an

Mostrando las entradas para la consulta paul bowles ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas para la consulta paul bowles ordenadas por relevancia. Ordenar por fecha Mostrar todas las entradas

13 abril 2019

"El cielo protector" y yo hemos envejecido bien. Reflexiones en el Cafe du France de El Fnaa de Marrakech (M8)

Sábado, 13 de Abril de 2019: Marrakech (Marruecos 8)

Me despierto en aquella habitación que me recuerda a una carnicería, con azulejos (azules, cosas del Riad darazul) hasta arriba. Una cosa son los ingleses, que no ponen azulejos casi ni en el baño, y otro extremo esta gente; claro que es curioso, porque luego el baño, que tiene la ducha como en una cuevita, está pintada de azul, sin baldosas! No quiero dar mala impresión: justo delante de nuestra puerta (que es doble, enorme, de madera oscura, y que se cierra con un candado), hay un conjunto de sofás, con fuente detrás, muy agradable. Arriba del todo está el cielo, pero lo tienen cubierto con cristal.  Vamos, que el riad, sin ser La Mamounia, está mucho mejor con luz natural, obviamente. Pero los dueños no le sacan partido y deciden servir el desayuno en otro cuarto oscuro, de muebles grandilocuentes sin gusto, deprimente. Y además, ni de lejos se atisba un huevo, ni duro siquiera. 


azotea
Sin embargo, tras desayunar nos tiramos a explorar, porque vemos a unos españoles bajar de algún sitio con bandejas. Así que subimos al primer piso, hay un balcón al patio central donde suponemos han desayunado estos dos águilas. Subimos otro piso más y en un rincón tienen una pequeña piscina (más bien bañera gigante), tal vez jacuzzi?, y por fin, encontramos las escaleras empinadas que conducen a la azotea. Ya he hablado algunas veces de nuestra pasión por las terrazas en lo más alto, y esta no decepciona. Tiene un par de tumbonas para tomar el sol, una jaima encantadora, un par de mesas, y las imprescindibles toallas tendidas. Nos tiramos un rato a leer muy a gusto, claro que Mini, la gótica, prefiere quedarse abajo en el calabozo con sus Mallory Towers como buen Ser de Oscuridad preadolescente

Por fin salimos, muy tarde, y vamos bajando por el zoco hasta la plaza. Es todo más manejable que ayer, pero sigue habiendo demasiada gente. En la plaza, los chiringuitos de comida han desaparecido como por arte de magia, eso también lo recuerdo de hace 15 años, pero entonces de día había poca cosa, y ahora El Fnaa está llena de camionetas que venden zumos, y gente que vende loquesea.

En el Café de France, una institución, también pasé algún rato con mi amiga, y hoy subimos a la terraza para ver  la panorámica con un zumo, y leer. Se está de maravilla.  Una vuelve a la época de la colonia francesa, a "El cielo protector" de Bertolucci, y puedo imaginar a John Malovich pidiendo allí algo -siempre doble- mientras suda como un cosaco. 

“No se consideraba un turista. Él era un viajero. Explicaba que la diferencia reside, en parte, en el tiempo. Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”. 

 Así empieza la novela de Paul Bowles de 1949, cuando viajar era otra cosa distinta. El primer finde de vuelta vi la peli, primera vez desde hacía siglos, tal vez desde que la vi en el cine. Fue un poco como revisitar "un sitio donde fuiste feliz", y no tuve claro si había envejecido bien, creo que no. Mi principal memoria de la peli era el bereber con el que Kiki (interpretada por Debra Winger) se lo monta.  Yo solo recordaba lo ojos de bereber, lo que hace ser joven... ahora recordaré la escena del cunnilingus en la que ella se cuelga de la viga. Una novela "de alienación y desespero existencial" dice la wiki. Corolario: no sé como ha envejecido la peli, yo muy bien. 

Mientras buscaba la cita de arriba, ya a muchas millas del Cafe du France, me he encontrado con otras frases sobre viajes que voy a poner, porque sí, porque me han gustado.

"No hay nada como volver a un lugar que no ha cambiado, para darte cuenta de cuanto has cambiado tu” (Nelson Mandela)


"Si no hay viento, rema". Proverbio latino.



"He descubierto que no hay forma más segura de saber si amas u odias a alguien que hacer un viaje con él” –Mark Twain


Cada una me daría para un divague bien largo, y a los divangantes para irse de la olla. Si me lo recuerda alguien -incluso yo misma- cuando termine la serie, los hago.

Al salir del café seguimos de paseo, haciendo muchas fotos. Paramos en una especie de cremerie a tomar un yogur, las pastas no valen nada. El zoco tiene partes dedicadas a distintos gremios, el del metal me gusta particularmente, se ve auténtico, no hay turistas (increíble). Cuando estuve con mi amiga me compré unas sandalias y las llevé durante años. No he podido tirarlas, soy así de sentimental. Voy en busca de otras y por fin las encuentro, me las pruebo, me encantan, el hombre me pide 20 euros, me parece la ganga del siglo (recordemos cuánto valen unas de piel aquí), pero en otra tienda pedían 15. Se lo digo (huele mi miedo), sufriendo lo indecible. Dice que no  (nota mi hiperventilación), que 18. No se dónde meterme, le digo que gracias, me precipito fuera [odio odio odio regatear]. Lo nota, pero me sigue y me las da por 15. Tendrías que haberle ofrecido 10, me dicen. No sé, de verdad, es que me azora solo recordarlo y ahora escribirlo. Tomamos un helado, compramos una especie de frutoseco-galleta para el viaje de mañana.





A las 20:00 teníamos una cita. La jaqueta!!! Claro: el del riad del desierto nos estaba enviando la jaqueta con el conductor a "Supratours", la estación de autobuses que está en Gueliz, la parte nueva de Marrakesh, que viene siendo muy parecida a una ciudad española, con sus edificios y tiendas. Estación de autobuses que le anotamos a Mini "así viajaban antes tus padres", cuántas infectas estaciones habremos vivido, a cuántas habremos llegado tras siempre demasiadas horas... En fin, el Peda deja claro que no tiene ninguna esperanza en ese proyecto mío de rescate de la jaqueta, pero vaya, vamos. 

Por supuesto se equivoca: ahí esta el bus de Merzouga, la gente se baja como si vinieran de la travesía del desierto (nunca mejor dicho), y al final, abre un maletero donde hay algunas cosas más, y LA JAQUETA, ahí, esperando abrazarme. Que alegría, ven-my-baby, le damos diez euros y le pedimos que le de la mitad al del riad. Nunca más sabemos del riad, así que queda en duda si le llega la pasta. 

Estamos tan cansados que para volver a casa pillamos un taxi, que nos pide 70 dirham, una tirada a la piscina, debemos tener cara de turistas alemanes (por mis dos compas) lelos. El Peda ofrece 30 y Mini, que ve que este duda y tal vez la hagamos caminar, lo sube a 50, que el tipo acepta de buen grado. Trabajo en "equipo". Mini, se nota que no conoces las reglas del regateo. 

Paramos un poco antes a coger una pizza para llevar... nos hemos quedado con ganas de subir a cenar a la azotea. El pizzero es tan tan antipático que nos hace gracia, parece que está interpretando ser borde. Eso, y yogures, zumos y galletas en una boulangerie terminamos cenando bajo las estrellas  encantados de la vida. 



Nos vamos a la cama a las 23:30, y oigo a mis compas comparar los resultados de sus relojes cuentapasos: por lo visto hemos caminado más de 20 kms. 




















13 abril 2025

Intrépidas viajeras victorianas y una evening en Leighton House


¿Quién no querría haber sido rica en aquella época en la que solo ellos viajaban? Pero antes de empezar, quien encuentre en este divague disonancias cognitivas insorpotables, estará en lo correcto: la democratización del viaje es, en principio, algo positivo -si yo hubiera nacido un siglo antes, no podría haber viajado nunca-, pero también es cierto que el día que yo deje de viajar será por la inconveniencia y molestia que causan las hordas de turistas allá donde vas. En fin, dejemos estas consideraciones a un lado -sería otro divague, tal vez incluso uno que ya está escrito-, y por un rato vivamos la magia de haber sido una viajera en el SXIX, que es de lo que voy a escribir hoy.

Esto me lo ha inspirado la noche del 9 de Abril, en la que la divaganta R. me sacó del sofá donde últimamente le pregunto flashcards a Mini (exámenes simulacros de A levels en dos semanas) para ir a una mesa redonda en Leighton House, organizada por el Instituto Cervantes, y cuyo tema era "España a través de los ojos de los viajeros británicos". Había tres ponentes que hablaron de lo que quisieron: dos de ellos de la mirada de Frederick Leighton, el pintor victoriano en cuya casa tenía lugar el acto, un tipo del que igual otro día me sale un divague pero del que hoy solo voy a poner fotos de su casa y la tercera, Cristina Morató, de las viajeras intrépidas victorianas, a las que dedicaré un poco más. 

Pero primero Leighton, que nació en 1830 en Scarborough, hijo y nieto de médicos (su abuelo, en concreto, de los zares) y vivió toda su vida de la riqueza familiar. Gran viajero, pintaba cosas inesperadas como un ángulo del Generalife en lugar de la Alhambra o un molino en lugar de la mezquita de Córdoba. Cuando terminaron las charlas fuimos a una sala donde había una exposición de sus cuadros de paisaje ("Impresiones de la naturaleza") que, bueno, se deja ver, pero como dicen los ingleses "nothing to write home about", nunca mejor usado porque esta expresión invoca imágenes de una viajera que va recorriendo el mundo y que, impactada por la Belleza, pone un telegrama en una oscura oficina de correos de Samarcanda. O no: no tiene nada de qué escribir a casa. 



La frase que capturó mi imaginación del primer ponente fue la siguiente: mientras Leighton se construía esta casa, "viajaba por el perímetro del Mediterráneo". Perímetro del Mediterráneo, me repito. Nunca se me había ocurrido la posibilidad de ese viaje, para mí maravilloso, y hoy en día tristemente imposible: empezar en Gibraltar y subir por todo el Levante, salir por la Costa Brava y empezar a tirar hacia el este por Francia, Italia, Eslovenia, Croacia, Montenegro, Albania, Grecia!, Turquía, Siria, Líbano, Israel, Gaza, Egipto, Libia, Túnez, Argelia, Marruecos, y vuelta a casa. Qué espectacular viaje sería ese en el que yo - en oposición a Leighton que no escribía diarios [seguían su pista con firmas en el Prado, o líneas ferroviarias]-, documentaría hasta el último detalle en este blog, pobres divagantes. 

Cómo divago: decía que, mientras viajaba,  otros contruían la casa y él iba pillando azulejos en Turquía, Siria, Egipto... que contribuyeron al maravilloso "Hall árabe" que podéis ver arriba o aquí, y otras habitaciones que he puesto entre el texto. 


Termino con su cuadro "La bahía de Cádiz, Luz de la luna"de 1886. Aquí aprendí de la ponente que Cádiz es la ciudad más antigua continuamente habitada de España, fundada por los fenicios como Gadir en el 1100 ac. Y como este blog se llama divagando y sigue los meandros de distracción de mi cabeza, añadir que la ciudad más antigua continuamente habitada de Europa es Plovdiv en Bulgaria, fundada en el 6000 ac, y a la que habrá que ir, no?



Ahora, al lío, a las mujeres victorianas viajeras. Iba a comenzar con el cacareado "Cielo protector" de Paul Bowles, y cuando lo he buscado para enlazarlo me he dado cuenta de la cantidad de veces que he hecho referencia a este libro y a esta peli en este blog. La razón es que la peli me impactó muchísimo cuando la vi en estreno con 19 añitos y bueno, luego el libro que leí mucho después. Ese beréber al que solo se ven los ojos. El desierto. Las habitaciones con sombras que se mueven con el ventilador de techo. En fin, toda esa magia que nos transmite esa época y que cuando viajamos hoy a esos destinos esperamos encontrar, tarea imposible, por otro lado. Aunque a veces, por un resquicio, de repente lo intuyes -me pasó en alguna ocasión en Vietnam el verano pasado, algún momento en el que me creí en Indochina-, pero suele ser en los lugares menos esperados en los que estás haciendo algo corriente -vs visitar el monumento en cuestión-, en los que esa sensación te encuentra a ti. 



Pero divago, volvamos a la casa de Leighton en pleno South Kensington que acompañaba porque está Londinium a reventar de árboles en flor y la charla de la periodista, escritora y viajera Cristina Morató, a la que yo no he leído, pero su cara me sonaba. Ha escrito un montón de libros sobre mujeres viajeras del pasado y para ello ha seguido sus huellas, convirtiéndose ella misma en la versión del SXXI de la viajera intrépida: seguro que en un par de siglos, cuando se viaje con gafas de realidad virtual o psicotrópicos se la verá así. Es una ponente muy entretenida, tanto formalmente -acostumbrada a gente que casi no varía el tono- como en contenido-siempre se agradece una broma, si puede ser autoflagelante, y en esto los españoles no somos lo máximos exponentes, dejémoslo ahí.



Nos habla de varias viajeras, de las que se puede claro leer más en la wiki (las enlazo, para mayor comodidad), pero como esto es un blog personal, ahí va mi toque:

Hester era sobrina del que fue Primer Ministro William Pitt que como era soltero la usó como señora de la casa, para entretener y decorar- ya se sabe, "detrás de un gran hombre hay una pobre mujer".  Pero Hester no iba a ser una de esas, y tras -se cree- unos cuantas decepciones amorosas decidió poner tierra de por medio y largarse a Oriente. Nota: parece que vivió un tiempo en Montagu Sq, la plaza de Marylebone donde transcurre parte de "The moonstone" y lo incluyo únicamente porque tengo un divague donde sale esa plaza que enlazar - así de básicas son mis motivaciones. 



Lady Hester medía 1.80, como mi hija -a la que cariñosamente seguimos llamando Mini-, luego su físico era imponente y ella una mujer de armas tomar. En 1810 se embarcó en Portsmouth -no iba sola, que si su hermano, que si sus criadas, que si su médico y luego biógrafo Charles Lewis Meryon- y en Rodas conoció a otro aventurero, Michael Bruce, que se hizo su amante y cuando llegaron a Atenas aquel otro aventurero de la vida, Lord Byron, saltó al mar para darles la bienvenida (esto es de wiki). Parece que él luego la describió como "aquella cosa peligrosa, un ingenio femenino", boo, Byron, otro señoro de la literatura.  De allí el grupo partió para Estambul y a El Cairo, pero cosas que pasan, naufragan en una tormenta y como se pierde toda la ropa y demás parafernalia, Hester se empieza a vestir con ropas masculinas turcas, rechazando el velo, incluso cuando entró en Damasco. De esta guisa (túnica de terciopelo violeta, pantalones bordados, chaleco, sable) se presentó ante el pachá de turno: menuda reina [con la razón la llamaban "Queen Hester"]. Le alabo el gusto a nuestra lady en cuanto a viajes: además de los sitios citados, viajó por Malta, las islas del Jónico, el Peloponeso, Atenas, y por lugares que hoy tristemente han sido o están siendo destrozados mientras escribo, como Palestina, Líbano, Siria. 

Una vez en Damasco le dice al cónsul que quiere visitar las famosas ruinas de Palmira, de cuya destrucción por el ISIS también fuimos testigos desde nuestras pantallas hace diez años. Incluyo el mapa para que nos hagamos una idea de lo que debieron ser esos ocho días cruzando el desierto lleno de beduinos amenazantes, con calores horrendos de día y heladas de noche (que ya se sabe el desierto, por algo yo me llevé el Revenant). Hester y la caravana de 22 camellos que llevaba para su bolsa de aseo (esto sería en lo q yo usaría los camellos principlamente), el piano, la bañera y otras cosas de primera necesidad. También seguridad por si las emboscadas. Ah y los beduinos la trataban como a un "tercer sexo", como un hombre honorario. No quiso volver al Reino Unido -vamos, a quién le extraña, allí lejos de los corsés victorianos con babuchas y túnicas y siendo la reina del desierto-, y se quedó en lo que hoy es el Líbano, muriendo en la indigencia con un montón de gatos. Oh well. 



Jane Digby (1807-1881)
Otra aristócrata inglesa, Jane tuvo la energía de tener cuatro maridos, múltiples amantes y seis hijos y cuando murió uno de ellos, a los 46, se fue a oriente donde conoció a un jeque culto, apuesto y joven -20 años menor que ella- y se casaron. Parece que con él "sentó la cabeza" (qué gran expresión) porque juntos vivieron 25 años de matrimonio en los que ella pasaba seis meses en un palacio de Dasmasco rodeada de sus muebles europes y los otros seis en "tiendas de pelo de cabra" con su jeque. Otra jefa. No hay como ser rica y tener los genes de "Jane sin miedo" adecuados.



Freya Stark (1893-1993)
A Freya solo la citó, luego no voy a entrar en detalles. Esta es del SXX y fue otra aventurera hacia el oriente, que además dejó mucho escrito. 



Cuando le preguntaron a Morató por aventureras españolas, citó a dos: Egeria, una monja gallega del SIV que peregrinó a Los Santos Lugares y como resultado escribió un libro de viajes de cuyo nombre me he enamorado: "Peregrinatio ad Loca Sancta" (también "Itinerarium Egeriae" o "Peregrinatio Aetheriae" ). Leyendo la wiki me parece un viaje fascinante y no le voy a poder hacer justicia en este divague. Solo anotar que la ponente recitó un proverbio alemán que se traduce "peregrina se fue, puta volvió"  y la única referencia que he encontrado en internet de esta frase es aquí,  y nos da a la idea de las penurias que las peregrinas sin dinero tenían que pasar. No todas eran adineradas aristócratas. 

Y la segunda es Marga d'Adurain, una vascofrancesa con otra vida loquísima: de entrada la echan ya del cole por revoltosa y su madre reza por su alma primero y luego pide que le hagan un exorcismo (hoy los llevamos al psiquiatra infantil), se casa con un primo lejano en contra de la voluntad familiar, viajando a Latinoamérica y luego a oriente, claro, donde se hace pasar por condesa y monta el Hotel Zenobia en Palmira -aquí se alojan entre otros Agatha Christie, luego hay asesinatos, condenas con lapidación, tráfico de opio y por fin, alguien la tira de un yate y nunca la encuentran, claro. Vivir al límite, no: esto es vivir al límite infinito en el infinito (alguien recuerda las mates de COU?)

Termino el divague tras esta sobredosis de aventura pensando en que claro que David Lean filmó una peli grandilocuente sobre Lawrence de Arabia -cualquier día cuelgo la foto de la placa azul de la puerta de su casa en 14 Barton St muy cerquita del Big Ben- pero a nadie hasta hace bien poco se le ocurrió contarnos historias de mujeres como estas.  La vida de cualquiera de ellas es de película, y no puedo esperar a que Izíar Bollaín, o Andrea Arnold o Greta Gerwig o Lynne Ramsay las descubran. 

06 abril 2021

"Amor en Venecia, Muerte en Benarés" de Geoff Dyer. Hoy, Venecia y ... póngame otro bellini

"Jeff in Venice, Death in Varanasi"
(título que por una vez han traducido bastante aproximado: solo han cambiado un nombre propio (el del prota, "Jeff") por un nombre común ("amor") es una novela de 2009 del autor inglés Geoff Dyer que, divagante, has de leer. Como el título indica, la experiencia es la de leer dos novelas independientes, pero unificadas por la particular visión del mundo de Jeff y por la sensación de nostalgia que ambas causan en el lector ahora, en este momento en el que estamos varados cada uno en nuestras ciudades. La realidad es que no hay ni posibilidad de protagonizar una novela de viajes ni, menos ambiciosamente, de divagar sobre el viaje que sea en una terraza (lo sé, para alivio vuestro). Pero yo he sentido una añoranza infinita y terrible de estar "en la carretera" y,  sobre todo de las cosas que pasan en ella, de hablar con desconocidos, de la indecisión ante un menú, de perderme por callejuelas, de habitaciones dudosas con ventilador en el techo. 

En particular, la segunda parte -en la que obviamente Jeff está en Benarés- ha sido muy intensa: he vuelto a Octubre de 2002, no solo con la lectura sino también desempolvado mi cuaderno (en aquella época no había blog, felicitaros). He leído (probablemente por primera vez, de ahí que os entienda) lo que el autor me ha recordado tan bien, y he vuelto a Benarés. En algunos momentos de la lectura estaba tan emocionada, que casi tenía que parar porque las yemas de los dedos me pedían teclado: necesitaba escribir sobre mi Benarés sobrepuesta a la Varanasi que describe Dyer, tan tan similares - algunas observaciones exactas (las suyas, infinitamente mejor escritas). Así que he decidido separar las dos partes, y este divague lo dejaremos para mañana (hasta yo me doy cuenta: tengo que dejar de escribir entradas de tres mil palabras). Será un poco divague-metadona después de tanto tiempo sin escribir sobre El Viaje, a ver qué sale. 

Mientras tanto, hoy, Venecia. Jeff es un periodista londinense freelancer de unos 45, especialista en arte, que va a la Bienal de Venecia con el objetivo de producir algunos artículos sobre las exposiciones y entrevistar (tras años en el gremio, intentando impresionar con su inteligencia al entrevistado, se ha dado cuenta que la mejor técnica es hacerse pasar por idiota) a una vieja diva venida a menos que le confiesa que no tiene "capacidad para el aburrimiento", porque puede pasarse un día entero mirando a una pared y no le afecta (mis antípodas, yo ya estoy hiperventilando de leer esto), claro que uno necesita un mínimo de descontento para producir arte. Y ya está, no hay más: la novela va de esto y sus observaciones de exposición en exposición y de fiesta en fiesta. Ah, y como el traductor sin escrúpulos del título al castellano no ha dudado en chafar, se enamora.  

Así como mi experiencia en Benarés fue casi un calco (por lo menos sus impresiones del principio, yo no me quedé meses) de la de Jeff, la de Venecia no tuvo nada que ver: estuve allí con un grupo de gente de mi edad con 16 años, sin dinero, en un hotel tirando a inmundo (luego iba a volver exactamente hace un año para una celebración, pero se paró el mundo). En las antípodas de la experiencia de estos críticos de arte de fiesta sofisticada a fiesta sofisticada, siempre barra libre de bellinis (cocktails a base de prosecco con melocotón), siempre diciendo la frase más inteligente ("era un buen punto, pero conversacionalmente terminó en un vacío"), o más gilipollas (no olvidemos el catálogo de la exposición de Hirst). En un punto Jeff comenta que una pieza era "pueril, pero el hambre de éxito del autor era voraz. En circunstancias históricas diferentes, un grupo de estos artistas podrían haber tomando el control del Reichtag o dominado Camboya con una crueldad sin precedentes".

El libro ganó nosequé premio de "escritura cómica", y aunque no es lo que esperas de un libro "cómico", lo cierto es que la visión de la vida de Dyer es a menudo muy graciosa (tal vez por eso haya Dyer hecho click conmigo; además fue un chico de las "grammar schools" que ganó una beca para estudiar literatura en Oxford). Por ejemplo, su auto-escarnio ya en el aeropuerto, feliz porque logra colarle en la facturación una bolsa a la azafata: "
Geoff Dyer: me caes bien
sin otro objetivo en la vida, esta estaba llena de triunfos y éxitos como este".
 
Vuelo a la bienal, donde todo es exceso y magia en un avión de Ryanair & Co. donde "los recortes de coste eran increíbles, derrochadores incluso. No se había reparado en algún gasto" ["The cost-cutting was amazing, extravagant, even. No expense had not been spared"]. O los mismos bellinis, a los que llama en un punto "these little fuckers" y aquí suelto una carcajada: ¿quién no se ha sentido así alguna vez en uno de esos eventos donde has copas siempre son demasiado pequeñas? 

Su filosofía de vida no es solo divertida, también tiene sus ratos de profundidad. Como su día de viaje, en el que está todo el rato deseando que pase a la siguiente fase [primero querer que termine el vuelo, luego el transfer, luego el bus], y se pregunta, ¿cuándo llegará el momento en el que me quiera quedar? (lo que viene siendo, cuándo seré feliz, según Wilde esos escasos segundos de la vida). Yo he estado en muy pocas bodas en mi vida (gracias UK!) pero siempre tenía esta sensación: "cuándo se pasa la misa, las fotos, el cocktail, lo que sea", y al final me di cuenta que mi problema era este: me aburrían las bodas.  Pues eso, ¿cuántos momentos hay en la vida en los que "nos queramos quedar"? Muchos, afortunadamente, pero en un día de vuelo o en un bodorrrio: no. Jeff también se plantea su edad (no me toquéis el tema, me adentro en un mes sensible), y reflexiona que empezaba la fase "vaga" de la vida: tenía una vaga idea de las cosas, vagamente recordaba algún nombre... era como estar vagamente borracho todo el rato. Bienvenid@s a mi mundo. Y también suscribo su frase lapidaria: "Lo que te puedes permitir es una manera de expresar lo que deseas algo". Cuando la gente (en particular, mi madre) me pregunta, pero por qué no te compras esto o aquello, la respuesta es esta: no lo quiero lo suficiente. Supongo que no me importa gastarme una pasta en vuelos pero, en ese bolso? en esa crema? en ese coche? No.   

En un punto -obviamente en una fiesta, donde todo pasa en la bienal-, Jeff conoce a Laura, una chica de California, y desde entonces sabe que lo que quiere hacer durante el resto de la bienal -y de sus días- es estar con ella. Después de la primera conversación en la que Jeff siente esa energía brutal entre dos personas que conectan (¿flechazo? 
¿crush? ¿química? ¿cómo se llama ahora?), ella le dice aquello de no cambiarse los teléfonos y dejar que el siguiente encuentro fluya por casualidad. Él protesta: "imagina que por mala suerte no nos cruzamos en ninguna fiesta más, y cada uno volvemos a nuestra ciudad pensando en lo que hubiera pasado", y ella, que se ha visto todas las pelis del párrafo de abajo: "eso sería aún más romántico" (yo entonces pienso en un divague de aquí, pero no pongo el título por si alguien no corrió a leerlo y le fastidio el final). Cuando por fin se encuentran (porque claro que se encuentran) Jeff: "Me di cuenta que la única manera era esperar que tú me encontraras a mí, dejar de buscar. Pero de alguna manera nunca dejé de buscar". Yo me derrito.

Porque por supuesto, esta escena es imposible que no traiga al lector otras novelas o pelis con este mismo planteamiento:  una de mis sagas favoritas, las tres pelis de "Before" de Linklater, donde tampoco se cambian los emails. "Brief encounter", otro encuentro causal en un tren - la prota se llama casualmente Laura. En el París de "Rayuela", Oliveira y La Maga "andaban sin buscarse sabiendo que andaban para encontrarse" o en el maravilloso relato (como todos)  "Manuscrito hallado en un bolsillo" del Gran Cronopio en el que una pareja que sufre el flechazo en el metro no podrá seguir su relación a menos que coincidan otra vez sin forzarlo. Supongo que este recurso de dejarlo todo al azar nos toca a todos, porque quién no ha pensado alguna vez qué nos habría pasado, Ilsas del mundo, si no hubiéramos cogido ese avión. 

Durante los días de la bienale, Jeff y Laura beben una cantidad ingente de bellinis, se meten coca en yates, follan creativamente en hoteles, y sobre todo hablan. De todo esto, me quedo con varias cosas, la primera, ganas (ansia) de los bellinis y su parafernalia, de estar en una sala con más gente, de ir de un grupo a otro, incluso de escucharles decir sandeces sobre el arte, de hacerte pandilla y cambiar de fiesta, de no ver la hora de irte al hotel. Me ha recordado [tristemente con muchas salvedades, nunca bellinis gratis] a algunos congresos en los que he estado, y es todo un poco así, pero sin gente guapa ni arte. Hace tiempo que no voy a congresos con noche y, hace dos años, no hubiera tenido particulares ganas de volver, pero supongo que este último año está obrando cosas extrañas. También me quedo con la aparence facilidad con la que Dyer escribe sobre sexo, en contraste con mis evidentes problemas: en estos divagues que hago intentos desesperados de ficción (pujan en número de lectores y comentaristas con los de viajes- carraspeo- venga, va, ya lo dejo) voy sorteando el tema sexo y "dejándolo para más adelante" porque, sinceramente, no sé cómo hacerlo bien y menos cómo luego darle tranquilamente a "publicar". Pero en cada entrega me doy cuenta que no puedo tener a ese elefante en la habitación, porque no es normal que una protagonista de 25 no tenga esa parte en su vida.  Dyer consigue que no sea cursi, aunque tal vez un poco pasado (para ello la cocaína ayuda, sin duda), ni blando. Por último, me quedo con el personaje de Laura, está claro que el prota la está viendo con esas gafas tintadas del enamoramiento primero (no hay mayor unreliable narrator que el enamorado), pero es que todo lo que ella dice es interesante, ingenioso, con un punto enloquecido y de vuelta. 

Una de los conceptos que más me han gustado del libro ha sido "la vida, en su mejor versión,  va de nunca querer volver a casa". Me ha recordado a aquella de Paul Bowles: "Mientras el turista se apresura por lo general en regresar a su casa al cabo de unos meses o semanas, el viajero, que no pertenece más a un lugar que al siguiente, se desplaza con lentitud de un punto a otro de la tierra”.  A mí esto me pasó cuando viajamos varios meses por latinoamérica: llega un punto en el que la carretera es tu vida y ya no concibes otra manera: no quieres volver a casa- tal vez una vez fui viajera. Pero la aproximación de Jeff no es la del viajero, a no ser que tomemos el enamoramiento como un viaje (que estoy dispuesta a comprarlo), sino porque es feliz:  lo está pasando tan bien en Venecia, que teme -correctamente- que cuando llegue a Londinium, todo se transforme en una calabaza... no digas que fue un sueño, Venecia ocurrió. Por fin no está en ese vuelo o ese bodorrio del que quieres solo escapar.  

Y como tal, los últimos momentos con Laura los pasa debatiéndose sobre cómo van a quedar las cosas entre ellos... porque pedir azar en una ciudad pequeña vale, pero a nivel global? Jeff reflexiona: "a strange modern form of intimacy -not victorian at all- that made it easier to lick someone's ass than to ask when you might see them again". Cuando Laura se va, él ha pasado, como las entradas a fiestas que admiten a uno y a un invitado, de "+1 a -1, paseando por la abarrotada ciudad vacía". Snif, paseo de la mano con él. 

A Jeff lo han vaciado por dentro, pero no es "Muerte en Venecia" sino en Benarés, otra ciudad toda callejuelas y barquichuelas, tan similar y tan diferente. Y esto nos espera al doblar la página. 

~~~ Continuará~~~


 
 

16 febrero 2022

"Grand Hotel Europa" de Ilja Pfeijffer: Un novensayo sobre la decadencia que llevamos dentro

“Grand Hotel Europa”, de Ilja Leonard Pfeijffer -debe ser el primer libro que leo de un holandés- está editado por Acantilado, a los que de entrada hay que agradecer que no pongan foto del autor en la solapa. Mi primer consejo a cualquier potencial lector de este novensayo (en breve explico este término que me acabo de inventar) es que, bajo ningún concepto busque una foto del autor (que dicen es también poeta: “no hace falta escribir poemas, sino ser poeta”, asegura) durante la lectura. Ya lo hice yo por ti y con uno de nosotros con cicatrices de por vida es suficiente. De nada, divagante.

El libro, feminista, no es
Por quitarme esto de encima antes de empezar el divague: la aproximación a todo lo femenino en esta novela es rancio, aburrido, abiertamente misógino. Como el protagonista de la novela se llama como él (es él? es esto auto-ficción?), es complicado saber si está escribiendo desde lo que ha entendido de las mujeres que han pasado por su vida (poco). A mí, viendo sus pintas, me da la impresión de que sí. 

Por ejemplo, Pfeijffer pone a actuar a las mujeres siempre en relación a él y como objetos sentimentales o sexuales (no, Ilja, la Ley de Bechdel la llevas a repesca). Primero está su novia, una historiadora del arte muy lista (según él, “un amor con el que hay estar a la altura”- zzz, acaso hay alguno con el que no?) que claro, está buenísima (Ilja, aquí me cuesta lo de la “suspensión de la incredulidad”: esta mujer se lía contigo?) pero que repite el odioso cliché de “mujer que está continuamente quejándose, dando la lata a su pareja”. La pobre podría haber escapado cuando él le dijo el primer día aquello de “opino que eres preciosa”, y le contestó “cuando piropees, intenta hacerlo como que es un hecho incontestable, no una opinión personal”, pero no: se queda (y hay que verle, esto es lo serio). La segunda es una poetisa francesa feminista enloquecida, con todos los posibles clichés de las feminazis llevados al extremo, físicamente una especie de Cruella sin el pelo ni los perros y mentalmente otra… amargada, claro. Y la tercera una adolescente -yuk- americana, hija de gordos que masca chicle. Todas, según él, quieren follarle y las escenas de sexo son inenarrables. En inglés se dice "cringe". Sinceramente, no puedo explicarlo mejor porque la palabra vergüenza ajena no empieza a cubrir lo que he sentido leyendo esos momentos. Máxime si te has quemado las retinas antes con su imagen (*), como es el caso.

* Nota: he salido con algún auténtico Ecce Homo, así que no se me puede acusar de frivolidad, de meterme con este hombre banalmente. El protagonista (él) va trajeado con aguja, gemelos y demás hasta a la playa, en una idea delirante de dandismo o nosequé. De repente, se pone a describir los atuendos con los que salen él y su novia, y creía que estaba leyendo "American Psycho" con su retahíla de marcas-marcas que por otro lado no he oído en mi vida, lo cual me tranquiliza. Tengo una amiga que le dijo a un imbécil, "tú con esa cara que tienes, cómo puedes permitirte el lujo de ser así de gilipollas?". Pues eso. Solo viéndole me podrían entender: pero resistan. 

El libro, alta literatura no es
Y ya por salir del todo del armario, atención a lo siguiente: no hace falta seguir muchas páginas para darse cuenta de que esto no es Gran Literatura. Sí, es una traducción (y no suelo leer muchas precisamente por esta razón), pero, señoros, he leído traducciones del polaco recientemente (la amiga Olga) y me he dado cuenta que es Literatura. Esto no, así de claro: es un libro que se lee del tirón (tres semanas me ha durado, y soy lectora muy lenta). 

Corolario: formalmente no aporta (y más en comparación con lo que leo ahora, que duele de bonito).

Justificado dedo acusador: Y por qué he seguido, entonces? [Y qué es un novensayo, aparte de un palabro invento mío]
          Pregunta: Entonces, ¿por qué yo, que dejo libros sin problemas (la vita é breve), he persistido con este que tiene la friolera de 647 páginas? 
             Respuesta: La misma por la que lo compré: quería ver cómo escriben una “novensayo” hoy en día la gente por ahí.

Si tuviera educación literaria formal (mi nivel, 2BUP, no lo escondo), tal vez sabría que, igual que hay géneros como el “Bildungsroman” o la “novela de campus” o lo que sea, existe este género que acabo de inventarme y bautizar “novensayo”, o sea, una novela-ensayo (ayuda, si alguie ahí fuera sabe). Una novela donde la trama no es lo importante, un ensayo donde pasa alguna cosilla -pocas- a los personajes, que en general están mas por hablar entre ellos, o incluso leer, que por hacer. Lo que interesa son las reflexiones del autor, los momentos en los que para la acción, ese rollo, y se va a divagar de cualquier tema. 

En el caso de “Grand Hotel Europa”, esos temas estaban definidos en la contracubierta y todos me interesaban: una “crítica al turismo de masas”, una reflexión sobre Europa escrita por un especialista en lenguas clásicas, y por ello una novela que dialoga con Virgilio, Horacio, Séneca”.

          Corolario: Total que por ver cómo se imbrica eso en una novela es por lo que he seguido leyendo. Si alguien llega aquí y ha visto ciertos divagues titulados “Serial y un número” se habrá dado cuenta de dónde viene mi interés. Cartas boca arriba.

Novensayos importantes para mí.
El ejemplo más claro, “La montaña mágica” (cuyo planteamiento es muy similar) de la que recuerdo muy poco porque, como el protagonista Hans Castorp, yo tenía 23 cuando la leí. El personaje que mejor recuerdo es Setembrini, el humanista del que aprendía tanto Castorp: de repente, abría la boca y empezaban tres páginas deliciosas sobre ilustración, democracia, derechos humanos, libertad. Me imagino (y esto me lo acaba de refrescar la wiki, mirando los personajes) que igualmente habría divagaciones sobre el radicalismo, el amor, el hedonismo, el sentido del deber… un festival, vamos.

El segundo ejemplo sería “El nombre de la rosa”, aún leído hace más tiempo (señor, qué miedo). Recuerdo que de lo que se quejaban mis amigas (“de repente para lo que está pasando y se pone a hablar uno de la risa en Aristóteles durante páginas”) era precisamente lo que más me atraía a mí.

Y por fin (y aquí no voy a entrar, o se me faltará), qué decir de La Ballena, una novela que de repente se para un capítulo para hablar enciclopedicamente de los tipos de ballenas o del color blanco.

         Otro corolario: estas novelas-divague, cuando son buenas, son lo más, y algo así ha intentado hacer Pfeijffer con “Grand Hotel Europa”.

          Nota: “The secret history” de Donna Tart podría haber sido un buen novensayo si la autora hubiera escrito más páginas del mundo clásico, en lugar de centrarse en aburridísima acción (lo más interesante, correr en túnicas por el bosque á la Bacco, pero el resto, bajar a llamar a la cabina, zzzz).

La mise-en-scene, el hotel decadente, me encanta. Mi experiencia en uno inglés (doble mérito)
El escenario, este “Grand Hotel Europa” -de nuevo, montaña mágica- es para mí lo más: un no-lugar en el que meter a los personajes, se agita y ver qué pasa con/ entre ellos (eso sí, nada como un manicomio victoriano en Yorkshire, no?). Es imposible no pensar en el “Gran Hotel Budapest” la peli de Wes Anderson de 2014 no solo porque ambos están en un lugar impreciso de las montañas de centroeuropa, sino porque la premisa del escenario es la misma: hoteles que un día fueron el epítome del glamour y el poderío, y que hoy son decadentes, pero esa historia todavía se palpa.

Vivécdota (gracias, Nadie): Como experiencia personal, cómo olvidar un findesemana hace siglos en el “Palace Hotel” de Buxton, un pueblo termal de Derbyshire, donde en el pasado debían ir los ricos a tomar las aguas. Nadie hace decadencia nostálgica como los ingleses, ni el “Grand Hotel Europa” podría nunca superarlo porque lo imagino con suelos de madera, y las moquetas son las moquetas. Pero divago: en fin, que el hotel es, como imaginan, una metáfora de La Vieja Europa y si piensan que esto se ve pelín facilón, sí, lo es. Y no es la única. Y no la peor.

Pero ya vale de vapulear al pobre Ilja, que ahora me meto con los prometidos temas de la cubierta, va a salir a la luz que estoy a partir un piñón con él:

Turismo en la Grecia Clásica: era una cosa
En la contraportada como he dicho hablan del " turismo de masas”, pero esto último sobra: se sobreentiende. Todo el turismo hoy en día es masificado y ovejuno, porque somos legión. Por lo visto,  ya había turistas en la Grecia clásica, pero eran pocos: Herótdoto, Pausanias, Séneca (que intentó vender su desacuerdo con que “viajar te ayuda a olvidar tus preocupaciones”-ya existía esa idea en esa época! -cuando tu cabeza la llevas contigo, por muy lejos que vayas).

Ilja y el mapa del mundo
en la época de Homero
La primera obra de literatura occidental va de un viaje, pero por mucho de que luego haya inspirado a Kavafis a escribir Itaca, Ulises lo que hace es “reflexionar sobre la necesidad de volver a casa”. Jasón también se lanza a un viaje con los argonautas en busca del vellocino de oro; finalidad: recuperar el trono. Eneas sale de una Troya en llamas para buscar un nuevo hogar. Los caballeros de la Mesa Redonda buscan el Santo Grial. En esa época, siempre se busca algo, nunca es “el viaje por el viaje”, eso que hemos comprado los mochileros y hemos hecho de ello el leit motif de nuestras vidas. 

Será que ya no hay nada que buscar, que ya no hay princesa que cantar?

El infierno son los otros turistas

En un punto hace una descripción de “tipos de turistas”: imposible no sentirse reflejada en alguno, es autoflagelación, porque nada peor para un turista que darse cuenta que lo es -todos querríamos ser “viajeros” como escribe Paul Bowles en “El cielo protector” y ya de paso que un bereber nos haga lo que a la Winger colgada de las vigas de la cabaña aquella. Y es que no hay nada que irrite más a un turista que otro turista [el infierno son los otros (turistas)]. 

Por tanto, hay que huir de los otros turistas y para ello cada uno tiene su Naufrago Ro particular de guardia, ese pionero o trailblazer que te orienta sobre sitios auténticos. Pero no cometas el error de creer que esa danza tribal que están haciendo es parte de su diversión semanal: cuando te vas se quitan los ropajes coloristas  y se ponen chándal.

La búqueda de la experiencia
El objetivo es ahora “buscar experiencias”, no hacerte la foto con el Taj Majal. Porque es mejor tener una historia que una foto (las mejores fotos, al final, son las que cuentan una historia). Ya todo el mundo sabe que está feo freír a las visitas con tu album de fotos, pero qué me dicen de abrumar a los amigos con los que quedas a cenar? Menos mal que quedados los discretos que escribimos, que tenemos la decencia de hacer sucintas crónicas de viaje que no hay porqué leer, a menos que se tenga un desorden (saludos a mis dos lectoras). 

Vivécdota: el otro día recordábamos con mis compas de piso (ellos ejemplos máximos de estos turistas de la experiencia) una cena en Fukuoka, una de las capitales “foodies” de Japón, donde lo de menos fue la comida y lo de más, los dos ejecutivos borrachos que conocidos por la calle que nos llevaron hasta allí y con los que cenamos.

Así paso mis vacaciones: dame un like!
Las vacaciones ya no son descanso, como en el pasado. Ahora son una manera de enseñar a los otros nuestra identidad. Soy solidaria, soy aventurera, soy inquieta, soy ciudadana-del-mundo, soy un-rollo-de-tía. Hay hasta turismo de orfanatos, de visitar favelas, de hacer supervivencia en las que hay riesgos reales (escorpiones, amputaciones tras congelación), de cementerios… hay hasta turismo de alquilarte la casita de Peloponeso de un autor! (depravados!).

Las ciudades-decorado: ciudades que han vendido su alma (algunas, placeres culpables)
Venecia es tal vez la más paradigmática. A ella se traslada el autor a vivir con su novia y gran parte del libro describe lo que supone vivir en una ciudad que ha sido vaciada de sus residentes y tomada por los visitantes. Allí ya no hay más que hoteles y Airbnbs. Esto implica un montón de desventajas para los pocos que quedan, desde tener que luchar con hordas de gente sin prisa cuando quieres moverte por tu ciudad, hasta no encontrar una floristería cerca (porque la loca deo conio de su novia se enfada y “a él ni se le ha ocurrido comprarle flores”. Ese es el nivel).

Amsterdam: Ya solo hay tiendas de Nocilla-Nutella, porque son los únicos que pueden pagar los alquileres en el centro.  Por no hablar de lo que molestan los turistas en bici (yo fui una de ellos, y aún me pregunto cómo circulabam las 35.000 bicis que acaban en el canal anualmente si yo salí airosa).

El Londinium desconocido
por los turistas: mi barrio
Barcelona es otro ejemplo de ciudad-decorado y todos sabemos de los esfuerzos locales por intentar ponerle un poco de freno. Mi experiencia en Barna -tal vez por la localización de la ONG que me acoge- es que verdaderamente hay muchos turistas, que cantan happy birthday en la calle a medianoche, por la maniana ya están pronto en las terrazas, ociosos e incluso hay peligrosos de “tercera generación” (aquellos que están de vendedores en librerías de segunda mano o de compras en Ametller Origen).

Londinium, sin embargo, es otra cosa: solo tengo sensación de ver turistas en los “sospechosos habituales”. Tal vez porque es tan grande que se difuminan, pero realmente nunca los encuentras en las mejores partes de la ciudad: sales un par de calles para dentro incluso en el puro centro, o en Knightsbridge, te alejas de Harrods 20 metros, y ya tienes la maravilla que es esta ciudad. Por no hablar de subir a Hampstead, o tirar para Richmond: habrá más gente que en la guerra en un sábado soleado, gilipollas en sus descapotables, pero por lo menos los reconoceremos como “locales”.

Los museos, todos venga a respirar ahí
Yo ya estoy en una edad que solo hago filas por la matona de Mini (Disneyland, ese horror: en una cola me dio para escribir un divague desde el teléfono, y no exagero: aquí la prueba). Veo a la gente esperar para un bar (muy común aquí) y alucino pero, los de los museos: cuánta gente de los que hacen horas de fila para entrar en la Uffizi son verdaderos amantes del arte? Cuántos lo han mirado antes, entienden algo? O es lo que hay que hacer en Florencia? Ilja, que cree que con su cara no es bastante y va de agent provocateur suelta un “se debe tener la Capilla Sixtina abierta expuesta a la respiración del populacho, millones cada año, que ya se sabe que la van a destruir?”

Europa, en caída libre: el patio de recreo del mundo
Pfeijffer comienza por presentar los cinco rasgos distintivos del continente según el erudito y crítico literario George Steiner, a saber: 1. Hay abundancia de cafés (y lo que pasa en ellos-conversaciones, debates, pensamiento), 2. La naturaleza está domesticada, 3. Está empapada de su propia historia. 4. Sus raíces están en Atenas (la razón) y Jerusalén (la revelación) y 5. Es consciente de su propia decadencia.

Pfeijffer es europeísta,  cree en el sueño de la Unión Europea, parece que en contraposición al resto del mundo. Él estudió clásicas y siendo amante de Grecia y Roma es también un gran amante de la tradición. Piensa que no hay tradición como la Europea y que en estos momentos, y hacia el futuro, solo podremos vivir de eso: de vender nuestro pasado. Aquí ya no se produce, y de todas formas, su tesis es que salvo el periodo de la Revolución Industrial (los ingleses y The Rockett), la posición de Europa en el plano económico ha sido siempre marginal. Solo volvemos a donde siempre hemos estado, y ahora nos vamos a convertir en el patio de recreo del mundo, donde vendrán los chinos a ver el coliseo y la catedral de Burgos.

Ni siquiera nuestras universidades son ya las mejores del mundo: UK vive todavía de los coletazos de esa idea, y con la pandemia hubo un susto de pensar qué iba a pasar si los chinos dejaban de venir a Oxbridge, que se paga en este momento con sus renminbis. Lo mismo ocurre con premios Nobel y patentes. No se puede decir que Ilja no se lo haya currado: da datos, rankings y todo tipo de detalles. Go Ilja!

La conclusión es que la identidad de Europa está anquilosada en el pasado. Y por este pasado esplendoroso, sufre la invasión bárbara que la destruirá. No hay futuro aquí, pero quién quiere ese futuro? Atención al siguiente párrafo.

Oriente Medio, donde atan a los halcones para la manicura
Hacia el final del libro, para hacer más evidentes los contrastes entre la cultura del viejo continente y el resto, el autor manda a los protas a una aventura a Abu-Dhabi, uno de esos centros de la horterez y el exceso árabes, donde hacen la manicura (no será pedicura?) a los halcones. 

Vivécdota: Yo estuve allí hace años en un tránsito de los de dormir en hotel. Fue salir a dar una vuelta y espantarme, pero tengo otras referencias (tal vez más válidas que mis 24 horas) que repiten exactamente lo mismo que describe Pfeijffer: una amiga que se fue allí en teoría para cinco años se volvió a los dos porque no lo pudo soportar (ella era alguien “normal” aquí, pero allí tenía criada y chófer, primero porque la mano de obra es tan barata, prácticamente esclava y segundo porque no se podía ir a ningún sitio caminando, todo autopistas de 5 carriles más escalextric). Para qué vivir en una “villa con piscina” si no puedes salir a bañarte “por el calor”? Alguien cercano que acaba de volver de Dubai lo re-confirma: no hay aceras, en los centros comerciales se desarrolla la vida, y su única salida es el aparcamiento.

Gracias a la tarea de documentación de Ilja, he aprendido que en Abu Dhabi han abierto un Louvre: se han gastado todos los petrodólares del mundo no porque valoren el arte que irán poco a poco adquiriendo, sino porque ese arte es caro: “eleva sus pollas, no su espíritu”. Saben su precio, pero no su valor. Y como lo pueden pagar, lo hacen. Pero como carecen de tradición, no se dan cuenta de que los materiales con los que han sido pintados esos cuadros no van a resistir, por mucho aire acondicionado que le pongan, las condiciones climáticas de lo que es, esencialmente, vivir en un desierto.

Perdurabilidad y Arte moderno

Lo efímero mola
Lejos quedan los días en los que los pintores clásicos pasaban años en los talleres aprendiendo con los materiales a fabricarse su propia pintura. El que fueran de gran calidad ha contribuido a que las obras hayan perdurado. Hoy en día, hacen una patata con papel maché, una “instalación” que va a durar cinco minutos, no solo en la memoria del que la ve, sino también porque el material es efímero y cutre.

Pfeijffer dedica un capítulo a la exposición de Hirst en Venecia de 2017 “los tesoros del naufragio de El Increíble”, para lo cual sumergió en el mar macroesculturas hechas con materiales de gran calidad (bronce), solo para filmar la extracción con grúas, y les pegó los crustáceos y algas que tendrían si hubieran estado en el fondo del mar verdaderamente dos mil años, y luego pintó el bronce de colores para que pareciera plastiquete. No sé si Pfeijffer leyó en el folleto explicativo -o lo dedujo él- que es una reflexión sobre la perdurabilidad del arte. He de admitir que, en mi google imágenes paralelo, algunas piezas me gustaron, y eso que tengo graves prejuicios sobre Damien Hirst, no solo tras leer a Houellebecq, que le da pa’l pelo en el gran “El mapa y el territorio” sino porque yo, divagante, estuve en la famosa exposición de la Tate Modern hace diez años con el corte sagital de vaca y aún tengo residuos de estrés postraumático. Y como digo, lo que parece que no ha cambiado es lo del folleto explicativo: cuando te tienen que explicar el arte psicoanalíticamente, algo va mal.

“El arte no puede ser moderado. Todo lo que hace tolerable el trato con otras personas no tiene cabida. (...) El buen arte siempre es extremo, porque no admite compromiso”.

Política: refugiados, preservar la cultura, lo público
Ya he dicho que Pjeijffer va espolvoreando ideas “políticamente incorrectas” durante la novela, no sé si por adoptar una pose de provocador, ser el enfant terrible de los tulipanes. No sé cómo se sentirán los chinos, americanos, árabes y demás penia a los que dibuja como incultos, gordos, caprichosos (imagino que esto en España no llamará la atención) al leer el novensayo.

Pero luego se pone a hablar de los refugiados, que “han pagado más por su pasaje en la patera que los gordos de los cruceros” y hay un personaje simbólico en el hotel, el botones, que el autor usa para hablar de intertextualidad porque representa ese viaje, haciendo un paralelismo con los clásicos, en este caso La Eneida.

O sobre el error del afán de preservar “una cultura”, porque “el choque entre dos culturas no conduce al exterminio de una por otra, sino a una nueva donde las dos salen ganando”. Todas las culturas son un cóctel de culturas. “El turismo, esa invasión bárbara de europa que se ve como “modelo de negocio”, supone mucha mayor amenaza que la de los africanos que serán, a final, la único que puede ofrecer perspectivas de futuro al continente” .

O del dinero público: con él se pagan los destrozos que causan los turistas, la limpieza de sus potadas y sus visitas a la comisaría o urgencias tras los balconings de mis co-isleños. Pero los beneficios de sus alquileres y demás van a bolsillos privados, en su mayoría multinacionales extranjeras. El gobierno debería ser la entidad reguladora para acotar estos abusos, establecimiento mínimos, pero hoy en día no hay árbitro..

Habrá que ir terminando
Hay muchas cosas que he aprendido con este libro: tantas anotaciones son directamente proporcionales a la extensión (excesiva, desaforada, lo sé) de este divague. Me han dado ganas de investigar la personalidad de Caravaggio, un psicópata de libro. He querido leer a Virgilio, a Horacio, releer  “La muerte en Venecia” y haber estado en en la ciudad de los canales cuando Mann, Mahler, Hemingway paseaban por ahí. 

Y una última debilidad mía: me ha gustado su visión metaliteraria, el “no se experimentan las cosas de verdad hasta que no se escriben”, porque no he dicho (aquí no se desvelan tramas, pero si alguien ha llegado hasta aquí lo merece, por incaut@) que Ilja se retira al hotel para curar su mal de amor, y cómo mejor que escribirlo: “Quien no recuerda primero con detalle todo lo que quiere olvidar, corre el riesgo de olvidarse de olvidar ciertas cosas”. 

Igual que hasta que no se revelan las fotos (hoy, hasta que no se guardan en algún disco duro o alguna nube- el gran monumento de nuestra época, internet, es efímero) y se termina el diario de viaje no se termina este, "hasta que no se escribe una historia, no se cierra", dice Ilja. Aunque solo sea por verbalizar esta idea que todas las que escribimos implícitamente sabíamos: gracias Ilja. Y por hacerme ver que no hay que ser Melville para escribir un novensayo.