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25 noviembre 2021

Serial 37: Desorden de Estrés Post-traumático nivel leyenda. Una habitación propia o, tal vez, un cobertizo para escribir. William Blake.

 Finales de Julio con mentalidad mediterránea en estas latitudes: se sigue con la fantasía de que esto es el ecuador del verano, cuando le quedan un par de semanas. Pero cómo lo he disfrutado, aunque al principio creí volverme loca con todas esas horas de sol. Parece que he tenido suerte, es infrecuente tantas semanas sin lluvia. Pero las praderas de ese verde tan de otro planeta del invierno están ahora amarillas, quemadas.

Podría mirar por la ventana durante horas aquí, pensando en el color de la hierba: ¿esta soy yo? ¿Qué me está haciendo este lugar? Vuelvo la mirada a las notas clínicas: hombre, 45 años, caucásico, casado y con dos hijos, director de zona de sucursales bancarias, diagnóstico: F43.1. Desorden de Estrés Postraumático. Paroxetina 50 miligramos: dosis máxima. Pero qué le ocurrió: voy pasando hacia atrás las hojas. Intentar entender el incidente potencialmente traumático que le trastocó. Potencialmente: no todos los eventos terribles causan este desorden en todo el mundo. Predisposiciones de fábrica, vulnerabilidades adquiridas: complejidad. Levanto los ojos hacia la pradera quemada: otros, los precisamente quemados por los años en esta profesión a ratos cruel ya no pueden tolerar una historia más. Solo ajustar la dosis y hasta la próxima, y que pase el próximo. Aún soy así de ingenua, no solo para querer entender y conectar ahora con mi próximo, sino para creer que si un día no me interesa la persona detrás de la historia, lo dejaré. Sigo pasando páginas, busco entre letras ilegibles, suponiendo que me encontraré un accidente terrible, unas turbulencias salvajes, un atraco con arma en un callejón. Potenciales -de nuevo, la palabra- eventos traumáticos que, en según qué personas y en qué momentos, pueden causar síntomas incapacitantes. Los más obvios tienen que ver con "revivir la experiencia" en forma de imágenes intrusivas o de pesadillas. Luego está el evitar la situación: no pasar por esa calle, no volver a hacer aquello. Y un estado de hiperalerta, de saltar por todo, vigilarlo todo.

Entonces, aquí está: la historia en un párrafo. Y él cuando pasa me la corrige y amplía, como quien cuenta una peli de terror que ya no le afecta, porque la armadura que se ha construido es como de caballero de leyenda: monumental. A knight in a shining armour. Aquel día era viernes por la tarde, y llovía. Ya se había ido todo el mundo. Terminaba un par de cosas y había quedado con los amigos en el pub para una pinta de cerveza rápida, porque luego tenía la despedida de un colega. No le esperaban en casa hasta tarde. Vaya, se le había olvidado que tenía que recoger algo de la oficina del centro. No le costaba nada pasarse, en Whitby todo está cerca. Al entrar, olor a fotocopiadora, el ruido blanco de los ordenadores en stand-by, patada sin querer a una papelera. Al fondo, la caja fuerte hermética, del tamaño de un cuartito. En aquella época, aún se hacían herméticas -esto ha cambiado- pero él no estaba pensando en esto cuando metiò el còdigo y ni cuando entró a por aquel documento. Un segundo después, clack, el ruido metálico e implacable de la puerta. Clack. Se gira automàticamente pero no. No podía ser. Intentar abrir: inútil. Pegar, aporrear, patalear, gritar. Era viernes por la tarde y nadie le esperaba demasiado en ningún sitio. Los amigos del pub simplemente pensarían que hoy no venía, los de la despedida que le había surgido algo, su mujer que se había liado y no le iba a esperar despierta. Llorar.

A la mañana siguiente, en casa, simplemente no estaba. Las distintas fases: de qué va, llamadas a los amigos, montaña rusa, policía. Mientras tanto, él había tocado el infierno varias veces durante la noche. Oxígeno era la palabra. Oxígeno, nitrógeno y argón, recordó del colegio: composición del aire. Aire que no iba a durar hasta el lunes por la mañana, lo sabía bien. Su esperanza: que le empezaran a buscar, cuando su mujer diera la alerta. Pero ni siquiera estaba en su oficina, ¿cómo saber, por qué buscarle aquí? Visitar esto una y otra vez, en bucle, y otra más. Y oxígeno, la palabra repetida se torna monstruosa. Oxígeno, oxígeno, oxígeno. Llorar consume más oxígeno: ni eso podía hacer.

Claro que fueron por todas las oficinas, pero nada, nadie. Están seguros, repetía su mujer. Tan hermética era la caja, que ni él pudo oír a los que entraban. Y si la noche del viernes había descendido al infierno, la del sábado tocó fondo, que está varios niveles por debajo. Tenía tan poco aire que no podía pensar con claridad más- si es que lo que hizo, a partir del clack, fue pensar. Cuando el domingo por la mañana pasó por allí un limpiador -al que no le tocaba, pero luego explicó cambió su turno por lo que fuera-, lo encontró en el suelo en posición fetal, delirando.

A partir de ahí, hospital, recuperación en casa, y volver a nacer. La vida era bella, y algo o alguien le había regalado una nueva oportunidad. Comenzó a valorar cada pequeño detalle del amor, de la amistad, y a decírselo a todos. Cuánto les quería. Escribió a su ex-mujer, explicándole lo mucho que sentía si había hecho algo que pudiera ser injusto. Escribió a amigos de la infancia con los que había perdido contacto. Escribió a aquel profesor del que había aprendido tanto, para agradecérselo. 

Y ahora estaba ahí, frente a mí: algo no iba bien. Un hombre guapo, rubio, tal vez perdiendo algo de pelo, ojos azules, no muy alto. Exudaba una energía extraña, que la sentía patológica. No quería hablar de los terribles flashbacks que vinieron después, de sus despertares a las dos de la madrugada en los que siempre estaba encerrado en una caja bajo tierra. No es consciente de su evitación, no se ha dado cuenta del proceso. Hay ciertas imágenes (las paredes de la caja fuerte acercándose a él, él mismo en el suelo) que aparecen en su mente cuando menos lo espera, y tienen la capacidad de desesperarle. Esas imágenes están en estos momentos fragmentadas, como un espejo roto en muchos pedazos. Y  en terapia se le ayudaría a componer el puzle y así, un día podría mirarlas con cierta calma, y cuando él decida. No cuando ellas, las imágenes, decidan. Vía la exposición -que es al final la base de toda terapia ansiolítica- logrará superar la evitación de ideas, o incluso lugares, porque ahora no podía pasar ni por la calle de la sucursal donde esto ocurrió. 

A él solo le habían dado medicación, dice, no es que estuviera en contra de hablarlo en terapia, se lo pensaría, me lo diría, en serio, doctora Calleha, yo quiero hacer, porque sé que esto que me dice es por mi bien. Me mira ilusionado, agradecido, en ese momento se lo cree, Y yo sé que voy a ser otra persona en su lista de apreciación de la vida, de su nueva manera de estar aquí como si fuera el último día. Me planteo la intensidad de vivir así, si es posible, si se puede funcionar. La respuesta es no, y da pena. Pero qué maravilla esa parte de la ola que está surfeando, apreciar cada momento, verlo todo desde ese lugar. Envidia.

Efectivamente, al día siguiente tengo una tarjeta con un osito que dice gracias, y una caja de Celebrations - llamar a esto bombones sería una afrenta no ya para los Lindt, sino hasta para la Caja Roja-, una institución en este país, o por o menos en las plantas de los hospitales de este país: siempre hay un paciente que se va, o alguien que viene de vacaciones que trae una. La dejo en la oficina de las enfermeras tras comerme tres Bounties (las de coco dentro). He llegado a la conclusión de que en las plantas, la gente se come cosas que nunca comería en su casa: todo vale. Aunque creo que los Bountie también los comería en casa.

Son las 5 y creo que es el primer día que me voy tan pronto: tengo un plan.  Dentro de una hora estarán todos en la pradera delante de Serotonina, hablando, riendo. Banderley parece otro lugar en verano. Todos saben que este encantamiento no dura nunca mucho, por eso hay que aprovecharlo y tirarse ahí afuera y pretender vacaciones en un spa alpino-sin chorros ni masajes de barro. Se lo intenté contar a Wences el otro día por teléfono, y lo de la escritura. Pero todo lo que hace es enviarme ofertas de trabajo en Londres. Podría vivir con ellos, les sobra una habitación. Y el otro día, adivina, me encontré con Jack, te acuerdas, me preguntó por ti. [Jack, ¿te acuerdas, dice?] Desvío el tema porque es capaz de habérselo inventado. Y porque me parece un sueño y ahí archivado es donde está mejor.

Paso por casa a cambiarme. Coger la mochila que he preparado. Evitar la pradera y salir por la puerta lateral que da al bosque. Seguir otro camino hacia el río. Caminar cuesta arriba y por fin llegar al rincón que identifiqué la otra noche, cuando bajábamos de ver las estrellas. Imaginaba buenas vistas, pero esto es otro nivel: los páramos en toda su inmensidad, sin un ruido, sin un alma. Pero ni esto puede competir con la emoción de abrir la mochila y sacar el cuaderno y la pluma que alguien me regaló misteriosamente en Navidades. Por fin entrar en su juego, quienquiera que seas: has ganado. ¿Querías que empezara a escribir, eso querías? Aquí estoy. 

Cobertizo de Roald
Pongo la pluma sobre el papel, en la segunda página: la fecha, el lugar. Me paro. Me falta vocabulario, técnica para describir la brutalidad del paisaje. Pero puedo escribir de cosas pequeñas, de casi cualquier cosa pequeña, personal, mía, cosas asequibles y mundanas como por ejemplo, dónde voy a escribir, cuál va a ser mi lugar para esto cuando comience a llover y lo gris. Escritores que famosamente han tenido "una habitación propia" hay muchos: Roald Dahl concibió a la niña lectora cuyos padres lo habían aprendido todo de la tele en un cobertizo al fondo de su jardín. Todos los días se sentaba en un sillón orejero, ponía una tabla de brazo a brazo y sacaba punta a sus seis lápices, un ritual como cualquier otro que invocaba a Matilda y el resto de sus personajes. Durante horas, se abstraía del mundo para crear otros mundos. Tener seis horas al día para escribir: ¿qué debe ser eso? Pero con veintitantos no puedes permitírtelo: has de estar metida de bruces en la vida. Porque nadie puede escribir que no haya, por lo menos, mirado. E idealmente, que no se haya enfangado. Cuanto más mejor, y si es posible, tocando fondo. Y de esto se está encargando Banderley.

Más cobertizo de Roald

Tocar el fondo, como mi paciente de hoy: en su caso para coger impulso. Cómo he podido vivir sin escribir historias como la suya, no solo porque merece que nunca la olvide, sino también como salvación propia, porque sé que esa historia me va a perseguir. Porque a ratos, mientras describía su encierro, me costaba respirar. Porque cuando le veo en posición fetal, ido, me bombea más rápido el corazón. Igual por esto tantos colegas van a psicoterapia, hasta hace poco parte obligatoria de la residencia. Sigo negándome, pero ahora siento que escribir va a cubrir una función similar: mantenerme a flote. Cómo no lo vi antes, cómo estuve corriendo en la rueda sin parar a mirarme desde fuera.

Si la función es la supervivencia, escribo solo para mí. Pero tenía razón Isabel Archer la otra noche: si no compartes, si no tienes la mirada del otro, no es lo mismo. Esta conversación y la que siguió después, aquella noche en el claro mirando estrellas, me lleva persiguiendo desde entonces. Porque una vez que Isabel abrió la compuerta, Will me lo quería contar todo: ya es una de los nuestros, tiene derecho a saber. No solo alguien quitó mis carteles buscando compañeros para un grupo de escritura creativa hace meses, sino que todo intento por entenderlo había sido boicoteado. 

A ver: no era difícil imaginar (así llevaba yo todos esos meses, rellenando los misterios con mi imaginación) que había habido un grupo de escritura en Banderley. Por mil razones, para empezar la cercanía física con el mundo de las Bronte, o con Stoker, un imán para los amantes de la literatura. Y dentro de estos, siempre florece un subgrupo de enloquecidos que creen que ellos tienen algo que contar o lo que sea: las razones por las que se escribe son múltiples. Y confirmaron mi hipótesis esa noche: así fue como en Banderley, durante una época, un pequeño grupo se sintió como tocado por una varita mágica, en puro estado de gracia, a merced de las musas, si estas existieran. Y terminaban antes con los pacientes, comían solos y quitaban horas al sueño, solo para escribir. Y un día al mes, se reunían para compartir, más bien para abrirse en canal para los otros y para ellos mismos. Y para sobrellevar, en aquella especie de akelarre, la furia de los otros, la admiración, la crítica, loquefuera. Nunca vi al tan británico Will hablar con esa pasión, y a la contenida Isabel, brillarle los ojos igual que aquella noche.

Había habido un grupo de escritura en Banderley, y no solo eso: había desaparecido. Pero fue acercarme ahí, y se rompió el momento. De repente, se estaba haciendo tarde, según Isabel, que se levantó y echó a andar hacia el camino. Se acabaron las constelaciones.  Richard, que no había formado parte de la conversación, aunque claramente conocía la historia, la siguió. Will y yo recogimos y caminamos, un poco por detrás, en silencio durante un buen rato. En un punto, comenzamos a hablar los dos a la vez. Momento incómodo: di tú, no di tú, no después de ti. 

Will comenzó carraspeando, esto es algo que hace tiempo quería decirme, porque aquello no había estado bien. La noche de Halloween, hace tantos meses, bajé con él a los túneles, era verdad. Me explicó que comunicaban los distintos edificios de Banderley, pero que también tenían algunas habitaciones, pequeños almacenes que salen de los pasillos, y allí era donde tenían las reuniones literarias, siempre por la noche, de madrugada. Me llevó porque estábamos borrachos y sentía una gran nostalgia de aquel lugar, y yo era nueva, y ... en fin, no sabía por qué. Ya estábamos casi llegando a Banderley, y habíamos alcanzado a Isabel y Richard, que estaban hablando de nuevo de las estrellas. 

Cuando me metí en la cama, recapitulé: así que eso es lo que pasaba en los túneles, o parte de lo que pasaba en los túneles: un grupo encantador y encantado por sí mismo que se reunía, y que ya no se reúne más. Mi siguiente movimiento estaba claro: volver a bajar a los pasadizos aquellos. Porque tres regalos misteriosos de Nochebuena -el candado, con un mapa y la fórmula química de la Serotonina- me llevaron al bar de los residentes. Tenía curiosidad, pero sobre todo tenía permiso: alguien me había invitado a ese mundo y no era solo mi imaginación. Ahora tenía que planear la bajada bien, con tranquilidad, evitar el drama de aquel día. Qué habrá sido de Lucy, la gótica de Whitby especialista en Stoker, que esa noche se murió de miedo. 

Ella, que guiaba a turistas en las zonas más oscuras de Whitby, incluido el cementerio de St. Mary's y la Abadía abandonada, intentó casi todo para evitar salir de casa. Pero nada me iba a parar esa noche. Caminamos por la nieve con las linternas, la llave de lo que en su día fueron caballerizas, Serotonina, funcionó a la primera y, una vez dentro, ahí estaba la trampilla, que levanté y allí las escaleras, que bajé. Lucy de fondo decía volvamos, es una locura, no bajes y que me esperaba arriba-Lucy, la de "Conoce a Drácula", no perdamos la perspectiva. Una vez abajo, iluminando con la linterna, di con la luz: Plankkk. Y gritito de Lucy arriba preguntando qué había sido eso: la luz, Lucy. Había unas cajas de cervezas en una esquina y al frente, un pasillo largo con las paredes de piedra. No me extraña que me convencieran tan fácilmente de que todo había sido un sueño, porque el lugar tenía una naturaleza irreal. Avancé un poco y de repente, algo metálico inmenso cayó, Lucy gritó y yo corrí escaleras arriba. Y como en las películas, cerré la trampilla como si al otro lado hubiera un monstruo.

Todo esto no se lo conté a Will, pese a seguir bajo los efectos del licor de enebro - al fin y al cabo, él tampoco me contó porqué el grupo había desaparecido. Sin embargo, algo era algo: tenía una nueva pieza del puzzle. Y tenía más: porque apuesto a que alguien que escribiera tan bien, o por lo menos tan desagarrado como Sylvia Lannister, tenía que haber estado en aquel grupo. Imposible dormir esta noche: siempre hay una excusa para no pegar ojo en Banderley.

Will no me contó todo pero al día siguiente encontré este trozo poema de William Blake en mi buzón de la planta dedicado, a modo de disculpa. Era uno de sus poemas favoritos, la alegría y el dolor se entretejen sutilmente...

Newton  by William Blake.
 Tate Britain, London.

Joy and woe are woven fine,
A clothing for the soul divine,
Under every grief and pine,
Runs a joy with silken twine.
It is right it should be so,
We were made for joy and woe,
And when this we rightly know,
Through the world we safely go.

 


Llevo mucho rato aquí, ha refrescado. Los páramos siguen ahí, magníficos. Runs a joy with silken twine.  Recojo la pluma, meto el cuaderno en la mochila, camino de vuelta a Banderley, la cabeza a reventar de ideas. Necesito una habitación propia donde escribir. Through the world we safely go. Tengo que bajar a los túneles, encontrar el cuarto donde se reunían. Y lograr una manera de entrar en el archivo, en busca de Lannister. ¿Escribirlo me ha traído aquí? En un estado de semi-trance, entro en casa. Sandip está cocinando curry.

-Doctora Calleha, doctora Calleha, han salido los lugares de los exámenes de otoño! 

¿Exámenes, qué exámenes? Ah sí, los exámenes. De un tortazo bajo a la realidad. 

-¿Sabes dónde me ha tocado?- le pregunto.

-No, pero a mí en Manchester. 

6 comentarios:

  1. Ohhh Anónimo 10:43... muchas gracias. Y sobre todo en este, q me ha costado mucho escribir: no soy chica de acción. :)

    besos

    di

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  2. Buen comienzo, pero al final me pierdo. ....será porque serial sale dos veces al día y , claro, a veces me cuesta seguir este trepidante ritmo.

    sul

    ....muchas gracias por tus esfuerzos. Yo lo veo claro, al final la dra. deja la carrera se casa con un pastoso y tiene muchos niños pelirrojos que no saben lo que es el gazpacho.

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  3. Ey Sul, cuánto tiempo. Noto cierta ironía con la frecuencia de Serial, pero es porque no tengo una cabaña de escritura así como Roald Dahl... :) Todo llegará. Curiosamente, a unos vecinos les ha llegado lo q a todas luces parece una cabaña por piezas!!! Veo las paredes de madera en su jardín - ya os haré una foto cuando la monten. Me pregunto: será para escribir o, como una amiga mía del pasado, en la Deep England, q usó la herencia de su madre en hacerse esta casita... para beber!!!!

    Y sobre tu hipótesis del final... jajaja, mal: B(M)anderley se quema, la pastosa es Calleha q había arreglado un seguro millonario y el Alvalle lleva aquí ya una vida.

    NIce weekend

    di

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  4. Por fin lo he leído... despacio. A mí me gusta. Cobertizo: esa palabra hace venir a mi memoria Los Cinco y Los Siete, que tenían uno. Tarde tiempo en asimilar cobertizo a almacén, como los que había en mi pueblo. Cobertizo era otra cosa, y galpón no te digo nada (Piglia no sé si lo usa pero un políglota holandés amigo mío que estaba en Chile cuando el golpe de estado sí lo usa con normalidad. Piglia usa la palabra "serial" en los diarios, en el primero al menos, que lo sepas).

    Esta mañana en el C. de Salud había mucha gente, y la mayoría de enfermeras o médicos o personal administrativo eran mujeres. Suele pasar algo similar en educación primaria y bastante en secundaria. El sistema funciona por ellas, que lo organizan a pesar de todos los inconvenientes.

    El tiempo meteorológico, ya que lo nombras. A lo largo de estos últimos años hemos ido visitando las ciudades en los que nuestros hijos han hecho Erasmus o similar. Helsinki, Estocolmo y Londres. En Estocolmo comenzamos un lunes cenando a las seis y media de la tarde pero para el viernes creo que ya lo habíamos progresivamente adelantado a las cuatro y poco más.

    Piglia escribe, creo, con un aparente desorden que no me molesta, no sé si en las novelas también es así.

    En fin, este comentario parece aquello que se llamaba, supongo se sigue llamando, "miscelánea", un poco de todo y de nada.

    Un abrazo

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  5. Muchas gracias ANDANDOS... no conocía la palabra "galpón", la he buscado pero no es un cobertizo, es más grande no? Sí q cobertizo suena a lecturas infantiles, en inglés es de uso muy común la palabra "shed", supongo q pq al vivir mucha gente en unifamiliares, hay más. Voy a hacer una foto del q se han montado mis vecinos y la pondré en otra entrada pronto... nada q ver con el imaginario cobertizo, es más una cabania de lujo!

    Qué bueno q Piglia use "Serial" es sus diarios.. :) La única novela suya q he leído no es desordenada.. supongo q los diarios invitan más a eso.

    Hay muchas más chicas en las facultades de medicina ahora q chicos (e incluso en mi época). Pero para mí, q cuando era junior he tenido supervisores de ambos géneros, la ratio ha sido algo así como 3 mujeres y más de 10 hombres. Igual por eso la prota ha tenido hasta ahora 2 supervisores hombres y tb pq Banderley es un sitio tan anclado en el pasado q me lo imagino así: un lugar opresivo donde los hombres aún dominan y hay alguna Sister Harding q se ha asimilado a ellos, es un tío... o no? mmm.

    Qué chulos los sitios q estuvieron tus hijos de Erasmus! Como tras el Brexit, Erasmus no va a poder ser, mi esperanza es seguir a Mini q cuando haga el "gap year" ese q hacen los ingleses de ir viajando por el mundo (como un pueblo atrás, q no se entere jajaja...) Nota: Aquí tb cenamos pronto, y cuando vamos a la península nos morimos de hambre a media tarde :)

    Viva la miscelánea! :) y feliz finde largo... aquí seguiremos levantando el país...

    Abrazo

    di



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