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02 septiembre 2004

Shock en Chiapas

Jueves, 02.09.04 Hotel Fray Bartolomé (San Cristóbal de las Casas)

La verdad es que no se qué tono darle a la descripción de lo que vivimos en San Juan Chamula para transmitir mínimamente el impacto que nos causó. Todas las agencias organizan viajes, pero preferimos ir por nuestra cuenta. El día anterior habíamos estado en el Cañón del Sumidero con una agencia y Rigoberto, porque es más de una hora de camino lleno de curvas al que es difícil ir por tu cuenta. El Cañón es impresionante, en algunos puntos alcanza los mil metros de altura, y el río por el q vamos en la lancha tiene una profundidad de 100 metros. Vemos algún cocodrilo en las orillas, y gente que limpia el río, porque cuando llueve todo acaba aquí (desde botellas hasta zapatos, una se pregunta porqué siempre acaban los zapatos por ahí tirados y no las camisas, por ejemplo.) Recorremos 35 kms de río con la lancha, que va a todo trapo, es divertido. Pasamos por una pequeña cascada, y el guía nos enseña pájaros (buitres de la zona) y otra fauna. Al final del viaje, llegamos a la presa, donde hay un monumento inmenso al frente al ingeniero que la diseñó y detrás, los trabajadores que murieron en su construcción. Después vamos a Chiapa del Corzo, un pueblo con fuente mudéjar y convento que exploramos con los boloñeses.


Pero iba yo a hablar de San Juan Chamula, parece que voy dando rodeos, y es que temo no saber explicar lo que allí vimos. Como decía, nos fuimos hasta el mercado de San Cristóbal, desde el que salen las combis (son como furgonetas para pasajeros) hacia San Juan. Viajamos con gente del lugar, no hay en la combi un solo turista, y lo mismo a la vuelta. En su mayoría son indígenas, y en este caso, la higiene no es su principal preocupación. Al llegar a San Juan, paramos en la plaza, donde está el mercado y al fondo, la preciosa iglesia. El mercado me recuerda, en reducido, al de la Plaza de El Fnaa en Marrakech: gente con sombrillas y una manta con su pequeña exposición de lo que quiera que vendan. En general, son mujercillas vestidas de indígenas, pobres, que venden literalmente 8 manzanas con puntos negros, de esas que Sainsbury's tira antes de poner a la venta, 4 patatas y algún fruto al que no puedo ponerle el nombre, más o menos en las mismas condiciones. Hay muchas niñas que van vendiendo de todo o que piden un peso, o a veces que les hagas una fotografía, por 10 pesos.

La iglesia es blanca, muy bonita por fuera, y de su campanario parten guirnaldas de colores en todas las direcciones de la plaza. La cámara se quedaría allí todo el día, haciendo fotos a las sombras de las guirnaldas coloreadas mientras va girando el sol. Para entrar en la iglesia, hay que pagar algo en la oficina de turismo. Hay mil advertencias en las guías, e incluso en la entrada del pueblo, prohibiendo hacer fotos dentro de la iglesia, y a cualquiera de los rituales que se realicen. Una vez dentro, entendemos todavía más por qué.

La iglesia tiene una planta rectangular de espacio diáfano sin un solo banco, paredes pintadas de blanco, y un montón de santos en hornacinas alrededor de todas sus paredes. Los santos (“Señor San Juan Bautista”, “Señor San Sebastián”, etc.) son considerados aquí como hermanos de Cristo y tratados al mismo nivel. Las imágenes son totalmente grotescas, de esas con las que no te gustaría nada quedarte sola por la noche. Los colonizados tenían una imagen curiosa de los colonizadores: para ellos, español aún es sinónimo de gente con nariz grande, ojos y tez claros. Los santos parecen monigotes maquillados, impostando expresividades más propias de café cantante de barrio bajo que de iglesia.

Pero no son los santos lo primero que reclama la atención al entrar en San Juan: para mí es la oscuridad enorme rota por miles y miles de velas, y las ramas de pino secas que cubren todo el suelo. Hay muchos indígenas sentados en pequeños grupos alrededor de grupos de velas, que plantan en los escasos huecos que dejan las agujas de pino. Según el tamaño de las velas, así es el favor que van a pedir, y suelen versar en torno a enfermedades de familiares. Hay algunos hombres que inferimos son chamanes que, arrodillados hacen unas oraciones en una lengua local, con entonación característica: se mueven espasmódicamente de atrás hacia adelante, moviendo los brazos expresivamente y lo que recitan es en un tono enfático por demás, pero susurrante: nunca había oído nada así.

Dejo al Pedalista en lo que un día sería el altar (hoy pared llena de santos y el suelo de grupos de feligreses) y sigo dando vueltas a los distintos grupos. Para mi horror, veo en el centro de la iglesia una pareja de bastante edad arrodillada enfrente de su grupo de velas. Ella tiene un pollo en sus manos, y se lo pasa al hombre que lo mata allí mismo, sin necesidad de cuchillo: le tuerce el cuello. Me quedo clavada en el suelo, no puedo creer lo que he visto. Me doy la vuelta de inmediato, pero la niña que debe quedar aún en mí se gira de nuevo y ve aún al pollo moverse, y el hombre forcejea con él hasta que para. Vuelvo al altar donde está mi compa, que me dice nada más llegar “yo de ti me iría, mira lo que hay ahí.” Es una gallina, esta vez viva. Las mujeres del grupo la tocan, las niñas también. Hay tres niñas que recorren mil veces la iglesia. Una lleva un vestido blanco de esos totalmente pasados de moda, que tanto he visto en este país, de aquellos que todos recordaréis llevaban las niñas en España en los años 70: con un lazo que parte de la cintura y se ata atrás. Otra lleva una camiseta raída por arriba, y por abajo un trozo de tela (que es lana) anudado con otra tela a modo de cinturón. La mayor las lleva de la mano. Nunca pago por fotos, pero a estas tres les habría pagado con gusto: me las dejo grabadas aquí, en su lugar.

Le digo a mi compañero que esa gallina tiene las horas contadas, y no da crédito. La gente también lleva huevos, sobre los que escriben cosas. Y otra parte fundamental del ritual, que resulta bizarra y extraña, son las botellas de cristal de 354 ml de coca-cola, Pepsi, Mirinda, Fanta, al lado de las velas, y que suponemos que se beberán ellos, aunque no lo sabemos seguro. Lo que sí sabemos es lo que contienen las bolsitas de plástico con un líquido blanco que algunos dejan en el suelo. 

Tras un buen rato extasiados en la iglesia salimos a dar una vuelta por la plaza. Hemos oído hablar del posh (nada que ver con la esposa de Beckham), una bebida que hace palidecer al mismísimo tequila que beben los chamulas. Queremos comprobar en nuestras carnes si es mito, porque mucha es la mitología que rodea a este pueblo. Rigoberto (que nos llevó al Cañón) nos contó cómo los hombres chamulas son polígamos y no trabajan nunca. Las mujeres son las que llevan el peso de la casa, y de la agricultura: “van al campo a por el maíz, hacen las tortillas, y luego los despiertan” (los despiertan sistemáticamente de la mona de posh, claro.) Se me ocurre una nueva ONG, como aquella que va por los pueblos de Mali enseñando los peligros de la ablación del clítoris (lo interesante y terrible a la vez de esto último es ver cómo tienen que convencer no solo a las mujeres, sino a los viejos y viejas de la tribu, y cómo las técnicas de persuasión no pasan en absoluto por lo que nuestra mente occidental bienpensante podría siquiera imaginar). Tratan de hacerles ver cómo los queloides posteriores de la ablación darán lugar a problemas para el niño en el parto, por ejemplo. Nada que ver con ningún derecho de la mujer. Y también muy significativo que fueran propias mujeres de Mali, negras y vestidas como ellas, pero que habían accedido a la universidad o a otros puntos de vista, quienes se encargaban de impartir estas clases. Nada que hacer si una blanca con pantalones aparece allí a llevar su verdad, como es lógico, pero aquí sembrando la duda de por qué han de mantener a tipos que están todo el día colocados. Claro que seguro que mi gurú Marvin Harris tenía su explicación a esto, y empiezo a imaginar cuál, pero no me hagáis abrir otro paréntesis.

Los pedalistas, como decía unos cuantos paréntesis más arriba, andaban alrededor de la plaza en busca de su traguito de posh. En ninguna de las cantinas o tiendas en las que entran tienen el susodicho licor. Un hombre de la plaza, que les vende un trozo de sandía y otro de piña, les envía al edificio blanco y azul. Al llegar allí, observo con estupor que es un mini-hospital, y me planteo que lo de que los médicos beben ya es del dominio público. De allí, una paciente nos envía a una tienda de al lado, donde presenciamos una escena también digna de salir de una peli de Buñuel.

En la tienda hay un joven que justo habla español, y una vieja tendiendo a harapienta (eso sí, colorista, es increíble la ropa aquí) sentada en la silla. La mayor parte de la población tiene los dientes bordeados por un metal plateado, supongo que la ultima medida para detener la caída, pero es curioso ver que hasta gente joven llevan estos dientes. Le preguntamos al joven por el posh, y se extraña de que solo queramos un vasito. Coge el que tiene en el mostrador, le pasa un trapo (no sé, ni quiero saber si había sido usado antes, pero en todo caso me tranquiliza pensar en el poder desinfectante del famoso Posh) y lo llena del líquido infame. Buah!!!! ¿Pero qué es esto? Como podemos y entre los dos, nos terminamos el vasito (es como un chupito, algo mayor). El Pedalista cuando acaba está tan tocado que quiere comprar la botella. Menos mal que alguien mantiene la razón y le frena. Mientras lo bebemos, hablamos con gestos con la anciana, que está también de compras, pero ella pre-ritual. Pide unos huevos, muchas velas y una cantidad mayor que la del vasito de Posh en una bolsita de plástico. Se despide, y luego la vemos en la iglesia, como todos los demás, con sus ofrendas, y todavía la bolsita de líquido transparente.

Nos quedamos bastante rato más en la iglesia, hay muchos más indígenas, y casi ningún turista entonces. Me hago amiga de Alfredo y su hermana Angelina, que me mira desde el trozo de tela que la ata a la espalda de su madre, que también va al ritual. En otro punto, un tipo muy metido de Posh me agarra una mano tan fuerte que debo recurrir al método “ese de allá es mi marido” señalando al pedalista para que me suelte. Ya sin soltarme de él (este impostado marido), presenciamos un nuevo ritual en el que una familia joven y un chamán hacen de las suyas. El chamán coge la gallina y la mueve de un lado a otro, y sobre todo por los laterales del padre, que está arrodillado. Los niños casi ni atienden, me pregunto si están acostumbrados, o les parecerá normal que un hombre con poncho blanco pase una gallina de un hombro a otro de su padre. El chamán acaba matando a la pobre gallina, y la familia se despide agradecida, dejando la gallina muerta para disfrute del chamán, suponemos.

Queremos pensar que los chamanes, los mangantes de esta religión, harán un buen caldo con la gallina. Y por supuesto, que nuestra anciana harapienta se beberá el Posh mismamente dentro de la iglesia en lugar de derramarlo. Creemos que el Posh debe tener un valor incalculable como factor coadyuvante en toda esta historia. Y nos atreveríamos a sugerir que fuera adoptado por otras religiones occidentales, ya que su carencia puede estar directamente relacionada con los elevados índices de ateísmo y descreimiento que sufrimos en otras latitudes.

Salimos en un estado de perplejidad de ese que se echa de menos cuando uno se convierte en adulto, por las pocas veces que pasa. Qué rituales, qué religiones, qué supersticiones… que tienen lugar bajo el beneplácito de la Santa Iglesia católica de México. Es de entender, porque si no se quedaban a dos velas. Y en ningún sitio mejor usada la metáfora que en el océano de velas titilantes de San Juan Chamula. (K, 9 sep 2004)

"... y miren lo que son las cosas que para que nos vieran, nos tapamos el rostro;
para que nos nombraran, nos negamos el nombre;
apostamos el presente para tener futuro;
y para vivir...morimos"(Subcomandante Marcos, del EZLN)

[publicado 12.12.09]

itacalog


Despertamos tarde y desayunamos en Las Nubes muy bien. Vamos a San Juan Chamula en combi desde el mercado. La iglesia impresiona con sus velas, gallinas, huevos, santos, y niños. Vemos el museo, compramos sandía y piña y probamos el posh. Más iglesia y vuelta a San Cristóbal. Comemos algo, callejeamos un poco, compramos CD’s, hotel a escribir un poco, internet, agencias, intentamos Rigoberto y al final una backpacker nos convence de ir a Palenque para hacer lo que nosotros queremos. A la estación a mirar horarios y al restaurante Plaza Real a cenar de menú, muy bien. Nos atiende José Alfredo, que está estudiando derecho y quiere ser presidente, aunque antes sus aspiraciones más cercanas son comprarse un carro. Al hotel a escribir y dormir (I, 02.09.04)

17 agosto 2004

De cómo los pedalistas dieron con sus huesos en la Posada Condesa y de lo que en ella aconteció

Bienvenidos a Refritos Mix. Esto se escribió el 19 de agosto de 2004 cuando los pedalistas hacían las Américas. Dicen que los sabáticos han de ocurrir cada siete años...



Martes, 17.08.04 Posada de la Condesa (Guanajuato)

Guanajuato fue en su día la ciudad más rica y próspera de México, debido a las minas de plata. Y se le nota: iglesias coloniales en cada esquina, y mansiones, y parques, y calles adoquinadas. Es una ciudad pequeña con ambiente universitario, donde los paseos son muy agradables. Debe ser uno de los lugares más turísticos de México, pero turismo principalmente mexicano y mochilero de holandeses y algún yanki. Es curioso ver cómo los españoles han desaparecido por completo tras dejar la península de Yucatán, donde seguirán churrascándose bajo el sol de Cancún o Playa. Este turismo tiene implicaciones buenas: los puntos de Internet son muy abundantes y baratos, y malas: los hoteles son muy caros.

Así que los pedalistas, siguiendo fielmente su guía de viaje (aúpa Rough Guide, muerte Lonely Planet), se encaminan a la Posada La Condesa, sin haber realmente leído muy bien los comentarios. Al llegar, a media tarde, hay unos cuantos viejos en recepción. La habitación son 180 pesos, y pese a que la parte de abajo de la "posada" está un tanto destartalada (tirando a almacén, mesas apiladas y otros efectos) la subimos a ver. Mientras avanzamos me intento convencer de que tiene un sabor como a casa vieja de pueblo, donde en los bajos había vacas antaño y hoy se acumulan trastos con polvo. Al encarar las escaleras observo con estupor (cómo no hacerlo) que hay dos armaduras tamaño natural mexicano (les paso la cabeza, como a la mayoría de los mexicanos.) Al llegar a la puerta de la habitación, el viejo no se ruboriza al abrir con una llave de juguete un candado que ata una cadena de mala manera a la puerta, y nos mete en una habitación sin ventanas. Y sin enchufe. El baño está claramente improvisado, y se puede decir que, con voluntad, uno se puede duchar, lavar las manos y hacer pis a la vez.

Nos miramos con cara de pena. Sé que ya se veía venir, pero cuando uno llega tras varias horas de autobús, sin alojamiento reservado, y con las mochilas, de lo único q tiene ganas es de darse una ducha (o lo q se pueda hacer aquí), soltar las mochilas e irse a comer algo. Excusas, vale, pero aceptamos.

Cuando volvemos por la noche y nos acostamos nos sorprende un nuevo pequeño problema: Capitolio. Así se llama (cómo olvidarlo) la discoteca pared con pared con el hotel, y en concreto con nuestra habitación. Se oye la música mucho más claramente q si la tuviéramos en la habitación a todo trapo. Y a ver, digo música por decir algo. En México hemos pasado horas y horas en las terrazas de bares con música en directo (en concreto en Guanajuato, donde hace fresquito, te ponen mantas en las sillas como en Copenhage) escuchando a distintos tipos con coleta y una guitarra cantando a Serrat, a Silvio, o repetidas veces, esta canción que nunca me canso de escuchar...

.

Pero lo del Capitolio es otro rollo. "Rollo gentejoven" que diría mi amigo Wolf. Nos miramos escépticos, pero acto seguido el pedalista compañero de fatigas dice que "no hay problema, está todo controlado". La solución está en la mochila: tenemos los tapones de los oídos de Angeles (nuestra amiga azafata, gracias British Airways.) Estos tapones son los que usan los técnicos de la British cuando los motores de los aviones están funcionando en tierra. Para que se hagan una idea. Los tapones que usan los ingenieros para amortiguar un reactor en su oreja. Bien, se insertan. Y dos segundos más tarde se hace evidente una triste realidad: ni estos titanes del aislamiento logran amortiguar el maldito Capitolio. Por afinar, en concreto creo que tal vez quitan los agudos y sólo se oyen los bajos, o lo que a mi, en mi ancianidad, me parece un tambor dale que te pego.

Doy una vuelta y la primera ruminación me visita. Esta es precisamente una noche en la que nos acostamos pronto por el cansancio antes descrito. Manda huevos. Media vuelta: el pedalista se logra dormir, traidor. Más intrusiones. Odio intenso. Las doce, la una. No hay manera. Hay ratos en los que para un segundo, y fantaseo con que termina pero continúa, y si me había adormecido en esa décima de segundo, la vuelta a la realidad es si cabe más atroz.

A las dos de la mañana me levanto, me como una oreja (así llaman aquí a las palmeras), me tomo un vaso de agua, voy al baño por enésima vez, hago unas flexiones al son del tambor. Nada funciona. Más vueltas. En un estado de desesperación mayúscula, me levanto, cojo la sierra eléctrica y en camisón (tal era mi ofuscación) bajo a ver qué se cuece en recepción. No entiendo cómo mi compa está frito y el hotel en silencio con lo que parece el fin del mundo retumbando allí al lado.

Las luces de los pasillos de arriba son de colores convenientemente rojos y verdes, fluorescentes encima de algún punto clave. Si creen q eso me arredra, están equivocados. Voy a por todas. Si el mismo fantasma de la ópera con su cara quemada me encuentra en ese pasillo a las 2 am, es él quien huye despavorido al ver a un ser en estado semidelirante. La imagen es dantesca: mujer blanca descalza, ojos rojos, el pelo alborotado tras mil vueltas en aquel potro de tortura, con un jersey negro por arriba y lo que parece un camisón de raso gris plomo por abajo (sólo me falta el candelabro). Soy la esposa loca de Mr Rochester que por la noche sale del ático donde intentan encerrar su locura.

Al llegar abajo, está todo oscuro, y la música es más insoportable si cabe. Casi pego un salto con las armaduras (¡jo-der!), y me río yo sola. Atravieso la sala de las cosas apiladas, que en la penumbra sugieren imágenes timburtonianas que me apresuro a borrar cuando encuentro la llave de la luz. Todo se ilumina, parte de esta luz me ayuda con la sala contigua: recepción. Lo primero que veo es la puerta del hotel cerrada a cal y canto (¿cómo escapar de esta fortificación?) y luego a un hombre durmiendo en un sofá de madera estilo colonial a pierna suelta. No lo entiendo, el ruido es imposible. Me acerco a él y “oiga, oiga, disculpe”. El hombre ni se mueve, así que repito a voz en grito, le zarandeo, y el pobre se despierta asustadísimo tras ver al ente. Le da para balbucear mientras señala otro punto de la recepción, donde descubro a otro hombre durmiendo en un sofá similar al suyo.

Repito el proceso con el segundo: he de zarandearle, y cuando se sienta veo q es un hombre mayor, un viejecillo con gorra de béisbol q está medio dormido cuando me contesta con una sonrisa. Una de las conversaciones más surrealistas de mi vida llega a continuación:

- "Pero señor, son las 2 am, nos debían haber avisado del ruido cuando fuimos por la tarde, eso es injusto, uno va a los hoteles para descansar".
(El pobre hombre asiente sonriente, aun bajo los efectos del sueño. Está de acuerdo conmigo, el ruido es infernal pese a q él duerme furiosamente)
- "Pero, por favor, ¿a qué hora acaba esto?"
- "A las 12"
- "¿¿¿Qué??? No puedo creerlo, pero ¿qué dice, a las 12???"
(El señor asiente, orgulloso):
- “sí sí a las 12 de la mañana”
- “No es posible, oiga, no es posible”
- “Sí, 12”
- “Esto no está pasando”

Mis peores fantasías vienen a visitarme: estamos en un hotel en medio de México, al lado de una macrodiscoteca de esas q está abierta hasta mediodía. La pesadilla no acabará en un par de horas, continuará hasta la mañana, no puedo creerlo, no voy a dormir absolutamente nada. Sigo increpando al hombre, pero he de admitir q cuanto más pasa el tiempo, más ternura siento por este pobre anciano que me dice “que al día siguiente hable con el patrón”, este hombre q duerme todos los días pegado a este ruido terrible por sacarse unos pesos, mientras que ese patrón duerme en su casa feliz y contento, sin preocuparse por que insonoricen la disco o en ser sincero con los viajeros incautos que caen allí. Al final, logro una confesión del buen hombre: la disco acaba a las 4 de la madrugada. Bien, faltan dos horas.

Cuando vuelvo a la cama, y recapitulo toda esta situación sacada del absurdo, me empiezo a reír yo sola (pedalista sigue dormido) y no puedo parar. Porque me doy cuenta que, en mi histeria, entendí que la disco terminaba a las 12 del mediodía, cuando lo que el pobre señor me quería decir es que el check-out era a las 12, que debíamos dejar la habitación a las 12 del día. Quiero despertar al pedalista para contárselo.


La cara del anciano no se me olvidará nunca: seguro que para él es muy normal que bajen los huéspedes a las 2 de la mañana, con cara de locos y en camisón, a preguntar malhumorados que a qué hora tienen que dejar la habitación al día siguiente, y se suban por las paredes repitiendo “no es posible” cuando les dice q a las 12 del mediodía. (K, escrito cuándo pero publicado aquí el 25.02.10)


itacalog

Despertar, ducha, desayuno y autobús a la Central Camionera. Allí enchiladas y a León donde cambiamos a Guanajuato. México juega a fútbol en las Olimpiadas. Llegamos cansados, por la tarde. Bus al centro, Posada de la Condesa (Top Five aunque sólo sea por la puerta de la habitación). Salimos a dar una vuelta y mirar habitación mejor. Cena de menú, bien. Internet y CFA (viva!) Cerveza con manta mientras escuchamos una vez más a Álex Ubago y Santa Lucía. Vuelta a casa, la guía avisa que al lado hay un nightclub y mientras leemos escuchamos los últimos éxitos del verano. Tapones y antifaces a pesar de que no hay ventanas. Yo duermo, K se baja a las dos a ver cuándo termina el jolgorio, le dicen que a las doce… Risas. Ella duerme a las cuatro. Yo ni me entero. (i, 17.08.04)


08 agosto 2004

Museo de Antropología, Voladores, Arte Moderno y Alameda

 Domingo, 08.08.04 Hotel Juárez (México DF)


Divagando: Breve nota escatológica no apta para pusilánimes
Sé que para algunos de vosotros (véase pareja del "blanco español" en los azulejos) esta realidad será insoportable, pero si no habéis llegado hasta aquí para comprobarlo, oh pequeños saltamontes, deberéis leerlo aquí de primera mano. El primer choque que la que escribe tuvo con la, digamos, higiene personal tras aguas mayores en países en vías de desarrollo fue allá por el 94 en una ciudad ahora emblema de rojerismo y alternatividad: Porto Alegre, Río Grande do Sul, Brasil. Aquí la dueña de la casa me indicó que el papel higiénico no se tiraba al baño porque las tuberías "no eran como en Europa" - se atascaban. Por ello había un cubo al lado que no, no era para poner los aros desmaquillantes. La bisoñez de la que escribe era tal en aquella época que no tuvo a mal aclarar algún punto que se le antojaba inaceptable, a lo que la brasileña contestó, en una de esas frases míticas que ya son parte de nuestras vidas: “xixí, en el cubo; cocó, lo puedes tirar al baño.” Mucho ha llovido desde aquello, y una ha sufrido de todo tipo de técnicas (ese grifito de Tailandia o la India) y humillaciones en diversos países. En México vemos que se estila de nuevo el cubo accesorio, pero la realidad ha mostrado que aquí “xixí, en el cubo; cocó, también.” (k)

¿Dónde está mi té?
Definitivamente en México no saben preparar té. En primer lugar, hay que llamarlo té negro; luego explicar que te lo pongan en vaso grande hasta arriba, y además pedir leche por separado (que una vez nos cobraron). A veces sufro intrusiones o incluso se podrían catalogar como flashbacks de mi taza de Concerta donde tomo mi té Red Label con mi leche semi de Sainsbury's. Ah!!!! El té… (k)

itacalog i
Despertamos muy pronto, 0630. K, inspirada, se pone a escribir mientras yo me ducho, afeito, etc. A las diez ya hemos dejado las mochilas en el nuevo hotel y estamos desayunando. K llama a España (Yaya en S.).

Cogemos metro en Zócalo para ir al Museo de Antropología, nos parece muy lejos, pero sin problemas. De camino al museo, vemos una exposición fotográfica al aire libre sobre el México de hace 100-150 años. En el museo hay que pagar por no ser mexicanos. Muy grande, bastante bien, aunque no llega a las expectativas.


Vemos los voladores, comemos algo y




luego al Museo de Arte Moderno, donde no hay que pagar, nos sacan una foto y nos dan un pan.

Volvemos en metro a casa, a las cuatro o así estamos en la habitación descansando un poco y viendo la tele.

Salimos sobre las siete a la Alameda, donde hay mucho ambiente, buscando un cyber que no encontramos. Cenamos más barato imposible en un chiringuito en la calle: ocho tacos (longaniza y pastor), consomé y coke 27 pesos, todo un récord.

Volviendo, vemos la Casa de los Azulejos y un Starbucks. Más Zócalo. Aquí a escribir y leer (i).



27 julio 2004

Mosquitos y secretas disfrazados de hippies en Tulúm

Martes, 27.07.04 Cabaña Papaya Playa (Tulum)

Itacalog i
Salimos a hacer gestiones tipo comprar adaptador, loción postmosquito, y reservar hotel en Tulum. Desayunamos fruta callejera. A estación buses, a por mochis a hotel a las 12. A por coke a bagueteria economica y q nos hagan una nueva baguette para llevar. Esperar bus para Tulum mucho rato (llega retrasado). Mitad de viaje de pie por mucha gente, con backpackers imbéciles (italian y espanis). En Tulum en taxi a la Cabaña Papaya Playa. Andando por playa y rocas a Tulum, llegamos tarde y no pagamos entrada. Bien, vuelta andando con coke en El Mirador. Al llegar baño en playa viendo anochecer: lovely (…) (1-0). Cena y dormir. Mosquitos, despiertos a medianoche. Mala noche. (i)

Tulúm, Quintana Roo (geografia para no iniciados)
¡Ah Tulúm! Una calle larga y ancha llena de chiringuitos de todo tipo recorrida a las doce del mediodía, si no a punta de pistola sí a punta de sol justiciero. Y había vida: un par de cibercafés, sucursales de todos los bancos (Santander Serfin, vemos que Botin se une con los que le riman, excepción del Abbeybin), tiendas de artesanía (quiero un sombrero de dallas!-la gente local los lleva). Y un establecimiento donde, haciendo gala de una inusitada sensibilidad con el viajero expenden, entre otros jugos, “uno contra el estreñimiento.” Y junto con el tránsito intestinal, hay una preocupación por el bienestar del mochilero a todo nivel: es en la única estación que hemos encontrado un enchufe donde conectar el portátil para escribiros algunas de estas líneas. (k)

El pocahontas pijo de Tulúm (fauna que una encuentra de viaje)
En la Cabaña Papaya, cenando a la idílica luz de las velas (insisto, cenando tanto nosotros como los moscos) hay una pareja de románticos hippies. Todo esto lo deduzco porque él lleva una melena a lo Pantoja que ni el Pedalista ha llevado nunca, de esas que llegan a la cintura. Al día siguiente suben en nuestro mismo bus a Piste, y acabamos entablando conversación. Son sudafricanos y, atención, niegan su estancia la noche anterior en la inclita cabania papaya. El pedalista se apresura a abrirme los ojos de lo que no debería habérseme escapado: son secretas, y están relacionados con “la misteriosa muerte de Carmina Ordoñez” (póngase música de camel de fondo, como hacen aquí en el telediario matinal para poner las fotos de los “malandrines” más buscados). La cosa se confirma al llegar a Piste: entrar en nuestra posada Novelo un poco más tarde que nosotros, les ofrecen la habitación contigua y… la rechazan!

La noche en Cabaña Papaya Playa (sección “aventuras”)
Lo que me fastidia de esto es que cuando veais las fotos diréis (tal como ocurrió con la inefable cabaña en Ko Samui), “ay, que bonito.” Bien, la cabaña papaya es de madera y el techo es de paja o palmera, no tiene ni agua ni electricidad y desde ella se oyen las olas, y es muy bucólico. Pero qué noche. Encerrados en la mosquitera con nuestros mosquetones (como dice mi compa cuando creo lograr darle a uno, “marcador en estos momentos: k uno, mosquitos nueve mil”) no entra el aire q creemos sopla en la playa a escasos metros, y no hay ventilador (hasta ahora el único sitio en el que no ha habido ventilador de esos de techo.) Es tb el primer lugar donde hacemos uso de la sábana de guerra que nos hizo la yaya. Consiste en 2 sábanas cosidas entre sí como un saco cuyo objetivo suele ser separarnos de las sabanas dudosas de algún establecimiento, o bien de los mosquitos. Gracias yaya, que sería de nosotros sin ella. (k)

26 julio 2004

Psicoanálisis y snorkeling en Playa del Carmen

Lunes, 26.07.04 Hotel Yum K’iin (Playa del Carmen)
Desayunamos por todo lo alto en Posada Amor. Dejamos allí las cosas y vamos a hacer snorkeling. Conocemos en la misma barca a Jacobo y sus hijos. Snorkeling, me mareo y no puedo bajar la segunda vez. Interesante, pero naturaleza al cabo. A Playa del Carmen con Jacobo (coche alquilado). Conversación, luego vamos a japonés a beber algo y acabamos con sushis. Despedida. Nosotros a buscar alojamiento, nos cuesta porque es caro. Scumhole. Encontramos un sitio decente por 350. Highlight: “baguetteria económica” enfrente, 10 pesos por baguette -económica- muy buena. Explorar Playa, andar por la playa. Vuelta al hotel, ducha, cena=baguette económica, claro. Luego paseo en busca de tequila, pero too tired. Vuelta y dormir pronto (I ve la tele, que hay).

Playa del Carmen, Quintana Roo (geografia para no iniciados)
Scumhole de los scumhole. No he estado en Benidorm o Torremolinos pero dicen que se les parece. No hay rascacielos todavía pero está lleno de hoteles, de esos de a-pie-de-playa-todo-incluido. Sé que conforme pasen los días ofreceré un brazo por una semana en una de esas clínicas. Pero todavía no. Playa del Carmen sirve también para probar que la mítica playa paradisíaca y desierta es un mito. Si la playa merece la pena tendrá un cinco estrellas guardián y garante de la exquisitez de arenas y aguas. Si la playa no tiene cinco estrellas todo incluido es que no merece la pena. Esta regla no falla. A no ser que estemos hablando de “zonas protegidas”. Además las playas se ensucian mucho y necesitan mucho mantenimiento, así que ya sabéis. (i)

Sicoanálisis y snorkling (fauna que una encuentra de viaje)
Jacobo Numhauser es un psiquiatra psicodinámico con interés en la medicina psicosomática que tuvo q emigrar durante la segunda guerra mundial a Chile por judío. Jacobo Numhauser es, creo, de origen rumano, y ha estado casado, o al menos emparejado tres veces. Tiene unos hijos “mayores” y viaja con Abel, de 15 e Isidora, de 13, sus 2 hijos adolescentes de otra relación que no es la actual. Jacobo más bien parece su abuelo: es un senior sonriente, simpático, que querría quitarse el chaleco para bucear hasta donde le dejasen los pulmones, tal vez por sacar una conchita para estos hijosnietos q le cayeron del cielo demasiado tarde para ser un padre estricto, aunque “ya lo es su madre.” Y no le ha salido mal, a su madre. Son dos niños muy bien educados, de conversación inteligente y que saben lo que hay que decir. Abel “quiere dedicarse a las ramas biológicas, medicina tal vez.” Aquí, una observadora imparcial previene contra acabar de psiquiatra, como su padre, y todos ríen, pero me temo lo peor: Abel, como todo chileno de clase media-alta que se precie ya ha estado en terapia, y me explica los ejercicios con detalle. Isidora quiere ser actriz, y ya está pensando en la universidad “pero de cine arte, no de Hollywood.”

Jacobo y sus hijos están pasando una semana en México, empezaron por el DF, donde contrataron un taxista que los llevó por todo (“les doy la tarjeta si les interesa”, “tú no tienes tarjeta?”-extrañado cuando al final me dio la suya), y luego a un todo incluido a Cancún. Por supuesto, ellos no van a las excursiones organizadas por el hotel a las ruinas mayas. Ellos alquilan un coche, cogen la “colacion” que les prepara el hotel y salen a la aventura. Parece que les va bastante bien a los psiquiatras en Chile…

Así que conocemos a este trío en la barquita con la q vamos a hacer snorkeling (buceo superficial sin botella) en Puerto Morelos, un lugar lo más fuera del circuito turistongo. Pronto entablamos conversación con los tres, y enseguida Jacobo nos pregunta a qué nos dedicamos. Mi compa les dice lo de siempre y entonces pasa lo de casi siempre: el hombre me mira espantado. Yo, ya estoy dispuesta a excusarme con las frases hechas y lugares comunes que dan resultado otras veces, pero Jacobo sigue, mira a sus hijos, les dice “lo pueden creer, es psiquiatra”, para añadir que estamos 2 psiquiatras en la misma barca. Que no significa necesariamente en el mismo barco, nadie como nosotros lo sabe tan bien, así que Jacobo se apresura a preguntarme “de qué corriente soy.” Yo intento salir lo más polite que sé, ya que Jacobo me huele mucho a psicoterapeuta psicodinámico, y evidentemente, no me equivoco. Claro que esta gente en conversación (para algunos tb en terapia) dan mucho juego y son divertidísimos (Jacobo, por ej, se marea con oír la palabra mareo que yo pronuncio en algún punto). Hablamos de la fibromialgia (que él trata con tricíclicos con bastante éxito) y de otras batallitas de guerra. Hasta los niños conocen historias, y me los veo a los dos como terapeutas (el lacaniano, ella de la gestalt) en breves años.

Así que nos sumergimos con ellos a ver los corales (este es el segundo arrecife de coral del mundo, tras el australiano). No hay mayor profundidad que 3 metros, en muchos puntos ni eso, hay que andar (digo nadar) esquivándolos, y nos han puesto una pulserita de parque natural para que no toquemos nada. Tb vemos múltiples pececitos de colores (aunque por alguna razón, me parecen menos coloreados que cuando lo hicimos en Tailandia, ¿será por lo de primera vez?), y peces extraños que nos nombra el guía que nada con nosotros (pez manta, pez trompeta, barracuda, etc). Jacobo con buen criterio ha buceado con camiseta. Mi compa el Peda se quema la espalda que no le cubría el chaleco.

Nos vamos en el coche alquilado de Jacobo a Playa del Carmen, y allí tomamos un sushi (que nunca han sido santo de mi devoción) en un restaurante japonés, donde el camarero es chileno. Jacobo dice que el viaje tiene un precio: que haga un taller de psiquiatría infantil en su hospital cuando pasemos por Chile. Tiene una casa muy grande frente al mar, y viven en uno de los lugares que la guía recomienda no perderse de Chile: la isla de Chiloé. Y así nos despedimos, pero la historia me deja pensativa: conocer a un psicoanalista buceando. Las casualidades no existen, y Freud tendría mucho que decir al respecto. (Puerto Morelos, 26.07.04) (k)

25 julio 2004

Coronita en Puerto Morelos

Domingo, 25.07.04-Puerto Morelos ( Posada Amor )
Día tranquilo en Puerto Morelos, que es un pequeño pueblo de pescadores que está despertandose al turismo, y que tuvimos la suerte de pillar en este momento (como los q visitaron Cancún hace 30 años, q dicen q era una aldea de 120 pescadores). En contra de lo q las lenguas viperinas han sugerido, la Posada Amor donde nos alojamos, era un sitio respetable y limpio. Solo anotar q su nombre completo (q no aparece en la guia) es "Posada Dios es Amor". Para los suspicaces.




Está nublado y ha habido tormenta por la mañana, así que no hace día de playa. Nos paseamos y desayunamos en uno de los highlights del lugar: Casa Martin, q es ese colmado asqueroso, con miles de tipos de tequila y bio activia bebido q aspiramos haga milagros. Desde el muelle vemos pelícanos, que junto con la iguanas, son parte de la fauna autóctona de México. Mujer de Tijuana. Andamos un poco y acabamos en un cyber, y llamo a zaz (hablo con mamá). Siestecilla y luego, equipados con nuestros libros, al embarcadero a leer. Antes nos hacemos con una coronita y una negra modelo. Hablando y leyendo y risas. 


Gran higlight del dia es Doña Triny, y sus burritos, tacos, fajitas y quesadillas. Cenamos allí y unos mexicanos de Tijuana y Nueva Laredo nos pasan Ratolite, una cosa q se quema para los mosquitos. Hablamos con ellos un rato de temas variopintos como el acento de español que se le ha puesto a Hugo Sánchez o lo creído q dicen q es Beckham. Ah, el fútbol. Posada Amor y al muelle de noche a tirarnos allí. Que bien se está, q fresquito, q ruido el mar. Vuelta pronto a dormir y vuelta jet-lag (k).




24 julio 2004

Posada Amor

Sábado, 24.07.04: Zaz-Madrid-Cancún-Puerto Morelos (Posada Amor (Puerto Morelos)



Despierto a las cinco y cuarto, en seis teléfonos diferentes no hay taxis, esperamos, al final aparece uno (nos dice que a esa hora habrá trabajando en Zaz unos 350 taxis, que es temporada baja…) Autobús a Mad, comedias, periódico, bocatas, Medinaceli y Miguel esperándonos. Vamos a ver su despacho, a tomar un café y al aeropuerto. Más bocatas, más periódicos. Vuelo aburrido donde dormimos un poco, no se hace muy pesado para lo que podría haber sido. Mi compañera de al lado va a ver a su padre que vive en México. Llegamos, papeleo de aduanas y migración, en furgoneta yanki a la terminal uno donde sacamos dinero, autobús a Puerto Morelos, bueno, nos tira en la carretera general y ahí cogemos un taxi a la Posada Amor (Dios es Amor). Ducha y vuelta por el pueblo, pequeño, donde cenamos pasta y pescado, y compramos agua en Casa Martín, donde hay diecinueve marcas diferentes de tequila. Bien. (I)



Avión MAD-Cancún. Llegamos a las 5 pm hora mexicana. En furgoneta de cristales tintados de terminal 1 a 2. Cajero. Bus a Puerto Morelos. Dormimos en Posada Amor, donde habíamos reservado. Cenamos por todo lo alto en Los Pelícanos, el sitio más caro a pie de playa. Nos vamos a la cama entre 9 y 10 pm. Muertos. Caemos rendidos. La noche es típica de jet lag: nos despertamos de madrugada, y a las 7 am. Hablamos un poco y caemos de nuevo dormidos hasta las 12 y 1 pm. (k)

La Posada Amor es el único alojamiento que
reservamos con antelación de todo este viaje, para la primera noche.
Nos encantó el nombre, pero al llegar allí
descubrimos que su veradero nombre era "Posada Dios es Amor"

Cancun, Quintana Roo (Geografia para no iniciados)
Terminal 1 y 2 de su aeropuerto, entre las que fuimos transportados en una de esas furgonetas de cristales tintados que salen en las pelis para secuestrar. Esto es lo que hemos visto, y a los cancuneros (esa especie que luce camisetas con un loro y cancún debajo y lleva una cámara de video (el) que les regalaron para su boda una semana antes. Todo lo q tengo es envidia, pq a la llegada al hotel todo incluido les ponen “pancarta de bienvenida romántica y cesta de frutas.” Con lo que me gustan estos pequeños detalles. (k)