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12 enero 2021

Serial 23. Navidades en el manicomio

 Siempre he pensado que los días que preceden a las Navidades son mucho mejores que las fiestas mismas. Una vez más, la dicotomía del viaje versus el destino, y yo siempre prefiero el viaje. "Lo mejor del sexo es el trayecto en el ascensor" decían en aquel libro. ¿Puede una realidad alguna vez mejorar una idea? Cuando aún vivía en la península, desde que empezaba Diciembre, cenas con amigos de la facultad, con la gente del equipo de baloncesto, con las amigas del cole. Había que preparar cosas, escribir tarjetas, comprar regalos, quedadas varias. Y una especie de energía que no sé explicar. Si el zeitgeist es el espíritu de una época, estos días de escalada hacia Navidad y Fin de Año tienen su propio zeitgeist de bolsillo. 

Esto mismo ocurrió en Banderley, aunque intenté bloquearlo: yo no iba a ningún sitio. Pero mis compañeros estaban exaltados, la gente exudaba amor. Se bebió más de la cuenta en Serotonina, el bar de las antiguas caballerizas. En la planta había "Mince Pie" en lugar de galletas y un té especiado con cardamomo.  El consabido día del jersey con reno. Y me junté con más tarjetas de felicitación que en toda mi vida. Los ingleses son muy de tarjetas, para todo, eso sí,  solo escriben dos palabras y firman - "Para Mariona"- porque el "Season's Greetings" de turno (ya entonces poner "Navidad" podía ofender a otras culturas) ya está impreso. Hasta los pacientes me dieron las suyas, las mejores hechas por ellos mismos en el Taller de Terapia Ocupacional. Las fui poniendo en la repisa de la chimenea de nuestro salón en la Casa. Aún guardo una. 

No solo eso, cuando volví de mi "Encuentro con Drácula y Lucy Westerna" en Whitby, tras la guardia, mis compas de Casa habían puesto un árbol de Navidad nivel anuncio: enorme, lleno de luces blancas. Precioso. No sabía que estaríamos quitando agujas hasta Semana Santa, pero ahí estuve yo un buen rato, ajena, boquiabierta, maravillada, como Winona viendo nevar en Eduardo Manostijeras. 

Poco a poco, durante la semana, la gente se fue yendo a sus casas. Las de verdad. Y el árbol se fue llenando de paquetes a través de una suerte de peregrinación por nuestro salón: Yolanda y su "prométeme no abrir antes del 25, bajo ningún concepto". Morgana,  misma recomendación, mismo abrazo intenso. Mark, que tras unos días familiares en los Cotswolds  se iba a esquiar a Colorado (yo hiperventilando, una duda: ¿podré soportar a este pavo todo moreno en Enero, por Diosss?) también me encontró allí cuando trajo el suyo. Me daba la impresión de que esto respondía a culpabilidad de la clásica: cualquiera que hubiera pasado alguna Navidad en el manicomio aún sufría de cierto desorden de estrés postraumático. 

Una tarde, cuando ya se palpa el vacío vayas donde vayas-la biblioteca, la tienda, la cantina, la piscina, no que aquí haya mucha gente nunca-, frente a la tetera decido que le den y que me hago un chocolate caliente de esos de Cadbury's, que siempre asocio, sin razón, a "Charlie y la fábrica de chocolate". O mejor, ¿no tenía por ahí unos sobres de Maizena? Igual me puedo hacer un chocolate espeso, como los de casa, de esos que se queda pegado al cazo, y esa es la mejor parte...  Se abre la puerta, y se rompe la magia: Sandip.

Sin saludo preliminar, me informa que él y Suchandra son hindis, para ellos la Navidad no significa nada, desde el respeto. Así que se quedan en Banderley con gusto. Luego está Isabel Archer, que busca tranquilidad para escribir su novela. Me parece leer un leve tono irónico en el final de la frase, pero debo estar equivocada: ¿ironía en Sandip? No le había pedido esa información, pero ahora que la proceso, se me cae el alma a los pies: Navidades con estos tres. Sandip, un autista con el que es imposible reirse, porque todo es literal, todo es blanco o negro, y todo gira alrededor de sus intereses especiales, trenes, transporte y la Reina Victoria. Suchandra, a la que casi no conozco, es "la mala", no hay más preguntas. E Isabel, -para la que ser psiquiatra es un mero recurso de producción de contenido para su verdadera vocación, escribir-, va a estar centrada en su novela. 

Sin que su lenguaje corporal lo sugiera, intuyo que su siguiente frase hará referencia al montón de paquetes bajo el árbol. Exacto: no sabe ni quiere saber nada de todos esos bultos. A él no le gusta regalar porque ese acto se torna responsabilidad, y el agasajado ha de corresponder con un presente de exactamente el mismo precio a la otra persona. Parece que está leyendo de un documento legal.  No, Sandip, no funciona así, pero cualquiera le explica la gama de grises.  Se hace evidente lo que intentaba auto-negarme: en nuestra Casa, en Drummond, solo quedamos a estas alturas Sandip y yo.  Y mañana es Nochebuena, y en el frigorífico solo hay atún y ketchup. Cuando suena el teléfono -nunca salvada por la campana tuvo mejor uso-, dice "no es para mí". Llamada interna. 

-¿Hola?-contesto, mientras Sandip sale de la habitación.

-Hey Mariona, soy Isabel. Hace tiempo que no te veo...

Sí, en concreto desde aquel día que te fuiste precipitadamente de Serotonina por un poema de Auden. Reina del drama. Solo tú puedes citar a Auden. Pero me sobrepongo y finjo olvido: 

-Ah, sí, es verdad... ha sido todo tan lío estas semanas, y -relleno que no le interesa- además he tenido mi primera guardia en Whitby.

-Yo he estado ocupada con mi novela, pero muchas ganas de saber de tu guardia, -miente- a ver si me cuentas. Mira, estamos muy pocos aquí estos días -en serio?- y había pensado... bueno, mañana es Nochebuena, tienes algún plan?

¿Plan? ¿Aquí, en medio de un páramo? ¿Está de coña? Se lo digo, menos la ironía: no, casualmente no tengo plan. Bien, porque Isabel quiere proponer que quedemos a cenar en su Casa los cuatro. Los cuatro, ¿qué cuatro? Pues nosotras, Sandip y Suchandra, claro, los únicos cuatro. Se puede pedir un pavo pequeño a cocina, y ella lo prepara, se encarga de todo. Pasa un segundo eterno entre el momento en que proceso la noche que me espera y mi respuesta. Un segundo en el que he de tirar de todas mis habilidades interpretativas para componer una estampa de mínima ilusión. Una noche con un inadaptado, con una tía que me odia y con ella, de la que espero un acto de compasión tipo conversación de libros. Eso sí: con el pavo no puedo, una tiene un límite. 

Creo que durante toda la noche tengo pesadillas y durante todo el día 24 me dedico a trabajar. No hay muchos pacientes en la planta, y no está Cook: tal vez consiga dictar todos los informes de alta que tengo apilados desde hace días. Tampoco hay rastro de Sister Harding: este sitio podría ser un lugar normal, sin esta panda. ¿Tendrán vida propia? Venga ya. La enfermera jefe del turno solo me interrumpe una vez para ofrecerme una taza de té, con una cara como de pena. Ella, a las 9, se irá a su casa pero, ¿qué será de esta chica de acento lejano? Seguro que se me llevaría con ella, les hablará de mí a su familia, o a su gato. Hacia el final de la tarde me pasa una llamada, desde recepción. 

-¿Mariona? Hola, soy Lucy, de Whitby... ¿cómo estás?

-Lucy, qué sorpresa! ¿Cómo estás? ¿Qué pasa? 

-Bien, nada, he recordado lo mal que te sentías por estar aquí sola en Navidad y...

-Ah gracias Lucy, qué amable. Al final, voy a cenar con tres más que están aquí. ¿Y tú?

-Bueno, emmm, todo se ha torcido... me iba con esta gente a Durham pero al final, ermmm... ¿podría subir a verte?

-¿Qué? No, no, Lucy, imposible, me encantaría pero... no nos dejan tener visitas aquí, está totalmente prohibido... 

-¿Por qué? Es Navidad...

-Sí, lo sé... es, es... por la confidencialidad de los pacientes, por cosas que pasan aquí que pueden ser algo, no sé,  abrumadoras. -En serio, Mariona, ¿le estás diciendo esto a una chica experta en Drácula que pasea a su perro por un cementerio de noche?


9 de la noche: llamada a familia, cabina de pago. Intento vender que se plantea una fiestuqui buena. No sé si cuela, voces sobreactuadas que se van pasando el auricular. 9:20 y casi cinco libras más pobre, llamo a la puerta de abajo de la Casa de Stirling, la verde,  la de Isabel. Y la de Will, que también se ha ido. Mientras espero, recuerdo las conversaciones en Lincoln, atrapados por la nieve, hace una eternidad: hace tres semanas. En esta Casa, el salón cocina comedor está en la planta baja, no como en la mía que está arriba: abajo hay un almacén de palos de hockey, un par de piraguas y bicis. 

Sandip y Suchandra están ya allí, cada uno con una copa en la mano. En la de Sandip hay zumo de naranja, sin trocitos, odia la pulpa. Isabel se lo ha tenido que colar, se equivocó en la compra, mira que él le dejó una nota con eso y sus alergias. Está hablando, muy alto, del Vivek Express, por lo visto el tren más largo de India, de Dibrugarh a Kanyakumari. No insistan: nunca explicaré porqué aún recuerdo estos datos. Suchandra, que esta noche tiene otros objetivos -miedo-, le deja con la frase colgando acercándose a mí, mano extendida, sonrisa solo en boca. Esa gente que no sabe sonreír con los ojos: lagarto. Isabel también se acerca desde la cocina, qué bien huele el maldito pájaro que tiene en el horno, digo (omítase pájaro y su adjetivo). No sé cómo me voy a hacer tragar eso, pero entonces, primer signo de noche mágica: Suchandra es vegetariana, forzado cambio de planes. Estupendo, un curry de nosequé. 

Está muy oscuro afuera, y la segunda señal benigna de la noche: empieza a nevar. Los dos indios y yo estamos felices, tomaré otra copa del espumoso este de supermercado. De repente, tres golpes en la ventana. En la ficción, siempre se sospecha de algo sobrenatural o aunque sea misterioso. En la realidad, nunca es nada de esto, -a menos que estés en Banderley, me digo. Pero efectivamente: ahí tenemos a Lucy. 

Que no debería estar aquí, que es una norma muy estricta, que lo sabe, que puede explicarlo todo. Luego, si eso.  La pareja: aterrorizados ante esta ruptura de normas,  pequeña anarquía  en el UK. Creo que lo que murmura Sandip son oraciones en hindu, que Shiva nos proteja. Isabel ha pasado de la preocupación inicial a mostrar cierto interés: más madera para su novela. Para eso nos ha traído aquí, así son los escritores, siempre en busca de contenido, sanguijuelas de historias y -qué apropriado- vampiros de la vida de otros. Y qué festín tiene aquí: un chico de allende los mares con serios problemas de comunicación social, un par de chicas enfrentadas, sin una razón aparente, aun mejor, y ahora le llega una camarera de una ciudad cercana. Y todavía no sabe que tiene una tesis en crítica literaria. 

Como buena anfitriona, Isabel nos plantea un juego. Que pensemos en personajes de la literatura y los clasifiquemos usando el "Modelo de los Cinco Grandes" (los Big Five). Sí, este es un juego entre psiquiatras, no la idea de diversión de la mayoría, ni siquiera de Sandip y Suchandra a juzgar por su actitud (decir su cara, en el caso de Sadip, sería un sinsentido: no gesticula). Como mejor animadora, Isabel sabe que Lucy no pertenece a este estrecho mundo nuestro y le explica que se trata de una clasificación de rasgos de personalidad que analiza la composición de cinco dimensiones de esta.  Lucy está en su salsa, asiente. Isabel sigue con la metáfora del dial: cada uno de los dominios tiene un rango, del 0 al 10, y muchos de nosotros estamos por el medio, pero se definen mejor por los rasgos límite. 

-Por ejemplo -comienzo- en el dominio "amabilidad", tenemos a un lado a esos seres de luz, que solo quieren ayudar y hacer tu vida mejor y en el otro, el borde de turno. 

Creo que Suchandra encoge un poco los ojos en mi dirección, o tal vez me lo parezca. Ella tiene que saber está muy escorada hacia el lado de las sombras, o si no, mal vamos. ¿Habrá estado en terapia, como casi todos estos? Para disimular propongo a Atticus Finch, el abogado  de "Matar a un ruiseñor" como ejemplo de ser amigable, compasivo, a la vez que heroico y noble. Lucy e Isabel no caben en sí de gozo, están totalmente de acuerdo, e Isabel incluso anota que su nombre es una referencia a uno de los diez oradores miticos griegos de los siglos V y IV antes de cristo. Sandip sigue en su planeta. 

-¿Y qué me decís de la "apertura a la experiencia"?- continúa Isabel, y mirando a Lucy explica-, aquí tenemos a aquella gente inventiva, curiosa, con ganas de vivir cosas nuevas. Creo que esa podrías ser tú -y suelta una carcajada, por algo la tenemos aquí habiendose saltado todas las reglas de turno- y en el otro extremo tal vez nos encontraríamos contigo Sandip,  cauteloso, que sigue las normas, que no se sale de lo establecido, que no te gusta el cambio.

Sandip se encuentra francamente incómodo. Ser el centro de la conversación, tener que responder, saber si el otro habla con ironía, entender los claroscuros no le es posible. Isabel intenta un rescate forzoso:

-Bueno, también diría que estás, como por ejemplo Sherlock Holmes muy alto en el factor "conciencia": eres eficiente, organizado, sistemático, terminas lo que empiezas... da gusto trabajar con gente como tú en lugar de aquellos descuidados, que nunca terminan nada, que te dejan las notas clínicas a medias y...

Lucy ni parpadea, no se vaya a perder algo. Si pudiera, sacaría un block de notas. Hoy lleva la misma cantidad de eyeliner del otro día, y el rimmel muy marcado, y extra sombra de ojos. Suchandra la mira sin casi disimular, creo que no habrá visto un gótico en su vida. Por lo que me contó un día Morgana, Suchandra viene de una familia de clase media de Delhi. Eso implica tener servidumbre en casa, pero aquí la gente como sus padres no se pueden permitir criados. Allí, donde la pobreza rampa, ese estilo de vida es posible. Aquí, se le ha acabado.  Ya nadie le hace reverencias, ni siquiera una recién llegada de un país del sur de Europa-¿cómo les llaman, PIGS? 

-Uno de mis personajes favoritos en el extremo del siguiente dominio,  "neuroticismo", es Woody Allen -intento mover la conversación-. Me encanta el eterno ansioso, con dudas, me hace mucha gracia. Dicen que los neuróticos son más inteligentes... pero esto no les gustará a los macho-alfa, seguros de sí mismos, sin temor a heridas o al dolor, en el otro extremo.

-Sí, sería también el alter ego de Philip Roth en "El mal de Portnoy" -añade Isabel-. Y por terminar, el último sería... "extraversión", la gente energética, sociable, el corazón de la fiesta... se me ocurren varios ejemplos aquí en Banderley. 

Se hace un silencio, está claro que esos ejemplos se han ido de vacaciones. Lucy me mira, la clase de mirada que, si fuera menos discreta, daría primero un barrido a estos dos. Tal vez mostrando habilidades de sus paseos de turistas, intenta involucrar a los compañeros silenciosos.

-A mi me apasiona la literatura de autores indios escrita en inglés... y no solo el famoso de Arundhati Roy, sino Vikram Patel, Salman Rushdie, Kiran Desai,... una maravilla. 

No mejoran las cosas. Alguien carraspea. Isabel llena las copas, y va a por más zumo para Sandip, que medio tartamudeando añade:

-No leo ficción. Hay tanto por leer de nuestra profesión... solo leo psiquiatría. 

-Pero Sandip, ¿no he visto en nuestra Casa "El gran bazar del ferrocarril" de Paul Theroux?

-Sí- traga algo inexistente en su garganta, muy fuerte- pero eso fue un regalo de Will, y no me interesa. 

-¿Por qué?- esta es Lucy

-Me dijo que cuenta su viaje desde Londres hasta India, y vuelta en el Transiberiano. No me interesa, prefiero los datos, como en el "Tratado de la historia ferroviaria del Reino Unido de Oxford".

Su voz cada vez suena más enlatada, mecánica, robótica. Se me ocurre comentar algo sobre otro libro de Theroux que he leído, su viaje de Boston a Patagonia, pero la noche se está despeñando por un abismo que ni con esfuerzo Isabel logrará controlar. 

-Ah, tus trenes, Sandio. Seguro que Suchandra, tú tienes otros intereses. ¿Qué te gusta leer?

Suchandra se queda un segundo considerando si esta pregunta es una bala, y si debe agacharse.  En ese momento me siento mal por los dos: aquí estamos tres chicas blancas, hablando de un canon -que en el fondo es solo una fracción de la cultura universal-  que esperamos que el resto del mundo debe conocer. No tenemos ni idea -por mucho que Lucy cite a cuatro autores indios, que para más inri escriben en inglés, no son traducciones de autores oscuros que escriben desde la India profunda- de literatura de su país, o de todo oriente. Pero pretendemos que ellos conozcan a Roth y sus libros irreverentes.

-Bueno, como a Sandip, no me queda mucho tiempo para leer. -dice, hablando muy lentamente. -Hay tanto que aprender para ayudar a los pacientes que, sinceramente, no sé de dónde sacáis vosotras el tiempo. 

Y me mantiene la mirada, como si leer en mi tiempo libre fuera algo delictivo. Me persuade, porque me siento incómoda y a la defensiva. A punto estoy de contestar pero, ¿para qué? ¿Qué tengo que demostar a esta palanganera de Cook? ¿Que estudio mucho? ¿Que me importan los pacientes? Lo que de verdad quiero decirle es que a ella, lo único que le importa es trepar. 

 -Hey, mirad! -dice Lucy asomada a la ventana- la nevada es tremenda. Hoy no voy a poder bajar a Whitby.-No intenta ni disimular su júbilo.

Flashes de pánico en la mirada de Sandip y Suchandra. Estamos infringiendo una norma importantísima de Banderley: ellos no sabían nada. Esta noche es Nochebuena y Lucy vendrá a dormir a mi Casa. Saca más espumoso, Isabel, que mañana es Navidad, y ya cruzaremos el puente de cómo sacarla de aquí. Como si Lucy hubiera venido a Banderley, el manicomio victoriano, el castillo encantado, la abadía misteriosa, a dormir.  


09 enero 2021

Era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación

 "It was the best of times, it was the worst of times; it was the age of wisdom, it was the age of foolishness; it was the epoch of belief, it was the epoch of incredulity; it was the season of Light, it was the season of Darkness; it was the spring of hope, it was the winter of despair. We had everything before us, we had nothing before us, we were all going direct to heaven, we were all going direct the other way - in short, the period was so far like the present period, that some of its noisiest authorities insisted on its being received, for good or for evil, in the superlative degree of comparison only".

“Era la mejor de las épocas, era la peor de las épocas; era el tiempo de la sabiduría, era el tiempo de la estupidez; era la época de las creencias, era la época de la incredulidad; era la estación de la luz, era la estación de la oscuridad; era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación. Lo teníamos todo frente a nosotros, no teníamos nada. Ibamos todos directos al cielo, todos íbamos en el camino opuesto. En una palabra, aquella época era tan parecida a la actual, que nuestras más notables autoridades insisten en que, tanto en lo que se refiere al bien como al mal, sólo es aceptable la comparación en grado superlativo.”

Charles Dickens, A Tale of Two Cities

No hay que explicar por qué el comienzo de "Historia de dos ciudades" es sistemáticamente votado como uno de los mejores de la literatura. Leerlo hoy me ha parecido más relevante que nunca: era la primavera de la esperanza, era el invierno de la desesperación. Recuerdo que lo subí también en 2012, para el 200 aniversario del autor, y puse algo como "esto se podría aplicar perfectamente a los tiempos que vivimos". Ingenua, si hubiera visto dónde estamos solo moviendo un par de cifras, en 2021.

Hoy, en el parque de enfrente de casa ha habido una manifestación de descerebrados en contra del confinamiento, las mascarillas y cualquier medida de salud pública. El mismo tipo de terraplanistas y conspiranoides que con cuernos y gorras se metieron en el Capitolio en el día de Reyes. ¿Ha sido un regalo para los americanos, porque esto significará el final del trumpismo, como Tejero y sus secuaces le dieron la puntilla al franquismo? Esta es la teoría de Giles Tremlett el corresponsal del Guardian en España, y me gustaría creele. 

Como en primavera del 2020, intento leer la prensa lo menos posible, aunque no puedo evadirme de las circulares del trabajo, donde los mismos augurios de entonces se están repitiendo: no hay oxígeno, no hay camas, no hay personal. Eso sí, te encuentras a gente como esta: el otro día, haciendo una fila en la calle, una mujer que se me pega detrás, esperando tal vez que así fuera más rápido el tema. Cuando le digo amablemente que respete los dos metros, me espeta: "oh, dont give me that!", que traduzco libremente como "no me comas la oreja". Así está la peña. Lo que me daban ganas de hacer es darme la vuelta de un salto, manos a lo kung-fu y meterle un grito tipo "chitón!", pero no. Primero porque no se grita con covid y segundo, tal vez me diera una torta. 

La gente llama y pone whastapp, ¿qué esta pasando por allí? No mucho: el confinamiento es "la vida sigue igual", para gente como yo. La vacuna, después de que se apuntaran la estrellita de "prímer" ni se sabe. 

Pero no todo es indignación, y malas noticias. Antes de Navidad,  Mini nos contó que les habían pedido que escribieran una carta a ex-alumnos del cole, una persona mayor que probablemente estaría sola estas Navidades. No sé si esto último es golpe de efecto, ya se sabe, Hans Christian Andersen. Total que Mini escribió algo sobre su vida escolar: "le dije que mi asignatura favorita es el comedor". Esa es mi Mini. Pero hoy nos ha llegado un libro, con una bonita dedicatoria. El anciano al que llegó la carta de Mini parece que publicó un libro, titulado "Not as planned. Recollections", y le lo manda dedicado. El cole nos lo ha reenviado. Mini, que lo ha empezado nos comenta: "Mira, como a mí, no le gustaba la física". 

Que llegue ya la primavera de la esperanza: ya aburridos y asustados del invierno de la desesperación. 


03 enero 2021

Serial 22. De lo femenino en Drácula, o cómo combatir la soledad en el cementerio de acantilado más famoso del mundo

Aquella Zopiclona cumple su función con creces: a saber cuántas horas duermo del tirón, pese al cuartucho y las emociones. Dame química. Cuando por fin salgo a la calle a las 16:30, ya no queda atisbo de luz natural-si alguna vez la hubo.  De noche a noche, como una buena vampira, o no estamos en Whitby? Terminándome un sándwich de plástico decido que aquella enfermera pelirroja, de haber existido (¿de verdad que la noche anterior ocurrió?), tendría razón: cogeré el último bus a Danby, no el de la tarde. Bajo por la orilla del Esk, como anoche; sigo con sensación de irrealidad. 

Todas las tiendas están decoradas en plan navideño, debe ser Nochebuena enseguida. Siento una pena enorme por mí misma. Vale, mis esperanzas eran infundadas: ¿recién llegada y me iban a dejar libres estos días? Pero aun así. Será el primer año lejos de mi familia. Mi único nexo con el mundo real serán ocasionales llamadas desde el teléfono del pasillo, 24 peniques el minuto.  Banderley estará desierto, con sus pasillos de ecos interminables, aún darán más miedo del normal. Los pacientes menos graves de permiso, el jardinero de vacaciones, la cantina cerrada. Quiero irme y no volver jamás. 

Pegado al cristal de una tienda de caramelos me encuentra un cartel: "Conoce a Drácula con Lucy Westerna". Todos los días a las 8 de la tarde, bajo la torre del reloj, en la Plaza del Mercado. Decir las 8 aquí es como decir las 2 de la madrugada, dónde estará la plaza? Debe ser Lucy, la chica gótica que conocí cuando todo esto empezó. La losa de hace unos momentos en mi pecho se transforma en algo saltarín, parecido a una emoción positiva. Miro el reloj, las 5, aquí ya van a ir cerrando todo. Los caramelos tienen una pinta espantosa, unas barra enormes de colores que solo atraen a los niños que no saben aún lo que es  la vida. Una versión británica de los infames "adoquines": cada cultura tiene sus adoquines? me planteo. "Hunter's. Old Fashioned sweets"; "Hunters: caramelos anticuados", sería mi traducción-vale, totalmente cargada, las palabras nunca son inocentes. "Hunters: caramelos antiguos o tradicionales", dirían los que la nombraron, aquellos para los que cualquier tiempo pasado fue mejor, los que viven de viejas glorias, solo en su cabeza. Tu vida es gris e inane, pero un día hace siglos unos cuantos que nacieron aquí pasaron por la espada a otros allá lejos: tú lo llamas imperio. Y montas una tienda de caramelos malos. Madre mía, Mariona, para, qué sola estás. 

El pobre chico que sale a cerrar no tiene la culpa de nada. Tal vez ni el fundador, que solo siguió la receta de su abuelo. El chico da la vuelta al cartel de "bienvenidos, estamos abiertos" a "lo siento, estamos cerrados" en mi cara. Debe leer algo parecido a la desolación en mi actitud toda y abre la puerta: el "you all right?" de rigor, con fuerte acento local. Como llevo un buen rato pensando en castellano, me cuesta pasar al sajón, pero señalo al cartel componiendo una frase seguro limitada en su correción gramatical. Igual da: comunico y, el descendiente del señor Hunter me cuenta que Lucy organiza estos paseos en verano, cuando hay turistas, igual también para Halloween, pero a él no le suena ver grupos a finales de Diciembre resbalando por los adoquines mojados-tal vez helados-de las calles. Adoquines, otra vez, broma intraducible, así que simplemente asiento. Pero Lucy trabaja en el pub de aquí al lado, seguro que está. 


Está de vacaciones, pero no se ha ido a casa, eso me dice otro chico detrás de la barra del bar, versión masculina de gótico depresivo, anémico, ojeroso y al que le faltan unos kilos. Ha salido con Vlad, el perro del pub: sube por las 199 escaleras y por allí andará, entre las tumbas de St. Mary, o por la abadía. 

No recordaba haber subido por las escaleras la otra vez, pero a saber si estuve sonámbula, tras el viaje en bus nocturno, como la propia Lucy Westerna de la novela.  Esta vez cuento cada escalón y a medida que avanzo me planteo que tal vez debería volverme. Como en las pelis de miedo, cuando todos pensamos "no entres ahí", pero se entra. No puedo comprobar lo de los famosos tejados rojos de Whitby que cautivaron a Stoker, porque están ya oscuros, igual que todas las callejuelas que se abren en los laterales, siempre con un gato cruzando.  Muy pocos faroles, viven de la iluminación de los edificios fantasmagóricos ahí arriba. Cada vez más silencio, o el viento que no ayuda en lo de tranquilizarme. En el escalón 198 te das de bruces con el cementerio de la Iglesia de S. Mary. Al fondo, a la derecha, la abadía derruida, todo focos amarillentos en los ángulos adecuados. 

¿Lucy? -se me ocurre decir- ¿LUCY? -aquí ya gritando. Doy mi última oportunidad a este lugar. Me voy a la estación de buses a esperar el de Banderley con mi libro, aunque bajar con el cementerio de espaldas me inquieta aún más. 

Una respiración intensa, un trote y de detrás de la iglesia aparece Vlad, y Lucy. Claro que se acuerda de mí, aquí no pasa nunca nada. En verano ese camposanto se pone imposible con los turistas. Antes, con los grupos de góticos de todo el país: ahora lo han prohibido. Pero quién puede culparles: Lucy entiende perfectamente la atracción de lugar. Y me guía pasada la iglesia al caminito que conduce hasta el borde del acantilado. Al viento se une el ruido del mar. La iluminación de la iglesia y de la abadía, allá al fondo, y algún foco en tumbas aisladas le dan a todo un aire tan gótico como la propia Lucy. 

Por supuesto no se apellida Westerna, como la pobre víctima de Drácula, pero aprovechando tener el nombre en común, ha llamado así a sus paseos de turistas. Pero solo algunos se acuerdan de Lucy Westerna, los geeks de Stoker, la gente hace el paseo porque es lo que se hace en Whitby.  En realidad, ni siquiera le gusta este personaje.

-Lucy viene de una familia rica, es guapa y sus aspiraciones en la vida, como era el caso de las mujeres victorianas de su condición era casarse con uno de su clase, tener hijos y manejar a los criados. Si te lo planteas, no hay mucho diferente del hoy en día... es lo que mis padres querían que yo hiciera... por eso me fui de casa. En realidad, odio a Lucy porque nos parecemos demasiado...

Me sorprende aquella confesión. No debo ser la única que se siente sola. 

-Pensaba que tú eras de por aquí...-es mi gran aportación. 

-No, qué va. Soy del sur... me fui de casa hace siglos, primero para estudiar literatura en Oxford. Para entonces ya era la "oveja negra" de la familia. Solo mira qué pintas llevo. Hace siglos que no les veo, y paso... Te preguntarás por qué Whitby. Hice en mi tesis un análisis sobre lo femenino en Drácula. Vine a investigar, y ya no me pude ir. Llevo aquí un par de años. 

-Y hablas de todo esto que investigaste en tus paseos para turistas?

-Ah, no... ahí les cuento lo típico, la vida de Stoker, cuándo pasó por Whitby, dónde se alojó, allá enfrente en la pensión de la señora Veazey, en el 6 de Royal Crescent-y señala al otro lado del río-, sus visitas a la biblioteca, y sobre todo les pongo en contexto. Piensa que Drácula se publicó en 1897, ya en los últimos años de la Reina Victoria, ese periodo negro en el que las "buenas costumbres" eran más importantes que la gente. Parece mentira que un siglo después aún haya tanto de eso. Hacía poco que el país se había visto consternado por Jack el Destripador,que fue una gran influencia en Stoker... bueno, no solo Jack, también Byron, y Wilde... 

-Y Vlad el empalador...

-Ah, Vlad, sí la famosa página doblada en la biblioteca del pueblo-y se ríe- y el perro del pub. Sí, le puse yo el nombre, si te lo estás preguntando. Dudaba entre eso o Deméter... 

Se para, supongo que para calibrar si sé que el Deméter es el barco ruso que llega a Whitby en una tormenta, cargado con cajas de tierra de Transilvania, y con Drácula, claro, que baja en forma de perro negro. Como Vlad. Y sigue: - Pero cuéntame algo de ti...

Por dónde empezar: sé que ella quiere escuchar detalles escabrosos de Banderley, o incluso de la noche anterior. Le gustaría la historia de un suicida que no lo es, tal vez. Sin embargo, le hablo de lo lejos que estoy de todo lo que me importa, de mi familia, de cuánto los voy a echar de menos estas navidades, que me tengo que quedar en el maldito castillo embrujado, en el manicomio encantado, en el internado con fantasmas. Que no soporto a Cook, mi supervisor que es un matón, que no tengo verdaderos amigos, que todo parece secreto y que no pertenezco. Que estoy pensando en coger la maleta y no mirar nunca atrás. 

Seguimos en el acantilado, luchando con el viento que nos tira el pelo a la cara. Lucy mira hacia el mar-o sea, a la nada- mientras hablo. Le cuesta un rato responder, pero no importa: estoy bien ahí, enmedio de un cementerio, de un semi-vendaval y con una casi-desconocida. 

-Ah, Mariona, solo el hecho de haber volado tan lejos de tu familia, tu ciudad, tu país ya te hace interesante para mí. Qué he hecho yo? Tirar un poco para el norte, con un título de prestigiosa universidad que me abriría la puerta de infinidad de trabajos, tanto aquí como en el extranjero. Pero aquí estoy, cómoda en una pequeña ciudad, cebando mi "interés especial" y sabiendo que si se tuercen las cosas, ahí está el dinero de mamá y papá. Que me odian, que querrían que fuera como ellos, pero que soltarán la pasta si levanto un dedo. Te podría llamar Mina? Porque tú eres muy Mina Murray. 

No entiendo por dónde va, sospecho que, como todo crítico literario que se precie, me va a hacer un análisis pseudo-psicológico de personajes que ha estudiado hasta la saciedad en su tesis. Mina Murray, yo?

-Mina es inteligente, trabaja de asistente de directora en un colegio, aprende pronto, y es valiente. A diferencia de Lucy, necesita trabajar para vivir. Si te das cuenta, en la sociedad victoriana, a las mujeres no les quedaba otra que estar al servicio de sus maridos, y así pasa también con Mina, que aprende a escribir a máquina y otras cosas para ayudar a su marido, no para ella misma. Pero por lo menos no es un mero trofeo, un adorno para él, como Lucy. Ya sabes que la novela está escrita usando diversas fuentes, una técnica de la época, incluyendo recortes de periódico o cartas de los protagonistas. El tono de Lucy y Mina es muy diferente: la primera es infantil, le gustan los chismes y la frivolidad. Mina es responsable, madura... es curioso que Van Helsing podría haberse referido a Mina como "virtuosa", pero sin embargo la define con dos adjetivos propios de la masculinidad victoriana: "con coraje y valor". 

-Guau... se nota que tienes una tesis, destilas academia. Hace poco he releído la novela-dicen que todos los residentes lo hacemos al llegar a Banderley-y te aseguro que no he pensado todo esto...

-Oh, no es nada. Igual que a ti te están dando las herramientas de tu profesión, estas fueron las mías. Es un lenguaje y una manera de mirar: se aprende. A mí me gustaría aprender precisamente los conceptos que tú manejas, para poder analizar los personajes con conocimiento de causa. 

-No vas desencaminada, porque la crítica literaria se ha nutrido mucho del psicoanálisis, una corriente a la que le pondría muchos peros. Pero me interesa mucho tu análisis de lo femenino...

-Fíjate, -Lucy habla deprisa- Mina es un ejemplo del estereotipo tardío victoriano, "la Mujer Nueva". Mina es independiente, soluciona problemas, es proactiva e incluso se mete en un viaje ella sola a Budapest en busca de su novio. Por supuesto, es fiel y discreta, faltaría más, pero no es la mujer victoriana normal. Por contraste, Lucy es inocente, vulnerable, pura (que para las mujeres de la época dependía de su virginidad)...

-Antes de leer la novela vi la peli de Coppola y...

-Arghh -suelta un grito que me asusta- ¡¡¡esa pelicula!!! A ver, que no está mal, pero por favor, que no la llamen "Drácula de Bram Stoker", porque no lo es...

-Exacto, -intento terminar mi frase- con la peli no quedas con la impresión de Lucy inocente, más bien al contrario, Lucy ninfómana...

-Claro, es 1992, un siglo después. Coppola presenta a las mujeres tremendamente sexualizadas. No estamos acostumbradas a que se nos represente así, verdad? Mi departamento también incluía estudios feministas -anota con un guiño-. Eso por un lado, y por otro se saca una historia de amor de su culo (perdón, soy muy malhablada, pero de su chistera me sonaba aún peor)... decía que se inventa la historia de amor de Drácula con Elisabetta (re-encarnada en Mina) para justificar que viene a Inglaterra por amor, no para lo que viene, que es para chupar sangre.... Mira ven...

Y vuelve hacia la iglesia, entre las tumbas. Yo siento mucha envidia de que lo que yo leo por diversión, ella lo ha estudiado en profundidad. Mientras yo me estudiaba las mitocondrias, Lucy estaba analizando a Mary Woolstonecraft y a su hija Shelley.  Se sienta en un banco de piedra y pone la mano al lado, y la sigo. Mira, este es el banco en el que se solían sentar Lucy y Mina, las de la novela, no nosotras -y se ríe- para hablar. ¿Te acuerdas de lo que pasa en la madrugada del 11 de Agosto? Es la famosa escena cuando Mina se despierta y descubre que Lucy ha vuelto a abandonar su cama, otro de sus episodios de sonambulismo. Se pone su chal y corre hasta aquí. Justo desde el último tramo de las escaleras ve a Lucy con su camisón blanco -recuerda, pureza- con una figura en sombra detrás, que se está inclinando sobre ella. Mina sube como puede las últimas escaleras y ve la cara pálida con los ojos rojos de ese ser. Cuando llega aquí, a este banco, ha desaparecido, y Lucy está dormida, tapándose el cuello. Justo aquí, donde estamos sentadas. No es emocionante? Creo que cuando descubrí este banco, supe que me tenía que quedar en Whitby...

-Y esta escena me vuelve a llevar a la película, le digo. Lucy lleva un vestido rojo de tules y tiene sexo misionero explícito con Drácula metamorfoseado en lobo... nada que ver.... 

-Sí, ellas poseen una sexualidad salvaje que atrae y destruye a los hombres... siempre lo mismo. Pero fíjate que Drácula nunca es descrito como guapo o deseable, es delgado, alto, cruel,  duro... su atractivo sexual viene por el cine, no por Stoker. Y ahora ven, mira esta otra tumba tan antigua: lees el nombre?

-S-w-a-l-e-s? Swales? 

-Sí, nuestro admirado Bram paseó por estas tumbas y copió el nombre de Swales, un muerto real, al que convierte en la primera víctima de Drácula al llegar a Whitby... Swales es el oráculo que les dice a Lucy y Mina que siente que algo malo ha llegado a Inglaterra...

La campana de la iglesia da la media: es tardísimo, voy a perder el autobús.  Lucy se ríe -Ya sabía que si me pongo a hablar de mi tesis, no cogerías ese bus de vuelta al "castillo encantado".

Me siento como una mezcla de Sharon Tate en "El baile de los vampiros", corriendo, y cenicienta moderna, escalones abajo, que esta vez no cuento. Pero debo haber superado el centenar cuando recuerdo el brillo de la mirada de Lucy hablando de mi vuelta al "castillo encantado". Seguro que le gustaría venir por Navidad.



31 diciembre 2020

Mensaje en una botella desde la cada-vez-más-isla: John Donne ("Doblan por ti"). Guardadme la estrella. And all that.

 Sí, todo el mundo está hablando del final de este Annus Horribilis, de la barrera simbólica de la cifra. Para los habitantes de esta isla, además, sumamos esa cosa llamada Brexit. 

Hay una sección en este divlog llamada "poemoterapia" que existe para cubrir varias necesidades, por ejemplo cuando mis palabras no estarían a la altura, simplemente para compartir belleza o  como terapia cuando todo se derrumba. 

Hoy va de lo último, así que incluyo como final de anyo y de muchas cosas, la famosa Meditación XVII de John Donne (Devotions upon Emergent Occasions, 1624). Aunque en esta isla, pese al título, lleven cinco anyos machacando para que nos creamos que no solo somos isla física, sino también metafórica. Todos y cada uno de nosotros. 

'No Man is an Island'

No man is an island
entire of itself;
every man is a piece of the continent,
a part of the main.

If a clod be washed away by the sea,
Europe is the less,
as well as if a promontory were,
as well as any manner of thy friend's
or of thine own were; 

Any man's death diminishes me,
because I am involved in mankind.
And therefore never send to know for whom the bell tolls;
it tolls for thee.


Ningún hombre es una isla
Ningún hombre es una isla
entero por sí mismo.
Cada hombre es una pieza del continente,
una parte del todo.

Si el mar se lleva una porción de tierra,
toda Europa queda disminuida,
como si fuera un promontorio,
o la casa de uno de tus amigos, 
o la tuya propia.

La muerte de cualquiera me afecta,
porque me encuentro unido a toda la humanidad;
por eso, nunca preguntes
por quién doblan las campanas;
doblan por ti.

~~~

Hace unos días, alguien envió una foto de aquella proyección en los acantilados blancos de Dover, con una estrella europea solitaria, la del Reino Unido. Y el lema: "esta es nuestra estrella, cuidadla por nosotros". 


Guardadme la estrella, o lo que sea. 

26 diciembre 2020

Boxing Day (y llegó la caja!)

 Siguen "las extrañas vacaciones" y las falsas promesas: ¿No iba yo a divagar a diario, aunque fuera un haiku? Liberada de las responsabilidades vetústicas típicas del periodo festivo (ver a familia y gente de mal vivir en locales de expendedores de sustancias, hornear legendarios canelones, rituales devoluciones de regalos en desagradable superficie comercial), una pensaba que aquí en Londinium, sin ver a nadie, la vida iba a ser solo lectura y divagar. Ingenua.

Chelsea Bridge: a la vuelta

Pero ha ocurrido ese enemigo: el deporte. Y una no ha venido a luchar contra los elementos...  la ciudad no colabora: las piscinas están cerradas, y el día 23 que salí con la bici, me mojé. Eso sí, solo un ratito y luego de mil amores, me subí hasta el río, pasé por el MI5 (donde los espías), luego a Pimlico, y descubrí una nueva plaza (de S. George) y una estatua al lado del río, tan vez de Ulises. El día de Nochebuena reincidimos: salió soleado, y esta vez se unieron mis gregarios, los compas de piso (Mini intentó unos minutos disimular su fastidio, por eso de que era la noche de Paz y Amor). Llegados a Hyde Park me sentí un poco más cerca de Vetusta, porque ya dicen que en su estación se hace el frío: aquí había una sucursal. 

Qué se me ha perdido en Hyde Park en Nochebuena?
(cuando yo debería estar en Vetusta y sus canelones)

Pero la temperatura no arredró a una parejita de seguro enamorados para  contratar un paseo en carroza -en realidad en "la diligencia de la muerte" (Cóiste Bodhar), juzguen por la imagen.  Si algún despitad@ aún no ha leído esa obra de literatura universal -folletín por entregas que la membresía a este divlog les facilita gratuitamente- titulada "Serial", ya tarda, pero la mayoría enganchada recordará el personaje mítico del folklore irlandés, el "Dullahan", un fantasma sin cabeza,  la lleva en el brazo mientras que con el otro agita un látigo hecho de la espina dorsal de algún desafortunado. Cuando para la diligencia, alguien muere.  No faltaba detalle en la estampa de hoy, salvo que los cocheros no solo llevaban sus cabezas sobre los hombros sino también sombreros de copa, pero nuestra parejita de esforzados en el YOLO Y FOMO (You only live once and Fear of Missing Out) cada uno sus sonrisas y  sendas copas de prosecco. 

Siento no haber podido captar las copas de los paseantes.
Temperatura real (consideremos humedad): -10

No conviene aburrir al divagante con el resto de "la aventura del día de Nochebuena" (a la vez que se estaba firmando el "Tratado de Nochebuena", aupa Grinch ), pero he de incluir una foto de la desolada Oxford Street. Todo turista se ve abocado en algún momento a esta horrible "Calle Alfonso" (por su densidad en tiendas "El mañico", aquí conocidas como "Crest of London" ), y el día de Nochebuena debe ser un hervidero aún mayor del normal. Yo nunca había estado pero este año solo había mujeres con burka y las únicas tiendas abiertas eran precisamente estas de recuerdos rancios. Como dijo Mini, cómo es comprar una careta de la reina o una taza que ponga "Keep calm and carry on" un esencial? También estaba abierto Selfridges por lo del supermercado popular que regentan. 
Mini Lejarreta


Oxford Street, fantasma

Por primera vez, este año abrimos los regalos el Día de Navidad, en lugar de Nochebuena, porque según Mini "es lo que hacen los ingleses". Yo no sé si los ingleses también cenan pasta carbonara, que fue nuestro plato principal a petición de nuestra hija. Lo sé: en el concurso de "plato menos navideño" hubiéramos tenido mención, pero como estamos de bárbaros, qué sabe nadie. Volviendo a los regalos, un año más se ha decepcionado a Mini, al no incluir algunas de sus peticiones (a todas luces inapropiadas para una niña de 12 años) y en general a todo el mundo: la maravillosa toalla de lujoso algodón egipcio de 600 (gms, gramos por metro cuadrado)-la de 850 estaba agotada- no seca. El cepillo de dientes no tiene la potencia deseada. Y así todo: microfracaso tras microfracaso hasta la derrota final. Odio comprar. Luego hay un par de cosas cuyo uso desconozco (como un cilindro para hacer no se qué estiramiento, suena a deporte), y por tanto aún mantienen su magia. Pero dales tiempo.  La apuesta segura (cuánto saben mis compás de piso) ha sido una bolsa llena de una chucherías llamadas "Love Hearts" que tienen un mensaje  de amor en cada una... "Be mine", Ï love you" etc... Lo más parecido al Sidral que ha dado este país...

Las manualidades y yo:
He creado un corazón
a base de "Love Hearts"

Claro que yo había venido aquí a hablar de La Caja. Y qué mejor día que hoy, que es Boxing Day  Es el San Estaban de aquí, festivo, y viene de cuando los ricos, en su magnanimidad, no solo daban el día libre a la servidumbre (oh recordemos aquí el "Mothering Sunday", con similares tintes)  que habían estado trabajando para ellos durante las fiestas y todo el año, sino que además les daban una cajita con cosicas y comida sobrante: una versión anglosajona de Plácido, ponga un pobre a su mesa. Total que una de las cajas que teníamos de camino que había quedado en esa hilera de camiones en Caláis, se coló, y la abrimos frente a una videollamada con familia expectante. 

Un calendario de adviento (no importó el retraso, nos dimos la vuelta y Mini comió 18 días en uno), almendras cascaditas de los árboles de mi padre, más turrones de Fantoba ("tres cremas" y "nata & nueces"), guirlaches sueltos, el libro de Irene Vallejo, galletas príncipe (un clásico de los desayunos de Vetusta en Navidad, me han hecho sentir más cerca), una batidora de smoothies que ya no usan, una máquina cortadora de zanahorias y similar, una saábana, una trenza de Almudévar (nunca me ha sabido tan buena, para desayunar el 25), un juego de cubertería de esos del BBVA marca reloj-de-julio-iglesias elengatísimo  (en serio? voy a tener cubiertos que no son de Ikea?), un rodillo de la Yaya (dado mi minuto de gloria haciendo pizzas durante el confinamiento) y, atención, un par de cajitas con brocas de taladro. Misterio pronto desvelado por mi padre: un autoenvío "para cuando venga", insatisfecho con el juego de serie con nuestro taladro.  

Rodillo de la Yaya: ¿cojo el testigo?

Y ya, no puedo contaros todo lo que trajo esa caja, porque faltaría a mi propósito del haiku. pero nada supera a las brocas ni a la imagen de la dulce Di con un rodillo. Que puede ir mal?

23 diciembre 2020

Pesadilla antes de Navidad



Pese al título, hoy comenzamos con una gran noticia: LA PRIMERA CAJA LLEGÓ! (Para despistad@s: la familia Pedalista, enfrentada a una Navidad "solos en casa", esperaba con ilusión tres cajas de la península). Tres hurras por la primera caja que se coló por el UK Border antes de que Johnson montara la pesadilla-antes-de-Navidad para mucha gente, a tres días de Nochebuena. 




Unos pocos días antes había acusado al líder de los laboristas Keith Starmer de querer "cancelar la Navidad", por sugerir que igual había que cambiar alguna cosita, que los científicos decían que la cosa se estaba descontrolando. Ahora, las redes están llenas de memes con Johnson como el "grinch que robó la Navidad" y, si no fuera para llorar, daría risa. 

A ver: por dónde hostias empiezo?

Quede claro que, no en mi papel de Scrooge residente de este divlog, sino con la misma línea de precaución máxima que he adoptado toda la pandemia,  yo estoy encantada de estar en Tier 4 (confinamiento máximo a lo británico, en el que se puede salir a caminar o a hacer ejercicio) porque ya hace tiempo que no creo en el Santa Klaus ese de la "responsabilidad individual". Hay un grupo de gente que ejerce esa responsabilidad, pero luego hay otro, tristemente numeroso, que actúan pensando exclusivamente en su culo. Son los matriculados en el parvulario este global: que abren la puerta del patio? Todos a correr fuera como locos. (nota: con los negacionistas, antivacunas, conspiranoicos, terraplanistas, ni entro). Vamos a ver, que las medidas son orientativas, y que el principio es: cuantos menos boletos compres en esta lotería macabra, mejor. Que hay que salir a comprar comida, claro, que hay que salir a mover las piernas, vale, que hay que salir a trabajar, de acuerdo. Pero, en serio hay que comprar un boleto más metiéndote en esa boca de lobo? Estamos en la recta final, se supone; sobre todo si hubiera menos gente de pre-escolar. 

Tengo mi caja, y estoy feliz. Solo la he abierto para sacar un bloque de paté al vacío que mandaba mi madre, y una tableta de turrón-lujo-asiático de Fantoba, la pastelería de Vetusta que sale en la Lonely Planet, para ir tirando hasta el día de Navidad, que será cuando se abra por fin la caja, con toda la pompa.

El "Trufado" de Fantoba:  gloria

Tengo mi caja, y claro que preferiría tener a mi familia. Pero no ha sido el grinch el que me lo ha impedido, sino el sentido común. 

22 diciembre 2020

El continente, aislado (otra vez)

Niebla en el canal:
el continente aislado

Hace mucho tiempo, en el Pleistoceno del divlog, ya 
se publicó aquí un divague titulado, "El continente, aislado". Ah, entonces eran "causas naturales":  no dejaban volar aviones por las cenizas volcánicas islandesas. Aquello pasó en 2010 (y ya estábamos divagando aquí!) y esa entrada yo aludía al clásico (tristemente apócrifo, pero no dejemos que la realidad nos fastidie una buena historia) de los anios 30, "Fog in Channel: Continent Cut Off" . Nuevamente, causas naturales, niebla (Y no, no hay divague de eso: en los anios 30 todavía no estábamos aquí. Gracios@s). Causas naturales y una actitud: querid@s, 
entiéndanme, el continente, o sea, vosotros, estabáis aislados. 

Total, que por tercera vez me veo obligada a escribir este titular e informaros: de nuevo estáis aislados. Una vez más, causas naturales: esta vez porque tenemos la cepa más transmisible, la B117, siempre todo lo más. Vale, habéis sido vosotros los que habéis cerrado los vuelos que llegan de aquí, pero igual da: sois vosotros los que estáis perdidos, sin el faro y guía que es la Pérfida Albión.  Ah y esta vez, causas naturales? ja! Los brexiteros saben muy  bien que nos estáis castigando. Las ideas delirantes de un imperio glorioso no quedan en el pasado, como se puede ver.  

El otro día, sin embargo, me encontré con este meme de Clement Attlee, el Primer Ministro Laborista bajo cuyo mandato se fundó la Seguridad Social (NHS) en 1948. El y el Ministro de Sanidad Aneurin Bevan lo hicieron posible, justo después de la Segunda Guerra Mundial (y se celebró en la inauguración de los JJ.OO, hace nada). La frase, que por supuesto comparto totalmente, me parece en estos momentos como de otro planeta: "Nuestra gente debería ser ciudadana del mundo antes que ser ciudadana de este país"
"Nuestra gente debería ser ciudadana del mundo
antes que ser ciudadana de este país"

Mientras tanto, en el fondo de algún camión al final de una fila en alguna carretera de Francia están las cajas enviadas por suegros, padres (la de Fashion ya no la han admitido, snif) llenas de turrón, regalos y el rodillo de la Yaya, esperando que abran la frontera.  Por salud mental, decido creer que es por "causas naturales", porque si por un momento me planteo lo que dice Farage et al, que no voy a poder leer mi libro o comer jamón por la gloria imperial de cuatro viejos cantando "Rule Britannia", igual uso el rodillo de la Yaya. 



Di, reportera destacada en la isla, en su primer día "vacacional"
Seguiremos informando

20 diciembre 2020

Serial 21. En urgencias, mi primer paciente con trastorno de la personalidad límite: cuando el "haz lo correcto" te rompe el corazón

"Fracase en la preparación, prepárese a fracasar". "Haga lo correcto". Y, más prosaicamente, "esto va a salir de sus vacaciones". Conversación en bucle en mi cabeza durante todo el trayecto de Banderley a Whitby, para mi primera guardia en el hospital de distrito. (Era cierto que Cook se había negado a firmarme las vacaciones de Navidad?) Primera etapa: Faggin me baja a Danby en su carroza mortuoria, cómo olvidar la historia del fantasma decapitado irlandés que viaja en una diligencia encantada. (Me estaba castigando Cook por los días atrapados por la nieve en Lincoln, como si fuera mi culpa?). El bus de línea ya espera en Danby, con sus dos pasajeros distraídos. (¿Cómo iba a decir a mi familia que esta iba a ser la primera Nochebuena que íbamos a pasar separados?) Las 5 de la tarde, pero tenemos la noche encima; el bus serpentea por esa carretera que cruza el bosque de Sleepy Hollow. (Cómo será una Navidad en Banderley?) Mejor darle vueltas al arte de la entrevista a' la Cook que plantearse qué hago aquí. (Y mirando mi mano en el cristal, lloro sin ruido). Por qué, de todos los posibles bosques encantados del mundo, tuve que caer en este.

Hospital de Whitby: no me hacen mucho caso. La habitación para descansar, si te dejan,  al fondo del pasillo (por lo menos, a un tiro de piedra de urgencias) y aquí la máquina de chocolatinas. Té y galletas encontrarás detrás del mostrador donde estamos los de enfermería. Me llamo Tracey.

Sentada en la cama, saco mi parafernalia de estudiar: el Oxford (Textbook of Psychiatry, por supuesto), cuaderno de notas y rotuladores fluorescentes. Cuatro, los de siempre: azul, verde, rosa y amarillo. Representan lo mismo que cuando estudié la carrera, en una jerarquía descendente donde el azul es el primer orden y el amarillo el cuarto. Esta esclavitud del subrayado ha sido desde que recuerdo la única manera como puedo estudiar, y es exactamente eso: una tirana. Necesito tiempo para entender el bosque antes de bajar a los árboles, pero en los exámenes de opciones múltiples (oh, la facultad), solo preguntan detalles del árbol: hasta la última rugosidad del tronco, no les interesa saber si conoces la razón de ser de taxonomías, grupos y subgrupos; no están interesados en si sabes pensar. Pero qué será de nosotros los galenos en el futuro, cuando cualquier máquina podrá diagnosticar (meter en el caldero hasta el último dato, y encontrar relaciones) mucho mejor que el mejor de los nuestros? Quedarán unos pocos, los programadores de las máquinas?  Y quién programará a los programadores? Quién guardará a los guardianes?

Blip-blip. Hablando de máquinas. Cada vez que suena el bleeper, salto: ya he desarrollado una respuesta pavloviana. Ah, no era nada, solo centralita comprobando el número. Me aseguran que puedo salir del hospital a dar una vuelta, siempre puedo encontrar una cabina para contestar, este sitio es pequeño. Si bajo por esta calle central, se llega enseguida al Río Esk, y siguiéndolo hasta la desembocadura, la zona turística de la ciudad, con la abadía y la Iglesia de St. Mary a la derecha. 

De nuevo, otra negra noche sin luna, y frío: decido salir. Ni un alma, y sube la niebla del río. Stoker paseando por aquí, hará más de cien años. Un zorro cruza la calle. Se oyen gritos de las casas, el Whitby Town FC ha debido marcar. Allá arriba, la abadía iluminada. Cómo estará aquella chica que conocí al llegar a Banderley hace parece un siglo? No me dio una tarjeta? Blip blip. 

Hasta el zorro salta, más grácilmente que yo. El bleeper dice: 5542. He de encontrar una cabina, tal vez volver al hospital, no estoy tan lejos. Desando mis pasos y en menos de 10 minutos estoy frente a la recepción de enfermería. 

-Hola, me habéis blipado? Estoy de guardia, psiquiatría.

-Ah, sí, un momento... era la planta

-Subo?

-No, llama desde aquí

Solo querían Zopiclona. Un paciente no podía dormir, y nadie había escrito en su página de recetas el hipnótico como "PRN" (Pro Re Nata,  tomar solo si es requerido), y solo querían el "OK" de un physician (así llaman a veces a los de mi profesión). Ya está. Cuántas veces en mi carrera a medianoche he rezado para que el blip-blip fuera solo una Zopiclona. 

Será esto una señal, son ya las 11: me quedo. Me han dicho que la sensación de la Zopiclona es lo más, como un dejarse caer. Hola, tristísima habitación. Y chapa arenga ritual en mi cabeza, "así es la Seguridad Social, así debe ser, esto no es un hotel, etc". A seguir coloreando el tocho y a dormir, dormir tal vez soñar. 

Blip-blip-blip-bliiiip. Qué pasa, dónde estoy, qué hora es, quién soy. Los números rojos palpitan en un radio-despertador ochentero y me dan la primera pista, las 2:00 am. Doy la luz: el atrezzo y la actriz entran de golpe en escena. Oh Mariona Calleja, estás de guardia en una ciudad perdida que mira al Mar del Norte,  a ver qué se les ofrece. Y no, no es una Zopiclona esta vez, hay un paciente en la sala de urgencias. 

Es un tipo alto, gordo, pero fibroso-versus-obeso, de unos veintitantos. Con ideas suicidas: si no lo ingreso, se va a tirar al Esk. Esto me lo cuenta Tracey, la enfermera pelirroja que se conoce hasta el último habitante de Whitby susceptible de recalar en el departamento, sea por salud mental, sea por noche de juerga mal llevada. Tracey hace un globo con el chicle, y opina que este tipo es una cantamañanas, un histérico, que lo he de mandar para casa, que no tiene ni una depresión clínica ni una psicosis que lo ponga en el mínimo riesgo de saltar al río. Ni valor. Y además, con su grasa, seguro que flota. Y se ríe, parece un conejo. 

Está esperando en un cuartucho que nos reservan a los de salud mental: creen que es más relajante que los box con las camillas y las cortina azul.  Hay cuatro sillas bajas, una metálica como perdida, un escritorio en una esquina, este sin silla. Me presento y extiendo la mano, pero él está dando pasos de un lado a otro, la metáfora de animal enjaulado es demasiado obvia, y no la haré. Cómo me meto yo sola en un cuarto con un tipo en ese estado es algo que hoy me parece incomprensible. Cuántas veces, así como pasa la vida, acabamos negando con la cabeza al recordar las bocas de lobo en las que nos metimos.  Mi única clarividencia consiste en sentarme al lado de la puerta. Esto lo debí de haber leído en algún sitio, porque en aquella época en Banderley aún no se daban clases de "escape".  Muy diferente a la defensa personal, porque aquí ante todo has de aprender a desescalar y nunca hacer daño al paciente. O sea, tienes a un tío estrangulándote, y no vale darle una patada en los genitales, que igual le duele. Yo no sé si es este país, o qué, pero ante todo amabilidad. De los primeros cursos que hice, un tiempo después, solo recuerdo una técnica: si te tienen agarrada en un abrazo del oso, metes el nudillo de tu dedo anular en su esternón y giras. No falla. Luego lo quitaron, parece que también hacía pupa. 

Pero yo de todo esto no sabía nada y ahí estaba, modelando actitud serena ante ese tigre encerrado (vale, sucumbo a la metáfora, la carne es débil). Era cuestión de sacar mi aro de fuego para que saltara a su través o agitar el látigo? (estirando la metáfora, ya lo dejo). Por fin se sienta enfrente y comienza a contarme todo lo que le come por dentro. En aquel momento de mi carrera, cuando yo aún era tan impresionable, me parece la desesperación hablando. Necesita ayuda, está vacío por dentro, y señala el pecho, es la urgencia por cortarse con una cuchilla, y me enseña sus antebrazos, llenos de cicatrices, solo así saca el dolor para el que no tiene palabras. "La Desesperación" es un poema romántico atribuído a Espronceda, que memorizábamos las crías por morbo. Doctora, estoy muerto por dentro.  Me gusta ver el cielo/con negros nubarrones/y oír los aquilones/horrísonos bramar. Tengo que terminar con esto, no puedo seguir. Por qué me entran versos antiguos en estos momentos? Cuando me corto, el dolor de aquí-nuevo golpe con el puño al esternón- se va un rato, ver la sangre me da un subidón, me relaja... Me gusta ver la noche/sin luna y sin estrellas,/y sólo las centellas/la tierra iluminar.  Quiero acabar con esta farsa, pero a la vez... Y rompe a llorar, histéricamente. Tengo que ingresar ya mismo, así, no me puedo ir a casa.

Habla y habla durante mucho rato, yo tomo notas como si no hubiera mañana. Copio sus palabras entrecomilladas, como si estuviera en una clase magistral, tal vez con la idea de no perderme nada, de que no se me escape ni un detalle para poder tomar un decisión sobre lo que pueda ayudar a este hombre. A su vez intento mirarle a los ojos, asentir, pretender interés, todas esas cosas que según Cook haría de este proceso un arte, pero sus ojos son dos agujeros vacíos, tanto como asegura que es su alma. Dos botones cosidos en un munieco de trapo. Tenía que ingresar, quería ingresar, no se iba a ir del hospital. Siento entonces el peso de mi corazón, ahí enmedio de mi caja torácica, me escuece, pero a la vez este dolor es incongruente con lo que pasa por mi mente: toda esta historia no suena normal, porque parece guionizada, un texto que ha repetido muchas veces en ese cuartucho o similar. 

Salgo unos momentos para leer mis notas, hablar con alguien, pensar. En teoría hay un médico senior, del nivel de Cook, siempre de guardia al final del teléfono, con el que puedo hablar de lo casos. Pero son las 2 de la mañana: cómo iba a despertarle? Entonces recuerdo que en la planta siempre había enfermeros de turno por la noche. 

Coge Derek, un enfermero de unos 60, una de las voces más bonitas ever. Así como hacía los turnos de noche -se pagan mejor-, Derek podría haber tenido un programa de confesiones en radio nocturna. Hola soy Sagitario, me he enamorado de la persona equivocada. Hola Sagitario, diría Derek, con su voz de crooner, y lo solucionaría todo. Yo había visto a Derek solo unas pocas veces, pero solo escuchar su voz era una experiencia distinta. Su risa eran años de mala vida, demasidas horas de pub. Derek no trabaja de noche por el sueldo; Derek es uno de esos animales nocturnos que trabaja la noche. A saber si existe de día. 

Ni se te ocurra- y dos interminables segundos de silencio-, le conocemos perfectamente: ese hombre no tiene esquizofrenia, ni depresión, ni ningún otro trastorno mental. Tiene un trastorno de la personalidad límite como la copa de un pino, pero aquí en la planta no le podemos ayudar: si le ingresas, solo refuerzas su comportamiento para que vuelva una y otra vez. Dale una pastilla para dormir y que se vaya para casa. Y tú vete al pub -carcajada- el Black Horse Inn te gustará. Mientras cuelgo me doy cuenta que tío va en serio: Derek, en mi situación, se iría al pub. La pelirroja, sentada a mi lado, rellena un formulario y sentencia un te-lo-dije,  a este mándalo a casa. Me recorre lo más parecido a la desolación. 

Salgo a la calle. En el porche de la entrada, unos cuantos fumando, uno con gotero.  Qué largas son las esperas de urgencias. Intento ordenar mis ideas. Tengo a un hombre ahí esperando que está sufriendo. Su dolor no se toca, no hay sangre, ni de momento ninguna máquina, o test que nos pueda medir su vacío aquí dentro, donde me indicaba todo el rato. Y no puedo ingresarlo, porque todos los que llevan en esto 30 años saben que no lleva a nada, que no le ayuda nada, que solo retrasará el inevitable cara-a-cara con su nada. Todo eso lo sé, abanderada de la lógica y lo racional. Pero el hombre ha llorado y ha suplicado y mientras me debato con todo esto está esperando. Y solo voy a ahondar su agujero.

Al entrar, el hombre ha dado paso al tigre de nuevo. Demasiado tiempo, y no vengo con buenas noticias. El ha visto mi cara muchas otras veces, en otra gente. Se prepara y yo decido no sentarme, esa posición conciliadora (entra Cook y su arte de la entrevista), será posición de debilidad. Antes de que abra la boca, comienza a gritar, fuckyoufuckyoufuckyou bitch. Lo de siempre, a las mujeres: perra, puta. Me esfuerzo en no mover ni un músculo de la cara. Desvío la mirada -también del libro de recetas de Cook, el contacto visual ha de ser el justo- y entonces, en cámara lenta - o así lo recordaré siempre-,  agarra la silla metálica, y con un grito la tira a la ventana. Mejor dicho, literalmente, la tira por la ventana. Sonará a frase hecha, pero "paralizada por el terror" describe bien mi estado, aunque la esfinge sigue mirando con apariencia serena, como si todos aquellos cristales no la hubieran salpicado, como si no fueran con ella. Y entonces, confusión, pasos, estás bien, los de seguridad, más gritos, alarmas, y la policía. 

Desperzonalización es el síntoma por el que te ves desde fuera, como si fueras una actriz sobre un escenario. Desrealización consiste en que todo a tu alrededor parece irreal. Así estaba yo, con una taza de té que alguien me puso inmediatamente en las manos, en el mostrador de enfermería, cuando le vi salir esposado. Según la pelirroja, si aspiraba a no dormir en su casa, objetivo cumplido! Y todos se ríen. Menos yo: aún no sé lo que pienso, pero siento una mezcla de culpa y miedo: tal vez si lo hubiera manejado de otra manera, ese hombre no estaría ahora esposado en una celda.

-Son casi las 6 de la mañana -continúa Tracey-. Vete a la habitación, duerme toda la maniana, Derek les dirá en la planta que te quedas aquí. Por la tarde, te vas a Skinner Street de compras navideñas y te coges el último autobus a Danby. Día libre, baby!-Y me mete algo al bolsillo.

Duerme toda la mañana, dice, con semejante chute de adrenalina. Y compras navideñas: para quién, si estoy atrapada en el manicomio todas las fiestas? Me siento en la cama con todo el peso del mundo sobre mis hombros. Meto la mano en el bolsillo: una Zoplicona.  Hoy voy a saber en primera persona lo que es ese dejarse caer. 




15 diciembre 2020

Serial 20. La entrevista psiquiátrica: la técnica y el arte de navegar en mar gruesa

 La planta parecía vacía cuando llegué. Como el mundo: no me había cruzado con nadie esta mañana. Hoy me iba a caer una buena por parte de Cook, tras tantos días sin aparecer por aquí, así que mejor me repasaba todos los pacientes antes de que "pasáramos planta", el ritual hospitalario británico que debe precipitar a cualquiera al abismo de la insania, si no estaba ya ahí instalado. Visto desde fuera,  "pasar planta" es lo más alejado del "bienestar del paciente: imaginen enfrentarse a un grupo numeroso de gente, encabezado por el poder supremo (el consultant, en este caso Cook), los residentes de distinto grado (en aquella época, Senior Registar, Registrar, Senior Office Officer, House Officer, Pre-registration House Officer), la enfermera jefa, y el elenco del equipo de enfermería, el psicólogo clínico, tal vez el terapeuta ocupacional, el fisio (oh Craig, es ese cuello real?) posiblemente la trabajadora social, que se reúnen en una habitación para escrutar nada menos que tu mente. Por la habitación van pasando por turno los pobres pacientes, a los que se les preguntan cuatro cosas, y se les dice "gracias" como indicativo de "váyase". Es un mero trámite: las decisiones -qué se hace con la medicación, está respondiendo a la terapia, participa en el grupo de jardinería, se le puede dar el alta, - ya las ha tomado antes Cook con la enfermera Harding en petit comité. "Pasar planta" es una performance.  Eso sí, por lo menos, en este país, el personal no va de blanco (gracias, Milos Forman). Pero igualmente toman notas y tienen el poder de deternerlos allí todo el tiempo que decidan que no es segura ninguna otra opción. 

Mientras sacaba las notas de todos los pacientes de los archivadores, una presencia silenciosa. Pese al pálpito, igualmente salté del susto: era Harding. Tranquilícese, y todas esas cosas. Puede firmarme estas recetas por favor. Muy amable. Hubiera firmado mi sentencia de muerte a ese robot: lo que usted diga Hal, digo Sister Harding. 

Aún faltaban dos horas para pasar planta, tenía tiempo para revisarlo todo, como dice Harding, tranquilízate Mariona. Pero lo que aún no sabía entonces es que con Cook, la única frase que aplica siempre es "no se ponga cómoda", ni física ni mentalmente. En cuanto intentaba lo primero en el orejero de la esquina del cuarto de día, se abrió la puerta y ahí estaba él, dispuesto a trastocar también mi embrión de comfort psíquico. 

-Doctora Calleha, afirmó.

-Doctor Cook, imité. 

Supe inmediatamente que se alegraba de verme entonces, cuando aún no habían puesto las calles-si estas existiesen en Banderley. No porque lo dijera, obviamente, pero a toda esta panda insomne de las 5 am les encanta que el mundo empiece a girar, si es posible a su alrededor, a esa hora. Predeciblemente, comenzó con la aventura "Los cinco atrapados por la nevada" y cómo esos días iban a salir de mis vacaciones. Sin ironía. Y sin decir nada salió y yo supe que tenía que seguirle a su oficina. Cuando estaba abriendo la carpeta amarilla del primer paciente, Cook interrumpió, como siempre, con su propia agenda:

-No, Dra Calleha, aún quedan... cuánto -mientras se descubría la muñeca para ver el reloj- casi dos horas para que pasemos planta... no se precipite.

Vi pasar mi vida frente a los ojos. En serio, cuán solo has de estar para recurrir a conversaciones con los residentes? A ver, que yo estoy aquí nueva, prácticamente recién llegada y aún no doy tan desesperada. Aún. Hoy qué tocaba, otra vez el género humano, la Batalla de Hastings o el expresionismo alemán?

-Hoy me preguntaba, doctora, qué hace usted en una sesión para que el paciente le cuente todo? No me mire así, al final eso es lo queremos: que nos cuenten lo que tal vez no se hayan admitido a sí mismos jamás.

-Lo primero, tengo en cuenta la posición que tomo en la habitación con respecto al paciente, para intentar que esté relajado. Mantengo un buen contacto visual, gestos de que estoy escuchando, asiento, ruidos tipo ahá...

-Ahá

-Muy gracioso. 

-Se ha olvidado de un punto fundamental: se ha fijado si hay agua antes de lanzarse a la piscina? A ver, le suena de algo el adagio "fracase en la preparación, prepárese para fracasar"?

-Emmmm...

-Qué dijimos de los emmm para ganar tiempo?

-No había escuchado su aforismo, pero sí, veo lo que dice: hay que prepararse bien antes de ver a un paciente. 

-De acuerdo. Recuerde que una entrevista clínica es tanto arte como técnica, implica artesanía y estructura.

-En la facultad nos decían que la medicina, en general, es un arte y una ciencia. 

-Y una pena que cada vez esté dejando más de ser arte. En una entrevista, dése cuenta que se necesita habilidad de alto nivel para crear oportunidades para que los pacientes se abran, además, comprender y manejar la información proporcionada y, muy importante -y tal vez alguno me llamará antiguo y freudiano,- pero también saber entender y saber navegar la dinámica entre uno mismo y el paciente al mismo tiempo. Se juegan muchos juegos. Como en la vida. Lea a Berne.  

Lea a Berne, lea a Marco Aurelio. A eso me sonó Cook en aquel momento, a un trasnochado Aníbal Lecter que recomienda a su Clarice Starling particular lecturas, tal vez menos glamurosas que las "Meditaciones" del emperador romano. Pero, para ser justa con Cook, "Juegos en que participamos", el clásico de Eric Berne de 1964, tampoco está tan mal, pese a haber sido un best-seller de la época, psicología folk con mayúsculas. Imposible leerlo sin pensar a qué jugamos con aquel novio con el que no funcionó ("mira cuánto lo he intentado"), a qué juega aquella tía lejana ("me hiciste hacerlo"), o el famoso, "sí, pero...".

"Fracase en la preparación, prepárese a fracasar", y los juegos de palabras de esta cultura. Lo que estaba haciendo Cook con esa conversación era regodearse en lo que él sabía se avecinaba esa misma noche,  por primera vez de guardia en el hospital de Whitby .  Estar "en puertas", en las urgencias de un hospital es las antípodas de la preparación: es pura improvisación. En esa situación, o en cualquiera, "simplemente haz lo correcto. El resto no importa". Aconsejaba buenas lecturas,  el doctor Lecter.