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27 junio 2022

Serial 50. Fin de Serial

Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. 

Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.


Cierro el cuaderno durante unos minutos, me abrazo a él, fijo los ojos en la claraboya. Está todo oscuro, pero ya me va bien: no quiero ver nada. Esta misma operación ocurre varias veces en la noche durante la lectura del cuaderno de Sylvia Lannister. Es historia personal, con poemas suyos intercalados, con poemas de otros: una amalgama que se resiste a definición. Es algo confesional, reivindicativo, explosivo. 


Conocía su pasión por la poesía, pero quién me iba a decir que se atrevía a saltar idiomas y décadas y continentes, océanos; quién me iba a decir que una inglesa de fin de siglo conocería a una uruguaya nacida en 1920 de la que yo nunca había oído hablar, Idea Vilariño. Este poema, copiado con su letra antigua, "Ya no", es tal vez el poema de amor más triste que yo haya leído nunca, igual que lo es, de entre todos los conciertos, el de chelo de Elgar de hace unas horas en la fiesta. Lannister, que lo incluye en un momento muy significativo de su cuaderno, explica que Vilariño se lo escribió a su amor, Juan Carlos Onetti, con el que tenía una relación muy complicada. En otro punto, habla de Charlotte Perkins Gilman, de cómo le impactó "The yellow wallpaper", relato de enfermedad mental y feminismo. Perkins Gilman, que desoyó la prescripción médica de "descansar en cama" para tratar la depresión postparto que la estaba matando. Y que logró salvarse dejando a su marido y abriendo ventanas a estímulos intelectuales - en su caso sufragismo y socialismo. Y luego, claro, estaba Plath, mucha Sylvia Plath en poemas completos, o fragmentos. Vilariño, Perkins Gilman, Plath: todas mujeres que sufrieron por sus parejas. 

Pero eso lo explica en otra parte del cuaderno, y ahora estoy asimilando el poema de Vilariño, que es como mirar el mar desde un acantilado de noche.  No me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. "Ya no", el poema, está intercalado en uno de los muchos intentos de Sylvia de dejar lo que tenía con Steen. Son tantos momentos y tan claustrofóbicos, que a ratos me parece que me falta el aire. Y describe el desgarro como ya me imaginaba que sería capaz porque, alguien que se abre en canal en notas clínicas que puede leer casi cualquiera, en un cuaderno privado es capaz de todo


Sylvia empezó con este cuaderno en un punto de su relación con Steen, pero obviamente escribía antes: aparte de lo que compartía con el Grupo Bandersbury, escribía un diario, y poemas y relatos. Aquí hay alusiones a su vida pasada: el novio de hacía un tiempo, en Berkeley con una beca post-doc dando clases de literatura. Su obsesión por la poesía, desde que era pequeñita. Su amistad con Isabel Archer, con la que tal vez compartía el haber elegido este trabajo solo para adentrarse en el alma humana. El grupo Bandersbury, recuerdos y cierta añoranza brumosa. Todo esto, se vería pronto, solo estaba incluído como contexto de su situación actual.


En las primeras páginas, queda claro que Sylvia está confundida: hace un tiempo que su jefe y supervisor, el doctor Damien Steen -Dam, como a él se refiere- ha iniciado una aproximación extraña hacia ella. No parece tener un componente romántico ni sexual, solo un interés por compartir su gusto por poesía. Todo comienza en conversaciones en supervisión - si hace buen día, paseando por el bosque. Más tarde en poemas que él le deja en el correo interno, en el bolsillo del abrigo, en el buzón de su casa. Otras veces, él hace como que nada de esto ha ocurrido, o no le deja poemas en un tiempo. Todo lo que pasa despacio, pasa mejor y compartir poesía durante meses es un vicio en sí mismo. Poco a poco, lentamente, él no tiene ninguna prisa. Reforzadores Positivos Intermitentes, los más efectivos, dice el conductismo. Sylvia describe tan bien la emoción del momento de ver el trozo de papel doblado, su corazón a mil, y luego no poder dormir, no parar hasta memorizarlos, hacerlos suyos, poderlos recitar con la mirada perdida, disociada, en un punto del infinito.


Cuando ella le empieza a dejar poemas a él, se siente mal. No sabe por qué, pero cómo hablar de esto con su novio que, mientras ella en mitad de la noche le escribe un poema a Dam, está ajeno inspirando a una clase de estudiantes californianos a leer a TS Eliott. Pese a todo, continúa, en medio de problemas de conciencia, culpa, remordimiento, que dan mucho juego literario en su cuaderno. Escribe una mente en conflicto con ella misma, con su rol como novia, con las expectativas de la sociedad de una mujer en su circunstancia. Son entradas llenas de desazón y vértigo pero también de solo-se-vive-una-vez. Son todas las mentiras que la humanidad se ha dicho a sí misma en esas situaciones -no hay nada nuevo bajo el sol. Pero también todas las verdades: seguro que en el lecho de muerte, la gente debe dolerse por lo que no hizo, por el momento no vivido. 


Entonces fue la época en la que se empiezan a comunicar además a través de las notas clínicas: Sylvia cree que todo es referido a aquello que le está pasando y está presente en todo lugar.  En el hospital, nadie nota nada: él sigue flirteando con su harén de enfermeras cuando pasan planta- todas desesperadas por una gracia suya-, pero con ella el juego es diferente, menos evidente, más oscuro, y Sylvia se siente enloquecer de júbilo. En el grupo Bandersbury, alguien tal vez anota que si su poesía siempre había sido de alguna manera desgarrada, ahora ha cobrado la intensidad del que escribe con su sangre.


Cada vez menos se pasea su novio por sus duermevelas, probablemente en esos momentos una playa hasta arriba de cannabis y enrollándose con chicas con cintas en el pelo. Esa imagen en su cabeza, su novio besando a hippies, le parece inocente y casi tierna, nada que ver con su despeñarse por un barranco con este hombre con el que tiene una relación de poder, que le lleva más de 20 años, del que todas las enfermeras están enamoradas y al que espera su mujer en casa cada noche: ¿qué puede ir mal? Algo le dice a Sylvia no solo todo esto, sino además que Steen no es trigo limpio.


Pero le da igual: cuando se deja de pensar con claridad, como ocurre por definición en todo enamoramiento, ese estado de enajenación mental transitoria, todo esto da igual. Lo que te dice tu sentido común o te diría tu madre, tu hermana, tu amiga, las feministas de la primera, la segunda, la cuarta puta ola, todo da igual. Así que ella se lanza y se lo dice, porque “esto que tenemos, nadie, en ningún sitio, jamás lo tuvo” y no se puede dejar pasar. Pero él responde con el "The dark end of the street", que yo ya me sé de memoria de tanto escucharla. Y Sylvia copia parte de la letra en su cuaderno, y lo rodea: siento como le duele cada vez que va por encima de las letras: “Hiding in shadows where we don't belong”.  No, Sylvia,  no puede ser, es lo que ya sabías antes de comenzar, cuando estabas en el borde del trampolín antes de saltar. De qué te sorprendes ahora, tonta, más que tonta, en qué estabas pensando idiota.


Todo da igual, porque cuando empieza el sexo -cuidadosamente pautado por él- es la repetición magnificada de todos los sentimientos anteriores. Si antes era la culpa, el anhelo, la desesperación de la ausencia, ahora es el terror de que se acabe aquello algún día. Porque lo que pasa con Dam -Sylvia me persuade de que llamarlo sexo es banal- no tiene que ver con nada que ella hubiera tenido antes con su novio, con previas relaciones, con rollos de una noche. Aquellos encuentros pasan a ser una especie de estado de gracia, son meterse morfina, entrar en trance, perder la orientación y el sentido.


Pero otras veces, cada vez más, son tocar fondo y no poder ni querer salir de ahí, en esa sima oscura y densa que no es normal, ni conduce a nada más que a sí misma, regodeo de lo abisal. La adicción mental se vuelve física y Sylvia describe lo que más bien parece una no-vida alternada por momentos de luz tan intensa que ciega, y que la deja deslumbrada hasta la siguiente dosis. Sabe que no controla nada, pero que quiere seguir sin control -esto es de primero de adicciones. Pero cada día más que el anterior, Sylvia termina derrotada, queriéndose ir a su casa, a la cama, al útero materno y no salir jamás. Todo está en juego: el respeto por sí misma, su salud, su vida. Porque cada día se siente más baja, más detestable, más mierda,  


Pero un día -y aquí aún tenía fuerzas para coger un libro- releer el primer capítulo de la Señora Dalloway -"en el triunfo y el tintineo y el extraño rugir agudo de algún avión en lo alto estaba lo que ella amaba: la vida; Londres; este momento de junio. Porque era a mediados de junio. La guerra había terminado"- le da la fuerza. Y coge impulso, y empuja desde el fondo con los pies. "Ya no", el poema de Vilariño marca el punto de inflexión. Y a punto está de salir. Pero él no quiere, y no se lo permite.

A partir de "Ya no", Dam cambia de táctica y comienza el sitio de Sylvia. Además, peligrosamente, lo sabe todo de mujeres atormentadas: es su trabajo. Ella no engaña: ya físicamente Sylvia es una delicada ninfa de los ríos, pero él sabe de su sensibilidad especial por lo que escribe y cómo lo escribe, y sabe de su vulnerabilidad en esos momentos. Dam es incansable, pero no lo parece, lo hace muy bien. Pretende lo que no es - nuestro único amor arrebatado, nuestra pasión particular- y ella, sin poder ya pensar ni explicar nada, solo mostrar una aquiescencia como drogada, en la que deja gradualmente de ir con sus amigos a tomar algo a Serotonina, o bajar a Whitby, y en su lugar contarle cada paso del fin de semana, que él lo lea todo, lo sepa todo. Su poder, su control: sin necesidad de utilizar ninguna fuerza física. 

En las siguientes semanas, debe ser evidente para cualquiera que sepa mirar que ha perdido mucho peso, que tiene ojeras marcadas, y lo que en el principio atribuyen sus amigos de Bandersbury a su intensidad poética -casi mística- queda claro para mí, que estoy leyendo esto unos años después, que son los pródromos de una depresión clínica de caballo. Pero en un hospital psiquiátrico nadie lo sabe ver. Deberían haberse preocupado cuando Sylvia deja el grupo de escritura, deberían haber averiguado de qué iba aquello: una expresión más del control coercitivo que ejercía sobre ella Dam, Damien, el maldito doctor Steen.

Sylvia escribe poemas desesperados en esa época, poemas sobre zorros agonizando atrapados en cepos que no acaban de morir, de grietas negras en el hielo en la periferia de un glaciar, de uñas que se clavan y dientes que muerden y ojos vacíos.  A medida que avanzan las páginas, es sobrecogedor cómo la enfermedad la tiene agarrada desde dentro, cómo no piensa con mínima lógica, cómo todo son círculos de los que no puede salir sola, ni siquiera haciendo aquello que la ha salvado tantas veces y que es su mayor pasión en la vida: escribir. 

Cuando empieza a describir ideas de suicidio son solo vaguedades: "tal vez no merece la pena estar aquí". Poco a poco, comienzan a cobrar cuerpo, y se intercalan con lo que me parece palpable es abuso emocional. El sexo es cada vez más en sus términos, los de él, usado tanto como castigo como premio -de una manera que a ratos apoya su lógica -inaceptable, vista de lejos- y otras veces aleatoria y por ello más desoncertante y desestabilizante. Lo único que sabe Sylvia ahora es que se está volviendo loca, y que no hay salida. Las ideas ocasionales de suicidio han evolucionado a frecuentes, y de ideas a planes potenciales, y de ahí, a empezar a robar pastillas de la planta, por si se ve desesperada. Como si no lo estuviera ya. Sola, desnuda, acurrucada en la esquina de un almacén abandonado, así es como se describe y esa imagen me hace cerrar el cuaderno y llorar desconsoladamente. Por ella, y por mí: porque sé que esa imagen nunca saldrá ya de mi cabeza y me acompañará siempre. 


Después de un rato en el que me parece que todo esto es demasiado por sobrellevar, algo cambia. La misma imagen me da ahora a mí, replicando un momento de Sylvia, impulso para empujarme: tengo que compartir esto. Abro de nuevo el cuaderno y paso páginas rápido, leyendo aleatoriamente frases, trozos de poemas, y escucho su inflexión de voz: ahora que conozco la historia, me puedo parar en la forma de contarla y me doy cuenta que todo el cuaderno es lo que se llama literatura. Pero aparte de esto y de que mueve y conmueve, es además un arma. Y no solo para hacer justicia -alguien tiene que parar a Steen-, sino para que muchos lo lean y se encuentren, o tal vez para que otros estén alerta para el futuro. Pero sobre todo, por ella, porque no puedo dejar que un talento así se quede enterrada en unos túneles, una vaga memoria de un grupo que escribía: su lugar está ahí fuera,en las librerías, en las bibliotecas y en el corazón de la gente a la que va a tocar con su magia, como lo ha hecho con nosotros.  


Sylvia, estabas esperando a que alguien como yo, un día, pudiera encontrar tu cuaderno. Con tremenda ambivalencia, eso sí, porque tengo claro que la razón por la que tú misma no dejaste este cuaderno más visible fue por vergüenza. Como si esto hubiera sido culpa tuya. Como si, aparte de tu bondad e ingenuidad, hubieras tenido algo que ver. Pero aquí estoy yo, para intentar por todos los medios publicar este cuaderno, que será tu libro. Lo sé, Steen, tengo mucho que perder, pero por algo tan enorme como esto merece la pena arriesgar a quedarme sin carroza. 


De repente, un ruido abajo rompe el silencio absoluto de las horas que llevo aquí leyendo. Hay un forcejeo: están intentando abrir la escalera del desván. No hay cerrojo para echar desde arriba y no hay posibilidad de esconderme aquí. Estiran y la escalera ha ido para abajo. Y entonces, la cabeza de Sister Harding, seguida del señor Foster: nunca me había alegrado tanto de ver a alguien. Harding me abraza, y yo a ella, y las dos estamos llorando. Es como si ella supiera, como si ella hubiera sabido desde hace años, en primera persona, lo que yo acabo de descubrir.



El señor Foster era el único que sabía que existía el desván y que yo subía aquí, igual que Harding fue la única que se dio cuenta de que yo me había ido de la fiesta: forman un buen equipo. Cuando por fin bajamos, al final de la escalera están mis amigos: Sandip, Marla, Will, Yolanda, Richard, Isabel, Duncan, Morgana. Todos pálidos, las lentejuelas mate, como una compañía de titiriteros baratos -dónde quedó el grupo teatral algo venido a menos de hace unas horas. Me abrazan, me hacen una melé, y al separarnos sabemos que tenemos que hablar.


Y así es como amanece -y eso es decir mucho en diciembre en Yorkshire- ese domingo, todos alrededor de la chimenea en los sofás amarillos, yo voy contando mi historia, y ellos van recordando todos los momentos, todos los suspiros, todos los cambios de tema. Del terror grupal por lo que había pasado, del miedo de hablarlo, o contárselo a una nueva. De la culpa con Sylvia: por no haberlo reconocido, por haber mirado para otro lado, por haberle fallado. En una esquina, muy callada, está Sister Harding. Cuando al final se pone a hablar, se instala una nube oscura sobre nosotros: poco había cambiado la manera de operar de Steen en todos estos años. Hace muchos, Harding fue enfermera en la planta de perinatal pero, aunque con cicatrices, logró escapar. Tal vez era más fuerte, tal vez más cobarde, tal vez con otras prioridades, tal vez no tenía otra opción, pero decidió no perder su carroza. A cambio se le cerró el corazón, se le hizo de hielo, se transformó en la Sister Harding de mi primera noche, severísima bajo las gárgolas iluminadas. Este mecanismo de defensa le fue bien durante mucho tiempo: convencerse que lo que le había hecho Steen era algo suyo, privado y como tal lo tenía que manejar. No tenía nada que hacer frente a uno de los médicos más carismáticos de Banderley: quién se creía que era ella, una enfermera de pueblo arribista que seguro lo había instigado. Los años pasaron, los laureles, los hijos, los viajes se sucedieron para Steen; ella se quedó anclada como enfermera jefa de la planta de Cook. Su mente bloqueó lo que pasaba con la hilera de residentes y enfermeras que rotaban en la planta de Steen, hasta que llegó Sylvia. Entonces los fantasmas empezaron a aparecer cada noche, aunque seguía igual: no lo podía hacer sola. La culpa, la rabia y el dolor iban a destruirla, pero la vergüenza era viscosa y enorme. Así que esperó y esperó, igual que esperaba el cuaderno de Sylvia, ambos enterrados, a que érase una vez, de un país muy lejano llegara alguien, curiosa y audaz, a la que dejaría pistas en forma de regalo de Navidad. Quién lo iba a decir, aquella persona era ese ratoncito asustado de hace un año: yo.



Es 23 de diciembre, en el aeropuerto de Manchester: vuelvo a casa por Navidad. Encuentro una cabina y marco el número de Wences:


-No sabes la de cosas que tengo que contarte, Wen, pero no tengo más que un minuto para despedirme.


-Mi niña! ¡Te vas a casa! Tu familia no te va a conocer!! Ah, y lo primero: felicidades por pasar tu examen!!! A la primera!!!!


-¿Cómo lo sabes? ¡La carta llegó ayer! - le digo


-Tengo mis informantes, que obviamente no son tú -dice- ¿Cuándo echas la solicitud para la plaza en mi hospital? Ya les he hablado de ti...


-Yo que sé Wen, tengo que pensar mi vida, han pasado muchas cosas...


-¿En el manicomio? ¿En serio? Va a tener que ser una buena historia para rellenar estas Navidades de guardia… las primeras que paso fuera de casa - y termina pretendiendo una voz llena de pánico.


-Ay qué llorica eres, te llamaré desde allá… una cosa, escucha: ¿no tenías una amiga en una editorial?


-Sí, Joanna, muy amiga nuestra...


-En enero, ¿me podrías poner en contacto? Tengo una cosa que quiero publicar- le digo, tengo el cuaderno de Sylvia conmigo - Esto se corta! Love you!


-Love you too, Mariona, vuelve pronto... 


Y sí: se corta. Pobre, como yo el año pasado: trabajando en Navidades y además con las nevadas y los regalos misteriosos y la soledad de Banderley. Localizo el buzón de todo aeropuerto: siempre me han parecido muy literarios, cuántas novelas podrían empezar así - la prota echa una carta y vuela. Llevo un montón de felicitaciones -que son en realidad agradecimientos-  que he ido escribiendo en el tren - en esto ya me han hecho británica. Las voy cerrando y echando de una en una. Mark, gracias a ti descubrí el misterio, cómo va ese brazo. Yolanda, Marla, Morgana, gracias por la amistad, y tienes el kogai encima de la mesilla. Sandip, gracias por retar a mi paladar y mi paciencia. Isabel, gracias por las Bronte y por haber querido a Sylvia.  Will, siempre te deberé a Plath. Sister Harding: gracias por la valentía, por cuidarme y rescatarme. Doctor Cook, gracias por Hobbes, Rousseau, los yanomamis y los intentos por que sea una psiquiatra integral. Jack, gracias por el soul, el blues, James Carr (encontraré la otra canción en vacaciones, ya verás)- y - dudo si escribir esto -, por Hampstead Heath. 

Llaman a embarcar. Miro por los ventanales y, al igual que aquella tarde hará más de un año en Victoria Coach Station: por supuesto, llueve.



~~FIN~~



10 comentarios:

  1. Qué decir, maravilla. Desde el realismo desgarrador del "ya no" hasta "tu y yo en el extremo oscuro de la calle" Bendita enejanación mental transitoria (vivir la vida) aunque al final te lleve al abismo.
    Espero que algún día vengas a la Leal Villa a firmar libros.
    Un abrazo
    vi

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    1. Bueno Vi, qué decirte q no haya dicho... muchísima ilusión q lo hayas leído y muchísimas gracias por las inmerecidas loas...

      ... y veo más factible q tú vengas algún dia por Londinum de turisteo y te invite a una pint...:)

      Muchos besos

      di

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  2. “nunca sabrás quién fui
    por qué me amaron otros.”

    Hoy (ahora) me quedo muy en la puerta… aunque me gustó todo el remate de la faena… pero es que esa dupla versificada, tan “algorítmica” por cierto, me da pie para meterme con la manía que tiene el ser humano por desconocer lo esencial (parte de lo esencial) de su pareja afectiva… y por eso me “río” de los tríos, y ya no digamos de las llamadas comunas…

    Son los celos (nuestro enorme y esplendoroso ego), lo que nos mueven en el trasiego de “sitú/siyo”, nunca la necesidad de conocer más a fondo al otro… sobre todo, tal como dice el segundo verso, en ese fenómeno (del que tanto escapamos) que es “lo que hace a nuestra pareja atractiva para otro ser humano… eso nos podría ayudar a conocerla mejor, incluso!

    Pero, sí, no soy quien para tirar la primera pìedra, solo hago bien lo de reflexionar “a distancia” (mucha), sobre ese fenómeno.

    Bicos sabrosidos…

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    1. Graciñas MV.. yo sabía cómo quería rematar la faena, pero a veces lo q tenemos en la cabeza no se transmite fácil... me lo he releído -lo prometo- varias veces a ver si se entendía...

      Has escuchado cómo recita Vilariño el "Ya no"? (está enlazado)... estremece. Busca por ahí su rollo con Onetti. Yo no la conocía y he descubierto un libro de poemas suyos q me ha gustado mucho.

      Bicos tipo "final de una era"

      di

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    2. Alguna afirmación y alguna pregunta, a partir de un comentario sobre la falta de sexo en tu serial (donde no falta la seducción y el “dejarse ir”, por cierto…)... y, por supuesto, que pienso entender el sentido del comentario… simplemente me lanzo al egeico mar, aprovechando la roca que me ha cedido…

      Para mí, las mejores escenas con sexo son las que no permiten individualizar cuerpos humanos… entre otras cosas, porque la “melé” erótica festiva va precisamente de la fusión carnal y mental entre dos seres humanos (los tríos mejor me abstengo)...¿cuántas escenas de sexo se pierden entre paisajes escabrosos y poco provocadores, eso que yo considero apropiado para mentes que sueñan con androides eléctricos, repletos de tetas (y penes)… especialmente seguidas “desde el gallinero”!

      Y podría seguir ad aeternum…¿Cómo excitarse con un pene flácido o erecto (en modo power range), si estás sentado en uan butaca de cine, sin masturbarte o dejando que te masturben?… realmente seguimos sin entender (los humanos), que la máxima excitación de una líbido, puede estar en la tersura marmórea de una Venus de Milo… sobre todo si es en la excelente versión de una Eva Green… ¿qué los pliegues de una vagina, en estado de nula excitación por parte del observador, pueden ser menos atractivos que los pliegues marcianos, para un amante del espacio exterior (o los grandes pliegues geológicos de nuestras cordilleras, poniéndose en plan más terrestre)...

      En fin, no sigo, porque en esta sociedad adulta dominante hipersexualizada e hipermudable en los “géneros posibles”, uno empieza a pensar que lo mejor que le ha pasado, en los últimos tiempos, fue la maravillosa entrada en el Edén de la Jubilación… una segunda adolescencia, donde el adulto dominante y jerarquizador está ausente “per se”... (si es que te libraste , claro, de tu Mr. Hyde adulto, ese que generaste en tu cabecita de “arriba”, aunque suele pretender que “pienses” con la cabecita “de abajo”)… es como si ese concepto tan huidizo y casi utópico, que llamamos libertad, se fuera corporeizando en una especie de pátina que te va cubriendo… el cuerpo se va envejeciendo, pero la mente se abre hasta límites que ni la matemática puede imaginar… cuando el tiempo que te queda tiende a cero, entonces las ganas ilimitadas de aprovechar los microsegundos de vida, que te quedan, son como viajar en el espacio exterior, tal que nave de “2001, una odisea…” cara la distante Júpìter… y, lo que es mejor, sin un Hal 2000, que te quiera joder el rumbo y escribir su versión robótica del viaje en la bitácora de a bordo…


      Bicos limitados (toca ser realista)...

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    3. Cómo estamos MV! :):):) jaja algo me dice q lo de la falta de sexo en Serial era en modo irónico, pq claro q hay (tira para atrás, q tú no has leído desde el principio)... Entiendo q prefieres lo insinuado a lo explícito y, qué decir: claro. Pero además en todo, recuerda aquella primera peli de Amenábar (Tesis) en la q no veías nada, pero solo escuchar era mucho más terrorífico q ver, por lo imaginado. Creo q escribí en comentarios lo dificil q es escribir sobre sexo bien y a tenor de esto, recuerdo un libro q hace mofa de todos aquellos libros tórridos tipo DH Lawrence (leí "Women in love" el anio pasado y puse uno de sus párrafos sexuales-ya había puesto antes otro de Lady Chatterley)... si buscas "Cold comfort farm" te saldrá... Ah, y me hace gracia q cites a Eva Green en ese contexto pq recuerdo q cuando leí una crítica a "The dreamers" hablaban de su "belleza olímpica"...

      Lo de tu jubilación me da envidia... ahh qué haría yo sin tener q atender a este chiringuito llamado trabajo-a-tiempo-completo! Auqnue ya son varios jubilados q conozco q dicen q no tienen tiempo de nada... :)

      bicos olímpicos

      di

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  3. Querida Di,

    Me guardo como oro en paño la lectura de tus últimos dos seriales. Buscaré un momento y lugar apropiados para ese momento en el que esté serial, su autora y servidora.

    Escribes bien bandida, escribes bien. No me fue fácil al principio meterme en tu mundo, en tus maneras y escritura. Debí bajar rpm a mi gestión de las pantallas y dejarme llevar por una historia en la que me da hay mucho, muchísimo de ti. Así, me he dejado llevar por serial de tu mano durante muchos capítulos, siendo consciente de que escribes sin más, sabiendo que la planificación es escasa y que me podía encontrar cualquier cosa. Sin embargo, has hecho posible que cada vez que veía un nuevo serial se me escapara media sonrisa por el placer de volver a tu mundo, ese que has creado porque te ha dado la gana y porque te gusta escribir.

    Decidiste que no se podía publicar en anónimo, (o lo decidieron por ti), de ahí mi falta de comentarios pero no de las ganas de comentar. Te habría dado pal pelo por tu falta de regularidad, por los flecos no cerrados (nunca más se supo de una puerta cerrada al tiro cuando mariona estaba en la piscina una noche), por los personajes bien planteados pero no desarrollados, por no escribir bajo la idea de una lectura seguida, por la falta de sexo, asesinatos, y truculencia (que mariona parece que tenga 14), por tus citas eternas en las que te pierdes y no avanzas en lo que haces mejor: escribir.

    Bien, todo eso ya ha pasado. Ahora sólo me gustaría animarte para que vuelvas a escribir más y mejor. A ti te gusta escribir, a mí me gusta leerte.

    Gracias, muchas gracias.
    kaa

    otrosí digo, eres un encanto al responder a todos tus innumerables lectores.

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    Respuestas
    1. Dear Kaa, ya has visto la q has liado con la falta de sexo y truculencias. Lo primero gracias por persistir en "meterte en mi mundo y maneras"... es una actividad de riesgo. Supongo q tienes razón, en cualquier cosa q escribimos hay tanto de nosotro@s... claro q ojalá yo fuera tan valiente como la prota para meterme por túneles y enfrentar a malos (igual proyectamos quienes queremos ser, no me fastidies con q tiene 14 anios!).

      Sobre "los flecos no cerrados", no quedamos q no te lo has leído? PUes en el último se cierra todo, incluido quién estaba escuchando en la piscina. Personajes no desarrollados, disgresiones varias, falta de regularidad... bueno, lo q está pasando es q contestando a estos puntos me estoy pasando de palabras (yo? really?), me está quedando una especie de "making- of" de serial, así q, aún a riesgo de q el ombliguismo sea imperdonable (ya qué más os puedo infligir?) igual lo publico por separado... tú habrás tenido la culpa...

      Grache mile, es un placer contestar a los innumerables lectores :)

      di

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  4. ¿Qué decir después de los comentarios anteriores?
    Que me ha gustado mucho y te animo a que pienses en hacerlo de nuevo, que escribas lo que quieras y que, sin maestros de manera formal, lo haces muy bien.
    Un fuerte abrazo

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    Respuestas
    1. Oh Andandos, te agradezco enormemente haber leído y todos tus comentarios. Supongo q escribir una novela normal debe de ser un proceso muy solitario, pero aquí ha sido distinto, la verdad es q esperaba vuestros comentarios con mucha ilusión. Una vez leí a una autora q decía q durante la escritura siempre había por lo menos un par de veces en cada novela q se planteaba el "esto no le interesa a nadie, qué estoy haciendo" etc... aparte de las dudas normales, no me ha pasado eso por publicarlo así -es hacer un test a vuestra paciencia, pero a mí me ha gustado mucho :)

      Otro abrazo

      di

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