an

08 julio 2022

El temido "hay-un-médico-a-bordo" No olvidar contratar actor con cartel que diga "Srta. Di" en próximo aeropuerto. Y bienvenidos a Turquía (o por fin, poder comprar sartenes a las 2 am). [Costa Turquesa & Dodecaneso 1]

 Viernes 8 de Julio 2022: Londinium-Antalya 




El Rivoli, 
en algún lugar de Londinium
Es lo que parece: he vuelto. Con ganas de escribir, pero a saber qué es esto que cuelgo hoy. Lo empecé en un ferry hará… ni idea, y supongo que representa mi (disperso) estado mental del momento. Comienza con unos flecos generales así sueltos, luego me meto con el día de salida, del que no hay fotos [Nota: si alguien se pregunta de qué van las insertadas, la historia es: ayer pasé por la puerta del Rivoli, un salón de baile vintage real de los 50 al que siempre he querido ir, pero nunca ha surgido porque que está en casadios, y mientras mirábamos así con las manitas a través del cristal, salió una chica nos dejó entrar: qué maravilla, volveré una noche a bailar]. Total que he tenido que poner unos titulitos a este popurrí para enterarme yo (como directora de márketing no tengo precio). Si tras este introito aún hay alguien que quiera seguir leyendo, como dice Mini cuando hace las “Pedalistas noticias” (breves videos resumen del día q manda a familia y que seguro tendrían más éxito que estos tochos míos): “vamos p’allá!”

~~~~

Viajando y su peculiar paso del tiempo
Cuando se regresa de vacaciones y una trata de recordar el primer día, siempre le parece un sueño, algo que ocurrió hace mucho tiempo, hace una vida, tal vez no la tuya propia. Ese es uno de los poderes terapéuticos de las vacaciones, el que el tiempo pase de otra manera: no sé si lento, o todo lo contrario, o simplemente distinto. 

Lo mejor ocurre cuando aún no se tiene mapeado el calendario en tu cabeza (esto tal vez solo lo entiendan los que, como yo, tienen un desorden o superpoder -me inclino por lo segundo- llamado “sinestesia espacio-temporal”, explicado, como casi todo ya, aquí) y simplemente flotas en los días sin esa imagen mental del tiempo en la que los sinestésicos nos “situamos”. Si hacemos un esfuerzo, podemos ver en nuestro mapa el día final, pero la gracia es no hacerlo, solo pensar que hay mucho tiempo por delante. Pero cuando falta solo una semana, entonces se fastidia todo: ya sabes que vuelves "el miércoles", y empiezas a ver a la semana como una escalera (en mi caso) y se ve el final. 

En fin, dar rodeos para no enfrentarme a que hoy es viernes, estoy en un ferry de cuatro horas de la isla de Leros a Rodas y que el miércoles tendré que volver. A saber cuándo publicaré esto.

Escribir
Miro por la ventana: la costa turca, por la que estuve una semana y que se me está olvidando - o esa sensación tengo. Cuánto estoy echando de menos escribir: sería un lujo unas vacaciones de verdad largas para poder escribir todos los días. Está de moda decir- o por lo menos se lo he leído a varios escritores- que odian escribir. ¿Será porque es su trabajo?

Leer
Aparte de escribir, también echo de menos leer. Es imposible: las vacaciones ideales deberían incluir leer mucho, pero para ello hay que pararse. El verano pasado, coletazos de la pandemia, fue tal vez el primer verano desde hace muchos años en el que “me paré”. Y leí mucho, cosas muy chulas. Descubrí a Olga, por ejemplo.

Aquí solo estoy leyendo dos libros: "Agua y Jabón. Notas sobre la elegancia involuntaria" de Marta Riezu, e “In the fold” de Rachel Cusk. No sé si para cuando termine esta serie me acordaré de ellos, así que he pensado introducir algunas de sus ideas durante estas crónicas. Al final, algunas de sus reflexiones me encontraron en aquella cama, en aquella terraza, en aquel café.

Periodista de estilo:
"es esto elegancia involuntaria"?
Riezu es una periodista de estilo de Barcelona y su libro es, en el fondo, un blog. Son trocitos de ideas, de su vida, de lugares, de objetos y “temperamentos” (dice) y sobre todo, son muchas referencias. Lo he leído en el contexto equivocado, porque es un libro para tener ahí tu teléfono y buscar el cuadro que cita, el banco del Prado de Moneo, el hotel aquel y yo fuera del UK no tengo datos: me sentía como en la era pre-internet, cuando no sabíamos algo y nos quedábamos con la duda, o bien lo investigábamos en enciclopedias o peor. Aparte de las anotaciones de siempre (ideas que quiero atrapar), he hecho otras solo de "referencias" (libros, pelis, en fin, los sospechosos habituales). También hay (aunque estas no son de mi interés) muchas sobre “elegancia involuntaria”, cosas que bueno, tal vez, otras auténticas chorradas. He tenido una relación compleja con la autora: en muchas cosas me identificaba plenamente (hasta el punto de "esta idea es mía, devuélvemela") y otras me caía mal. Lo cual nos lleva a la conclusión evidente de: mis ideas no son tan originales como pienso, y bueno, a veces me caigo también mal a mí misma.

Cusk es Cusk. En esta novela el narrador es un tío, sus temas, los de siempre. Una relación que se derrumba, bajo el microscopio. Cómo culparla, si todos somos discos rayados con nuestros temas.

Explica, si te atreves, tu destino vacacional
Igual que me interesa cómo se llega a los libros, la elección de viajes puede dar historias interesantes (a no ser que vayas a una agencia y te abran un folleto). Pero aquí no hay mucho tomate: se barajaban otros dos destinos, de larga distancia, pero reincidimos en Grecia con el complemento de la costa turca justo enfrente porque: 1. tras tres años sin viajar, Grecia es una apuesta segura y, 2. de esta costa (conocida turísticamente como "Costa Turquesa", se entenderá por qué) hace mucho leí “que es como Grecia debía ser hacer 30 años” en cuanto a desarrollo y turismo (esperaba encontrar ancianas pintorescas en pueblos perdidos). Y no: quién sabe, igual lo leí hace veinte años, cuando estuve en Estambul. [Nota: hemos viajado con guías caducadas: la Rough Guide de Turquía de aquella época (no existía aún la autovía costera) y la de Grecia edición 2008 (anio que nació Mini 2008), pero si un restaurante que recomiendan sigue abierto, hay que ir].

Y Grecia como apuesta segura, lo es para mí, y conozco a algún otro afectado. Grecia siempre es diversión, no son solo vacaciones para ver (a tantos niveles, cultura, paisaje), son vacaciones hedonistas, para sentirse físicamente bien, y para disfrutar de la gente. Mentalmente es para mí "ese lugar en el mundo" (como la peli). Y no, no se trata de ningún rollo tántrico, ni de paz, ni de energía ni cualquier otro rollo hippie... la palabra en inglés es "vibe", para mí este lugar tiene una vibe que me gusta. No tiene por qué pasarle a todo el mundo, pero esos deben estar muertos por dentro.

(Nota: se nota que estoy divagando para no enfrentarme a la realidad del primer día de vacaciones? Venga, voy)

Ningún día de salida sin su pequenia crisis
No sé cómo se hacía cuando había que ir presencial al curro y volabas por la tarde: presento mis respetos y me descubro ante la Di de la época. Hoy tengo una montaña de cosas aburridas por hacer y además, cerrar cosas del trabajo. Por puro salseo, por lo visto se intentó meter un virus el día anterior -me informa uno de informática a media mañana, y que quiere entrar remotamente en mi ordenador, y que clique aquí y allá (todo muy conveniente con el lío que tengo montado) y al final hay que  pasar un antivirus que le va a costar nosecuántas horas, con lo que hay que dejar el ordenador enchufado (gracias a Mónica por sus servicios de cuidadora de mi castillo).

Has hecho alguna vez un aterrizaje de emergencia?
Los DJs preparan la noche al fondo
Volamos del aeropuerto de Gatwick donde las hordas con chanclas y gorros de paja están ahí intentando, como nosotros, escapar del país. Una vez en el avión, todo son incidencias: retraso de más de una hora. Un niño gritón detrás (al que no mato con mis propias manos únicamente porque estoy aún bajo las influencia hormonal apaciguadora de Roc). Cuando por fin se calla, despegamos, y me logro dormir, me despiertan otros gritos, esta vez de una adulta. Abro un ojo y el Peda: "Has tenido alguna vez un aterrizaje de emergencia?” Sabes que no. “Pues igual hoy es el primer día". Me resume: una joven muy alterada que estaba buscando camorra desde el principio del vuelo, está en ese momento enfrentada a su compa de asiento, no se sabe bien porqué (?hegemonía sobre el reposabrazos? Es sabido: has de hacerte con él al principio del vuelo, y entonces ya ES TUYO). Los azafatos pasan mucho rato ahí, intentando calmarla. Pero más y más gritos.

Siempre he considerado, con horror, esa situación en la que en un avión el capitán plantea la fatídica "hay-algún-médico-a-bordo": hay un hombre infartado o una mujer de parto. En esas circunstancias, me imagino a mí misma tomándome el pulso a ver si tengo y luego rezando lo que sea: “Oh Hipócrates (iríamos a su isla natal, detalles más adelante), ayuda a esta pobre parturienta, en este proceso -por otro lado fisiológico, no?- que yo solo puedo entorpecer. Pero esta vez es diferente: va a ser la primera que puedo ofrecer mis verdaderos servicios (veamos en qué bolsillo de la mochila guardo los inyectables de haloperidol). Pero la sangre no llega al río, cada vez los gritos van disminuyendo y al final desaparecen. No es necesario ni que vaya a hacer terapia. Según Mini, al final se hace hasta amiga de su contrincante y asegura que las ve en el aeropuerto de Antalya yéndose juntas en el mismo taxi.

Aeropuerto de Antalya, ese no-lugar lugar
En el aeropuerto de Antalya es donde, por primera vez desde que soy agente doble (tengo el maldito pasaporte británico, "azul como las olas del mar", una de las poderosas razones del Brexit) en la que le veo un beneficio: los europeos han de pagar 30 euros de impuestos o visado por entrar al país y los británicos no. Goddess save the fkin queen, I am the queen.

Lo primero, sacar pasta (este tema lo lleva el Peda). Parece ser que en lugar de cambiar divisa en origen, es mejor sacar en cajero al llegar al país de turno. Este cajero solo da el equivalente de doce euros (tropecientas mil liras turcas): alguien entiende algo?.

Al salir de la terminal (golpe de caloret), se supone que habrá un agente de Oskarentacar esperándonos. Ya he hablado repetidas veces de la ilusión que debe suponer el clásico de todas las "arrivals": tener a alguien con un cartelito y tu nombre esperando (hoy en día también van con tablets, cosa que la salvadora del planeta agradece (basta de folios con letra fuente 72). Esta ilusión ("Srta Di") no sé si ha ocurrido alguna vez, creo que una, pero no es la tónica (voy a sugerir a los jekes que lo hagan en mi próximo viaje, viviremos esa mentira). Pues bien: hoy tampoco, nada más salir de la terminal hay una fila enorme (hablamos como de 30 tíos) con carteles, todos mirándote ansiosos y, cómo no, nunca hay un "Stra Di" o "Srto Peda".

Enseguida descubrimos con horror que el Pedateléfono no funciona en Turquía (el mío, aclaremos cuanto antes, no funciona fuera del UK como teléfono, solo se conecta a internet cuando wifi). Tema problemas telefónicos surgirá bastantes veces durante este viaje, pero podría haber sido mucho peor: por lo menos el GPS funciona y esto es nuestra salvación como mapa de carreteras, siguiendo a la bolita azul.

Buscando a oskar(rentacar) desesperadamente
Algo más vintage que cortinas de terciopelo?
El Rivoli es un festival


Como oskarentacar no está ahí con el cartel (me paseo otra vez delante de esos 30, toda una experiencia), vamos al aparcamiento, no vaya a ser que esté allá. Pero maremía: este es el parking más inmenso a pie de aeropuerto que he visto, hileras e hilera de autobuses que van a llevar a los de los gorros de paja a sus resorts. Zona de taxis, coches y más coches, pero dónde están los de alquiler. Son las 10-11 de la noche, pero está todo animadísimo. Alguien nos ha dicho que vayamos al "meeting point" y nadie sabe nada: nos mandan en una dirección, una vez allí, a otra, y así estamos un rato, envidiando a los de los gorros que no tienen más que dejarse llevar.

Por no aburrir, el encuentro con oskarentacar ocurre porque preguntando se va a Roma y ya se sabe que a mí no me importa (según gente, disfruto) preguntar (si es posible con aderezo de historia - no, va, que no soy tan pesada, solo si veo que es absolutamente necesario o que la otra persona quiere una historia). Así que uno de una ventanilla, enternecido por la pequenia vendedora de fósforos, coge su teléfono y llama al puto oskarentacar.

Qué entrañables los turcos (desmontemos el mito “El expreso de medianoche”)
Nuestra primera impresión de la amabilidad turca la tenemos en la oficina de oskarrentacar: al entrar, un señor mayor (?será el Gran Oskar, padre del imperio?) nos da tres botellines de agua fría. Más tarde descubrimos que esta hospitalidad del agua es algo típico de aquí, que aún no les ha llegado la sensatez anti-plástico de occidente y nuestro rellenado de botella de moda (os aseguro, Mini tiene diez mil) en fuentes.

El vehículo es un "Renault Symbol" blanco (nunca oí antes, pero ni idea de coches), un aburrido coche de papá berlina, porque el Peda, tras la que le cayó en California por el Chíncue (que pasó a ser un protagonista más de viaje) ya no se atreve con la gama menor. En casi todos los coches de este viaje hemos tenido problemas para conectar los teléfonos y la música no ha sido la constante banda sonora genial de otros. Entre otras cosas porque no llevaba mi música, la del Peda, ya se sabe, y Mini tiene sus propias ideas.

Son las mil, llegada al hotel
Noche de los 90 en el Rivoli: he de ir
Gracias a la bolita azul llegamos al hotel (reserva del Peda) en la parte vieja de Antalya. En recepción, un hombre de mediana edad llamado algo que suena como Jacob (dudo que tenga un nombre judío) simpatiquísimo. Nos da nuevos botellines de agua fría (Di antropóloga anota estas observaciones para el blog) y nos explica que el wifi es "temperamental" y depende de cuántos estén conectados. "Si no va, me decís, lo desconecto, todos se quedan fuera, y al conectar pilláis vosotros". Qué cachondo Jacob.

La habitación es minúscula, pero lo que entienden por lujo asiático: ¿de verdad son necesarias paredes de mármol? Sé que suena mal, pero no parece una carnicería: aún así, qué gasto superfluo. Tengo un flashback de mi junior aquel egipcio que su padre tenía una fábrica de mármol y me regaló unos vasos del pispo que aún me duelen (tal fue el impacto que hice un divague).

El calor es algo así como lo que una espera del combo “Turquía + julio” (sí, somos unos inconscientes, tal vez malcriados por vivir en la isla, pero aquí hay mar). No me gusta dormir con air con, pero esta noche es una de esas de tenerlo on, apagarlo cuando sueñas que estás explorando el Ártico, vuelta a enchufarlo al rato, y así toda la noche.

Tiendas abiertas para sus urgencias de moda o menaje a las 2 am
Mala foto: échale la culpa a mi móvil
Ah sí, no habíamos cenado, ese detalle. Jacob nos habla de la calle principal, Anafartalar, justo al doblar la esquina, que pese a ser la 1:30 am (contamos que allá son dos horas más que en UK, o sea, 23:30 de los cuerpos) es una fantasía de vitalidad: tiendas de ropa abiertas, vendedores ambulantes (cómo olvidar a uno que solo vende calcetines, a esa hora y con esa temperatura), tiendas de hogar-menaje (necesita una sartén a las 2 de la madrugada? no hay problema), tiendas de chicles y yogures y alcohol (no eran musulmanes?), tiendas de lo que sea. Ahora, los restaurantes o cafés, cerrados (para qué salir a esa hora a un bar? Mejor a comprar calcetines). Solo hay uno que es en realidad un kebab con mesas en la calle. Este es sin duda un comienzo engañoso (porque cada kebab cuesta 25 TL (liras turcas), o sea 1.5 euros) y es el precio más bajo que hemos visto un kebab, pero aquel día aún no lo sabíamos. El verdadero drama es que, a mitad del tema, a Mini se le ocurre decir "oye mami, esto no parece pollo?". Como todo divagante de pro sabrá, en mi lento camino hacia el vegetarianismo (en realidad, empujada por un artículo sobre granjas) comencé por dejar de comer pollo y ahora me da mucho asco. Oj.

A saber qué hora es aquí, allí o allá. Son las mil cuando nos vamos a dormir al congelador de mármol. Empiezan las vacaciones.


07 julio 2022

Tres años más tarde: GRECIA!

 Junio 2019: esta fue la última vez que estuve en la tierra de los dioses. Este verano será la séptima (!!) y espero definitiva para que la Oficina de Turismo Helena me nombre embajadora oficial y me ponga un chiringuito en cualquier cala. Mis credenciales están casi todas aquí en el blog, menos la primera, con una Mini de 4 meses, porque este otro chiringuito aka divlog no existía. En la segunda ya sí pero no hay diarios al uso -para respiro de los divagantes-, solo unas entradas sueltas cuando volví- las vacaciones se resistían a dejarme ir. Y el resto... lo tenéis ahí abajo. 

Nota: ninguna de las fotos de abajo tienen filtro, eso es lo loco de ese lugar...

2008: Atenas + Cícladas

Santorini

2011: Creta

Playa de Balos

2015: Peloponeso

Epidaurus

2016: Jónico

Abejitas en Porto Katchiki


2018: Pelion + Espórades 

Turista en ferry Alonissos

2019: Cícladas

De Koufonisia a Naxos?


Mañana, compañía aérea mediante (están cancelando tantos vuelos), llegaremos no exactamente a Grecia, sino a la "Costa Turquesa" (costa turca justo enfrente del archipiélago del Dodecaneso, aún desconocido). Una semana recorriendo esa costa hasta por fin dar el saltito a Kos, Leros y Rodas.


... continuará...



Bye Bye Boris

 El ínclito Johnson, por fin, se va. Sayonara, baby. Si un blog personal es un diario, no puedo dejar de hacer un divague hoy -como hice el día que "the witch was dead"  en el que se me acusó de insensible. 

Por supuesto, elige un día loco para mí (me voy mañana!) y no voy a poder explayarme sobre este hombre. Incluyo una foto que resume tal vez lo que menos me disgustaba de él: su faceta payaso. Claro que no olvido que esta venía de su sentimiento de "entitlement" ("porque yo lo valgo") que se forja en ciertas personalidades y se asienta en Eton, Oxford, y Classical Studies -lo más elitista que puedes hacer en este país (saludos, Fashion). Ayer leí "hay que dedicar la primera mitad de la vida a crear un ego fuerte, y la segunda mitad a ir deshaciéndose de él", de Pániker-Boris aplícatelo.  Foto de 2012, cuando era alcalde, y los Olympics, y todo era risa y juerga y bicis (aún llama la gente a las bicis de alquiler londinenses las borisbikes, aunque hoy las patrocina Santander). Bueno, para él todo siguió siendo juerga, mentiras y más bastante tiempo después, pero esa es otra historia y ya he dicho que no tengo tiempo de escribir. 

Pero como estoy positiva, otra cosa que me gustaba de él es su voz: prueben a escucharle sin imágenes. Y sin contenido. 

Bye bye Boris. Good riddance. 




05 julio 2022

"El astillero" de Juan Carlos Onetti me pudo llevar a una crisis existencial

Y ahora, ¿qué?
El existencialismo es una de esas corrientes que siempre me gustaron "en mi juventud" (escribir esto ya es existencial en sí mismo). Como su nombre indica, trata la exploración de la existencia, la condición humana, que es un poco mi tema, y sus consecuencias. En la época de la uni leí a Sartre, De Beauvoir, Camus, esa panda (algo muy de hacer a esa edad) y luego, ya en la isla, leí Moby-Dick que, aunque anterior, es esencialmente también existencialista. Y sí, lo que querría ahora es irme por una tangente (divagar) y hablar de Ahab et al, pero no: hoy he venido a hablar del que dicen fue uno de los pocos existencialistas de América Latina Juan Carlos Onetti, y su libro "El Astillero".

Nunca había leído a Onetti pero escuché un podcast en el que recomendaban un libro suyo, "Los adioses" y le describían, nada menos, como "tal vez el mejor escritor en lengua castellana que ha habido". Guau. Julio Cortázar, igual algo menos ambicioso, afirmó que Onetti es "el más grande novelista latinoamericano"-aún así, otro guau. Y yo, sin leerle. Luego descubrí su historia con la poeta Idea Vilariño, cuyo (impactante) poema "Ya no" incluí hace poco. 

Así que, con el peso sobre los hombros de no haber leído al "mejor escritor en lengua castellana" a mi provecta edad me lancé, en aquella semana que nació Roc a las librerías de Barcelona a buscar "Los adioses". No: está descatalogado, me dijeron en La Central de al lado de casa. A mi me encantan esos retos (algún día contaré lo de "La vuelta al día en ochenta mundos", otro libro en su día descatalogado que busqué por toda Latinoamérica y que en la Plaza de Armas de La Habana me pidieron una barbaridad (por decir algo - soy mala recordando cifras-, 80 dólares de 2003). Así que en mis paseos un tanto perdidos por la ciudad, haciendo encargos tipo "el mundo del bebé" que sistemáticamente traía mal ("crema vitamina D orgánica de Los Alpes orientales") y había que cambiar (vuelta a la calle) me recorrí muchas librerías, por si acaso alguna lo tenía por ahí perdido. Nada. Así que el último día, en La Central de casa terminé comprando "El astillero", el libro que nos ocupa.

No puedo contar mucho de qué va, porque no pasa mucho. Tampoco de sus grandes temas, y aquí culparemos a mi momento: tengo demasiadas cosas en la cabeza pero una búsqueda en internet (para eso está) revela, atención, temas fascinantes: 
  • El fracaso del proyecto modernizador uruguayo (bueno, este igual no)
  • El existencialismo ("Estuvo examinando a las mujeres con una especie de aterrorizada fascinación y acaso pensó que un Dios probable tendría que sustituir el imaginado infierno general y llameante por pequeños infiernos individuales. A cada uno el suyo, según una divina justicia y los méritos hechos"
  • El nihilismo ("Estaba de pronto alegre, estremecido por un sentimiento desacostumbrado y cálido, humilde, feliz y reconocido porque la vida de los hombres continuaba siendo absurda e inútil")
  • La farsa ("Todos sabiendo que nuestra manera de vivir es una farsa, capaces de admitirlo, pero no haciéndolo porque cada uno necesita, además, proteger una farsa personal")
  • La identidad ("Esta parte de la historia se escribe por lealtad a un fantasma")
  • Las clases sociales
  • La locura. 
¿A que molan? (de las últimas dos no he encontrado cita subrayada así aparente). Si quitamos "del proyecto modernizador uruguayo", todos los demás temas son de interés. El nombre del prota, Larsen, también me gusta y su proyecto, enamorar a la hija del dueño de un astilllero caduco como última oportunidad para encontrar un sentido", también.

Ahora: ¿shós vos, Juan Carlos, o soy yo, mi momento existencial? Probablemente yo: comienzo a leer y la historia no me llega, y su manera de contarla se me hace dura. Cada vez que me pongo a leer, he de releer el primer párrafo -a veces el segundo, la página entera. Avanzo, y de, repente, zas! una descripción maravillosa. Entro en júbilo: sigo. Otra vez, perdida. Vuelta a leer el párrafo. Tengo sueño, sigo mañana. De repente: otra. Y empiezo a anotar en la última página de mi libro, y no es que anote demasiado. Pero sigo. A ratos exasperada, a ratos exaltada. No es mi momento, qué me está contando, no me concentro, tengo que escribir yo (en estas se acabó Serial), pero para qué escribir yo si este hombre ya ha escrito así, tengo que leerme esta guía de viaje para tener una mínima idea de dónde me voy en unos días, y sigo leyendo, y me aburro, y no me gusta Larsen, y no me interesa su vida, y entonces describe una boca, o habla de felicidades inservibles, o del día de la muerte deje de ser un suceso privado (puedes estar muerto y que nadie lo note, qué grande), o lo de no tener ni siquiera enemigos, volver de ninguna parte, no morir de una enfermedad sino con ella, actos que cometería sin pasión, como solo prestando el cuerpo (lo gráfico de esta frase escuece). Y poco a poco termino. 

El siguiente acto kamikaze es hacer divague, porque no tengo tiempo para repensar este libro escribiéndolo. Pero me he sentado al teclado, pensando en dejar un breve párrafo testimonial tipo "lo intenté, quizás este sea el divague más corto de la historia" y, para qué está internet, he encontrado algunas de las citas a las que yo puse un asterisco y, decisión ejecutiva, las voy a pegar aquí. Son maravillosas y espero que den una idea de lo que he intentado explicar: de cómo no he podido dejar un libro que casi me causa una crisis existencial. 

~~~
"Caminaba erguido y taconeando, buscando las zonas de mayor silencio para hacer sonar el desafío de los pasos, resuelto a no dejarse derrotar, ignorando qué le quedaba por defender".

“Estamos escorados y a la deriva, pero todavía no es naufragio".

"Siempre es difícil hablar del amor y es imposible explicarlo; y más si se trata de un amor que nunca conoció el que escucha o lee, y mucho más si sólo queda, en el narrador, la memoria de los simples hechos que lo formaron".

“Esta es la desgracia –pensó-, no la mala suerte que llega, insiste, infiel, y se va, sino la desgracia, vieja, fría, verdosa. No es que venga y se quede, es una cosa distinta, nada tiene que ver con los sucesos, aunque los use para mostrarse; la desgracia está, a veces. Y esta vez está, no sé desde cuándo; anduve dando vueltas para no enterarme, la ayudé a engordar con el sueño (…) Y ahora, cualquier cosa que haga serviría para que se me pegue con más fuerza. Lo único que queda para hacer es precisamente eso: cualquier cosa, hacer una cosa detrás de otra, sin interés, sin sentido (…) sin que importe que salga bien o mal, sin que nos importe qué quiere decir. Siempre fue así; es mejor que tocar madera o hacerse bendecir; cuando la desgracia se entera de que es inútil, empieza a secarse, se desprende y cae".

“Fuera de la farsa que había aceptado literalmente como un empleo, no había más que el invierno, la vejez, el no tener dónde ir, la misma posibilidad de la muerte”.

“Sospechó, de golpe, lo que todos llegan a comprender, más tarde o más temprano: que era el único hombre vivo en un mundo ocupado por fantasmas, que la comunicación era imposible y ni siquiera deseable, que tanto daba la lástima como el odio, que un tolerante hastío, una participación dividida entre el respeto y la sensualidad eran lo único que podía ser exigido y convenía dar".

"Como si fuera cierto que todo acto humano nace antes de haber sido cometido (...) Porque si se negaba, después de haber vislumbrado el acto, éste, privado del espacio y de la vida que exigía, iba a crecer en su interior, enconado y monstruoso, hasta destruirlo ".

“Este no era el tiempo de la esperanza sino el de la simple espera".

"Qué juego habrás inventado, para deslumbrarme, para que yo no olvide nada de los que nos separa".

27 junio 2022

Serial 50. Fin de Serial

Ya no será

ya no

no viviremos juntos

no criaré a tu hijo

no coseré tu ropa

no te tendré de noche

no te besaré al irme

nunca sabrás quién fui

por qué me amaron otros.

No llegaré a saber

por qué ni cómo nunca

ni si era de verdad

lo que dijiste que era

ni quién fuiste

ni qué fui para ti

ni cómo hubiera sido

vivir juntos

querernos

esperarnos

estar.

Ya no soy más que yo

para siempre y tú

ya

no serás para mí

más que tú. 

Ya no estás

en un día futuro

no sabré dónde vives

con quién

ni si te acuerdas.

No me abrazarás nunca

como esa noche

nunca.

No volveré a tocarte.

No te veré morir.


Cierro el cuaderno durante unos minutos, me abrazo a él, fijo los ojos en la claraboya. Está todo oscuro, pero ya me va bien: no quiero ver nada. Esta misma operación ocurre varias veces en la noche durante la lectura del cuaderno de Sylvia Lannister. Es historia personal, con poemas suyos intercalados, con poemas de otros: una amalgama que se resiste a definición. Es algo confesional, reivindicativo, explosivo. 


Conocía su pasión por la poesía, pero quién me iba a decir que se atrevía a saltar idiomas y décadas y continentes, océanos; quién me iba a decir que una inglesa de fin de siglo conocería a una uruguaya nacida en 1920 de la que yo nunca había oído hablar, Idea Vilariño. Este poema, copiado con su letra antigua, "Ya no", es tal vez el poema de amor más triste que yo haya leído nunca, igual que lo es, de entre todos los conciertos, el de chelo de Elgar de hace unas horas en la fiesta. Lannister, que lo incluye en un momento muy significativo de su cuaderno, explica que Vilariño se lo escribió a su amor, Juan Carlos Onetti, con el que tenía una relación muy complicada. En otro punto, habla de Charlotte Perkins Gilman, de cómo le impactó "The yellow wallpaper", relato de enfermedad mental y feminismo. Perkins Gilman, que desoyó la prescripción médica de "descansar en cama" para tratar la depresión postparto que la estaba matando. Y que logró salvarse dejando a su marido y abriendo ventanas a estímulos intelectuales - en su caso sufragismo y socialismo. Y luego, claro, estaba Plath, mucha Sylvia Plath en poemas completos, o fragmentos. Vilariño, Perkins Gilman, Plath: todas mujeres que sufrieron por sus parejas. 

Pero eso lo explica en otra parte del cuaderno, y ahora estoy asimilando el poema de Vilariño, que es como mirar el mar desde un acantilado de noche.  No me abrazarás nunca / como esa noche / nunca. "Ya no", el poema, está intercalado en uno de los muchos intentos de Sylvia de dejar lo que tenía con Steen. Son tantos momentos y tan claustrofóbicos, que a ratos me parece que me falta el aire. Y describe el desgarro como ya me imaginaba que sería capaz porque, alguien que se abre en canal en notas clínicas que puede leer casi cualquiera, en un cuaderno privado es capaz de todo


Sylvia empezó con este cuaderno en un punto de su relación con Steen, pero obviamente escribía antes: aparte de lo que compartía con el Grupo Bandersbury, escribía un diario, y poemas y relatos. Aquí hay alusiones a su vida pasada: el novio de hacía un tiempo, en Berkeley con una beca post-doc dando clases de literatura. Su obsesión por la poesía, desde que era pequeñita. Su amistad con Isabel Archer, con la que tal vez compartía el haber elegido este trabajo solo para adentrarse en el alma humana. El grupo Bandersbury, recuerdos y cierta añoranza brumosa. Todo esto, se vería pronto, solo estaba incluído como contexto de su situación actual.


En las primeras páginas, queda claro que Sylvia está confundida: hace un tiempo que su jefe y supervisor, el doctor Damien Steen -Dam, como a él se refiere- ha iniciado una aproximación extraña hacia ella. No parece tener un componente romántico ni sexual, solo un interés por compartir su gusto por poesía. Todo comienza en conversaciones en supervisión - si hace buen día, paseando por el bosque. Más tarde en poemas que él le deja en el correo interno, en el bolsillo del abrigo, en el buzón de su casa. Otras veces, él hace como que nada de esto ha ocurrido, o no le deja poemas en un tiempo. Todo lo que pasa despacio, pasa mejor y compartir poesía durante meses es un vicio en sí mismo. Poco a poco, lentamente, él no tiene ninguna prisa. Reforzadores Positivos Intermitentes, los más efectivos, dice el conductismo. Sylvia describe tan bien la emoción del momento de ver el trozo de papel doblado, su corazón a mil, y luego no poder dormir, no parar hasta memorizarlos, hacerlos suyos, poderlos recitar con la mirada perdida, disociada, en un punto del infinito.


Cuando ella le empieza a dejar poemas a él, se siente mal. No sabe por qué, pero cómo hablar de esto con su novio que, mientras ella en mitad de la noche le escribe un poema a Dam, está ajeno inspirando a una clase de estudiantes californianos a leer a TS Eliott. Pese a todo, continúa, en medio de problemas de conciencia, culpa, remordimiento, que dan mucho juego literario en su cuaderno. Escribe una mente en conflicto con ella misma, con su rol como novia, con las expectativas de la sociedad de una mujer en su circunstancia. Son entradas llenas de desazón y vértigo pero también de solo-se-vive-una-vez. Son todas las mentiras que la humanidad se ha dicho a sí misma en esas situaciones -no hay nada nuevo bajo el sol. Pero también todas las verdades: seguro que en el lecho de muerte, la gente debe dolerse por lo que no hizo, por el momento no vivido. 


Entonces fue la época en la que se empiezan a comunicar además a través de las notas clínicas: Sylvia cree que todo es referido a aquello que le está pasando y está presente en todo lugar.  En el hospital, nadie nota nada: él sigue flirteando con su harén de enfermeras cuando pasan planta- todas desesperadas por una gracia suya-, pero con ella el juego es diferente, menos evidente, más oscuro, y Sylvia se siente enloquecer de júbilo. En el grupo Bandersbury, alguien tal vez anota que si su poesía siempre había sido de alguna manera desgarrada, ahora ha cobrado la intensidad del que escribe con su sangre.


Cada vez menos se pasea su novio por sus duermevelas, probablemente en esos momentos una playa hasta arriba de cannabis y enrollándose con chicas con cintas en el pelo. Esa imagen en su cabeza, su novio besando a hippies, le parece inocente y casi tierna, nada que ver con su despeñarse por un barranco con este hombre con el que tiene una relación de poder, que le lleva más de 20 años, del que todas las enfermeras están enamoradas y al que espera su mujer en casa cada noche: ¿qué puede ir mal? Algo le dice a Sylvia no solo todo esto, sino además que Steen no es trigo limpio.


Pero le da igual: cuando se deja de pensar con claridad, como ocurre por definición en todo enamoramiento, ese estado de enajenación mental transitoria, todo esto da igual. Lo que te dice tu sentido común o te diría tu madre, tu hermana, tu amiga, las feministas de la primera, la segunda, la cuarta puta ola, todo da igual. Así que ella se lanza y se lo dice, porque “esto que tenemos, nadie, en ningún sitio, jamás lo tuvo” y no se puede dejar pasar. Pero él responde con el "The dark end of the street", que yo ya me sé de memoria de tanto escucharla. Y Sylvia copia parte de la letra en su cuaderno, y lo rodea: siento como le duele cada vez que va por encima de las letras: “Hiding in shadows where we don't belong”.  No, Sylvia,  no puede ser, es lo que ya sabías antes de comenzar, cuando estabas en el borde del trampolín antes de saltar. De qué te sorprendes ahora, tonta, más que tonta, en qué estabas pensando idiota.


Todo da igual, porque cuando empieza el sexo -cuidadosamente pautado por él- es la repetición magnificada de todos los sentimientos anteriores. Si antes era la culpa, el anhelo, la desesperación de la ausencia, ahora es el terror de que se acabe aquello algún día. Porque lo que pasa con Dam -Sylvia me persuade de que llamarlo sexo es banal- no tiene que ver con nada que ella hubiera tenido antes con su novio, con previas relaciones, con rollos de una noche. Aquellos encuentros pasan a ser una especie de estado de gracia, son meterse morfina, entrar en trance, perder la orientación y el sentido.


Pero otras veces, cada vez más, son tocar fondo y no poder ni querer salir de ahí, en esa sima oscura y densa que no es normal, ni conduce a nada más que a sí misma, regodeo de lo abisal. La adicción mental se vuelve física y Sylvia describe lo que más bien parece una no-vida alternada por momentos de luz tan intensa que ciega, y que la deja deslumbrada hasta la siguiente dosis. Sabe que no controla nada, pero que quiere seguir sin control -esto es de primero de adicciones. Pero cada día más que el anterior, Sylvia termina derrotada, queriéndose ir a su casa, a la cama, al útero materno y no salir jamás. Todo está en juego: el respeto por sí misma, su salud, su vida. Porque cada día se siente más baja, más detestable, más mierda,  


Pero un día -y aquí aún tenía fuerzas para coger un libro- releer el primer capítulo de la Señora Dalloway -"en el triunfo y el tintineo y el extraño rugir agudo de algún avión en lo alto estaba lo que ella amaba: la vida; Londres; este momento de junio. Porque era a mediados de junio. La guerra había terminado"- le da la fuerza. Y coge impulso, y empuja desde el fondo con los pies. "Ya no", el poema de Vilariño marca el punto de inflexión. Y a punto está de salir. Pero él no quiere, y no se lo permite.

A partir de "Ya no", Dam cambia de táctica y comienza el sitio de Sylvia. Además, peligrosamente, lo sabe todo de mujeres atormentadas: es su trabajo. Ella no engaña: ya físicamente Sylvia es una delicada ninfa de los ríos, pero él sabe de su sensibilidad especial por lo que escribe y cómo lo escribe, y sabe de su vulnerabilidad en esos momentos. Dam es incansable, pero no lo parece, lo hace muy bien. Pretende lo que no es - nuestro único amor arrebatado, nuestra pasión particular- y ella, sin poder ya pensar ni explicar nada, solo mostrar una aquiescencia como drogada, en la que deja gradualmente de ir con sus amigos a tomar algo a Serotonina, o bajar a Whitby, y en su lugar contarle cada paso del fin de semana, que él lo lea todo, lo sepa todo. Su poder, su control: sin necesidad de utilizar ninguna fuerza física. 

En las siguientes semanas, debe ser evidente para cualquiera que sepa mirar que ha perdido mucho peso, que tiene ojeras marcadas, y lo que en el principio atribuyen sus amigos de Bandersbury a su intensidad poética -casi mística- queda claro para mí, que estoy leyendo esto unos años después, que son los pródromos de una depresión clínica de caballo. Pero en un hospital psiquiátrico nadie lo sabe ver. Deberían haberse preocupado cuando Sylvia deja el grupo de escritura, deberían haber averiguado de qué iba aquello: una expresión más del control coercitivo que ejercía sobre ella Dam, Damien, el maldito doctor Steen.

Sylvia escribe poemas desesperados en esa época, poemas sobre zorros agonizando atrapados en cepos que no acaban de morir, de grietas negras en el hielo en la periferia de un glaciar, de uñas que se clavan y dientes que muerden y ojos vacíos.  A medida que avanzan las páginas, es sobrecogedor cómo la enfermedad la tiene agarrada desde dentro, cómo no piensa con mínima lógica, cómo todo son círculos de los que no puede salir sola, ni siquiera haciendo aquello que la ha salvado tantas veces y que es su mayor pasión en la vida: escribir. 

Cuando empieza a describir ideas de suicidio son solo vaguedades: "tal vez no merece la pena estar aquí". Poco a poco, comienzan a cobrar cuerpo, y se intercalan con lo que me parece palpable es abuso emocional. El sexo es cada vez más en sus términos, los de él, usado tanto como castigo como premio -de una manera que a ratos apoya su lógica -inaceptable, vista de lejos- y otras veces aleatoria y por ello más desoncertante y desestabilizante. Lo único que sabe Sylvia ahora es que se está volviendo loca, y que no hay salida. Las ideas ocasionales de suicidio han evolucionado a frecuentes, y de ideas a planes potenciales, y de ahí, a empezar a robar pastillas de la planta, por si se ve desesperada. Como si no lo estuviera ya. Sola, desnuda, acurrucada en la esquina de un almacén abandonado, así es como se describe y esa imagen me hace cerrar el cuaderno y llorar desconsoladamente. Por ella, y por mí: porque sé que esa imagen nunca saldrá ya de mi cabeza y me acompañará siempre. 


Después de un rato en el que me parece que todo esto es demasiado por sobrellevar, algo cambia. La misma imagen me da ahora a mí, replicando un momento de Sylvia, impulso para empujarme: tengo que compartir esto. Abro de nuevo el cuaderno y paso páginas rápido, leyendo aleatoriamente frases, trozos de poemas, y escucho su inflexión de voz: ahora que conozco la historia, me puedo parar en la forma de contarla y me doy cuenta que todo el cuaderno es lo que se llama literatura. Pero aparte de esto y de que mueve y conmueve, es además un arma. Y no solo para hacer justicia -alguien tiene que parar a Steen-, sino para que muchos lo lean y se encuentren, o tal vez para que otros estén alerta para el futuro. Pero sobre todo, por ella, porque no puedo dejar que un talento así se quede enterrada en unos túneles, una vaga memoria de un grupo que escribía: su lugar está ahí fuera,en las librerías, en las bibliotecas y en el corazón de la gente a la que va a tocar con su magia, como lo ha hecho con nosotros.  


Sylvia, estabas esperando a que alguien como yo, un día, pudiera encontrar tu cuaderno. Con tremenda ambivalencia, eso sí, porque tengo claro que la razón por la que tú misma no dejaste este cuaderno más visible fue por vergüenza. Como si esto hubiera sido culpa tuya. Como si, aparte de tu bondad e ingenuidad, hubieras tenido algo que ver. Pero aquí estoy yo, para intentar por todos los medios publicar este cuaderno, que será tu libro. Lo sé, Steen, tengo mucho que perder, pero por algo tan enorme como esto merece la pena arriesgar a quedarme sin carroza. 


De repente, un ruido abajo rompe el silencio absoluto de las horas que llevo aquí leyendo. Hay un forcejeo: están intentando abrir la escalera del desván. No hay cerrojo para echar desde arriba y no hay posibilidad de esconderme aquí. Estiran y la escalera ha ido para abajo. Y entonces, la cabeza de Sister Harding, seguida del señor Foster: nunca me había alegrado tanto de ver a alguien. Harding me abraza, y yo a ella, y las dos estamos llorando. Es como si ella supiera, como si ella hubiera sabido desde hace años, en primera persona, lo que yo acabo de descubrir.



El señor Foster era el único que sabía que existía el desván y que yo subía aquí, igual que Harding fue la única que se dio cuenta de que yo me había ido de la fiesta: forman un buen equipo. Cuando por fin bajamos, al final de la escalera están mis amigos: Sandip, Marla, Will, Yolanda, Richard, Isabel, Duncan, Morgana. Todos pálidos, las lentejuelas mate, como una compañía de titiriteros baratos -dónde quedó el grupo teatral algo venido a menos de hace unas horas. Me abrazan, me hacen una melé, y al separarnos sabemos que tenemos que hablar.


Y así es como amanece -y eso es decir mucho en diciembre en Yorkshire- ese domingo, todos alrededor de la chimenea en los sofás amarillos, yo voy contando mi historia, y ellos van recordando todos los momentos, todos los suspiros, todos los cambios de tema. Del terror grupal por lo que había pasado, del miedo de hablarlo, o contárselo a una nueva. De la culpa con Sylvia: por no haberlo reconocido, por haber mirado para otro lado, por haberle fallado. En una esquina, muy callada, está Sister Harding. Cuando al final se pone a hablar, se instala una nube oscura sobre nosotros: poco había cambiado la manera de operar de Steen en todos estos años. Hace muchos, Harding fue enfermera en la planta de perinatal pero, aunque con cicatrices, logró escapar. Tal vez era más fuerte, tal vez más cobarde, tal vez con otras prioridades, tal vez no tenía otra opción, pero decidió no perder su carroza. A cambio se le cerró el corazón, se le hizo de hielo, se transformó en la Sister Harding de mi primera noche, severísima bajo las gárgolas iluminadas. Este mecanismo de defensa le fue bien durante mucho tiempo: convencerse que lo que le había hecho Steen era algo suyo, privado y como tal lo tenía que manejar. No tenía nada que hacer frente a uno de los médicos más carismáticos de Banderley: quién se creía que era ella, una enfermera de pueblo arribista que seguro lo había instigado. Los años pasaron, los laureles, los hijos, los viajes se sucedieron para Steen; ella se quedó anclada como enfermera jefa de la planta de Cook. Su mente bloqueó lo que pasaba con la hilera de residentes y enfermeras que rotaban en la planta de Steen, hasta que llegó Sylvia. Entonces los fantasmas empezaron a aparecer cada noche, aunque seguía igual: no lo podía hacer sola. La culpa, la rabia y el dolor iban a destruirla, pero la vergüenza era viscosa y enorme. Así que esperó y esperó, igual que esperaba el cuaderno de Sylvia, ambos enterrados, a que érase una vez, de un país muy lejano llegara alguien, curiosa y audaz, a la que dejaría pistas en forma de regalo de Navidad. Quién lo iba a decir, aquella persona era ese ratoncito asustado de hace un año: yo.



Es 23 de diciembre, en el aeropuerto de Manchester: vuelvo a casa por Navidad. Encuentro una cabina y marco el número de Wences:


-No sabes la de cosas que tengo que contarte, Wen, pero no tengo más que un minuto para despedirme.


-Mi niña! ¡Te vas a casa! Tu familia no te va a conocer!! Ah, y lo primero: felicidades por pasar tu examen!!! A la primera!!!!


-¿Cómo lo sabes? ¡La carta llegó ayer! - le digo


-Tengo mis informantes, que obviamente no son tú -dice- ¿Cuándo echas la solicitud para la plaza en mi hospital? Ya les he hablado de ti...


-Yo que sé Wen, tengo que pensar mi vida, han pasado muchas cosas...


-¿En el manicomio? ¿En serio? Va a tener que ser una buena historia para rellenar estas Navidades de guardia… las primeras que paso fuera de casa - y termina pretendiendo una voz llena de pánico.


-Ay qué llorica eres, te llamaré desde allá… una cosa, escucha: ¿no tenías una amiga en una editorial?


-Sí, Joanna, muy amiga nuestra...


-En enero, ¿me podrías poner en contacto? Tengo una cosa que quiero publicar- le digo, tengo el cuaderno de Sylvia conmigo - Esto se corta! Love you!


-Love you too, Mariona, vuelve pronto... 


Y sí: se corta. Pobre, como yo el año pasado: trabajando en Navidades y además con las nevadas y los regalos misteriosos y la soledad de Banderley. Localizo el buzón de todo aeropuerto: siempre me han parecido muy literarios, cuántas novelas podrían empezar así - la prota echa una carta y vuela. Llevo un montón de felicitaciones -que son en realidad agradecimientos-  que he ido escribiendo en el tren - en esto ya me han hecho británica. Las voy cerrando y echando de una en una. Mark, gracias a ti descubrí el misterio, cómo va ese brazo. Yolanda, Marla, Morgana, gracias por la amistad, y tienes el kogai encima de la mesilla. Sandip, gracias por retar a mi paladar y mi paciencia. Isabel, gracias por las Bronte y por haber querido a Sylvia.  Will, siempre te deberé a Plath. Sister Harding: gracias por la valentía, por cuidarme y rescatarme. Doctor Cook, gracias por Hobbes, Rousseau, los yanomamis y los intentos por que sea una psiquiatra integral. Jack, gracias por el soul, el blues, James Carr (encontraré la otra canción en vacaciones, ya verás)- y - dudo si escribir esto -, por Hampstead Heath. 

Llaman a embarcar. Miro por los ventanales y, al igual que aquella tarde hará más de un año en Victoria Coach Station: por supuesto, llueve.



~~FIN~~