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16 junio 2026

"Carretera Azul: La historia de Edna O'Brien" [documental] y "Las chicas de campo" [novela]: Feminismo en la Irlanda de los 60

 Llegué a "Las chicas de campo" ("The country girls") de la irlandesa Edna O'Brien vía un documental sobre la autora que recomendaron de unos amigos. Me suelen gustar mucho los documentales sobre escritor@s, así que "Blue Road: The Edna O’Brien Story" (2024) de Sinéad O'Shea era para mí. 



Antes de verlo, leí su primer libro, "Las chicas de campo" (1960), que dice que fue "su libro más fácil de escribir" -  imaginen, lo escribió en tres semanas. Es el primero de una trilogía: le sigue "La chica de ojos verdes" ["The lonely girl"] (1962) y "Chicas felizmente casadas"  ["Girls in their married bliss"] (1964). Solo he leído el primero y en este punto, no voy a seguir con el resto porque, aunque entiendo [y voy a hablar] del valor histórico de estas novelas que fueron prohibidas y quemadas por los curas en todo el país, calificadas de "sucias", y criticadas por su propia madre, a mí formalmente no me ha parecido extraordinaria. Seguramente estoy equivocada, esta ópera prima recibió el premio Kingsley Amis [no sé por qué digo esto: no creo en los premios literarios], y la autora durante su vida muchos otros. Obviamente, el documental es un panegírico constante por parte de profesionales del tema  -para qué están los docus-, mientras que en los blogs personales, dilentantes de medio pelo  hacemos análisis sin usar el triste báculo de la teoría psicoanalítica -ya sabemos que la crítica literaria oficial tiene estas veleidades infumables-,  lo cual es un punto a nuestro favor.

Empecemos con el escenario, que será fácil de entender para cualquiera que haya tenido una madre que era joven en los 60. La situación de las mujeres en Irlanda en la época rimaba con la nuestra: otra sociedad dominada por la religión, los prejuicios,  el machismo. Un horror crecer allí como le tocó a Edna y a las protagonistas de su novela, Caitlin y Baba, dos chicas de 14 años que viven en un pueblo cerca de Limerick. La familia de Baba es algo más profesional -su padre es veterinario-, la de Caitlin son granjeros. Cuando digo profesional, me refiero obviamente al padre, su madre languidece en casa. El padre de Caitlin tiene problemas con el alcohol y es violento: la novela comienza con un primer párrafo que nos pone en alerta, aunque no es una novela que hable de la violencia machista en concreto: lo que nos queda claro es que Caitlin le desprecia y no puede esperar a irse de casa. 

La narradora es Caitlin en un estilo que uno de esos catedráticos de literatura describe como "estilo indirecto libre", en el que la narración adopta los sentimientos y el vocabulario del personaje. O sea, leemos la historia desde el ángulo de una Caitlin mayor y más sabia, que retoma su papel de joven y utiliza un estilo que reproduce sus percepciones juveniles.



La dicotomía Caitlin-Baba es interesante: por ahí he leído que Baba es "la hermana mala de Caitlin", o sea, la versión malota de lo que hubiera querido ser O'Brien. En el docu, O'Brien dice que Baba es todo lo que ella no era. Caitlin es la buena chica, con más miedo y aversión al riesgo que Baba, y más lista.  Por ello le dan una beca para ir a un internado de monjas ("convent school" que dicen en inglés) y Baba se une, pero pagado por sus padres. Una vez allí, Caitlin tiene buenas notas y Baba renquea, pero está siempre ahí como la voz de la desobediencia. Este análisis puede ser de una comida de coco de la crítica literaria, a saber si O'Brien pensó todo eso en las tres semanas en las que compuso la novela. 

A mí el personaje de Baba me cae mal: es cruel con Caitlin -me pregunto por qué la aguanta- y a medida que crecen durante la novela se convierte en una adolescente y una  joven con la que a mí no me interesa pasar mucho tiempo. Baba provoca algunos de los puntos clave de la trama -expulsión del internado, cita desagradable con dos tipos mayores ricos- pero teniendo todos los puntos para haber sido un personaje carismático por representar la rebeldía, no lo es. Y dudo que mejore en las otras dos novelas, creo que —¡sorpresa!- termina casada con el típico adinerado, seguro por su belleza interior. 

A ratos esta lectura me llevaba a "La amiga estupenda"  (2011) de Elena Ferrante: otra trilogía de amistad entre dos chicas, Lenu y Lila, que empieza en la infancia. Lenu era la narradora -otra Caitlin- pero recuerdo poco de Lila, la amiga estupenda, ni por qué lo era, aunque no me suena que me cayera tan antipática como Baba.  Mi mejor recuerdo es la ambientación de la Nápoles de los 50: la luz, el ruido, el caos. Pese a todo, no fue suficiente y no seguí con la trilogía por las mismas razones que con esta. 

Leer la vida sentimental de Caitlin me lleva a concluir que, aunque el mundo está claramente involucionando en casi todo, aún quedan actitudes que han mejorado en los últimos años o décadas - que espero sean inamovibles. Caitlin se enamora de un tipo francés casado que vive en su pueblo y al que todos llaman "Mr. Gentleman", ante la incapacidad de pronunciar su nombre real ("gentleman" significa caballero). Y es todo menos un caballero, porque da alas una Caitlin de 14 años encaprichada; aunque la relación no es abiertamente sexual al principio, es grotesco ver cómo un adulto cree que puede ser normal meter en el coche a una chica de 14, decirle cosas románticas, hacer manitas y darle algún beso. Más adelante, cuando Caitlin ya tiene 18 la cosa va a más y la descripción de la escena -sin ser explícita para los estándares actuales- sigue repeliendo. Luego le da un "gentle slap" (una bofetadita) y esto lo deja la autora ahí sin mayor consecuencia ni comentario, lo que me lleva a pensar que esto no era una rareza. La novela es muy buena en ayudarnos a meternos en ese contexto, la Irlanda de los 60, y constatar de dónde venimos. 

Pero entre la Irlanda rural y la vida en Dublín como mujeres jóvenes que no se han quedado en el  pueblo e intentan un punto de independencia -Caitlin trabaja en un colmado, a Baba le siguen pagando algún tipo de educación, aunque le irrita que Caitlin hable de libros- ambas pasan por el convento internado. Esto no fue planeado, pero mi lectura ha sido  inmediatamente después de la novela del convento de monjas del SXIV y coincidió con la escritura del divague, [noto que aquí también describen a las "lay nuns vs. choir nuns", las tontas y las listas, las con dote y las sin dote] y también con el del convento de Santa Catalina de Siena en Arequipa. O sea: ¿me persiguen las monjas? Basta!

En fin, que esta parte es terrible de otra manera, y me lleva a otro sitio donde no me gustaría volver pero, como venimos diciendo, está de plena actualidad. Quien quiera refrescar lo que era la vida en la que había que ponerse el camisón dentro de la bata y cosas así, lo puede hacer con este libro también. Lo que más me ha gustado del convento ha sido la sororidad de algunas chicas mayores con las pequeñas, pero en general son lugares lúgubres y de grandes tristezas -nada como los internados protestantes de Enyd Blyton y las chicas organizando la fiesta nocturna en la piscina [piscina en UK: qué flipada] con "cerveza de jengibre y pasteles de carne". Yo no estuve interna, pero en mi colegio las había y eran esos seres que nos miraban a las externas con ojos  lánguidos cuando nos íbamos a casa. Me quedé en medio pensionista y la mala comida del convento me ha resonado mucho: recuerdo que, ante según qué platos, había que planear un trueque, que alguien, por al amor de Dios, se comiera aquello que te asqueaba a cambio de otra cosa, o, si este fallaba, pasar al Plan B:  evasión del "dulce de membrillo" (*) camuflado en el bolsillo de la bata. (*) Ese postre infame venía en triángulos como los quesitos de "La vaca que ríe", los ponían con dos galletas malas, y la gente se hacía sándwiches monstruosos. Yo lo enterraba en la arena, una zona para hacer castillos. Otra cosa que compartimos con las chicas de O'Brien es la fascinación por los "cuarteles monjiles", donde hacían la vida. Era para nosotras un misterio saber dónde dormían, cómo sería su sala de estar y después de comer a veces emprendíamos excursiones con otras dos niñas a ver hasta dónde llegábamos. Una vez nos pilló una monja y nos iba a llevar a la superiora, fue un drama terrible, y tuvimos que dejar aquellas exploraciones. Nos separaba el mar y 20 años, pero las niñas irlandesas no eran muy diferentes a nosotras. 

O’Brien dio voz a una generación de mujeres, expuso la "colada sucia" de una sociedad  que se quería vender al exterior como pura pero que usaba la vergüenza de las mujeres como arma de control. Abrió el camino a otras muchas autoras como Sally Rooney, que también escribe explícitamente de sexo, de clase social, de sociedades represivas.  Pero en aquella época fue una hazaña increíble y esto queda muy claro en el documental, con el que termino. 




Dura una hora y 40 minutos y tiene mucho archivo, entrevistas que le hicieron a O'Brien cuando era joven, apariciones en programas de la tele en los que parece escandalizar al personal, y una entrevista cuando tenía 93 años, poco antes de morir.  La también irlandesa Jessie Buckley -la actriz que ganó el oscar por Hamnet por si alguien no cae-, que tiene una voz chula y muy personal lee entradas de sus diarios. Hay entrevistas a sus dos hijos, que decidieron irse a vivir con ella tras el divorcio de un cretino que iba de escritor y que no  pudo tolerar que su mujer tuviera éxito. Cuando los niños decidieron irse con su madre, cortó toda comunicación con ellos- este nivel de imbécil y malvado. 

Durante el docu, O'Brien reflexiona lo mala que ha sido durante su vida eligiendo hombres; en un programa dice "encontrar a alguien a quien amar y a alguien que cuide de ti con conceptos muy diferentes". Cuando se divorció se fue a vivir a Carlyle Square en Chelsea y tuvo un affair con un político que no se desvela -pero parece que bastante importante- que, como siempre, no dejó a su mujer.  Fue paciente -alucinante- del infame psiquiatra y psicoanalista escocés RD Laing,  el padre de la "antipsiquiatría". El farsante le dio LSD para sacar sus "demonios interiores" y la escena en la que describe sus experiencias psicodélicas da bastante miedo. Siempre he sentido curiosidad por ciertas drogas pero siempre me ha dado terror tener un "mal viaje", luego nunca me atrevería. En las alucinaciones de O'Brien salían ratones - sé lo que saldrían en las mías. 

Al final del docu, te quedas con la impresión de que, como me viene pasando con algunas mujeres escritoras, estás ante una persona muy especial.  Experimentó con todo, y estuvo en el centro de una vida social apasionante: por sus fiestas pasaron Robert Mitchum,  Richard Burton -que la impresionó mucho en el teatro y se quiso liar con ella-, Sean Connery, Marianne Faithful, Marlon Brando, Paul McCartney, Shirley McLaine... Cogió la vida por los cuernos, con un par, y la vivió a tope.  Se inventó carreteras azules, y de ahí viene el título, claro:  un concepto suyo con el que se metía el payaso aquel que tuvo por marido diciendo que no existían carreteras azules. Pero ella no se movió y, aunque aquí tal vez no se capte, en esta escena del docu,  este camino es claramente azul...





01 junio 2026

"The corner that held them" de Sylvia Townsend Warner: Marxismo, feminismo y risas en un convento de monjas del SXIV

 Me lancé a leer "The corner that held them" ("La esquina del mundo que las guardaba", traducción libérrima mía -parece que la sacó del Libro de Salomón del Antiguo Testamento-  creo que no ha sido traducido al castellano) tras la recomendación de uno de mis críticos literarios británicos. La novela habla de la vida diaria de monjas en Oby, un convento benedictino perdido ("la esquina") en Norfolk, en el SXIV. Es una novela histórica bastante especial, porque quién podría imaginar que en ese contexto iba a haber feminismo, marxismo y humor - y antes de empezar, un ejemplo de esto último: las monjas consideran su aislamiento como algo beneficioso porque así tenían "menos peregrinos, pedigüeños y además podían ir andrajosas". 


El crítico admitió que gente de su club de lectura la había encontrado durilla, pero la idea de monjas encerradas en el final del medievo me parecía irresistible: ¡una novela de campus con monjas! Dame gente encerrada en cualquier sitio [convento, abadía, universidad, internado, hospital psiquiátrico...] y ahí estaré. Y lo que me convenció del todo fue leer un poco sobre su autora, Sylvia Townsend Warner: necesitaba saber más de una mujer con una vida como la suya - ¿y qué mejor manera de conocer a una persona que leyendo su ficción?



Sylvia: una vida de novela
Merecería un divague aparte, pero me arriesgaré a reproches de mi suegra por la extensión y lo meteré todo aquí. Sylvia Townsend Warner nació en 1893, hija única de un profesor de historia de la prestigiosa Harrow School. Fue educada en casa por su padre y otros profes del colegio. Su pasión adolescente era la música e iba a estudiar composición en el extranjero cuando estalló la Primera Guerra Mundial: como Vera Brittain, perteneció a esa "generación perdida", a la que Brittain tanto lloró en su "Testamento de juventud". Durante la guerra trabajó en una fábrica de municiones, pero cuando murió su padre se vino a vivir a Londinium sola, y trabajó en un proyecto académico de música eclesiástica de la época de los Tudores. Allí conoció a un tipo casado y con cinco hijos con el que tuvo un affair.



Vivía en Bayswater -barrio al noroeste de Hyde Park- y un amigo de Harrow la introdujo en el grupo de Bloomsbury. Warner escribía poesía y en 1925 publicó su primera novela, "Lolly Willowes", calificada como "subversiva" -se publicó dos años antes que el voto femenino, tres antes que "Una habitación propia"). Me encanta el tema: una "spinster" (solterona, que decían antes) que se da a la brujería tras la guerra como la única manera de ser independiente. Tuvo tanto éxito que Warner se pudo dedicar a la literatura y al periodismo -escribió relatos para el New Yorker. En 1927 publicó "Mr Fortune’s Maggot", la historia de un misionero "sodomita" [sic] que en lugar de convertir a un grupo de isleños de los mares del sur, pierde él mismo la fe - probablemente Unamuno no había leído a Warner cuando publicó "San Manuel Bueno Mártir" en 1931; mi teoría es que el espíritu de una época es lo que genera ideas en paralelo, incluso en lugares lejanos. 


En 1930 se compró un cottage en East Chaldon, Dorset, para huir del jaleo de Londinium, pero cuando conoció y se enamoró de la poeta Valentine Ackland se fueron a vivir allí. Se referían a su relación como "matrimonio" y escribían poesía abiertamente lesbiana. 

No solo eran outsiders por eso: en 1935 se unieron al Partido Comunista, escribiendo propaganda y recaudando fondos, lo que les ganó la etiqueta de "subversivas peligrosas" y fueron espiadas por el MI5 durante 20 años. Me encantaría que algún día alguien me considerase la mitad de eso. Solo he leído este libro, pero veo por ahí que los temas de su literatura eran rechazo a la Iglesia, empoderamiento femenino, y subversión de las normas sociales. 
"La gente más feliz que conozco son los que han tirado la toalla en lo de ser respetables"
Viajaron a España dos veces durante la Guerra Civil: en 1936 a Barcelona a trabajar con la Cruz Roja y en 1937 como delegadas en la Conferencia de Escritores Internacionales, donde hizo amigos izquierdosos que mantuvo toda su vida. Cuando cayó la República, volvieron a Dorset. Ella, como en mi opinión debería ser la izquierda, mantuvo siempre una posición internacionalista. "After the Death of Don Juan" ("Tras la muerte de Don Juan"), publicada en 1938, es una alegoría del surgimiento del fascismo en España. De rabiosa actualidad: me tendré que hacer con ella. 


Como es de la generación de Brittain, vivió las dos grandes guerras. A veces me pregunto si nosotros nos escandalizamos de lo que está pasando en el mundo actualmente, que no lo vivimos de primera mano, qué tuvo que ser para esa gente: ser testigos de la repetición de la misma barbarie. Trabajó como voluntaria, alojando a refugiados del Blitz y en esa época empezó a escribir la novela de la que vengo a divagar hoy. 


La relación con su pareja atravesó épocas tormentosas ya que Valentine tuvo un largo affair con una escritora rica americana, Elizabeth Wade White, y en 1950 dejó el Partido y se hizo católica. Pobre Warner: pese a todo, cuando Valentine murió de cáncer, sufrió un duelo terrible y en 1998 se publicó un libro con la larga correspondencia entre ambas titulada "I'll stand by you", como la canción: qué bonito. Warner murió en 1978. No he estado en Dorchester pero leo que hay una estatua en la que Warner está sentada en un banco con su gato: también hay una igual en Richmond de Virginia Woolf, y con esa sí que tengo foto:

Virginia Woolf en Richmond

Virginia me da secretos de escritura
(que tenga una habitación propia, por ejemplo)


No hay trama en "The corner..."
O de eso avisó Warner y eso dice la gente en el podcast de Backlisted; o sea, la novela es un río que fluye a través de las décadas -de 1349 a 1392- y la autora es como si hubiera hecho un "corte longitudinal" en una línea del tiempo y simplemente nos hubiera contado lo que en ese espacio pasa. La novela no termina, simplemente, para, dijeron los críticos, aunque no sé si estoy totalmente de acuerdo: yo sí que le he encontrado un final. Pero tal vez sea cierto que ha habido muchos finales durante la narrativa: de hecho, muchos de los capítulos se titulan con el nombre de la abadesa de turno, y asistimos a los complots para elegirlas, a sus visiones de cómo liderar el convento, a sus muertes.  

Leí un rato en este columpio de Hilly Fields,
un parque con vistas que no conocía

Cosas de monjas medievales que igual no sabías
Las monjas de esta novela tienen todas el título de "Dame" (sería el equivalente de "Madre" o "Hermana" o "Sor" en órdenes contemplativas como las cistercienses o las benedictinas). Es a ratos complicado distinguir a Dame Sybilla de Dame Eleanor de Dame Isabel, y todas las demás -aconsejo hacerse un dramatis personae, que yo no hice, pero no ha sido un problema, se puede leer. 

Las monjas terminan en el convento por diversas razones -la de entregarse al Señor no me ha parecido una de peso- algunas por pobres. Otras son ricas -de familias de toda la vida de la zona- y traen dote [una de ellas, provisión de un año de vino!], y estas reciben un trato especial: ¡hasta criadas tenían!  Hay incluso facciones según los apellidos, e.g."no queremos a otra Stapleton de abadesa".  

Hay monjas ciegas o que se están quedando por el humo de las velas [una descripción de un ahogamiento la hace ella], monjas sordas o que se están quedando, monjas jóvenes tontas a las que se les da trabajos manuales, monjas que regentan la enfermería, monjas que se arrodillan para despedirse de otra haciendo un ejercicio de odio mutuo y autocontrol, monjas que tienen hijos, monjas viejas y poco agraciadas: "de nadie se podía esperar que mantuviera su belleza en Oby; como mucho, una expresión agradable"... y estoy usando el plural porque generaciones de monjas se van sustituyendo y estos rasgos se repiten. 

También hay algunas con sus rarezas particulares: Dame Lilia se quiere hacer anacoreta, o como se diga, aspira a que el obispo le dé permiso para meterse en una celda y ya no hablar el resto de su vida [pienso que esta debía ser una salida para las personas con autismo de la época]. Hay una monja tan mala que "hasta la muerte no quería llevársela y la tierra darle entierro" y su maldad venía de "excesivo aprendizaje: todo el día leyendo libros" y "a veces ladrando porque sabía tanto de gramática que podía transformarse en un perro". De verdad, me parto.  

No son las de Oby monjas buenas, sino que pecan todo el rato: hablan en las comidas, comen dulces en sus dormitorios, cotillean, toman el nombre de Dios en vano, y tienen mascotas. Por no hablar de comer y beber, que recordemos que les dejan como dote un año de vino.

Son un grupo de mujeres que, pese a vivir juntas y saber que les espera la muerte en ese mismo recinto, entre ellas, no se conocen, porque como dice Warner "para que haya intimidad debe haber antes libertad, la de elegir si te acercas o te alejas"-cosa que estas monjas obviamente no tienen. 


No solo monjas en el convento
También hay "corrodians", una de las palabras medievales que no venía en el diccionario: se trata de ancianas ricas que se iban a pasar los últimos años de su vida en el convento (yo conozco a unas monjas que tienen una "casa" en un barrio muy pijo de Londinium que también tienen a señoras ancianas de posibles: había una que se trajo hasta el piano a su habitación). Y una viuda que se trinca al cura, mejor dicho, al falso cura. 

Me explico: al principio de la novela aparece un tipo itinerante, Sir Ralph, que se hace pasar por cura y como el anterior se ha ido por la Peste Negra (detalles abajo), las monjas le dejan vivir allí pretendiendo -o lo creen de verdad? - que es cura. Sir Ralph se pasa con ellas el resto de la novela, sobreviviendo a varias abadesas y muriendo solo al final.  En un par de momentos de la narrativa, el cura se vuelve loco, y como método curativo bien establecido de la época le ponen "un gallo negro en la cabeza" -hasta que se corrompe y ponen uno nuevo y sucesivos- sin mucho cambio en su condición. El cura loco se convierte en una rutina de la casa, en una molestia a la que se han acostumbrado.

La Peste Negra
Es una novela histórica porque, pese a estar en una esquina a la que es difícil que llegue el mundo, la historia se filtra por sus muros. Cuando comienza la Peste Negra - que había empezado en Asia Central en 1338-9 y llegó a la isla en junio de 1340 vía un barco en Dorset- el cura anterior, el verdadero, les anuncia, "con calma, como se habla cuando no hay esperanza", que se va. Un par de monjas han muerto de "la pestilencia" (me encanta esta palabra) y él dice que tiene que abandonarlas porque ahí afuera la gente está cayendo en la herejía, "¡se están confesando o bendiciendo unos a otros!" (a falta de curas que o bien se han muerto, o han huido). Al cura no le importan las almas que van a morir sin sus bendiciones, sino que se extienda la herejía: de esta manera, perderían el control sobre la gente. Las monjas se agobian: ¿quién les va a dar a ellas la extrema unción? 

Marxismo
No es esto el único ejemplo de anticlericalismo en una novela sobre monjas: ya hemos dicho que Warner era subversiva y comunista y, de hecho, esta obra ha sido calificada de "marxista" por los académicos. Esto es así porque, en contraste con las novelas burguesas cuyo motor es la vida interna emocional de los personajes, aquí el personaje principal es una comunidad que vive en un mismo edificio, y su vida diaria nos da un atisbo de lo que era la sociedad en la Inglaterra del SXIV, donde los braceros o los jornaleros tenían que vivir itinerantes en busca de trabajo porque total, sin un techo sobre la cabeza "te puedes ir sin pena. Si no tienes tierras, no tienes que quedarte". 

Y una de las principales preocupaciones de las monjas es, por supuesto, las finanzas: lo que entra y sale para mantener el convento. Vamos, que los modos de producción de lo material determinan la vida social, política e intelectual. ¿Hay algo más marxista que eso? Se habla mucho de las dotes que traen las monjas y hay una crítica a algunos de fuera del convento que piensan que las monjas han de vivir en pobreza: qué tontería es esa? De hecho, a una de las abadesas se le mete en la cabeza la construcción de una torre, y siguen adelante con ese proyecto con el dinero que podían haber compartido con los pobres del pueblo, afectados por la Peste Negra. La imagen popular era que las pobres monjitas vivían "de avena y rocío", cuando en realidad, como he dicho, las monjas tenían sirvientes y "las monjas y los sirvientes se hicieron al lujo que hubo que contratar a más sirvientes para las monjas, y más para servir a los sirvientes"  Espero que con estos ejemplos esté logrando transmitir el tono y el humor de Warner, pero el mensaje es claro: las monjas no eran mejores que los curas, "impostoras, timadoras, avariciosas, opresoras del pueblo", se dice en algún punto.

Y por último, el momento histórico que elige Warner para cortar la historia es la Revuelta de los Campesinos de 1381, causada por una combinación de factores como la Peste Negra que venían arrastrando por décadas, los altos impuestos por la Guerra de los Cien Años, y el sistema feudal de servidumbre. Dicen que esta revuelta ha sido usada como símbolo de la izquierda y en la literatura socialista -incluyendo por William Morris, que además de sus diseños de textiles era uno de los nuestros. 

Feminismo
Con las credenciales de la autora, una lesbiana marxista leninista, no hace falta que explique que la novela es profundamente feminista. Un grupo de mujeres que se autoorganizan, aunque la sociedad les obligue a pretender que obedecen a curas, custodios y obispos. Ahí van unas citas:
"El obispo se había enfadado con nosotras porque mostramos demasiada independencia rechazando a Dame Emily. No nos queremos hacer un nombre por tener demasiada independencia".
"Sin duda, al obispo le molestaban las monjas estudiosas". 

"La viuda era una mujer sin hijos y con suficiente riqueza y buen humor como para no querer otro marido

"No tenía ninguno de los instintos de las mujeres que no viven en conventos de obedecer a los hombres"

La muerte
Y como con ella termina la vida, con ella intentaré terminar el divague. Como hemos seguido de cerca lo que pasa en Oby, un punto geográfico, a través de los años, los personajes vienen y se van o, más frecuentemente, mueren, con lo cual hay bastantes reflexiones sobre la de la guadaña. Una cosa que me impactó de la película "Camino" (Fesser, 2007) sobre una niña del Opus Dei con cáncer es que toda su familia decía que estaba feliz porque al morir iba a estar enseguida en el cielo, qué suerte, y en la escena de la muerte, familia y personal sanitario aplauden. Me dio muchísimo miedo esa película y sobre todo esa gente, los fanáticos religiosos, por sus ideas delirantes y su capacidad de autoengaño. 

Pues bien: aquí hay una monja de solo 23 años que se está muriendo pero que piensa que, después de todo, "le daba pena cambiar la ambigüedad de este mundo por las certezas del siguiente". La abadesa también había lanzado loas a la muerte con los mismos argumentos que los del Opus, pero esta monja moribunda sabía que era por los problemas económicos del convento -hay un momento en el que una de las abadesas piensa que la muerte de dos monjas jóvenes que han traído buena dote al convento es un gran beneficio: buen balance entre beneficio y pérdida.

Pero además, la monja joven reflexiona sobre la vida que ya no tendrá, y me ha encantado porque ese mismo sentimiento tuve yo en un hospital mugriento hace ahora... 16 años: "se dio cuenta de los años que se perderá, de los eventos que pasarán que no verá, de los muchos pensamientos que podría tener -y que nadie los pensará. El mundo era profundamente interesante y un convento el lugar ideal para meditar sobre él". Me encanta que una mujer a principios del SXX ponga estas ideas en un personaje del SXIV y sea algo tan actual hoy, en el SXXI: al fin y al cabo, es una de las magias de la literatura.

Y luego está el otro lado: el cuidado de una monja a la que le cuesta mucho morirse y las pobres terminan agotadas y desilusionadas de tanto velarla, porque "desilusiona constatar que la compasión, estirada demasiado, se materializa en nada más que en una carrera de resistencia". Esto es terrible, pero es así.

Corolario
Así se mueve la novela,  entre reflexiones de gran profundidad como las de arriba e ideas graciosas ["la frecuente calamidad de los encamados, ser visitados por gente aburrida"], Warner te acaba metiendo en el día a día de una comunidad cerrada en la que no pasa nada [sí, hay un asesinato al que no se le da ninguna importancia, no es esto "El nombre de la rosa"] y pasa todo. Porque es en las relaciones de los personajes donde los autores de novelas de campus te muestran su cosmovisión, su manera de ver la vida. Y quién iba a decir que convento medieval, marxismo, feminismo y risas iban a entrar en la misma frase.

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PS.  El Náufrago exazerbayano en su comentario ha hablado del convento de Santa Catalina de Siena en Arequipa, y aquí está el divague donde pueden ver unas fotos. Gracias al Náufrago R!

26 abril 2026

"Tiempo de cerezas" de Montserrat Roig: Sonidos, olores, textura del Eixample

"Le temps des cerises" es un poema y canción francesa de 1866 que está muy asociada a la Comuna de París de 1871 [Jean-Baptiste Clément, el autor, luchó durante ella] y ha sido desde entonces un símbolo de la izquierda, una metáfora del sueño de lo que será la sociedad cuando ciertos principios imperen: será el tiempo de las cerezas. Montserrat Roig tomó el título para la novela central de su trilogía sobre una saga familiar barcelonesa en el siglo pasado -el primero "Ramona, adiós" (1972)  y el tercero "La hora violeta" (1980). Con "El tiempo de las cerezas" ganó el premio Sant Jordi de 1976, 


Llegué a esta novela por "Amiga date cuenta", un podcast de periodismo cultural que siempre escucho -como buena vampira de referencias- en el que la recomendaban, doliéndose de haber descubierto a Roig demasiado tarde. Tanto se volvió para las locutoras un icono que llegaron a decir que si no hubiera fallecido de cáncer a los 45 y fuera francesa, le hubieran dado el Nobel - no es que el Nobel de literatura me parezca medida segura de calidad literaria, pero igual se han dejado llevar un poco por el entusiasmo. Lo que sí lograron fue contagiarme simpatía y admiración por la autora, de esas de "¿qué he hecho yo con mi vida si Roig consiguió todo eso en 45?". Por supuesto, mi suegra la tenía en su biblioteca y me he leído su libro, todo amarillito que me encanta- ojalá hubiera subrayado o hecho anotaciones al margen porque de esa manera se dialoga con la autora y con la anterior lectora. 

No voy a hacer aquí una wiki pero brevemente, Montserrat Roig nació en una familia de la burguesía progresista catalana -ya su madre era feminista- en 1946 en el Eixample, mi barrio favorito de Barcelona, por razones sentimentales. Fue lectora de español en Bristol, periodista, novelista, ensayista [investigó sobre los catalanes presos en los campos de concentración nazis], activista, militó un tiempo en el PSUC, y muy feminista. En "La aguja dorada" escribió una especie de blog-de-viajes con sus impresiones de una estadía de dos meses en Leningrado - con todo lo que hace chulo a una bitácora de viajes, que consiste en incluir historia, sociología, observaciones y crónica personal. Tuvo dos hijos y la lista de sus amigos da mucha envidia- Vázquez Montalbán, entre otros-, pero con la que me voy a quedar hoy es con Pilar Aymerich, fotógrafa.

Ex-deportados catalanes de los campos de
concentración nazis, 1972, Pilar Aymerich

El otro día hablé de Cristina García Rodero y esto me ha recordado a otras fotógrafas como Dorothea Lange o Dora Maar de cuyo trabajo también hemos divagado. Total que me he puesto a buscar y me ha salido un nuevo distintivo al que he llamado originalmente "fotografía" [ya hay uno llamado "fotos", pero esas son mías]. Y todo este párrafo -que es divagando en gerundio, o sea, en acción- viene por Pilar Aymerich, la amiga de Roig que es una fotógrafa también muy interesante, y cuya foto de Roig embarazada en su casa me  encantó. 

El resto de fotos del divague son también de ella, que retrató la transición -la época de la que habla "Tiempo de cerezas"- desde una mirada personal y política [todo lo es, en realidad... si fotografías abejitas también estás tomando una opción]. Esta primera de niños reivindicando servicios de guardería estatales: sin palabras. 



Tal vez al divagante le parezca esta introducción el usual irnos por las ramas, tal vez apropiado para un blog que se titula como se titula, pero tal vez lo que está pasando (¿psiconalisis o pequeño ejercicio metaliterario?) es que estoy evitando la crónica pura de la novela. Y esto podría ser porque hay momentos formales de ella que no solo no me han gustado, sino que me han indignado. Muchos tienen que ver con la escatología: hay diarreas, sobacos, granos purulentos a los que se vuelve varias veces en una escena, y otros ejemplos que se sentiría incapaz de transcribir aquí por aquello de la vergüenza ajena, y que no aportan nada.  Hay repeticiones que entiendo son buscadas y una se podría excusar con que es técnica literaria, pero cuando ya la primera vez no te gusta lo de "se reía como un pájaro", el que lo repita cada una de las veces que se habla de esa persona, me dan ganas de disparar al pájaro. Hay preadjetivaciones que son ese timbre grave que ponen en los concursos cuando se falla la pregunta; juzguen por ustedes mismos: "blancos bigotes". Luego hay caracterizaciones que ni siquiera en esos años me parecen creíbles: para ilustrar los problemas de conducta de la protagonista en la infancia nos cuenta que ella y su hermano "sacaron todos los peces del agua a ver cuánto tiempo les costaba morir". Lo admito: esta escena me ha dejado tocada. Si leer sobre un niño sin empatía que pega a un perro es duro, la idea de quedarse mirando a peces boqueando me parece horrible. Me ha recordado a una escena en el peor de la trilogía de John Fante (el segundo) en el que hay crueldad con cangrejos. Lo siento, no puedo. En fin, este párrafo igual les lleve a estar de acuerdo con mi hija que me califica de "book snob".

Pero no lo soy, ni todo es malo en "Tiempo de cerezas": la historia que cuenta me interesa mucho, tiene política y feminismo en esa época convulsa [frase hecha: check].  Natalia es una hija de la burguesía que se tiene que exiliar a Londinium tras unos años locos del tardofranquismo en los que no es que se meta en política activamente -no es una "Teresa" que idealiza a su pijoaparte-, una de sus autocríticas más duras es que ella ha sido, en realidad, espectadora de todo pero no se ha involucrado con nada, pero sí que le salpica vía un novio comunista [las páginas en las que describe las cargas policiales y posterior detención son para leer con el corazón encogido] del que aprende cosas como estaPaul Lafargue y Laura Marx, yerno e hija de Karl Marx se inyectaron ácido cianhídrico cuando cumplieron 70 años, justo antes de la Primera Guerra Mundial. Él dejó esta nota: "sano de cuerpo y espíritu, me mato antes de que la cruel vejez me quite uno a uno los placeres y las alegrías de la existencia y me despoje de mis fuerzas físicas e intelectuales. ¡Viva el comunismo y el socialismo internacional!". Debería ser obligado para tod@s tener una novia o novio comunista.

Pasa doce años en esta isla, en la que aprende precisamente fotografía [su mentor le dice "te enseñaré a argumentar una fotografía": como siempre me decían en los cursos que hice, "una foto tiene que contarte una historia"]. Como esta de abajo, también de Aymerich, de las "Jornades catalanas de la dona" de 1976 en las que en primer plano están sonrientes y sentadas las feministas probablemente de la burguesía como la propia Roig y arrodillada fregando a una mujer pobre. Es brutal: hoy a esto se le llama interseccionalidad y me recuerda al libro "Por qué no soy feminista" de Jessa Crispin en el que la autora reniega del feminismo que busca solo romper el techo de cristal y no duda en oprimir a otras mujeres en ese empeño: no se puede ser feminista y de derechas [les refiero al divague en el que esto se desarrolla].


Y entonces, vuelve. Se había ido de "todo lo que le parecía apolillado y ahora, vuelta a empezar". A menudo hablamos de "volver" o no hacerlo los que nos hemos ido, así que su experiencia, su mirada extrañada de ese nuevo país ahora que el dictador está muerto, es tan interesante como lo suelen ser las observaciones de un outsider. En un punto hacia el final le dice a su sobrino, que sí, que este país da asco pero que ella ha vuelto, porque "la ciudad se lleva dentro". Justo entonces Franco ha asesinado a Puig-Antich, el anarquista de 25 años, aunque su amiga Harmonía dice que lo han matado "los comunistas", que no se preocuparon de esta muerte -los eternos conflictos de la izquierda, y aún quedan en flashbacks coletados de las rencillas, venganzas y humilaciones de la Guerra Civil. 

Por supuesto, se encuentra con una sociedad que huele a naftalina en la que los futuros suegros preguntan al novio de la hija "¿y usted con qué cuenta, joven?" [bueno, cierta burguesía catalana aún hace esa "puesta de largo" de la nena para ponerla en el mercado en pleno siglo dieci.. veinte], maridos que no dejan trabajar a sus mujeres, grupos del Tupperware [yo esto no lo recuerdo, pero sí la "seniora Avón"]. Pero ya se intuye cierta rebeldía en algunas de estas "trad wives" que se llaman ahora: hay una que confiesa que a ella sí que le gustaría trabajar y otra que le dice que van a envejecer de distinta manera, porque la prota ha vivido en el extranjero, ha abortado [la escena del aborto ilegal es dantesca, de verdad hay gente que quiere volver a eso?] cuando decidió que no quería al hijo y ahora tiene una cámara colgada al cuello que va a ser su medio de vida. 

La propia familia de Natalia sirve para muchas reflexiones: el padre era arquitecto y se enriqueció a costa de la vida de los obreros, racaneando en materiales, dimensiones de las viviendas para los pobres porque "esto es lo que pide el mercado, yo qué quieres que te diga". Por lo menos, los trabajadores llevan ahora casco obligatorio, ley que no existía cuando ella se exilió. Cuando va a la boda de una criada de la familia, tiene la misma sensación que tenía cuando de joven iba con su novio revolucionario por los barrios, y describe el olor de la pobreza de una manera acertada, impactante: 
"el mismo olor de miseria, la fetidez de aire caliente, la humedad que rezumaba de las paredes, el vaho de vino barato, el aliento de ajos... El olor de los pobres, siempre el mismo, pensaba Natalia, no me acostumbraré nunca (...) fuera solo había conocido desarraigados como ella, gente perdida que huía de las ciudades n hundidas, gente que no aceptaba, que no penetraba dentro del olor de los pobres, que les olfateaban a través de unos cristales desinfectados y que esgrimían  teorías para sacar a los hijos de los pobres de aquel olor, olor de siglos".
 Hay muchas descripciones de olores en la novela y también de sonidos. Cuando habla de los patios interiores de manzanas del Eixample se sale: te hace sentir ahí, con el tenedor batiendo un huevo, con el llanto de un bebé, los grifos abiertos, los chasquidos de la carne cayendo en la sartén, el zumbido de un lavavajillas, voces apagadas, las canerías, el silbido de una olla exprés, el zum-zum de aceite que saltaba,  y claro luego el olor a pescado frito, a coliflor hervida. Así en todos los patios de la ciudad. Y en las tascas, olor de sardinas fritas y de vino almacenado en barriles. El olor es un sentido tan evocador que directamente entras en esos lugares oscuros, con sus barriles viejos.  Es una maravilla. 

Una novela para mí con bastantes problemas, pero también interesante, de una mujer que lo fue aún mucho más: Montserrat Roig.

01 abril 2026

"Chéri" de Colette: Cómo me he aburrido

 Colette era su apellido -su nombre completo, Sidonie-Gabrielle Colette- y yo la recordaba como la autora de múltiples citas ingeniosas escritas en mi carpeta de adolescente. Como leo muy poca literatura que no sea en castellano o inglés, al escuchar el podcast de "Grandes infelices" -ya he hablado antes de lo que pienso de ese título y de la deprimente voz del autor- que hablaban de Colette, decidí leerla. 


Como no sabía por dónde empezar, pregunté por ahí y ni siquiera una amiga francesa me supo decir: "no recordaba haberla leído" (esto seguro explica cosas, pero en ese momento no lo vi). Dicen en "Grandes infelices" que son famosas sus novelas de Claudine -aseguran que con ella se inventó el concepto de adolescencia-, o Gigi -de la que Vincent Minelli hizo una peli en 1958 y fue el papel que lanzó a la fama en el musical de Broadway a Audrey Hepburn-, o su "obra maestra" según el narrador del episodio deprimido y mi prólogo, "Chéri".

En mi edición -si no quieres taza, taza y media- no está solo "Chéri" sino también su secuela "El final de Chéri" (atención, spoiler en el título): ambas son novelas de 120 páginas. Me las he visto y deseado para terminar la taza, así que no se pida que dé detalles morbosos sobre el final de Chéri (reto a que alguien quede interesad@ tras este divague, pero para ell@s, sugiero wikipedia). 

Podría ahora contar la vida no precisamente rutinaria de la autora: realmente su idiosincrasia, rebeldía, excentricidad, reto temprano a los roles de género y talante aventurero fueron también parte de la atracción para leerla. Hay una peli de 2018 en la que la interpreta Keira Knightley y aquí se encuentra el tráiler en el que se resume su vida y se dan detalles del abuso de uno de sus maridos que pretendió que él era el autor de su obra durante mucho tiempo (qué raro, esto nunca ha pasado antes) porque "las mujeres no vendían". Luego él sí que vendió los derechos de todos los Claudines por cuatro francos y aún así murió arruinado. Siento no desarrollar, pero tras terminar el libro no me dan ganas de hablar de su azarosa vida ni de hacer una arenga feminista ni de ver la peli. #Pereza. 

Y sin más dilación, la novela, a ver si me aclaráis unas dudas.  Empecemos con la protagonista, una tal Léa, "antigua cortesana" (menos mal que lo dicen en la contraportada) de 48 años - "la edad en la que las mujeres han parado de vivir": pásenme las sales- que  va de flor en flor con jovencitos: ¿quién mantiene su estilo de vida? ¿Aún vive de las rentas del pasado "cortesano"? Ya sé que no es el tema, pero el dinero es poder, por tanto importa de dónde viene. 

Léa se lía (perdonen la rima fácil) con el hijo de una "frenemy" (una amiga-enemiga con la que lleva toda la vida compitiendo) al que ha visto -atención- nacer y crecer. Se llama Chéri, tiene 24 y es guapísimo -rollo ay-que-me-quedo-muerta- y nos queda claro que sus pestañas son muy tupidas. El estudio "Joven desnudo frente al mar" de Flandrin de la portada de mi edición (arriba) me ha ayudado significativamente a seguir adelante.  Chéri me cae mal, o peor: no podría decir mucho de él, aparte de las pestañas y de que me lo imagino como a Louis Garrell en "The dreamers" (2003) [no ahora por esa manía del bigote: no puedo tomarme en serio a los tipos de mi edad o más jóvenes con bigote].

Pero divago, volvamos al agit-prop: personalmente, me daría dentera máxima tener un affair con un chico 30 años menor (con un anciano 30 años mayor, no hay palabras), pero que encima fuera un chaval que he visto nacer... hay que tener estómago: es como comerte un conejito de compañía [tal vez no sea la metáfora, pero como imagen la veo con fuerza]. En fin, entiéndanme: no. Y eso que yo no era refractaria a leer sobre una relación entre una mujer "mayor" y un hombre joven,  dada la prevalencia del caso opuesto, pero los muchos ejemplos de esta relación  como madre-hijo me ha tirado aún más para atrás: Léa lo mece "como al mocoso niño de pecho que no había podido tener" o le reconviene "como malos hábitos como ese, te pasará aquello" o le tiene preparado el Cola-Cao (literal, bueno dicen chocolate caliente). No puedo.

No recuerdo si he escrito en el divlog sobre las relaciones en las que hay mucha diferencia de poder (no solo edad, también de capital económico, social o cultural - por eso estaba interesada en el económico de Léa). Pero seguro que he escrito que me subo por las paredes cuando la gente -generalmente tíos- me hablan de decisión personal, el amor no se elige y cuartetos de cuerda. Dime, si tienes una hija: ¿querrías que a los 22 te venga a casa con un fulano de 45 palos? Justamente he leído estos días un artículo titulado "Amor y sexo con desnivel", que comienza con aquel famoso relato del New Yorker que dio el pistoletazo al #Metoo titulado "Cat person" de que divagamos aquí en profundidad. Esto no es nuevo, pero la novela fue publicada en 1920, así que reconozcámosle esto al menos. 

Aunque Lea sea en general una depredadora, hay un punto en el que se plantea que tal vez "podría hacerle daño" y al final se da cuenta de que este "desnivel" es patológico. Entonces le dice a su amante que vuelva con su mujer, esa sosa chica de su edad, porque "ella sufrirá como una amante, no como una madre confundida, le hablarás como su maestro, no como un gigoló caprichoso".  Hay que leer a los autores en su época y lalala, pero entonces también escribía Virginia Woolf o Vera Brittain. No supero que una mujer tan moderna como ella escriba cosas así:
"Se había preservado de la indiferencia degradante que lleva a las mujeres mayores a dejar el corsé, luego de teñirse el pelo y finalmente de ponerse lingerie"
... tal vez sea su manera de invitarnos a una reflexión sobre el proceso de hacernos mayores, pero en serio: si ni siquiera en la vejez te puedes soltar un poco el corsé y llevar zapatos cómodos, váyase usted por ahí. Hoy en día como ya han tirado la toalla de vendernos más zapatos manolos (por Dior, que los vi el otro día en el escaparate de la tienda del centro, qué instrumentos de tortura de diseño), hoy nos intentan vender gimnasios y pesas por aquello del entrenamiento de fuerza (de ahí, por si alguien se preguntaba, el bodegón inicial): el caso es vender, qué pereza todo.   Justo estoy leyendo ahora un libro que toca el tema envejecer también, así que tendré oportunidad de divagar sobre esto más adelante. Pronto en su quiosco. 

Si fuera una novela que me hubiera tocado, escribiría ahora sobre La Belle Époque y lo de que la obra de Colette es muy sensual, y todo eso. Lo de sensual a mí se me ha escapado, en primer lugar porque hay muy poca narración en la que están juntos, aunque esta descripción me hace perdonarla un poco...
"ella le besó tan fuerte que se retiraron borrachos, vencidos,  sin respiración, temblando como si acabaran de tener una lucha"
Y alguna otra de enamoramiento desesperado, esa cosa que pasa en el cerebro más que en los sentidos propiamente, esas cosas de película que se dicen tras esos besos que te dejan como bajo-las-sustancias:
"Me importa un pepino no ser tu primer amante; lo que quiero es ser el último".
 Y tras estos excesos amorosos -que espero no enreden a nadie, yo avisé-  termino con una de esas frases de Colette que debía tener copiadas en mi carpeta clasificadora cuando era yo una Claudine, una de esas adolescentes de la literatura que tanto nos gustan. Esa es la actitud!:
"Como va a ser necesario vivir de esta manera, empecemos"

17 marzo 2026

"Milkman" de Anna Burns: Claustrofóbica, feminista, antimilitarista y con sentido del humor.

Como llevo una etapa "el norte de Irlanda" desde que leí "No digas nada" de Patrick Radden Keefe, Elena Rius me recomendó "Milkman", la novela de Anna Burns que ganó el Booker Prize en 2018. Después de haber pasado las Navidades en Belfast y paseado por la costa hasta la "Calzada del Gigante", o haber visto "Kneecap", algunos episodios de "Derry Girls" y uno de "Cómo ir al cielo desde Belfast", estaréis conmigo en que soy una pequeña autoridad en el tema. Pero ninguna de estas lecturas, visitas, audiovisuales... me han acercado tanto al tema de los "Troubles" en los 70 en el norte de Irlanda como "Milkman".

Nota: No hay spoilers en el divague. En la novela hay bastante trama de la que no cuento nada. 


Empecemos con aspectos formales
Porque he leído varias veces que la novela es de difícil acceso. "La vista cuando tocas la cima no me compensó el duro trekking", dice James Marriott, un crítico admirado por escribir metáforas como esa.  ¿A qué se refieren? 

Burns no da nombre a ningún personaje y se les describe según las relaciones entre ellos; por ejemplo, la narradora es la "middle sister" (la hermana mediana), su noviete el "maybe boyfriend" (el quizás novio), su cuñado con el que va a correr, el "second brother-in-law" (el segundo cuñado), y así todo. La autora contó que lo intentó con nombres varias veces y no le funcionaba. También usa códigos para hablar del ejército británico o más generalmente de los protestantes ("defenders of the state"= los defensores del estado) y a los miembros del IRA o simpatizantes católicos ("renouncers of the state"= los que renuncian al estado impuesto por los británicos). O toponímicos especiales: el país "over the water" ("al otro lado del agua"= Gran Bretaña), el país "over the border" ("al otro lado de la frontera"= el resto de Irlanda). 

Pero enseguida se entra en esa nomenclatura; la potencial dificultad es el estilo de monólogo interior, con larguísimos párrafos que a veces duran páginas enteras y prácticamente pocos puntos y aparte. Pero a mí el estilo y la voz de la narradora me han gustado mucho.

Los dos milkman
Para quien no entiende inglés, el "milkman" es el lechero, esa institución que no sé si aún existe, pero que estaba muy viva y coleando en Grimsby en 1997: doy fe. Nos suscribimos a sus servicios durante un tiempo y cada mañana teníamos en la puerta de casa una botellita de cristal con nata en el cuello, tan directa de la vaca venía. Lo dejamos porque en poco tiempo nos engordamos unos kilos: verídico. Pero en "Milkman" hay un lechero real, un hombre que fue lechero que protagoniza una de las historias para mí menos interesantes de la novela, y luego el falso lechero al que todos llaman Milkman - la razón se desvela al final. 

La hermana mediana
Milkman es un capo del IRA que se interesa por una chica normal, la narradora o hermana mediana. O no tan normal: lee literatura del siglo XIX -porque no le gusta el siglo XX en el que vive- mientras camina al trabajo en el centro de Belfast, y vuelve a casa en el barrio obrero del oeste sobre el que escribí en el divague de Boxing Day, el de los muros que aún hoy separan la zona protestante de la católica. Sugiero volver para ver las fotos de los muros y recordar que en el norte de Irlanda (vs. Irlanda del Norte, llamarlo así -"north of Ireland" - indica que erea católico y "Northern Ireland", protestante) cada una de tus elecciones más banales no lo son porque te definen: tu equipo de fútbol, la cerveza y los licores que bebes, la marca de tu coche, los pubs donde vas, por supuesto, tu colegio.  

La hermana mediana tiene 18 años, vive con su familia numerosa (diez hijos: algunas hermanas mayores casadas, cuatro hermanos -uno muerto, otro "on the run" (fugitivo), otro en el extranjero- y tres hermanas pequeñas), y tiene un noviete no formal. Ella le da bastantes vueltas a esa relación -sobre si comprometerse más, o tal vez no- hasta que un día su vida cambia cuando Milkman para por primera vez su coche para decirle lo que le viene diciendo todo el mundo desde hace tiempo, que es rara por leer caminando en plena calle, y ofrecerse a acercarla a casa. La narradora describe esa presión que sentimos todas las chicas cuando un tipo cruza un límite, pero no es claramente algo terrible y nos preguntamos si seremos nosotras las locas:
"No parecía grosero, así que no podía ser grosera y seguir corriendo. Así que dejé que ese hombre que no quería cerca de mí me hiciera caminar más despacio"He didnt seem rude, so I couldn't be rude and keep on running. Instead, I let him slow me, this man I did not want near me".
Lo que comienza así -una conversación con un tipo que te habla de la manera como hablan los stalkers (*), en primera del plural en lugar de la del singular desde un coche en el que ni subes-, pasa enseguida a ser para la comunidad una relación romántica, porque absolutamente todo lo que haces es observado por mil ojos e inmediatamente repetido en mil orejas, tal vez corregido y aumentado en mil mentes, todo de manera exponencial. 

(*) Stalker es una palabra de difícil traducción: el diccionario dice "acosador", pero por concretar es alguien que te sigue y te observa de una manera obsesiva durante un periodo de tiempo. 

La comunidad, el contexto político
No es solo la descripción del stalker lo que hace de esta novela una experiencia increíble; es que Burns te hace sentir la opresión, la asfixia, el agobio de vivir en una sociedad cerrada donde todo el mundo sabe todo y es interpretado en clave política.  

El IRA sabía que su supervivencia como guerrilla armada en un ambiente anti-estado con una comunidad súper unida dependía del apoyo local en ese ambiente. Ellos eran además las instituciones de esa comunidad: la justicia, la policía, los que hacían  las leyes no escritas. Si había miembros del grupo cuya vida estuviera de alguna manera en contra de su filosofía, ellos se "encargaban". Para establecer su poder, por ejemplo, entraban en discotecas y pubs cubiertos con pasamontañas y con armas para inspeccionar a los "indeseables y los menores de edad". Era una simulación, porque nunca se llevaban a nadie, pero era una muestra semanal de su fuerza. Al rato, se repetía la misma operación con soldados del "ejército ocupador", estos vestidos de kaki, que entraban en busca de los del IRA. Y la gente en la discoteca bailando a Queen o Bon Jovi, teniendo que parar un rato para presenciar esta exhibición de músculo idiota. A todo te acostumbras, pero qué curioso (y ole por ellos) que siguieran con la fiesta. 

Otro ejemplo de su control de la comunidad es que en las tiendas les dejaban irse sin pagar por miedo a represalias - y nuestra protagonista lo vive una vez en un "fish & chips". Me recuerda al bullying (a falta de una palabra en castellano) que tuvieron que sufrir los perdedores de la Guerra Civil Española en los pueblos, por ejemplo. Mi padre me contó que mi abuelo que era manitas se hizo un gallinero y uno de los fachas le dijo, qué bonito gallinero, lo quiero para mí. Insoportable. 

Otro tema es que si tienes cualquier problema en ese contexto (como nuestra protagonista, un stalker, pero también puede ser una violación, un atraco, lo que sea) no puedes ir a la policía, igual que si tienes un problema de salud no puedes ir al hospital  porque si sacas un problema de la comunidad, te tomarán por "informador" y te acabarán matando. Es su propia ley. 

Así que nuestra hermana mediana no podía denunciar el acoso no solo porque se hubiera convertido en informadora, sino que además las implicaciones de algo tan banal como que un tipo veinte años mayor ponga sus ojos en ti son de vida o muerte. Ya es desagradable que a una chica de 18 le entre un tipo de 40 y pico casado y con familia pero si no hay relación de poder, tal vez te lo puedas quitar de encima de una manera más o menos aséptica. Pero rechazar a un miembro del IRA podría salpicarle no solo a ella, sino también a todos los que quiere y a quienes se cruzan por su camino. Es aterrador. 

Por supuesto cosas serias como esta, o más banales como tener que comprobar tu teléfono antes de llamar por si estaba pinchado afectarían a la salud mental cualquiera y también para nuestra protagonista. Incluyo este párrafo para ilustrar el estilo tan seco, áspero y para mí bonito de Burns:
Se refería a depresiones, porque papá las había tenido: grandes, masivas, veloces, enormes, como nubes negras, infecciosas, como cuervos, cornejas, grajos, ataúdes sobre ataúdes, catacumbas sobre catacumbas, esqueletos sobre cráneos sobre huesos arrastrándose por el suelo hasta la tumba, ese tipo de depresiones.”
“She meant depressions, for da had had them: big, massive, scudding, whopping, black-cloud, infectious, crow, raven, jackdaw, coffin-upon-coffin, catacomb-upon-catacomb, skeletons-upon-skulls-upon-bones crawling along the ground to the grave type of depressions.”
Otros personajes 
>>Las wee sisters
Mis personajes favoritos de la novela han sido las "wee sisters".  [Nota de la traductora: "wee" es una palabra que los irlandeses ponen delante de casi todo y sirve para hacer el diminutivo, luego se traduciría como "las hermanitas"]. La narradora tiene tres hermanas de 7, 8 y 9 años que son como unas chispitas de luz en medio de tanta oscuridad: les interesa la ciencia, la geopolítica, la hermana mediana les lee Kafka por la noche, ellas leen periódicos ingleses tiradas por el suelo, sin darse cuenta de que esto o alguno de sus hobbies puede ser interpretado como "traición" dentro de esa comunidad. Una profesora intentó explicarle a la madre, viuda, que esas niñas eran muy listas, que se les quedaba pequeño ese cole, esa sociedad. Están llenas de energía, de alegría: representan la esperanza. Me encanta que por las tardes se van a la calle "a correr aventuras" igual que los perros. Hubo una época en la que los niños y los perros éramos libres: yo lo recuerdo. Como vivía en una calle de casitas, en verano de pequeña me dejaban salir a jugar con otros niños y teníamos un perro que también salía de paseo por su cuenta y siempre volvía. Ahora esa vida parece increíble: era la época de los pañuelos de tela, que también salen en la novela.

>>Los perros
El caso es que los perros de esta zona también salían "a correr aventuras", pero además con sus ladridos avisaban cuando venía la policía británica. Hay una escena terrible en la que los británicos matan a casi todos los perros de la zona y hacen una montaña con ellos: expresión más gráfica de la crueldad y la atrocidad que era el día a día es difícil imaginar; aunque ya no, con lo que estamos viendo hoy en día.  

>>El verdadero ex-lechero
Aunque he dicho al principio que la historia del final del verdadero milkman no me ha llegado, él, sin embargo, es interesante porque representa la voz de la disidencia con respecto a la situación de su país, pero desde una izquierda crítica:
"Habló sobre la tragedia en general, el malgasto, la falta de visión, de prevención, de todas las ramificaciones derivadas de la pobreza y de estos tercos y persistentes problemas políticos. Continuó, mencionando el abandono, la pobreza , la injusticia y la pérdida de  oportunidades, y por un momento pareció perderse en sus pensamientos". "He spoke of tragedy in general, its waste, the lack of foresight, of prevention, of all the ramifications stemming from poverty and these stubborn, entrenched political problems. He went on, mentioning neglect and disadvantage and disfavour and the loss of good opportunities and for a while seemed to go away in his thoughts". 
Feminismo y los grupos de mujeres que recorren la novela
También sabe el ex-lechero encontrar el potencial de las wee sisters y es que la novela es profundamente feminista: por eso, por la personalidad de la protagonista, por la importancia que tienen ciertos grupos de mujeres:

>>Las "issue women" (o mujeres problemáticas) 
Me encantan: son un grupito que se empieza a reunir para hablar de los derechos de las mujeres en un cobertizo, donde tienen colgados pósters de mujeres que nos inspiran al resto, supermujeres como las Pankhurst, Millicent Fawcett, Emily Davidson, Ida Bell Wells, Florence Nightingale,  Eleanor Roosevelt, Harriet Tubman, Mariana Pineda, Marie Curie, Lucy Stone, Dolly Parton.  Por cierto, los curas les dejan salas de la iglesia para que se reúnan los del IRA, pero no las mujeres problemáticas.

Toda la comunidad se preocupa por lo que hacen estas mujeres y es muy gracioso: "podrían estar haciendo actos homosexuales o abortos allí". No he comentado que la novela tiene mucho sentido del humor para un tema tan duro como este, por ejemplo, aún me estoy riendo cuando dicen que "usan terminología como 'terminología', sistémico, transhistórico, institucional, etc.

Las issue women logran crear lazos con organizaciones feministas fuera de la zona e incluso consiguen que venga una mujer de la central a dar una charla. Pero no se libran: todo esto es observado, analizado y censurado por el IRA y sus múltiples ojos, así que esa conferenciante no puede volver. 
  
Tal vez el último capítulo de la novela no me gustó porque me impliqué mucho con ellas -como con las wee sisters- y hubiera querido que las "mujeres problemáticas" hubieran tomado un rol más central.

>>Las groupies del IRA
Estas son las que están emparejadas con los del IRA. La madre de la protagonista, pese a tener un par de hijos de esa cuerda, le avisa para que nunca se líe con uno de ellos: "nada les para hasta que la muerte les para". 

Las llama "las groupies" (como si fueran fans enloquecidas de un grupo musical) y cuando creen que la narradora es una de ellas por su relación con Milkman, le enseñan cómo serlo en el baño de una discoteca: la lideresa la mira en el reflejo del espejo, luego se mira a sí misma, en concreto a su escote, parece satisfecha, se lo recoloca, más satisfacción, y le dice:
"Un hombre peligroso. Masculino. Mucho. Tiene que serlo. Me encanta ese tipo de cosas (...). Ponte guapa. Con clase. Siempre con vestidos. Nada de pantalones. Tacones altos, ah y joyas. Nunca le decepciones. Nunca vayas sola al bar. Nunca salgas a la pista de baile con otro hombre, nunca coquetees con otro. Nunca pienses en otra relación. Hónrale. Haz que se sienta orgulloso".  "A dangerous man. Masculine. Very. Has to be. Love that sort of thing (...). Look good. Look classy. Always dresses. No trousers. High heels, mind- and jewellery. Never let him down. Never go to the bar by yourself. Never go to the dancefloor with another fellow, never flirt with another man. Never consider another relationship. Honour him. Do him proud". 
Da miedo. Mucha política para liberar a tu estado oprimido, pero sus mismas mujeres siguen siendo más machistas y tradicionales que el Papa. 

>>Las mujeres piadosas
Como su nombre indica, son las típicas católicas irlandesas entre las que podría estar la madre de la narradora, que le advierte sobre las muchas plagas de langostas y que usa eufemismos graciosos para referirse a conceptos como quedarse embarazada o abortar. Ellas son las que hacen algunos de los trabajos sucios que no pueden hacer los profesionales del sector sanitario, desarrollando todo tipo de brebajes, operando en quirófanos de bricolaje y así todo.

Las mismas mentiras
Burns describe también las narrativas que se cuentan a sí mismas las gentes que viven en medio de un conflicto como este para sobrevivir: es tan viejo como la humanidad. Si te han matado a un hijo, la historia que te consolará es que "no murió en vano", y eso creen. Este cuento de hadas es el mismo que en estos momentos se estarán contando los padres de los soldados americanos que han muerto en Irán, si es que han comprado la narrativa del narcisista naranja. 

Pero es mentira: ya lo escribió Wilfred Owen en su poema: "Dulce et decorum est pro patria mori". Hoy que tanto se habla de "hacerse con el relato", el mío sigue siendo este: si todas las personas de a pie nos paramos y decimos basta [No-a-la-guerra], no continuaría ninguna de ellas. A esta conclusión llegó Vera Brittain (lean el libro o el divague del libro, que es casi tan largo como el ídem) y se hizo pacifista. 

Terminando, di que no
Hay una frase que me encanta que resume perfectamente a nuestra heroína, la protagonista:  "the privacy of the subtext of my own mind where nobody could witness me being me" ("la intimidad del subtexto de mi propia mente donde nadie podía presenciar yo siendo yo"). Por eso se evade leyendo novelas del siglo XIX por la calle, porque no quiere pertenecer a ese millón de ojos que observan, critican, reportan. No va a coger un fusil que en su caso es "vestidos-maquillaje-tacones-joyería-fidelidad-sexual-mal-entendida". Tampoco por el otro lado: no va a ser informadora y desde luego no apoya a los ocupadores. Simplemente, no ha comprado el relato, no es bonito morir por la así-llamada-patria. Lo que la gente quiere es poder ir a buenos hospitales, que las niñas pequeñas tengan oportunidades, bailar sin que un tipo con pasamontañas te ponga una linterna en la cara cada viernes. 

Como todas las grandes novelas, "Milkman" usa un punto concreto de la historia en un lugar tal vez muy lejano para ti para tocar temas universales y necesarios: te lleva a un pasado al que no querríamos volver y te deja varada en la playa de un presente en el que hemos de ponernos en pie y decir basta.