Domingo, 19.07.29: De CDMX a Puebla
El vecino Ricardo -al que conocí yacente en sofá mientras apuraba sales de rehidratación tras mi desencuentro con el "Chile ennogada", plato nacional- es el receptor de lo que queda en el frigo de nuestros amigos, cuyo piso hemos okupado. Él actúa como si nada cuando le bajo el mogollón de huevos y la ensalada que no hemos comido. A las 09:30 cogemos un Uber a la estación Taxqueña: el bus, que es tirando a lujo asiático, sale a las 10:10, y vamos siete pasajeros nomás. Yo recordaba del 2004 que ponían pelis a todo volumen en los buses mexicanos pero imaginaba que era cosa del pasado: qué va. Seguro que creen que la peli de dinosaurios que pasan es del interés de todos los pasajeros, así que si no quieres oírla, has de ponerte tus cascos.
Espero que la siguiente foto sirva para ilustrar el tema excalestric a la salida de CDMX, pero sobre todo para dar una breve lección geográfica: esa montaña del fondo no es otro que el volcán Popocatépetl (Popo para los amigos), que está en el Parque Nacional Iztaccíhuatl-Popocatépetl.
En el mapa se aprecia cómo el Popo se ve desde CDMX y Puebla, y el paisaje del trayecto es muy chulo porque se pasa por el parque nacional.
Aquí unas fotos desde el bus: qué bonito es Popo, con su fumarola en todo lo alto (por algo significa "montaña que humea"). Tiene forma cónica y con 5413 m, es el segundo volcán más alto de México, solo después del Citlaltépetl (5636 m). Es un volcán aún activo, y aquí he encontrado una erupción de ceniza de hace 20 días.
Llegamos a Puebla (nombre completo "Heroica Puebla de Zaragoza", no digo nada) a las 12:25. Está a 2160 msnm; o sea, hemos bajado solo 100 metros con respecto a CDMX, con lo cual nos sorprende que haga calor, pese a los solo 25 grados. Vamos en Uber al hotel, que está cerca del centro: moderno y correcto, sin más.
Mini estaba preocupada por lo de llegar a tiempo para ver la final del mundial, pero lo conseguimos y vemos la primera parte en la habitación. En el descanso nos lanzamos a las calles para encontrar un bar. Pasamos por un par y ninguno le hace gracia a Mini. Estamos a punto de entrar en uno en el que se ve a un par con la camiseta de Argentina y Mini se cierra en banda. Su argumento es que "la amá va a gritar". No entiendo que esté tan ansiosa por algo así; me recuerda a Nick Hornby en "Fever Pitch" cuando explicaba la agonía de su fanatismo por el Arsenal, o incluso el Peda, estando triste y amargado si perdía la Real cuando era adolescente. Me alegro de no ser víctima de esa particular superstición pero, la verdad, no me apetece estar viéndolo sabiendo que no puedo reaccionar, porque mi hija piensa que soy una histérica. Hace calor, estamos hipoglucémicos, necesitamos un refresco de cola (yo) y acabamos enfadados, con Mini volviéndose al hotel.
El Peda y yo nos quedamos en el antro donde están las de la camiseta argentina, que al final están en una mesa con mexicanos que van con Ejpein. Este es el bar, que es como si unos cutres hubieran habilitado una casa señorial del pasado:
Esta es la parte de arriba: no hay nadie. Cuatro botellas moribundas, paredes desconchadas, pero bonitos azulejos en la barra. Del baño, ni hablamos.
Por si alguien no lo sabe, España mete gol en “el alargue”. Mini tenía razón: soy una histérica. Quiero decir, un resorte me hace saltar de la silla, no sé qué me pasa, porque el Peda permanece en la suya. Me importa tres pimientos el fútbol, y sé que en media hora habré olvidado si han ganado o han perdido, pero en el momento me emociono, algo me posee para lo de la expresión corporal, en fin, soy una loca, como bien diagnostica mi vástaga. Y sí, me importa un bledo, aunque he de reconocer que esta vez quería que perdiese Argentina porque era el equipo de Milei, de Trump, de Netanyahu y del gilipollas ese cuyo nombre suena como dijeron los ingleses a "bebé gigante" (Gianni Infantino), y es que además lo parece: un bebé que en lugar de chupete, chupa la polla a Trump. Y perdonen lo rudo de esta frase, un gatito ha muerto en algún punto de internet.
Vuelve el Peda al hotel a buscar a Mini —que sigue mosqueada— y yo me quedo viendo las celebraciones en el bar cutre —seguro que si hubiera estado en la península habría acabado abrazando a extraños. Por fin, nos reunificamos, salimos los tres al centro y, oh divagantes, estáis de suerte: como solo es un paseo un poco a la deriva, no recuerdo mucho, aunque el Peda en su diario asegura que pasamos por el "Callejón del Sapo", la [maravillosa] Biblioteca Palafoxiana (por fuera, volveremos), la Catedral (están en misa, muy chula), Museo Amparo (por fuera, volveremos). Las fotos, desordenadas, pueden explicar por qué nos quedamos colgados de esta ciudad
Por la calle termino hablando con una pareja mayor mexicana que están sentados en un banco y que “le iba a España” [o sea, que iban con España]. Siempre me siento con ganas de disculparme con los latinoamericanos, y este hombre dice que ni hablar, que mire todo lo que hay alrededor, qué belleza de edificios, todo lo hicieron los españoles. Sonrío y asiento, pensando en que Nils Bejerot tal vez estaría de acuerdo en extender el síndrome de Estocolmo a este caso, y lo mismo el psicoanalista que sea con su "identificación con el agresor". Concluyen que la mejor comida del mundo es la mexicana [¿no creemos todos que lo es la de nuestro país?] y nos recomiendan un sitio para cenar en el Zócalo llamado "Tortas Meche".
El mole poblano es una salsa espesa típica de Puebla, y se hace con chocolate, chiles secos, especias, semillas y demás. Solo le gusta al Peda, es así. Como estamos en una terraza bajo los arcos, el cantante que se ha apostado ahí nos da la cena. Mucha gente se acerca ofreciendo de todo para que lo compremos. Es de noche, pero la ciudad sigue siendo un hervidero: mucha gente y mucho puesto callejero, mucha vida. Pese al día de emociones montaña rusa -Mini dice que es normal enfadarse de viaje-, Puebla nos gusta a los tres.


