"Testament of youth" ("Testamento de Juventud") es la novela autobiográfica de Vera Brittain sobre su experiencia como voluntaria en hospitales (VAD, Voluntary Aid Detachment ) en la Primera Guerra Mundial. Hace mucho que la recomendó Elena Rius, y ahí estaba, esperándome en una tienda de segunda mano de Oxfam - ya decía Borges que "la casualidad es una cita largamente acordada".
Nota: Que haya títulos en un divague suele ser un indicador de que, en un punto -o varios- se me ha ido de las manos. Que empecé a escribir un día, me fui, la vida fue la que se fue de las manos, volví, nada tenía sentido, y para intentar encauzarlo puse títulos para mí misma, que al final decidí dejar por afecto a los divagantes. Hay zonas de divagando-fuera-de-tiesto severas, instigadas casi siempre por la "topoliteratura" (cuando cosas pasan en sitios que conozco y lo cuento y en concreto, las fotos del divague son el resultado de una mañana muy fría de enero en que me subí en la bici y fui a fotografiar uno de los escenarios). También hay zonas que van por las partes del libro, hay "grandes temas" y al final, una "performance" emocionante.
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Intrahistoria, o cómo llegué
En realidad, compré "Testament of youth" con la esperanza de que fuera Mini quien la leyera, porque uno de los temas de su "A" level de inglés es los poetas de la "Gran Guerra" (como se la llamaba antes de que ocurriera la Segunda). Aparte del examen, les piden unos ensayos críticos sobre los libros del temario, con temas propuestos por los alumnos, que luego serán corregidos por examinadores externos (lo llaman "coursework"). Mini propuso: "Con referencia a factores contextuales relevantes y su lectura crítica más amplia, ¿hasta qué punto la "Poesía de la Primera Guerra Mundial" (una antología de poetas como Edward Thomas, Robert Frost, Wilfred Owen, Siegfried Sassoon y Robert Graves entre otros) de Tim Kendall y "Regeneración" de Pat Barker presentan a los soldados como cómplices de la violencia o como víctimas del deber y las circunstancias?" Vera Brittain seguro tenía una opinión muy clara al respecto; para mí ha sido toda una experiencia leer el trabajo de Mini a la vez que terminaba el libro.
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Pero quién debería leerla
Como no me gusta nada la cultura bélica -me aburren las pelis y los libros de este tema-, el meterme en 600 páginas de Primera Guerra Mundial se podría calificar de masoquismo clásico. Pero tenía que hacerlo: en el momento actual, en el que todo el mundo se está preparando (odio la famosa frase «Si vis pacem, para bellum») potencialmente para esos "eventos de destrucción masiva", la guerra, quería entender algo del proceso, aunque ya imaginaba que iba a terminar reafirmándome en el horror que es toda -y en particular- esa guerra, tal vez la más cruel - si puede haber competiciones en esto.
Claro que no es que tenga que ser yo -que tengo un distintivo en mi blog llamado "antimilitarismo"- quien lea estas cosas, sino los votantes de aquellos que tienen poder para elegir o no este camino. Pero tal vez esos no lo lean nunca, cada uno leemos o escuchamos lo que no nos causa convulsiones con el té matinal: desde el periódico, hasta los podcast, pasando por libros y pelis. Yo a veces, siguiendo con el masoquismo, me paso por "el otro lado", y he de admitir que el cabreo y la desesperación me invaden. Y así seguimos, cada uno en nuestros silos y yo, a punto de divagar sobre una biografía de una mujer que terminó siendo pacifista convencida el resto de su vida. Aunque fuera una evolución, porque al principio también habla de aquellos "propagandistas antibelicistas" que calificaban al estado mental de la nación como "exaltación histérica" o "histeria idealista quasi-mística".
La vida diaria en una guerra
Esta no es una biografía para entender lo que es la vida de la gente de a pie cuando hay guerra, porque la autora se alistó como voluntaria y vivió la misma casi en primera línea. Sería el equivalente de "Sin novedad en el frente" (1928) de Erich Maria Remarque -que leí en mi época de apoyo a ese gran movimiento. la "insumisión"- que cuenta los horrores desde el punto de vista de un soldado; pues esta novela es desde el punto de vista de una asistente de enfermería.
He de decir que siempre me ha intrigado lo que es la vida diaria durante una guerra: conjuro imágenes de bombas cayendo del cielo que se ha tornado infierno sin interrupción, sirenas, gente corriendo, Dresden, Guernica, Gaza. Parece increíble que la vida "normal" pueda seguir, pero lo hace. Mi primer contacto con esto fue la Yaya, que tenía 16 cuando estalló la Guerra Civil y estaba en Bellver. Era un pueblo en medio de los Pirineos donde la vida parecía "normal", aparte de que cuando venía "la pava" se metían casi todos al refugio, cuya boca me enseñó. Y digo "casi" porque su padre, por ejemplo, no iba, se quedaba trabajando fuera en su herrería. Esto siempre me fascinó: alguien que decide seguir con su vida pese a que igual le caiga una bomba, no me entra en la cabeza.
Aquí, en Londinium, también he atisbado lo que era vivir durante el Blitz, el bombardeo de la ciudad por la Luftwaffe en la Segunda Guerra Mundial, tanto por literatura ["The end of the affair" , "El final del affaire" de Graham Greene o "Life after life", "Una y otra vez" de Kate Atkinson] como por tener los ojos abiertos: dos calles arriba de la mía hay unos cuantos edificios cuya arquitectura no es la victoriana típica de la zona: son casas feas de los años 60, construidas en el solar que dejó una bomba. He escrito bastante de esto, recientemente en un divague sobre Du Cane Court, un edificio en Balham que tiene mucha leyenda del Blitz, o en otro sobre el refugio que hay en la parada de metro cercana - allí se ve cómo gente como yo salía de su casa por la tarde-noche, cerraba la puerta, bajaba las nueve plantas hacia el centro de la tierra, y allí tenían literas donde dormir, pero antes, incluso organizaban bailes!! A la mañana siguiente, subir las nueve plantas, ir a ver si tu casa aún está ahí y supongo que irte al trabajo, o al colegio, los pocos que quedaron; aquí hay una foto increíble de una clase (scroll hasta el punto 7).
Vida pre-guerra
Pero como digo, esto no es el caso aquí -aunque a veces se deje ver algo por la correspondencia de la protagonista con su familia. Esta biografía está dividida en tres partes y doce capítulos. Los primeros, casi cien páginas, los dedica a contarnos cómo era la vida en Inglaterra, en concreto en un pueblo balneario de Derbyshire llamado Buxton, donde ella vivió una "provincial young ladyhood" (juventud de señorita provinciana). He visto por ahí comentarios sobre el exceso de detalle de esta parte, pero es importante para entender cómo se sintió esta generación después, a los que luego se llamó la "Lost Generation", la generación perdida, aquellos que llegaron a la edad adulta justo antes o durante la guerra. Hemingway usó el concepto en su novela de 1926 "Fiesta", para indicar el espíritu desorientado, sin dirección, vagante (¡yeah!) de los supervivientes en el periodo de entreguerras.
Brittain venía de una familia de clase media alta -su padre tenía una fábrica de papel- con solo dos hijos, ella y su hermano menor, Edward, que amaba la música y era "inteligente en lugar de intelectual". En la correspondencia con sus padres durante la guerra queda muy claro el tema de clase: continuamente se dice que su madre lo está pasando mal dado que "solo tienen a una mujer de servicio". ¡El peso de llevar ella sola el piso de Kensington! Esta situación de "servantless" la llevaron fatal los ricos durante la guerra y, de hecho, hay una vez que Brittain tiene que pedir permiso para volver a casa para ayudar por esto. Cada vez que sale ese tema, quiero gritar, pero ilustra de una manera inesperada para mí lo de "la vida diaria en una guerra".
La autora fue al internado donde daba clases su tía y decidió -en contra de la opinión de su padre- prepararse para entrar en Oxford a estudiar English (Literatura Inglesa). Me encanta la frase con la que comienza el libro:
"When the Great War broke out, it came to me not as a superlative tragedy, but as an interruption of the most exasperating kind to my personal plans". ["Cuando estalló la Gran Guerra, no fue para mí una tragedia enorme, sino una interrupción exasperante de mis planes personales"].
Me gusta porque resume perfectamente la falta de conciencia de lo que se venía encima por gran parte de la población, pero, sobre todo, porque a la gente no nos interesan esas decisiones que se toman en despachos, frecuentemente movidas por la necesidad de alguien de vender bombas y carros de combate. No estoy diciendo que esas sean las únicas causas de la Primera Guerra Mundial -aunque la misma Brittain confiesa que era ingenuos y que no se dieron cuenta de que había "explotación cínica de los jóvenes por mayores que se movían por su propio interés"- pero sí que a la gente lo que le importa es tener un techo sobre su cabeza, poder ver a su novia, que su equipo gane la liga y, en el caso de Brittain, poder ir a Oxford, para lo que se estaba preparando. De repente, estalla la guerra y sus planes de vida se rompen.
Brittain se prepara mucho para poder entrar en Oxford pero en un punto siente que tiene que arrimar el hombro y se alista como voluntaria. Tengo opiniones encontradas sobre el tema: por una parte, me parece de una generosidad extrema, me quito el sombrero: ¿quién le exigía dejar una vida cómoda para enfrentarse con ese horror? [Aún así, en un punto dice que "un número de antepasados neuróticos me deprivaron de la virtud del coraje"]". Por otro lado, los primeros que fueron a la guerra fueron voluntarios (luego ya se hizo conscripción o reclutamiento obligatorio en 1916, la primera vez en la historia moderna de este país) porque creían que debían hacerlo por las razones arriba citadas o por las pegatinas que les ponen, como en la guardería (aquí las llaman "cruces militares") después de supuestas heroicidades. Si la mayoría no lo hubiera hecho, ¿qué habría pasado? Deberíamos recordar que somos siempre más que ellos, y nuestro poder juntos es inmenso; pero se nos olvida.
Primer puesto: Camberwell
El segundo hospital donde trabajó Brittain (el primero fue en su pueblo de Derbyshire, pero era un poco como de la Señorita Pepis), fue en uno que se habilitó a partir de dos colegios en Camberwell, que entonces se llamó el "First London General Hospital". El personal venía del Bart's Hospital (del que hablé el otro día, a tenor de su maravillosa y hogarthiana North Wing (Ala Norte).
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Fui a visitar lo que fue el hospital hace unos findes (como digo, de ahí son las fotos): está frente a Myatt's Fields, un parquecito muy victoriano, con su quiosco de la música y todo, donde Brittain cuenta que sacaban a los pacientes para que les diera el sol. Imaginarlos allí...
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El College era San Gabriel's College, construido en 1900 -muchos de sus chicos se alistaron para ir a la guerra- con su capilla a la derecha, pero el más bonito era Charles Edward Brooke Girls' School. Yo iba por el parque sin saber lo que me iba a encontrar y de lejos vi las torretas. Cuando me acerqué, me encontré con que está todo el edificio cubierto de lonas verdes porque se está cayendo a trozos.
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Al lado del cole está la casita del caretaker (cuidador), que sí está habitada: como me pilló mirando entre las rejas de la puerta, salió un chico que me contó que el edificio es del ayuntamiento, pero que no tienen dinero para arreglarlo (me extraña que no hayan recurrido al manido concepto "luxury apartments" en el que reconvierten todo en esta ciudad).
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A él le alquilan las casita del cuidador (arriba), de la que funciona el buzón e incluso el timbre. Atención a esta monada:
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Mientras Brittain trabaja en este hospital, vive en Denmark Hill y explica con detalle las penosas condiciones en el alojamiento que compartía con otras voluntarias y el viaje de tranvía con el que va al hospital -que a veces no podían coger porque iba lleno de trabajadores que viajaban al centro. Leer esta parte de la novela me ha tocado muy de cerca porque durante muchos años trabajé en esa calle, y de repente ponerla en sepia y ver durante tu lectura a tus personajes en un tranvía que hoy no existe -en su lugar hay un montón de líneas de bus-, es curioso. También me ha encantado saber que los números de las líneas de los buses de Londinium no han cambiado: ¡ahí está nuestro querido 88!
Puesto 2: La Valeta
El siguiente destino, tras el hospital de Camberwell, es La Valeta, en Malta. El viaje en barco -el Britannic- que describe bordeando nuestra península por el Atlántico y lo que queda de travesía por el Mediterráneo es épico.
"Empezamos el viaje hacia el oeste y cuando pasamos las Needles parecía que navegábamos directos el corazón de un atardecer dorado y lila (...) la emoción de pasar esas tierra lejanas y encnatadas (...) la costa rojo-ladrillo de Portugal (...) la noche que Gibraltar se alzó frente a nosotros, una sombra negra engarzada de luces, y a la maniana siguiente, los picos arrogantes de Sierra Nevada inclinados sobre las escarpadas cimas de las Alpujarras (...) las rocas lilas y grises de Cerdenia (...) el gigante Vesubio, cubierto de nubes. Messina, ese estrecho trágico perpetuamente guardado por el centinela azul, el Etna, se deslizó cuando lo pasábamos".
No entiendo por qué luego pasan por el "peligroso Egeo" y habla de algunas islas griegas como Lemnos antes de terminar en Malta: me parece un rodeo, aunque tal vez tenía que ver con la guerra. Porque aunque este viaje y su descripción (tal vez seré injusta luego cuando diga que el libro no es literario) me dejaron hipnotizada, no hay que olvidar que la travesía tuvo lugar con la continua amenaza de ser bombardeados; suerte que de hecho sufrieron otros navíos.
Una vez que llega a Malta, Brittain disfruta muchísimo simplemente con todo lo sensorial que tiene para ofrecer una isla mediterránea, como sabemos los fans. Esta parte de la novela me ha llevado a aquel viaje en esta isla y su compañera, Gozo, hace unos años, a sus colores, a su luz, y a la felicidad de simplemente estar ahí fuera, en cualquiera de sus acantilados. Curioso -volvemos a "la vida diaria de la guerra"- que Brittain cuenta cómo en La Valeta aún estaba en funcionamiento la ópera.
Puesto 3: Francia
La vuelta al continente es en tren y nada tiene que ver con Malta su último destino, un hospital en Francia cubriendo el frente. Lo que me ha quedado de esta parte se puede describir con una palabra: barro, tanto real como metafórico es esta guerra de trincheras, la más cruel que ha existido, donde además, describe la vida como "aburrida" (de verdad que no logro imaginarme esa parte de la guerra). Y si pensamos en los números que cayeron o fueron heridos [la batalla de Somme, un millón de soldados!!!], ya te vienes abajo. He escrito "soldados" pero querría decir hijos de sus padres, hermanos de sus hermanas, novios de sus novias. Cada una de estas personas tenía una historia y dejó detrás, una familia destrozada. ¿Para qué?
Hay gente que nunca lo supera y tal vez ella fue de ellos. En la introducción escrita por su hija Shirley Williams (que fue en los 70 miembro del parlamento por los Laboristas pero en los 80 se pasó a los Liberales Demócratas) dice lo difícil que era para su madre reírse a carcajadas, que "estaban esas hileras de cruces clavadas en su ser para siempre". Y es que ya al principio de la guerra, alguien le dice que todos los soldados son otras personas: "todos han cambiado, después de dos o tres meses allí, ya no son los mismos". Ese es el tema: los que sobreviven quedan con cicatrices para siempre, la misma Brittain habla de unos sueños recurrentes que le duraron diez años después de terminar la guerra, y la culpa del superviviente ("¿por qué no he muerto yo? Soy un naufragio de la guerra"): trastorno de estrés postraumático en toda regla.
Tenemos las imágenes de la Guerra de Vietnam, en la que los cadáveres de los soldados americanos se repatriaban en bolsas, pero en la Primera Guerra Mundial se quedaban allí para siempre. La gente, los colegios, viajan a Francia a visitar estos cementerios de cruces blancas. Mini estuvo con el suyo y rindieron tributo -coronas de laurel y esas cosas- a los muertos británicos, entre los que estaba el bisabuelo o tatarabuelo de un compañero.
El caso es que no fue hasta que leí esa escena de Vera Brittain frente a la tumba perdida de su hermano Edward, que me puse como nunca antes en primera persona del drama: lo que debía ser que te lo notificaran, o luego leer la lista de muertos en el periódico y ahí se acababa todo, con suerte tener un lugar donde ir cuando se acabara la guerra a ver si lo encontrabas. También me ha ayudado a ver aún más claro el "tema cunetas" de los desaparecidos de la Guerra Civil Española. No hay nada como la literatura para hacernos entender y sentir estas cosas.
Historia del SXX
Al terminar la guerra, Brittain decide centrar todos sus esfuerzos en la paz. Vuelve a Oxford pero cambia la carrera: en lugar de Literatura decide estudiar Historia, porque necesita entender qué ha pasado en Europa, para poder seguir su campaña pacifista. La universidad no espera a esta "generación perdida" precisamente con los brazos abiertos: Brittain se siente una alienígena que no pertenece a ningún sitio, está deprimida, a ratos parece psicótica. Cuando termina, se dedica a viajar por Europa dando charlas, en la Liga de Naciones ("ese experimento internacional para la búsqueda y mantenimiento de la paz") y observando los efectos de la guerra.
En uno de sus viajes a Italia oye por primera vez la palabra "fascismo" y en uno a Alemania describe cómo se vivió la guerra en Berlín ("sin velas, sin calefacción, sin nada que comer") y cómo, en esos momentos, en Alemania la "amargura y el estrés eran más psicológicos que económicos". Desconocían que Inglaterra y Francia hubieran sufrido en absoluto y expresaron un odio hacia Francia "con un cinismo frío más terrorífico que si hubiera sido apasionado". "Un día, nos vengaremos" dijo un alemán y Brittain escribió: "este país me asusta". Hoy sabemos que tenía razones.
Feminismo
Cuando tomo notas de los libros, lo suelo hacer por páginas, pero en este libro enseguida comprendí que tenía que hacer dos grandes temas que iban a salir constantemente: pacifismo y feminismo. Tengo tantísimas notas sobre ambos temas que sería imposible incluir todo lo que hace a Brittain una mujer excepcional en ambos. Sobre pacifismo he ido dejando miguitas durante todo el divague así que solo dejaré una frase ["Que estemos en esta época de teléfonos, aviones, coches y no hayamos superado la fase de matarnos unos a otros"] y una performance que explicaré al final.
De feminismo, desde el principio, como adolescente se resiste a su padre que quería que fuera una joven "enteramente ornamental". Cuando está en Malta, envía a casa dos acuarelas y le dice a su madre que son para "su estudio en Oxford", si logra sobrevivir. Piensa que no concibe una vida sin un estudio, que lo prefiere incluso a un dormitorio. Aún no había publicado Virginia Woolf su clásico "Una habitación propia" (lo hizo en 1929). No me puede gustar más esta idea, pensada por estas mujeres hace más o menos 100 años, tan actual. Por fin, cuando se casa, mantiene el apellido de su familia (no adoptar el del marido debió ser anatema en esa época) y siempre dijo que la "libertad en el matrimonio era incompatible con dependencia económica del marido".
Aspectos formales. El estilo
Más de seis semanas me ha costado leer este libro y un par de veces he estado a punto de abandonar. En ambas ocasiones me he alegrado luego de haber continuado, porque he seguido aprendiendo y pensando. Pero el estilo de Brittain, correctísimo, no es literario en el sentido que a mí me gusta. ¿Qué quiero decir? Pues por ejemplo para mí es literario "Matadero 5" de Kurt Vonnegut, otro libro bélico antibelicista completamente distinto en la forma en que está contado cosas parecidas. Brittain te cuenta los hechos muy bien, no hay página sin un subrayado y varias páginas de notas, mayoritariamente de hechos que desconocía o de ideas con las que sintonizo en todo. También sintonicé con Vonnegut, pero le admiré la forma más que a Brittain. Es la diferencia entre ver un documental muy bueno, o ver una peli de autor con una visión que te gusta.
Y ya termino con la prometida performance pacifista que tuvo lugar en varias ciudades británicas como conmemoración del centenario de la Batalla del Somme. Alrededor de 1500 voluntarios vestidos con uniformes de la Primera Guerra Mundial que representaban cada uno a un soldado individual que murió el 1 de julio de 1916 aparecieron inesperadamente en lugares de todo el Reino Unido de 7 am a 7 pm, visitando centros comerciales, estaciones de tren, playas, y calles principales para servir como recordatorio de los 19,240 hombres que murieron hacía 100 años el mismo día, el primer día de la Batalla del Somme. Encargado por 14-18 NOW (el programa de arte del Reino Unido para el centenario de la Primera Guerra Mundial), la obra se inspiró en parte en relatos de avistamientos durante y después de la Primera Guerra Mundial por parte de personas que creían haber visto a un ser querido muerto. Cantaban una versión irónica del mítico "Auld Lang Syne" (la que cantan los anglosajones en Nochevieja) que decía "Estamos aquí porque estamos aquí" ("We're here because we're here"), indicando que, como los amigos de Vera Brittain, sus pacientes, y ella misma, no sabían por qué estaban o habían luchado en esa guerra.
Somos más, siempre: no aupemos al poder a los que nos pueden llevar a todo ese horror.




























































