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20 enero 2019

Tú sigues joven, con esa voz de siempre/ y esos ojos azules

Tal Vez, Oh Mar

Tal vez, oh mar, mi voz ya esté cansada
y le empiece a faltar aquella transparencia,
aquel arranque igual al tuyo, aquello
que era tan parecido a tu oleaje.

Han pasado los años por mí, sus duras olas
han mordido la piedra de mi vida,
y al viento de este ocaso playero ya la miro
doblándose en las húmedas arenas.

Tú, no; tú sigues joven, con esa voz de siempre
y esos ojos azules renovados
que ven hundirse, insomnes, las edades.

Rafael Alberti
(Poemas de la Punta del Este)


17 enero 2019

Serial 5. Chocolate Suicide: Marketing sin tacto para un sanatorio mental.

Cuando por fin me aventuro fuera de la que hoy es mi casa, -y que un día fue granero o similar-, me doy cuenta que el edificio principal de Banderley, el castillo gótico encantado y encantador, está más lejos de lo que recordaba por la noche anterior.  Calculo que la pradera que nos separa será mayor que un campo de fútbol, pero no tiene porterías, solo esos palos verticales de rugby. Parece un colegio privado que usa el deporte para diferenciarse de los del populacho: al final, el fútbol, lo pueden jugar chavales en una era o en una favela, "un deporte de caballeros jugado por hooligans", mientras que el rugby es ese deporte de hooligans jugado por caballeros", dicen. Imagino que también habrá criquet, deporte que desde ya me niego a intentar entender, tal vez hockey.  


Avanzo por el césped -si hay un caminito en algún lateral, no queda claro. 
Hoy hay niebla -se agradece el atrezzo para seguir alimentando el mito que ya corre salvaje en mi cabeza- y todo está desierto.  Cuando por fin llego al lateral de Banderley Central-así aprendí luego que llamaban al castillo, en concreto Banderley-C, estamos en el país de los acrónimos-, mi cabeza está mojada. Primeras impresiones, pienso, mientras me suelto la coleta y sacudo un poco el pelo: gran momento para hacer mi entrada en la cantina.

Según el mapa que me dejó Harding, la cantina debe de estar en ese ala, frente a la pradera. Cuatro escaleras, con una balaustrada grandilocuente -como todo en  Banderley-C- llevan a una puerta doble de madera con cristales mosaico de colores, entreabierta. El pasillo, como el de anoche, es todo baldosines en puzzle granates, blancos, y azules pero en este no se  mueve ninguna pieza. Entonces, Yolanda.

Yolanda es irlandesa, risueña y expansiva. El nombre fue una excentricidad de su padre: vivían en Texas, casi frontera con México, cuando su madre se quedó embarazada. Tiene mi edad y había llegado a Banderley haría un año. En el futuro me recordaría muchas veces cuando me encontró, como hipnotizada, plantada en medio del pasillo, mirando al suelo, y de cómo me costó reaccionar:  aquel primer día no entendí su acento. Yolanda es morena con un pelazo, su secreto para ese volumen es que en realidad lo tiene rizado, pero se lo alisa. Lleva una cinta azul a modo de diadema. Ella también va a la cantina, aunque para mi alivio no habrá nadie porque ya es tarde. Ella está de guardia y habían tenido una emergencia en la planta de psicóticos, de ahí esas horas, no viene a comer tan tarde. Un paciente se había puesto agresivo, y terminado en confinamiento supervisado. Pero era solo por la guardia que había intervenido en psicóticos, ella estaba desde la última rotación en forense, en aquel edificio del fondo -y por la ventana me señala otro edificio menor cuya arquitectura rompe con la belleza de todo el conjunto de Banderley. Se había construido hacía una década y era una unidad de semi-seguridad. Yolanda dice que quiere sub-especializarse en psiquiatría forense cuando terminase la farsa de la residencia.

Sí, la farsa, subraya cuando me río. Está ya aburrida de rotar cada seis meses por especialidades que no le interesan: los neuróticos de siempre, ansiosos, deprimidos, los bipolares, esquizofrénicos, los de adicciones, los desórdenes perinatales. A ella lo que le interesan son los malvados, y eso es lo que quería investigar. "Y tú, qué quieres?" me pregunta, así, frontalmente, mientras que yo pongo queso cheddar rallado sobre la patata asada, lo único con que me he atrevido de la oferta de la cantina. Porque no he entendido nada, y no me refiero al idioma: ni tener la comida delante me ayuda a procesar lo que eran esas masas mezcladas con salsa. Esto era la Inglaterra profunda, está claro. Me tendré que acostumbrar o pasar el resto de mis días en Banderley pidiendo desayuno inglés a la hora de la comida -el viaje anterior me había servido de inmersión a las alubias- y patatas asadas con cheddar o coleslaw. Coleslaw que yo llamaba en mi cabeza "coleslao" hasta que un alma bondadosa me abrió los ojos, y resulta que la maldita coleslao dicen suena como "cólslo". Un idioma sin lógica.

-¿Qué quiero hacer? No sé, no he trabajado nunca antes... quiero empezar y ver que...

-¿Y en qué equipo empiezas? -Yolanda no tiene paciencia para las pausas. 

-Con el doctor Cook? -digo con una inflexión al final, exploratoria.

 Yol mira hacia arriba con resignación, y hoy no, pero asegura que ya me pondrá al día del tal Cook, sus manías y los estrambóticos miembros de su equipo-que iba a ser el mío. En cuanto a mi casa...

-Tienes suerte, si estás en Drummond -suspira-, es el mejor edificio... en su día debieron ser las caballerizas, pero luego lo reciclaron para residencia de residentes. Tiene mucho encanto. Yo estoy en Balmoral, que como los edificios de las otras dos Casas fue construido en los 60, funcionales y feos.

Como sospechaba, esto era la continuación de un cole para pijos, donde los niños de distintas edades están en grupos para competir: había cuatro "Casas" que se llamaban como castillos escoceses, tan cerquita estábamos del país vecino, y además de Drummond y Balmoral, estaba Stirling y  Edimburgo. Cada Casa tenía una serie de identificadores que iban desde escudos hasta animales, pasando por colores (amarillo, azul, rojo y verde).  Me costó darme cuenta de lo que representaba el sistema de Casas, y lo en serio que algunos de mis compañeros se lo tomaban. En los días siguientes en casa (Casa Drummond) me di cuenta de que los ribetes de las toallas estaban en amarillo, y los sofás del cuarto común eran amarillos, y unas capas para la lluvia colgadas detrás de la puerta de salida eran amarillas, y las botas de agua alineadas bajo las capas tenían una raya, sí,  amarilla. En Balmoral, la de Yolanda, todo esto era azul. Y le suena el busca. 

En el pasillo que comunica la cantina con la iglesia hay un montón de cuadros que empezaban hacía décadas, en blanco y negro descolorido, y donde sonreían chicos de mi edad con gafas pasadas de moda. En los años más recientes comenzaban los colores de las Casas y a aparecer las chicas, pero siempre éramos minoría.  Al llegar a la capilla, la puerta está cerrada con llave. Al lado,  un cuarto llamado "Oasis multi-fe"  (lo sé, pero no lo he inventado yo. El remanso  donde los religiosos iban a dar rienda suelta a sus supersticiones-cuántas conversaciones tendríamos a lo largo de mi tiempo en Banderley sobre el tema: "Es la religión una idea delirante? Discuss"). Este sí que estaba abierto, y vacío: una sala funcional y tristísima, que más que un refugio de paz parecía una sala de velatorio. La capilla, sin embargo, era otra cosa, pero eso no lo sabría yo hasta pasado un tiempo porque siempre, siempre, estaba cerrada.


Está ya oscureciendo -
por estas latitudes no quiere decir que sea tarde- y me paso por la pequeña tienda que me enseña Yolanda, cerca de la cantina. Aquí puedes comprar un poco de todo, es una cueva de Ali-Baba, con señor pakistaní que siempre miraba criquet en una tele bajo el mostrador. La gente en general comía en la cantina, y algunos también cenaban, pero este era el lugar donde se iba para llenar tu estante del frigorífico. También podías pedir encargos, y el de la camioneta blanca -con bandera inglesa en el salpicadero- lo traería el jueves. Mi primera compra consiste en dos o tres cosas, de las que solo recuerdo el precio (carísimo, cifra grabada a fuego, £32) y un tubo de helado llamado Chocolate Suicide. No sé si es un nombre muy apropiado para un hospital mental. Y yo, no soy particularmente de helado.

Al llegar a Drummond, abrazada al helado, está todo silencioso. Las escaleras, de madera blanca, gruñen bajo la alfombra -amarilla, por supuesto- que la forra por el centro. Hacia la mitad de escalera se apaga la luz, maldito temporizador: aprendería más tarde a subir a toda prisa.  A tientas llego al final, la puerta del salón está cerrada. Me parece oír una especie de murmullo. 

SORPRESAAAAAAAAAA!!!  Cuando alguien por fin enciende la luz, un grupo de gente sonriente con gorritos de Nochevieja y bajo guirnaldas amarillas parecen alegrarse mucho de verme. El Chocolate Suicide se me cae a los pies. 



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Si te has perdido las anteriores entregas de Serial, pincha aquí.  

13 enero 2019

Advertencia, de Jenny Joseph

Advertencia
Cuando sea vieja, vestiré de morado,
con un sombrero rojo que ni haga juego, ni me quede bien,
y me gastaré la paga en coñac y guantes de verano,
y sandalias de raso, y diré que no tenemos dinero para mantequilla.
Me sentaré en la acera cuando me canse
y devoraré las muestras de las tiendas y apretaré los botones de alarma
y haré ruido con mi bastón en los barandales de las calles.
compensando la austeridad de mi lejana juventud.
Saldré a caminar bajo la lluvia en zapatillas,
y arrancaré flores de jardines ajenos
y aprenderé a escupir.

Puedes llevar terribles camisas y engordarte
Y comer tres libras de salchichas de una vez
O solo pan y vinagretas durante una semana
Y acumular bolis y lápices, y posavasos y cosas en cajas.


Pero ahora hemos de llevar ropa que nos tenga secas,
y pagar el alquiler y no jurar en la calle.
Y ser un buen ejemplo para los niños.
Debemos invitar a amigos a cenar y leer los periódicos.

Pero ¿tal vez deberí­a practicar un poco desde ahora?
Así­ la gente que me conoce no se extrañará ni se sorprenderá
cuando de repente sea vieja, y comience a vestir de morado.

Jenny Joseph

....Viene a ser un poco lo de Matilda El Musical, basada en el encantador libro de Roalh Dahl...

Cuando crezca, comeré caramelos de camino al trabajo
y me iré a la cama tarde cada noche... :)



Warning
When I am an old woman I shall wear purple
With a red hat which doesn't go, and doesn't suit me.
And I shall spend my pension on brandy and summer gloves
And satin sandals, and say we've no money for butter.
I shall sit down on the pavement when I'm tired
And gobble up samples in shops and press alarm bells
And run my stick along the public railings
And make up for the sobriety of my youth.
I shall go out in my slippers in the rain
And pick flowers in other people's gardens
And learn to spit.

You can wear terrible shirts and grow more fat
And eat three pounds of sausages at a go
Or only bread and pickle for a week
And hoard pens and pencils and beermats and things in boxes.

But now we must have clothes that keep us dry
And pay our rent and not swear in the street
And set a good example for the children.
We must have friends to dinner and read the papers.

But maybe I ought to practice a little now?
So people who know me are not too shocked and surprised
When suddenly I am old, and start to wear purple.

06 enero 2019

"Los ejércitos de la noche" de Norman Mailer

"Los ejércitos de la noche" ("The armies of the night") de Norman Mailer llegó a mí por aquel tratado de literatura para dummies que leí hace meses, que puso en evidencia de nuevo mis lagunas literarias-más bien mares interiores, por su tamanio. Ponían a esta novela, publicada en 1968, como ejemplo de aquel género de la "novela de no ficción", que había comenzado Capote en 1966 con "A sangre fría". 

De hecho, el nacimiento del género enfrentó a ambos, que antes eran amigos, pero a raíz de la publicación de "Los ejércitos de la noche", Capote y Mailer compitieron por quién era el padre/el mejor/ el que la tenía más grande, del nuevo género. Testosterona (bostezo), que parece que a Mailer le sobraba, porque si apasionante es su novela, igualmente fascinante resulta-por lo menos para su estudio psiquiátrico- su personalidad: un macho alfa, que no solo se enfrentó a Capote, sino que le partió la cara a Gore Vidal ("si hubiera un "Figh Club" para escritores, Mailer sería Tyler Durden"),  acuchilló a una de sus seis u ocho mujeres en una fiesta, y suma y sigue. "Más grande que la vida" que se dice en inglés, parecía Norman, que murió en 2007:  una tiene sus dudas sobre si se iría a tomar un té con él, pero lo que es imposible es no sentirse atraída por su personalidad sobre el papel. Probablemente, sí, me iría a tomar ago con él, probablemente tequilas- a él lo veo con un whisky doble, sin hielo.



El 21 de Octubre de 1967 hubo una manifestación masiva en Washington DC para protestar contra la guerra de Vietnam: "la Marcha del Pentágono". Norman Mailer era uno de ellos, y de los días anteriores y de ese día surgió "Los ejércitos de la noche", subtitulada "Historia como novela. La novela como historia", porque está dividida precisamente en esas dos partes: en la primera nos cuenta su diario personal (su entrada de blog) de lo que pasó en aquella mani y la segunda intenta ser una especie de resumen desde fuera de los acontecimientos, en particular tras su arresto, incluyendo las horribles cargas policiales y la noche durísima que pasaron los que quedaron.

Quién estaba en la mani? Los de siempre. Quién apoyaba a la guerra de Vietnam? Ditto. 50 anios después, y seguimos igual. Apoyaban los que apoyan a Trump: militares, rednecks, policías, trabajadores manuales, el mundo rural. Versus los hippies, los estudiantes, los comunistas que aún no han salido del armario, la clase intelectual urbana. Nada nuevo bajo el sol. Mailer describe esto muy bien, y los enfrentamientos de las clases sociales, los ricos manifestantes frente a los polis pobres controlándolos. La clase media que no hace nada con sus manos ni tiene la tierra, pero sí la pasta. La clase trabajadora es fiel a sus amigos, la media a sus ideas.  Han estado siempre ahí, estos trumpistas? Nunca se han ido? 


Pero no quiero hablar de la novela, que recibió el Pulitzer de no-ficción y el National Book Award, sino de ese Mailer al que el autor se refiere en tercera persona, como hace Sábato consigo mismo en uno de los libros que con más carinio recuerdo, "Abbadón El Exterminador". Aquel antihéroe que se ríe de sí mismo (desde el principio, me atrapa el humor de Mailer), pero también cruelmente de los demás. Me pregunto... le quedaron amigos tras publicar esta novela? Gracias a él he conocido a alguna de las figuras intelectuales de los 60, que estaban como él, comprometidos políticamente: Robert Lowell, poeta, Dwight McDonald, crítico, Paul Goodman, analista político, Micth Goodman, escritor y miembro, junto con el pediatra Dr Spock de los "Cinco de Boston", que habían firmado en 1968 un manifiesto en contra de la guerra. Algunos de estos están con Mailer en la manifestación, y el día antes de la mani hacen con él dicursos en un teatro. Una empieza a conocer a Mailer con su escena de necesidad imperiosa del banio, cuando no hay tiempo, y está muy lejos, y donde hay no luz, ergo se acaba meando por todo el suelo, haciendo un lío, preocupado porque los limpiadores van a pensar que esto es parte de la protesta, estos izquierdosos son unos guarros, y llegando tarde al escenario-donde evidentemente, cuenta esta historia. Pero no solo es esta anécdota, con la que me podría identificar perfectamente-me desmayé en una charla una vez, así que todo es posible-, sino sus reflexiones laterales, tan acertadas: cuando baja y se mete entre la gente, nos habla de la intimidad que normalmente se crea entre el orador y el público, que es algo mágico que todo el que ha hablado para grupos ha experimentado-cuando no te desmayas. De observaciones como esta está la novela llena. 

Me imagino a Mailer como el típico judío neurótico, una especie de Woody Allen en fiestas, que no sabe hablar del tiempo y que, como no puede tolerar la pausa, que es el abismo, la llena con "la más extravagante amalgama de posibilidades". Un día está hablando con otro escritor-ambos no han leído casi nada del otro, piensa, y a la vez sospecha que ambos estarán considerando que esa conversación estaría mucho mejor empleada, de todas maneras, en un artículo. Deformación profesional? Versión elevada de "esto me dará para divague"? En algún momento me recordaba a mi amado Phillip Roth... "el sexo es mejor sucio, condenado, incluso esclavo... nada de limpieza, dénme culpa!"... esperaba q saliera Portnoy por ahí en cualquier momento. Pero no. 

Aunque Mailer es irreverente, y me parto cuando cuenta cómo los anarquistas de Libération, preparados para terminar con esta sociedad y cambiarla por una pacifista sin leyes,  tuvieron serios problemas para imprimir un artículo suyo en el que escribía la palabra tabú por antonomasia del inglés: CUNT. Me recuerda tanto a Lady Chatterley ("ha escrito Fuck!") como a la gran historia del Peda y su artículo sobre el Rey Emético, cuando cumplió 20 anios en el trono, en una revista de barrio, igualmente antisistema.

“Years ago in 1959 when Dellinger was already an editor on Liberation (then an anarchist-pacifist magazine, of worthy but not very readable articles in more or less vegetarian prose) Mailer had submitted a piece, after some solicitation, on the contrast between real obscenity in advertising, and alleged obscenity in four-letter words. The piece was no irreplaceable work of prose, and in fact was eventually inserted quietly into his book, Advertisements for Myself, but it created difficulty for the editorial board at Liberation, since there was a four-letter word he had used to make his point, the palpable four-letter word which signifies a woman’s most definitive organ: these editorial anarchists were decorous; they were ready to overthrow society and replace it with a communion of pacifistic men free of all laws, but they were not ready to print cunt.” 

La novela tiene un contenido muy profundo. Por supuesto él ya había escrito antes "Por qué estamos en Vietnam" ("y si dejamos Vietnam, y toda Asia se vuelve comunista?"), y hay un capítulo solo dedicado a esto. Pero hay mucho más: no solo están las dos américas que antes he mencionado, la rural y la urbana, la proguerra o la anti, sino que dentro de los oponentes a la guerra hay dos claras generaciones: la de Mailer y los suyos, hombres para lo que la palabra es todo (en su mayoría, escritores), y la nueva generación de hippies ("la instintiva prevención de un carnívoro frente a a un asceta"), flower-powers, New Age (que describe muy bien Joan Didion en el capítulo que da título a su libro de relatos "Slouching towards Bethlehem"), seguidores de Joan Báez, que según aprendí en otro capítulo de Didion, tenía también una pedrada severa, revolucionarios de fin de semana.  "Lo que parecía significativo aquí era la idea de una revolución que precedía a la ideología;  la Nueva Izquierda parecía haber adoptado esta idea para esta Manifestación". Mailer y su generación pensaban que sería la palabra, la literatura, lo que cambiaría el mundo: Hemingway, Orwell, Mailer... desde la novela creían que podrían poner todo patas arriba ("convertirte en un buen filósofo amateur, una vocación indispensable para el novelista ambicioso porque si no, o es otra cosa que un amargado entretenedor, un cuentacuentos"). Hoy me desespero de leer contratapas de novelas y novelas que, disfrazadas de presunto intimismo, solo se miran al ombligo. 

"El nihilismo tal vez será la única manera de contestar al totalitarismo", "El Leninismo es un equivalente mental a levantar pesas en el gimnasio: el cerebro trabaja, se oxigena, respira, y termina con incrementos en su vigor y tono, pero el problema permanece. Es un gran isntrumento de análisis en un mundo hecho de acero", son dos frases más que dan una idea de lo inabarcable que es divagar sobre esta novela. Es un clásico del SXX que hay que leer para aprender, para reír, para no olvidar, y para darse cuenta de que merece la pena salir de nuestro ombligo y mirar hacia fuera. No sé quién inventó la novela de no-ficción, y no me importa. Lo que me no me gusta es no haber descubierto a este monstruo hasta ahora: Norman Mailer, Larger than Life. 



28 diciembre 2018

A veces un blog

A veces, un blog es un diario. A veces, una herramienta. A veces, un blog es una válvula. A veces,  es un arma. A veces, un blog es simplemente, compartir.

Como esta entrada. No me gusta la Navidad, me horroriza el consumo, me agobia el potlach este desaforado, y lo llevo dicendo desde que Diva y yo empezamos esta aventura (diario, herramienta, válvula, arma) hace exactamente 9 años y 20 días (de hecho, la entrada 11 del divlog es sobre El Potlach). Sin embargo, hoy quiero compartir algo que parecerá incongruente: un anuncio de unos grandes almacenes que todo lo que buscan es seguir vendiendo cosas que no necesitamos. 

Una cosa han logrado: no puedo dejar de verlo sin que se me encoja el corazón en la última escena. Pero sigo siendo irreductible: cómprales lo menos posible.

Compartir lo que te gusta, te emociona, o te apasiona es gratis. Comparte más, compra menos. 

25 diciembre 2018

Felices excesos

Querid@s divagantes,

Felices excesos, este anio desde Londinium...

...donde las festividades pueden tener el glamour de los wreaths en las puertas en un paseo hacia Brixton... (gracias Mini por el collage!)


... o las vistas de la City desde Skygarden...


Pero no olvidemos que este es también el país de...


este otro tipo de excesos.

Y cómo no... el pequenio toque Scrooge-remoaner (así nos llaman a los "remainers", los quejicas que aún pataleamos por la estupidez del brexit)...


Feliz lo que sea, divagantes.

Muxus

di

11 diciembre 2018

Serial 4. Los monos de Harlow y mi albornoz blanco.


Lo primero que vi al abrir los ojos fue un pajarito columpiándose en la rama de un abedul. Estaba enmarcado por una ventana blanca dividida por los típicos cuadritos ingleses y a su alrededor, la pared, de ladrillos también blanquísimos le daban una simplicidad encantadora. Durante el segundo que duró la primera confusión del despertar en camas prestadas, debí pensar que estaba en el cielo. Pero cuando salté de la cama y me encaramé a la ventana, solo vi verde y más verde, hasta el horizonte, iluminado por un sol decidido y a la vez contrastado por alguna nube negra que transformaba a los Moors en un maravilloso cuadro lleno dramatismo y paz, si eso es posible al mismo tiempo. El pajarito voló y murmuré los versos que todos los que pensamos en castellanado tenemos en nuestra cabeza ante la palabra verde, que te quiero verde. Verde, el color de la muerte.

Estaba en Banderley y debía ser muy tarde para que fuera de día en Noviembre. Nadie me había llamado, nadie me había echado en falta. Porque Sister Harding había dejado claro la noche anterior que necesitaba descansar, y que la primera semana me la debería tomar como si estuviera en un balneario, pero sin las aguas. Conocer gente, pasear, perderme por Banderley. Como una Montaña Mágica de tercera, porque ya se sabe que esta isla no tiene altitudes como las Suizas, ni yo era Hans Castorp, aunque casi tenía su edad, 23. El entrañable Hans, al que "una arruga en cualquiera de sus camisas de color hubiera causado una verdadera indisposición". Me había sabía esa frase porque nos reíamos mucho con ella con un amigo del pasado, que también leía a Mann. Y ahora estaba sonriendo, yo sola. 

Una de mis maletas estaba abierta, y saqué una camisa y unos pantalones. El neceser estaba donde lo dejé por la noche al cepillarme los dientes, encajado entre el lavabo y la pared. A su lado, encima de un baúl bajo de la ventana había un juego de toallas con el "Banderley Hospital" no precisamente bordado, sino impreso en tinta azul, con una fuente funcional. Me alegré de haberme traído un albornoz enorme, esponjoso y que iba a la perfección con el blanco-nuclear de mi habitación en Banderley. Y sus zapatillas a juego. 

El baño, que compartía supongo con las habitaciones del pasillo, tenía el mismo aire que mi dormitorio: techo altísimo, con una ventana a juego, que en su espiritualidad se eleva y te hace sentir pequeña. Afortunadamente, el suelo no estaba enmoquetado, sino forrado con un sintasol barato. La bañera era enorme, iba de lado a lado, prácticamente podría echarme en decúbito supino (demasiados años de anatomía) y meter la cara con los ojos abiertos como en las películas de miedo (demasiadas ídem).  Los grifos eran como los recordaba de mi época de estudiante: seguían sin descubrir el mezclador,  en uno ponía H y en otro ponía C. En el lavabo una termina solo usando el C, pero en la ducha, algún europeo lo había solventado con esa especie de estetoscopio de goma que se pone en cada uno de los grifos, y que termina en la alcachofa de ducha más triste jamás vista y sufrida. Ducharse con eso era complicadísimo, sobre todo si, manías, usas las dos manos. Aquella mañana necesitaba una ducha caliente a presión, para quitarme los kilómetros, y las estaciones de autobuses y la soledad que sentía en aquel lugar donde, de día, aún no había visto a nadie. Así que, enfrentada al estetoscopio de goma raída, decidí darme en su lugar un baño épico en el que, sí, metí la cabeza antes de enjabonarme y abrí los ojos bajo el agua. Lo que vi fue la ventana, suspiro lánguido, y el fluorescente parpadeando, un conjunto surrealista. Al salir,  me quedé mucho rato mirando el ángulo de la ventana, con un fondo de goteo inquietante, si una hubiera prestado atención. 

Al salir, el olor de las toallas de Banderley era todo asepsia y su textura era años,  era vapor y planchado industrial, era otras vidas, y enseguida vi que mi albornoz iba a ser mucho más que la contraposición a esas toallas. Mi albornoz iba a ser mi casa, y mientras me ataba el cinturón y salía al pasillo pensaba en los pobres monitos de Harry Harlow. Cuántas veces me había quedado preocupada leyendo este experimento cuando estudiaba psicología clínica en la universidad. Harlow, un investigador de los años 50, quería demostrar el impacto que  causaba deprivar de la figura materna o paterna -de amor, vaya-, a los bebés. Para ello realizó unos experimentos que hoy en día no serían aprobados por los comités de ética, pero eran los locos años 50: la crueldad animal no era un problema. En esos experimentos se dejaba a un monito bebé solo con un muñeco que pretendía ser la madre, una especie de armadura de hierro espantosa, pero con dos bultos que daban leche, y a su lado otro muñeco subrogado mamá-mona que era de peluche, calentito, al que abrazarse. El monito acaba prefiriendo el mono de peluche que no da comida, antes que el de alambre, que da.  ¿Me quedaría sin desayunar por una rato más hecha bola en mi albornoz?


Al fondo del pasillo había una puerta abierta y recordé que Harding había indicado, con prisa, que eso era la zona común. La cocina -que olía a curry- era enorme, tenía un ala que era comedor, y separada por una especie de office, otra salón, con una chimenea enorme, que aún se usaba y que venía de la época en la que no había calefacción.  En los sofás había un par de mantas dobladas, algún libro en la mesa central (¿alguien estaba leyendo "Possession", el premio Booker de 1990?), una trenca desmayada en un colgador, una raqueta, revistas de criquet... En la nevera había leche, mantequilla, mermelada de naranja amarga, algunos yogures, pan de molde, y unas manzanas pequeñas y arrugadas, que parecía llevaban una vida allí.  La tetera estaba fría, la enjuagué y la puse a hervir.  Me asomé a la ventana, que tenía la misma vista que mi habitación, y me senté en su alféizar, un lugar en el que luego pasaría tantas horas, leyendo o perdiéndome en la paz de los Moors. Y respiré tan hondo que resonó: ¿por qué hacían los techos tan altos los victorianos?

Plop, la tetera saltó y a la vez oí un ruido: se abría una puerta abajo y unos pasos subían por la escalera. Claramente, mi albornoz azoró al chico indio que entró en la sala-pensé entonces, pero con el tiempo, me daría cuenta que Sandip era así de raro. O en el espectro autista, porque también con el tiempo en Banderley aprendí que, para los psiquiatras, particularmente los que viven encerrados en una Institución Total como era Banderley, todo son desórdenes, o enfermedades, o síndromes, o meros signos y síntomas. En aquella época, yo aún pensaba que había gente con enfermedad mental, y luego estábamos el resto, con nuestras manías, nuestras preferencias, nuestra personalidad. 

-Buenos días, llegué anoche-y le tendí la mano-. Me llamo Mariona Calleja.

El que luego sería Sandip no sabía donde mirar, y se dirigió a la tetera con la excusa de que había saltado para evitar darme la mano. De espalda, dijo

-Marion Calleha. 

-Mariona. Tú, cómo te llamas?

-ermm, Dr Patel-mientras salía de la estancia-. Marion Calleha. Marion Calleha.

Oí sus pasos por la escalera, y me puse el té. Una vez en el alféizar, volví a oír sus pasos, que ya reconocí por su deje patoso, y su voz, ciertamente mecánica: 

-Marion Calleha-e hizo una mueca que solo alguien con buena voluntad podría interpretar como sonrisa. Se me han olvidado mis revistas de criquet. ¿Te gusta el criquet? Aquí hay muchos partidos. 

Y sin dejarme responder, desapareció. 

09 diciembre 2018

Impacto del Brexit en la Seguridad Social

Siento que no esté subtitulado en castellano. Pero todos sabemos lo que hay. El Brexit no solo no dará £350 m a la semana al NHS, sino que lo herirá aún más, tal vez de muerte.

Veremos qué pasa el martes... Necesitamos un segundo referendum.


Y si alguien quiere profundizar un poco en la historia de esta locura en la que nos encontramos, un artículo interesante aquí: "The paranoid fantasy behind Brexit". 

07 diciembre 2018

Qué consume actualmente a los Pedalistas? (It's a Mini adventure)

Si esto del divlog es ante todo un diario- que cuatro personas amables, allende los mares, tienen a bien mirarse de vez en cuando y algunos osados hasta comentar-, me siento con cierta presión por contar lo que me consume estos meses casi tanto como lo de siempre- el trabajo y los diletantes, las noticias, el chocolate depués de cenar. Estos meses lo que me consume son los exámenes de Mini. 

En el cambio de cole de primaria a secundaria, los pobres niños han de hacer unos exámenes, que se llaman los 11+. Según a qué colegio quieras entrar, estas pruebas son más o menos duras. En la clase de Mini, con 12 niños (8 chicos, 4 chicas), todos menos tres (incluye a Mini) tienen un tutor de apoyo para preparar este sinsentido, para que el divagante se haga una idea.

El proceso no solo incluye el examen, sino una carrera de obstáculos tipo peli de terror en la que vas neutralizando zombies,  en la que nos encontramos de lleno. Así que la pobre ya ha pasado por diversas pruebas. La primera fue un examen preselectivo con ordenadore, que incluía "razonamiento verbal" (codificar, encontrar la palabra que no va-y menudos palabros) y "razonamiento no verbal" (secuencias espaciales, para las que soy totalmente negada-y eso que se me da bien aparcar! qué será Fashion en estas pruebas, que solo aparca en batería!). 

En otro par de coles ya ha hecho "entrevistas". En serio: como si fuera de trabajo. Una fue de grupo con otras dos ninias con preguntas de este tipo: "cuántas horas duerme de media una persona en su vida?" [esa fue fácil, mummy, no querían el número, sino que calculases en voz alta], o, "si pudieras viajar a otra época, a cual sería" [ah, les dije que a principios del SXX para poder parar la Primera y la Segunda Guerra Mundial"] (se nota que les están comiendo la oreja con las guerras en el cole?) o "si pudieras cambiar una ley, cual sería", [ ah, pues haría una ley que impidiese a Trump vender armas, bueno, y ya en todo el mundo] (se nota que es hija de insumiso?) En el segundo cole donde tuvo entrevista, salió hipnotizada por la profesora, una chica joven que daba literatura. "She was really nice", repetía, mientras volvíamos por el parque, de noche, con una llovizna amable. "Ah, me dijo si tenía alguna pregunta sobre el cole y quise saber si ha habido algún alumno famoso y sabes quién, el inventor de internet!!!" wow.



Los grandes exámenes los tiene la semana del 7 de Enero, esta es la razón por la que no vamos a la península este anio, y viene toda la familia. Todo esto lo contaré en tiempo real, si me dejan, recordemos lo que pasó en 2014. Pero hasta que lleguen esos días para desconectar un poco, de momento estamos todos agotados. Y el colegio parece no enterarse. 

Hace dos semanas plantean una "velada musical", que consiste, en la oscuridad de pleno noviembre, ir a una iglesia a las 7 de la tarde y estar un rato escuchando mayormente los progresos de los ninios de otros con la viola o la flauta travesera. La cosa es repelente porque además, no es directamente tras el cole: has de pasar por casa y volver a salir. Bien, no me pillarán, y le dije a Mini algo así como "no iremos, o esto detrozará nuestra tarde" (refiriéndome a que ella perdería tiempo de leer o hacer tarea, y suenio). Bien. Al día siguiente viene la del coro para ensayar y Mini le suelta: "no, no voy a ir porque mi madre ha dicho que destrozará nuestra velada" (destroy our evening). Y Shan, su profe, "también destrozará la mía". No contenta con eso-y tras haber sido reprendida en casa- al día siguiente el director le pregunta porqué no fuimos a la iglesia, la Head Girl tenía que haber estado, a lo que la tía, ni corta ni perezosa le suelta, hagan sus apuestas... precisamente! bingo! "No fui porque mi madre dijo que destrozaría nuestra velada". Encantadora. Quién tuvo que escribir dos emials disculpa a la profe y al director? Senior...


La siguiente actividad enloquecida que el colegio planea para estos días es que los ninios se unan a un concierto benéfico con otros tropecientos críos en el Royal Albert Hall. Por supuesto, me parece una locura que un 26 de noviembre los ninios se pasen todo un lunes ensayando cantitos, tener que ir al concierto que empieza a las 18:30, pagar £28 por un asiento casi en el gallinero, y llegar a casa, como lo hicimos, casi a las once de la noche. Agotador. Lo intento luchar por email con el director, otra madre se alía, pero al resto le parece una gran idea. Da pena que sea la única ninia que se quede, así que acabamos en el concierto.  Alucinada por la inmensidad del Royal Albert Hall, al principio permaneces atontada hasta que asumes el lugar, y la primera parte se hace soportable (también por las canciones de "Greatest showman", "La La Land", "Frozen", y musicales). La segunda, inenarrable: el triste teatrillo culpabilizador navidenio tipo Han Christian Andersen, discurso del director de la ONG, rifa y colofón terror máximo, el "Land of hope and glory" con las banderitas. 1500 mocosos agitando su bandera (las sales), y Mini exultante porque se la podrá refrotar a su padre, que no ha podido venir, dice, al llegar a casa. Pero claro, menudo es el Peda: cuando pilla la bandera, le falta tiempo para sonarse la nariz con ella-homenajeando así al cómico del Intermedio que va a tener que ir a juicio. Están tontos en esa península? Ah y sobra decir que a Mini le falta tiempo para contárselo al día siguiente a Shan, que siendo sudafricana lo encuentra muy gracioso.... Estoy esperando la llamada del director a su oficina.




El siguiente drama es ... drama! En algunos colegios puedes solicitar becas de distintos temas, arte, música, deporte, drama. Mini, drama queen residente, tiene alguna posibilidad en el mundo teatral, pero no vamos con esperanzas, porque compiten ninios que trabajan en el West End (igual que en deporte son ninios que entrenan horas al día). Así que gran alegría cuando la seleccionan para ir a hacer una primera audición en un cole. "Mummy, tendré que hacer improvisación, dime situaciones". Así que el domingo por la tarde pasamos un buen rato con esto. "Vas a una fiesta y hay otra persona con tu mismo vestido", o "eres política dando un discurso explicándole a la gente que tienes que subir los impuestos para poderles dar más servicios". Y empieza: "Gente! Hoy vengo aquí para hablaros de los taxistas!!!". Taxistas? Claro, esta es una broma intraducible: taxes es impuestos; taxis, taxis. Parece que hay una diferencia en pronunciación, y ella había entendido "taxis". Aún me estoy riendo (de mi inglés).


A Mini le cuesta siempre mucho dormirse, pero estos días creo que aún es peor. Y eso que es muchísimo más tranquila que yo. Pero es una época de órdago para ella. Aún así, nos seguimos echando unas risas: "mini, a ti te gustaría ser un pez grande en un lago pequenio o un pez pequenio en uno grande?" (es el equivalente inglés de "prefieres ser cabeza de ratón o cola de león" ) Y dice: "un pez pequenio en un lago grande". Muy bien, Mini, pienso orgullosa, y todas mis razones adultas de porqué esto debe ser así. Pero se explica: "es que así es más dificil que te coman". 

Si esto es un diario, y aparte de los cuatro de allende los mares un día lo lee Mini, todo esto pasó. Porque todo esto se nos olvidará, por muy imposible que hoy, que nos está consumiendo, lo parezca. 

04 diciembre 2018

Serial 3. Llegada a Banderley: Pasillos con eco y sin final.


Así que esto era Danby, y esa casa forrada de hiedra el "Duke of Wellington", un pub con algunas habitaciones que prometía buena comida y cerveza ("Fine ales. Good food"). Por lo menos no tenía el cartel aquel de "el mejor asado de la zona"-más tarde constataría que cualquier establecimiento que presume de algo, es que de ese algo carece.

Por lo que yo hubiera matado al llegar a este pub de pueblo era por una taza de té (sí, ya traía esto del té de la península, el destino o algo), pero en el Duke of Wellington no había ni rastro de tazas calientes: solo pintas de cerveza y alguna shandy para los cobardes. Cuando el dueño vio en la puerta a un alien con su casa a cuestas, debió atar cabos: yo era la de Banderley. "Tranquila, deja todo en esta esquina, somos todos de confianza, voy llamando al hospital". Como si me hubiera leído la mente, una mujer risueña apareció con una taza de té y shortbreads (galletas deliciosas, claramente porque se les ha ido la mano en el departamento mantequilla). Pasé un rato pasé allí, esperando, empapándome del lugar, las carcajadas de los parroquianos, la moqueta granate, las toallitas de Guinness en la barra, el grupito que jugaba al scrabble. Y empezaba a anochecer. Maldito noviembre,  cada vez que es un húmedo y llovizneante Noviembre en mi alma ("whenever it is a damp, drizzly November in my soul...") pensé, recurriendo una vez más a la literatura, esa amiga que está ahí en los mejores y los peores momentos.

Los peores momentos: la puerta se abrió, golpeando la pared con tanta furia que la mitad del pub saltó. Quien se perfiló en contra de la puerta no era otro que una versión norteña y actual de Faggin, el odioso abusador de Oliver Twist. Era un hombre alto delgadísimo de unos ciencuentaymuchos, con cara amarillenta, bolsas bajo los ojos, labios casi inexistentes y una perilla que remataba el cuadro del malo. Para completar la descripción- y esto no es mi mente jugando malas pasadas-, nuestro hombre llevaba un mismísimo Inverness Coat (el de Sherlock Holmes, con la capita) pero negro, que le daba un aspecto aún mucho más tenebroso.  Y que además, chorreaba porque, como siempre, llovía.

No me perdí el juego de miradas: el dueño le miró, desvió su mirada hacia mí elevando ligeramente la barbilla y como diciéndole: "ahí está, puedes matarla". El hombre del Inverness asintió y me dieron ganas de llorar. Salí a la calle y ahí estaba un minibús con el logo de Banderley, que ya había visto en los membretes de las cartas. No se puede ir delante -cuando intenté subir al asiento del copiloto-, no se puede comer en el minibus-cuando la mujer me daba un paquete individual de shortcakes y no se puede dar conversación-esto no lo dijo, pero me quedó claro. Y no recuerdo mucho más de aquel viaje, aparte de la oscuridad, el pelo mojado, frío, y que sonó el Réquiem de Mozart -sobre el que he desarrollado un reflejo de aversión, particularmente el Lacrimosa, desde aquella noche- durante todo el camino en el que Faggin no abrió la boca, aparte de para susurrar -o es de nuevo mi memoria, jugándome malas pasadas- "Confutatis! Maledictis!". Yo me sentía como en un carruaje de aquellos antiguos en el que el conductor, con sombrero de copa y levita, azotaba a los caballos. Solo faltaba que, de aquel bosque de Tim Burton salieran a asaltarnos los highwaymen de "Historia de dos ciudades".

Por fin vi unas luces y, con gran ruido metálico se abrieron las puertas de hierro que daban a lo que parecía un castillo del terror. Ni en mis sueños más salvajes podría haber imaginado que la foto soleada de un maravilloso edificio victoriano rodeado de verde (así se anunciaba Banderley en el folleto que me enviaron cuando solicité plaza) era la casa encantada que tenía ante mí. Un edificio de piedra que, como el Duke de Wellington, estaba enterrado en la hiedra en muchas de sus partes. Los ventanales eran altísimos, divididos los cristales en cuadraditos, y tipo guillotina (luego aprendí que las ventanas normales las llaman aquí "francesas", porque se abren como puertas). Debajo de algunas, las cercanas a la puerta principal, había unos focos de luz triste que, con las sombras de la hiedra le daban un aspecto fantasmagórico. Otro cliché, lo sé, y atención al que viene: a los lados había torretas de tejado de pizarra negra, con ornamentos de metal, muy Rapuntzel. 

Ahí estaba yo, inmóvil, asumiendo aquel lugar mientras Faggin descargaba lo mío e intercambiaba gruñidos con una enfermera que, parece que era a mí a quien esperaba en lo alto de las escaleras. La puerta principal de Banderley -por la que nunca volvería a entrar- se me antojó un Pórtico-de-la-gloria del Mal perdido en la nada de los Moors. 

-Bienvenida a Banderley, doctora. Soy la enfermera supervisora del Ala de Psicóticos. Me puede llamar Sister Harding. 

-Gracias, encantada, Sister Harding.

Antes de que levantara la mano para dársela, ya se había girado con un sígame, y avanzaba por un pasillo todo eco, con baldosines blancos y negros, del que no se veía el final. 



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Todo el serial está aquí.