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18 julio 2020

100 años



18 de Julio de 1920 + 100 = hoy. 

Hoy, has de saber que es un día anodino más, cuyo único mérito es ser sábado, en el que unos caminan preocupados, otros miran tristes por la ventana, y todos conviven con la incertidumbre. 

Pero hoy, nosotras -porque hoy este divague es de dos-, nos debatimos entre la felicidad de haberte tenido -nunca sabrás el bien que nos hiciste- y la nostalgia. Pero al final gana la celebración porque hoy, hace exactamente 100 años, nació la princesa de los ojos azules, muy cerca de los tules del mar. 

Y hoy, para celebrarlo y para celebrarte, tres cosas. La primera, un poema de otro-siempre me cuesta atreverme a acercarme a ti con cuatro líneas torpes mías. La segunda, -y esta viene de "la pequeña"-, una canción cuyo título y espíritu te resume. Y la última, descorchar una botella, porque tú recordándonos cómo se celebran de verdad las cosas -"si no bebes champán, no vas a poder ir nunca a ningún sitio: no seas ridícula!"-siempre nos hará sonreír. 

Va por ti, love of our lives.


En todas las ciudades
que he pisado
me ha parecido verte:

un autobús que arranca
y que no cojo,
o un ascensor cerrándose,
o doblando una esquina hacia
la noche,
o al fondo,
entre humo y voces,
de un bar de madrugada...

En cualquier sitio, siempre,
tu imagen que aparece
y desaparece.


Karmelo Iribarren


04 marzo 2015

Mensaje hallado en un bolso vintage. Un relato.

Se pasó tres días viajando hasta que llegó al pueblo. Podría haberlo hecho en menos tiempo, está claro, pero no hubiera sido lo mismo. Así resultaba casi un viaje de aquellos antiguos, de los que le contaba la Tía Férula que se hacían en barco para venir de la Argentina. Ella lo sabía de primera mano porque su marido, con su gran familia, habían cruzado el Atlántico varias veces, hasta por fin establecerse de nuevo en España. Y dicen que al pisar tierra se caminaba de lado a lado, como si siguieran sobre las olas, borrachos de mar al igual que los 30 días anteriores. O eran quince: ya no se acordaba.

Por qué no escribió las historias de la Tía Férula cuando se las contaba? Historias de sus múltiples vidas (no porque fuera una agente doble, pese a que una vez en pasaportes le dijeran que haría la perfecta espía por el cambiante color de sus ojos) sino porque, mientras que ella había nacido, crecido y probablemente moriría en una ciudad -con sus comodidades y sus incovenientes- la Tía Ferula se había movido en muy distintos escenarios.  

Historias de la Tíá Férula sin escribir. Historias de su infancia, el colegio de las monjas donde llevaba uniforme con capa, y una de ellas le decía "sé buena pero no te vayas monja". Historias de su primera adolescencia aún en el colegio pero metiendo el dedito en la vida de esa ciudad mágica con lagartos de colores y catedral-castillo-encantado, la más europea de la península. Historias de la guerra, que estalló exactamente un año después de su quince cumpleaños ya en "la montaña", aquel pueblo fronterizo donde fueron a buscar el aire limpio para salvar a su madre de un mal del corazón. Historias de los que pasaban al otro lado, que un día fue La Ilustración y entonces era la salvación. Historias de cómo un apuesto joven que decía "cheee" continuamente, llegó al pueblo con sombrero y poncho dirigiendo la tala de todos los árboles de "una montaña que su familia había comprado". De cómo conoció al misterioso bonaerense, hijo de españoles que, tras haber hecho fortuna, decidieron "volver a morir a España". De cómo el padre de Tía Férula "contrató a una espía" para comprobar que era de buena familia, y no un impostor de allende los mares. 

Historias de su vida que a partir de su boda, con 25 años, "no te cases antes, a mí me dio tiempo a todo" en una parte de la piel de toro que se hablaba otro idioma, el mismo que en el pueblo fronterizo y en la ciudad mágica les obligaban a hablar por la calle. Historias de "la finca", donde iba a llevar las riendas, las cuentas, la organización y todo,  por muchos años.  Historias de la vida de la gente pobre de los pueblos cercanos que trabajaba para ellos, y de la gente bien de la ciudad de provincias, donde eran invitados a cenar cuando venía Evita Perón o similar. 

Y por fin, los útimos anios en una casa en las afueras de la ciudad de provincias, a la que los muebles de la finca le quedaban grandes. Pero la Tía Férula no era de las de tirar. En los cajones de sus armarios, de sus cómodas, de la alacena, había ido cuidadosamente guardando una vida, quién conoce las razones de los que almacenan. Recordar, agarrarse a las cosas que simbolizan tanto, a los momentos en los que con ellas fuimos felices. Dejarlas como miguitas de pan, como piezas de puzzle para que alguien lo recomponga. Algún día. Ahora ella volvía para recordar, para volvérsela a encontrar. Pero no se imaginaba hasta qué punto.

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Llueve a cántaros y ya es de noche cuando la deja el taxi en la puerta de la casa de la ciudad de provincias, en las afueras. Marina, la vecina de siempre, ya está en la ventana y sale corriendo con la llave.
-De verdad que no quieres venir a dormir a mi casa?
-No, gracias Marina, estaré bien aquí...
-Yo te he puesto la calefacción ya por la mañana, así que frío no pasarás... te he dejado yogures en la nevera... y en el horno tienes tortilla de patata... como me acuerdo que te gusta fría...
Ella sonríe y asiente. En realidad el tiemblan las mejillas y no sabe si con la sonrisa, acabará sollozando. Pero no.
-Bueno, que estás muy cambiada... ya comes? Te veo muy delgada. Mañana hablamos más tranquilas. Te he hecho tu cama, la de al lado de tu hermana. Ah, y te he dejado también una toalla. Cualquier cosa, llama, que estamos al lado... ay! si te conozco desde niña! Hija... cómo sentí lo de Tía Férula... la calle no es lo mismo sin ella. Con lo que la queríais tú y tu hermana... Venga, me voy...

Ella sube las escaleras y da la luz de su antiguo cuarto: deja allí la maleta y el abrigo. Se descalza, el suelo está helado. Huele un poco a cerrado: ha pasado más de un año. Casi de puntillas entra en la habitación de la Tía Férula: está exactamente igual que la dejó. Pone la mano en el tocador (el tubalé, como ella lo llamaba) que aún tiene las fotos suyas y de su hermana, una virgen de algo, la foto de boda con el Tío Che: Tía Férula va de negro. De esa historia sí que se acuerda: Tía Férula, desoyendo los consejos de su madre que opinaba que "todas las que se casan en Mayo son desgraciadas", siguió adelante con los preparativos. De poco le sirvió, se casó en Septiembre porque su madre murió aquella primavera, para salvarla de la superstición de Mayo. 

 Sus ojos recorren la habitación de nogal, la que le hicieron a medida cuando se casó en 1945: la cama, las mesillas talladas, el armario con la luna central, los sillones bajos, la sillita para el tubalé. Todo tapizado en un terciopelo verde gastado. Todo esperándole para reencontrarse. 


~~~~~~~~~~~~~~~~

A la mañana siguiente se despierta y aún es de noche. No ha podido casi dormir, tanta es la emoción. El espíritu de la Tía Férula no vaga por la casa: ojalá esto fuera una novela de Isabel Allende y se la hubiera encontrado por la noche. Pasan las horas y un sol que es pura alegría se mete por los laterales de la persiana. Cuando la levanta y quita los cerrojos de las contraventanas se encuentra con el cielo más azul que ha visto en meses, y árboles, y los sonidos del pueblo: los pájaros, una sierrra mecánica que debe estar podando, un timbre de bici. 

-Hola???? Estás arriba?
-Sí, sube Marina
-Qué tal has dormido? te has comido la tortilla?- la voz se acerca mientras sube las escaleras
-Sí, estaba muy rica, gracias.... me he guardado algo para luego
-Te traigo pan.. pero qué lío tienes aquí!

Ella está de pie al lado de la cómoda: lleva el pelo recogido con una pinza, una camiseta blanca y vaqueros viejos. La cama está llena de cajas abiertas, las tres puertas del armario abiertas, la del centro de par en par, los cajones de la cómoda colgando.

-Sí, bueno, he venido a ordenar todo lo de Tía Férula... lo que no sirva lo daré a alguna organización y lo otro...
-Lo otro? A qué te refieres?
-Tía Férula lo guardaba todo.. me estoy encontrando aquí objetos del Siglo XIX, para que te hagas una idea...
-Y eso para que lo quieres, hija mía? Vale algo?
-Para mí, no tiene precio...

Marina se va, sin entender nada. Durante los siete días que ella pasa en la casa, prácticamente sin salir, se encarga de dar vuelta para asegurarse de que ella come. Pero eso no es en este momento una prioridad: con lo que ha llegado ella a comer en esta casa. Tía Férula cocinaba como nunca nadie volverá a hacerlo para ella: nada puede competir con los sabores de la niñez. Se hace tostadas con aceite y azúcar con ese pan tan rico y bocatas de jamón, de queso... come puramente para poder seguir en ese viaje que va a hacer sin salir de esa habitación. 

La maniana soleada inicial abre la cómoda. En el cajón superior izquierdo hay papeles y muchas cajas y cajitas. Y aún más en el izquierdo. En los cajones inferiores hay mil papeles sueltos, clasificados en sobres, en carpetitas azules de gomas. Tambien hay ropa interior y medias, algunas verdadera antiguedad, de aquellas que se llevaban con liguero pero aún no existía la silicona que llevamos ahora. Hay muchas carteras de piel, en total 10 o 15. Dentro de ellas hay dinero antiguo, tarjetas de visita, fotos de carnet. En las múltiples cajas de madera hay un misceláneo, un maremagnum, un campo de Agramante (expresión que usaba la Tía Férula para referirse a las habitaciones adolescentes) de distintos elementos: anillos, pendientes, navajas, botones, colgantes, cadenas, hilos, agujas de coser y una auténtica colección de agujas de poner en la blusa o el abrigo- algunas preciosas, con toques orientales. En ese momento decide comenzar a clasificar: una cajita para cada obsesión, que ahora pasa a heredar y a hacer propia. 

Encuentra estampitas religiosas, rosarios, y aunque no le extraña, ella sabe que la Tía Férula no era ninguna beata. Había recibido información de una de dentro (aquella monja) y lo suyo era "hay que creer en algo, en Dios o en el Diablo", pero sin mucha convicción. Hay también alguna revista y periódico antiguo: por mucho que busca no logra encontrar una publicación que recuerda de su infancia de cuando el anterior papa visitó España en 1982. Hay unas navajas de nácar con forma de pez y de zapato de tacón, respectivamente. Mecheros de aquellos de gasolina. Llaveros y... un pin del Barca! (esto no parece tener valor histórico). 

El dinero antiguo comienza a apilarse, sale de todos los sobres, billetereas, y cajas. La Tía Férula era toda una coleccionista desorganizada! Muchos tendrán menos material pero bien ordenado y sistematizado... ella no. Billetes de cien pesetas, uno del anio 1937. Moneda extranjera (era entonces agente doble? ella sonríe con la idea... seguramente son sobras de nuestros viajes posteriores). Monedas de cartón de la República. 

Hay pañuelos de esos que ya no se usan con las iniciales bordadas de los padres de Tía Férula. Ella encuentra un documento de identidad de su padre, nacido en 1872. C.O. y J.S. Algunas piezas del puzzle empiezan a encajar, alguna cosa a tener sentido. Pero, aquel pañuelito gris oscuro, muy usado, que parece más bien de miliciano... por qué está guardado? Quién llevó ese pañuelo? Tal vez su padre cuando hizo la mili en Africa? Porque también encuentra un documento que acredita que el padre de la Tíá Férula había recibido buenas referencias tras Africa, "sabe leer, escribir y tiene buena higiene personal". Esas cosas se escribían hace 100 años. Y  encuentra muchos más pañuelos de cuello, bufandas, fulares: algunos hasta los recuerda en la Tíá Férula, de otros le viene la imagen del mercado de Bangkok donde los compró ella misma.

La parte central del armario, escondida tras la luna donde ella tantas veces se miró en el pasado (el mejor espejo de la casa), esconde un tesoro tras otro. Las mujeres del pasado bordaban juegos de cama maravillosos, y manteles, y hacían puntillas, y muchas más cosas de las que ella no sabe ni el nombre. Las sábanas de hilo con las iniciales de la Tía Férula y las de su madre son piezas de museo. Pasa las yemas de sus dedos por encima y piensa en el vuelco que ha dado el mundo, en esta parte del mundo, para algunas mujeres afortunadas, como ella. Sigue el bordado y lo que daría por fotos de la Tía Férula y su madre bordando aquel ajuar. 

Pero encuentra mil fotos de carnet. Qué mirada la de Tía Férula. Pero por qué se peinaban así? Se asusta con una foto en la que tienen ambas la misma edad. Qué pronto envejecían entonces.

En las estanterías, bien envueltos están los bolsos. Hay algunos tan bonitos, los modernos los llamarían vintage. Jacky Kennedy, Coco Chanel... todas desfilan en su cabeza a medida que saca los bolsos. Dentro de ellos hay muchas de esas cosas que está clasificando en las cajas de madera: dinero, tarjetas de visita, una cajita metálica de Pastillas Juanola... y en casi todos, un espejito con su peine. Ay Tía Férula, presumida. 

En algún punto decide empezar a hacerse selfies: aquel sombrerito de terciopelo con redecilla hacia la cara no puede desaprovecharse. Y... un momento, qué es esto? Pensaba la gente que Jean Paul Gaultier había inventado algo con el corsé de Madonna? Tíá Férula lo tenía ya, de seda blanca. Sube la música de fondo y, entre risas se lo prueba. Risas porque ni de lejos lo llena, pero en los selfies trabajados, con juego de espejos que le envía a su hermana, parece que sí. 

Y cajas dentro de cajas, como un juego de muñecas rusas: en una de ellas encuentra un camisón de algodón blanco de la madre de Tía Férula. Se emociona de pensar que tiene Historia entre sus manos. Y entonces, la última, allá en el fondo, esconde una sorpresa más: Tíá Ferula, que se casó de negro porque su madre no quiso que lo hiciera en Mayo, llevó un camisón blanco de noche de bodas que cualquiera hubiera usado feliz para casarse. En el selfie de turno se aprecia el vuelo, la caída de la seda, las puntillas del pecho. 

Ella da vueltas sobre sí misma para que vuele el vuelo, reflejándose en la luna del armario que se mira en la de la cómoda. El espíritu -de otra clase de los de Allende- de Tía Férula, después de los días que ha pasado abriendo cajones, cajitas, sobres y puertas, está por fin con ella. Pensaba reencontrarse, pero esto ha sido mucho más: abrir un regalo tras otro, a cada cual mejor. Se siente afortunada por haber podido hacer este viaje, y por haber sido la sobrina de Férula. Qué hora será, se está haciendo de día...

~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~~

-Se puede????
(No hay contestación)
-Que subo, eh???

Marina sube pesadamente las escaleras, ay esas rodillas. Se oye la radio muy bajita de fondo, las luces laterales están encedidas. A Marina se le cae de la mano el correo cuando se la encuentra, vestida de novia, profundamente dormida sobre la cama de Férula. 

31 agosto 2013

"Casa Tomada": Tomados por La Casa

Parecía una mala idea en aquel momento - era práctica, eso sí, y mataba varios pájaros de un tiro (algo que a una ornitófoba como la que firma siempre motiva). Pero pasar las vacaciones de verano en Vetusta para que mis padres se pudieran ir a la playa,  tomando la intendencia de La Casa mientras cuidábamos a la Yaya, en principio no sonaba como unas vacaciones. Vetusta, Agosto, La Casa: no era El Viaje.

Ya nos imaginábamos que iban a ser dos semanas de mucha lectura, comer bien, dormir, y poco más. Vamos, lo que vienen siendo unas vacaciones para el grueso del personal - claro que a la gran mayoría les encantan los pajarracos y a mí... les remito al primer párrafo. Mi idea de vacaciones, lejos del "descansar-sin-moverme" era el "descansar-por-cambio". Yo esto lo leí en algún sitio, cuya referencia me supera: la idea es "subirse a lomos del Viaje", sin parar. Volver físicamente más cansada de lo que te vas. Y? Como se dice, "I'll sleep when I am dead" (ya dormiré cuando este muerta). Así que enfrentándonos a algo nuevo comenzaron las vacaciones. 

Sin embargo, de repente, algo extraño que no predecíamos sucedió. Pasaron cosas que solo ocurren en relatos de escritores argentinos (y qué relato, quizás mi favorito), pero ocurrieron aquí mismo, este verano: fuimos tomados por La Casa

Teníamos todos los ingredientes para que sucesos imprevisibles tuvieran lugar: nos gustaba La Casa porque era espaciosa y antigua y guardaba los recuerdos de la Yaya, su marido y su padre, -a los que conocí siquiera brevemente o en absoluto, respectivamente-, mis padres, mi hermana y toda la infancia. 

En esta quincena, nos habituamos el Peda, Mini, la Yaya y yo a vivir solos en ella, lo que era una locura porque en esta casa podían vivir más sin estorbarse. Lo que en los dos primeros días titubeamos con timidez, acabó acampando y recibiendo el título de "pequeñas rutinas estivales." Un observador externo, inopinado, podría llegar a la conclusión de que íbamos de puntillas con el único objetivo de no molestarle a ella, a La Casa, porque de hecho, tratamos de pasar el mayor tiempo fuera de sus dominios.

La terraza fue nuestra base de operaciones. La noche antes de que se fueran mis padres movimos la mesa en el porche junto a la planta de jazmín. En la parte izquierda, a su lado, y según se sale de la cocina (la estancia eslabón, el cordón umbilical entre La Casa y nuestro mínimo grupo), estaba colgada aquella hamaca amarilla y blanca enorme (nos la vendieron por "tamaño familiar") que trajimos hace mil años del Brasil. Esa hamaca tiene tantas historias como gente ha pasado por ella, y recogerse allí debería ser lo más similar al útero materno, si una creyera en mamarrachadas retrotractivas. 

El jardín se vivía como una prolongación de la terraza, sin solución de continuidad. Ese espacio, en mi infancia estaba lleno de flores, especialmente rosas que en el mes de Mayo-mes de María, la Yaya me preparaba en ramos con papel de aluminio para sujetar los tallos. Algunas niñas llevaban unos horrorosos, enormes, de clavelones, envueltos con celofanes y mucha pompa, de la floristería llamada, irónicamente, "La rosaleda". Pero la verdadera rosaleda era en el jardín de la Yaya, y qué agradable que las rosas seguían allí, pese a la agostidad. Particular mención a unas rojas trepadoras que habrían hecho las delicias de esos fotógrafos torturadores de novios entre la misa y el restaurante: "venga, una frente al rosal mirándoos a los ojos". Otra de las razones por las que nunca me he casado: las rosas trepadoras.

Pero este año el jardín era mucho más que eso, mi padre lo había transformado en el sueño dorado de todo inglés indie, lector del Guardian y amante de lo orgánico: un alotment o huerto. Lo complicado fueron las instrucciones: había que regar cada tres días, de aquí y de allá, a tal hora, e ir recogiendo productos. Había tomates, berenjenas, pimientos, vainas, higos (!)... y más árboles que no nombro porque no tenían la condición sine quanon para su identificación: el fruto. Parecía que La casa se hinchaba de gusto cada mañana que con mi cestita recogía vainas y las hacía con patatas para primero, o cuando el Peda usaba los tomates y pimientos para gloriosas ensaladas. Prácticamente no había que salir de La Casa... si por ella hubiera sido nos habría instalado una vaca y un gallinero (morir, antes!) al fondo, cerca del cobertizo, y así nuestra autosuficiencia hubiera sido absoluta. 

Parece como que La Casa sabía que el desayuno era el momento mágico del día, cuando la relación entre intensidad y luminosidad solar con la brisita que venía de vete a saber dónde (porque del mar va a ser que no) era perfecta. Y no molestaba. Nosotros hablábamos, vagamente, planeábamos un día cuyo orden ya sabíamos estaba perfectamente establecido por La Casa, intentábamos persuadir a Mini de que hiciera su lectura y escritura cuanto antes, y soñábamos con tirarnos a la hamaca para leer otro capítulo. 

Si las labores de riego supusieron un reto, lo que dominamos desde el principio fue el tema manguera. Hoy en día, además, las mangueras vienen con "ducha champán" y con una pistola donde el que se hace con ella tiene todo el control. To-do. Pero parecía que La Casa, a pleno sol, nos envidiaba los gritos y risas, encogiéndose picajosa, así que optamos por ir mojándola cuando tocaba por sección helechos, o salpicarle cuando nos metíamos en la pequeña piscina infantil. 

La Yaya se paseaba por el jardín poco a poco, mirando sus flores y sus plantas. Me recordaba todo tipo de trucos para llevarme bien con La Casa, o banalidades del tema huerto, como que había que recoger las uvas de las parras, que mi padre había dejado cubiertas con bolsas de papel (los pájaros, malvados), confundidas por una de mis amigas con "farolillos".

Ah, porque La Casa, en contra de lo que pueda parecer,  lejos de ser un ente cerrado, se abrió dándonos el lujo y el gusto de poder "recibir" (para el escándalo de mi madre "sacan a la gente al jardín, con el calor que hace!"). Nuestros amigos se llevaron tal vez un atisbo de impresión de lo que La Casa nos estaba haciendo a nosotros y además "productos de la huerta" a cambio de sus propios productos (franca competición: mis suegros ganaron porque trajeron acelgas, mi debilité). Santiago hizo un pisto legendario (como todo lo suyo) con nuestros tomates, Carmen trajó tiramisú, los Iratis conversación (y tan a gusto que se nos olvidó darles berenjenas), el Tíovin lideró una barbacoa de "coge pan y moja" (sic) y el champán para celebrar su próximo periplo a México. Y ya que estabámos en México, qué mejor manera de viajar que con Coronita, otra protagonista de las vacaciones. Y de fondo, lo que parecía a-good-idea-at-the-time, algo inofensivo como banda sonoraen forma de 
M80 -una vuelta a los veranos de mi adolescencia-,  acabó siendo un arma de La Casa para hacernos enloquecer: si escucho una sola vez más "Eyes of the tiger", gritaré.

De repente, así, como quien no quiere la cosa, el coche con mis padres se plantó en la puerta, llenos de regalos y jolgorios e historias de la playa. Con ello, los cuatro habitantes y La Casa sabíamos que nuestro equilibrio desaparecía, nuestra homeostasis terminaba, nuestra simbiosis tocaba su fin... y que el billete de salida de La Casa se empezaba a mover en su sobre, un pálpito leve: Londinium llamaba.  

Pero estábamos con lo puesto. Me acordé de algunas libras sueltas en la cartera de Inglaterra. Ya era tarde ahora. Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche, justo a tiempo de divagar antes de que acabara el mes. Rodeé con mi brazo a Mini (yo creo que ella estaba llorando) y di la mano al Peda, y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que a algún pobre diablo se le ocurriera meterse en La Casa, esperando que fuera a ser lo mismo, y que pudiera él también ser tomado por La Casa.

03 diciembre 2012

No seas ridícula: Bebe champán!

Se acerca la temporada festiva, y divagandodivagando, siguiendo su función de apoyo y consultoría a la chica moderna, se ve en la obligación moral de contar una importante anécdota. La llevo oyendo en mi casa toda la vida pero hoy, al llegar de una comida-fiesta algo perjudicada por los espumosos, la Yaya me la ha vuelto a contar.

La Yaya, ese ser al que nunca siquiera lograré acercarme en esto del glamour, por mucho que lo intento, nació y pasó su infancia en Barcelona. Los domingos iban a comer a casa de su madrina. Para los que conozcan a los catalanes, la figura de "la madrina" y "el padrino" es muy importante. De hecho, la Yaya es mi (hada) madrina, y también la de mi hermana. Cuando nació Fashion, como yo ya tenía mis 9 años y se me atribuía cierto juicio, mis padres me ofrecieron amadrinar a la recién nacida. Los dedos de frente los demostré negándome, porque era obvio que la Yaya iba a hacer mejor en este papel de hada (a quién quieres cuando eres un bebé sonrosado, a Glenda o a "the wicked witch of the west? a Flora, Fauna & Merryweather o a Maléfica? A ver, no os exaltéis, ahora ya sé que sí, que me queréis, pero hablamos de bebés sonrosados).

 Y no es que la Yaya haya ejercido nunca de directora espiritual nuestra: le aterraba la idea de que hiciéramos monjas ("a mi una monja ya me avisó que ni se me ocurriera"), el párroco era un tipo cuyo lema era  "haz lo que digo y no lo que hago", y siempre ha pensado que confesarse no va con ella ("yo no hago nada malo, rezo dos padresnuestros y ya está"). O sea, religión a la carta... la Yaya no ha sido nunca una "misicas". Eso sí, tiene sus cosas sui generis,  por ejemplo, está suscrita al "Mensajero de San Antonio" (una publicación superñoña de una parroquia vetustil) de toda la vida, supongo, y tiene una fe ciega en el "Agua del Carmen", un licor de los monjes carmelitas que nos daba para los exámenes. Disolvía una cucharadita de cafe con azúcar en un vaso de agua, y esto se supone iba bien para casi todo. Pasados los años cogí la botellita (en imagen) y oh sorpresa, tras el nombre, en una fuente ridículamente pulga: "56 grados". Vamos, tequila. Se preguntará el divagante cómo la Iglesia no ha quitado la varita a esta hada que va por libre... bueno, hay que decir que compraba las palmas, la famosa Mona de Pascua, y los vestidos de comunión (ayuda económica para ritos y potlaches varios). Pero nuestra madrina, además de ayudarnos en esto de la fe como ha quedado ilustrado, fue y es nuestra role model vital. Un día haré un divague sobre "Cosas fascinantes que tiene la Yaya en su armario", o incluso de los zapatos "de tacón de aguja", que tenía en mi infancia.

Pero divago (mucho). Estábamos en el principio de los años treinta, cuando La Yaya iba a comer a casa de estos familiares. Según ella, la clase media barcelonesa de la época comía los domingos con champán, aunque no hubiera nada que celebrar. Hay que notar que en aquella época aún se llamaría oficialmente champán, que es como lo llamo todavía yo-me niego a lo de "cava". A la Yaya, con 13 años, no le gustaba el espumoso, y uno tras otro domingo su madrina lo intentaba:

-Una mica de xampany...

-Es que no me gusta...

-Cómo que no te gusta? Pues el champán ha de gustar! Si a una no le gusta el champán, eso es ser una ridícula! No vas a poder ir nunca a ningún sitio...

Hoy, enmedio de mi propias burbujas etílicas, por teléfono me lo ha recordado, porque claro que le acabó gustando el champán. Ves, Yaya, como se me puede sacar por ahí?... Y he acabado invocando a la enorme Mae West, porque...

"Las chicas a las que disgusta el champán van al cielo;
las chicas a las que les encanta, a todas partes"

18 julio 2012

18 de Julio de 1920

El 18 de Julio de 1920 nacía La Yaya en un pueblo cercano a Barcelona. Hoy cumple 92, y esto es para felicitarla, porque aunque ella no lo sepa-y que siga así-, es una parte vital de este divlog. Ya he dicho otras veces que la Yaya es una persona discreta a la que siempre le ha parecido fatal que yo "me meta en política" (as if), pero tiene la mala suerte de ser una de las personas más importantes de mi vida, y por eso, aquí también siempre está ella.

El otro día hablaba con alguien de la felicidad, el porqué hay gente que con menos la destilan y otros, rodeados de gente y experiencias, siempre parecen insatisfechos. No estoy descubriendo la pólvora cuando digo que tener una Yaya (y cada uno que ponga aquí lo que quiera, hermana, madre, tío, padre...) que, desde peque te va diciendo, incondicionalmente, lo mucho que te esfuerzas en ese dibujo, lo valiente que eres saltando al agua, y las ganas que tenía de verte, sea probablemente el ingrediente fundamental para luego afrontar la vida apreciándote y aprenciando (a) lo(s) demás.

El año pasado colgué algo de Manel, y este también. No solo porque me encanta escucharles en catalán (el idioma con el que nos hablaba de niñas junto a los perros de la casa-sin conclusiones please), sino porque esta canción ("Els guapos són els raros") tiene que ver con ese apreciar ciertas cosas de la vida, como tu 600 rojo y tus amigos de la "Asociación de Amigos del 600", y los niños que quieren que les des una vuelta, en contraposición de lo que nos dicen/venden que tenemos que disfrutar: un cuerpo perfecto tras horas de gimnasio y cirugía, el último gadget, el buceo, el City Break en un sitio que nos importa un pimiento, en fin... La música es preciosa y la letra... disculpen mi traducción (Di traductora traidora). No pasa res.

Felicidades Yaya!




Los guapos son los raros
Un hombre con gafas de pasta pasea nervioso por el puerto
ya hace más de una hora que su mujer espera al doctor Ramón
porque hoy se han llenado de coraje y han decidido operarse
ella se quiere quitar papada y él aumentarse el pene
pero lo que no saben es que estar buenos también puede ser un poco pesadilla.
Y los dos cantan de puta madre, mucho mejor que yo, que hacen canto coral
y bailan sardanas en la Plaza de San Jaime y lo hacen genial.

Pepe es un chico que ha echado barriga, y se pasa el día tumbado en la cama
hoy lo rodean tres médicos y un becario con bisturí
que con un rotuladore delimita la capa de grasa que le quitarán
mientras él sueña con tomarse un waikiki rodeado de tías que marcan pezón.
Pero lo que Pepe no sabe es que algunos bien plantados también tienen pesadillas.
Y el tío organiza encuentros de amigos del 600, y él tiene uno rojo,
y cuando sube al pueblo los niños le piden que les lleven a dar una vuelta.

Y no saben que los guapos son los raros
lo sabe todo el mundo, pero nadie lo dice.
Tampoco se gustan y tienen complejos por ser diferentes.
Y no saben que los guapos desafinan, no tienen swing y no bailan bien.
Tambien se preocupan y tienen psicólogos, y no pasa nada.

Y no pasa nada, y no pasa nada.



23 mayo 2012

Si por Dios y por España



Anita se secó las manos con prisa y miró por la ventana: había parado de llover. Repasó el rímel del  párpado inferior frente al espejito redondo, y se revolvió el pelo detrás de la nuca, donde había llevado tres rulos desde la hora de comer. El reloj de la torre de la iglesia dio las cinco: iba tarde. Se precipitó por las escaleras, se metió en sus zapatos topolino, y con la rebeca sobre los hombros miró por la puerta que comunicaba el recibidor de su casa con la tienda, donde la chica que atendía estaba ordenando las butifarras negras, blancas y el Bull. Hasta luego, Pepi!, y el sol de la calle la hizo sonreír. Su primer paso sobre la  cuesta empedrada dijo más de ella que todo este párrafo: Anita pisaba fuerte.

Anita, ¡que te  vas a matar!-le dijo la dueña de Casa Biayna, mientras la veía correr, a pasitos muy cortos bajando la calle principal de ese pueblo del Pirineo catalán, casi Francia, que llenó mis veranos. No se preocupe, Señora Biayna, tengo mucha práctica. La vecina se quedó atrapada en el vuelo de su falda, tan estrecha en la  cintura, digna de hacer sombra a la misma Betty Boop, pero enseguida giró la cabeza en dirección opuesta. Un gato cruzaba la calleja -imposible cuando los hielos, por algo la placa decía "Calle de la Amargura"-, que terminaba en la plaza del pueblo, donde el reloj acababa de dar el cuarto.


Anita caminó sin mirar atrás hasta la esquina del Camí de Talló, donde se encontraba con su novio. Llevaban poco tiempo festejando, pero a Anita le encantaba ir con él a tomar leche merengada a la terraza del Cinema Avinguda, porque Blas era un chico muy bien plantado. Además, sus ojos eran tan negros que casi daban miedo, y esa sensación de vértigo, de estar jugándosela con algo misterioso y lleno de peligro, como en las películas, le daba alas. Se saludaron y fueron, como cada día de las últimas semanas, a dar un paseo.

Al padre de Anita no le había gustado Blas el día que vino a tomar café. Lo conocía desde chico, porque su familia regentaba  la carpintería, pero era uno de esos jóvenes que ahora abundan, hija, muy metido en política, lo veo muy confundido. Pero papá-Anita se sentaba en el brazo de la butaca mientras él leía el periódico-, yo creo que exageras, conmigo no habla de política, se le pasará. Aquella tarde caminaron hasta la Font del Cuc. El olor de la hierba mojada de los prados y los colores de la Cerdanya corroboraban la imposibilidad de lo que Anita se empeñaba en no saber, lo que la radio no paraba de anunciar, lo que su padre y los otros señores no dejaban de comentar en el casino. Siguieron el camino entre los árboles, paralelos al Segre, con uno de los mejores sonidos que la naturaleza ha inventado: los ríos de montaña. Anita era feliz, y el mundo simplemente no estaba a punto de colapsarse a su alrededor.

Al llegar a la fuente, Blas tuvo que pararle los  pies: tanta felicidad era irresponsable, Anita, España está en una situación insostenible. Pero las cosas iban a cambiar, desde luego, él y los que pensaban como él no iban a dejar que nuestro país fuera el hazmerreír del mundo. Sin embargo, su padre y otros como él olvidaban la vieja gloria de esta tierra, ya está bien de tanto río y tanto pajarito, Anita. Y ella, que había estado mirando un diente de león como distraída, empezó a escuchar todo como en sordina, y de repente la voz de su padre, en su sillón orejero, rodeado de periódicos y libros que ella no se había molestado en leer decía "ese chico no me gusta... ten cuidado". Cuando terminó su discurso, y solo se pudo oír el río, tan vital, Anita se dio cuenta que no podía repetir prácticamente nada de lo que Blas había dicho, aparte de la última frase, que coronaba el extraordinario compromiso con sus ideas: "Y si me dicen que por Dios y por España tengo que matar a mi mujer y a mis hijos, por Dios y por España los mataré".

Anita entendió, de pronto, pero no dijo nada. Volvieron caminando con el Segre de fondo y sorteando las empalizadas de los prados. Blas no notó lo que ella acababa de decidir, que no había futuro para ellos, hasta que llegaron a la plaza del pueblo, rodeados de todas esas piedras que habían visto pasear a Bécquer.  "No seré yo ni mis hijos los que estén rezando porque nunca se te pida un sacrificio por Dios y por España. Adiós".

Pasaron los años y España, ese concepto con el que a Blas y a los suyos se les llenaba la boca, fue partida en dos trozos. Quedaban solo unos meses para que la península se tiñera de azul, con su camisita y su canesú: malas noticias para esa parte del Pirineo que había sido, durante la guerra, de otro color. Aquella noche, las tropas estaban de retirada, y los hombres cruzando por las montañas hacia la Francia. Uno de esos hombres era un abogado joven, que había ganado la oposición a secretario del ayuntamiento del pueblo del Pirineo, y otro el padre de la Yaya.

La Yaya, que cumplía  16 años el 18 de Julio de 1936, tenía entonces casi tres más y vivía con sus padres en la calle de la cuesta, enfrente de la casa de Anita. Habían venido de Barcelona hacía unos pocos años porque a su madre, cardiópata, el médico le había recomendado, como hacían siempre en la época "el aire fresco de la montaña". Igual que a Bécquer, que se refugió en el mismo rincón para tratar su tuberculosis, o a Hans Castorp, mucho más lejos. Enmedio del silencio que sí había tomado ya el pueblo, Anita cruzó la calle, esta vez sin sus topolinos, para insistir a la Yaya y a su madre que pasaran a su casa, donde se habían reunido varias mujeres, todas sin sus maridos que en ese momento cruzaban a pie los Pirineos, con una nevada tremenda.

Allí cosían, entre susurros, alguna amamantaba a un niño. El de Anita ya no tomaba pecho, tenía más de dos años, y era igual que el abogado que caminaba hacia Francia. De repente, un ruido enorme. Anita y la Yaya subieron a la primera planta y, sin luces, miraron por la ventana. Todo estaba tranquilo: solo se oía algún animal en la vaquería de atrás. La Yaya recordó a Anita lo peligrosas que eran las ventanas, y esta se puso un dedo entre los labios, mirando al techo. Unos pasos en la nieve, plas plas plas plas. Eran pasos de botas militares, botas de los que entraban a tomar el pueblo, botas que, tras subir la cuesta, se pararon frente a la puerta. Todas contuvieron la respiración. Más pasos, y por fin, tres fuertes aldabonazos.

-¡Abran la puerta!

Bajaron, y Anita la abrió con tanto ímpetu como golpeaba  los adoquines de las calles con sus tacones. Se encontró a un hombre alto, bien plantado, con la gorra calada y una capa que le cubría como si fuera un ánima salida de un cuento de Bécquer. Anita no dudó:

-¡Por Dios y por España, descúbrete, porque sé quien eres!

Cayó la capa y tal vez sus ojos oscuros ya no eran los mismos de hace años:

-¿Estás casada?

-Sí, lo estoy, ¿quieres ver a mi hijo?

-No-carraspeó, y mirando a los lados añadió-Estos hombres están hambrientos: que coman y beban hasta que se cansen, ¿entendido?

-Como sabes-Anita se giró hacia la puerta que comunicaba su casa con la tienda-aquí podréis comer hasta hartaros.

La nieve seguía cayendo fuera, con rabia, cubriendo poco a poco las pisadas de la tropa, y las de los hombres del pueblo que, en esos momentos, cruzaban por las montañas la frontera de Francia. 


PS: La foto es del Joven Artista Local, al que le gustan las Historias de la Yaya casi tanto como a mí. 

02 febrero 2012

Maus: "un libro que me inspire energía y valor"

El fin de semana leí "Maus: la historia de un superviviente", el famoso cómic de Art Spiegelman sobre la vida de su padre: desde galán irreductible en los años 30 polacos, hasta viejo gruñón de Rego Park, en el barrio de Queen's neoyorquino (que estará siempre en mi corazón, allí estuvimos con nuestro amigo J.A. la primera vez que visitamos New York New York), pasando por el horror del Holocausto. Horror que hemos visto en muchas películas, exposiciones, libros y museos- para mí, de lo más impactante (y ya es decir) ha sido visitar el museo judío de Berlín, donde, debido a su arquitectura y diseño, más que información, con lo que te vas es con una "experiencia": agobio, claustrofobia, miedo, ansiedad.

Sobre Maus, no quiero escribir hoy de la náusea que provoca el recordar todas las atrocidades que ocurrieron hace cuatro días, no quiero volver a plantearme cómo de repente tanta gente perdió el sentido y la conciencia, no quiero reflexionar sobre las implicaciones que olvidar semejante barbarie podría tener en un futuro, que se intuye salvaje. Sobre lo que querría divagar es sobre la figura del padre de Art, Vladek, o más en concreto sobre su relación. Estas han sido las partes que más me han tocado del cómic, como si me hubiera puesto una coraza ante el genocidio para poder seguir leyendo cómo un hijo se exaspera con su padre.

El cómic comienza con una introducción sobrecogedora: Art, ratoncito (los judíos son representados como ratones, los nazis como gatos) de pocos años está jugando con sus amigos por las calles de mi recordado Queen's. Tras una discusión de críos, Art vuelve llorando a casa y se lo cuenta a su padre, que le dice: "Amigos? Tus amigos? Si los encerrases juntos en una habitación sin comida una semana... entonces podrías ver lo que es... la amistad!".

La imposibilidad de confiar. Que un padre le diga eso a un hijo de diez años es más que dramático. Que un padre, cuyo rol es dar confianza, ayudar a ver el punto de vista del otro, esté tan destrozado por dentro como para decir eso... me parte el corazón. El propio Art se debate muchas veces durante la narración sobre si su padre ya era así o si la guerra y Auschwitz lo convirtieron en eso. Pero su madrastra, sin ir más lejos, no es así. O su madre, que aquejada de enfermedad mental desde joven acabó suicidándose, tampoco: claro que esto es hipotético porque Vladek, en un ataque de necesidad de olvido -como si eso fuera posible-, quema todo lo escrito por ella. Art se pregunta si está haciendo lo correcto siendo tan absolutamente sincero: está pintando una imagen de su padre como el estereotípico judío del que precisamente quiere huir: "en algunos aspectos es simplemente como la caricatura racista del viejo judío miserable". Pero aún así es valiente y nos describe la extrema austeridad-que llega a miseria-de su padre. El propio Vladek dice "no puedo olvidarlo, desde Hitler no me gusta tirar ni siquiera una miga" tras un episodio en el que quiere devolver a la tienda un paquete de corn flakes empezados que no se va a terminar. O nos cuenta como el haber sido objeto del racismo y la xenofobia no hace que Vladek deje de tener antipatía por los homosexuales y los afroamericanos.

Las secuelas del trauma. Especialmente sobrecogedor es el momento en que, una noche, al oírlo gritar en sueños, Art le dice a su novia: "cuando era pequeño pensaba que ese ruido era el que hacían todos los mayores al dormir". Nudo en la garganta.

Y la culpa con la que carga el superviviente: por qué yo me salvé y no los otros? Por qué tuvo que morir mi hijo/hermano/padre? (Art tuvo un hermano al que nunca conoció). Este sentimiento es muy común en casos de tragedias, algo completamente irracional, pero que nos puede paralizar. Spiegelman también es valiente en su respuesta a los que le acusan de intentar pasar esa culpa a los alemanes que ni siquiera habían nacido entonces: pierden el punto, "muchas de las empresas que florecieron en la Alemania nazi son ahora más ricas que nunca... no sé... quizás todos nos tenemos que sentir culpables... todos, para siempre!".

Durante la lectura de este libro, me he encontrado a veces con él cerrado sobre el pecho y algunas frases que he oído toda mi vida han vuelto a visitarme: "no te metas en política", y la voz de la Yaya. Y todas sus historias, de nuestro pequeño Holocausto particular, campo de pruebas de aquel, donde crueldades sin cuento se repitieron como un ensayo barato, como una placa de Petri amateur, como un Gernika cutre en preparación del despliegue final, la apoteosis de la verguenza con la que el Siglo XX pasará a la historia.

No me ha hecho falta leer Maus para entender de dónde vienen los consejos de la Yaya: los dicta el miedo. Tengo la suerte de pertenecer a una generación que nunca ha tenido que vivir con el terror, que no ha visto venganzas entre paisanos en pueblos pequeños, que piensa que no hay otra manera de vivir que estos años que hemos disfrutado. Así que Maus no es que me haya ayudado a entenderla, pero me ha impulsado a querer actuar. Por ello, ha supuesto para mí mucho más que cualquier libro que haya leído recientemente. Que yo haga de reportera de estar por casa de esta mujer, seguramente mi mayor influencia, creo que no le haría ninguna gracia. Pero yo aún vivo sin miedo, y muy alerta de que libros como Maus e historias como aquellas hay que contarlas.

Imposible no recordar esta frase que me pone alas en los pies, que ya colgué recién estrenado el divlog...

"Lo único que le pido a un libro es que me inspire energía y valor,
que me diga que hay más vida de la que puedo abarcar,
que me recuerde la urgencia de actuar”.

De la película Léolo, de Jean-Claude Lauzon (Canadá, 1992)