an

10 febrero 2021

Serial 24. El regalo misterioso

El árbol de Porcelanosa, en todo su exceso, claramente no impacta a Lucy: será lo habitual en su familia. Se engancha en el corcho: unas chinchetas de colores sujetan una postal de Tailandia de alguien que no conozco, un menú del chino de Whitby, y las normas de evacuación caso de incendio. Los ingleses y el fuego, 1666. Doy luces laterales,  odio el parpadeo del fluorescente de la cocina. ¿Meter a Lucy a dormir en la habitación -vacía, abierta- de Morgana? Dudo un segundo en su puerta, huele tan bien. Cien abalorios colgados de una percha. Póster de Audrey Hepburn. Una caja de esas de herramientas que ha llenado de maquillaje. Porque ella lo vale, frase acto reflejo con Morgana que me hace sonreír. Seguro que no se enfada, pero mejor no, que duerma en el sofa grande. Con la sonrisa aún puesta salgo a la sala comunal. Lucy está ahora mirando las postales de Navidad en la repisa de la chimenea, en la que le queda algún rescoldo. Se le ha corrido el rímel. Acerco el taburete de tres escalones y busco en el altillo del armario común. Se puede una encontrar aquí desde un tablero de ajedrez hasta cajas de especias caducadas en los 80: quién las trajo y de qué país. Confetti y guirnaldas. Fuentes de horno, una tetera que parece soviética. Linternas, click click, con pilas caducadas.  Ahá, el nórdico de las visitas.  Lo metemos juntas en uno de esos cobertores con el "Propiedad del Hospital de Banderley" impreso, evitando el contacto visual. Le ofrezco desmaquillador de ojos? Irnos a dormir, porque lo que quiero es envolverme en mi albornoz, algo que huela a mi verdadera casa, no a Drummond, la Casa amarilla con nombre de castillo escocés. Pero no digo nada. ¿Qué estarán haciendo allá, en mi verdadera casa? 

Se oye la puerta abajo y los pasos de C-3PO suben por la escalera, inconfundibles, esta vez con el añadido incoherente de choque de cristales.  Sandip saca las botellas de la bolsa de Tesco y las deja en la encimera; se las habrá dado Lucy, inferimos, él no nos va a dar información, así, sin más.  Sandip hace un ruido tal vez de despedida y va directo a su habitación. La mirada de Lucy,  de la encimera a mis ojos, espera mi aprobación. Sí, sí, Lucy, dale, por supuesto: hemos venido a jugar. Cuando estamos para brindar, sale un batín brillante, sobresaturación colorística y ni una sola arruga, hacia el baño.  Antifaz en la frente, los pasos torpes del miope sin gafas.  Carcajada contenida de esas de adolescentes abrazadas a sus almohadas, cuando cierra la puerta. Bienvenidas a Bollywood.

Lucy, en el sofá de enfrente,  levanta su copa y abre la boca, rebozada en el edredón. Lo veo: está entrando en fase exaltación de la amistad. Está claro que el rollo me interesas mucho, persona de allende los mares, no es la razón por la que tengo a esta pava frente a mí.  Ya entonces algo me decía que el haber emigrado no te hace especial, y ha sido ratificado por el número de emigrantes grises con los que me he cruzado con los años. Lucy, eres buena conversadora, y aunque a ratos me siento interrogada, no me molesta. Casi es terapéutico: exteriorizar los últimos dos meses es procesarlo-sección psicoanalista barato-, asumir que no lo he soñado: "No digas que fue un sueño". A menudo me guardo las referencias culturales, para qué ponerme. Pero what the fuck, me rebelo (será el espumoso?): no molestarse en compartir es tirar la toalla, es dejar de ser yo, es que qué hago aquí. He venido a aprender, pero no a cualquier precio. A veces ser feliz no es cómodo ni acogedor, a veces hay truenos y tormentas, y pasas mucho miedo, pero sabes que está mereciendo la pena, que algún día merecerá la pena. Me aburro a mí misma, me he convertido en un coach motivacional.

-""No digas que fue un sueño" es el título de un libro que leí hace años, no te parece precioso? "

Un silencio, pero no hay necesidad de llenarlo, a esas horas y con las copas vacías. No sé cuánto dura, juego a enrollar el pelo entre mis dedos, a predecir la cadencia de las luces del árbol. Lucy se cambia al sofá que está a noventa grados del mío, el de incomprensible terciopelo rojo. 

-"Sí" - dice por fin-  "tan increíblemente bueno fue aquello que, por favor, no digas que no pasó. Una noche de sexo, a la que vas igual hasta arriba de mierda, pero que luego resulta ser la leche, o quién sabe, tal vez la mitificas con el tiempo, cuando esa persona se hace inaccesible?" 

-"Em, tal vez"- ¿qué está diciendo? que alguien me saque de aquí- "Em... em..." -Cook ya me habría insultado, echado de su oficina al primer em- "Emmm, ¿has pensado alguna vez en el título que le pondrías al libro que escribieses? Es casi como nombrar a un hijo... una de las decisiones más importantes de nuestra vida".-Me doy mucha verguenza, que se acabe.

-"Hay todo un arte en la búsqueda del título ideal..." -bien, ha entrado al trapo, yo mientras tanto traigo otra botella, tal vez se duerma- "No te diré que hay una asignatura completa, pero casi... ¿tienes algún otro favorito?"

-"Bueno, algunos que me encantaron luego descubrí que eran citas clásicas... hay un escritor español que no me gusta que ha encontrado un filón en Shakespeare:  "Mañana en la batalla piensa en mí" es Ricardo III, y "Corazón tan blanco" es Macbeth".

Lucy no da crédito: ¿escritores españoles haciendo referencias al bardo con lo que tenemos en nuestro Siglo de Oro? Como buena inglesa, se ha interesado por mi visión primero, son todo buenas maneras y politeness,  pero ahora, su discurso: Si quiero títulos con frases robadas de Shakespeare, ella tiene legión: "Un mundo feliz" ("Brave New World") es de "La tempestad", "A sangre fría" ("In cold blood") de Timón de Atenas, "El ruido y a furia" ("The sound and the fury") de Macbeth... Y también habla de muchos tomados de la Biblia, o incluso de poemas: "Tender is the night" es un verso de Keats, y de Yeats es "No country for old men". "Por quién doblan las campanas" de John Donne, o incluso "Adios a las armas", de un poeta de la época isabelina. 

-"¿Por qué no abrimos los regalos?"

Así, de repente. Su cabeza es el caballo en una partida de ajedrez. Igual le aburrían los títulos, pero fue ella la del soliloquio. 

-"Eh? Ahora? Pensaba que aquí los abríais el Día de Navidad".

-"Sí, son las 00:30. Realmente es ya el Día de Navidad... "

Desprevenida. Pero hace un rato solo quería irme a la cama, y ahora ya no sé lo que quiero. Va a ser mejor abrirlos que seguir escuchando lo que ella de verdad quiere para Navidad: un tour por las plantas de Banderley-C, la biblioteca, la cantina, ir a ver a lo que ella llama "los peligrosos" sería su absoluto sueño.  O a cualquier otro sitio, y va ya bajando el volumen y la velocidad, tal vez esté captando mi frustración, a todos los sitios que se me ocurran, porque ella está encantada de estar aquí.  Como si esto fuera un puto zoo. Sostenerle la mirada es suficiente, se calla. Haber tirado por el "imposible, Lucy, me juego mi trabajo", hubiera sido una estrategia inútil. Es algo que la gente como ella, siempre con el colchón papi, nunca podrá entender: el pub y Drácula serán su aventura de juventud y vuelta al departamento de literatura gótica de Oxford, del que nunca debió salir. Igual hasta le dejan seguir con el eye-liner un poco pasado. 

Un montón de los regalos llevan mi nombre. Lucy da un grito cada vez que encontramos uno más. El primero: perfume de brezo de los páramos, con ramita incluída. "El yo dividido" ("The divided self"), el clásico del escocés Laing de la antipsiquiatría de los 60; qué pereza, ahora tendré que leerlo. Una pluma estilográfica, me encanta. Unas bolas efervescentes de baño, olor almizcle blanco, mmm. "La campana de cristal" ("The bell jar"), el angst de Holden Caufield en femenino. Un cuaderno de notas, con un papel como antiguo, maravilloso. Una diana con un cerebro en el centro a la que se lanzan, en lugar de bolas, tres pequeños muñequitos con velcro: Freud, Marx y Einstein. El clásico de la psicopatía de 1941, "La máscara de la cordura" de Cleckley,  lo veía venir. Un imán que pone "mi ambición en la vida es tener un desorden psiquiátrico que lleve mi nombre".  

"El Síndrome de Calleja", pienso, y me río, y abro los cartuchos de la pluma.  Lucy está anotando las referencias psiquiátricas y se va a poner a hablarme de la prota suicida de Sylvia Plath. Seguro que no hay puntada sin hilo en todas estas cosas, le estoy diciendo, cuando vemos un último paquete. Contiene una caja de madera que se abre con un click, y dentro, un candado y un papel que desdoblo una vez, y otra y otra. 

Lo ponemos encima de la mesa baja de madera que parece un arcón de pirata achatado en medio de los tres sofás. Me pregunto cuantas décadas lleva ahí esa mesa, como el sofá de terciopelo no cumple seguro con las regulaciones. Su superficie es un mapa que podría contar historias: restos de cera de todas las velas que se han escurrido allí en paralelo a las conversaciones, círculos que delatan tazas demasiado calientes, imperfecciones que la hacen perfecta. Lucy sostiene el papel, y sobre ese mapa, otro: en el centro dibujado lo que parece una búsqueda de tesoro infantil, óvalos que se comunican por caminos, sin leyenda. Lucy quiere encontrar una vela, su gran idea es que puede estar escrito en zumo de limón: claramente el libro aquel de "cómo hacer de espías" de mi infancia también llegó a la isla.  

-"Un momento, espera: mira esto en aquel círculo superior izquierdo: C₁₀H₁₂N₂O". 

-"Qué, qué, qué, es algo químico, ¿qué es eso?"

Dejo pasar unos segundos, aunque ya lo sé. 

-"Serotonina, Lucy: es la fórmula química de la Serotonina, el neurotransmisor que media el optimismo, el bienestar, la felicidad". 

-"Alguien te está mandando felicidad... su fórmula química escrita en un papel?"

Felicidad y un candado. Cerrado y sin llave. Qué juego es este? El corazón me va a mil, y bombea extra sangre a la cabeza, para pensar mejor. Serotonina, serotonina, qué es serotonina? Pero, claro! Serotonina: el bar que regentamos los residentes, las antiguas caballerizas.   Y en un flashback casi cinematográfico recuerdo los túneles, en aquella fiesta de Halloween. Túneles que se me negaron, porque según todos, aquella advenediza, disfrazada de lo que no debía, que aún no había demostrado nada, tenía fiebre aquella noche,  deliraba. Nada de aquello pasó. Tomo aire:

-"Lucy, todo encaja: tenemos que ir a Serotonina, a encontrar una de esas puertas en el suelo, que van a una bodega, o un sótano, o un túnel... creo que estuve una vez, y desde entonces todo ha sido misterio y..."

-"Mariona, son las dos de la mañana, mira cómo está nevando..."

-"Pero es perfecto, está todo el mundo de vacaciones! Tenemos que ir Lucy, por favor... aquí hay linternas -omito que sin pilas, algo encontraremos-, y tenemos una llave de Serotonina en cada casa, porque nos turnamos...".

Ya estoy en el panel de las llaves buscando, me tiemblan las manos, y la voz. Por fin voy a entender qué pasa en este manicomio, donde lo menos enloquecido son los pacientes. 

-"Aquí está la llave!" -y en un cajón de la cocina encuentro pilas grandes- "Mira, pilas!- pero cuando me doy la vuelta, un brillo extraño en los ojos de Lucy. Un brillo que desconocía hasta ahora y que solo me da más alas- "Lucy, qué te pasa?"

-"Tengo miedo".

1 comentario:

andandos dijo...

Pues a mí me gusta. Cada vez se complica un poco más y está bien que sea así.
Usas habitualmente muchas citas, guiños, sobreentendidos respecto a muchos aspectos, atuendos, miradas, gestos...que los contextualizan rápidamente, son como atajos expresivos, y que también simplifican. No sé, seguro que ya lo has pensado más de una vez.
Un abrazo