El problema conmigo es, me gusta cuando alguien divaga. Es más interestante y todo eso (Holden Caufield) Si no las escribo, las cosas no han llegado a término, solo las he vivido (A Ernaux) La vida real no está a la altura de escribir sobre ella (J Eugenides) Escribir es persuadir a un extraño de que se quede (R Cusk) El camino del exceso conduce a la sabiduría (W Blake)
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16 septiembre 2025
Robert, el Brad de mi infancia
14 octubre 2023
"Polvo de estrellas" en la radio y "Astro-magic" en el techo: eran los 80.
Eran los últimos 80 y Fashion y yo compartíamos habitación. Teníamos unas pegatinas fosforescentes en el techo que pusimos intentando imitar las constelaciones al principio (esa imagen: agarrada a la escalera siguiendo las instrucciones) y terminamos tirando la toalla, esparcièndolas anárquicamente. Se llamaba "Astro magic" y te hacía la ilusión de dormir bajo un cielo estrellado. Fashion aún no era Fashion (hubo de pasar por diversas terribles etapas, incluyendo heavy, grunge, pija, madrebeige), aún no tenía diez años. Yo estudiaba BUP, llevaba hombreras los findes, me había cortado la melena por encima del hombro y tocaba la guitarra en misa. Me acostaba muy tarde, por los horarios escolares terribles de la época y la Escuela de Idiomas, o lo que fuera. Siempre quería hacer cosas, me apuntaba a todo, y me encantaba la radio. No solo música también voz. Y sobre todo de noche, ahí va el cliché: la magia de la radio de noche.
Cuando esta magia ocurría, nuestros padres dormían: mi padre todavía con la suya encendida, que yo apagaba. Cuando llegaba a nuestro cuarto, Fashion aún no se había dormido, y yo ponía la radio bajita en una "minicadena" Sony plateada que no tenía doble pletina-eso llegó después. Si lo pienso ahora, tenía a una niña pequeña al lado,que necesita sus horas de sueño, y yo no solo le seguía la conversación, sino que ponía la radio. Pero claro, yo era la equivalente de Mini, nadie esperaría ese tipo de responsabilidad en una quinceaniera..
Aparte de nuestros padres, parece: nos dejaban mucho a nuestra bola, nada que ver con la brasa a la que sometemos a la pobre Mini. El otro día me reí mucho cuando, hablando de cómo supervisaban las pantallas a sus amigas (ese ir mirando casualmente no les vaya a entrar un pedófilo) me dijo, resignada: "no, mummy, mis amigas no tienen el reciclaje en su habitación". [El contexto de esta historia es que la zona-reciclaje está en un armario de su habitación -así son los pisos en Londinium- y entramos y salimos frecuentemente. Sus amigas, que viven en casas grandes, tienen la habitación en un último piso donde según ella "no pasa nunca nadie"]. Más o menos como en nuestro castillo esmeralda de los 80, donde nos dejaban bastante en paz. No se daban cuenta de lo que de verdad pasaba en las madrugadas.
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| "Hola hijo: somos nosotros, mamá y papá, recuerdas? Las figuras borrosas en la periferia de tu vida. Solo paramos un momento para decir buenas noches" |
07 junio 2023
¿Quién eras cuando leías a Martin Amis?
El otro día murió Martin Amis e hice dos cosas: Una, como suelo, fui a buscar mis subrayados en sus libros: para recordarle pero también para ver en qué estaba yo en esta época -ya dice Valeria Luiselli que su diario son lo que subraya en los libros que lee y me pasa igual, sobre todo en aquella época en la que no había divlog. Y dos: leí la entrevista que le hicieron en 1998 en "The Paris Review" [compré tres de los cuatro volúmenes el otro día de segunda mano: maravilla].
Qué será la vida sin subrayados y anotaciones
Antes de entrar al contenido de esos subrayados del pasado, constatar que subrayaba y anotaba menos que ahora [me pregunto, a dónde nos llevará esto, ¿voy a terminar escribiendo otro libro en paralelo con cada lectura?] Ha sido esta una evolución (involución, whatever) paralela a la longitud de lo que escribo.
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| Obligados y sufridos geranios con "The Paris Review" hoy |
Pero ah, no les aburriré con mis andanzas de día; de noche, o sea aquí ("me podrán robar tus días, tus noches no"), me adhiero a una frase de Amis en la entrevista que contaré luego "Give the reader hell. Stretch them". O sea, "dale caña al lector, rétale, que tenga que trabajar". Y sigue: "el lector eres tú. Al final, escribes cosas que te gustaría leer a ti". Así que por lo menos, gústate a ti - claro que concluye "dentro de cinco o diez años te releerás y te causará dolor ver quién eras". Esto es un deporte de riesgo, solo que sin deporte, yei!
Este es su primer libro y mi primer Amis, que leí al poco de llegar a este país -recomendación de un compa de trabajo llamado Neil- cuando aún vivía en Nottingham. Tenía Amis 24 ("nadie se atrevería a escribir esta novela hoy", dijo alguien en el Times) y lo escribió sobre el estudio de su padre, el famoso escritor Kingsley Amis.
Este es el único libro suyo que Kingsley terminó: parece que era bastante exigente y como detestaba también a grandes clásicos, Martin no se lo tomaba particularmente personal (si eso es posible, tu libro!). Justifica que no leía más de veinte páginas de sus libros con que él no podría hacer "lo de las mentiras piadosas" que se hacen los escritores entre ellos. [Nota: de Kingsley solo he leído "Lucky Jim", su novela de campus, ya en Territoria Divlog, pero nunca hice divague - esto entra en cierto modo en contradicción con el principio, pero es que en realidad no escribo sobre todos los libros que leo, en especial no suelo escribir sobre los que no me gustan y más en especial sobre los que meh, o bien no tengo nada que decir, que ya es decir. En este caso no es que no me gustara, tal vez solo meh.
No encuentro "The Rachel papers" en mi estantería y hay una explicación. Los primeros años que vivimos en la isla fueron un poco "de estudiantes", intentábamos acumular poco porque nos movimos bastante, así que los libros leídos los devolvíamos a las casas de nuestros padres. Un día, nos compramos una estantería "Billy" de Ikea que cubría toda una pared y podría usar esto como metáfora de "asentamiento", pero yo qué sé (abajo una cita de Amis sobre este concepto). Lo que sí sé es que si pienso en el lugar donde quiero acabar mis días, una de las cosas que querría en él es todos los libros conmigo. Sé que no es moderno ni nada, vivir con los puesto va más con otras partes mías de estar en el mundo, pero reivindico mi derecho a la incoherencia.
En fin, que "The Rachel" solo recuerdo una cosa: que el autor cuenta que todas las chicas dicen que saben bien sus besos, o más bien el olor dulce que viene de sus pulmones -o idea similar. En estos días en los que todo se puede encontrar a golpe de google, en el fondo me alegra decir que no he podido encontrar esta cita. Tendré que volver a mi libro la próxima vez que esté en Vetusta.
"Money" (1984)
En Noviembre de 2001 leí "Money", su libro más famoso, en el que se nos cuenta el vivir sin ataduras -y no en la manera poética que estás pensando, más bien sin las restricciones que te puede dar la falta de dinero o sentido común- de un tal John Self (el apellido da pistas). Kingsley Amis tiró el libro a la pared cuando leyó que había un personaje llamado Martin Amis, según él "había roto el contrato que dice no hagas el tonto con la realidad".
Ah, lo sé, no podéis esperar: mi vida en ese momento. Pues leí gran parte en Tailandia (un doloroso recuerdo cuando este verano iba a repetir lo de inspirarme en el sudeste asiástico para escribir mis crónicas y no va a ser). Es enternecedor encontrar nombres de estaciones [Surat Thani], o un ticket que era la entrada a un curso de cine que hice en la época. También hay un posavasos del "Siam Hotel Intercontinental Bangkok", sorpresa del Peda cuando aterrizamos con nuestras mochilas y sorpresa aún mayor imagino para recepción: no pegábamos ni con cola [por supuesto, había una oferta, pagamos £40 de la época] y uno de esos cartoncitos con olor a perfume que te dan en los aeropuertos del que llevaba yo por esa época "Aromatics Elixir" de Clinique que, oh, aún huele. Abro al azar, y algunos subrayados, que además traduzco, estoy que lo tiro:
"Te quieres sentir bien por la noche o por la mañana? Es lo mismo con la vida: te quieres sentir bien de joven o de viejo? Es uno o el otro, no los dos. Una tragedia".
"No asentarme y no crecer me están matando. Tengo que dejarlo, esto de ser joven, antes de que sea demasiado tarde".
"Cuando dejé mi trabajo me sentí como a final de curso, como un sábado por la mañana, me sentí genial, me sentí ilegal".
"Qué intrigante: la única manera con que consigo que Selina venga a la cama conmigo es cuando yo no quiero ir a la cama con ella"
"Ella tenía fácil acceso a su niña interior. La niña siempre estaba disponible. (...) Su sonrisa es juguetona, pero también inocente, porque el dinero te hace inocente cuando siempre lo has tenido".
"A veces creo que la vida me está pasando como un tren (...) Está pasando, pero soy yo el que se está moviendo. No soy la estación, no soy la parada: soy el tren. Soy el tren".
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| Soy Martin, qué pasa? |
Amis piensa que la trama solo importa en los thrillers. Habla de las "características secundarias" que, aparte de la trama, pueden ser la caracterización, la introspección psicológica... pero eso no es la prosa. Él escribe "novelas de voz". La voz es todo lo que tiene un autor: es un tono, es una manera de mirar las cosas, es un ritmo.
Amis escribe a mano, y luego lo pasa a máquina, con muchísimos cambios. Según él, nada se compara con la fluidez de escribir a mano. Cuando empecé a escribir, lo hacía a mano, y me resultaba increíble que los escritor@s lo hicieran usando esas cosas que solo existían en ciertas salas de la facultad: los ordenadores. Me parecía que no podrías inspirarte lo mismo. Pienso en Carmen Martín Gaite, escribiendo con su pluma y su boina tan chic (no, la de Baroja como dijimos en "Insolación, no lo era).
No lee en alto las frases, solo en su mente. Yo encuentro muchas cosas que cambiar cuando leo en alto. No siempre lo hago.
"Mi deseo de escribir es bastante físico", dice Amis. Y lo entiendo. Amis tenía una oficina a la que conducía cada manana para escribir: su habitación propia.
"La primera cosa que distingue a un escritor es que está más vivo cuando está solo. Las cosas más interesantes le pasan a uno cuando está solo". Pienso en viajar sol@ y esto me recuerda algo que escribió Geoff Dyer sobre el poder de los tríos: cuando hay dos, es un partido de tenis, la tercera persona da un "edge", un ángulo distinto a todo. Viajar solo o en trío es otra experiencia que viajar en pareja.
Y por último, piensa Amis que hay dos tipos de escritores en esto de hablar de uno mismo: los que son razonablemente modestos y más o menos generosos cuando se refieren a sus contemporáneos, y los que son unos egomaniacos que no entienden cómo no se está siempre y en todo lugar hablando de ellos. ¡Soy un genio! tienen ganas de gritar al final de aquel cocktail.
Tal vez Amis nos intenta decir que, pese a esa cara y esa actitud, él cuando está en el cocktail no está intentando marcar las distancias porque es un genio, que tal vez si no fuera por su padre no le habrían publicado la primera novela, que no es tan capullo como John Self y que todo lo que tiene es un deseo físico que duele por escribir. O por lo menos es lo que quería decir en esa entrevista en 1998. Ahora solo nos queda leerle un poco más para decidir si esa voz, que desapareció físicamente hace unos días, sigue estando viva.
24 diciembre 2021
Joan Didion: Gracias, mi Audrey Hepburn de la literatura
Decía Cortázar en un relato titulado "Burla burlando ya van seis delante" que, "más allá de los cincuenta años, empezamos a morirnos poco a poco en otras muertes. Los grandes magos, los chamanes de la juventud parten sucesivamente". Vale, esto ya lo usé en 2010, cuando murió Miguel Delibes. Pero luego no en 2018 con Philip Roth, o en 2020 con Juan Marsé o Rosa María Sardá y ni hace un mes cuando escribí sobre lo que había supuesto para una chica de cole de monjas de una vetusta cualquiera leer a Almudena Grandes a los 20. Deben ser los 50, o no sé qué, pero otra gran maga se ha ido: Joan Didion, a los 87.
Mi entrada sobre su "Slouching towards Bethlehem" ("Los que sueñan el sueño dorado") está frecuentemente en la lista de derecha (las entradas más visitadas del mes o el año o algo). Me gustó tanto ese libro de relatos o reflexiones o hiperinteligentes entradas de blog que tuve que romperlo en dos partes y luego escribir sobre uno de los capítulos "Sobre tener un cuaderno de notas" en el que reflexiona obviamente sobre escribir. También divagué sobre el documental "El centro cederá", donde es imposible no enamorarse de ella a la vez que divertirte mucho imaginando el cortocircuito que para muchos debió suponer que una mujer tan lista y que escribe a ese nivel, pueda ser a la vez tan guapa y estilosa, una Audrey Hepburn de la literatura.
28 noviembre 2021
Almudena Grandes: Una parte de mi "novela de formación"
En mis últimos años de adolescencia caí por casualidad en unas conversaciones radiofónicas entre tres personas. Ocurrían diariamente de 11 de la noche a 1 de la madrugada, y hablaban de lo divino y lo humano. Uno era un pintor e historiador de derechas, que aún así me caía muy bien; otro, un antropólogo comunista de la Universidad de Barcelona que era mi mito absoluto y luego estaba Almudena Grandes, una escritora que hacía poco había ganado "La sonrisa vertical" con Lulú. Yo no la había leído, y empecé con "Malena es un nombre de tango", porque es el libro que ella publicó cuando escuchaba ese programa. Sin ninguna referencia literaria, lo compré únicamente porque ella, la autora, me caía bien. Creo que no he vuelto a hacer esto ya más.
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| Grandes y Matute |
Como digo, comencé con "Malena", un libro del que no recuerdo mucho de la trama, pero sí el tema: ser cierto tipo de chica/mujer -no como las de mi cole de monjas o como mis amigas- en la España de la época. Como ejemplo, recuerdo un par de cosas. Una, en la adolescencia de Malena, su descripción de los movimientos de cadera del chico que le gusta, el guaperas de toda la vida, jugando al pinball. Dos, la última frase de la novela: ella decide darle una oportunidad a un tío basándose en su elección de adjetivo al piropear sus piernas. "Malena, tienes unas piernas cojonudas". Y ella piensa, "si me hubiera dicho bonitas, o preciosas, me habría dado igual, pero ha dicho cojonudas". Le entiendo perfectamente: el lenguaje hace la realidad, tu lenguaje te define: ante un tío que en lugar de "follar" me diga "hacer el amor", yo me visto y me voy. Pues eso. (Saludos a mi suegra :))
Luego leí "Lulú" (anécdota: la tenía en la mesilla cuando vino a visitarme el médico de toda la vida, no sé qué me pasaría. La cogió, miró la cubierta y me dijo: "¿Esto no es un poco fuerte?"), y enseguida vi bien claro por qué una desconocida había ganado "La sonrisa vertical". Quien se quede con que es solo una novela erótica -me descubro ante estos trozos, saber escribir de eso- no ha entedido nada. Es una Bildungsroman en toda regla en la que podemos llegar a entender su relación obsesiva y ante todo, de poder, con su pareja, desde su infancia (si hubiera sabido lo que es una Bildungsroman en esa época, se lo podría haber dicho al médico). A partir de ahí, iba leyendo casi todo lo que publicaba como quien escucha a una amiga mayor que te cuenta lo que es la vida de otras mujeres, en partes de las cuales podía verme reflejada a veces, o no. Aunque no volvió a la literatura erótica, la mayor parte de sus personajes eran mujeres de armas tomar, que hacían cosas, y que además eran pasionales y se enamoraban como bestias. Por esto, algún amigo con el que hablaba yo de libros la miraba por encima del hombro con aquello tan irritante de "literatura de mujeres", como si el amor y la pasión no fueran una parte de la vida. Hay literatura buena y mala: superadlo.
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| Biblioteca del Paraninfo en Vetusta |
Grandes dice que todos los libros de esa saga terminan mal, obviamente, porque el fascismo ganó la guerra y se quedó 40 años. Todas son historias de gente que perdieron, pero lucharon, y eso es lo que importa. Por eso hace volver a los exiliados en los epílogos, para de alguna manera forzar un final feliz. Al final de esta entrevista que le hizo Pablo Iglesias en La Tuerka en 2018, le pide que brinde por algo y ella dice "ya que estamos en Abril, por la Tercera República, que espero verla antes de que me muera". Y aquí se me ha quedado el corazón helado, como el título de una de tus novelas, Almudena.
Pero aquí nos quedamos los que esperamos la Tercera República y tantas otras cosas con las que soñabas. Cosas que a día de hoy no prometen pero por las que, como hicieron tus personajes, merece la pena luchar. Gracias por tu parte de traerme hasta aquí.
19 julio 2020
Juan Marsé: rescatando mis conversaciones contigo en los márgenes de tus libros
Parece que yo leí esta novela en un viaje a Egipto, en su última página en blanco hay tres emails de gente que no reconozco (quién será manolitoamigo?), entradas de cine (la peli, "Match point" de Woody Allen), billetes de tren de cercanías, papelito de fragancias de esos que te dan en los aeropuertos-que obviamente ya solo huele a papel viejo, mucho mejor. Todo esto me lleva a lo que estaba haciendo yo, quién era yo cuando leí ese libro (siempre digo que leer "La montaña mágica" cuando tienes 23 años como Hans Castorp o "La regenta" a los 30, como Ana Ozores, coincidencias mías, quiso decir algo, pero igual es solo literatura).
11 junio 2020
Rosa María Sardá y Michelle Obama: mensajes en una botella
Hace unos años, escuché una entrevista a su hermano Xavier, en la que él presentaba un libro de memorias. Me quedé impactada, lo debí comentar a la cena y el Peda, que justo viajaba entonces a la península, me lo trajo. Se titula "Mierda de infancia", y nunca me hubiera visto yo en semejante: leyendo un libro de memorias de un tío que sale en la tele. Pero ya que lo tenía aquí, dale. Y confirmó lo que había esbozado en aquella entrevista: Rosa María había sido la "madre" de un montón de hermanos pequeños (entre ellos Xavier) al fallecer la verdadera. Ella les había educado, querido, y desde muy joven, salido a trabajar en una casa que no sobraba nada. Aparte de la cómica que me encantaba por las risas y su acento, esto hizo que la quisiera un poco más.
Es curioso cómo se quiere a alguien en la lejanía, alguien que nunca sabrá siquiera que existes, pero que te ha hecho reír, sentir, pensar. Nos pasa con escritores, con músicos, con actores, y a mí me pasaba con Rosa María, y también con otra persona que no es nada de eso, pero con quien me quedo boquiabierta solo de verla: Michelle Obama.
Ha sido especialmente emocionante para mí ver este docu en estos momentos, tras el asesinato de George Floyd. He tenido que disimular varias veces porque Mini encuentra patético que yo sea tan llorica. Pero es que a mí esto me hace llorar, el pensar en lo que está pasando y en Trump en La Casa Blanca.
En el docu ves a toda esa gente ilusionada (yo podría ser una de ellas) haciendo fila para que Michelle les firme su libro y ella, interesándose por cada persona, cogiéndoles de la mano y no importa que haya una cámara, el espectador sabe que eso no es impostado.
Luego además dice cosas como que no iba a permitir que los camareros de la Casa Blanca siguieran en smokings. "Mi tío podría ser uno de ellos", dice, "no quiero que mis hijas crezcan pensando que esto es lo normal, que los negros sirven a los blancos en smokings". Y la Casa Blanca no la cambió: sigue hablando de sus antepasados esclavos, y su abuelo o su padre, que no pudieron salir del agujero. Por ser negros de la clase trabajadora.
Pero pese a reconocer toda esa injusticia sistémica, también da responsabilidad a las chicas y los chicos jóvenes. En su colegio la orientadora le dijo "que estaba apuntando demasiado alto" queriendo ir a Princeton. No hizo caso, y su discurso es ese "no hagas caso, chica negra, latina, pobre... tira para adelante" viene de ahí.
30 octubre 2019
Para siempre recordar
Tenías que pasar por nuestro recibidor para subir a tu piso, y no había ninguna puerta que independizara las dos estancias. Ello implicaba, por ejemplo, que cuando saltaba tu contestador automático, nosotros oíamos tu saludo, icónico, que jugaba con la onomatopeya de tu nombre: "auuuuuuu auuuuu. Soy el lobo. Deja tu mensaje". Y aullidos, regodeándote. También que compartíamos temperatura-ambiente, pero el termostato de la casa estaba al comienzo de la escalera, luego era mi territorio. Tú, como buen alemán, no comprendías mis temperaturas extremas, y como buen alemán, lo solucionaste enseguida. La calefacción, a partir del minuto tres, sí fue separada.













