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16 septiembre 2025

Robert, el Brad de mi infancia

 Robert Redford era el Brad Pitt de mi infancia: así le he explicado a Mini quién era este señor que ha muerto hoy. Con esta idea fuerza y la de hacer un divague-haiku aniado esta entrada al distintivo  "Burla burlando" —título robado a Cortázar— que no es otra cosa que obituarios de gente que ha marcado mi vida, y ya hay unos cuantos.  

Como eso es un blog personal, se habla de lo que supuso esa figura para la bloguera en cuestión —en los periódicos contarán su vida, sus ideas, su apoyo al cine indie y todo eso. Así  que cómo no comenzar con que Robert era el guapérrimo por excelencia: para mí, incluso frente a otro guapo canónico, Paul Newman, ganaba él. Sé que esto puede generar controversia, pero yo era del Team Redford. 

Hay muchas pelis, pero creo que en la que más guapo está es en "The way we were" (Sydney, Pollack, 1974) ("Tal como éramos"): hace mucho tiempo que no la he visto, pero me parece un buen aviso para navegantes para jóvenes incautas que, bajo el txumani de endorfinas ese maravilloso, crean que una relación duradera con alguien en tus antípodas ideológicas pueda funcionar - se admite el crush tonto de verano: quien no haya caído, que tira la primera piedra. 



La otra es "The sting" (George Roy Hill, 1973) ("El golpe"). Esta cinta tiene una historia personal: cuando llegó el vídeo a mi casa, esta peli estaba por ahí y pasó a ser la favorita de Fashion. Tendría ella unos 7 años, y la vimos tantísimas veces que nos aprendimos trozos del guión de memoria: "trampeando por esos pueblos de inmigrantes, siempre con la policía pisándome los talones".  Luego hemos usado esa frase muchas veces en nuestra vida, sobre todo para reírnos de nosotras mismas: somos en realidad unas impostoras o timadoras como Paul y Robert. Ya se me ha pegado la banda sonora... 



Y cómo no, yo tenía 15 cuando se estrenó "Memorias de África" (Sydney Pollack, 1986). Con la banda sonora de John Barry que corrí a comprarme al salir del cine —también el libro de Karen Blixen,  que no terminé—, con esas imágenes de Kenia desde la avioneta y, por supuesto, con esa escena de lavado de pelo. Si lo pienso, esta peli significó mucho para mí en esos momentos en que estás decidiendo lo que quieres hacer con tu vida. La prota fue una inspiración: una mujer fuerte que saca una granja adelante ella sola -en aquella época no me planteé rollos coloniales, aunque es imposible que no te chirríe su relación con los trabajadores. Ella y muchas otras lecturas o pelis me dieron alas para viajar, para no quedarme en la ciudad donde estaba. Y como a esa edad todo es épico, me veía con "Médicos sin fronteras" á la "Historia de una monja" atea en esas sabanas salvajes salvando africanos (¿alguien dijo colonialismo?). ¡Atención, spoiler!: nada de esto ocurrió, ni tampoco me enamoré del prototipo Denys Finch-Hatton, el cazador británico que interpreta Redford, el típico Aquiles que nunca está ahí cuando se le requiere, como plantilla para mis futuras relaciones. Tuve una amiga que sí compró esa historia, y lo que sufrió la pobre—pero culparemos a su padre. Sobre el tema gorditos vs. malotes, se ha divagado aquí.


Un abrazo,  Robert, el Brad de los 80... 

14 octubre 2023

"Polvo de estrellas" en la radio y "Astro-magic" en el techo: eran los 80.

Eran los últimos 80 y Fashion y yo compartíamos habitación. Teníamos unas pegatinas fosforescentes en el techo que pusimos intentando imitar las constelaciones al principio (esa imagen: agarrada a la escalera siguiendo las instrucciones) y terminamos tirando la toalla, esparcièndolas anárquicamente. Se llamaba "Astro magic" y te hacía la ilusión de dormir bajo un cielo estrellado.  Fashion aún no era Fashion (hubo de pasar por diversas terribles etapas, incluyendo heavy, grunge, pija, madrebeige), aún no tenía diez años. Yo estudiaba BUP, llevaba hombreras los findes, me había cortado la melena por encima del hombro y tocaba la guitarra en misa. Me acostaba muy tarde, por los horarios escolares terribles de la época y la Escuela de Idiomas, o lo que fuera. Siempre quería hacer cosas, me apuntaba a todo, y me encantaba la radio. No solo música también voz. Y sobre todo de noche, ahí va el cliché: la magia de la radio de noche. 

Cuando esta magia ocurría, nuestros padres dormían: mi padre todavía con la suya encendida, que yo apagaba. Cuando llegaba a nuestro cuarto, Fashion aún no se había dormido, y yo ponía la radio bajita en una "minicadena" Sony plateada que no tenía doble pletina-eso llegó después. Si lo pienso ahora, tenía a una niña pequeña al lado,que necesita sus horas de sueño, y yo no solo le seguía la conversación, sino que ponía la radio. Pero claro, yo era la equivalente de Mini, nadie esperaría ese tipo de responsabilidad en una quinceaniera..

Aparte de nuestros padres, parece: nos dejaban mucho a nuestra bola, nada que ver con la brasa a la que sometemos a la pobre Mini. El otro día me reí mucho cuando, hablando de cómo supervisaban las pantallas a sus amigas (ese ir mirando casualmente no les vaya a entrar un pedófilo) me dijo, resignada: "no, mummy, mis amigas no tienen el reciclaje en su habitación". [El contexto de esta historia es que la zona-reciclaje está en un armario de su habitación -así son los pisos en Londinium- y entramos y salimos frecuentemente. Sus amigas, que viven en casas grandes, tienen la habitación en un último piso donde según ella "no pasa nunca nadie"]. Más o menos como en nuestro castillo esmeralda de los 80, donde nos dejaban bastante en paz. No se daban cuenta de lo que de verdad pasaba en las madrugadas.

"Hola hijo: somos nosotros, mamá y papá, recuerdas?
Las figuras borrosas en la periferia de tu vida.
Solo paramos un momento para decir buenas noches"

En otros divagues ya conté que en una de esas noches escuchando la radio descubrimos a Juanito Comején que nos abrió las puertas de las ondas piratas vetústicas. Su sintonía de los Stones está siempre asociada para mí a la medianoche y nosotras juntas, cada una en nuestra cama (cuando no "podemos juntar las camas?"). Y otra sintonía muy asociada a esas noches, pero incluso anterior es ese "Stardust" de Bing Crosby, que era el comienzo de "Polvo de Estrellas", el programa de cine de Carlos Pumares. Te acuerdas? le he preguntado hoy a Fashion. Sinceramente, sin saber si le llegaría la memoria tan atrás. Y ella "Cómo no... recuerdo que gritaba a la gente".



Hoy ha muerto Carlos Pumares, aquel crítico de cine con el que nos reíamos tanto por su sentido del humor, estilo pitufito gruñón. Gritaba a los oyentes y tenía lo que a mí a los 16 me parecía un saber saber enciclopédico de cine (pese a que había estudiado físicas-me encantan esos pequeños leonardos de la vida). Un noviete mío de la época lo denostaba y me decía que se fiaba mucho más de su amigo, un tal Miguel Angel Lamata, al que un día random gugleé y parece que hoy es director de cine [quien no ha estudiado con una directora de cine Vetústica no es nadie, eh Fashion?]. 

Pero volviendo a Pumares, uno de esos oyentes a los que gritó en los 80 es hoy humorista, y lo que me he podido reír cuando cuenta lo que pasó cuando le llamó a los 14 años para pedir consejo sobre su futuro en el cine, y aún mucho más cuando entra Pumares en antena días después a contestarle. Los programas eran tal cual: el crítico abusando a los oyentes y hablando del monolito de 2001 (una generación entera, ya lo conté aquí, estamos traumados por ese monolito) durante las cuatro horas que duraba su programa (tal vez eso es lo que nos traumó). 

Escuchar la radio por la noche es algo que se acaba cuando empiezas a dormir con tu pareja (a las hermanas claramente no es que no se las respete, es que ellas lo disfrutan), y ahora Mini ha tomado el relevo escuchando el equivalente, su podcast. No es un viejo gruñón que habla de pelis clásicas, sino una influencer yanqui que habla de "creer en ti misma" y patochadas del estilo - no entraré porque hace poco dediqué un divague al "mí no entender cierta música -ni la vida- moderna". 

Hoy he creado una nueva etiqueta en el divlog llamada "Burla burlando", en referencia a lo que escribió Cortázar sobre lo que te pasa cuando van muriendo tus héroes de juventud, o gente que han contribuido a tu viaje vital. Tal vez haya más, pero así solo de memoria me han salido diez divagues: Delibes, Marsé, Roth, Didion, Krahe, Amis, Saramago... He pensado que había ya tantos que justificaba una etiqueta, y "obituarios" sería una muy fea. Mejor "burla burlando"  porque -gracias Gran Cronopio- "más allá de los cincuenta años empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes". Gracias Pumares, por lo que aprendimos, y por las risas. Y gracias Fashion, por las noches de "aquellos maravillosos años" escuchando "Polvo de estrellas" bajo las estrellas fake fosforescentes. Y por las risas, que esas continúan. 

07 junio 2023

¿Quién eras cuando leías a Martin Amis?

El otro día murió Martin Amis e hice dos cosas: Una, como suelo, fui a buscar mis subrayados en sus libros: para recordarle pero también para ver en qué estaba yo en esta época -ya dice Valeria Luiselli que su diario son lo que subraya en los libros que lee y me pasa igual, sobre todo en aquella época en la que no había divlog. Y dos: leí la entrevista que le hicieron en 1998 en "The Paris Review" [compré tres de los cuatro volúmenes el otro día de segunda mano: maravilla].


Qué será la vida sin subrayados y anotaciones

Antes de entrar al contenido de esos subrayados del pasado, constatar que subrayaba y anotaba menos que ahora [me pregunto, a dónde nos llevará esto, ¿voy a terminar escribiendo otro libro en paralelo con cada lectura?] Ha sido esta una evolución (involución, whatever) paralela a la longitud de lo que escribo.


Obligados y sufridos  geranios
con "The Paris Review" hoy
Esto es una observación que no le interesa a nadie, pero donde sí que les importa el número de palabras que mis incontenidas yemas de los dedos emiten es a un par de jefecillos grises del curro que no entienden nada. En aras de la productividad, hemos tenido que recortar los informes, quedando una versión amputada de la gloria anterior. ¿A quién le gusta? Solo al par que no entiende nada y a los de finanzas: a nadie más.

Pero ah, no les aburriré con mis andanzas de día; de noche, o sea aquí ("me podrán robar tus días, tus noches no"), me adhiero a una frase de Amis en la entrevista que contaré luego "Give the reader hell. Stretch them". O sea, "dale caña al lector, rétale, que tenga que trabajar". Y sigue: "el lector eres tú. Al final, escribes cosas que te gustaría leer a ti". Así que por lo menos, gústate a ti - claro que concluye "dentro de cinco o diez años te releerás y te causará dolor ver quién eras". Esto es un deporte de riesgo, solo que sin deporte, yei!


"The Rachel papers" (1973)

Este es su primer libro y mi primer Amis, que leí al poco de llegar a este país -recomendación de un compa de trabajo llamado Neil- cuando aún vivía en Nottingham. Tenía Amis 24 ("nadie se atrevería a escribir esta novela hoy", dijo alguien en el Times) y lo escribió sobre el estudio de su padre, el famoso escritor Kingsley Amis.


Este es el único libro suyo que Kingsley terminó: parece que era bastante exigente y como detestaba también a grandes clásicos, Martin no se lo tomaba particularmente personal (si eso es posible, tu libro!). Justifica que no leía más de veinte páginas de sus libros con que él no podría hacer "lo de las mentiras piadosas" que se hacen los escritores entre ellos. [Nota: de Kingsley solo he leído "Lucky Jim", su novela de campus, ya en Territoria Divlog, pero nunca hice divague - esto entra en cierto modo en contradicción con el principio, pero es que en realidad no escribo sobre todos los libros que leo, en especial no suelo escribir sobre los que no me gustan y más en especial sobre los que meh, o bien no tengo nada que decir, que ya es decir. En este caso no es que no me gustara, tal vez solo meh.


No encuentro "The Rachel papers" en mi estantería y hay una explicación. Los primeros años que vivimos en la isla fueron un poco "de estudiantes", intentábamos acumular poco porque nos movimos bastante, así que los libros leídos los devolvíamos a las casas de nuestros padres. Un día, nos compramos una estantería "Billy" de Ikea que cubría toda una pared y podría usar esto como metáfora de "asentamiento", pero yo qué sé (abajo una cita de Amis sobre este concepto). Lo que sí sé es que si pienso en el lugar donde quiero acabar mis días, una de las cosas que querría en él es todos los libros conmigo. Sé que no es moderno ni nada, vivir con los puesto va más con otras partes mías de estar en el mundo, pero reivindico mi derecho a la incoherencia.


En fin, que "The Rachel" solo recuerdo una cosa: que el autor cuenta que todas las chicas dicen que saben bien sus besos, o más bien el olor dulce que viene de sus pulmones -o idea similar. En estos días en los que todo se puede encontrar a golpe de google, en el fondo me alegra decir que no he podido encontrar esta cita. Tendré que volver a mi libro la próxima vez que esté en Vetusta. 


"Money" (1984)

En Noviembre de 2001 leí "Money", su libro más famoso, en el que se nos cuenta el vivir sin ataduras -y no en la manera poética que estás pensando, más bien sin las restricciones que te puede dar la falta de dinero o sentido común- de un tal John Self (el apellido da pistas). Kingsley Amis tiró el libro a la pared cuando leyó que había un personaje llamado Martin Amis, según él "había roto el contrato que dice no hagas el tonto con la realidad". 


Ah, lo sé, no podéis esperar: mi vida en ese momento. Pues leí gran parte en Tailandia (un doloroso recuerdo cuando este verano iba a repetir lo de inspirarme en el sudeste asiástico para escribir mis crónicas y no va a ser). Es enternecedor encontrar nombres de estaciones [Surat Thani], o un ticket que era la entrada a un curso de cine que hice en la época. También hay un posavasos del "Siam Hotel Intercontinental Bangkok", sorpresa del Peda cuando aterrizamos con nuestras mochilas y sorpresa aún mayor imagino para recepción: no pegábamos ni con cola [por supuesto, había una oferta, pagamos £40 de la época] y uno de esos cartoncitos con olor a perfume que te dan en los aeropuertos del que llevaba yo por esa época "Aromatics Elixir" de Clinique que, oh, aún huele. Abro al azar, y algunos subrayados, que además traduzco, estoy que lo tiro:

"Te quieres sentir bien por la noche o por la mañana? Es lo mismo con la vida: te quieres sentir bien de joven o de viejo? Es uno o el otro, no los dos. Una tragedia".


"No asentarme y no crecer me están matando. Tengo que dejarlo, esto de ser joven, antes de que sea demasiado tarde".


"Cuando dejé mi trabajo me sentí como a final de curso, como un sábado por la mañana, me sentí genial, me sentí ilegal".


"Qué intrigante: la única manera con que consigo que Selina venga a la cama conmigo es cuando yo no quiero ir a la cama con ella"


"Ella tenía fácil acceso a su niña interior. La niña siempre estaba disponible. (...) Su sonrisa es juguetona, pero también inocente, porque el dinero te hace inocente cuando siempre lo has tenido".


"A veces creo que la vida me está pasando como un tren (...) Está pasando, pero soy yo el que se está moviendo. No soy la estación, no soy la parada: soy el tren. Soy el tren".


El "Hola" literario británico en D&D
Soy Martin, qué pasa?
Por qué lo llamaban "the nastiest voice of his generation" ("la voz más desagradable/molesta/despreciable/asquerosa de su generación") espero que quede claro con estas citas, y quien quiera más, el libro está lleno. Eso y verle la cara: en ese aspecto me recordaba a Javier Marías: pobres, no sé si es solo las caras o más bien esa "actitud", que diría Mini, no entran fácil en un "primera vista" (luego a Marías lo lees y ya tal).

Pero no es solo eso: igual que hablábamos el otro día de "feuds", enemistades entre divas de Hollywood, Amis ha mantenido broncas con distintos escritores durante los anios. AS Byatt, la autora de "Possession" -que a su vez mantiene otra rivalidad con su hermana, también escritora Margaret Drabble- dijo que "necesitaba dinero para su divorcio y su arreglo bucal. La bronca más sonada fue con Julian Barnes, que terminó su larga amistad cuando Amis cambió a su agente literaria durante 22 años, Pat Kavanagh -esposa de Barnes- por El Chacal, Andrew Wiley, el agente literario más poderoso del mundo. Kavanagh murió de un meteórico tumor cerebral en 47 días, y Barnes lo cuenta en "Levels of life". Kavanagh le había dejado temporalmente por una relación homosexual con Jeanette Winterson, la autora de "Oranges are not the only fruit"  que no sé lo que opina de Amis, pero seguro que algo.  En fin: que cierro esta sección Hola literario británico sin entrar en los matrimonios de Amis porque no tengo entradas de blog que enlazar. 

Entrevista en "The Paris Review" (1998)
Y por fin,  algunas de sus reflexiones literarias. Sobrevuela toda la entrevista 
lo que ha supuesto para él ser hijo de su padre. Dice aquí -porque luego en otra más adelante duda- que su padre ha sido solo una ayuda para él.  Pero que hay pocos escritores hijos de escritores que hayan producido una obra considerable: en general escriben dos o tres libros y se callan. Según él, como continuó y esto era inesperado, se empezaron a meter con él. 

Es normal que los escritores mayores tengan resentimiento contra los jóvenes: totalmente fucional admirar a tus mayores, a los clásicos, y despreciar a los jóvenes. Cuando un chaval de 25 se pone a escribir le está diciendo al de 50 que "no es así, es asá". El escritor mayor en un punto va a perder contacto con cómo se siente exactamente el momento actual. Es curioso porque yo cuando voy por la calle nunca me siento como una persona de mi edad, y cuando escribo tampoco: siempre me creo más joven. Pero, de repente, me encuentro escandalizándome por cosas que veo que hace o dice la "gente joven" (pasa, Mini),  y eso debe ser hacerse mayor -aunque yo me digo que es ser antisistema sin atisbo de ironía. 

Amis piensa que la trama solo importa en los thrillers. Habla de las "características secundarias" que, aparte de la trama, pueden ser la caracterización, la introspección psicológica... pero eso no es la prosa. Él escribe "novelas de voz". La voz es todo lo que tiene un autor: es un tono, es una manera de mirar las cosas, es un ritmo.


Esto ya lo decía un personaje de Elizabeth Strout: Nunca expliques tu novela. Si te preguntan qué quisiste decir con ella, Amis dice que la respuesta es: "la novela, quise decir la novela".

Amis escribe a mano, y luego lo pasa a máquina, con muchísimos cambios. Según él, nada se compara con la fluidez de escribir a mano. Cuando empecé a escribir, lo hacía a mano, y me resultaba increíble que los escritor@s lo hicieran usando esas cosas que solo existían en ciertas salas de la facultad: los ordenadores. Me parecía que no podrías inspirarte lo mismo. Pienso en Carmen Martín Gaite, escribiendo con su pluma y su boina tan chic (no, la de Baroja como dijimos en "Insolación, no lo era). 


No lee en alto las frases, solo en su mente. Yo encuentro muchas cosas que cambiar cuando leo en alto. No siempre lo hago.


"Mi deseo de escribir es bastante físico", dice Amis. Y lo entiendo.  Amis tenía una oficina a la que conducía cada manana para escribir: su habitación propia.


"La primera cosa que distingue a un escritor es que está más vivo cuando está solo. Las cosas más interesantes le pasan a uno cuando está solo". Pienso en viajar sol@ y esto me recuerda algo que escribió Geoff Dyer sobre el poder de los tríos: cuando hay dos, es un partido de tenis, la tercera persona da un "edge", un ángulo distinto a todo. Viajar solo o en trío es otra experiencia que viajar en pareja.


Y por último, piensa Amis que hay dos tipos de escritores en esto de hablar de uno mismo: los que son razonablemente modestos y más o menos generosos cuando se refieren a sus contemporáneos, y los que son unos egomaniacos que no entienden cómo no se está siempre y en todo lugar hablando de ellos.  ¡Soy un genio! tienen ganas de gritar al final de aquel cocktail. 


Tal vez Amis nos intenta decir que, pese a esa cara y esa actitud, él cuando está en el cocktail no está intentando marcar las distancias porque es un genio, que tal vez si no fuera por su padre no le habrían publicado la primera novela, que no es tan capullo como John Self y que todo lo que tiene es un deseo físico que duele por escribir. O por lo menos es lo que quería decir en esa entrevista en 1998. Ahora solo nos queda leerle un poco más para decidir si esa voz, que desapareció físicamente hace unos días, sigue estando viva.

24 diciembre 2021

Joan Didion: Gracias, mi Audrey Hepburn de la literatura

 Decía Cortázar en un relato titulado "Burla burlando ya van seis delante" que, "más allá de los cincuenta años, empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes. Los grandes magos, los chamanes de la juventud parten sucesivamente". Vale, esto ya lo usé en 2010, cuando murió Miguel Delibes. Pero luego no en 2018 con Philip Roth, o en 2020 con Juan Marsé  Rosa María Sardá  y ni hace un mes cuando escribí sobre lo que había supuesto para una chica de cole de monjas de una vetusta cualquiera leer a Almudena Grandes a los 20. Deben ser los 50, o no sé qué, pero otra gran maga se ha ido: Joan Didion, a los 87.

Mi entrada sobre su "Slouching towards Bethlehem" ("Los que sueñan el sueño dorado") está frecuentemente en la lista de derecha (las entradas más visitadas del mes o el año o algo). Me gustó tanto ese libro de relatos o reflexiones o hiperinteligentes entradas de blog que tuve que romperlo en dos partes y luego escribir sobre uno de los capítulos "Sobre tener un cuaderno de notas" en el que reflexiona obviamente sobre escribir. También divagué sobre el documental "El centro cederá"donde es imposible no enamorarse de ella a la vez que divertirte mucho imaginando el cortocircuito que para muchos debió suponer que una mujer tan lista y que escribe a ese nivel, pueda ser a la vez tan guapa y estilosa, una Audrey Hepburn de la literatura.

Aún tengo por leer sus dos libros más famosos, sobre la muerte de su marido y su hija: no lo he hecho porque me da miedo. Aunque en el pasado leí este tipo de libros, imposible desde que tengo a Mini. Hay una frase suya que podría resumir el terror: "Sé lo que es el miedo. El miedo no es por lo que has perdido. (...) El miedo es por lo que aún has de perder". Lo haré, supongo, algún día, cuando esté en ese estado mental.

Pero termino este pequenio recuerdo con una frase suya que es todo lo contrario al miedo, es más bien un canto al valor, a vivir peligrosamente que tal vez en tiempos de pandemia algún imbécil -y hay mucho ahí afuera manifestándose- pueda interpretar literalmente; pero esos no llegarán aquí. Porque se puede "capturar el momento" desde un libro o un teclado o un cuaderno de notas. Gracias Joan, por haberlo hecho.

“No estoy diciendo que hagas el mundo mejor, porque no creo que el progreso sea necesariamente parte del paquete. Solo te estoy diciendo que vivas en ese mundo. No solo para soportarlo, no solo para sufrirlo, no solo para atravesarlo, sino para vivir en él. Para mirarlo. Para intentar hacerte una idea. Para vivir imprudentemente. Para correr riesgos. Para hacer tu propio trabajo y estar orgulloso de él. Para capturar el momento. Y si me preguntas por qué deberías molestarte en hacer eso, podría decirte que la tumba es un lugar bonito y privado, pero que no creo que nadie se abrace allí. Tampoco cantan, ni escriben, ni discuten, ni ven la marea del Amazonas, ni tocan a sus hijos. Y eso es lo que está ahí por hacer y hacerlo tuyo mientras puedas; buena suerte con eso".

28 noviembre 2021

Almudena Grandes: Una parte de mi "novela de formación"

 Al género de la "novelas de formación" (también conocido como "Bildungsroman" o, en inglés. "Coming of Age") pertenecen aquellas que hablan de los años de aprendizaje del personaje principal, en los que crece psicológicamente y, a través de ellos el autor nos lleva a entender cómo se ha convertido en el adulto que es. Ejemplos me vienen a la cabeza un montón leídos en la época pre-divlog (luego no hay hiperenlace, felicitémonos) como "El guardián entre el centeno", "El señor de las moscas", "The bell jar", "Diarios de motocicleta", "Lazarillo de Tormes", "La montaña mágica", y otros de estos últimos doce (ooops) años como "Matar a un ruiseñor", "Middlesex", "La amiga estupenda", "Oliver Twist", "La breve vida maravillosa de Oscar Wao" o "The falconer". Entre los primeros, los pre-blog, también está un libro del que hablaré luego titulado "Las edades de Lulú", de Almudena Grandes, que tristemente falleció ayer. 

En mis últimos años de adolescencia caí por casualidad en unas conversaciones radiofónicas entre tres personas. Ocurrían diariamente de 11 de la noche a 1 de la madrugada, y hablaban de lo divino y lo humano. Uno era un pintor e historiador de derechas, que aún así me caía muy bien; otro, un antropólogo comunista de la Universidad de Barcelona que era mi mito absoluto y luego estaba Almudena Grandes, una escritora que hacía poco había ganado "La sonrisa vertical" con Lulú. Yo no la había leído, y empecé con "Malena es un nombre de tango", porque es el libro que ella publicó cuando escuchaba ese programa. Sin ninguna referencia literaria, lo compré únicamente porque ella, la autora, me caía bien. Creo que no he vuelto a hacer esto ya más. 

Grandes y Matute
Esas tres personas entraban en mi habitación cada noche, y eran un sueño para mí. Recuerdo perfectamente la situación: sentada en mi mesa de estudio -hacía primero de carrera-, la casa se empezaba a quedar en silencio y yo sintonizaba la radio, a ver de qué hablaban hoy. Me auto-engañaba pensando que "estudiaba con el programa de fondo", pero lo que hacía era empaparme con la sabiduría y la cosmovisión de los tres. Con ellos aprendí lo divertida y necesaria que era la provocación, muchos de los libros que leí fueron referencias de aquella conversaciones (la maravillosa "Los hijos muertos", de Ana María Matute por ejemplo, recomendado por Grandes), y mejoré en aquello de "pensar"-todavía estamos en ello. Todo el tiempo en el que no me estudié las mitocondrias fue el tiempo mejor empleado de mi vida, porque esos tres monstruos contribuyeron un poco a que yo sea quien soy: fueron un trocito de mi personal "novela de formación". 

Algunas veces he leído en redes sociales comentarios de otra gente que escuchaban ese programa en esa época y siempre parecen haber estado en un momento vital similar al mío. En aquella época obviamente nada de esto de conectar por internet existía, luego yo no podía comentar el remolino que habían dejado esas conversaciones en mí por la mañana con nadie. Mis compas de la facultad estaban, como Dios manda, memorizando las mitocondrias - no hay más que ver el resultado de una vida solo leyendo sobre las mitocondrias, a juzgar por algunos de sus comentarios en el grupo de whastapp de la promoción. Pero divago, lo que quería decir es que los comentarios de estos desconocidos me indican que nos creemos parte de un club que vivió aquellas noches, cuando teníamos 19 años, como algo especial y mágico, y parte de nuestro aprendizaje.

Como digo, comencé con "Malena", un libro del que no recuerdo mucho de la trama, pero sí el tema: ser cierto tipo de chica/mujer -no como las de mi cole de monjas o como mis amigas- en la España de la época.  Como ejemplo, recuerdo un par de cosas. Una, en la adolescencia de Malena, su descripción de los movimientos de cadera del chico que le gusta, el guaperas de toda la vida, jugando al pinball. Dos, la última frase de la novela: ella decide darle una oportunidad a un tío basándose en su elección de adjetivo al piropear sus piernas. "Malena, tienes unas piernas cojonudas". Y ella piensa, "si me hubiera dicho bonitas, o preciosas, me habría dado igual, pero ha dicho cojonudas". Le entiendo perfectamente: el lenguaje hace la realidad, tu lenguaje te define: ante un tío que en lugar de "follar" me diga "hacer el amor", yo me visto y me voy. Pues eso. (Saludos a mi suegra :))

Luego leí "Lulú" (anécdota: la tenía en la mesilla cuando vino a visitarme el médico de toda la vida, no sé qué me pasaría. La cogió, miró la cubierta y me dijo: "¿Esto no es un poco fuerte?"), y enseguida vi bien claro por qué una desconocida había ganado "La sonrisa vertical". Quien se quede con que es solo una novela erótica -me descubro ante estos trozos, saber escribir de eso- no ha entedido nada. Es una Bildungsroman en toda regla en la que podemos llegar a entender su relación obsesiva y ante todo, de poder, con su pareja, desde su infancia (si hubiera sabido lo que es una Bildungsroman en esa época, se lo podría haber dicho al médico). A partir de ahí, iba leyendo casi todo lo que publicaba como quien escucha a una amiga mayor que te cuenta lo que es la vida de otras mujeres, en partes de las cuales podía verme reflejada a veces, o no. Aunque no volvió a la literatura erótica, la mayor parte de sus personajes eran mujeres de armas tomar, que hacían cosas, y que además eran pasionales y se enamoraban como bestias. Por esto, algún amigo con el que hablaba yo de libros la miraba por encima del hombro con aquello tan irritante de "literatura de mujeres", como si el amor y la pasión no fueran una parte de la vida. Hay literatura buena y mala: superadlo. 

Biblioteca del Paraninfo en Vetusta


Hace unos años, en Febrero de 2013, vino Grandes a Vetusta a presentarle un libro a Julián Casanova, catedrático de historia de la Univetus, estudioso de la memoria histórica. Yo pasaba por Vetusta justamente y me presenté en el Aula Magna del Paraninfo, una sala preciosa, como todo el edificio -la biblioteca es para morir de Síndrome de Stendhal, y en ella pienso cuando Mariona Calleja va a la de Banderley. Al final, un grupito fuimos con nuestros libros a que nos firmara y fue una de esas ocasiones en las que una se plantea que igual es mejor no saludar a gente que no te conoce pero que ellos ha significado algo para ti. Supongo que estaría cansada, y aunque nos firmó, yo sentí que la habíamos molestado. Al final, eso no era la feria del libro . 


Independientemente de lo anterior, lo cierto es que, a medida que iba creciendo, sus libros ya no suponían lo mismo para mí. Esto es un ejemplo claro de cómo ciertos libros, da igual cuando te encuentren que te van a trastocar de todas maneras -hablamos de los ocho miles que nos decía NáN-, pero hay muchos otros que te han tocado a los 20, pero a los 40 ya no. Dejé de leer a Grandes en el tercero de la saga de los "Episodios de una guerra interminable", e hice divagues de los dos primeros aquí:
"Inés y la alegría" y "El lector de Julio Verne". Luego mi amiga Mónica me regaló "La madre de Frankenstein" por el tema de la salud mental, y me reafirmó en mi posición: ni siquiera hice divague, aunque anoté aquí mi pequeña pataleta por la pobre documentación sobre el tema psiquiátrico, en el que se dan datos no-científicos que equivocarán al lector sobre lo que es genético y lo que es adquirido.

Grandes dice que todos los libros de esa saga terminan mal, obviamente, porque el fascismo ganó la guerra y se quedó 40 años. Todas son historias de gente que perdieron, pero lucharon, y eso es lo que importa. Por eso hace volver a los exiliados en los epílogos, para de alguna manera forzar un final feliz. Al final de esta entrevista que le hizo Pablo Iglesias en La Tuerka en 2018, le pide que brinde por algo y ella dice "ya que estamos en Abril, por la Tercera República, que espero verla antes de que me muera". Y aquí se me ha quedado el corazón helado, como el título de una de tus novelas, Almudena. 

Pero aquí nos quedamos los que esperamos la Tercera República y tantas otras cosas con las que soñabas. Cosas que a día de hoy no prometen pero por las que, como hicieron tus personajes, merece la pena luchar. Gracias por tu parte de traerme hasta aquí. 


19 julio 2020

Juan Marsé: rescatando mis conversaciones contigo en los márgenes de tus libros

Hace diez años, cuando murió Delibes, colgué un escrito de Julio Cortázar sobre cómo se siente una cuando sus ídolos de la literatura, cine, música van muriendo: se titulaba "Burla burlando, ya van seis delante". Cuando hace un par murió Philip Roth, simplemente le di las gracias por haber vivido más a través de él. 

Hoy ha muerto Juan Marsé. La noticia me ha encontrado en la cama, leyendo. Lo primero que he hecho ha sido ponerme de pie (en la propia cama, porque detrás están las estanterías con la "narrativa en castellano") para ver qué tenemos de Marsé en casa (hay cosas que están en las Vetustas). Entre tres o cuatro libros, estaba "Teresa". He tenido que soplarle el polvo y a continuación, he pasado por uno de esos ratos chulos de volver a un libro leído y vivido, que me confirma la importancia de subrayar y anotarlos.

Parece que yo leí esta novela en un viaje a Egipto, en su última página en blanco hay tres emails de gente que no reconozco (quién será manolitoamigo?), entradas de cine (la peli, "Match point" de Woody Allen), billetes de tren de cercanías, papelito de fragancias de esos que te dan en los aeropuertos-que obviamente ya solo huele a papel viejo, mucho mejor. Todo esto me lleva a lo que estaba haciendo yo, quién era yo cuando leí ese libro (siempre digo que leer "La montaña mágica" cuando tienes 23 años como Hans Castorp o "La regenta" a los 30, como Ana Ozores, coincidencias mías, quiso decir algo, pero igual es solo literatura).

Lo mejor, claro, son los subrayados y anotaciones que hice, la conversación que yo entablé con Marsé. Tengo tantos subrayados que sería imposible leerlos todos y seleccionar uno, así que el que incluyo es uno más de un libro que hay que leer. Tod@s. Es una pena que no hubiera divlog por aquella época, porque aunque había crónicas para mí en docus de word, he encontrado una de "Rabos de Lagartija", pero no de "Teresa".

"Porque !qué se yo de los efectos rarísimos que ejerce al pobreza sobre la mente! Qué sé yo del frío, del hambre, de los verdaderos horrores de la opresión que debe sufrir un chico como él si aún ni siquiera le he preguntado qué jornal gana, si nos empeñamos siempre en no querer hablar del jornal de un hombre, solo de su conducta (pues bien, compañeros, yo afirmo que la conducta de un hombre depende de su jornal)".

Página 377 de mi edición de "Ultimas tardes con Teresa"

Ah, y la portada! Es que la primera portada de la novela, de 1965, tiene también su propia historia. La modelo (rubia, estilosa, cool, rica, como todos imaginamos a Teresa Serrat) era una danesa llamada Susan Holmquist. Sus padres vivían en "La Pedrera" y la foto fue tomada desde allí por Oriol Maspons, el coche aparcado en el paseo de Gracia. Una perspectiva muy chula, un contrapicado que me sugiere un "venga, baja, que vamos a la playa!" de la chica moderna e "independiente" -la independencia que da el dinero de papá-  de la época, mientras el señorito de turno baja de la torre a toda prisa peleándose con el polo Lacoste.  Ah y sí, se podía vivir en "La Pedrera" y aún se puede: yo sigo hipnotizada la cuenta de Instagram de Ana Viladomiu, y no sé qué daría yo por vivir allí, en un permanente cuento de hadas.  Qué escribiría yo mirando el mundo a través de las ventanas, pasando por esas puertas? Oh, el modernismo. Pero divago: parece que la princesa Susan, que acabó casándose con un fotógrafo italiano, tuvo una historia con otro Serrat, Joan Manuel, que le compuso "Conillet de vellut", en el que acaba dando el teléfono de casa de sus padres (el iluso si cambias de opinión, "ya sabes donde me encontrarás,  203 82 82"-y los pobres padres se tuvieron que cambiar el número: es lo que tiene enviar mensajes cifrados en canciones, poemas o novelas de mil páginas).

Y eso es lo que pasa cuando lees una buena novela: que encuentras mensajes que podrían haber sido escrito especialmente para ti, en cada esquina. Así me he sentido yo con Marsé y por haberme permitido abarcar más vidas que la mía, escribo estas líneas. 


11 junio 2020

Rosa María Sardá y Michelle Obama: mensajes en una botella

Me he quedado muy triste cuando me he enterado de la muerte de Rosa María Sardá. Sabía que estaba enferma y hace poco (pero quién sabe cuándo, ahora que pasa el tiempo tan extraño) escuché una entrevista en la radio a propósito de un libro, y noté que hablaba distinto, y luego vi en internet trozos de su entrevista con Évole, y se me partió el corazón: "el cáncer siempre gana". No es así, querida Rosa María: hay gente que afortunadamente se cura, cada día más, hay gente que no, pero lo que tengo claro, como tú, es que nada tiene que ver la fortaleza personal ni las oraciones: tiene que ver con el tipo de cáncer, cuándo se deja encontrar, la terapia de turno, y esas cosas que si logramos desentrañar será estudiando. Nada que ver con la voluntad. 

La Sardá, como Mary Santpere, me recordaba a la Yaya, a la que también le gustaba mucho. Para mí, verla ya me hacía reír: "No te beso que estoy sudada", no recuerdo en qué peli lo decía. O en "Ahí te quiero ver", bajando por las escaleras como al presentadora más nosequé de la televisión mundial, los grandes sketch con Honorato: "tómate el yogur, Honorato, es bueno para tu tránsito intestinal". 



Hace unos años, escuché una entrevista a su hermano Xavier, en la que él presentaba un libro de memorias. Me quedé impactada, lo debí comentar a la cena y el Peda, que justo viajaba entonces a la península, me lo trajo. Se titula "Mierda de infancia", y nunca me hubiera visto yo en semejante: leyendo un libro de memorias de un tío que sale en la tele. Pero ya que lo tenía aquí, dale. Y confirmó lo que había esbozado en aquella entrevista: Rosa María había sido la "madre" de un montón de hermanos pequeños (entre ellos Xavier) al fallecer la verdadera. Ella les había educado, querido, y desde muy joven, salido a trabajar en una casa que no sobraba nada. Aparte de la cómica que me encantaba por las risas y su acento, esto hizo que la quisiera un poco más. 

Es curioso cómo se quiere a alguien en la lejanía, alguien que nunca sabrá siquiera que existes, pero que te ha hecho reír, sentir, pensar. Nos pasa con escritores, con músicos, con actores, y a mí me pasaba con Rosa María, y también con otra persona que no es nada de eso, pero con quien me quedo boquiabierta solo de verla: Michelle Obama. 

Poca gente es más carismática que Michelle. Hay un documental sobre ella, "Becoming", que es la clase de peli que yo siempre quiero que Mini vea: mujeres fuertes, luchadoras, buena gente. Así que tras algo de persuasión, hemos logrado ver el documental los tres juntos. Solo he hecho confirmar todo lo que pensaba de Michelle. Sus tablas, su naturalidad: está hablando frente a 15.000 personas y da igual. Y no es solo su confianza, es que transmite que es amable, que es vulnerable, que realmente cree en la esperanza de la que habla. 

Ha sido especialmente emocionante para mí ver este docu en estos momentos, tras el asesinato de George Floyd. He tenido que disimular varias veces porque Mini encuentra patético que yo sea tan llorica. Pero es que a mí esto me hace llorar, el pensar en lo que está pasando y en Trump en La Casa Blanca. 

En el docu ves a toda esa gente ilusionada (yo podría ser una de ellas) haciendo fila para que Michelle les firme su libro y ella, interesándose por cada persona, cogiéndoles de la mano y no importa que haya una cámara, el espectador sabe que eso no es impostado.

Luego además dice cosas como que no iba a permitir que los camareros de la Casa Blanca siguieran en smokings. "Mi tío podría ser uno de ellos", dice, "no quiero que mis hijas crezcan pensando que esto es lo normal, que los negros sirven a los blancos en smokings". Y la Casa Blanca no la cambió: sigue hablando de sus antepasados esclavos, y su abuelo o su padre, que no pudieron salir del agujero. Por ser negros de la clase trabajadora. 

Pero pese a reconocer toda esa injusticia sistémica, también da responsabilidad a las chicas y los chicos jóvenes. En su colegio la orientadora le dijo "que estaba apuntando demasiado alto" queriendo ir a Princeton. No hizo caso, y su discurso es ese "no hagas caso, chica negra, latina, pobre... tira para adelante"  viene de ahí.



Esta es una carta en una botella que nunca les llegará. Con gratitud, admiración y corazón. Pero una carta en una botella siempre llega a alguien, y si has llegado hasta aquí, es para ti. 


30 octubre 2019

Para siempre recordar

Era Agosto del 98 cuando aterrizamos en nuestro segundo asalto a la Inglaterra Profunda, Derby, tras aquel puerto pesquero decadente en el que habíamos pasado un año. Como en todos los peores lugares, el trabajo ofrecía alojamiento barato y nos puso en la planta baja de una casa de dos plantas; tú vivías en la de arriba, desde hacía un tiempo. La colina del molino de viento. Cuando te conocimos, tuviste que enseñarnos el pasaporte para que creyésemos tu edad. 38 años? Eso era toda una persona mayor para nosotros, que estábamos en la mitad de los 20 y éramos unos indocumentados. Tú, con casi 40 no eras el senior de bigote de mi imaginario-cuarentón, sino "uno de nosotros" ("he's one of us, he's one of us"). Un Dorian Gray de esos con los que todos nos hemos cruzado alguna vez en la vida.

Tenías que pasar por nuestro recibidor para subir a tu piso, y no había ninguna puerta que independizara las dos estancias. Ello implicaba, por ejemplo, que cuando saltaba tu contestador automático, nosotros oíamos tu saludo, icónico, que jugaba con la onomatopeya de tu nombre: "auuuuuuu auuuuu. Soy el lobo. Deja tu mensaje". Y aullidos, regodeándote. También que compartíamos temperatura-ambiente, pero el termostato de la casa estaba al comienzo de la escalera, luego era mi territorio. Tú, como buen alemán, no comprendías mis temperaturas extremas, y como buen alemán, lo solucionaste enseguida. La calefacción, a partir del minuto tres,  sí fue separada. 

Los españoles (o "gente joven" como nos llamabas) supusimos aún más inconveniencias en tu  ordenada vida germánica. En la planta baja había vivido antes que nosotros un chico irlandés carne de takeaway,  nunca tocó la cocina. Cuando llegó nuestro bacon y salchichas, fue un pequeño choque cultural para ti, vegetariano de los piii. Además, el irlandés parece que solo usaba el salón, y te había dejado hacer lo que quisieras con lo que en su día debió ser el dormitorio. Resultado: un pequeño cuarto insonorizado con corcho por todas las paredes, y en el centro, tu batería. Cuando llegamos nosotros, tuviste que sacarla, pero dejamos los corchos, así que solo usábamos ese cuartucho para estrictamente dormir, en un colchón individual de aquellos de hospital recubierto de hule, en el suelo. Como sabes, allí dormimos el Peda y yo durante los seis meses que vivimos contigo en Derby. Lo que es el amor con 25, no nos importó nada apretarnos en ese zulo, ni ducharnos en el baño infame, que ante nuestras quejas por las arañas, encalaron: los ladrillos victorianos cubiertos de blanco-hospital, los grifos de Armitage Shanks, el baño con cadena.

Tú estabas en una fase de "aprendiz de brujo" más avanzada que yo. Yo me preparaba para el primer Gran Examen, y tú, durante aquellos seis meses, aprobaste el segundo Gran Examen, lo que te transformó en una semi-deidad a mis ojos. Recuerdo el día que llegó  tu nota: nos habías dejado una sartén de hierro especial que te había costado un ojo de la cara, que luego resultó que no se podía lavar.  Cuando viniste aquel día y nos habíamos cargado la sartén -obviamente tras lavarla a fondo con fairy-, simplemente te reíste, todo daba igual, tal es siempre la alegría de los aprendices de brujo al pasar esas tontas carreras de obstáculos.

Durante esos meses, llevaste al Peda a Nottingham en coche, donde tú estabas rotando en un trabajo por el que luego pasaría yo un tiempo después, y todo el mundo te recordaría con carinio por tu sentido del humor. Recuerdo contarle a la secretaria que te habías subido al tejado y "quitado la chimenea tú mismo" y ella pensó que era típico. El Peda había empezado un trabajo cutre a ver si se ponía las pilas con el inglés. A la vuelta de Navidad te trajo vino y siempre le recordabas que era de lo mejor que habías bebido. Imagina!

En aquel Noviembre de 1998, nosotros volábamos por primera vez a Nueva York. Tú habías viajado mucho más que nosotros, tenías una vida interesante: habías sido taxista tal vez en Frankurt, tenías un doctorado en neurociencia, habías vivido en Italia (y hablabas, además de inglés y alemán, italiano) y en Nueva York. Recuerdo las pinceladas que nos diste de América, el lugar donde habías visto "cosas como en ningún otro sitio... un mendigo que va por ahí con un carrito de la compra decorado con luces navideñas". Aunque nunca vi al mítico mendigo, esa siempre será para mí una de las imágenes de Nueva York.

Pasados los seis meses, nosotros nos fuimos a Nottingham, y tú encontraste trabajo, de Ultima-fase-de-Aprendiz-de-Brujo en Londinium. Cuántas veces nos decías que teníamos que venir, porque era "maravilloso, cines, teatros,  restaurantes de todo tipo".  El mito de Londinium.  Al final te hicimos caso, y fue verdad, y el primer recuerdo que tengo de mi barrio es desde tu coche: gente corriendo en el parque enfrente del que hoy vivo. 

Cuando en 2004 nosotros terminábamos nuestro viaje a Latinoamérica, tú lo empezaste. En Buenos Aires coincidimos tres semanas, también con el Naufrago Ro. Tú aprendías español en clases particulares, y luego lo refinaste durante el siguiente año, haciendo nuestro mismo viaje, pero en dirección opuesta. A la vuelta, nos trajiste la camiseta de Inca Cola de Perú,  aún la tengo por ahí, y en Panamá te cogiste el dengue, según tú en el hotelucho que te recomendamos.  Pero la última noche nuestra en el viaje aquel iniciático, la pasamos contigo sin dormir en bares extraños bonaerenses. Nos fuimos, qué brutos, al aeropuerto a las 4 am, a emprender un vuelo a Madrid que pasaba antes por Santiago de Chile y Bogotá. 

Ya no volvimos a vivir en la misma ciudad, porque a la vuelta de las Américas tú dejaste Londinium, y tiraste hacia el norte. Pasaron los años, y siempre querías hablar con nosotros en castellano, con aquel acento argentino-alemán tan maravilloso ("má o meno"). Tenías varios amigos españoles, no sé si ellos te regalaron las figuritas del penitente y del guardil que tenías en tu piso en Derby, o bien las habías comprado tú en tu perplejidad cartesiana por nuestro extranio país. Aún así, no podías entender qué hacíamos en el Reino Unido, un lugar que acabaste odiando-te he acabado dando un poco la razón, tras el Brexit. Cuando te volviste al continente, en busca de montañas y pistas de esquí,  me quedé con tu coche, que hoy es mi mini, y sigue siendo un poco tuyo. 

 Tus emails siempre eran un regalo: nos reíamos tanto con tus ocurrencias. A veces se los mandaba al Naufrago Ro o a mi hermana, y todos los adoraban. "Qué país mas paupérrimo, qué lugar más escuálido!", escribiste para describir esta maldita isla. Te dimos el título de Naufrago de Honor. Todo esto te lo conté por teléfono, cuánto nos hacías reír, y que te queríamos. 

Aunque nunca olvidaste el castellano, sé que no leerás esto. Pero eso no me preocupa;  lo que temo es olvidarme yo de estos recuerdos que hoy están tan vivos en mí. Auuuuuuu. Por eso los he escrito, por lo de siempre: un plantarle cara al olvido y a los años y a la costumbre. Para siempre recordarte, aquí dentro, en mi corazón.