an

12 febrero 2021

"La edad de la inocencia": ¿el final más bello de toda la literatura?

 
Hace un tiempo, en una de esas cenas con un grupo de gente, una neozelandesa que había vivido en Nueva York explicó, para mi sorpresa, que "Nueva York era mucho menos cosmopolita que Londinium". Habló de ciertos grupos de emigrantes que se repetían en distintos barrios (los que hemos visto en las pelis) y cosas así, pero "nada que ver con nuestro barrio en Londinium"- en el que se hablan 167 idiomas (mea culpa, divagante fiel, esta será la trigésimotercera vez que doy este dato). A mí esta aseveración me sigue pareciendo difícil de creer: para los que no hemos vivido allí, Nueva York es la capital del mundo, arte en cada esquina, Annie Halls en animada conversación con su Alvy Singer y maravillosos rascacielos art deco. Supongo que gran parte de la Nueva York que todos tenemos en mente viene del cine, y cuando llegas allí por primera vez tienes la sensación de haber estado antes. 

Sin embargo, en "La edad de la inocencia" (1920)-recomendada por la divaganta Carmen, gracias my lovely-, la novela de Edith Wharton ambientada en la segunda mitad del SXIX (circa 1870), me he encontrado con una ciudad que nada tiene que ver con lo que nos muestra el cine, o con lo creí ver yo en mis visitas como turista. Una ciudad que tal vez tenga más que ver con lo que describió mi neozelandesa, o que por lo menos, sería su germen.  Wharton usa esta novela para describirnos una sociedad provinciana y asfixiante, siempre en contraste con la más cultural e interesante Europa. Y además, como la novela termina treinta años después de su comienzo, también nos hace reflexionar sobre el cambio que sufre una sociedad con el tiempo. El protagonista se da de bruces con lo diferente de él mismo que son sus hijos. Su hijo "tiene la auto-confianza de aquel que mira al destino no como a su amo, sino como a su igual". No es personal: como todos, son solo hijos de su tiempo. ¿Mereció pues la pena bajar la cabeza y conformar con aquella sociedad implacable? 

Yo no he visto la peli de Scorsese (1993) pero todos recordamos el cartel,  y esto sí que es un problema: no he podido evitar imaginar en mi cabeza a los personajes como a los actores. Daniel Day-Lewis es el protagonista, Newland Archer, que está prometido con la virginal May Welland, Winona Rider (de 9 años, atención al cartel). Y su prima (no, en serio, la prima; no es "te voy a dar lo tuyo y lo de tu prima", aunque también), Ellen Olenska, la mujer "mayor" (30 años, y ya "no radiante", empieza a dar una idea de la sociedad que estamos, claro que ffwd casi un siglo y cómo olvidar a otra mujer "mayor" con 36, Anne Bancroft en "El graduado"). Olenska acaba de llegar de Europa tras un matrimonio fracasado con un conde cabrón. Este papel en la peli lo hace la de siempre, Michelle Pfeiffer... porque sí que he visto "Las amistades peligrosas", también drama de época con vestidos largos (que Mini siente no sea "lo que vistamos hoy en día"; dejadla, yo también atravesé esa fase). Por concluir mi imaginario de los personajes, en mi opinión, el personaje de Newland está muy bien elegido: Daniel Day Lewis tiene una cara y una presencia perfecta para aristócrata atormentado; en el libro su prometida es una rubita mona e inocente, y la tentadora es morena, justo al revés que en la peli. Pero mirad que cara-bruja le hacen poner a Pfeiffer en el cartel.

Uno de los problemas que se le plantean al protagonista es eterno- me consta que aún hoy hay tipos que se rigen por este criterio: para casarte, una mujer mejor sin pasado (ignorando al gran Mr. Wilde que prefería "los hombres con futuro y las mujeres con pasado" o al propio Sr. Cervantes, "No hay carga más pesada que una mujer liviana"), una rubita inconsistente, sin opinión, que la puedas modelar a tu imagen y semejanza y que no dé problemas: "una mujer que sepa nada y que lo espere todo" (del matrimonio). Les presento a Miss Welland, un producto perfecto de esta sociedad biempensante. Pero además es la que pasaba por ahí cuando él está listo "se había casado como la mayoría de los hombres hacen, porque había conocido a una encantadora jovencita en el momento en que una serie de aventuras sentimentales sin objetivo terminaban ya aburriendo"-esto me lo he planteado muchas veces: no es que "The One" esté ahí afuera, es que tiene que ser que "coincida con tu momento". Menudo "The One".

Inconvenientemente (porque esto sí que no está planeado, ni va bien con "su agenda" de novio dedicado y con sentido del deber), aparece "la mala", la mujer "manchada" por un matrimonio fallido, que representa todo lo que no es May: ha vivido en Europa, ha conocido a mucha gente en sus salones, se ha empapado con su cultura, tiene algo propio que decir en una conversación. El concepto de extranjería como algo negativo y contaminante -tan en voga en estos días- recorre la novela, "oh tal vez eso explique su gusto por gente peculiar". Qué asfixia vivir en ese tiempo y lugar- bueno, y ahora. En fin, una mujer con sustancia, que es lo que a los tipos inteligentes atrae, pero no a las tías solteras ricas, aquellas que dicen "las sales!" a la menor. 

Igual que de Emma Bovary dijo Flaubert "C'est moi", yo supongo lo mismo del tandem Archer- Wharton: C'est elle. Porque la novela, pese a estar narrada en tercera persona, está contada desde el punto de vista de Archer y, en contra de lo esperado, a mí me parece (habrá lectores que discrepen) que no es este un tío que quiere nadar y guardar la ropa. Es un hombre enamorado hasta las trancas y que está dispuesto a dejarlo todo por estar con este amor imposible. Que la cree especial, que se cree especial, como nos ha pasado a todos en ese estado de gracia, cuando pensamos que solo a nosotros nos ha tocado esa varita mágica. Una a veces puede exasperarse sobre la lentitud de todos los procesos en la jaula de oro en que viven, pero él es simplemente una persona que nota detalles como "su cara estaba sin lustre y casi fea, y él nunca la quiso tanto como en ese momento", claramente obsesionada con un dilema totalmente actual: ¿haz lo que debes o lo que de verdad quieres? Actuar con la cabeza o con el corazón, el sentidor del deber, cualquiera puede sentirse identificado con esta premisa, y no solo en el amor o la pasión: eso es lo que hace a una obra universal, que nos sigue llegando y apelando más de cien años después. 

Aparte de los tres personajes principales, hay una serie de secundarios, el corifeo griego de fondo, los doce hombres sin piedad que pululan por la narrativa, y a los que se desprecia por representar todo lo que es rancio e irracional, conservador y pacato: "La verdadera soledad es vivir entre esta gente que solo le piden a uno que pretenda", y que comentan con fastidio la última del Catedrático S., un excéntrico del que no se podían librar por su excelente familia, que "llena su casa de hombres con el pelo largo y mujeres con el pelo corto". "Gente que odiaba el escándalo más que la enfermedad, que ponía la decencia sobre el coraje, y que consideraba que no había nada tan maleducado como las "escenas"". Sin embargo, hay un personaje positivo, la abuela de Ellen y May, una mujer que no venía de buena familia pero que casó bien, y que tuvo la personalidad suficiente para irse a vivir a una zona no-de-moda y a pintar su casa de otro color que el preceptivo. Ahora una vieja excéntrica, que pasa de todo y "siempre fan de todo lo impulsivo-a menos que llevase a gastar dinero", me encantó. Genio y figura. O el pobre tutor francés que habla de las conversaciones de los salones de París -"No hay nada como buena conversación. El aire de las ideas es el único que merece la pena respirar. Así que nunca me importó dejar tanto la carrera diplomática como el periodismo, ambas distintas formas de auto-resignación"- a cuyo nivel nunca llegan los provincianos neoyorkinos. 

La novela nos deja también ver el machismo de ese grupo de privilegiados: lo del honor de un hombre situado entre las piernas de su mujer es viejo, pero es que aquí queda claro que nadie se reiría de una mujer con cuernos, pero se miraría mal al marido -en una doble pirueta de moralina barata-, porque bien es sabido que los hombres son más honorables : "Los estándares de sinceridad de una mujer eran tácitamente considerados menores, ella era la criatura sometida, versada en las artes de los esclavizados. Además, siempre podría alegar cambios de humor o nervios, y el derecho de que no se la hiciera demasiado responsable". Edificante, no? O esta: "si la sociedad decidía abrir las puertas a mujeres vulgares, el daño no era demasiado grande, aunque la ganancia era dudosa; pero una vez que se empezaba a tolerar a hombres cuya riqueza fue obtenida de manera poco escrupulosa, entonces el final era desintegración total". 

El otro día viendo la serie documental sobre Fran Lebowitz, "Pretend it's a city", una carta de amor a Nueva York del director (y amigo suyo) Martin Scorsese (hola Martin, otra vez), hay una escena en la que ella coge un ejemplar de "La edad de la inocencia" de una estantería, y habla un poco de la novela. Una mujer rica, Edith Wharton, que no necesitaba escribir para vivir (según Lebowitz, la gente que nos gusta escribir, lo hacemos mal, y los que escriben bien, lo odian, lo hacen para sobrevivir... viene a ser lo de Dorothy Parker "Odio escribir. Me encanta haber escrito"). Pues bien, Wharton era una mujer forrada que contaba temas de gente forrada pero aún así, bien que hubiera una mujer escribiendo en esa época. Mejor que nada. Estoy de acuerdo, recordemos la Pirámide de Maslow, o la misma Virginia Woolf: "una mujer necesita dinero y una habitación propia para escribir". Es de cajón. Aunque ella ambienta la novela 50 años antes que su publicación, supongo que en 1920 Nueva York todavía no sería lo que imaginamos los que solo la hemos visto en pelis, o de turistas. Lo que decía la neozelandesa. 

Terminando el divague, me doy cuenta que he sorteado el tema que más me ha llegado, supongo que por miedo a fastidiar el final si hay alguien que la vaya a leer (si es que se puede sentir una mal por hacer spoiler de una novela de cien años, pero mira, yo misma no conocía el final). Así que si eres esa persona, déjalo aquí, y vuelve luego. Y me cuentas.

Para mí uno de los temas es si ha merecido la pena nuestra vida. Si todos los sacrificios, lo que hacemos por conformar, o por ser rebeldes, o por lo que sea, nos harán sentir orgullosos en nuestro lecho de muerte. Si pensaremos en las vidas que podríamos haber vivido, en los caminos menos transitados que no tomamos, en que Itaka nos regaló un bonito viaje, y eso es lo que importa. Y las fantasías que nos montamos sobre esas vidas paralelas, olvidando que la realidad, por muy buena que sea, nunca puede por definición superar a un sueño.

"Cuando pensaba en ella era abstractamente, serenamente, como se pensaría de alguien amado en un cuadro o un libro: se había convertido en la imagen de todo lo que había perdido"

Dicen que el de "La edad de la inocencia" es el final más bonito de toda la literatura. Yo hasta que no doblé la última página del libro -cuando, treinta años después existe la posibilidad de enfrentar la imagen de todo lo que uno ha perdido-, lo leí con el corazón encogido. Para mí el final es de una belleza devastadora y, aunque sabes que es el mejor final posible, igualmente te rompe el corazón. Creo que cuando alguna vez lo relea, será siempre lo mismo. Igual que en "Casablanca": por muchas veces que la veas, siempre quieres que Ilsa no coja ese avión.  

Sin ella el camino no hubieras emprendido.
Mas ninguna otra cosa puede darte.



10 febrero 2021

Serial 24. El regalo misterioso

El árbol de Porcelanosa, en todo su exceso, claramente no impacta a Lucy: será lo habitual en su familia. Se engancha en el corcho: unas chinchetas de colores sujetan una postal de Tailandia de alguien que no conozco, un menú del chino de Whitby, y las normas de evacuación caso de incendio. Los ingleses y el fuego, 1666. Doy luces laterales,  odio el parpadeo del fluorescente de la cocina. ¿Meter a Lucy a dormir en la habitación -vacía, abierta- de Morgana? Dudo un segundo en su puerta, huele tan bien. Cien abalorios colgados de una percha. Póster de Audrey Hepburn. Una caja de esas de herramientas que ha llenado de maquillaje. Porque ella lo vale, frase acto reflejo con Morgana que me hace sonreír. Seguro que no se enfada, pero mejor no, que duerma en el sofa grande. Con la sonrisa aún puesta salgo a la sala comunal. Lucy está ahora mirando las postales de Navidad en la repisa de la chimenea, en la que le queda algún rescoldo. Se le ha corrido el rímel. Acerco el taburete de tres escalones y busco en el altillo del armario común. Se puede una encontrar aquí desde un tablero de ajedrez hasta cajas de especias caducadas en los 80: quién las trajo y de qué país. Confetti y guirnaldas. Fuentes de horno, una tetera que parece soviética. Linternas, click click, con pilas caducadas.  Ahá, el nórdico de las visitas.  Lo metemos juntas en uno de esos cobertores con el "Propiedad del Hospital de Banderley" impreso, evitando el contacto visual. Le ofrezco desmaquillador de ojos? Irnos a dormir, porque lo que quiero es envolverme en mi albornoz, algo que huela a mi verdadera casa, no a Drummond, la Casa amarilla con nombre de castillo escocés. Pero no digo nada. ¿Qué estarán haciendo allá, en mi verdadera casa? 

Se oye la puerta abajo y los pasos de C-3PO suben por la escalera, inconfundibles, esta vez con el añadido incoherente de choque de cristales.  Sandip saca las botellas de la bolsa de Tesco y las deja en la encimera; se las habrá dado Lucy, inferimos, él no nos va a dar información, así, sin más.  Sandip hace un ruido tal vez de despedida y va directo a su habitación. La mirada de Lucy,  de la encimera a mis ojos, espera mi aprobación. Sí, sí, Lucy, dale, por supuesto: hemos venido a jugar. Cuando estamos para brindar, sale un batín brillante, sobresaturación colorística y ni una sola arruga, hacia el baño.  Antifaz en la frente, los pasos torpes del miope sin gafas.  Carcajada contenida de esas de adolescentes abrazadas a sus almohadas, cuando cierra la puerta. Bienvenidas a Bollywood.

Lucy, en el sofá de enfrente,  levanta su copa y abre la boca, rebozada en el edredón. Lo veo: está entrando en fase exaltación de la amistad. Está claro que el rollo me interesas mucho, persona de allende los mares, no es la razón por la que tengo a esta pava frente a mí.  Ya entonces algo me decía que el haber emigrado no te hace especial, y ha sido ratificado por el número de emigrantes grises con los que me he cruzado con los años. Lucy, eres buena conversadora, y aunque a ratos me siento interrogada, no me molesta. Casi es terapéutico: exteriorizar los últimos dos meses es procesarlo-sección psicoanalista barato-, asumir que no lo he soñado: "No digas que fue un sueño". A menudo me guardo las referencias culturales, para qué ponerme. Pero what the fuck, me rebelo (será el espumoso?): no molestarse en compartir es tirar la toalla, es dejar de ser yo, es que qué hago aquí. He venido a aprender, pero no a cualquier precio. A veces ser feliz no es cómodo ni acogedor, a veces hay truenos y tormentas, y pasas mucho miedo, pero sabes que está mereciendo la pena, que algún día merecerá la pena. Me aburro a mí misma, me he convertido en un coach motivacional.

-""No digas que fue un sueño" es el título de un libro que leí hace años, no te parece precioso? "

Un silencio, pero no hay necesidad de llenarlo, a esas horas y con las copas vacías. No sé cuánto dura, juego a enrollar el pelo entre mis dedos, a predecir la cadencia de las luces del árbol. Lucy se cambia al sofá que está a noventa grados del mío, el de incomprensible terciopelo rojo. 

-"Sí" - dice por fin-  "tan increíblemente bueno fue aquello que, por favor, no digas que no pasó. Una noche de sexo, a la que vas igual hasta arriba de mierda, pero que luego resulta ser la leche, o quién sabe, tal vez la mitificas con el tiempo, cuando esa persona se hace inaccesible?" 

-"Em, tal vez"- ¿qué está diciendo? que alguien me saque de aquí- "Em... em..." -Cook ya me habría insultado, echado de su oficina al primer em- "Emmm, ¿has pensado alguna vez en el título que le pondrías al libro que escribieses? Es casi como nombrar a un hijo... una de las decisiones más importantes de nuestra vida".-Me doy mucha verguenza, que se acabe.

-"Hay todo un arte en la búsqueda del título ideal..." -bien, ha entrado al trapo, yo mientras tanto traigo otra botella, tal vez se duerma- "No te diré que hay una asignatura completa, pero casi... ¿tienes algún otro favorito?"

-"Bueno, algunos que me encantaron luego descubrí que eran citas clásicas... hay un escritor español que no me gusta que ha encontrado un filón en Shakespeare:  "Mañana en la batalla piensa en mí" es Ricardo III, y "Corazón tan blanco" es Macbeth".

Lucy no da crédito: ¿escritores españoles haciendo referencias al bardo con lo que tenemos en nuestro Siglo de Oro? Como buena inglesa, se ha interesado por mi visión primero, son todo buenas maneras y politeness,  pero ahora, su discurso: Si quiero títulos con frases robadas de Shakespeare, ella tiene legión: "Un mundo feliz" ("Brave New World") es de "La tempestad", "A sangre fría" ("In cold blood") de Timón de Atenas, "El ruido y a furia" ("The sound and the fury") de Macbeth... Y también habla de muchos tomados de la Biblia, o incluso de poemas: "Tender is the night" es un verso de Keats, y de Yeats es "No country for old men". "Por quién doblan las campanas" de John Donne, o incluso "Adios a las armas", de un poeta de la época isabelina. 

-"¿Por qué no abrimos los regalos?"

Así, de repente. Su cabeza es el caballo en una partida de ajedrez. Igual le aburrían los títulos, pero fue ella la del soliloquio. 

-"Eh? Ahora? Pensaba que aquí los abríais el Día de Navidad".

-"Sí, son las 00:30. Realmente es ya el Día de Navidad... "

Desprevenida. Pero hace un rato solo quería irme a la cama, y ahora ya no sé lo que quiero. Va a ser mejor abrirlos que seguir escuchando lo que ella de verdad quiere para Navidad: un tour por las plantas de Banderley-C, la biblioteca, la cantina, ir a ver a lo que ella llama "los peligrosos" sería su absoluto sueño.  O a cualquier otro sitio, y va ya bajando el volumen y la velocidad, tal vez esté captando mi frustración, a todos los sitios que se me ocurran, porque ella está encantada de estar aquí.  Como si esto fuera un puto zoo. Sostenerle la mirada es suficiente, se calla. Haber tirado por el "imposible, Lucy, me juego mi trabajo", hubiera sido una estrategia inútil. Es algo que la gente como ella, siempre con el colchón papi, nunca podrá entender: el pub y Drácula serán su aventura de juventud y vuelta al departamento de literatura gótica de Oxford, del que nunca debió salir. Igual hasta le dejan seguir con el eye-liner un poco pasado. 

Un montón de los regalos llevan mi nombre. Lucy da un grito cada vez que encontramos uno más. El primero: perfume de brezo de los páramos, con ramita incluída. "El yo dividido" ("The divided self"), el clásico del escocés Laing de la antipsiquiatría de los 60; qué pereza, ahora tendré que leerlo. Una pluma estilográfica, me encanta. Unas bolas efervescentes de baño, olor almizcle blanco, mmm. "La campana de cristal" ("The bell jar"), el angst de Holden Caufield en femenino. Un cuaderno de notas, con un papel como antiguo, maravilloso. Una diana con un cerebro en el centro a la que se lanzan, en lugar de bolas, tres pequeños muñequitos con velcro: Freud, Marx y Einstein. El clásico de la psicopatía de 1941, "La máscara de la cordura" de Cleckley,  lo veía venir. Un imán que pone "mi ambición en la vida es tener un desorden psiquiátrico que lleve mi nombre".  

"El Síndrome de Calleja", pienso, y me río, y abro los cartuchos de la pluma.  Lucy está anotando las referencias psiquiátricas y se va a poner a hablarme de la prota suicida de Sylvia Plath. Seguro que no hay puntada sin hilo en todas estas cosas, le estoy diciendo, cuando vemos un último paquete. Contiene una caja de madera que se abre con un click, y dentro, un candado y un papel que desdoblo una vez, y otra y otra. 

Lo ponemos encima de la mesa baja de madera que parece un arcón de pirata achatado en medio de los tres sofás. Me pregunto cuantas décadas lleva ahí esa mesa, como el sofá de terciopelo no cumple seguro con las regulaciones. Su superficie es un mapa que podría contar historias: restos de cera de todas las velas que se han escurrido allí en paralelo a las conversaciones, círculos que delatan tazas demasiado calientes, imperfecciones que la hacen perfecta. Lucy sostiene el papel, y sobre ese mapa, otro: en el centro dibujado lo que parece una búsqueda de tesoro infantil, óvalos que se comunican por caminos, sin leyenda. Lucy quiere encontrar una vela, su gran idea es que puede estar escrito en zumo de limón: claramente el libro aquel de "cómo hacer de espías" de mi infancia también llegó a la isla.  

-"Un momento, espera: mira esto en aquel círculo superior izquierdo: C₁₀H₁₂N₂O". 

-"Qué, qué, qué, es algo químico, ¿qué es eso?"

Dejo pasar unos segundos, aunque ya lo sé. 

-"Serotonina, Lucy: es la fórmula química de la Serotonina, el neurotransmisor que media el optimismo, el bienestar, la felicidad". 

-"Alguien te está mandando felicidad... su fórmula química escrita en un papel?"

Felicidad y un candado. Cerrado y sin llave. Qué juego es este? El corazón me va a mil, y bombea extra sangre a la cabeza, para pensar mejor. Serotonina, serotonina, qué es serotonina? Pero, claro! Serotonina: el bar que regentamos los residentes, las antiguas caballerizas.   Y en un flashback casi cinematográfico recuerdo los túneles, en aquella fiesta de Halloween. Túneles que se me negaron, porque según todos, aquella advenediza, disfrazada de lo que no debía, que aún no había demostrado nada, tenía fiebre aquella noche,  deliraba. Nada de aquello pasó. Tomo aire:

-"Lucy, todo encaja: tenemos que ir a Serotonina, a encontrar una de esas puertas en el suelo, que van a una bodega, o un sótano, o un túnel... creo que estuve una vez, y desde entonces todo ha sido misterio y..."

-"Mariona, son las dos de la mañana, mira cómo está nevando..."

-"Pero es perfecto, está todo el mundo de vacaciones! Tenemos que ir Lucy, por favor... aquí hay linternas -omito que sin pilas, algo encontraremos-, y tenemos una llave de Serotonina en cada casa, porque nos turnamos...".

Ya estoy en el panel de las llaves buscando, me tiemblan las manos, y la voz. Por fin voy a entender qué pasa en este manicomio, donde lo menos enloquecido son los pacientes. 

-"Aquí está la llave!" -y en un cajón de la cocina encuentro pilas grandes- "Mira, pilas!- pero cuando me doy la vuelta, un brillo extraño en los ojos de Lucy. Un brillo que desconocía hasta ahora y que solo me da más alas- "Lucy, qué te pasa?"

-"Tengo miedo".

04 febrero 2021

La interpretación de los sueños (Dream Analysis)

 Pasa tan poco que generar "contenido", incluso para mantener el interés de nuestras relaciones diarias, empieza a ser un reto. Y de ahí al "dream analysis" solo hay un paso desesperado. 

Pongamos las conversaciones diarias con las "troncales". Inciso: qué son las "troncales" (*), otro concepto de Fashion. 

* En algunos estudios universitarios parece ser que existía el concepto "asignaturas de libre elección", aparte de las obligatorias o "troncales". En medicina no, tal vez consideraban que era importante que todos hubiéramos examinado de ojos (puag, cómo odié ese atlas), caso que se acabase de médica en Alaska y apareciese el del ojo con espuma del atlas. O de urología, y fueras testigo de una de las seis malformaciones descritas en todo el planeta. Todo olvidado, tranquis, solo los detalles traumáticos como lo que cuento, recuerdo. Volviendo al tema troncales, que divago: un día le cuento a  Fashion mi reciente agradable conversación con una persona con la que hablo muy poco y, aún en plena exaltación de la amistad, concluyo "igual debería llamarle más", a lo que Fashion espeta: "ni hablar, ya tienes suficientes troncales, no te vayas a coger asignaturas de libre elección". Mis troncales son mis llamadas telefónicas diarias que comenzaron con la pandemia e incluyen mis padres, mi amiga M, mi suegra (que ya se está descolgando y solo pide whastapp) y ella, que habla por los codos, y da igual que nada pase (ya se hizo un divague de los múltiples temas comunes, ayer por ejemplo entró uno nuevo, "El gancho"- una zona nocturna de Vetusta solo para los muy cafeteros, a partir de las 4 am, pero no puedo engancharme-ji-en esto). 

Así que las conversaciones diarias con las troncales empiezan a ser un reto: mi madre ya hasta me dice los minutos de bici estática que ha hecho (quién puede culparla: a mí esta semana me han dado juego las terribles agujetas tras hacer un "entrenamiento de remo" con Mini via zoom; ha sido horroroso, la puta ranita),  mi suegra (que se ha bajado en marcha) y con M hemos tocado fondo: estamos ya compartiendo recetas veganas (sus hamburguesas de garbanzo, a mí que no me gustan los garbanzos, pero con bien de comino, un éxito-afortunadamente Mini no me lee) o del anciano aquel que caminó nosecuánto para la Seguridad Social al que hemos cogido manía por sus galones militares y porque se lo apropiaron los brexiteros, fallecido ayer; como dijo otro amigo "nos ha dejado huérfanos, lo era todo". Ahora están pidiendo funeral de estado... señor cuando muera la reina, lo que nos tendremos que ver. Perdón, si muere la reina. Yo creo que esa nos entierra a todos. 

A ver, que no pase absolutamente nada,  en situación de pandemia ("no news is good news") es un éxito, no me quejo. Si miro atrás en el blog, antes a veces escribía de exposiciones, de viajes (ah, los mejores, ya lo sé), de paseos por la ciudad (el pasear, cosa de peripatéticos, te lleva a "discurrir", a imaginar más, a pensar mejor). Ahora eso no está y lo que se me ocurre en cautividad podría, o bien llevar a los divagantes al suicidio, o a mí entre rejas. 


Tan desesperada es la cosa que con un amigo con el que nos llamamos de vez en cuando, hemos recurrido al "dream analysis". Esto no ha sido premeditado, pero empezó un día en el que me puso un mensaje que me tenía que contar un sueño. Resulta que:

-Íbamos los dos paseando por "ese sitio de la exaltación de Franco que nunca he visto, pero que lo visualizo como el obelisco de Mussolini, a la entrada del "Foro Italico"", dice

-El valle de los caídos? Yo no he estado nunca-contesto, no veo por dónde va. Su hermano hizo erasmus en Fachadolid y cree que todos somos así. Claro que Fashion llama a MIni "fachaleca británica" porque hizo un stories en Insta con el anciano fallecido, pero tomándoselo en serio. 

-Sí, eso... pero en el sueño paseábamos por ahí, e íbamos saludando a mucha gente que nos conocía... no es raro? 

Sí, muy raro: imagino a fascistas de los años 30 con botas altas asintiendo con respeto al vernos pasar. Bizarro. Otro día me cuenta que ha soñado con un colega, ya jubilado, que vuelve todo moreno y muy atractivo. No hace falta ser un lince para hacerle "interpretación" de este sueño. 

Yo le cuento mi sueño con el perro Timi: resulta que los jekes se han hecho con un perro abandonado al que llaman Timi (sí, no Timmy como el de los Cinco, yo ya lo veo impreso y es Timi, y no me gusta mucho, pero hey, es su perro y así son las reglas de los sueños). Timi tiene cuerpo delgado de perro pero un poco de lana de oveja, no mucha. Es como Norit, el corderito, pero en perro. Le explico que siempre me ha gustado cuando los perros de la familia me muerden en la mano pero no aprietan (soy muy sensorial, lo sé,  rayo el autismo). Así que en el sueño, el perro Timi me muerde en el antebrazo, dando saltos, y yo elevando el brazo así en plan cetrería. Se hace el silencio: mi amigo reflexiona. Ja, veo con ilusión que esta narrativa plantea más retos a la hora de la interpretación que el jubilado feliz y saludable. Otros sueños míos son, como siempre, fragmentados y extraños, y los recuerdo un segundo tras abrir los ojos, y luego, atados como están por hilos de noche, desaparecen. Si hago un esfuerzo, podría atraparlos, pero para qué, si como el otro día el actor principal es el limitador eléctrico. 

Hacía tiempo que no catalogaba un divague con el di-stintivo "desvaríos". Muero pensando en esa persona despistada que llega aquí tras una búsqueda para que alguien le explique su sueño y se encuentre con ojos con espuma, gusto por los mordisquitos y severa irreverencia al tío Sigmund. 

29 enero 2021

"El silencio de las chicas" y "Mujeres y poder": feminismo, del clásico

 
Tras "El infinito en un junco" y todavía poseída por
 el mundo clásico, me metí en la lectura de "The silence of the girls" ("El silencio de las mujeres" lo han traducido, cuando "girl" es más niña o chica que mujer) de Pat Barker, recomendación de Elena Rius y seguidamente "Women and Power: A manifesto" ("Mujeres y Poder") de la famosa clasicista cantabrigiense Mary Beard.  Ambas obras, la primera una novela, la segunda un ensayo  son feministas, y ambas parten del concepto de "silencio". 

Beard comienza con "la primera vez en la historia de la literatura en que a una mujer se le hace callar", que no es otra que a Penélope en la Odisea, por el imberbe Telémaco. Ya en el primer libro, Penélope baja de sus habitaciones, le pide al bardo que está entreteniendo a sus pretendientes que cambie la música, y el mocoso le suelta: "Madre, vuelve a tus aposentos y retoma tu trabajo, el telar y la rueca... los discursos con cosa de hombres, de todos los hombres y de mí sobre todo, porque soy el hombre de esta casa". Y va Penélope y le hace caso: vuelta para arriba.  La tesis de Beard es que esta actitud de Telémaco ha sido repetida a lo largo de la historia, y aún ocurre en el SXXI.


Qué bonito: comienzo de La Ilíada
Partiendo de que no se ha oído suficientemente la voz de las mujeres en el mundo clásico, Pat Barker se pone a contarnos "La Ilíada" desde el punto de vista de ellas, en concreto de Briseida, la que será esclava-concubina de Aquiles. Todos conocemos la historia, que comienza cuando la Guerra de Troya -desatada por culpa de una mujer, qué raro, Helena "la más guapa del mundo"- ya está en su noveno año. Briseida es la nuera del rey Eneas de Lynerssus y al principio de la novela nos cuenta con detalle cómo cae su ciudad delante de sus ojos. Junto con otras mujeres agazapadas en la torre, constatan que ya no hay donde huir. Alguna tiene valor y se lanza al vacío. 

La escena en la que describe cómo Aquiles, el macho alfa de los guerreros griegos (ya divagamos de él y de su contrapunto el troyano Héctor aquí: esos dos tipos humanos de tíos, los gorditos y los malotes) va matando uno a uno a 60 troyanos es especialmente impactante: ves a Aquiles que ha clavado la espada en un crío de 14 años, que se retuerce en el suelo y mientras, como si tuviera todo el tiempo del mundo, eleva su mirada hacia la torre,  aunque le deslumbre el sol. El tiempo parece que se para y entonces, con delicada precisión pone su sandalia en el cuello del chico muerto y saca la espada, sin molestarse en bajar sus ojos, rassss. Al chaval le cuesta unos segundos desangrarse, pero Aquiles ya ha pasado a su siguiente víctima. El crío es el hermano de Briseida. 

Me atrevo a predecir que en ningún medio visual, videojuego o película se puede sentir lo mismo que con el detalle de esta lectura. Porque te lo está contando directamente, no importa a través de cuantos siglos, alguien a quien se le está rompiendo el corazón. Y a esta predicción me aventuro sin haber visto "Troya", la superproducción de 2004, pero lo sé. A Beatrix Kitto la jaleamos cuando hace esto mismo en Kill Bill, nos da igual quién hay bajo su catana. Pero por asegurarme con Troya hago un poco de detective: por lo que leo de las críticas, no me he perdido nada. Sin embargo, un google imágenes rápido revela la siguiente:

Brad como Aquiles: Respiremos hondo

Señorrrr: a fe mía que no ayuda tener la imagen de Brad como el sanguinario Aquiles, al que se supone has de odiar durante toda la novela. El error es que tras esta y otras fotos del rodaje, una (y uno, confesad) ya no se puede quitar de la retina a este señor, que interpreta al hijo de Thetis (una nereida o ninfa marina) y un rey (humano), pero que bien podía verse en el papel de dios.

Sigamos con mi tesis: quiero indicar que Barker te hace poner tanto en la piel de Briseida que ni el deltoides ese de Brad logra hacerte flaquear.  He conseguido, divagantes, lograr no empatizar con Aquiles: ni cuando se va a nadar solo antes de amanecer a encontrarse con su mami la nereida, ni cuando va de atormentado. Porque claro, como todo héroe byroniano tiene un gran conflicto interior y esas cosas que a las fans-del-malote encantan. Actitudes que las demás sabemos parten de tremendas inseguridades, como esa hipersensibilidad a que alguien no exalte su estatus, la importancia del respeto y del honor (bostezos).

Y ahora tras este inciso-excusatio-non-petita, sigamos con la novela. Una vez que han arrasado ciudades enteras, matado a los hombres y atravesado el bombo de las mujeres embarazadas (no vayan a llevar a un troyano), los griegos se llevan al resto de las mujeres como esclavas. En el reparto del botín tras la caída de Lynerssus, a Briseida se la que queda como "premio" Aquiles, sin demasiado entusiasmo: "OK, she will do", dice, algo así como "ok, ya me vale". La escena describe lo que parece un mercado de carne donde el mayorista va a ver las piezas y, ante una que ni le va ni le viene, venga, póngame esa, cuarto y mitad, intentará hacer lo que se pueda con lo que le ha tocado como "premio".

Si, divagante, estás revolviéndote en tu silla, esto es lo que pasa durante toda la novela: es una constatación continua de que todas las mujeres, hasta las libres, no valen nada. De hecho, si eres mujer, crecer significaba ir perdiendo libertad, incluso en tiempo de paz. Ahora, si eres botín de guerra, como digo, pasarás a ser una Cosa. Si eres aristócrata, se te quedará uno de gran rango y te podrás dar por afortunada: solo tienes que sonreír mientras sirves vino, asumir tu rol como el trofeo que cree se ha ganado y meterte en la cama del tipo que ha saqueado tu casa, quemado tu ciudad, asesinado a tu hermano, a tu padre, a tu marido. Si eres vieja, o fea, vivirás en los bajos, comiendo restos de comida que los perros de los "héroes" no quieren y te "echarán" a la chusma para que se entretengan. Es durísimo de leer. 


La novela sigue bastante fielmente la Ilíada, adaptándola desde la mirada de Briseida: la plaga que azota a los griegos, que Briseida cree que invoca rezando a Apolo "dios de la curación, dios de la plaga". El culpar a otra esclava, la del repugnante Agamenón, por ella (la vuelta de la tuerca: alguien esencialmente anulada es culpable de algo). Los cabreos de parvulario "me han quitado mi premio, te cojo el tuyo, ahora yo no voy a la guerra".  El rollo gay 
con el amigo de la infancia, tándem Aquiles-Patroclus (claro que son griegos, hay opción?) Que se vaya Patroclus a la guerra porque mi orgullito pero allí más rollaco eroto-gay sublimado en el ardor guerrero ("no mates a Héctor, Héctor es mío"). La adrenalina de la batalla, cuando estás en "flow" (como yo hoy escribiendo un informe,  si lo interrumpes, fuera flow), una especie de estado de gracia, la sangre de los que te has cargado es adictiva (yo lo sé que mate un ratón a escobazos). Y claro, Patroclus kaput y el dolor de la pérdida, tan grande como el amor que reemplaza, las negociaciones con el dolor, "si... si...". La sangre seca en la cutícula de las uñas de Patroclus, ¿por qué no se limpian? [Cómo olvidar la mejor frase de Macbeth,  (Will all great Neptune’s ocean wash this blood/Clean from my hand? No, this my hand will rather/The multitudinous seas incarnadine,/Making the green one red)] ni todo el océano lavará esta sangre de sus manos... Pero Aquiles ("cantemos oh musa la cólera de Aquiles") vuelve y ahí le han guardado a Héctor para su follaje metafórico sangriento, sublimación sexual con armadura, mañana en al batalla piensa en mí.  

Total que me disponía a divagar sobre que "para las mujeres cualquier tiempo pasado fue peor" (y el presente para medio globo también) pero me he dejado atrapar por esta narrativa de testosterona y sudor, que es la Ilíada. Y por el horror de la guerra, aunque no es que la novela de Barker tenga mucho de sangre e intestinos desparramados, nuestra narradora está casi todo el tiempo en el campamento, no en la línea de frente, pero transpira. Pero la escena más bestia, no tiene ni sangre ni sudor, solo lágrimas: el anciano rey Príamo ("His eyes bleached with age" -dificil de traducir, pero para quien la entienda, la imagen es poderosa)) va al campamento de los griegos a suplicar a Aquiles el cuerpo de su hijo Héctor. Hay un silencio (otro, tantos en este divague): "Las palabras caen como piedras en un pozo tan hondo que podrías pasar el resto de tu vida esperando escuchar el plop cuando cae en el agua".  Porque no solo Héctor está muerto, sino que ha sido maltratado por Aquiles y sus arrebatitos de ira. Nada hay peor que no poder hacer una despedida a un fallecido, y que sea pasto de los perros o los buitres. Solo los rituales de limpieza y preparación harán de ese fajo de carne y hueso una persona de nuevo. El anciano se arrodilla delate de Aquiles y llorando dice la famosa: "Hago lo que ningún otro hombre ha hecho antes. Beso la mano del hombre que mató a mi hijo". Muy fuerte, Homero, quienquiera que fueses: ya lo sabías todo de contar una buena historia, capullo. El resto solo han sido notas al margen.

Y antes de irse, cuando Briseida le cuenta a Príamo su plan de escaparse de allí, él le pregunta si acaso es Achilles malo con ella. "No, pero mató a mi familia", dice Briseida, "Ya, pero eso es la guerra", le contesta él. Otras reglas, otro mundo. Estamos escuchando esto tristemente este último año, "medicina de guerra", "elegir quien vive o muere", y me espanta. Así que yo vine aquí a hablar de feminismo y he acabado hablando también de la sinrazón de la guerra, y la de la muerte. Porque hasta Aquiles tiene escrita su muerte en las estrellas no hay nada que hacer. Pero cada amanecer rojo nadando en el Egeo "de vino oscuro" (oînops póntos) le recuerda la riqueza de la vida que está a punto de perder. Las veces que he pensado que mi vida se acababa, he compartido esa visión de Aquiles. Llegado ese momento no era miedo (que es lo que siento ahora, con la calma), sino el cabreo inmenso de lo que me iba a perder de mi vida. Sin embargo, Briseida y el resto de pobres chicas-mujeres de esta novela no tienen ninguna riqueza de vida que esperar, y los amaneceres magenta en la playa, que-se-jodan (que diría Barker, sus personajes hablan así). Mejor muerta que esclava; morir de pie antes que vivir arrodillada, ¿suena de algo? Aún mejor, vivir de pie, hablando, escribiendo y luchando porque nadie nunca más nos haga callar. 






24 enero 2021

La escritura como reto a la mortalidad, y otras cosas que aprendí con "El infinito en un junco"

 La primera persona que me recomendó "El infinito en un junco", este ensayo sobre la historia de los libros fue el náufrago Ro. Seguro que lo deslizó en una de esas conversaciones surrealistas en las que se habla desde el evangelio de las anguilas hasta la maratón rosconiana vestústica cuya temporada no ha hecho más que comenzar. Luego vino mi suegra, y Marisa, y otra gente. Porque resulta que la autora, Irene Vallejo, estudió Clásicas en Vetusta, un año antes que Fashion, y la conocía "de la biblioteca". En aquella época "ya era famosa", según la hermanísima, y "una sabia de otro tiempo y lugar". Luego, Santi el Méntor también la conocía, a ella y a su familia -hasta parece que yo he tomado una cerveza con su tía-, y así todo. Bienvenidos a Vetusta: rascando un poco la gente se conoce, y si eres mi madre, no hay ni que rascar. 

Irene, una vida entre libros

El libro llegó a mí en aquella famosa caja junto con el turrón y el rodillo, y lo empecé el día de Navidad. Antes, había visto mil entrevistas, recomendaciones y críticas: ¿es necesaria una más? Obviamente no, pero por algo esto es un blog personal (ie. un diario que, por altruismo o narcisimo una decide compartir): por definición puedes hacer lo que quieras.  Incluso si nadie llega al final (muy probable, quién puede culparos), para mí habrá merecido la pena, porque seguro que tendrá al menos una lectora: yo, en el futuro. La ancianita Di, con las manos artríticas y muchas lecturas más, seguramente aterrorizada por lo mal que escribía de cuarentañera (ains, agarrándome ahí!) pero recordando este libro, o en concreto lo que fue este libro para mí hoy, a principios de 2021.  

Antes de leerlo, ya podría haber escrito un divague (desde cuándo no haber leído ha sido óbice aquí para divagar? Recuerden las infames sombras de Grey, tristemente una de las entradas más visitadas del blog). Porque meta-divagar sobre libros es uno de los intereses propios que rayan la adicción, pero además porque ya sabía que me iba a gustar: el tema del libro era caballo ganador, apuesta segura.  La mayor parte de la gente que conozco que ama la lectura, comparte la pasión -más o menos intensa- del fetichismo del libro como objeto. Yo he escrito muchas veces de esto en los años del blog: cómo me he besado, abrazado a un libro, cómo los huelo, los toco, los miro, ahí apilados. Cómo los "hago míos" vía subrayados, comentarios, manía de abrirlos mucho (el Peda me odia, él prefiere leer con el libro medio cerrado, por lo visto). Cómo los firmo y pongo fecha y lugar cuando los empiezo y termino. Cuando estoy de viaje, se transforman en diario: voy escribiendo en los márgenes superiores sus etapas... "lunes, fecha, tren de aquí allá". Y es maravilloso; puede sonar raro, porque cuando una viaja va a ver, a descubrir, algunos a registrar con fotografias o con diarios o con sucintas crónicas de blog. Pero a mí además me encanta leer cuando viajo, y tendré para siempre asociados algunos lugares al libro que estaba leyendo allí -esa fuente pública en Portland, "Las correcciones" de Franzen.  Y como dice Vallejo "La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad". Viajando con un libro, te llevas al autor a ese viaje, pero esta idea mía no era original: el famoso bilbilitano Marcial ya dijo "Cicerón en un pergamino. Si este pergamino te acompaña, piensa que emprendes viaje con Cicerón". O sea, que yo viajé por California con Franzen, y creo que en alguno de mis divagues sobre sus libros, he debido decir no solo eso, sino que me iría con él a tomar unas coronitas. 

Para hablar del origen de la escritura, obviamente tenemos que remontarnos al mundo antiguo, y el libro está dividido en dos grandes partes: Grecia y Roma. A mí me ha gustado mucho más la primera y diréis, claro, pesada, Grecia. Y sí, haber estado allí ayuda a enamorarte aún más de todo lo que cuenta de esta cultura, simplemente porque ves el mar que describe, imaginas a los filósofos debatiendo entre olivos (cómo olvidar la nunca encontrada "Escuela homérica" de Itaka) o a los dioses tomándose un frappé.  La parte que le dedica a la Gran Biblioteca de Alejandría es mi favorita, pero además yo creo que a Vallejo se le ve el plumero y también prefiere a los griegos que a los romanos. Igual ella lo negará, como esas madres que dicen que quieren igual a los dos hijos - pero tú ya sabes.  Vallejo nos cuenta que Roma copia exactamente todo lo griego, "Grecia lo inventa, Roma lo quiere".  Aspiraban a una literatura lo más parecida a la griega posible, y copiaron uno a uno sus géneros y sus formas métricas. Si hay algo que caracteriza la conquista a lo largo de la historia es la asunción del idioma del conquistador por parte del conquistado: aquí es lo opuesto, los romanos intentando aprender el idioma de sus conquistados los griegos. Se lo enseñaban, junto con la cultura, los pobres griegos ilustrados a los que habían covertido en esclavos. Así como en EE.UU. prohibían a sus esclavos aprender a leer, por razones obvias, en Roma se aprendía de ellos. 

En mi caso, cuando me sumergí en la lectura del "junco", lo primero que sentí fue gran emoción: página a página, comencé a maravillarme con una serie de datos que desconocía, o  los menos, que había enterrado en algún arcón de la memoria. Esto lo he constatado en las múltiples conversaciones con Fashion durante la lectura, en las que ella me ponía en mi sitio:

-Fashion, ¿sabes que Vallejo dice que en la antiguedad se leía en alto? ¿Que el leer como hacemos nosotros es algo relativamente nuevo? Resulta que los escritores antiguos iban pronunciando las palabras para escuchar su musicalidad, te leo: "Para los antiguos, la lectura no era una canción que se canta con la mente (...) el lector se convertía en su intérprete, le prestaba sus cuerdas vocales. Un texto escrito era una partitura -la partitura musical del lenguaje- muy básica donde todas las palabras estaban en una cadena una detrás de otra sin separaciones ni signos de puntuación y por eso había que pronunciarlas para entenderlas".

-Di -esta es Fashion- esto yo a ti ya te lo había contado, ¿no te acordabas? 

-Ups, en serio? No... 

[¿Por qué te crees que escribo? Para no olvidar ya más. Pero es curioso, me digo, que tuvieran que oír las palabras para descifrarlas, y que algunos tengamos que verlas escritas para pensar, "en lugar de solo escucharlas en el veloz río del discurso". Por algo Aritósteles usó el primero la palabra theoría y el verbo theorein que alude al acto de mirar algo.  Y si hacemos un fast forward hasta Roma, volvemos a la sonoridad: aquí los tenemos considerando que "el acto de hacer sonoras las letras escritas encerraba un hechizo inquietante. (...) como creían que el espíritu residía en el aliento, por ejemplo en las tumbas ponía "préstame tu voz". Todo  texto escrito necesitaba apropriarse de una voz viva para alcanzar su plenitud. Por eso, el lector era invadido por el aliento del escritor, que aunque muerto, usaba al vivo  como instrumento vocal. Por eso consideraban que los profesionales de la lectura y la escritura tenían que ser esclavos; su función era servir. Quedaban poseídos por el libro, dejando de pertenecer a sí mismos durante los instantes de la lectura. Las metáforas usadas para esta actividad son las mismas que las usadas para la prostitución, o para el ser pasivo de una relación sexual: el lector es sodomizado por el texto"]

Esta parte de la voz, de dar la voz, de ser poseído por la voz, de nuestro silencio lector, me ha fascinado. Pero enseguida, otro subidón cuando me encuentro con nuevos datos como que la primera palabra de la literatura occidental es "cólera" (en griego ménin, al principio de La Iliada, la cólera de Aquiles) o con el concepto griego póthos: "el deseo de lo ausente o inalcanzable, un deseo que hace sufrir porque es imposible de calmar". Aunque como digo el tema de este libro es infalible, para mí el más apasionante sigue siendo el de la condición humana: vía la literatura, la historia, la neurociencia. Esta última nos dice que, para que haya un cambio sustancial en esta naturaleza (que mal que les pese a algunos, se encuentra en todos estos sistemas y subsistemas del cerebro que estamos empezando a nombrar y entender) se necesitarán mucho más que treinta siglos. Así que no es extraño constatar que los griegos tenían las mismas pulsiones y pasiones que nosotros porque, ¿quién no conoce a alguien atacado por este póthos? Vallejo lo utiliza para hablar de Alejandro, siempre queriendo más y más, desde Anatolia hasta el Punjab. Megalomanía y crueldad, ingredientes que en combinación con el pothos, bang! O el Síndrome de Eróstrato, el deseo patológico de popularidad del pirómano del templo de Artemisa (intentaron que su nombre no pasara a la historia, sin éxito), que luego hemos visto repetidamente desde Japón (en aquella novela de Yukio Mishima) hasta EE.UU. con los Chapmans de turno. La autora nos cuenta que Antifonte fue el primer psicoterapeuta , ya que abrió un local en Corinto anunciando que podía "curar a los tristes con el discurso adecuado".

Ideológicamente, Vallejo me cae bien. En los albores del divlog -cuando aún cierta capacidad de síntesis era posible, claramente perdida ya- hice un divague titulado "Hypatia, una de las nuestras", y lo mismo he pensado de Irene. La admiro porque, de una manera sutil, como de puntillas, ha ido metiendo ideas con las que estoy de acuerdo, pero que cuando me pongo a escribirlas yo, soy como un elefante en una cacharrería. Pero ella las va introduciendo como si nada, una miguita aquí, otra allá. Deja claro que la historia de la escritura también fue desigual y dio voz al poder establecido (proletarios eran aquellos que, sin bienes, solo tenían a sus descencientes, la prole. No eran llamados a filas, no pagaban impuestos, y por supuesto no tenían voz -ni oral ni escrita- ni voto). Que lo único que merece la pena es la educación, recordémoslo  en esta etapa de la historia oscura en la que nos adentramos en la que tantos están empeñados en "apagar la luz" (cómo olvidar a los tan actuales "doppers" sudafricanos, así auto-denominados porque su objetivo era terminar con el Enlightment, la Ilustración). Que Platón era un hipócrita diciendo que "las dotes naturales estaban igualmente distribuidas entre hombres y mujeres" y acto seguido, que "el sexo femenino existía porque los hombres injustos se reencarnaban en mujeres". Que "las verdaderas fronteras no son las geográficas, sino las de la naturaleza de cada uno", citando a Heródoto. Que "griego es quien comparte nuestra cultura, no nuestra sangre", citando a Isócrates. Que aunque Caracalla diera la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio, pronto la frontera de la riqueza sustituyó a las fronteras geográficas. Que la actual actitud de esperar que el trabajo artístico sea gratuito, que el arte es para el tiempo libre es el fin, es como que haya que estudiar "carreras con salida", o sea, en el actual marco neoliberal, que den dinero. Que la censura acaba siendo paradójica, porque pone un foco en lo que precisamente espera ocultar. Que la igualdad entre los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, el usar el erario público para cuidar de los débiles son todas desesables, y que estos inventos de los clásicos llegaron a nosotros de mano de esos objetos mágicos, los libros. 

Que el miedo al extranjero y al distinto no es nuevo. Me detengo aquí porque esto sí que es rabiosa actualidad. La autora se para en la historia para contarnos que, tras los éxitos militares de Alejandro, una parte del mundo comenzó una cierta asimilación cultural, empezando por el idioma, hasta el trazado de las ciudades con ágoras, teatros, gimnasios. Eran nuestros Starbucks. Aquella primera globalización se conoció como "helenismo"Igual que ahora, algunos viejos griegos, ante el nuevo cosmopolitismo, añoraban "la pureza perdida del pasado". Los salarios del trabajo libre bajaron por culpa de la emigración de esclavos orientales. "Aumentó el miedo al otro, al diferente (...). Empezó a cundir el desarraigo, la sensación de estar desplazados, de vivir perdidos en un universo demasiado grande. Se desarrolló el individualismo, se agudizó la sensación de soledad". ¿Suena esto familiar? Nihil novum sub soleno hay nada nuevo bajo el sol.

De todos los personajes que habla la autora, el que más me ha fascinado es Calímaco, el bibliotecario de l
a Biblioteca de Alejandría, que también era poeta. "Toda biblioteca se parece a su bibliotecario", dice Vallejo (¿no os encanta mirar las librerías cuando vais a cenar a casa del alguien?)  Él se encargó del catálogo de la biblioteca en el S II a. C. que ocupaba por lo menos 120 rollos y fue "el primer cartógrafo de la literatura". Su catálogo se llamó las "pínakes" (las tablas).  El caso es que, divagantes, Calímaco c'est moi.  Y no, no por lo de poeta, pero más por mi actitud catalogadora obsesa de la vida y por la suya a la que aspiro: Calímaco defendía "la experimentación creativa. Le aburían los imitadores de un pasado literario irrecuperable. Amaba la brevedad,* la ironía, el ingenio, la fragmentación". *Nota: aceptaré con gracia abusos por lo de la "brevedad" del divagante valiente que haya llegado hasta aquí. 

Y es que es descubierto lo que quiere decir mi suegra con lo de que en los divagues "me enrollo". Atención:  la escritura ha ido cambiando en formato a través de la historia, desde los frágiles papiros, a las tablillas atadas, al rollo de papiro, las tablillas sustituidas por pergaminos, a los códices, al papel y en algunos puntos de la historia convivieron distintos formatos, por ejemplo, el rollo de papiro en la época romana era usado para solemnidades  y los códices para las cosas del día a día. De ahí viene que "algo es un rollo" (o también la palabra "rol", porque en el medievo los actores tenían el guión enrollado). Durante esta coexistencia, siempre hubo gente resistente a lo nuevo. Algunos pensaban que todo degeneraba si se permitía el cambio, y lo curioso es que yo soy una de esos viejos gruñones que no querían cambiar de los rollos a los códices: me niego al libro electrónico, aunque entienda sus ventajas. Pero mi resistencia viene de dos razones, ambas relacionadas con "el rollo": la primera, al leer en un libro electrónico, lees como "en un rollo", no tienes la separación mental que te da pasar la página. Y la segunda: "el rollo" del segundo párrafo sobre lo maravillosos que son para mí los libros como objeto, que seguro no debo repetir aquí (aunque tentaciones, haylas).

Formalmente, me pasó algo curioso al principio del libro, que luego desapareció.  Sintagmas como "aguas repugnantes", "diareas monstruosas", "dolorosa sed de posesión", "olor fragante" o "espeluznantes amenazas" me chirriaban, como sobreadjetivados.  Entonces entró Fashion: "Pero así es la traducción de los clásicos, Di; todos son olores fragantes y embriagadores perfumes y voluptuosas bahías ahí". (No sé de qué me extraño, cuando Itaca es mi poema favorito). Así que no sé si fue eso, o que me fui encontrado algunas perlas durante la lectura de auténtica belleza formal, cosas que me han dejado de verdad boquiabierta:  "la mirada ciega de las estatuas", "los sumerios comenzaron a escririr sobre la tierra que sostenía sus pasos", "los títulos son poemas mínimos; barómetros, mirrillas, ojos de la cerradura, carteles luminosos, luces de neón; la clave musical que define una partitura venidera; un espejo de bolsillo, un umbral, un faro en la niebla, un presentimiento, el viento que hace girar las aspas", "la delicada urdidumbre de las palabras. Cuento mis fantasías ovilladas con sueños y recuerdos. Me siento heredera de esas mujeres que siempre han tejido y destejido historias. Escribo para que no se pierda el viejo hilo de la voz". Precioso. 

Vallejo usa múltiples referencias de la cultura actual, del cine, la literatura: por ejemplo, "Memento", la primera peli de Nolan y el paralelismo del "cuerpo con un libro, nuestra piel, una página en blanco". Aquí aprendemos que en el siglo II ac, en Pérgamo comenzaron a usar las  pieles de animales para escribir sobre ellas. y de ahí vino "el pergamino", y los libros  se transformaron en "cuerpos habitados por palabras, pensamientos tautados en la piel". Desde el principio esperaba yo la referencia a "El nombre de la rosa", tanto libro como película que me marcaron en mi adolescencia porque, ¿qué mejor combinación que una historia de detectives en un monasterio de la Edad Media en el que se mata por un libro? O 84 Charing Cross road, ese librito epistolar que es una celebración de todo lo que es amor a los libros. O Luis García Berlanga, sobre la importancia de poder leer con una sola mano por aquello de la literatura erótica (pensemos que con los rollos esto era imposible, ja). 

Y para terminar, tres curiosidades que ni Calímaca ha podido clasificar, aparte del hecho que a mí me han interesado. Una: parecía que también había listas como ahora con "los mejores del año" o "los mill libros que has de leer antes de morir" (a quién no le apasiona una lista?), y "enkrithéntes" eran los autores que habían superado la criba, los tamizados.  Dos: aunque parezca evidente, no me había planteado que la expresión "hablar largo y tendido" viene de la costumbre romana del triklinium: ahí tirados con sus túnicas, comiendo uvas, bebiendo vino y charlando hasta altas horas... ah, eso es vida!  Y tres, por último, los oficios.  "Los griegos querían saber de todo, no les interesaba especializarse. Menospreciaban la técnica, considerando a los oficios "envilecedores" (ya tenían a los esclavos para que trabajasen o les leyesen). Lo elegante era el ocio. Solo la medicina logró imponer un tipo de educación propia, pero los médicos tenían complejo de inferioridad y repetían que un médico era también un filósofo". Más tarde, en Roma, "hasta los oficios intelectuales, como la medicina, la arquitectura o la enseñanza eran propios de las clases bajas". Me resulta dificil comentar aquí ya que habría que comenzar definiendo el concepto "clase", según algunos tan pasado de moda. Lo único que puedo constatar es que hoy en día muchos médicos no tienen complejo de inferioridad, sino más bien lo contrario, y que se puede tener un título de esos oficios "intelectuales" y ser un verdadero asno. 

Con casi 70 años, vuelve Marcial a su natal Calatayud. Tras 35 en el epicentro de la acción, pasa a la calma de la siesta perpetua frente al Moncayo pero, cómo no, echando de menos  "las reuniones, los teatros, las bibliotecas de Roma, la agudeza de su círculo social, los placeres y el bullicio de la capital; en suma, todo lo que ha dejado atrás por afán de tranquilidad. Deja atrás su disfraz de niño terrible, y se apacigua su rabia". Y deja de escribir. La ancianita Di, probablemente la única que ha llegado hasta aquí, está sentada al sol en el porche de un chamizo frente al mar, en la península de Mani, centro del Peloponeso. En el extremo sur está el Cabo Ténaro o Matapán, donde cuenta la mitología que vivía Hades, y hay una entrada al inframundo - la muerte. Pese a la cercanía geográfica, Ténaro está aún muy lejos, piensa ella mientras con su dedito scrolls (otra palabra que viene del "rollo") la pantalla leyendo divagues antiguos y, por supuesto, planeando divagues nuevos. La escritura, otra de formas de aspirar a la inmortalidad. 

20 enero 2021

La esperanza es esa cosa con plumas

La esperanza es esa cosa con plumas
que se posa en el alma,
y entona su melodía sin palabras,
y nunca se detiene, en absoluto

y suena más dulce en el temporal
;
y tendrá que ser 
feroz la tormenta
que pueda abatir al pajarillo
que a tantos ha dado abrigo.

La he escuchado en la tierra más fría,
y en la Mar más extraña;
pero, nunca, ni en el extremo del abismo,
ha pedido una sola migaja, 
de mí.

Emily Dickinson

"Don't lose heart"
(No pierdas la esperanza)


Hope” is the thing with feathers  
“Hope” is the thing with feathers -
That perches in the soul -
And sings the tune without the words -
And never stops - at all -

And sweetest - in the Gale - is heard -
And sore must be the storm -
That could abash the little Bird
That kept so many warm -

I’ve heard it in the chillest land -
And on the strangest Sea -
Yet - never - in Extremity,
It asked a crumb - of me.

Emily Dickinson





17 enero 2021

Vacunada!

 

Pasillo exposición temporal
Es exactamente lo del título: hoy me han puesto la primera dosis de la vacuna del covid-19, la de Pfizer. Como decían los primeros memes, "ya sabíamos que solo Pfizer iba a poder levantar este año" (nota: Pfizer es la farmaceútica que comercializa la Viagra). El proceso: un sistema muy organizado de una sola dirección, espera de breves minutos sobre una pegatina en aquel pasillo-galería de arte del que alguna vez he hablado (en imagen), porque es tan largo, tan blanco, con tanto eco, que parece sacado de Serial, pero no: existe. Por fin he conocido a la enfermera Tracey, simpatiquísima, que tras las preguntas de rigor me ha inoculado. Antes de salir me ha dado mi tarjeta (en imagen, yo quería una pegatina, pero me ha dado cosa pedir), un botellín de agua y un paquetito-tan inglés-de galletas. Por el pasillo, uno de los que organizaba el tráfico-o tal vez un animador sociocultural-  me ha dicho "Congratulations!", como si hubiera pasado un examen, o me hubiese tocado algo (nota: en Diciembre me tocó el premio por rellenar la anual encuesta del trabajo, los que piensan que te inyecta un microchip con la vacuna pensarán que este hombre me tenía localizada). Al final he llegado a la "sala de recuperación", donde había que esperar 15 minutos para asegurar que a nadie le salieran escamas (o para que se nos bajase la erección-sigue la broma Pzifer, vale ya lo dejo). Los efectos secundarios pueden ser como los de la vacuna de la gripe: dolor de brazo, cansancio, tal vez febrícula. Yo he sentido leves molestias de brazo y 37.2. Nada. 


A falta de pegatina, tarjeta


Al salir, he pasado por delante del hospital de King's. Es un lugar que me causaría flashbacks del trauma si no lo frecuentara a diario (en épocas normales), dadas las desventuras que sufrió allí Ju-di hace, madre mía, ya diez años. Pero eso es lo que tiene la continua exposición, y por eso cura los traumas: al final, te des-sensitizas. Sin embargo hoy, al ver a las ambulancias, gente en sillas de ruedas esperando, pósters con fotos del personal y frases dándoles las gracias, he sentido una gran emoción. ¿Es este un efecto secundario de la vacuna que no me han contado? ¿Labilidad emocional? ¿Volverme moñas? ¿O solo nos pasa a gente como yo, para los que la salud pública es una religión?  Entonces me he acordado del que me ha felicitado nada más salir, y he sentido profundad gratitud y a la vez deseo de que el fin de esta pesadilla esté cerca, para todos. Esto ha sido un regalo.

Y es que esta semana ha estado llena de regalos y en mi casa, aún ha sido Navidad. Lunes: un paquete de mis suegros, con jamón y turrón, hace por fin su aparición (y sin haberlo deseado, me ha salido un pareado). Nadie ya tenía esperanzas de que este paquete -enviado a principios de Diciembre- estuviera en otro lugar que en la despensa de un gendarme. Pero hey, no hay que desesperar, han llegado dos de tres. El tercero, no pudo ser, porque la caja de los Queridos Jekes Magos (Fashion y JAL) había quedado atrapada en la frontera, con todo ese lío de covid o brexit o fila de camiones. La compañía, ante la situación, se declaró sobrepasada y, en un ejercicio de déjenme en paz, les devolvía la caja. Fashion estuvo llorando un par de días, tras el fin de semana que pasaron "agotados de envolver" y porque todas las empresas de paquetería reputadas se llamaron andana: nadie quiso aceptar su caja perdida. 

Pero ah, los duendes. El martes por la mañana, aquí todos frente a una pantalla, cada uno a lo suyo, suena el timbre de abajo. Cuando estoy a mitad de escalera oigo que Glenn, el lovely australiano de; piso 2, está hablando con alguien, supongo el correo. [Nota: para quien se esté preguntando qué fue de Rose, la del subsuelo, decir que no la había visto desde Marzo. Hasta el otro día: aclaró que su callada por respuesta a mi mensaje sobre el intercom roto es porque las cartas o papeles los tiene en cuarentena 15 días antes de tocarlos. Aparte, no está interesada en cambiar el intercom porque ella jamás abre la puerta]. Espero en mi rellano por si hay algo para nosotros y ahí tengo a Glenn con una caja inmensa, que pienso que será para ellos, que tienen un bebé. Pero no, es nuestra, será el pedido de cardo en bote... espera: es la letra de Fashion. ES LA CAJA!!!! El ser taimado me ha estado engañando todo el tiempo! Menuda historia la de que "no habían dejado pasar la caja". Como hoy en día todo es inmediato, bombardeo de whastapp, lleno de abuso, me la metiste doblada, cabrona. La pobre no entiende nada: "Pero Di, de qué hablas? Es algo malo?". Entonces le cuento que tenemos La Caja, y dice: "no puede ser, si justo tengo un email esta maniana de la empresa diciendo que ya tienen la caja de vuelta, y que me la traen a casa mañana". Pero si está aquí!! Estás segura? Confirmaciones y todo eso y la pobre Fashion, preocupada: "qué me pensaban traer a casa mañana". 


Tarjetitas explicativas de paquetes

Personalmente, no hubiera dicho nada, por esto de lo que me gusta una historia para luego poder divagarla, a ver qué contenía la nueva caja. Pero Fashion es buena (aunque propone un cuerpo descuartizado como posibilidad en esa caja), llamó, les dió las buenas noticias, y finitto. Increíble el mundo del tracking de paquetería. Por la noche pasamos más de una hora abriendo paquetes via videollamada... cada uno tenía un pequeño poema dedicado, Fashion confirmó que "Mini no sabe leer en castellano" y contamos alrededor de 30 paquetes, casi todos para Mini, que fue la persona más feliz e histérica del momento. A mí lo que me hizo feliz fue reciclar los envoltorios posibles, porque siempre regalo con papeles usados. Y no, no es solo el scrooge que me late dentro, esto ya es cambio climático, babies. Que si no Greta llora.  


Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Por fin, hoy, unos cuatro meses después de pedirlo, ha llegado mi nuevo móvil del trabajo! (y único, no tengo móvil personal). El anterior ni cargaba ni admitía ninguna aplicación ni casi fotos, con 8 Gb, el pobre. Tuve que ir desinstalando cosas: si alguien llora mi ausencia en Instagram )eooo hay alguien ahí?), hete ahí la razón, aunque la verdad es que empiezo a preferir un móvil que no hace "nada". He recibido abuso por parte de toda mi familia y amigos sobre mi Samsung Galaxy J3 y cuando vieron que el "cómprate un iPhone" no daba resultado (odio Apple, y su maldito Safari, y que toda mi maldita familia esté dispuesta a pagar el gusto y las ganas por ese estúpido teléfono), lo intentaron por "pide un nuevo teléfono en el trabajo". En Septiembre. Y hoy está aquí, para poner broche a la semana de las festividades del consumo. 

Y tantas cosas están aquí! Por ejemplo, Semana Santa. Dice el Peda que ya hay Huevos de Pascua de chocolate en el supermercado. Cómo es posible? Se han saltado "San Calentín"? Como dijo el otro día el Naufrago Ro citando a un compañero, de esos pobres que se están comiendo toda la mierda del covid, "ahora hay que salvar San Valentín". En fin. Es muy básico, aquí vamos para los 100,000, pero hay gente que se niega a entender nada. Eso, o son idiotas. Al final de telediario de la noche en la BBC el otro día se vieron obligados a mostrar la imagen del estadio olímpico de 2012 para ilustrar que esa es la gente que ha fallecido en esta isla. Venga majetes, venga Bunbury, vosotros podéis...





Yo había venido a escribir de mi vacuna, pero me lío. Solo constatar que si las Navidades no terminan hasta que se acaba el turrón, nos quedan aún unas horas.