"Le temps des cerises" es un poema y canción francesa de 1866 que está muy asociada a la Comuna de París de 1871 [Jean-Baptiste Clément, el autor, luchó durante ella] y ha sido desde entonces un símbolo de la izquierda, una metáfora del sueño de lo que será la sociedad cuando ciertos principios imperen: será el tiempo de las cerezas. Montserrat Roig tomó el título para la novela central de su trilogía sobre una saga familiar barcelonesa en el siglo pasado -el primero "Ramona, adiós" (1972) y el tercero "La hora violeta" (1980). Con "El tiempo de las cerezas" ganó el premio Sant Jordi de 1976,
Llegué a esta novela por "Amiga date cuenta", un podcast de periodismo cultural que siempre escucho -como buena vampira de referencias- en el que la recomendaban, doliéndose de haber descubierto a Roig demasiado tarde. Tanto se volvió para las locutoras un icono que llegaron a decir que si no hubiera fallecido de cáncer a los 45 y fuera francesa, le hubieran dado el Nobel - no es que el Nobel de literatura me parezca medida segura de calidad literaria, pero a mí me parece igual es un poco exagerado. Lo que sí lograron fue contagiarme simpatía y admiración por la autora, de esas de "¿qué he hecho yo con mi vida si Roig consiguió todo eso en 45?". Por supuesto, mi suegra la tenía en su biblioteca y me he leído su libro, todo amarillito que me encanta- ojalá hubiera subrayado o hecho anotaciones al margen porque de esa manera se dialoga con la autora y con la anterior lectora.
No voy a hacer aquí una wiki pero brevemente, Montserrat Roig nació en una familia de la burguesía progresista catalana -ya su madre era feminista- en 1946 en el Eixample, mi barrio favorito de Barcelona, por razones sentimentales. Fue lectora de español en Bristol, periodista, novelista, ensayista [investigó sobre los catalanes presos en los campos de concentración nazis], activista, militó un tiempo en el PSUC, y muy feminista. En "La aguja dorada" escribió una especie de blog-de-viajes con sus impresiones de una estadía de dos meses en Leningrado - con todo lo que hace chulo a una bitácora de viajes, que consiste en incluir historia, sociología, observaciones y crónica personal. Tuvo dos hijos y la lista de sus amigos da mucha envidia- Vázquez Montalbán, entre otros-, pero con la que me voy a quedar hoy es con Pilar Aymerich, fotógrafa.
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| Ex-deportados catalanes de los campos de concentración nazis, 1972, Pilar Aymerich |
El otro día hablé de Cristina García Rodero y esto me ha recordado a otras fotógrafas como Dorothea Lange o Dora Maar de cuyo trabajo también hemos divagado. Total que me he puesto a buscar y me ha salido un nuevo distintivo al que he llamado originalmente "fotografía" [ya hay uno llamado "fotos", pero esas son mías]. Y todo este párrafo -que es divagando en gerundio, o sea, en acción- viene por Pilar Aymerich, la amiga de Roig que es una fotógrafa también muy interesante, y cuya foto de Roig embarazada en su casa me encantó.
El resto de fotos del divague son también de ella, que retrató la transición -la época de la que habla "Tiempo de cerezas"- desde una mirada personal y política [todo lo es, en realidad... si fotografías abejitas también estás tomando una opción]. Esta primera de niños reivindicando servicios de guardería estatales: sin palabras.
Tal vez al divagante le parezca esta introducción el usual irnos por las ramas, tal vez apropiado para un blog que se titula como se titula, pero tal vez lo que está pasando (¿psiconalisis o pequeño ejercicio metaliterario?) es que estoy evitando la crónica pura de la novela. Y esto podría ser porque hay momentos formales de ella que no solo no me han gustado, sino que me han indignado. Muchos tienen que ver con la escatología: hay diarreas, sobacos, granos purulentos a los que se vuelve varias veces en una escena, y otros ejemplos que se sentiría incapaz de transcribir aquí por aquello de la vergüenza ajena, y que no aportan nada. Hay repeticiones que entiendo son buscadas y una se podría excusar con que es técnica literaria, pero cuando ya la primera vez no te gusta lo de "se reía como un pájaro", el que lo repita cada una de las veces que se habla de esa persona, me dan ganas de disparar al pájaro. Hay preadjetivaciones que son ese timbre grave que ponen en los concursos cuando se falla la pregunta; juzguen por ustedes mismos: "blancos bigotes". Luego hay caracterizaciones que ni siquiera en esos años me parecen creíbles: para ilustrar los problemas de conducta de la protagonista en la infancia nos cuenta que ella y su hermano "sacaron todos los peces del agua a ver cuánto tiempo les costaba morir". Lo admito: esta escena me ha dejado tocada. Si leer sobre un niño sin empatía que pega a un perro es duro, la idea de quedarse mirando a peces boqueando me parece horrible. Me ha recordado a una escena en el peor de la trilogía de John Fante (el segundo) en el que hay crueldad con cangrejos. Lo siento, no puedo. En fin, este párrafo igual les lleve a estar de acuerdo con mi hija que me califica de "book snob".
Pero no lo soy, ni todo es malo en "Tiempo de cerezas": la historia que cuenta me interesa mucho, tiene política y feminismo en esa época convulsa [frase hecha: check]. Natalia es una hija de la burguesía que se tiene que exiliar a Londinium tras unos años locos del tardofranquismo en los que no es que se meta en política activamente -no es una "Teresa" que idealiza a su pijoaparte-, una de sus autocríticas más duras es que ella ha sido, en realidad, espectadora de todo pero no se ha involucrado con nada, pero sí que le salpica vía un novio comunista [las páginas en las que describe las cargas policiales y posterior detención son para leer con el corazón encogido] del que aprende cosas como esta: Paul Lafargue y Laura Marx, yerno e hija de Karl Marx se inyectaron ácido cianhídrico cuando cumplieron 70 años, justo antes de la Primera Guerra Mundial. Él dejó esta nota: "sano de cuerpo y espíritu, me mato antes de que la cruel vejez me quite uno a uno los placeres y las alegrías de la existencia y me despoje de mis fuerzas físicas e intelectuales. ¡Viva el comunismo y el socialismo internacional!". Debería ser obligado para tod@s tener una novia o novio comunista.
Pasa doce años en esta isla, en la que aprende precisamente fotografía [su mentor le dice "te enseñaré a argumentar una fotografía": como siempre me decían en los cursos que hice, "una foto tiene que contarte una historia"]. Como esta de abajo, también de Aymerich, de las "Jornades catalanas de la dona" de 1976 en las que en primer plano están sonrientes y sentadas las feministas probablemente de la burguesía como la propia Roig y arrodillada fregando a una mujer pobre. Es brutal: hoy a esto se le llama interseccionalidad y me recuerda al libro "Por qué no soy feminista" de Jessa Crispin en el que la autora reniega del feminismo que busca solo romper el techo de cristal y no duda en oprimir a otras mujeres en ese empeño: no se puede ser feminista y de derechas [les refiero al divague en el que esto se desarrolla].
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Y entonces, vuelve. Se había ido de "todo lo que le parecía apolillado y ahora, vuelta a empezar". A menudo hablamos de "volver" o no hacerlo los que nos hemos ido, así que su experiencia, su mirada extrañada de ese nuevo país ahora que el dictador está muerto, es tan interesante como lo suelen ser las observaciones de un outsider. En un punto hacia el final le dice a su sobrino, que sí, que este país da asco pero que ella ha vuelto, porque "la ciudad se lleva dentro". Justo entonces Franco ha asesinado a Puig-Antich, el anarquista de 25 años, aunque su amiga Harmonía dice que lo han matado "los comunistas", que no se preocuparon de esta muerte -los eternos conflictos de la izquierda, y aún quedan en flashbacks coletados de las rencillas, venganzas y humilaciones de la Guerra Civil.
Por supuesto, se encuentra con una sociedad que huele a naftalina en la que los futuros suegros preguntan al novio de la hija "¿y usted con qué cuenta, joven?" [bueno, cierta burguesía catalana aún hace esa "puesta de largo" de la nena para ponerla en el mercado en pleno siglo dieci.. veinte], maridos que no dejan trabajar a sus mujeres, grupos del Tupperware [yo esto no lo recuerdo, pero sí la "seniora Avón"]. Pero ya se intuye cierta rebeldía en algunas de estas "trad wives" que se llaman ahora: hay una que confiesa que a ella sí que le gustaría trabajar y otra que le dice que van a envejecer de distinta manera, porque la prota ha vivido en el extranjero, ha abortado [la escena del aborto ilegal es dantesca, de verdad hay gente que quiere volver a eso?] cuando decidió que no quería al hijo y ahora tiene una cámara colgada al cuello que va a ser su medio de vida.
La propia familia de Natalia sirve para muchas reflexiones: el padre era arquitecto y se enriqueció a costa de la vida de los obreros, racaneando en materiales, dimensiones de las viviendas para los pobres porque "esto es lo que pide el mercado, yo qué quieres que te diga". Por lo menos, los trabajadores llevan ahora casco obligatorio, ley que no existía cuando ella se exilió. Cuando va a la boda de una criada de la familia, tiene la misma sensación que tenía cuando de joven iba con su novio revolucionario por los barrios, y describe el olor de la pobreza de una manera acertada, impactante:
"el mismo olor de miseria, la fetidez de aire caliente, la humedad que rezumaba de las paredes, el vaho de vino barato, el aliento de ajos... El olor de los pobres, siempre el mismo, pensaba Natalia, no me acostumbraré nunca (...) fuera solo había conocido desarraigados como ella, gente perdida que huía de las ciudades n hundidas, gente que no aceptaba, que no penetraba dentro del olor de los pobres, que les olfateaban a través de unos cristales desinfectados y que esgrimían teorías para sacar a los hijos de los pobres de aquel olor, olor de siglos".
Hay muchas descripciones de olores en la novela y también de sonidos. Cuando habla de los patios interiores de manzanas del Eixample se sale: te hace sentir ahí, con el tenedor batiendo un huevo, con el llanto de un bebé, los grifos abiertos, los chasquidos de la carne cayendo en la sartén, el zumbido de un lavavajillas, voces apagadas, las canerías, el silbido de una olla exprés, el zum-zum de aceite que saltaba, y claro luego el olor a pescado frito, a coliflor hervida. Así en todos los patios de la ciudad. Y en las tascas, olor de sardinas fritas y de vino almacenado en barriles. El olor es un sentido tan evocador que directamente entras en esos lugares oscuros, con sus barriles viejos. Es una maravilla.
Una novela para mí con bastantes problemas, pero también interesante, de una mujer que lo fue aún mucho más: Montserrat Roig.





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