an

25 abril 2021

"Una joven prometedora" y "The assistant": Hay que seguir cabreadas

2 divagues

 Dos pelis muy distintas que he visto recientemente, pero que tienen en común estar ambas en la estela de #Metoo son "Young promising woman" (jugando con el sintagma hecho "Young promising man"- "joven prometedor") y "The assistant"

La primera pone el foco en el tema consentimiento sexual y la "cultura de la violación" mientras que la segunda cuenta, de una manera mucho más contenida, lo que ya vimos en "Bombshell", la peli de Jay Roach de 2019 (creo que la tradujeron como "El escándalo", pero nótese de nuevo el juego de palabras, en inglés una "bombshell" puede ser tanto una mujer espectacular como un algo sorprendente por devastador o impresionante)- lo que sufren muchas mujeres en el mundo del cine y el entretenimiento.

Sí, "Bombshell" la protagonizaban tres mujeres espectaculares: Charlize Theron, Nicole Kidman y Margot Robbie. Nota: para mí Robbie es la actriz más guapa ever, y además si hay que ponerse una peluca pelirroja que la hace medio calva y la cara llena de viruelas para hacer de Elizabeth I, lo hace; y ahora que lo pienso, Theron también protagonizó "Monster" y Kidman se puso la prótesis nasal aquella para hacer de la Woolf. "Bombshell", como "The assistant" narra la historia del abuso de un magnate de la industria (inevitable no pensar en Harvey Wenstein) muy en tu cara: es muy dificil ver ciertas escenas de ese pavo asqueroso magreando a la encantadora Robbie. La peli (y quien la vaya a ver que se salte esta línea) está basada en hechos reales y básicamente va de cómo estas mujeres se unen y atacan, y todos sabemos dónde está ahora Wenstein. 

Por contraposición, en "The assistant" (Kitty Green, 2019), no hay sensación de triunfo de la sororidad, sino asfixia (no hay más que ver el cartel anunciador, la peli es toda de ese color). Porque todo lo que hace -en la mejor tradición de ciertos autores estadounidenses, como Raymond Carver, que terminan los relatos sin deselace, abruptamente - es mostrarnos un día en una de esas oficinas de una productora con magnate abusador desde los ojos de Jane, una chica con título de buena universidad que ha empezado hace poco como "chica para todo", con el fin de aprender y progresar en el mundo de la producción. Ella no es una tía buena y, como le dice el imbécil de Recursos Humanos "tranquila, no eres su tipo", pero es testigo de lo que hace este cerdo con la hilera de, estas sí, tías buenas que pasan por su oficina. 

La peli está ambientada en una época indeterminada antes de #MeToo, y comienza un día tan pronto por la maniana que es de noche.  Jane es la primera que entra en el edificio a preparar todo (y a adecentar la oficina del jefe, spray en fluídos orgánicos en la moqueta incluido) y la seguimos durante todo su día, mientras fotocopia mirando al infinito, se come las broncas de algunos clientes por teléfono, encubre al magnate cuando su mujer llama gritando y exigiendo dónde está-por supuesto, tirándose a alguien-, se calienta comida precocinada en el microondas, cambia billetes de avión de jefezuelos, y por fin, ya por la noche, es la última que se va. La claustrofobia que esta chica siente durante todo el día, viendo lo que está pasando y cómo todo el mundo es cómplice, empezando por otras mujeres y por ella misma, es compartida por el espectador. Es una peli dura pero muy necesaria: de una manera indirecta pone encima de la mesa lo pasó (está pasando?), lo que es el poder, y cómo son sus tentáculos. 


Como he dicho, otra cosa muy diferente -y con la que yo me lo he pasado mucho mejor- es "Young promising woman", escrita y dirigida (su primera peli) por Emerald Fennell: aquí la protagonista, Cassey (interpretada por Carey Mulligan) es perfectamente activa. Así como Jane es mera observadora y cronista para nosotras, Cassey tiene un plan. Así como a Jane, cuando intenta actuar le dicen, olvídate mona, tienes mucho que perder, lo estremecedor de Cassey, que fue una joven prometedora, ahora no tiene nada (y como todos sabemos desde el tío Karl, no hay mayor dinamita que solo tener tus cadenas por perder). Recordemos a "La novia" en "Kill Bill"-claro que hasta para ella cambian las cosas cuando se le pone el Predictor azul- pero esto no es el caso de Cassey, y eso la hace aún más terrorífica. Lo que tiene en común con "Kill Bill" es que es una fantasía, una vez más en contraste con el hiperrealismo de "The assistant".

La peli comienza (y termina) con una escena brutal, que te tiene el corazón encogido hasta que termina con un bang: una chica de treintaytantos vestida de ejecutiva en una discoteca, bordeando el coma etílico es evaluada desde la barra por un grupito de tíos. Parece una potencial candidata para el "necesitas ayuda", "ya te acompanio a casa" pero en realidad, "voy a hacer contigo lo que me dé la gana". Total, ni se acordará, qué importa que ella no tenga capacidad de consentir en esos momentos. Pero lo que podía haber sido una peli sobre este horror desde el punto de vista de Cassey, despertarse al día siguiente, el mundo se cae encima no es tal: la peli da un giro super-interesante y la víctima deja de serlo. De entrada simplemente por dejar de interpretar el papel de pedazo de carne comatoso y pasar a ser una persona con voz. 

Los tíos de turno -que ella va haciendo tick en su cuaderno- reaccionan de distintas maneras, la fiesta se ha acabado cuando tienen a un ser racional y, cómo no, lleno de furia delante de ellos. Aquí entra la parte fantasía: y si solo fuera verdad que cuando estás con un tío sola en una habitación pudieras tener la confianza para hacer lo que Cassey hace sería maravilloso y toda esta mierda no tendría lugar. Tristemente, con un tío sola en una habitación, un callejón o un descampado, seguro que eres la que más tienes que perder si la cosa se pone violenta. Qué chulo sería poder invocar a la Beatrix Kitto que llevamos dentro y hacer comer el polvo, como hace Cassey.

En Espania, el tema del consentimiento en mujeres que no tienen capacidad de consentir tiene un ejemplo tristemente cercano en aquellos violadores de sanfermines que se autodenominaban "la manada". Hasta no hace mucho aún había una mentalidad de "si va intoxicada, ella se lo ha buscado". Aquí en UK hay un escándalo de abuso sexual en los colegios de secundaria, desde chicos montando aplicaciones para puntúar a las chicas (en 2020, en serio? es esto una feria de ganado?) hasta violaciones en fiestas (contemos que en UK se bebe aún más que en Espania, y ya es decir).  Por todo eso es importantísimo que se hagan películas como "Una joven prometedora". 


Carey Mulligan: gran actriz
Aún habrá unos cuantos por ahí, los del "no todos los hombres", a los que potencialmente escandalice la peli. Pero sinceramente, lo que me escandaliza a mí es el proceso paralelo que ha ocurrido con respecto a Mulligan, a la que ojalá den el Oscar (no porque los Oscar impliquen calidad, solo que más gente verá la peli). Resulta que el crítico de la revista "Variety", la biblia donde todos van a leer el dictamen de calidad de una peli se permitió comentar que "no tenía claro la elección de Mulligan como femme fatale, que él habría puesto a Margot Robbie" (que es incidentalmente productora-pero no actúa- de la cinta). En primer lugar, niego la mayor: Cassey no es una mujer fatal, es más que evidente para cualquiera que haya leído el fondo de la peli, sus motivaciones y dónde está anclada, de prometedora médica a mujer sin futuro. Pero es que además, ding-dong, crítico de Variety: no le pagan por criticar la película? Como dijo Mulligan en una entrevista: "básicamente, dijo que yo no estaba lo suficientemente buena". Que, en fin, en una peli como esta es para decir, siga hablando, crítico, siga, para probar mi punto. En un gesto inusual, Variety se disculpó por las opiniones de este palurdo: "Variety sincerely apologizes to Carey Mulligan and regrets the insensitive language and insinuation in our review of “Promising Young Woman” that minimized her daring performance".

La peli tiene una fotografía muy interesante, una manera de mirar especial, y sentido del humor, pese al horror del tema de fondo. Para ilustrar esto último -y con esto termino, en serio-, incluyo una escena monísima que no puedo evitar ver con una sonrisa y que, para mí, pasa ya al olimpo de las escenas de baile de cine, casi al nivel de Uma y John en "Pulp Fiction" o Emma y Ryan en "La la land". Contexto: Pese a toda la marejada en la vida de Cassey, en un punto se lanza a una especie de relación con un tipo que conocía de la facultad de medicina, uno que de entrada parece lo opuesto a un malote (ha acabado de pediatra, imaginen), encantador en su torpeza, buena gente. En un punto van a comprar algo a una farmacia (en los EEUU, como aquí, es un concepto que combina la farmacia en una esquinita con el supermercado nocturno de la peor ralea) y el tío se pone a cantar (y bailar) Paris Hilton, la canción más cheesy del mundo ( clip abajo). Sinceramente, con un tío que se pone a bailarte así en una farmacia, no hay elección, salvo dejarlo todo.  

Menos el cabreo, chicas. Con esto hay que seguir, y con libros y con canciones y con pelis y con entradas de blog sucintas como esta. 

21 abril 2021

"Nomadland" no es ni "Las uvas de la ira" ni el "Atacama Desert"

10 divagues

Atacama
 Desde que recuerdo, en las noches en las que no me puedo dormir, me he inventado historias. Mi primera memoria de esto (qué monada) es que si me echaba de un lado, me salían aventuras con Epi y Blas, y si me daba la vuelta, se metían monstruos y miedo. En un punto indeterminado, mis historias nocturnas se empezaron a llamar "el Atacama Desert" : un día leí algo sobre el Desierto de Atacama, y no sé porqué, este desierto en Chile ("el más seco del mundo", 1600 kms en paralelo al Pacífico) se quedó conmigo y parece que allí empezaron esta siguiente fase de historia nocturnas-ya graduada de Epi & Blas. Y tal vez de los monstruos.  

Básicamente consisten en lo siguiente (antes de empezar, sí, estoy fatal): yo viajo sola en una furgoneta por parajes solitarios y maravillosos, generalmente conduzco por un acantilado a orillas del mar (tipo Big Sur, mucho antes de ir a Big Sur); esto es particularmente relajante y ese punto me suelo dormir. Pero también me pasan aventuras, conozco a gente y a menudo hay malos a los que venzo o problemas que resolver (pongamos una gran nevada y estoy atascada). Ni que decir tiene que mi furgoneta, que por fuera no es grande, por dentro es una pasada: dentro tengo no solo un cuarto de baño a todo plan, sino también una pared llena de libros detrás de la cama gigante. A veces, abro un lateral y sale un pequeño porche, y estoy ahí leyendo o tocando el banyo frente a un lago, o el mar, luego me baño y todo guay. Por supuesto, no todas las noches hay Atacama Desert, generalmente estoy tan cansada que me duermo nada más apagar la luz... por ejemplo ahora hace semanas de mis última (siempre inconclusa) aventura. 

Años después, así vi yo el Desierto de Atacama


Esta introducción -que curiosamente creo que nunca había contado en el divlog, me pregunto porqué: de fondo se oyen las sirenas, vienen a por mí- se explica porque este finde vi "Nomadland" la peli de Chloé Zhao, y ahora toca hacer un divague, por supuesto nada que ver con lo que os va decir el canon (buena fotografía etc), sino desde el confort de mi furgoneta (perdón, de un blog personal). Para empezar, indicar que lo que más me gustó de la peli es su cartel anunciador (a la izquierda): al verlo me acordé inmediatamente de las divagantas Elena Rius y Mo por el tema ropa interior tendida -regularmente recibo abuso por parte de ambas por producir similares imágenes cuando viajo (viajaba, snif). También me ha gustado esta frase que le dice la prota Fern a alguien que la conocía de su previa vida, antes de la carretera: "I am not homeless, I am houseless",  o sea, no tiene la casa física, pero tiene un "hogar", su furgoneta y presumiblemente la comunidad de nómadas con la que va coincidiendo por ahí. 

La película está basada en el libro de Jessica Bruder de 2017 titulado "Nomadland: Sobrevivir América en el SXXI", en la que cuenta cómo gente mayor, tras la recesión de 2008 se quedó sin nada y tuvo que echarse a la carretera. Parece ser que en el libro Bruder describe en detalle cómo estas personas mayores se ven abocados a trabajar pese a no tener edad para ello y sufren accidentes tanto en Amazon como en otros trabajo físicos que no son para jubilados. Pero en la peli, Fern hace su trabajo, se lo pasan muy bien en la cantina a la hora de comer, y Amazon -el Mal- se va prácticamente de rositas y Fern, conduciendo su furgoneta por maravillosos parajes en puesta de sol, y música hipnótica. 

Uno de mis problemas con la peli (aparte de haber perdido la oportunidad para haber expuesto un poquito a estas multinacionales cuya avaricia no tiene fin) es que no me queda claro si esta penia de viajantes está así porque han sido expulsados del suenio americano y no les queda otro remedio que, arruinados, lanzarse a vivir en la carretera, o si es un estilo de vida. El resto de los actores de la peli (aparte de uno) no lo son, son nómadas de verdad, y en un punto su líder, un tal Bob Wells explica un poco su filosofía de vida, y me sigue sin quedar claro si su discurso es anticapi o todo lo contrario. Porque habla de que ellos "abrazan la tiranía del dólar y del mercado" y usa la metáfora de que son los "burros de carga" que se unen "para cuidarse unos a otros". Que está bien esta comunidad suya en la que se ayudan pero se me cae el alma a los pies al pensar dónde ha quedado el unirse en contra del puto amo, llámalo Amazon y su lucha en contra de la sindicación de sus trabajadores (negaban hasta hace poco que algunos trabajadores tenía que hacer pis en botellas, al final lo tuvieron que admitir), llámalo GAFAS o Uber o lo que sea. 

Tampoco me queda claro el predicamento de Fern (personaje interpretado por la carismática Frances McDormand, desde Fargo le compro todo). La directora dijo en una entrevista que quería "enfocarse en la experiencia humana que va más allá de lo político" (la experiencia humana es política, pero dejemos eso), y por eso la hace viuda, para enfatizar la pérdida.  No queda claro si Fern está en una especie de viaje interior por su viudedad, si ha sido expulsada de su casa porque la planta de la ciudad que vivía cerró, o si quiere esta vida bohemia en contraposición con la de su hermana y otra gente que no están "on the road" . Todas estas opciones me parecen dignas y respetables: la única contra la que me rebelo es la del medio, el sistema que permite la del medio. 

Migrant Mother
Precisamente su hermana, en un punto, compara a estos nómadas con la "vieja tradición americana" de gente migrando en busca de una vida mejor. Cómo no recordar la famosa serie de la foto de la "Madre Migrante" de Dorothea Lange que se estudia en todos los cursos de fotografía como máximo exponente de la época de la Gran Depresión. Pero aquí Lange lo que hacía es usar las fotos como arma política (es famoso cómo editó varios ninios de la foto y dejó solo dos, por ejemplo), quería cambiar algo. A propósito de esto y de la fotografía, al buscar a Lange me he encontrado un divague viejísimo en el que yo pegaba un trozo de mi diario de viaje de 2004: reflexiones de fotógrafa amateur while "on the road", en el que Cesita me llamaba, como a su hija, "embotelladora de recuerdos" (qué bonito, qué acertado :)). Otro ejemplo de literatura/cine de denuncia de esta época sería "Las uvas de la ira" (libro que empecé justo antes de venir a UK en invierno de 1997 y no terminé, culparé a mi inglés todavía no daba para ocho miles-ahí me está esperando). Para empezar la novela de Steinbeck (y la peli posterior) lleva la palabra "ira" en su título, eso ya es un gol en propia puerta a "Nomadland" que si algo no está es cabreada.  

Y cómo no estar cabreada si tienes que salir de tu casa para comer? Me río de la "tradición americana". Cuando iba al cole, la madre de una amiga, ama de casa aburrida, montó, en plan hobbie, tres tiendas de congelados porque vio oportunidad de negocio. No sé cómo, mi amiga conoció a unos chicos cuyo familia vivía de la venta ambulante, sartenes y cachivaches de cocina, y un día le dijo: "qué suerte que no tenéis que viajar para vender". Ellos venían los domingos al "rastro" de Vetusta desde su ciudad, a unos 90 kms. Yo tendría 15 anios, pero esta historia se quedó conmigo: no me vendan esto como elección, un chaval de 15 anios ya lo dijo bien claro que su nomadismo no tenía nada que ver con una "tradición nómada" ni un "espíritu": esta gente no podía alquilar un local. Ni ellos ni los Joads son espíritus libres. 

"Las uvas de la ira", esperándome
El suenio de muchos de nosotros es llevar esa vida de nómadas, pero como las de mis historietas del "Atacama Desert": con un cuarto de banio con ducha (vs. un cubo) y tu biblioteca llena de clásicos incluidas obras llenas de rabia como las de Steinbeck o Tressel o Matute o Delibes o Lorca o tantos otros; obras que, queremos creer que llevaron a cambiar el mundo. El otro suenio es que el que no haya elegido una vida nómada en el "Atacama Desert" no tenga que salir de su casa en pésimas condiciones para ganar el pan. Eso es "home", cómo no terminar con John Denver...

Country roads, take me home
To the place I belong
West Virginia, mountain mama
Take me home, country roads

17 abril 2021

Serial 29. Nunca, nadie: Sylvia Plath, notas clínicas desde el límite del abismo

14 divagues
Típico: no he vuelto a saber de Steen desde que le dejé en la mesa el resumen clínico del supuesto intento de infanticidio. Pero la sister, la enfermera jefa: no, es que además de lo de Whitby, esta semana ha bajado a Londres... es examinador del Real Colegio de Psiquiatras, ya sabes. Oh sí, claro, sister, el doctor Superman -que no duda en dejar su planta a cargo de una indocumentada como yo. Me descubro añorando al viejo gruñón Cook: que vuelva ya el residente de aquí y yo pueda volver con Batman a hablar de Hobbes et al, por favor.

Pero de ese residente no hay noticias, ni de cómo sobrellevó el tema de estar aquí a su suerte. Yo he desarrollado pequeñas rutinas: por las mañanas hago todo el trabajo de la planta, los ingresos, los exámenes físicos, cartas, informes. Entonces alguien me blipa y bajamos a comer: rara vez coincidimos todos, es difícil planear una hora fija en este trabajo. Además, los de la casa roja se van a correr- Yolanda tararea por lo bajinis "Carros de Fuego" cuando los vemos alejarse todos equipados. Isabel Archer suele estar sola leyendo, pero se deja interrumpir, para hablar de su libro. Sandip no está nunca, creo que no come. Cuando vuelvo por la tarde, preparo los casos del día siguiente. Los re-ingresos son mucho curro: descifrar lo que alguien garabateó durante las semanas que la paciente estuvo en Marcé. A ratos me desespero con las entradas ilegibles: menos mal que existen los acrónimos médicos, del latín, por lo menos de eso me entero: c̄ (cum); s̄ (sine); prn (pro re nata); mdu (more dicto utendus); od (omni die), q.d.s. (quater die sumendus); mane; nocte… en fin.

Hoy por la tarde aún algo peor que un reingreso: revisar notas que han solicitado pacientes. Imposible no hipotetizar sobre las razones por las que quieren leer sus notas. A menudo suelen ser para abogados, alguna reclamación. Las instrucciones de la sister: “intenta identificar todo lo que pudiera causar daño moral a la paciente”. Pero si yo fuera alguna vez paciente, precisamente lo que querría leer es lo que censura un profesional: ¿qué han escrito de mí que no puedo saber? Preséntenme el monstruo. Lo masticado no me interesa.

Armada de post-its para señalar las páginas potencialmente nocivas, me levanto del escritorio y me siento con las piernas cruzadas en un sillón bajo, como si fuera a leer una novela. Son notas de hará unos dos años: la paciente, una chica joven ingresada con una “depresión post-parto” y hasta ahí, lo de siempre. Sin embargo, la historia del ingreso parece distinta de las demás: de entrada, qué letra, nada que ver con los jeroglíficos de la mayoría de los compañeros. Cuenta la leyenda que a los galenos se nos deforma la caligrafía por tantos folios emborronados tan rápido, causando luego graves problemas de comunicación con el que vendrá después, pero a quién le importa. ¿Y quién firma esto? Paso página y... ahá, una tal doctora Sylvia Lannister. Tiene una letra bonita, con ciertos tics, como elongar la parte inferior de letras como la g, la j, o por supuesto la y de su nombre, que cuando firma es un festival. Está claro que la grafología tiene tanta evidencia científica como la astrología- una vez leí que Ignacio de Loyola era egocéntrico por esa g con ricito: qué bobada, imposible no rizar el rizo si tienes una de esas letras en tu apellido. Hablo por experiencia, claro, aunque aquí me han quitado la jota, al menos al llamarme. Calleha.

La paciente, una tal Scarlett Harridan, no era una depresiva postparto clásica y no hay que leer demasiado entre líneas para encontrar claros rasgos de trastorno de personalidad límite. Ni la tristeza ni la irritabilidad nueva de una depresiva, y leo: “Desde siempre, Scarlett tuvo problemas para regular su estado de ánimo. Un día -muchos días- se levantaba odiando a todos y a la humanidad, pero sobre todo a sí misma. Qué hacer con lo que le escocía detrás del esternón: romper muebles en su habitación, agredir a sus padres, gritar, arañar, incapaz de parar. Sin anhedonia clásica, podía disfrutar de ciertas cosas, pero lo que siempre, siempre estaba con ella y la definía era una sensación inmensa de vacío interior. Lo explicaba así, una y otra vez, apuntándose al pecho, no hay nada aquí dentro.

Una tarde, tal vez con 14 años, explorando los límites de un momento oscuro, descubrió jugando con un compás que pasarse la aguja sobre la piel y ver brotar la sangre no solo no le producía dolor, sino todo lo contrario. Un subidón de endorfinas que más adelante aprendió que era la base del porqué los soldados heridos siguen avanzando hasta colapsar a la puerta del refugio. Los trucos del cuerpo para ayudarnos a continuar, puro mecanismo de supervivencia: aunque la mente a veces no quiera, el cuerpo va por libre. Pero el problema del compás: enseguida dejó de funcionar, los subidones ya no lo eran, y qué hacer sino probar más profundo, pasar a cuchillas. Como así pronto la descubrirían, encontró partes de su cuerpo que eran solo suyas, de momento: entre los muslos, en la parte inferior del abdomen, en las plantas de los pies. Scarlett al principio se resistía y en su cabeza se comparaba con una adicta que no quiere beberse la siguiente o meterse esa raya, porque sabe que la está matando. Se intentaba distraer, dar paseos: imposible. Volver a su habitación, preparar el ritual y, por un rato, separarte del problema. Por un rato, porque el vacío, el precipicio de ella misma siempre volvía.

Tenía claro, en aquellos años, que no quería morir, y suponía que si sus padres la descubriesen, pensarían que esas cicatrices eran intentos fallidos de matarse. A ratos lo sopesaba, y si hubiera sido fácil, tan vez lo hubiera hecho. ¿Pero cómo, una sobredosis de paracetamol? -a saltar del acantilado no se atrevía.

Terminó la adolescencia, pero con ella no se fue el angts que describen en personajes carismáticos de la literatura. A ratos pintaba lienzos inquietantes, a ratos se encerraba en su habitación por días, o desaparecía sin decir a dónde. Su vida comenzó a definirse por una concatenación de relaciones, siempre intensas, tormentosas: todos los hombres con los que salía eran complicados, no podía ni con ellos ni sin. A menudo, escenas histéricas, amenazas de quitarse la vida. Siempre la dejaban, en realidad era ella quien les empujaba violentamente de esa tela de araña de relación. 

Una tarde de verano, encontró a James, que tenía sus propios problemas, pero que confundió su trastorno de la personalidad con una manera de amar épica, apoteósica. Nunca nadie le había querido así, nunca nadie le había mostrado la desesperación de perderle, con el rímel corrido y la cara desfigurada del llanto, agarrada a su cuello como un náufrago. Nunca nadie le había llamado a las 3 de la mañana exigiendo encontrarse en el acantilado o se tiraría sola, porque no podía estar sin él. Nunca nadie le había pegado en una bronca y nunca nadie le había enseñado cortes en los brazos, que cada vez tenían que ser más profundos. El día que se le fue la mano, drama y sangre, tuvo que llevarla a urgencias: lo que había mantenido muchos años como superficial, necesitaba ahora puntos de sutura. Y una vez y otra, y James mezclando aquella inestabilidad emocional con amor, sus ataques de ira, con pasión y el sexo aquel como el propio de los elegidos.  Sexo como James no había tenido jamás, como nadie había tenido jamás, horas follando como posesos, catarsis pura, y él que hubiera ido a donde quiera que ella le hubiera pedido, incluido el fondo del acantilado o del abismo suyo interior. Al final, ella terminaba disociando, con la mirada perdida en el infinito, y James en un cielo disfuncional, aunque perfecto. Pero nada permanecía para Scarlett: su vacío era aburrimiento y para cerrar el círculo de su nada se enamoraba de otros, y James, partido en dos, un muerto levantándose del barro, porque no podía hacer otra cosa, seguirla en su espiral, y lo que ella quisiera: mirar, jugar y sufrir”.

"Y morirme contigo si te matas
Y matarme contigo si te mueres
Porque el amor cuando no muere mata
Porque amores que matan nunca mueren"

Es justamente esta canción, que me va a perseguir el resto del dìa. Se ha puesto la tarde de tormenta. Un relámpago me hace saltar en la silla. Y llega el trueno. Miro el reloj y tendría que irme, bajar a estudiar a la biblio -en casa hay gente-, y nadar. Pero no puedo: estoy totalmente enganchada a esta historia; en concreto, a la forma de narrar de Lannister. Todos los días leo y escribo historias clínicas como esta o peores, pero hay algo hipnotizador en la combinación de esa letra con la manera de contarlo. Por ello, aunque a un lego la historia de Scarlett le pueda parecer novedosa, enloquecida, cabreante, extrema, para nosotros esto es una más. He visto ya unas cuantas Scarletts, sobre todo en urgencias, así que no es por ella que paso las páginas: de quien quiero saber más es de Lannister.

-Hola, ¿todavía estás aquí? -Es una de las enfermeras, del turno de tarde.

-Sí, estaba leyendo esta historia clínica.

- ¿Quieres comer algo? Ha quedado fruta de la cena de las pacientes…

-No, gracias, no te preocupes no tengo hambre… pronto me iré – se queda ahí parada, ¿quiere conversación? genial:- Oye, mira, estoy leyendo estas notas escritas por una tal.. em... Sylvia Lannister, la residente que estaba entonces aquí… ya no está en Banderley, ¿la conocías?

-ermm, sí..., bueno no...ermmm -y la llaman- ahora voy… te tengo que dejar, hasta mañana.

Se ha puesto a llover, no iré a la biblioteca hoy. Me empiezo a arrepentir de no haber aceptado la manzana, salgo y me hago un té. Vuelvo al archivo. La siguiente entrada de Lannister sobre nuestra paciente es su evaluación física y la de riesgo. Pide unas cuantas investigaciones de rutina y ya. Luego hay varias páginas de notas de enfermería, donde comentan lo que come, lo que duerme, de qué humor se levanta: en principio nada que tenga que quitar porque afectaría a Scarlett. Un par de días y cinco páginas después hay otra entrada con la letra inconfundible de Lannister:

“Scarlett sigue atrapada en las entretelas de ella misma. Yace en una charca, nenúfares pegados a su cuerpo blanco, las babas de un sapo, el horror de la noche, los ojos abiertos bajo el agua, disociando, mirando activamente: a nada, a la nada. Scarlett desnuda, toda posición fetal, en la esquina de una habitación en la que hubo un incendio. La mirada rápida a los lados, la de la desesperación. Se ahoga. Y no entiende nada, salvo el barro desecho de su soledad, aquí, en el centro de su caja torácica, y su herida sin cicatriz, que por ello es todo dolor sordo. Y no hay salida”.

¿En serio?, tengo que levantarme a la ventana, ¿qué clase de entrada clínica es esta? Sigue lloviendo. ¿Debo quitarlo o dejar que lo lea la paciente? ¿Es esto ético? ¿Es poético? Las siguientes son nuevas páginas de las enfermeras, resultados de los análisis, todo en orden, también la función tiroidea. Y por fin hay otra entrada, esta breve, de Lannister:

“Sexo impulsivo, ruido para escapar de una misma. Pero ella siempre corre más rápido. Hombres imán, hombres nausea el momento que te tocan. Pararlo. Ir a dónde, ella siempre me alcanza”.

¿Habrá leído alguien esta interpretación literaria del sufrimiento de una paciente? ¿Tengo que reportarlo? Necesito hablar con alguien, necesito que alguien me diga qué tengo que hacer: estas notas son amonal. Sigo pasando las páginas, más y más observaciones de enfermería y, en un punto, tengo la respuesta al si lo habrá leído alguien: hay una entrada firmada por Steen:

"Scarlett es luminosa y la más oscura. Scarlett prospera en la confusión de los hombres que la rodean, sin preparación para entenderla. Scarlett es el cielo y cuando mejor, el infierno. Y no hay nada que ante eso se pueda hacer. Torturados en los ligamentos de púas de las venas; así que, mi valiente amor, no sueñes”

Cierro las notas de golpe. Este no es el Steen que he leído en otras historias. Salgo de allí y sigue lloviendo: paso por casa, están todos preparando la cena, cojo la bolsa y les digo que me voy a la piscina. Allí nado y me doy cuenta que no puedo contar esto tampoco a nadie, porque, como la enfermera, una vez más, cuando hay algo raro en Banderley, hay una interrupción o se cambia de tema. Solo podría bajar el finde a Whitby y contárselo a Lucy, que se inventaría una historia mucho mayor, seguro, de lo que es en realidad. Al final hago unos últimos largos a braza, para tranquilizarme: qué sola que estoy en Banderley.

Tengo una noche terrible: me sueño atrapada en un laberinto de jardín oscuro, no puedo salir, llevo un vestido blanco, voy corriendo, vuelan a mi alrededor pájaros nocturnos, y sus aleteos, como siempre, son una alucinación hipnopómpica (las del final, siempre me lío, con las hipnagógicas,  las del principio del sueño) que me despierta. Estoy sentada en la cama y son solo las 2 de la madrugada, hay luna llena y entra toda su luz plateada por la ventana. Y esa maldita canciòn, en bucle: lo que yo quiero, corazòn cobarde, es que mueras por mì. No me podré dormir, estoy demasiado agitada. Salgo a beber leche y oigo la puerta-nunca una noche sin acción en Banderley: es Richard, de guardia, vuelve de una planta. Los dos estamos despejadísimos, cuando has estado en una planta psiquiátrica a las 2 am nunca es fácil volver a dormirse. Nos sentamos en el sofá amarillo y comenzamos a hablar, tal vez una hora. No quiero volver a mi cuarto, tengo miedo, pero no puedo decírselo, porque no sé nombrarlo. ¿Por haber soñado con pájaros? Le suena el bleep y se tiene que ir, y yo tengo que volver a mi cama, con los pájaros de la noche.

Por supuesto, a la mañana siguiente me duermo, y por supuesto, cuando llego a la planta, allí está Steen. Creo que nunca me ha pasado esto, qué absurdas coincidencias: un psicoanalista diría que nada es así, ni aleatorio ni sin querer, pero qué saben ellos. Está en la estación de las enfermeras cuando entro.

-Buenos días doctora Calleha, ¿cómo está?- esta pequeña victoria, mi tardanza, creo que le gusta. Me veo obligada a justificarme

-Buenos días, siento llegar tarde, -exagero un poco- no me he encontrado bien esta noche.

-Tienes mala cara- esta es la sister- ¿igual no deberías haber venido?

-No, no, gracias, ya estoy bien… Dr Steen, ¿leyó el informe de legal?

-Ah sí, muchas gracias… lo hablamos, venga a mi oficina.

-Deme cinco minutos, tengo que sacar sangre a la paciente de la 4 a primera hora o cierran el lab…

-Para primera hora hubiera ayudado haber estado aquí a primera hora- dice con la sonrisa con la que un poli te da una multa, encantado de la vida.

Cuando termino la sangre y me preparo un par de casos, llamo a su puerta.

-Perdone, ahora estoy ocupado.

Y una mierda: no tiene nada urgente que hacer, los dos lo sabemos. Pero como no he ido inmediatamente, él no va a estar inmediatamente para mí. Ahora me va a hacer esperar, sin razón. Este tipo de comportamientos son los que, de una manera extrema, vemos en estas pobres pacientes que, como Scarlett, llamamos “límite”. Pero este tipo tiene rasgos tan límites y más. Termino varias cosas y bajo a comer a la cantina. Allá al fondo está Will, leyendo a la vez que se toma una sopa. Cojo una patata con Cheddar y me voy a una esquina. Entonces viene Will.

-¿Qué tal, como andas? ¿Me puedo sentar? -me pregunta, ya sentado.

-Sí, sí, adelante… te he visto pero no quería interrumpir tu lectura. ¿Qué leías?

-Ah, poesía… Sylvia Plath. ¿Has leído algo?

-No, no de poesía. Me cuesta mucho leer poesía que no sea en mi lengua materna.

-¿Sí? ¿Por qué?-creo que me lo pregunta con total honestidad, pero sinceramente, me parece arriesgado de alguien que, como todos los ingleses, no habla otro idioma.

Parliament Hill
-La poesía es otro nivel que la narrativa, explora no solo el significado sino también cómo suenan las palabras, para crear trucos fonéticos – él me mira, parece interesado- Su vocabulario es más amplio que el de la prosa por estar constreñidos por el ritmo, el número de sílabas, las rimas, los acentos… pero, vamos, sí, que me gustaría poder leer poesía… igual dentro de unos años…

-mmm interesante… ¿cómo traducir ciertas metáforas? -pregunta retórica.

-¿Cual estás leyendo ahora? – me pongo a su lado, y abre más el librito.

-Se titula Parliament Hill Fields… ¿has estado allí? -me mira esperanzado, yo muevo la cabeza- Pensaba que conocías Londres.

-Oh, no, solo de paso. Muy poco, he estado en los sitios de turistas y luego cambiando estaciones…

-Hay una zona en el norte que se llama Hampstead Heath. Es donde solían vivir los artistas, por ejemplo allí está la casa de Keats -me vuelve a mirar intentando disimular su escándalo de que no haya leído a Keats. Tendría que entender que he leído a Cernuda, a Hernández, a Blas de Otero y que él no. Pero los ingleses se siguen creyendo el ombligo de la galaxia.

-¿Quién más vivió allí? -intento disimular mi fastidio- Solo sé que Virginia Woolf vivía en Richmond.

-Oh, pues poetas como Shelley, Byron, Coleridge o escritores como Robert Louis Stevenson, H. G. Wells, D. H. Lawrence, J. B. Priestley y mira, ven -y se levanta y quiere que le siga hasta el pasillo, me enseña un cuadro- este es John Constable, “Vista desde Hampstead Heath” y tiene más… con arco iris, con... ah, me encantaría llevarte…- al final es majo, no puedo estar enfadada con él mucho rato.

Cometas en Hampstead Heath
-Me encantaría ir -le digo con mirada soñadora- Bueno, dentro de dos semanas tengo mi curso de Ley de Salud Mental en Londres, igual saco un rato para ir.

-Ahh, desde luego, debes subir. Es un barrio precioso, lleno de callejuelas, placitas, conserva mucho el aire artístico, hay pequeñas galerías de arte y la Heath (la montaña) es espectacular: puedes ver toda la ciudad tirada en el césped. Cuando hace viento hay muchas cometas…

-Suena perfecto para mi primera salida del área de Banderley desde que llegué en Octubre... va a ser muy raro. Todos estos meses en Yorkshire, solo viendo campo, lo más urbano Whitby en las guardias… imagina.

-Oh no, claro, no pudiste irte en Navidad, primer año. Lo siento: ha debido ser muy duro- se hace un silencio. No sé si recuerda nuestras conversaciones en Lincoln, cuando estuvimos atrapados por la nieve, a veces con él me da la impresión de que siempre empezamos de cero. Es por eso que nunca me he atrevido a contarle lo de los túneles, que recuerdo que bajamos, y que sé que existen, y que no entiendo nada.
La City desde Parliament Hill


-Tengo que volver a la planta. Ya te contaré si puedo subir a Parliament Hill- me voy levantando y empuja el libro hacia mi lado de la mesa.

-Llévatelo, y lee Parliament Hill cuando estés ahí arriba… y luego me lo cuentas.

Al llegar a la planta, encuentro una habitación de paciente vacía a la que hemos dado el alta. Cierro la puerta, me siento enroscada sobre mí misma en un sillón, y leo frases sueltas del poema de Plath que me acaba de dar Will:

Inexpresivo y pálido como la porcelana,
El cielo redondo sigue absorto en sus cosas.
Nadie nota tu ausencia;
Nadie puede saber que me faltas.
Ahora el silencio se entrega al silencio.
El viento me impide respirar, es una mordaza.
Supongo que ya no tiene ningún sentido pensar en ti.
El túmulo, incluso al mediodía, custodia su sombra negra:
Ahora me sabes menos constante,
Espectro de hoja, espectro de pájaro.
Rodeo los árboles retorcidos. Soy demasiado feliz.
Estos fieles cipreses de ramas oscuras
Cavilan enraizados en su montón de pérdidas.
Te pierdo de vista en tu ciego viaje,
El día se vacía de imágenes

Abrazo el libro contra mi pecho: qué preciosidad. Otro nivel pero, ¿por qué me siento como si leyera las notas clínicas de Lannister? Suena mi bleep. Salgo de la habitación: no sabían que estaba aquí. No era nada importante, dice la sister, el doctor Steen ha dicho que no va a poder verme hoy. Que venga mañana a las 8. Qué sorpresa: en sus términos. Juegos que la gente juega. Vuelvo a mi escritorio, donde están las notas de Scarlett aún abiertas. Pongo encima el libro de Plath. Paso las páginas y leo compulsivamente, sin pararme, como dicen que no hay que leer la poesía:

…pero en matorrales moteados, averrugado como un sapo
rencoroso, acecha nuestro guarda, colocando esa trampa suya en la que caen embaucados…

…Nuestra única tarea consiste en hallar
la silueta de un ángel con la que poder revestirnos…

…cada uno de nuestros brillantes actos hasta convertirlos de nuevo
en barro deshecho, encapotado por el agrio cielo…

…torturados en los ligamentos de púas de las venas;
así que, mi valiente amor, no sueñes
con contener una llama tan estricta, sino que ven,
recuéstate en mi herida y sigue ardiendo, ardiendo...

Un momento, ¿dónde he leído yo esto? Paso las páginas hacia atrás como si me fuera la vida en ello y, aquí está, al final de la entrada de Steen:

…torturados en los ligamentos de púas de las venas;
así que, mi valiente amor, no sueñes

Así que, mi valiente amor, no sueñes. Cierro las notas y salgo a la pradera: necesito respirar. Recuéstate en mi herida y sigue ardiendo, ardiendo...










14 abril 2021

Aúpa Tiovin: aún te quedan un par de años buenos...

8 divagues

Aparte del Primero de Mayo, no hay día mejor para nacer que el Día de la República, como insiste en recordarnos anualmente Tiovin, lector del divlog muy en la sombra (solo cuando le llegan los divagues al email, me pregunto si hoy podrá abrir el enlace cuando se lo envíe, de la posibilidad que comente me olvido). Supongo que la razón por la que me ha costado todos estos años escribirle esto -es una de las personas con más anécdotas que conozco-  es porque la mayoría no se pueden poner por escrito. El Tiovin ha aparecido lateralmente en muchos divagues, siempre envuelto en alguna actividad semi-delictiva, no hay más que buscar

Mi relación con Tiovin ya no empezó bien: era el novio de mi tía favorita, la hermana peque de mi madre, y yo debía tener 3 años cuando apareció por la familia. Él venía de esa pequeña Vetusta al norte de la auténtica Vetusta, qué vamos a hacerle. Le encanta recordar que yo era una niña repelente y que le caía fatal.  El verano de mis 11 años estábamos en la playa en casa de Tiofi en uno de esos mogollones familiares, y ya por fin pude plantarle cara: hacíamos concursos en los que nos hacíamos preguntas de "cultura general" (esa sensación de triunfo compitiendo con una colegiala), la canción de aquel verano era "Words, don't come easy" (que Tiovin con su inglés avanzado llamaba "el camisi"), nos empezábamos a reír juntos y sobre todo, nos iniciamos el arte del abuso verbal mutuo, que hemos ido perfeccionando. Esta dinámica se ha mantenido durante los años: lo nuestro no es amor-odio, es odio-odio. 

Mi tía asegura se enamoró de él "porque llevaba el pelo largo": o sea, era un hippie de los 70 con melena y bigote de motorista en toda regla. Las fotos de la época -que se empeña en poner en su perfil de whatsapp- no le hacen ningún favor, y así se lo digo. Él me ignora, creyendo que solo quiero fastidiar, cuando lo que intento es una labor social.

Todo tiene su explicación: Tiovin estuvo para cura en un seminario de Palencia durante su adolescencia. De aquí han salido innumerables historias que nos encantan, porque hay que admitir que Tiovin es un cuentacuentos espectacular: el frío que pasaban, detalles de la congregación (que he olvidado, me mata), su pasión por el latín y las humanidades, y "la investigación" sobre abuso sexual (años 60 en Ejpaña: yo imagino a Guillermo de Baskerville llegando a la abadía a investigar) en la que entrevistaron a todos los niños y resultó que "el cabrón" solo se había dejado un niño sin meter mano: Tiovin.  Creo que aún no lo ha superado. También hay que oír cómo se arrepiente de no haber seguido con el sacerdocio: "sin ambición, con una parroquia pequeña me hubiera valido". Pobres feligresas. 

Porque lo siguiente, por más increíble que pueda parecer, es cuánto liga Tiovin: es un misterio para todos, claro que para él "todas están buenas" (menos yo), su nivel es subterráneo (para muestra: para él estaba buena la reina de Inglaterra "de joven"). Y entonces cita a Hemingway, y es que el día que no ligue, para qué seguir. Olé tú. 

Tiovin tiene algunas especialidades culinarias, nos asegura, claro que nosotros solo hemos probado el ajoarriero y el huevo frito con txistorra. Cuando va otra gente a su casa,  por lo visto da cordero ("de la mar el mero...") o marmitako, pero no a los pobres Pedalistas. Eso sí, su sangría ("sandía") es legendaria: cómo olvidar esos toros en sanfermines en que preparó un cubo gigante que acarreamos por la ciudad. No cuenta como cooperación al abuso animal dado nuestro estado al entrar al triste espectáculo.  

Hace mucho que no viene a Londinium, en concreto desde que nació Mini, tal vez se dio cuenta de que Londinium-la-nuit no iba  a ser lo mismo. Cómo olvidar sus bailes y la noche de disco en Nottingham en la que por la evidencia gráfica parecíamos una banda de glam-rock (eran los late 90s).  

Otro de sus puntos fuertes es la orientación. Todo el mundo sabe que sale hacia destino la noche anterior para que no sea evidente que se ha perdido -siempre se pierde, una vez hasta andando en el parque de enfrente de casa; llegó muy azorado- en su coche de "gama alta" que a veces nos ha dejado pero es un truco: hay luego que endeudarse para llenar ese depósito.  Y la decoración navideña: todos los años recibimos imágenes de su parafernalia, que honestamente da miedo.  Si algo trajo de positivo su divorcio es que en la mudanza se perdieron lo que él llamaba los "pendientes", unos colgajos de plástico con brillantina que pendían de un celo (no conoce el blue-tack). 

Tiovin es un gran lector, primero de periódico y segundo de novelas. La pregunta ritual es: "¿Tiovin, qué comedia ligera estás leyendo?" No porque yo sea una snob, sino porque una vez leía "Una comedia ligera" de Eduardo Mendoza y ahí se abrió la veda. Aunque no en lecturas, sorprendentemente, coindicimos en ateísmo (qué mejor ateo q un ex) y en ideología (de él  aprendí protocolo en la mesa: "el pan, como el corazón y las ideas, siempre a la izquierda").  De la política localista navarra - tema inagotable entre él y el Peda- me desentiendo.  


Para terminar, de sus múltiples historias, mi favorita: su suegro (mi abuelo) no seguía los motes oficiales del pueblo, se inventaba otros enloquecidos que en principio solo conocíamos la familia.  Un día mandaron al Tiovin a buscar algo a una huerta, tenía que encontrar al "Jabonero" (mote oficial) [conocido en casa, tras mi abuelo, como "La Abeja Maya"]. Tiovin llegó a las huertas y decidió pedir indicaciones (se había perdido, ya lo digo) a un hombre que recogía algo. Claramente liándose con los motes -y liándola parda-, le preguntó: "Buenas tardes, ¿está por aquí el mas de La Abeja Maya?". Y el hombre, impertérrito: "La Abeja  Maya soy yo".

Muchas FELICIDADES TIOVIN: como me dices cada año "ya solo te quedan un par de años buenos". A disfrutarlo y que podamos pronto escuchar in situ las historias no-reproducibles, la de la Abeja Maya y el camisi... 

10 abril 2021

Varanasi (Dyer, circa 2009) vs. Benarés (Di, 2002)

9 divagues


Divlog: fase embrionaria
 A Jeff, periodista freelance de la novela de Geoff Dyer "Amor en Venecia, Muerte en Varanasi", que hemos conocido en la bienal de Venecia, le encargan un artículo sobre Benarés (Varanasi). En la ciudad de los canales se había enamorado de Laura, que en un punto dijo aquello de que se estaba planteando viajar por la India. Las casualidades no existen, que diría Sábato, o "lo que pasa con el destino es que puede casi tanto no pasar, y cuando pasa, a menudo no parece lo que es" : así empieza esta segunda parte. Jeff se va a Benarés, y yo espero que en algún punto se encuentre con Laura.   

El tres de Octubre de 2002 empecé mi viaje a la India, aunque el vuelo de Heathrow a Delhi fue el 11. Pero aquella tarde del tres me la pasé en casa del Naufrago Ro, en Vetusta, con mapas extendidos y un cuaderno de espiral (en imagen) tomando notas en la mesa de cristal bajo la que me miraban conchas de Madagascar y demás parafernalia de viaje- mapamundi con demasiados imanes incluido. Si un viaje no termina hasta que se revelan las fotos (hoy en día, hasta que se bajan y ordenan en carpetas amarillas o el ritual particular que tengas), un viaje comienza también antes de salir de casa hacia la estación, y este lo hizo aquella tarde. Y por la noche, escribí mi primera entrada del diario en el cuaderno, que lo tengo aquí al lado, y me ha recordado que ese viaje aún había comenzado antes, una noche de mojitos en Cuba en la que Ro nos vendió la India, y parece que acordamos hacerlo juntos, pero por algo no fue. Una pena, y más al leer las reflexiones de Jeff, cuando está con otros viajeros sobre cómo la conversación es siempre más interesante en un trío porque "if it is the two of you, something is always prompting you towards a heart-to-heart-, to keep the ball rolling. But when in a trio, the three of you are the ball and it never stops rolling". 


Como el turista de la foto sabe,
hay q quedarse en los ghats
para esta foto a las 6 am
Uno de los consejos de Ro fue que nos alojáramos en los ghats: las orillas del Ganges, esos escalones que bajan hasta el agua, donde todo tiene lugar en Benarés. Nosotros en aquella época pre-hija no reservábamos hotel antes de viajar: nos presentábamos en los sitios y... alegría (generalmente, tristeza, una vez instalados en el antro de turno). Pero la sensación de libertad al viajar así es única: si te gusta un sitio, te quedas. Ahora que lo pienso, hasta con hija íbamos en ese plan, empezamos a reservar tras una noche épica en California en la que nos vimos a punto de dormir en el Chincue con niña de 6 años. Pero divago:  evidentemente llegamos a Benarés sin nada reservado y un jet lag del diez, y acabamos en un hotel que no estaba en los ghats. Este es el primer paralelismo con Jeff, al que un amigo en Londinium también aconseja que se quede en el lío, pero al principio no lo hace.

Ricksaw

Igual que a nosotros, esto le da la oportunidad de experimentar el tráfico de la India en ese primer viaje del hotel al río. Él lo hace en uno de esos coches enormes que hay por allí, los Ambassador, mientras que nosotros lo hicimos, para nuestro horror, en ricksaw: consiste en un carrito (donde van hasta cinco personas) tirado a pedales por un pobre hombre. Ricksaw metáfora de la sociedad: turistas obesos yanquis cómodamente sentados mientras que un escuálido indio pedalea (o rema, esto se extiende a los barquitos - cómo no recordar aquí a nuestro querido F. remándonos en la Zodiac hará ahora dos años, snif). Sentimientos de culpa atroz cada vez que yo era uno de ellos (prefería el auto-ricksaw, con motor), pero era imposible moverse de otra manera: en Benarés no había (hay?) nombres en las calles, imposible salir del hotel o, más importante, volver, sin que te llevasen a cuestas. 

Auto-ricksaw, con motor

Las decripciones de Jeff de la locura del tráfico son muy parecidas a las de mi diario: todos los vehículos están continuamente pitando para nada, porque nadie les va a dejar pasar, no hay sitio delante ni detrás, pero hay que seguir pitando, hay tantos que el pitar se hace "tanto superfluo como esencial". No hay aceras, no hay prohibido el paso ni preferencia, pero nadie se para, se está siempre a dos cms del vehículo de delante. "Lo que en Londinium hubiera consituido casi un accidente, aquí era una oportunidad para reconocer la cortesía de otro conductor". Pero el tráfico solo era atrezzo para el resto: "todo esto se veía disminuido por el mogollón que estaba pasando a ambos lados de la calle: era todo tan enloquecido, brillante, colorista, a un volumen imposible".  Allí, "todo el mundo está terriblemente ocupado en algún negocio, aunque sea el de estar sentado, o barrer el suelo con una especie de escoba corta, atendiendo un chiringuito donde se sientan tus amigos, sin bebidas y a menudo sin clientes.  Benarés es la ciudad con más color de todo el mundo". Eso sí, Jeff y yo coincidimos también en que es uno de esos lugares donde a menudo bajas la cámara, y te resignas a no hace la foto: no se puede.

Oh Blogger, dónde estabas?
Cuando se baja del Ambassador, paradójica e inmediatamente Jeff se siente como realeza: todo el mundo quiere darle la mano.  Es así: cuando viajé por India constaté lo terrible que debe ser la fama (hoy, que todos los críos quieren ser famosos en TikTok o Insta), el horror de que te estén mirando todo el rato. Era una época en la que no había demasiados turistas (y menos en las zonas más cercanas a la frontera, como Jaipur o Jodphur, la parte con la mejor arquitectura musulmana) por un medio conflicto con Pakistán y los blancos llamábamos mucho la atención. Cuento en el diario que uno de los primeros días en Benarés, en un templo, había una familia que nos miraba de lejos,  cuchicheaban y reían, y en un punto vino el hombre medio arrastrando a la niña de 14 años, que "me quería pedir un autógrafo". Qué verguenza, les aseguré que no podía, que yo no era famosa ni nadie (os preguntaréis, cómo?- aún no existía este blog, quiero decir). Les daba igual, por favor, lo entendían, pero firme aquí (por una vez, no en un cheque). Tras terribles momentos de mortificación, divagantes, acabé firmándoles, no solo a ella, sino a bastante gente durante el viaje, para qe nos dejaran en paz, y haciéndome fotos con desconocidos, familias de desconocidos. En concreto, el día del Taj Majal (donde pese al sari - puedo explicarlo todo, párrafo de abajo-, parece que no logré la deseada fusión con los nativos) fue tan intenso que el Peda acabó ofreciéndose a él mismo para que me dejaran en paz. Y los tíos aceptaban, y ahora río imaginando al Peda aún enmarcado en salones de familias respetables.

Yo solo venía a por un fular
Jeff pronto descubre que lo que quieren con lo de la mano es venderle algo, y aunque hay situaciones genuinas como la gente que por alguna oscura razón quieren fotos con turistas, es cierto que todo en India es transacción. Desde que pones el pie en Benarés te están ofreciendo un barquito: aunque te vean bajar de uno, ellos vienen y te ofrecen paseo en maldito barco. El del ricksaw te acabará llevando a la fábrica de seda de su primo aunque no quieras, es inútil resistirse, y si solo pensabas comprar un fular para la yaya, saldrás con un sari que, bueno, se podrá usar como cobertor o algo.  Si crees que alguien te da conversación y se pone un paso por delante de ti, enseguida se eregirá como guía y querrá unas rupias por un servicio que ni has contratado ni quieres. Esta sensación la tuve de nuevo en Marruecos hace solo dos años, y muy acusada en Cuba, donde todo era también comercio. Allí la cosa era tan dramática que salías de noche por los bares y no sabías si estabas ligando por tus propios méritos o que luego tendrías que pagar: le quitaba toda la diversión al tema. Lo mejor de los viajes es las conversaciones con extraños, pero llega un punto en que las evitas, aunque esta actitud no es la adecuada: solo es un ejemplo más de la mentalidad occidental imbécil de "queremos nuestra experiencia, a nuestra manera". Aún querríamos ir allá y que nos ayudaran a llenar nuestro diario o blog a cambio de nada, cuando exudamos riqueza, aunque no nos hayamos duchado en tres semanas. Todo eso es desolador y reflejo de algo que no funciona, pero ellos no tienen la culpa y tú no tienes derecho a quejarte cuando estás allí como un gilipollas para encontrate a ti mismo o para que te encuentren en Instagram.  

Colada matinal en los ghats
En los ghats, tabién a Jeff le pasa lo mismo que a nosotros: en un punto terminas en unas especie de edificio ruinoso, desde los agujeros en la pared (llamarlos ventanas, no) de la primera planta puedes ver el río, y entonces un hombre viene a explicarte que eso es un asilo donde viene a morir la gente, y acto seguido hace su entrada una pobre anciana, en toda su fragilidad, y resulta que va a morir en breve, pero que necesita que alguien pague los nosecuántos kilos de madera para su pira funeraria. Ella asiente. Y nosotros que pasamos por ahí somos los que pagaremos parte de esa madera, y el hombre pide una cantidad astronómica -o lo que nos pareció astronómica entonces, recordermos que cuando se viaja, la valoración del dinero cambia radicalmente, y se establece una métrica en la que todo se compara con "podría comer por esto" o "podría dormir por aquello" (en India alcanzamos lo que permanece como nuestro récord imbatible por habitación doble con -atención, claro que había que verlo- baño privado: 80 pesetas). Si en India te sugieren que existe la posibilidad de gastarte, no sé, 150 euros en unos pantalones, directamente te tiras al Ganges:  de vuelta, te los gastarás, y esa dualidad luego te da en la cara cuando estás pasando la tarjeta en cualquier cosa superflua aquí en occidente. En fin, que algo le damos al hombre, aunque no todo lo que pide, y él se queda enfadado, otra constante en India. En todas tus interacciones, des lo que des, la otra persona queda descontenta, y tendrá razón. Es el precio que tienes que pagar por la Injusticia con mayúsculas que supone vivir en este planeta, y hay que asumirlo con gracia. 

Sobre-estimulación de los 5 sentidos
En Varanasi Jeff conoce a distintos viajeros, con los que hay un pacto implícito de no preguntarse sobre profesiones o la vida anterior (lo que genera obviamente una gran curiosidad y número de hipótesis en tu cabeza). Se hace amigo de una chica inglesa de origen indio y un yanki que se quedan en su mismo hotel (por fin se cambia a uno al lado del río) y allí les pasan cosas juntos, como  ese lassi de Bhang que les mete un viaje nivel unicornio- si hay una razón por la que volvería a India es por el lassi, y eso que no lo probé con Bhang-ya estaba bastante sobreestimulada, espero que quede claro con este divague. Mayormente, hablan en la terraza del hotel con cervezas que se han traído de una tienda porque cuestan un tercio menos que en el hotel (pongamos que ahorras 30 céntimos), pero como digo estas cosas importan cuando viajas.  Algunos días se incluye en el grupo gente que viene y va, como una japonesa, toda estereotipo, cuya manera de estar en el mundo era justo la opuesta a la mayoría de la gente que Jeff había conocido hasta entonces ("la única razón de la existencia-especialmente para los artistas-era dejar una marca, llamar la atención sobre sí mismos"). De entre la fauna internacional que se encuentra en los ghats hay una chica tan "crustie" (esa suciedad del iluminado que se queda ya pegada como una costra, fiel a los "estándares internacionales de guarrería", directamente proporcional al tiempo que lleva un mochilero allí) con la que sin duda querría follar en la vida normal, ducha mediante. En la iluminación me ha recordado a un español que llevaba ya allí un tiempo y "caminaba descalzo" para "poder estar en comunión con la tierra". O al inglés que iba con una típica bolsa de cartero del Royal Mail británico, esos bolsacos rojos inconfundibles con los que traían las cartas-hoy en día los paquetes de Amazon. "Todos caminan despacio, el ir colocados seguro que ayuda", porque cualquier amago de rapidez ya representa ese mundo nuestro que ellos han dejado atrás. Imposible entonces no recordar a esa gente que conoces viajando y que, por unos días, se hacen imprescindibles en tu vida. 

Ejercicio de nostalgia
Me encuentro en mi diario la anécdota de Lucknow, que no cuento porque esta daría para un divague completo, y la de aquello que pasa a todos los viajeros por este país, por más cuidado que tengas: vengas de donde vengas, vayas a donde vayas, siempre hay un extranjero languideciendo en su habitación como resultado, "cayendo como moscas, bueno, no exactamente, las moscas prosperaban".  En el vuelo a Delhi fui leyendo un libro que me dio Steve, un amigo ("Are you experienced" ) sobre un chico que se va a la India siguiendo a chica en pos de la iluminación. Ahí aprendí el nombre de "aquello" en inglés que no deja espacio a la imaginación:  "The Shits" y me prometí que solo comería en lugares que apareciesen en la Rough Guide; pero es inútil, viene siendo como lo del sari. Luego, la descripción del pobre Jeff y esta maldición que tiene nombres más bonitos en otros lugares ("la venganza del faraón o de Moztezuma") es épica; la mía os la ahorro. 

Jeff también visita templos, y como todos, alucina -sin necesidad de Bhang- con la locura de esta religión ("primitiva, oscura, fría y húmeda. Era ridiculo aspirar a la mentalidad que hizo posible ver estos rituales como sagrados. No, esta era una fase a través que nuestra especie al final superaría"). Se horroriza con la deformidad que ve por la calle, que desafía la comprensión, y este es otro de mis recuerdos más vivos, así en abstracto. También habla de la horrible fascinación que ejercen los perros en Benarés, en un estado de infección y enfermedad salvaje continua. Aquí una imagen y una reacción mía que que nunca me dejarán: un perro que se movía grotescamente por entre la gente y los charcos con tres patas y, yo, en ese momento, rompiendo a llorar. Lo que no había hecho ante mutilados, la personas con las que un dios colorista pero malvado se había cebado, me salió con este pobre animal, supongo que la acumulación de un par de días en aquello que, por mucho que nos empeñemos, no es un decorado. 

Dyer dice que hay solo un número limitado de momentos que cuentan, y que definen nuestra vida: estoy de acuerdo, y cuando te pasan, igual no te das por aludida, pero pronto se hace evidente que van a estar contigo para siempre. Claramente, yo no alcancé nada remotamente similar al Nirvana o la iluminación en Benarés, en contraposición con Jeff que al final "no recordaba nada: tener recuerdos era una manera de apego, una forma de deseo. No tenía necesidad de ellos". Yo tengo mi cuaderno, y ahora me siento como arrancando sus páginas y lanzándolas por la ventana en un día de viento para que alguien, ahí al otro lado siga de mi mano experimentando esa manera de apego, esa forma de deseo. 



06 abril 2021

"Amor en Venecia, Muerte en Benarés" de Geoff Dyer. Hoy, Venecia y ... póngame otro bellini

12 divagues
"Jeff in Venice, Death in Varanasi"
(título que por una vez han traducido bastante aproximado: solo han cambiado un nombre propio (el del prota, "Jeff") por un nombre común ("amor") es una novela de 2009 del autor inglés Geoff Dyer que, divagante, has de leer. Como el título indica, la experiencia es la de leer dos novelas independientes, pero unificadas por la particular visión del mundo de Jeff y por la sensación de nostalgia que ambas causan en el lector ahora, en este momento en el que estamos varados cada uno en nuestras ciudades. La realidad es que no hay ni posibilidad de protagonizar una novela de viajes ni, menos ambiciosamente, de divagar sobre el viaje que sea en una terraza (lo sé, para alivio vuestro). Pero yo he sentido una añoranza infinita y terrible de estar "en la carretera" y,  sobre todo de las cosas que pasan en ella, de hablar con desconocidos, de la indecisión ante un menú, de perderme por callejuelas, de habitaciones dudosas con ventilador en el techo. 

En particular, la segunda parte -en la que obviamente Jeff está en Benarés- ha sido muy intensa: he vuelto a Octubre de 2002, no solo con la lectura sino también desempolvado mi cuaderno (en aquella época no había blog, felicitaros). He leído (probablemente por primera vez, de ahí que os entienda) lo que el autor me ha recordado tan bien, y he vuelto a Benarés. En algunos momentos de la lectura estaba tan emocionada, que casi tenía que parar porque las yemas de los dedos me pedían teclado: necesitaba escribir sobre mi Benarés sobrepuesta a la Varanasi que describe Dyer, tan tan similares - algunas observaciones exactas (las suyas, infinitamente mejor escritas). Así que he decidido separar las dos partes, y este divague lo dejaremos para mañana (hasta yo me doy cuenta: tengo que dejar de escribir entradas de tres mil palabras). Será un poco divague-metadona después de tanto tiempo sin escribir sobre El Viaje, a ver qué sale. 

Mientras tanto, hoy, Venecia. Jeff es un periodista londinense freelancer de unos 45, especialista en arte, que va a la Bienal de Venecia con el objetivo de producir algunos artículos sobre las exposiciones y entrevistar (tras años en el gremio, intentando impresionar con su inteligencia al entrevistado, se ha dado cuenta que la mejor técnica es hacerse pasar por idiota) a una vieja diva venida a menos que le confiesa que no tiene "capacidad para el aburrimiento", porque puede pasarse un día entero mirando a una pared y no le afecta (mis antípodas, yo ya estoy hiperventilando de leer esto), claro que uno necesita un mínimo de descontento para producir arte. Y ya está, no hay más: la novela va de esto y sus observaciones de exposición en exposición y de fiesta en fiesta. Ah, y como el traductor sin escrúpulos del título al castellano no ha dudado en chafar, se enamora.  

Así como mi experiencia en Benarés fue casi un calco (por lo menos sus impresiones del principio, yo no me quedé meses) de la de Jeff, la de Venecia no tuvo nada que ver: estuve allí con un grupo de gente de mi edad con 16 años, sin dinero, en un hotel tirando a inmundo (luego iba a volver exactamente hace un año para una celebración, pero se paró el mundo). En las antípodas de la experiencia de estos críticos de arte de fiesta sofisticada a fiesta sofisticada, siempre barra libre de bellinis (cocktails a base de prosecco con melocotón), siempre diciendo la frase más inteligente ("era un buen punto, pero conversacionalmente terminó en un vacío"), o más gilipollas (no olvidemos el catálogo de la exposición de Hirst). En un punto Jeff comenta que una pieza era "pueril, pero el hambre de éxito del autor era voraz. En circunstancias históricas diferentes, un grupo de estos artistas podrían haber tomando el control del Reichtag o dominado Camboya con una crueldad sin precedentes".

El libro ganó nosequé premio de "escritura cómica", y aunque no es lo que esperas de un libro "cómico", lo cierto es que la visión de la vida de Dyer es a menudo muy graciosa (tal vez por eso haya Dyer hecho click conmigo; además fue un chico de las "grammar schools" que ganó una beca para estudiar literatura en Oxford). Por ejemplo, su auto-escarnio ya en el aeropuerto, feliz porque logra colarle en la facturación una bolsa a la azafata: "
Geoff Dyer: me caes bien
sin otro objetivo en la vida, esta estaba llena de triunfos y éxitos como este".
 
Vuelo a la bienal, donde todo es exceso y magia en un avión de Ryanair & Co. donde "los recortes de coste eran increíbles, derrochadores incluso. No se había reparado en algún gasto" ["The cost-cutting was amazing, extravagant, even. No expense had not been spared"]. O los mismos bellinis, a los que llama en un punto "these little fuckers" y aquí suelto una carcajada: ¿quién no se ha sentido así alguna vez en uno de esos eventos donde has copas siempre son demasiado pequeñas? 

Su filosofía de vida no es solo divertida, también tiene sus ratos de profundidad. Como su día de viaje, en el que está todo el rato deseando que pase a la siguiente fase [primero querer que termine el vuelo, luego el transfer, luego el bus], y se pregunta, ¿cuándo llegará el momento en el que me quiera quedar? (lo que viene siendo, cuándo seré feliz, según Wilde esos escasos segundos de la vida). Yo he estado en muy pocas bodas en mi vida (gracias UK!) pero siempre tenía esta sensación: "cuándo se pasa la misa, las fotos, el cocktail, lo que sea", y al final me di cuenta que mi problema era este: me aburrían las bodas.  Pues eso, ¿cuántos momentos hay en la vida en los que "nos queramos quedar"? Muchos, afortunadamente, pero en un día de vuelo o en un bodorrrio: no. Jeff también se plantea su edad (no me toquéis el tema, me adentro en un mes sensible), y reflexiona que empezaba la fase "vaga" de la vida: tenía una vaga idea de las cosas, vagamente recordaba algún nombre... era como estar vagamente borracho todo el rato. Bienvenid@s a mi mundo. Y también suscribo su frase lapidaria: "Lo que te puedes permitir es una manera de expresar lo que deseas algo". Cuando la gente (en particular, mi madre) me pregunta, pero por qué no te compras esto o aquello, la respuesta es esta: no lo quiero lo suficiente. Supongo que no me importa gastarme una pasta en vuelos pero, en ese bolso? en esa crema? en ese coche? No.   

En un punto -obviamente en una fiesta, donde todo pasa en la bienal-, Jeff conoce a Laura, una chica de California, y desde entonces sabe que lo que quiere hacer durante el resto de la bienal -y de sus días- es estar con ella. Después de la primera conversación en la que Jeff siente esa energía brutal entre dos personas que conectan (¿flechazo? 
¿crush? ¿química? ¿cómo se llama ahora?), ella le dice aquello de no cambiarse los teléfonos y dejar que el siguiente encuentro fluya por casualidad. Él protesta: "imagina que por mala suerte no nos cruzamos en ninguna fiesta más, y cada uno volvemos a nuestra ciudad pensando en lo que hubiera pasado", y ella, que se ha visto todas las pelis del párrafo de abajo: "eso sería aún más romántico" (yo entonces pienso en un divague de aquí, pero no pongo el título por si alguien no corrió a leerlo y le fastidio el final). Cuando por fin se encuentran (porque claro que se encuentran) Jeff: "Me di cuenta que la única manera era esperar que tú me encontraras a mí, dejar de buscar. Pero de alguna manera nunca dejé de buscar". Yo me derrito.

Porque por supuesto, esta escena es imposible que no traiga al lector otras novelas o pelis con este mismo planteamiento:  una de mis sagas favoritas, las tres pelis de "Before" de Linklater, donde tampoco se cambian los emails. "Brief encounter", otro encuentro causal en un tren - la prota se llama casualmente Laura. En el París de "Rayuela", Oliveira y La Maga "andaban sin buscarse sabiendo que andaban para encontrarse" o en el maravilloso relato (como todos)  "Manuscrito hallado en un bolsillo" del Gran Cronopio en el que una pareja que sufre el flechazo en el metro no podrá seguir su relación a menos que coincidan otra vez sin forzarlo. Supongo que este recurso de dejarlo todo al azar nos toca a todos, porque quién no ha pensado alguna vez qué nos habría pasado, Ilsas del mundo, si no hubiéramos cogido ese avión. 

Durante los días de la bienale, Jeff y Laura beben una cantidad ingente de bellinis, se meten coca en yates, follan creativamente en hoteles, y sobre todo hablan. De todo esto, me quedo con varias cosas, la primera, ganas (ansia) de los bellinis y su parafernalia, de estar en una sala con más gente, de ir de un grupo a otro, incluso de escucharles decir sandeces sobre el arte, de hacerte pandilla y cambiar de fiesta, de no ver la hora de irte al hotel. Me ha recordado [tristemente con muchas salvedades, nunca bellinis gratis] a algunos congresos en los que he estado, y es todo un poco así, pero sin gente guapa ni arte. Hace tiempo que no voy a congresos con noche y, hace dos años, no hubiera tenido particulares ganas de volver, pero supongo que este último año está obrando cosas extrañas. También me quedo con la aparence facilidad con la que Dyer escribe sobre sexo, en contraste con mis evidentes problemas: en estos divagues que hago intentos desesperados de ficción (pujan en número de lectores y comentaristas con los de viajes- carraspeo- venga, va, ya lo dejo) voy sorteando el tema sexo y "dejándolo para más adelante" porque, sinceramente, no sé cómo hacerlo bien y menos cómo luego darle tranquilamente a "publicar". Pero en cada entrega me doy cuenta que no puedo tener a ese elefante en la habitación, porque no es normal que una protagonista de 25 no tenga esa parte en su vida.  Dyer consigue que no sea cursi, aunque tal vez un poco pasado (para ello la cocaína ayuda, sin duda), ni blando. Por último, me quedo con el personaje de Laura, está claro que el prota la está viendo con esas gafas tintadas del enamoramiento primero (no hay mayor unreliable narrator que el enamorado), pero es que todo lo que ella dice es interesante, ingenioso, con un punto enloquecido y de vuelta. 

Una de los conceptos que más me han gustado del libro ha sido "la vida, en su mejor versión,  va de nunca querer volver a casa". Me ha recordado a aquella de Paul Bowles: "Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”.  A mí esto me pasó cuando viajamos varios meses por latinoamérica: llega un punto en el que la carretera es tu vida y ya no concibes otra manera: no quieres volver a casa- tal vez una vez fui viajera. Pero la aproximación de Jeff no es la del viajero, a no ser que tomemos el enamoramiento como un viaje (que estoy dispuesta a comprarlo), sino porque es feliz:  lo está pasando tan bien en Venecia, que teme -correctamente- que cuando llegue a Londinium, todo se transforme en una calabaza... no digas que fue un sueño, Venecia ocurrió. Por fin no está en ese vuelo o ese bodorrio del que quieres solo escapar.  

Y como tal, los últimos momentos con Laura los pasa debatiéndose sobre cómo van a quedar las cosas entre ellos... porque pedir azar en una ciudad pequeña vale, pero a nivel global? Jeff reflexiona: "a strange modern form of intimacy -not victorian at all- that made it easier to lick someone's ass than to ask when you might see them again". Cuando Laura se va, él ha pasado, como las entradas a fiestas que admiten a uno y a un invitado, de "+1 a -1, paseando por la abarrotada ciudad vacía". Snif, paseo de la mano con él. 

A Jeff lo han vaciado por dentro, pero no es "Muerte en Venecia" sino en Benarés, otra ciudad toda callejuelas y barquichuelas, tan similar y tan diferente. Y esto nos espera al doblar la página. 

~~~ Continuará~~~