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10 diciembre 2009

Procastinating y "La Artista antes conocida como K"

Me encanta el verbo que titula esta entrada, quiere decir retrasar enfermizamente algo ineludible, ponerse a limpiar la plata cuando uno tiene un examen, o a escribir emails/este blog cuando una tiene que presentar un capítulo el día 16 de Diciembre. Así que hoy he decidido y no hay vuelta atrás (no, no insistáis), tras haber escrito varios emails y algún comentario, que voy a escribir el capítulo. Y como estaba con ganas, inspirada por la musa Diva, de escribir sobre fotografía, aquí os va un refrito sobre el tema que escribí hace (arghhhh) 5 años, cuando viajábamos por Latinoamérica. Los abrigos asesinos volverán, con fuerza…  (pub 10.12.09)

La artista antes conocida como K en el Salar de Uyuni


Tal vez 6 de agosto de 2004

Algunos de los dilemas de la "Artista antes conocida como K" 
Esta semana ha muerto Henri Cartier-Bresson, uno de los mejores fotógrafos del siglo pasado. Incluso a quien no interese la fotografía, le sonarán algunas de sus imágenes: el retrato de Albert Camus, el niño que lleva las botellas, el hombre que salta un charco y tantas otras, muchas en París. Cuando alguien así muere (topicazo, pero es que es cierto), una parte de mí también muere, aunque Cartier hacía años que no fotografiaba y sólo se dedicaba a la pintura. Era uno de aquellos que, como Quino, un día decidió dejar de hacer Mafaldas porque se le había acabado la vertiente creadora. Hay que ser muy valiente, pero algunos lo hacen. Cartier era un autor que no estaba preocupado por denunciar la realidad social como algunos de sus coetáneos. Para mí, tal vez esa es la tuerca que le faltaba, su arte era arte por el arte, lo que Celaya maldice tan bien cuando carga su poesía de futuro. Muy diferente de gente como Lange, que con sus fotos-propaganda denunció la gran depresión americana en los campesinos de zonas rurales, o el gran Robert Capa cuya mirada doblega (en ambos sentidos, real y metafórico), y que murió precisamente por una mina en la guerra. 

 La artista después conocida como Di sale todas las mañanas armada no sabe si de futuro, pero con su Nikon. Y hay días en los que dispararía un rollo entero en una esquinita, y hay otros días cuando, maldición, las musas no aparecen. Y da vueltas y más vueltas, y nada le parece interesante, todo manido y agotado. La artista después conocida como Di sabe que es un día en el que no tiene el ojo de la fotógrafa puesto, ese ojo definido precisamente por Lange como “una forma de entender la vida” ("You put your camera around your neck along with putting on your shoes, and there it is, an appendage of the body that shares your life with you. The camera is an instrument that teaches people how to see without a camera”). 

 Cuando aprendes a ver la vida a través de la cámara y la echas de menos continuamente cuando no está, aprendes a sentir la angustia de lo perdido, esa imagen que pasó y no tendrás. A la vez, una se une al dilema de esta otra escuela de pensamiento que habla de que las mejores cosas de la vida son perecederas (amigos, quien prefiere una maceta a un ramo de flores?), que el hombre es un animal de rutinas pero que se harta de ellas, y que no hay mejor manera de perder que poseer (y esto es particularmente cierto en el amor que debería ser más un querer pertenecer a alguien que querer poseerlo, pero esto es otro divague que de momento os ahorraré).

Pero esta angustia es si cabe un aguijón más doloroso cuando tienes tu cámara colgada del cuello, el encuadre y todo medido, pero decides no disparar. Y esto me pasa continuamente y en las fotos que más me gustaría hacer: retratos. La catedral del DF a poco metros de donde escribo, el Taj Majal, la pirámide de Chichén Itzá, las cataratas de Iguazú, la puesta de sol en Bangkok… Todo está muy bien, pero nada le llega ni de cerca a la vieja que vende ajos en el mercado de Jalapa, a la niña a la que su abuelo le sopla la leche para que no se queme en Veracruz, al billar decrépito que se veía desde el autobús que me trajo aquí ayer. Nada. Una imagen de naturaleza nunca te puede contar una historia como la gente que anda por las calles (aunque las monjas no opinaban lo mismo dado su abuso de los atarcederes al lado de frases que alababan las grandezas del Señor), un detalle del arco románico sólo en contados casos. Y sin embargo, esas son las fotos que menos puedo tomar, y que sólo me atrevo, en casos muy contados y siempre que no se enteren, a robar (vuelven los piratas). Y he leído de manos de fotógrafos que una no debe tener escrúpulos en busca de La Foto, que una debe estar dispuesta a ganarse broncas, a pelear por su foto. Sin embargo, toda esta lucha es una ecuación complicada, y uno de los factores se llama vulnerar la dignidad de la gente. Hay arenas donde no se pelea. 

 Pese a todo, la pobre artista después conocida como Di no se engaña pensando que es este trauma irresoluto del fotógrafo-mercenario el que la prevendrá de convertirse en la Man Ray de la época. Ni se le escapa que, ineludiblemente, se seguirá cabreando con ella misma cuando vuelva y revele los carretes (sí, cuando vuelva, dicen que un viaje no termina hasta que no se revelan las fotos.) Este placer de la sorpresa y el dolor de la decepción al constatar que la traidora cámara no plasmó lo que nosotros vimos en el objetivo son aún dos sensaciones que las digitales se pierden. Hacer fotos manuales es, por todo lo escrito, un jardín de rosas que pinchan, y que evoca terriblemente la letra de esa canción de Lynn Anderson: “I beg your pardon, I never promised you a rose garden” (mal versionada por Duncan-Dhu).

Lo siento, nunca te prometí un jardín de rosas; al fin y al cabo, solo soy una cámara. (K, 2004)

Tengo tu amor

Había que empezar por la primera y ésta efectivamente lo es. Tengo tu Amor de Fórmula V es la primera canción que recuerdo tuve intención de aprender.

Tenía yo más o menos 7 u 8 años y en mi casa había un cassette similar a una caja de zapatos con un pequeño cambio de marchas que iba de norte a sur y de este a oeste. Para la época era de lo más. En cada uno de esos cuatro puntos cardinales ejercia una función diferente: norte - stop, sur - play,  este - ffwd y oeste - rew.


Me recuerdo oyendo esta canción sin parar, dándole repetidamente al este y al oeste hasta que logré escribir en una hoja toda la canción. Una vez escrita, la oía hasta la saciedad, encantada de la vida. Por supuesto me la aprendí y la canturreababa por todas partes que para algo soy Diva (aunque no cante muy bien, entono, que ya es bastante).

La recuerdo como la primera canción que valia la pena, que me hacía vibrar. Era ese estímulo...



¡Dale al play!



Música o el arte de las musas

Está entrada iba a ser diferente, iba a hablar de canciones, de música, de ese

"estímulo que afecta el campo perceptivo del individuo; así, el flujo sonoro puede cumplir con variadas funciones (entretenimiento, comunicación, ambientación, etc.)".

Sin embargo al ir a ponerle una etiqueta he tenido que cambiar el contenido.

La etiqueta de esta entrada se la debo a Les Luthiers y a las palabras mágicas "Singui Ntumi".

Corresponde a la obra Cartas de color - Espectáculo "Hacen muchas gracias de nada".

La verdad es que son geniales. Tienen un humor crítico, inteligente, a veces ácido otras absurdo, pero único. Son difíciles de clasificar: humoristas, músicos, artistas de teatro musical, parodia... Quizá por eso son tan originales. Yo tuve la suerte de verlos hace 3 años en Madrid y no defraudaron en absoluto. Se nos hizo corto.



Si no los conoces aún estás a tiempo. Pienso que todas o casi todas de sus actuaciones están en youtube:



Si quieres profundizar más puedes visitar su página web:




Singing to me Saturday night

You promise your love to me

Oh! My heaven above me

Singing to me Saturday night

I started my dream with you

09 diciembre 2009

Los abrigos asesinos-Parte 1

Está la personalidad anankástica y luego estoy yo. Me encanta esa palabra, que como el nombre de mi polluela viene del griego (anankastikós) y quiere decir algo así como algo que es obligatorio, coercitivo. Y es que la gente con este trastorno de la personalidad (también llamado obsesivo) están siempre plagados de indecisión y dudas. 

 Soy indecisa. No hasta extremos patológicos, pero en diversas facetas de la vida, odio tomar decisiones. Compras, o el horror. Porque últimamente, un nuevo factor de dificultad se une a tener que decidir si esto o aquello realmente te gusta, o si lo que parece una buena idea frente al espejo de la tienda, luego va a ser una patochada total frente al de la entrada de tu casa. Ese nuevo factor es la talla. 

 Hace varias semanas veo un abrigo en Peter Jones, la sucursal de John Lewis en Sloane Square. Me gusta Chelsea, no puedo evitarlo. Me encanta la arquitectura de las viviendas por casi cualquier lugar de Londres, pero Chelsea es lo más. No es snob ir a ese John Lewis: los precios son los mismos allí que en Inverness. Pero divago: decía que es lo que (aprendo) se llama un “fitted coat” (ajustado por el tórax), me lo pruebo. Ay, me queda bien, pero estoy incómoda, aprieta. Me pruebo la otra talla, y estoy más cómoda. Pero no me ajusta tan bien. Mi amiga corrobora lo que pienso. Lo dejo en la percha. 

Luego pienso, de verdad lo necesito? Tengo uno que está bien pero tiene un problema serio en un abrigo: no abriga. Y luego tengo el abrigo de mi vida que está, como me dijo Aurora “que ni en Oxfam lo quieren”. Lleno de bolas. Total que la conclusión de la ruminación es: sí, lo necesito. 

 Que nadie cometa el error de pensar que este proceso dura lo que cuesta leer esta entrada. Son varios días. Y luego pitos, y luego flautas, este sábado tenemos que ir a cualquier otro lugar que no envuelve mi amado Chelsea, y aquel otro hay comida con los Marshalls. 

 El sábado pasado, y armada de mi fashion gurú y hermana, nos encaminamos, como buenos asesinos, al lugar del crimen. Y típico: ya no está la talla mediana. Sólo la pequeña. Me la pruebo, sí, te queda bien. Pero es que me aprieta, y hago el gesto de abrazar (que coincide con el de sacar a un polluelo de su silleta). Entonces, dilema: andar embutida siguiendo aquella máxima incalificable por el momento de “para presumir hay que sufrir”? O tal vez optar por la opción cómoda que te hace parecer una ecologista de los 80 con un jersey tres tallas mayor? 

 Qué pasa por la cabeza de Di, frente al espejo? Cómo califica Di esta máxima? Qué opción tomará? 

Los hombres grises

Los hombres grises* siempre están ahí, al acecho. A veces se dejan notar poco, sin embargo, Navidad es su época preferida y es entonces cuando sacan la artillería y utilizan todo su arsenal para apropiarse de nuestro tiempo (del de nuestros hij@s) y vivir a nuestra costa.

¿Cómo lo hacen? Es muy fácil. Cada año ponen en el mercado el mismo producto pero con distintas características: el año pasado era Cursie Mariposa y el Castillo de los Diamantes, este año viene en formato Cursie Mosquetera y La Carroza Globo.  Lo dicho, el mismo perro con distinto collar. Un único objetivo: VENDER.

Crean de este modo unas necesidades y constriñen la imaginación de nuestros pollitos. Cada Cursie tiene su "personalidad" supermegafantásticadelamuerte, no hace falta que pienses, te lo dan hecho. Con ella puedes ser bailarina, rockstar, veterinaria o ir de compras, que es lo más. Cuando te canses de una, inventarán otra que, será prácticamente igual, pero te convencerán de que no. Si persistes en el empeño y ya no te gustan las Cursies, pondrán a tu disposición un arsenal de complementos que tu no llegarás a imaginar nunca, lo hacen ellos por ti (el coche, el dormitorio, la caravana, la boutique...) Si alguna vez los accesorios no son suficientes o te cansas de ellos, añadirán a Sosie, Lazie y Princessie, las amigas de Cursie o a su primito o a su cachorrito, que a su vez pueden llevar un pack con muuuuchos complementos más y así sucesivamente. Cursie no tiene fin. ¡Conseguido! Los hombres grises tienen nuestro tiempo y nuestro dinero.

Este año hay que tener la Cursie Mosquetera porque no la tienes y te la meten hasta en la sopa. La quiero porque así seré...y haré... y podré... y porque Maria Repipi la tiene... y ... me la pido!!!

Mientras tanto Cursie Mariposa, que el año pasado era superchuliguay, está acumulando polvo porque, a parte de abrir y cerrar las alas, con ella no se puede hacer nada más. Con ella no se puede imaginar.

No sirve ni para jugar.




* Momo de Michael Ende

08 diciembre 2009

Mi cámara y yo

Me gusta la fotografía. No hablo de hacer fotos a los míos, que las hago y en cantidad. Esas fotos suelen ser normales, hechas con cariño eso sí, pero como las de cualquiera: mis hijos sonriendo, una cara graciosa, una pose...

Sin embargo, hay momentos que a través de la cámara ves cosas que a simple vista pasarían desapercibidas. Hablo de texturas, colores, encuadres, miradas, ángulos, contrastes... Es entonces cuando la fotografía cobra sentido y aporta algo más: otra visión de la realidad. A veces dura apenas segundos, pero tú lo has captado, lo has hecho tuyo y puedes disfrutarlo.

Algunas veces lo cotidiano se torna extraordinario y es por eso que llevo siempre una cámara en el bolso.



Diva & Di



Los asteroides Diva y Di colisionaron por primera vez hace muuuchos años, pero no se dieron cuenta. Ocurrió en una de esas fiestas de las que Di recuerda más bien poco, aunque sí que Diva, haciendo honor a su nombre, usó distinta ropa matin et soir. La pobre Di no conocía el secreto a voces: nunca mezcles Rioja con helado de chocolate, y pasó lo que pasó. Años después, el pequeño big-bang Diva-Di ocurrió en México, y aquí sí se enteraron. Y hasta ahora.



Diva y Di comparten muchas cosas: compañero de clase y compañero de piso (aka El Pedalista), pasión por México y los viajes, polluelos con nombres rusos (la de Di no realmente, pero es lo que mucha gente piensa), gusto por ver el mundo a través de un objetivo. Diva et Di no hablan sólo de LÓreal, o de las comidas de los polluelos, como algunas lobotomizadas tras ciertos life events. A Diva le ponen los mariachis, si es posible en aquella plaza del DF, a Di los tíos tipo Marlon en Un tranvía, o Russel Crowe a lo Gladiator (que haya donde agarrar). Diva y Di tienen ideas propias, y las divagan.

Y ninguna quiso nunca ser princesa, pongamos que hablo de Diva y Di.


4 comentarios:
Diva Gando dijo...
No hablamos de LÓreal, pero lo valemos.

Por cierto, no recuerdo haberme cambiado de ropa en aquella fiesta... la verdad es que recuerdo más bien poco...
9 DE DICIEMBRE DE 2009 09:43
Diva Gando dijo...
Pongamos los puntos sobre las íes. Hemos compartido compañero de clase, seguro, pero de piso...? Mira que mi consuerte se comienza a asomar por el blog...ja,ja,ja
Digamos que tenemos un nexo de unión,con el que yo quemaba los párpados y, echar lo que se dice echar, sólo echabamos unas risas y algún café o cigarro (que él ni eso).

Que más quisiera el pedalista, amos!

Diva

PD: Con la autoestima por los cielos hoy y con niebla baja aquí. Será por eso...

PD: Conseguiré provocar al por ahora inconexo nexo anexo a ti?

Dejará su huella en nuestro blog?
12 de diciembre de 2009 12:01
Di Vagando dijo...
Tanto procastinare no podía traer nada bueno, y aquí estoy, sudando de víspera para entregar el capítulo. Tan entregada estoy, que 1. no he podido escribir nada en las últimas demasiadas horas y 2. ha tenido que ser El Pedalista (ahora Anexo) el que me llamara la atención sobre esta entrada tuya que se me pasó.

Consuerte: el anexo era compa de clase de Diva y comparte piso conmigo. Sí, las dos hemos sufrido, pero esto sólo puede traer riqueza al blog.

Ahora, que se cambió de ropa ES VERÍDICO. :)
14 de diciembre de 2009 23:14

Divagan2

Hay una cosa peor que divagar y es hacerlo solo.

No nos conocemos. Personalmente nos hemos visto una vez, unos minutos. De eso hace muchos años.

Aunque nos separan muchos kilómetros, hemos compartido divagaciones.

Juntas hemos rodeado, mariposeado y teorizado sobre muchos temas.


Algunos los olvidamos y nos dieron la espalda, otros queremos que arraiguen, que no se ausenten y podamos apuntalar con ellos nuevas conjeturas, nuevas divagaciones.

Por eso están aquí. Aquí divagan dos.

28 septiembre 2004

El Monasterio de Santa Catalina de Siena en Arequipa

 Martes, 28.09.04: Arequipa, Perú

El Monasterio de Santa Catalina de Siena en Arequipa es el monumento religioso más importante de todo el Perú. Lo gestiona una empresa privada y, tal vez por ello, la entrada es tan cara (25 soles cada uno; nuestro hotel vale 35; cenar ayer nos costó 11 a los dos) y no hay carnet de estudiante que valga (¡ahora que somos estudiantes! No hay derecho).



Nada más entrar, de todas formas, descubrimos que merece la pena pagar, no solo por las dimensiones del lugar, que cuesta verlo más de dos horas, sino por la belleza del mismo, y por cómo ayuda a entender lo que debía ser la vida entre aquellos muros de sillar (material volcánico, que por sus características y porosidad es muy maleable y da muy bien como transmisor del sonido). Y lo que es, porque todavía viven en un ala 30 monjas de la orden dominica, de entre 18 y 90 años. En el siglo XVIII, hubo un periodo de 10 años cuando no dejaron ingresar a más monjas por sobrepoblación. Ni con numerus clausus (número de la cuenta de tu familia, se entiende)







Esta foto es trampa:
se tomó fuera del convento


Nada que ver con lo que hubo antes: 200 monjas y 300 sirvientas. Porque el voto de pobreza era entendido en este convento de una manera un tanto peculiar. Las monjas que ingresaban eran todas ricas, pues debían venir con dote y dinero para su manutención. Algunas monjas ingresaban con doncella e incluso con esclavas. De hecho, el convento sobrevivía gracias a estas dotes, además de por las rentas de tierras y por donaciones. En épocas de penurias, se llegó incluso a vender a las esclavas. 



Se puede ver lo que fueron las celdas individuales de muchas de las monjas, variando algo supongo según la dote. Había algunos cuartos bien grandes, con muebles y uno con clavecín. Al final de la visita, donde hoy está la pinacoteca, se encuentran dos salas muy grandes que eran los dormitorios comunitarios. 






Fue fundado por María de Guzmán, una mujer rica que quedó viuda a los 30 años, e ingresó allí con su hermana, donando todas sus riquezas en 1579. Los continuos terremotos que han afectado esta zona fueron motivando cambios en su estructura, dando lugar finalmente a la ciudadela que se encuentra hoy. Fue restaurado tras los terremotos de 1958 y 1960.






Nada más entrar se encuentran los locutorios, ventanas enrejillas a través de las cuales las monjas podían hablar con el exterior sin ser vistas. El convento tiene tres claustros: el de las novicias (que estaban allí un año hasta que se decidían a tomar los votos), el del naranjo, pintado de azul azulete y blanco, absolutamente precioso, y por fin el claustro general. 


El convento está surcado por distintas calles, todas tienen nombre de ciudades españolas (Toledo, Córdoba, etc) y verdaderamente recuerdan al barrio de Santa Cruz sevillano. No solo por los coloristas geranios que se encuentran en cada esquina, en cada ventanuco del convento, sino por las paredes pintadas de blanco y de terracota, los enrejados negros, y el cielo tan azul presidiéndolo todo. 



Hay otras muchas estancias, aparte de muchas habitaciones, que impactan. Al lado de lo que fue el cementerio (hoy entierran a las monjas en un panteón en la iglesia del mismo convento, pero no en el cementerio como antaño) está la lavandería, que consiste en 20 tinajas partidas por la mitad, entremedio de ellas pasando un canal de agua, todo al aire libre. Muchas de las habitaciones tienen una especie de horno con forma de montaña de esos que se hace pan tradicional, que suponemos sería una manera de calentarse de los rigores del invierno arequipeño. Hay otras áreas típicas como el refectorio, la capilla, etc.


Flora Tristan, la feminista abuela de Gaugin, estuvo 10 días o así en el convento. Había venido a Arequipa a intentar recuperar una herencia. Tal vez no sea casual que le haya dedicado un libro Vargas Llosa, arequipeño él. 


Salimos agotados, y con la cara quemando por el intenso sol de Arequipa, entre claustro y calle. La cámara se quería quedar en el convento, sin embargo. (K, 28 sep 2004)


Nota por si alguien se está preguntando si el divlog ha sido hackeado.
Este divague fue escrito por una tal K en 2004: Di todavía no había nacido. De viaje sabático por Latinoamérica, K no sabía de la existencia de blogger -fue Diva quien lo introdujo unos años después, en 2009. De hecho, Di existe gracias a ese protoblog que K escribía en unos documentos de Word y compartía por un sistema arcaico (msn groups o algo así) con sufrientes amigos y familia. Diva leía esas entradas y así comenzó nuestra relación epistolar. Cinco años después, me propuso empezar D&D y hasta aquí. 

Aquel protoblog se llamaba itacalog, y uno de mis proyectos un día es irlo colgando aquí poco a poco -hace un tiempo empecé, pero la actualidad me puede. Esta entrada sobre el convento ha sido provocada por el comentario de un divagante, el Náufrago Ro, en la entrada sobre el libro "The corner that held them" de Sylvia Townsend Warner. Podéis encontrarlo aquí. 

Me da cierto pudor darle a publicar porque, si ha evolucionado (o involucionado) mi escritura desde que comencé el blog, imaginemos lo que puede haber pasado en 22 años.  K no es Di en muchas cosas: para empezar, escribía mucho más breve (alguien se alegrará) en las noches de viaje y colgaba los escritos dependiendo de si encontraba un sucio internet café. No había teléfonos y el mundo era otro. Da igual: espero haberos llevado, aunque sea con las fotos, a este convento maravilloso en la maravillosa Arequipa. 

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02 septiembre 2004

Shock en Chiapas

Jueves, 02.09.04 Hotel Fray Bartolomé (San Cristóbal de las Casas)

La verdad es que no se qué tono darle a la descripción de lo que vivimos en San Juan Chamula para transmitir mínimamente el impacto que nos causó. Todas las agencias organizan viajes, pero preferimos ir por nuestra cuenta. El día anterior habíamos estado en el Cañón del Sumidero con una agencia y Rigoberto, porque es más de una hora de camino lleno de curvas al que es difícil ir por tu cuenta. El Cañón es impresionante, en algunos puntos alcanza los mil metros de altura, y el río por el q vamos en la lancha tiene una profundidad de 100 metros. Vemos algún cocodrilo en las orillas, y gente que limpia el río, porque cuando llueve todo acaba aquí (desde botellas hasta zapatos, una se pregunta porqué siempre acaban los zapatos por ahí tirados y no las camisas, por ejemplo.) Recorremos 35 kms de río con la lancha, que va a todo trapo, es divertido. Pasamos por una pequeña cascada, y el guía nos enseña pájaros (buitres de la zona) y otra fauna. Al final del viaje, llegamos a la presa, donde hay un monumento inmenso al frente al ingeniero que la diseñó y detrás, los trabajadores que murieron en su construcción. Después vamos a Chiapa del Corzo, un pueblo con fuente mudéjar y convento que exploramos con los boloñeses.


Pero iba yo a hablar de San Juan Chamula, parece que voy dando rodeos, y es que temo no saber explicar lo que allí vimos. Como decía, nos fuimos hasta el mercado de San Cristóbal, desde el que salen las combis (son como furgonetas para pasajeros) hacia San Juan. Viajamos con gente del lugar, no hay en la combi un solo turista, y lo mismo a la vuelta. En su mayoría son indígenas, y en este caso, la higiene no es su principal preocupación. Al llegar a San Juan, paramos en la plaza, donde está el mercado y al fondo, la preciosa iglesia. El mercado me recuerda, en reducido, al de la Plaza de El Fnaa en Marrakech: gente con sombrillas y una manta con su pequeña exposición de lo que quiera que vendan. En general, son mujercillas vestidas de indígenas, pobres, que venden literalmente 8 manzanas con puntos negros, de esas que Sainsbury's tira antes de poner a la venta, 4 patatas y algún fruto al que no puedo ponerle el nombre, más o menos en las mismas condiciones. Hay muchas niñas que van vendiendo de todo o que piden un peso, o a veces que les hagas una fotografía, por 10 pesos.

La iglesia es blanca, muy bonita por fuera, y de su campanario parten guirnaldas de colores en todas las direcciones de la plaza. La cámara se quedaría allí todo el día, haciendo fotos a las sombras de las guirnaldas coloreadas mientras va girando el sol. Para entrar en la iglesia, hay que pagar algo en la oficina de turismo. Hay mil advertencias en las guías, e incluso en la entrada del pueblo, prohibiendo hacer fotos dentro de la iglesia, y a cualquiera de los rituales que se realicen. Una vez dentro, entendemos todavía más por qué.

La iglesia tiene una planta rectangular de espacio diáfano sin un solo banco, paredes pintadas de blanco, y un montón de santos en hornacinas alrededor de todas sus paredes. Los santos (“Señor San Juan Bautista”, “Señor San Sebastián”, etc.) son considerados aquí como hermanos de Cristo y tratados al mismo nivel. Las imágenes son totalmente grotescas, de esas con las que no te gustaría nada quedarte sola por la noche. Los colonizados tenían una imagen curiosa de los colonizadores: para ellos, español aún es sinónimo de gente con nariz grande, ojos y tez claros. Los santos parecen monigotes maquillados, impostando expresividades más propias de café cantante de barrio bajo que de iglesia.

Pero no son los santos lo primero que reclama la atención al entrar en San Juan: para mí es la oscuridad enorme rota por miles y miles de velas, y las ramas de pino secas que cubren todo el suelo. Hay muchos indígenas sentados en pequeños grupos alrededor de grupos de velas, que plantan en los escasos huecos que dejan las agujas de pino. Según el tamaño de las velas, así es el favor que van a pedir, y suelen versar en torno a enfermedades de familiares. Hay algunos hombres que inferimos son chamanes que, arrodillados hacen unas oraciones en una lengua local, con entonación característica: se mueven espasmódicamente de atrás hacia adelante, moviendo los brazos expresivamente y lo que recitan es en un tono enfático por demás, pero susurrante: nunca había oído nada así.

Dejo al Pedalista en lo que un día sería el altar (hoy pared llena de santos y el suelo de grupos de feligreses) y sigo dando vueltas a los distintos grupos. Para mi horror, veo en el centro de la iglesia una pareja de bastante edad arrodillada enfrente de su grupo de velas. Ella tiene un pollo en sus manos, y se lo pasa al hombre que lo mata allí mismo, sin necesidad de cuchillo: le tuerce el cuello. Me quedo clavada en el suelo, no puedo creer lo que he visto. Me doy la vuelta de inmediato, pero la niña que debe quedar aún en mí se gira de nuevo y ve aún al pollo moverse, y el hombre forcejea con él hasta que para. Vuelvo al altar donde está mi compa, que me dice nada más llegar “yo de ti me iría, mira lo que hay ahí.” Es una gallina, esta vez viva. Las mujeres del grupo la tocan, las niñas también. Hay tres niñas que recorren mil veces la iglesia. Una lleva un vestido blanco de esos totalmente pasados de moda, que tanto he visto en este país, de aquellos que todos recordaréis llevaban las niñas en España en los años 70: con un lazo que parte de la cintura y se ata atrás. Otra lleva una camiseta raída por arriba, y por abajo un trozo de tela (que es lana) anudado con otra tela a modo de cinturón. La mayor las lleva de la mano. Nunca pago por fotos, pero a estas tres les habría pagado con gusto: me las dejo grabadas aquí, en su lugar.

Le digo a mi compañero que esa gallina tiene las horas contadas, y no da crédito. La gente también lleva huevos, sobre los que escriben cosas. Y otra parte fundamental del ritual, que resulta bizarra y extraña, son las botellas de cristal de 354 ml de coca-cola, Pepsi, Mirinda, Fanta, al lado de las velas, y que suponemos que se beberán ellos, aunque no lo sabemos seguro. Lo que sí sabemos es lo que contienen las bolsitas de plástico con un líquido blanco que algunos dejan en el suelo. 

Tras un buen rato extasiados en la iglesia salimos a dar una vuelta por la plaza. Hemos oído hablar del posh (nada que ver con la esposa de Beckham), una bebida que hace palidecer al mismísimo tequila que beben los chamulas. Queremos comprobar en nuestras carnes si es mito, porque mucha es la mitología que rodea a este pueblo. Rigoberto (que nos llevó al Cañón) nos contó cómo los hombres chamulas son polígamos y no trabajan nunca. Las mujeres son las que llevan el peso de la casa, y de la agricultura: “van al campo a por el maíz, hacen las tortillas, y luego los despiertan” (los despiertan sistemáticamente de la mona de posh, claro.) Se me ocurre una nueva ONG, como aquella que va por los pueblos de Mali enseñando los peligros de la ablación del clítoris (lo interesante y terrible a la vez de esto último es ver cómo tienen que convencer no solo a las mujeres, sino a los viejos y viejas de la tribu, y cómo las técnicas de persuasión no pasan en absoluto por lo que nuestra mente occidental bienpensante podría siquiera imaginar). Tratan de hacerles ver cómo los queloides posteriores de la ablación darán lugar a problemas para el niño en el parto, por ejemplo. Nada que ver con ningún derecho de la mujer. Y también muy significativo que fueran propias mujeres de Mali, negras y vestidas como ellas, pero que habían accedido a la universidad o a otros puntos de vista, quienes se encargaban de impartir estas clases. Nada que hacer si una blanca con pantalones aparece allí a llevar su verdad, como es lógico, pero aquí sembrando la duda de por qué han de mantener a tipos que están todo el día colocados. Claro que seguro que mi gurú Marvin Harris tenía su explicación a esto, y empiezo a imaginar cuál, pero no me hagáis abrir otro paréntesis.

Los pedalistas, como decía unos cuantos paréntesis más arriba, andaban alrededor de la plaza en busca de su traguito de posh. En ninguna de las cantinas o tiendas en las que entran tienen el susodicho licor. Un hombre de la plaza, que les vende un trozo de sandía y otro de piña, les envía al edificio blanco y azul. Al llegar allí, observo con estupor que es un mini-hospital, y me planteo que lo de que los médicos beben ya es del dominio público. De allí, una paciente nos envía a una tienda de al lado, donde presenciamos una escena también digna de salir de una peli de Buñuel.

En la tienda hay un joven que justo habla español, y una vieja tendiendo a harapienta (eso sí, colorista, es increíble la ropa aquí) sentada en la silla. La mayor parte de la población tiene los dientes bordeados por un metal plateado, supongo que la ultima medida para detener la caída, pero es curioso ver que hasta gente joven llevan estos dientes. Le preguntamos al joven por el posh, y se extraña de que solo queramos un vasito. Coge el que tiene en el mostrador, le pasa un trapo (no sé, ni quiero saber si había sido usado antes, pero en todo caso me tranquiliza pensar en el poder desinfectante del famoso Posh) y lo llena del líquido infame. Buah!!!! ¿Pero qué es esto? Como podemos y entre los dos, nos terminamos el vasito (es como un chupito, algo mayor). El Pedalista cuando acaba está tan tocado que quiere comprar la botella. Menos mal que alguien mantiene la razón y le frena. Mientras lo bebemos, hablamos con gestos con la anciana, que está también de compras, pero ella pre-ritual. Pide unos huevos, muchas velas y una cantidad mayor que la del vasito de Posh en una bolsita de plástico. Se despide, y luego la vemos en la iglesia, como todos los demás, con sus ofrendas, y todavía la bolsita de líquido transparente.

Nos quedamos bastante rato más en la iglesia, hay muchos más indígenas, y casi ningún turista entonces. Me hago amiga de Alfredo y su hermana Angelina, que me mira desde el trozo de tela que la ata a la espalda de su madre, que también va al ritual. En otro punto, un tipo muy metido de Posh me agarra una mano tan fuerte que debo recurrir al método “ese de allá es mi marido” señalando al pedalista para que me suelte. Ya sin soltarme de él (este impostado marido), presenciamos un nuevo ritual en el que una familia joven y un chamán hacen de las suyas. El chamán coge la gallina y la mueve de un lado a otro, y sobre todo por los laterales del padre, que está arrodillado. Los niños casi ni atienden, me pregunto si están acostumbrados, o les parecerá normal que un hombre con poncho blanco pase una gallina de un hombro a otro de su padre. El chamán acaba matando a la pobre gallina, y la familia se despide agradecida, dejando la gallina muerta para disfrute del chamán, suponemos.

Queremos pensar que los chamanes, los mangantes de esta religión, harán un buen caldo con la gallina. Y por supuesto, que nuestra anciana harapienta se beberá el Posh mismamente dentro de la iglesia en lugar de derramarlo. Creemos que el Posh debe tener un valor incalculable como factor coadyuvante en toda esta historia. Y nos atreveríamos a sugerir que fuera adoptado por otras religiones occidentales, ya que su carencia puede estar directamente relacionada con los elevados índices de ateísmo y descreimiento que sufrimos en otras latitudes.

Salimos en un estado de perplejidad de ese que se echa de menos cuando uno se convierte en adulto, por las pocas veces que pasa. Qué rituales, qué religiones, qué supersticiones… que tienen lugar bajo el beneplácito de la Santa Iglesia católica de México. Es de entender, porque si no se quedaban a dos velas. Y en ningún sitio mejor usada la metáfora que en el océano de velas titilantes de San Juan Chamula. (K, 9 sep 2004)

"... y miren lo que son las cosas que para que nos vieran, nos tapamos el rostro;
para que nos nombraran, nos negamos el nombre;
apostamos el presente para tener futuro;
y para vivir...morimos"(Subcomandante Marcos, del EZLN)

[publicado 12.12.09]

itacalog


Despertamos tarde y desayunamos en Las Nubes muy bien. Vamos a San Juan Chamula en combi desde el mercado. La iglesia impresiona con sus velas, gallinas, huevos, santos, y niños. Vemos el museo, compramos sandía y piña y probamos el posh. Más iglesia y vuelta a San Cristóbal. Comemos algo, callejeamos un poco, compramos CD’s, hotel a escribir un poco, internet, agencias, intentamos Rigoberto y al final una backpacker nos convence de ir a Palenque para hacer lo que nosotros queremos. A la estación a mirar horarios y al restaurante Plaza Real a cenar de menú, muy bien. Nos atiende José Alfredo, que está estudiando derecho y quiere ser presidente, aunque antes sus aspiraciones más cercanas son comprarse un carro. Al hotel a escribir y dormir (I, 02.09.04)