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08 octubre 2026

"La cabeza de mi padre" de Alma Delia Murillo: Que el malismo se pase de moda

 "La cabeza de mi padre" de Alma Delia Murillo ha sido el último libro mexicano de este verano, lo terminé a principios de agosto, justo al llegar a Londinium. Fue recomendación del Náufrago Ro antes de que supiéramos que veníamos a México, y cada vez que lo intentaba encontrar en una librería española, estaba agotado. Por fin, lo compré en la librería Ghandi de Coyoacán. Vengo diciendo que el tema de los hombres como pinches pendejos ha sido generalizado en mis lecturas sobre este país, y el de Alma Delia Murillo no va a ser menos. La otra noche, viendo la peli de Sorogoyen, "El ser querido", en la que Javier Bardem hace de un padre ausente y Victoria Luengo de su hija tremendamente enfadada, recordé el libro de Murillo: padres ausentes los hay en todos los sitios pero en el caso de México, la cifra de estos pinches pendejos es escalofriante. El 50% de los mexicanos vive sin padre.  


Murillo estudió Literatura Dramática y Teatro y después de múltiples trabajos en empresas, ahora se dedica a escribir. Empresas en las que pronto aprende que, como mujer, "no has de ser ambiciosa, ni pedir cambios, sonreír, complacer y hablar en plural de lo que hagas, aunque lo hayas hecho tú sola". A los 40 años, tras soñar que se iba a morir, decide salir a buscar a su padre, que había abandonado a su madre con nada menos que ocho hijos pequeños y se había largado a Lázaro Cárdenas, sin dejar rastro. La autobiografía comienza muy fuerte, con "las siete cosas que hacer en esa zona". 
"La primera es sobrevivir a la pobreza, la segunda es sobrevivir al hambre, la tercera es sobrevivir a la falta de servicios de salud, la cuarta es sobrevivir a la falta de oportunidades, la quinta es sobrevivir a la guerra criminal por el control del aguacate, la sexta es sobrevivir a la falta de educación, la séptima es sobrevivir al narco". 

Aunque justo antes ha dicho algo que me ha robado el corazón: "en este país todos somos hijos de Pedro Páramo". La lectura de este clásico fue una de las razones por las que quise volver a México: 
"Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo". 
Y es verdad, Pedro Páramo es el hijo de todos los padres ausentes del mundo. Es Alma Delia Murillo, que no se queda en Rulfo, sino que usa muchas referencias en la novela, desde el  "King Lear"  de  Shakespeare, el "Hay golpes en la vida tan fuertes, yo no sé! Golpes como el odio de Dios" de César Vallejo, hasta "La invención de la soledad" de Paul Auster, pasando por "Ordesa" de Manuel Vilas. 

Buah, las referencias le encantan a La Vampira de Referencias, pero hay algo que me gusta aún más, la metaliteratura, y de eso, este libro está lleno. En la primera página ya confiesa que escribe sin mapa ni guía en estrategia narrativa [escritura brújula, también la mía], y plantea el contar cómo empezó todo, que no el principio: "el principio no puedes escribirlo; quién sabe si alguien lo puede escribir". No descubre nada cuando reflexiona que todos escribimos la novela de nosotros mismos, más o menos encubierta, y que para controlar el pánico "hice lo que suelo hacer para controlarlo, me senté a escribir".  Porque "escribe, dice la voz del inquilino que me habita y que me regala la distancia para mirar a través de ella". Y la mirada, cómo la historia puede ser la misma, pero si mueves el lugar desde donde la ves, te das cuenta de que el verdadero milagro es cambiar el punto de vista (?es el destino maldito por quitarnos el padre, o maldito el padre por irse?). Y frases dramáticas de las que me gustan, como que "escribir es un acto mucho más cercano al abismo que al proyector de luces", o algo que me representa: que escribiendo aprendemos a mirar la condición humana. 



Pero, ¿cómo se siente una niña sin padre?  "No te conozco, pero he pasado tanto tiempo contigo, y lo primero fue la vergüenza". Desde las miradas en el colegio hasta cuando se echa un noviete y le pregunta aquello de "qué hace tu papá, qué hace tu mamá". Y, "no tengo papá". Y, el tipo desaparece: parece que a su familia no le gustó que la de Murillo no fuera "normativa", eufemismo actual de "normal".

Tal vez por la endémica ausencia de padres en México, existe veneración por las madres . El Día de la Madre es "un carnaval frenético del fanatismo que no conoce límites", pero  el problema de eso es, como siempre, quien se queda fuera [cómo no recordar el maravilloso "El domingo de las madres" de Swift aquí]. Una amiga suya sin madre vivía aterrorizada con ese día y Murillo compara: aunque a ella le incomodaba el Día del Padre, no tenía la carga demoledora de lo que le caía a su amiga. Antes, esto ni nos lo planteábamos; hoy en día, los almacenes envían mensajes a los clientes unos días antes, por si alguien quiere "quedarse fuera de los emails de promoción —al final, son eso: ocasiones para el consumo— del Día de la madre/padre/lo que sea".  Todo se va al garete, pero la sociedad es más empática, se plantea estas cosas, o no reírse de los gangosos, los cojos, los gordos. Y sigamos adelante con esto: no dejemos que el malismo gane.

Y eso que la relación con su madre es compleja, nada inusual en mujeres en las que ha habido un cambio cultural grande entre sus generaciones. Dice que de adolescente la odiaba, pero algo cambió cuando comprendió, con el viaje de los años, que no solo era su madre, sino que era una mujer. Cuando su madre se enamoró, Murillo fue testigo de su transformación en "fiera amorosa" y lo que le alegró verla vivir eso. Porque el enamoramiento -agotador como es- es el mejor estado de los seres humanos. Curioso lo de enamorarse como una bestia, cuando hacemos tantas cosas para no sentir, para habitar paraísos anestesiados. "No queremos experimentar emociones indomesticanas (...) pero solo en el amor somos depredador y presa, solo en el amor queremos matar y al mismo tiempo mostramos el cuello como lobo rendidos al alcance de un te amo que podría ser más letal que un disparo". Aquí enseña la patita su generación: nos enseñaron a vivir el amor como enfermedad, obsesión, descontrol, como "cuando no muere mata", y creo que los Z que vienen ahora verán esto un poco marciano.


La infancia de Murillo está recorrida por la pobreza -imaginemos, madre soltera con ocho hijos- y la describe como quien no ha estado ahí de turismo. La dentadura es un gran indicador de pobreza, y ella la tiene destrozada. Y hay que ser "bravo" porque no se sobrevive a la pobreza siendo "mansos y suavecitos", y ella vaya que si lo es. Odio la palabra "manso", casi tanto como cuando usan "humilde" para indicar pobreza. Ahora hay un nuevo eufemismo: vulnerable.

Los pobres salen de casa a las 4 de la mañana y vuelven, reventados, a las 10 de la noche: al horario laboral hay que sumarle seis horas al día en el metro para llegar al centro desde la periferia inmunda donde vivan; jornadas que acaban por enfermar a cualquiera. Murillo, tiene ansiedad -la combate con correr, "el más poderoso ansiolítico"- habla del miedo a que descarrile o lo que sea, y eso que aún no había ocurrido la tragedia de Tlahuác en la que un tramo del metro de la Ciudad de México colapsó y mató a 26 personas en 2021. Pero igual da que se hunda: a esos mismos millones de pobres no les queda otra que meterse en la ratonera, a veces solo para poder pagar el pasaje del día siguiente. 

También conoce el hambre, y lo motivador para la acción que es. Por ello, dice, "las clases altas heredan generaciones de abúlicos, de huevones hipotiroideos, de desgano y atonía muscular, convertida en depresión". Se me dibuja el personaje claramente: los he visto, los conozco, les daría un tortazo. Tenemos muchas cosas en común, Murillo y yo: ella también se cabrea antes ciertas cosas, pero yo aún no me he roto la mano contra la pared o he pegado ese tortazo. "Confundía el enojo con un alto sentido justicia; pero el enojo también es un gran activo, puedes resultar inspirador y mover montañas". Totalmente, en este momento hay mucha gente acampando en Sol por rabia, por cabreo, por enojo que dirían en México. 

Y es que es imposible no cabrearse ante actitudes que encima te juzgan por tu pobreza: algo  habrás hecho, mira lo bien que me ha ido a mí, tú no te esfuerzas. Los patrones, las empleadoras y los maestros sermonean a los pobres por ser pobres, les insultan por haber osado traer al mundo tantos hijos: cómo se atrevieron. No puedo ni imaginar la rabia acumulada durante  toda una infancia, escuchando a los bienpensantes de siempre reprocharle a su madre que haber tenido tantos hijos es motivo de vergüenza. 



Pero salir de la pobreza, cambiar de clase social en México es casi imposible, si no has ido a universidades privadas casi no tienes posibilidades: las define como el robo más flagrante, donde pagan para obtener conocimientos sesgados y aceptación social, pero también es muy crítica con la educación pública: "la real y pontificia universidad virreinal determinó que la educación era un privilegio monárquico y condenó al analfabetismo a más de la mitad de la población, que sigue siendo la mayor tragedia de este país". Así que hacerte un hueco es difícil y no hablemos de si no tienes padre, o de si admites que
 "tu mamá trabaja aseando casas, vendiendo ropa, inyectando y limpiando el culo de viejecitas moribundas a las que su familia mezquina no quiso pagarles una enfermera de verdad y el trabajo recayó sobre la señora de la limpieza, tan linda, tan generosa, tan como de la familia, a la que siempre compensan con ropitas y zapatos usados".
Esta frase me lleva a las pelis de Cuarón: ya hablamos de "Roma" aquí, y en unos cuantos divagues, cuando cuente nuestro intento por llegar a las Bahías de Huatulco, "Y tu mamá también", aunque en esta solo se cita de pasada. Ay, las criadas de Cuarón, que le dejaron suficiente mala conciencia como para hacer esas pelis. Pero es tan verdad, y tan dura. 

La religión en México da consuelo a muchas de estas personas: es un verdadero drama. Los llama "cristianos tropicales", manipuladores del dolor ajeno, cuyo activo más valioso religioso es el miedo - "el escote, el leer cualquier texto que no fuera cristiano, la filosofía, la ciencia, todo lo que te quite el miedo no les gusta". Pero lo que los hace directamente unos sinvergüenzas -y de nuevo me (nos) hace hervir la sangre- es que les exigen el diezmo de lo ganado en esas jornadas inhumanas que he descrito arriba. De verdad que no se echan suficientes bombas. 

Nuestro mayor punto de desencuentro ha sido que ella haya sido abducida por la secta del psicoanálisis.  Escribe cosas como "construyendo la psique", "no se me escapa la relación de los arquetipos, pues el padre por antonomasia es Dios Padre, el más chingón de todos los padres" y hace interpretaciones psicoanalíticas que la confortan - e.g. "la esencia del amor de su padre era un amor que esquivaba, la manifestación más alta de su amor por su ausencia". Envuélvelo y ponle lazos, pero no. Tristemente, el psicoanálisis es como la religión: pura superstición y si los otros cobran el diezmo, los psicoanalistas no se quedan atrás. 


Y para terminar con otro de los grandes temas, cómo no, el feminismo, porque en México debería ser obligatorio: ser mujer y crecer en un país donde asesinan a 11 mujeres cada día es sobrevivir. Bolaño necesitó mil páginas para que aquello no se nos olvide jamás y Murillo, con muchas menos, logra también hundirme en un pozo negro, profundo, con su historia de abuso sexual. 

Lo sufrió por primera vez en manos de un vecino- claro, este abuso infantil lo cometen casi siempre personas del entorno. 
"Odié a Mariano, con el odio de una legión entera. Odié a mi madre por estar trabajando. Me odié a mí misma por ser capaz de entender lo que había ocurrido. Odié a mi padre, porque no estuvo ahí para cuidarme. Odio profundo, odio ácido, odio gigante en mi alma de 6 años. Odio y miedo. Rabia, resentimiento descomunal, pero ni una palabra. Aprendí a proteger con el silencio. Intui que hablar lo dinamitaría todo".
Ahí empezó todo, pero enseguida sigue la aventura de ser mujer en México. Elige tu propia aventura: en el metro, tipos masturbándose delante de ella o que la tocan de soslayo, o incluso uno que le mete la mano entre las piernas, y los agentes de la patrulla la tratan de disuadir de denunciar "porque es muy engorroso". Si pese a todo, decides seguir con la aventura de la denuncia, uno de los policías que te toma declaración, te llamará por la noche para invitarla a salir. 

Puedes pasar a la pantalla del abuso del médico, cuando tenía unos 20 años y el tipo unos 55. Ahí vive lo que está ya tan bien descrito no solo por otras mujeres, sino en los libros: no puede moverse. "Cuando me empezó a tocar, ya sabía que tenía que levantarme. Pero estaba paralizada en un estado de animal acorralado por la ansiedad. Por el miedo".

Cuando publica su historia, recibe mensajes con centenares de experiencias similares de otras mujeres: primero el padre, luego los tíos, los hermanos mayores, violan a la hija, sobrina, hermana, con la impunidad de un sistema que protege al abusador. Leyendo esto, nos cuenta, terminó de derrumbarse aquella fantasía suya del padre protector.

No sorprende pues, que las mujeres mexicanas tengan asumido que cada día en cada espacio público, en muchos privados y en cada intercambio profesional, habrá un hombre que las acose. Eso sí, cuando en 2019 distintos grupos de mujeres se manifestaron en CDMX desde el "por qué tan solita" de la calle hasta los feminicidios gritando consignas y grafiteando reclamos, la respuesta del gobierno fue violenta. Pero no solo ellos, sino también un sector importante de la sociedad, alarmados por paredes y monumentos manchados y cubiertos con diamantina rosa. Los de siempre. 

El libro es también México, "el impío barrio de Polanco", "las librerías de viejo por el centro histórico, donde me robaba libros" y algunas frases chulas "pero para que haya cicatriz se necesita una herida", "aquello era el más feroz de mis presentes" y muchas cosas más que -por increíble que parezca- no caben en un divague. Es un libro para cabrearse y desesperarse, y revolverse contra la injusticia y contra los que se ofenden porque nos rebelemos, porque el grafiti en una fuente no es plan, chica. Es un libro para identificar al enemigo: todos esos babosos hipotiroides de toda la vida y los que ahora, se han subido a la moda del malismo que no vamos a aceptar.



Y por terminar en una nota alta, aquí va una frase en la que Murillo hace referencia a su diario de viaje cuando se lanzó, como en una Road Movie, a buscar a su padre. 
"Hoy lo evoco todo como un sueño, y lo que sé con precisión no es porque me lo devuelva la memoria, sino porque tuve cuidado de anotarlo en el libro aquel que se convirtió en mi bitácora del viaje".
Hay que escribirlo, o no lo has vivido del todo (gracias, Annie): así que hasta la siguiente entrega de "Los Pedalistas en México", que ya quedan pocas.

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