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27 agosto 2021

Leyendas de Bellver: De Gustavo Adolfo Bécquer a la Niña Di

 Esto es más o menos cómo ocurrió (o, de nuevo,  "puedo explicarlo todo").

Todo comenzó como un inocente divague de libro que va de historias y de leyendas en una determinada zona del Pirineo, pero terminó conmigo escribiendo demasiado rato, demasiado largo (esto es nuevo), demasiado divagando, sobre historias y leyendas de otra zona cercana de la misma cordillera. Pero estas son en realidad leyendas de mi familia -no de ninfas de los ríos, aunque tal vez sí que haya alguna bruja- con el mismo fondo, esas montañas.  Y como no me gusta abusar (lol), los he separado: quien quiera leer sobre "Canto yo y la montaña baila" de Irene Solá, el libro en cuestión, podrá hacerlo mañana sin tener que pasar por este divague, la precuela de Maléfica: "la Niña Di, que al principio solo quería ser Heidi". 

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Erase una vez... La Cerdanya. Bueno, en realidad no, en realidad "Canto yo y la montaña baila" está ambientada hacia el este de los Pirineos catalanes, en concreto entre Camprodón y Prats de Molló, pero en mi cabeza yo la he localizado en La Cerdanya, donde pasé los veranos de mi infancia. Así que podría comenzar con un "érase una vez en los Pirineos" y sería más verdad. Pero está bien salir del armario: yo he tenido a Bellver y Talló y Pi y Bor y Das y Prulláns en mi mente mientras leía, y eso ha salvado para mí la novela.  Novela de historias de amor, de guerra, de éxtasis ante la belleza del entorno, en la que he aprendido por ejemplo, la leyenda mitológica del origen del nombre de los Pirineos: parece que viene de "Pirene", hija un rey, que sufre diversos percances amorosos (según si sigues la mitología griega o la local) y al final muere en un incendio. Su amante le hace un monumento funerario con unas piedras, y son los Pirineos. Pero sobre el libro, mañana.

La Cerdanya es una zona tocada por una varita mágica: un valle horizontal, orientado de este a oeste (en contraposición a la mayoría de los valles del Pirineo, que van en vertical, de norte a sur), por eso tiene más horas de luz que otros. El Pirineo aragonés es mucho más dramático, claro, y en Broto y Ordesa pasé bastantes veranos de campamentos, pero donde de verdad recuerdo los veranos de mis pocos años es en Bellver de Cerdanya, de donde era la familia de La Yaya. Y por tanto, mis leyendas no son de duendes del agua y osos, como los de la novela, sino familiares y de ese territorio salvaje que es la niñez. Allí se aprende a mirar o se cimienta la manera de mirar que una trae de serie.  Nota: las fotos son mías, así es como lo vió, por lo menos, mi cámara.


La primera y más repetida leyenda familiar es "la vez que no reconocí a mis padres". A ellos les encanta contar esta historia, los pobres aún no han superado el trauma. Cuando tenía poco más de un año empezaron mis largos veranos en la Cerdanya. Los Yayos subían a Bellver para un par de meses, con parafernalia similar a quien se cambia de casa, y mis padres de debían quedar de rodriguez,  viviendo-la-vetusta-loca, subiendo a vernos los findes. Yo iba a la guardería allí, esto me lo contó mi madre el otro día, a la vez que la debida mención a la anécdota que nos ocupa: tras un breve lapso, bajaron ilusionados del coche, y no les conocía. Me imagino a mí misma escondida detrás de la Yaya, quién es esta gente. Para ser justos, ellos casi no me reconocen a mí tampoco: la Yaya me había rapado. Una de sus múltiples teorías era que eso "fortalecía el pelo" (lo confirmo), así que hasta que pude opinar me llevaban con el pelo corto, como un chico y Fashion, años después, también pasó por ese proceso. Y esta historia enlaza con otro viejo favorito que también les encanta: lo de que "no me gustaba dar besos a extraños". ¿Hello? ¿Tengo que pasar por niña arisca por esto? ¿A quién le gusta dar besos a la tía del pueblo? Esto alcanzó la cumbre cuando una vecina que siempre me insistía me preguntó el porqué de esa actitud (imaginen) y parece  que solté un "porque huele mal". Por eso nunca les doy besos a niños que no sean Mini, y cuando llegué a UK me di cuenta que esa es una costumbre que no existe aquí (¿quién está equivocado, eh?) ¿Aún se sigue persiguiendo a los niños por besos en la península? 



Otra leyenda top del lugar, más que familiar, es que en Bellver había una alta incidencia de "concas" - aunque no lo he oído en ningún sitio, internet asegura que la palabra existe. Allí llamaban "concas" a las mujeres solteras (lo que en esa época se remataba con el sufijo -ona con todas sus connotaciones). Las concas -entre ellas Ignasieta una prima de la Yaya y Carmeta, la que le hacía la comida a Joan, que aparecerá en breve - salían de paseo en grupo por las tardes hacia Talló. Hoy en día existe el concepto "tieta", me cuenta Fashion, que es una versión moderna, viajera, independiente, de la conca. A veces nos hemos planteado que la Yaya, pese a haberse casado, tenía en realidad alma de tieta -así como la mujer de Vázquez Montalbán decía que ella se había casado con un soltero. Pero esas son otras historias y lo que me pregunto es si la palabra existe en masculino, "conco". Desde luego el concepto sí, y nosotros la usábamos, porque le alquilábamos la casa a Joan, un conco, en una especie de cosa premonitoria de Airbnb.

Los Airbnb que alquilas con bicho son los que luego dan para mejores historias: cómo olvidar algunas aventuras de los Pedalistas, con Doña Concha en Pelion, o con Nishimoto y su armadura de samurai en Fukuyama. Aquí el bicho era Joan, un anciano a mis ojos de entonces que hablaba principalmente en catalán y conmigo se lanzaba al castellano con muchos problemas (según la Yaya, yo hablaba catalán de peque, puede ser otra leyenda). Tenía cara de hombre de montaña, toda roja, con los ojos muy pequeños, tal vez azules y una gorra como de chulapón. Las manos eran enormes y vestía como de tweed verde. Trabajaba en algo de acequias o canales -tenía unas botas de agua que le cubrían todas las piernas- y se iba al alba y llegaba siempre al anochecer. Cuando llegaba se metía en su habitación tras un saludo y no le veíamos más.

Cal Joan me encantaba porque era ser Heidi, mi máxima aspiración de la época. Tenía escaleras de madera y se hacía mucho ruido subiendo y caminando por la planta de arriba, donde había tres habitaciones. Abajo, un salón con una mesa de madera y creo que la lavadora era de carga superior, otra novedad. Los primeros años no había tele, y cuando llegó, no me dejaban verla cuando había tormenta -muy frecuentemente-, porque parece que los rayos podían ir a la antena (otra teoría de la Yaya). Así me perdí el último capítulo de la serie de Los Cinco, lo recuerdo perfectamente y creo que lloré, pero de nada sirvió. Al lado de la casa, Joan tenía una huerta con lechugas y una zona con jaulas con conejos. Cuando venían mis padres, Joan le preguntaba a mi padre para cuándo iban a tener "el hereu", cosa que les hacía mucha gracia. Cuando nació Fashion, siempre decepcionando: el pobre Joan debió pensar "siguen sin hereu en esta familia" y quién sabe si por pena, aquel año nos esperaba con una cuna. Resultó que la fallida hereu ya no cabía y esta es otra de las historias repetidas hasta la saciedad en esta familia.  

Pero todo en Bellver era Heidi: las vacas en los prados, las montañas e ir a buscar la leche por las tardes a la lechería. En las tiendas había leche normal, en botella - claro que mucho peor- y creo que la comprábamos por el ritual de la lechera, que me encantaba, luego había que hervirla y todo eso. El otro día pasé por el local donde ponían en hilera un montón de lecheras metálicas gigantes y aunque ahora no sé qué venden, esa esquina me llevó a esas filas, esperando que se acabara la lechera gigante en la persona de delante para ver el proceso de abrir otra, y sobre todo al olor.

Cerca de la lechería, en una calle de atrás, estaba el refugio donde se metían durante la guerra. Según la Yaya, a veces venía un avión al que llamaban "La Pava" (ya hablé de aquello aquí) y todos se iban a esconder, menos su padre. Hay muchas leyendas de la guerra de Bellver, de los que cruzaban la frontera y de una me salió un cuento que la Yaya tituló "Si por Dios y por España" porque así es como ella contaba esta historia. Esta parte de la zona como frontera en la guerra y posguerra es la que más me interesado de la novela de la que se suponía iba a escribir hoy....

La Yaya tenía familia por todo el valle: su padre era de un pueblo llamado Cavá y su madre de Santa Eugènia. Una de las mejores leyendas familiares es que la bicicleta del padre de la Yaya (que aún conservamos) "fue la primera bici que hubo en la Cerdanya". Tristemente no recuerdo o nunca me contó la Yaya cómo llegó allí. Solo sé que su padre tenía una herrería y que fue a hacer la mili a Marruecos. Me pregunto si estaría en la Guerra del Rif, donde Arturo Barea en "La ruta", el libro que justo estoy leyendo ahora.

Toda esta familia ingente significaba múltiples visitas, en las que la niña Di se desesperaba, muerta de aburrimiento. Se ponían a hablar durante horas y si preguntabas "cuánto falta", te echaban la bronca. La Yaya me compraba Zipi & Zape o libros de Los Cinco en una tienda que se llamaba "La botiga nova", creo. Terminé con toda la colección. Las únicas visitas interesantes para mí eran las de Francia, porque también hay Cerdanya francesa ("Meitat de França, meitat d'Espanya, no hi ha altra terra com la Cerdanya" estos versos también me los decía la Yaya- no creo que hoy sean bienvenidos en todas esas casas de la zona con esteladas en las ventanas). Las primas de la Yaya vivían en Bourg-Madame y en Ur y estas fueron mis primeras salidas del país (aparte de ahí, no salí de la península hasta los 17): me parecía el exotismo puro, estaba en el extranjero! Todo me parecía lo más: tenían el baño separado del toilet (cosa que tuve al llegar a UK y es un rollo) y cada año me daban una bebida terrible, un concentrado muy dulce de fresa que se mezclaba con agua. A ratos me dejaban salir a explorar por los jardines y hablaban en un catalán más difícil que en el otro lado de la frontera.

A veces nos quedábamos unos días en casa de otra prima, en Puigcerdá, que tenía dos hijos adolescentes. El pobre Jordi jugaba con la niña al escondite. Un día se escondió tan bien que tuve que pedir ayuda a los adultos para encontrarle, y ni ellos pudieron: se había subido a un armario. En Puigcerdá le dio a la Yaya lo que ella llamó "una punta de infarto" por no seguir las recomendaciones de mi madre: la Yaya ya había tenido un infarto de miocardio y según mi madre, la altitud de Puigcerdá no le iba bien. Cada uno en esta familia tiene sus teorías, como puede verse, pero era yo la única a la que cortaban el pelo a lo chico o no le dejaban ver Los Cinco.

Otros primos de Bellver me dejaban una bici, rosa y con cesta (pero qué iba a hacer, rechazarla?) y me iba por ahí a explorar. La niña Di tenía una vena artística - que tristemente no ha sido explotada- y me iba a dibujar iglesias a carboncillo. La de Talló, desde todos los ángulos. A veces me pillaba la tormenta y llegaba calada a casa. Era la época de la libertad con mayúsculas: tenías 11 años y te ibas sola, sin posibilidad de ser localizada. Si caía una tormenta, esperarían que te hubieras metido en algún sitio, porque total, el peligro de los rayos solo aplicaba a las antenas. Nuestros pobres hijos no vivirán eso. Y más leyendas de bici: un día, cuando Fashion tenía como dos años, insistí en llevarla en el soporte. Tras alguna resistencia aceptaron y la pobre metió el pie donde no debía. Fue un drama: al bajar, no podía ponerlo en el suelo y la Yaya dictaminó: tal vez esté roto. Recuerdo claramente el mundo cayendo sobre mí. Entonces hice lo que hacía en aquella época cuando perdía el control: rezar y rezar y rezar. Y como siempre he sido pragmática, también un pacto con Dios: si por fin no era nada, llevaría mis ahorros a San Antonio, en la iglesia de Vetusta donde se casaron mis padres. Por supuesto, Fashion no tenía nada roto, pero había que cumplir el trato -más bien soborno: entra flashback de mí misma de puntillas metiendo la pasta por una ranura detrás de la estatua del santo. Si algún día lee esta historia Mini, le parecerá de lo más alien: no reconocerá ese mundo extraño en el que se hacen tratos con alguien que no existe, y sobre todo no reconocerá a su madre. Hola Mini, si estás ahí.

Gustavo Adolfo Bécquer subió a Bellver para curar su tuberculosis y allí, en el Carrer de la Amargura, escribió una de sus leyendas, "La cruz del diablo". A ratos, las de la niña Di dan casi tanto miedo.

~~~~~Continuará con la crónica del libro, en serio....~~~~

5 comentarios:

Elena Rius dijo...

De mis veraneos en los Pirineos (en mi caso, sí en Camprodón), me identifico totalmente con la libertad de ir por ahí en bici todo el día. Apenas había coches y no se creía que los niños corriésemos peligro alguno. No había nada mejor que coger la bici después de comer y desaparecer. Nadie te esperaba hasta la hora de la cena. También hay que decir (en descargo de nuestros despreocupados padres) que en estos pueblos todo el mundo sabe siempre por dónde anda cada cuál.

marisa dijo...

Me has hecho recordar que por motivos bien distintos yo tuve que pasar unos meses con una de mis tías en el pueblo. Tenía entre tres y cuatro años y cuando mi padre bajó una vez a verme no lo conocí y sí, me escondí entre las faldas de mi tía Carmen. Mi padre decidió en ese momento que me volvía a casa. Con el pelo corto también, en el pueblo me cortaron las trenzas que tenía al llegar y ese es mi primer recuerdo, ir a la peluquería y salir con el pelo corto.
Cuando con ocho años la vida me regaló una nueva familia, venía con pueblo así que pasé unos veranos maravillosos. Los nuevos tíos que me aparecieron renunciaron a un pedazo de su huerto para hacer una pequeña piscina a las sobrinas que les habían tocado en suerte y fue la primera que hubo en el pueblo, el punto de reunión de toda la chavalería.
Me río pensando en la niña Di apartando la carita para evitar besos. Una de las Iratis siempre decía que se le habían acabado los besos, odiaba que los adultos se les acercaran más de la cuenta.
Ignasieta, me encanta.
Besos

Di Vagando dijo...

Qué maravilla era eso ELENA. Ahora nos va bien saber dónde están los niños, pero la sensación de no estar localizada... bueno, a mí me gusta incluso en las pocas ocasiones q tenemos ahora. No he estado en Camprodón, es tan bonito como La Cerdanya? Imposible! jajaja

Bueno, MARISA, gracias por contarme esto: que no supiera q un día llevaste trenzas! Se confirma la teoría de la Yaya: mira qué pelazo tienes :) Luego están esas fotos de nosotras con vestidos de nido de abeja, pendientes y pelo a-lo-garcon. Hay unas muy divertidas de Fashion q se lo puso de punta, así como se llevaba en los 80... lol. Lo de la piscina comunitaria daría para muchas historias también, y lo de "se me han acabado los besos, hay q hacer más" es un clásico.. . Y ya de adultos, con la pandemia se han dejado de dar esos dos besos estúpidos q no significan nada? Espero. Yo con la gente q quiero soy más de abrazos, como sabes :) "El Airbnb de Ignasieta" igual me daba para una historia, esta de ficción, ella no alquilaba su casa...

besos darlings

di

Elena Rius dijo...

Rezando yo también para que la pandemia haya acabado con eso de dar besos a troche y moche. ¿Por qué tengo que besar a gente que apenas conozco y por la que no tengo aprecio alguno? Sobre Camprodón, bueno, no soy objetiva, pero a mí me gusta más que la Cerdanya. Toda una infancia correteando por aquellas montañas influye, seguro.

Di Vagando dijo...

Sí, ELENA, y los franceses que dan tres!? Yo decía antes del ritual, si era necesario: UN beso (solo uno porfavor!). Aquí en UK se daba la mano y abrazo (en el q te mueven la mano por la espalda...) pero -precovid claro-, noté con horror q se estaba extendiendo lo de los besos!! NO sé si pq soy de ahí abajo y pensaban q se adaptaban a mi cultura??? :):)

La próxima iré a Camprodón y te cuento... el puente es bonito :)

besos

di