2 de julio de 2020

"Humankind" de Rutger Bregman: Los humanos somos más amables de lo que nos han hecho creer (supervivencia del más simpático)

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El nombre de Rutger Bregman le sonará a la mayoría por Davos. Este historiador holandés se sentó ahí en un panel y les dijo a los asistentes que se platearan que "habían volado allá en 1500 jets privados para oír hablar a David Attenborough de cómo nos estábamos cargando el planeta". Que estaban hablando de participación, justicia, igualdad, transparencia... pero nadie mentaba el verdadero tema: impuestos. Los que evaden los ricos, por supuesto.  Y venga todos a hablar de filantropía, y a invitar a Bono a que dé su charla. Pero hay un elefante en la habitación, del que nadie habla. 

Yo no había leído nada de Bregman, el autor de "Utopía para realistas", hasta hace unos meses que di con un artículo en The Guardian en el que contaba un "señor de las moscas" que había ocurrido verdaderamente en 1966, en una isla de Tonga. Un grupo de chavales se escaparon del internado en un barco "prestado", pero terminaron a la deriva, y al final en 'Ata, un islote desierto donde permanecieron 15 meses hasta que los encontraron. Todo el que haya leído a William Golding y su distopía de los chicos británicos a los que le pasa lo mismo, se pondrá a temblar. Sin embargo, nada de aquel pesadilla literaria sucedió: algunas veces, "la realidad no supera la ficción". Los chicos decidieron cooperar en lugar de competir, y organizaron una serie de sistemas  que les ayudaron a sobrevivir y a seguir amigos. William Golding escribió "El señor de las moscas"  en 1954, tras haber luchado en la  Segunda Guerra Mundial, trabajando como profesor de literatura y con problemas de abuso de alcohol: su perspectiva de la vida era la de un depresivo sin esperanza. Sin embargo, su novela ha sido un texto importantísimo para asentar la visión de la gente sobre "la naturaleza humana": el hombre es malo por naturaleza. Deja a unos niños en una isla, y verás qué pasa. Pero no pasó. 

Isla de 'Ata: Quién se pierde conmigo aquí?

El artículo de Bregman, donde contaba esta historia que me fascinó, invitaba al final a asistir a una charla virtual -como todo, hoy en día- con él y Owen Jones (lo conté brevemente aquí). Y además anunciaba su nuevo libro, "Humankind", que me compré (eso sí, dolor de primera edición, tapas duras, lo odio). El título hace un juego de palabras porque "Humankind" es "el género humano", pero separado nos da human (humano) y kind (amable). Somos amables los humanos? Más de lo que pensamos? De eso va este libro, de intentar desmontar muchas de las ideas negativas que tenemos de nuestra especie, muchas de ellas basadas en mentiras, en falsos estudios, en libros como el de Golding, en leyendas urbanas que se transmiten sin cuestionar, y que no son lo que ha pasado de verdad o por lo menos mayoritariamente. 

Por ejemplo, durante el bombardeo de Londinium (el llamado Blitz) no hubo el pánico y sálvese quien pueda que esperaban los alemanes, para derrotar la moral de población. La gente siguió (el famoso "Keep calm and Carry on") adelante. Lo mismo pasó en Madrid ("Madrid qué bien resiste, Madrid qué bien resiste, Madrid qué bien resiste, mamita mía, los bombardeos, los bombardeos. De las bombas se ríen, de las bombas se ríen, de las bombas se ríen, mamita mía, los madrileños, los madrileños"), e incluso en Dresden. Parece ser que, mientras bajaban las escaleras en las Torres Gemelas, la gente no se  empujaba y pisoteaba; la gente decía: "pase primero". Y así describe varias crisis y catástrofes donde lo peor de la naturaleza humana no ha salido a flote. 

Este es Bregman, tu holandés estándar
Al "
survival of the fittest"  (supervivencia del más apto) darwiniano, basado en que los mejores adaptados al medio ambiente tienen mas posibilidades de sobrevivir para procrear, Bregman le añade el "survival of the friendliest" (supervivencia del más amigable). Porque establecer relaciones con otros y transmitirnos información ("la Revolución Cognitiva", que decía Harari) es lo que nos ha hecho siempre más fuertes, y ha llevado a dominar al resto de las especies del planeta, y a sobrevivir mientras que otras se han extinguido. Está claro que no somos los más fuertes. Los más listos? Parece que si comparamos en comprensión espacial, cálculo y causalidad a un niño pequeño (esto es, un sapiens sin socializar) con nuestros primos primates, los chimpancés u orangutanes, estamos muy equiparados. En lo que los niños se separan bestialmente de los otros primates es en nuestra habilidad para aprender socialmente, y para usar esa socialización en nuestro beneficio. Por ejemplo, tenemos blanco en los ojos para poder ver hacia dónde miran los otros, para poder sospechar sus intenciones, o cómo se están sintiendo. Y somos los únicos animales -aparte de los loros- que nos sonrojamos. 

El autor nos presenta la teoría del "Homo Puppy" ("Homo cachorro") versus "Homo Sapiens". Muchos de los animales que logramos domesticar tienen un equivalente salvaje, e.g jabalí-cerdo, lobo-perro, etc. En general los domésticos son de tamaño menor, dientes pequeños, más monos y parecen toda su vida más "juveniles". Han sido seleccionados por ser amistosos. La teoría que nos cuenta Bregman es que los humanos somos una versión domesticada de los simios, o incluso los rudos neandertales, que se ha ido seleccionando durante los años en base a ser amigables. 

Bregman defiende que el ser humano es en general amable, pero que lo que nos cuentan en las noticias son siempre desastres, porque la bondad no vende. En un punto aconseja desconectarnos de "las noticias", que es algo que hice yo en el punto álgido de la pandemia, y lo que me alegro. Intento leer artículos más largos, reposados, de investigación, de opinión, más que la "noticia caliente y sensacional".  El autor piensa que, si todos empezásemos a actuar esperando amabilidad por parte de los otros, el mundo cambiaría. Al final, es mejor que te la peguen alguna vez que ir desconfiando siempre. El otro día una amiga de Mini perdió el teléfono en el parque. Al rato, alguien lo había llevado al café del quiosco de la música. Yo misma perdí toda la cartera en un supermercado, y alguien la llevó a atención al cliente. Estas cosas pasan, y a mí me han pasado mucho. También me han timado: nada más llegar a Londinium un tío vino a la puerta de decir que era limpiaventanas y que su colega estaba en una casa al doblar la esquina, que si nos interesaba. le dimos £10. Nunca apareció. Ahora nos reímos de la bisoñez extrema nuestra entonces. Y hay más, y peores... pero no me acuerdo. 

Bregman durante todo el libro, con mucha investigación, nos va a intentar convencer de que nos han vendido una moto falsa, empezando por Thomas Hobbes, para el que el hombre nace malo y necesita de un estado fuerte que lo controle (Leviathan), hasta Richard Dawkins y su famoso "The selfish gene" ("El gen egoísta") de 1976. Pocos temas hay tan apasionantes como el de la naturaleza humana, porque de nuestras hipótesis parte nuestra manera de entender al mundo, de relacionarnos, y también se deriva de ellos toda la ciencia política. 

Al leer a Bregman me he sentido en conflicto alguna vez: quería totalmente creer todo lo que decía, cada nuevo dato que daba, cada nueva teoría que explicaba, desde las cárceles que funcionan en Noruega (que ya lo vimos en un docu de Michael Moore), hasta las empresas que confían en sus empleados y por ello quitan a todos esos cargos de gestión que todos odiamos porque simplemente generan burocracia innecesaria y no producen nada.  Bregman toca solo de pasada la psicopatía, en algún punto dice algo de su frecuencia, pero creo que este es su punto débil. Porque yo creo que su argumento, que la mayoría de la gente es buena, que hay muchos soldados en la guerra que nunca disparan, que mucha gente que hace el mal en el fondo cree que es el bien (su bien), no tiene en cuenta la diversidad de los seres humanos. Y que hay una minoría que vienen de serie sin capacidad de ponerse en al piel del otro, de sentir compasión, o remordimiento. Esta gente existe y sí, son una minoría. Y la mayoría no deberíamos dejar que la sociedad se base en la desconfianza, para manejar a esta minoría y sobre todo, no deberíamos encumbrarlos a posiciones de poder. 

Tristemente, algunas de esas características "de serie" describen perfectamente el perfil de muchos que llegan a posiciones de poder. Pero además, la frase del "poder corrompe/y el poder absoluto etc" es absolutamente cierta: al llegar ahí "arriba", la gente pierde distancia, dejan de hacer eso del "mirroring" (emular inconscientemente los movimientos de otro), porque han llegado ahí, son la leche, y dejan de escuchar opiniones de oros, la empatía se desploma.  Esto sí que lo deberíamos prevenir a toda costa, y sacar a los gobernantes cuando llegan a ese "momento". Para que nos gobernasen solo "Homo Puppies", gente amable y buena. Porque los que llegan, y se quedan, suelen compartir la falta de un característica plenamente humana: la verguenza. Si no, miremos a Trump. 

Era inevitable al leer a bregman no recordar a Stephen Pinker, el psicólogo canadiense que tanto ha escrito sobre el tema. "The blank slate" ("La tabula rasa") ya tiene 20 años y en muchos aspectos ha quedado anticuado, pero su premisa fundamental es este "de serie", del que he hablado. Pinker intenta demostrar que el rollo hippie rousseauniano de "el hombre nace bueno, la sociedad lo malogra" es un cuento chino, mientras que Bregman es, cómo no, el mayor fan de Rousseau (especialmente en oposición a Hobbes, ya citado). O en su ensayo enciclopédico "The better angels of ourselves" en el que Pinker defiende que históricamente cada vez hay menos violencia, mientras que Bregman niega la mayor y asegura que no había violencia cuando éramos cazadores-recolectores, y que la que vino llegó cuando nos asentamos y se inventó el timo de la propiedad privada. Buceando por internet encontré un podcast donde estos dos monstruos hablan de naturaleza humana juntos, por si a alguien le interesa: The Panpsycast Philosophy podcast

Miro mis notas y aún me queda mucho más. Pero lo mejor es pasar a la acción, y ser amable yo misma con la divaganta que ha llegado hasta aquí. Y terminar con lo más importante que le pueda decir a Mini nunca:

"En un mundo en el que puedes ser cualquier cosa, sé amable"


29 de junio de 2020

Serial 16: Ni Willian Golding ni Philip Zimbardo tenían razón.

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En el primer fin de semana de Diciembre, los que no sufrían de esa afección llamada guardia, tenían por tradición visitar un mercado navideño, esto es, varias casitas de madera intentando penosamente emular el rollo bucólico pueblo alemán. Aunque la ciudad más cercana al norte de Danby era Middlesbrough, todavía no había llegado aquí este triste amago de venta de decoraciones y, sobre todo, vino caliente con canela. En aquella época el más cercano era en York, a 47 millas a través de lo que en el mapa parecía otro borrón verde, pero que en mi imaginación era lo que hay más allá de los límites de Banderley, un bosque espesísimo tal vez encantado. 

Por una pequeña fortuna y parte de tu alma, aquel terrorífico Faggin te llevaba en el minibus a Danby, desde donde podías coger el de línea a Whitby o a Middlesbrough: así de complicado era salir de Banderley. Y una vez allí, alquilar un coche. Este proceso confirmó mi sensación de confinamiento, de estar en una isla dentro de una isla, de la que era complicado y tal vez peligroso tratar de escapar. Nadie tenía coches, todos dependíamos de Faggin en su Inverness Coat, qué pasaba si alguien enfermaba y tenía que ir de urgencia a un hospital? Oh, lo olvidaba: Banderley era un hospital. 

Enseguida se hicieron dos bandos: Isabel, Morgana, Yolanda, Mark y Sandip tenían todos buenas razones para ir a York. WH Auden era por supuesto la de Isabel, Morgana quería comprar ropa, Yolanda ir a tomar té al famoso Betty's, Mark, claro, a combinar con uno de sus paseos góticos, con muertes y fantasmas. Y Sandip tenía un primo. El coche que iban a alquilar quedaba entonces lleno, pero por qué no me iba en el otro coche? 

En el que iba Marla, con la que no había hablado desde la fiesta sorpresa, cuando tor' mundo es bueno; Will, el guapo de Halloween, con el que la fiebre me hizo creer que había tenido una conversación sobre Cortázar y un paseo por túneles; Suchandra, la mala, del grupo de palmeros de Cook, y Richard, del equipo de rugby y de mi casa, al único que conocía un poco. Aunque me moría por salir del castillo (eufemismos los justos, pero manicomio aún suena peor que asylum), no sé si me apetecía meterme con una panda de desconocidos a pasar el día. Desde luego la Mariona de hoy, ni de casualidad cambia su montaña de libros por una jornada tan llena de interrogantes. Pero a los 20, aún tienes esa idea boba de socializar, no ser una carca, aquí hemos venido a jugar.

-Genial que vengas con nosotros-me dijo Richard mientras se preparaba su porridge de antes de ir a dormir, ya en pijama. Ya te has hecho la maleta?

-Qué maleta? York está a 47 millas de aquí, llegamos en una hora...

-Ah -risa nerviosa- no, que no vamos a York.

Y como siempre en estos casos, podía explicarlo todo: no York, pero otro mercado mucho menos turístico, más auténtico, y sobre todo, el viaje iba a ser espectacular. Alquilaríamos el coche en Whitby (me señalaba como un profesor el mapa de la isla pegado en la pared) y comenzaríamos a conducir por las costa hacia el sur, pasando por la bahía de Robin Hood, su dedo bordeaba la costa, llegamos a Scarborough, y de ahí a Hull, que invitaría a hacer la broma con "Hell", infierno, pero no, ciudad universitaria bastante cool. Para seguir al sur cruzaríamos por el puente del estuario de Humber: 1410 metros, uno de los puentes de suspensión más largos del mundo-vale, no llega a los casi 3 kms del Golden Gate, pero es muy parecido-también en el viento que corre.  En esos momentos presentí que me iba a hacer una experta sin quererlo en "esta pieza arquitectónica abierta por la reina en 1981", como dijo Richard, aún explicándome en el mapa. Y aquí siguió el aviso sociológico, necesario porque al fin y al cabo, yo acababa de llegar: resulta que cruzar el estuario era cambiar de continente, los del norte, los yorkies, son gente simpática en contraste con los del sur, más ingleses, más estirados, no nos confundas con ellos. Por fin terminaríamos en nuestro objetivo: la pequeña ciudad medieval llamada Lincoln, que gira en torno a su monumental catedral, que parece que inspiró a no sé qué vendedor de bestsellers para su novela, que no se podía mencionar delante de Will, o se ofendía. No le dije a Richard que yo tampoco había leído "Los pilares de a tierra". Igual yo también era una snob de los libros. 

Sinceramente, el plan era poco prometedor: qué podía salir bien? Meterme varios días de viaje, en lo más duro del duro invierno con varios desconocidos? Pero ya no había vuelta atrás: Richard estaba emocionado, parece que, aunque lo hubiera propuesto Will, a él le encantaba la idea de una road movie con el mar del norte enfurecido de fondo, ir parando en cada pub de carretera y hablar con nosotros como si fuéramos amigos que había elegido, no una panda de colegas que aleatoriamente han caído en el mismo lugar de trabajo, todos, eso sí, con una pedrada suficiente como para acabar en un manicomio de los de antes. 

Parece que Faggin nos iba a llevar a Danby los primeros, al alba: siempre asociaré a ese hombre -o tal vez reptil- con oscuridad y escarcha. Los que iban a York habían decidido pasar la noche también para beberse las reservas de cerveza después del paseo de fantasmas- exceptuando a Sandip que tenía primo. Era tan pronto, que la primera buena noticia fue que Suchandra, la mala, no estaba allí. Solos los motivados. 

Sorprende mi amnesia sobre la primera parte del viaje, porque era la primera vez que salía de "la institución" desde que llegué aquí. Lo que de repente aparece como el primer recuerdo nítido es el mar que entra en el coche, que suele ser gris pero que hoy, con el sol que sale de vez en cuando entre las nubes, es de un azul amalfitano, con sus borreguitos como si los hubiera estado pintando Turner. Salimos por un desvío y ahí está Robin Hood Bay, la bahía de Robin Hood, que además de bahía nombre al pueblo, que pertenece al arquetipo de pequeño pueblo pesquero de país bárbaro, todo casitas de tejados a dos aguas, algunas en el borde del acantilado y otras que desde allí van gradualmente cayendo por calles empinadas hasta el mar. Richard conoce el mejor pub, pero es demasiado temprano. Hay una tearoom, que viene a ser un cuarto sobrante en la casa de una señora de 60, que abrirá de 5 a 6:30 para servir tazas de té y tarta de lemon drizzle.  Así que, sin un alma que nos dé algo caliente decidimos hacer lo único: paseo por la playa. El viento es tan fuerte que hay que hablar a gritos.  Parecemos un grupo musical intenso, intensamente posando para la tapa del disco. 

Hacia el sur, más pueblos y alguna granja,  Scarborough (gracias google maps, si no, cómo recordar esto), Hull, y el puente sobre el estuario del Humber justo a su salida. Richard no exageró con esta maravilla, una especie de anacronía en ese paisaje, en esa zona, donde la arquitectura, la gente, parecía que se hubiera detenido en los tiempos de los Tudores. Y luego la charla de "grim", cómo olvidarla: grim es algo triste, decaído, negativo, y supongo que por eso les hace gracia parar a comer en Grimsby. El Lepe nacional, tal vez, pero se lo buscan: su nombre oficial es "Gran Grimsby", hubo un mayor cartel de inseguridad? 

Pero tal vez soy injusta y el nombre viene de la época en la que fue el mayor puerto pesquero de este país. Hoy tiene un aire de lugar venido a menos, casi con encanto, si no fuera por las malditas cadenas que se repiten por todo el país. Pizza, Hut, por ejemplo, donde atracamos su barra libre de ensalada: todo lo que pudieras meter en un bol pequeño o mediano. Con los anios, me haría una experta de meter cantidades industriales de ensalada en el bol mediano. Unos locales de la mesa de al lado, que de dónde venimos, y que tenemos que ir al museo-barco. Con la risa floja, de una manera irónica, acabamos en el barco, aprendiendo la historia pesquera de Grimsby. No sé si lo fabulo o nos dieron unos chubasqueros de aquellos amarillos, y había unos "flssss" cada pocos minutos donde te echaban un spray salado, rollo sensorial, esto era ser un lobo de mar, flashbacks del Pequod, cómo nos disfrutar de aquella visita, coincidimos Will y yo. 

Se estaba haciendo tarde y claro que convendría ya salir hacia Lincoln, pero siempre hay alguien, que vamos a echar una aquí al pub, y luego hacemos tiempo, igual hay otro museo, y ya salimos, está aquí al lado, tenemos todo el domingo para ver el mercado de Lincoln. Del pub recuerdo poco, aparte de oscuridad: madera y clientela. Y que los tres se parapetaron tras sus pintas (yo media, siempre he sido una florecilla), y aquí comenzó otra de esas conversaciones de Banderley que lo hacían un lugar tan peculiar, maravilloso e inquietante. Como el tiempo nos engania con todo, yo no sé si aquellos ratos fueron tan importantes en mi vida como he acabado creyendo, pero esa es la historia que me he contado, así que así fue.

-Habéis leído la patraña que era el estudio de Zimbardo?  -comenzó Richard, tras chocar los vasos y el cheers. 

No sabíamos nada. Joseph Zimbardo es probablemente uno de los psicólogos más famosos del mundo por su estudio de la "Prisión de Stanford" en 1971. El semisótano  del departamento de psicología de la universidad californiana de Stanford fue transformado en una cárcel de mentira para que Zimbardo estudiara si la naturaleza humana se mostraría de distintas maneras según la circunstancia. Así que puso un anuncio para estudiantes que quisieran participar en un estudio en el que iban a ser distribuidos aleatoriamente en dos grupos: unos interpretando a carceleros, y los otros a presos. Zimbardo tuvo que parar el experimento a los seis días porque se estaba yendo de madre: a los que pretendían ser carceleros se les había ido la pinza, y si comenzaron insultando a los presos, terminaba en una escalada total de abuso, humillaciones, deprivación de suenio, y aislamiento total en celdas de castigo. Se concluyó que gente buena se volvía mala bajo cierta presión y que, puestos al límite, todos actuaríamos así.

-Bueno, pues el otro día, leyendo un artículo, parece que han desmontado el experimento más famoso de los 70.

-Qué decía el artículo?-esta era Marla abriendo mucho los ojos. 

-Bueno, pues parece que Zimbardo les decía a los carceleros lo que tenían que hacer. Lo de llamar a los prisioneros por números, o llevar gafas de sol, or hacer juegos sádicos... venía de los investigadores, cuando nos habían hecho creer que reaccionaban así. Imaginad, si en estudios normales los sujetos ya varían su comportamiento si sospechan de lo que va el estudio... aquí, que les decían lo que hacer!

-Pero, esto es un escándalo! Invalida totalmente el experimento, y sus conclusiones.... -este era Will- habrá pasado lo mismo con el experimento de la cueva de Robbers?

Este también me sonaba. Había ocurrido muchos años antes, en 1954, el psicólogo era Muzafer Sherif. Aquí observaban a dos grupos de niños sin problemas previos, de buenas familias, en el campamento de la Cueva de Robbers, en Oklahoma. Al principio un grupo no sabía de la existencia del otro, pero en la segunda semana, cuando ya habían formado cohesión con su grupo se introducía al otro.

-Sí, sí-siguió Richard- hablaban de ello: según Sherif, como sabéis, enseguida, la rivalidad y confrontación comenzó entre ellos, afrentas, venganzas. Pero aunque la conclusión de los autores es que esto pasaría siempre, lo cierto es que también intentaron manipularlos para que hubiera competición y mal rollo.

-Un momento-intervengo- este año, 1954, es el mismo de la publicación de "El senior de las moscas".

-En serio? -Marla y Richard a la vez.

Will me mira con una mezcla de interés y fastidio: por qué he tenido que robarle un dato literario. Esto me da ínfulas:

-Sí, es interesante, porque Golding pensaba que los niños son malos por naturaleza, pero Sherif que todo depende del contexto, como luego haría Zimbardo. Cuales eran las motivaciones de Sherif? Creo que esa época tal vez quería lanzar el mensaje de "cambiemos la sociedad, si mejoramos las condiciones de la gente terminaremos con el mal, si las empeoramos, esto ocurre". 

-Si lo piensas -interrumpió Will- mi tocayo Golding venía de donde venía: ex-combatiente de la  Segunda Guerra Mundial, con los horrores que allí habría visto, trabajando como profesor de literatura en no sé dónde y con problemas de abuso de alcohol: no es de extrañar que no tuviera un ápice de esperanza en el género humano... pero su novela es uno de los libros mejor escritos que... 

-Pero -aquí interrumpí yo- esta novela ha sido una de las influencias mayores en nuestra manera de ver el mundo, la de la sociedad occidental, me refiero... nada es inocente, si pones a un grupo de niños en una isla y en lugar de cooperar los pones a comportarse como...

-Además -Marla, interesadísima-, si como dice Richard, los estudios seminales que todos nos hemos creído a pies juntillas son todo una mentira... qué puta mierda es esta!

Se hizo un silencio en la jauría del pub y solo se oyó el putamierda de Marla. Los parroquianos volvieron a su murmullo y el hombre de detrás de la barra dijo: alguien necesita otra ronda? 

Vaya que sí. La primera de muchas otras que, obviamente, hicieron imposible que esa noche saliéramos para Lincoln. 

20 de junio de 2020

"Desierto sonoro" de Valeria Luiselli: Frontera, tormentas, niños perdidos

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He encontrado que, cuando un libro te cae del cielo, sin saber quién ni porqué te lo ha enviado (más datos aquí), la experiencia lectora es distinta. Inevitable intentar encontrar mensajes cifrados en el texto, pistas entre líneas, pero nada. Una vez, cuando a los 17 me llegó una rosa anónima, las floristeras a las que fui a investigar me dijeron "no te preocupes, quien te manda una rosa algún día se manifestará". Me pregunto si esta regla sirve para los libros?


Así empecé "Desierto sonoro", la novela de Valeria Luiselli, una autora joven mexicana que vive en Nueva York. Pese a su misteriosa aparición, enseguida atraída por el imán del título: me llevaba al desierto de Sonora, y con él a uno de mis libros favoritos "Los detectives salvajes" (Roberto Bolaño, 1998). Luego estaba la América profunda, ese animal mitológico para mí y para tantos, que se intuye va a pintar el fondo de esta novela-road-movie (pista: las polaroids de la tapa). Quién no ha soñado con alquilar un Ford Thunderbird como el de Thelma & Louise y recorrer las carreteras secundarias de ese país, parando a dormir en moteles con puerta a la calle, como en las películas-algunas de miedo. Ese país que ya hemos visto a través de los ojos de otros, aquellos fotógrafos de carretera (las fotos de este divague son de ellos) Robert Adams, Ilf y PetrovRobert Frank, Walker Evans, Stephen Shore. Oh, justamente ayer, tuve un pequeño flashback de nuestro mes por las américas en 2014 (no precisamente en un Thunderbird, sino en el famoso Chíncue), cuando encontré un jabón del "Motel 6", una cadena donde debimos pasar una noche. El pobre ya no olía a nada: dónde han ido estos 6 años. El de los protas es un viaje en el que se intuye que tienen tiempo "para mirar las cosas, en lugar de imponer tu punto de vista", esos en los que también se pierde la noción del tiempo: parece que saliste ayer, o hace media vida. Esos viajes maravillosos que supongo solo existen en la juventud y espero en la jubilación, fuera de los corsés de tres semanas de vacaciones. Pero divago: también el título me ha llevado a novelas "de frontera" como "Manual de senioras de la limpieza" de Lucia Berlin: cómo me gusta todo lo sensorial que tiene esa zona, esa luz que transmite, esa pereza. Y por supuesto, al monstruo "2666" y su letanía de mujeres muertas, particularmente en una parte de la novela en la "Caja V", cuando la autora nos incluye unas cuantas páginas de "Reporte de mortalidad de migrante", un listado de características de los niños que se quedan en el desierto, antes o después de cruzar la frontera. 

Walker Evans


Porque ese es el tema principal que recorre la novela, y le da título en inglés "Lost Children Archive" (El archivo de los niños perdidos, suena a Peter Pan, pero en terrible). Es la primera novela de Luiselli en inglés, que ha contribuido a su traducción al español (no digo castellano, porque es español de México), y la verdad es que es uno de esos pocos libros que no te dueles en la traducción. La protagonista está obsesionada con los niños perdidos, su marido con los apaches, y los hijos que llevan detrás en el coche acaban, si no obsesionándose, sí siendo pequeños expertos en niños migrantes y apachería. A veces me hace gracia cómo los hijos acaban siendo mini-entendidos de los grandes temas de sus padres: un día, ante un vídeo de dos cacatúas en el respaldo de una silla, una bailando como loca, y la otra pasiva y levantando una pata para que la marchosa no se le acerque, Mini dictaminó: "una tiene TDHA (Trastorno de Hiperactividad e Inatención) y la otra autismo". Señor. Yo, intentando devolverle la infancia perdida, pregunté: "quién crees que es el aitá y quién la amá?"



El libro tiene varias partes, distintas voces y unas seis cajas que en realidad son una excusa de la autora para poner referencias: libros, folletos, música, mapas. Se supone que llevan esas referencias consigo en el capó del coche, aunque no dice nada de "los bultos", la bolsas, ese pandemonium que se acaba montando en el maletero en un viaje largo. Aunque intente imaginar uno de esos coches gigantes americanos, no me entran las cajas. Tampoco me entra una de las voces: la del niño. Desde la mitad del libro en la que deja de hablar la madre y se pone un niño de 10 años a contarnos la historia, para mí pierde el interés. La principal razón es porque las reflexiones que tanto he disfrutado, tanto en contenido como en forma de la narración de la madre desaparecen: un niño no puede pensar ni hablar aún así -a no ser que seas Ian McEwan y hagas hablar a un feto como un profesor de universidad de 55. Pero además de aburrir su voz, tampoco te la crees. Así que ese ha sido el bajón que no esperaba porque la primera parte del libro... cómo no emocionarse con una autora que de repente, dice cosas como:

"Yo no llevo un diario. Mis diarios son las cosas que subrayo en los libros"

Yo conozco a alguna gente que se niega a subrayar los libros, "porque los quieren mantener limpios". Puedo llegar a entender a los que no subrayan porque no se les ha ocurrido, pero ser un lector ávido y no subrayar por eso? Para qué, para quién esa limpieza? Tal vez, como la autora, porque entonces sienten que no pueden dejar el libro prestado a nadie, porque ese alguien leerá el interior de su alma? No sé, yo no concibo leer sin subrayar ni anotar. La lectura es un diálogo con el escritor, con tu novio, cada uno de un color (la autora y su pareja cuando aún se quieren subrayan el mismo libro furiosamente), luego lo será contigo misma cuando releas, y con suerte, algún día, será un diálogo con tus hijas, tus nietas, tus sobrinas, las hijas de tus amigas, y quién sabe qué compradora de libros de segunda mano que lo encuentre en una librería de viejo-si es que eso en el futuro existe.  Y si existen los libros en papel como producto masivo.



Como la prota, diarizo la novela y anoto en el margen de un capítulo titulado "tormentas" la palabras "vuelta de Fuendetodos", tal vez para recordarme que debo escribir aquí lo bonito que describe "el gran vacío de estas llanuras. Todos dicen: vastas y yermas. Todos: hipnóticas. Nabokov probablemente en algún sitio: indómitas. (..) Las tormentas que desgajan el cielo de las mesetas. Se ven a kms de distancia. Inspiran miedo y aún así conduces de frente por la autopista, con la tenacidad estúpida de los mosquitos, hasta alcanzarlas (...) funden tu mirada observante y lo que observa (...) Y la lluvia, que naturalmente cae, parece que asciende". Una vez, en el verano de los 15 años, cuatro amigas partimos, un día cualquiera de Agosto (oh, esos veranos sin tiempo), en bicis de aquellas BH, sin cambio de marchas ni soportes de botellas de agua, de Vetustilla de la Torre a Fuendetodos (sí, el pueblo donde nació el mayor genio etc). Lo que venían siendo unos 25 kms enmedio del desierto. Salimos pronto por la mañana, y una vez en Fuendetodos, pasamos la mayor parte del día en una taberna, que recuerdo muy oscura, toda madera. Literalmente, no se podía salir, y mientras caía fuego del cielo, lo que sí recuerdo es una conversación interesantísima, donde las cuatro nos contamos cosas que nunca habíamos hecho, compartimos sueños, ideas, vulnerabilidades, lo que fuera: nada recuerdo, pero sí la intensidad y la felicidad del momento. Una de nosotras ya no está desde hace unos años, y con la distancia que da vivir aquí en la isla, cada vez que pienso en ella me cuesta creérmelo, no ha pasado. Ya hacia el final de la tarde hubo que subirse a las bicis para el retorno, y como Luiselli, vimos las nubes negras al fondo pero éramos esos mosquitos suicidas, tal vez. Foto fija de la llanura sobre la que pedaleábamos, una línea recta que moría en un horizonte borroso y que se rompía en un crack de relámpagos. Cuando empezó a llover, con una furia de esas que tanto gusta ver desde tu ventana, fue épico, en el mal sentido de la palabra (Mini estaría en desacuerdo): tuvimos que tirarnos a la cuneta, nada con que cubrirnos, no toquemos las bicis, volvamos a las bicis, la goma de las ruedas nos protege... esa clase de intercambios, gritando en contra del viento, ya por fin enfrentándonos a una bajada de vértigo en la que una cayó, y por fin llegar al siguiente pueblo donde nadie vio llegar a cuatro zombies directas de la peli de Romero. Aunque nunca alquile el Thunderbird en Arizona, he estado allí, aunque en la España de mitad de los 80 no vimos los carteles propaganda que hoy parece que pueblan las carreteras de nuestros protagonistas: "El adulterio es un pecado", "Feria de armas de fuego, este fin de semana". 



Ah, los diarios en sus múltiples formatos: diario que-es-un-blog, que-es-un-libro-anotado, que-es-un-cuaderno-que-dice-diario-en-su tapa. Mini tiene uno de esos últimos y la otra noche la pillé, antes de dormir, leyéndolo. Me acerqué, tono didáctico: "Mini, sabes lo que decía un escritor llamado Oscar Wilde?". Y contesta, toda seria: "sí, mummy, decía que siempre viajaba con su diario porque quería siempre tener a mano algo fascinante que leer". Plonk. "Mummy me lo has contado un montón de veces". En serio soy tan pesada?



Pero divago, volvamos al desierto de Sonora. Como decía, la madre tiene un montón de ideas interesantes, y sobre muchas de ellas ya hemos escrito (sin duda, peor), aquí en el divlog: "Las conversaciones en una familia se convierten en arqueología lingüística: erigen el mundo que compartimos". Ah el famoso tubalé, al divagante Lux le encantaba. En esa familia tan precaria -también es la crónica de un amor que se ha acabado-, se pregunta la protagonista dónde irán esas conversaciones. Igual que los besos no dados, dónde van? Y esa sensación de estertores finales se tiene durante todo el viaje, y se sufre con ella, no por el amor de la pareja, ya que él es un ser si cara ni carácter, silencioso y con presentido malhumor, sino por los niños, hermanos de alquiler, que no permanecerán juntos, turnándose con los padres, ya que el niño es hijo biológico solo del padre y la niña de la madre. Familias reconstituidas. Aquí sabes que la ruptura de la pareja implica abrir una grieta entre los hermanos, que tal vez solo se recordarán por fotografías. Es como cuando habla de las pertenencias, que "a menudo sobreviven a su dueño, y podemos imaginar un futuro en el que existan las cosas y no las personas que queremos". Guardarán esos ninios algo de su hermano efímero para cuando ya no sea más? "Un souvenir del camino que no tomé"?



Igual solo las fotografías, que "crean su propio recuerdos y suplantan al pasado". Cuánta verdad dice Luiselli: pasa el tiempo y cierras los ojos muy fuerte, conjurando la imagen de esa persona, ese lugar y al final, se va todo borrando y solo quedan las fotos. Les quedarán a esos niños las polaroid quemadas de los moteles de tres al cuarto, de sus rizos clareados por el verano saliendo del sombrero de cowboy, de aquella lagartija que salía por el ojo vacío de una muñeca abandonada? (gracias Bigas Luna por la imagen) Esas fotos donde salen haciendo muecas, haciendo el tonto, como salen los niños, en contraste con los adultos: "los adultos posan para la eternidad, los niños para el instante". Nosotros, y nuestros estúpidos selfies, intentando parecer interesantes, misteriosos, atormentados: "con gestos solemnes, mirando al horizonte con vanidad patricia o directo al lente con la intensidad de una estrella del porno". Yo suelo intentar la última, pero tras haber introducido la imagen de estrella del porno (gracias, Luiselli), ya no podré volver a posar así. O me entrará la risa floja y acabaré apareciendo como los niños de la prota: haciendo el monger para el perfil de Linkedin.

"No, no es interesante, solo es guapo, y su belleza es del tipo más vulgar: indiscutible". Esta frase no sé bien dónde meterla, así que admito aquí el uso del calzador. Quiero no olvidarla porque expresa bonitamente algo que pienso, y me autoexplica: el porqué he preferido otra cosa a los guapos de libro, de belleza indiscutible. 



Luiselli, como yo (y supongo que aquí compartimos el ser emigrantas hispano-parlantes en países anglosajones) se plantea si ha sido colonizada culturalmente por categorías occidentales, blancas, anglosajonas. Y como ella, yo también me rebelo contra el lenguaje académico, ese corsé que hay que ponerse para publicar en investigación o, en su caso, crítica literaria, que ella define como "autoindulgente, rizomático, anfetamínico y tantas veces vacío". Eso me recuerda a un párrafo ya famoso de la crítica Judith Butler, y cómo la academia muchas veces falla en lo principal: comunicar. 


Otras reflexiones que me han interesado orbitan sobre el contenido mismo del proyecto documentalista de la protagonista: ?es justo convertir la vida de esos niños que intentan cruzar solos la frontera entre México y los EE.UU. en contenido mediático? Con qué objetivo? No nos damos cuenta que los que lo leen o ven o escuchan sienten rabia pero,nanosegundo después, siguen con su vida? Cómo su trabajo va a cambiar las cosas? Volvemos al porqué escribimos los que lo hacemos, Ese Tema: 

"Lo único que los padres pueden darle realmente a los hijos son los pequeños saberes: así es como te cortas las uñas, ésta es la temperatura de un verdadero abrazo, así es como se desenreda el pelo, así es como te amo. Y lo que los hijos pueden darle a los padres es algo menos tangible, pero a la vez más grande y duradero, algo así como el impulso para aceptar la vida plenamente y comprenderla para ellos y tratar de explicársela, comunicársela con «aceptación y sin el más mínimo rencor», como escribió James Baldwin, pero también con una cierta furia y valentía. Los niños obligan a los padres a buscar un pulso específico, una mirada, un ritmo, la manera correcta de contar una historia, a sabiendas de que las historias no arreglan nada ni salvan a nadie, pero quizás hacen del mundo un lugar más complejo y a la vez más tolerable. Y a veces, sólo a veces, más hermoso. Las historias son un modo de sustraer el futuro del pasado, la única forma de encontrar la claridad en retrospectiva"

Y una vez más, otro de los puntos en los que me encuentro en Luiselli. Quizás esto sea una loca carrera intentando sustraer el futuro del pasado. La primera mitad del libro que cayó del cielo, como una tormenta de verano salvaje,  era definitivamente para mí. Gracias, quienquiera que fuese que conjuró la lluvia. 




17 de junio de 2020

El número 23 y territorios de la ficción.

9 divagues
He hecho una pequeña auditoría y no todos los años hago divague. Números aleatorios, random como se dice ahora: 14, 15, 17, 20. Este año, el vigésimo tercero, se añade a la lista simplemente porque el 23, qué cosas, es uno de mis números favoritos. Por supuesto, como todas las efemérides del divlog (que sistemáticamente se narran varias días tras "el día", del aniversario, o de los mil divagues, o lo que sea), se me ha olvidado. Pero los Minions han traído algo para recordármelo...



No hay nada que añadir, está en otros divagues: ya se ha contado ad nauseaum cómo llegaron los Pedalistas a esta isla hace hoy 23 años. Lo que llama mi atención es que desde hace la friolera de 10 y medio, lo he ido contando en este diario: pronto la mitad de mi vida aquí habrá sido divagada. 

Y la pregunta: por qué no empecé antes?!! Tener ahora aquellos primeros años sería impagable (para mí, claro, no para el pobre divagante). Aunque si lo pienso, son los que más grabados a fuego tengo en mi memoria: recuerdo mucho más anécdotas del trabajo de entonces que de hace dos semanas. Igual pasa siempre con los primeros años de todo: el primer día en la guarde (a saber si es fabricado, yo creo recordar una jauría y la leyenda cuenta que el Yayo se me trajo de vuelta a casa), Primero de BUP (con todas aquellas "nuevas"), primero de carrera (donde nos llamaban de usted) y empezar a trabajar (un país distinto, con otro idioma, el terror de no tener ni idea). 

Igual por eso recuerdo tan bien las historias de aquella época y claro, porque algunas se las traían, siempre en el drama de la mitad de la noche: correr por los pasillos tras certificar una defunción, seguir como si nada con cara de póker cuando un tío tira una silla por la ventana (estalla el cristal),  sacar sangre a un hombre sin venas de la frontal del pie... cosas que no se olvidan.  Pero hay cosas que no se pueden contar en un diario, son territorio de la ficción, esa cosa. 

Qué chulo es el 23, número primo donde los haya y del bus que lleva a mi casa vetústica. Brindo por él y por las historias que nos contamos. 

PS. Coincidencias que dan miedito
Os cuento esto aquí, como respuesta a los comentarios de Carmen y Mo, y la coincidencias, porque necesito meter una imagen. 

Resulta que Carmen me escribe que, tras insertar el comentario de "Coming up roses", se pone música en un teléfono con 8000 canciones y le sale "Coming up roses", que la canta K Knightley en "Begin again", aquella peli.  

A mí me han pasado  un montón de cosas como esta desde siempre  (la conclusión era "eres bruja", ya me lo decían mis amigas-la conclusión racional es otra, pero me gusta menos). Hoy os contaré la última, que es del Peda, no mía: 

Estaba el otro día mi compa de piso leyendo "V" de Pynchon (recomendación de NáN), y sale una tal "Fulton Street" de Nueva York. Vale, normal. Al rato, se va al ordenador donde yo había abierto fotos del pasado para algo, y se pone a mirar el viaje a Nueva York del 2004. Y en estas que encuentra una foto feísima, que ni idea de porqué la hizo nadie y que es de.... exacto, Fulton St. 

Para que no haya dudas de su sinrazón, os la tenía que poner. 




Sobre la coincidencia del 23 (número raro para gustar), me dice también el Peda que le preguntes a Clara "si es por Michael Jordan".

13 de junio de 2020

Quiero el "mechón Mallen" y otras confesiones peluqueras

5 divagues
Afortunadamente yo no he leído nada de Catherine Cookson, ni conocía hasta el hoy el concepto de "Mallen streak", que parece que viene de una de sus trilogías de best-sellers, "The Mallens". Publicadas en 1973-4, narran las peripecias de la atormentada saga de los Mallen, malditos de libro de texto, de esos que no llegan a la vejez, tal vez por el maleficio de la susodicha "Mallen streak", un mechón de pelo blanco. A esta peculiaridad capilar ya en el medievo se la relacionada con la brujería (como las verrugas, u otras marcas de nacimiento), aunque en realidad viene de una condición llamada poliosis, que consiste en la falta de pigmentación (de melanina) es esa zona del pelo. Históricamente y en la cultura popular, esta mecha se ha asociado con El Mal, ahí tenemos a personajes como Cruella de Vile, la novia de Frankenstein, Rogue de X-Men, Lily Munster: todas maravillosas. Para las que amamos a las malas, a las brujas, a las mujeres que no conforman, esto es una invitación. El pelo como arma política. Supongo que todas estas imágenes debían estar en un pasivo de mi memoria pero, al no ponerles nombre, no me había parado a pensar en ello. Pero en las sombras, algo se estaba cocinando.

Ríos de caracteres (ya no se puede decir tinta) han corrido estas semanas de confinamiento sobre el pelo de los mortales. Podría hablar del complot mundial para que el Peda siga con su "castaña a lo Beckham": la compra de la maquineta cortapelo que realizamos por Instagram hará ya dos meses nunca llegó, y en todas las tiendas del Reino Unido están agotadas y sin intención de traer.  Pero ya que hoy en un artículo del Guardian me han introducido a los Mallen y su mechón, lo he tomado como una señal de que no podía seguir ocultando a los divagantes mi situación capilar. Acaso no he contado aquí cuando me corté el flequillo (en lugar de tirarme por el balcón)  tras una peli de la Coixet? (y no ha pasado a ser ese flequillo, ya difunto, un personaje más del divlog)? 

Pero hoy va de color. Desde que comenzó el confinamiento estoy sin teñirme el pelo (sin cortarlo ya 6 meses-hablamos de Diciembre, pero eso es otra historia). Y entonces, hace un par semanas se me ocurre una idea brillante: demos un poco de color a esto.


Entendamos un poco el contexto histórico: para mi provecta edad, no tengo muchas canas, y no empecé a teñirlas hasta hace 3-4 años. Mi problema es que nunca llego al color que querría, y siempre tiende a un rojizo que no. Mi peluquera diagnosticó que "tengo mucho azufre", una manera de llamarme diabólica, que a mí ya me va bien. Yo tengo otras hipótesis, como que puedo tener en mi genotipo algún gen recesivo (que no muestra en fenotipo, para que me entendáis) ya que tengo rubios en mi familia y yo misma de peque tenía el pelo clarito. Eso, o era el revelado: no tiene nadie fotos de la infancia en la que aparecíais pelirrojas? Yo durante un tiempo creí que lo era, hasta que alguien me dijo que era el papel Kodak de la época, todos pelirrojos. No sé.  Ya sin problemas de revelado, el rojizo actual no me gusta.

Como buenas cabronas que son las canas, se centran en zonas frontal y temporal.  Yo me pregunto porqué no se van a tomar por c' todas a occipucio, pero no. Así que un día se me ocurrió una gran idea: si me tiño de rubio un mechón grande en esa parte frontal, esto se mezclará con el pelo blanco, y ya podré olvidarme de esta ridícula esclavitud. Conste que yo aún no tenía a las brujas en mente. 

La situación se presentaba idónea: aún en confinamiento, sin planes de volver al trabajo presencial ni ver a nadie, poco hay que perder por experimentar. Además, si ensayo con un tinte semi-permanente, de esos que se van a los 8 lavados: perfecto. Casting de L'Oreal (porque yo lo valgo) Dulce Miel fue el color elegido, que además, "duraba 28 lavados". Si resultaba un desastre, simplemente me tenía que meter en la ducha unas 6 horas y ya.

Tras una larga espera de 48 horas tras el test de alergia (estaban muy impacientes mis fans, no esperes, no esperes!), el domingo pasado me metí en harina. Normalmente tengo al Peda -siempre obligado- master del color, gruñendo el tío, parece que no lo disfruta. Esta vez: "Peda no creo que te tenga que molestar, porque solo va a ser frontal". Creo que da saltitos por el pasillo. Comienzo sola el proceso.

De entrada, separar esos dos trozos frontales es más complicado de lo que parecía. La mezcla, pese a venderse como "no amoniaco, agradable olor", apesta; solo le gusta a Mini que, en fin, para qué entrar. Es comenzar a aplicar la pasta y puedo mascar el desastre: no he conseguido mantener el límite entre esa clara mecha que tiene Lily Munster y el resto. Me fastidia, pero he de pedir ayuda al Peda, que arrastra sus pies por el pasillo (gruñendo) y que, en el proceso de insertarse los guantes, los rompe gruñendo por la falta de variedad en la talla.  El proceso termina con tinte por casi toda la cabeza, discrepancias sobre cuándo empiezan verdaderamente los 15 minutos y rezando lo que se sepa. 

Tras el lavado y secado solo quedar comparar con la modelo de la caja "Dulce Miel", que viene a ser una sueca estándar, y lo mío: £7 tiradas a la basura. Realmente no se nota nada, aunque mis fans (esas, las desaprensivas que me instaban a saltarme las horas de alergia) intentan animar con conceptos como "sun-kissed" (cuando te da el sol y se te aclara el pelo) y poner otras vendas por el estilo. 

Corolario: si quiero probar este estilo verdaderamente, voy a tener que armarme de valor. Cuando abran las peluquerías, y mi pelo sea ya el de Rapuntzel (podré elegir si abandonar la casa por las escaleras o la ventana por mi trenza), tendré que sentarme ahí y abiertamente pedir una decoloración. Esto ya va a ser traumático porque mi peluquera es psicoanalista y hay siempre que darle una formulación completa de tus razones (recordemos cuánto le costó cortarme una melena sobre el hombro hará un par de años: varias visitas). Si sale mal, tendré el "te lo dije" y ya no servirá el "28 lavados" y "no me va a ver nadie": cuando dé el paso pelu, ya estaré lista para el mundo, que es desconocedor de una verdad solo abierta a los divagantes: soy una malvada del cine clásico, llena de glamour y de dálmatas.

Esto nadie lo sabe, porque en la vida real no conocen a Maléfica. Que os digo: debajo de los cuernos, lleva un mechón de Mallen como una catedral.   

11 de junio de 2020

Rosa María Sardá y Michelle Obama: mensajes en una botella

9 divagues
Me he quedado muy triste cuando me he enterado de la muerte de Rosa María Sardá. Sabía que estaba enferma y hace poco (pero quién sabe cuándo, ahora que pasa el tiempo tan extraño) escuché una entrevista en la radio a propósito de un libro, y noté que hablaba distinto, y luego vi en internet trozos de su entrevista con Évole, y se me partió el corazón: "el cáncer siempre gana". No es así, querida Rosa María: hay gente que afortunadamente se cura, cada día más, hay gente que no, pero lo que tengo claro, como tú, es que nada tiene que ver la fortaleza personal ni las oraciones: tiene que ver con el tipo de cáncer, cuándo se deja encontrar, la terapia de turno, y esas cosas que si logramos desentrañar será estudiando. Nada que ver con la voluntad. 

La Sardá, como Mary Santpere, me recordaba a la Yaya, a la que también le gustaba mucho. Para mí, verla ya me hacía reír: "No te beso que estoy sudada", no recuerdo en qué peli lo decía. O en "Ahí te quiero ver", bajando por las escaleras como al presentadora más nosequé de la televisión mundial, los grandes sketch con Honorato: "tómate el yogur, Honorato, es bueno para tu tránsito intestinal". 



Hace unos años, escuché una entrevista a su hermano Xavier, en la que él presentaba un libro de memorias. Me quedé impactada, lo debí comentar a la cena y el Peda, que justo viajaba entonces a la península, me lo trajo. Se titula "Mierda de infancia", y nunca me hubiera visto yo en semejante: leyendo un libro de memorias de un tío que sale en la tele. Pero ya que lo tenía aquí, dale. Y confirmó lo que había esbozado en aquella entrevista: Rosa María había sido la "madre" de un montón de hermanos pequeños (entre ellos Xavier) al fallecer la verdadera. Ella les había educado, querido, y desde muy joven, salido a trabajar en una casa que no sobraba nada. Aparte de la cómica que me encantaba por las risas y su acento, esto hizo que la quisiera un poco más. 

Es curioso cómo se quiere a alguien en la lejanía, alguien que nunca sabrá siquiera que existes, pero que te ha hecho reír, sentir, pensar. Nos pasa con escritores, con músicos, con actores, y a mí me pasaba con Rosa María, y también con otra persona que no es nada de eso, pero con quien me quedo boquiabierta solo de verla: Michelle Obama. 

Poca gente es más carismática que Michelle. Hay un documental sobre ella, "Becoming", que es la clase de peli que yo siempre quiero que Mini vea: mujeres fuertes, luchadoras, buena gente. Así que tras algo de persuasión, hemos logrado ver el documental los tres juntos. Solo he hecho confirmar todo lo que pensaba de Michelle. Sus tablas, su naturalidad: está hablando frente a 15.000 personas y da igual. Y no es solo su confianza, es que transmite que es amable, que es vulnerable, que realmente cree en la esperanza de la que habla. 

Ha sido especialmente emocionante para mí ver este docu en estos momentos, tras el asesinato de George Floyd. He tenido que disimular varias veces porque Mini encuentra patético que yo sea tan llorica. Pero es que a mí esto me hace llorar, el pensar en lo que está pasando y en Trump en La Casa Blanca. 

En el docu ves a toda esa gente ilusionada (yo podría ser una de ellas) haciendo fila para que Michelle les firme su libro y ella, interesándose por cada persona, cogiéndoles de la mano y no importa que haya una cámara, el espectador sabe que eso no es impostado.

Luego además dice cosas como que no iba a permitir que los camareros de la Casa Blanca siguieran en smokings. "Mi tío podría ser uno de ellos", dice, "no quiero que mis hijas crezcan pensando que esto es lo normal, que los negros sirven a los blancos en smokings". Y la Casa Blanca no la cambió: sigue hablando de sus antepasados esclavos, y su abuelo o su padre, que no pudieron salir del agujero. Por ser negros de la clase trabajadora. 

Pero pese a reconocer toda esa injusticia sistémica, también da responsabilidad a las chicas y los chicos jóvenes. En su colegio la orientadora le dijo "que estaba apuntando demasiado alto" queriendo ir a Princeton. No hizo caso, y su discurso es ese "no hagas caso, chica negra, latina, pobre... tira para adelante"  viene de ahí.



Esta es una carta en una botella que nunca les llegará. Con gratitud, admiración y corazón. Pero una carta en una botella siempre llega a alguien, y si has llegado hasta aquí, es para ti. 


9 de junio de 2020

"Mrs. América": He venido aquí con el permiso de mi marido .

6 divagues
Creo que nunca he escrito sobre una serie en el divlog. Hoy lo hago no como una mera recensión. Esto es una misión: divagantas, hay que ver esta serie.

Para empezar, yo paso los créditos en todas las series, pero estos? No son estos los créditos más chulos en mucho tiempo? Al principio de cada uno de los nueve episodios me he quedado hipnotizada con el ambiente setentero, las música (la quinta funky!), el mensaje, una y otra vez...




Y sí, visualmente son una preciosidad, pero es imposible no rascarse los ojos: no, no estás soñando. Mujeres que bailan con sus afros, que se agarran de la mano, bien, con pancartas por los derecho de la mujeres (en concreto por la enmienda de la ERA-Equal Rights Act, Ley de Igualdad de Derechos para las mujeres), mujeres leyendo la revista "Ms." que editaba la mítica feminista Gloria Steinem, vale, mujeres con altavoces... y de repente, una mano da la vuelta al símbolo feminista ("el espejo de Venus"), y lo convierte en la cruz de los cristianos (qué diría Cristo si viera lo que con él han hecho), y tenemos a las mujeres pasando el aspirador sobre las barras de la bandera americana, con carteles que gritan: "No a la igualdad de derechos de las mujeres!"

De verdad que estamos cansados de ver a mujeres que, con sus actos, dejan claro que no están por la independencia y la libertad de todas, pero lo extraordinario de esta serie, que está basada en hechos reales, es oírlas hablar, verlas debatir, leer sus pancartas. Es alucinante y como para preguntarse si esto es una distopía tipo "El cuento de la criada"

Pero no, y no es dificil creerlo porque el elenco de actrices es espectacular y, aunque Cate Blanchett pueda ser "la Sra. Amércica" en realidad es una serie coral. Muchos de los capítulos se titulan con el nombre de una de ellas, porque es un "estudio" específicamente de ese personaje (y esa persona, aunque hay ficción, la mayoría existieron/existen y cuando las comparas con su caracterización, guau, parece brujería) en su vida pública y privada. Que se entrelazan y retroalimentan, como en la vida misma. 

Claro que habíamos oído hablar de algunas de ellas, incluso tengo libros en mi estantería, como "The femenine mistique" de Betty Friedan, uno de esos ensayos de referencia que nunca terminé (el feminismo académico no es precisamente una disciplina fácil de leer).  O de Gloria Steinem, la periodista carismática y cara de la "segunda ola" del feminismo.  Pero de quien no había oído en mi vida es de Mrs América, o Phyllis Schlafly, la ultraconseradora anti-feminista, anti-gay, anti-derechos, que interpreta Blanchett. 

Schlafly, esposa virtuosa de abogado, madre ejemplar de seis hijos (que le cuida su hermana soltera), vive en Illinois en una gran casa con servicio -todas negras- y tiene obviamente tiempo para meterse en política, emperlada hasta los dientes. Pero sus ambiciones con los Republicanos no llegan a donde ella quería y cambia su lucha por la de intentar fastidiar la ERA (Equal Rights Amendment), la Enmienda de Igualdad de Derechos).

La ERA era una enmienda propuesta a la Constitución de los Estados Unidos para garantizar la igualdad de derechos legales para mujeres y hombres, en aspectos como el divorcio, propiedad, empleo etc.  La primera versión de una ERA fue escrita en 1923, pero en la peli, estamos en los 70 y todavía no se ha conseguido, aunque se estaba muy cerca. Sin embargo, se mete por ahí Schlafly, y la serie va de la lucha durante esa década entre las feministas de segunda ola y el gran grupo de amas de casa anti-derechos que logra aglutinar Schlafly.

Viéndola una entiende muchas cosas: la primera, lo complicada que es la política. Da igual lo que pienses, has de negociar, has de ceder, has de plantearte los tiempos, considerar si querer ganar una batalla radical, para la que la gente tal vez aún no esta preparada demasiado pronto te va a hacer perder la más genérica. Las feministas disidentes en temas que aún hoy, evolucionados, existen: en aquella época, Friedan no consideraba a las lesbianas en su lucha, hoy eso esta superado pero está el tema trans, que aún no comprendo del todo. En las conservadoras, como siempre, hay menos fricciones, pero Schlafly, cuando se asocia con una evangélica enloquecida que caza ciervos y ante todo Nuestro Señor, intenta que no meta al Ku Klux Klan en esto. 

Como he dicho, estas mujeres de las perlas tienen slogans de los más edificantes: "He venido aqui porque mi marido me ha dejado" o "Queremos Rosas no Derechos" (Roses no Rights, supongo que jugando con el "Rights not Roses", "Derechos no rosas", de las feministas de clase trabajadora). Estrujan y rompen los pétalos de una rosa para explicar lo que es el aborto, o se confiesan al cura que los gays son "pervertidos". Las feministas no obligan a abortar a nadie, sino que están porque se pueda elegir.  Claro que las mujeres de las perlas quieren también "poder elegir" quedarse en casa, no tener presión para trabajar fuera de ella. Pero, espera, la fruta no cae del árbol: en una sociedad justa e igualitaria no tendría que trabajar todo el mundo que pudiera un poco? No sería este mundo un mejor lugar donde vivir?

El tema de la "política de identidad" (identity politics) también se toca. Consiste en dar prioridad a la identidad racial, étnica, religiosa, orientación sexual, identidad de género, discapacidad (en general grupos que son discriminados) para promover sus intereses sobre otros más tradicionales basados en ideología como el eje izquierda-derecha. En "Mrs América" conocemos a una republicana feminista, a favor del aborto y del resto de los argumentos de la agenda pro-ERA. Jessa Crispin, sobre su libro "Por qué no soy feminista" ya divagamos aquí, no estaría de acuerdo con que una mujer de derechas se llamara a sí misma feminista, pero os remito a ese divague. El caso es que en esta lucha, pese a las disidencias internas de las que he hablado, van juntas, "identity politics" en acción. 

Nos han pasado muchas cosas a las mujeres desde los 70-80, no todas buenas. En muchos aspectos hemos ido para atrás, no hay más que leer las letras del reguetón o de ver a las de las perlas de Vox. Las herederas de Schlafly están entre nosotras. Hace nada tuvimos el #MeToo, en pleno 2018 aún era necesario explicarles a algunos tíos el concepto de consentimiento (recomiendo "Bombshell" aka "El escándalo").  Las herederas de Steinem también están afortunadamente entre nosotras. Igual deberían hacer una segunda temporada de "Mrs América" con estos últimos años. No sé si los créditos podrían superar a estos, pero las historias seguro que seguían dando para pellizcarnos.