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08 junio 2022

Serial 47: Bares modernos, cuello halter, white lillies, examen oral. Mulder, sin Scully, investiga. Quién es James Carr.

  Así que estos son los famosos bares de Clapham, una de las razones por las que tengo que venir a vivir a Londres, Wences dixit. El local es un pub muy trabajado tanto en decoración como en extras, todos estilosos, nadie supera los 35. El contraste con los pubs de Whitby es espectacular: allá arriba, aparte de que la clientela es gente mayor, fea, y poco glamurosa -ingleses al cabo-, el suelo es de moqueta, huele a antiséptico y las patatas fritas con las que se aspira a amortiguar las cervezas son las insufribles Wall's de "Sal y Vinagre". Aquí, la gente viste o normal o estudiadamente excéntrica -trabajan en publicidad o son arquitectos, las sillas son calculadamente distintas, como de antiguo colegio, para dar un aire vintage, y las patatas fritas son de autor, á la "sidra de manzana de Somerset".

Llevamos un rato Wences y yo bebiendo, esperando al super novio Rob, que esta semana trabaja en el turno de tarde. Tengo el examen oral mañana a las tres en el Maudsley, el hospital donde trabaja Wences: no tengo que madrugar. Wences está contentísimo de que esté aquí y desde que he llegado, me está haciendo sin disimulo una tourné de la ciudad, para ver si caigo de una vez sobre todo lo que me estoy perdiendo. Hemos ido a cenar al restaurante del Royal Festival Hall, con vistas sobre el Támesis -qué bonito, hasta me ha gustado la comida-, hemos paseado un poco por South Bank y me ha enseñado el National Film Theatre, que está al lado del National Theatre, ambos edificios brutalistas donde él sabe que a mí me gustaría pasar ratos - a él también, dice, pero es más de ballet. Además, conoce a mucha gente en ese mundo porque hacían consultoría con el ballet nacional cuando trabajó en Desórdenes Alimentarios. No le cuento que le tengo manía porque me obligaban a ir a hacer ballet de niña y no era lo mío:  parece que le dije a la directora que no quería volver porque “el estudio olía a pies”- yo siempre haciendo amigos. Luego, en lugar de bajar a la zona en la que viven en metro, ha parado un Black Cab, uno de los míticos taxis negros porque "un día es un día" y así he podido ver esta parte de la ciudad que no ven los turistas, al sur del río, que además, principios de diciembre, está ya llena de luces. 

Nos acaba de saludar una chica que es compañera de trabajo de Wences - muchos médicos de su hospital viven por esa zona. Le admito que estoy alucinada - yo, una chica originariamente de provincias que aquí vive en una institución cerrada en lo rural-, que me siento como en una película y apuesto a que si me pusiera cascos con la música adecuada, caminaría por las calles como si protagonizara un video musical. Sonríe porque espera tenerme aquí enseguida: hay alguna plaza en el Maudsley para el grado que tendré en cuanto apruebe mi examen. Yo cambio de tema porque no sé si voy a aprobar y, más importante, no sé qué quiero hacer con mi vida. No puedo pensar ni en el medio plazo: solo en este examen y ya. 

Claustrofobia y un cadáver:
el premio gordo de un neurótico!
Este examen y Lannister, quiero decir. Aunque contarle cualquier historia de este tema solo le da alas para repetir su idea fuerza -sal de ahí, ven aquí-, lo he hecho. A ratos parecemos un matrimonio aburrido de nuestra relación como Keaton y Allen en "Misterioso Asesinato en Manhattan": ella ve muertos donde él cree que no los hay; pero al final ¿no tenía ella razón? Cuando le pongo al día de lo último -que estoy leyendo notas clínicas que no debería por la noche-, se tapa la cara con las manos negando, en un gesto claro de "no hay solución". Le interesa más cuando le hablo de mis compañeros, entender el tipo de personalidad que acepta encerrarse en lo que a todos los efectos es un manicomio victoriano en los mejores años de su vida (sic). Según él, lo de Mark está claro: una auto-punición por lo de su hermana pero, ¿una chica vital, guapa, amante de la fiesta como Morgana? ¿Qué oscuridades esconde? Tiene ganas de conocer a algunos de estos personajes -así los llama, aún no he logrado que tengan para él aura de personas- así que le encanta la historia del fin de semana pasado en Whitby: Yolanda, Morgana, Marla y yo juntas probándonos los vestidos que vamos a alquilar para la fiesta. 

-Perdona el inciso: fiesta a la que no me invitas.

-Ya sabes que no se puede. 

-Otro punto para el “en qué planeta viven en el manicomio”. Endogamia patológica.

Para distraerle, le cuento la tarde, primero en la tienda, luego en el pub: Marla va a ir con algo cómodo y funcional, Yolanda de amarillo (quién va de amarillo a una fiesta?). Morgana va a ir de Morgana. Yo, de negro (¿hay otro color? ah sí, blanco, pero esto sería aspirar a quitarle el título de fantasma oficial de Banderley a Lannister), con cuello halter y la espalda descubierta. En los sofás alrededor de la chimenea del pub recordamos que este mismo fin de semana hace un año, Marla y yo estábamos en Lincoln, atrapados en la nieve con Richard y Will.  Pero casi todo el rato hablamos de la fiesta del fin de semana siguiente: quién vendrá, cuánto vamos a beber, quién desfasará. Esta tarde es un buen entrenamiento: llevamos ya dos rondas y aún hay tiempo para otra por lo menos. Hemos quedado con Faggin que bajará en  el minibus a buscar al grupo que hemos escapado de Banderley para hacer compras de Navidad o probarnos tuxedos y vestidos para la ocasión. Todos no: Suchandra irá con algún sari que tendrá por casa, y Elizabeth Archer intentará hacer pasar lo que a todas luces es un disfraz de Jane Eyre por vestido de fiesta. Estas pequeñas maldades ocurren porque hacia el final de la tercera cerveza, estamos todas desatadas, riendo super alto y dispuestas a destrozar a quien pase por la conversación. 

Jane Eyre, sin delantal

-¿El vestido de Jane Eyre lleva delantal? 

Y carcajada monumental sobre todo de ellas tres, que lo han visto - yo lo entenderé enseguida, me dicen. Morgana aclara que a Isabel no se le dan los eventos sociales si no hay libros de los que hablar. Y se le escapa: “Claro que en la última fiesta tenía a su inseparable Sylvia para apoyarse”. 

Se para un momento, y hay un cruce de miradas rápida con Yolanda: de nuevo me suena al "no se lo irás a decir" de hace un año. Así que Lannister e Isabel eran amigas: unidas por la poesía. Ahora tengo poco que perder así que me lanzo:

-Podéis seguir hablando tranquilamente, ya estoy al tanto de todo - es difícil sonar convincente cuando nos estábamos riendo hace un minuto. 

-¿De qué hablas?

-Sé quién es Sylvia, y sé que se suicidó aquí. No hace falta que disimuleis más. Está bien, lo podré sobrellevar - sueno enfadada;  no lo estoy.

-De verdad, Mariona, no te disgustes. Nos tienes que entender... 

Y sí, son buenas amigas: me querían proteger, yo cuando llegué aquí tenía todos los boletos para agobiarme, estresarme, incluso deprimirme. Acababa de cambiar de vida, de país, alejada de los míos, era un choque personal y cultural. Pensaban que esto podría afectarme, y ellas querían estar ahí para mí, como de hecho lo estuvieron, solo que consideraron no necesario hablarme del tema. Vale, lo entiendo, que no se preocupen, exaltación de la amistad, todo bien, ese rollo. 

Pero en esa conversación intento ver a Lannister desde otro ángulo: el suyo. Una chica rubia, ojos claros, venusina, nunca particularmente dicharachera, pero agradable. Ninguna de ellas atisbaba que pudiera tener un mundo interior tormentoso. Nadie se esperaba lo que pasó, ni siquiera Isabel, ni Will, ni los del grupo de escritura, que son los que mejor la conocían. Sylvia era magnética, se dejaba querer con cierta indiferencia. Las tres ponderaron un rato su relación con Isabel y no me quedó claro si lo de Isabel superaba la amistad y la admiración literaria, y cruzaba los bordes de la atracción sexual. Pero Sylvia era claramente heterosexual y había tenido un novio al que tal vez olvidó una vez en la milieu de Banderley, pero que parecía devastado en el funeral.  Y no me quedó claro si lo de Isabel era tirando a patológico. 

-Niña -Wences me baja a la realidad, soltando una carcajada- ¿No será esa parte homófoba que todos tenemos dentro, que a ti te está saliendo fuera?

-Ay, no digas eso. Ya sabes que he tenido siempre una relación complicada con Isabel -le digo-. De todas formas, esto no es lo más sorprendente de aquella conversación...

-Madre mía, qué será lo siguiente en ese Alicia-en-el-país-de-las-maravillas en el que vives- suspira, y se me queda mirando mientras mueve la mano - ¿Lo pillas? ¿El Gato de Cheshire? "Estamos todos locos aquí", ¿eh? que yo también sé hacer citas literarias...

"We are all mad here"

"Cómo sabes que estoy loca? dijo Alicia. / Oh, lo debes estar, de otra manera no estarías aquí".  Cómo olvidar esta cita, soy Alicia, y aún no he encontrado al gato que me diga esto claramente en Banderley, que estamos todos locos allí.   

-Escucha, no me distraigas. Lo siguiente, que es lo que me dejó a cuadros es el enlace de Lannister con Sister Harding: ¿te acuerdas, la enfermera que me dio miedo desde el principio? La llamábamos Racthed, por el nido del cuco; bien, pues parece que estaba muy cercana a Lannister. Pero estas no saben la razón... no estaba en el grupo literario.

-¿Otra Safo enamorada, con su amor lésbico no correspondido? -dice.

Salvada por la campana: en ese momento entra Rob, al que todavía no había conocido en persona. Es tan encantador y casi tan guapo como Wences. Tiene turno de tarde al día siguiente así que él me lleva al examen, yo solo tengo que relajarme. 

Please do keep on sending white lilies,
wild flowers or red roses to this address

Cuando llegamos a su casa bastante más tarde, me han preparado una habitación impresionante, con toallas de bambú sobre la cama a juego con el albornoz, gel y crema hidratante de Yves Saint Laurent en el baño y flores frescas en el salón- esto no es por ti, boba, las tenemos siempre. Son lirios blancos, que me encantan, y de cuyo olor me quedaría colgada. Por la mañana, tengo fresas, frambuesas, arándanos para el muesli, y una nota de Rob, que se ha ido al gimnasio, vuelve en una hora. Salgo a dar un paseo al famoso Common, en el que hay mucha gente corriendo, pese a ser lunes. Intento convencerme de que esta tarde tengo un examen, cuando lo que me parece es que estoy de vacaciones. Rob trabaja en el hospital de al lado y me deja en la puerta del Maudsley. Atravieso la entrada principal que es algo grandilocuente -aunque mera aprendiza de Banderley-, tirando a templo griego, pórtico con dos pilastras -solo le faltan las cariátides.

En la sala hay otros cinco trajeados esperando para hacer el examen. Qué pintas llevamos: parecemos representantes de una farmaceútica. La primera parte son los PPP (“Patient Management Problems”): te plantean un diagnóstico, o presentación, o complicación, y has de explicar tu plan de intervención. Cuando estoy frente al panel de examinadores, cada uno con su papel -el sonriente, el que solo mira a su folio y la que asiente interesada- el tiempo pasa de otra manera. Son varias viñetas breves y de repente, ya está, se acabó.  El segundo examen, el caso largo, es el que da más miedo: tienes que pasar una hora con un paciente, hacer la historia, formular. Te puede tocar alguien que enmudezca y todo lo que tendrás es descripción. Te puede tocar alguien que no pare de hablar de otros temas y tu habilidad consistirá en volverle a traer al tuyo. Te puede tocar alguien al que no entiendas su acento o, más peligrosamente,  su jerga: en muchos desórdenes neurológicos o psiquiátricos se afecta el lenguaje, como en la esquizoafasia (también llamada “ensalada de palabras”, con eso lo digo todo). Si te toca alguien con trastorno formal del pensamiento, o sea, alguien con pensamiento desorganizado que se expresa, claro, como habla desorganizada -“descarrilamiento”, pobreza del habla, tangencialidad, ilogicidad, perseveración, neologismos y bloqueo del pensamiento-, pues que la suerte te acompañe, sobre todo si el inglés no es tu lengua materna. En estas estoy cuando me llaman a la sala. 

Mi paciente es un hombre de unos 30. Nada más entrar, su  apariencia de esquizofrénico crónico me parece evidente. Pasivo, a-gestual, monótono, arreactivo. A los dos minutos de comenzar la entrevista, me doy cuenta de que lo tengo crudo:  sus respuestas a casi todas mis preguntas son la misma: “No lo sé”. Al preguntar por su familia, eso sí, ha variado: que “ha venido a hablar de él mismo, no de su familia”. Cuando intento hacer la historia psicosexual, a la pregunta “te definirías como homo, bi o heterosexual” responde “normal”. No logro extraer ninguna psicopatología de este pobre hombre, lo único: alguna vez se ha sentido como “quemándose por dentro”, pero no lo puede explicar. Me pregunto si esto es una metáfora o qué; lo exploro, no llego a ningún sitio. En el día a día, hay mil pacientes como este, pero tienes historia colateral: la familia, los amigos, el médico de primaria, el policía que lo ha detenido. Aquí estoy sola con este infeliz voluntario motivado por las cinco libras que les dan por participar.  

Pasada la hora, con mis notas casi en blanco, el bedel me invita a pasar a otra sala con otros tres examinadores: una mujer rubia con acento australiano, un hombre con turbante, un tercero trajeado.  Presento el caso, muy soso - “el paciente dijo que no sufría alucinaciones auditivas, ideas delirantes, ideas de pasividad e influencia…”- no hay apenas material. En la última parte, llaman al paciente para ser testigos de mi estilo al entrevistar. Se sienta de nuevo frente a mí, pero parece mucho más animado: es como si tener público le diera alas. El sikh me pide que explore en concreto el que se quemaba por dentro. Pregunto lo que he pasado tanto rato indagando sin éxito antes y él confirma que “es muy difícil de explicar pero que, a veces, incluso olía a quemado”. El mundo se cae sobre mí: ¿por qué no me lo ha dicho antes, por qué ha negado hasta la saciedad el tener  historia médica, por que ha dicho que no tomaba otra medicación, cuando ese signo es indicativo de  epilepsia del lóbulo temporal? Cuando el paciente sale de la sala recapitulo e incluyo este tipo de epilepsia en el diagnóstico diferencial, no sé si demasiado tarde. Resumo cómo le trataría y su pronóstico, y eso no ha ido muy mal. Llaman a la puerta: fin.

Mariona, Mark: colegas e investigadores
Estoy en bucle pensando en lo que podría haberle preguntado antes y no hice toda la tarde, y por la noche, en casa, sigo esta vez en voz alta con el pobre Wences que ha abierto una botella de vino y ha encargado un tailandés. Supongo que para huir de mí y que cambie de chip -"hija, casi es mejor cuando me cuentas tus historias de Expediente X en el manicomio, además ahora que Scully ha encontrado a su Mulder"- dice que sale un momento a una deli italiana aquí al lado a coger el mejor tiramisú de la ciudad. Mientras me voy a duchar pero entonces suena el teléfono. Wences contesta, me mira, tapa el auricular y dice gesticulando mucho: “es Mulder!!!”. Me pasa el teléfono y se va.

De un plumazo olvido la Epilepsia del Lóbulo Temporal y adyacentes. Cojo el teléfono en semi-shock: ¿por qué me está llamando Mark?  

-Hola Mark, ¿qué ha pasado? - empiezo así, sin preliminares. 

-Hola Mariona, perdona que te moleste… tengo que contarte lo que ha pasado estos días desde que te fuiste -suena, una vez más, visiblemente azorado.

-Pero, qué dices: ¿no habrás bajado al archivo sin mí?  -en serio, no doy crédito, espero que no se note la impaciencia en mi voz- Quedamos en que no harías nada

-Bueno, de eso ya hablaremos, pero escucha -hay un breve silencio, como comprobando que no voy a seguir con reproches- Sí, el otro día bajé al archivo pretendiendo buscar unas notas que ncesitaba urgente. Tengo el nuevo código, es el mismo más uno, 172338XW, lo deben cambiar cada poco tiempo. Estaba Foster, ya sabes, el de mantenimiento, por los pasillos. Fue amable pero con muchas precauciones: tapó el código… para nada - y suelta una risa nerviosa. 

-Ahá,- yo no me río - ya te dije que se lo toman muy en serio.

-Sí, luego vino conmigo hasta el pasillo de las notas; me tuve que sacar de la manga un paciente que habíamos dado de alta hacía un par de meses para que no sospechara. En fin, que por la noche volví a bajar, quería seguir leyendo las notas de la misma paciente del otro día, la que había seguido adelante con el embarazo pese a ser el padre un hombre casado.

-Lisa Warburtons -intento disimular mi fastidio. 

-Esa. Pues más abajo encontré una nueva comunicación entre Lannister y Steen. Y mira: disfrazada en la descripción de la depresión de la paciente como consecuencia de lo que percibía como una traición, estaba una formulación de esas típicas de Lannister, formalmente excesiva -se para otro momento, hago un carraspeo para que sepa que sigo ahí- No sé, Mariona, yo creo que si leías entre líneas podría ser que expresara frustración por las consecuencias psicológicas del tema en la paciente… o a ella misma, ya sabes cómo escribe, es difícil no entenderlo como algo personal. 

-Sí, es tan intensa su escritura que se hace difícil no pensar que escribe sobre ella misma, algo que ha vivido… -esto que digo no lo había pensado nunca.

-Lo tienes que leer tú, a ver qué te parece -dice, todo simpático; ahora viene haciéndome la pelota porque sabe que no ha hecho lo acordado, y sigue:- Pero, escucha, un par de páginas más adelante me encuentro una entrada de Steen. Es aséptica, no entra a comentar la formulación de Lannister como las otras veces, simplemente escribe una pauta de cambio de medicación. Pero pero pero, no pensabas que iba a quedar ahí todo ¿no?

-No sé, ¿qué más? - Si me dice que hay dibujado un gato de Cheshire en el margen no me sorprenderá. 

-Pues justo debajo de su firma, en pequeñito escribió el título de una canción y su intérprete. “The Dark End of the Street”, de James Carr. ¿Conoces esa canción?

-Ni idea. 

-Yo tampoco, parece que fue un éxito de 1967, pero a los que he preguntado por aquí no saben más. Miré en internet, pero ya sabes lo difícil que es encontrar nada ahí, y no está, tampoco la letra. ¿Conoces a alguien que sepa de rhythm and blues o de soul


-mmm… podría ser. 

-Estaría bien saber qué quiso decir con esa canción

-Sí, supongo- oigo la puerta, es Wences- Bueno, Mark, viene mi amigo con un tiramisú. 

-Guay, pásalo bien. 

-Vuelvo mañana por la noche, así que mientras tanto, por favor no hagas nada. Espérame ¿vale? Bajaremos pronto a ver si encontramos algo más. Promételo. 

-Vale, pero mientras tanto, averigua lo que puedas de la canción. 

-Bien, un abrazo, chao. 

Y cuelgo. Tengo delante a Wences con lo que parece una tarta en mano derecha y la otra en jarras.

-¿Todo en orden en el país de las maravillas? ¿Qué se cuenta Mulder?

-Emmmm sí... Oye Wen, ¿tú tenías la dirección de Jack Buchanan?


04 junio 2022

Y otro fucking jubilee (déjà vu, déjà vécu)


 Retransmitiendo desde el epicentro del jubileo de la reina, esta vez no tengo ni el placer de poner a los Sex Pistols porque ya lo hice en 2012, cuando ese otro jubileo. No uno, dos divagues me marqué entonces, cuando en el divlog aún se hablaba de política - eso, o que no salía de mi apoteosis, solo llevaba 15 años aquí. "Era joven, no me lo tengan en cuenta", pero no, no era ni joven.  [Nota dolorosa: cuando los 50 fkn años sería en 2002 y también debía yo andar por este país, pero como "era la era" pre-divlog, afortunadamente, eso no ocurrió. Sí que había divlog cuando falleció la Thatcher -oh, qué celebración fue esa: ding dong the witch is dead-, hasta me llamaron irrespetuosa los divagantes].

Y aquí seguimos 10 años después: aún con monarquía, ahora fuera de Europa y con el que entonces era el alcalde ahora de impresentable Primer Ministro. Miro el blog: ¿en qué andaba yo en esa época? Aparte de que Mini, una adorable cuatreañera, vino de la guardería con la Union Jack pintaba en la cara, escribía de libros, de exposiciones, de nuestros 15 años en la isla, una serie de los Juegos Olímpicos en verano y planeaba las vacaciones más aburridas del mundo en Escandinavia.


CIUDADANA,
NO SÚBDITA

Esta vez, me voy a limitar a colgar diversas fotos que he hecho en mis paseos por la ciudad (eso sí, evitando el centro donde los fastos-incluyo dos fotos no mías y la bolsa emética) intercaladas con disidencias varias que han resultado "de muy mal gusto" para la gente de bien.  Mi favorita, una valla enorme con el "Make Elizabeth the last" ("Que sea la última", con el juego de palabras).

"Que Elizabeth sea la última", 

Aquí me despido, emplazando a los divagantes al siguiente fucking jubilee, dentro de otros diez años, esperando que estemos todos aquí aún divagando. Ella (esto ya es como lo que decían los cubanos "no es cuando se muera Fidel, sino SI se muere Fidel), pues eso, ella, seguró que estará. Hasta el siguiente...

"Si se muere la reina...."
(God save the queen
she ain't a human being)



Esto el otro día en King's Rd, Chelsea.
Fkin banderas

Recomiendo web de Darren Cullen
(spellingmistakescostlives),
artista de guerrilla urbana
que mete provocaciones
por distintos puntos de la ciudad


Estos vecinos no se atreven a más
(puedo llegar a ser guerrilla urbana)

70 anios de mierda



Así pasa  Mini el jubileo,
haciendo como que estudia
(finales la semana que viene)

No acabó la explotación:
Pobre chaval, le han hecho vestirse de beefeater
(el oso y la cebra son fake)



Caos en los aeropuertos:
muy súbditos, pero todos querían escapar

Estas fotos no son mías...

... y pueden herir su sensibilidad

... para poder sobrellevar este finde,
bolsa de mareo del jubileo-


Misc 1-Solo pq me gusta este musical

Verdades...

...como punios


Y para terminar, este horror en Fulham que no sé qué es

02 junio 2022

Serial 46: Puedes ser mi Doctor Watson, pero lee "Las flores del mal"

  Mark no me mira, solo toma notas. Está al otro lado de la mesa de la cocina en su casa, Stirling, haciendo de examinador. Yo, mirándole un poco disociada y presentando un caso clínico: el oral es ya la semana que viene. Me gusta esta solidaridad pre-examen, ese ayudarse mutuamente que hay en Banderley: he presentado historias a Yolanda, Morgana, y Richard, y cada uno en su estilo da buenas ideas. Cook, sin embargo, no tiene paciencia para esto y no sabe lo que buscan los examinadores del Colegio. Cuando le presento un paciente de la planta siempre terminamos, o bajando al barro de la clínica (le subo o cambio la medicación) o elevando los pies del suelo (sus conceptos filosófico-psiquiátricos).  Con los compas es todo más práctico: resume, habla más despacio, estúdiate aquello, no gesticules demasiado, mírales a los ojos, esa referencia está mal. Aquí estoy, teniendo todo eso en cuenta y mirando a Mark escribir. 

Flashback de hace casi un año, en esta misma mesa, presentando mi primer caso a Marla, cuando vino Mark. Recuerdo su belleza de estatua griega, el cuello, las manos, la boca.  Le he conocido más durante este año: es buen tío, te cambia las guardias si puede, no es complicado, sabe que está bueno pero lo disimula; eso y su vulnerabilidad por el fantasma de su hermana que murió por anorexia, que seguro le acompaña y no es carga ligera. Se ha agarrado al estoicismo para disfrazarlo: nada que no quiera me toca, pero todos sabemos que eso es mentira. No está en la camarilla literaria de Will e Isabel, y es de los pocos que no me ha hecho sentir como que hay un misterio en Banderley. Él solo piensa en hacer deporte y tal vez soy injusta si digo que la conversación con él es básica: trabajo, algún viaje, exámenes, Musonius o como se llamara aquel filófoso y por supuesto remo, rugby o lo que sea. No habla de política ni de su manera de ver la vida, si tiene. Supongo que con un padre juez y viniendo de Kent, será un conservador clásico, sin pasión; conservador en el sentido literal de la palabra, por que sigan las cosas igual que han sido por generaciones para él y los suyos. Intereses de clase: lo normal.  Se me escapa una sonrisa -da igual, no me mira, sigue escribiendo- recordando cómo pude tener ideas sexuales con él hace un año: ahora es todo neutro, no pienso en él así ya más. Asociación de ideas, entra Jack en escena. Jack, que me volvió a enviar otra cinta, solo con su nombre, y un beso, sin dirección en el remitente. Claro, si me esforzara un poco la podría conseguir, y así escribirle de vuelta, darle las gracias. Pero por eso mismo, no lo he hecho. Jack sí parece complicado. Pero no sé: ni eso, ni lo que piensa del gobierno, ni lo que lee, y seguro que me aburriría si me hablara en detalle del Cinco Naciones. Lo que sí sé: iba a reincidir en la pérgola de Hampstead Heath.

Ahí estoy cuando Mark deja de escribir y por fin levanta la vista del folio. Me empieza a dar feedback y yo -Mariona, eres un caso-, enfrascada pensando en tíos buenos. Tengo que salir más, céntrate, escucha, incluso toma tú notas también, todas esas cosas. Asiento y cojo el boli, ahora yo. Está hablando del diagnóstico diferencial, creo, y yo mientras preguntándome qué pasaría si de repente me levantara, apoyara los brazos sobre la mesa inclinándome hacia él, y le plantase un beso. Su cara de sorpresa, o tal vez me haría la cobra? Esta es una situación que nunca he vivido, ni por activa ni por pasiva, porque nunca he estado tan cerca de nadie si no hay ese tipo de sintonía. Cuando estás a tres cms, si te estrellas en su boca o él en la tuya, qué opción hay más que mordérsela? Mark sigue hablando y ahora me extiende el papel donde ha hecho un esquema, yo asiento superfuerte, un gato de la suerte chino - ah, no, que eso es con el brazo. Como hace un año, vuelvo a fijarme en las venas de esa mano y me pregunto si estaba en negación un párrafo antes pensando que no me tiraría a este tío. Y ahora hace círculos alrededor de algunas palabras. Igual debería, después de todo, intentar localizar a Jack. Hace un triángulo del que sale una flecha a la palabra dentro del círculo. Para darle las gracias por sus cintas. Y entonces me pasa el folio y dice:

-Ahora hazlo tú con tu ejemplo.

¿Qué? ¿Hacer qué? Solo tengo dos salidas: o me estrello -déjalo ya, Mariona- o pregunto lo primero que me viene a la cabeza. 

-¿Puedo hacerte una pregunta? 

Cuando termino de formularla, no sé lo que voy a preguntar: así de loco es todo. Creo que él se ha dado cuenta de que no estoy en lo que celebro, o algo. Al final, solo hablará de deporte pero aspira a ser psiquiatra, algo le interesarán las mentes, digo yo. Claro que no hay que tener una tesis en mentalización para captar que estoy en otro sitio. Oigo el temor en su voz cuando dice:

-¿Personal?

Me entra una carcajada que logro domar como risa inofensiva, porque esa mirada y su pregunta de ratoncito asustado solo me dan alas. Y me quitan inmediatamente cualquier deseo de subirme en la mesa. 

-No, tranquilo, no va por ahí -si él supiera, o incluso si yo supiera, me digo- Mira, tú llegaste a Banderley hará dos años ¿no? 

-Ahá

-Por tanto no conociste a una chica llamada Sylvia Lannister ¿no?

-No... cuando yo llegué... no - dice, visiblemente azorado. Me encanta esta expresión "visiblemente azorado". Menudo cliché el "visiblemente azorado", pero lo cierto es que así, visiblemente azorado, es justo como está. Yo, por el contrario, soy Lady Godiva con caballo y todo. 

-¿Qué pasó? - pongo los papeles entre nosotros hacia un lado. 

-¿No sabes lo que pasó? - ha extendido las manos sobre la mesa y tras levantar la vista muy brevemente para mirarme, fija sus ojos en ellas. 

No, Mark, no sé nada. Llevo más de un año aquí y solo sé que está muerta porque he tenido que pedir a un amigo que llamara a un teléfono oficial con una historia inventada para averiguarlo. No, Mark, no sé nada, solo lo que me encuentro entre líneas en notas clínicas que llevo semanas buscando en archivos por las noches. Y me invento historias y sueño con ella, y me voy a meter en un lío y me estoy jugando mi carrera profesional por saber más de esta chica. No, Mark, no sé nada, y aquí hubo gente que estaba ya en Banderley hace tres años, gente que la conoció y que callan, o se van corriendo, o se ponen a llorar de repente. No, Mark, no sé nada, pienso, y tú, querido, tú que no estabas aquí pero que lo oíste al llegar vas a ser el que me lo cuente. Así que le digo, con la voz más dulce que puedo impostar:

-No, Mark, no sé nada. 

-Esta chica... yo no la conocí... pero cuando llegué... en fin, Mariona, fue un palo. No puedo creer que no lo sepas -sigue sin mirarme- Cuando llegué, hacía poco que se había suicidado. Aquí, en Banderley. 

En ese momento dejo de oir, o más bien le oigo muy lejos, como si me cubriera los oídos con cuencos. Todo se vuelve irreal, él, yo, la habitación. Suicidio: cómo no lo supe desde el primer momento. 

-¿Estás bien? Mariona, ¿quieres agua? - ya se está levantado y va hacia el grifo. 

-Gracias

La trae. Bebo. Cuando logro reaccionar le doy otras vez las gracias, porque es quien por fin me ha contado esto. Ahora entiendo el misterio, que nadie quiera hablar, mucho menos quienes la conocieron. Yolanda, Morgana, no-querrás-que-se-entere, Richard, Will, esquivando y negando, y por supuesto, Isabel. Debe ser re-traumatizante para ellos recordar aquello: los días que siguieron, las noches sin dormir, ser el centro de la investigación, la culpa. Todo. Pero Mark aún no había llegado y aunque afectado -imagino que el fantasma de la pérdida de su hermana le visitaría un par de noches-, está a millas emocionalmente en comparación con el resto. 

-Vamos a dar un paseo, te tiene que dar el aire.

Ya es de noche, finales de otoño. Salimos a la pradera, y de allí por la puerta lateral que da al bosque. Vamos por la senda que lleva a aquel mirador que me gusta. Hay luna llena, huele a césped. No estoy preparada para lo que viene y Mark desconoce todo lo que yo llevo invertido en Lannister. No sabe que la quiero porque me colgué de sus poemas, de su salvaje manera de mirar, de su desazón. Ahora, sabiendo que se mató, todos sus textos cobran otras tonalidades mucho más oscuras y yo no puedo pensar. 

No estoy preparada para lo que viene porque es imposible estarlo. Mark dice que la investigación no llegó nunca al fondo de las razones, tal vez estrés por la vida aquí, el trabajo, los exámenes... tal vez estaba deprimida, tal vez se deprimió. Solo sabe que poco a poco iba sacando pastillas de antidepresivos tricíclicos -no sé si dothiepin o amitriptilina- del carrito de la medicación. Por supuesto sabía que son cardiotóxicos y fatales en sobredosis. La encontraron una mañana, tras mucho buscarla, en un cuarto subterráneo que hay en los túneles.  Mark no sabía si yo estaría al tanto de la existencia de un sistema de túneles en los que en teoría solo los de mantenimiento pueden entrar. 

-Sí, bajé un día con Will - le digo.

-Will, Isabel... ese grupo... -dice Mark, y hay una leve duda, un segundo en el que no sé qué cara pone, porque seguimos caminando- se reunían en la habitación que la encontraron. Tenían un grupo de escritura, o lectura, o esas cosas. Ellos lo pasaron particularmente mal en la investigación, los pobres no imaginaban nada. 

Mi mente va a explotar. Tras mi llegada, yo queriendo montar un grupo de lectura, o escritura o lo que fuera y ellos, o tal vez alguna autoridad del hospital, quitando mis carteles, pero sin decirme nada. Empiezo a pensar en modo irracional, a sentirme culpable de que Lannister se matara, a decidir que tengo que hacer algo por ella, como si la muerte tuviera remedio. Caminamos en silencio un rato, me caen unas lágrimas enormes, sin hipos, sin ruido. El no me ve. Nos damos la vuelta. 

-¿Estás llorando? -dice- Lo siento.

Llegamos a mi casa. Aún no he podido hablar. Solo me sale decirle la verdad:

-Tengo miedo. ¿Puedes subir para ver si hay alguien?

Yo, que he recorrido ese archivo por las noches, que he descubierto esos túneles, que me he quedado dormida en el desván tras escribir, que he oído ruidos de tuberías y portazos metálicos a las 3 am, estoy muerta de miedo. Al llegar arriba no hay nadie: Sandip está de guardia, Richard en un torneo fuera, Morgana de vacaciones, Duncan… no sé.

-Me quedo un rato. 

Nunca se lo podré agradecer lo suficiente. Tengo un terror tan grande que cuando se pone a preparar un té, me quedo a su lado, incapaz de ir al sofá amarillo, al otro lado de la estancia.

Cuando nos sentamos, le empiezo a contar mi historia con Sylvia, simplemente porque en esos momentos creo que se la debo. Cuando le describo cómo fue la primera historia clínica suya que leí de aquella paciente con trastorno de la personalidad límite, y lo que parecía una conversación que establecía con su consultant, cuando le cuento la poesía que le había escrito a otra mujer, y todo lo demás, no tengo ni idea que Mark va a querer ser mi Watson. No pensaba pedirle ayuda a nadie porque ya estoy acostumbrada a torear sola en Banderley. Mark no ha leído a Sylvia Plath, ni sabe quién era Anne Sexton, aunque está interesado en la prevención del suicidio, había publicado un artículo del tema antes de venir a Banderley. De hecho, cuando quiso continuar con su investigación aquí, se lo desaconsejaron porque estaba todo demasiado caliente, la herida sin cerrar, tras el suicidio de Sylvia Lannister. Y luego, claro, está su hermana.

-Espera, ¿dices que crees que se comunicaba con su consultant vía las notas clínicas?

-No sé, es complicado, tal vez sea mi imaginación. A mí me parecía su estilo no propio de un un historial, muy poético, como arrebatado. Pero luego vi que no estaba sola cuando le leí a él, que seguía este mismo estilo... 

-¿Quién era el consultant? -me pregunta.

-Steen… trabajé para él unos meses que me enviaron a perinatal y… no sé, es un tipo extraño. Y mira que decir esto con psiquiatras es tela…

Se ríe. El nunca ha trabajado con Steen, no sabe mucho de él.

-Nunca hice click con él, no podría decir por qué. Las enfermeras le adoraban, era como un pequeño emperador en la planta... cuando estaba, claro. Un día fuimos a hacer supervisión por el paseo del bosque. Sabe mucho de neuroendocrinolgía, me interesa mucho que...

-Creo que deberíamos bajar a los archivos -me interrumpe, le brillan los ojos- a seguir buscando notas de Lannister, a ver qué encontramos. Ahora seremos dos leyendo. 

-Hoy no, porfa, tengo mucho miedo. Porfa. 

-¿Qué le dirías a un paciente que tiene miedo? Principios básicos: exposición.

-Este es un miedo abstracto, Mark. He bajado varias veces sola, tienes que entender que estoy muy disgustada…

-Venga.

No es tan tarde como otras noches, pero está todo igual de tranquilo. Cruzamos la pradera y nos distribuimos las plantas en las que pretenderemos estar de guardia si nos encontramos a alguien por los pasillos. Pero, frente a la puerta del archivo, maldición: han cambiado el código. Ahí estoy, decepcionando a mi público: Mark estará pensando que todo esto es mi imaginación. Pero la chica de recursos renace: vamos a entrar por el almacén de debajo de mi casa, y seguiremos por los túneles. Ah, que no sabe lo del regalo anónimo, con mapa, y candado. Ni que hay una entrada a los túneles desde cada casa, y que encontré la de Drummond, la mía, la casa amarilla, una noche. Ni que me hice con la lista de las pacientes que estuvieron en la planta de perinatal en el tiempo de Lannister. Hay tanto que ponerle al día.

No puedo parar de hablar en todo el rato, y él se ha quedado mudo: primero de ver el mapa, luego la trampilla del almacén, que está muy dura y medio enmohecida y al final, cuando ya estamos en el túnel, cada uno con nuestras linternas, de descubrir que soy mucho mejor orientándome que él. Casi sin mirar el mapa tengo como un radar que me lleva: a la izquierda, seguir adelante, a la derecha, hay puertas, esta debe ser la confluencia central y por fin, ahí está la puerta que lleva al archivo, que se abre sin código. Estamos en ese lugar mágico que me está quitando literalmente el sueño, que huele a papel viejo y polvo y que es la llave, supongo, para algo que aún no sé: el archivo.

Tres horas después, hemos peinado un montón de notas de las pacientes de mi lista. El primero en encontrar más prosa inapropiadamente poética para unas notas clínicas es Mark: como un niño al que han dado buena nota viene al pasillo donde estoy yo escaneando y me lee, del puño y letra de Lannister, que tan bien conozco. Son las notas de una paciente que se llama Lisa Warburtons. Como casi todas las de Marcé, está ingresada por una depresión postparto  y según ha leído Mark, el padre del bebé, un hombre casado, no quiso responsabilizarse. Sylvia escribe medio folio de sesión de terapia que termina con partes de un poema precioso que ni Mark ni yo conseguimos identificar. 

No es amor el amor

que cambia cuando un cambio encuentra

o que se adapta a la distancia al distanciarse.

¡Oh, no!, es un punto de referencia fijo

que contempla la tempestad y nunca siquiera tiembla,

El amor no es un capricho del tiempo, 

no se altera con sus breves horas o semanas,

pero se confirma hasta en el filo de la muerte.


Mark me pasa las notas y seguimos leyendo. Pasadas diez páginas de resultados y cambios de medicación hay una entrada de Steen, el consultant. Miro a Mark: es el mismo patrón que en aquellas otras! Los dos leemos con nervios, casi sin respirar lo que ha escrito Steen, que describe brevemente el estado mental de Lisa, el cambio de medicación y una página entera de rollo psicoanalítico que ni Mark ni yo podemos seguir - de hecho, a mí me cabrea, qué pérdida de tiempo. Pero al volver la página, ahí está esperándonos, aunque disfrazado de prosa, sin cambio de líneas, ha escrito un trozo en francés, y este sí que lo reconozco: Baudelaire, el Himno a la belleza,  Las Flores del Mal.


¿Vienes del cielo profundo o surges del abismo,
Belleza? Tu mirada, infernal y divina,

tus besos son un filtro y un ánfora tu boca

siembras al azar la dicha y los desastres,

y todo lo gobiernas sin responder a nada.

El amante jadeando inclinado sobre su bella

es como un moribundo que acaricia su tumba.


¿Y qué más da que vengas del cielo o del infierno,

¡oh Belleza! ¡monstruo enorme, espantoso e ingenuo!,

si tus ojos, tu sonrisa, tus pies, me abren la puerta

de un infinito amado que nunca he conocido?


De Satán o de Dios, ¿qué importa? Ángel o Sirena,

¿que importa, si tú haces -hada de ojos de terciopelo,

ritmo, perfume y luz, ¡oh, tú, mi única reina!-

más cortos los instantes, menos horrible el mundo?


Mark no entiende nada. Yo creo que sí. De Satán o de Dios, ¿qué importa? Estoy agotada, Mark: volvamos. Pero él no quiere, claro, él quiere seguir buscando. La addición de este juego la conozco, pero no es un juego. La última vez que encontré versos de Sylvia Plath o de Mary Oliver en sus notas no sabía que Lannister se había quitado la vida. Me encuentro mal, tengo ganas de vomitar. Mark está ya en otro pasillo. Me siento en el suelo otra vez, tengo las piernas dobladas y los brazos extendidos frente a ellas. Meto la cabeza ahí, un rato, un minuto solo, quiero irme a mi casa. A la otra casa: quiero coger un avión y salir de ahí para siempre y no volver jamás. De Satán o de Dios, ¿qué importa? Belleza: tu mirada, infernal y divina.