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29 octubre 2026

"Los adioses" de Juan Carlos Onetti: Cuando dejé de buscarla, ella me encontró

Morirse
no morirse
y estarse triste repartiendo adioses
moviendo
adiós
apenas
el pobre corazón como un pañuelo.

 Idea Vilariño
"Los adioses", en "Nocturnos" (1955)


Empiezo con este poema que comparte título con la novela de 1954 de Juan Carlos Onetti sobre la que voy a escribir hoy. Novela corta que Onetti dedicó a Vilariño, con quien tuvo una turbulenta historia de amor durante mucho tiempo, aunque nunca se casaron. De hecho, en medio de su relación con ella, él se casó con otra -la tercera de sus cuatro mujeres, las dos primeras, sus primas, hermanas entre ellas. Qué puedo decir: soy del equipo Idea, ya desde que leí por primera vez su famoso poema "Ya no" -dedicado a Onetti- y que aquí podéis escuchar recitado por la autora. 


De Onetti solo había leído "El astillero", y releyendo aquel divague en preparación de este, algo que había olvidado: resulta que yo había leído/escuchado en algún sitio que "Los adioses" era la obra maestra de Onetti y una de sus preferidas. Antonio Muñoz Molina, que hizo el prólogo de la edición de Seix Barral de 2003, opina que es "una de las dos o tres mejores novelas cortas que se han escrito en español". También le hizo el obituario cuando murió, tras pasar muchos años recluido en su cama de la avenida de América 31 en Madrid. Se había exiliado aquí con su última mujer 19 años antes desde Uruguay, país al que no volvió, incluso cuando terminó la dictadura. Hay mucha información sobre su vida en el podcast de "Grandes infelices".

Así que con cierta obsesión de encontrar "Los adioses" me lancé a las calles en Barcelona en su búsqueda hace cuatro años y medio -una época marcada por una felicidad luminosa, acababa de nacer Roc. Tras placentero peregrinaje por esas maravillosas librerías de Barna, me dijeron que estaba descatalogada, y así es como terminé comprando "El astillero". Sin embargo, oh destino: el 31 de agosto -lo recuerdo muy bien porque era el cumple de mi madre y luego iríamos a la floristería- en una librería de segunda mano en Donosti, el libro me encontró a mí. Como digo, me había olvidado de mi obsesión de hace años -tanta obsesión no sería, pensará el divagante- pero al verlo algo me sonaba que no lograba identificar y lo compré. Tal vez el soufflé se había bajado por la complejidad de "El astillero", tanto que aquel divague -haciendo un guiño a que Onetti fue uno de los pocos existencialistas sudamericanos-, se titulaba "El astillero me pudo llevar a una crisis existencial".

La edición que compré es de 1978, de Barral Editores [Carlos Barral se separó de la familia Seix en 1969, pero fueron absorbidos por Planeta en 1982 y Seix-Barral funciona como sello editorial de mayor calidad dentro del macrogrupo] y difiere de la de 2003, no solo en que naturalmente no tiene el prólogo del autor de "Plenilunio", sino que el epílogo de Wolfgang A. Luchting titulado "El lector como protagonista de la novela" está como prólogo, luego sigue media página de Onetti agradeciendo a Luchting su pieza (y esta media página se titula "Media vuelta de tuerca", novela que Luchting ha citado), y por fin comienza la novela, que solo tiene 89 páginas. 

Yo nunca leo los prólogos hasta que no haya terminado las novelas, y menos mal, porque aquí la destripa por completo. Comienza con una frase que me espanta, pero doblemente porque viene de mi admirado Cortázar (*)
"esta novela que, de un modo casi asombroso, anticipa muy temprano todas aquellas tendencias recientes que exigen al lector, con los términos de Julio Cortázar, que sea, en vez de un «lector hembra», que se deja entretener, «un lector macho», uno que crea junto con el autor, el mundo ficticio de éste. que sea un «lector cómplice»".
(*) Cortázar se disculpó por esto [Señor, en las que nos tenemos que ver las mujeres]. El Gran Cronopio es uno de los grandes en eso de incluir al lector en el proceso de creación, pero también lo es Onetti según Luchting: ya lo hace en "El astillero", cuando ofrece dos finales de la novela, o en "La vida breve" cuando Luchting dice que "le da la impresión de que los personajes están inventando al autor". También dice que la técnica que usa Onetti en esta novela para implicar al lector es la del "punto de vista".

En "Los adioses" lo vemos todo desde los ojos de un hombre que regenta un almacén (entiéndase: un colmado de lugar remoto que hace también de bar y correos) en un pueblo de montaña donde hay un sanatorio para tuberculosos -el mismo almacenero fue uno de ellos [«hace quince años que vivo aquí y doce que me arreglo con tres cuartos de pulmón»]. Aquí llega nuestro protagonista, un hombre de unos 40 años que se aloja en el hotel, no en el sanatorio, y en la primera conversación entre el almacenero y el enfermero ya conocemos su pronóstico: parece que el almacenero no necesita "nada más que verlos llegar almacén con sus valijas, con sus porciones diversas de vergüenza y de esperanza, de disimulo y de reto" para saber si se van a salvar. A él le hubieran bastado "aquellos movimientos sobre la madera para saber que no iba a curarse, que no conocía nada de dónde sacar voluntad para curarse".  Y por si alguien aún dudaba del existencialismo en Onetti, sigue: "una desesperación a la que está ya acostumbrado, que conoce de memoria. No es que crea imposible curarse, sino que no cree en el valor, en la trascendencia de curarse".

Es imposible que un sanatorio para tuberculosos no te lleve a la maravillosa [así la recuerdo tras más de 30 años -no hay divague, era preblog-, quién sabe si la releyera] "La montaña mágica" o a la para mí decepcionante "Tierra de empusas" de Olga Tokarczuk. El subir a cualquier montaña en un estado de enfermedad sin saber si vas a bajar es de nuevo existencialismo básico, pero mucho más si eras, como el hombre, el mejor jugador de "básquetbol" y llevas el último año poco a poco asumiendo tu pérdida de salud, que el almacenero describe:
"Sin alegría, pero excitado pude explicarme la anchura de los hombros y el exceso de humillación con que ahora los doblaba, aquel amansado rencor que llevaba en los ojos y que había nacido, no solo de la pérdida de la salud, de un tipo de vida, de una mujer, sino, sobre todo, de la pérdida de una convicción del derecho a un orgullo. Había vivido apoyado en su cuerpo; había sido, en cierta manera, su cuerpo.  Acepté una nueva forma de la lástima, lo supuse más débil, más despojado, más joven".
Este hombre va regularment al almacén a coger correspondencia que le llega de dos mujeres, con sobres muy diferenciados: unos a máquina, otros manuscritos. Ambas llegarán en un punto al pueblo de montaña y de sus circunstancias y de la relación que parece que tienen con el hombre empieza a especular el pueblo entero y nosotros, a través del almacenero que opina, "lo que le estaba dejando a la otra no era el cadáver del hombre, sino el privilegio de ayudarlo a morir, la totalidad y la clave de la vida del tipo". Y aquí lo dejo, o me va a quedar el divague más largo que la novela- como se me ha achacado antes.

Onetti afirmaba que no corregía lo que escribía: “Yo no corrijo, porque no sé escribir mal”, y madre mía, cómo escribir con su densidad, que es la de la poesía, sin volver y volver y volver.  Tenerlo todo en la cabeza, como un freak de las matemáticas que haga cálculos imposibles sin papel y boli - bueno, hoy en día, hoja de cálculo. Pero esta no es una obra de hoy en día: tan alien la deben considerar los editores que, con suerte, solo podrás dejar que la propia novela te encuentre -en una librería de viejo, la estantería de una amiga, un montón de libros de intercambio- a ti.

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