Llegué a "Las chicas de campo" ("The country girls") de la irlandesa Edna O'Brien vía un documental sobre la autora que recomendaron de unos amigos. Me suelen gustar mucho los documentales sobre escritor@s, así que "Blue Road: The Edna O’Brien Story" (2024) de Sinéad O'Shea era para mí.
Antes de verlo, leí su primer libro, "Las chicas de campo" (1960), que dice que fue "su libro más fácil de escribir" - imaginen, lo escribió en tres semanas. Es el primero de una trilogía: le sigue "La chica de ojos verdes" ["The lonely girl"] (1962) y "Chicas felizmente casadas" ["Girls in their married bliss"] (1964). Solo he leído el primero y en este punto, no voy a seguir con el resto porque, aunque entiendo [y voy a hablar] del valor histórico de estas novelas que fueron prohibidas y quemadas por los curas en todo el país, calificadas de "sucias", y criticadas por su propia madre, a mí formalmente no me ha parecido extraordinaria. Seguramente estoy equivocada, esta ópera prima recibió el premio Kingsley Amis [no sé por qué digo esto: no creo en los premios literarios], y la autora durante su vida muchos otros. Obviamente, el documental es un panegírico constante por parte de profesionales del tema -para qué están los docus-, mientras que en los blogs personales, dilentantes de medio pelo hacemos análisis sin usar el triste báculo de la teoría psicoanalítica -ya sabemos que la crítica literaria oficial tiene estas veleidades infumables-, lo cual es un punto a nuestro favor.
Empecemos con el escenario, que será fácil de entender para cualquiera que haya tenido una madre que era joven en los 60. La situación de las mujeres en Irlanda en la época rimaba con la nuestra: otra sociedad dominada por la religión, los prejuicios, el machismo. Un horror crecer allí como le tocó a Edna y a las protagonistas de su novela, Caitlin y Baba, dos chicas de 14 años que viven en un pueblo cerca de Limerick. La familia de Baba es algo más profesional -su padre es veterinario-, la de Caitlin son granjeros. Cuando digo profesional, me refiero obviamente al padre, su madre languidece en casa. El padre de Caitlin tiene problemas con el alcohol y es violento: la novela comienza con un primer párrafo que nos pone en alerta, aunque no es una novela que hable de la violencia machista en concreto: lo que nos queda claro es que Caitlin le desprecia y no puede esperar a irse de casa.
La narradora es Caitlin en un estilo que uno de esos catedráticos de literatura describe como "estilo indirecto libre", en el que la narración adopta los sentimientos y el vocabulario del personaje. O sea, leemos la historia desde el ángulo de una Caitlin mayor y más sabia, que retoma su papel de joven y utiliza un estilo que reproduce sus percepciones juveniles.
La dicotomía Caitlin-Baba es interesante: por ahí he leído que Baba es "la hermana mala de Caitlin", o sea, la versión malota de lo que hubiera querido ser O'Brien. En el docu, O'Brien dice que Baba es todo lo que ella no era. Caitlin es la buena chica, con más miedo y aversión al riesgo que Baba, y más lista. Por ello le dan una beca para ir a un internado de monjas ("convent school" que dicen en inglés) y Baba se une, pero pagado por sus padres. Una vez allí, Caitlin tiene buenas notas y Baba renquea, pero está siempre ahí como la voz de la desobediencia. Este análisis puede ser de una comida de coco de la crítica literaria, a saber si O'Brien pensó todo eso en las tres semanas en las que compuso la novela.
A mí el personaje de Baba me cae mal: es cruel con Caitlin -me pregunto por qué la aguanta- y a medida que crecen durante la novela se convierte en una adolescente y una joven con la que a mí no me interesa pasar mucho tiempo. Baba provoca algunos de los puntos clave de la trama -expulsión del internado, cita desagradable con dos tipos mayores ricos- pero teniendo todos los puntos para haber sido un personaje carismático por representar la rebeldía, no lo es. Y dudo que mejore en las otras dos novelas, creo que —¡sorpresa!- termina casada con el típico adinerado, seguro por su belleza interior.
A ratos esta lectura me llevaba a "La amiga estupenda" (2011) de Elena Ferrante: otra trilogía de amistad entre dos chicas, Lenu y Lila, que empieza en la infancia. Lenu era la narradora -otra Caitlin- pero recuerdo poco de Lila, la amiga estupenda, ni por qué lo era, aunque no me suena que me cayera tan antipática como Baba. Mi mejor recuerdo es la ambientación de la Nápoles de los 50: la luz, el ruido, el caos. Pese a todo, no fue suficiente y no seguí con la trilogía por las mismas razones que con esta.
Leer la vida sentimental de Caitlin me lleva a concluir que, aunque el mundo está claramente involucionando en casi todo, aún quedan actitudes que han mejorado en los últimos años o décadas - que espero sean inamovibles. Caitlin se enamora de un tipo francés casado que vive en su pueblo y al que todos llaman "Mr. Gentleman", ante la incapacidad de pronunciar su nombre real ("gentleman" significa caballero). Y es todo menos un caballero, porque da alas una Caitlin de 14 años encaprichada; aunque la relación no es abiertamente sexual al principio, es grotesco ver cómo un adulto cree que puede ser normal meter en el coche a una chica de 14, decirle cosas románticas, hacer manitas y darle algún beso. Más adelante, cuando Caitlin ya tiene 18 la cosa va a más y la descripción de la escena -sin ser explícita para los estándares actuales- sigue repeliendo. Luego le da un "gentle slap" (una bofetadita) y esto lo deja la autora ahí sin mayor consecuencia ni comentario, lo que me lleva a pensar que esto no era una rareza. La novela es muy buena en ayudarnos a meternos en ese contexto, la Irlanda de los 60, y constatar de dónde venimos.
Pero entre la Irlanda rural y la vida en Dublín como mujeres jóvenes que no se han quedado en el pueblo e intentan un punto de independencia -Caitlin trabaja en un colmado, a Baba le siguen pagando algún tipo de educación, aunque le irrita que Caitlin hable de libros- ambas pasan por el convento internado. Esto no fue planeado, pero mi lectura ha sido inmediatamente después de la novela del convento de monjas del SXIV y coincidió con la escritura del divague, [noto que aquí también describen a las "lay nuns vs. choir nuns", las tontas y las listas, las con dote y las sin dote] y también con el del convento de Santa Catalina de Siena en Arequipa. O sea: ¿me persiguen las monjas? Basta!
En fin, que esta parte es terrible de otra manera, y me lleva a otro sitio donde no me gustaría volver pero, como venimos diciendo, está de plena actualidad. Quien quiera refrescar lo que era la vida en la que había que ponerse el camisón dentro de la bata y cosas así, lo puede hacer con este libro también. Lo que más me ha gustado del convento ha sido la sororidad de algunas chicas mayores con las pequeñas, pero en general son lugares lúgubres y de grandes tristezas -nada como los internados protestantes de Enyd Blyton y las chicas organizando la fiesta nocturna en la piscina [piscina en UK: qué flipada] con "cerveza de jengibre y pasteles de carne". Yo no estuve interna, pero en mi colegio las había y eran esos seres que nos miraban a las externas con ojos lánguidos cuando nos íbamos a casa. Me quedé en medio pensionista y la mala comida del convento me ha resonado mucho: recuerdo que, ante según qué platos, había que planear un trueque, que alguien, por al amor de Dios, se comiera aquello que te asqueaba a cambio de otra cosa, o, si este fallaba, pasar al Plan B: evasión del "dulce de membrillo" (*) camuflado en el bolsillo de la bata. (*) Ese postre infame venía en triángulos como los quesitos de "La vaca que ríe", los ponían con dos galletas malas, y la gente se hacía sándwiches monstruosos. Yo lo enterraba en la arena, una zona para hacer castillos. Otra cosa que compartimos con las chicas de O'Brien es la fascinación por los "cuarteles monjiles", donde hacían la vida. Era para nosotras un misterio saber dónde dormían, cómo sería su sala de estar y después de comer a veces emprendíamos excursiones con otras dos niñas a ver hasta dónde llegábamos. Una vez nos pilló una monja y nos iba a llevar a la superiora, fue un drama terrible, y tuvimos que dejar aquellas exploraciones. Nos separaba el mar y 20 años, pero las niñas irlandesas no eran muy diferentes a nosotras.
O’Brien dio voz a una generación de mujeres, expuso la "colada sucia" de una sociedad que se quería vender al exterior como pura pero que usaba la vergüenza de las mujeres como arma de control. Abrió el camino a otras muchas autoras como Sally Rooney, que también escribe explícitamente de sexo, de clase social, de sociedades represivas. Pero en aquella época fue una hazaña increíble y esto queda muy claro en el documental, con el que termino.
Dura una hora y 40 minutos y tiene mucho archivo, entrevistas que le hicieron a O'Brien cuando era joven, apariciones en programas de la tele en los que parece escandalizar al personal, y una entrevista cuando tenía 93 años, poco antes de morir. La también irlandesa Jessie Buckley -la actriz que ganó el oscar por Hamnet por si alguien no cae-, que tiene una voz chula y muy personal lee entradas de sus diarios. Hay entrevistas a sus dos hijos, que decidieron irse a vivir con ella tras el divorcio de un cretino que iba de escritor y que no pudo tolerar que su mujer tuviera éxito. Cuando los niños decidieron irse con su madre, cortó toda comunicación con ellos- este nivel de imbécil y malvado.
Durante el docu, O'Brien reflexiona lo mala que ha sido durante su vida eligiendo hombres; en un programa dice "encontrar a alguien a quien amar y a alguien que cuide de ti con conceptos muy diferentes". Cuando se divorció se fue a vivir a Carlyle Square en Chelsea y tuvo un affair con un político que no se desvela -pero parece que bastante importante- que, como siempre, no dejó a su mujer. Fue paciente -alucinante- del infame psiquiatra y psicoanalista escocés RD Laing, el padre de la "antipsiquiatría". El farsante le dio LSD para sacar sus "demonios interiores" y la escena en la que describe sus experiencias psicodélicas da bastante miedo. Siempre he sentido curiosidad por ciertas drogas pero siempre me ha dado terror tener un "mal viaje", luego nunca me atrevería. En las alucinaciones de O'Brien salían ratones - sé lo que saldrían en las mías.
Al final del docu, te quedas con la impresión de que, como me viene pasando con algunas mujeres escritoras, estás ante una persona muy especial. Experimentó con todo, y estuvo en el centro de una vida social apasionante: por sus fiestas pasaron Robert Mitchum, Richard Burton -que la impresionó mucho en el teatro y se quiso liar con ella-, Sean Connery, Marianne Faithful, Marlon Brando, Paul McCartney, Shirley McLaine... Cogió la vida por los cuernos, con un par, y la vivió a tope. Se inventó carreteras azules, y de ahí viene el título, claro: un concepto suyo con el que se metía el payaso aquel que tuvo por marido diciendo que no existían carreteras azules. Pero ella no se movió y, aunque aquí tal vez no se capte, en esta escena del docu, este camino es claramente azul...


















