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10 diciembre 2021

"El camino a la publicación" de María Antonia De Miquel se pasea por Cheyne Walk

Supongo que no estoy sola en esto: a la mayoría de la gente atrapada por lo del escribir le apasiona hablar del proceso. Por algo hay tantos escritores metaliterarios- Vila-MatasBolaño, el recién descubierto Piglia- supongo que les viene de esa misma pulsión. Y por eso me gustarán tanto, y por eso, de cuando en cuando, leo libros del tema. Hace poco he terminado dos: "El camino a la publicación", de la divaganta Elena Rius y "Sobre escribir" de Stephen King. Pensaba hacer un divague conjunto porque se complementan muy bien pero, una vez más, ellos tenían otros planes, y empezaré con Elena.  Que podría parecer que es empezar la casa por el tejado -bien habrá que escribir antes de intentar publicar-, pero para qué están las reglas...

Elena Rius es una de nuestras divagantas fetiches, que hace creer al mundo que se llama "María Antonia De Miquel", o por lo menos así publica sus libros. Es una de las pocas personas que, cuando está frente a mí me llama Di, lo cual me sigue chocando, después de tantos años. No es cuestión de identidad: claro que soy Di, pero por lo que sea, la gente del bloguerío que he acabado conociendo me llaman por el nombre de impostora de día, y cuando Elena me llama Di tomándonos un zumo en una librería, me hace mucha gracia. Yo a ella también la llamo Elena y cuando la tengo que presentar me lío un poco. No ayuda en el desdoblamiento que la voz de Elena la del blog y María Antonia la de los libros es la misma. 

El libro de Elena y el Albert Bridge
 (de Battersea a Chelsea)
Elena también me dedica sus libros con un "para Di" (qué ilusión tener libros dedicados por una autora que conoces!!). Ya me regaló una compilación de entradas de su blog "El síndrome del lector"  y luego me compré y aquí divagué de su  "Leer mejor para escribir mejor". Lo ha vuelto a hacer con su "El camino a la publicación", un libro que va de lo que dice en el envoltorio, y está basado en su enorme experiencia en el mundo editorial y con el que he aprendido muchísimo. 

Nota: Antes de empezar, como no puedo corresponder regalándole uno de mis (inexistentes) libros y se aproxima esta época de paz y amor, un amago de presente que sé le gustará: las fotos de hoy son del libro -que llevaba el otro día en la mochila en mi paseo en bici- por algún rincón bonito (o literario) de la ciudad. A la izquierda con el maravilloso Albert Bridge (que hay que ver también por la noche) y las otras dos, en una de esas calles de Londinium que hay que visitar si amas la literatura: Cheyne Walk. Las placas azules se ven muy pequeñas, pero una es la casa de Dante Rossetti y la otra -levantemos el corazón- la de George Elliott. Palabras mayores. 

Elena tiene un estilo muy simpático: te está hablando esa amiga con la que tienes mucha confianza que ha pasado antes por [añada la situación vital que sea] y que te pone los pies en el suelo: "no se te ocurrirá hacer X o Y, no?" (y tú: ups, ya lo he hecho, pero tal vez aún estemos a tiempo). Está dirigido a gente que ha escrito su primera novela y no tiene ni remota idea del mundo editorial, de cómo funciona, ni de navegar en él. Vamos, yo. Solo que yo no he escrito aún mi primera novela, aunque ella en la dedicatoria no tira del todo la toalla. Es demasido amable. 

La edición tradicional
En la primera parte, Rius nos habla de algunos básicos, que yo no conocía: qué hace exactamente un editor, o un agente, y  cómo funciona una editorial-un mundo. Ante todo, enfatiza la importancia de enviar tu libro a la editorial adecuada: lo que pase con tu libro no es nada personal, nunca (aunque imposible no tomarlo así, claro, es tu baby!). Hay editoriales en las que, si hubieras mirado su catálogo, entenderías porqué tu novela no encaja. Pero además, hay que recordar que una editorial es una empresa y lo suyo es ganar -y si eso, no perder- pasta: aunque piensen que tu novela no es un horror, incluso aunque les guste, si ven no se la va a leer -mejor dicho, a comprar- la peña, pues no. Hay que recordar los múltiples rechazos a JK Rowling e inspirar.  Rius, que ha conocido a muchos autores, concluye que, al final, los publicados no han sido necesariamente los que han escrito las novelas de mayor calidad, sino los perseverantes. 

He aprendido que existe una modalidad en la que solo se imprimen los libros vendidos (esto es posible hoy en día tras la revolución informática) y Rius explica cómo ha evolucionado la impresión, los nuevo programas de maquetación, etc. Cuando viajábamos por latinoamérica compramos algunos libros que a saber quién los había editado, más bien parecían una revista de instituto: cualquiera que haya leído esos libros entenderá la importancia de hacer bien todo eso de la impresión, y que es algo profesional. 


En la casa de Dante Rossetti,
Cheyne Walk
Publicar por tu cuenta
Me he quedado a cuadros: el 25% de los autores se autopublica. Yo tengo un amigo que lo hizo, y hace poco estuvo en casa y nos contó su experiencia. Yo le traté de explicar mi primera barrera para el tema: no hace mucho, en uno de estos libros sobre escritura ("The way to write"), los autores dijeron algo así como que "alguien que escribe nunca sabe si lo que escribe es bueno; solo sabe que sigue escribiendo". Me identifico plenamente con esa frase y por tanto, para mí sería fundamental que alguien que se supone entiende me dijera "mira, nena, tú vales mucho" (o lo que viene siendo, merece la pena talar un par de árboles para publicar esto). Ya me parece suficiente osadía darle al "publicar" de Blogger un par de veces por semana, como para lanzarme a la autopublicación. 

No tenía ni idea de que una parte del proceso de la publicación es "la correción de estilo". Quiero decir, además del editor, alguien lee tu engendro y anota si un verbo está en plural y el sujeto en singular, erratas, giros gramaticales que no se entienden. Pero, a ver, a los grandes famosísimos escritores alguien les "limpia" el estilo? A mí esto me iría fenomenal, porque aunque obviamente releo lo que he regurgitado rápidamente cuando escribo un divague, soy consciente de que tienen muchos errores de ese tipo. Incluso en "Serial" que lo releo en voz alta (son los únicos que releo en voz alta), sé que debo dejar muchos errores. Pero supongo que debe haber cosas que una escribe así raras, porque te gustan, y que te lo corrijan si eres J Franzen debe ser complicado, porque seguramente el corrector tendrá razón, pero seguramente tú te habrás enganchado a una metáfora que te encanta pero no funciona, porque nadie más que tú la ve. Me ha pasado. 

He sufrido con el tema de la cubierta de tu libro, que es elegida por la editorial: a veces te lo comentan, pero no vas a tener la última palabra. A mí esto me causaría un dolor inenarrable, si eligieran una cubierta que no me gustase, que yo pensara que no representase mi trabajo. "No se puede juzgar un libro por su cubierta", dice el refrán: vaya que si se puede. Y en muchos casos, el brilli-brilli exterior es como el algodón que no engaña sobre la carencia de brillantez interior. 

El marketing del escritor 
En el capítulo de marketing del escritor me he venido abajo: es más duro de lo que pensaba. No se trata de promocionar tu novela cuando sale en la presentación en la librería de un amigo en tu Vetusta de turno y un par de enlaces en redes sociales, es un trabajo continuo, y que ya no has de dejar -porque, obviamente, tras tu primera novela, has de ponerte a escribir otra. Rius lo llama "plan de marketing a largo plazo". 

Yo tenía una granja en Africa digo, una cuenta de Instagram que antes usaba como álbum de fotos y para ver fotografía de otros. Y viajes. Cuando esta red "lo petó" pasé a seguir a editoriales y algún autor (y a dejar de usarlo como álbum de fotos, pero esa es otra historia). Cada vez que abro Instagram me encuentro con una autora que ha sido un bomba editorial este año, lo ha vendido todo y aún así, está siempre ahí,  incansable. Antes no lo entendía, ahora veo por qué: hay que estar. 

También en Cheyne Walk
vivió George Elliott
Otra red, twitter, la de la gente cabreada. "Yo tenía una cuenta en twitter a pie de las colinas de Ngong" (qué más quisiera) digo, con el único objetivo de "promocionar el blog". Estos fueron mis intentos embrionarios de "marketing de la bloguera" que llegaron a ningún sitio porque enseguida me aburrí de colgar los enlaces. Rius recomienda "unos seis tuits al día!!!!" A su vez, nos dice que "la escritura exige concentración y disponibilidad de espíritu, algo por lo general incompatible con una intensa actividad social", y me planteo la dificultad de combinar a ese Jeckyll y a este Hyde que quiere que, esencialmente, le dejen en paz.

Dentro de la promoción están las entrevistas, lo que viene siendo "he venido aquí a hablar de mi libro". Como decía al principio, si hablar del proceso ya mola, supongo que hablar del producto final, tu novela, es el sueño dorado de cualquiera que escriba.  Aunque hayas perdido totalmente la objetividad ante una cosas que acabas queriendo tanto, siempre puedes  explicar cómo surgió la idea, que no tienes nada que ver con la protagonista, y por qué la has escrito. Esta última es la más dificil: alguien que quiera quedar ingenioso puede intentar la versión alpinista  "porque estaba ahí", aunque yo creo que la verdadera es "porque me lo pasaba tan bien escribiendo". Rius aconseja pensar siempre en que al lector le interesa tu faceta como escritor, no tu vida personal y de hecho, ella misma me ha contado que ha conocido a muchos escritores buenos bien desagradables. Yo tengo que admitir que en entrevistas con mis escritores favoritos me gustaría saber de su vida personal -será deformación profesional-, aunque  es arriesgado. 

Sobre la imagen digital del escritor, la autora nos habla de los blogs. Aquí no puedo evitar un guau de admiración: habrá autores que no hayan escrito un blog, que han comenzado escribiendo seriamente en silencio en sus docus de word, sin brasear al personal. Para ellos el blog es una herramienta más de promoción. Luego cita a blogueros que han dado el salto a papel que se sentían seguros "porque tenían un grupo de lectores que iban a comprar su libro".  Habla de distintos tipos: los "blogs de consejos a escritores", los "blogs de reseñas" y luego los "blogs personales" que son, en el fondo, un diario del autor. Yo añadiría otro tipo,  un blog como el suyo "Notas para lectores curiosos", que es un blog puramente literario, y no se engloba en ninguno de los epígrafes anteriores. Entre los personales, mucha ilusión ver citada a "la experta bloguera" Mo - mi conexión con Elena- y su entrada de cómo el blog "es tu casa" y cómo planeas escribir una entrada en tu cabeza . Última nota sobre los blogs (en serio): no me había planteado esto que dice Rius, que un blog funciona "cuando es capaz de crear una comunidad", una comunidad porque sí. :)

Elena ha escrito un libro indispensable para el que aspire a publicar, y muy ilustrativo para cualquiera que le guste escribir o incluso leer. Yo he aprendido mucho , a medida que pasaba por diversas fases, desde el "Di: no hay nada que hacer", hasta venirme arriba al leer esto


porque creo que todos los que hemos intentado esto del escribir, mejor o peor, nos hemos sentido así , que "este es mi libro, con bastantes de mis neurosis, parte de mi razón y todo el corazón, y nadie más lo podría haber escrito".  

08 diciembre 2021

12 años: Y por fin, un haiku!

 La situación es dramática: el blog cumple hoy DOCE años y no tengo ni idea qué escribir. Podría no publicar, como otras veces que se me olvida. Pero justo este año lo he recordado y además el doce es un "número sublime" (en serio, esto es una cosa), luego no lo puedo dejar pasar.

Es que ya ha sido intentado todo en esto de la celebración: desde recordar el primer cumple, con fotitos de las divas bebés, hasta hacer balance de cómo ha cambiado el divlog, pasando por otro favorito del metabloguerismo -autoflagelación de que no hay nadie ahí afuera. Es como una fiesta temática anual en la que ya nos hemos disfrazado de todo.

En inglés se llama pommegranite,
y me gusta

Así que este año, con nueva vocación de brevedad -"Todos con el haiku"-, ahí van una foto-regalo que hice ayer cuando me preparaba el desayuno y un par de tarjetas pretendidamente humorísticas para daros las gracias a l@s que aún practicáis de vez en cuando la autopunición ("placer culpable" tal vez podría llevar a confusión) de divagar. 

Como veis, no estamos tan desesperadas - guardaremos la baza de la fiesta de camisetas mojadas para otro año. 

Love you all. 

di


Gracias por dejar ese extremedamente corto -
pero aún así vagamente positivo- comentario en mi blog


Gracias por ser la única persona que lee mi blog,
pese a ser a la que menos le conviene

04 diciembre 2021

Serial 38. Un diván en el desván, un Goya en la National Gallery y la terrible brecha entre "en frío" y "en caliente".

A media mañana, cuando termino el ingreso, vuelvo un momento a casa. Tengo supervisión con Cook en un rato y me he olvidado el cuaderno con la revisión de la literatura que me pidió. Los actos fallidos, ¿eh, Herr Freud? Sister Harding, serán 10 minutos, y ella amaga una sonrisa. Al llegar a casa, la puerta abierta. Dejo los zapatos abajo en el recibidor, y al final de la escalera está uno de mantenimiento. Septiembre: revisar las tuberías para poner a punto el sistema de calefacción que, en realidad, nunca se ha apagado del todo. Se necesita algunas noches: así es la vida en el norte. Ruido de radiadores, huele a algo químico, su colega está arriba, en la buhardilla.

No sabía que había acceso a la buhardilla. Desde fuera, la casa parece que tiene solo un piso: los bajos son un almacén donde guardamos bicis, equipo deportivo, las maletas. En el primer piso hacemos la vida. Pero si te alejas un poco en la pradera, se ve el tejado inclinado que, hoy descubro, tiene dentro vida propia. Cómo no me di cuenta que el pasillo del fondo, el que no lleva a ningún sitio, tiene en el techo una trampilla. De la que, veo ahora, sale una escalera desplegable.

¡Hola!, digo desde abajo. Subo varios peldaños y otra vez, esta interrogativa: ¿hola? Una voz grave grita, adelante, dándome permiso para sacar primero la cabeza y por fin subir. Tal vez soy una persona impresionable y predispuesta a maravillarme por tonterías o por lo menos, por ciertas tonterías: me quedo anonadada. Se trata de una gran estancia -su extensión es como la de toda la casa, aunque solo en el centro se puede caminar de pie. Tiene varias claraboyas que la llenan de luz. Un espacio diáfano prácticamente desamueblado si no es por lo que parece... ¡un diván!

-Pasa, pasa - me dice el hombre al que he visto otras veces arreglando cosas por Banderley, un señor de ojillos brillantes que debe estar a punto de jubilarse.


Diván de Sigmund Freud,
en el Freud Museum,
Hamsptead, Londinium
No puedo disimular la emoción que me causa aquel lugar, ni lo intento. Me mira extrañado. Cuando llego al diván, le pregunto si le puedo quitar la sábana que lo cubre. El diván es, ahí afuera, el símbolo universal del psicoanálisis, después de que Freud lo usara para invitar a la "asociación libre". No debería yo seguirle el juego pero, algún día, cuando tenga casa, tendré un diván. Por supuesto, irónicamente.  Nunca me he sentado en uno como paciente, ni nunca sentaré en uno a ninguno de los míos, pero este es una maravilla. El hombre no sabe cómo ha llegado hasta aquí: a las buhardillas solo acceden ellos, que él sepa, y lleva por los menos tantos años como él en Banderley. Echa una carcajada, son unos cuantos, créeme, entré de aprendiz con 16. Doy la vuelta sobre mí misma mirando hacia el techo, como en las pelis de Navidad cuando nieva: este lugar es perfecto, solo falta una luz de pie al lado del diván. Mi “habitación propia”, mi cobertizo del jardín, mi casita de árbol. Escribir. Pero no le digo nada, vuelvo a cubrir el diván, muchas gracias, me voy. ¿Cómo se llama? Y le extiendo la mano. Mr. Foster, Phil Foster. Mientras bajo pienso que el señor Foster no se ha movido de esta zona del mundo en su vida, casi medio siglo en Banderley. El otro hombre está en el almacén cuando me marcho. Al llegar a la entrada principal de Banderley-C, obviamente no he cogido el cuaderno para el que había vuelto. ¿En serio Mariona? Desando el camino por la pradera, y de lejos veo a los hombres salir. Cojo el cuaderno y voy al pasillo del fondo, como para asegurarme que la trampilla al desván está ahí. Efectivamente.

Cook me está esperando: que llego tarde, que habíamos quedado a y media. No, era a en punto. No, era a y media. No, a en punto, y abro mi diario. El, sin datos, no puede contratacar y se sienta como un niño cabreado. De todas formas, está mucho más accesible desde que volví de Marcé, gran contraste con Steen. Steen, el ausente, el encantador de enfermeras, el pequeño Napoleón: ya me he olvidado de él. Cook es un viejo gruñón aburrido cuya única novedad son, cada seis meses, los distintos residentes a los que calentarles la cabeza con sus intereses académicos tipo “el género humano”. Al principio impresiona mucho: cómo olvidar el terror en esas sesiones de supervisión, sometida a interrogatorios, sin saber por dónde me daba el aire. Ahora, desde que estudio para los exámenes, estoy más al día de la última evidencia que él. Y se ha dado cuenta. No le fastidia, es más, me utiliza para saber por dónde va la investigación en campos que él no se ha molestado en leer desde hace décadas. Uno de los primeros días de esta segunda fase juntos le pegué un repaso a propósito de la heredabilidad de la esquizofrenia, y se dio cuenta de que yo ya no era la que me había ido. Igual estoy siendo injusta, tampoco es que él esté anclado en "la madre esquizofrenogénica". El balance de nuestro poder, por tanto, ha virado un poco: seguimos jugando el papel de que él es el que maneja el arte, el viejo zorro que se sabe todos los trucos clínicos, y yo la ciencia, con todos esos artículos de los que él mismo admite, solo se lee el resumen porque ya no entiende nada de la estadística de la sección resultados. Cómo este hombre sigue haciendo investigación es un misterio: bueno, no lo es, está claro que se lo hacen otros. Así es este mundo en el que aspiro a ingresar con el examen dentro de un mes.

Nada más entrar, cuando le quiero hablar de mis planes con un par de pacientes que no responden a la medicación, me desvía descaradamente. Quiere hablar del paciente pintor, y me mira divertido. Le han llegado noticias de la terapeuta ocupacional, me imagino. El pintor es un hombre de unos 60 con un Trastorno Afectivo Bipolar ingresado por una fase maníaca, ya estabilizándose: pronto le daremos el alta. Me encanta escucharle, es una enciclopedia de arte, y siempre terminamos hablando de Goya: a ambos nos entusiasma. Con dolor me cuenta que nunca ha estado en El Prado, es su asignatura pendiente. Ver las pinturas negras: ¿qué debe ser eso, cuando se está en la fase depresiva de sus ciclos? Me pregunta si creo que Goya estaba deprimido cuando los pintó. Él se puede identificar plenamente con el Goya exiliado, gruñón, desencantado cuando está hundido (como su "Perro semihundido", ¿lo conoces?). Pero ahora no, ahora acaba de estar en la cresta de la ola, aunque va de bajada, nuestros antipsicóticos mediante-y me hace una mueca. No le importa admitir que disfruta de sus fases maníacas, por lo menos de las hipomaníacas, cuando aún no ha perdido la introspección, el contacto con la realidad, y está simplemente llenándose de energía, que le sale por todos los sitios. Energía creativa, todo son ideas y proyectos y planes, aunque tiene claro que nada se materializa de esos estados- esas cosas solo le pasaban a William Blake, se ríe. Me intenta explicar cómo se siente la hipomanía: es como estar enamorado, ¿sabes? Porque tú sabrás lo que es eso ¿no? Intento desviar la conversación: primeros principios, no dar información personal. Pero él siempre me acaba trayendo otra vez: ¿por qué me gusta Goya, por qué precisamente "Los Fusilamientos del 3 de Mayo"? Es un cuadro que a él le ha obsesionado toda su vida. Me habla de rasgos técnicos, de que es la primera obra de arte contemporáneo, le brillan los ojos, y me deben brillar a mí cuando le hablo de la crítica a la guerra subyacente, del hombre de la camisa blanca. No me extraña que le hayan dicho a Cook que paso demasiado rato con él.

A veces voy a verlo a la sala de Terapia Ocupacional, y me enseña sus lienzos. Ahora están llenos de brillo, de colores cálidos. Reconoce que son un poco excesivos, los empezó antes de que la medicación le bajara de la nube: entonces le parecían geniales, ahora una mierda. Quiere saber si tengo vena artística, cambio de tema. Querría dibujarme, cambio de tema. Quiere saber si echo de menos a mi familia, cambio de tema. Me dice que no va a dejar de preguntar, pese a que yo abiertamente cambie de tema. Sabe que no tengo otra opción, no se lo toma personal. Quiero darle de alta, pero a la vez quiero seguir hablando con él.

"El hechizado por fuerza",
Francisco de Goya, 
National Gallery
Me habla de los Goyas que hay en el Reino Unido, un puñado, estos sí que los ha visto. Ha pasado horas muertas en la National Gallery, donde están casi todos. Su favorito es "El hechizado por fuerza” o “La lámpara del diablo”, lo conozco? No. Pues he de ir. Es uno de los seis cuadros de brujerías que Goya pintó en 1798, como siempre cargando contra la superstición ligada a la incultura de la época. Cierra los ojos, me dice, y me lo describe: imagina una estancia como de las pinturas negras, tenebrosa, sucia, que te da miedo. Asiento. En el centro hay un personaje miserable, que representa todo lo que Goya odiaba: la tacañería, la gula, la superstición. Un cura. A su lado, el demonio, representado como siempre por un cabrón, con sus cuernos rizados y las cuencas de los ojos vacías, sujetando una lámpara. El cura se tapa la boca para que el diablo no entre en su cuerpo, a la vez que llena con aceite la lámpara que sujeta Satán. La pared me apasiona: tres burros, la ignorancia, bailando. Tienes unas pestañas muy largas, doctora Calleha, dice tras una pausa. Abro los ojos, me tengo que ir.

No le digo estos detalles a Cook, a saber lo que le han contado los de enfermería. Me intento escapar con un par de lugares comunes del tema artístico para quitármelo de encima, e intento pasar al tema medicación. Pero menudo es Cook para que le cambien de tema, debería aprender de él. Empieza su monólogo y, sus opiniones del mundo del arte son, cómo decirlo, muy Cook. El arte contemporáneo es la nueva religión de la clase media-alta liberal; los museos, sus nuevos templos. Los feligreses acuden, incluso sin disimilar, los domingos: en Londres, le han contado, es escandaloso. Si vas de viaje, son las nuevas peregrinaciones. Me echo para atrás en la silla, lo que viene siendo el "ponte cómoda", porque veo que esto va para rato: inútil resistirse. Un tío me va a explicar algo, otra vez.

Cook cree que el arte es el producto de adaptaciones evolutivas. Partamos de que lo que hoy nos da placer es lo que promovía la salud y desarrollo, lo que les hacía más aptos a nuestros antepasados: la comida, el sexo, y la seguridad. Sobre esto último, todo empieza con el placer estético de experimentar objetos simétricos, el ojo humano ama la simetría. Y algo que nos da "placer visual" (me mira por encima de sus gafas como si pusiera un entrecomillado) en entornos naturales, puede también promover salud y supervivencia. Por ejemplo, si hemos captado patrones de simetría en la sabana, somos menos vulnerables a depredadores.


Bullingdon Club, Oxford:
"The Theory of the Leisure Class"
Pero pero pero, lo que a él le parece lo más interesante en esto del arte es la "psicología del gusto". Se para un momento, como para que yo me dé cuenta de que ha dicho la palabra "psicología", así que no estamos tan lejos de una supervisión. Yo me cambio de pierna -las tengo cruzadas- cuando en realidad querría ponerlas sobre la mesa, o sentarme encima de una y agarrarme la otra, doblada. Y sigue: nuestros gustos artísticos reflejan una búsqueda de estatus. Como no podemos ver las cuentas corrientes de nuestros vecinos, una buena manera de evaluar cuánto tienen, es estudiar en lo que tiran el dinero. Y entiéndame, estoy siendo provocador, pero es que el arte no "sirve" -nuevas comillas- para nada. Esto no es mío, dice, ¿ha oído hablar de Thorstein Veblen? No. Me mira con cierto escándalo. Veblen era un sociólogo y economista americano, el que escribió "La teoría de la clase ociosa". Me sigue mirando, esperando que asienta, yo sigo en blanco. Veblen habla de que la psicología del gusto está impulsada por los tres "cánones pecuniarios": consumo ostensible, ocio ostensible y malgasto llamativo. Por empezar con el consumo, estaremos de acuerdo en que los símbolos de estatus están hechos con materiales difíciles de conseguir y por personal muy especializado. Yo intento el duro equilibrio de no asentir demasiado, o no saldré nunca de aquí, a la vez que no resultar maleducada: de vez en cuando hago un ruidito que suena como un ahá sin entusiasmo. El arte es un ejemplo de consumo ostensible o llamativo: no tiene función práctica y los artistas han de tener una técnica o habilidades especiales, que son admiradas por el resto. Esta virtuosidad artística es sexy, algunos piensan que en el fondo, el impulso de crear arte es una técnica para ligar, usted qué piensa, que aún es joven. Yo no tengo ni idea qué pienso (¿no es la pura selección de los mejores rasgos que va a asegurar la supervivencia de nuestros genes lo que atrae?), pero eso no es problema: pregunta retórica y él sigue con su conferencia. No: él piensa que el arte va de impresionar a otros dejando claro tu estatus social. El ser un " connoisseur" de obras culturales inaccesibles te hace miembro de ciertos estratos de la sociedad. Y cuanto más inaccesibles, mejor. ¿Ha leído usted a Pierre Bourdieu? De nuevo: no. De nuevo, pequeño teatrito del escándalo. Tiene que leer "Distinción", si le interesa entender algo de este tema: no es lectura fácil, pero merece la pena. Ningún juicio de gusto es inocente ni puro: cada día elegimos entre lo que encontramos estéticamente agradable y lo que consideramos de mal gusto. Bourdieu se centra en la burguesía francesa, pero se puede extrapolar a cualquier sociedad occidental: nuestras elecciones estéticas están hechas en oposición a las de otras clases. Estas pequeñas distinciones de gusto son simbólicas y se convierten en la base del juicio social. Todos somos snobs, doctora Calleha.

Me separo del respaldo de la silla, pongo las manos en el borde de la mesa y le planteo si leer un ensayo de un oscuro crítico del capitalismo de 1899 sobre el consumo ostentoso, o el de un francés sobre una crítica social del gusto, publicado hace 20 años no es el equivalente de alinearte con cierto arte así llamado elevado para querer pertenecer. Con la narrativa es diferente, dice, porque hay contenido, no solo simbolismo. Llaman a la puerta: es Sister Harding, toda sonrisas, que quiere que le firme unas recetas.

Al volver a casa no hay nadie. Se ha puesto a llover. Verano: game over. Hay una nota en el imán del frigo, “estamos estudiando neuro en la biblioteca”. Es la letra de Sandip: qué social, quién le habrá hecho escribir esto. Debería coger los apuntes y reunirme con ellos, estudiar algo. Es tan duro esto: todo el día trabajando, algunas noches de guardia y, las que no, memorizar. Paso unos segundos sintiendo pena de mí misma, pero enseguida me aburro: no tengo paciencia ni para eso. Mis pies me han llevado al pasillo trasero donde está la entrada al desván. Estoy sola, cómo desaprovechar este momento. Abrir la trampilla, subir unos peldaños, solo sacar la cabeza a ver si está todo como por la mañana (¿cómo va a estar?). Pero antes, cojo el cuaderno y la pluma, y ábrete sésamo, y ya estoy arriba. Rasss, descubro el diván. Con la espalda apoyada en el respaldo, y el cuaderno sobre las piernas dobladas comienzo a escribir. Y me sale todo, como en trance: la conversación con el pintor, que no se me olvide nada, algunas de las frases efectistas de Cook, e ideas mías intercaladas. Me encanta este lugar, necesito encontrar una pequeña luz lateral y ya. Me debato si debería decirles a los demás que lo he encontrado.

Llego a la biblio llena de energía: en una zona del fondo, alrededor de una mesa están Duncan, Yolanda y Sandip. Atlas de neuroanatomía abiertos, notas, mindmaps. Llevan ya un rato y están aburridos del sistema límbico. Todos menos Sandip, que anota interesadísimo hasta el último detalle: me pregunto por qué no se habrá hecho anatomopatólogo. Yolanda y Duncan, los dos aspirantes a psiquiatras forenses, están hablando de juicios, sobre las valoraciones del jurado y la validez de las sentencias de jueces. Porque, dicen, todos ellos están, en frío, determinando cómo tratar a gente que, la mayoría de las veces actuaron en caliente. A no ser que te toque un psicópata, que actúa en frío- y es evidente que esta es la parte de la conversación que a ambos obsesiona.

Yo no había oído nunca hablar de "la brecha de la empatía en frío-en caliente" (“hot-cold empathy gap”). Al menos con ese nombre, y con los estudios asociados: ya tengo algo para contarle a Cook el próximo día. Algo que te pone en contacto con el "extraño que llevas dentro", porque a todos nos pasa: cuando estamos "en frío", no nos reconocemos en algunos comportamientos de cuando estábamos "en caliente". Estos estados pueden ser fisiológicos (como frío, o dolor, o hambre, o excitación sexual), o una emoción muy fuerte (como miedo, o ira, o enamoramiento) y cuando no los estás experimentando, cuando ya se te han pasado, te cuesta imaginarte a ti mismo en esa situación. Cuando estamos "en frío", somos lógicos, prudentes y no entendemos como "en caliente", nuestras emociones nos sobrepasan. Esta falta de empatía hacia nosotros mismos es la brecha a la que aluden, que tiene además un vector temporal: la brecha retrospectiva, esa mañana siguiente que no nos explicamos la noche anterior, pero también hacia futuro, porque olvidamos que, cuando volvamos a estar en un estado "en caliente", no podremos acceder a nuestra lógica de "en frío".

Pero, además, la brecha no solo nos hace llegar a conclusiones equivocadas con respecto a nosotros mismos, nuestras acciones y motivaciones, sino que también nos hace jueces implacables de los demás. Y es difícil entender el comportamiento de otra gente que está actuando bajo la influencia de emociones que nosotros no estamos experimentando. Duncan vuelve a la impotencia que siente un experto de nuestro ramo en un juicio, cuando estas cosas no se tienen en cuenta. Al final, todos menos Sandip, que sigue enterrado en los atlas, estamos de acuerdo en que un primer paso para solucionar esto es que políticamente se legisle para hacer más fácil que "en caliente" tomemos las mismas decisiones que tomaríamos "en frío", por ejemplo: los condones deberían ser accesibles de una manera fácil. También para ralentizar nuestras decisiones, más ejemplos: no es buena idea el fácil acceso a armas, como en EE.UU. La salud pública va de poner barreras, y funciona.

Me quedo pensando en los que vendrán con "su libertad", sin tener ninguna evidencia de que eso sea mejor para el colectivo. Individualismo y los EE.UU., siempre de la mano. Entonces Yolanda termina con otra idea que me deja aún mucho más pensativa: a veces los estados "en caliente" no nos impulsan a hacer cosas, sino que nos paralizan, con emociones como la vergüenza o el miedo. Y añade que esto es lo que les pasa a mujeres que han sido acosadas en el trabajo: los incidentes se repiten y aunque ellas luego, en frío, se dicen que no va a volver a ocurrir, que la próxima vez le pararán los pies al acosador, cuando están en la situación, no lo hacen. Yolanda cita un estudio en el que se demuestra que cuando se encuesta a la población femenina en general, en frío, sobre cómo se sentirían en una circunstancia de acoso, la mayoría dicen enfurecidas. Pero cuando son acosadas, "en caliente", el proceso es más complejo: pasa inicialmente por interpretar ese hecho como acoso, y luego, en décimas de segundo, analizar si merece la pena confrontar. Y durante todo este proceso, lo que las mujeres reportan es miedo. Y bloqueo. 

Nunca me había planteado el acoso sexual como algo así. El hecho es que se culpa a las mujeres por seguir ahí, por no denunciar, por no irse. Claro que me había planteado la situación de no poder irse por motivos externos, económicos, de vergüenza, todos perfectamente racionalizados y pensados. Pero no por esa brecha del no-volverá-a-pasar, yo-puedo, "en frío" y el darse de bruces con la imposibilidad cuando se está en un estado “en caliente”.

Se ha hecho muy tarde ya. Salimos de la biblioteca hacia casa. Mi mente está en llamas. Me pregunto si ponerme a escribir ahora, "en caliente", será buena idea: en todo caso, lo podrá analizar esa extraña, la Mariona de la mañana, "en frío".

28 noviembre 2021

Almudena Grandes: Una parte de mi "novela de formación"

 Al género de la "novelas de formación" (también conocido como "Bildungsroman" o, en inglés. "Coming of Age") pertenecen aquellas que hablan de los años de aprendizaje del personaje principal, en los que crece psicológicamente y, a través de ellos el autor nos lleva a entender cómo se ha convertido en el adulto que es. Ejemplos me vienen a la cabeza un montón leídos en la época pre-divlog (luego no hay hiperenlace, felicitémonos) como "El guardián entre el centeno", "El señor de las moscas", "The bell jar", "Diarios de motocicleta", "Lazarillo de Tormes", "La montaña mágica", y otros de estos últimos doce (ooops) años como "Matar a un ruiseñor", "Middlesex", "La amiga estupenda", "Oliver Twist", "La breve vida maravillosa de Oscar Wao" o "The falconer". Entre los primeros, los pre-blog, también está un libro del que hablaré luego titulado "Las edades de Lulú", de Almudena Grandes, que tristemente falleció ayer. 

En mis últimos años de adolescencia caí por casualidad en unas conversaciones radiofónicas entre tres personas. Ocurrían diariamente de 11 de la noche a 1 de la madrugada, y hablaban de lo divino y lo humano. Uno era un pintor e historiador de derechas, que aún así me caía muy bien; otro, un antropólogo comunista de la Universidad de Barcelona que era mi mito absoluto y luego estaba Almudena Grandes, una escritora que hacía poco había ganado "La sonrisa vertical" con Lulú. Yo no la había leído, y empecé con "Malena es un nombre de tango", porque es el libro que ella publicó cuando escuchaba ese programa. Sin ninguna referencia literaria, lo compré únicamente porque ella, la autora, me caía bien. Creo que no he vuelto a hacer esto ya más. 

Grandes y Matute
Esas tres personas entraban en mi habitación cada noche, y eran un sueño para mí. Recuerdo perfectamente la situación: sentada en mi mesa de estudio -hacía primero de carrera-, la casa se empezaba a quedar en silencio y yo sintonizaba la radio, a ver de qué hablaban hoy. Me auto-engañaba pensando que "estudiaba con el programa de fondo", pero lo que hacía era empaparme con la sabiduría y la cosmovisión de los tres. Con ellos aprendí lo divertida y necesaria que era la provocación, muchos de los libros que leí fueron referencias de aquella conversaciones (la maravillosa "Los hijos muertos", de Ana María Matute por ejemplo, recomendado por Grandes), y mejoré en aquello de "pensar"-todavía estamos en ello. Todo el tiempo en el que no me estudié las mitocondrias fue el tiempo mejor empleado de mi vida, porque esos tres monstruos contribuyeron un poco a que yo sea quien soy: fueron un trocito de mi personal "novela de formación". 

Algunas veces he leído en redes sociales comentarios de otra gente que escuchaban ese programa en esa época y siempre parecen haber estado en un momento vital similar al mío. En aquella época obviamente nada de esto de conectar por internet existía, luego yo no podía comentar el remolino que habían dejado esas conversaciones en mí por la mañana con nadie. Mis compas de la facultad estaban, como Dios manda, memorizando las mitocondrias - no hay más que ver el resultado de una vida solo leyendo sobre las mitocondrias, a juzgar por algunos de sus comentarios en el grupo de whastapp de la promoción. Pero divago, lo que quería decir es que los comentarios de estos desconocidos me indican que nos creemos parte de un club que vivió aquellas noches, cuando teníamos 19 años, como algo especial y mágico, y parte de nuestro aprendizaje.

Como digo, comencé con "Malena", un libro del que no recuerdo mucho de la trama, pero sí el tema: ser cierto tipo de chica/mujer -no como las de mi cole de monjas o como mis amigas- en la España de la época.  Como ejemplo, recuerdo un par de cosas. Una, en la adolescencia de Malena, su descripción de los movimientos de cadera del chico que le gusta, el guaperas de toda la vida, jugando al pinball. Dos, la última frase de la novela: ella decide darle una oportunidad a un tío basándose en su elección de adjetivo al piropear sus piernas. "Malena, tienes unas piernas cojonudas". Y ella piensa, "si me hubiera dicho bonitas, o preciosas, me habría dado igual, pero ha dicho cojonudas". Le entiendo perfectamente: el lenguaje hace la realidad, tu lenguaje te define: ante un tío que en lugar de "follar" me diga "hacer el amor", yo me visto y me voy. Pues eso. (Saludos a mi suegra :))

Luego leí "Lulú" (anécdota: la tenía en la mesilla cuando vino a visitarme el médico de toda la vida, no sé qué me pasaría. La cogió, miró la cubierta y me dijo: "¿Esto no es un poco fuerte?"), y enseguida vi bien claro por qué una desconocida había ganado "La sonrisa vertical". Quien se quede con que es solo una novela erótica -me descubro ante estos trozos, saber escribir de eso- no ha entedido nada. Es una Bildungsroman en toda regla en la que podemos llegar a entender su relación obsesiva y ante todo, de poder, con su pareja, desde su infancia (si hubiera sabido lo que es una Bildungsroman en esa época, se lo podría haber dicho al médico). A partir de ahí, iba leyendo casi todo lo que publicaba como quien escucha a una amiga mayor que te cuenta lo que es la vida de otras mujeres, en partes de las cuales podía verme reflejada a veces, o no. Aunque no volvió a la literatura erótica, la mayor parte de sus personajes eran mujeres de armas tomar, que hacían cosas, y que además eran pasionales y se enamoraban como bestias. Por esto, algún amigo con el que hablaba yo de libros la miraba por encima del hombro con aquello tan irritante de "literatura de mujeres", como si el amor y la pasión no fueran una parte de la vida. Hay literatura buena y mala: superadlo. 

Biblioteca del Paraninfo en Vetusta


Hace unos años, en Febrero de 2013, vino Grandes a Vetusta a presentarle un libro a Julián Casanova, catedrático de historia de la Univetus, estudioso de la memoria histórica. Yo pasaba por Vetusta justamente y me presenté en el Aula Magna del Paraninfo, una sala preciosa, como todo el edificio -la biblioteca es para morir de Síndrome de Stendhal, y en ella pienso cuando Mariona Calleja va a la de Banderley. Al final, un grupito fuimos con nuestros libros a que nos firmara y fue una de esas ocasiones en las que una se plantea que igual es mejor no saludar a gente que no te conoce pero que ellos ha significado algo para ti. Supongo que estaría cansada, y aunque nos firmó, yo sentí que la habíamos molestado. Al final, eso no era la feria del libro . 


Independientemente de lo anterior, lo cierto es que, a medida que iba creciendo, sus libros ya no suponían lo mismo para mí. Esto es un ejemplo claro de cómo ciertos libros, da igual cuando te encuentren que te van a trastocar de todas maneras -hablamos de los ocho miles que nos decía NáN-, pero hay muchos otros que te han tocado a los 20, pero a los 40 ya no. Dejé de leer a Grandes en el tercero de la saga de los "Episodios de una guerra interminable", e hice divagues de los dos primeros aquí:
"Inés y la alegría" y "El lector de Julio Verne". Luego mi amiga Mónica me regaló "La madre de Frankenstein" por el tema de la salud mental, y me reafirmó en mi posición: ni siquiera hice divague, aunque anoté aquí mi pequeña pataleta por la pobre documentación sobre el tema psiquiátrico, en el que se dan datos no-científicos que equivocarán al lector sobre lo que es genético y lo que es adquirido.

Grandes dice que todos los libros de esa saga terminan mal, obviamente, porque el fascismo ganó la guerra y se quedó 40 años. Todas son historias de gente que perdieron, pero lucharon, y eso es lo que importa. Por eso hace volver a los exiliados en los epílogos, para de alguna manera forzar un final feliz. Al final de esta entrevista que le hizo Pablo Iglesias en La Tuerka en 2018, le pide que brinde por algo y ella dice "ya que estamos en Abril, por la Tercera República, que espero verla antes de que me muera". Y aquí se me ha quedado el corazón helado, como el título de una de tus novelas, Almudena. 

Pero aquí nos quedamos los que esperamos la Tercera República y tantas otras cosas con las que soñabas. Cosas que a día de hoy no prometen pero por las que, como hicieron tus personajes, merece la pena luchar. Gracias por tu parte de traerme hasta aquí. 


25 noviembre 2021

Serial 37: Desorden de Estrés Post-traumático nivel leyenda. Una habitación propia o, tal vez, un cobertizo para escribir. William Blake.

 Finales de Julio con mentalidad mediterránea en estas latitudes: se sigue con la fantasía de que esto es el ecuador del verano, cuando le quedan un par de semanas. Pero cómo lo he disfrutado, aunque al principio creí volverme loca con todas esas horas de sol. Parece que he tenido suerte, es infrecuente tantas semanas sin lluvia. Pero las praderas de ese verde tan de otro planeta del invierno están ahora amarillas, quemadas.

Podría mirar por la ventana durante horas aquí, pensando en el color de la hierba: ¿esta soy yo? ¿Qué me está haciendo este lugar? Vuelvo la mirada a las notas clínicas: hombre, 45 años, caucásico, casado y con dos hijos, director de zona de sucursales bancarias, diagnóstico: F43.1. Desorden de Estrés Postraumático. Paroxetina 50 miligramos: dosis máxima. Pero qué le ocurrió: voy pasando hacia atrás las hojas. Intentar entender el incidente potencialmente traumático que le trastocó. Potencialmente: no todos los eventos terribles causan este desorden en todo el mundo. Predisposiciones de fábrica, vulnerabilidades adquiridas: complejidad. Levanto los ojos hacia la pradera quemada: otros, los precisamente quemados por los años en esta profesión a ratos cruel ya no pueden tolerar una historia más. Solo ajustar la dosis y hasta la próxima, y que pase el próximo. Aún soy así de ingenua, no solo para querer entender y conectar ahora con mi próximo, sino para creer que si un día no me interesa la persona detrás de la historia, lo dejaré. Sigo pasando páginas, busco entre letras ilegibles, suponiendo que me encontraré un accidente terrible, unas turbulencias salvajes, un atraco con arma en un callejón. Potenciales -de nuevo, la palabra- eventos traumáticos que, en según qué personas y en qué momentos, pueden causar síntomas incapacitantes. Los más obvios tienen que ver con "revivir la experiencia" en forma de imágenes intrusivas o de pesadillas. Luego está el evitar la situación: no pasar por esa calle, no volver a hacer aquello. Y un estado de hiperalerta, de saltar por todo, vigilarlo todo.

Entonces, aquí está: la historia en un párrafo. Y él cuando pasa me la corrige y amplía, como quien cuenta una peli de terror que ya no le afecta, porque la armadura que se ha construido es como de caballero de leyenda: monumental. A knight in a shining armour. Aquel día era viernes por la tarde, y llovía. Ya se había ido todo el mundo. Terminaba un par de cosas y había quedado con los amigos en el pub para una pinta de cerveza rápida, porque luego tenía la despedida de un colega. No le esperaban en casa hasta tarde. Vaya, se le había olvidado que tenía que recoger algo de la oficina del centro. No le costaba nada pasarse, en Whitby todo está cerca. Al entrar, olor a fotocopiadora, el ruido blanco de los ordenadores en stand-by, patada sin querer a una papelera. Al fondo, la caja fuerte hermética, del tamaño de un cuartito. En aquella época, aún se hacían herméticas -esto ha cambiado- pero él no estaba pensando en esto cuando metiò el còdigo y ni cuando entró a por aquel documento. Un segundo después, clack, el ruido metálico e implacable de la puerta. Clack. Se gira automàticamente pero no. No podía ser. Intentar abrir: inútil. Pegar, aporrear, patalear, gritar. Era viernes por la tarde y nadie le esperaba demasiado en ningún sitio. Los amigos del pub simplemente pensarían que hoy no venía, los de la despedida que le había surgido algo, su mujer que se había liado y no le iba a esperar despierta. Llorar.

A la mañana siguiente, en casa, simplemente no estaba. Las distintas fases: de qué va, llamadas a los amigos, montaña rusa, policía. Mientras tanto, él había tocado el infierno varias veces durante la noche. Oxígeno era la palabra. Oxígeno, nitrógeno y argón, recordó del colegio: composición del aire. Aire que no iba a durar hasta el lunes por la mañana, lo sabía bien. Su esperanza: que le empezaran a buscar, cuando su mujer diera la alerta. Pero ni siquiera estaba en su oficina, ¿cómo saber, por qué buscarle aquí? Visitar esto una y otra vez, en bucle, y otra más. Y oxígeno, la palabra repetida se torna monstruosa. Oxígeno, oxígeno, oxígeno. Llorar consume más oxígeno: ni eso podía hacer.

Claro que fueron por todas las oficinas, pero nada, nadie. Están seguros, repetía su mujer. Tan hermética era la caja, que ni él pudo oír a los que entraban. Y si la noche del viernes había descendido al infierno, la del sábado tocó fondo, que está varios niveles por debajo. Tenía tan poco aire que no podía pensar con claridad más- si es que lo que hizo, a partir del clack, fue pensar. Cuando el domingo por la mañana pasó por allí un limpiador -al que no le tocaba, pero luego explicó cambió su turno por lo que fuera-, lo encontró en el suelo en posición fetal, delirando.

A partir de ahí, hospital, recuperación en casa, y volver a nacer. La vida era bella, y algo o alguien le había regalado una nueva oportunidad. Comenzó a valorar cada pequeño detalle del amor, de la amistad, y a decírselo a todos. Cuánto les quería. Escribió a su ex-mujer, explicándole lo mucho que sentía si había hecho algo que pudiera ser injusto. Escribió a amigos de la infancia con los que había perdido contacto. Escribió a aquel profesor del que había aprendido tanto, para agradecérselo. 

Y ahora estaba ahí, frente a mí: algo no iba bien. Un hombre guapo, rubio, tal vez perdiendo algo de pelo, ojos azules, no muy alto. Exudaba una energía extraña, que la sentía patológica. No quería hablar de los terribles flashbacks que vinieron después, de sus despertares a las dos de la madrugada en los que siempre estaba encerrado en una caja bajo tierra. No es consciente de su evitación, no se ha dado cuenta del proceso. Hay ciertas imágenes (las paredes de la caja fuerte acercándose a él, él mismo en el suelo) que aparecen en su mente cuando menos lo espera, y tienen la capacidad de desesperarle. Esas imágenes están en estos momentos fragmentadas, como un espejo roto en muchos pedazos. Y  en terapia se le ayudaría a componer el puzle y así, un día podría mirarlas con cierta calma, y cuando él decida. No cuando ellas, las imágenes, decidan. Vía la exposición -que es al final la base de toda terapia ansiolítica- logrará superar la evitación de ideas, o incluso lugares, porque ahora no podía pasar ni por la calle de la sucursal donde esto ocurrió. 

A él solo le habían dado medicación, dice, no es que estuviera en contra de hablarlo en terapia, se lo pensaría, me lo diría, en serio, doctora Calleha, yo quiero hacer, porque sé que esto que me dice es por mi bien. Me mira ilusionado, agradecido, en ese momento se lo cree, Y yo sé que voy a ser otra persona en su lista de apreciación de la vida, de su nueva manera de estar aquí como si fuera el último día. Me planteo la intensidad de vivir así, si es posible, si se puede funcionar. La respuesta es no, y da pena. Pero qué maravilla esa parte de la ola que está surfeando, apreciar cada momento, verlo todo desde ese lugar. Envidia.

Efectivamente, al día siguiente tengo una tarjeta con un osito que dice gracias, y una caja de Celebrations - llamar a esto bombones sería una afrenta no ya para los Lindt, sino hasta para la Caja Roja-, una institución en este país, o por o menos en las plantas de los hospitales de este país: siempre hay un paciente que se va, o alguien que viene de vacaciones que trae una. La dejo en la oficina de las enfermeras tras comerme tres Bounties (las de coco dentro). He llegado a la conclusión de que en las plantas, la gente se come cosas que nunca comería en su casa: todo vale. Aunque creo que los Bountie también los comería en casa.

Son las 5 y creo que es el primer día que me voy tan pronto: tengo un plan.  Dentro de una hora estarán todos en la pradera delante de Serotonina, hablando, riendo. Banderley parece otro lugar en verano. Todos saben que este encantamiento no dura nunca mucho, por eso hay que aprovecharlo y tirarse ahí afuera y pretender vacaciones en un spa alpino-sin chorros ni masajes de barro. Se lo intenté contar a Wences el otro día por teléfono, y lo de la escritura. Pero todo lo que hace es enviarme ofertas de trabajo en Londres. Podría vivir con ellos, les sobra una habitación. Y el otro día, adivina, me encontré con Jack, te acuerdas, me preguntó por ti. [Jack, ¿te acuerdas, dice?] Desvío el tema porque es capaz de habérselo inventado. Y porque me parece un sueño y ahí archivado es donde está mejor.

Paso por casa a cambiarme. Coger la mochila que he preparado. Evitar la pradera y salir por la puerta lateral que da al bosque. Seguir otro camino hacia el río. Caminar cuesta arriba y por fin llegar al rincón que identifiqué la otra noche, cuando bajábamos de ver las estrellas. Imaginaba buenas vistas, pero esto es otro nivel: los páramos en toda su inmensidad, sin un ruido, sin un alma. Pero ni esto puede competir con la emoción de abrir la mochila y sacar el cuaderno y la pluma que alguien me regaló misteriosamente en Navidades. Por fin entrar en su juego, quienquiera que seas: has ganado. ¿Querías que empezara a escribir, eso querías? Aquí estoy. 

Cobertizo de Roald
Pongo la pluma sobre el papel, en la segunda página: la fecha, el lugar. Me paro. Me falta vocabulario, técnica para describir la brutalidad del paisaje. Pero puedo escribir de cosas pequeñas, de casi cualquier cosa pequeña, personal, mía, cosas asequibles y mundanas como por ejemplo, dónde voy a escribir, cuál va a ser mi lugar para esto cuando comience a llover y lo gris. Escritores que famosamente han tenido "una habitación propia" hay muchos: Roald Dahl concibió a la niña lectora cuyos padres lo habían aprendido todo de la tele en un cobertizo al fondo de su jardín. Todos los días se sentaba en un sillón orejero, ponía una tabla de brazo a brazo y sacaba punta a sus seis lápices, un ritual como cualquier otro que invocaba a Matilda y el resto de sus personajes. Durante horas, se abstraía del mundo para crear otros mundos. Tener seis horas al día para escribir: ¿qué debe ser eso? Pero con veintitantos no puedes permitírtelo: has de estar metida de bruces en la vida. Porque nadie puede escribir que no haya, por lo menos, mirado. E idealmente, que no se haya enfangado. Cuanto más mejor, y si es posible, tocando fondo. Y de esto se está encargando Banderley.

Más cobertizo de Roald

Tocar el fondo, como mi paciente de hoy: en su caso para coger impulso. Cómo he podido vivir sin escribir historias como la suya, no solo porque merece que nunca la olvide, sino también como salvación propia, porque sé que esa historia me va a perseguir. Porque a ratos, mientras describía su encierro, me costaba respirar. Porque cuando le veo en posición fetal, ido, me bombea más rápido el corazón. Igual por esto tantos colegas van a psicoterapia, hasta hace poco parte obligatoria de la residencia. Sigo negándome, pero ahora siento que escribir va a cubrir una función similar: mantenerme a flote. Cómo no lo vi antes, cómo estuve corriendo en la rueda sin parar a mirarme desde fuera.

Si la función es la supervivencia, escribo solo para mí. Pero tenía razón Isabel Archer la otra noche: si no compartes, si no tienes la mirada del otro, no es lo mismo. Esta conversación y la que siguió después, aquella noche en el claro mirando estrellas, me lleva persiguiendo desde entonces. Porque una vez que Isabel abrió la compuerta, Will me lo quería contar todo: ya es una de los nuestros, tiene derecho a saber. No solo alguien quitó mis carteles buscando compañeros para un grupo de escritura creativa hace meses, sino que todo intento por entenderlo había sido boicoteado. 

A ver: no era difícil imaginar (así llevaba yo todos esos meses, rellenando los misterios con mi imaginación) que había habido un grupo de escritura en Banderley. Por mil razones, para empezar la cercanía física con el mundo de las Bronte, o con Stoker, un imán para los amantes de la literatura. Y dentro de estos, siempre florece un subgrupo de enloquecidos que creen que ellos tienen algo que contar o lo que sea: las razones por las que se escribe son múltiples. Y confirmaron mi hipótesis esa noche: así fue como en Banderley, durante una época, un pequeño grupo se sintió como tocado por una varita mágica, en puro estado de gracia, a merced de las musas, si estas existieran. Y terminaban antes con los pacientes, comían solos y quitaban horas al sueño, solo para escribir. Y un día al mes, se reunían para compartir, más bien para abrirse en canal para los otros y para ellos mismos. Y para sobrellevar, en aquella especie de akelarre, la furia de los otros, la admiración, la crítica, loquefuera. Nunca vi al tan británico Will hablar con esa pasión, y a la contenida Isabel, brillarle los ojos igual que aquella noche.

Había habido un grupo de escritura en Banderley, y no solo eso: había desaparecido. Pero fue acercarme ahí, y se rompió el momento. De repente, se estaba haciendo tarde, según Isabel, que se levantó y echó a andar hacia el camino. Se acabaron las constelaciones.  Richard, que no había formado parte de la conversación, aunque claramente conocía la historia, la siguió. Will y yo recogimos y caminamos, un poco por detrás, en silencio durante un buen rato. En un punto, comenzamos a hablar los dos a la vez. Momento incómodo: di tú, no di tú, no después de ti. 

Will comenzó carraspeando, esto es algo que hace tiempo quería decirme, porque aquello no había estado bien. La noche de Halloween, hace tantos meses, bajé con él a los túneles, era verdad. Me explicó que comunicaban los distintos edificios de Banderley, pero que también tenían algunas habitaciones, pequeños almacenes que salen de los pasillos, y allí era donde tenían las reuniones literarias, siempre por la noche, de madrugada. Me llevó porque estábamos borrachos y sentía una gran nostalgia de aquel lugar, y yo era nueva, y ... en fin, no sabía por qué. Ya estábamos casi llegando a Banderley, y habíamos alcanzado a Isabel y Richard, que estaban hablando de nuevo de las estrellas. 

Cuando me metí en la cama, recapitulé: así que eso es lo que pasaba en los túneles, o parte de lo que pasaba en los túneles: un grupo encantador y encantado por sí mismo que se reunía, y que ya no se reúne más. Mi siguiente movimiento estaba claro: volver a bajar a los pasadizos aquellos. Porque tres regalos misteriosos de Nochebuena -el candado, con un mapa y la fórmula química de la Serotonina- me llevaron al bar de los residentes. Tenía curiosidad, pero sobre todo tenía permiso: alguien me había invitado a ese mundo y no era solo mi imaginación. Ahora tenía que planear la bajada bien, con tranquilidad, evitar el drama de aquel día. Qué habrá sido de Lucy, la gótica de Whitby especialista en Stoker, que esa noche se murió de miedo. 

Ella, que guiaba a turistas en las zonas más oscuras de Whitby, incluido el cementerio de St. Mary's y la Abadía abandonada, intentó casi todo para evitar salir de casa. Pero nada me iba a parar esa noche. Caminamos por la nieve con las linternas, la llave de lo que en su día fueron caballerizas, Serotonina, funcionó a la primera y, una vez dentro, ahí estaba la trampilla, que levanté y allí las escaleras, que bajé. Lucy de fondo decía volvamos, es una locura, no bajes y que me esperaba arriba-Lucy, la de "Conoce a Drácula", no perdamos la perspectiva. Una vez abajo, iluminando con la linterna, di con la luz: Plankkk. Y gritito de Lucy arriba preguntando qué había sido eso: la luz, Lucy. Había unas cajas de cervezas en una esquina y al frente, un pasillo largo con las paredes de piedra. No me extraña que me convencieran tan fácilmente de que todo había sido un sueño, porque el lugar tenía una naturaleza irreal. Avancé un poco y de repente, algo metálico inmenso cayó, Lucy gritó y yo corrí escaleras arriba. Y como en las películas, cerré la trampilla como si al otro lado hubiera un monstruo.

Todo esto no se lo conté a Will, pese a seguir bajo los efectos del licor de enebro - al fin y al cabo, él tampoco me contó porqué el grupo había desaparecido. Sin embargo, algo era algo: tenía una nueva pieza del puzzle. Y tenía más: porque apuesto a que alguien que escribiera tan bien, o por lo menos tan desagarrado como Sylvia Lannister, tenía que haber estado en aquel grupo. Imposible dormir esta noche: siempre hay una excusa para no pegar ojo en Banderley.

Will no me contó todo pero al día siguiente encontré este trozo poema de William Blake en mi buzón de la planta dedicado, a modo de disculpa. Era uno de sus poemas favoritos, la alegría y el dolor se entretejen sutilmente...

Newton  by William Blake.
 Tate Britain, London.

Joy and woe are woven fine,
A clothing for the soul divine,
Under every grief and pine,
Runs a joy with silken twine.
It is right it should be so,
We were made for joy and woe,
And when this we rightly know,
Through the world we safely go.

 


Llevo mucho rato aquí, ha refrescado. Los páramos siguen ahí, magníficos. Runs a joy with silken twine.  Recojo la pluma, meto el cuaderno en la mochila, camino de vuelta a Banderley, la cabeza a reventar de ideas. Necesito una habitación propia donde escribir. Through the world we safely go. Tengo que bajar a los túneles, encontrar el cuarto donde se reunían. Y lograr una manera de entrar en el archivo, en busca de Lannister. ¿Escribirlo me ha traído aquí? En un estado de semi-trance, entro en casa. Sandip está cocinando curry.

-Doctora Calleha, doctora Calleha, han salido los lugares de los exámenes de otoño! 

¿Exámenes, qué exámenes? Ah sí, los exámenes. De un tortazo bajo a la realidad. 

-¿Sabes dónde me ha tocado?- le pregunto.

-No, pero a mí en Manchester.