Por si alguno de nuestros lectores aún no sabe la realidad, habrá que poner ya las cartas sobre la mesa: los pedalistas son un desastre. Ángeles lo sabe, y tendrá que hacer el papeleo de las tasas de su coche allá por noviembre.
Por ejemplo, ser expulsado del país y no poder volver en 5 años. Nuestros héroes ya se vieron en estas hace muchos años más en el metro de Praga, donde una panda de mafiosos descubrieron que no habían picado el billete de metro.
Surgen diversas opciones: la primera es ignorarlo porque probablemente no se den cuenta en aduanas (inocentes, lo primero es que la frontera será Chiapas, zona militarizada por excelencia, la segunda porque el gobierno mexicano, como el indio, hace pelas a costa de esto, como he apuntado). La segunda, es posponerlo e intentar solucionarlo cuando lleguen al DF.
Y lo intentan, a fe mía, que lo intentan. Pero no es fácil, porque no saben dónde ir: el consulado español ayuda tanto como siempre, sea cual sea el lugar donde se les aproxime. De un departamento los pasan a otro. Les dan incluso el celular de un tipo que a saber quién es. Toni Cano -su contacto periodista del DF- les avisa que les puede costar una “buena multa” en la frontera. Así que deciden ir a inmigración en su siguiente punto: Oaxaca.
Como en Oaxaca los pedalistas se alojan en uno de los mejores hoteles de la temporada, no se dignan a escrutar el cielo hasta bien avanzada la mañana. No sé si se ha anotado que ese despertar a las 7 am, producto del cambio horario, de las dos primeras semanas ha desaparecido por completo. Se toman un zumo de naranja, buscan cansinamente la oficina de turismo, y allí les dan la dirección de inmigración, que cierra a la 1 pm, y son… las 12. Se ven obligados a tomar un taxi. No sabemos si puede ser interpretado como una señal, pero el taxista se pierde en un montón de flores. Vamos a la calle Pensamiento, entre la prolongación de Eucalipto y Almendros. El pobre se mete en Begonias, Geranios, Violetas, Azucenas, Prolongación de Jacintos, y los pobres pedalistas ven correr los minutos y saben que nunca saldrán de allí. Medio se tiran del taxi cuando ven un edificio con apariencia de oficial “Oficina de desempleo”, y de allí sale un funcionario que les explica cómo llegar al Pensamiento. Le dan las gracias al taxista, que ya es como de la familia. El buen hombre les ha explicado, entre otras cosas, los secretos de Mezcal, que intentarán escribir en otro documento si el tiempo y sus efectos acompañan.
La oficina de inmigración es un edificio que parece una casa, con una sola planta. A la puerta hay un guarda de seguridad, y una recepcionista, ociosísimos. En la misma salita, al fondo a la izquierda, un señor al que explican su predicamento. Mientras él mira y remira los pasaportes y las famosas tarjetas turísticas, los pedalistas se dan codazos avisándose del cartel que avisa de la multa que se pagará por haber perdido la tarjeta de marras: 420 pesos mexicanos. Ellos habían sopesado el “perderla” como opción. Suspiro: se alegran de estar allí. Entonces, el funcionario levanta la vista y les informa que tienen que renovarla evidentemente, lo que supone 210 pesos del ala y que, atención, tienen que pagar una multa por los días que se excedieron, 4, luego 460 pesos, lo que hace un total de 880 pesos por pedalista, total final 1760 pesos (fanfarria). Puede que estas cifras no digan nada a nuestros lectores, pero háganse a la idea de que cuando uno viaja, el dinero pasa a tener otro valor totalmente distinto al de cuando estás en casa, y sobre todo si estás “on a budget” como los pedalistas. Hoy han pagado por dormir 180 pesos, ayer por cenar 90 pesos. Un hotel de superlujo en México puede valer los 2000 pesos. Por eso no traduciremos a euros o similar, porque cuando uno está en casa, o de viaje de 15 días, no está pensando “por ese dinero podría comer o dormir tantas noches”, pero en esta situación automáticamente se hace.
Así que la pedalista visceral le dice al hombre que no van a pagar ese dinero, que nadie les dijo que era para un mes y algo más. El funcionario les dice que esperen, y les hace pasar al poco rato a ver al Licenciado Rusbel Enríquez, para servirles. Rusbel lleva una camisa blanca de lino muy mexicana, y un bigote ad hoc. Rusbel está muy serio, y escucha la historia sin pestañear. Cuando por fin habla, se muestra escéptico a que los pedalistas se dieran cuenta hace solo unos días. El pedalista negociador le dice que entonces qué hace aquí, si eso es mentira. Rusbel les avisa contra ir de ilegales por el país, pero ambos le encaran con el hecho de que es mejor perderlo que ir allí, porque la multa es menor. Rusbel se da cuenta de la incoherencia, y ellos le preguntan “¿qué es lo peor que puede pasar si no lo renuevan?”. Rusbel avisa contra la deportación e incluso cárcel. Los pedalistas intentan negociar cuántos días en chirona (no saben las autoridades mexicanas que están tratando con un ex-convicto), y el pobre Rusbel no puede dar crédito a sus oídos. En un punto se empieza a reír, parece que le hace gracia eso de “igual hemos estado en peores sitios que en la cárcel”. El pobre hombre coge el teléfono, y al final viene con un trato: pagan cada uno 180 pesos de multa en lugar de la burrada que pedían antes. Los pedalistas aceptan reluctantes, ya que la idea de la cárcel empezaba a sonar interesante para una crónica de estas, pero estaba el inconveniente de la deportación: si fuera a Guatemala, su próximo destino, sin problema, pero ¿y si los deportan de vuelta a la madre patria? Rusbel les da un millón de formularios que han de pagar en un banco, justificar que tienen dinero para pasar aquí un mes, y hacer fotocopia completa de todas y cada una de las páginas de los pasaportes. Increible.
Todo esto a contrarreloj, porque para entonces ya es la 1 pm, y ellos cierran, pero “llamen a la puerta que les abriremos”. No aburriremos a los fieles lectores con estos aburridos trámites burocráticos, pero sí con esta bella anécdota final. Como los dos pedalistas tienen la misma cuenta del banco, hay que justificar ese dinero por separado. Rusbel, ni corto ni perezoso, le da un folio en blanco al pedalista detallista y le dice que copie al dictado. ¿Y yo? Pregunta la ingenua pedalista femenil. “No, solo el.” El dictado reza tal que así: “yo, de nacionalidad …bla bla bla…. y pareja de….bla bla bla…… me hago RESPONSABLE de la señorita bla bla bla”. A la pedalista feminista se le ponen los pelos de punta por doble razón: seguro que Mary Woolstonecraft se está revolviendo en su tumba, pero es que además esto es lo más parecido a casarse que probablemente haga en su vida. Los trucos que llegan a usar los hombres para agarrarla a una. (k, 30 ag)




