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24 enero 2021

La escritura como reto a la mortalidad, y otras cosas que aprendí con "El infinito en un junco"

 La primera persona que me recomendó "El infinito en un junco", este ensayo sobre la historia de los libros fue el náufrago Ro. Seguro que lo deslizó en una de esas conversaciones surrealistas en las que se habla desde el evangelio de las anguilas hasta la maratón rosconiana vestústica cuya temporada no ha hecho más que comenzar. Luego vino mi suegra, y Marisa, y otra gente. Porque resulta que la autora, Irene Vallejo, estudió Clásicas en Vetusta, un año antes que Fashion, y la conocía "de la biblioteca". En aquella época "ya era famosa", según la hermanísima, y "una sabia de otro tiempo y lugar". Luego, Santi el Méntor también la conocía, a ella y a su familia -hasta parece que yo he tomado una cerveza con su tía-, y así todo. Bienvenidos a Vetusta: rascando un poco la gente se conoce, y si eres mi madre, no hay ni que rascar. 

Irene, una vida entre libros

El libro llegó a mí en aquella famosa caja junto con el turrón y el rodillo, y lo empecé el día de Navidad. Antes, había visto mil entrevistas, recomendaciones y críticas: ¿es necesaria una más? Obviamente no, pero por algo esto es un blog personal (ie. un diario que, por altruismo o narcisimo una decide compartir): por definición puedes hacer lo que quieras.  Incluso si nadie llega al final (muy probable, quién puede culparos), para mí habrá merecido la pena, porque seguro que tendrá al menos una lectora: yo, en el futuro. La ancianita Di, con las manos artríticas y muchas lecturas más, seguramente aterrorizada por lo mal que escribía de cuarentañera (ains, agarrándome ahí!) pero recordando este libro, o en concreto lo que fue este libro para mí hoy, a principios de 2021.  

Antes de leerlo, ya podría haber escrito un divague (desde cuándo no haber leído ha sido óbice aquí para divagar? Recuerden las infames sombras de Grey, tristemente una de las entradas más visitadas del blog). Porque meta-divagar sobre libros es uno de los intereses propios que rayan la adicción, pero además porque ya sabía que me iba a gustar: el tema del libro era caballo ganador, apuesta segura.  La mayor parte de la gente que conozco que ama la lectura, comparte la pasión -más o menos intensa- del fetichismo del libro como objeto. Yo he escrito muchas veces de esto en los años del blog: cómo me he besado, abrazado a un libro, cómo los huelo, los toco, los miro, ahí apilados. Cómo los "hago míos" vía subrayados, comentarios, manía de abrirlos mucho (el Peda me odia, él prefiere leer con el libro medio cerrado, por lo visto). Cómo los firmo y pongo fecha y lugar cuando los empiezo y termino. Cuando estoy de viaje, se transforman en diario: voy escribiendo en los márgenes superiores sus etapas... "lunes, fecha, tren de aquí allá". Y es maravilloso; puede sonar raro, porque cuando una viaja va a ver, a descubrir, algunos a registrar con fotografias o con diarios o con sucintas crónicas de blog. Pero a mí además me encanta leer cuando viajo, y tendré para siempre asociados algunos lugares al libro que estaba leyendo allí -esa fuente pública en Portland, "Las correcciones" de Franzen.  Y como dice Vallejo "La pasión del coleccionista de libros se parece a la del viajero. Toda biblioteca es un viaje; todo libro es un pasaporte sin caducidad". Viajando con un libro, te llevas al autor a ese viaje, pero esta idea mía no era original: el famoso bilbilitano Marcial ya dijo "Cicerón en un pergamino. Si este pergamino te acompaña, piensa que emprendes viaje con Cicerón". O sea, que yo viajé por California con Franzen, y creo que en alguno de mis divagues sobre sus libros, he debido decir no solo eso, sino que me iría con él a tomar unas coronitas. 

Para hablar del origen de la escritura, obviamente tenemos que remontarnos al mundo antiguo, y el libro está dividido en dos grandes partes: Grecia y Roma. A mí me ha gustado mucho más la primera y diréis, claro, pesada, Grecia. Y sí, haber estado allí ayuda a enamorarte aún más de todo lo que cuenta de esta cultura, simplemente porque ves el mar que describe, imaginas a los filósofos debatiendo entre olivos (cómo olvidar la nunca encontrada "Escuela homérica" de Itaka) o a los dioses tomándose un frappé.  La parte que le dedica a la Gran Biblioteca de Alejandría es mi favorita, pero además yo creo que a Vallejo se le ve el plumero y también prefiere a los griegos que a los romanos. Igual ella lo negará, como esas madres que dicen que quieren igual a los dos hijos - pero tú ya sabes.  Vallejo nos cuenta que Roma copia exactamente todo lo griego, "Grecia lo inventa, Roma lo quiere".  Aspiraban a una literatura lo más parecida a la griega posible, y copiaron uno a uno sus géneros y sus formas métricas. Si hay algo que caracteriza la conquista a lo largo de la historia es la asunción del idioma del conquistador por parte del conquistado: aquí es lo opuesto, los romanos intentando aprender el idioma de sus conquistados los griegos. Se lo enseñaban, junto con la cultura, los pobres griegos ilustrados a los que habían covertido en esclavos. Así como en EE.UU. prohibían a sus esclavos aprender a leer, por razones obvias, en Roma se aprendía de ellos. 

En mi caso, cuando me sumerjí en la lectura del "junco", lo primero que sentí fue gran emoción: página a página, comencé a maravillarme con una serie de datos que desconocía, o  los menos, que había enterrado en algún arcón de la memoria. Esto lo he constatado en las múltiples conversaciones con Fashion durante la lectura, en las que ella me ponía en mi sitio:

-Fashion, ¿sabes que Vallejo dice que en la antiguedad se leía en alto? ¿Que el leer como hacemos nosotros es algo relativamente nuevo? Resulta que los escritores antiguos iban pronunciando las palabras para escuchar su musicalidad, te leo: "Para los antiguos, la lectura no era una canción que se canta con la mente (...) el lector se convertía en su intérprete, le prestaba sus cuerdas vocales. Un texto escrito era una partitura -la partitura musical del lenguaje- muy básica donde todas las palabras estaban en una cadena una detrás de otra sin separaciones ni signos de puntuación y por eso había que pronunciarlas para entenderlas".

-Di -esta es Fashion- esto yo a ti ya te lo había contado, ¿no te acordabas? 

-Ups, en serio? No... 

[¿Por qué te crees que escribo? Para no olvidar ya más. Pero es curioso, me digo, que tuvieran que oír las palabras para descifrarlas, y que algunos tengamos que verlas escritas para pensar, "en lugar de solo escucharlas en el veloz río del discurso". Por algo Aritósteles usó el primero la palabra theoría y el verbo theorein que alude al acto de mirar algo.  Y si hacemos un fast forward hasta Roma, volvemos a la sonoridad: aquí los tenemos considerando que "el acto de hacer sonoras las letras escritas encerraba un hechizo inquietante. (...) como creían que el espíritu residía en el aliento, por ejemplo en las tumbas ponía "préstame tu voz". Todo  texto escrito necesitaba apropriarse de una voz viva para alcanzar su plenitud. Por eso, el lector era invadido por el aliento del escritor, que aunque muerto, usaba al vivo  como instrumento vocal. Por eso consideraban que los profesionales de la lectura y la escritura tenían que ser esclavos; su función era servir. Quedaban poseídos por el libro, dejando de pertenecer a sí mismos durante los instantes de la lectura. Las metáforas usadas para esta actividad son las mismas que las usadas para la prostitución, o para el ser pasivo de una relación sexual: el lector es sodomizado por el texto"]

Esta parte de la voz, de dar la voz, de ser poseído por la voz, de nuestro silencio lector, me ha fascinado. Pero enseguida, otro subidón cuando me encuentro con nuevos datos como que la primera palabra de la literatura occidental es "cólera" (en griego ménin, al principio de La Iliada, la cólera de Aquiles) o con el concepto griego póthos: "el deseo de lo ausente o inalcanzable, un deseo que hace sufrir porque es imposible de calmar". Aunque como digo el tema de este libro es infalible, para mí el más apasionante sigue siendo el de la condición humana: vía la literatura, la historia, la neurociencia. Esta última nos dice que, para que haya un cambio sustancial en esta naturaleza (que mal que les pese a algunos, se encuentra en todos estos sistemas y subsistemas del cerebro que estamos empezando a nombrar y entender) se necesitarán mucho más que treinta siglos. Así que no es extraño constatar que los griegos tenían las mismas pulsiones y pasiones que nosotros porque, ¿quién no conoce a alguien atacado por este póthos? Vallejo lo utiliza para hablar de Alejandro, siempre queriendo más y más, desde Anatolia hasta el Punjab. Megalomanía y crueldad, ingredientes que en combinación con el pothos, bang! O el Síndrome de Eróstrato, el deseo patológico de popularidad del pirómano del templo de Artemisa (intentaron que su nombre no pasara a la historia, sin éxito), que luego hemos visto repetidamente desde Japón (en aquella novela de Yukio Mishima) hasta EE.UU. con los Chapmans de turno. La autora nos cuenta que Antifonte fue el primer psicoterapeuta , ya que abrió un local en Corinto anunciando que podía "curar a los tristes con el discurso adecuado".

Ideológicamente, Vallejo me cae bien. En los albores del divlog -cuando aún cierta capacidad de síntesis era posible, claramente perdida ya- hice un divague titulado "Hypatia, una de las nuestras", y lo mismo he pensado de Irene. La admiro porque, de una manera sutil, como de puntillas, ha ido metiendo ideas con las que estoy de acuerdo, pero que cuando me pongo a escribirlas yo, soy como un elefante en una cacharrería. Pero ella las va introduciendo como si nada, una miguita aquí, otra allá. Deja claro que la historia de la escritura también fue desigual y dio voz al poder establecido (proletarios eran aquellos que, sin bienes, solo tenían a sus descencientes, la prole. No eran llamados a filas, no pagaban impuestos, y por supuesto no tenían voz -ni oral ni escrita- ni voto). Que lo único que merece la pena es la educación, recordémoslo  en esta etapa de la historia oscura en la que nos adentramos en la que tantos están empeñados en "apagar la luz" (cómo olvidar a los tan actuales "doppers" sudafricanos, así auto-denominados porque su objetivo era terminar con el Enlightment, la Ilustración). Que Platón era un hipócrita diciendo que "las dotes naturales estaban igualmente distribuidas entre hombres y mujeres" y acto seguido, que "el sexo femenino existía porque los hombres injustos se reencarnaban en mujeres". Que "las verdaderas fronteras no son las geográficas, sino las de la naturaleza de cada uno", citando a Heródoto. Que "griego es quien comparte nuestra cultura, no nuestra sangre", citando a Isócrates. Que aunque Caracalla diera la ciudadanía romana a todos los habitantes libres del imperio, pronto la frontera de la riqueza sustituyó a las fronteras geográficas. Que la actual actitud de esperar que el trabajo artístico sea gratuito, que el arte es para el tiempo libre es el fin, es como que haya que estudiar "carreras con salida", o sea, en el actual marco neoliberal, que den dinero. Que la censura acaba siendo paradójica, porque pone un foco en lo que precisamente espera ocultar. Que la igualdad entre los seres humanos, la posibilidad de elegir a nuestros dirigentes, el usar el erario público para cuidar de los débiles son todas desesables, y que estos inventos de los clásicos llegaron a nosotros de mano de esos objetos mágicos, los libros. 

Que el miedo al extranjero y al distinto no es nuevo. Me detengo aquí porque esto sí que es rabiosa actualidad. La autora se para en la historia para contarnos que, tras los éxitos militares de Alejandro, una parte del mundo comenzó una cierta asimilación cultural, empezando por el idioma, hasta el trazado de las ciudades con ágoras, teatros, gimnasios. Eran nuestros Starbucks. Aquella primera globalización se conoció como "helenismo"Igual que ahora, algunos viejos griegos, ante el nuevo cosmopolitismo, añoraban "la pureza perdida del pasado". Los salarios del trabajo libre bajaron por culpa de la emigración de esclavos orientales. "Aumentó el miedo al otro, al diferente (...). Empezó a cundir el desarraigo, la sensación de estar desplazados, de vivir perdidos en un universo demasiado grande. Se desarrolló el individualismo, se agudizó la sensación de soledad". ¿Suena esto familiar? Nihil novum sub soleno hay nada nuevo bajo el sol.

De todos los personajes que habla la autora, el que más me ha fascinado es Calímaco, el bibliotecario de l
a Biblioteca de Alejandría, que también era poeta. "Toda biblioteca se parece a su bibliotecario", dice Vallejo (¿no os encanta mirar las librerías cuando vais a cenar a casa del alguien?)  Él se encargó del catálogo de la biblioteca en el S II a. C. que ocupaba por lo menos 120 rollos y fue "el primer cartógrafo de la literatura". Su catálogo se llamó las "pínakes" (las tablas).  El caso es que, divagantes, Calímaco c'est moi.  Y no, no por lo de poeta, pero más por mi actitud catalogadora obsesa de la vida y por la suya a la que aspiro: Calímaco defendía "la experimentación creativa. Le aburían los imitadores de un pasado literario irrecuperable. Amaba la brevedad,* la ironía, el ingenio, la fragmentación". *Nota: aceptaré con gracia abusos por lo de la "brevedad" del divagante valiente que haya llegado hasta aquí. 

Y es que es descubierto lo que quiere decir mi suegra con lo de que en los divagues "me enrollo". Atención:  la escritura ha ido cambiando en formato a través de la historia, desde los frágiles papiros, a las tablillas atadas, al rollo de papiro, las tablillas sustituidas por pergaminos, a los códices, al papel y en algunos puntos de la historia convivieron distintos formatos, por ejemplo, el rollo de papiro en la época romana era usado para solemnidades  y los códices para las cosas del día a día. De ahí viene que "algo es un rollo" (o también la palabra "rol", porque en el medievo los actores tenían el guión enrollado). Durante esta coexistencia, siempre hubo gente resistente a lo nuevo. Algunos pensaban que todo degeneraba si se permitía el cambio, y lo curioso es que yo soy una de esos viejos gruñones que no querían cambiar de los rollos a los códices: me niego al libro electrónico, aunque entienda sus ventajas. Pero mi resistencia viene de dos razones, ambas relacionadas con "el rollo": la primera, al leer en un libro electrónico, lees como "en un rollo", no tienes la separación mental que te da pasar la página. Y la segunda: "el rollo" del segundo párrafo sobre lo maravillosos que son para mí los libros como objeto, que seguro no debo repetir aquí (aunque tentaciones, haylas).

Formalmente, me pasó algo curioso al principio del libro, que luego desapareció.  Sintagmas como "aguas repugnantes", "diareas monstruosas", "dolorosa sed de posesión", "olor fragante" o "espeluznantes amenazas" me chirriaban, como sobreadjetivados.  Entonces entró Fashion: "Pero así es la traducción de los clásicos, Di; todos son olores fragantes y embriagadores perfumes y voluptuosas bahías ahí". (No sé de qué me extraño, cuando Itaca es mi poema favorito). Así que no sé si fue eso, o que me fui encontrado algunas perlas durante la lectura de auténtica belleza formal, cosas que me han dejado de verdad boquiabierta:  "la mirada ciega de las estatuas", "los sumerios comenzaron a escririr sobre la tierra que sostenía sus pasos", "los títulos son poemas mínimos; barómetros, mirrillas, ojos de la cerradura, carteles luminosos, luces de neón; la clave musical que define una partitura venidera; un espejo de bolsillo, un umbral, un faro en la niebla, un presentimiento, el viento que hace girar las aspas", "la delicada urdidumbre de las palabras. Cuento mis fantasías ovilladas con sueños y recuerdos. Me siento heredera de esas mujeres que siempre han tejido y destejido historias. Escribo para que no se pierda el viejo hilo de la voz". Precioso. 

Vallejo usa múltiples referencias de la cultura actual, del cine, la literatura: por ejemplo, "Memento", la primera peli de Nolan y el paralelismo del "cuerpo con un libro, nuestra piel, una página en blanco". Aquí aprendemos que en el siglo II ac, en Pérgamo comenzaron a usar las  pieles de animales para escribir sobre ellas. y de ahí vino "el pergamino", y los libros  se transformaron en "cuerpos habitados por palabras, pensamientos tautados en la piel". Desde el principio esperaba yo la referencia a "El nombre de la rosa", tanto libro como película que me marcaron en mi adolescencia porque, ¿qué mejor combinación que una historia de detectives en un monasterio de la Edad Media en el que se mata por un libro? O 84 Charing Cross road, ese librito epistolar que es una celebración de todo lo que es amor a los libros. O Luis García Berlanga, sobre la importancia de poder leer con una sola mano por aquello de la literatura erótica (pensemos que con los rollos esto era imposible, ja). 

Y para terminar, tres curiosidades que ni Calímaca ha podido clasificar, aparte del hecho que a mí me han interesado. Una: parecía que también había listas como ahora con "los mejores del año" o "los mill libros que has de leer antes de morir" (a quién no le apasiona una lista?), y "enkrithéntes" eran los autores que habían superado la criba, los tamizados.  Dos: aunque parezca evidente, no me había planteado que la expresión "hablar largo y tendido" viene de la costumbre romana del triklinium: ahí tirados con sus túnicas, comiendo uvas, bebiendo vino y charlando hasta altas horas... ah, eso es vida!  Y tres, por último, los oficios.  "Los griegos querían saber de todo, no les interesaba especializarse. Menospreciaban la técnica, considerando a los oficios "envilecedores" (ya tenían a los esclavos para que trabajasen o les leyesen). Lo elegante era el ocio. Solo la medicina logró imponer un tipo de educación propia, pero los médicos tenían complejo de inferioridad y repetían que un médico era también un filósofo". Más tarde, en Roma, "hasta los oficios intelectuales, como la medicina, la arquitectura o la enseñanza eran propios de las clases bajas". Me resulta dificil comentar aquí ya que habría que comenzar definiendo el concepto "clase", según algunos tan pasado de moda. Lo único que puedo constatar es que hoy en día muchos médicos no tienen complejo de inferioridad, sino más bien lo contrario, y que se puede tener un título de esos oficios "intelectuales" y ser un verdadero asno. 

Con casi 70 años, vuelve Marcial a su natal Calatayud. Tras 35 en el epicentro de la acción, pasa a la calma de la siesta perpetua frente al Moncayo pero, cómo no, echando de menos  "las reuniones, los teatros, las bibliotecas de Roma, la agudeza de su círculo social, los placeres y el bullicio de la capital; en suma, todo lo que ha dejado atrás por afán de tranquilidad. Deja atrás su disfraz de niño terrible, y se apacigua su rabia". Y deja de escribir. La ancianita Di, probablemente la única que ha llegado hasta aquí, está sentada al sol en el porche de un chamizo frente al mar, en la península de Mani, centro del Peloponeso. En el extremo sur está el Cabo Ténaro o Matapán, donde cuenta la mitología que vivía Hades, y hay una entrada al inframundo - la muerte. Pese a la cercanía geográfica, Ténaro está aún muy lejos, piensa ella mientras con su dedito scrolls (otra palabra que viene del "rollo") la pantalla leyendo divagues antiguos y, por supuesto, planeando divagues nuevos. La escritura, otra de formas de aspirar a la inmortalidad. 

8 comentarios:

molinos dijo...

Venga, me has convencido. Lo voy a leer aunque me da pereza.

Anónimo dijo...

Uffff, mira que es largo tu divague, pero en esta ocasión no se me ha hecho largo. Gracias.

Mi admiración al saber expresar tan bien y poner por escrito algo que yo no sé hacer ni de lejos. Envidia

Di Vagando dijo...

Morning darlings... nieva en Londidium! (claro q, qué os voy a decir a vosotras...)

MO, leer un ensayo sobre un tema que a una le gusta mucho suele ser, como digo, una apuesta segura: se trata de saber más sobre un área de interés, no brainer q dicen aquí. Las pegas q yo pondría a los ensayos suelen ir por estructura. Por ej, yo habría agradecido cronología más clara (saltaba de un siglo a otro), una línea del tiempo en la q anclarme, pero eso tal vez es solo cosa mía (recordemos la sinestesia espacio-temporal, ja ja).

Gracias ANÓNIMO, si algo se hace largo, a menos q tengas q leerlo por obligación, yo soy partidaria de dejarlo. Soy de la q dejo libros sin ningún cargo de conciencia, porque la vida es demasiado corta, ja ja... Por eso no confiaba q nadie llegase al final, así que ... tres hip hip hurrah por ti!

muxus

di

marisa dijo...

Un divague a la altura del libro, creo que de lo mejor que he leído este año. Como tú dices, no es solo un libro sobre la escritura y los libros, es un recorrido precioso por la historia, pero está escrito de tal manera que más que un ensayo parece una novela, atrapa de manera muy sutil pero muy eficaz.
Me dio pena acabarlo, no me pasa con muchos libros.
Marisa

C. S. dijo...

Se lo pidió María de regalo de Navidad. Se lo quité después de la cena de Nochebuena y TUVE que terminarlo antes de que se fuera a su actual lugar de residencia. Me encantó el libro y también me encantó Irene. Cosas bizarras que hice durante la lectura: Dice Irene que la poesía en exámetros suena de puta madre en griego, pero no en latín. Quise comprobar el sonido. ¿Quién escribe en exámetros en español, que es el latín de ahora? Rubén Darío creo que escribió algo. Busco "La salutación del optimista":
"Ínclitas razas ubérrimas,
sangre de Hispania fecunda,
espíritus fratemos, luminosas almas, ¡salve!" Horroroso y pomposo. Aunque la canción es la misma que en "I want to live in America" de West side story. Mucho mejor. ¿Será el inglés bueno para los exámetros? No sé....pero es un ritmo estupendo para muchas canciones. Lo de la biblioteca de Alejandría y la genialidad del orden alfabético. ¡Tan simple, tan habitual que ni lo tenemos en cuenta...!¿Cómo harán los chinos para buscar palabras en el diccionario?" (Os saco de dudas: las palabras se ordenan por el número y la disposición de los palitos del dibujo. Tuve que acercarme al chino de mi pueblo a preguntárselo a la propietaria por culpa de Irene). En fin. Que me enrollo más que tú. Genial el post.

Di Vagando dijo...

Queridas MARISA y CESITA,

Qué alegría veros! Marisa, recuerdo una cosa q me dijiste tras leerlo, algo así como la emoción q te causó, y es lo q he intentado expresar aquí: emoción de aprender, de constatar lo q debemos a los libros y luego también emociones particulares hacia Irene, como dice CESITA. Hay una escena cuando cuenta el abuso escolar q sufrió, q la llamaban empollona y más, y simplemente quería abrazarla y decirle "todo va a ir bien", como de hecho ha ido, más q bien para ella, y para nosotros q hemos leíoo todos sus años de trabajo destilados en el junco.

CESI, solo tú podíás hacer esas "cosas extrañas durante la lectura" de buscar exámetros y comparar... "razas ubérrimas"... yo recuerdo q cuando estuve en el planetarium de LA, ahí donde bailan los de La La Land, y la mujer q nos dio la charla, en inglés, claro, hablaba como en pentámetro yámbico... ya casi no me acuerdo de lo q era, pero sí de la musicalidad... Y preguntándoles a los chinos! eres mágica :)

mil muxus my lovelies

do

Anónimo dijo...

Mira que me gustó y disfruté leyendo el "junco", leyendo tu divague me han entrado ganas de volver a leerlo.
Miedo me da si lees y divagas El evangelio de las anguilas ;)

Di Vagando dijo...

jajajaja ANONIMO! No me provoques q si me pongo con Freud y su investigación del sexo de las anguilas me puede quedar otro serial. Pero como él diría "a veces, una anguila es solo una anguila". El cabrón.