso sí, como dice Cesita, "ha demostrado gran incompetencia como transmisor" (eso, o tengo a mi alrededor a esos seres que ahora busca la ciencia, los no-contagiables o "terminator" del virus). El exorcismo por fin funcionó y, aún en el estado de la "jove decadent" del otro día (pero sin joven) llegué a la isla desde donde me he arrastrado los últimos días. 

Lo que sigue no lo he contado en el divlog y ahora me pregunto por qué. Podríá fácilmente haberle hasta dedicado una etiqueta y haberos frito con el tema pero, por lo que sea, no lo hice. Hasta hoy. Sí que he hablado de las cosas que me han salvado de esta pandemiajaputa que tal vez son más importances y merecedoras, pero no de una cosita pequeña que ha contribuído a muchos momentos de felicidad: mi bici. 

Cuando llegué a Londinium, conocí la ciudad en metro. Un día, descubrí los autobuses y de repente, las piezas del puzzle empezaron a encajar: esto es lo que hay por encima de esta parada y aquella? Esto y esto está mucho más cerca de lo que pensaba! Me encontré con otra ciudad y recomiendo esto a cualquiera que venga por aquí.  No están las cosas tan lejos, ni en este monstruo, y lo que hay por arriba es un festival. Pero con la pandemia, he descubrierto Londinium en bici.

En el pasado fui en bici pero no como ahora: pedaleaba al trabajo -nunca demasiado lejos de casa, siempre sur del río- cuando el trayecto era "amable", pero cuando cambié a otra zona, y un día me vi encajonada entre buses de dos pisos y camiones, lo dejé. En aquella época, la ciudad no estaba preparada para el pedaleo. Siempre me ha gustado ir en bici -decir "es uno de mis deportes favoritos" sería una chorrada, porque todos los deportes me aburren inmensamente, pero este -y nadar- me encanta. La bici es un objeto que asocio a la libertad (esos veranos de la infancia con los que he dado la turra bastante) y además, en Londinium, es una fiesta: con ella llego en quince minutos a sitios donde aún, tras más de veinte años, me pellizco para creerme que semejante maravilla, esté justo aquí.

Tengo muchísimas fotos que he ido tomando durante mis paseos, que en verano fueron diarios y ahora, como anochece pronto, se limitan al finde. Podría haber colgado algunas y haber escrito sobre mis aventuras: en bici canto (sí, no debería, escucho una lista de spotify impresionante, grandes subidones), bailo (semáforos), me cabreo con los coches (soy una de ellos, la tribu de los ciclistas dignos), nos sonreímos con otros ciclistas, me pierdo, paso miedo (palomas), me pego tortazos (uno), ligo (mucho). No he escrito ni colgado fotos,  pero hoy va a ser el día. 


Todo porque si la bici me suele poner algo hiperactiva y maníaca de normal, hoy ha sido un rato tan lleno de emociones montaña rusa, que he llegado con la necesidad de contar(me)lo. Para que se entienda, contexto:  esta ha sido la primera vez que pedaleo en un mes, tras el covid puñetero que me había dejado exhausta. Cuando me he subido al sillín, no sabía hasta dónde iba a llegar, ni siquiera si lograría acercarme al río y cumplir mi objetivo, lo de los test. Sí, simbólicamente, llevaba en mi mochila los test que has de hacerte a los dos días de aterrizar y la idea era llegar a Waterloo, donde hay unos buzones para dejarlos. 

Era un día perfecto de invierno: frío con un sol fantástico. Esto ya es para mí la vida, y entre eso, y la música, y ver que realmente llegaba al río y mucho más, me han dado un chute de adrenalina, de esos de "amo a la humanidad". Entonces, nada má dejar los test, lo he visto: el Big Ben, que llevaba años cubierto por las obras, estaba por primera vez parcialmente descubierto. En el puente de Westminster le he hecho fotos al reloj, que parecía que me saludaba desde el año nuevo. No recuerdo qué canción sonaba en ese momento: a veces me planteo si hay un algoritmo que relaciona mi lista aleatoria con mis pensamientos. No podría poner un ejemplo, pero a veces da miedo cómo puede sonar esa canción justo ahí. 

Una pareja me ha pedido que les hiciera una foto: el chico me ofrecía la cámara (una verdadera cámara, de ponértela en la cara, con las que de verdad me gusta hacer fotos) y, sin pensar, me ha salido un "lo siento, no". El pobre se ha quedado azorado, y yo me he ido sintiéndome mal. No le he dado ninguna explicación, porque no la tenía articulada en mi cabeza: no sabía si era por protegerme a mí o más bien a ellos, pero no me apetecía hacerla. 

En lugar de subirme a la bici y tirar hacia el oeste del río por la calle paralela, me la he colgado del hombro y he bajado las escaleras que conducen a un paseo peatonal que tiene a la izquierda una pared detrás de la cual está el hospital de St. Thomas y a la derecha, el Támesis, con las Casas del Parlamento al otro lado. Esa imagen que estáis cansados de ver en cada reportaje o noticia de Londinium. Este trocito lo he hecho andando, venía mucha gente. Y entonces ha pasado. 


El hospital de St. Thomas tiene gran carga emocional para mí: aquí nació Mini. Cualquiera que haya leído o visto "Atonement" ("Expiación", de Ian McEwan) lo tendrá también grabado a fuego. Era un maravilloso hospital victoriano, que fue bombardeado durante el Blitz, pero aún queda parte antigua, por detrás, para soñar y robar ideas y pasillos largos para Banderleys de uso propio. Pero divago: yo estaba caminando tranquilamente, aún pensando en los turistas a los que he dejado con la cámara en la mano y la palabra en la boca cuando, de repente, me he encontrado con el muro. Lleno de corazones. Corazones con nombres y fechas dentro. Marzo 2020, Abril 2020, Enero 2021, papá, mamá, abuela, abuelo, John, Tracy. Cientos. 

"The National Covid Memorial Wall". Nunca te olvidaremos, te quiero, eres la mejor madre, estás conmigo cada día, y fechas, y nombres y corazones y más corazones que no terminaban nunca. Mi aleatorio musical no ha ayudado: probablemente la canción más triste que tengo, y de las más bonitas, ha saltado: "Aunque tú no lo sepas", y me he puesto a llorar sin consuelo posible. Me han caído estos casi dos años, las ausencias, el miedo, el cansancio, y las últimas horribles semanas encima, pero sobre todo me han caído todas esas historias metidas ahí en corazones, toda esa gente que, aunque yo no lo sepa, están ahora sentados en su casa, mirando por la ventana, con el corazón roto. 

Aunque tú no lo sepas
(...) Y al llegar la mañana
No me di ni cuenta
De que ya nunca estabas

Y como esto es una ventana abierta donde cualquiera, también los que sufren por un corazón con nombre y fecha dentro, puede tropezar, si así fuera... solo decir que, aunque no haya consuelo posible, y aunque yo no lo sepa, lo siento. 

Hacia el otro lado me saludaba otra vez, soleado, sonriente, el Big Ben. He seguido caminando mucho rato, sin separame del río. En un punto, me he subido a la bici y ha saltado una canción alegre. Y he girado a la izquierda, al sur, y he vuelto a casa. 

03 enero 2022

"Sobre los huesos de los muertos" ("Drive your plow over the bones of the dead") de Olga Tokarczuk: Saca tu Pathos a galopar

"Sobre los huesos de los muertos", novela de Olga Tokarczuk, le da título un verso de William Blake que es una pasada, pero que los traductores al castellano -o la editorial - han tenido a bien recortar.  Entero, "Drive your plow over the bones of the dead" se traduciría algo así como "Surca tu arado sobre los huesos de los muertos" (nota: agradecimientos a la divaganta Cesita que colaboró con encontrar el verbo adecuado, "surcar", yo estaba paralizada con "conducir"). Es un verso tan visual y tan bestia que, sinceramente, no sé en qué estaban pensando quitando el principio con la imagen demoledora del arado. Sacarla es privar al lector de la mitad de su fuerza. 

Paseando a Olga-1:
 Río Támesis a su paso por Barnes
Nota: el tema de la traducción no termina con este párrafo inicial, que puede sonar a mi frecuente pataleta sobre las traducciones de los títulos.  Precisamente en la novela se reflexiona sobre el concepto porque uno de los personajes traduce a Blake -cada capítulo comienza con versos de Blake-, del inglés al polaco ("Déjale que revele los negativos del inglés para producir frases en polaco en el cuarto oscuro de su mente"). Luego, la traductora (Antonia Lloyd-Jones) ha vuelto a traducir del polaco al idioma original (inglés, doble traducción). Es un oficio imposible -aunque bonito, pues sirve para acercar a la gente que de otro modo no se entendería
 - porque, ¿cómo traducir esta rimita, también de Blake, que los niños podrían usar como el pito-pito-colorito-dónde-vas-tú-tan-bonito-a-la-era-verdadera?:

“Every Night and every Morn
Some to Misery are born.
Every Morn and every Night
Some are born to Sweet Delight,
Some are born to Endless Night.”

Incluso si no sabes inglés, léela en alto. Bonita, ¿eh? Pim-pom-fuera. 

Me lancé a esta novela tras el deslumbramiento el pasado verano con "Los errantes". La he leído en Fitzcarraldo, la editorial independiente, tan sobria en sus cubiertas, todas iguales.  Mirando por encima el divague de "Los errantes" (vengo con el propósito de que me quede más corto, pero ahora en relectura creo que una vez más he fallado, de ahí los títulos) me encuentro con que califiqué a Tokarczuk de provocadora, así:

"Una provocadora: Teología. A menudo me pregunto cómo se enseña eso aún en las universidades, ¿Imaginamos acaso una cátedra de astrología?"

Una protagonista memorable
Tokarczuk sigue siendo igual de provocadora y aquí (¿soy una visionaria, una Blake del Siglo dieciveinte?) no es la teología, sino la astrología. La protagonista es una mujer de 60 años, excéntrica, libérrima ("para mí, la palabra prioridad es tan fea como cadáver o conviviente" ) y que cree en la astrología, "la astrología era lo mismo que lo que hoy es la socio-biología: el astrólogo creía que los cuerpos celestes tenían influencia en nuestra personalidad, mientras que el socio-biólogo cree que lo que nos afecta es la misteriosa emanación de cuerpos moleculares-la diferencia es de escala"Para el mundo -y para ti a estas alturas, supongo, divagante- es una "vieja loca", pero, créeme, pese a todo lo que tiene de ilógica y enloquecida, es imposible no quedar atrapada por ella, y para mí se va a quedar como uno de esos grandes personajes de la literatura, como Dorothea Brooke, el Pijoaparte, el capitán AhabBernarda Alba, Ignatius J. ReillyGuy MontagAlexander Portnoy o Becky Sharp (perdón, me pierdo y me pierde el enlazar).

Sus ideas se miran con desdén y pese a que escribe múltiples cartas a diversas fuerzas vivas locales con "sus temas", no se la toman en serio: ni se molestan en contestar. Pero como ella dice, ya "el ciudadano al que los servicios públicos ignoran está condenado a la no-existencia",  ¿no sería la mejor venganza que, ya que no tienes ningún derecho, no tengas tampoco ninguna obligación? La prota es la clase de persona que la sociedad hoy en día considera "inútil" porque porque no producen, no activan la economía, no son engranaje de la Gran Máquina. 

Es una "unreliable narrator" ("narradora de la que no se puede confiar", ¿para cuándo una traducción del concepto a algo con más gancho en castellano?) de libro de texto. Se llama Janina (aunque ella odia su nombre y se hace llamar por su apellido, que es aún más complicado que Tokarczuk, así que olvídense, aquí será Janina). Vive en un pueblo remoto de montaña en Polonia, frontera con la República Checa. En invierno, los días son tan cortos y es todo tan oscuro que mira por la ventana y solo se ve el interior de su cocina reflejada. Por ello la tele está funcionando todo el día, solo en el canal del tiempo. "Las mañanas de invierno están hechas de acero; tienen un sabor metálico y esquinas afiladas. Un miércoles de enero, a las 7 am, está claro que el mundo no fue hecho para el Hombre, y definitvamente no para su comodidad y placer".

Un alegato animalista
Estereotipos:
Será Olga vegetariana?
El principal contenido de las cartas de Janina a las autoridades es la defensa de la naturaleza salvaje que tiene a la puerta de su casa. Como es un bosque polaco, esto incluye ciervos y otros animales que, vale, yo no reconozco por su nombre pero para eso está el google imágenes ("marta"-un tipo de comadreja). El hecho de mi desconocimiento (se me dé un respiro: no puedo abrazar todas las taxonomías mundiales, ya tengo bastante con las mías) no implica que no esté al 100% con Janina en esta lucha. Ya he dicho muchas veces que ideológicamente yo debería ser vegetariana- ya hace 30 años, tras el baño-realidad Marvin me convertí (pero cuántos animales enteros me he zampado desde entonces es otra historia). Hace menos he escrito de esto aquí a propósito de los libros de Harari, pero también tras leer piezas en contra del humanismo (el muy cristiano "el ser humano como centro de todo") de gente como John Gray en "Perros de Paja".  Tokarczuk dice que la actitud de un país hacia sus animales revela mucho del país. Totalmente, eso y su actitud ante ancianos y personas vulnerables. 


Polémica en Polonia
Parece ser que la novela, publicada en 2009, causó un verdadero escándalo político en Polonia. Me pregunto si es por su anticlericalismo, en una de las reservas espirituales de occidente -tras Navarra, claro, no se ofendan. La descripción del cura es magistral, uno de esos tipos que, si no es por la cirugía bariátrica seguiría siendo obeso mórbido. He descubierto que la jerga curil es internacional, por ejemplo -son adaptaciones mías, traducir del inglés no funcionaba, de lo que recuerdo ya que hace eones que no escucho a un cura- decir "alimentos" en lugar de "comida" o "reparar" en lugar de "darse cuenta" y también sus problemas de dicción como "queridos herbados", o "seso" (no sé qué tenían con la "x").  

El cura opina que "los animales están en la tierra al servicio del Hombre" (y nótese Hombre vs. "ser humano"), y que es blasfemo tratarlos como si fueran personas, porque Dios les dio un rango menor. Le aconseja a Janina rezar, que es lo que trae alivio ante el sufrimiento.  Pero para qué, si ese Dios jamás interviene? 

Me he reído con la idea de que se debería instalar un pequeño lavaplatos en el altar, para terminar con el momento lavado y secado del copón. Hace mucho que no asisto a este ritual del cura limpiando que siempre encontré curioso - ya de niña dudaba de la higiene del proceso, y eso que Dios aún no nos había enviado el covid. 

Paseando a Olga-2:
Hermanos Colombianos,
también Barnes
Teorías vendo
A través de la mirada de Janina, el lector va a asistir a una serie de asesinatos que son el negativo de la típica novela de "quién-lo-hizo", con sus chiquitas indefensas violadas y descuartizadas. Aquí los muertos son señoros (divertidisímo cómo, por una vez, son los tíos los asustados de salir de casa de noche) y los malos llevan 4x4s (compensan con ellos sus ínfimas pollas- esta reflexión de premio Nobel ya la habíamos hecho humildes blogueras). 

Aunque se vende como una "novela negra", aquí lo que menos importa es precisamente quién-lo-hizo (aunque, wow, quién-lo-hizo, qué final: vale ya me callo), lo importante es la particular cosmovisión del mundo de Tokarczuk, que nos cuenta a partir de las "teorías" de Janina. Porque aparte de sentirme identificada con la prota porque aspiro a ser una ancianita excéntrica y pasota,  también tengo "teorías" sobre distintos aspectos de la vida con las que castigo a los de mi alrededor (y a los divagantes, debería crear ya el distintivo "teorías").

Nuestra psique: la coraza para protegernos de la realidad
Ya contamos en "Los errantes" que la autora estudió psicología y de vez en cuando deja caer perlas del ramo con las que me divierto. Para Tokarczuk, toda nuestra compleja psique "ha evolucionado para prevenir al ser humano de entender todo lo que tiene delante de los ojos. Para hacer que la verdad no nos alcance, envolviéndola en ilusión y en charlataría boba".

Si la sabiduría popular dice que la ira ofusca la mente, Janina piensa que la aclara, que toma el control del cuerpo y es fuente de saber. Janina tiene muchos motivos para cabrearse: machismo, edadismo... toda mujer "vieja" (a mí 60 ya no me lo parece-están ahí!!) acaba siendo una "bruja". Dejarse llevar por la ira, todos los sabemos, puede tener consecuencias con sentimientos encontrados: "esa energía la hizo sentir genial, como si me elevara del suelo, un mini-Big Bang en el universo de mi cuerpo", o "deja un gran vacío tras él, en el que una corriente de dolor se derrama instantáneamente, y sigue fluyendo como un río enorme, sin principio ni fin".


Nuestro cuerpo: la otra coraza 
Nebuchadnezzar, detalle (W. Blake)
Otro tema recurrente en Tokarczuk es el cuerpo este nuestro, la carcasa con la que paseamos por el mundo y que es tan fundamental para nuestra manera de relacionarnos con él (con el mundo). Por supuesto Janina tiene una Teoría: el cerebelo debería estar conectado con el cuerpo y decirnos en todo momento qué pasa, como si fuera una centralita a la que los órganos informan de problemas. De esta manera, solo nos queda "el dolor como única herramienta básica y primitiva para el consuelo". Es el único informante que tenemos. 

Janina escribe algunas palabras que ella debe dotar de importancia en mayúsculas, y una de ellas es "Dolencia".  Quitarse el dolor y esta metáfora tan visual:

Paseando a Olga-3:
Ya en Vetusta
"A veces tengo la impresión de que estoy construida únicamente con los síntomas de mi enfermedad, de que soy un fantasma hecho de dolor. Cuando no sé qué hacer con mi dolor, imagino que tengo una cremallera en la tripa, desde el cuello hasta la ingle, y que la voy abriendo lentamente, de arriba abajo. Y después estiro los brazos fuera de los brazos, las piernas de las piernas y saco la cabeza de la cabeza. Cuando me saco de mi propio cuerpo, éste se cae de mí como ropa vieja. (...) Sólo esa fantasía es capaz de proporcionarme cierto alivio. Oh sí, y entonces soy libre".

Autismo de la testosterona: esos viejos palizas cerca de usted
La autora tiene un sentido del humor muy particular. Una de las "teorías" de Janina se llama "autismo de la testosterona": los hombres, a cierta edad, declinan en inteligencia social y capacidad de comunicación interpresonal, desarrollando un interés por la maquinaria, o la Segunda Guerra Mundial, o las biografías. Su interés por la ficción desaparece porque no siguen el desarrollo psicológico de los personajes. Vamos a ver: quien no conozca a uno de estos, que tire la primera piedra.  Me divirtió tanto el concepto que creí que merecía la pena hacer un pequenio estudio: lo compartí con una muestra de tíos de mi edad (en teoría, aún no afectados), y las reacciones fueron varias, alguna incluso molesta. 

La ironía es cobarde, es no mojarse, es ser un mierda
Ya he escrito otras veces sobre mi actual malestar/duda sobre el concepto "ironía". Es esta una manera de estar en el mundo que he visto evolucionar a través de los años, siendo ahora La Manera con la que algunos nos aproximamos a Todo. Esto es claramente influencia del mundo anglosajón, por lo menos en ciertos grupos más jóvenes y con mayor nivel cultural. Mis ideas encontradas, de amor/odio, vienen por el hecho de que por una parte, me encanta, pero por otra, esta "distancia  irónica" en absolutamente todo me azora. Quién es esa Di de 18, defendiendo sus ideas, enamorándose, enfadándose? A ratos, no me reconozco - claro que Mini, Paladín de lo Cool Moderno estará en desacuerdo y opinará que aún hay "demasiado drama" en mi manera de estar en el mundo. 

Dice Janina: "Esto es lo que menos me gusta de la gente: la ironía fría. Es muy cobarde burlarse de todo, ridiculizarlo todo, no tomar partido por nada, nunca atarse a nada”. Porque a los irónicos no les gusta el "Pathos" (recordemos, del griego: "emoción, sentimiento, sufrimiento"), "así que cierran los labios para no ser infectados por ello. Temen al pathos más que al infierno".

La escalera de Jacob
(W. Blake)

Tal vez es el blog uno de los espacios de la vida donde una puede sacar más libremente el Pathos a galopar por ahí. Y por ejemplo, recomendar libros con emoción y pasión. Esta es una de esas ocasiones, que merece terminar con la frase con que empecé yo con Blake:

"El camino del exceso conduce a la sabiduría"

01 enero 2022

Al cuerno con vuestras nostalgias

Vetusta: La Magia

 Soy parte de un grupo enorme de whatsapp en el que estoy por motivos meramenta antropológicos. Esto es, para estudiar desde dentro el sentir de una franja sociológica del país y de rebote, confirmar mi sospecha de que jamás podré volver a trabajar en esta península.

En casa tengo prohibido hablar de lo que pasa en este grupo. Más bien es auto-censura porque, en el pasado, cada vez que comentaba con cierta agitación en la cena algo que habían subido, el Peda me instaba a "entrar a incendiar".  Yo me negaba, alegando mi papel de simple observadora internacional, y mi convicción de que nunca se hace cambiar de idea a nadie. Y entonces se liaba parda.  Total que como estas cosas no se las puede quedar una adentro y alguien tendrá que pagar,  quién mejor que los divagantes en época de tontuna post-pandrial y post-navideña.


Filtro niebla: no hace falta aquí
No quiero crear más drama del necesario: el grupo sueler estar inactivo y principalmente se piden favores personales o mandan artículos de la profesión. Artículos y PDFs de respetables libros de texto pirateados al completo, que yo alucino: esto es algo que, os aseguro, en el Reino Unido supondría un lío muy gordo si te pillan. Los británicos se fían de ti generalmente: tú les llamas por teléfono,  les dices lo que has pagado de suscripciones, te las desgravan, no chequean nada and here peace and then glory. Ahora, pillan por casualidad a alguien de una profesión que ellos consideran debería ser modélica conduciendo borracho o mintiendo, y se le cae el pelo. Carrera kaput. Pero divago: decía que no era para tanto, salvo en épocas de festividades: Halloween, La Hispanidad, Navidades, cuando el grupo resucita y sus más activos miembros se vienen arriba en un festival del meme y la felicitación. Hemos visto cosas que no creeríais: alegatos en contra de Halloween (ha de ser "Todos los Muertos", nuestra verdadera tradición) y a favor del Día de la Hispanidad (o era raza?), con imágenes de tipos con armadura clavando la roja y gualda en el corazón de los indios a los que se va a expoliar-digo, cristianizar. Ahí es cuando la estudiosa se pone las botas con nueva data.  

El nivel es ínfimo:
mandan estas mierdas

 En general, lo que comparten suele ser inocuo pero aburrido, muy aburrido. El nivel es ínfimo (sí, soy una snob, si no serlo es esto): humor sofisticado tipo Cruz-y-Raya (hasta Los Morancos han puesto), chistes malos-malos, tarjetas de ositos (quién sabe si pierrots), ese rollo soso y gris. A veces es peor: los chistes son abiertamente machistas, racistas e incluso he llegado a ver alguno mofándose de gente con discapacidad física y/o mental. Esto último choca en un grupo profesional que en teoría debería estar para ayudar a los vulnerables, pero bueno, el problema de todo chiste no es ser cruel, sino no tener gracia. Y no respetar la norma básica de toda broma: jamás disparar hacia abajo, pero todo lo que quieras para arriba. Nota: de los Borbones no ponen chistes nunca. 




Sleepy Hollow? No, Vetusta

Luego está el tema política, liderado por un miembro al que tengo diagnosticadísimo como en el espectro autista. Porque cualquiera con un mínimo de reciprocidad entiende que el contexto importa y que hay cosas que no se pueden enviar a un grupo de más de doscientas personas, cada un@ de su padre y de su madre. Una puede meter subrepticiamente su agitación y propaganda marxista -á la Sally Rooney- en su blog, un espacio donde lee quien quiere y si no le gusta, se viste y se va. Pero un grupo de más de doscientos pavos no es el foro para meter tus soflamas patrióticas y tu programa ideológico. Y no es solo que se pongan la banderita en el nombre (culpable), es que hemos asistido a idioteces como izadas de bandera con el himno nacional sin venir a cuento  o a vídeos en los que se recitan versos vergonzantes sobre la supuesta -según sus parámetros- grandeza de  Ejpania (arrr). 

Como decía nuestro querido Wilde:
“It is the uncertainty that charms one.
mist makes things wonderful.”
 

Pero en el fondo, cuando veo estas cosas me repito el mantra de que el autista es inofensivo.  Y lo es. Sin embargo, el otro día alguien envió un video en el que se cantaban los méritos de los "años viejos", en contraposición con el presente. Aquí no había banderas, ni menciones explícitas a partidos políticos. Era la clase de panfleto destinado a vender su moto a una franja de la población sin muchas luces. Era sentimentaloide y básicamente, mentira. Me lo tragué con sentimiento de dejá-vu, porque es la clase de bazofia que escuchamos en la isla y cuyo proceso  culminó con el Brexit. 

Según esta gente en la isla, resulta que todo tiempo pasado fue mejor, oh, aquellas glorias cuando éramos imperio, cuando podíamos tener el color de pasaporte que queríamos, azul como la solas del mar, cuando ataban los perros con longanizas - lo contó muy bien Jonathan Coe en "El corazón de Inglaterra". Aquí, suenan similar a sus paralelos británicos: en el video-alegato por el "Año Viejo" se hablaba de "aquellos maravillosos años" en los que la gente charlaba animadamente en lugar de via las redes sociales, en la que se tocaba la zambomba, y se ponía un pobre a su mesa. Navidades de Años Viejos de esos sin facturas de la luz, sin gobiernos filocomunistas, sin restricciones, con la Libertad de los de siempre, Años Viejos en los que, según ellos "lo teníamos todo". Para qué buscar lo nuevo, para qué progresar, te deseamos "Feliz Año Viejo". O viejuno. O caspa. 

Un asco. Y esto lo escribe alguien a la que a ratos le da pena que Mini no va a tener una adolescencia tan libre como la que yo tuve (nos íbamos y nadie nos podía localizar), que si no necesita el dinero no venderá la casa donde nació (desde donde escribo), que considera que el consumo desaforado es el Mal (era mejor comprarte una cámara que te duraría siglos que cambiarte de teléfono cada año), que piensa que hay que comer fruta local y de temporada, y que el "lo-quiero-ahora-y-lo-quiero-ya" solo debería aplicar al sexo y no a Glovo o Deliveroo

Corolario: no soy nada cool, como opina Mini - o como ha dicho hoy "solo estás tratando de crear drama con eso" ("eso" daría para otro divague), pero estas historias del Anio Viejo, leídas por una voz que podría ser de novicia en antidepresivos me tiran para atrás. A la porrra con vuestras nostalgias caducas de viejo imperio, viejos privilegios, viejas uniformidades. Hasta con la niebla de Vetusta se os ve el plumero.



31 diciembre 2021

"La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose": Va por 2022

"Jove decadent", de Ramón Casas i Carbó, 1899

Nos gusta esta paradoja imagen - título, pero es que así me tenéis, decadente, aunque sin el glamour: no hay resumen más acertado de estos días de omicron y rosas.  Pero no os preocupéis, como dijo aquel, "hemos pasado resacas peores que el covid".

Incluso desde mi diván-del-dolor me debo a los divagantes y hoy, lo que quiero es desearos lo mejor para 2022 con un trocito de Rayuela que me ha encontrado en mi deambular por subrayados de libros viejos. Va sobre la esperanza (esa cosa con alas, digo con plumas - gracias, Emily Dickinson):  tod@s necesitamos esperanza desesperadamente.

Esperanza de abrazar a los nuevos encuentros, firmes como rocas, y a los de antes, que no hemos abrazado suficiente. Esperanza de ser mejor, de escribir mejor, de que sigáis leyendo. 

Un beso,

Di

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Bueno -dijo Etienne con voz soñolienta-, no es que haya que intentar vivir, puesto que la vida nos es fatalmente dada. Hace rato que mucha gente sospecha que la vida y los seres vivientes son dos cosas aparte. La vida se vive a sí misma, nos guste o no. Guy ha tratado hoy de dar un mentís a esta teoría, pero estadísticamente hablando es incontrovertible. Que lo digan los campos de concentración y las torturas. Probablemente de todos nuestros sentimientos el único que no es verdaderamente nuestro es la esperanza. La esperanza le pertenece a la vida, es la vida misma defendiéndose. Etcétera. Y con esto yo me iría a dormir, porque los líos de Guy me han hecho polvo. Ronald, tenés que venir al taller mañana por la mañana, acabé una naturaleza muerta que te va a dejar como loco.
~~~~~~

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30 diciembre 2021

Serial 39. Psicoterapia Nudista. Los psicópatas sueñan en blanco y negro. Archivo: Acceso restringido.

From: mcalleja@york.ac.uk
Sent: 22 September 1997 18:10
To: wlinares@kcl.ac.uk
Subject: Gracias y enseguida empiezo a estudiar

Hola Wences,

Ya sé que me has llamado un par de veces, pero las últimas semanas han sido demenciales. ¿Suena a excusa o solo a manera aburrida de empezar un email? Pues agárrate que sigo:  gracias por el paquete con apuntes que enviaste, tus esquemas de neuroanatomía son de gran ayuda (¿ya sueno inglesa?). Formalidades aparte: ya te dije que yo estudio dibujando porque soy como un tío, muy visual (sí, en eso también) y de una imagen detallada puedo sacar todos los síntomas de un desorden (basta!). 

Voy todas las tardes a la biblioteca, pero me resulta difícil concentrarme. Tengo la cabeza en otras cosas, a las que tal vez esté dando una significación sobredimensionada. Modo confesión: me ayuda escribirlas y la novedad es que he descubierto un desván donde lo hago. Te lo cuento a riesgo de que desapruebes -pero tú vas a psicoanálisis. 

Sé lo que estás pensando: que tengo los exámenes enseguida, que no estoy estudiando. Por una vez, t
e he hecho caso (pero no lo flipes) y he pedido la semana que viene de “study leave”. Sí, vale, cuando me lo dijiste no podía creerlo: o sea, que igual que te autorizan una semana para ir a un congreso, te dejan tiempo para que estudies donde quieras!!! Y gracias por la oferta, sois muy monos, pero vosotros más Londres no me sale más que cirrosis hepática. Me quedo aquí: a las 8 estaré en la biblioteca, a media mañana me iré un rato con la bici, y... vale, ya lo dejo.

¿Qué estás leyendo? Ja, yo también sé hacerte bullying, aunque si leyeras algo más que revistas médicas serías demasiado perfecto, y tienes novio.  Yo he terminado “La campana de cristal”, la novela de Sylvia Plath, y no voy a empezar nada más, hasta el maldito examen. A partir de ahora, solo solo solo examen. Prometido.

Un beso,

Mariona

Dr Mariona Calleja
Senior House Officer in General Psychiatry 
Kraepelin Ward
Banderley Hospital

Enviar. Click. Nunca hay mucha gente en la sala de ordenadores, aún no sabemos bien qué hacer con ellos: escribir emails (solo a Wences, aún ningún amigo del pasado tiene), usarlos como procesadores de texto y luego está internet, ese mundo, para las búsquedas de artículos en Ovid. Me exaspera el proceso: ese ruidito antipático de la llamada de teléfono (piii-piii-clonk-clonk), una espera no-apta para impacientes, la página en blanco durante minutos que se supone significa conectado, y por fin una pantalla fea con un montón de cajas donde teclear datos. Al final, el artículo que quieres nunca está en el catálogo de Banderley: pedido entre librerías vía el bibliotecario -paradójicamente, rellenar a mano formulario con más cajas- y esperar semanas. Hasta Job tiraría la toalla. Un ruido en la esquina me recuerda que yo me iba a estudiar: la impresora, ese sí que es un aparato del infierno, con sus atascos épicos, una máquina que aquí llaman “temperamental”-nunca escuché una mejor personificación. La que está recogiendo los folios que escupe en este momento es Yolanda. Me acerco a ver qué cuenta. Que está preparando otro artículo sobre sus psicópatas, que me invita a un té si me miro el principio de lo que ha escrito. En la cantina, y mientras pide, leo:

“Bob Hare, el padre de la investigación de la psicopatía, define a los psicópatas como depredadores que usan el encanto, la intimidación, el sexo, la manipulación y la violencia para controlar a otros y satisfacer sus necesidades. Carecen de empatía y conciencia, cogen lo que quieren y hacen lo que les place, violando normas sociales sin culpa ni remordimiento. Lo que les falta es precisamente las cualidades que hacen que la humanidad pueda vivir en armonía.

Fue el psiquiatra francés Philippe Pinel el que primero sugirió, a principios del Siglo XIX, que había una locura que no envolvía depresión, manía o psicosis, y lo llamó "Manie sans delire" (locura sin ideas delirantes). En 1891, el alemán JLA Koch publicó “Die Psychopathischen Minderwertigkeiten” y, con ello, bautizó a la psicopatía. Esta palabra es de origen griego, y viene de la combinación de psico (psykhe) que significa "alma, actividad mental" y pathos, "emoción, sentimiento, sufrimiento"”.

-Muy buen comienzo. – le digo cuando vuelve - La definición, contundente, y luego la introducción histórica. Me encanta la etimología: Pathos es el concepto más bonito de toda la lengua griega... esto me lo dijo alguien que la conocía. Total que, etimológicamente, un psicópata es un “alma que sufre”.

-Más bien que hace sufrir -dice Yolanda- Si te lo planteas, el énfasis en esa palabra está en que es una “enfermedad interior, del alma” y esto chocaba frontalmente con la ideología liberal de mediados del Siglo XX, que tendía a buscar razones externas para los desórdenes sociales.

- Sigue igual ahora, a finales del Siglo XX; la ideología progresista liberal, me refiero - intento beber pero el té está demasiado caliente- ¿Se les puede convencer a ciertos progresistas que los genes importan?

- Ya, cierto, ¿y a ciertos conservadores que los genes no son todo? -pregunta retóricamente, y me redirige al artículo- emmm, mira, no sé si meter la historia de Oak Bridge. A mí me encanta, pero ocupa demasiado y voy mal con el límite de palabras.

-No la conozco, cuéntame.

-Ah, bueno, es un capítulo más de la historia enloquecida de esta disciplina nuestra. En 1960, un psiquiatra canadiense, Elliot Barker, montó en Ontario "Oak Ridge", una comunidad terapéutica experimental para criminales con desórdenes mentales. Barker había oído que en Palm Springs, en California, hacían sesiones de, atención- y abre mucho los ojos- “Psicoterapia Nudista”.

No puedo evitar una carcajada. Qué pedrada.

-Imagina: -sigue Yolanda- principalmente iban estrellas de cine, librepensadores de clase media-alta… ese rollo. Se sentaban en círculo en bolas y se lanzaban a sesiones de veinticuatro horas con el lema "la desnudez física facilita la desnudez emocional".

-Madre mía, como unas castañuelas – sigo riéndome.

-Ya te digo. El caso es que Elliott viajó por el mundo y en Londres conoció a RD Laing, el legendario psiquiatra anti-psiquiatría.

-Sí, entre mis regalos de Navidad estaba "El yo dividido", que aún no me he leído. Este era el que decía que si dejabas la esquizofrenia libre, "se quemaría por sí sola", ¿no?

-Este mismo -asiente Yolanda-. ¿Quién te regalaría eso, por favor? me lo imagino... bueno, es un clásico, conoce a tu enemigo y esas cosas. El caso es que Laing había montado una comunidad terapéutica en el este de Londres, Kingsley Hall, donde, escucha, "no había barreras entre médicos y pacientes" -y entrecomilla con un gesto- luego todos se convirtieron en pacientes.

Veo que entra Mark que nos saluda de lejos y va a por un sándwich.

-Total que, volviendo a Barker, decidió montar la primera maratón de Psicoterapia Nudista para psicópatas en su unidad en Canadá. Les daba LSD y las sesiones duraban "once días épicos", sin distracciones, ni tele, ni libros ni, por supuesto, ropa. La idea era que rompiesen los "constructos burgueses" -nuevo entrecomillado gestual- de la psicoterapia tradicional y los psicópatas, que habían cometido toda sería de tropelías, fueran los psiquiatras unos de los otros. 

-Creo que esto lo has de meter en tu artículo -le digo-, yo lo enfocaría como los desastres de probar intervenciones sin evidencia, al tuntún.

-Sí, porque poco a poco fueron saliendo y, si normalmente la tasa de reincidencia en crímenes de los psicópatas era del 60%, el de los que estuvieron en este experimento era del 80%. Uno de ellos, al salir mató a su psiquiatra "para ver cómo se sentía el clavar un hacha a alguien”.

- Tras la terapia que les daba, tal vez lo merecía -digo, y nos reímos

- En serio, el tío culpó a la intervención diciendo que todas esas charlas sobre empatía les enseñaron precisamente cómo fingirla, y aprendieron cómo manipular mejor.

- Genial, qué historia -le digo-. De verdad que se le quitan a una las ganas de seguir en este campo, ¿y luego que tenemos Síndrome del Impostor?

-No dramatices, se va avanzando… A Elliott le sustituyó un tal Gary Maier, que estudió los sueños y concluyó que los esquizofrénicos soñaban con colores vivos, y los psicópatas en blanco y negro. 

-Yo sueño en colores: la sangre es bien roja en mis asesinatos rituales sádicos. 

-Yo también, Maier impostor -dice, terminando su té- Pero luego llegó Hare, con el que he empezado el artículo, que dijo claramente que los psicópatas no los crean los padres débiles y las madres controladoras: nacen así – aunque bueno, es complicado, también hay más en familias que pasan de ellos. Y estableció que son incurables, y que lo que hay que hacer es aprender a identificarlos, no intentar cambiarles. A ver, lee este párrafo y dime si lo dejo o lo quito:

“Bob Hare, que había hecho su tesis sobre el tema “respuesta al castigo”,  cuando llegó a la prisión de Vancouver se dio cuenta de que algunos internos no respondían al castigo y comenzó a comparar internos psicópatas y no psicópatas. En su primer estudio, que hoy es un clásico, hacía a los participantes mirar la cuenta atrás de un reloj que terminaba en una descarga eléctrica, sin consecuencias para su salud, pero dolorosa (esto ocurría antes de los comités de ética, se prohibió a principios de los 70). Les ponía un electrodo en el dedo que medía el sudor: la gente normal perspira antes de que llegue la descarga, en anticipación. Sin embargo, descubrió que los psicópatas no: o sea, no anticipaban el castigo. 

Recordemos el sistema límbico cerebral que contiene la amígdala, el hipotálamo y el hipocampo. La amígdala es la parte del cerebro que anticipa el dolor, normalmente manda señales de miedo al sistema nervioso central en esos casos, pero Hare descubrió que la amígdala de los psicópatas no estaba funcionando correctamente. Cuando repetía el test, los sicópatas seguían sin anticipar nada, sin mandar señales de miedo: no aprendían. Por eso es tan probable que re-ofendan, porque no aprenden de las consecuencias. Concluyó que los cerebros de los psicópatas eran distintos, al menos en esto.

En otros experimentos como el “Startle Reflex Test”, les hacía mirar imágenes gore terroríficas. Mientras que los no psicópatas se estremecían, los psicópatas no se horrorizaban y permanecían fascinados con las imágenes. Cuando se estudiaron desde el punto de vista de la psicolingüística, se dieron cuenta de que los psicópatas procesan palabras emocionales en otras partes del cerebro. En lugar de mostrar actividad en el Sistema límbico, el clásico centro de procesamiento de emociones, los psicópatas mostraban actividad solo en la zona frontal del cerebro, en el centro del lenguaje. Es como si solo pudieran entender emociones lingüísticamente, no sintiéndolas”.

-Tengo que cortar algo, o no me da el espacio para el caso clínico- dice Yolanda- Son muy estrictos con el límite de palabras.

-¿A dónde lo mandas?

-Bueno, idealmente a “The Journal of Forensic Psychiatry & Psychology”, pero ya veremos si lo aceptan…

Se acerca Mark, que se alegra de vernos, que se va a correr, que si le puedo cambiar una guardia. La semana que viene imposible, me la he cogido libre para estudiar. Los dos alucinan con que me quede en Banderley: todos se van a sus casas en "study leave". Me pregunto si aquí habrá el equivalente de los monasterios peninsulares donde la gente se retira a preparar oposiciones, a escribir, a superar un fracaso amoroso. Mark, todo perceptivo, se ha debido dar cuenta que no puedo coger un tren a casa como él, y me sugiere un pequeño hotel al norte de Whitby, antes de llegar a Saltburn, frente al mar. En esta época no habrá nadie, he de pedir la habitación del último piso, mover la mesa frente a la ventana y acampar allí. Otro tío dando consejos. Y mientras se levanta: me dejará el teléfono en mi casilla de la planta. Yo asiento intentando que no lea en mi cara la duda que me azota: ¿Mark ha ido a este Bed & Breakfast a estudiar? Really? Cuando se va, Yolanda me mira a los ojos y al techo en un movimiento rápido que supongo significa que ella no tiene duda.

A la salida, biblioteca. Hoy voy a trazar un plan de estudio para la semana que viene, en serio. Se está haciendo de noche, no hay casi nadie a esta hora y no me extraña: es tan difícil estudiar aquí, es tan precioso este recinto... Solo querría escribir, cualquier cosa: por ejemplo sobre ese hotel de Saltburn en el que no he estado. Cualquier excusa es buena. Céntrate. Lunes por la mañana: desórdenes alimentarios. Lunes por la tarde… voy mirando el temario, creo que se me ha echado el tiempo encima. Me entra un cosquilleo por la espalda: voy retrasada, tantos paseos bajo las estrellas, noches en Serotonina, remo, desván… Odio este ramalazo de culpa católica, pero estoy agobiadísima, me digo a mí misma. Intento hacer algo de comecocos: venga, Mariona, tienes una semana entera por delante, luego las tardes, y el finde antes del examen. Vas a poder, ya verás. Qué simpática esta animadora grupal.

Un ruido como de agua en radiadores me rescata de esa cinta de moebius. Y ahí está, al fondo, el señor Foster drenándolo o lo que sea, con el tintineo de las mil llaves que le cuelgan de la trabilla del pantalón azul azulete - nunca me ha gustado ese color. No me ha visto, o por lo menos no me ha saludado, pero eso no me arredra: cualquier excusa para levantarme de esta mesa.

-Hola, señor Foster, ¿se acuerda de mí?

El hombre no pega un saltito ni nada.

-Ah hola, sí… eres la de la buhardilla de….

-…Drummond -me apresuro-, la casa amarilla.

-Eso, eso… nunca me he aprendido el nombre de las casas, gracias a los colores las distingo – y se ríe.

Me río con él. Estoy determinada a caerle simpática. 

-¿Y le falta mucho para terminar hoy? -madre mía, mi patetismo con la conversación de ascensor -small talk que se le llama aquí.

-Neh, terminar de dar vuelta a unos cuantos radiadores... estos tan viejos siempre nos dan dolores de cabeza… y entonces, al pub! -nueva carcajada- Ahora bajaré un momento al archivo, esos sí que están hechos polvo…

El archivo.

Alguien abre la puerta, mira en la sala y al no encontrar a quien busca, se va.

El archivo. El tiempo parece que pasa en cámara lenta, pero debo reaccionar enseguida:

- Emmm, señor Foster… ¿le importaría si bajo con usted al archivo? Estoy escribiendo un artículo sobre… historia de la archivística psiquiátrica en el Reino Unido en el SXIX- me descubro ante mí misma: sinceramente, no sé de dónde he sacado esto. 

El hombre deja lo que está haciendo y me mira. Para rellenar el silencio, sigo:

-Los archivos de lo que se llamaba “manicomios de lunáticos” no están centralizados y muchos están todavía en sus hospitales…

-Sabes que es confidencial todo lo que hay allí- dice, con lo que me parece una mirada de sospecha.

-Sí, sí, claro, no soñaría con mirar ninguna nota de pacientes. Pero me serviría ver el lugar para describirlo.

Sigo a Foster como si no nos conociéramos por el pasillo principal. Disimulo como en las películas: hago como que busco algo en los bolsillos cuando viene un enfermero que ni me ve, que pasa de largo. Foster se ha metido por una puerta que he visto mil veces en la que pone claramente “No entry”, prohibido el acceso. Qué bien sienta siempre atravesar algo con un “prohibido” a su entrada. Dentro, parece zona de mantenimiento, bastante destartalada, si la comparamos con el pasillo imponente del que venimos, con sus baldosines de colores y detalles de escayola en techos y lámparas. Aquí los techos son más bajos y hay cuartos pequeños cerrados, un baño de esos con lavadero y fregonas. Tengo un flashback de uno de los gimnasios de mi colegio, en un semisótano donde estaba el cuarto de calderas. Una tarde lluviosa, aburrida, a alguna, la más traviesa - la más cabrona-, se le ocurrió la gran idea de encerrar al pobre trabajador. Al fondo, está la escalera que Foster ya está bajando. Oigo los puñetazos de aquel hombre en el cuarto de calderas: la mala era yo. Y ahora voy medio de puntillas, haciéndome la santita. No sé quién ni cuánto tardaron en encontrar al hombre. Nunca nos descubrieron. 

Bajamos y hay otro pasillo largo, amarillento: la luz del fluorescente no ayuda a disimular la decadencia, que cada vez es mayor según nos adentramos en las tripas de Banderley. Si me lo planteo, ya he estado en los subterráneos de este hospital, pero en sus satélites: los túneles de Serotonina, cuya dirección no podría localizar desde aquí. Necesitaría una brújula y un mapa. Qué imaginación: esto del estudio me está afectando; lo del no-estudio, me refiero. Las llaves de Foster hacen ruido, el fluorescente hace ruido, mis botas hacen ruido. Ya no huele a hospital. En realidad, solo las plantas huelen en Banderley a hospital, el resto es una mezcla a viejo y comida de comedor escolar. Huele a cerrado y a polvo y a sudor de Foster, que no es malo, algunos sudores de tío no lo son. Está delante de una puerta que pone “Archivo. Acceso restringido”. Cómo me pone toda esta parafernalia, restringido no es prohibido, pero también mola. Tiene una manilla con código. Se da la vuelta, con movimientos lentos, para comprobar que no estoy mirando: yo pretendo admirar un cuadro con motivo de caza, espantosamente inglés. Intenta tapar con su mano los botones metálicos, pero el orden es el mismo que en la piscina y el código está claro 172337XW. Lo repito en mi cabeza 172337XW. La memoria de trabajo nunca ha sido mi fuerte, pero 172337XW. Ya lo tengo, todos son primos, y la X y la W, dos de mis letras favoritas. Foster hace un ruido con la garganta mientras busca el interruptor.

-Voy a comprobar estos radiadores… puedes mirar por los pasillos. -no las tiene todas consigo- Por favor, no toques nada.

-Por supuesto, señor Foster, muchas gracias, de verdad.

Clonkkkk: son las las luces cuando las da, y se ilumina la estancia, a la izquierda y a la derecha enormes pasillos con estanterías hasta el techo llenas de notas clínicas. Si esto fuera una peli, la protagonista caminaría despacio, maravillada, dejándose hipnotizar por el olor a papel viejo e imaginando las historias personales que habrá dentro de esas miles de historias clínicas. Pero no tengo tiempo que perder: hoy necesito familiarizarme con el sistema que usan para ordenar. Hay historias tan antiguas como del Siglo XIX, solo unas pocas, conservadas en unas librerías de cristal, bajo llave. Supongo que todo esto debería estar en un museo, o que algún día, con el desarrollo de la informática que acaba de empezar, serán todos digitalizados.

Tras un cuarto de hora metiéndome por el laberinto de esos pasillos me queda claro el sistema, que es alfabético, no por plantas: si supiera el nombre de un paciente, podría entonces acceder a sus notas. Mi problema es que no sé el nombre de nadie, aparte de Scarlett Harridan -nunca olvidaré ese nombre- que estuviera en la planta de perinatal cuando estuvo Sylvia Lannister. Y no puedo ponerme a buscar al azar: aquí hay miles y miles de notas.

-¿Dónde estás? ¡Ya he terminado! -Grita Foster desde la entrada.

Salgo a toda prisa, toda sonrisas.

-Perfecto, vamos, muchas gracias señor Foster. Esto me ha ayudado mucho… para mi artículo.

-¿No habrás tocado nada?

Salimos de la misma manera que hemos entrado: por separado, como si estuviéramos haciendo algo malo.

172337XW mientras cruzo la pradera hacia la casa. 172337XW. 172337XW. 172337XW. Ahora tengo que volver a Marcé a por esa lista de pacientes: ¿en todas y cada una escribiría Lannister con ese arrebato suyo? 

172337XW.